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miércoles, 8 de julio de 2026

Esferas

 

I still seem to be holding that wisp of iridiscence, not knowing exactly where to fit it, while she runs with her hoop ever faster around me and finally dissolves among the slender shadows cast on the graveled path by the interlaced arches of its low looped fence.

VLADIMIR NABOKOV, Speak, Memory

 

1.

Hace algunos años ―el tiempo pasa muy de prisa, probablemente ese algunos ya debería ser muchos― di en componer una serie de poemas muy breves, casi epigramáticos, que evocaban algunos aspectos de mi infancia o, por mejor decir, del mundo en el que mi infancia se desarrolló, si es que realmente evocaban cosa alguna, pues no he sido nunca capaz de escribir poesía programática, y a duras penas transijo con la revisión de esas pequeñas criaturas que nacen de un impulso irrefrenable que, en tiempos faustos, uno tendería a llamar inspiración. Con ellos fui componiendo una carpeta que permanece, junto a la larga lista de archivos que pueblan mi ordenador, entre el olvido y el anhelo de convertirse alguna vez en algo, sin que ese algo tampoco se defina demasiado. El nombre de la carpeta, y del supuesto libro en que se pretendía convertir esa colección breve, discontinua y un poco falsaria es Nostalgia de la astronáutica.

 

2.

Como todos Uds. saben bien, nací en el año 1964, que, entre otras muchas cosas, era un año de la carrera espacial, esto es, de la guerra fría. Incluso en la remota España aún franquista, incluso en una familia de clase recién media, los niños de los sesenta teníamos derecho a soñar con el espacio. El Sputnik y su beep beep habían ocurrido apenas siete años antes de mis primeros vagidos, el primer paseo por la Luna me pilló ya con cinco años recién cumplidos y plenamente consciente de su transcendencia. El futuro era la exploración del Universo, que ingenuamente se planteaba bajo el signo de la colaboración de la Humanidad entera, cuando no era más que la continuación de la contienda infinita en otros ámbitos ya decididamente galácticos, cuando no era sino un episodio más de la interminable contaminación de todos los hábitats imaginarios por la especie humana. Pero no, el niño Agus de los siete, diez, doce años no había desarrollado aún ese grado de cinismo. Para él la astronáutica era algo fascinante, y hasta una aspiración posible.

 

3.

Nunca me planteé realmente en serio ser astronauta, ni siquiera me puse a considerarlo como opción. Apenas pesaba sobre mí la bendición impuesta sobre mi cabeza por mi abuela, la cual, según narraba la insistentemente repetida leyenda familiar, exclamó alborozada al verme recién nacido este niño será el conquistador de la Luna. Para conquistador me ha faltado siempre afán depredador, y la Luna era en aquellos días patrimonio de los yankees. Pero sí existió un deseo, un deseo de algo imposible, una imagen muy clara de lo que sería contemplar la Tierra desde fuera, un sueño de extravío como el del Major Tom antes de que, en Ashes to ashes, Bowie nos confesara que aquello fue apenas un all-time low. Cuando, tras mi largo devaneo entre las ciencias y las letras, el crush definitivo por la Física me llegó en el COU, me apunté teniendo clarísimo que sería astrofísico, que sería ahí, en el estudio de esa disciplina, que ya no era la devenida obsoleta astronomía, donde se maridarían por fin mis dos pasiones, la matemática y la poesía.

 

4.

Llegado el momento de decidir, esto es, en tercero de la licenciatura de entonces, que tenía cinco años, me parecía que aún no había tenido suficiente física de la dura con tres años y me metí en Física Fundamental, es decir, Física teórica: mecánica cuántica, teoría de campos, esas cosas. La Astrofísica se quedó ahí, y a lo que me acabé dedicando fue a la Óptica, donde sí, finalmente, me las arreglé para meter a la literatura en la ciencia y viceversa, como si esas cosas hubieran sido alguna vez territorios separados. Poco a poco mi pasión espacial fue envejeciendo conmigo. Una vez llegó incluso a haber astronautas españoles, gente de mi generación, con estudios semejantes a los míos. Quién te dice, si lo hubiera intentado en serio… Pero no, esos sueños de la infancia y la adolescencia se fueron convirtiendo en lo que son, miembros, acaso no los más despreciables, de la galería de figuras de cera del tiempo vivido.

 

5.

Y al mismo tiempo la propia astronáutica se fue debilitando en sí misma, perdido el impulso bélico que la animó, comprometidos los ingentes recursos económicos que se destinaban a las agencias espaciales. Ahora, con la iniciativa privada de por medio y una legión de horteras, nuevos ricos que juegan a subir y bajar como si fuera por un ascensor para decir que han estado en el espacio, resulta difícil entender la épica y, sobre todo para mí, la lírica de los viajes espaciales. Sic transit gloria mundi. Hasta las películas de ciencia ficción se me han ido haciendo difícilmente soportables. Crecer, madurar, para mí, fue aceptar la gravedad, entender como definitivo mi anclaje al mundo sublunar. Nunca daré un paseo espacial. Nunca veré a la Tierra ponerse desde la Luna. No son, probablemente, de los peores nuncas que compondrían la lista, propiamente melancólica, de las posibilidades desechadas, conscientemente o no, voluntaria o forzadamente, del haber vivido. En todo caso, o al menos así lo pensé entonces, Nostalgia de la Astronáutica era un título perfecto para lo que hubieran querido expresar, o explorar, aquellos poemas, de los que se escribieron algunas docenas, con desigual acierto.

 

6.

Uno de los que más me gustó siempre y me pareció más logrado fue éste:

Tiempos

en los que imperaba la cosmología

                          de las canicas.

 

Un universo en pleno cataclismo

                          de colisiones

que terminaban en un sumidero,

en un agujero negro definitivo

que llamábamos

                          gua.

