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sábado, 15 de junio de 2024

El futuro

Diecisiete fragmentos sólo aparentemente inconexos

 



Je me souviens de Youri Gagarin.

GEORGES PEREC

 

1.

La noche del 21 al 22 de junio, más concretamente a las 3.08 de la madrugada (ay, esas tres de la mañana) habrá luna llena.

El 21 de junio es el solsticio de verano (en el hemisferio norte, bien entendido), si bien esa fecha oscila ligeramente, y este año, que es bisiesto, técnicamente el solsticio será el 20 de junio a las 22.50 h. Es el día más largo del año, el día en que la luz dobla el quicio y empieza su mengua.

El 21 de junio es también mi cumpleaños. Este año, el sexagésimo. Impresiona la cifra.

Que coincida justamente con la luna llena es algo que podríamos tomar como azaroso, y desde luego es una circunstancia gozosamente favorable poder cantar con Fred Buscaglione Guarda che luna!, pero sin estar solos, porque estaremos juntos, aunque no haya estrictamente mare.

Pero no, no hay nada azaroso en ello. Es, de hecho, lo menos azaroso del universo, porque los ciclos de los astros se repiten fatigosamente iguales a sí mismos milenio tras milenio. El día de mi nacimiento, hace sesenta años, ya se sabía que la luna sería llena el 21 de junio de 2024. Simplemente yo no lo sabía. La luna ha cumplido su órbita disciplinadamente, mes tras mes, a lo largo de mi vida, para ofrecerme justamente cuando más necesaria era, su mejor espectáculo.

Si quisiéramos, podríamos saber ya con absoluta certeza en qué fase estará la luna dentro de sesenta años, en 2084. Casi, casi llena, ligeramente menguante. En 1964 fue casi, casi llena, ligeramente creciente.

Este año, cuando ya haya pasado la fecha de mi cumpleaños, pero aún no haya acabado la fiesta, en esa noche tan corta que exprimiremos al máximo, la luna será llena. Nos pillará bailando.

 

2.

En una de mis recurrentes visitas a la Feria del Libro, el otro día, el pasado jueves, para ser exacto, me compré un libro singular. La autora es la artista y performer Camila Cañeque y, desgraciadamente, el libro es póstumo.

Camila murió repentinamente, con 39 años, el pasado 14 de febrero. No la conocía, pero sí recuerdo la noticia, y leer sobre ella entonces. Luego, supe del libro, acabado de componer, según reza su colofón, el 14 de marzo, último día del primer quinto del año. Un mes exacto después de la muerte de la autora.

Supe del libro, que está publicado por La Uña Rota, editorial que sigo, especialmente porque es la que publica los libros de Angélica Liddell, por Twitter, por alguna reseña, por un comentario extremadamente favorable de Vila-Matas. Lo dejé pasar en mis otras visitas a la Feria de este año. El jueves, finalmente, cayó.

Es un libro, sí, sin duda, singular. Cañeque fue reuniendo, de manera progresivamente obsesiva, según nos cuenta, las últimas frases de las más variadas obras literarias. Con ellas ha compuesto un artefacto gozosamente híbrido, en el que el discurso ensayístico se torna súbitamente narrativo cuando se engarzan esas frases terminales.

Apenas lo estoy recorriendo aún, pero me fascina. Especialmente porque cada una de esas frases de cierre se transforma, de manera natural, cuando se la extrae del marco del libro cuyo peso soporta sobre sus hombros, cuando se la permite viajar de la última página a un nuevo ámbito, virgen y por escribir aún, cada una de esas frases pasan a ser la primera frase. No de una secuela, sino de algo radicalmente nuevo, libre.

Vine a Comala, repetía el protagonista desolado de mi Habitación llamada trece años, enganchándose a esa contraseña, que había sido en una versión anterior (era para un concurso que exigía empezar así los relatos) En un lugar de la Mancha. Ahora, de repente, he aprendido que también se puede usar como contraseña Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedra. O hasta el vale cervantino que da por terminadas las hazañas del ingenioso caballero.

Porque el tiempo es siempre falaz, y lo es mucho más en el relato, y la presuntuosa seguridad con la que ordenamos las letras y las congelamos entre las tapas del libro es apenas un espejismo. Todo puede contarse de otro modo. Todo puede contarse al revés, y entonces la tristeza que inevitablemente acaecerá será sucedida por la alegría de lo que pasó cuando aún no sabíamos.

Hoy es 15 de junio. Hoy, exactamente hoy, Camila Cañeque habría cumplido 40 años.

 

3.

Una de las obras más sorprendentes, y entrañables, de Georges Perec (y eso es mucho decir, teniendo en cuenta que todas las obras de Perec son sorprendentes y entrañables) es la titulada Je me souviens, esto es, Me acuerdo. Consiste en una sucesión de 480 recuerdos breves, disjuntos, moleculares, que  van presentándose sin un orden aparente, como llevando cada uno de la mano al siguiente en virtud de un proceso de libre asociación.

Son recuerdos personales, pero implican sobre todo la parte más externa de nuestras vidas. Libros, películas, programas de televisión o radio, alimentos, costumbres, anuncios publicitarios. Esos quanta de memoria componen un paisaje fidedigno del vivir. Del vivir de Perec, pero también del de todos nosotros, pues Je me souviens es una obra abierta, que acaba con la frase (à suivre...), que nos remite al continuará de los seriales o de nuestros tebeos de la infancia, y que además ofrece al lector un buen puñado de hojas en blanco para que anotemos nuestros propios recuerdos.

