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domingo, 3 de agosto de 2025

Los felices años


 

Il dolore, l’arresto della vita fanno apparire il tempo troppo lungo; ma gli anni se ne vanno sempre con la stessa rapidità.

FLEUR JAEGGY, comienzo de Le statue d’acque

 

1.

El pasado 31 de julio, es decir, hace tres días, Fleur Jaeggy ha cumplido 85 años. Me entero ese día 31 por un tweet de Kim Nguyen Baraldi. Avergonzado, me doy cuenta de que no era consciente de que Fleur Jaeggy estuviera aún viva. Más avergonzado aún, pienso que llevo mucho tiempo sin leerla y que en realidad la he leído más bien poco y además apenas sé cosas de su vida. Me pongo a averiguar esas cosas, en la magra medida que pueden averiguarse a base de Wikipedia y poco más. Descubro algún hecho sorprendente, como se verá. Me apetece releerla. Busco los libros que tengo de ella. Compro algunos más. Me sumerjo en su literatura, tantas veces calificada como gélida: precisa, cristalina, cortante como un filo, despiadada, peligrosa… renuncio a seguir asociando adjetivos, no sabría si identificarme con alguno. Entro, decididamente, en un nuevo periodo Jaeggy, de cuya navegación aún no he salido, gozosamente. Les cuento más cosas. Les cuento las cosas que me pasan cuando empiezo a releer y a reconectar obras y autores. Vuelvo a escribir en el blog después de mucho tiempo, después de no haber sacado adelante una entrada que parecía muy clara al principio y luego se fue retorciendo y encerrando en un callejón sin salida. El tema fundamental de esa entrada era Stalker, de Tarkovski. Volverá.

 

2.

El tweet (y la entrada de Instagram) de Kim incluía, como muestra de la escritura de Jaeggy, el memorable comienzo de la que, probablemente, sea su obra más destacada, I beati anni del castigo, un párrafo en el que se evoca a Robert Walser, y si aparece Walser las asociaciones se disparan. Pero no nos precipitemos. Acometido por un intensísimo deseo de releer I beati… lo busco en su correspondiente estante. Mi biblioteca hace ya tiempo que es más grande que mi casa, en una inconsistencia topológica del universo, pero por fortuna y con no poco esfuerzo y rigor, mantengo un orden suficientemente apropiado en ella como para saber que el libro estaría en la parte italiana (por más que Fleur naciera en Zürich, y fuera, al menos, trilingüe, y se formara en alemán, eligió el italiano para escribir), y que allí, como en todas las otras regiones de ese vasto laberinto de estanterías en las que se almacenan obras de ficción (las de no-ficción siguen otros criterios, pero no podemos desviarnos ahora por esos vericuetos, ya habrá tiempo de volver a la complicada vida interior de mi biblioteca), el orden es cronológico, por lo que Jaeggy viene precedida de otro de mis autores más queridos, Claudio Magris, y antecede a Roberto Calasso, del que fue compañera durante muchos años. Sí, ahí está el librito de Gli Adelphi, de portada azulgris. Lo abro. Empieza la aventura.

3.

Dado que compro libros con una avidez digna de estudio psiquiátrico y dado que además los leo, o por lo menos los comienzo, o por lo menos los hojeo, mi consumo de separadores, marcapáginas y puntos de lectura excede igualmente lo razonable. Por ello, especialmente cuando estoy de viaje, introduzco entre las páginas el ticket de compra en la librería, el recibo de la tarjeta de crédito, el billete de metro o de tren, la factura del restaurante en el que he comido mientras leía ese libro y en general toda pieza de papel de pequeño tamaño que a partir de ahí queda indisolublemente asociada a su libro-huésped, configurándose así una adecuada estratigrafía, pues esos libros, con sus pequeñas muestras arqueológicas anexas, permiten reconstruir visitas a museos, paseos por ciudades, sensaciones de exaltación o cansancio, y además resuenan con los textos que se escriben en esas mismas fechas en las libretas que igualmente acarrea el flâneur en sus trayectos. Hay, me parece, toda una ciencia posible, y seguramente necesaria, que versaría sobre el modo en que el objeto-libro se constituye en contenedor-de-tiempo, en espacio de almacenamiento de tangibles-intangibles, de un modo paralelo a lo que haría la llamada psicogeografía respecto de los lugares, especialmente de los parajes urbanos. Pero eso tampoco puede ahora desarrollarse, es necesario que focalice porque hay muchas cosas que tengo que contar sobre lo que me ha venido pasando estos últimos tres o cuatro días, y ya me estoy extendiendo demasiado.

 

4.

Abro, pues, mi ejemplar de I beati anni del castigo, del que estoy seguro de que no me he vuelto a ocupar desde mi retorno del viaje donde lo compré y de la ciudad en donde lo leí, nada más comprarlo: Torino. Y, en efecto, esa sensación queda corroborada por la aparición entre sus páginas de un resto arqueológico de primera magnitud. Se trata de una entrada de cine. Para un cine muy particular, concretamente el Cortile del Palazzo Reale turinés. La fecha permite datar la adquisición y lectura del libro (también tengo una libreta en el que están anotados esos datos, cosa que no tendría por qué ocurrir, pero a veces, sobre todo en los viajes, intento mantener una especie, no de diario, pero sí de crónica de algunos aspectos relevantes): 23 de agosto de 2017. Ese día, alle ore 22.00 en el Cortile, al aire libre, dentro de una especie de ciclo estival, pasaban nada menos que París, Texas, de Wim Wenders, de la que casualmente (pero no, nunca casualmente), me ocupaba en la entrada anterior de este blog, un poco desacostumbradamente alejada de la de hoy. Por supuesto, no recordaba haber guardado la entrada en esa especie de voluble archivo que constituyen las páginas del libro-acompañante que me llevé a cenar ese día, antes de sentarme en la obscuridad de la magnífica plaza y emocionarme una vez más con esa película-fetiche mía, sin duda en el visionado más peculiar entre los muchos que he tenido de ella.

 

5.

De hecho, la película estaba doblada al italiano. El hecho no me importó lo más mínimo, por más que no soportaría ver París, Texas (ni ninguna otra película, la verdad) más que en su versión original. Pero esa extrañeza de las voces inesperadas de Jane o de Travis (que me remitía a otra película doblada como Viaggio in Italia), en esa extraña noche turinesa, me parecía adecuada. La proyección me resultó memorable por diferentes motivos que no detallaré ahora. Ese viaje entero a Turín, que fue el primero para mí (luego volví, algún tiempo después, a retomar algunos hilos, entre otros los de la película) fue propicio, y me ofreció posibilidades literarias que no he acabado de desarrollar, y que voy difiriendo, como hago con tantos proyectos, maestro en el arte de la procrastinación como soy. El día antes de esa velada cinéfila había estado visitando la habitación de Pavese en el Albergo Roma, donde me alojaba. Ya les he contado algo de eso por aquí. Algún día, esperemos, todo aquello, y algunas otras cosas de mi segundo viaje, se reunirán en un relato, que no es, de nuevo, lo que estamos contando aquí. No se detengan, todavía hay mucho sendero serpenteante que recorrer.

 

6.

Como una entrada de cine tan particular como ésa tiene un componente muy alto de magdalena proustiana, mi memoria recuperó las circunstancias en las que por primera vez me adentré de la mano de Fleur en los pasillos del Bausler Institut, donde nuestra narradora, que no puede estar muy alejada de la propia autora, pero a la que no haríamos bien en identificar así por completo (un caveat que siempre conviene incluir) nos habla de esos bellos años del castigo, de esos reinos de disciplina de los internados para señoritas de buena familia en la Suiza de los cincuenta, y de la complejidad jerárquica y sentimental de las asociaciones que se producen allí, entre adolescentes de diferente procedencia y lengua. La fascinación por Frédérique, criatura angélica pero letal, se va desgranando, hasta llegar a un finale desolado y a la vez dolorosamente justo, el de una desposesión que se muestra excepcionalmente bien en el episodio del reencuentro fugaz en la Cinémathèque parisina con la visita al apartamento desnudo de una Frédérique ya plenamente instalada en su caminata hacia los lugares donde ya no se la puede acompañar. Esa crónica de la malafelicità de esos años, reconocidos como los mejores, pero transcurridos en un espacio coercitivo, en una geometría de disciplina y deseos costosamente aherrojados, nos regala, además, otras figuras inolvidables (esa aparición de la ya no tan pequeña Marion esmaltada de negro en la fiesta de Micheline, esa conversación con la madre de Frédérique) y nos muestra una particular danza de la muerte en la que una fisiognomica da morgue se asienta en el rostro de las educandas y el gesto de tocar un brazo puede calificarse de anatómico.

 

7.

Sí, ya lo habrán notado, he releído I beati anni del castigo hace dos días, de una sentada y completamente fascinado, y bajo ese hechizo nace esta entrada y reanudo así mi presencia en el blog. Les podría decir muchas más cosas, y también de otras obras de la suiza que he recorrido o he empezado a recorrer estos días, pero siempre me he considerado poco diestro en la reseña y en última instancia he intentado mantener una cierta reserva sobre la mera conveniencia de escribir sobre un libro otra cosa que no fuera una mera invitación a su lectura. Lean, pues, a Jaeggy. Un catador tan exquisito como Enrique Vila-Matas ha declarado en muchas ocasiones su admiración por la escritora. Dice, por ejemplo, Vila-Matas en Educando mujeres correctas, incluida en Impón tu suerte:

Fleur Jaeggy va siempre a lo esencial y, como si tuviera bien aprendida la involuntaria lección de Kafka, consigue muchas veces en una sola página, y a veces en una sola línea, que se haga visible de golpe, a modo de repentina revelación, la estructura desnuda de la verdad.