Desde la mirada del físico veterano que ya era cuando lo compuse, y con la ternura con la que siempre contemplo los esfuerzos, realmente denodados, de aquel niño sempiternamente despeinado que fui, ese apocalipsis de bolsillo que suponía una partida de canicas, jugada en aquel patio yermo del colegio de un barrio también recién nacido y pródigo en descampados, con algunos compañeros de esos mismos siete años, me resulta adecuado para describir la zozobra del estar vivo circundado por ese terrible silencio eterno de los negros espacios que hacía temblar a Pascal. El Cosmos, una partida de canicas de no se sabe qué dios de siete años, o siete eones, a punto de perder sus bolas ante la jugada magistral de otro dios rival, igualmente infantil, cruel, asustado.

 

7.

Siempre fui un chico torpe, y más bien bajito, y no muy fuerte. Siempre fui un chico listo, el más listo de la clase. Siempre fui poeta, podía escribir poemas entre partida y partida de canicas, o de chapas, o recién venido de un partido caótico de fútbol en la calle, en otro de esos descampados frente a la ventana de mi casa, desde la cual mi madre nos vigilaba a mi hermano y a mí, un partido en el que, desde luego, no era el primer elegido para los equipos cuando echábamos a pies. Esa peligrosa condición, especialmente peligrosa para un varón de los primeros años setenta, me obligó a reinventarme, a enmascararme, a tratar de convertirme en un deportista algo más aseado, a aprender a ser absurdamente brutal llegado el caso, sobre todo, a ocultar todo un lado enorme, todo un universo lleno de astros esplendentes, en plena fuga, de cometas de colas inmensas, ese mundo interior del letraherido tan precoz, que también merecía su propia astrofísica, cuyos tratados fui escribiendo de turbio en turbio a lo largo de los años, hasta llegar a estos últimos capítulos del blog.

 

8.

No recuerdo muy bien cómo se jugaban esas partidas de canicas. Sí sé que éramos varios, que había un agujero extrañamente llamado gua, que las bolas tenían que acabar en él, que se podía utilizar el palmo para acercar la bola antes del lanzamiento, que se podía, me parece, golpear a las otras bolas, aunque quizás me estoy confundiendo con la petanca, que era deporte playero en esa misma infancia. No duraron mucho esas partidas, de todos modos: en esa misma arena fueron substituidas por competiciones de mucho mayor alcance, como las carreras de chapas, en circuitos intrincados, donde no valía el pique por fuera, o esos partidos de fútbol con otras chapas, éstas ya decoradas con los colores de equipos inverosímiles, como el Botafogo. En mi infancia, en realidad, jugar al gua, que es como se decía, no es ni siquiera muy importante. Pero sí recuerdo bien la fascinación que siempre me produjeron las canicas. Como objetos.

 

9.

Una canica es dura, transparente, pero también coloreada. Es rotunda, regular, perfecta en su género, representante de una excelencia geométrica que ya se estaba llenando por entonces de pi y de erres. Su interior es infinitamente menos reducible a ecuaciones, pues contiene una yuxtaposición intrincada de figuras fluidas, de tonos variadísimos. Uno tenía muchas canicas, las llevaba en el bolsillo, en los juegos más crueles podía perderlas, también podía intercambiarlas, como los cromos de futbolistas. Había que tener cuidado si el frasco en que se guardaban en casa, que casi siempre había sido de Nescafé, se abría y se desparramaban las bolas por el parqué, con el consiguiente estruendo para el vecino de abajo. Inasequibles al rozamiento, las canicas rodaban y rodaban y tendían a esconderse siempre en los rincones más inaccesibles. En la calle se ensuciaban de polvo, y uno las frotaba, para que no perdieran su brillo. Eran objetos casi inverosímiles, muestras de otros universos más brillantes y ordenados, testigos de que en algún lugar existía la fría perfección de los Elementos de Euclides.

 

10.

El capítulo 14 de ese libro maravilloso que es Speak, Memory, de Vladímir Nabokov, arranca con la tantas veces citada frase The spiral is a spiritualized circle. El autor liga entonces con la dialéctica hegeliana el misterioso desarrollo de toda espiral, que promete simultáneamente dos infinitos contrarios, como los de Pascal, el íntimo de un pasado anterior al comienzo del trazado, con volutas cada vez más apretadas, y el gigantesco de las vueltas ya decididamente cósmicas que puede apenas detener el margen de la hoja de papel. La tesis es un arco, la antítesis es el arco que lo continúa y parece desdecirse, pero entonces ya no hay empalme con el punto inicial, hemos huido, en las alas de la espiritual espiral, del círculo vicioso, y el tercer arco, el de la síntesis, rodea desde fuera los anteriores, y nada impide que ese proceso siga progresando, en una dialéctica potencialmente indefinida. Cada uno de esos arcos los asocia Nabokov con los periodos de su vida: su infancia y primera juventud en Rusia, su exilio europeo y su traslado al otro continente, del que volverá, en un cuarto arco aún no contemplado ahí, pues el libro es anterior, a un definitivo periodo, de nuevo europeo, en Montreux. Con precisión casi matemática, cada 20 años, se produce un nuevo giro de la espiral, que, como toda espiral, es decididamente vertiginosa, y, si no, que se lo digan a Judy Barton.

 

11.

Para presentar esa sucesión de etapas vitales, en el segundo párrafo de ese capítulo catorce (el catorce…), dice Nabokov: A colored spiral in a small ball of glass, that is how I see my own life. Es decir, una canica. Así es cómo ve su vida. Una canica que acoge en la transparencia de su contorno las serpientes de colores de su extraño interior caleidoscópico. La imagen es bella, sin duda, pero es tanto más significativa cuando recordamos, avezados lectores de ese libro impagable como ya somos, que justamente en el capítulo 7, en la mitad de ese recorrido que nos llevará apenas al 15, al momento en que el barco zarpa ya para cruzar el Atlántico, hemos visto otra canica, una que se escondía, en el sueño del niño Nabokov a bordo de los grandes expresos europeos, debajo de un gran piano. Eso, a su vez, evoca ―es un libro de resonancias inabarcables― la caverna que los mayores le ayudaban a construir al aún más niño Nabokov con un diván ligeramente separado de la pared y un par de cojines. El lugar donde se esconden las cosas, ese rincón donde se acumulan el polvo, las viejas monedas que ya no tienen valor y las canicas que nunca supimos a dónde habían ido.

