lunes, 27 de julio de 2026

Hang the DJ


Una reminiscencia

 

Driving in your car

I never, never want to go home

MORRISSEY

 

Para N.

 

1.

Puede que el concierto más importante de mi vida fuera uno en el que no estuve. A veces pasan cosas así. En este caso se trata del famosísimo y recordadísimo (para los que tienen edad suficiente, como yo) concierto que The Smiths dieron en el paseo de Camoens de Madrid el 18 de mayo de 1985, dentro de las fiestas de San Isidro. Contextualizo adecuadamente para los no madrileños y la gente que ha nacido después de esa fecha, o que eran demasiado jóvenes entonces para enterarse de lo que ocurría. En abril de 1979, apenas tres años y medio después de la muerte del dictador, Enrique Tierno Galván se convertía en alcalde de Madrid. El viejo profesor tenía entonces 61 años recién cumplidos, es decir, menos de los que yo tengo ahora. Supongo que eso me haría merecedor de ser llamado igualmente viejo profesor. Su figura política tan peculiar le convirtió en alguien inmensamente popular, hasta el punto de que su funeral, en 1986, devino un acto multitudinario. En términos culturales se le asocia, con justicia, a lo que se llamó la movida madrileña, si bien el término de marras merecería una discusión más detallada que ahora no vamos a hacer. Lo que es indudable es que el giro en la política cultural de Madrid fue brutal, y de eso nos beneficiamos los jóvenes que, como yo, estábamos por entonces en la adolescencia o frisando la veintena.

 

2.

Como consecuencia de la política municipal de Tierno, las fiestas de San Isidro en Madrid empezaron a incluir conciertos gratuitos de música pop. Algunos de ellos se celebraban en mitad de la calle literalmente. El paseo de Camoens de Madrid bordea el llamado Parque del Oeste, una denominación que siempre nos hizo mucha gracia a mi hermano y a mí, de pequeños, porque para nosotros, ávidos consumidores de cine vespertino en la tele de los sábados, el Oeste era el Far West, con vaqueros y pistoleros desenfundando rápidamente. Ahí, en el paseo, sin acotar de ningún modo, se montaba el escenario y la gente acudía, sin ningún control de aforo ni de mercancías peligrosas, ya me entienden. Estuve en algún concierto en Camoens, aunque no en el de los Smiths, y recuerdo empujones y avalanchas de las que salí incólume. Mi cuerpo tenía cuarenta y tantos años menos.

 

3.

En 1981 abandoné mi cole de barrio, del que ya he hablado algo por aquí. Era una anomalía: mixto, laico y rojo. Por cierto, que la gente que lo montó estaba justamente en la órbita de lo que acabó siendo en los primeros años de la Transición (otro de esos nombres y conceptos de los que, como la movida, habría que hablar largo y tendido, pero, vaya, esto es una entrada puramente memorialística y no conviene dispersarse demasiado) el PSP, el partido de Tierno, hasta que se disolvió para entrar en el PSOE. En aquellos tiempos sólo se podía hacer en el cole hasta 3º de B.U.P., había que irse a otro lado para hacer el C.O.U. Normalmente, los chavales del Lincoln, que así se llamaba mi colegio, nos íbamos a una academia muy conocida que había en la Gran Vía, porque los dueños eran más o menos los mismo. Ahí fui, y eso fue también muy interesante.

 

4.

La academia en cuestión ofrecía estudios de turismo e idiomas, y creo que sigue haciéndolo, o por lo menos lo hizo mucho tiempo. En aquellos años también se podía hacer C.O.U. Yo mismo llegué a impartir clases como profesor de C.O.U. recién acabada mi licenciatura en Físicas en 1987, muy poco tiempo porque me salió el puesto en la Complutense. La academia, que nosotros llamábamos impropiamente instituto, estaba situada en el número 59 de la Gran Vía, cerca ya de Plaza de España, y estaba apenas compuesta por varios pisos tipo vivienda, con clases un poco amontonadas y pasillos estrechos. Algunas ventanas daban directamente a la Gran Vía, siempre bulliciosa y atascada, que sólo apenas un año y pico antes aún se llamaba Avenida de José Antonio. Se lo cuento para que vean de qué tiempo estamos hablando. Por cierto, el nombre de la academia era… VOX. En aquel momento apenas podía confundirse con el de unos famosísimos diccionarios. Ahora, pues ya saben.

 

5.

Lo más excitante de todo eso es que cada día yo me cogía el metro en Campamento e iba en el suburbano hasta Plaza de España. En aquel tiempo el suburbano, que sólo por entonces empezó a ser línea 10, iba de Aluche a Plaza de España, hasta que se amplió a Tribunal y Alonso Martínez. Ahora hay que hacer transbordo en Casa de Campo, porque Campamento pasó a ser de la línea 5. El suburbano es una parte muy importante de mi juventud, como pueden imaginarse. El mero hecho de que fuera una línea anómala, el resto de un viejo ferrocarril de Carabanchel que sólo se hizo oficialmente parte del Metro cuando ya se habían hecho muchas otras líneas muy posteriores a él, ya es significativo. Si añadimos que mi casa en realidad estaba tan cerca de Campamento como de otra estación que se llamaba Empalme ya nos hacemos una idea de que había algo entre marginal y exótico en esa línea. Empalme era apenas un apeadero, que según las crónicas se construyó porque el promotor del barrio pagó para ello.

 

6.

Cada mañana, pues, yo me cogía el suburbano en Campamento, y, si los dioses de la mecánica lo tenían a bien y el tren no encallaba en la cuesta, cosa que ocurría bien a menudo (entonces no había estación de Príncipe Pío en esa línea y se iba de Lago a Plaza de España sin interrupción), acababa apareciendo frente a las larguísimas y también frágiles escaleras mecánicas que me conducían a la salida de Leganitos. Pocos pasos más y ya estaba en el VOX, donde asistía, alumno modelo que era, religiosamente a todas mis clases. Pero, además de estar allí, haciendo el C.O.U., estaba en un sitio mucho más importante: estaba en el Centro, cosa que, ya se pueden imaginar, no era trivial para alguien de barrio. El Centro era encima la Gran Vía, la calle de los cines, el Broadway (ejem…) madrileño. Muy interesante a los diecisiete años, créanme.

