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lunes, 1 de septiembre de 2025

Doblaje

 Un relato de viajes

 

[Cuadro de Isabelle Vernay-Lévêque realizado a partir de lo descrito por Georges Perec sobre el Cabinet d'amateur de Heinrich Kürz, y que figura en la portada de la edición española de la obra, publicada por Anagrama en 1989.]



Con el tiempo, la idea del doble se me hizo obsesiva. Durante muchas semanas no pude trabajar y no hacía otra cosa que repetir esa extraña fórmula esperando quizá que, por algún sortilegio, mi doble fuera a surgir del seno de la tierra.

JULIO RAMÓN RIBEYRO, Doblaje

Un soir, en entrant dans ma chambre, je m’aperçois assis sur mon lit. D’un coup de poing, j’anneantis le fantôme qui a volé mon apparence.

MICHEL LEIRIS, Nuits sans nuit, sueño del 12-13 de abril de 1923

L’auteur, un certain Lester K. Nowak, intitulait son article Art and Reflection: “Toute œuvre est le miroir d’une autre”, avançait-il dans son préamble.

GEORGES PEREC, Un cabinet d’amateur

 

1.

El día 18 de agosto, tres días antes de partir, acabé (o quizás sería más pertinente decir el que yo era entonces acabó) una entrada del blog que giraba en torno a la idea del doble, tema al que justamente esos días estaba dedicándole bastante tiempo. Acaso ese mismo día, o quizá el día anterior o el posterior, llevado de ese interés, leí un relato que aún no conocía del peruano Julio Ramón Ribeyro. El cuento se titula Doblaje, está datado en el año 1955 y fue incluido en su día en la recopilación Cuentos de circunstancias (1958), aunque yo lo leí, claro está, en el grueso tomo de los Cuentos reunidos del peruano, publicado por Alfaguara en 2024. Doblaje es un relato muy breve y su trama es sencilla. El narrador en primera persona, un pintor afincado en Londres y aficionado al ocultismo, se declara obsesionado con el tema del doble. En un tratado de esoterismo que perteneció a su padre y que procedía de la India, lee esta frase, que está en el origen de la acción del cuento: Todos tenemos un doble que vive en las antípodas. Pero encontrarlo es muy difícil porque los dobles tienden siempre a efectuar el movimiento contrario. Ahí, en esa formulación, radica el mayor mérito, la mayor originalidad del cuento de Ribeyro, que es capaz, así, de innovar un género tan manido ya como el de las historias de dobles.

 

2.

La peripecia del relato no es, en sí, decisiva y, de hecho, creo que, en otros cuentos, como el que se comentó aquí en su día (Papeles pintados), Ribeyro raya a mayor altura, pero su solvencia como narrador le permite resolver la historia adecuadamente. Acicateado por lo que ha leído, nuestro narrador se embarca impulsivamente en un viaje que le llevará a Sydney, en Australia, en las antípodas de Londres (lo que es geográficamente inexacto, pero suficientemente aproximado). Una vez allí se da cuenta de lo alocado de su objetivo, y simplemente decide pasar unos días, ya que ha realizado un viaje tan largo, recorriendo la ciudad. Entonces, se enamora. Winnie, su amada, no sabe a qué atenerse con él. La voz que narra impone también su punto de vista: hay en el comportamiento de Winnie una familiaridad que a él le extraña, pero de algún modo él va encontrando también en ese entorno, especialmente en una casa que alquila, un cierto reconocimiento, una cierta tranquilidad. Todo acaba mal, por un ataque de celos ante la sospecha de que Winnie ya ha estado con alguien en esa misma casa. Rota la relación, de vuelta en Londres, recuperada su habitación de hotel, algunos pequeños detalles le revelan que, durante su ausencia, alguien, que no puede ser él, ha sido él. La presencia de una mariposa amarilla, que es un habitante del mundo de las antípodas, pues el poseedor de la casa era un lepidopterólogo, como Nabokov, nos da, en la última línea, la clave del relato. En el viaje se ha producido una substitución, una doble substitución, y el viajero, en Sydney, ha retomado la vida que dejó en suspenso el australiano que, simultáneamente, se desplazó a Londres para vivir la vida de nuestro narrador. La sincronía perfecta ha permitido ese vaivén, que ha dejado, no obstante, algunos restos: un cuadro que estaba a medias ha sido terminado, una relación amorosa se ha roto, una mariposa ha aparecido literalmente en el otro lado del mundo.

 

3.

El relato está, sí, fechado en 1955 y, junto al dato del año se añade la ciudad en la que fue escrito: París. Ya sabemos que Ribeyro vivió largos años en la capital francesa. Hacia ella me disponía yo a ir dos, tres días después de la lectura, a revivir (el verbo es apropiado) mi semana de Morel. La mera economía en la enunciación nos obliga a ser inexactos. El que yo era el 17, el 18 o el 19 de agosto, el que leyó el cuento de Ribeyro, dio paso al que yo fui el 20 y entonces al que yo fui el 21 de agosto, ése que tuvo que madrugar para ir a Barajas a tomar un avión que le depositó en Orly algunas horas después. Y aún somos demasiado sintéticos, pues nos conformamos con una sucesión de animales de un día, que tienen un tiempo de vida semejante al de algunas mariposas, tal vez amarillas. Tendríamos que ir, quizás, al minuto o al segundo y aún así no habría motivo real para quedarnos en ninguna de esas divisiones, y poco a poco se iría abriendo paso la verdadera realidad: la absoluta liquidez de nuestro ser, que no es sino un estar siendo. Por eso asesinamos nuestras mariposas, por eso nos vemos obligados a colocarlas, infinitamente rígidas, en nuestros álbumes de insectos. Para poder nombrarnos. Para poder contarnos.

 

4.

Lleguemos, pues, a un compromiso. Digamos que el 21 de agosto yo, el que estoy escribiendo esto en la misma mesa en la que leí el cuento de Doblaje hace dos semanas, me desplacé a Barajas y tomé un avión. Aceptemos que el yo de siempre, el que vive en esta casa, el que posee este ordenador (aunque este ordenador es un portátil y eso, como se verá, plantea dificultades nuevas) concibió un viaje de retorno a París, la celebración de un ritual que se repite cada año, y ejecutó las acciones pertinentes para llevarlo a cabo. La actuación de ese yo, que no hace falta que veamos como precario y fluido hasta la evanescencia, pues su insistente repetición de tantos años en las mismas rutinas, en las mismas localizaciones, le ha dotado a estas alturas de cierta consistencia, ese yo que soy, o sea, yo, la primera persona, me marché a París el día 21 para pasar una semana. Y ahí, justo ahí, justo en esa frase, se acaba mi historia, o se acaba la primera persona, que entra en un letargo o hibernación del que sólo se despierta, justamente, una semana después.

 

5.

Sí, es así como funciona. Por eso nos debemos dotar de espacios liminales como aeropuertos o estaciones, de rituales de paso, por eso debemos solemnizar y dificultar el proceso, ubicando hitos en un trayecto que de ninguna manera puede ser fluido, porque en esa fluencia nos perderíamos, o, por mejor decir, se perdería él, el no nato, el naciente, el Viajero, que es el protagonista de esta historia. Así, en algún momento, quizá en el traslado en autobús o en metro o en taxi al aeropuerto, o ya allí, en la cola de la facturación, o en el control de pasaportes (sí, justo ahí, en el momento en el que nuestro documento de identificación se convierte quizás así en un acta de defunción y una partida de nacimiento), o aún sentado tomando un café, o leyendo un libro (el libro que yo, es decir, el que yo era el 20 al preparar la maleta, eligió) junto a la puerta de embarque, o más probablemente ya en el avión, en ese lugar inconcebible que puede no estar en el suelo, ahí, a la vista de todos (pero todos están sufriendo la misma metamorfosis) nace el Viajero, y su parto suele ser complejo, involucra esperas, malos tratos por parte de las autoridades aeroportuarias, que se han venido multiplicando con los años, inmovilidad forzosa en asientos mal dimensionados, frío, calor, sed, turbulencias, retrasos, ascensos y descensos. Y entonces, ya en otro lugar, ya en otro país, ya interpelado en otra lengua, ya recuperando la maleta tras nuevas esperas, ya tomando otro autobús, otro metro, otro tren, cumplimos el objetivo: dejar de ser nosotros.

 

6.

No nos engañemos: el Viajero nace, después de esos dolores de parto, visiblemente disminuido, como un Hyde cualquiera, y, sobre todo al comienzo, los primeros dos días quizás, siente una fatiga muy particular, y no acaba de estar a gusto en su piel, en sus sábanas, en la mesa de la habitación de hotel que he insistido en poder tener. Hay en él como rastros de la piel perdida, hay como una hibridez un poco desasosegante, la permanencia de afanes y cuestiones que corresponden al otro, al que leyó el cuento de Ribeyro, al que preparó la maleta, al que decidió los libros para el viaje, al que puso el despertador a las seis y cuarto. Y entonces, más fácilmente de lo que parecía al principio, el Viajero renace y toma posesión de sus dominios y depone a su vez los atributos de su carácter transitorio, y cede su cuerpo al siguiente protagonista, el más extraño de todos, el más precario, el que tiene una vida más corta a la que se aferra sabiendo que sus días están contados, y que su existencia depende infinitamente de las decisiones de sus predecesores. Hablo del que vive en París, del Doppelganger al que substituyo o me substituye, al figurante en el tableau vivant de la Invención de Morel, al que deambula, acaso, por la Rue de Seine hacia el arco que da al Quai de Conti y de ahí al Pont des Arts, habitante de pleno derecho de esa toponimia que la Ciudad Luz comparte con la obscura Ciudad de nuestros sueños.

