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jueves, 27 de marzo de 2025

Papeles pintados

 


¿Quién conoce mi faceta de animal nocturno? Cuántas veces en mi cuarto, estando ocupado en alguna lectura, he sentido penetrar por las ventanas, por las rendijas de la puerta, el llamado de la noche.

JULIO RAMÓN RIBEYRO, Prosas apátridas, 67

Sí, Poeta, el amor y el dolor son tu reino.

VICENTE ALEIXANDRE, Sombra del Paraíso

 

1.

La producción cuentística del gran escritor peruano Julio Ramón Ribeyro es, sin duda, vasta y variada. El título que Ribeyro escogió para la reunión de sus relatos completos fue La palabra del mudo. Pasados ya 30 años de su muerte podemos encontrar todos esos cuentos, y alguno más, en un volumen bastante apabullante, cercano a las mil páginas, que los editores, Alfaguara, han decidido titular, de modo mucho más anodino y tautológico, Cuentos reunidos. Las diversas colecciones que se fueron publicando a lo largo de la vida de Ribeyro van marcando sus avatares vitales, siempre en una especie de vaivén entre Perú (especialmente, su natal Lima) y París, donde habitó largos años, muchos de ellos en condiciones económicas más bien precarias y dedicado a los oficios más peregrinos. Así, Los cautivos, publicada en 1972, contiene algunos relatos escritos en Lima, pero en general la acción de los doce cuentos que incluye se desarrolla en París o en otros lugares de Europa, como Varsovia, donde conocemos la bella historia de Bárbara. Es dentro de Los cautivos donde nos topamos, de manera bastante inesperada, pues no suele ser uno de los cuentos más celebrados o citados del peruano, con Papeles pintados.

 

2.

Si no fuera caer en un cierto anacronismo, y en una segura arbitrariedad, cabría definir el ambiente del relato como modianesco. A pesar de ser fechado en Lima y 1960, toda la peripecia se inscribe en un puñado de calles del Quartier Latin parisino, por donde deambulamos dos noches, en compañía de Carmen, encargada del guardarropa y otros menesteres menores en un cabaret presumiblemente sórdido de la rue de Huchette. Deambulamos nosotros, los lectores, y un narrador innominado, bastante ribeyriano en su pose desencantada y hasta abúlica, y no especialmente simpático, al menos en la mayor parte de la aventura. Ahora, justo en este punto, es cuando Uds. deberían abandonar éste mi escrito y proceder a la lectura del breve, apenas seis páginas, relato. Lo cierto es que esta vez es algo más complicado comparado con cuando les hablo de Cortázar o Borges, por ejemplo. No hay, que yo haya encontrado (no le he puesto mucho ardor, tampoco se crean) ninguna versión online del cuento. Comprar Los cautivos, ampliamente agotado, no es, realmente, una opción, y el cuento no se encuentra en la asequible y muy recomendable antología incluida en la colección de Letras Hispánicas de Cátedra. Así que la única posibilidad sería hacerse con el tocho de Alfaguara. Que conste que me parece una opción realmente recomendable, ni siquiera es tan caro y la calidad y cantidad de lo allí incluido es muy grande. Pero, por las dudas, procederé a hacer una sinopsis bien detallada, spoilers incluidos, y no seré parco en las citas. Síganme.

 

3.

La noción de cuento triste, ya lo sabemos por aquí, fue acuñada por Augusto Monterroso y Bárbara Jacobs para una impagable Antología, publicada también por Alfaguara hace ya sus buenos años. Yo mismo me he ocupado de añadirle algunos cuentos de mi cosecha en este blog, 1. Papeles pintados, nuestro cuento de hoy, que también da título a la entrada, no desmerecería entre esos augustos representantes de la tristeza narrativa. Y, sin embargo (o no, no sin embargo, porque justamente es por eso) esa tristeza es también la clave de la felicidad que nos produce su lectura, y dentro de la amarga desolación que parece narrar brilla también, no se sabe cómo (esto es muy ribeyriano, de nuevo) una alegría discreta pero inconfundible, una esperanza frágil pero resistente.

 

4.

Estábamos, decíamos, en un París modianesco. Barrio Latino, cafés que cierran tarde, cada vez más tarde, pues hay que ir de un café a otro que siga abierto. Nada sabemos de los prolegómenos, no hay aquí un distanciamiento temporal, un narrador que vuelve a encontrarse muchos años después una agenda con números y teléfonos a los que aún no les han nacido las cifras que luego fueron viniendo, como pasa en las novelas de Modiano. 2 Nada sabemos del narrador, ni tampoco de Carmen, más allá de la sucinta información laboral que ya les he aportado. Nos los topamos in medias res, en el entresuelo del café Danton, ya muy tarde. El narrador bebe su Calvados y deja hablar a Carmen. No porque tenga en realidad gran interés en lo que dice Carmen: un par de páginas más adelantes lo resumirá cruelmente en una frase dura y cortante: No hay cosa más aburrida que las confidencias tristes de una mujer a la que no amamos. La motivación es más simple: quiere acostarse con ella. Pero la vana parlería de la española y malagueña Carmen se extiende entre bostezos y alcohol hasta que llega la constatación indignada de que son las cuatro de la madrugada.

 

5.

Entonces, nuestro narrador propone a su partenaire acompañarla a su hotel. Ella no se resiste: Por supuesto, le dice. Y salen a la noche parisina, a las calles desiertas del barrio universitario de la Rive Gauche, donde apenas parece sonar algún jazz, que remite a un Nuevo Orleans fantasmal, de alguna cave. Queda algún café funcionando aún, pero ya a puerta cerrada. Otros bares están empezando a abrir. Es esa hora incierta en la que para algunos de los transeúntes todavía es la noche de antes y para otros ya es el día siguiente. Entonces, en la rue Buci, Carmen se detiene ante una tienda de artículos de viaje y arranca del escaparate un afiche (ése es el término que utiliza consistentemente Ribeyro, un término francés castellanizado, apropiado, pues) en el cual se distinguía una bahía azul dominada por un volcán. “Es Nápoles”, nos cuenta Carmen, con errata incluida en el volumen de Alfaguara. Eso es sólo el comienzo.

 

6.