 

7.

En los recreos, porque no dejábamos de ser estudiantes de secundaria, y había recreos, solíamos bajar a los Sótanos, que estaban literalmente al lado. Los Sótanos era una galería comercial, obviamente subterránea, en la que había, por ejemplo, un gran salón de juego con pinballs y las primeras máquinas de marcianitos y una cafetería, donde nos comprábamos un bocadillo, y varias tiendas más, y, sobre todo, Discoplay. Discoplay era la tienda de discos más importante de Madrid entonces. Estar en el Centro haciendo el C.O.U. de repente permitía que uno, cada día, y si le apetecía, pudiera meterse allí a mirar discos, a ir pasando las inmensas pilas clasificadas alfabéticamente de LPs y singles, objetos fascinantes porque corporeizaban la música, devenida desde hace ya tantos años carne (es un decir) de streaming. Uno, por supuesto, no podía permitirse comprar discos así como así, podía caerle alguno por un cumpleaños o por Reyes, poca cosa más. Luego nos los intercambiábamos con los amigos y los grabábamos en cassettes. Pero ver discos, ver las portadas, era un deporte en sí mismo. Uno no podía escuchar más que lo que salía en la radio, cuando salía, pero se sabía (yo me la sabía, vaya) la discografía completa de sus ídolos. Y, cuando se podía abrir el disco, se podía sacar la funda que llevaba las letras… Impresionante, háganme caso.

 

8.

Estamos, ya lo he dicho, en 1981-82. La movida está estallando. El llamado rock español está empezando a periclitar. Movimientos anteriores como el rock sinfónico ya no me habían pillado. Los cantautores seguían vigentes, ya he hablado de ello hace poco. Pero por entonces yo ya tenía una radio con FM en casa (les cuento todo esto, un poco como el abuelo de los Cebolletas, para que puedan calibrar hasta qué punto el consumo musical de entonces no tiene nada que ver con el de ahora… aunque tampoco sabrán quién era el abuelo Cebolleta, claro) y había empezado a escuchar Radio 3, el tercer programa de la muy estatal y muy oficial Radio Nacional de España, que había empezado sus emisiones un par de años antes. Allí uno se topaba, por ejemplo, con Jesús Ordovás o Diego Manrique. Así que de la movida, sea lo que sea eso, yo era ya experto. Un experto de invernadero, convengamos, porque no soy de aquellos que pueden decir que iban todas las noches al Rock-Ola. El Rock-Ola estaba en Cartagena, a hacer puñetas de mi casa, y por las noches uno tampoco salía así como así, no nos vengamos arriba.

 

9.

En Discoplay había, además de discos, posters y flyers. En los flyers se anunciaban conciertos. Discoplay, de hecho, editaba un abundante boletín que podías pedir que te enviaran a casa por correo, gratuitamente, con todas las novedades. Era una publicación casi lujosa, yo la usaba para recortar las pequeñas fotos de las portadas y pegarlas en mis cassettes grabadas. Es también el tiempo de los fanzines. Los conciertos de entonces son los de los grupos que acabaron asociados a la movida. Yo miraba los flyers, incluso los coleccionaba, pero mis periplos musicales solían conducirme más bien a los conciertos de Serrat en el Parque de Atracciones. Y entonces llegó Camoens. Algo así, más o menos, estoy simplificando mucho.

 

10.

Justo por entonces se abrió otra tienda de discos en Madrid, que en seguida tomó la delantera a Discoplay. Se llamaba Madrid-Rock, y estaba situada un poco más allá, en San Martín, casi en Arenal. Un día, mientras estaba haciendo el C.O.U. en el VOX, con cierta premura, porque el recreo duraba media hora, me fui para allá y me compré The rise and fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars. De Bowie había sabido, sobre todo, por un artículo en una revista musical que se publicaba entonces, Vibraciones. Me compré el Hunky Dory en el M.F. de mi barrio. M.F. era una cadena de tiendas muy pequeñitas que vendían discos de segunda mano y también discos del momento, pero algo más baratos que en El Corte Inglés o Discoplay. En torno a las quinientas pesetas. Life on Mars? fue mi primer crush rotundo con Bowie, pero el Ziggy Stardust puso a girar mi cabeza, y aún me mantengo en esa órbita. Bowie es la respuesta a la manida pregunta de quién es tu cantante favorito. Aún no me he podido recuperar de su muerte.

 

11.

En esas estábamos, pues, cuando empezó a haber conciertos en Camoens, en las fiestas de San Isidro o en verano. Allí vi uno una vez cuyo cartel resulta sorprendente: el brasileño Jayme Marques teloneaba a Joaquín Sabina, que teloneaba a Gabinete Caligari, que me encantaban, que teloneaban a las verdaderas estrellas de la noche, al grupo que yo había ido a ver sobre todo, los Golpes Bajos. Eran malos tiempos para la lírica, y si aquellos eran malos, no les cuento cómo son estos… Y en Camoens, por esos días, tocaron los Smiths. Y yo no fui a verlos.

 

12.

¿Por qué no fui a ver a los Smiths en mayo del 85? A mí me gustaban los Smiths ya. Eran un grupo nuevo por entonces. Yo me había comprado, creo que en Madrid Rock, Hatful of hollow, que es una especie de recopilatorio de singles, y que tiene alguno de los temas más emblemáticos del grupo, como How soon is now? o Hand in glove. No sabía realmente nada de ellos. Pero en aquella época uno no tenía tantos discos, así que, los que tenía, los escuchaba como un poseso una y otra vez, por lo que ese disco, a día de hoy, me lo sigo sabiendo de memoria. ¿Por qué no fui, entonces? Seguramente, es triste decirlo, porque no conseguí liar a nadie. El ir a conciertos no era una cosa que se hiciera tan a menudo, o por lo menos yo no lo hacía, pero en aquellos días hubiera sido raro, por ejemplo, que me hubiera perdido uno de Serrat. Habría ido con mi amigo Miguel, con mi amiga Aurora. A los Smiths, ya…

 

13.