En otro lugar, Vila-Matas habla del momento en que abrió por primera vez un libro de esta escritora que es tan peligrosa, que fue justamente Los felices años del castigo y se sorprendió de su comienzo, ese párrafo en el que aparece Walser que fue justamente el elegido por Kim en sus mensajes celebratorios. Nadie ignora la importancia de Walser en la obra de Vila-Matas. Así pues, nuestra cadena de asociaciones nos obliga ya sin más demora a decir algunas cosas de ese escritor tan sumamente personal, también suizo (de la ciudad bilingüe de Biel/Bienne) que no cabe, ni de lejos, en una entrada de blog como ésta y a lo mejor no cabe siquiera en un blog entero.

8.

Copio aquí, pues, el tantas veces mencionado comienzo de I beati anni. Como no tengo la edición traducida al castellano, lo tomo directamente del texto incluido en el Instagram de Baraldi. La traductora es Juana Bignozzi.

A los catorce años yo era alumna de un internado de Appenzell. Lugares por los que Robert Walser había dado muchos paseos cuando estaba en el manicomio, en Herisau, no lejos de nuestro instituto. Murió en la nieve. Hay fotografías que muestran sus huellas y la posición del cuerpo en la nieve. Nosotras no conocíamos al escritor. Ni siquiera nuestra profesora de literatura lo conocía. A veces pienso que es hermoso morir así, después de un paseo, dejarse caer en un sepulcro natural, en la nieve de Appenzell, después de casi treinta años de manicomio en Herisau. Es una verdadera lástima que no hubiésemos conocido la existencia de Walser, habríamos recogido una flor para él. También Kant, antes de morir, se conmovió cuando una desconocida le ofreció una rosa. En Appenzell no se puede dejar de pasear. Si se miran las pequeñas ventanas con franjas blancas y las laboriosas e incandescentes flores en los balcones, se advierte un remanso tropical, una lujuria sofrenada, se tiene la impresión de que dentro sucede algo serenamente tenebroso y un poco enfermizo. Una Arcadia de la enfermedad. Podría parecer que allí dentro hay paz e idilio de muerte, en la pureza. Una exultación de cal y flores. Fuera de las ventanas el paisaje nos reclama; no es un espejismo, es un Zwang, se decía en el colegio, una imposición

En efecto, durante la larga estancia de Walser en el manicomio de Herisau, que visité en 2022 y del que hablé ya en otra entrada, el escritor, gran caminante, acompañado por lo general por el editor Carl Seelig, hacía excursiones por los alrededores, en muchas ocasiones por el cantón de Appenzell. La presencia de Walser en esas primeras líneas de la novela no es, de ningún modo, casual. De hecho, podría decirse que en este comienzo se ponen ya de manifiesto muchas de las líneas fundamentales del texto, por lo demás breve, que va a seguir. Esa Arcadia de la enfermedad, como aquel sanatorio igualmente suizo de La montaña mágica, de Thomas Mann. Esa lujuria sofrenada, ese algo serenamente tenebroso que ocurre dentro… Es, sin duda, un comienzo memorable. Y, además, presenta como debe, dándoles toda la importancia que merecen, a las dos verdaderas protagonistas del libro, en última instancia: la Locura y la Muerte.

 



9.

Como esta entrada, al igual que ocurre muy a menudo en este blog, no es tanto de crítica literaria como de desahogo personal, no se trata aquí de hablar de Walser sino de mí (perdónenme la inmodestia, que justamente es una de las señas de identidad, me temo, de todo lo aquí incluido) y mi vida con Walser. De entre los muchos capítulos que podría contener esa obra en marcha (pues con Walser tengo, inevitablemente un movimiento de flujo y reflujo que me sumerge en su magma, del que salgo dando bocanadas de aire, para luego volver a hundirme placenteramente en esa literatura hormigueante y magistral) citaré apenas uno, que justamente tiene que ver con la gelidez de Jaeggy y esa muerte en la nieve del escritor de Biel. Cuando en 2022 me embarqué en un periplo que recorrió buena parte de la Confederación Helvética en una especie de tour funeral, que incluía un nutrido número de visitas a cementerios y tumbas (Borges, Nabokov, Rilke, justamente Walser, entre otros) fui, ya he dicho, a Herisau, donde descansan los restos de Walser y donde aún hoy existe el Sanatorio del que partió para encontrar justamente su muerte el 25 de diciembre de 1956. Se puede recorrer ese camino final, como una cierta atracción turística, conduce al bosque próximo al Sanatorio. Yo no lo hice. Si lo hubiera hecho, mis pisadas se habrían de algún modo superpuesto a las huellas que dejaron los pies de Walser esa mañana sobre la nieve que cubría todo el territorio.

 


10.

Hay fotos que muestran esas pisadas y también el cuerpo muerto y también, puede que incluso más ominosamente, las pisadas conduciéndonos a un vacío final, a una ausencia del cuerpo ya retirado. La muerte sucedió de manera repentina, y podemos pensar que fue indolora. Walser se desplomó sobre la nieve, quedando tendido boca arriba, con el brazo izquierdo extendido y el derecho recogido sobre su pecho. El cuerpo describe una perpendicular respecto de la línea de las huellas. Separado, no muy cerca, el sombrero parece colocar un punto sobre la i del cadáver escrita en la página en blanco de la nieve con la tinta obscura del traje. La corbata está perfectamente anudada. A partir de esas imágenes, el artista Thomas Hirschhorn realizó en 2020 una instalación denominada Robert Walser-Modell en el Robert Walser Zentrum de Berna. Yo no pude ver esa instalación, porque sólo visité ese Zentrum en 2022, en otra de esas paradas de mi viaje suizo. Pero sí me hice allí con un folleto muy interesante que he vuelto a hojear para escribir esto. Con materiales sencillos (cajas, tablero de contrachapado, borriquetas), se muestra en la pequeña habitación de ese centro (que está en un segundo piso, alberga una bella biblioteca walseriana, es atendido por personal extremadamente amable y mantiene una instalación de ese estilo: la que yo vi era otra, también interesante, sobre los paseos de Seelig y Walser) una representación en pendiente de una ladera que contiene las huellas y el cuerpo del escritor, una especia de versión tridimensional de la secuencia de las cuatro fotos que se publicaron en 1980 y que he descrito más arriba.

 

11.

Estuve en Bern y en Biel/Bienne antes de estar en Herisau. Leía además, al mismo tiempo, en los trayectos de tren, Doctor Pasavento de Vila-Matas, que incluía un recorrido esencialmente paralelo al mío. No recuerdo haber pensado en ese viaje en Fleur Jaeggy. Ni siquiera cuando estuve una vez más en Zürich. Me parece una omisión inaceptable. De algún modo, Jaeggy para mí era una italiana de la Italia septentrional, donde la había conocido. Eso también ocurre: también de algún modo uno acaba ubicando los autores en los lugares en donde se producen las lecturas de sus libros. Pero, hace tres días, cuando se dispara el proceso de recuperación de Jaeggy, todo ocurre como debe: Vila-Matas y Walser están prestos para comparecer y formar parte de la constelación así suscitada. Constelación efímera, como todas, pero al mismo tiempo indestructible en su flexibilidad y versatilidad, pues todo conecta con todo, especialmente cuando todo está resonando en frecuencias semejantes. Éste es, pues, el segundo acorde de la melodía, o el segundo conjunto de pisadas.

 

12.

El tercero es igualmente inevitable, forma parte de la paleta de resonancias ya bien consolidada en mí. Walser me lleva a Sebald. Además de su magistral obra novelística, la producción ensayística de Sebald es extremadamente destacable, especialmente en lo que se refiere a sus estudios sobre autores en lengua alemana. La traducción al castellano de esos ensayos no es tan completa como sería deseable. En 2005 Anagrama publicó, bajo el título de Pútrida Patria, una selección, proveniente de dos colecciones diferentes, Unheimliche Heimat, cuyo juego de palabras pretende traducir el título castellano y Logis in einem Landhaus, un título que es precisamente una expresión extraída del maravilloso Kleist en Thun de Walser. Es en esta segunda colección donde se incluye el texto Le promeneur solitaire. Zur Erinnerung an Robert Walser, que, sin embargo, no fue seleccionado para Pútrida Patria. Sí existió, por fortuna, una publicación exenta del ensayo sobre Walser (ninguna de las colecciones originales de Sebald ha sido vertida al castellano en su totalidad) a cargo de la Editorial Siruela, en 2007, en la serie menor (es un libro de muy pequeño tamaño) de su Biblioteca de Ensayo. Es un libro ahora mismo difícil de conseguir, por decirlo suavemente. Lo cual es lamentable, pues es un texto fundamental y de lectura extremadamente placentera.

 


13.

Cuando ya había leído mucho de Walser y todo lo que se podía leer de Sebald (incluyendo la opción de leer en otros idiomas, como el inglés, el francés o el alemán, lo que no estaba traducido al castellano), me encapriché notablemente con el librito de Siruela y me puse a buscarlo. En ese momento (estamos en 2020, como se verá), fatigando Iberlibro y otras webs semejantes, supe que, inesperadamente, sí se podía conseguir un ejemplar a un precio razonable en una librería de Barcelona, Taifa Llibres, en Gràcia, en el Carrer de Verdi. Eso también cuadraba. He visitado Barcelona con regularidad a lo largo de los años y hay algunas zonas de la ciudad que he ido haciendo más mías por diferentes motivos. Justamente esa calle, justamente a la altura de esa librería es un lugar relevante para mí. La propia librería solía estar entre aquellas a las que no dejaba de acudir si el tiempo de mi estancia me lo permitía. Me fui para allá, pues, y compré, sí, el librito. Lo leí con gran interés. No me animé a subrayarlo siquiera, porque, a pesar de su aspecto modesto, lo cierto es que se ha convertido en una obra rara. Me parece un estudio acertadísimo de Sebald en el que él mismo, y la figura de su abuelo, que fue decisiva en su infancia y al que asocia, por su aspecto físico y por otras causas, al propio Walser, también aparecen. Se lo recomiendo, si pueden conseguirlo. Si no, intenten en otros idiomas. O montemos de una vez esa editorial que recupere los textos perdidos. Si hay algún editor en la sala, que se ponga a ello. Aunque a saber cuál será el lío con los derechos… Pero me desvío.