 

7.

Por lo tanto, hay trampa en esto, hay truco. Porque el que escribe soy yo, el monótono yo de siempre, el viejo que vive en Madrid desde siempre. Así, soy, en el mejor de los casos, un ejecutor testamentario, y en el peor (y siempre es el peor) un impostor, porque al hablar de lo ocurrido lo hago del lado de acá, ya que nos hemos puesto cortazarianos, y el lado de acá está lleno de tics, vicios, cobardías y una fatiga que no es la del cambio de piel, sino la fatiga que lleva instalada en los huesos desde hace ya tanto. Pero eso pasa siempre. Por eso la literatura siempre es mentira, y la literatura es incompatible con la vida, es lo contrario de vivir. Lo que ocurre, y eso ya lo hemos discutido bastante por aquí, es que, para ciertos seres como yo, es decir, como yo, o Yo, si quieren, y por cierto también para el Viajero, en eso no es diferente, ese modo de no vivir es el único modo de vivir posible. Ésa es la excusa, eso es lo que nos permite recurrir a las notas en la libreta Leuchtturm, repasar los libros que se han comprado (abundantes hasta la demencia) y las cosas que se han anotado en ellos, recuperar algunos indicios, objetos, mirar fotos, acceder al archivo de la memoria del Otro, del que también somos dueños, por más que usurpadores, y pergeñar así una cierta crónica, un cierto informe, más que nada para que la Desmemoria, que es algo que constituye al yo en igual medida que la Memoria que lo funda, no acabe por llevarse más de lo que le corresponde, ya que ante todo viajamos, ante todo transigimos a la metamorfosis, para densificar el tiempo, para convertir en melaza ese hilillo de agua que no deja de descender hacia el Nunca.

 

8.

Éstos son, pues, los santos del viaje (santos llamaba Unamuno a los cromos en Recuerdos de niñez y de mocedad, y también figuras y vistas). O al menos una selección de ellos, hecha un poco al descuido, y dejando correr la pluma, o los dedos por el teclado, que es como yo (ese yo que soy casi siempre) escribo estas entradas. El Viajero acaso apostillaría, o incluso se rebelaría ante el atrevimiento de desvelar sus andanzas (y no hablemos del Doppelganger parisino, que siempre ha llevado muy mal su dependencia absoluta de este ser ajado y pretencioso que soy). Da lo mismo, la literatura siempre es a posteriori. Sólo en los extraños instantes de la iluminación mística nos anticipamos, o, para ser más exacto, nos marchamos del Aquí y el Ahora a un notiempo que es la tierra que nos prometieron las musas cuando empezamos, tan niños, a juntar letras.

 

9.

La primera tarde, después de la visita obligada (estamos hablando de los rituales del Viajero) a L’écume des pages, donde ya cayeron algunos libros, me dirijo (se dirige él, pero es mejor que no sigamos por ahí, porque nos perderemos: yo ahora es él) a otra de la lista de librerías imprescindibles que está, por lo demás, en el barrio, a unos pasos del hotel, que es el mismo de los últimos cuatro años. Ahí es donde vive el Doble. Esa librería es Compagnie (en los días sucesivos, no lo detallaré, compré muchos otros libros, y visité mis otras librerías y algunas más: Joseph Gibert, la Gallimard de Raspail, Tschann, La Procure, Les Traversées…). Tengo algunas compras ya prefijadas, llevo días y semanas en Madrid pensando en autores y libros. Encuentro algunos. Entonces, hojeo otros en las mesas. Hay uno de la colección L’imaginaire de Gallimard, no es en absoluto una novedad. El autor ha andado rondando por mi cabeza, asociado a Raymond Roussel, uno de los protagonistas del viaje cuyo santo, sin embargo, no aparecerá por aquí (ya habrá tiempo en alguna entrada futura): Michel Leiris. El libro se titula Nuits sans Nuit et quelques jours sans jour, y es un diario de sueños.

 

10.

El Viajero tiene al menos dos privilegios que yo no poseo, por más que fatigue las librerías madrileñas con un empeño digno de mejor causa. El primero es que no se las sabe ya, puede sorprenderse por una mesa de novedades, puede hojear autores que no esperaba, encontrar frases que le llamen la atención, comprar libros que no conocía. El segundo de esos privilegios es que a él le pasan cosas. El Viajero es un ser, sí, efímero y frágil, como la mariposa amarilla que es, pero por eso mismo está abierto a otras corrientes de aire, ha dejado atrás la inmovilidad de la crisálida y sus pesadas reflexiones, la vida rastrera de la oruga, tan alejada del vuelo, tan angustiada ante la aparición de los pájaros. Es al Viajero y sólo a él al que le corresponde, en tanto oficiante del rito, abrir un libro al azar por una página al azar y leer la descripción de un sueño suyo. Es decir, de un sueño de Leiris que es igual a sus sueños. Un sueño de hace cien años. He abierto desde entonces varias veces el volumen, nunca ha vuelto a abrirse por esa página, la 45. Tampoco ahora, que lo abro para copiarlo aquí.

 

11.

No hago una transcripción completa, y además lo traduzco con mi siempre dudosa capacidad de traducir el francés. Comienza en un paisaje que me es muy familiar, que ha sido un paisaje recurrente en mis sueños desde siempre: Viajes, ferrocarriles. Antes de abandonar París, o pasando por París, me he citado con mi madre en, por ejemplo, la estación de Amsterdam. Es decir, y esto es algo decisivo, porque constituye uno de los hechos diferenciales de mis sueños más interesantes: hay un antes, la acción del sueño comienza in medias res y se sabe de dónde se viene. Leiris, de hecho, lo hace explícito: en el sueño me parece recordar un sueño antiguo, que se me presenta como un precedente a la situación presente. En ese sueño, que dentro de la vida del soñador (otro de esas entidades-mariposa de nuestra larga familia del estar siendo) es el pasado inmediato a ese presente del ser-en-el-sueño, es decir, de su vida, Leiris dice haber olvidado su maleta en otro tren. Como conoce en qué compartimento se la dejó espero el tren siguiente con la certeza de que la recuperaré en el compartimento correspondiente, y termina, rotundamente, ce qui arriva, en effet, es decir, lo que tenía que ocurrir acaba ocurriendo, porque el soñador disfruta de una cierta precognición, como también dispone de una memoria que le permite situar este sueño en una sucesión de sueños que se desarrollan en esa Estación del mundo onírico, donde las cosas se pierden y se recuperan, porque nosotros, es decir, los que estamos del lado de acá, o quién sabe si es el lado de allá, o de arriba o de abajo, somos los guionistas de ese sueño, y a veces nos permitimos hacernos pequeñas trampas en el solitario.

 

12.

Trenes, sueños con pasado, capacidad de anticipación, cosas que se pierden y acaban por recuperarse justo ya en el límite de la vigilia, o tal vez no, pero igualmente uno se despierta y se dice: era un sueño, no has perdido ninguna maleta, ni te has dejado el coche aparcado en una calle que no recuerdas, ni se ha marchado el avión mientras tú no acababas de organizar un equipaje demencialmente escurridizo, ni te has extraviado una vez más por esa parte de la Ciudad que conoces pero en la que recuerdas haberte perdido, ni, no, tampoco eso era cierto, te has besado con Ella, ni tus padres están vivos otra vez, ni esos poemas que tan claramente viste, mecanografiados en un montón de folios bien ordenados, existen de este lado, del lado de acá o de allá o de dónde sea al que has vuelto, porque eres yo, Je, eres tú, eres el vígil, eres el que debe darse la vuelta cuanto antes para respirar de una buena vez. Ese sueño es el de Leiris, y fue al día siguiente un sueño de Henri Michaux, un autor al que recorrí con avidez hasta que se convirtió en uno de esos escritores marcados por mis lecturas hospitalarias en los meses en los que mi padre tuvo que transitar el doloroso sendero hacia su muerte. El diario de sueños de Michaux tenía también trenes. Era más elaborado, menos directo que el de Leiris y extrañamente me era desconocido, a mí, que dispongo ya de una buena quincena de libros de Michaux en mi biblioteca y, por eso, cuando me lo topé (cuando se lo topó el Viajero, que es al que le pasan las cosas) en Gallimard de Raspail al día siguiente acepté el guiño y supe que eso sería lo primero que contaría en la entrada que escribiría (pero no ya el Viajero, que escribiría yo, aunque al fin y al cabo él y yo compartimos futuro), que ese sería el primer santo del álbum.

 

13.