Todo esto lo reconstruyo ahora, pero me parece que ya por entonces los Smiths eran algo así como un vicio solitario mío. Sin conocer realmente las circunstancias del grupo, su planteamiento creativo o vital, hubo algo con lo que sintonicé poderosamente. Me apunté desde el principio a la poética de Morrissey, resonaba bien con mi inveterado romanticismo de aquella adolescencia irredenta en la que yo escribía poemas igualmente desgarrados. So please please please let me let me let me get what I want se cerraba Hatful of hollow y yo asentía: Lord knows it would be the first time. Yo tampoco conseguía lo que quería y, qué le vamos a hacer, era humano y necesitaba ser amado, como cualquier otro.

 

14.

Da un poco de vértigo cuando se piensa, pero los Smiths de entonces, los que fueron a ese concierto en Madrid, no habían sacado ni siquiera The Queen is Dead, acaso su disco más famoso. La setlist, que se puede recuperar, es, de todos modos, gloriosa. De hecho, el concierto entero está disponible en la web de RTVE. Fue retransmitido en La edad de oro, el maravilloso programa de La 2 que dirigía Paloma Chamorro y al que yo estaba seriamente enganchado. Se puede ver también la entrevista que hizo Chamorro a Morrissey y Marr. No estoy muy seguro de si vi ese programa, creo que sí, puede que no entero, porque, al fin y al cabo, televisión sólo había una en la casa familiar, y yo tenía que negociar con mis padres su uso para esos vicios solitarios míos. Ahora, al revisar el vídeo, todo resuena fuertemente, y desde mi conciencia actual, desde mi asunción presente (por fin) de mi particular sensibilidad, me parece increíble que en ese canal y medio de la tele de entonces haya podido verse la performance inolvidable de ese especimen glorioso que era Morrissey a punto de cumplir veintiséis años.

 

15.

Por cierto, que cuando quiero exhibir credenciales de participante en la movida, cosa que, de entrada, es falsa, porque todo eso pasaba muy tangencialmente por mi vida, y que, además, no tiene mucho sentido, porque movida es un concepto a posteriori, y bastante manido y mentiroso, pero, vaya, cuando quiero ponerme estupendo, recuerdo que un día asistí, justamente con Miguel y Aurora, a la grabación, en Prado del Rey, de un programa de La edad de oro. El artista en esa ocasión fue Marc Almond, que para mí era la mitad de Soft Cell, y que se marcó un muy interesante concierto en directo con un público fervoroso formado esencialmente por gays. Esto no es baladí, porque otra de las cosas que ocurrían entonces, y que de algún modo también tiene mucho que ver con los Smiths y mis pasiones ocultas, era que tóxica era propiamente un epíteto de masculinidad, esto es, era algo que iba implícito en el concepto de machito comme il faut, que era el objetivo del desarrollo de un adolescente e incluía, claro está, la homofobia, en ocasiones violenta. Yo, que nunca me adapté a ese estereotipo y que siempre tuve una sensibilidad muy acusada y tachable como femenina o directamente afeminada, puedo mirar ahora aquellos años con esa perspectiva y entender que eso, que aún llamaba la atención, era algo que directamente me apelaba, más allá de toda cuestión de identidad sexual, y puedo congratularme de que las cosas hayan ido siendo de otro modo. Y puedo también alarmarme ante la posibilidad de que podamos retornar a esos cenagales, Oscar Wilde que está en los cielos no lo quiera.

 

16.

Cuando empezaron los CDs me volví a comprar Hatful of hollow y me compré también The Queen is Dead. El reproductor de CD iba en una torre Technics que pude adquirir nada más empezar a trabajar en 1987 y ganar mi propio dinero (trabajar en la Uni, me refiero, porque sacaba dinero para discos y libros desde mucho antes, arbitrando tenis, pinchando discos, dando clases particulares de matemáticas). Los soportes de la música van cambiando en la historia de mi vida. No tiro nunca nada, pero lo cierto es que ya me limito a Spotify. La ventaja: allí está todo, y uno puede hacerse con la integral de los Smiths y explorar la carrera en solitario de Morrissey, tan dilatada ya, y a la que no fui prestando tanta atención, todo sea dicho, por más fascinante que me resultara el personaje. Mi devoción por los Smiths me lleva, injustamente quizás, a considerar esa época como insuperable.

 

17.

No es raro que Morrissey toque en España, y yo he tenido muchas oportunidades de verlo, aunque nunca lo haya hecho. Es verdad que cada vez voy menos a conciertos y que el concepto de festival me pilló ya algo mayor. Así pues, lo que voy a contar ahora, tampoco debe plantearse como algo especialmente épico: podría haber pasado antes o de otro modo. El caso es que el sábado estuve viendo a Morrissey en Barcelona. Era mi primera vez. Yo había ido a Barcelona porque en la madrugada del domingo se volvía a representar Seppuku de mi adorada Angélica Liddell, una obra de cuya première ya les hablé en su día. Los hados quisieron que justamente esa noche tocara Morrissey en un escenario ya de por sí peculiar, como el Poble Espanyol. No me decidí hasta el último momento, pero me compré la entrada y me fui para allá. Fue una maravilla, al menos para mí, porque era mi primer concierto de los Smiths, aunque ya no fuera de los Smiths, era el concierto al que no fui, cuarenta y un años después. Fui solo, no conocía a nadie al principio. Al final, después de saltar, gritar, llorar a ratos, empaparnos por la lluvia que cayó, todos los de mi alrededor éramos hermanos en Morrissey. Nos despedimos con un abrazo, seguros de que no volveríamos a vernos. Si alguno leyera esto, entendería lo que no voy a ser capaz de escribir.

 

18.