 

14.

Como soy tan disciplinado como lo eran las pupilas del Bausler Institut (no lejos resuena también el Instituto Benjamenta de Walser, claro), sigo mi cadena de asociaciones o mi proceso de engranado de constelaciones, y busco en la estantería alemana el pequeño ejemplar de Siruela. Lo abro. Contiene también tickets, restos arqueológicos. El resguardo de la tarjeta de crédito me sitúa la compra. 7 de marzo de 2020. Parecería una fecha inocente, pero no lo es, ni mucho menos. Ese 7 de marzo, que era sábado, pertenece al fin de semana de antes, ya me entienden. A lo largo de la semana siguiente la idea del confinamiento se fue estableciendo como inevitable. Yo todavía trabajé normalmente el lunes 9, pero ya el martes 10 sólo fui a recoger las cosas, porque la Facultad se iba a cerrar. El 11 todavía me junté con amigas para ver al Liverpool contra el Atleti, que fue el último partido con público en las gradas durante muchos años. Celebré los goles de Llorente y Morata, me abracé alborozado por la remontada. El virus todavía parecía ser algo conjetural, éramos incapaces de calibrar la que se nos veía encima. El 12 salí a desayunar a una cafetería del barrio. Luego me metí en mi casa y ya no pude salir más. Como todos ustedes, por supuesto. Imagino que ustedes también tendrán una memoria tan definida como la mía de aquellos días tan extrañamente surrealistas que se convirtieron en seguida en un periodo pavoroso. El paseante que yo también soy quedó encerrado en su particular sanatorio unipersonal en el que, al menos, estaba acompañado por una biblioteca enorme, cuya última adquisición era un librito de portada en dos tonos de verde que se llamaba El paseante solitario. En recuerdo de Robert Walser.

 

15.

Cuando se desató la pandemia, mi padre ya había muerto, pero mi madre, sumida en la profundidad ya inaccesible de su Alzheimer, permanecía en la Residencia donde llevaba ya viviendo muchos años. El 7 de marzo, el día que compré en Taifa el libro de Sebald sobre Walser, también fui a otras librerías, por supuesto, como siempre hago cuando estoy en Barcelona (ahora tengo una nueva La Central que me está esperando para cuando encuentre una ocasión propicia para ir). Es justamente en La Central del Raval donde recibo una llamada de la Residencia. Me dicen que todo va bien, pero que ya han decidido cerrar la Residencia ante la posibilidad de los contagios y de ese modo los familiares no podremos visitar a los ancianos hasta nueva orden. Me doy por enterado. Llevo unos días muy preocupado por ese tema. Los primeros casos en las residencias madrileñas ya han comenzado a producirse. Lo que vino después fue, ya se sabe, algo criminal. Mi madre no se vio afectada, ni tampoco su Residencia, sobre todo por la profesionalidad impresionante de todo su personal. Pero hubo miles de personas que murieron en las peores condiciones posibles debido a las decisiones de las autoridades de la Comunidad de Madrid, cuya actuación ha resultado, hasta el día de hoy, impune. Los días, pues, se fueron obscureciendo. En ese clima de miedo es cuando entra el libro de Sebald sobre Walser en mi casa. Ése es su particular ex libris, esas líneas temblorosas constituyen su registro de entrada.

 

16.

Siempre llevo papel para poder escribir lo que me viene a la cabeza cuando paseo por la ciudad, en cualquier momento. Frases, ideas. A veces también uso la grabadora del móvil. Si llevo el bolso o estoy sentado en el hotel, tengo cuadernos, libretas Leuchtturm. Pero a veces son simplemente hojitas pequeñas que coloco entre las páginas del libro que indefectiblemente me acompaña en todos mis desplazamientos, en el bolsillo o en la mano. Luego, ya en casa o en el lugar que esté, transcribo esas notas a vuelapluma en el cuaderno vigente en el momento. Entonces cancelo con una raya diagonal el texto que ya he pasado y no destruyo la hojita, sino que la coloco, con otras cientos de ellas, en una caja. No es infrecuente que a veces alguna de esas hojitas se quede despistada en el libro en el que fue colocada, y que los textos que contiene no hayan sido aún transcritos. Esos textos, por tanto, se transforman en algo así como insectos alojados en ámbar, o como esos animales, a veces enormes como mamuts, que permanecen miles y miles de años congelados. Congelados como en la atmósfera glacial de los libros de Jaeggy, bajo las nieves que recorren interminablemente las pisadas vacías de Walser.

 

17.

En mi librito de Sebald sobre Walser había, increíblemente, una de esas hojas perdidas. No corresponde, me parece, al 7 de marzo de 2020, debe de ser posterior. Ese libro lo he paseado en más ocasiones. No puedo datar, de todos modos, el texto, y es muy peculiar, porque no parece estar conectado con ningún proyecto en concreto de los muchos que desarrollo interminablemente. Lo transcribo aquí, como muestra de ese hasard objectif que es el verdadero tema de esta entrada:

Caronte extiende las cartas de navegación, que otros llaman Mapas del Suplicio, pues existe sin duda una cartografía del tormento, una ingeniería de la recurrencia y la ruina.

En la traducción al inglés de I beati anni del castigo se ha preferido (inadecuadamente, a mi juicio) el término discipline en vez de castigo. La traducción francesa sí mantiene châtiment. Suplicio podría haber sido una opción, sobre todo si lo ligamos a esa mitología que incluye tormentos, otro buen término, basados en la recurrencia como el de Sísifo. Esta nota está completamente desconectada, eso sí que puedo asegurarlo, de Fleur Jaeggy, de la que, como ya he dicho, mea culpa, me he acordado poco estos años. Ha aparecido de un modo sólo muy tenuemente conectado con ella, a partir del juego de asociaciones que aquí he descrito. Ha aparecido literalmente minutos antes de ponerme a escribir la entrada, siempre un poco sin red, como es mi costumbre. Pero, como se ve, la concluye perfectamente, cierra el círculo. La constelación ya está completa, con esos hilitos invisibles que atan una estrella a otra. Haría bien Caronte en incluirla en sus cartas de navegación.

 

18.

Al final, pues, y bien inesperadamente también, esta entrada es una extraña melliza de la anterior. Empieza en París, Texas, y acaba en Sebald. Es decir: estamos todavía (y siempre) en el Nocturama. Hay una explicación sencilla para estas coincidencias: la obsesión. Vuelvo una y otra vez a los mismos lugares, a los mismos nombres, a las mismas obras. Cuando no encuentro esas resonancias, no sé qué escribir aquí. Este blog se basa justamente en esos hallazgos, en esas correlaciones, en esas, sí, recurrencias. Es un registro de todo eso, es mi particular Mapa de los Suplicios, suplicios frecuentemente gozosos como el de hoy, que me permiten escribir con vértigo, sin saber muy bien lo que va a salir, abierto a las revelaciones, valiente ante los callejones sin salida y las trampas. Como un stalker, ese stalker que me espera para la siguiente salida, o para una salida que a lo mejor tarda en producirse más tiempo, pero que acabará inevitablemente teniendo lugar. Son buenos tiempos para la lírica para mí. No hay que moverse mucho, no hay que hacer ruido, para que los ecos y los armónicos de esas resonancias no se pierdan. Ni uno.

 


19.

Éste va a ser el último eco de hoy. He comenzado diciendo que me enterado de cosas muy curiosas de Fleur Jaeggy. La que más me ha impresionado es que, a veces bajo el pseudónimo de Carlotta Wieck, Fleur fue letrista de Franco Battiato. Mi amor y mi admiración por Battiato no pueden ser más grandes, como no ignora, por ejemplo, alguna otra cofrade como Lara López, la maravillosa locutora de RNE y Radio 3, que nos ha dejado algunos programas impagables sobre Il Nostro en Músicas Posibles (programa de absoluta referencia que, sin embargo, continúa su travesía por el desierto y ha pasado a estar presente sólo ya en la web, sin lugar en la parrilla), y con la que he podido compartir mi entusiasmo por el siciliano. Un entusiasmo que, una vez más, no puedo detallar aquí, pues requeriría de su propia entrada, que tal vez tendrá, cuando la resonancia me obligue. No sabía, no, de esa conexión Jaeggy-Battiato, que se produce a lo largo del tiempo en varios temas y álbumes. Era lo que me faltaba para alimentar esta fascinación que siento ahora mismo por la suiza. Una fascinación que también pasará, sin duda, para dar lugar a otras y volver renovada un tiempo después, en esta especie de carrusel de mis afectos en el que voy montado, intentando con esta circularidad despistar un poco al tiempo y hacer que estos años, ya, ay, finales del castigo, sigan siendo beati.

 

20.

Una de las canciones en las que intervino Fleur Jaeggy es Shakleton. Sic, pues el nombre del explorador polar Shackleton está en el álbum Gommalacca mal transcrito. Hay una versión en vivo más corta, pero el tema original se extiende por más de ocho minutos. En él Jaeggy lee unos versos suyos en alemán que comienzan por Stille Dämmerung, tranquilo ocaso y que repiten muchas veces Sage mich warum, dime por qué. No te calles, por favor, dime por qué. La entrada, una vez más, se hace sola. La glacial Jaeggy acaba apareciendo en una canción que narra una cattastrofe psicocosmica, la del naufragio y posterior rescate de los miembros de la expedición de Shackleton. En este calor infernal del agosto madrileño se agradecen estos improvisados paseos polares de flâneur antártico. En I beati anni del castigo, Fleur Jaeggy nos recuerda que, a veces, una cierta glacialidad también revela sentimientos. Definitivamente, el bucle está cerrado. He construido, pues, una burbuja en la que me he encerrado con algunos de mis protectores. Y suena la música. Es mi canción favorita de Franco Battiato, La cura, y en ella, efectivamente, Franco me dice que avrà cura di me, porque sono un essere speciale. Y yo me acuerdo de aquel día, la única vez que lo he visto en concierto, en las Noches del Botánico en Madrid y, como entonces, se me saltan las lágrimas. Feliz cumpleaños, Fleur, y por muchos años.


jueves, 10 de octubre de 2024

Mi corazón al desnudo

De la (im)posibilidad de la autobiografía


Le Dandy doit aspirer à être sublime sans interruption; il doit vivre et dormir devant un miroir.