Siguiendo un rastro del que parece plenamente conocedora, moviéndose con presteza y precisión por el laberinto de las calles, hasta desorientar al narrador, por la rue de Seine y la de Monsieur-le-Prince, o junto al Luxembourg, Carmen va apropiándose de carteles turísticos que muestran motivos alpinos o playas de la costa dálmata. El narrador es conminado, no sin cierto escrúpulo por su parte, a participar en ese latrocinio melancólico y largamente inofensivo. El alijo es abundante, y el periplo es largo, y lleno de menciones a nombres señeros de esa región ya devenida onírica: rue Soufflot, rue Cujas, rue de la Sorbonne, la plaza del Panteón. Cuando finalmente arriban al hotel de Carmen, ya es de día, son las seis de la mañana y no es conveniente que el narrador suba al cuarto de la coleccionista, bajo la mirada inquisidora del portero. El galán no oculta su frustración, y ella le emplaza para la noche siguiente, donde presumiblemente tendrá lugar la consumación de ese destemplado amorío.

 

7.

Como un clavo, nuestro narrador se persona a las dos de la mañana (nada sabemos del día de entre medias, todo acaece como si la ciudad sólo existiera durante la madrugada) en el cabarecito árabe donde Carmen desarrolla su trabajo un poco clandestino y múltiple. Entonces ella propone nos tomaremos algo antes, y es preciso encontrar un café abierto. No lo están ya ni el Cluny ni el Old Navy ni el Mabillon. En el Deux Magots los mozos hacían pilas con las sillas. Terminamos en el Royal Saint Germain. Allí pedimos una cerveza. Yo me encontraba aún malhumorado. Y nosotros vamos caminando de un café a otro, sintiendo el escalofrío nocturno de esas calles, acaso húmedas de la lluvia de una tarde que puede no haber existido. Nosotros trabajamos en esa escenografía con el mismo ahínco, soñamos de igual modo, arrastrados por nuestros instintos, dominados por fuerzas que no podemos conocer con otro nombre que entropía. Y entonces Carmen, ante nuestros reproches, se echa a reír.

 

8.

Yo soy una mujer difícil. Mis amigos tienen que acostumbrarse a mí. Y nos cuenta retazos de su historia, de su historia de náufraga en un Quartier Latin en el que lleva varada años sin poder salir de allí, de los líos con la prefectura de alguien que no tendrá, con toda seguridad, los papeles requeridos, de su niñez en Málaga, del hijo que un hombre que la abandonó la hizo, y la espera en el campo con una nodriza (como el Bebé Rocamadour esperaba a La Maga, que luego lo llevó a París a morir en mitad de una discada del Club de la Serpiente). Y ahí, mientras nosotros la escuchamos con una sonrisa, apurando nuestra cerveza de las tres de la madrugada, nuestro grosero narrador se aburre de las confidencias tristes.

 

9.

Pero Carmen es una cazadora y no se arredra. Ha visto, cerca de la escuela de Medicina, un afiche maravilloso de un mar azul y una costa que era la sombra del paraíso. Nos resulta fácil imaginarla, ilusionada como a una niña, y también exhausta de la jornada de trabajo, y ajada por los años de vaivenes y privaciones, y también capaz de volar hasta esa playa, de sumergirse en ese mar azul a través de la ventana que abre el afiche en la dura pared de un París apenas iluminado de los años sesenta. El narrador, que no parece haber entendido nada (aún) se resiste, ella claudica, se dirigen a su hotel, y en la plaza Odéon (donde acaso Johnny o Charlie o cualquier otro saxofonista toca por unas monedas3) miró con tristeza la prolongación del bulevar, donde se veía la escuela de Medicina.

 

10.

El narrador parece, pues, haber conseguido su objetivo, distrayendo a Carmen de su hambre de afiches por esa noche. Llegar a la habitación del hotel, empero, todavía exigirá un ascenso a tientas (no fuera a darse cuenta el portero, no estamos en una época en que una pareja que no estuviera casada pudiera, sin más, compartir habitación), pisos y pisos mientras yo me ahogaba en ese pozo negro, guiado a ciegas por la mano de Carmen. Al final topamos con una pared. Un nuevo espacio obscuro, y entonces esa mano de Carmen encendió de golpe la luz. Nuestro narrado nos comunica el enternecedor y también atroz y también propiamente surrealista descubrimiento: Quedé asombrado: aquello no parecía un dormitorio de hotel, sino el desván de una imprenta. Por todo sitio se veían papeles y más papeles. En realidad eran afiches de toda forma y tamaño, doblados unos, enrollados otros, formando rumas o columnas que se desplomaban entre los escasos muebles. Muchos estaban clavados en las paredes, en el cielo raso o en la ventana, a manera de visillos. La cama apenas se distinguía bajo un aluvión  de papeles. Entremos nosotros también, con respeto, a ese templo caótico y extrañamente luminoso.

 

11.

Detengámonos por un momento. Imaginemos el cuarto minúsculo lleno de carteles con vistas, con la cúpula de San Pedro, con los molinos de Holanda, con la Torre de Londres, con el Partenón, en Grecia. Ese tesoro acumulado durante años, durante infinitas madrugadas de pavor o nieve, dejándose las uñas para derrotar esos engrudos, imaginémonos a Carmen al acecho de cada nueva promoción de las agencias de viaje de la ciudad extranjera en la que estaba aherrojada. Imaginémonosla con su botín camuflado en el abrigo, depositándolo en ese desorden gozoso en el que ella se sumergiría entonces, para dormir a pierna suelta, transitando en sus sueños por esos parajes inalcanzables, pero reales, pues fotografiables, pues nombrables con nombres como Niágara o Indochina. Pensemos, acaso, en la oficina de Rosalind Dakyns, que nos muestra W.G. Sebald al comienzo de sus Anillos de Saturno4, con esas montañas de papeles prestas a un derrumbe que no se produce, rodeando a la imagen sagrada de la Melancolía de Durero.

 

12.

Carmen, entusiasmada, muestra su colección, como mostraría un niño de hace ya tantas décadas su colección de sellos.5 El narrador se siente sobrecogido: de sus ojos salía una luz cegadora, insostenible, sus narices aspiraban y exhalaban el aire con vehemencia, sus labios se movían sin descanso, articulando explicaciones muchas veces doctas, pero mecánicas, como una conferencia aprendida de memoria, mientras sus brazos, infatigablemente, desenrollaban los grabados y los dejaban caer a sus pies, en un torbellino de paisajes. El narrador quería hacer el amor con Carmen y Carmen estaba haciendo el amor con él, en su infinita locura, en su lucidez insoportable, llevándole a su mundo multifacetado de destinos donde pasar la noche y las otras noches, y los días hostiles de una ciudad que no es la suya, y donde apenas hay otra posibilidad que trabajar mal, cobrar mal, comer mal, tener mal sexo, y soñar y acumular papeles.