Perec se inspiró en un antecedente que declara abiertamente, el I remember de John Brainard, que es el que define la fórmula, desde otro país, desde otra época anterior. Perderse entre las diferentes estaciones de metro de París o New York por las que nos conducen Perec y Brainard es un placer muy particular.

Puede abrirse el libro al azar. Lo hago, sin trampas: Je me souviens que tous les nombres dont les chiffres donnent un total de neuf sont divisibles par neuf. Y ahí, de repente, su pedacito de magdalena proustiana cuando nos damos cuenta de que eso nos lleva a la prueba del nueve, con la que los neófitos en el arte de dividir comprobábamos que habíamos realizado el cociente sin error.

Llevo semanas intentando pergeñar una lista de meacuerdos para compartirla aquí, pero el sistema no funciona así. Hay que dejarse llevar, hay que permitir a la memoria que navegue por su cuenta.

Me acuerdo... Sí, me acuerdo de todo, pero quedará entre nosotros.

 

4.

En la resonancia de las lecturas actuales, producto de la voracidad compradora de la Feria, recorro con bastante placer Física de la tristeza, de Gueorgui Gospodínov (no se me ocurre un título que sea más mío que ése, lástima que el búlgaro se me adelantara).

El capítulo IV se titula Time Bomb (abrir después del fin del mundo). Habla de las cápsulas de tiempo, esas colecciones heterogéneas de objetos por lo general banales que se encierran en algún recipiente como testimonio del tiempo en que vivimos, y como algo que habrán de recuperar las generaciones futuras, quizás cientos de años después.

Enterrados a mucha profundidad o en plena deriva por el espacio exterior (el golden disc del Voyager), esos modestos y también pretenciosos ajuares funerarios aspirarían a anudar lo inmiscible, engarzar en un mismo collar el futuro más remoto y un presente que se desgasta a toda velocidad. Son una prueba de una confianza alucinatoria en la existencia del tiempo, del porvenir, de lo por venir. Se apoyan en la (engañosamente) rotunda realidad del bulto del objeto y en eso superan a estos vanos intentos de enarbolar una posteridad posible en estas notas virtuales, que seguirán, quizás, resonando, en un tiempo en el que no se sepa ya nada de los dedos que las esculpieron, de los ojos que contemplaron su nacimiento. Eso si lo inmaterial se revela más resistente que lo material, cosa de la que cabe dudar.

Porque, como dice Gospodínov No sabe por qué, pero sabe que el fin del mundo no es el final. Después del final habrá que sobrevivir, volver a empezar.

O no.

 

5.

Hay algo embriagador, al menos para mí, en los registros. Listas, clasificaciones, toponimias, catálogos, colecciones, nomenclaturas. Es algo que me ocurre desde siempre, desde pequeño, cuando llenaba los cuadernos que me regalaban con las cosas más peregrinas.

Una cierta idea de una completitud que se sabe en realidad mística. La posibilidad de un orden que es conscientemente artificial, arbitrario, pero por eso mismo. Lo minucioso que es a la vez vasto. Lo inagotable, en su promesa de una tarea que justificara una vida eterna de monje en scriptorium.

Muchas bibliotecas de Babel pueblan mis textos, hijo de Kafka como soy, al cabo. Un día concebí el archivo de los besos, en donde se reunirían todos los besos dados, en entradas convenientemente cumplimentadas. Cuándo, cómo, quién. Una lista de gozo y dolor (pues los besos acaban y, ya lo sabemos, del beso sale cada uno por una puerta).

Sí, y por qué no, las fases de la luna. Recuerdo algunas.

Un lunario de besos. Una larga lista de aspectos, un catálogo de tonalidades de una luz que es siempre azul, como las estrellas que tiritan a lo lejos.

Danilo Kiš nos habla en su relato de la Enciclopedia de los muertos, inspirándose en el legendario, acaso apócrifo Archivo general de los nacidos que supuestamente guardan los mormones en cámaras acorazadas a gran profundidad en Salt Lake City. Ay, los cajoncitos de los besos, prendidos allí como las mariposas de Nabokov con sus alfileres.

Sí, el beso aquel, je me souviens. Ya sabes cuál te digo.

 

6.

La primera vez que fui a Zürich, en 1977, mis primos, que me llevaban en el coche desde Winterthur, donde vivían, aparcaron en un parking céntrico. Recuerdo (recordaba, hasta que volví muchos años después a la ciudad y recuperé la escena, inventándola inevitablemente) el puente sobre el río. Después supe que estábamos al lado de la estación.

Mis primos me contaron, y a mí me sorprendió tremendamente, que el parking era un búnker. No que hubiera sido un búnker, que también, sino que lo era, que estaba preparado para acoger a la gente en caso de guerra, de bombardeos. Recuerdo (lo he visto después, se me mezclan las imágenes) la gruesa puerta, los techos abovedados, el gran espacio, aparentemente dedicado a la inofensiva tarea de acoger a los coches de los visitantes. Pero no.

En Suiza todas las casas tienen su sótano, donde está el keller, el almacén, el trastero. Todos esos espacios son refugios. Para cuando hagan falta.

Cuando era un niño, por los mismos años, a veces íbamos con el colegio a la Casa de Campo, que estaba literalmente enfrente. Paseábamos y en ocasiones veíamos algunas estructuras a medio derruir. Son de la guerra, nos decían. No sabíamos mucho de la guerra, de eso no se hablaba, no sabíamos de los combates interminables en esa zona de la ciudad, o del no pasarán.

Ametralladoras cobijadas en estructuras de ladrillo. Algún día, algún padre, algún abuelo, hablaba del metro pero no para referirse a los trenes que circulaban por los túneles. Alertas aéreas. Corriendo. El ruido de las explosiones.