CHARLES BAUDELAIRE, Mon cœur mis à nu

Todo o esforço é un crime, porque todo o gesto é um sonho morto.

BERNARDO SOARES, Livro do desassossego

 

1.

Llegados a este punto, es preciso hacer una confesión. Bernardo Soares (o, por ser más precisos, B. Soares) es, a la par que autor, o co-autor (pues no cabe negar la primacía, al menos cronológica, de Vicente Guedes, por no hablar de la mirada supervisora de Fernando Pessoa) de esa obra incomparable que es el Livro do Desassossego (o Desasocego, como se presenta en la Edición Crítica de la Obra de Pessoa, atendiendo a las preferencias ortográficas de éste), Bernardo Soares, o B. Soares, digo, es el autor de la obra que en las (pocas) librerías en las que se pudo encontrar durante un (breve) tiempo figuró bajo la autoría de Agustín González-Cano, esto es, Morgana en Duino.

 

2.

Esa obra, de la que no hablaremos ahora aquí, pero que, por razones obvias, es de gran importancia para el autor de este texto (si es que este texto tiene un autor y si es que ese autor no es también Bernardo Soares, pues si algo resulta obvio es su desasosiego), llegó a ser publicada porque fue presentada a un concurso, y ganó ese concurso. El concurso exigía eso que los iniciados en esa melancólica tarea de enviar originales a un lado y a otro en busca de una suerte digna de la lotería de Babilonia (Bolaño fue uno de ellos, y eso basta para que quienes lo hemos intentado en otros momentos podamos sentirnos legitimados) conocen bajo el nombre de plica, esto es, que la obra sea presentada bajo pseudónimo (que no heterónimo, aunque también, qué duda cabe) y que se adjunte a ella un sobre (la presentación era bien real y bien hardcopy, nada de virtual ni E-mail, no entonces) en el que, amén del título o lema (jerga, de nuevo, de esta actividad cinegética), figuren, protegidos por la goma que cerraba la pestaña, los datos personales y biográficos del autor postulante. Esto, se supone, es la garantía de que la deliberación del jurado no se va a ver influida por el renombre o la carencia del mismo del remitente del manuscrito. Ciertamente, requiere de bastante ingenuidad pensar que en todos los casos ese fair play se cumpla. Aquí, parece que sí se cumplió. En la carátula de mi encanutillado texto figuraba el nombre de B. Soares, y bajo esa figura, plenamente evanescente, la historia de fantasmas que es Morgana en Duino concurrió al certamen. Y Soares, extrañamente, ganó, y sólo luego fue Soares identificado con Agustín González-Cano, tras la apertura del lacre (no había tal, estoy siendo voluntariamente engolado), y el resto es, pues, historia.

 

3.

He manejado varios single-use pseudonyms, que diría Tyler Durden o más bien el otro, siempre relacionados con mis particulares filias y fetiches. Fui mucho tiempo Roy Batty, que había visto cosas que yo no creería, y también Max Schreck, al que ya conocen por aquí, y llegó a tener su propio libro, que nunca ganó ningún concurso de entre los varios a los que se presentó y que por ello nunca fue publicado, La pasión de Max Schreck (2012). Fui igualmente un híbrido Max Chandos, y, claro, Viktor Laszlo, o Víctor Lázaro. Ninguno de esos nombres tuvieron el honor de ser rasgados en el acto supremo de la apertura de la plica, que es tanto como la apertura de la boca de la momia para los que, ingenuos como éramos, aspirábamos a la gloria instantánea de la flor natural en concursos progresivamente sórdidos y rurales. Malos tiempos para la lírica, nunca mejor dicho.

 

4.

Pero lo cierto es que el ajudante de guarda-livros, al que ustedes han visto por aquí en la fugaz compañía de su hermano en la irrealidad Viktor Laszlo, triunfó. Y en ese triunfo, que no fue acompañado por los clarines y los timbales, pero que fue acogido con una hermosa sensación de calor en el corazón por quien esto les escribe, había indudablemente una justicia poética, pues pocos textos han sido tan importantes para mí como el Libro del desasosiego, con el que me topé por primera vez allá por el 89, en la benemérita traducción de Ángel Crespo, un libro ya muy baqueteado que me ha acompañado todos estos años y del que por supuesto nunca me desprenderé, por más que en un momento dado empezase a coleccionar (el término es exacto) ediciones portuguesas de una obra que es por definición movediza, por póstuma, por indefinida, por desasosegada ella misma (Ana Maria Freitas, Richard Zenith, Jerónimo Pizarro, son algunos de los editores).

 

5.

Sin un motivo aparente (casi nunca lo hay, en las libretas entran todo tipo de textos sobrevenidos y cimarrones), en mi Leuchtturm (circunstancialmente color burdeos) anoté el pasado 21 de agosto: Para un post, una biografía de Bernardo Soares, autor de “Morgana en Duino”. Pessoa es uno de los astros en torno a los que gravito indefinidamente, mi sistema solar es de una gran complejidad y mi danza se las arregla para no deshacerse a pesar de las muchas atracciones contradictorias que la sacuden. Nunca estoy lejos de Pessoa, pero me guardo muy mucho de acercarme demasiado a su luz, pues sé que me arrastra y compromete mi integridad de polilla. Hay algo de abismo (una geometría del abismo, titulé yo a mis primeros apuntes à la Soares, de hace veintitantos años, usando una cita del portugués) en la abundancia y la densidad y la variedad de los escritos pessoanos. Conozco el Livro desde hace mucho, y en ese sentido, me es algo familiar, propio. Al mismo tiempo, sé que no he penetrado ni mucho menos en todas sus profundidades, y que me esperan nuevas lecturas, progresivamente más maduras, menos imparciales. Así que apenas esbocé un vuelo sobre él, apenas escarbé mínimamente en las decenas de libros que tengo de y sobre Pessoa. Las notas de la libreta son volátiles, hay muchos temas que desarrollan paralelamente. Soares no tuvo mucha vida esa vez. Pero vuelve, vean ustedes mismos cómo vuelve.

 

6.

Aparte de Crespo, uno de los intérpretes más destacados de Pessoa es Antonio Tabucchi, otro de mis escritores predilectos. Desde hace mucho conocía algunos de sus estudios sobre la constelación Pessoa. Desde antes, de hecho, de que conociera las propias novelas de Tabucchi. El librito se llama Un baúl lleno de gente, y fue publicado en su día por Huerga y Fierro. No reúne, no obstante, todos los trabajos de Tabucchi sobre Pessoa. Hay, al menos, otro libro igualmente delgado, en el que se pueden encontrar algunos textos que corresponden, según se nos dice en el prólogo, a las lecciones que Tabucchi impartió en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, en noviembre de 1994, esto es, dentro de nada hace treinta años (esos treinta que son la bisectriz entre el 1964 de mi nacimiento y el 2024 de mi actual sesentena de jubilado). El libro fue publicado por la pequeña editorial Sellerio de Palermo, donde también se pueden encontrar otras obras de Tabucchi, en 1998, bajo el título L’automobile, la nostalgia e l’infinito.

 

7.

Desde que invertí un dineral en hacerme con los dos tomos de las Opere de Tabucchi publicados por Mondadori, me sentía razonablemente tranquilo, pues, si bien las obras no se presentan como completas, la colección, que supera ampliamente las dos mil páginas, contiene todo lo que cabe, en principio, necesitar de Tabucchi, al que antes había venido leyendo mayormente en castellano, en las traducciones publicadas por Anagrama. Sin embargo, ni el Baúl ni el Automóvil figuran completos allí. L’automobile, la nostalgia e l’infinito no figura en absoluto, de hecho. Por ello, y también para repetir un gesto amado (remito a los lectores menos aplicados o neófitos a mi texto "Evocaciones", donde narro el antecedente), este año, en mi último viaje a París, en la librería italiana La Tour de Babel, que está en el Marais, me compré el tomito azul marino, y lo empecé a leer allí mismo, anotando la fecha (26 de abril de 2024) en el lugar donde Tabucchi habla de su curso de Parigi, proponiéndome una mise-en-abyme del todo paralela a la ya conseguida con la compra de Autobiografie altrui en ese mismo lugar y en el viaje anterior, a saber, el 29 de julio de 2023. De esto es de lo que se habla en Evocaciones.

 

8.

Así, en esa noche del pasado 21 de agosto, súbita y efímeramente erigido en biógrafo del evanescente Soares, tras haber recorrido el ensayo de Tabucchi Bernardo Soares, uomo inquieto e insonne, incluido en Un baule pieno di gente, y otras obras, como los cuentos de Pessoa, atribuidos tempranamente a un Bernardo Soares casi podríamos decir que avant-la-lettre, me dispuse a abrir mi librito azul parisino-siciliano, que, no nos engañemos, había sido mayormente arrumbado desde mi vuelta de la Cité-Lumière, dado que no estábamos en temporada pessoana por ese entonces. O eso creía yo, porque lo cierto es que por más vueltas que le di a mi biblioteca (y eso son muchas vueltas, porque probablemente andaré ya por los cinco mil volúmenes dispuestos como buenamente se puede en una colección heterogénea y algo ineficiente de estanterías que colonizan mi modesto apartamento), L’automobile, la nostalgia e l’infinito no apareció.

 

9.