 

12.

Ese capítulo séptimo de Speak, Memory, como ocurre en realidad con casi todas las partes del libro, ya había sido publicado por separado con anterioridad como un relato, concretamente en The New Yorker, en julio de 1948 bajo el título de Colette. El texto se había escrito en marzo y abril de ese año, mientras Nabokov estaba seriamente enfermo de los pulmones, con algo que pudo ser tuberculosis o cáncer, pero que al final quedó en la rotura de un vaso sanguíneo sin causa definida. Con otro título, First love, el cuento fue incluido en la recopilación de relatos Nabokov’s Dozen, que contenía trece cuentos, porque así son las docenas de Nabokov, y apareció en 1958. La historia editorial de Speak, Memory es compleja, y su edición final, extendida respecto de la de 1951 que aún se llamaba Conclusive Evidence, apareció en 1966. El relato, que no difiere demasiado de la versión de la autobiografía, comienza con trenes, como ya se ha mencionado, de los reales y de los de juguete, pues en todo momento hay esa dualidad entre las cosas grandes, de verdad y las pequeñas, a la escala del niño, y esa misma proporción es la que hay, de algún modo, entre las canicas y los cuerpos celestes. El viaje de la familia Nabokov los lleva de Moscú a París y de ahí a Biarritz, donde se produce ese primer amor con Colette, que en realidad se llamó Claude Deprès, que incluye un beso furtivo de ella en la mejilla de él mientras contemplaban una estrella de mar y un intento de fuga que apenas los lleva a la sala obscura de un cine. Tenían diez años.

 

13.

De este First Love, de este capítulo siete, se podrían decir muchas cosas, como de todos los textos de Nabokov, por nimios que parezcan, y se pueden decir más cuanto más se lo lee, algo que puedo atestiguar también en este caso, pues tras mi última relectura para preparar esta entrada, he descubierto bastantes cosas en las que no había aún reparado. En particular, hay muchas referencias a instrumentos ópticos, algo que por pura deformación profesional siempre me llama la atención. También hay continuas sugerencias de lo esférico, lo curvo, lo circular. Hay algo muy divertido, además. Es bien sabido el interés absoluto por las mariposas que Nabokov manifiesta en toda su obra y que articula su propia vida, que apareció ya en su infancia, como bien se cuenta en este mismo Speak, memory, y que le llevó incluso a una dedicación profesional durante un tiempo como lepidopterólogo. Pues bien, nos cuenta Nabokov que aprendió que en el euskera de Biarritz mariposa se decía misericoletea, lo cual es rotundamente falso. Puede decirse tximeleta, o, quizá por metátesis, mitxeleta (no micheletea, como apunta el propio Nabokov, incapaz de encontrar el vocablo que recordara en ningún diccionario). Misericoletea es, claro, un guiño: misery, Colette. Una historia de amor infantil que acaba en separación y que reverbera en toda la obra del ruso.

 

14.

Hay otra forma de decir mariposa en euskera: pinpilinpauxa. Con 12 años recién cumplidos pasé unos días de campamento de verano, junto con algunos compañeros de mi colegio, en Hondarribia, que todavía era sólo Fuenterrabía. 1976. A poco que se conozca la historia de España, y en particular de la transición, puede entenderse lo compleja geográfica y cronológicamente que resultaba esa aventura, quizá no tan inocentemente preparada por las autoridades de mi colegio, que era de barrio, extrañamente (para la época) mixto y rojo. De hecho, en el curso de esa estancia, un día, cogimos el autocar y pasamos a Francia. Era mi primer viaje fuera de España, algo que no resultaba tan trivial entonces como lo es ahora. Estuvimos, lo recuerdo bien, en Biarritz, no sé si también en St. Jean de Luz. Paseamos por la playa, esa playa donde Nabokov y Colette/Claude jugaban a hacer castillos, con apenas un par de años menos de los que yo tenía. Mientras, caía el gobierno Arias Navarro. La ikurriña estaba aún prohibida. Otros niños que había en el mismo albergue que nosotros arriaban la rojigualda cada tarde al ritmo del himno nacional. Mis padres, que habían hecho de tripas corazón para dejarnos ir a mi hermano y a mí, tan pequeños aún, con nuestros amigos de la clase y nuestros profesores, se mordían las uñas en Madrid pensando en las muchas cosas terribles que podían pasar.

 

15.

Pinpilinpauxa se llamaba una tienda que había, si mi memoria no se confunde y se deja llevar por el relato, cerca del albergue, o entre el albergue y la playa a la que bajábamos cada día, o tal vez en Donosti, donde íbamos a menudo. Nos hacía gracia la palabra, tan sonora. Sólo después aprendí que significaba mariposa, que el pin pilin acaso lo hacen las alas de la mariposa. Esta extraña sincronicidad no se me había revelado hasta el otro día, cuando empecé a concebir esta entrada. Es otra de las tantas que tengo con Nabokov y con otros autores que han sido tan importantes para mí, para ese otro lado del que no se hablaba en el patio del colegio a partir de cierta edad. No tan asombrosa, claro, como la de aquel viaje iniciático a Suiza, del que ya les he hablado tanto por aquí, que tuvo lugar en julio de 1977, apenas un par de días después de la muerte de Nabokov, en los mismos lugares donde pasaba mi tren, mi tren de verdad, desde la ventanilla del cual yo contemplaba boquiabierto por primera vez el Léman.

 

16.