La última vez que estuve en Zürich, en 2022 se había cerrado el parking-bunker, que estaba al lado de mi hotel. No me quedó muy claro por qué, pero había sido reciente. No me engañé: se había cerrado el parking, pero no el búnker. El búnker está ahí, a la espera.

Ay, sí. Todo vuelve a empezar.

 

7.

Casandra era pretendida por el dios Apolo. Para seducirla, para que ella accediera a conceder sus favores al dios, Apolo le prometió otorgarle el don de la profecía. Cuando ella había ya alcanzado la facultad de prever el futuro (porque siempre se parte de que hay un futuro, como si futuro pudiera significar algo), le negó a Apolo lo que éste solicitaba, así que, airado, el dios acompañó, como tantas veces ocurre, el don con una maldición.

Sí, Casandra vería, Casandra sabría, pero nadie haría caso de sus vaticinios, nadie seguiría sus consejos, y ella no podría hacer nada para alterar el curso de los acontecimientos, condenada así a una impotencia absoluta, tanto más amarga por no venir acompañada de la feliz ignorancia del resto de los mortales.

Si el futuro existe, si puede conocerse por bola de cristal o por el vuelo de las aves, es ya, ocurre ya, aunque ocurra luego, no puede cambiarse. Así, la Guerra de Troya tuvo inevitablemente lugar a pesar de los lamentos de la hija de Agamenón.

Es mejor no saber, diríamos y sí, es verdad, es mejor no saber. Pero qué hacer cuando de todos modos se sabe, cuando se ha sabido desde siempre y, vez tras vez, el tiempo no ha hecho más que confirmar los peores augurios.

Lucidez, se llama. Mal haya.

 

8.

Joseph Roth supo desde siempre lo que iba a ocurrir. No se engañó, no puso paños calientes, no contemporizó. Alcóholico lúcido, bien al tanto del lugar en que le había colocado la historia, no dudó por un momento. Cuando Hitler ascendió al poder salió de Alemania para no volver. Desde París veía con absoluta tristeza, pero con nula sorpresa, como todo lo que podría ir a peor empeoraba. La historia tiene sus entropías, y se nos llevan por delante.

A Stefan Zweig, figura reconocida universalmente, Roth lo estimaba como amigo, lo sableaba continuamente, en su endémica falta de dinero, y le reconvenía a cada misiva por su tibieza, por su ceguera. Sí, esto es tan malo como parece. No, no va a ir a mejor. No, ya no seremos más escritores alemanes. Nuestros editores se han quedado allí, colaboran con el enemigo. Hay que olvidarse de todo aquello. Zweig se resistía. El tiempo, en seguida, dio la razón a Roth.

El 26 de marzo de 1933, desde París, escribe Roth a su amigo El letargo del mundo es mayor que en 1914. El hombre ya no se conmueve si se vulnera y se asesina lo humano. Fue así en 1914 y lo fue de tal modo que se han hecho esfuerzos por todas partes para explicar la bestialidad con razones y pretextos humanos. Pero hoy resulta que se pasa por alto la bestialidad simplemente con explicaciones bestiales que son aún más atroces que las bestialidades.

¿Les suena?

 

9.

La recopilación de los artículos de Roth sobre el Tercer Reich se titula como uno de ellos, La filial del infierno en la tierra.

No estoy muy seguro de que sea solamente la filial. Parecería más bien la sede central. En todo caso, aparentemente el infierno tiene abundantes filiales, sucursales, marcas registradas y, sobre todo, agentes comerciales.

En uno de sus trabajos más conocidos y desgarradores, Roth, cuyos libros, junto con los de otros autores (el humo de nuestros libros quemados sube hasta el cielo), han sido quemados en las plazas públicas, comienza diciendo Pocos testigos en todo el mundo parecen darse cuenta de lo que significa la quema de libros. El artículo se llama Auto de fe del espíritu.

Seguramente sí, se daban cuenta, se dan cuenta. Otra cosa es lo que hagan al respecto. Porque estamos en eso. En la estupidez, la brutalidad, la falta de argumentos, la irracionalidad. No quemamos libros (aún) porque los libros han dejado ya de significar nada.

Pero qué les voy a contar.

Dice Roth Hay que reconocerlo y decirlo con toda franqueza: la Europa espiritual se rinde. Se rinde por debilidad, por desidia, por indiferencia, por irreflexión. El futuro deberá investigar con exactitud los motivos de esta capitulación vergonzosa.

La cobardía. No hay que darle más vueltas.

 

10.

Dice el más conocido poema de Dylan Thomas Do not go gentle into that good night. No te dejes llevar, opón resistencia. Rage, rage against the dying of the light.

Si uno se pone a mirar bien, a lo mejor la luz no ha muerto, sino que, simplemente, nunca nació, todo fue un truco de pirotecnia o una chapucera instalación eléctrica de cables de par trenzado y bombillas de filamento de tungsteno.

La luna, mientras, también se obscurece. Una vez cada veintiocho días.

Por hoy, y para mí, la poesía es un sistema luminoso de señales. Así, León Felipe, justamente por los días de la Guerra de España.

Sí, un alfabeto en el que quepa todavía escribir algo que rime con amor, o con sueño. Algo que no sea un texto para una lápida

 

11.

Extrañamente, el epígrafe, la cita con la que Ray Bradbury encabeza su Fahrenheit 451 es de Juan Ramón Jiménez.

If they give you ruled paper, write the other way.