No es ya que Morrissey mantenga una figura envidiable, que siga teniendo grandísimas cualidades vocales y sobre todo que su presencia y su capacidad interpretativa conviertan en inolvidable cada número, es que, para mí, en algunos momentos, ese fue un punto bucle, un pequeño pespunte que cosía mi edad de ahora con la del veinteañero que no fue a ver a los Smiths a Camoens, un atajo, misterioso y también tramposo, que salvaba esa distancia temporal inconmensurable con una de las pocas herramientas a las que se puede acudir para realizar ese juego de manos que puede, sin duda, justificar el doloroso hecho de estar vivos: la música, el arte, la comunión del artista con el auditorio, de los miembros del público entre sí, de cada uno con los que ha sido y también con los que será. How soon is now? Es muy tarde, sin duda, pero de algún modo todavía hay tiempo. I know it’s over, y por supuesto que se ha acabado, pero todo, siempre, vuelve a empezar. Por eso los discos son redondos.

 

19.

Mucho, mucho tiempo después de que ocurriera todo lo que me había ocurrido en mi vida con los Smiths, cuando yo era ya otro, alguien muy diferente al de mi juventud y muy diferente, por fortuna, también al que soy ahora, alguien que, de todos modos aún seguía, en esos tiempos difíciles y nada propicios tampoco a la lírica, escuchando The Queen is Dead todo el tiempo, ahora en el CD del coche, descubrí que, además de conectarme con toda esa gente que soy, los Smiths tenían el password para encontrar una conexión inquebrantable con una persona. No es que hiciera falta el definir eso, porque la conexión existía ya, con toda su fuerza, pero el azar, el misterioso azar, hizo que, inesperadamente, descubriera que compartíamos canción, a pesar de la diferencia de edad, de las circunstancias vitales tan aparentemente opuestas. No es muy original, mucha gente tiene esa misma canción entre sus favoritas, pero ella sabe por qué lo digo, y por qué eso nos dio luz en la obscuridad. Una luz que nunca se apaga.

 

20.

Seppuku gira, ya lo sabemos, en torno al suicidio de Mishima. A las cinco menos cuarto de la mañana del domingo 26 asistimos boquiabiertos una vez más a esa increíble catarsis. Unas horas antes, a pocos metros de ese mismo teatro, Morrissey, en el bis, atacaba por fin los primeros compases de la canción que yo llevaba esperando todo el concierto. Nos pedía que le sacáramos por ahí esta noche, que quería ver gente, escuchar música, que no quería volver nunca, nunca a casa. Nosotros lo hacíamos, claro, le llevábamos en nuestro coche, y era verdad que no importaba si chocábamos contra un autobús de dos pisos o nos arrastraba un camión de diez toneladas, porque estábamos juntos, porque, ya que al final uno tiene que morir, the pleasure, the privilege es nuestro por morir juntos. He escrito toda mi vida sobre la muerte, el suicidio es un tema recurrente, también (sobre todo) lo era entonces, a los 21 años, escuchando a los Smiths en bucle. Sigo aquí, escribiendo sobre eso. Buena señal, imagino. En los vídeos que grabé el sábado mientras Morrissey cantaba, acompañado por las voces de todos nosotros, There is a light that never goes out se oyen mis berridos destemplados gritando a voz en cuello I don’t care I don’t care I don’t care. Y era verdad que no importaba.

 

y 21.

La vida son esos momentos, dijo ella cuando le escribí lo feliz que estaba por mi día y pico en Barcelona, con Morrissey y Angélica. Es verdad, ella y yo lo sabemos, porque somos gente que escucha a los Smiths, gente que avanza en coches entre autobuses de dos pisos. Me puse, para ir al concierto, una camiseta que había comprado por Internet unos días antes para la ocasión, con ese autobús de dos pisos y la frase de to die by your side is such a heavenly way to die. Se empapó de sudor y lluvia. Esa noche no dormí, fui al hotel, me pegué una ducha, me cambié la camiseta. Me puse otra también alusiva a los Smiths, que ponía Hang the DJ. Cuando volvía, a las nueve de la mañana, después de la función y el desayuno en el Lliure con algunos otros angélicos incorregibles como yo, paseando, contento como pocas veces, en una especie de jet lag, en esa mañana estupenda en Barcelona, me crucé por la calle Tarragona con una chica muy joven que me sonrió. Me fijé: llevaba una camiseta de Morrissey, seguro que había estado en el concierto de la noche anterior. Me había visto la mía y la había reconocido, había reconocido el Hang the DJ de Panic, por eso sonrió. Sonreí de vuelta. Habrá cuarenta años de distancia entre nosotros, tendrá la edad que aquel Agus tenía en 1985. Creo que eso lo resume todo perfectamente, y que es justamente por esos momentos por los que uno puede seguir subiéndose con amigos a coches que avanzan por la noche y en el fondo, en el fondo, pedir please please please que ningún double-decker bus se nos lleve por delante, al menos de momento, porque tenemos muchas cosas que hacer todavía y tenemos que vernos algunas otras veces, en un darkened underpass o en una calle de Barcelona o en cualquier otro lugar, y la luz, por ahora, sigue sin apagarse.

 


miércoles, 8 de julio de 2026

Esferas

 

I still seem to be holding that wisp of iridiscence, not knowing exactly where to fit it, while she runs with her hoop ever faster around me and finally dissolves among the slender shadows cast on the graveled path by the interlaced arches of its low looped fence.

VLADIMIR NABOKOV, Speak, Memory

 

1.

Hace algunos años ―el tiempo pasa muy de prisa, probablemente ese algunos ya debería ser muchos― di en componer una serie de poemas muy breves, casi epigramáticos, que evocaban algunos aspectos de mi infancia o, por mejor decir, del mundo en el que mi infancia se desarrolló, si es que realmente evocaban cosa alguna, pues no he sido nunca capaz de escribir poesía programática, y a duras penas transijo con la revisión de esas pequeñas criaturas que nacen de un impulso irrefrenable que, en tiempos faustos, uno tendería a llamar inspiración. Con ellos fui componiendo una carpeta que permanece, junto a la larga lista de archivos que pueblan mi ordenador, entre el olvido y el anhelo de convertirse alguna vez en algo, sin que ese algo tampoco se defina demasiado. El nombre de la carpeta, y del supuesto libro en que se pretendía convertir esa colección breve, discontinua y un poco falsaria es Nostalgia de la astronáutica.