El capítulo siete termina, bien proustianamente, con una coda en la que, con la complicidad de sus respectivos preceptores, Vladímir y Colette tienen un encuentro fugaz, ya plenamente otoñal, en París. Ella pasea un aro, otro de esos objetos circulares, y los patrones de luz y sombra del ramaje se mezclan con los brillos del cuero de sus guantes y sus zapatos en la memoria de Nabokov. Entonces, nos dice que there was, I remember, some detail in her attire (perhaps a ribbon on her Scottish cap, or the pattern of the stockings) that reminded me then of the rainbow spiral in a glass marble. Hay un detalle del atuendo, pero ya no se sabe cuál, que, en ese tarde parisina, la última que compartieron esos dos niños de diez años, a Vladímir le sugirió la espiral irisada de una canica. De eso sí se acuerda con claridad. De hecho, aún le parece estar sosteniendo ese breve jirón de iridiscencia como sin saber dónde ponerlo, en qué parte de esa indumentaria, que se va disolviendo mientras ella se aleja con su aro. Esa canica volverá siete capítulos más tarde para definir la existencia del autor, y se la puede encontrar en algunas otras ocasiones, como en Despair, en una partida que juegan dos niñas dos veces ante los ojos del atrabiliario Hermann, obsesionado por su imaginario doble. Aparecerá en un bello verso del bello poema de John Shade en Pale fire: and heard the wind roll marbles on the roof. Espirales, bolas de cristal, esferas transparentes, y fuera, algo, algo que sólo tú y yo sabemos.

 

17.

Lupas, anteojos ―los de su hermano Sergei, que moriría trágicamente―, espejos, infinitos juegos de luz. Son muchas, como lo son siempre, las menciones a la Óptica y sus instrumentos en este relato. Hay una más, al final, infinitamente evocadora, la de un pequeño visor en un portaplumas a través del cual podía apreciarse a miraculous photographic view of the bay and of the line of cliffs ending in a lighthouse. Un memento de esa playa, esos acantilados, un faro, paisaje que ya se ha abandonado, un souvenir de ese verano, el verano de Colette, que ya no va a volver. Un microcosmos portátil, visible a ojo guiñado, ojo pequeño de un niño que se afana, con el estorbo de sus propias pestañas, en ese peephole of crystal, en esa minicanica que refracta la luz y forma la imagen de la minúscula fotografía ahí insertada. Conozco todas las leyes físicas que rigen esos fenómenos, las he explicado a mis alumnos durante décadas, son sencillas, aplicaciones de esa geometría que incluye rayos que penetran y asaetean igual que incluye esferas cristalinas. Ese conocimiento no substituye, ni limita, la poesía de esa visión. Eso son también las canicas: multum in parvo, alephs, inagotables.

 

18.

El Aleph no siempre fue una esfera. El desarrollo textual del cuento está bien atestiguado, al haberse conservado el manuscrito, estudiado entre otros por Julio Ortega y Elena del Río Parra, que publicaron en 1995 en El Colegio de México una bella edición facsímil que tengo en mi biblioteca. Ahora se nos hace raro, pero el primer Aleph fue un Mihrab, cosa que, por otro lado, condice bien con la perversa postdata que niega, en una enmienda a la totalidad, la realidad del Aleph de la calle Garay, para encerrar al verdadero Aleph en la columna de una mezquita de El Cairo. El mihrab es el punto al que se dirigen las plegarias en la mezquita, pues señala la dirección de la Kaaba. En la arquitectura del cuento esa posición focal es apropiada. También se ha hablado mucho de un caleidoscopio. Lo menciona singularmente Estela Canto, la destinataria del cuento, por la que Borges bebía los vientos con su consabida torpeza amatoria allá por 1945, cuando el Aleph se estaba cocinando, y ese caleidoscopio, que un Borges aún vidente, aunque de agudeza visual cada vez más limitada, manejaba por entonces, le habría proporcionado la inspiración para esa concepción memorable del punto en el que se pueden ver ―si están o no ahí sería más largo de contar, uno de tantísimos temas posibles de discusión y divagación en este cuento con más capas que una cebolla, una cebolla aléfica― todos los puntos del universo.

 

19.

El Aleph acabó por ser, inevitablemente, una esfera, como la esfera de Pascal, que tampoco es de Pascal, ésa de circunferencia inalcanzable y centro ubicuo a la que Borges dedica un ensayo. La esfera arrastra desde siempre el prestigio de su monotonía: todo en ella es igual, todas las direcciones son la misma. Un objeto que pretende simbolizar el universo a duras penas puede ser anisótropo. En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, nos cuenta el confundido, casi balbuciente Borges del relato, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. En efecto, el Aleph es una canica.

 

20.

Tornasolado, iridiscente. No es infrecuente en la iconografía de la maiestas domini que el Pantocrátor sostenga la bola del mundo. Cuando el Renacimiento derivó al manierismo, ese objeto, al que le bastaba con ser redondo para ser el Cosmos, empezó a hacerse más complejo. En el Museo del Prado hay algunos ejemplos reseñables. Cuando, con mis compañeras de la Facultad, concebimos, para nuestra asignatura de Historia de la Óptica, una visita guiada al Museo del Prado en la que se mostraran diferentes elementos ópticos en los cuadros, seleccionamos alguno de ellos, pues la refracción de la luz en ese objeto curvo, la disposición incluso de las propias esferas cristalinas de los orbes celestes, la representación del mundo sublunar abajo, en el lugar de la gravedad, en el otro lado de la gracia, eran muy reseñables. Hay, en particular, un Salvador atribuido a Joos van Cleve, rotundo en su frontalidad de icono bizantino, en el que la elaboración del paisaje es sorprendente. Esa bola de nieve que deja ir Charles Foster Kane cuando expira, pronunciando su Rosebud, que no es, claro, el nombre de su trineo ―qué absurdo sería eso― sino su mote cariñoso de niño, el que su madre le había bordado en su trineo, es la misma bola del mundo que sostiene Cristo, la misma canica que arrojamos inclementemente al gua, porque jugar es el único modo en que es posible de sobrellevar esto que, a falta de mejor nombre, llamamos vida.