Corresponde a un aforismo de Juan Ramón. En Ideolojía, la monumental recopilación de su abundantísima producción aforística, a cargo de Antonio Sánchez Romeralo, le corresponde el número 405:

Si te dan papel rayado, escribe de través; si atravesado, del derecho.

Y uno se sueña subvirtiendo la rejilla (una rejilla está hecha de barrotes, al cabo) y trazando la diagonal del descendimiento entre los ordenados renglones del papel pautado, ése en el que nos enseñaron la caligrafía.

Y si nos roban la diagonal, si nos engañan otra vez (we won’t get fooled again, grita Roger Daltrey), escribiremos derecho.

Porque lo importante es escribir lo otro. Lo que no se debe.

¿Cómo llegó Bradbury a conocer el aforismo de JRJ? Lo desconozco. Sí me parece clara su intención al anteponerla a su apólogo, que narra la disidencia de un quemador de libros, el súbito enamoramiento de las letras del bombero Montag, que se marca una gloriosa diagonal que le acaba convirtiendo en una persona libro.

Lo que dicen los renglones del papel pautado está claro desde la primera frase: It was a pleasure to burn.

Ven, demos la vuelta a la hoja.

 

12.

En Der Untergang, la impresionante película de 2004, de Oliver Hirschbiegel, hay una escena en la que un desaforado Goebbels, en el bunker de la Cancillería (donde poco después él y su mujer, Magda, acabarían con la vida de sus seis niños, para suicidarse ambos a continuación) dice, con absoluta frialdad, tras haber dejado claro que no sentía, igual que el Führer, ni compasión ni remordimiento alguno por la suerte de sus compatriotas civiles que iban a perecer en Berlín irremisiblemente: la así llamada población civil no puede reprocharnos nada, ellos fueron los que nos colocaron aquí, ya sabían quiénes éramos.

Tenía, sin duda, razón. Ay.

 

13.

El fin del mundo siempre vuelve a empezar.

En 2010 volví a Berlín, donde había ido muchas veces los años anteriores por cuestiones de trabajo, y a donde catorce años después aún no he vuelto (aunque es algo que realmente desearía hacer cuanto antes). Pude por fin tener tiempo para visitar los maravillosos museos de la ciudad.

El 8 de agosto de 2010 estoy en la Alte Nationalgalerie y veo por primera vez el Monje a orillas del mar, de Caspar David Friedrich. Me impresiona sobremanera, en unos días en los que vi muchas otras obras igualmente impresionantes.

Anoto en mi Moleskine de entonces: En Caspar David Friedrich siempre es la Última Noche y la esforzada luna nada puede hacer. En el “Monje a orillas del mar” la diminuta figura se pierde en la negrura del mar, la grisura de las nubes y la arena. No concebimos qué puede mirar en tal desolación: es obvio que todo se ha extinguido hace tiempo, que sólo él resta por morir. No porque haya ningún mérito en él, simplemente por pereza, por inadvertencia, o por un absurdo error en la contabilidad de la muerte.

Quiero pensar que alguien detrás de mí mira mi espalda, me mira mirar la espalda del monje. Alguien que, jugando, va a venir a taparme los ojos y decirme quién soy.

 

14.

En El gran Serafín, de Adolfo Bioy Casares, asistimos a la muerte del mar. (También se muere el mar.) La putrefacción de los animales marinos produce un hedor insoportable. Los baños de mar y los tratamientos de salud de todos los balnearios del planeta han de ser suspendidos. Ya no hay montañas mágicas.

Cuando era niño me apasionaban los atlas, y los globos terráqueos. Me gustaban, sobre todo, los mares que no lo eran. El gigantesco Mar Caspio, que era un lago salado, en el continente.

La idea de que el mar puede ser atrapado por la tierra. Esos fósiles de conchas en el interior de los países. La visión descomunal de las eras geológicas.

Había otro mar, no tan brutal como el Caspio, igualmente cerrado, igualmente continental. El mar de Aral.

Un día, mucho después, supe que el mar de Aral se había secado. Ya no existe. La tierra se lo ha comido. Los humanos lo fuimos explotando hasta agotarlo.

Los humanos somos capaces de matar mares.

Yo no sé si hace falta decir mucho más.

 

15.

Esta entrada se llama El futuro. Llevo escribiéndola mentalmente desde hace seis días. O mucho más, en realidad, puede que la lleve escribiendo desde siempre, porque Casandra sólo sabe escribir entradas como ésta.

Me abruma la estupidez que me circunda, la tranquilidad con la que nos encaminamos hacia el desastre, hacia los variados desastres. Desde muy joven estudié los fascismos, intrigado por la mera posibilidad de su existencia, inquieto por su proximidad en el tiempo, en la geografía. Llegué a saber mucho, a saberlo todo. Faltaba, no obstante (era aún ingenuo, confiado) entenderlo, imaginarlo posible.

Luego un día lo formulé. Estaba, lo recuerdo bien, en 2012, en el acto de entrega de los Premios Vargas Llosa, de los que había quedado finalista con mi relato La noche de los Lotófagos. La ocasión era solemne, nos dieron de comer en un edificio histórico, hubo discursos e invitados ilustres. A mí me sentaron junto a una veterana periodista de un periódico navarro (NH, la cadena hotelera que convocaba los premios es, en su origen, navarra).

Era una persona muy agradable. Hablamos de muchas cosas. Inevitablemente, nos deslizamos hacia los acontecimientos recientes. Entonces todo esto empezaba (como si alguna vez se acabara...). Entonces se llamaba Amanecer dorado y había aparecido en las elecciones griegas. Qué tiempos, parecía aún algo inusitado, digno de mención. Si el Agus de entonces viera lo de ahora. Aunque no, el Agus de entonces lo sabía, siempre lo supo.