 

13.

No siempre está uno preparado para una iluminación tan rotunda. Medroso, nuestro narrador, se escapa. Huye a toda prisa, escaleras abajo, en la misma obscuridad de la ascensión, gana la calle, se lanza al bulevar Saint-Germain, confundido, tratando de serenarme, sabiendo que huía, que mi cuerpo se anticipaba, dejando a mi razón caída, dando tumbos a mis espaldas. Es posible que en ese momento deseara no haber estado allí, no haber conocido ese edén polvoriento y claustrofóbico. Anda, sin resuello, recorre el bulevar. Entonces, ahí, justo ahí, donde ya sabíamos que estaba, en una librería cerca de la escuela de Medicina, hay un cartel, un afiche con un mar azul y una costa paradisiaca. Era un afiche de la costa malagueña, de su costa, un afiche como cualquier otro, en verdad, pero que me retenía de una manera extraña. En su cuarto, Carmen quizá vaya ya por Moscú o por las Antillas, quizá se haya desmaquillado, desnudado, se haya metido en la cama. Triste acaso, o acaso no, en el fondo qué importa, ya le ha ocurrido más veces, el extraño no ha querido conocerla, hacerse cómplice. Cuando se apaga la luz, aún, por las rendijas que dejan los afiches pegados como visillos a la ventana, pueden apreciarse cumbres nevadas y selvas lujuriantes. Y entonces, en el sueño, los carteles se hacen transitables, y empieza una nueva etapa en la vuelta al mundo.

 

14.

Pero, en nuestra película, estamos junto a la escuela de Medicina de París, frente a un cartel, bien banal si se piensa, de Málaga. Lo miramos, lo seguimos contemplando, fascinados, estudiando cada detalle, cada artificio del pintor anónimo o del fotógrafo astuto que había puesto su ingenio en abrir una ventana de color sobre los grisáceos días parisinos. Nunca hemos mirado así a un afiche. Nunca hemos mirado así a nada. Hemos ido y venido por el Barrio, hemos cerrado todos sus cafés, hemos trabajado en oficios de baja cualificación, o hemos escrito en nuestro propio cuartito, frente a ventanas sin visillos, ni afiches de turismo. Pero entonces, por fin, comprendemos lo que significan los afiches de turismo. Uno de estos afiches, cualquiera de ellos, era la evasión, el país remoto, la ciudad soñada, las vacaciones eternamente aplazadas, los imposibles días de paz y descanso, el irrealizable viaje, el exotismo prometido y burlado, el consolador mundo de la ilusión. Esos carteles, sí, eran el pasaporte a la Otra Ciudad, a la Otra Vida, donde no llueve tanto, o sí, si queremos que llueva. Donde sólo es de noche cuando queremos que sea de noche. Donde estamos juntos, o donde estamos solos cuando no queremos estar juntos. Y por esos carteles viajamos, como los niños lo hacen con sus libros de geografía, a la luz de una lámpara.

 

15.

Llegados a este punto, ya sólo resta una cosa por hacer, si queremos, al menos, en el último minuto del combate, redimirnos, vencer o conseguir tan siquiera un empate. No dudamos, pues: arrancamos el cartel, regresamos apresuradamente al hotel, para hacer entrega de esa pieza única, de ese sello con el que concluye la serie, de ese lienzo al que espera la mejor pared de la exposición. Porque sabemos que ese dibujo completaba un periplo imaginario, era la pieza rara de una colección, el plazo que se concedía a una desesperada, un eslabón más en el delirio o tal vez la estación última de un itinerario infernal que cerraba el ciclo de la locura. Y colocamos el punto final, decididamente cómplices de ese desatino, partícipes de ese destino. Estamos igual de solos que ella en el mismo París de días imposibles. No podemos renunciar a los abrazos, por friolentos que resulten. No podemos volver la cara a las imágenes, aunque nos llenen los ojos de lágrimas.

 

16.

En Dark city, la película de culto de Alex Proyas (1998), tampoco hay día, vivimos en una perpetua sucesión de noches, deambulamos crecientemente desorientados por una ciudad noir en la que, en los mejores días, la bellísima Jennifer Connelly nos invita a bailar con ella6. De algún modo, todos los trayectos parecen ser circulares. No hay una salida, ni a las afueras, ni a la luz del día. El metro insiste en pasar y pasar y no nos lleva a ningún otro lugar que a su mismo ser subterráneo. Lo único que parece lucir es un viejo cartel que nos obsesiona. Shell Beach, anuncia, y todo nuestro afán es arribar a esa playa, que es, o así lo creemos, la de nuestra infancia, y que haga sol y podamos tumbarnos en la arena. Todos nuestros sueños son así, llevan siéndolo desde siempre. Todos nuestros relatos, pues, inevitablemente, son así: un trayecto nocturno por una Ciudad que es íntima y también extraña, en busca de no se sabe qué torno de salida, de no se sabe qué aire libre en el que por fin burlar la apnea.

 

17.

Inspeccionamos, como detectives (estamos, al cabo, en un film noir), las paredes. Prohibido fijar carteles, pero los hay, fijados, a veces a medias despegados, superpuestos. Défense d’afficher. Y graffitis, como en el cuento, tan triste también, de Cortázar, inesperadamente pareados, inesperadamente narrativos, tan dolorosamente testimoniales de una tortura que no cesa nunca. En algún lugar, las colonias del Offworld que nos prometen una nueva vida en el Los Ángeles de un 2019 de una línea temporal intransitada por nosotros, en la que hay replicantes y blade runners. En algún lugar, un mar incomprensible, junto al que te paseas, de noche, tú, que no vives en mi ciudad, que vives en el mundo de los carteles, ese mundo que yo escribo y escribo, quitándole horas a un sueño que no va a saber incluirte, en una habitación en la que siempre son las tres de la mañana.7

18.

Los diarios de Ribeyro se reunieron bajo otro título igualmente bien elegido: La tentación del fracaso. Allí, en una entrada correspondiente a febrero de 1968, en París, naturalmente, encontramos otro fragmento mágico. Anota Ribeyro: Hallazgo, ayer, a tres cuadras de mi casa, de una Fábrica de Acuarios, así, con esas mayúsculas. El descubrimiento le produce gran perplejidad, porque un acuario es algo tan raro ―habrá uno por cada millón de casas o cada cien mil restaurantes u oficinas― que me era difícil pensar que se fabricaran en serie. Pero sí, sí se fabrican, y sobre medida, lo que prueba la imaginación de los industriales, atentos siempre a cubrir las necesidades de los consumidores, incluso las de aquellos que añoran una ancestral vida submarina. Una fábrica de acuarios en la que se producen láminas de vidrio y también esferas. Transparentes. Engañosas en su transparencia. Hábitat para peces desorientados y agotados en deambulaciones que no conducen nunca, pero nunca, pero nunca (y la memoria de los peces basta para ser conscientes de ese nunca) a ninguna Shell Beach, a ningún océano.