Como se ve, todo se dispone bajo la estética de la mise en abyme, que me es tan cara. Eso se hizo ya del todo evidente cuando el Viajero (que estrictamente no lo había leído todavía, pero yo sí, yo lo había leído de corrido y conteniendo la respiración y estallando de puro goce, en castellano, cuando lo compré un día, así, de improviso, en el Thyssen de Madrid) se compró (en L’écume des pages, justo antes del libro de Leiris, pero no lo empezó a leer, o releer o lo que fuera, hasta la mañana siguiente) Un cabinet d’amateur, de Georges Perec, que justamente me faltaba tener en francés. Esa obrita, una de las últimas de su autor, es una maquinaria endiablada, una extraña joya que casi, en abyme, reproduce la geometría de La vie mode d’emploi a una escala de miniaturista, elevando si cabe la apuesta aún más. Hablamos de un cuadro (imaginario, claro, pero quién se pondrá a establecer fronteras en el planeta llamado Perec) que representa justamente un gabinete de aficionado, una colección particular de pinturas, un género frecuente en ciertos periodos, especialmente en el arte flamenco. A partir de la idea de ese cuadro-hecho-de-cuadros, Perec saca de su chistera la familia entera de conejos, y algún tiranosaurio, como diciendo: ahí os dejo eso, yo ya me voy marchando. Y es una pena, porque soy tan joven y aún tengo tantas otras chisteras llenas de animales inconcebibles…

 

14.

Heinrich Kürz se llama el pintor que representa la colección del industrial norteamericano de origen alemán Hermann Raffke. Como cabe esperar de Perec, los guiños son infinitos (he descubierto, de hecho, uno espectacular en esta última lectura, que no revelaré, pues es un secreto de iniciado…) y el juego es por momentos hilarante. Pero lo más relevante para este pequeño informe es el hecho de que, en el cuadro de Kürz, entre otras muchas obras, se incluye a ese mismo cuadro, lo que genera, claro, la mise en abyme paradigmática de los espejos enfrentados, pues dentro de ese cuadro que está en el cuadro está otra vez el cuadro y dentro de ése otra vez está el cuadro y cada vez esos cuadros son más pequeños, acaban por ser diminutos, pero la pericia de Kürz hace que los detalles puedan seguir distinguiéndose y entonces (otra vuelta de tuerca) uno aprecia que la reproducción no es exacta, que el pintor introduce, voluntariamente, pequeñas variantes, y además todo eso está inmerso en otro nivel superior en el que el cuadro está en una exposición acompañado de los cuadros reales que en él se representan, y su dueño, orgulloso, se sitúa frente a él, y se ve a sí mismo representado en él, y acaba por hacer que en su mausoleo se le entierre frente a él y todo esto no es sino una pequeña, pequeñísima parte de los misterios gozosos que encierra esa obrita de menos de un centenar de páginas, un pequeño milagro que nos revela, por si aún no estábamos convencidos, que Perec es otra liga.

 

15.

Es abusivo, pues, no ya comprarse libros sin mesura, sino comprarse libros que ya se tienen, y además ponerse a leer justamente esos libros en vez de otros, en París, y es ya casi un gesto de exhibicionista hacerlo en el Café de la Mairie, en la Place de Saint Sulpice, esa atalaya donde Perec se instaló para pergeñar su Tentative d’épuisement, pero éstas son las cosas que hace el Viajero y a él le salen bien. Así pues, en dos días ya habíamos pasado de los dobles a los sueños, a los abismos y a los juegos matemáticos y literarios, y eso ya justificaba el viaje y elevaba directamente al éxtasis al Viajero, que, por otro lado, baqueteado como está ya por muchas aventuras no siempre exitosas, tampoco le pide tanto a sus periplos. Por eso, el que esa noche, en el hotel, en su portátil, que es un objeto, pues, transdimensional, porque es este mismo que uso para la crónica, pero él, o una réplica suya, también estuvo hace unos días en el hotel de París conectado con un HDMI que previsoramente yo incluyo en el equipaje siempre para que el Viajero pueda ver en la televisión de la habitación lo que él quiera, esa noche, digo, con ese portátil, que es éste, de entre todas las películas posibles eligiera, una vez más (en los hoteles, al final, acabo siempre poniéndome las mismas películas, son como fetiches del Viajero) Vértigo.

 

16.

Vértigo, de la que podría decir tantas cosas que agotaría no ya el espacio disponible de la entrada, que ya va siendo escaso (en el 20 paramos, como siempre), sino libros enteros (y a lo mejor alguna vez escribo uno) trae de vuelta al doble, y a la mise-en-abyme, y a la révenante, y a la espiral, y al vértigo (el vértigo de los puentes, de las torres de las catedrales), y tantas otras cosas que rimaban bien con lo que ya estaba pasando, pero eso el Doppelganger lo halla por instinto, sin pensar, y por eso tengo que desvestirme de mí y dejarle mi lugar, para que desenrede mis madejas y me regale las perlas que encuentra donde yo no veo sino ostras. O piedras. Cerradas. Vértigo se acompañó al día siguiente (las señales se encadenaban ya vertiginosamente) en Tschann con un libro titulado Vertiges y una ostentosa espiral en su faja que versaba… sobre Borges (aunque luego no tanto). Y con Borges ya viene todo. Si añadimos a Nabokov, que también me acompañaba desde Madrid (estoy releyendo Despair, acaso por tercera o cuarta vez, cosa de los dobles, ya les contaré), ya estábamos todos. Las claves de lectura de la ciudad del flâneur van así cambiando, y el Luxembourg, o el Sena, o el Panthéon, o la Tour de Saint Jacques y hasta la mismísima Tour Eiffel se ven de otro modo cuando uno piensa en que ese paseo a ninguna parte es compartido con Madeleine, porque dos personas pueden también errar juntas sin rumbo.

 

17.

Chartres entonces, pero Chartres no puede contarse aquí tampoco, da para demasiado. Era mi tercera visita, y, como ocurre siempre cuando uno (o él, o quien sea) retorna a un lugar, el lugar no puede ser ya el mismo, porque uno ya no lo es. Y más cosas, más lugares sagrados, y otros que lo son igualmente, pero no lo habían sido hasta ahora, se han incorporado. Así, perequianamente, la manzana de casas del 17éme arrondissement que cortaría diagonalmente la rue Simon-Crubellier, en cuyo número 11 tiene lugar la múltiple peripecia de La vie mode d’emploi. O la iglesia de Sainte-Marie-des-Batignolles, donde Andreas, el Santo Bebedor, de Joseph Roth, no acaba de ir para depositar su ofrenda ante la estatua de Santa Teresa de Lissieux. Todos mis paseos por París están, inevitablemente, teñidos de literatura.

 

18.

También volví al Cementerio de Montparnasse, donde fui aquella Navidad de 2022 en la que el blog justamente estaba por nacer (y volví a repetir, porque la repetición es el signo del ritual, y por lo tanto de mis retornos a París, el café de la rue de la Gaité donde escribí las notas que figuran en la segunda entrada de este Pálido juego, ya lejana en el tiempo). Allí visité a Julio Cortázar, entre algunos amigos más: la tumba de Baudelaire con su lápida sempiternamente cubierta de besos, sin los de Angélica esta vez, o la de César Vallejo, en donde alguien había dejado unas gafitas, o la de Cioran, que tiene un buzón donde se puede mandar correspondencia de ultratumba para el difunto, o la de Beckett, o la de Éric Rohmer, que fue decisivo, para bien o para mal, en mi educación sentimental de cinéfilo juvenil de los ochenta. Si buscan por el blog verán que ya les he contado cosas parecidas (lo tienen fácil: en el listado de categorías o de palabras clave que aparece a la derecha en la versión PC cliqueen París). Ahora, para evitar que la lápida de Cortázar se ensucie o quede cubierta por billetitos de metro y otras pequeñas ofrendas, se ha colocado como un árbol en miniatura con unas pincitas para colgar en esas ramas los mensajes. El Viajero cumplió escrupulosamente con la ceremonia: sacó su billete de Métro, escribió en él Entonces había juego, que es la frase que abre todos los juegos y que viene de un relato en el que alguien acaba arrojándose, como Madeleine, y firmó con mi nombre y con la fecha del día. En París, entre otras cosas, uno visita a sus muertos.

 

19.

Y sus muertos pueden no tener que ver con París y ni siquiera estar muertos al comienzo del viaje. Verónica Echegui se nos murió como el rayo y justo un poco después cayó Eusebio Poncela. El Viajero, que lee esas noticias en la pantalla de su móvil o de su portátil, él, que antes buscaba con avidez El País por los quioscos de todas las ciudades del mundo, y lo conseguía, hasta en Shanghái, se entera de estas cosas y las incorpora a su relato. Y decide, entonces, que esa noche, en la pantalla en la que ha visto Vértigo, y poco más, porque está muy cansado por la noche y además lee y escribe y entonces directamente se duerme, va a poner Arrebato, que es otra de sus (y mis) películas sagradas. Y entonces, porque el destino tiene estas cosas, el círculo acaba por cerrarse, porque ahí tenemos de nuevo el doble y la mise en abyme y el amour fou y la muerte y hay un vampiro cinematográfico que es el ojo de una cámara y es también una jeringuilla y uno se da cuenta de cuánto ha admirado, ha querido, a Eusebio Poncela a lo largo de su carrera (por La ley del deseo, que es mi película favorita de Almodóvar, y eso es mucho decir, y por Martín (Hache) y por Intacto y por tantas más) y cómo todas esas películas recurrentes puntúan el transcurso por mi vida, y cómo nos hemos hecho tan viejos repitiendo esas cosas, pero es justamente esas cosas a las que cabe aferrarse, como a esa colcha o sábana a la que se agarra Eusebio, o José Sirgado, en el último plano, con los ojos vendados, mientras el tic tic tic del disparador de la máquina le conduce a la deflagración final, y el Viajero recuerda, con los ojos empapados en lágrimas, incómodo porque no le gusta ver la televisión tumbado en la cama y cansado de un día de muchos kilómetros andados y muchas líneas escritas y leídas, cuánto me gusta el cine, y cuánto le apetecería que, como le ocurre a Sirgado, al cine le gustara yo también.