¿Por qué, si no, diría lo que dijo? Lo que dije fue: en realidad el fascismo es el valor por defecto, es a lo que nos reseteamos. Sí, lo pienso. Lo otro es lo excepcional, lo que cuesta un esfuerzo, lo que hay que mantener con cuidado. Solidaridad, generosidad, compasión, raciocinio. Lo fácil es ser fascista y no tener que pedir perdón por el egoísmo y la ignorancia. Y poder optar, sin mayores miramientos, por la brutalidad.

Sí, lotófagos. Quién pudiera.

 

16.

Esta entrada se llama El futuro. ¿Habla del futuro, del pasado, del presente? Si tenemos que guiarnos por la lección de Camila Cañeque, ésa es una pregunta baladí. Cada tiempo verbal activa todos los otros. Cada historia se puede contar del revés.

Todo es un puro remake. No llega ni siquiera al eterno retorno de lo mismo. Es una simple falta de imaginación. Es mezquindad.

Dos almas luchaban en mí cuando pensaba esta entrada. No podía dejar de decir algunas cosas, pero quería decir otras. Según vamos cumpliendo años, nuestro futuro se va haciendo más y más póstumo. Llegados a este punto, el impulso es la retirada. No la desbandada, entiéndase bien, sino el pase al retiro, la celda del anacoreta, la mirada melancólica y desencantada.

Ese es mi futuro, o tal vez no. En cuanto a lo otro, al Futuro, así, con su mayúscula, descreo de él. Me parece otro nombre para el miedo. Y el miedo es el que nos lleva a ejecutar una y otra vez la danza de la barbarie.

Es hora de parar. Es hora de que todo no vuelva a empezar.

Mientras, ajenas, las fases de la luna se seguirán sucediendo, al margen. No les concernimos. Mejor así.

Cuando era un quinceañero circulaba una especie de eslogan que repetíamos mucho: que paren el mundo, que me bajo. No, justamente el mundo no se para. Aunque bajarnos, nos bajamos. Eso no hay quien lo pare.

Nadie puede parar.

 

17.

Cojo el lunario de los besos. Siguiendo la enseñanza de Georges Perec, hay una buena cantidad de páginas en blanco, dispuestas a ser llenadas con nuevos registros.

La noche es propicia para la licantropía, y una vez escribí andábamos por la ciudad y en cada semáforo nos suicidábamos a besos.

En la noche tan corta del solsticio de verano nada se cierra y nada se abre, todo es pura fantasmagoría, nunca existió el tiempo, nunca hubo edad, ni nombre, ni historia. Sólo existe una luna infinitamente brillante, y debajo el mar que respira pensando en sus cosas.

El futuro es una cajita que llevo metida en el bolsillo, me dices, y yo te digo enséñamela, y tú te haces de rogar pero al final la abres, y entonces hay una extraña redención, un volar desde la página, al seno de un demiurgo benévolo un reconocerse en el sueño, pero seguir creyendo un poquito más en él, seguir prolongando el relato en una duermevela en la que ya podemos hacer lo que queramos. Son los regalos de los Reyes Magos, en los que no creemos desde hace ya tanto, pero a los que seguimos dejando venir, para que el baile no se pare.

Hay una oscilación, sí, hay un vaivén de triste mecánica, hay un barco que nos conduce al Polo Magnético.

Son las tres de la mañana y hay luna llena.

Canta Bowie.

I can remember standing by the wall. The guns shot above our heads and we kissed, as though nothing could fall.

And the shame was on the other side.

Mira, alguien ha empezado ya la novela. Desde la última página. Quedan todos los besos de antes por darse. Prepara el cuaderno.

Todavía podemos ser héroes. Aunque sea por un día.


viernes, 3 de noviembre de 2023

Un libro


Liebende, euch, ihr in einander Genügten,

frag ich nach uns. Ihr greift euch. Habt ihr Beweise?

RAINER MARIA RILKE, Die Zweite Elegie

La primera vez que visité Basilea fue en julio de 2013. Había aterrizado en Zürich, pero no estuve en esa ocasión allí, tomé un tren desde el aeropuerto y aparecí en un mediodía lluvioso en Basel. Mi hotel estaba al lado de la estación, donde había además un intercambiador de tranvías. Pude recorrer la ciudad en ellos, y visité lugares inolvidables a los que he vuelto en otros viajes, como la Fondation Beyeler, en las afueras, un lugar muy especial en donde el año pasado me pude abismar en una colección de Rothkos, o el Kunstmuseum, donde a los Böcklin se les une la impresionante figura yacente del Cristo muerto de Holbein.

En ese viaje tenía muchos objetivos. El primero y fundamental, visitar a N. en Lausanne. Pero también me esperaban esos museos de Basel, los autómatas Jacquet-Droz de Neuchatel (tengo que escribir sobre eso otro día, fue una experiencia fascinante) y, por supuesto, la peregrinación a los santos lugares rilkianos de Sierre, Raron y Muzot. A comienzos del año anterior había estado, ya lo he contado por aquí, por primera vez en Duino, celebrando el centenario del alumbramiento de las Elegien, y cuando pude contemplar Muzot, el lugar donde se terminaron como un huracán, después de resistirse durante diez años de errancia, tristeza, angustia (es la Primera Guerra Mundial, Rilke fue movilizado) y hallazgos luminosos como Ronda (que yo había visitado en 2011), sentí verdaderamente una consumación, y supe que definitivamente, mi destino y el del inmortal poeta checo estarían ligados para siempre. Un par de años después Morgana en Duino refrendó ese vínculo.

