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lunes, 1 de septiembre de 2025

Doblaje

 Un relato de viajes

 

[Cuadro de Isabelle Vernay-Lévêque realizado a partir de lo descrito por Georges Perec sobre el Cabinet d'amateur de Heinrich Kürz, y que figura en la portada de la edición española de la obra, publicada por Anagrama en 1989.]



Con el tiempo, la idea del doble se me hizo obsesiva. Durante muchas semanas no pude trabajar y no hacía otra cosa que repetir esa extraña fórmula esperando quizá que, por algún sortilegio, mi doble fuera a surgir del seno de la tierra.

JULIO RAMÓN RIBEYRO, Doblaje

Un soir, en entrant dans ma chambre, je m’aperçois assis sur mon lit. D’un coup de poing, j’anneantis le fantôme qui a volé mon apparence.

MICHEL LEIRIS, Nuits sans nuit, sueño del 12-13 de abril de 1923

L’auteur, un certain Lester K. Nowak, intitulait son article Art and Reflection: “Toute œuvre est le miroir d’une autre”, avançait-il dans son préamble.

GEORGES PEREC, Un cabinet d’amateur

 

1.

El día 18 de agosto, tres días antes de partir, acabé (o quizás sería más pertinente decir el que yo era entonces acabó) una entrada del blog que giraba en torno a la idea del doble, tema al que justamente esos días estaba dedicándole bastante tiempo. Acaso ese mismo día, o quizá el día anterior o el posterior, llevado de ese interés, leí un relato que aún no conocía del peruano Julio Ramón Ribeyro. El cuento se titula Doblaje, está datado en el año 1955 y fue incluido en su día en la recopilación Cuentos de circunstancias (1958), aunque yo lo leí, claro está, en el grueso tomo de los Cuentos reunidos del peruano, publicado por Alfaguara en 2024. Doblaje es un relato muy breve y su trama es sencilla. El narrador en primera persona, un pintor afincado en Londres y aficionado al ocultismo, se declara obsesionado con el tema del doble. En un tratado de esoterismo que perteneció a su padre y que procedía de la India, lee esta frase, que está en el origen de la acción del cuento: Todos tenemos un doble que vive en las antípodas. Pero encontrarlo es muy difícil porque los dobles tienden siempre a efectuar el movimiento contrario. Ahí, en esa formulación, radica el mayor mérito, la mayor originalidad del cuento de Ribeyro, que es capaz, así, de innovar un género tan manido ya como el de las historias de dobles.

 

2.

La peripecia del relato no es, en sí, decisiva y, de hecho, creo que, en otros cuentos, como el que se comentó aquí en su día (Papeles pintados), Ribeyro raya a mayor altura, pero su solvencia como narrador le permite resolver la historia adecuadamente. Acicateado por lo que ha leído, nuestro narrador se embarca impulsivamente en un viaje que le llevará a Sydney, en Australia, en las antípodas de Londres (lo que es geográficamente inexacto, pero suficientemente aproximado). Una vez allí se da cuenta de lo alocado de su objetivo, y simplemente decide pasar unos días, ya que ha realizado un viaje tan largo, recorriendo la ciudad. Entonces, se enamora. Winnie, su amada, no sabe a qué atenerse con él. La voz que narra impone también su punto de vista: hay en el comportamiento de Winnie una familiaridad que a él le extraña, pero de algún modo él va encontrando también en ese entorno, especialmente en una casa que alquila, un cierto reconocimiento, una cierta tranquilidad. Todo acaba mal, por un ataque de celos ante la sospecha de que Winnie ya ha estado con alguien en esa misma casa. Rota la relación, de vuelta en Londres, recuperada su habitación de hotel, algunos pequeños detalles le revelan que, durante su ausencia, alguien, que no puede ser él, ha sido él. La presencia de una mariposa amarilla, que es un habitante del mundo de las antípodas, pues el poseedor de la casa era un lepidopterólogo, como Nabokov, nos da, en la última línea, la clave del relato. En el viaje se ha producido una substitución, una doble substitución, y el viajero, en Sydney, ha retomado la vida que dejó en suspenso el australiano que, simultáneamente, se desplazó a Londres para vivir la vida de nuestro narrador. La sincronía perfecta ha permitido ese vaivén, que ha dejado, no obstante, algunos restos: un cuadro que estaba a medias ha sido terminado, una relación amorosa se ha roto, una mariposa ha aparecido literalmente en el otro lado del mundo.

 

3.

El relato está, sí, fechado en 1955 y, junto al dato del año se añade la ciudad en la que fue escrito: París. Ya sabemos que Ribeyro vivió largos años en la capital francesa. Hacia ella me disponía yo a ir dos, tres días después de la lectura, a revivir (el verbo es apropiado) mi semana de Morel. La mera economía en la enunciación nos obliga a ser inexactos. El que yo era el 17, el 18 o el 19 de agosto, el que leyó el cuento de Ribeyro, dio paso al que yo fui el 20 y entonces al que yo fui el 21 de agosto, ése que tuvo que madrugar para ir a Barajas a tomar un avión que le depositó en Orly algunas horas después. Y aún somos demasiado sintéticos, pues nos conformamos con una sucesión de animales de un día, que tienen un tiempo de vida semejante al de algunas mariposas, tal vez amarillas. Tendríamos que ir, quizás, al minuto o al segundo y aún así no habría motivo real para quedarnos en ninguna de esas divisiones, y poco a poco se iría abriendo paso la verdadera realidad: la absoluta liquidez de nuestro ser, que no es sino un estar siendo. Por eso asesinamos nuestras mariposas, por eso nos vemos obligados a colocarlas, infinitamente rígidas, en nuestros álbumes de insectos. Para poder nombrarnos. Para poder contarnos.

 

4.

Lleguemos, pues, a un compromiso. Digamos que el 21 de agosto yo, el que estoy escribiendo esto en la misma mesa en la que leí el cuento de Doblaje hace dos semanas, me desplacé a Barajas y tomé un avión. Aceptemos que el yo de siempre, el que vive en esta casa, el que posee este ordenador (aunque este ordenador es un portátil y eso, como se verá, plantea dificultades nuevas) concibió un viaje de retorno a París, la celebración de un ritual que se repite cada año, y ejecutó las acciones pertinentes para llevarlo a cabo. La actuación de ese yo, que no hace falta que veamos como precario y fluido hasta la evanescencia, pues su insistente repetición de tantos años en las mismas rutinas, en las mismas localizaciones, le ha dotado a estas alturas de cierta consistencia, ese yo que soy, o sea, yo, la primera persona, me marché a París el día 21 para pasar una semana. Y ahí, justo ahí, justo en esa frase, se acaba mi historia, o se acaba la primera persona, que entra en un letargo o hibernación del que sólo se despierta, justamente, una semana después.

 

5.