 

19.

Algunos peces, algunos habitantes del acuario, algunos de nosotros, han colocado en esas paredes de vidrio afiches de la costa malagueña, o de paisajes alpinos, o de playas dálmatas. Algunos peces, algunos habitantes del acuario, algunos de nosotros, miran esas fotos y les parece estar ahí, se sumergen en esas imágenes como lo harían en las aguas cristalinas de los Mares del Sur. Algunos de nosotros, a ratos muertos, nos sentamos y escribimos relatos en los que otros de nosotros, o nosotros mismos, caminamos juntos por ciudades nocturnas y coleccionamos perlas que encontramos en ostras buceando a pleno pulmón, o ídolos de las Cícladas, o simplemente pins o imanes de nevera o postales o cualquier otra cosa de las que se venden en esos lugares que se llaman tiendas de souvenirs. Tiendas de recuerdos. Recuerdos comprados. Ay, nuestra memoria ya va siendo tan frágil.

 

20.

Siempre he sabido que tú vives en Shell Beach, y por eso no cejo en mi empeño de llegar allí. Fatigo las líneas del metro (o del Métro), me pierdo por los callejones surgidos en una época en la que no existía aún la noción del urbanismo, en apariencia paralelos pero que empiezan a separarse y terminan por conducir a puntos diametralmente opuestos. Me pierdo también por avenidas anchas y rectilíneas y plenas en perpendiculares. Transito, deambulo, recorro, me agoto, me echo a dormir en cualquier banco de la ruta, tomo autobuses contradictorios, me embarco en balleneros, me detengo de repente como si hubiera encontrado una pista, robo impunemente todos los carteles que encuentro, lleno mis estanterías de guías de viaje, empleo mi vida en una quête infinita que sé que no me conducirá a Grial alguno. Y a ratos, en los mejores días, me parece oír el ruido de las olas ahí mismo, a la vuelta de la esquina, y el olor, ese olor a mar que la gente del interior tenemos inscrito en lo más profundo de la memoria sensorial. Y entonces Jennifer Connelly empieza a cantar Sway y tú me saludas agitando la mano, bajo tu sombrilla, y Shell Beach existe, existe eternamente, indefinidamente, existe hasta que nos despertamos y ya no existe más, pero no importa, ya sabes tú que no importa.

 

Aunque no ha sido intencionado, lo cierto es que en este texto hago referencia a otros textos míos del blog, que enumero aquí. No es tan extraño, ahora que el blog ha crecido tanto, que mis obsesiones y mis preferencias acaben por producir circularidades de este tipo. Si disponen del tiempo y de las ganas suficientes, quizá podrían explorar o redescubrir estos otros elementos de la constelación o archipiélago que aquí se ha cartografiado. Y en el número 6 encontrarán a Jennifer, que pone la banda sonora. Un apunte más: el poema del que he extraído la cita de Aleixandre, una cita que me lleva persiguiendo desde mis trece o catorce años, es el que abre Sombra del Paraíso y va dedicado "a mi ciudad de Málaga". Releyendo el texto de la entrada antes de publicarla, me he dado cuenta de que podía haber una alusión en el modo en que Ribeyro describe el afiche de Málaga. O tal vez no, tal vez es una pura coincidencia, un seguro azar, que diría Salinas. En todo caso, buen viaje.

1 https://palidojuego.blogspot.com/2023/10/ceremonias.html

2 https://palidojuego.blogspot.com/2024/03/los-bulevares-perifericos.html

3 https://palidojuego.blogspot.com/2023/10/ceremonias.html

4 https://palidojuego.blogspot.com/2024/07/papeles.html

5 https://palidojuego.blogspot.com/2023/09/el-catalogo-del-mundo.html

6 https://www.youtube.com/watch?v=MIvWZ8iF6CI

7 https://palidojuego.blogspot.com/2023/07/tres.html 



viernes, 7 de junio de 2024

Los poemas de 1977

 


Ahora

voy a contar la historia de mi vida

en un abecedario ceniciento.

BLAS DE OTERO

1.

Ha vuelto la Feria del Libro de Madrid.

Hay que reconocerle al tiempo su constancia, y su tenacidad. Los equinoccios se suceden al mismo ritmo que los solsticios. El próximo solsticio seré sexagenario. La recurrencia puede parecernos cruel, pero sólo es imparcial.

O, por mejor decir, indiferente. Desoladoramente indiferente.

Lo periódico, o al menos lo recurrente, o al menos lo que se desea recurrente, recuperado, invita al ritual. La repetición de los gestos parece prestar un poco de consistencia a ese fluir profundamente ajeno en el que nos encontramos inscritos. A fecha fija, parece que trazamos asideros, o balcones. A fecha fija, nos citamos, y concurrimos.

No es mal modo de pasar la vida. O quizás sí lo sea. En todo caso, es el único.

 

2.

Ha vuelto la Feria del Libro de Madrid. Cada retorno es una reflexión sobre las Ferias idas, sobre las por venir, tan menguantes. Es la fila de velas de Cavafis. Porque fuimos, vamos. Porque vamos, iremos. No renunciaremos. Es demasiado importante, aunque ya no tenga importancia.

He vuelto a la Feria del Libro de Madrid. Varios días ya, de hecho. He recorrido lentamente todas las casetas, me he detenido en muchas, he comprado tantos libros. Antes, he subido desde Atocha, he rendido pleitesía al Ángel Caído, he dejado la Rosaleda a mano derecha, he ido y he vuelto Paseo de Coches arriba, abajo.

Lo de siempre.

 

3.

Hubo un tiempo muy remoto en el que nunca había ido a la Feria del Libro, aunque había ido tanto al Retiro, desde que nací. Siempre me gustó la lectura. Mi hermano, cuando éramos pequeños, se metía conmigo porque decía que mi juego favorito era leer y escribir. Era cierto. Tebeos. Libros adaptados de Bruguera. Cuadernos que me regalaban y llenaba de listas, de dibujos muy torpes, un poco más tarde, de historias.

Era cierto. Sigue siéndolo. Lo que más me gusta del mundo es leer y escribir.