Pero todo eso estaba aún lejos y era, de algún modo, imposible todavía. Podría contar muchas cosas de ese viaje de retorno a Suiza, pero sólo voy a hablar de un libro. Hace no mucho concebí un plan para los tiempos en los que goce de tiempo, que ya no deberían tardar: una especie de blog diferente a éste en el que cada día escogiera un libro de mi biblioteca (debe de haber cerca ya de cinco mil volúmenes) y contara su historia, o, por mejor decir, mi historia con ese libro, el modo en que llegó a mí, qué buscaba en él, cómo me ha acompañado, su existencia en tanto que objeto. Hay muchas cosas que contar, porque muchos libros se compran en viajes, en ciudades lejanas, en momentos vitales complejos y obscuros y también en otros radiantes. No sé cuándo haré algo así, pero esta entrada podría parecerse a una de las que habría en esa bitácora bibliotecaria futura.

Es en Basilea como llega a mí este ejemplar, fino, elegante, perfectamente conservado a pesar de su edad. Y lo hace el día 30 de julio de 2013 (conservo el ticket de la librería, Zum Bücherwurm, y sí, gusano lector al fin y al cabo). Rilke ya entonces es omnipresente en mi vida, y en ese viaje todo resuena con él. Esa tarde (estaba muy pocos días en Basilea, y fueron, por tanto, atareados) visité varias librerías de viejo, que recuerdo como realmente interesantes. Compré varios libros de Rilke o sobre él. Tantos como pude, pues la prudencia aconsejaba moderación (así lo anoté en mi cuaderno de viaje), ya que estaba apenas al comienzo de mi periplo, y no era cosa de acarrear demasiados kilos en una bolsa de viaje que se prometía rebosante para su futura facturación de vuelta. De entre mi cosecha de ese día, las Werke en tres volúmenes editadas por Insel Verlag (mis ejemplares son de 1966), “el segundo tomo de las cartas a la princesa Thürn und Taxis, que cubre todo el periodo final en el Valais y que incluye cosas tan interesantes como la transcripción de los protocolos de las séances espiritistas en Duino en 1912” (tomo el texto de mi libreta, hay que recordar que las Duineser Elegien son, en la dedicatoria de Rilke, de la propiedad de la Princesa Marie) y el libro que Carl Sieber, yerno de Rilke, escribió sobre los primeros años de éste.

Y además de todo eso, compré ese libro delgado, elegante, tan bien conservado, que es una edición de las Duineser Elegien también publicada por la Insel en 1940. El libro no es, ni mucho menos, un ejemplar de bibliófilo, me costó muy poco dinero, y hoy cuesta eso mismo si uno busca algún otro gemelo de él en Iberlibro (unos 10 euros). No era, por otro lado, un libro excesivamente necesario para mí, que ya disponía de varias ediciones bilingües de las Elegías, ese monumento poético en torno al que yo llevaba orbitando ya varios años. Pero me atrajo el tomito, lo incluí en el lote, lo metí entre la ropa, lo traje de vuelta a Madrid, lo coloqué en la estantería de Rilke, y alguna vez (no muchas) lo extraje básicamente para tocarlo, pues, como digo, mis excursiones por Leidstadt y otros lugares de las Elegías se acababan haciendo en otros textos, otras ediciones.

Mi relación con la lengua alemana es profundamente ambivalente. Se podría decir que el alemán es el único idioma que estudié en serio. Estuve tres años en el Goethe Institut y llegué a un nivel que en principio me capacitaba para lo que entonces (no sé ahora) se llamaba el Kleines Sprachdiplom, que es equivalente a un First en inglés. Pero eso fue hace mucho, cuando cursaba mi carrera de Físicas, hace ya más de treinta y cinco años y lo cierto es que luego no he practicado el idioma lo suficiente, desde luego no oralmente (he estado muchas veces en países germanófonos, pero siempre pocos días) y tampoco como lector, pues lo cierto es que nunca alcancé la fluidez necesaria y me faltó empuje para forzarme, cosa que sí hice con otros idiomas más cercanos al castellano, como el italiano, el francés, el portugués o el catalán, en los que leo sin dificultad alguna, a pesar de no haber tomado ni una sola lección en ninguno de ellos. El inglés es, claro, aparte: he trabajado y trabajo habitualmente en inglés, es la lingua franca en todo el planeta y he tenido muchas oportunidades de progresar en un idioma que me enseñaron de aquella manera en las aulas de mi colegio de primaria y secundaria de los años setenta.

Lo cierto, por tanto, es que tengo una cierta frustración con el alemán. Lo aprendí porque tenía un vivo deseo de conocerlo, ya que muchos autores de mi preferencia desde muy joven escribían en esa lengua (singularmente Kafka, de quien me compré muchas obras en el idioma original, y del que una vez dije a una de mis profesoras del Goethe que me matriculé allí um Kafka auf deutsch zu lesen, para leer a Kafka en alemán, y no sé ya si la frase es correcta, o si alguna vez lo fue, porque la gramática del alemán no es cosa baladí, ya lo saben ustedes). Ahora más o menos lo entiendo si me hablan en él, lo hablo como si hubiera sufrido una súbita lobotomía en la región del cerebro donde se almacena el lenguaje, y lo leo arrastrándome penosamente por las líneas. Adoro esa lengua, en todo caso, y, cuando tenga tiempo, es decir, puede que ya muy pronto, volveré sin duda a él y me obligaré a leer en el original a esos autores míos de cabecera.