Sí, es así como funciona. Por eso nos debemos dotar de espacios liminales como aeropuertos o estaciones, de rituales de paso, por eso debemos solemnizar y dificultar el proceso, ubicando hitos en un trayecto que de ninguna manera puede ser fluido, porque en esa fluencia nos perderíamos, o, por mejor decir, se perdería él, el no nato, el naciente, el Viajero, que es el protagonista de esta historia. Así, en algún momento, quizá en el traslado en autobús o en metro o en taxi al aeropuerto, o ya allí, en la cola de la facturación, o en el control de pasaportes (sí, justo ahí, en el momento en el que nuestro documento de identificación se convierte quizás así en un acta de defunción y una partida de nacimiento), o aún sentado tomando un café, o leyendo un libro (el libro que yo, es decir, el que yo era el 20 al preparar la maleta, eligió) junto a la puerta de embarque, o más probablemente ya en el avión, en ese lugar inconcebible que puede no estar en el suelo, ahí, a la vista de todos (pero todos están sufriendo la misma metamorfosis) nace el Viajero, y su parto suele ser complejo, involucra esperas, malos tratos por parte de las autoridades aeroportuarias, que se han venido multiplicando con los años, inmovilidad forzosa en asientos mal dimensionados, frío, calor, sed, turbulencias, retrasos, ascensos y descensos. Y entonces, ya en otro lugar, ya en otro país, ya interpelado en otra lengua, ya recuperando la maleta tras nuevas esperas, ya tomando otro autobús, otro metro, otro tren, cumplimos el objetivo: dejar de ser nosotros.

 

6.

No nos engañemos: el Viajero nace, después de esos dolores de parto, visiblemente disminuido, como un Hyde cualquiera, y, sobre todo al comienzo, los primeros dos días quizás, siente una fatiga muy particular, y no acaba de estar a gusto en su piel, en sus sábanas, en la mesa de la habitación de hotel que he insistido en poder tener. Hay en él como rastros de la piel perdida, hay como una hibridez un poco desasosegante, la permanencia de afanes y cuestiones que corresponden al otro, al que leyó el cuento de Ribeyro, al que preparó la maleta, al que decidió los libros para el viaje, al que puso el despertador a las seis y cuarto. Y entonces, más fácilmente de lo que parecía al principio, el Viajero renace y toma posesión de sus dominios y depone a su vez los atributos de su carácter transitorio, y cede su cuerpo al siguiente protagonista, el más extraño de todos, el más precario, el que tiene una vida más corta a la que se aferra sabiendo que sus días están contados, y que su existencia depende infinitamente de las decisiones de sus predecesores. Hablo del que vive en París, del Doppelganger al que substituyo o me substituye, al figurante en el tableau vivant de la Invención de Morel, al que deambula, acaso, por la Rue de Seine hacia el arco que da al Quai de Conti y de ahí al Pont des Arts, habitante de pleno derecho de esa toponimia que la Ciudad Luz comparte con la obscura Ciudad de nuestros sueños.

 

7.

Por lo tanto, hay trampa en esto, hay truco. Porque el que escribe soy yo, el monótono yo de siempre, el viejo que vive en Madrid desde siempre. Así, soy, en el mejor de los casos, un ejecutor testamentario, y en el peor (y siempre es el peor) un impostor, porque al hablar de lo ocurrido lo hago del lado de acá, ya que nos hemos puesto cortazarianos, y el lado de acá está lleno de tics, vicios, cobardías y una fatiga que no es la del cambio de piel, sino la fatiga que lleva instalada en los huesos desde hace ya tanto. Pero eso pasa siempre. Por eso la literatura siempre es mentira, y la literatura es incompatible con la vida, es lo contrario de vivir. Lo que ocurre, y eso ya lo hemos discutido bastante por aquí, es que, para ciertos seres como yo, es decir, como yo, o Yo, si quieren, y por cierto también para el Viajero, en eso no es diferente, ese modo de no vivir es el único modo de vivir posible. Ésa es la excusa, eso es lo que nos permite recurrir a las notas en la libreta Leuchtturm, repasar los libros que se han comprado (abundantes hasta la demencia) y las cosas que se han anotado en ellos, recuperar algunos indicios, objetos, mirar fotos, acceder al archivo de la memoria del Otro, del que también somos dueños, por más que usurpadores, y pergeñar así una cierta crónica, un cierto informe, más que nada para que la Desmemoria, que es algo que constituye al yo en igual medida que la Memoria que lo funda, no acabe por llevarse más de lo que le corresponde, ya que ante todo viajamos, ante todo transigimos a la metamorfosis, para densificar el tiempo, para convertir en melaza ese hilillo de agua que no deja de descender hacia el Nunca.

 

8.

Éstos son, pues, los santos del viaje (santos llamaba Unamuno a los cromos en Recuerdos de niñez y de mocedad, y también figuras y vistas). O al menos una selección de ellos, hecha un poco al descuido, y dejando correr la pluma, o los dedos por el teclado, que es como yo (ese yo que soy casi siempre) escribo estas entradas. El Viajero acaso apostillaría, o incluso se rebelaría ante el atrevimiento de desvelar sus andanzas (y no hablemos del Doppelganger parisino, que siempre ha llevado muy mal su dependencia absoluta de este ser ajado y pretencioso que soy). Da lo mismo, la literatura siempre es a posteriori. Sólo en los extraños instantes de la iluminación mística nos anticipamos, o, para ser más exacto, nos marchamos del Aquí y el Ahora a un notiempo que es la tierra que nos prometieron las musas cuando empezamos, tan niños, a juntar letras.

 

9.

La primera tarde, después de la visita obligada (estamos hablando de los rituales del Viajero) a L’écume des pages, donde ya cayeron algunos libros, me dirijo (se dirige él, pero es mejor que no sigamos por ahí, porque nos perderemos: yo ahora es él) a otra de la lista de librerías imprescindibles que está, por lo demás, en el barrio, a unos pasos del hotel, que es el mismo de los últimos cuatro años. Ahí es donde vive el Doble. Esa librería es Compagnie (en los días sucesivos, no lo detallaré, compré muchos otros libros, y visité mis otras librerías y algunas más: Joseph Gibert, la Gallimard de Raspail, Tschann, La Procure, Les Traversées…). Tengo algunas compras ya prefijadas, llevo días y semanas en Madrid pensando en autores y libros. Encuentro algunos. Entonces, hojeo otros en las mesas. Hay uno de la colección L’imaginaire de Gallimard, no es en absoluto una novedad. El autor ha andado rondando por mi cabeza, asociado a Raymond Roussel, uno de los protagonistas del viaje cuyo santo, sin embargo, no aparecerá por aquí (ya habrá tiempo en alguna entrada futura): Michel Leiris. El libro se titula Nuits sans Nuit et quelques jours sans jour, y es un diario de sueños.

 

10.