 

2.

Como todos Uds. saben bien, nací en el año 1964, que, entre otras muchas cosas, era un año de la carrera espacial, esto es, de la guerra fría. Incluso en la remota España aún franquista, incluso en una familia de clase recién media, los niños de los sesenta teníamos derecho a soñar con el espacio. El Sputnik y su beep beep habían ocurrido apenas siete años antes de mis primeros vagidos, el primer paseo por la Luna me pilló ya con cinco años recién cumplidos y plenamente consciente de su transcendencia. El futuro era la exploración del Universo, que ingenuamente se planteaba bajo el signo de la colaboración de la Humanidad entera, cuando no era más que la continuación de la contienda infinita en otros ámbitos ya decididamente galácticos, cuando no era sino un episodio más de la interminable contaminación de todos los hábitats imaginarios por la especie humana. Pero no, el niño Agus de los siete, diez, doce años no había desarrollado aún ese grado de cinismo. Para él la astronáutica era algo fascinante, y hasta una aspiración posible.

 

3.

Nunca me planteé realmente en serio ser astronauta, ni siquiera me puse a considerarlo como opción. Apenas pesaba sobre mí la bendición impuesta sobre mi cabeza por mi abuela, la cual, según narraba la insistentemente repetida leyenda familiar, exclamó alborozada al verme recién nacido este niño será el conquistador de la Luna. Para conquistador me ha faltado siempre afán depredador, y la Luna era en aquellos días patrimonio de los yankees. Pero sí existió un deseo, un deseo de algo imposible, una imagen muy clara de lo que sería contemplar la Tierra desde fuera, un sueño de extravío como el del Major Tom antes de que, en Ashes to ashes, Bowie nos confesara que aquello fue apenas un all-time low. Cuando, tras mi largo devaneo entre las ciencias y las letras, el crush definitivo por la Física me llegó en el COU, me apunté teniendo clarísimo que sería astrofísico, que sería ahí, en el estudio de esa disciplina, que ya no era la devenida obsoleta astronomía, donde se maridarían por fin mis dos pasiones, la matemática y la poesía.

 

4.

Llegado el momento de decidir, esto es, en tercero de la licenciatura de entonces, que tenía cinco años, me parecía que aún no había tenido suficiente física de la dura con tres años y me metí en Física Fundamental, es decir, Física teórica: mecánica cuántica, teoría de campos, esas cosas. La Astrofísica se quedó ahí, y a lo que me acabé dedicando fue a la Óptica, donde sí, finalmente, me las arreglé para meter a la literatura en la ciencia y viceversa, como si esas cosas hubieran sido alguna vez territorios separados. Poco a poco mi pasión espacial fue envejeciendo conmigo. Una vez llegó incluso a haber astronautas españoles, gente de mi generación, con estudios semejantes a los míos. Quién te dice, si lo hubiera intentado en serio… Pero no, esos sueños de la infancia y la adolescencia se fueron convirtiendo en lo que son, miembros, acaso no los más despreciables, de la galería de figuras de cera del tiempo vivido.

 

5.

Y al mismo tiempo la propia astronáutica se fue debilitando en sí misma, perdido el impulso bélico que la animó, comprometidos los ingentes recursos económicos que se destinaban a las agencias espaciales. Ahora, con la iniciativa privada de por medio y una legión de horteras, nuevos ricos que juegan a subir y bajar como si fuera por un ascensor para decir que han estado en el espacio, resulta difícil entender la épica y, sobre todo para mí, la lírica de los viajes espaciales. Sic transit gloria mundi. Hasta las películas de ciencia ficción se me han ido haciendo difícilmente soportables. Crecer, madurar, para mí, fue aceptar la gravedad, entender como definitivo mi anclaje al mundo sublunar. Nunca daré un paseo espacial. Nunca veré a la Tierra ponerse desde la Luna. No son, probablemente, de los peores nuncas que compondrían la lista, propiamente melancólica, de las posibilidades desechadas, conscientemente o no, voluntaria o forzadamente, del haber vivido. En todo caso, o al menos así lo pensé entonces, Nostalgia de la Astronáutica era un título perfecto para lo que hubieran querido expresar, o explorar, aquellos poemas, de los que se escribieron algunas docenas, con desigual acierto.

 

6.

Uno de los que más me gustó siempre y me pareció más logrado fue éste:

Tiempos

en los que imperaba la cosmología

                          de las canicas.

 

Un universo en pleno cataclismo

                          de colisiones

que terminaban en un sumidero,

en un agujero negro definitivo

que llamábamos

                          gua.

Desde la mirada del físico veterano que ya era cuando lo compuse, y con la ternura con la que siempre contemplo los esfuerzos, realmente denodados, de aquel niño sempiternamente despeinado que fui, ese apocalipsis de bolsillo que suponía una partida de canicas, jugada en aquel patio yermo del colegio de un barrio también recién nacido y pródigo en descampados, con algunos compañeros de esos mismos siete años, me resulta adecuado para describir la zozobra del estar vivo circundado por ese terrible silencio eterno de los negros espacios que hacía temblar a Pascal. El Cosmos, una partida de canicas de no se sabe qué dios de siete años, o siete eones, a punto de perder sus bolas ante la jugada magistral de otro dios rival, igualmente infantil, cruel, asustado.

 

7.