 

20.

El veinte. Acabamos este memorial que se añade a los anteriores de mis semanas de Morel en París. Esto sirve, aunque no sea para nada más, para eso: para dejar constancia, para poder no olvidar, o, sí, olvidar (la memoria del Viajero es inestable) pero acabar recordando lo que se ha escrito. Perec sabe bien que para eso es para lo que se escribe, en última instancia. Me dejo cosas y gente, como Christian Bobin, y la extraña constelación que se reúne en torno a él y que estoy empezando a conocer: Lydie Dattas, Alexandre Romanès, Jean Grosjean, Jean Marie Kerwich, Jacques Reda, Dominique Pagnier… de casi todos he comprado libros. También, la enésima reaparición de Nerval, que reclama ya desde hace mucho mi atención para que le escriba, para que escriba algo, que no es una entrada en el blog, algo más grande, sobre él. Hay que acabar, hay que mandar esto al ciberespacio para que empiece a generar sus propios ecos, para que la mise en abyme se complique aún más, para seguir añadiendo capas a los sueños y las historias, para que todos los que somos, en todas las antípodas imaginarias, se conecten y sean consumados en esa conexión. Cierro, pues, les dejo un último mandato (un último ruego, no estoy en posición de imponerles nada): el de Pedro a Sirgado cuando, pasando las páginas del álbum de cromos (Unamuno diría santos) de Las minas del rey Salomón pronuncia las palabras mágicas (Pausa, Arrebato) y señala con su dedo al cromo con más colores y le dice ¡mira! En ese ¡mira! está toda la magia y la poesía del cine y en la mirada de Poncela, que se abisma en la contemplación de su propia infancia, acaba por encerrarse, en un último rizo, en un último bucle, en una última vuelta de tuerca, toda la arquitectura efímera del Viaje, todo el bagaje del Viajero, que no ha tenido que facturar, sino dejar simplemente en la habitación donde vive el Doppelganger, hasta su próxima visita, que esperemos que se llame abril y Angélica Liddell en el Odéon.

jueves, 27 de marzo de 2025

Papeles pintados

 


¿Quién conoce mi faceta de animal nocturno? Cuántas veces en mi cuarto, estando ocupado en alguna lectura, he sentido penetrar por las ventanas, por las rendijas de la puerta, el llamado de la noche.

JULIO RAMÓN RIBEYRO, Prosas apátridas, 67

Sí, Poeta, el amor y el dolor son tu reino.

VICENTE ALEIXANDRE, Sombra del Paraíso

 

1.

La producción cuentística del gran escritor peruano Julio Ramón Ribeyro es, sin duda, vasta y variada. El título que Ribeyro escogió para la reunión de sus relatos completos fue La palabra del mudo. Pasados ya 30 años de su muerte podemos encontrar todos esos cuentos, y alguno más, en un volumen bastante apabullante, cercano a las mil páginas, que los editores, Alfaguara, han decidido titular, de modo mucho más anodino y tautológico, Cuentos reunidos. Las diversas colecciones que se fueron publicando a lo largo de la vida de Ribeyro van marcando sus avatares vitales, siempre en una especie de vaivén entre Perú (especialmente, su natal Lima) y París, donde habitó largos años, muchos de ellos en condiciones económicas más bien precarias y dedicado a los oficios más peregrinos. Así, Los cautivos, publicada en 1972, contiene algunos relatos escritos en Lima, pero en general la acción de los doce cuentos que incluye se desarrolla en París o en otros lugares de Europa, como Varsovia, donde conocemos la bella historia de Bárbara. Es dentro de Los cautivos donde nos topamos, de manera bastante inesperada, pues no suele ser uno de los cuentos más celebrados o citados del peruano, con Papeles pintados.

 

2.

Si no fuera caer en un cierto anacronismo, y en una segura arbitrariedad, cabría definir el ambiente del relato como modianesco. A pesar de ser fechado en Lima y 1960, toda la peripecia se inscribe en un puñado de calles del Quartier Latin parisino, por donde deambulamos dos noches, en compañía de Carmen, encargada del guardarropa y otros menesteres menores en un cabaret presumiblemente sórdido de la rue de Huchette. Deambulamos nosotros, los lectores, y un narrador innominado, bastante ribeyriano en su pose desencantada y hasta abúlica, y no especialmente simpático, al menos en la mayor parte de la aventura. Ahora, justo en este punto, es cuando Uds. deberían abandonar éste mi escrito y proceder a la lectura del breve, apenas seis páginas, relato. Lo cierto es que esta vez es algo más complicado comparado con cuando les hablo de Cortázar o Borges, por ejemplo. No hay, que yo haya encontrado (no le he puesto mucho ardor, tampoco se crean) ninguna versión online del cuento. Comprar Los cautivos, ampliamente agotado, no es, realmente, una opción, y el cuento no se encuentra en la asequible y muy recomendable antología incluida en la colección de Letras Hispánicas de Cátedra. Así que la única posibilidad sería hacerse con el tocho de Alfaguara. Que conste que me parece una opción realmente recomendable, ni siquiera es tan caro y la calidad y cantidad de lo allí incluido es muy grande. Pero, por las dudas, procederé a hacer una sinopsis bien detallada, spoilers incluidos, y no seré parco en las citas. Síganme.

 

3.

La noción de cuento triste, ya lo sabemos por aquí, fue acuñada por Augusto Monterroso y Bárbara Jacobs para una impagable Antología, publicada también por Alfaguara hace ya sus buenos años. Yo mismo me he ocupado de añadirle algunos cuentos de mi cosecha en este blog, 1. Papeles pintados, nuestro cuento de hoy, que también da título a la entrada, no desmerecería entre esos augustos representantes de la tristeza narrativa. Y, sin embargo (o no, no sin embargo, porque justamente es por eso) esa tristeza es también la clave de la felicidad que nos produce su lectura, y dentro de la amarga desolación que parece narrar brilla también, no se sabe cómo (esto es muy ribeyriano, de nuevo) una alegría discreta pero inconfundible, una esperanza frágil pero resistente.

 

4.

Estábamos, decíamos, en un París modianesco. Barrio Latino, cafés que cierran tarde, cada vez más tarde, pues hay que ir de un café a otro que siga abierto. Nada sabemos de los prolegómenos, no hay aquí un distanciamiento temporal, un narrador que vuelve a encontrarse muchos años después una agenda con números y teléfonos a los que aún no les han nacido las cifras que luego fueron viniendo, como pasa en las novelas de Modiano. 2 Nada sabemos del narrador, ni tampoco de Carmen, más allá de la sucinta información laboral que ya les he aportado. Nos los topamos in medias res, en el entresuelo del café Danton, ya muy tarde. El narrador bebe su Calvados y deja hablar a Carmen. No porque tenga en realidad gran interés en lo que dice Carmen: un par de páginas más adelantes lo resumirá cruelmente en una frase dura y cortante: No hay cosa más aburrida que las confidencias tristes de una mujer a la que no amamos. La motivación es más simple: quiere acostarse con ella. Pero la vana parlería de la española y malagueña Carmen se extiende entre bostezos y alcohol hasta que llega la constatación indignada de que son las cuatro de la madrugada.

 

5.

Entonces, nuestro narrador propone a su partenaire acompañarla a su hotel. Ella no se resiste: Por supuesto, le dice. Y salen a la noche parisina, a las calles desiertas del barrio universitario de la Rive Gauche, donde apenas parece sonar algún jazz, que remite a un Nuevo Orleans fantasmal, de alguna cave. Queda algún café funcionando aún, pero ya a puerta cerrada. Otros bares están empezando a abrir. Es esa hora incierta en la que para algunos de los transeúntes todavía es la noche de antes y para otros ya es el día siguiente. Entonces, en la rue Buci, Carmen se detiene ante una tienda de artículos de viaje y arranca del escaparate un afiche (ése es el término que utiliza consistentemente Ribeyro, un término francés castellanizado, apropiado, pues) en el cual se distinguía una bahía azul dominada por un volcán. “Es Nápoles”, nos cuenta Carmen, con errata incluida en el volumen de Alfaguara. Eso es sólo el comienzo.

 

6.