 

4.

Hubo un tiempo en el que no había ido nunca a la Feria del Libro. Una vez fue la primera. En 1977, esa especie de año quicio, el año de Suiza. Yo estaba por cumplir 13 años y me había convertido rabiosa, definitivamente, en letraherido.

Escribía poemas, con empeño digno de mejor causa, y devoraba cuanta letra impresa caía en mis manos. Ávido de proveerme de nombres nuevos, de autores a explorar, recorría las exiguas fuentes a mi alcance: esas enciclopedias que se vendían de puerta a puerta y de las que mis padres habían adquirido un par.

No recuerdo haber estado nunca tan entusiasmado por algo. Entusiasmado por cada libro nuevo, por cada poeta nuevo, impaciente por abarcarlo todo.

De ese impulso sigo tirando. Espero que me pueda durar hasta llegar a la playa.

 

5.

Mis padres no eran en realidad grandes lectores. Mi madre debía de haberlo sido algo más, cuando era jovencita, como ella decía. La modesta biblioteca de mi casa, de la que me hice en seguida bibliotecario, conservador y registrador (en fichas de cartulina rectangulares, rayadas, como las que usaba Nabokov para escribir) no daba para grandes excesos, pero hubo cosas que sí me sirvieron. Y tanto.

Un resumen rápido: muchos libros técnicos de mi padre, que había estudiado matemáticas y teleco, y que a mí me fascinaban, y que aún conservo, si bien relegados, ay, al trastero. Libros de matemáticas llenos de fórmulas y esquemas. Libros de física. Ahí estaba ya mi destino trazado, era imposible substraerse a ese peso.

Novelas que fueron de éxito en los cincuenta, los sesenta. No necesariamente despreciables. Un par de Zweigs, por ejemplo. Encuadernados en tapa dura, pero en ediciones de pequeño formato. Áncora y Delfín: Carmen Laforet, Nada. O Plaza y Janés. Un mundo feliz, de Huxley, que leí muy pronto y que me impresionó.

Son libros anteriores a mí, libros que, inconcebiblemente, compraron mis padres, en librerías, o acaso en puestos de la Feria o de la Cuesta Moyano. Libros que se regalaron. Ese vértigo prenatal que tan bien describe Nabokov en Speak, memory cuando se refiere a una película que muestra a sus padres antes de su nacimiento, está ahí. Mis padres construyeron esa biblioteca un poco azarosa, no muy abundante. Esos libros estuvieron en casa siempre, es decir, estuvieron desde antes de que empezara yo a forjar recuerdos. Y empecé bien pronto, se lo aseguro.

 

6.

No he sido capaz jamás de deshacerme de los libros. Cuando no ha habido más remedio, en contadas ocasiones (esa enciclopedia que deposité en un contenedor de papel en Aluche, cuando mi hermano y yo desmantelamos la casa de mis padres, ay), me ha dolido con un dolor que no me produciría, me parece, la pérdida de ningún otro objeto. Casi todos esos libros de la biblioteca materna están en el trastero, y han resistido al menos un par de mudanzas. No pueden ocupar un sitio más honroso, en un apartamento en el que no caben ya más estanterías, y en el que cerca de cinco mil libros agobian cada rincón disponible.

Pero están, ahí siguen.

Hay una excepción, un libro que sí está arriba, cerca de mí. Un libro que me parte el alma cuando lo abro. El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, en traducción de Gaspar Gómez de la Serna, Editorial Fama, Barcelona, s.f.

No es el libro en sí, aunque es un bonito ejemplar. Es la dedicatoria. Durante muchos años no fui consciente de que existía esa dedicatoria. Un día, mucho tiempo después, no sé muy bien por qué, seguramente reordenando los libros después de alguna mudanza, la vi. Mi madre ya estaría en la Residencia, seguramente.

La dedicatoria, en la esquina superior derecha, dice ¿Hace falta decirte que estoy enamorada? Y firma: Con cariño, Merche. Abajo, también a la derecha, la fecha del acontecimiento: San Valentín, 1959.

Ay.

 

7.

El Alzheimer es un mal cruel, por muchas cosas que se nos ocurren a todos, pero quizá más que por ninguna otra, por una que acaso sólo perciben los familiares más próximos: a la destrucción de la persona que tenaz, como el tiempo, cruel como ninguna otra cosa, produce la enfermedad, se le asocia, o al menos a mí así me ocurrió, un hiato, una desconexión muy dolorosa. Mi madre estuvo enferma muchos años, al principio la evolución fue lenta, los estragos aún menores, podía reconocérsela, conversar. Luego, bueno, luego, ya se lo imaginan.

La desconexión consiste en que, al menos así lo experimenté yo, no se puede anudar esa imagen de una persona devastada por la enfermedad, y la imagen de esa persona en otros momentos de la vida. La madre que me levantó, me dio el desayuno y me llevó al colegio, a la que yo recordaba bien (la memoria, gracias a los dioses, nunca ha sido el problema para mí, y cuando lo sea...) se había alejado, se había convertido en una especie de fábula, una especie de recuerdo otro, de recuerdo, no falso, pero sí onírico, un relato, una historia que leer, una crónica de un tiempo lejanísimo, algo que le había pasado a otro, a otros. La realidad, lo que lo había colonizado todo, era la otra persona, la destruida. Es algo terrible, profundamente trágico, y cuando descubrí que me pasaba sentí una sensación gélida.

Ahora, cuando ya han pasado tres años de su muerte, parece que por fin todo está recomponiéndose, es más, parece que justamente la que ha ido desapareciendo es la madre de los últimos años, la doliente. Mis recuerdos empiezan a ordenarse y el cuento puede volver a contarse como se debe.

O así va siendo a ratos. Ya es mucho. Créanme.

 

8.

Esa madre prenatal, cinco años antes de mi nacimiento, le regalaba a su novio, un padre inesperadamente lector de autores de renombre, justamente ese libro. El retrato de Dorian Gray. Un libro en el que una vida se bifurca, en el que el pasado y el futuro se desconectan y el deterioro de la edad se enmascara hasta que finalmente estalla del modo más dramático.

El destino tiene estas bromas. El destino también tiene lo suyo.

La letra de mi madre en la dedicatoria la reconozco perfectamente, pero es una letra algo más joven que la que yo le conocí, la letra con la que escribía periódicamente cartas a su hermana que vivía en Suiza, esa hermana con la que yo me fui a pasar un mes en 1977.

En la hoja de respeto de ese librito encuadernado en cartoné azul mi madre le escribió una brevísima carta de amor a mi padre, la única que conservo.