Dada mi tendencia a la obsesión y mi necesidad de mantener el control y el orden, rasgos estos poco deseables de mi carácter, pero al mismo tiempo, creo, inevitables, pues son la cara b de la más brillante cara a que me ha permitido ser un lector incansable, un trabajador responsable hasta mi reciente retiro y un ser humano, en general, bastante apañado, el que se me pierda algo, y mucho más un libro, es uno de los sucesos más desasosegantes que se pueda imaginar. Una vez renuncié a encontrar el libro perdido, casi ya invocando a San Antonio Bendito (san Antonio Tabucchi, asumo), procedí a lo único que podía calmar mi ansiedad: me compré otra copia. Y leí entonces allí otro texto de Tabucchi sobre el Livro: L’infinito disforico di Bernardo Soares, que no se puede encontrar más que en esa edición y que no está traducido, que yo sepa, al castellano. Y entonces, ya más calmado, me olvidé de la biografía de Soares sin mayor remordimiento.

 

10.

La brillante entrada sobre Soares, por lo tanto, dejó de escribirse. Y, de hecho, poco se escribió en el blog desde esos días, ya que no mucho después, mediando un periodo árido de desmantelamiento de mi despacho en la Facultad, del que ya les he hablado, me fui de viaje, y apenas he vuelto hace un par de días de dos periplos encadenados, placenteros y fructíferos, pero que no han dado ocasión del sosiego necesario para ejecutar esta no tan sencilla operación de alimentar el pálido fuego del Pálido juego. Como mis dinámicas son en el fondo impredecibles (y lo son gozosamente) no ha sido hasta hoy que he retomado el tema, aunque sea de una forma mutante, prefiriéndolo (es un decir) a otras muchas alternativas, que tendrán que seguir esperando a su inclusión aquí, quizá no tan lejana si retomo mi saludable rutina semanal. Y aquí podríamos terminar con este breve y abiertamente anodino jirón de mi autobiografía, pero no, justamente ahora es cuando empieza todo.

 

11.

Primer abismo: L’automobile, la nostalgia e l’infinito, de Sellerio editore, Palermo, adquirido en París, librería La tour de Babel en abril de 2024 por mí, ha aparecido. Es decir, el roto metafísico que se había producido en el tejido de mi realidad bibliófila y bibliófaga ha sido subsanado. De una manera bastante trivial, aunque también al mismo tiempo misteriosa y rotundamente literaria: el ejemplar me esperaba en un bolsillo lateral de una bolsa de viaje. La que empleé para el viaje a París, la que no empleé para mi viaje a Strasbourg (y otras ciudades) y la que volví a emplear para mi viaje a los Encuentros de Pamplona, una magna actividad que aún está desarrollándose. Todo ese tiempo el librito azul marino estuvo allí, olvidado, esperando. Ahora se ha encontrado con su clon, ha sido testigo de su mitosis. Pero no son dos libros iguales, por supuesto, nadie se engañaría al respecto. Para empezar, él ostenta el aura de ser el libro parisino, el libro que comparte esa condición con los apuntes de Tabucchi, y fue anotado en el Marais apenas fue comprado. Para seguir, los subrayados de uno y otro no coinciden (no pueden hacerlo, por más constantes que seamos en nuestras preferencias o escalofríos). Esta grieta aparentemente modesta que se ha abierto con este hecho en principio trivial, producto de una combinación bastante mía de despiste y ansiedad, da lugar a todo un paisaje que habrá de ser explorado, en el que meditar de qué modo un libro es y no es él mismo, es y no es lo que contiene, de qué modo un libro es, fundamentalmente, autobiografía, y no digo más, pues todo eso resta por escribirse y esto es sólo un anticipo, o, ni eso, una declaración de intenciones.

 

12.

Segundo abismo: en Bernardo Soares, uomo inquieto e insonne, Tabucchi cita a Edgar Allan Poe a propósito de la opinión de éste sobre la imposibilidad de conseguir la verdad autobiográfica sin que el papel se arrugue y arda al toque de la inflamada pluma (uso para esta transcripción la traducción de Pedro Luis Ladrón de Guevara Mellado, de la edición de Huerga y Fierro). Al término del artículo, Tabucchi nos proporciona con todo lujo de detalle sus fuentes, y allí declara que la observación de Poe proviene del ensayo On the impossibility of writing a truthful autobiography, que, nos dice, está ahora (o sea, entonces) incluido en E.A. Poe, Viking Portable, New York, 1968. En esos días de agosto anoté la cita y la fuente y no me tomé el trabajo de localizarla. Ayer, cuando estaba empezando a cocinar esta entrada, me di cuenta de que ese texto era inencontrable. ¿Nos hallamos aquí ante un juego borgiano? No, la realidad es más trivial, aunque no menos compleja: ese texto (ahora lo sé, pero sólo después de una ardua investigación) corresponde realmente a uno de los muchos fragmentos reunidos bajo el nombre de Marginalia que Poe fue publicando en las revistas y periódicos de su época. De hecho, en el Penguin Portable (que es y no es el mismo que el Viking, pero eso sólo lo descubrí ayer) figura el mismo texto, pero bajo otro título, igualmente memorable: The unwritable text, el texto que no se puede escribir, pues es imposible escribir una autobiografía veraz…

 

13.

Fui, ya lo he dicho aquí alguna vez, un lector voraz y precoz de Poe, y mis lecturas incluyeron algunos de sus Ensayos, en la edición que Alianza publicó con traducción de Julio Cortázar. Ahí, en los años ochenta, supe ya de la Marginalia, pero lo cierto es que no he dispuesto, hasta muy recientemente, de una colección más completa de la obra ensayística del bostoniano (ahora tengo la de la Library of America, de más de mil páginas, que no es estrictamente completa, pero casi, y también se puede rastrear toda la obra de Poe, que es ya de dominio público, en la Red). Fatigué en vano las abundantes páginas. Sólo tras una pesquisa supe que el fragmento en cuestión corresponde a un texto publicado en el Graham’s Magazine en enero de 1848.

 

14.

Y entonces se abre el tercer abismo. Más allá de la discusión sobre la posibilidad o no de elaborar un texto autobiográfico veraz, lo que se propone en esas breves líneas es que el ambicioso autor que pretenda revolucionar el entero mundo del pensamiento (nada menos) se limite a escribir un libro, uno solo, bajo el título de My heart laid bare, esto es, Mi corazón al desnudo. Pero, eso sí, ese libro habría de ser fiel a su título, y ahí es cuando las páginas comienzan a arder. Pues bien, justamente ese texto perdido en la inmensidad de la obra crítica de Poe fue el que inspiró a Charles Baudelaire, tan sumamente influido por la obra del americano, a quien tradujo, para concebir una vasta obra memorialística, paralela a las Confesiones de Rousseau, precisamente bajo el título de Mon cœur mis à nu, Mi corazón al desnudo.

 

15.

En esos días, y en estos, y quizá eso tenga reflejo en alguna entrada próxima, me estaba, me estoy ocupando mucho de Poe y Baudelaire, en torno al relato de El hombre de la multitud, y la lectura de Benjamin sobre el flâneur que Baudelaire cree encontrar en el cuento de Poe. Así que esa resonancia, inesperada, me complació, o me conmovió, si es que esos son dos verbos diferentes. Por otro lado, yo conocía Mi corazón al desnudo desde hace mucho, porque me compré hace años, creo, en una Feria del Libro de Ocasión, como la que ahora mismo está emplazada en el madrileño Paseo de Recoletos, un tomito de la colección Visor con una edición de esos textos íntimos de Baudelaire (profundamente fragmentarios, escritos en los últimos años de su vida y que nunca desembocaron en la pretendida obra autobiográfica) traducidos por Antonio Martínez Sarrión, cuya destacada versión de Las flores del mal había yo venido manejando por entonces. Así pues, esa resonancia me llevaba también a territorios de mi propia educación sentimental, por más que mi relación con Baudelaire se haya ido obscureciendo de algún modo a lo largo de los años.

 

16.

El Livro do Desassossego es calificado por su autor de autobiografia sem factos, autobiografía sin hechos. La inseguridad ontológica del ayudante de contabilidad le lleva a desdibujarse en el paisaje de la Baixa, mimetizarse con sus cambiantes fenómenos atmosféricos (hay un bello artículo de Ángel Crespo sobre ello), confundirse en los juegos de su luz. Hace años, en 2013, en ese viaje a Suiza en el que perseguí a Rilke, me llevé el manoseado tomo de la traducción de Crespo y lo releí y lo anoté en Basilea, ciudad a la que iba por primera vez, y donde el Kunstmuseum me deslumbró. Compruebo la libreta de esos días, que entonces era una Moleskine. Roja. He apuntado Aquello a lo que asisto es un espectáculo con otro escenario. Y aquello a lo que asisto soy yo. Corresponde al fragmento 18 de esa edición de Seix Barral. El número cambiará en otras ediciones. Puedo evocarme copiando el texto. Recuerdo dónde estaba, ese lugar, de todos modos, está también anotado, junto a la fecha, el Hotel Victoria de Basel. Ahora he vuelto una vez más a Basel, desde Strasbourg, para visitar el Kunstmuseum. No he estado en el Victoria, pero sí me tomé un café en otro hotel de los que rodean la Centralbahnhofsplatz, haciendo tiempo para coger el tren de vuelta. Ahí anoté (este pasado 22 de septiembre, en ese vacío de blog que ahora intento llenar): los cuatro yoes de Basilea, en su creciente condición fantasmática, reunidos en esta mesa, conversando. Esos cuatro yoes son los Agus sucesivos que fueron viajando a lo largo de los años (2013, 2018, 2022, 2024) a Basel. Los recuerdo bien, o tal vez no. A lo mejor es verdad y no se puede escribir una autobiografía veraz.

 

17.