 

y 21.

En uno de los fragmentos que se pueden atribuir con razonable seguridad a Heráclito de Éfeso, se afirma que el tiempo es un niño que juega, un niño que compite con otros, que intenta desplazar con su canica la bola de los otros. De todas las canicas de mi infancia hay una que recuerdo con gran claridad, que me parece estar viendo aún ahora. Era blanca y azul, pero un azul muy, muy profundo, un azul que no puede ser marino, ni obscuro, sino cósmico, un azul que sólo podré llamar azul canica y del que no podré decir nada más, pues soy el único que lo ve, como Marguerite Duras, así lo declara en La vie materielle, era la única que sabía cómo era el azul del écharpe azul de Lol V. Stein. Jugando con esa canica yo creé y destruí innumerables Cosmos, como el protagonista del memorable cuento The power of words de Edgar Allan Poe crea mundos con las palabras de gozo y dolor que le ha hecho proferir su amor desdichado. Quiera el destino que los pequeños habitantes de esos universos diminutos en los que mi canica azul fue acaso la estrella Sirio hayan sido felices, y que en esos planetas de bolsillo hayan existido las mariposas, se llamen como se llamen en sus lenguas inimaginables.


lunes, 9 de marzo de 2026

La noche del corazón

  

La Europea, retrato fúnebre de El Fayum, s. II d.C., Musée du Louvre


J’ai adoré un visage de terre cuite que la mort a brisé.

CHRISTIAN BOBIN, La nuit du cœur

 

1.

Como es bien sabido, los místicos tienden a fechar con prolija precisión sus experiencias cuando se disponen a relatarlas, desde la incapacidad del lenguaje para dar cuenta de ellas. Famosamente, el gran Blaise Pascal compuso un breve texto que se ha dado en llamar el Memorial, que siempre mantuvo en secreto y que no se descubrió hasta su muerte, cuando se advirtió que, cosidos en el forro de su gabán, había dos papeles, uno de ellos con la anotación original y otro con la copia en limpio de ese mismo texto. Pascal había ido trasladando de una prenda de vestir a otra a lo largo de su vida ese testimonio de su nuit du feu. Las primeras palabras del documento se dedican a identificar la fecha, la hora y hasta los santos del santoral del día en que tuvo lugar esa visión inolvidable. La siguiente línea, destinada a describir lo vivido, se resuelve en una sola palabra: feu, fuego.

 

2.

Nada más sabe o puede o quiere o elige decir Pascal. Lo que sigue entonces son comentarios, más o menos deslavazados. El Memorial es una obra maestra de ese extraño género literario que constituyen los escritos de frontera, emplazados en el filo de las posibilidades del idioma, y hasta del pensamiento, en ese lugar sin topónimos del borde del espacio cubierto por las palabras, en ese territorio sin cartografiar del non plus ultra del big bang verbal. Ante esa glosolalia de los dislates a la que recurren los exploradores del abismo de lo no-decible, ante esa amenaza/promesa de un silencio de otra calidad al humanamente accesible, se diría que el escrúpulo de exactitud del fechado, esa especie de estructura de instancia administrativa, se querrían asideros no del todo capaces de ampararnos en nuestra deriva hacia el envés de la enunciación.

 

3.

Fiel a esa tradición, o acaso inconscientemente tributario de la misma, el grandísimo escritor francés Christian Bobin comienza estableciendo en la primera línea de La nuit du cœur las coordenadas espaciotemporales de la revelación, las componentes de ese cuadrivector que nos permitirán recuperar, a redrotiempo, la circunstancia irrepetible de la magia sobrevenida. Y lo hace con la engañosa simplicidad con que lo hace todo Bobin, ese artífice rarísimo:

La chambre numéro 14 de l’hôtel Sainte-Foy à Conques est percée de deux fenêtres dont l’une donne sur un flanc de l’abbatiale. C’est dans cette chambre, se glissant par la fenêtre la plus proche du grand lit, que dans la nuit du mercredi 26 juillet 2017 un ange est venu me fermer les yeux pour me donner à voir.

Datos a entregar, pues, al personal de aduanas del Más Allá. ¿Lugar? Conques. ¿Día? 26 de julio de 2017, un miércoles. ¿Emplazamiento exacto? Hotel Sainte-Foy, concretamente la habitación catorce. ¿Descripción del suceso? Aparición de un ángel a través de la ventana que da a la Abadía del mismo nombre. ¿Consecuencias de lo ocurrido? El acceso a lo invisible.

 

4.

Así, tan pulcramente, con esa discreción como al desgaire propia de la casa, somos introducidos in medias res al prodigio. Así fui introducido yo, uno de los tantos miles de lectores de Bobin, rendido a su ternura y a su destreza milagrosa con las metáforas. Yo también puedo aportar información de primera mano sobre ese encuentro, no menos reseñable para mí. Ha quedado registrado en uno de mis cuadernos. ¿Día? 26 de diciembre de 2022, por la noche. ¿Lugar? Hotel Observatoire-Luxembourg, París. ¿Otros datos circunstanciales? El ejemplar de La nuit du cœur fue adquirido en la librería parisina Compagnie, en la rue des Écoles, al final de esa tarde. Muy poco antes había comprado otro libro del propio Bobin, Las ruines du ciel, en Tschann, en el Boulevard Montparnasse. Esas dos librerías son paradas habituales en mis travesías por la cité-lumière. Pero eso ya lo saben ustedes.

 

5.

¿Alguna otra cosa que se desee hacer constar? En esas Navidades de 2022 retorno a París después de más de cinco años de ausencia. En esos cinco años han pasado muchas cosas. Lo más relevante, sin duda, la muerte de mis padres. El padre de Bobin padeció la enfermedad de Alzheimer, como mi madre. En sus libros se narra ese doloroso proceso. En Ressusciter, que ya había leído antes del viaje de 2022, me encuentro con las sensaciones que yo mismo había tenido, en una extraña amalgama, pues es el padre el que muere de la muerte de mi madre. Claro que cuando leí Ressusciter mi madre no había muerto todavía…

 

6.