Siempre fui un chico torpe, y más bien bajito, y no muy fuerte. Siempre fui un chico listo, el más listo de la clase. Siempre fui poeta, podía escribir poemas entre partida y partida de canicas, o de chapas, o recién venido de un partido caótico de fútbol en la calle, en otro de esos descampados frente a la ventana de mi casa, desde la cual mi madre nos vigilaba a mi hermano y a mí, un partido en el que, desde luego, no era el primer elegido para los equipos cuando echábamos a pies. Esa peligrosa condición, especialmente peligrosa para un varón de los primeros años setenta, me obligó a reinventarme, a enmascararme, a tratar de convertirme en un deportista algo más aseado, a aprender a ser absurdamente brutal llegado el caso, sobre todo, a ocultar todo un lado enorme, todo un universo lleno de astros esplendentes, en plena fuga, de cometas de colas inmensas, ese mundo interior del letraherido tan precoz, que también merecía su propia astrofísica, cuyos tratados fui escribiendo de turbio en turbio a lo largo de los años, hasta llegar a estos últimos capítulos del blog.

 

8.

No recuerdo muy bien cómo se jugaban esas partidas de canicas. Sí sé que éramos varios, que había un agujero extrañamente llamado gua, que las bolas tenían que acabar en él, que se podía utilizar el palmo para acercar la bola antes del lanzamiento, que se podía, me parece, golpear a las otras bolas, aunque quizás me estoy confundiendo con la petanca, que era deporte playero en esa misma infancia. No duraron mucho esas partidas, de todos modos: en esa misma arena fueron substituidas por competiciones de mucho mayor alcance, como las carreras de chapas, en circuitos intrincados, donde no valía el pique por fuera, o esos partidos de fútbol con otras chapas, éstas ya decoradas con los colores de equipos inverosímiles, como el Botafogo. En mi infancia, en realidad, jugar al gua, que es como se decía, no es ni siquiera muy importante. Pero sí recuerdo bien la fascinación que siempre me produjeron las canicas. Como objetos.

 

9.

Una canica es dura, transparente, pero también coloreada. Es rotunda, regular, perfecta en su género, representante de una excelencia geométrica que ya se estaba llenando por entonces de pi y de erres. Su interior es infinitamente menos reducible a ecuaciones, pues contiene una yuxtaposición intrincada de figuras fluidas, de tonos variadísimos. Uno tenía muchas canicas, las llevaba en el bolsillo, en los juegos más crueles podía perderlas, también podía intercambiarlas, como los cromos de futbolistas. Había que tener cuidado si el frasco en que se guardaban en casa, que casi siempre había sido de Nescafé, se abría y se desparramaban las bolas por el parqué, con el consiguiente estruendo para el vecino de abajo. Inasequibles al rozamiento, las canicas rodaban y rodaban y tendían a esconderse siempre en los rincones más inaccesibles. En la calle se ensuciaban de polvo, y uno las frotaba, para que no perdieran su brillo. Eran objetos casi inverosímiles, muestras de otros universos más brillantes y ordenados, testigos de que en algún lugar existía la fría perfección de los Elementos de Euclides.

 

10.

El capítulo 14 de ese libro maravilloso que es Speak, Memory, de Vladímir Nabokov, arranca con la tantas veces citada frase The spiral is a spiritualized circle. El autor liga entonces con la dialéctica hegeliana el misterioso desarrollo de toda espiral, que promete simultáneamente dos infinitos contrarios, como los de Pascal, el íntimo de un pasado anterior al comienzo del trazado, con volutas cada vez más apretadas, y el gigantesco de las vueltas ya decididamente cósmicas que puede apenas detener el margen de la hoja de papel. La tesis es un arco, la antítesis es el arco que lo continúa y parece desdecirse, pero entonces ya no hay empalme con el punto inicial, hemos huido, en las alas de la espiritual espiral, del círculo vicioso, y el tercer arco, el de la síntesis, rodea desde fuera los anteriores, y nada impide que ese proceso siga progresando, en una dialéctica potencialmente indefinida. Cada uno de esos arcos los asocia Nabokov con los periodos de su vida: su infancia y primera juventud en Rusia, su exilio europeo y su traslado al otro continente, del que volverá, en un cuarto arco aún no contemplado ahí, pues el libro es anterior, a un definitivo periodo, de nuevo europeo, en Montreux. Con precisión casi matemática, cada 20 años, se produce un nuevo giro de la espiral, que, como toda espiral, es decididamente vertiginosa, y, si no, que se lo digan a Judy Barton.

 

11.

Para presentar esa sucesión de etapas vitales, en el segundo párrafo de ese capítulo catorce (el catorce…), dice Nabokov: A colored spiral in a small ball of glass, that is how I see my own life. Es decir, una canica. Así es cómo ve su vida. Una canica que acoge en la transparencia de su contorno las serpientes de colores de su extraño interior caleidoscópico. La imagen es bella, sin duda, pero es tanto más significativa cuando recordamos, avezados lectores de ese libro impagable como ya somos, que justamente en el capítulo 7, en la mitad de ese recorrido que nos llevará apenas al 15, al momento en que el barco zarpa ya para cruzar el Atlántico, hemos visto otra canica, una que se escondía, en el sueño del niño Nabokov a bordo de los grandes expresos europeos, debajo de un gran piano. Eso, a su vez, evoca ―es un libro de resonancias inabarcables― la caverna que los mayores le ayudaban a construir al aún más niño Nabokov con un diván ligeramente separado de la pared y un par de cojines. El lugar donde se esconden las cosas, ese rincón donde se acumulan el polvo, las viejas monedas que ya no tienen valor y las canicas que nunca supimos a dónde habían ido.

 

12.