Siguiendo un rastro del que parece plenamente conocedora, moviéndose con presteza y precisión por el laberinto de las calles, hasta desorientar al narrador, por la rue de Seine y la de Monsieur-le-Prince, o junto al Luxembourg, Carmen va apropiándose de carteles turísticos que muestran motivos alpinos o playas de la costa dálmata. El narrador es conminado, no sin cierto escrúpulo por su parte, a participar en ese latrocinio melancólico y largamente inofensivo. El alijo es abundante, y el periplo es largo, y lleno de menciones a nombres señeros de esa región ya devenida onírica: rue Soufflot, rue Cujas, rue de la Sorbonne, la plaza del Panteón. Cuando finalmente arriban al hotel de Carmen, ya es de día, son las seis de la mañana y no es conveniente que el narrador suba al cuarto de la coleccionista, bajo la mirada inquisidora del portero. El galán no oculta su frustración, y ella le emplaza para la noche siguiente, donde presumiblemente tendrá lugar la consumación de ese destemplado amorío.

 

7.

Como un clavo, nuestro narrador se persona a las dos de la mañana (nada sabemos del día de entre medias, todo acaece como si la ciudad sólo existiera durante la madrugada) en el cabarecito árabe donde Carmen desarrolla su trabajo un poco clandestino y múltiple. Entonces ella propone nos tomaremos algo antes, y es preciso encontrar un café abierto. No lo están ya ni el Cluny ni el Old Navy ni el Mabillon. En el Deux Magots los mozos hacían pilas con las sillas. Terminamos en el Royal Saint Germain. Allí pedimos una cerveza. Yo me encontraba aún malhumorado. Y nosotros vamos caminando de un café a otro, sintiendo el escalofrío nocturno de esas calles, acaso húmedas de la lluvia de una tarde que puede no haber existido. Nosotros trabajamos en esa escenografía con el mismo ahínco, soñamos de igual modo, arrastrados por nuestros instintos, dominados por fuerzas que no podemos conocer con otro nombre que entropía. Y entonces Carmen, ante nuestros reproches, se echa a reír.

 

8.

Yo soy una mujer difícil. Mis amigos tienen que acostumbrarse a mí. Y nos cuenta retazos de su historia, de su historia de náufraga en un Quartier Latin en el que lleva varada años sin poder salir de allí, de los líos con la prefectura de alguien que no tendrá, con toda seguridad, los papeles requeridos, de su niñez en Málaga, del hijo que un hombre que la abandonó la hizo, y la espera en el campo con una nodriza (como el Bebé Rocamadour esperaba a La Maga, que luego lo llevó a París a morir en mitad de una discada del Club de la Serpiente). Y ahí, mientras nosotros la escuchamos con una sonrisa, apurando nuestra cerveza de las tres de la madrugada, nuestro grosero narrador se aburre de las confidencias tristes.

 

9.

Pero Carmen es una cazadora y no se arredra. Ha visto, cerca de la escuela de Medicina, un afiche maravilloso de un mar azul y una costa que era la sombra del paraíso. Nos resulta fácil imaginarla, ilusionada como a una niña, y también exhausta de la jornada de trabajo, y ajada por los años de vaivenes y privaciones, y también capaz de volar hasta esa playa, de sumergirse en ese mar azul a través de la ventana que abre el afiche en la dura pared de un París apenas iluminado de los años sesenta. El narrador, que no parece haber entendido nada (aún) se resiste, ella claudica, se dirigen a su hotel, y en la plaza Odéon (donde acaso Johnny o Charlie o cualquier otro saxofonista toca por unas monedas3) miró con tristeza la prolongación del bulevar, donde se veía la escuela de Medicina.

 

10.

El narrador parece, pues, haber conseguido su objetivo, distrayendo a Carmen de su hambre de afiches por esa noche. Llegar a la habitación del hotel, empero, todavía exigirá un ascenso a tientas (no fuera a darse cuenta el portero, no estamos en una época en que una pareja que no estuviera casada pudiera, sin más, compartir habitación), pisos y pisos mientras yo me ahogaba en ese pozo negro, guiado a ciegas por la mano de Carmen. Al final topamos con una pared. Un nuevo espacio obscuro, y entonces esa mano de Carmen encendió de golpe la luz. Nuestro narrado nos comunica el enternecedor y también atroz y también propiamente surrealista descubrimiento: Quedé asombrado: aquello no parecía un dormitorio de hotel, sino el desván de una imprenta. Por todo sitio se veían papeles y más papeles. En realidad eran afiches de toda forma y tamaño, doblados unos, enrollados otros, formando rumas o columnas que se desplomaban entre los escasos muebles. Muchos estaban clavados en las paredes, en el cielo raso o en la ventana, a manera de visillos. La cama apenas se distinguía bajo un aluvión  de papeles. Entremos nosotros también, con respeto, a ese templo caótico y extrañamente luminoso.

 

11.

Detengámonos por un momento. Imaginemos el cuarto minúsculo lleno de carteles con vistas, con la cúpula de San Pedro, con los molinos de Holanda, con la Torre de Londres, con el Partenón, en Grecia. Ese tesoro acumulado durante años, durante infinitas madrugadas de pavor o nieve, dejándose las uñas para derrotar esos engrudos, imaginémonos a Carmen al acecho de cada nueva promoción de las agencias de viaje de la ciudad extranjera en la que estaba aherrojada. Imaginémonosla con su botín camuflado en el abrigo, depositándolo en ese desorden gozoso en el que ella se sumergiría entonces, para dormir a pierna suelta, transitando en sus sueños por esos parajes inalcanzables, pero reales, pues fotografiables, pues nombrables con nombres como Niágara o Indochina. Pensemos, acaso, en la oficina de Rosalind Dakyns, que nos muestra W.G. Sebald al comienzo de sus Anillos de Saturno4, con esas montañas de papeles prestas a un derrumbe que no se produce, rodeando a la imagen sagrada de la Melancolía de Durero.

 

12.

Carmen, entusiasmada, muestra su colección, como mostraría un niño de hace ya tantas décadas su colección de sellos.5 El narrador se siente sobrecogido: de sus ojos salía una luz cegadora, insostenible, sus narices aspiraban y exhalaban el aire con vehemencia, sus labios se movían sin descanso, articulando explicaciones muchas veces doctas, pero mecánicas, como una conferencia aprendida de memoria, mientras sus brazos, infatigablemente, desenrollaban los grabados y los dejaban caer a sus pies, en un torbellino de paisajes. El narrador quería hacer el amor con Carmen y Carmen estaba haciendo el amor con él, en su infinita locura, en su lucidez insoportable, llevándole a su mundo multifacetado de destinos donde pasar la noche y las otras noches, y los días hostiles de una ciudad que no es la suya, y donde apenas hay otra posibilidad que trabajar mal, cobrar mal, comer mal, tener mal sexo, y soñar y acumular papeles.

 

13.

No siempre está uno preparado para una iluminación tan rotunda. Medroso, nuestro narrador, se escapa. Huye a toda prisa, escaleras abajo, en la misma obscuridad de la ascensión, gana la calle, se lanza al bulevar Saint-Germain, confundido, tratando de serenarme, sabiendo que huía, que mi cuerpo se anticipaba, dejando a mi razón caída, dando tumbos a mis espaldas. Es posible que en ese momento deseara no haber estado allí, no haber conocido ese edén polvoriento y claustrofóbico. Anda, sin resuello, recorre el bulevar. Entonces, ahí, justo ahí, donde ya sabíamos que estaba, en una librería cerca de la escuela de Medicina, hay un cartel, un afiche con un mar azul y una costa paradisiaca. Era un afiche de la costa malagueña, de su costa, un afiche como cualquier otro, en verdad, pero que me retenía de una manera extraña. En su cuarto, Carmen quizá vaya ya por Moscú o por las Antillas, quizá se haya desmaquillado, desnudado, se haya metido en la cama. Triste acaso, o acaso no, en el fondo qué importa, ya le ha ocurrido más veces, el extraño no ha querido conocerla, hacerse cómplice. Cuando se apaga la luz, aún, por las rendijas que dejan los afiches pegados como visillos a la ventana, pueden apreciarse cumbres nevadas y selvas lujuriantes. Y entonces, en el sueño, los carteles se hacen transitables, y empieza una nueva etapa en la vuelta al mundo.

 

14.

Pero, en nuestra película, estamos junto a la escuela de Medicina de París, frente a un cartel, bien banal si se piensa, de Málaga. Lo miramos, lo seguimos contemplando, fascinados, estudiando cada detalle, cada artificio del pintor anónimo o del fotógrafo astuto que había puesto su ingenio en abrir una ventana de color sobre los grisáceos días parisinos. Nunca hemos mirado así a un afiche. Nunca hemos mirado así a nada. Hemos ido y venido por el Barrio, hemos cerrado todos sus cafés, hemos trabajado en oficios de baja cualificación, o hemos escrito en nuestro propio cuartito, frente a ventanas sin visillos, ni afiches de turismo. Pero entonces, por fin, comprendemos lo que significan los afiches de turismo. Uno de estos afiches, cualquiera de ellos, era la evasión, el país remoto, la ciudad soñada, las vacaciones eternamente aplazadas, los imposibles días de paz y descanso, el irrealizable viaje, el exotismo prometido y burlado, el consolador mundo de la ilusión. Esos carteles, sí, eran el pasaporte a la Otra Ciudad, a la Otra Vida, donde no llueve tanto, o sí, si queremos que llueva. Donde sólo es de noche cuando queremos que sea de noche. Donde estamos juntos, o donde estamos solos cuando no queremos estar juntos. Y por esos carteles viajamos, como los niños lo hacen con sus libros de geografía, a la luz de una lámpara.