Más cosas pasaron en ese lustro, como a nadie se le escapa. El confinamiento de 2020, que me impidió abandonar, primero, mi casa, luego, mi ciudad, también mi país, durante muchos meses. En 2018, como ya he contado por aquí, estuve en Suiza. Compré algunos libros en Lausanne, como Baltiques, que reúne las obras completas del poeta sueco Tomas Tranströmer, la tarde de un día cuya noche fue decisiva para mí, y del que podría ofrecer información tan precisa como si entonces hubiera tenido lugar una experiencia mística, cosa que, de algún modo, sucedió. Desde entonces y hasta mi retorno a París de 2022 no había vuelto a ninguna librería francófona. Bobin, y otros más, marcan ese retorno. Desde ese año no ha habido ninguno que dejara de volver a París y sus librerías. Volveré a hacerlo dentro de un mes.

 

7.

El 26 de diciembre de 2022 no sé aún absolutamente nada de la Abadía de Conques. Lo que voy sabiendo de ella lo voy aprendiendo en el recuento de Bobin, una extraña guía de viaje escrita desde su refugio secular junto a su lugar de nacimiento, Le Creusot, a mano, sobre su sencilla mesa de madera, frente a su ventana. Lo voy aprendiendo a ritmo de visitas, que es el término con que Bobin se refiere a esos breves, cotidianos, raptos que se suceden en los meses posteriores al retorno de su viaje de una noche a Conques, donde fue a ver las vidrieras con las que el pintor Pierre Soulages cubrió los 104 huecos de las ventanas del viejo templo del siglo XI. Bobin ha sido siempre reacio a alejarse de sus coordenadas, ha practicado casi una agorafobia para la que un día en París suponía una inmersión en el desasosiego. Día a día, en su casa de las afueras de Le Creusot, visita a visita, Bobin llenó 104 huecos de esas paredes encaladas que son los folios vacíos. Al hacerlo, nos legó la crónica de un vuelo interior de inusitada altura, es decir, profundidad.

 

8.

Cuando estoy en París mi condición de adicto a los libros alcanza su máximo nivel de excelencia. Y así fue en ese diciembre de 2022, más aún si cabe, porque llevaba mucho tiempo sin poder perderme por las decenas de librerías que la ciudad me ofrece cuando voy. En mi cuaderno de entonces anoté que mi visita final de ese día a Compagnie, que toma, acaso, su nombre del breve escrito de Samuel Beckett, fue producto de un cop de cœur, que es otro nombre para el arrebato. Ya había estado en Compagnie, ya había comprado libros allí un par de días antes. Ya había estado en Tschann esa tarde. Fui a Compagnie en busca de otro libro. La nuit du cœur simplemente se me ofreció en una de las mesas. Al abrirlo, aparecí en la vidriera 46, y allí se me habló de la habitación 14 y de un juego de cartas en el que nos jugábamos la vida en un casino vacío. Suficiente para entender que acababa de ocurrir algo decisivo.

 

9.

En Morgana en Duino, hasta cuatro veces a lo largo de los capítulos, nombre que bien puede cuadrar a esa especie de poemas engarzados que constituye su narrativa sui generis, como chapitres llama Bobin a las 104 cuentas del rosario de La noche del corazón, hasta cuatro veces, digo, se repite un mismo gesto, como si fuera un extraño ritual. O más que repetirse, se anhela, se recuerda, se registra como parte de un sueño. Hay alguien que se acerca por detrás, alguien que nos tapa los ojos y nos susurra catorce. Catorce es una contraseña. En el propio texto de la novela se da la clave de lo que significa. Significa: te tengo en las entrañas, esa frase que precede, en el último de los sueños, a los besos que nos tapan la boca. Desconozco cuántas habitaciones tiene el Hotel Sainte-Foy de Conques, apenas sé, lo sé desde el 26 de diciembre de 2022, que una de las ventanas de la habitación 14 da a la Abadía que está al lado, y que esa ventana es el lugar por donde penetra el ángel. Lo sé porque Bobin lo supo, el 26 de julio de 2017, y me lo contó cuando abrí el librito en Compagnie ese día de San Esteban, un mes y dos días después de su muerte.

 

10.

Catorce es el número del infinito, algo que no desconocemos los lectores de La casa de Asterión. Más bizarramente, es el primer número en orden alfabético en castellano, y lo es a pesar de que los números son infinitos y parecería arriesgado decir que se puede colocar uno antes que todos los otros posibles en primer lugar. Pero el modo en que nombramos los números nos garantiza que eso es así. Cinco va después, y después irán todos los que empiezan por cincuenta o cinco mil o cinco millones, y no digamos los que empiezan por quinientos. Cada idioma tiene su primer número. En inglés es eight, en francés es cent. Catorce no es importante para mí por esa causa, eso lo supe después, quatorze no está en ninguna posición privilegiada en esa extraña ordenación para el hablante de francés que fue Bobin, el 14 para él se hizo especial porque fue a Conques y se alojó allí, por ese seguro azar. A cada uno le sobreviene su catorce, simplemente hay que estar preparado para reconocerlo.

 

11.

Mi catorce se apareció, de un modo trivial, pero misterioso, casi escalofriante, hace muchos años, en un casino. Solamente he ido dos noches en mi vida a un casino, solamente he jugado dos veces en mi vida a la ruleta. La última fue la del catorce, y han pasado no menos de tres décadas de ello. La presencia terrible de la ludopatía en un miembro muy cercano y muy querido de mi familia hizo que me alejase hace mucho de cualquier juego de azar. Pero existe una ambivalencia en ese gesto: es preciso alejarse justamente de lo que produce una fascinación acaso peligrosa. No soy ajeno a numerologías lúdicas o maniacas, soy un habitante habitual de aritméticas y combinatorias, soy un hombre de números tanto o más que de letras. No soy inmune a la simbología de una rueda que gira y de una bola que se posa en un lugar que se convierte desde ese preciso instante en lo irreversible. Por eso el catorce. Por eso la sabiduría paradójica de que no hay ningún sentido en el Caos que habitamos y nos habita y de que, simultáneamente, hay un sentido en el Cosmos que dolorosamente erigimos y que entonces, desde antes casi de sabernos, nos acoge.