Al comienzo de L’automobile, la nostalgia e l’infinito, Tabucchi se refiere a un concepto que para él identifica a Pessoa: nostalgia del possibile. Una nostalgia al cuadrado, no de lo que se ha tenido, sino de lo que se podría haber tenido. Nostalgia es, paradójicamente o no, un concepto suizo. Lo sé porque se lo leí a Pascal Quignard un día justamente en Zürich. Ahora he podido ver en directo a Quignard en Pamplona dialogando con Ramón Andrés. Nostalghia es la película de Tarkovski que cité cuando Rosa Rius, en el seminario sobre Melancolía al que asistí con ella hace unos días en Barcelona, nos pidió algún ejemplo de obras de arte que considerábamos que identificaban bien esa afección del alma, que me es tan propia. Le mencioné también algunas otras representaciones obvias. El Monje frente al mar, de Caspar David Friedrich, que tanto me impresionó cuando lo vi en Berlín, o el paisaje invernal de Brueghel, que he revisitado a menudo en Viena y que aparece, además de en Tarkovski, en la Melancolía de Lars von Trier. Son territorios familiares para mí, y en esta crónica un poco alucinatoria de los días pasados viene bien citarlos para saber exactamente cuáles son los instrumentos de la Pasión (que aparecen en tantos cuadros, algunos de los cuales están en Basel), o los elementos del desastre mutisianos, o, también (y sobre todo) los instrumentos y elementos del goce, pues gozoso ha sido retornar a algunos de los lugares sagrados y volver a enfrentarse a esa obra inexpresable que es el Retablo de Isenheim de Matthis Grünewald en Colmar.

 

18.

¿Es posible, pues, escribir una autobiografía? ¿Es eso lo que hacemos aquí? La respuesta a ambas preguntas es no. O, como mucho, sí, pero… Tampoco, en realidad, importa demasiado. Lo que importa es escribir. Estos días, anotando en cafés, o en la habitación del hotel, pensando en entradas como ésta, como otras que irán viniendo, me sentía bien. Aún no soy plenamente dueño de mi tiempo, en esta nueva condición ilimitada (limitada sólo por lo que algunos llamaron en otras circunstancias el hecho biológico), pero empiezo a vislumbrar la grandeza de unas perspectivas que siempre habían estado obscurecidas por obstáculos nada vaporosos. Lo importante es que haya juego, que el juego nos lleve a ir hilando un collar que empieza por Bernardo Soares, autor de “Morgana en Duino” y acaba con Grünewald. O que, por ser completamente precisos, no acaba, como lo que el amor hace, a decir de JRJ en Espacio. Esta entrada es la primera que escribo en mi portátil nuevo, el portátil que me he comprado tras mi jubilación, pues todos mis portátiles anteriores pertenecían a la Universidad y hay que devolverlos. Me gusta escribir en él: me parece que de estas teclas saldrán textos increíbles, jugadas insospechadas.

 

19.

En el Kunstmuseum de Basel hay muchas obras que me interesan. De hecho, había otra entrada que se estaba preparando, y que tal vez se haga, sobre las obras de Hans Holbein der Junge que contiene. Ahora, aquí, para acabar este texto, que ya está en su penúltimo epígrafe (pues es bueno prescribir normas, gozosamente arbitrarias, a nuestros juegos, y estaba decidido que serían 20 los fragmentos y que todo habría de girar en el 10, como ha ocurrido en algunas entradas recientes), me quiero limitar a Arnold Böcklin, pintor simbolista suizo, cuya obra me fascinó desde el primer momento en que la conocí, justo en aquel viaje a Berlín en que me enfrenté con el Monje de Friedrich. Hay un cuadro de Böcklin que debía haber citado cuando se me preguntó por obras melancólicas, y es absurdo que no lo haya hecho, pues es un cuadro decisivo en mi vida: Ulises y Calipso. En Morgana en Duino, B. Soares diserta largamente sobre él. Copio un breve fragmento: No hay, en todo caso, duda posible en el gesto del aqueo, ni en la desolación de la diosa. Calipso contempla la nuca de Odiseo, que siente en su espalda el frío del regreso y se envuelve en su manto, azul como el partir, y fija su mirada en esa línea de imposible confluencia entre el mar gris y el cielo blanco, en el lugar de los espejismos, y esa tensión de sus ojos se transmite a su cuerpo entero. Se envuelve en su manto azul, aterido, mientras Calipso se exhibe desnuda sobre una tela roja como los besos. Así, mirando a un mar que se confunde con el cielo he vuelto a ver a Odiseo en Basel hace unos días. Cada vez siempre puede ser la última. Por eso es bueno que vayamos a saludarnos, que puede ser despedirnos. Odiseo y yo somos viejos conocidos.

 

20.

El cuadro (o, por mejor decir, los cuadros, pues hay hasta cinco versiones del mismo tema) más conocido probablemente de Böcklin es La isla de los muertos. El que hay en el Kunstmuseum es la primera versión. Una figura erguida, vestida de blanco, es conducida en una barca a una isla desolada en el mar. Miro, un poco detrás de ella, reconozco ese espacio, lo he habitado mucho, me lo he encontrado continuamente. No hay temor alguno, la autobiografía aún no tiene por qué tener un punto y final, no tiene por qué cerrarse. Hay otros capítulos, y su número no viene prefijado: las reglas de ese juego son otras. Hago una foto al detalle del viajero de la barca. Al hacerla, mi sombra se refleja en el brillante barniz del cuadro, incluyéndome así en la escena, como al Náufrago de la Isla de Morel: cuarto y definitivo abismo. Al fondo, me llamas. Me llamas corazón, o mon cœur, y yo voy hacia ti, y no me importa para nada estar desnudo.




jueves, 29 de febrero de 2024

Treinta de febrero

 



No puede ser que nos separemos así, antes de habernos encontrado.

JULIO CORTÁZAR

-I.-

Madrid es una ciudad peculiar, en la que el Norte está al oeste. O al menos era así, no sé si la gente sigue llamando Norte al barrio que hay junto a la estación que ahora es de Príncipe Pío. Yo siempre lo llamé así, y tenía su sentido, porque entonces hablábamos de la Estación del Norte, que era donde en su día salían los trenes en dirección al norte de España, y que estuviera situada al Oeste, al final de la Cuesta de San Vicente —que en los años de mi infancia, a los que me estoy refiriendo, aún se llamaba paseo y tenía el nombre de un falangista—, no lejos de la Plaza de España —pero Madrid ha sido siempre excéntrica, también geográficamente— era un azar como otro cualquiera, pues lo suyo hubiera sido que fuera la Estación de Chamartín la del Norte, pero la Estación del Norte es muy anterior, y lo de que acabara siendo la de Príncipe Pío tuvo que ver con que, efectivamente, ya no era la del Norte, ni casi estación, y estaba situada en el llamado cerro del Príncipe Pío, lugar pródigo en fusilamientos goyescos y propiedad en su día de un príncipe de la casa de Saboya. Pío, claro.

 

-II.-

De todas las líneas de Metro de Madrid, que me fascinaba desde pequeño, sin duda mi favorita era una especie de excrecencia mínima que no tenía derecho ni al nombre de línea —otro tanto le pasaba al Suburbano, del que hablaré en un momento— y se denominaba ramal, el Ramal Ópera-Norte, que sólo tenía dos estaciones. A saber, Ópera y Norte, que estaba al oeste. Hoy ese ramal sigue estando operativo, pero, aunque ya se le llama línea, no tiene aún entidad suficiente como para darle un número, y, así, es la línea R. Así que yo, que siempre estuve obsesionado por mapas y por el mondrianesco —Cortázar dixit, o mejor diría, porque lo dijo del métro de París, y más sobre esto también en un momento— diagrama de sus trayectos, supe que Norte era Norte porque en ese norte descentrado desembocaba un ramal, que tenía el otro extremo en la plaza de Ópera, al lado de la plaza de... Ramales.

 


-III.-

Hablamos, pues, ya se ve, de marginalidades, y apéndices. Y únicamente haciendo un ejercicio que resultaba absurdo en aquellos años uno podía llegar a pisar la estación de Metro de Norte, porque uno no iba para nada a la estación del Norte y por ella sólo pasaba el ramal, así que aunque siempre supe de la existencia del ramal y siempre me fascinó —como me fascinan las líneas 7b y 3b de París y me empeñé en recorrerlas en uno de mis viajes—, lo cierto es que no lo usé hasta muchos, muchos años después. Mientras tanto, yo pasaba sin percibirlo por Norte cuando viajaba, mucho más a menudo —y, cuando ya hice el COU en la Gran Vía, o fui universitario en la Complutense, a diario— en el Suburbano, que aún no era tampoco la línea 10, que ahora se ha extendido tanto que apenas recuerda lo que entonces era, de nuevo, un añadido a la red de Metro, mucho más delgada y menos tupida, un ferrocarril incorporado de manera precaria y sin pedigrí a un mapa que apenas entonces empezaba a pintarse en colores. Sí, hablo del ferrocarril suburbano Plaza de España-Carabanchel, en cuyo recorrido se incluían las dos estaciones respecto de las cuales mi casa de la infancia y la adolescencia y la juventud era equidistante: Campamento, que deja bien a las claras el carácter militar de las edificaciones que nos circundaban y Empalme, que era una especie de estación sobrevenida y diminuta, que, contaban las crónicas, el promotor de las urbanizaciones que poblaron los descampados del barrio —con mi familia, llegamos en los primeros setenta, cuando todo se estaba construyendo— se empeñó en hacer y movió sus influencias para conseguirlo.

 


-IV.-

Para ir hacia la Plaza de España cogía el metro en Campamento, que ya no pertenece siquiera a la línea 10, pero que entonces era casi la estación central del Suburbano. Sólo había dos estaciones entre medias, Batán y El Lago —el lago al que se refería era, claro, el de la Casa de Campo— y luego había que salvar el desnivel hacia Plaza de España en un largo túnel —aunque el Suburbano iba muy por debajo de la línea 3 con la que se transbordaba allí, y también eran muy famosas las larguísimas escaleras mecánicas, que siempre estaban estropeadas— y a veces el tren se paraba en mitad del túnel, y no arrancaba, o le costaba arrancar, y a veces incluso se iba la luz, y allí, inquieta pero disciplinada, esperaba la multitud compacta, de una compacidad suficiente como para que yo soltara la carpeta que llevaba en mi mano a la Uni y no se cayera. No tenía espacio.