Uno de ellos, claro, es Rilke. Los libros que me compré ese día en Basilea me han servido para mis investigaciones sobre él, y me compré otros en alemán en otro momento, sobre todo colecciones de cartas que no se pueden encontrar traducidas. Pero, si soy sincero, necesito el apoyo de la traducción en muchas ocasiones. Rilke, ya de por sí, no es precisamente de fácil lectura, ni siquiera para un germanoparlante, pero al mismo tiempo, por eso mismo, es imprescindible intentar penetrar en el compacto significado de sus frases, en la trama de sus imágenes a partir de sus propias palabras, sin el filtro o tamiz de traductores, sin duda bienintencionados, pero abocados, ay, a una tarea básicamente imposible.

Así pues, aunque sólo fuera para acariciarlo, para leer aquí y allá alguna frase a salto de mata, me traje ese libro de Basel a Madrid. Lo abro ahora al azar, es el comienzo de la Segunda Elegía, dejo resbalar los ojos, sé que está ahí lo que busco: Da sagt uns wohl einer: / ja, du gehst mir ins Blut, dieses Zimmer, der Frühling / füllt sich mit dir... Was hilfts. Y sí, de qué sirve, aunque entres en mi sangre, aunque esta habitación, aunque la primavera se llene de ti, y de nuevo estoy en casa, en un lugar hermoso, delicado y al mismo tiempo inmenso, inabarcable, una orfebrería y una intemperie, una travesía, un vuelo, un descenso, un caer (wenn ein Glückliches fällt, y ahí acaba la Décima y hay que volver a empezar una y otra vez).

Las palabras de Rilke se enuncian entre 1912 y 1922, entre Duino y Muzot. Algunas elegías, algunos fragmentos se van publicando. La publicación del conjunto, cuya consumación anuncia con alborozo a la princesa Rilke desde su torreón al lado de Sierre: Zehn!, lo que él vio en ese comienzo, lo que presintió cuando escuchó la voz del ángel en las falesie de la bahía de Trieste, tuvo lugar en seguida. Las ediciones fueron sucediéndose. En 1940 la Insel Verlag, de Leipzig, dirigida por el casi legendario Anton Kippenberg, está publicando el conjunto de la obra rilkiana, asesorada por Ruth Sieber-Rilke, la hija de Rilke (sí, Rilke tuvo una hija), la mujer de Carl. Uno de esos ejemplares llegó a Basel, y acabó, setenta y tres años después en Zum Bücherworm, y ahora está en mi casa, sobre mi mesa de trabajo, junto al ordenador en el que estoy tecleando esto.

Hay un misterio en el libro como objeto, hay un misterio inagotable en esa extraña combinación de una materialidad casi prosaica y un contenido que es puro espíritu, que contiene vapores evanescentes, que se suscitan como ectoplasmas en, sí, esas séances a las que tan aficionado era Rilke (le hago aparecer, o al menos a un remedo de él, en un escenario así en la segunda parte, onírica, de mi Morgana en Duino). Cuando el libro se aleja de nosotros en el tiempo, cuando somos conscientes de que hay una sucesión de manos que lo han sostenido, la resonancia de la extrañeza aumenta. Si además es un libro que ha sido impreso en Leipzig en 1940 el vértigo nos arrastra.

1940: la Segunda Guerra Mundial se ha desatado, aún estamos en la Blitzkrieg, el nazismo se extiende como una mancha de aceite por el mapa de Europa, infestando con sus horrores el continente. Alguien compone entonces los tipos para la impresión en la Insel, alguien cose la encuadernación, alguien estampa esas letras doradas en la portada. Trabajadores, trabajadoras. Todos, todas, están muertos, están muertas ya. Hay tantos muertos que se alojan en estas páginas. Rilke lleva trece años muerto (sólo trece) cuando se edita este librito, su hija (su hija) ha supervisado la edición. Kippenberg, amigo personal de Rilke, quien se alojó muchas veces en su casa, es el amo de la editorial. Todo resuena, todo se va haciendo ensordecedor...

En los años treinta, cuando Hitler asciende al poder, hay autores que van dejando de publicarse, autores que han tenido gran relevancia, pero que están ya definitivamente del lado malo para los dueños de Germania. Entre ellos, Stefan Zweig, que era una de las estrellas más rutilantes de la Insel. No hubiera podido existir una edición de la Insel de ninguna obra de Zweig en 1940. Ni de ningún autor judío o proscrito o disidente... El lúcido hasta lo atroz Joseph Roth lo sabe desde el minuto uno, sabe que la ascensión de Hitler no será un fenómeno efímero y sí, sí tendrá consecuencias. Zweig, más ciego, más ingenuo, puede que más cobarde, se mantiene demasiado en la tibieza. Las cartas de Roth van haciéndose más y más rotundas. Zweig se aferra a su lealtad con sus editores. Was hilfts, Kippenberg, sin temblarle la mano, le arrojará a las tinieblas exteriores. Rilke estaba muerto y era un poeta y no era judío y aún podía publicarse en 1940. Zweig y Rilke fueron amigos, Zweig escribió sobre Rilke. Kippenberg estuvo en el entierro de Rilke, al que tan poca gente asistió, en Raron, nada más comenzar el año 1927 (Rilke murió el 29 de diciembre de 1926, en Bellevue, en Glion, sobre Montreux).  Esas cosas dice mi libro de las Duineser Elegien, ésas son apenas algunas de las que dice.