Estuvieron más de sesenta años juntos. Ahora los dos han muerto ya.

 

9.

En el año 1977 yo estaba por cumplir trece años. Cuando fui a la Feria del Libro lo hice, claro, acompañado de mis padres, y de mi hermano, que es un año menor que yo. Paseamos lentamente por las casetas, nos detuvimos en muchas, y compramos muchos libros.

Libros que entonces eran novedades. Mis padres también compraban para ellos, aunque algunos de esos libros, finalmente, los acabaría leyendo yo. Gente joven entonces: Marsé, Umbral. Lo que había en las mesas de novedades.

En una caseta pasó algo sorprendente. Hojeábamos (y ojéabamos) libros. Entonces, una vendedora (lo recuerdo tan bien) le dijo a mi padre: cómprele este libro a su mujer. El libro tenía una portada rosa. No sé muy bien cuánto sabría esa vendedora de ese libro que quería venderle a mi padre para mi madre, o qué imaginaba de mi madre como lectora. El caso es que no compramos ese libro. Si lo hubiéramos hecho quizás mi vida hubiera cambiado. Más aún.

Era la edición de Argos Vergara, primera en castellano, si no me equivoco, de Ada o el Ardor, de Nabokov.

De ese Nabokov que moriría en julio de 1977, unos días antes de que yo circundara por primera vez el Léman.

 

10.

¿Qué libros de poesía había podido leer yo hasta entonces? ¿Qué había por casa? No, no había muchos, mis padres no eran especialmente aficionados, a lo que se ve. Pero había dos fundamentales.

Los dos eran libros buenos, de esos encuadernados en piel, cosidos, de la editorial elegante por excelencia, Aguilar. Los dos pasaron a convertirse en mis posesiones más preciadas, y me marcaron para siempre.

Uno, de muy pequeño tamaño, con un papel biblia finísimo, eran las Obras completas de Gustavo Adolfo Bécquer. Aún hoy puedo citar de memoria muchas de sus Rimas, que recorrí circularmente, en esa especie de lectura inagotable propia de los veranos de la infancia, tan largos, tan despejados de obligaciones y deberes, donde había tan pocos libros con los que dispersarse. Nunca he podido volver a leer así, sin temor, sin prisa, sin remordimientos por lo otro que no estoy leyendo.

El otro, mucho más importante, era el tomo de las Obras completas de Federico García Lorca. Ese libro estaba en muchas casas de la España de los años sesenta, había sido una edición que, se decía, el mismo Franco había autorizado, y era todo lo completa y cuidada que pudo ser entonces (faltaban piezas que fueron apareciendo después, como la Comedia sin título, por ejemplo).

No hay lugar aquí para explicar lo importante que fue Lorca para mí. Especialmente Poeta en Nueva York. Ya he hablado de ello, y volveré a hablar de ello.

En ese año 1977, cuando yo escribía sin parar, escribía poemas lorquianos, pero del Lorca más atrevidamente vanguardista. Y escribía poemas becquerianos, con su rima y su métrica.

No estaba mal para empezar.

 

11.

En la biblioteca paterna y materna había, además, ya lo he contado por aquí, como en tantas otras casas de entonces, la colección no completa (mi padre debió de cansarse de comprar en el quiosco de los periódicos, donde compraba el Pueblo, un tomito cada semana) de Libros RTV, que ponía a la disposición del público una selección bastante acertada de clásicos de todos los tiempos en ediciones razonablemente cuidadas.

De toda la colección, donde no abundaba tanto la poesía, recuerdo sobre todo la Antología poética de Antonio Machado, que igualmente devoré y memoricé y que hizo que se constituyera de ese modo la tríada de poetas mayores de ese momento auroral de mi entrada en poesía: Lorca, Machado, Bécquer.

No, no estaba mal.

¿Había más? Bueno, había mil más, porque otro de los volúmenes que se podían encontrar por casa se llamaba justamente Las mil mejores poesías de la lengua castellana, encuadernado en rojo y con la nómina más apabullante que imaginarse pueda de poetas mayores, menores y mediopensionistas, de los que se seleccionaba uno o dos poemas. Los más viejos lo recordarán. No daba para profundizar mucho, pero de ahí saqué también muchos nombres en esos años 1975, 1976, cuando el niño que era había roto a escribir poemas.

 

12.

¿Y cómo llegaron los demás poetas de 1977? Bueno, eran grandes nombres, y yo era, ya lo he dicho, realmente muy curioso y estaba atento a todo. Son años políticamente muy interesantes, ya se pueden imaginar. En literatura, lo decisivo era el progresivo final de los exilios, el retorno de los supervivientes, la aparición de nuevas ediciones de libros ya muy anteriores, la circulación más abierta de los títulos que habían estado proscritos. Un momento efervescente, en el que la poesía estaba realmente muy presente. La poesía contemporánea española, la poesía del siglo XX en España, un periodo de una riqueza difícilmente igualable.

Como rojillo de pro (en ciernes, más bien, pero el ambiente estaba preñado de eso, y el mero hecho de lo que ya se podía hacer, de lo nuevo, era tremendamente excitante) me interesaban ante todo los poetas prohibidos. El primero, claro, Miguel Hernández. En esa Feria de 1977, si no me fallan las cuentas, me compré (es decir, mis padres me compraron) dos libros de Hernández editados por Losada, la editorial argentina que fue fundamental por esos años. El rayo que no cesa o el Cancionero y romancero de ausencias pasaron instantáneamente a formar parte de mi bagaje y a volver a influir el modo en que escribía. Serrat, mientras, cantaba.

Otro libro que me compré en esa feria fue la Obra poética escogida de León Felipe, en una elegante edición de Espasa Calpe. León Felipe era otro de esos poetas recobrados, y su presencia en aquellos primeros años de mi vida como poeta es realmente abrumadora.

Miguel Hernández, León Felipe, siguen siendo poetas queridos por mí, pero ya no los señalaría entre mis favoritos, o entre los que me resultan más importantes. Cumplieron su misión, me otorgaron tardes inolvidables, tardes en los que yo quería escribir como ellos.

Porque yo quería sobre todo escribir, escribir, escribir. Nunca he dejado de quererlo, de hacerlo.

 

13.