El Viajero tiene al menos dos privilegios que yo no poseo, por más que fatigue las librerías madrileñas con un empeño digno de mejor causa. El primero es que no se las sabe ya, puede sorprenderse por una mesa de novedades, puede hojear autores que no esperaba, encontrar frases que le llamen la atención, comprar libros que no conocía. El segundo de esos privilegios es que a él le pasan cosas. El Viajero es un ser, sí, efímero y frágil, como la mariposa amarilla que es, pero por eso mismo está abierto a otras corrientes de aire, ha dejado atrás la inmovilidad de la crisálida y sus pesadas reflexiones, la vida rastrera de la oruga, tan alejada del vuelo, tan angustiada ante la aparición de los pájaros. Es al Viajero y sólo a él al que le corresponde, en tanto oficiante del rito, abrir un libro al azar por una página al azar y leer la descripción de un sueño suyo. Es decir, de un sueño de Leiris que es igual a sus sueños. Un sueño de hace cien años. He abierto desde entonces varias veces el volumen, nunca ha vuelto a abrirse por esa página, la 45. Tampoco ahora, que lo abro para copiarlo aquí.

 

11.

No hago una transcripción completa, y además lo traduzco con mi siempre dudosa capacidad de traducir el francés. Comienza en un paisaje que me es muy familiar, que ha sido un paisaje recurrente en mis sueños desde siempre: Viajes, ferrocarriles. Antes de abandonar París, o pasando por París, me he citado con mi madre en, por ejemplo, la estación de Amsterdam. Es decir, y esto es algo decisivo, porque constituye uno de los hechos diferenciales de mis sueños más interesantes: hay un antes, la acción del sueño comienza in medias res y se sabe de dónde se viene. Leiris, de hecho, lo hace explícito: en el sueño me parece recordar un sueño antiguo, que se me presenta como un precedente a la situación presente. En ese sueño, que dentro de la vida del soñador (otro de esas entidades-mariposa de nuestra larga familia del estar siendo) es el pasado inmediato a ese presente del ser-en-el-sueño, es decir, de su vida, Leiris dice haber olvidado su maleta en otro tren. Como conoce en qué compartimento se la dejó espero el tren siguiente con la certeza de que la recuperaré en el compartimento correspondiente, y termina, rotundamente, ce qui arriva, en effet, es decir, lo que tenía que ocurrir acaba ocurriendo, porque el soñador disfruta de una cierta precognición, como también dispone de una memoria que le permite situar este sueño en una sucesión de sueños que se desarrollan en esa Estación del mundo onírico, donde las cosas se pierden y se recuperan, porque nosotros, es decir, los que estamos del lado de acá, o quién sabe si es el lado de allá, o de arriba o de abajo, somos los guionistas de ese sueño, y a veces nos permitimos hacernos pequeñas trampas en el solitario.

 

12.

Trenes, sueños con pasado, capacidad de anticipación, cosas que se pierden y acaban por recuperarse justo ya en el límite de la vigilia, o tal vez no, pero igualmente uno se despierta y se dice: era un sueño, no has perdido ninguna maleta, ni te has dejado el coche aparcado en una calle que no recuerdas, ni se ha marchado el avión mientras tú no acababas de organizar un equipaje demencialmente escurridizo, ni te has extraviado una vez más por esa parte de la Ciudad que conoces pero en la que recuerdas haberte perdido, ni, no, tampoco eso era cierto, te has besado con Ella, ni tus padres están vivos otra vez, ni esos poemas que tan claramente viste, mecanografiados en un montón de folios bien ordenados, existen de este lado, del lado de acá o de allá o de dónde sea al que has vuelto, porque eres yo, Je, eres tú, eres el vígil, eres el que debe darse la vuelta cuanto antes para respirar de una buena vez. Ese sueño es el de Leiris, y fue al día siguiente un sueño de Henri Michaux, un autor al que recorrí con avidez hasta que se convirtió en uno de esos escritores marcados por mis lecturas hospitalarias en los meses en los que mi padre tuvo que transitar el doloroso sendero hacia su muerte. El diario de sueños de Michaux tenía también trenes. Era más elaborado, menos directo que el de Leiris y extrañamente me era desconocido, a mí, que dispongo ya de una buena quincena de libros de Michaux en mi biblioteca y, por eso, cuando me lo topé (cuando se lo topó el Viajero, que es al que le pasan las cosas) en Gallimard de Raspail al día siguiente acepté el guiño y supe que eso sería lo primero que contaría en la entrada que escribiría (pero no ya el Viajero, que escribiría yo, aunque al fin y al cabo él y yo compartimos futuro), que ese sería el primer santo del álbum.

 

13.

Como se ve, todo se dispone bajo la estética de la mise en abyme, que me es tan cara. Eso se hizo ya del todo evidente cuando el Viajero (que estrictamente no lo había leído todavía, pero yo sí, yo lo había leído de corrido y conteniendo la respiración y estallando de puro goce, en castellano, cuando lo compré un día, así, de improviso, en el Thyssen de Madrid) se compró (en L’écume des pages, justo antes del libro de Leiris, pero no lo empezó a leer, o releer o lo que fuera, hasta la mañana siguiente) Un cabinet d’amateur, de Georges Perec, que justamente me faltaba tener en francés. Esa obrita, una de las últimas de su autor, es una maquinaria endiablada, una extraña joya que casi, en abyme, reproduce la geometría de La vie mode d’emploi a una escala de miniaturista, elevando si cabe la apuesta aún más. Hablamos de un cuadro (imaginario, claro, pero quién se pondrá a establecer fronteras en el planeta llamado Perec) que representa justamente un gabinete de aficionado, una colección particular de pinturas, un género frecuente en ciertos periodos, especialmente en el arte flamenco. A partir de la idea de ese cuadro-hecho-de-cuadros, Perec saca de su chistera la familia entera de conejos, y algún tiranosaurio, como diciendo: ahí os dejo eso, yo ya me voy marchando. Y es una pena, porque soy tan joven y aún tengo tantas otras chisteras llenas de animales inconcebibles…

 

14.

Heinrich Kürz se llama el pintor que representa la colección del industrial norteamericano de origen alemán Hermann Raffke. Como cabe esperar de Perec, los guiños son infinitos (he descubierto, de hecho, uno espectacular en esta última lectura, que no revelaré, pues es un secreto de iniciado…) y el juego es por momentos hilarante. Pero lo más relevante para este pequeño informe es el hecho de que, en el cuadro de Kürz, entre otras muchas obras, se incluye a ese mismo cuadro, lo que genera, claro, la mise en abyme paradigmática de los espejos enfrentados, pues dentro de ese cuadro que está en el cuadro está otra vez el cuadro y dentro de ése otra vez está el cuadro y cada vez esos cuadros son más pequeños, acaban por ser diminutos, pero la pericia de Kürz hace que los detalles puedan seguir distinguiéndose y entonces (otra vuelta de tuerca) uno aprecia que la reproducción no es exacta, que el pintor introduce, voluntariamente, pequeñas variantes, y además todo eso está inmerso en otro nivel superior en el que el cuadro está en una exposición acompañado de los cuadros reales que en él se representan, y su dueño, orgulloso, se sitúa frente a él, y se ve a sí mismo representado en él, y acaba por hacer que en su mausoleo se le entierre frente a él y todo esto no es sino una pequeña, pequeñísima parte de los misterios gozosos que encierra esa obrita de menos de un centenar de páginas, un pequeño milagro que nos revela, por si aún no estábamos convencidos, que Perec es otra liga.