 

15.

Llegados a este punto, ya sólo resta una cosa por hacer, si queremos, al menos, en el último minuto del combate, redimirnos, vencer o conseguir tan siquiera un empate. No dudamos, pues: arrancamos el cartel, regresamos apresuradamente al hotel, para hacer entrega de esa pieza única, de ese sello con el que concluye la serie, de ese lienzo al que espera la mejor pared de la exposición. Porque sabemos que ese dibujo completaba un periplo imaginario, era la pieza rara de una colección, el plazo que se concedía a una desesperada, un eslabón más en el delirio o tal vez la estación última de un itinerario infernal que cerraba el ciclo de la locura. Y colocamos el punto final, decididamente cómplices de ese desatino, partícipes de ese destino. Estamos igual de solos que ella en el mismo París de días imposibles. No podemos renunciar a los abrazos, por friolentos que resulten. No podemos volver la cara a las imágenes, aunque nos llenen los ojos de lágrimas.

 

16.

En Dark city, la película de culto de Alex Proyas (1998), tampoco hay día, vivimos en una perpetua sucesión de noches, deambulamos crecientemente desorientados por una ciudad noir en la que, en los mejores días, la bellísima Jennifer Connelly nos invita a bailar con ella6. De algún modo, todos los trayectos parecen ser circulares. No hay una salida, ni a las afueras, ni a la luz del día. El metro insiste en pasar y pasar y no nos lleva a ningún otro lugar que a su mismo ser subterráneo. Lo único que parece lucir es un viejo cartel que nos obsesiona. Shell Beach, anuncia, y todo nuestro afán es arribar a esa playa, que es, o así lo creemos, la de nuestra infancia, y que haga sol y podamos tumbarnos en la arena. Todos nuestros sueños son así, llevan siéndolo desde siempre. Todos nuestros relatos, pues, inevitablemente, son así: un trayecto nocturno por una Ciudad que es íntima y también extraña, en busca de no se sabe qué torno de salida, de no se sabe qué aire libre en el que por fin burlar la apnea.

 

17.

Inspeccionamos, como detectives (estamos, al cabo, en un film noir), las paredes. Prohibido fijar carteles, pero los hay, fijados, a veces a medias despegados, superpuestos. Défense d’afficher. Y graffitis, como en el cuento, tan triste también, de Cortázar, inesperadamente pareados, inesperadamente narrativos, tan dolorosamente testimoniales de una tortura que no cesa nunca. En algún lugar, las colonias del Offworld que nos prometen una nueva vida en el Los Ángeles de un 2019 de una línea temporal intransitada por nosotros, en la que hay replicantes y blade runners. En algún lugar, un mar incomprensible, junto al que te paseas, de noche, tú, que no vives en mi ciudad, que vives en el mundo de los carteles, ese mundo que yo escribo y escribo, quitándole horas a un sueño que no va a saber incluirte, en una habitación en la que siempre son las tres de la mañana.7

18.

Los diarios de Ribeyro se reunieron bajo otro título igualmente bien elegido: La tentación del fracaso. Allí, en una entrada correspondiente a febrero de 1968, en París, naturalmente, encontramos otro fragmento mágico. Anota Ribeyro: Hallazgo, ayer, a tres cuadras de mi casa, de una Fábrica de Acuarios, así, con esas mayúsculas. El descubrimiento le produce gran perplejidad, porque un acuario es algo tan raro ―habrá uno por cada millón de casas o cada cien mil restaurantes u oficinas― que me era difícil pensar que se fabricaran en serie. Pero sí, sí se fabrican, y sobre medida, lo que prueba la imaginación de los industriales, atentos siempre a cubrir las necesidades de los consumidores, incluso las de aquellos que añoran una ancestral vida submarina. Una fábrica de acuarios en la que se producen láminas de vidrio y también esferas. Transparentes. Engañosas en su transparencia. Hábitat para peces desorientados y agotados en deambulaciones que no conducen nunca, pero nunca, pero nunca (y la memoria de los peces basta para ser conscientes de ese nunca) a ninguna Shell Beach, a ningún océano.

 

19.

Algunos peces, algunos habitantes del acuario, algunos de nosotros, han colocado en esas paredes de vidrio afiches de la costa malagueña, o de paisajes alpinos, o de playas dálmatas. Algunos peces, algunos habitantes del acuario, algunos de nosotros, miran esas fotos y les parece estar ahí, se sumergen en esas imágenes como lo harían en las aguas cristalinas de los Mares del Sur. Algunos de nosotros, a ratos muertos, nos sentamos y escribimos relatos en los que otros de nosotros, o nosotros mismos, caminamos juntos por ciudades nocturnas y coleccionamos perlas que encontramos en ostras buceando a pleno pulmón, o ídolos de las Cícladas, o simplemente pins o imanes de nevera o postales o cualquier otra cosa de las que se venden en esos lugares que se llaman tiendas de souvenirs. Tiendas de recuerdos. Recuerdos comprados. Ay, nuestra memoria ya va siendo tan frágil.

 

20.

Siempre he sabido que tú vives en Shell Beach, y por eso no cejo en mi empeño de llegar allí. Fatigo las líneas del metro (o del Métro), me pierdo por los callejones surgidos en una época en la que no existía aún la noción del urbanismo, en apariencia paralelos pero que empiezan a separarse y terminan por conducir a puntos diametralmente opuestos. Me pierdo también por avenidas anchas y rectilíneas y plenas en perpendiculares. Transito, deambulo, recorro, me agoto, me echo a dormir en cualquier banco de la ruta, tomo autobuses contradictorios, me embarco en balleneros, me detengo de repente como si hubiera encontrado una pista, robo impunemente todos los carteles que encuentro, lleno mis estanterías de guías de viaje, empleo mi vida en una quête infinita que sé que no me conducirá a Grial alguno. Y a ratos, en los mejores días, me parece oír el ruido de las olas ahí mismo, a la vuelta de la esquina, y el olor, ese olor a mar que la gente del interior tenemos inscrito en lo más profundo de la memoria sensorial. Y entonces Jennifer Connelly empieza a cantar Sway y tú me saludas agitando la mano, bajo tu sombrilla, y Shell Beach existe, existe eternamente, indefinidamente, existe hasta que nos despertamos y ya no existe más, pero no importa, ya sabes tú que no importa.

 

Aunque no ha sido intencionado, lo cierto es que en este texto hago referencia a otros textos míos del blog, que enumero aquí. No es tan extraño, ahora que el blog ha crecido tanto, que mis obsesiones y mis preferencias acaben por producir circularidades de este tipo. Si disponen del tiempo y de las ganas suficientes, quizá podrían explorar o redescubrir estos otros elementos de la constelación o archipiélago que aquí se ha cartografiado. Y en el número 6 encontrarán a Jennifer, que pone la banda sonora. Un apunte más: el poema del que he extraído la cita de Aleixandre, una cita que me lleva persiguiendo desde mis trece o catorce años, es el que abre Sombra del Paraíso y va dedicado "a mi ciudad de Málaga". Releyendo el texto de la entrada antes de publicarla, me he dado cuenta de que podía haber una alusión en el modo en que Ribeyro describe el afiche de Málaga. O tal vez no, tal vez es una pura coincidencia, un seguro azar, que diría Salinas. En todo caso, buen viaje.

1 https://palidojuego.blogspot.com/2023/10/ceremonias.html

2 https://palidojuego.blogspot.com/2024/03/los-bulevares-perifericos.html

3 https://palidojuego.blogspot.com/2023/10/ceremonias.html

4 https://palidojuego.blogspot.com/2024/07/papeles.html

5 https://palidojuego.blogspot.com/2023/09/el-catalogo-del-mundo.html

6 https://www.youtube.com/watch?v=MIvWZ8iF6CI

7 https://palidojuego.blogspot.com/2023/07/tres.html 



martes, 31 de diciembre de 2024

Invitación al viaje

 


Tu connais cette maladie fiévreuse qui s’empare de nous dans les froides misères, cette nostalgie du pays qu’on ignore, cette angoisse de la curiosité?

CHARLES BAUDELAIRE, L’invitation au voyage


1.

En unas horas finaliza el año Kafka. Este año Kafka, porque ha habido otros, habrá otros, el tiempo de los aniversarios es a la vez lineal y cíclico, pero ya no habrá para mí otro centenario de Kafka. Puede haber un sesquicentenario cercano (en qué momento puede uno usar semejante belleza de palabra…), cuando en el 2033, al borde de mi setentena, se celebren los 150 años del nacimiento del praguense. Si no nos hacemos trampas en el solitario con cuartos de siglo, eso es todo. Se ha pasado el año sin que, al final, cumpliera mis propósitos de dedicar mi 2024 a los Altos Estudios Kafkianos. Ha sido un año muy atareado para mí, ya lo saben Uds., que me han seguido. Y en todo caso, no me hacen falta centenarios para dedicarme a Kafka.