A partir de ahí, de esa Feria, empecé a formar mi propia biblioteca, que fue creciendo tan rápido como la generosidad de mis padres (que fue mucha, loor a ellos) fue permitiendo. Las Ferias en junio, mi cumpleaños justo al acabar la Feria, y los Reyes eran los grandes momentos en los que me podía proveer de los libros ansiados. En aquella época empecé a acaparar catálogos de las editoriales (que conseguía justamente en las casetas de la Feria), a elaborar profusas y bien documentadas listas de deseos, a realizar pesquisas frecuentemente agotadoras por las librerías de Madrid, arrastrando a mis padres, que, además de ejercer de paganinis, no dejaban de quedarse boquiabiertos con la destreza con la que su retoño ofrecía informaciones precisas a los libreros sobre tal o cual edición de tal o cual poeta, frecuentemente ignoto.

En el curso siguiente del colegio apareció el libro de literatura del que ya he hablado y trajo nombres como Pessoa, o Borges, o Whitman. Pero antes de eso, cuando estábamos todavía en 1977, otros dos o tres poetas decisivos aparecieron en mi vida, para completar esa especie de rosa de los vientos en los que cada autor apuntaba en una dirección, y mi barco quería (y, sorprendentemente, podía) navegar en todas.

 

14.

Uno fue Blas de Otero, un poeta vivo entonces, a diferencia de los otros (aunque moriría muy poco después, en 1979). El primer libro que tuve de él fue una antología titulada Verso y prosa publicada en 1976 por Cátedra en uno de los primeros números de la colección Letras Hispánicas, que he visto, así, crecer desde sus primeros días, hace más de cuarenta años. Mi padre me dijo, lo recuerdo bien (yo tenía trece años...) que cómo había llegado a conocer a ese poeta. Lo dijo, esto es triste, pero es así, por miedo, porque aún Franco no se había enfriado del todo en su tremebundo catafalco, y las inercias son complicadas de atajar. Otero era un poeta rojo, asociado a la poesía social, permitido (no siempre, muchos de sus libros se tuvieron que publicar fuera de España), pero polémico. No sé, no me acuerdo cómo había sabido de Blas de Otero, pero lo cierto es que ese librito de poco más de cien páginas fue también decisivo en mi educación poética.

Y no lo fue exactamente por los poemas más decididamente políticos, que me excitaban, como adolescente que era, activista profundamente teórico y timorato, sino por los poemas de los dos primeros libros, Ángel fieramente humano  y Redoble de conciencia, tan llenos de angustia existencial. Algunos versos, como los de Juicio final, que es de Pido la paz y la palabra (yo, pecador, artista del pecado...), los recitaba cantando, como si me hubiera convertido en cantautor (la música era inventada, claro).

En un poema ya muy posterior, Blas de Otero decía Hoy es domingo y por eso / decía César Vallejo por eso, y hubo muchos domingos en los que leí a César Vallejo, otro de esos monstruos sagrados de mi infancia, el poeta en lengua castellana, probablemente, que, junto con Lorca, consigue acceder a las imágenes poéticas más complejas y atrevidas.

Primero fueron Los heraldos negros (Hay golpes en la vida, tan fuertes, yo no sé) y el disloque absoluto de Trilce, en las ediciones de Losada. Luego, en otra Feria que no pudo ser muy posterior, una edición estadounidense de Poemas humanos y España, aparta de mí este cáliz. En esa Feria me compré también los dos tomos de la traducción de José María Valverde en Lumen del Ulises de Joyce: la gente alucinaba conmigo, tenía quince años.

Lorca, Bécquer, Machado, Hernández, León Felipe, Blas de Otero, Vallejo. Ésa es la nómina. Nómina de huesos, que diría el peruano.

 

15.

¿Alguno más? Sí, alguno más, y hasta muchos, pero no se trata de ser exhaustivo. 1977 es el año en el que el Nobel es concedido a Vicente Aleixandre. En una papelería de mi barrio, donde comprábamos el material escolar (estaba al lado de mi colegio), una tarde, me compré Sombra del paraíso, en la edición de Losada. Aquí el aire era otro, otra la respiración. Los versos largos, las imágenes surrealistas pero no tan tensas como las de Lorca o Vallejo... A Aleixandre le tengo, siempre le he tenido, mucho aprecio, y me ha acompañado siempre desde entonces. Como premio de un concurso literario en mi colegio (lo hacíamos para la fiesta del cole que era el Día del Libro) me regalaron Diálogos del conocimiento. Otro año (en Navidad de 1977, justamente) me habían regalado Con la inmensa mayoría, de Blas de Otero. Sabían cómo alimentar al pequeño poeta...

Ese día, en esa papelería del barrio, me parece, me compré, también en Losada, Residencia en la tierra, de Neruda, que literalmente me voló la cabeza. Walking around: sucede que me canso de ser hombre (tenía trece años, pero ya estaba cansado de ser hombre, y eso no ha mejorado desde entonces). Mi relación con Neruda, del que también recorrí los Veinte poemas por entonces, se ha ido deteriorando, pero en 1977 estaba entronizado en mi canon, sin duda.

Otro libro que no puedo dejar de citar, perteneciente a la otra colección fundamental de mi biblioteca, Austral, es Hijos de la ira, de Dámaso Alonso, con esos versículos apabullantes (Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres, según las últimas estadísticas). La Generación del 27 fue el granero del que me alimenté durante años. Recuerdo la antología de Pedro Salinas en Alianza (El Libro de Bolsillo, el último miembro de la santísima trinidad de las colecciones), a cargo de un Julio Cortázar al que ya estaba leyendo entonces.

Curiosamente (y no sé por qué) Cernuda tuvo que esperar, pero cuando entró lo hizo, ya lo he contado, por la puerta grande. Y Emilio Prados, del que tengo que hablar más detenidamente en algún otro momento.

 

16.

Acompañado por ese breve ejército me dispuse a conquistar el territorio de la poesía. El empeño y la dedicación no se me podrán negar. A veces conseguí algún éxito. Poco a poco todo se fue haciendo más complicado, en la vida y en la literatura. Pero es de justicia reconocer que en esos días, en esos meses de 1977 se produjo la gran bifurcación de mi vida, y que otros libros, otros autores podían haber hecho que la historia se escribiera de otro modo.

Visto con distancia, y con la ternura que permite la distancia (una ternura infinita hacia ese chaval tan delgado, de cabello ingobernable, al que abrazaría largamente, pues lo cierto es que sufría, sufría bastante, y no hace falta más que leer lo que escribía para saberlo), no estuvo mal. El poeta en ciernes tenía buen ojo, buen gusto. Y el momento histórico era el que era, la circunstancia siempre está ahí.