 

15.

Es abusivo, pues, no ya comprarse libros sin mesura, sino comprarse libros que ya se tienen, y además ponerse a leer justamente esos libros en vez de otros, en París, y es ya casi un gesto de exhibicionista hacerlo en el Café de la Mairie, en la Place de Saint Sulpice, esa atalaya donde Perec se instaló para pergeñar su Tentative d’épuisement, pero éstas son las cosas que hace el Viajero y a él le salen bien. Así pues, en dos días ya habíamos pasado de los dobles a los sueños, a los abismos y a los juegos matemáticos y literarios, y eso ya justificaba el viaje y elevaba directamente al éxtasis al Viajero, que, por otro lado, baqueteado como está ya por muchas aventuras no siempre exitosas, tampoco le pide tanto a sus periplos. Por eso, el que esa noche, en el hotel, en su portátil, que es un objeto, pues, transdimensional, porque es este mismo que uso para la crónica, pero él, o una réplica suya, también estuvo hace unos días en el hotel de París conectado con un HDMI que previsoramente yo incluyo en el equipaje siempre para que el Viajero pueda ver en la televisión de la habitación lo que él quiera, esa noche, digo, con ese portátil, que es éste, de entre todas las películas posibles eligiera, una vez más (en los hoteles, al final, acabo siempre poniéndome las mismas películas, son como fetiches del Viajero) Vértigo.

 

16.

Vértigo, de la que podría decir tantas cosas que agotaría no ya el espacio disponible de la entrada, que ya va siendo escaso (en el 20 paramos, como siempre), sino libros enteros (y a lo mejor alguna vez escribo uno) trae de vuelta al doble, y a la mise-en-abyme, y a la révenante, y a la espiral, y al vértigo (el vértigo de los puentes, de las torres de las catedrales), y tantas otras cosas que rimaban bien con lo que ya estaba pasando, pero eso el Doppelganger lo halla por instinto, sin pensar, y por eso tengo que desvestirme de mí y dejarle mi lugar, para que desenrede mis madejas y me regale las perlas que encuentra donde yo no veo sino ostras. O piedras. Cerradas. Vértigo se acompañó al día siguiente (las señales se encadenaban ya vertiginosamente) en Tschann con un libro titulado Vertiges y una ostentosa espiral en su faja que versaba… sobre Borges (aunque luego no tanto). Y con Borges ya viene todo. Si añadimos a Nabokov, que también me acompañaba desde Madrid (estoy releyendo Despair, acaso por tercera o cuarta vez, cosa de los dobles, ya les contaré), ya estábamos todos. Las claves de lectura de la ciudad del flâneur van así cambiando, y el Luxembourg, o el Sena, o el Panthéon, o la Tour de Saint Jacques y hasta la mismísima Tour Eiffel se ven de otro modo cuando uno piensa en que ese paseo a ninguna parte es compartido con Madeleine, porque dos personas pueden también errar juntas sin rumbo.

 

17.

Chartres entonces, pero Chartres no puede contarse aquí tampoco, da para demasiado. Era mi tercera visita, y, como ocurre siempre cuando uno (o él, o quien sea) retorna a un lugar, el lugar no puede ser ya el mismo, porque uno ya no lo es. Y más cosas, más lugares sagrados, y otros que lo son igualmente, pero no lo habían sido hasta ahora, se han incorporado. Así, perequianamente, la manzana de casas del 17éme arrondissement que cortaría diagonalmente la rue Simon-Crubellier, en cuyo número 11 tiene lugar la múltiple peripecia de La vie mode d’emploi. O la iglesia de Sainte-Marie-des-Batignolles, donde Andreas, el Santo Bebedor, de Joseph Roth, no acaba de ir para depositar su ofrenda ante la estatua de Santa Teresa de Lissieux. Todos mis paseos por París están, inevitablemente, teñidos de literatura.

 

18.

También volví al Cementerio de Montparnasse, donde fui aquella Navidad de 2022 en la que el blog justamente estaba por nacer (y volví a repetir, porque la repetición es el signo del ritual, y por lo tanto de mis retornos a París, el café de la rue de la Gaité donde escribí las notas que figuran en la segunda entrada de este Pálido juego, ya lejana en el tiempo). Allí visité a Julio Cortázar, entre algunos amigos más: la tumba de Baudelaire con su lápida sempiternamente cubierta de besos, sin los de Angélica esta vez, o la de César Vallejo, en donde alguien había dejado unas gafitas, o la de Cioran, que tiene un buzón donde se puede mandar correspondencia de ultratumba para el difunto, o la de Beckett, o la de Éric Rohmer, que fue decisivo, para bien o para mal, en mi educación sentimental de cinéfilo juvenil de los ochenta. Si buscan por el blog verán que ya les he contado cosas parecidas (lo tienen fácil: en el listado de categorías o de palabras clave que aparece a la derecha en la versión PC cliqueen París). Ahora, para evitar que la lápida de Cortázar se ensucie o quede cubierta por billetitos de metro y otras pequeñas ofrendas, se ha colocado como un árbol en miniatura con unas pincitas para colgar en esas ramas los mensajes. El Viajero cumplió escrupulosamente con la ceremonia: sacó su billete de Métro, escribió en él Entonces había juego, que es la frase que abre todos los juegos y que viene de un relato en el que alguien acaba arrojándose, como Madeleine, y firmó con mi nombre y con la fecha del día. En París, entre otras cosas, uno visita a sus muertos.

 

19.

Y sus muertos pueden no tener que ver con París y ni siquiera estar muertos al comienzo del viaje. Verónica Echegui se nos murió como el rayo y justo un poco después cayó Eusebio Poncela. El Viajero, que lee esas noticias en la pantalla de su móvil o de su portátil, él, que antes buscaba con avidez El País por los quioscos de todas las ciudades del mundo, y lo conseguía, hasta en Shanghái, se entera de estas cosas y las incorpora a su relato. Y decide, entonces, que esa noche, en la pantalla en la que ha visto Vértigo, y poco más, porque está muy cansado por la noche y además lee y escribe y entonces directamente se duerme, va a poner Arrebato, que es otra de sus (y mis) películas sagradas. Y entonces, porque el destino tiene estas cosas, el círculo acaba por cerrarse, porque ahí tenemos de nuevo el doble y la mise en abyme y el amour fou y la muerte y hay un vampiro cinematográfico que es el ojo de una cámara y es también una jeringuilla y uno se da cuenta de cuánto ha admirado, ha querido, a Eusebio Poncela a lo largo de su carrera (por La ley del deseo, que es mi película favorita de Almodóvar, y eso es mucho decir, y por Martín (Hache) y por Intacto y por tantas más) y cómo todas esas películas recurrentes puntúan el transcurso por mi vida, y cómo nos hemos hecho tan viejos repitiendo esas cosas, pero es justamente esas cosas a las que cabe aferrarse, como a esa colcha o sábana a la que se agarra Eusebio, o José Sirgado, en el último plano, con los ojos vendados, mientras el tic tic tic del disparador de la máquina le conduce a la deflagración final, y el Viajero recuerda, con los ojos empapados en lágrimas, incómodo porque no le gusta ver la televisión tumbado en la cama y cansado de un día de muchos kilómetros andados y muchas líneas escritas y leídas, cuánto me gusta el cine, y cuánto le apetecería que, como le ocurre a Sirgado, al cine le gustara yo también.