 

2.

No parece que haya grandes aniversarios de escritores para el 2025, o por lo menos entre los de mi preferencia. Me parece que no habrá otro de semejante magnitud hasta el año siguiente, el 2026, cuando se cumpla el centenario de la muerte de otro praguense, Rainer Maria Rilke, que justamente hace un par de días, el 29 de diciembre, cumplió sus 98 años de muerto. La coetaneidad y la coincidencia geográfica de dos gigantes como esos dos autores, que son tan divergentes en muchos aspectos, por otro lado, es uno de esos misterios gozosos de la historia de la literatura. Como ya saben, hace un tiempo les dediqué un ensayo, inevitablemente inédito, a ambos, en torno a sus epistolarios amorosos.

 

3.

Hubo una tercera persona que se coló en ese ensayo, que di en llamar “Los amores bidimensionales”, y lo hizo porque, de algún modo, apareció de forma sobrevenida, reclamando su vértice del triángulo: la gran poeta rusa Marina Tsvietáieva. También he hablado de eso por aquí: en el verano de 2015 (ya va a hacer una década el tiempo pasa de una manera insoportablemente inclemente), mientras luchaba por alumbrar Morgana en Duino, junto con su hermano mellizo, ese ensayo sobre la imposibilidad, en una librería de Girona me topé con las Cartas del verano de 1926 (que tendrán también su centenario, pues, en poco tiempo), entre Marina, Rainer y el eslabón que les unió, Borís Pasternak. Un libro difícilmente comparable a ningún otro, por el calibre de las personalidades implicadas y por la historia de amor (de un amor que no puede tener equivalente en el mundo físico, y por eso se refugia en el mundo de la poesía y las correspondencias) entre dos poetas, alejados en el espacio, también, de algún modo en el tiempo, pero capaces de definir (al menos Marina, Rainer está ya tan cansado y quebrantado por la enfermedad por ese entonces) un tercer ámbito, más allá del vivir o del estar muerto. Ése es el reino de Marina, la tercera persona. Ése es el reino en el que cabría cobijarse, especialmente en días como hoy, cuando se nota tanto el que los engranajes no se detienen, y que estamos atrapados entre las ruedas dentadas de esa maquinaria.

 

4.

También les he contado (ésta no es, me parece, una entrada para ser original, tiene otras finalidades) que, enterada Marina del fallecimiento de Rilke, pero no teniendo aún todos los detalles a su disposición, compone un poema bellísimo que se ha dado en llamar Poema del año nuevo, o Carta del año nuevo, o simplemente Del año nuevo, y que está dedicado, claro, al poeta que acaba de abandonar el siglo, que dirían los clásicos, es decir, que acaba de trasladarse a ese otro emplazamiento, esa otra habitación del tiempo, que tendrá que empezar a amueblar, a cartografiar con nuevos e inconcebibles poemas en no se sabe qué lenguas angélicas, ese territorio que está al lado, o incluso aquí mismo, como está el país de los ángeles, que pasan entre nosotros sin siquiera percibirnos con su existir más potente, ese lugar a donde Marina expide su misiva, que ha de ser entregada en propia mano.

 

5.

Y por último, igualmente saben que uno de mis rituales de capodanno es releer el poema de Marina, introduciéndome así en la intimidad de esa correspondencia privada, aceptando así el regalo de la poeta, que contestaba de ese modo al otro regalo que Rilke le hizo poco antes, cuando escribió para ella nada menos que una Elegía, la undécima de las de Duino (o eso decide ella que sea, y no sin justicia). Es algo que haré, con detenimiento y delectación, apenas termine de escribir esto, que es mi regalo, mi carta de Año Nuevo para Uds., y que les entrego, como debe ser, en propia mano.

 

6.

¿Por qué les cuento, por lo tanto, todo esto, si de algún modo ya se lo he contado, y además es algo que gira sobre mis mismos temas, mis mismos intereses, mis mismas obsesiones? ¿Lo hago porque me veo en la obligación de solemnizar el hecho de que el astro en que hemos sido depositados ha cumplido, con rigor funcionarial, su trabajo y ha concluido una nueva órbita, topándose así con el hito o mojón que de manera tan profundamente arbitraria colocamos aquí, un poco a la izquierda del solsticio, ese punto indiscernible de la sucesión de puntos indiscernibles de la trayectoria que hemos dado en llamar treinta y uno, como si fuéramos jugadores de un mus cósmico peligrosamente regado con el pacharán del hacernos viejos? ¿Lo hago para que me lean justamente hoy y se acuerden de mí en este passage? No, bueno, sí, también, pero no lo hago por eso, lo hago para invitarles al viaje.

 

7.

Fue en 2012 cuando me fui a Duino, eso también lo saben Uds. porque lo he repetido hasta la saciedad, a celebrar mi propio centenario privado, el de la voz del ángel que escuchó Rilke allí dándole el primer verso de las Elegien. Cuando se cerraba 2011 mi vida era objetivamente muy complicada. El viaje ya estaba, claro, programado, e incluyó Venecia y Trieste, la ciudad de la que me hice hijo adoptivo desde entonces. Así que propiamente no puede decirse que ese periplo, tan sumamente importante para mí, para mi vida en general, y desde luego para mi vida en tanto que escritor, pudiera definirse como un propósito de fin de año, pero sí recuerdo que poco antes la idea me asaltó con una poderosa fuerza redentora. Era eso, eso lo que era preciso hacer en ese momento, era inexcusable, y sería decisivo. Y acerté, lo fue. Lo sigue siendo. Así que, en el Fin de Año del 2011, que fue algo más bien pesadillesco por motivos que no relataré, seguramente no formulé propósito alguno, pero lo cierto es que unos días después yo bajé del autobús en Duino y vi el árbol retorcido dibujándose contra el Mar Gris y todo comenzó. Acepté la invitación al viaje.

 

8.

Un viaje me llevó a Girona a esa librería en 2015. Otros viajes igualmente fundamentales me han trasladado a ciudades que forman parte de mi mitología personal. Pero no se trata exactamente de desplazarse, no se trata de trenes o aviones o distancias o ciudades, ni siquiera de hoteles (aunque, bueno, un poco de hoteles, sí), el viaje es otra cosa, otra cosa que no seré capaz de explicar en estas líneas, sobre todo porque no puede explicarse, o no, al menos, en términos racionales. Tendría que ver, me parece, con un gesto de rebeldía, un gesto de rebeldía que lo es tanto más en tanto en cuanto se parte de un convencimiento absoluto de que en el fondo no hay nada que hacer, que las cartas están repartidas, los destinos fijados, por la biología, la suerte, la historia, que apenas tenemos margen de maniobra para doblar el fuerte brazo del Sino, que, por otro lado, no es más que un personaje que ha perdido completamente la cabeza desde siempre. Es decir, que las cosas ni siquiera nos ocurren, que nosotros ocurrimos, y que toda estrategia, todo plan, todo relato, son siempre posteriores, o falsarios, o marginales, o ineficientes. Y sin embargo… O no, no sin embargo: por eso mismo.

 

9.

¿En qué consiste la rebeldía, pues, en qué consiste el viaje? En decirnos de otro modo, en decirnos otras cosas, en hacernos ficticios, en hacernos poema. Nada de lo que me alteraba en 2011 tenía que ver con Duino o Rilke, ni siquiera Rilke es un poeta consolador, ni siquiera es fácil, ni siquiera es un poeta que me llevara acompañando desde la infancia, como tantos otros. No había ningún heroismo particular en partir para Duino, no era un viaje complicado, ni habría en él ningún tono de aventura caballeresca. No me esperaba ningún corazón de las tinieblas. Se trataba de tomar un desvío, pergeñar una bifurcación que no existía, cambiar el letrero junto a la carretera, como le hacía el Coyote al Correcaminos para llevarlo a la trampa. Exactamente así: sabiendo que es mentira, que no servirá, que el Correcaminos no caerá en la trampa, que seremos nosotros los que nos despeñaremos por el abismo. Precisamente por eso.

 

10.

Lo intento un poco más. En la breve posesión del futuro hipotético, en el trazado del esquema sobre la página de nuestra mente, en el anhelo, se esconde el único juego de manos que podemos hacerle al tiempo, el que lo consigue estancar, o desviar para que riegue con su río las plantaciones de los poemas, que de otro modo se agostarían, como nos ha pasado tanto tan desde siempre. No es que sea verdad, el tiempo sigue, y, si no, vean Uds. como, en breves horas, inauguraremos el segundo cuarto del siglo XXI, y pasaremos a estar más cerca del 2050 que de ese 2000 que nos parecía tan remoto cuando éramos niños y veíamos películas de ciencia-ficción. El tiempo sigue, pero arrojamos a él una materia densa, un fuerte engrudo que lo espesa, que lo congela incluso, aunque el deshielo llegue tan pronto: esa ilusión de permanencia, esa tentativa de fuga, ese brotar de poemas, es el viaje. El que lo probó, lo sabe.

 

11.