Faltan poetas extranjeros, que tardaron en llegar (he mencionado a Whitman: fue de los primeros, en una voluminosa traducción completa de Leaves of Grass de la editorial mexicana Novaro), faltan autoras (esto es el signo de esos tiempos, y por fortuna luego llegaron muchas a mi vida, algunas decisivas como Alejandra Pizarnik). Hay mucha tristeza, mucha angustia, una marcada preferencia por lo obscuro, por lo difícil, por lo prohibido, por lo contrario a lo que se esperaba de mí. Aunque luego acabara siendo lo que se esperaba, pues fui científico, pero también fui poeta, aunque lo fuera clandestinamente.

No hay que exagerar, no fueron malos años, si es que la adolescencia puede considerarse alguna vez como buenos años, pero sí, esa Feria del Libro de 1977 nació alguien, nació un heterónimo que arrasó con todo y se convirtió, no ya en el ortónimo, sino en el único superviviente de esa masacre que otros llaman vivir.

 

17.

He estado ya en la Feria del Libro de Madrid de 2024, y aún iré algún día más. Si hago bien la cuenta, es mi Feria número 48. He estado en tantas Ferias ya en el siglo XXI como estuve en el XX. No he faltado ningún año.

Poco a poco fui dejando de ir con mis padres, o al menos me reservaba días para ir yo solo. Fui teniendo mi propio dinero, que me ganaba dando clases particulares, o pinchando discos, o arbitrando tenis. Luego terminé la carrera, empecé a trabajar de profesor, tuve más dinero, me fui gastando más en libros, ya los compraba durante todo el año, la Feria dejó de ser tan importante. Pero no, sigue siéndolo, porque ese día el comprar libros no es lo mismo que cualquier otro día en cualquier otra librería del mundo en que me compro libros. Ese día es 1977 y la emoción es la misma.

Durante años repetí una variante del ritual que ahora me parece casi imaginaria. En las mismas fechas en las que la Feria estaba en el Retiro tocaba pedir prórroga, que, en cuanto a ceremonias, era de las más penosas que imaginarse pueda. Puesto que estaba estudiando tenía posibilidad de retrasar la realización del, así llamado, Servicio Militar (la mili, vamos, no sé por qué convertida súbitamente en femenina). Yo había devenido profundamente antimilitarista, y era muy combativo entonces, en esos últimos coletazos del Servicio Militar obligatorio, que  duró, no obstante, lo suficiente como para que se me agotaran las prórrogas, me hiciera objetor de conciencia y tuviera que hacer, ya casi en la treintena, la, así llamada Prestación Social Substitutoria, pero eso se lo cuento otro día. Entonces, en los alrededores de mi veintena, todo contacto con el Ejército hacía que me pusiera a temblar.

Junto con otros cientos de jóvenes como yo, hacíamos una cola inmensa desde muy temprano por la mañana en el Gobierno Militar, que está en Atocha. Llevábamos nuestro certificado de estudios y la póliza correspondiente y nos sellaban la blanca (la cartilla militar) y hasta otro año. Para enjugar el mal trago, yo, entonces, me iba a la Feria. La primera vez, lo recuerdo bien, como yo no dejaba de ser un niño de barrio que se manejaba sólo lo justo por la geografía madrileña, me fui hasta la estación de metro de Menéndez Pelayo, cogí la línea 1, cambié en Sol a la 2 y salí por Retiro: desde allí sabía llegar a las casetas. Luego me di cuenta de que había hecho una estupidez, pues el Gobierno Militar está al lado de Alfonso XII, es decir, del Retiro, y desde allí basta ir hacia el Ángel Caído y ya estaba.

Ése es mi itinerario ahora, lo hago andando desde casa, saludo al Ángel y recorro lentamente las casetas. Y compro libros. Cada vez que voy me llevo alguno. O muchos. Acarreo las bolsas, los llevo a casa, a meterlos en esas estanterías en las que ya no caben más libros. Este año he conseguido un nuevo tomo de las Cartas de Kafka, en Galaxia Gutenberg, por ejemplo. Y algunas cartas de Rilke. Y una nueva edición de los relatos de Luis Martín Santos, también en Galaxia Gutenberg. Y una edición en Cátedra de Piedra y cielo, de Juan Ramón Jiménez, para añadir a los más de cien libros de o sobre el autor que tengo (JRJ no ha salido en esta evocación de los poetas de 1977, pero es sin duda el poeta que ha sido más importante en mi vida, junto con Rilke). Y dos tomos de cartas (las cartas son una de mis debilidades) de Lovecraft. Y un Gospodinov. Y un librito delicioso de Kim Nguyen Baraldi sobre Georges Perec. Y... y... Faltan días de Feria, la nómina se incrementará.

 

18.

Hay un poema de Lorca en el Poeta en Nueva York que comienza Aquellos ojos míos de mil novecientos diez. Lorca tenía doce años en 1910. Yo quería, al empezar esta entrada, contar algo así como lo que habían visto aquellos ojos míos de mil novecientos setenta y siete, cuando aún me faltaban unos días para cumplir trece años. Hubo un día en que escribí un relato (lo he puesto por aquí, en el blog) que titulé Habitación llamada trece años y que habla justamente de la destrucción de los libros y de la memoria de los libros. Aquellos ojos míos de mil novecientos setenta y siete leyeron mucha poesía, leyeron toda la poesía, y por eso, desde entonces, mire lo que mire, en algún rincón de la visión periférica, me acompañan esos poemas.

Rob, el eternamente inmaduro protagonista de High Fidelity (que se basa en una novela de Nick Hornby) posee una muy importante colección de discos de vinilo que, en un momento dado, en plena crisis existencial por su última ruptura sentimental, se pone a reordenar. Cuando la muestra a un amigo, éste no capta el principio rector de esa nueva clasificación. Entonces, Rob le dice que ha ordenado los discos por la fecha en los que los fue consiguiendo, por la fecha de entrada en la colección. Sería imposible para mí ordenar mi ya vasta biblioteca según ese criterio, aunque por fortuna, como ya he dicho, la memoria no es algo que precisamente me falte, así que recuerdo bastante bien cuándo y de qué modo compré la mayoría de mis libros.

Si lo hiciera, si pusiera un libro detrás de otro, esa línea de tiempo sería una paralela perfecta de la línea de tiempo de mi vida. Esa biblioteca se habría convertido entonces en mi biografía, llena de capítulos ya, tan extensa ahora que ya asoma la sesentena.

Les he contado el capítulo de 1977. Ya les iré contando, si siguen por aquí, algunos otros.

¡Buena Feria!