 

20.

El veinte. Acabamos este memorial que se añade a los anteriores de mis semanas de Morel en París. Esto sirve, aunque no sea para nada más, para eso: para dejar constancia, para poder no olvidar, o, sí, olvidar (la memoria del Viajero es inestable) pero acabar recordando lo que se ha escrito. Perec sabe bien que para eso es para lo que se escribe, en última instancia. Me dejo cosas y gente, como Christian Bobin, y la extraña constelación que se reúne en torno a él y que estoy empezando a conocer: Lydie Dattas, Alexandre Romanès, Jean Grosjean, Jean Marie Kerwich, Jacques Reda, Dominique Pagnier… de casi todos he comprado libros. También, la enésima reaparición de Nerval, que reclama ya desde hace mucho mi atención para que le escriba, para que escriba algo, que no es una entrada en el blog, algo más grande, sobre él. Hay que acabar, hay que mandar esto al ciberespacio para que empiece a generar sus propios ecos, para que la mise en abyme se complique aún más, para seguir añadiendo capas a los sueños y las historias, para que todos los que somos, en todas las antípodas imaginarias, se conecten y sean consumados en esa conexión. Cierro, pues, les dejo un último mandato (un último ruego, no estoy en posición de imponerles nada): el de Pedro a Sirgado cuando, pasando las páginas del álbum de cromos (Unamuno diría santos) de Las minas del rey Salomón pronuncia las palabras mágicas (Pausa, Arrebato) y señala con su dedo al cromo con más colores y le dice ¡mira! En ese ¡mira! está toda la magia y la poesía del cine y en la mirada de Poncela, que se abisma en la contemplación de su propia infancia, acaba por encerrarse, en un último rizo, en un último bucle, en una última vuelta de tuerca, toda la arquitectura efímera del Viaje, todo el bagaje del Viajero, que no ha tenido que facturar, sino dejar simplemente en la habitación donde vive el Doppelganger, hasta su próxima visita, que esperemos que se llame abril y Angélica Liddell en el Odéon.

sábado, 26 de octubre de 2024

La relojera

Una historia de amor




Sujete el reloj con una mano, tome con dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.

JULIO CORTÁZAR, Instrucciones para dar cuerda al reloj

 

I.

Me enamoré de una relojera. Me recibía en su taller, a menudo con la lupa de relojero en la órbita ocular. Un día le expliqué la óptica de su instrumento y ella me sonrió con su ojo enorme y con su ojo más pequeño. En las manos, un destornillador diminuto con el que peinaba el tiempo. Un momento, me decía, y ese momento era de una precisión infinita, de una perfección de relojera que ajustaba con un leve giro de muñeca un segundero aherrojado en su errancia. Sólo entonces nos besábamos, y con su dedo me daba cuerda al corazón y yo podía seguir viviendo.

 

II.

Cuando nos besábamos, como ocurre siempre en los besos, el tiempo se detenía. A veces nos besábamos tan largamente que ella, desesperada, tenía que poner en hora todos los relojes de su tienda, pues se habían parado y, cuando yo le ofrecía otra vez mis labios, ella se resistía al principio, pero finalmente seguíamos subvirtiendo la cronología del establecimiento, gozosamente, y cuando los clientes irrumpían para decirnos que sus relojes de pulsera no marchaban bien les mirábamos sonriendo burlonamente y nuestros dedos hacían girar las pequeñas coronas para que el dios Saturno no se encolerizase aún más por el desorden de su reino.

 

III.

Hacíamos el boca a boca al tiempo agonizante, reanimábamos el tiempo póstumo, nos recostábamos en la pared de fuera del tiempo y a nuestro alrededor sólo había un acantilado circular bajo el cual conspiraba la rueda catalina de un mar ultravioleta. Nuestros besos eran bombas de relojería, y podía oírse nítidamente el tictac de nuestros corazones, y nosotros pensábamos en escaparnos de allí y viajar hasta el meridiano de Greenwich para hacerlo saltar por los aires con unos besos que ya no se atendrían a agenda alguna, que ya no se inscribirían en ninguna planilla, que ya no estarían sometidos a horarios. El planeta, mientras, no se atrevía a mirarnos y seguía en su órbita, muerto de frío y tedio, soñando a su vez con el disco de la luna.

 

IV.

Cuando me marchaba, ella me decía: cuando llegues a casa no te olvides de registrar los besos en su archivo, y yo, obediente, lo hacía, en el gran libro de cuentas de pastas marrones que había sobre mi escritorio. Y miraba a un firmamento engañosamente quieto, y en mi pecho se escuchaba la música de un carillón.

 

V.

Un día ella, muy despacio, se quitó el reloj de pulsera y me lo tendió, sonriendo. A mí me costó un poco reaccionar, pero también me quité el mío y se lo pasé. Cada uno se colocó el reloj del otro. Esos fueron nuestros esponsales.

 

VI.

Me enamoré de una relojera. Su taller estaba al lado del de Dédalo. Yo, al pasar, le veía tallando sus muñecas articuladas. En la pared, los grandes planos azules del laberinto. Él me sonreía sin mucho afán y yo creía ver siempre en sus ojos acuosos el reflejo de unas alas chamuscadas.

 

VII.

La familia de mi relojera había tenido una fábrica de norias. Su padre había dilapidado toda su fortuna en los casinos. En la última mesa, durante noches enteras, jugaba, apostando pernos y varillas, mientras, en la fábrica ya sin techumbre, esperaba el gran motor, pesado, con el momento angular definitivamente mutilado. En la mesa redonda las manos se sucedían dextrógiras y, a cada renuevo del ciclo, la entropía se había cobrado nuevas víctimas y el vislumbre de la extinción final se iba haciendo más nítido.

 

VIII.

Me enamoré de una relojera. Su sueño, me confesó, era que nos besásemos en el cuartito abuhardillado que hay detrás del gran reloj del campanario, donde las manecillas son levógiras. Nuestras sombras, sin duda, se verían del lado de la plaza, y nuestros cuerpos mostrarían su propia hora, y cada parroquiano tendría que decidir con qué tiempo se quedaba, con el de los besos o con el de la descomposición. Nunca subimos, ay, al campanario, mi vértigo no lo permitió. Ahora, cuando desde la plaza miro al gran reloj, que lleva parado tantos años, me la imagino transmitiendo con los brazos, en un extraño alfabeto náutico, el mismo mensaje siempre: no tardes. Y algunas mañanas la plaza se pone a girar, como un tiovivo de enormes figuras de animales mitológicos, o, mejor dicho, como un zoótropo. Del otro lado de sus rendijas nos contemplan, acaso, ojos multifacetados. Y nos intercambiamos el trébol de infinitas hojas.