Por eso es preciso ir a Duino, o a Raron, donde la bella tumba de Rilke domina el valle del Ródano, que es a donde se desplaza, por la magia de la poesía, Marina, condenada a su Bellevue de exiliada y próximamente a un retorno letal a la Unión Soviética. Son esas inesperadas rutas postales las que hay que explorar cuando se cambia de año, son esos pasaportes escritos en lengua angélica los que hay que echarse al bolsillo cuando vienen mal dadas, es decir, siempre. El que fue a Duino en los primeros días de 2012, el que sabía ya que iría en los últimos días de 2011, cuando Rainer tenía apenas 85 años de muerto (cómo pasa el tiempo…) no es ya, claro, el que escribe estas líneas, porque justamente aquel se mudó, aquel aceptó la invitación al viaje, y nos dejó su crónica, y ahora podemos leerla. Otros no hicieron más que lo que les tocaba: ya se sabe, las cosas serias. Levantarse por la mañana, ir a trabajar, contemplar las palomas de Levrero en el edificio de enfrente, envejecer con la mínima dignidad exigible, en suma, enmohecerse. También tengo crónicas de todos ellos, todos somos el mismo. Pero las leo muy de tarde en tarde. En cambio, los viajes… Esos viajes en los que a uno le pierden el equipaje y ha de improvisar y sacarse de la manga, o de donde estuvieran, sus mejores versos. Esos viajes en los que uno puede verdaderamente perderse, y no volver a aparecer, como esos johatsu japoneses. Esos viajes. Y muchos de ellos los he emprendido (los emprendo) desde esta misma mesa, frente a esta misma pantalla, arropado por estos mismos libros, acompañado de ustedes.

 

12.

Invitación al viaje es, por supuesto, el título de uno de los poemas más conocidos de Charles Baudelaire, incluido en Les fleurs du mal. También tiene ese título un pequeño poema en prosa del francés que forma parte de su Le Spleen de Paris. En esa invitación, al tú del poema se le convida a un viaje que llevará a un lugar maravilloso, a un oriente de belleza y lujo, a un paisaje incomparable, a ese país que es justamente tú, el país que es ella. Es ahí donde el poeta quiere mudarse, es ahí, en esa tierra del encuentro infinito, donde se desea pasar el fin de un año que ya no tiene fin. Hay muchos viajes en la literatura, hay odiseas que nos vienen alcanzando desde siempre, hay remotos continentes por descubrir y luego, ay, descubiertos, hay galaxias innumerables en el espacio insondable, pero no se necesita ir a ninguna parte para encontrar ese país de Jauja que nos muestra Baudelaire, nuestro guía.

 

13.

Invitación al viaje es también un bello y triste relato de Julio Ramón Ribeyro, una pieza que seguía inédita después de la muerte del peruano, que no había sido incluida en su voluminosa colección de relatos completos, y que ha aparecido hace poco. Es un cuento de iniciación, en el que un niño transita por esos alrededores de la ciudad inmensa que son ya otro lugar, habitado por otra gente. Hay mucho de las noches nervalianas en él. Lo leí con extremo placer, me abrió la puerta a un autor que llevaba demasiado tiempo haciendo esperar en mi inabarcable lista de lecturas. Y fue, inevitablemente, el título. Fue el título lo que era imposible de soslayar: cómo va uno a negarse, nunca, bajo ningún concepto, a una invitación al viaje. Aunque sea el viaje de Dante. Especialmente si es el viaje de Dante.

 

14.

Hay un cuadro (hay muchos cuadros) que no puede reproducirse. Si uno busca entre los libros, si uno fatiga Google, aparece una y mil veces, y cada vez es distinto, cada vez es peor, cada vez es menos. Se trata del Mönch am Meer de Caspar David Friedrich. Esa combinación de grises y negros y azules plomizos no fotografía. Compruébenlo Uds. mismos. Ya lo conocen, ya les he hablado de él (les advertí que no habría novedades, para este fin de año me rodeo, como no podía ser menos, de mis fetiches). Lo vi en otro viaje fundamental, a Berlín, una ciudad a la que había ido realmente mucho, por motivos de trabajo, durante un tiempo, pero que no había podido apreciar adecuadamente y, sobre todo, un lugar lleno de museos que no había podido visitar. Ahí, en 2010, antes de todo aquello, pero después de tantas otras cosas, me quedé atónito al contemplar un cuadro que no conocía, pero que resonaba tan profundamente con algo que sólo puedo haber visto en otros viajes, en esos viajes de los que no tenemos crónicas, más allá de las deslavazadas ristras de imágenes inconexas del despertar. No he vuelto a verlo desde entonces. Es decir, lo he visto mucho, lo veo todo el rato, pero no es él, porque ese cuadro no se puede ver si no se ve, y no se ve si uno no va a verlo. Por eso tengo que volver a Berlín. Igual que no se puede ver a Rothko si no se le ve, y por eso le he perseguido tanto, y lo he atrapado en Viena aquella vez decisiva, y París hace poco, y Basel varias veces, y Zürich aquel día de todos los demonios. Y no es casual que Rothko y Friedrich salgan en el mismo párrafo, ya se lo pueden Uds. imaginar. Pero habría muchos otros: durante un tiempo fui un avezado cazador de caravaggios. Motivos para el viaje, en este caso, sí, el viaje de aviones y hoteles y museos. Pero ya no insisto más, ya me entienden.

 

15.

Sí, porque uno tendría que hablar de las librerías de París, o de los capuccini en Roma, o de las galerías y soportales de Torino. O de tardes y tardes en Barcelona, repitiendo itinerarios semejantes, en busca del otro que también fui, y soy, en esa ciudad que es el reflejo en la obsidiana (¿o es al revés?) de mi ciudad. Esa ciudad que tiene mar, aunque a mí me baste con saber que lo tiene, y jamás vaya a verlo, porque el mar es en sí mismo la purísima invitación al viaje, y en este caso uno puede ver el mar sin verlo, y yo lo hago todo el rato, y estar en el mar es justamente lo que hago cuando escribo, y ahí no soy el monje abrumado ante la inmensidad, sino esos otros paseantes de Friedrich que miran los barcos.

 

16.

Por poco que me conozcan a estas alturas ya saben que no soy lo que podría decirse convencional. Y no es que no lo sea por puro esnobismo o por llamar la atención, no, es que me dibujaron así. Por lo tanto, no cabe ya que esperen de mí una simple felicitación. Lo cual no quiere decir que no desee su felicidad, antes al contrario, para mí es extremadamente importante que sean felices, o no, ya saben que no, que la felicidad es algo que me parece siempre muy sospechoso: que estén contentos, y contentas, y alegres, que tiene esa e que nos incluye a todes. Es muy importante para mí porque justamente sé que la vida es triste y compleja y llena de pozos y llena de fango y llena de angustia y llena de cosas que para qué mencionar, cuando todos somos ya mayorcitos y sabemos de lo que hablamos. Pero por eso mismo no se trata de simplemente añadir una fórmula más, repetir las palabras gastadas por el uso. De lo que se trata es de invitar al viaje, de ofrecerme como guía, o de ofrecerles mis guías (Friedrich nos espera en el muelle), de ofrecerles mi compañía, de invocar juntos a la sagrada divinidad del Encuentro, de no aplazarnos más, de no seguir jugando a ese peligroso juego de vivir que es justamente el peor modo de estar vivo, se trata de embarcarnos, de bucear a pleno pulmón, como los pescadores de perlas, de esbozar con los brazos el gesto del vuelo por si cuela, por si salimos de repente volando por el balcón y nos vamos a visitar a las palomas de Levrero, mientras Levrero sigue escribiendo incesantemente que no puede escribir.

 

17.

Marina empieza como corresponde, ¡Feliz año nuevo! Pero luego sigue en esa primera carta al nuevo domicilio póstumo y eterno de Rilke: ¡Feliz mundo, limbo, morada! O mundo y luz – borde y hogar – puerto. O mundo – faro – amparo nuevo. O bord nouveau – monde – abri (sí, también la tengo en francés…). Dice todo eso porque cada traducción dice una cosa, y eso ocurre porque ciertamente el ruso de Tsvietáieva es tan complejo y tan compacto y tan lleno de resonancias que no hay forma de verterlo unívocamente. Y ahí, ahí, ya tan ahí, apenas en la primera línea del poema, está el viaje. Ahí se abre una biblioteca infinita, un scriptorium en el que alojarse durante milenios, un paisaje inagotable. Y luego sigue otro verso. Y luego se acaba el poema. Y hay muchos otros poemas. Y hay otros poetas. Y hay otra literatura. Y hay cine. Y hay pintura. Y hay lugares. Y hay gente. Hay gente. Gente con la que encontrarse, gente con la que hablar de poesía, gente con la que pasear, gente con la que estar callados, gente a la que abrazar. Y luego empieza el poema otra vez y luego, un día, todo se acaba, claro, pero todos aquellos enviados que partieron a sus viajes, todos aquellos conquistadores que colonizaron esas llanuras del aire son inmunes a la usura del tiempo, son idénticos a la idea feliz con que los concebimos, son indestructibles en su evanescencia.

 

18.

Feliz Año Nuevo, pues. Éste es mi mensaje de Fin de Año, y se lo entrego aquí, en propia mano. Y que los vientos nos sean propicios.