 

-V.-

Hablo de muchas horas de mi vida pasadas en el Suburbano. Luego, poco a poco, el Metro fue creciendo y redefiniendo su topología y su nomenclatura. La línea 6, la circular, se fue cerrando, con no poco esfuerzo, e incluyó una parada en la Ciudad Universitaria, que evitaba la caminata desde Moncloa o el uso de los no menos atestados buses 62 y 82. Y hubo un cruce de esa 6 con la 10, la heredera del Suburbano que tenía nuevas estaciones como Casa de Campo y que se desviaba justo ahí de Campamento —degradada a la línea 5—, para ir a perderse a territorios fuera del municipio de Madrid. Ese cruce se produjo justamente en Norte, pero para entonces se había abandonado definitivamente ese nombre y se había pasado a usar Príncipe Pío, convirtiéndose ese nudo en lo que en Madrid se llama intercambiador, un lugar de locura en el que confluyen innumerables líneas de autobuses urbanos e interurbanos, varias líneas del metro, algunas de Cercanías y donde acabó construyéndose un centro comercial. Modesta, vetusta, la línea R sobrevivió, pero muy disminuida respecto a la especie de metrópolis del transporte en que se había convertido la flamante Príncipe Pío, donde se alineaban hasta cuatro vías —dos de la 10 y dos de la 6— en un espacio diáfano por el que cada día cientos de miles de pisadas golpeaban un suelo apenas subterráneo. Nadie, nunca más, volvió a hablar de Norte. Yo terminé la Universidad, me compré un coche, acabé cambiando de casa. La geografía es algo que depende del tiempo.

 

-VI.-

No obstante, por atavismo, por pereza, porque al final hay vínculos que no se rompen, seguí yendo al barrio muchas veces. El médico, el dentista, el mecánico, el fisio, el peluquero, algunos amigos, todo seguía, sigue allí. A veces voy en coche. A veces voy en metro, cada vez me cuesta más conducir en la locura de Madrid. El otro día, el martes 27, cogí la línea 10. Venía de San Blas, donde está mi facultad, en la otra punta de la ciudad. Línea 7 hasta Gregorio Marañón y entonces la 10 hasta Batán, donde tengo el fisio. No es lo habitual, y es importante que se recuerde para calibrar bien el azar que gobierna esta historia. Como todas, claro. El metro de Madrid no es el de París, pero es lo suficientemente frondoso como para que en él pasen cosas cada día. Lo que pasó el martes justo a la hora en que yo viajaba en la 10, que ya no es, ya no puede ser más —ay— el Suburbano, fue que el servicio en la 6 entre las estaciones de Moncloa y Alto de Extremadura —así repetía la megafonía— estaba suspendido por atención sanitaria por un tiempo estimado superior a dos horas, y los trenes de la 10 —aunque luego sí, al menos el mío— no realizaban parada en la estación de Príncipe Pío, que está justo en el medio del tramo de la 6 entre Moncloa y Alto de Extremadura. Entonces, cuando lo oí, yo, todos nosotros, lo supimos, supimos lo que había pasado en Príncipe Pío esa tarde del 27 de febrero, algunos minutos antes de las cuatro. Lo supimos, pero nadie nos lo dijo, porque esas cosas no se dicen, salvo que una asistencia sanitaria que dura más de dos horas y que obliga a cortar la circular, a romper el círculo, sólo puede ser una cosa. Sí, claro. Un suicidio.


-VII.-

Hablando de esto, alguien el otro día me dijo que en el Metro de Madrid hay doscientos suicidios al año. No sé si la cifra es correcta, pero desde luego el número es alto. No era mi primera asistencia sanitaria, pero por algún motivo ésta fue la más impactante. Porque, finalmente, y contraviniendo lo que la propia conductora nos había dicho a la altura de Plaza de España, mi tren, el de la 10 sí efectuó parada en Príncipe Pío, y es, como digo, una estación diáfana, con las vías una al lado de la otra, y desde mi vagón sí se podía ver el tren de la 6 parado en mitad de la estación y todo un contingente de chalecos fluorescentes —policía, sanitarios, empleados del Metro, bomberos— que rodeaban un punto ciego en el que debía de haber —cómo no iba a haberlo, qué sentido tendría todo esto si no lo hubiera— un cuerpo, a la espera probablemete de que el juez decretara el levantamiento del cadáver. La pulsión escópica fue, así, satisfecha a medias, para frustración, por ejemplo, de un compañero de vagón que sin mayor apuro se situó junto a mí —yo estaba pegado a la puerta— y empuñó su móvil con la cámara encendida para filmar un muerto. No pudo ser, las columnas se interpusieron cuando finalmente nos paramos. Entonces, realmente entonces, mirando la pantalla de ese móvil con el punto rojo del REC fue cuando sentí un escalofrío, cuando supe que tendría que escribir esta entrada.

 


-VIII.-

Hace un par de años, en uno de mis viajes a Lausanne, cuando me disponía a coger el tren para hacer un renovado periplo rilkiano que me conduciría a sus santos lugares, como Muzot o Raron, donde está enterrado, me encontré un aviso —que también se repetía por la megafonía— de que la línea que iba en dirección a Ginebra —yo iba en el otro sentido— se encontraba suspendida por un tiempo indefinido por accident de personne. Es el eufemismo que corresponde allí a la asistencia sanitaria —luego en los avisos del Metro se pasó a decir simplemente por causas ajenas a Metro: cuando pasé de vuelta por Príncipe Pío a la incidencia se le daba un tiempo de resolución de media hora, pero todo seguía más o menos igual en ese punto ciego que pude observar mucho mejor desde el otro lado— y yo no podía dejar de pensar que, al cabo, personne es también nadie, y que a ese vacío escópico, ese anonimato, esa ocultación mediante denominaciones neutras le cuadraba tan bien la idea de que el tren no podría trasladar a la cantidad ingente de personas que se mueven de Lausanne a Ginebra cada día a causa de un accidente de nadie, un suceso, al parecer, extremadamente común en la opulenta Suiza.

 


-IX.-

Llevo toda mi vida soñando con el Metro, llevo toda mi vida inventándome líneas nuevas en mis sueños, perdiéndome, encontrándome, ensayando nuevos transbordos. Me fascinan los metros, siempre que voy a una ciudad procuro recorrerlos, guardo sus mapas. El de París, por supuesto, es mi favorito, y los cuentos de Cortázar que se desarrollan en él siempre me resultaron inagotablemente sugerentes. De entre ellos, probablemente mi preferido era —seguramente lo sigue siendo, aunque está, claro, también Texto en una libreta, de algún modo su mellizo, y qué decir de El perseguidor, esa obra maestra— es Manuscrito hallado en un bolsillo. La primera vez que lo leí, me parece, aún no había estado en París, no había viajado aún en el Métro. Me marcó profundamente, porque hablaba de planos, de bifurcaciones, itinerarios, reglas del juego. Me marcó porque hablaba —ay, yo era entonces así— de la búsqueda de un amor legendario e imposible, de un destino que sería por una vez propicio, de un catorce que resonaría en el casino al pararse la ruleta. Lo leí muchas veces entonces, lo leyó ese adolescente. Lo consideré —ingenuo— como un cuento optimista, como un cuento en el que el final feliz no estaba descartado, puesto que el dios del Metro, que es un conductor ciego y certero, se las ingeniaría para barajar las cartas de manera adecuada, para que el solitario saliera. Y por eso me repetí luego tantas veces entonces había juego. Y lo hubo, pero no era el juego que yo pensaba. O sí, pero de igual modo el resultado siguió siendo el mismo.

 


-IX.-

Fue sólo después cuando me di cuenta de que el destino del protagonista, más allá de toda pretensión demiúrgica, más allá de todo gesto orgulloso de tahúr, estaba prefijado desde el mero título. El manuscrito es hallado. Es encontrado en un bolsillo. No es una libreta que alguien ha dejado caer, como al acaso, en una papelera. O que se ha deslizado sin querer y acaba en un pasillo para que el servicio de limpieza la conduzca a ese misterioso lugar de los objetos perdidos. No: es encontrado en un bolsillo. ¿El bolsillo de una chaqueta, o, por mejor decir, ya que por ahora somos argentinos, aunque estemos en París, de un saco que quizás se ha quedado en el respaldo de una silla en la terraza de un café en una de esas cálidas tardes parisinas que hemos tenido oportunidad de vivir? No, el bolsillo que es registrado por los sanitarios, el bolsillo del que salen las pertenencias que se introducen en una bolsa de plástico —los efectos personales— para que los recojan los familiares, o quien sea que reclame el cuerpo, el bolsillo en el que se esconden estas hojas de papel, que nuestro narrador ha rellenado, ya presa definitivamente del desaliento, al término del plazo impuesto para la nueva tirada de dados, en Chemin Vert, ese camino verde de la canción que cantaba mi madre cuando yo era pequeño y que acababa en la ermita, aunque también era, claro, cómo podría ser de otro modo, el caminito que el tiempo ha borrado desde hace tanto ya.