 

IX.

También amaba las estaciones, en cuyas fachadas los arquitectos nunca habían olvidado reservar un sitio a una gran esfera en la que peleaban dos agujas demasiado grandes como para poder llamarlas manecillas. Ella las miraba fascinada y probablemente se soñaba arponera para clavarlas en el gran lomo circular de la ballena blanca que es el reloj.  

 

X.

Aunque ella prefería las maquinarias, no ignoraba que el tiempo podía ser árido y también líquido, que los alemanes llaman al reloj de arena el vaso de las horas, y que la clepsidra la inventó, a decir de los clásicos, Ctesibio. Cada día que llovía imaginaba miles de clepsidras mal sincronizadas que iban marcando tiempos disímiles con su leve música pulsante. Y en las playas contaba olas y sabía que cada una tenía su propio huso horario y por eso se bañaba largamente y mientras nadaba sus labios iban besando a cada ola en el idioma que le correspondía.

 

XI.

Me enamoré de una relojera. Me dijo: todo lo que sé me lo enseñó Joseph Roth. Conservo su colección de relojes de bolsillo en la trastienda. Cada vez que se hacía con un reloj nuevo, Roth procedía a desmontarlo con destreza. Con el tiempo fue mezclando las piezas de sus relojes, generando bestezuelas híbridas que galopaban gozosas en su tiempo multicolor. Luego fue perdiendo el pulso, bebía demasiado. Pero le conocían todos los relojes de la ciudad y cuando pasaba le saludaban con campanadas subversivas. Las autoridades estaban desesperadas, pero él sonreía y pedía otro Pernod y seguía escribiendo en medio del estruendo del café, en el que las conversaciones se amontonaban como la arena en el vaso de abajo, justo cuando ya está a punto de llegar el momento de dar la vuelta.

 

XII.

Algunas noches, la tabernera, consciente de que el tiempo de Roth se iba agotando, hacía girar las manecillas hacia atrás, para que volviera a ser la hora del primer Pernod, y Roth, que apenas cabeceaba unos minutos entre frase y frase, empuñaba la pluma con nuevos bríos, y a su alrededor los parroquianos, que habían olvidado que el paso del tiempo no lo marcan los relojes, sino los astros, que existen en un exterior ya inalcanzable para ellos, alzaban sus vasos y repetían una vez más las mismas historias. Y la tabernera sonreía y decía: cuéntamelo otra vez, hay tiempo de sobra.

 

XIII.

Me enamoré de una relojera. Ella me escribía cartas circulares, en las que la punta del compás giraba muy, muy lentamente, tanto que a mí me parecía que se había olvidado de mí entre letra y letra, y cuando aparecía la siguiente ene, o la siguiente ele, me sorprendían, como si de los números de la esfera hubieran caído íes y uves y equis y el tiempo, blanco como la nieve, no pudiera ya decirse con nombre alguno. Y entonces la siguiente letra aparecía y yo sonreía, y así fueron pasando los años.

 

XIV.

Una noche, cuando era un niño, oí cómo mis padres rompían sin querer el vidrio del reloj que me habían regalado para la primera comunión. Ellos estaban en el salón, yo estaba en mi cama, pero no estaba dormido. No dije nada, tampoco a la mañana siguiente, pero lo cierto es que esa noche lloré en la habitación a obscuras. Cuando se lo conté a ella me dijo: llorabas porque era el tiempo de la niñez el que se había roto. Cambiamos el cristal, pero no sirvió de nada. No mucho tiempo después me compraron un reloj nuevo con la esfera negra y agujas fosforescentes. No sé qué ha sido de ninguno de esos relojes, no estaban en la casa de mis padres cuando la desmantelamos, no sé en qué extraña morgue de relojes pueden esconderse los relojes que contienen los minutos aquellos del no estar todavía dormidos, y mira la hora que es.

 

XV.

Mis padres me habían enseñado a descolgar el teléfono y marcar el cero el nueve el tres y entonces una voz mecánica declaraba en ritmo ternario la hora que era. Y colgábamos y volvíamos a descolgar y la voz era incansable y calculábamos los segundos para que cambiara el minuto y eso nos regocijaba. Pero lo cierto es que el tiempo seguía corriendo entre llamada y llamada y sigue corriendo ahora, cuando ya no hay teléfono alguno que descolgar en ninguna rinconera.

 

XVI.

Un día ella me dijo: ¿te gusta mi reloj nuevo? Era un reloj de pulsera cuya correa era una banda de Moebius. Yo la recorría despacito con mi dedo y volvía al lugar inicial después de haber transitado por las antípodas del Cosmos. Y las manecillas también recorrían sus propias bandas de Moebius y el tiempo se hacía inabarcable y contradictorio.

 

XVII.

Yo, entonces empecé a regalarle relojes cada vez más finos, que se confundían con su piel, colgantes con relojes diminutos, grandes relojes de pared en los que vivían bandadas de pájaros. No me daba cuenta de que cada reloj escribía un nuevo morse en la cacofonía en la que se iba convirtiendo el estar vivo. Ella se iba perdiendo en su selva de relojes. Preocupado, le regalé un espejo, con la esperanza de que la duplicación de esa selva anulase la entropía y nos permitiera habitar, siquiera a ratos, el tiempo estancado del que, dicen, gozan los bienaventurados. Pero los cucos empezaron a comunicarse con sus gemelos zurdos y pronto la casa entera estaba llena de reflejos discordantes y no había modo ya de orientarse en aquel laberinto de múltiples minotauros minúsculos.

 

XVIII.

Pasaba mucho tiempo entre beso y beso y el tiempo que pasaba no era igual para ambos. Yo me daba cuenta de que iba atrasando cada vez más, y ella, compasiva, no decía nada, pero, cuando me marchaba, ella miraba con desazón el gran reloj de péndulo que había junto a la puerta y asentía, incapaz de engañarle a él.

 

XIX.

Era demasiado pronto para morir y demasiado tarde para estar vivos. Éste es nuestro limbo, nos decíamos, aquí somos seres intermedios. Pero los relojes de nuestras muñecas se habían vuelto hemipléjicos y nuestra visión periférica no alcanzaba siquiera para vernos la mano contraria. Cuando ella blandía las herramientas de su cirugía, el temblor le impedía ajustar los minutos de arco y la gran rueda se lanzaba entonces por la pendiente, como la roca de Sísifo, y cada vez nos costaba más entender lo que decía la boca del otro.

 

XX.

Es la espiral, dijo ella un día, y supimos que el momento angular había empezado a agotarse, que ya no había gigante alguno para voltear el vaso de horas, que los jugadores de ajedrez se habían olvidado hacía ya tantos jaques de pulsar el botón del reloj alterno. Estábamos montados en el tiovivo asintótico, a la larga habría que aprestarse al último duelo, a la esgrima de manecillas en la que el reloj es siempre más diestro. Y, mientras, los números se iban diciendo unos a otros: ya queda menos.