 

12.

El catorce, dice con absoluta calma el que era yo hace tres décadas a un amigo con el que iba y el amigo coloca las fichas, y, cuando la bola se posa en el catorce, hecho que en sí no tiene nada de sorprendente, más allá de una probabilidad decididamente baja en la que se basa la ganancia del Casino y la desgracia del adicto, mi sensación no es de euforia, ni siquiera de sorpresa. Lo único que hay es la corroboración de una certeza, de una certeza mágica que antecede a la jugada, pues ese catorce no era ni el veintiséis ni el cuatro ni ninguno de los números que pudimos jugar esa noche, ni siquiera el 18 que luego también acabó saliendo, pues esa noche acerté dos plenos en apenas un rato de juego, cosa extremadamente improbable. No: que iba a salir el catorce era algo quede algún modo estaba escrito y se sabía de antemano, es decir, que yo lo sabía con la certidumbre absoluta de los sueños, pues la decisión de jugar al catorce no había sido producto de una elección inmotivada, sino el gesto lógico del que conoce algo, del que ha recibido, por quién sabe qué vías, que bien pueden incluir la voz de un ángel, una información precisa de lo inevitable.

 

13.

Transmito apenas una sensación, una sensación, por demás, incomunicable, como una experiencia mística. Es posible que las experiencias místicas se conciban revestidas de otra parafernalia, pero lo cierto es que esa noche del Casino yo supe que existía otro relato subyacente al del vivir, que se podía saltar a otra pista del acontecer, y que en esa línea paralela los sucesos podían contemplarse desde otra vista de pájaro, al margen del devenir. Es decir, no supe ninguna de esas cosas, ni ninguna de esas cosas fue verdad, ya que lo ocurrió fue únicamente una casualidad, y el hecho de que a mí me pareciera bien revestirlo de todo ese ornato de transcendencia siempre fue un juego literario. Mi fe no cubre área alguna, todos los encantamientos que puedo haber encontrado en mi vida son, bien lo sé, ay, puramente endógenos, y exigen una continua suspensión de incredulidad, que es la que me permite tejer modestos hechizos de los que se alimenta mi literatura. Por eso el catorce es, a fin de cuentas, y en términos prácticos, apenas una metáfora privilegiada, una mot-clé de uso privado. Pero sale tanto por aquí, en tantos de mis escritos que en algún momento debía darles a ustedes la posibilidad de conocer el truco, de saber por qué el anhelo del narrador narrado de Morgana era sentir unas manos en sus ojos, una boca junto a su oído, escuchar el catorce que hace que caiga instantáneamente el castillo de naipes del Cosmos y se muestre en su gloriosa desnudez la tersa Nada que nos constituye.

 

14.

Si uno sigue escribiendo, el catorce acaba por aparecer. Aquí ha vuelto a ocurrir. ¿Qué contaremos en este párrafo 14, en el chapitre 14, de esta entrada, tan arbitrariamente numerada como todas las otras del blog? Acaso lo que correspondería sería resumir, si la palabra no fuera tan ridículamente inadecuada, La nuit du cœur, su vaivén, su eterno retorno a la noche de la revelación, rememorada una y otra vez por el poeta revisitado. Hablar de sus palabras, de sus visiones lentas, de los huecos de su interior de abadía que se llenan de ecos y de reverberaciones del negro de Soulages, ese constructor del apofático outre-noir en el que la obscuridad llega tan a su límite que empieza misteriosamente a irradiar luz. Transcribir, acaso, alguna de las decenas y decenas de líneas que he subrayado en mi ejemplar, releído una vez más en los últimos días. Líneas como ésta, por ejemplo, encontradas al azar, al azar del catorce: tu nous regardes te quitter. Cette vision est restée dans mon rétroviseur comme une relique. Des années après, elle s’y trouve encore.

 

15.

Hubiera servido cualquier otra, todas las líneas del libro de Bobin pueden pulsarse como las cuerdas de un arpa para que produzcan armónicos inagotables. En esa, que la suerte nos ha otorgado, se nos recuerda que vivir es seguir adelante, alejarse, que las cosas inmóviles en el espacio y el tiempo, como la Abadía de Conques del siglo once, nos acogen en el hueco de su vientre y somos nosotros los que inevitablemente nos expulsamos de ese lugar nutricio, pues nuestra esencia es la deriva. Apenas podemos contar con el hacia atrás, con esa visión paradójica del espejo retrovisor que otros llaman memoria. Una noche tan solo durmió Bobin en ese viaje de 2017 en el Hotel Sainte-Foy, una noche contada en 104 capítulos en un libro que en el borrador iba a llamarse justamente Une nuit à Conques. Ese recuento de ecos, esas ondas que emanan de un centro ya inaccesible en su gélida geometría y recogemos apenas en la borda de la barca en la que nos trasladamos a un nunca en el que no seremos ya más que una nada que nada puede contener, esas imágenes que se quieren reanimar con el boca a boca de la poesía, son todo lo que tenemos de ese deslizarse del ángel de los segundos, que bien sabe de los claustros que no nos es dado habitar, aunque es de noche.

 

16.