 


-X.-

Es obvio que el título del relato de Cortázar resuena con el de la narración de Poe que tan certeramente tradujo el argentino en su día, junto con el resto de los cuentos del americano: MS found in a bottle, el manuscrito encontrado en la botella arrojado al rugiente océano por el extraño pasajero de un barco fantasma en seguro rumbo de derrota al polo magnético y al abismo que en él se abre. Pienso entonces que alguien trasladaría el cuerpo desde Chemin Vert, o desde Daumesnil, o desde Príncipe Pío, una vez cumplidos los trámites judiciales, una vez verificado y certificado el óbito, que alguien desvestiría el cuerpo y lo prepararía para las honras fúnebres, aunque ninguno de esos actos pueden ser registrados ya en el manuscrito hallado en el bolsillo. Ahí, en esa morgue —y vuelve a guiñarnos el ojo el amigo Edgar Allan— alguien leyó esas líneas garabateadas con su extraña profusión de estaciones de metro y con nombres dobles, desdoblados —Paula, Ofelia, Ana, Margrit— y con un nombre final, único, impar, el de la muerte, que en ese cuento se llama, así son las cosas, Marie-Claude.

 


-XI.-

En uno de mis viajes a París, hace ya unos años, decidí explorar concienzudamente el Métro. Decidí viajar por todas sus líneas, incluyendo esas curiosidades que acaban en b a las que antes me refería. Y un día, en el hotel —lo recuerdo muy bien— pensé en ejecutar los trayectos del Manuscrito hallado en un bolsillo. No tenía el relato a mano, pero lo encontré fácilmente en la Red. Anoté todas las estaciones, supe que tendría que hacer mi propio trayecto para unirlas a todas, violando inevitablemente el orden del cuento, y me lancé a recorrer las vísceras parisinas, armado de un billete que me permitía salir y entrar cuando quisiera y de una máquina de fotos que iba registrando los letreros que identificaban las estaciones, tanto en el andén como en la boca de metro. El azar —el destino— quiso que empezase justamente por el final, por Daumesnil, y terminase por la primera del cuento, por la que marca el principio del juego, o al menos de esa bolita en esa ruleta, que en el fondo es rusa: Étienne Marcel. No me faltó ninguna, empleé así un día de mis vacaciones, en el subsuelo, subiendo apenas a hacer la foto de la marquesina, bajando otra vez, intentando optimizar transbordos, conociendo diferentes tipos de vagones, azulejos de pasillos, gentes infinitamente variadas. Pocas veces he tenido un día tan feliz como ése. Se lo digo para que vean a qué tipo de individuo se enfrentan.

 


-XII.-

El métro no deja de crecer. Cada vez que vuelvo a París hay novedades. Me gusta esa idea de un organismo vivo, incesantemente bullente. Una vez descubrí que mi plano de otros viajes se había quedado obsoleto porque una línea entera había sido construida y no aparecía en él. La línea 14 —¡catorce! —, con modernos trenes sin maquinista, que usé sin demora, para seguir marcando muescas en mi revólver de flâneur subterráneo. En la línea 14 —luego también las pusieron en la 1, creo que ahora hay en algunas líneas más, lo comprobaré en unos días, cuando vuelva a París a renovar mi semana de Morel— hay mamparas anti-suicidio. Entre el andén y la vía hay una barrera de metacrilato, ese modesto abismo ha sido vallado para evitar los saltos. Cuando el tren llega, sus puertas se alinean con las puertas de la barrera y se abren simultáneamente. No hay modo ya de irrumpir en el trayecto de la bestia estruendosa que aparece surgiendo desde la obscuridad. Lo agradecerán, sin duda, los conductores. Los exploradores que guardan hojas manuscritas en sus bolsillos tendrán que irse alejando del centro, a líneas marginales, donde todavía no hay mamparas. Acaso la 3b. O los trenes de cercanías, como ese tren hambriento que mordió a PeCasCor en Aravaca.

 


-XIII.-

El juego tiene sus reglas, y la violación de esas reglas conduce a la maldición y a la imposibilidad del amor. Ay, cuánto sabemos eso. Marie-Claude tiene que aceptarlo, y se lanza con nuestro narrador a navegar por el métro en busca de un encuentro que ya no sería tan fortuito. Yo no buscaba a nadie, no busco a nadie en el métro de París cuando lo recorro. Pero no puedo engañarme, también he jugado juegos privados, también he compuesto laberínticas reglas que no he osado violar, también me he dejado llevar por el optimismo taciturno del ludópata. Y he perdido, claro. No siempre, es cierto, una vez, en efecto, la ruleta se paró en el 14, pero, al cabo, de eso hace demasiado tiempo. Cada vez sueño menos con el Metro, en el Metro de mis sueños ya no se abren líneas nuevas. El tiempo me desgasta, incesante.

 


-XIV.-

En el dos mil catorce —el catorce de este párrafo, el catorce de siempre— se celebró el centenario de Cortázar. En mi Facultad, dentro de una iniciativa muy interesante, que como todas las iniciativas interesantes murió en seguida por falta de oxígeno, y que se llamaba Semana Complutense de las Letras, organicé con una compañera una serie de actividades de homenaje. Entre ellas, una proyección de la alucinante película argentina Moebius, sin duda la mejor de las que he visto con temática relacionada con el Metro. Con escaso éxito, he de decir, porque eso de la extensión cultural es algo que no se practica mucho —ay, siempre ay— por estos pagos. Reunimos la localización de esas actividades en un mapa del Metro para cronopios, en el que no faltaba, por supuesto, una línea R. La estación central se llamaba Rayuela y estaba situada en una enorme rayuela que colocamos en el centro del hall de la Facultad. Desde ella, la línea 3 llevaba a Margrit. Allí habíamos colocado una pequeña instalación: dos sillas enfrentadas con un espejo al lado. Si uno mira al reflejo del otro y el otro mira al reflejo de uno, entonces había juego. Nunca olvido mirar en ningún espejo, por si Margrit sigue aún ahí dentro, esperando.

 


-XV.-

Dentro del espejo, en el espacio Margrit, las cosas ocurren al revés, y yo soy zurdo. El conductor del tren tiene un espejo al que mira antes de cerrar las puertas. Cuando era pequeño e iba en el metro de la mano de mi madre tenía siempre mucho cuidado en no introducir el pie entre coche y andén. Ahora, cada día, cuando espero, me sitúo lo más alejado posible de la vía, con la espalda contra la pared cubierta de anuncios publicitarios. No sea que.

 

-XVI.-

Hay una persona en Madrid que salió de su casa el 27 de febrero y se metió en el Metro. No sabemos si ya lo sabía por entonces, o si fue algo que sobrevino. No sabemos si llevaba un manuscrito en su bolsillo, si buscaba a una imposible Marie-Claire. No sabemos su nombre ni su aspecto. Ni siquiera sabemos su sexo. De esas cosas no se habla, y seguramente es mejor así. Es una persona, una personne, nadie. Nadie del que hubiéramos sabido cosa alguna si no hubiéramos ido en el tren de la línea 10 que pasaba por Príncipe Pío. Hoy es 29 de febrero. No hay muchos 29 de febrero que me queden ya por vivir, hay la cuarta parte de los 17 de abril o los 23 de octubre que me quedan. Me importa ser consciente de ello, me importa conmemorar la fecha, por eso quería hacer hoy la entrada, para que en el blog ponga que se hizo el 29 de febrero de 2024, en mi sexagésimo año, en mi decimoquinto 29 de febrero. Nuestra persona no quiso, o no pudo esperar. Es importante que hoy, en este día anómalo dediquemos unos segundos a su memoria imposible, a su conmemoración anónima.

 


-XVII.-

Por los años en que Norte era Norte y estaba al oeste, cuando yo tenía trece o catorce, el panorama musical en España era, digamos, limitado. Había, eso sí, mucha presencia en las radios o en la televisión —en singular— de algunos cantantes de música ligera —ése era el nombre con el que se les identificaba, y parece una broma— que no eran, en absoluto, desdeñables: baste con citar el nombre del gran Camilo Sesto. Por aquellos años yo me compraba singles cuando podía, y empecé a grabar de la radio las canciones en cassettes. Me gustaban mucho Cecilia, Mari Trini, Nino Bravo. Me gustaba mucho Pablo Abraira. A mi amiga Elena, que ya no está, también le gustaba mucho Pablo Abraira, y nos lo decíamos en serio, cuando ya parecía que aquello no podía serlo. Ahora tenderemos a minusvalorar ese tiempo, pero esos cantantes forman parte de mi educación sentimental, como los italianos —Sandro Giacobbe, Umberto Tozzi, Gianni Bella...— y recuerdo cómo machaqué el disco de Abraira. El título del disco —del lp— era 30 de febrero y correspondía al título de una canción, definitivamente truculenta, sobre el suicidio. 30 de febrero me parece un eufemismo correcto. Lo prefiero al accidente de nadie.

 

-XVIII.-

Cuando he escrito al comienzo de este texto en el Word, como título, 30 de febrero, el programa ha sugerido 30 de febrero de 2024, reconociendo el formato de fecha, pero sin ponerse a plantearse sobre si la fecha es posible o no, dándole así carta de naturaleza, admitiendo la posibilidad —quién podría descartarla— de que este febrero bisiesto sí contenga un día 30, que estará positivamente ya en el espacio Margrit de las cosas otras. Nuestro inconnu de Príncipe Pío habita ya en ese 30, saltó a él no ya desde un andén, sino desde un 27 de febrero, a las cuatro menos algo de la tarde. Es un salto enorme. Hay mucha gente que lo da cada día, en cada metro del mundo. Hay mucha gente que muere a contramano, interrumpiendo el tráfico, como en la Construcción de Chico Buarque. Caminante, tú que has sido compañero de vagón de él, compañero de andén, de escaleras mecánicas averiadas, de vestíbulos, de bocas de metro, que has mirado al mismo tiempo que él el plano del metro, que le has visto apoyado en la puerta, cogido de la barra, sentado, cediendo el asiento, apiñado en la multitud, soltando acaso su carpeta que no podrá llegar al suelo, tú, que has recorrido el mondrianesco árbol del metro de Madrid, de Barcelona, de París, de Londres, de Berlín, tú, caminante, detente un momento y piensa en él, plongeur, pájaro de vuelo infinitamente breve, noticia de sucesos, personne, nadie, alguien, persona, y reza, si aún te quedan dioses, una plegaria por su alma.