 

XXI.

El laberinto se deshacía a ojos vista: sus muros, súbitamente arena, se desmenuzaban. Entonces nos dimos cuenta de que éramos topos y llevábamos una eternidad cavando en un reloj de arena. Y cerramos los ojos, y dormimos muchos siglos, y la fresa del tiempo fue tallando inclemente la forma de nuestro olvido.

 

XXII.

Yo, interminablemente, recorría la ciudad. Una vez crucé al otro lado del río. Allí vivía el zurcidor de máscaras. Le entregué mi rostro. Me lo prometió para dentro de una semana. Asentí, pero no podía sonreír, pues carecía de boca. De todos modos, en el mostrador, mi cara esbozó una mueca, lo que, dadas las circunstancias, resultó más que suficiente. Al otro lunes me entregó el paquete. Me coloqué la cara mirándome al espejo del río. Los labios estaban como nuevos.

 

XXIII.

Un día, en una tienda de discos, la relojera y yo nos volvimos a encontrar. Había pasado tanto tiempo. Nos sonreímos. Ella, entonces, dijo: la inmortalidad es irrelevante, porque el instante es irrepetible. Postergarlo sólo contribuye a difuminarlo. El tiempo no fue nunca cuestión de engranajes. Yo juego con los relojes precisamente porque carecen de importancia. El tiempo es justamente lo que habita en los intersticios, es el hueco inobservable de la danza del minutero, es lo contrario del transcurso, lo contrario del espacio. Nunca debimos acompasar los besos con los gongs, nunca debimos adoptar la escala tonal o creer que a cada noche Penélope deshacía la tela del relato. Nunca fuimos verdad, siempre fuimos ficticios, pero eso era lo que había que ser, había que ser los chayules que emborronan la lectura del libro de Scheherezade, había que ser los dobles que viven en nuestros sueños.

 

XXIV.

Salimos. El día era tan luminoso que la rotación parecía haber sido abolida. Fuimos paseando hasta la estación. Abordamos el primer tren. Nos bajamos en la estación siguiente. Nos cambiamos de vía, al azar. Cogimos otro tren. Jugamos a los viajeros durante ese día estático. Al final, cansados, recostados el uno en el otro, cuando finalmente la noche había acabado por imponerse, entramos en nuestra estación, como si todo el tiempo hubiéramos ido montados en el trenecito eléctrico con el que jugábamos de niños. Salimos de la mano. No volvimos la mirada al gran reloj. Él no se lo tomó a mal.

 

I.

Estoy enamorado de una relojera. Nuestro amor, por ello, es circular, cíclico, recurrente, interminable. Ella me recibe cada tarde en su taller. A menudo lleva la lupa de relojero calzada en la órbita del ojo. Yo entonces me sumerjo en ese ojo enorme y cierro los míos para que empiecen los besos. Y ella me susurra: me encanta acariciar el tiempo. Y en todos los relojes de la tienda suena el mediodía.


sábado, 15 de junio de 2024

El futuro

Diecisiete fragmentos sólo aparentemente inconexos

 



Je me souviens de Youri Gagarin.

GEORGES PEREC

 

1.

La noche del 21 al 22 de junio, más concretamente a las 3.08 de la madrugada (ay, esas tres de la mañana) habrá luna llena.

El 21 de junio es el solsticio de verano (en el hemisferio norte, bien entendido), si bien esa fecha oscila ligeramente, y este año, que es bisiesto, técnicamente el solsticio será el 20 de junio a las 22.50 h. Es el día más largo del año, el día en que la luz dobla el quicio y empieza su mengua.

El 21 de junio es también mi cumpleaños. Este año, el sexagésimo. Impresiona la cifra.

Que coincida justamente con la luna llena es algo que podríamos tomar como azaroso, y desde luego es una circunstancia gozosamente favorable poder cantar con Fred Buscaglione Guarda che luna!, pero sin estar solos, porque estaremos juntos, aunque no haya estrictamente mare.

Pero no, no hay nada azaroso en ello. Es, de hecho, lo menos azaroso del universo, porque los ciclos de los astros se repiten fatigosamente iguales a sí mismos milenio tras milenio. El día de mi nacimiento, hace sesenta años, ya se sabía que la luna sería llena el 21 de junio de 2024. Simplemente yo no lo sabía. La luna ha cumplido su órbita disciplinadamente, mes tras mes, a lo largo de mi vida, para ofrecerme justamente cuando más necesaria era, su mejor espectáculo.

Si quisiéramos, podríamos saber ya con absoluta certeza en qué fase estará la luna dentro de sesenta años, en 2084. Casi, casi llena, ligeramente menguante. En 1964 fue casi, casi llena, ligeramente creciente.

Este año, cuando ya haya pasado la fecha de mi cumpleaños, pero aún no haya acabado la fiesta, en esa noche tan corta que exprimiremos al máximo, la luna será llena. Nos pillará bailando.

 

2.

En una de mis recurrentes visitas a la Feria del Libro, el otro día, el pasado jueves, para ser exacto, me compré un libro singular. La autora es la artista y performer Camila Cañeque y, desgraciadamente, el libro es póstumo.

Camila murió repentinamente, con 39 años, el pasado 14 de febrero. No la conocía, pero sí recuerdo la noticia, y leer sobre ella entonces. Luego, supe del libro, acabado de componer, según reza su colofón, el 14 de marzo, último día del primer quinto del año. Un mes exacto después de la muerte de la autora.

Supe del libro, que está publicado por La Uña Rota, editorial que sigo, especialmente porque es la que publica los libros de Angélica Liddell, por Twitter, por alguna reseña, por un comentario extremadamente favorable de Vila-Matas. Lo dejé pasar en mis otras visitas a la Feria de este año. El jueves, finalmente, cayó.

Es un libro, sí, sin duda, singular. Cañeque fue reuniendo, de manera progresivamente obsesiva, según nos cuenta, las últimas frases de las más variadas obras literarias. Con ellas ha compuesto un artefacto gozosamente híbrido, en el que el discurso ensayístico se torna súbitamente narrativo cuando se engarzan esas frases terminales.

Apenas lo estoy recorriendo aún, pero me fascina. Especialmente porque cada una de esas frases de cierre se transforma, de manera natural, cuando se la extrae del marco del libro cuyo peso soporta sobre sus hombros, cuando se la permite viajar de la última página a un nuevo ámbito, virgen y por escribir aún, cada una de esas frases pasan a ser la primera frase. No de una secuela, sino de algo radicalmente nuevo, libre.

Vine a Comala, repetía el protagonista desolado de mi Habitación llamada trece años, enganchándose a esa contraseña, que había sido en una versión anterior (era para un concurso que exigía empezar así los relatos) En un lugar de la Mancha. Ahora, de repente, he aprendido que también se puede usar como contraseña Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedra. O hasta el vale cervantino que da por terminadas las hazañas del ingenioso caballero.