Si se abre ese libro uno se encuentra con un ex libris. Ya no hay, me parece, ex libris, pero éste es un libro que compró alguien (¿se lo regalaron? ¿cómo saber ya, ay, esas cosas?) que sin duda tenía una buena posición, a juzgar por el bello diseño y el cuidado con el que está colocado. El ex libris pertenece a Mary Burkhardt. Aquí se abre otro abismo de sugerencias, otro pasadizo a recorrer en el juego de las pistas. Los Burckhardt (ojo: atención a esa c que le falta al apellido de Mary) son una famila patricia (en todos los lugares se utiliza ese adjetivo deliciosamente anacrónico) de Basilea, gente que ocupaba uno de los más altos lugares de la sociedad (y aún lo hace, me parece). Entre sus miembros, el que goza de una posición más destacada en la historia de la cultura es Jacob Burckhardt, del que casi se podría decir que inventó el Renacimiento en sus estudios de historia del arte. Descendiente suyo era Carl Jacob Burckhardt, que fue amigo y protector de Rilke, quien conoció también a su hermana y pasó alguna temporada en Basilea en la etapa última de su vida, tan profundamente conectada con Suiza. Hay un texto de Carl Burckhardt, que fue diplomático, en el que evoca a Rilke, Una mañana entre libros, y se desarrolla en las librerías de viejo de París.

¿Quién fue, entonces Mary Burkhardt? Una errata es inconcebible en el ex libris, así que no estamos probablemente ante una pariente directa de los Burckhardt, si bien la ortografía tiende a ser algo oscilante. Hay también Burkhardts en Basilea. He buscado por la Red. No tengo ninguna información relevante que ofrecerles al respecto. La imagino a Mary, no obstante, joven en esa época. No tengo ningún motivo para ello, simplemente me dejo guiar por la fantasía. Sí, creo que fue un regalo, acaso de su familia, o de un pretendiente. El libro debió llegar en seguida a Basilea desde Leipzig, y pasó la guerra allí, en la neutral Suiza. La biblioteca se remataría en algún momento y sus contenidos se distribuyeron por los diversos Antiquariat. Muchas décadas después, un español letraherido, de estricta observancia rilkiana, lo encontró y ahora escribe sobre ello, como Carl Burckhardt escribió años después de su encuentro parisino con Rilke. Todo empieza una y otra vez, porque nada acaba nunca: los libros son cápsulas del tiempo, tiempo paralelepipédico en plena ebullición silenciosa, en plena congelación fértil.

Hice aparecer mi libro en mi libro: en Morgana en Duino me refiero a un tomito color mostaza que compré en Basilea. Me confundí, mezclé dos libros: el color mostaza (si es que ese color cabe llamarlo así) fue otro, otra peculiar adquisición en una librería de Mainz, un día que pasé allí en un viaje que hice a Frankfurt am Main, me parece, que el año siguiente. Es una edición parcial de las Cartas a Benvenuta (que tan importantes son también en Morgana) que aparece con el título de So laß ich mich zu träumen gehen. La edición es de 1949. Las Duineser Elegien de 1940 son más bien marrones, o color teja. Nunca corregí el error, es interesante que el narrador (que no es, que no puede nunca ser el autor, y que tampoco puede dejar de serlo) se equivoque en el recuerdo. Hay otro libro color mostaza en Morgana, y su autoría es de los sueños.


El libro es, por lo tanto, color teja, y con letras doradas en la portada, y es delgado, no llega a las 50 páginas. Pero contiene a la Segunda Guerra Mundial, a las deportaciones y los campos de concentración, a los bombardeos de los aliados que arrasaron Leipzig y la casa de los Kippenberg donde se alojó varias veces Rilke, y a una mujer en Basilea que pegó un ex libris en él, y a Roth y a Zweig, y a todos los escritores de ese tiempo que escribían en lengua alemana, y a todos los escritores que han escrito en cualquier momento en cualquier lengua, y me contiene a mí, al que yo era en Basilea en 2013, cuando buscaba la tumba de Rilke, que visité por primera vez en Raron pocos días después, al que paseó con N. por la orilla del Léman en mi retorno a Lausanne treinta y seis años después, el que vio a la clavecinista de Jacquet Droz pulsar de verdad las teclas de su clavecín (you play beautifully, le diría Deckard a Rachael), el que retornó a Madrid y lo colocó en su hipertrofiada colección de libros rilkianos, el que lo extrajo algunas veces, el que escribió sobre él y se equivocó de color, el que ahora lo ha vuelto a extraer y lo ha colocado junto al ordenador y ahora le hará unas fotos, todos esos yo que soy yo, no siendo ninguno, no siendo nada, y en esa permanencia ambigua, frágil, gloriosa, ese libro, que es tan delgado, es un Aleph. Como, por otro lado, lo son todos los libros. Como, por otro lado, lo son todos los objetos.


La correspondencia entre Joseph Roth y Stefan Zweig fue publicada con el título Ser amigo mío es funesto. La primera carta es del 8 de septiembre de 1927 y está datada en Glion-sur-Montreux. Ahí, justo ahí, había muerto Rilke poco más de ocho meses antes. En mi libro de Carl Sieber titulado René Rilke. Die Jugend Rainer Maria Rilke, que fue publicado por la Insel Verlag en 1932, aparece la firma de la dueña. Leo con dificultad su cursiva: Ruth Bindschedler. Y la fecha: Juni 1933. 1933... nada termina nunca, los Alephs se multiplican, hacen eco entre ellos, nos encierran en su bosque tornasolado...

Mañana vuelvo a Barcelona, a un curso sobre Rilke...

Y así sucesivamente.