El 26 de julio de 2017, cuando Bobin se las entendía con ese ángel en Conques, yo también estaba en París. Esa mañana he regresado al Louvre. He anotado cosas sentado frente al Escriba y su mirada omnividente. He vuelto entonces a mi centro, a mi Conques, que es ese lugar casi secreto donde me espera la Europea. La he saludado: salut, mon cœur, le he dicho muchas cosas, porque tenemos ya confianza. Cosas como Fue locura intentar hacerte terrenal y atraerte, Europea. Estás tan en tu lado, tan lejos de esta existencia tan precaria, como el Ángel de Rilke que, por supuesto, también eres. Sí, hay un ángel que habita esa sala, como otro habita la chambre 14 del hotel de Conques. Hay ángeles por todas partes. Un año casi exacto antes, en 2016, también en París, ya le había dicho a la Europea Nunca podré olvidarte, como nunca olvido mi tristeza. Cuando le di la espalda, acaso, ella se despegó de su madera, llegó a mi altura y me susurró te tengo en las entrañas. No lo recuerdo bien, acaso fue en otra ciudad, acaso fue en Lausanne.

 

17.

Une nuit à Conques fue la noche del corazón de Bobin. El corazón, nos recuerda María Zambrano, tiene huecos, habitaciones abiertas. La anatomía cardiaca incluye emplazamientos que se llaman atrios, como en las catedrales. El espacio interior de las entrañas y el espacio exterior de la visión se comunican por las vidrieras. En las de la Abbatiale de Conques, Soulages, que murió a los 102 años un mes antes que Bobin, dos meses antes de ese día de Navidad de 2022 en el que yo fui al cementerio de Montparnasse recorriendo una misteriosa ciudad vacía habitada sólo por la niebla, recurrió a las líneas, a las curvas, a los trazos. Esas vidrieras fueron inauguradas justamente otro 26 de julio, en 1994, el día siguiente a la festividad del Apostol: Conques está en el camino de Santiago. En una entrevista, Soulages, que había nacido en la cercana Rodez, ese centro maldito de la geografía artaudiana, dijo que Conques había sido el lugar de sus primeras grandes emociones artísticas, que le había conmovido la música de esas proporciones, esa alianza singular de fuerza y gracia.

 

18.

La fecha de la muerte de Christian Bobin es el 24 de noviembre de 2022. La visión de Pascal tiene lugar el 23 de noviembre de 1654, pero se extiende hasta el inicio del día siguiente, señalado en el santoral como la festividad de San Crisógono Mártir. Bobin no puede sobrevivir a esa nuit du feu. En 2019 le escribió una larga carta de poemas a su amigo Soulages, que se publicó en un libro llamado “Pierre,”, así, con esa coma inconclusa en el título. Ese libro tuvo su origen en otro breve viaje, como el que emprendió a Conques un año antes. El viaje tuvo como destino Sète, en la costa, y se inició la nochebuena de 2018 a las 19.15 h. en la estación TGV de Le Creusot. Cuatro años después, en la nochebuena de 2022 yo estaba en París, y aún no había leído La nuit du cœur y no sabía nada de Pierre Soulages y sus negros. La bola aún no se había lanzado siquiera, la ruleta no había empezado a girar. Cuando se posó dos días después en el catorce, nada pudo ya ser desdicho.

 

19.

En francés, para decir que algo se sabe de memoria, se dice par cœur, como en inglés se usa by heart. En castellano, hablar de corazón, con el corazón, es ser sincero. En mis notas del 24 de diciembre de 2018, el de la partida de Bobin hacia Sète, ésa que se señala en el billete de tren incluido en Les différentes régions du ciel y al que ya me referí aquí en otra entrada, hay una que dice: “Corazón” es su nombre. No me lo desvela, me lo recuerda. Todo estaba ahí, ninguno pusimos nada. El paisaje inalterable espera congelado en los sueños para revelar sus álgebras. El 25 de mayo de 2025, en el Parador de Gredos, al que me he llevado ese gozoso tomo recién comprado que recopila una veintena de títulos de Bobin, apunto: El dios rapaz que se cierne y nuestros dedos incapaces de ocultarle el corazón que gotea. Mis escritos están llenos de corazones, cuyo latir se va acompasando poco a poco como el de los metrónomos que oscilan sobre una superficie blanda. Ahora, aquí, en otro parador, el de Almagro, que fue un convento, acabo esta entrada, que se ha hecho esperar tantas semanas, mientras pienso en el corazón de Rosalía, al que dedicaré mi conferencia de dentro de diez días en Zaragoza, la conferencia cuya preparación me ha alejado de cuadernos y pantallas de ordenador como ésta. El corazón que la diosa stalker nos secuestra, ése del que cada uno guarda un trocito como reliquia.

 

20.

Una sobrevenida y arbitraria numerología quiso hace muchas lunas que estas entradas se numeraran y que esa numeración concluyera en el 20. Apenas algunas veces, cuando no hay más remedio, se añade una coda que siempre incorpora una conjunción copulativa, y 21. Éste es, pues, el último capítulo de este viaje a las entrañas. El corazón, nos recuerda Zambrano, es lo único de nuestro ser que produce sonido. Escuchado o no, ese ritmo cardiaco puntea nuestro acontecer. Esa cadencia secreta es el catorce de nuestras vidas. Otras oscilaciones son posibles, otros números, cada uno tiene el suyo. Cuando esas cifras coinciden, cuando esas ruletas se acompasan, cuando esos ángeles son simultáneos, surge como de entre la niebla un puente efímero y frágil. Entonces, sólo entonces, podemos mostrarnos desnudos ante la desnudez del otro, es decir, descarnados, expuestos en nuestras vísceras, abierta de par en par la jaula de las costillas por esa llavecita que misteriosamente encuentra la cerradura del esternón. Entonces, sólo entonces, podemos decir this one’s from the heart, como aquella mañana de Madrid en 2007, podemos decir here’s looking at you, kid, y todas esas cosas que decimos son en realidad la misma cosa, son la frase del ángel que no sabe traducirse, la que se escuchó en las falesie junto a Duino, aquel día en que Rilke recibió la palabra mágica que le dio cuerda al reloj de las Elegías, el password que reverbera entre las paredes de la habitación catorce, allí, aquí, donde estamos juntos siempre que cerramos los ojos.