Ese capítulo séptimo de Speak, Memory, como ocurre en realidad con casi todas las partes del libro, ya había sido publicado por separado con anterioridad como un relato, concretamente en The New Yorker, en julio de 1948 bajo el título de Colette. El texto se había escrito en marzo y abril de ese año, mientras Nabokov estaba seriamente enfermo de los pulmones, con algo que pudo ser tuberculosis o cáncer, pero que al final quedó en la rotura de un vaso sanguíneo sin causa definida. Con otro título, First love, el cuento fue incluido en la recopilación de relatos Nabokov’s Dozen, que contenía trece cuentos, porque así son las docenas de Nabokov, y apareció en 1958. La historia editorial de Speak, Memory es compleja, y su edición final, extendida respecto de la de 1951 que aún se llamaba Conclusive Evidence, apareció en 1966. El relato, que no difiere demasiado de la versión de la autobiografía, comienza con trenes, como ya se ha mencionado, de los reales y de los de juguete, pues en todo momento hay esa dualidad entre las cosas grandes, de verdad y las pequeñas, a la escala del niño, y esa misma proporción es la que hay, de algún modo, entre las canicas y los cuerpos celestes. El viaje de la familia Nabokov los lleva de Moscú a París y de ahí a Biarritz, donde se produce ese primer amor con Colette, que en realidad se llamó Claude Deprès, que incluye un beso furtivo de ella en la mejilla de él mientras contemplaban una estrella de mar y un intento de fuga que apenas los lleva a la sala obscura de un cine. Tenían diez años.

 

13.

De este First Love, de este capítulo siete, se podrían decir muchas cosas, como de todos los textos de Nabokov, por nimios que parezcan, y se pueden decir más cuanto más se lo lee, algo que puedo atestiguar también en este caso, pues tras mi última relectura para preparar esta entrada, he descubierto bastantes cosas en las que no había aún reparado. En particular, hay muchas referencias a instrumentos ópticos, algo que por pura deformación profesional siempre me llama la atención. También hay continuas sugerencias de lo esférico, lo curvo, lo circular. Hay algo muy divertido, además. Es bien sabido el interés absoluto por las mariposas que Nabokov manifiesta en toda su obra y que articula su propia vida, que apareció ya en su infancia, como bien se cuenta en este mismo Speak, memory, y que le llevó incluso a una dedicación profesional durante un tiempo como lepidopterólogo. Pues bien, nos cuenta Nabokov que aprendió que en el euskera de Biarritz mariposa se decía misericoletea, lo cual es rotundamente falso. Puede decirse tximeleta, o, quizá por metátesis, mitxeleta (no micheletea, como apunta el propio Nabokov, incapaz de encontrar el vocablo que recordara en ningún diccionario). Misericoletea es, claro, un guiño: misery, Colette. Una historia de amor infantil que acaba en separación y que reverbera en toda la obra del ruso.

 

14.

Hay otra forma de decir mariposa en euskera: pinpilinpauxa. Con 12 años recién cumplidos pasé unos días de campamento de verano, junto con algunos compañeros de mi colegio, en Hondarribia, que todavía era sólo Fuenterrabía. 1976. A poco que se conozca la historia de España, y en particular de la transición, puede entenderse lo compleja geográfica y cronológicamente que resultaba esa aventura, quizá no tan inocentemente preparada por las autoridades de mi colegio, que era de barrio, extrañamente (para la época) mixto y rojo. De hecho, en el curso de esa estancia, un día, cogimos el autocar y pasamos a Francia. Era mi primer viaje fuera de España, algo que no resultaba tan trivial entonces como lo es ahora. Estuvimos, lo recuerdo bien, en Biarritz, no sé si también en St. Jean de Luz. Paseamos por la playa, esa playa donde Nabokov y Colette/Claude jugaban a hacer castillos, con apenas un par de años menos de los que yo tenía. Mientras, caía el gobierno Arias Navarro. La ikurriña estaba aún prohibida. Otros niños que había en el mismo albergue que nosotros arriaban la rojigualda cada tarde al ritmo del himno nacional. Mis padres, que habían hecho de tripas corazón para dejarnos ir a mi hermano y a mí, tan pequeños aún, con nuestros amigos de la clase y nuestros profesores, se mordían las uñas en Madrid pensando en las muchas cosas terribles que podían pasar.

 

15.

Pinpilinpauxa se llamaba una tienda que había, si mi memoria no se confunde y se deja llevar por el relato, cerca del albergue, o entre el albergue y la playa a la que bajábamos cada día, o tal vez en Donosti, donde íbamos a menudo. Nos hacía gracia la palabra, tan sonora. Sólo después aprendí que significaba mariposa, que el pin pilin acaso lo hacen las alas de la mariposa. Esta extraña sincronicidad no se me había revelado hasta el otro día, cuando empecé a concebir esta entrada. Es otra de las tantas que tengo con Nabokov y con otros autores que han sido tan importantes para mí, para ese otro lado del que no se hablaba en el patio del colegio a partir de cierta edad. No tan asombrosa, claro, como la de aquel viaje iniciático a Suiza, del que ya les he hablado tanto por aquí, que tuvo lugar en julio de 1977, apenas un par de días después de la muerte de Nabokov, en los mismos lugares donde pasaba mi tren, mi tren de verdad, desde la ventanilla del cual yo contemplaba boquiabierto por primera vez el Léman.

 

16.

El capítulo siete termina, bien proustianamente, con una coda en la que, con la complicidad de sus respectivos preceptores, Vladímir y Colette tienen un encuentro fugaz, ya plenamente otoñal, en París. Ella pasea un aro, otro de esos objetos circulares, y los patrones de luz y sombra del ramaje se mezclan con los brillos del cuero de sus guantes y sus zapatos en la memoria de Nabokov. Entonces, nos dice que there was, I remember, some detail in her attire (perhaps a ribbon on her Scottish cap, or the pattern of the stockings) that reminded me then of the rainbow spiral in a glass marble. Hay un detalle del atuendo, pero ya no se sabe cuál, que, en ese tarde parisina, la última que compartieron esos dos niños de diez años, a Vladímir le sugirió la espiral irisada de una canica. De eso sí se acuerda con claridad. De hecho, aún le parece estar sosteniendo ese breve jirón de iridiscencia como sin saber dónde ponerlo, en qué parte de esa indumentaria, que se va disolviendo mientras ella se aleja con su aro. Esa canica volverá siete capítulos más tarde para definir la existencia del autor, y se la puede encontrar en algunas otras ocasiones, como en Despair, en una partida que juegan dos niñas dos veces ante los ojos del atrabiliario Hermann, obsesionado por su imaginario doble. Aparecerá en un bello verso del bello poema de John Shade en Pale fire: and heard the wind roll marbles on the roof. Espirales, bolas de cristal, esferas transparentes, y fuera, algo, algo que sólo tú y yo sabemos.

 

17.

Lupas, anteojos ―los de su hermano Sergei, que moriría trágicamente―, espejos, infinitos juegos de luz. Son muchas, como lo son siempre, las menciones a la Óptica y sus instrumentos en este relato. Hay una más, al final, infinitamente evocadora, la de un pequeño visor en un portaplumas a través del cual podía apreciarse a miraculous photographic view of the bay and of the line of cliffs ending in a lighthouse. Un memento de esa playa, esos acantilados, un faro, paisaje que ya se ha abandonado, un souvenir de ese verano, el verano de Colette, que ya no va a volver. Un microcosmos portátil, visible a ojo guiñado, ojo pequeño de un niño que se afana, con el estorbo de sus propias pestañas, en ese peephole of crystal, en esa minicanica que refracta la luz y forma la imagen de la minúscula fotografía ahí insertada. Conozco todas las leyes físicas que rigen esos fenómenos, las he explicado a mis alumnos durante décadas, son sencillas, aplicaciones de esa geometría que incluye rayos que penetran y asaetean igual que incluye esferas cristalinas. Ese conocimiento no substituye, ni limita, la poesía de esa visión. Eso son también las canicas: multum in parvo, alephs, inagotables.

 

18.

El Aleph no siempre fue una esfera. El desarrollo textual del cuento está bien atestiguado, al haberse conservado el manuscrito, estudiado entre otros por Julio Ortega y Elena del Río Parra, que publicaron en 1995 en El Colegio de México una bella edición facsímil que tengo en mi biblioteca. Ahora se nos hace raro, pero el primer Aleph fue un Mihrab, cosa que, por otro lado, condice bien con la perversa postdata que niega, en una enmienda a la totalidad, la realidad del Aleph de la calle Garay, para encerrar al verdadero Aleph en la columna de una mezquita de El Cairo. El mihrab es el punto al que se dirigen las plegarias en la mezquita, pues señala la dirección de la Kaaba. En la arquitectura del cuento esa posición focal es apropiada. También se ha hablado mucho de un caleidoscopio. Lo menciona singularmente Estela Canto, la destinataria del cuento, por la que Borges bebía los vientos con su consabida torpeza amatoria allá por 1945, cuando el Aleph se estaba cocinando, y ese caleidoscopio, que un Borges aún vidente, aunque de agudeza visual cada vez más limitada, manejaba por entonces, le habría proporcionado la inspiración para esa concepción memorable del punto en el que se pueden ver ―si están o no ahí sería más largo de contar, uno de tantísimos temas posibles de discusión y divagación en este cuento con más capas que una cebolla, una cebolla aléfica― todos los puntos del universo.

 

19.

El Aleph acabó por ser, inevitablemente, una esfera, como la esfera de Pascal, que tampoco es de Pascal, ésa de circunferencia inalcanzable y centro ubicuo a la que Borges dedica un ensayo. La esfera arrastra desde siempre el prestigio de su monotonía: todo en ella es igual, todas las direcciones son la misma. Un objeto que pretende simbolizar el universo a duras penas puede ser anisótropo. En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, nos cuenta el confundido, casi balbuciente Borges del relato, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. En efecto, el Aleph es una canica.

 

20.

Tornasolado, iridiscente. No es infrecuente en la iconografía de la maiestas domini que el Pantocrátor sostenga la bola del mundo. Cuando el Renacimiento derivó al manierismo, ese objeto, al que le bastaba con ser redondo para ser el Cosmos, empezó a hacerse más complejo. En el Museo del Prado hay algunos ejemplos reseñables. Cuando, con mis compañeras de la Facultad, concebimos, para nuestra asignatura de Historia de la Óptica, una visita guiada al Museo del Prado en la que se mostraran diferentes elementos ópticos en los cuadros, seleccionamos alguno de ellos, pues la refracción de la luz en ese objeto curvo, la disposición incluso de las propias esferas cristalinas de los orbes celestes, la representación del mundo sublunar abajo, en el lugar de la gravedad, en el otro lado de la gracia, eran muy reseñables. Hay, en particular, un Salvador atribuido a Joos van Cleve, rotundo en su frontalidad de icono bizantino, en el que la elaboración del paisaje es sorprendente. Esa bola de nieve que deja ir Charles Foster Kane cuando expira, pronunciando su Rosebud, que no es, claro, el nombre de su trineo ―qué absurdo sería eso― sino su mote cariñoso de niño, el que su madre le había bordado en su trineo, es la misma bola del mundo que sostiene Cristo, la misma canica que arrojamos inclementemente al gua, porque jugar es el único modo en que es posible de sobrellevar esto que, a falta de mejor nombre, llamamos vida.

 

y 21.

En uno de los fragmentos que se pueden atribuir con razonable seguridad a Heráclito de Éfeso, se afirma que el tiempo es un niño que juega, un niño que compite con otros, que intenta desplazar con su canica la bola de los otros. De todas las canicas de mi infancia hay una que recuerdo con gran claridad, que me parece estar viendo aún ahora. Era blanca y azul, pero un azul muy, muy profundo, un azul que no puede ser marino, ni obscuro, sino cósmico, un azul que sólo podré llamar azul canica y del que no podré decir nada más, pues soy el único que lo ve, como Marguerite Duras, así lo declara en La vie materielle, era la única que sabía cómo era el azul del écharpe azul de Lol V. Stein. Jugando con esa canica yo creé y destruí innumerables Cosmos, como el protagonista del memorable cuento The power of words de Edgar Allan Poe crea mundos con las palabras de gozo y dolor que le ha hecho proferir su amor desdichado. Quiera el destino que los pequeños habitantes de esos universos diminutos en los que mi canica azul fue acaso la estrella Sirio hayan sido felices, y que en esos planetas de bolsillo hayan existido las mariposas, se llamen como se llamen en sus lenguas inimaginables.