Porque el tiempo es siempre falaz, y lo es mucho más en el relato, y la presuntuosa seguridad con la que ordenamos las letras y las congelamos entre las tapas del libro es apenas un espejismo. Todo puede contarse de otro modo. Todo puede contarse al revés, y entonces la tristeza que inevitablemente acaecerá será sucedida por la alegría de lo que pasó cuando aún no sabíamos.

Hoy es 15 de junio. Hoy, exactamente hoy, Camila Cañeque habría cumplido 40 años.

 

3.

Una de las obras más sorprendentes, y entrañables, de Georges Perec (y eso es mucho decir, teniendo en cuenta que todas las obras de Perec son sorprendentes y entrañables) es la titulada Je me souviens, esto es, Me acuerdo. Consiste en una sucesión de 480 recuerdos breves, disjuntos, moleculares, que  van presentándose sin un orden aparente, como llevando cada uno de la mano al siguiente en virtud de un proceso de libre asociación.

Son recuerdos personales, pero implican sobre todo la parte más externa de nuestras vidas. Libros, películas, programas de televisión o radio, alimentos, costumbres, anuncios publicitarios. Esos quanta de memoria componen un paisaje fidedigno del vivir. Del vivir de Perec, pero también del de todos nosotros, pues Je me souviens es una obra abierta, que acaba con la frase (à suivre...), que nos remite al continuará de los seriales o de nuestros tebeos de la infancia, y que además ofrece al lector un buen puñado de hojas en blanco para que anotemos nuestros propios recuerdos.

Perec se inspiró en un antecedente que declara abiertamente, el I remember de John Brainard, que es el que define la fórmula, desde otro país, desde otra época anterior. Perderse entre las diferentes estaciones de metro de París o New York por las que nos conducen Perec y Brainard es un placer muy particular.

Puede abrirse el libro al azar. Lo hago, sin trampas: Je me souviens que tous les nombres dont les chiffres donnent un total de neuf sont divisibles par neuf. Y ahí, de repente, su pedacito de magdalena proustiana cuando nos damos cuenta de que eso nos lleva a la prueba del nueve, con la que los neófitos en el arte de dividir comprobábamos que habíamos realizado el cociente sin error.

Llevo semanas intentando pergeñar una lista de meacuerdos para compartirla aquí, pero el sistema no funciona así. Hay que dejarse llevar, hay que permitir a la memoria que navegue por su cuenta.

Me acuerdo... Sí, me acuerdo de todo, pero quedará entre nosotros.

 

4.

En la resonancia de las lecturas actuales, producto de la voracidad compradora de la Feria, recorro con bastante placer Física de la tristeza, de Gueorgui Gospodínov (no se me ocurre un título que sea más mío que ése, lástima que el búlgaro se me adelantara).

El capítulo IV se titula Time Bomb (abrir después del fin del mundo). Habla de las cápsulas de tiempo, esas colecciones heterogéneas de objetos por lo general banales que se encierran en algún recipiente como testimonio del tiempo en que vivimos, y como algo que habrán de recuperar las generaciones futuras, quizás cientos de años después.

Enterrados a mucha profundidad o en plena deriva por el espacio exterior (el golden disc del Voyager), esos modestos y también pretenciosos ajuares funerarios aspirarían a anudar lo inmiscible, engarzar en un mismo collar el futuro más remoto y un presente que se desgasta a toda velocidad. Son una prueba de una confianza alucinatoria en la existencia del tiempo, del porvenir, de lo por venir. Se apoyan en la (engañosamente) rotunda realidad del bulto del objeto y en eso superan a estos vanos intentos de enarbolar una posteridad posible en estas notas virtuales, que seguirán, quizás, resonando, en un tiempo en el que no se sepa ya nada de los dedos que las esculpieron, de los ojos que contemplaron su nacimiento. Eso si lo inmaterial se revela más resistente que lo material, cosa de la que cabe dudar.

Porque, como dice Gospodínov No sabe por qué, pero sabe que el fin del mundo no es el final. Después del final habrá que sobrevivir, volver a empezar.

O no.

 

5.

Hay algo embriagador, al menos para mí, en los registros. Listas, clasificaciones, toponimias, catálogos, colecciones, nomenclaturas. Es algo que me ocurre desde siempre, desde pequeño, cuando llenaba los cuadernos que me regalaban con las cosas más peregrinas.

Una cierta idea de una completitud que se sabe en realidad mística. La posibilidad de un orden que es conscientemente artificial, arbitrario, pero por eso mismo. Lo minucioso que es a la vez vasto. Lo inagotable, en su promesa de una tarea que justificara una vida eterna de monje en scriptorium.

Muchas bibliotecas de Babel pueblan mis textos, hijo de Kafka como soy, al cabo. Un día concebí el archivo de los besos, en donde se reunirían todos los besos dados, en entradas convenientemente cumplimentadas. Cuándo, cómo, quién. Una lista de gozo y dolor (pues los besos acaban y, ya lo sabemos, del beso sale cada uno por una puerta).

Sí, y por qué no, las fases de la luna. Recuerdo algunas.

Un lunario de besos. Una larga lista de aspectos, un catálogo de tonalidades de una luz que es siempre azul, como las estrellas que tiritan a lo lejos.

Danilo Kiš nos habla en su relato de la Enciclopedia de los muertos, inspirándose en el legendario, acaso apócrifo Archivo general de los nacidos que supuestamente guardan los mormones en cámaras acorazadas a gran profundidad en Salt Lake City. Ay, los cajoncitos de los besos, prendidos allí como las mariposas de Nabokov con sus alfileres.

Sí, el beso aquel, je me souviens. Ya sabes cuál te digo.

 

6.

La primera vez que fui a Zürich, en 1977, mis primos, que me llevaban en el coche desde Winterthur, donde vivían, aparcaron en un parking céntrico. Recuerdo (recordaba, hasta que volví muchos años después a la ciudad y recuperé la escena, inventándola inevitablemente) el puente sobre el río. Después supe que estábamos al lado de la estación.

Mis primos me contaron, y a mí me sorprendió tremendamente, que el parking era un búnker. No que hubiera sido un búnker, que también, sino que lo era, que estaba preparado para acoger a la gente en caso de guerra, de bombardeos. Recuerdo (lo he visto después, se me mezclan las imágenes) la gruesa puerta, los techos abovedados, el gran espacio, aparentemente dedicado a la inofensiva tarea de acoger a los coches de los visitantes. Pero no.

En Suiza todas las casas tienen su sótano, donde está el keller, el almacén, el trastero. Todos esos espacios son refugios. Para cuando hagan falta.

Cuando era un niño, por los mismos años, a veces íbamos con el colegio a la Casa de Campo, que estaba literalmente enfrente. Paseábamos y en ocasiones veíamos algunas estructuras a medio derruir. Son de la guerra, nos decían. No sabíamos mucho de la guerra, de eso no se hablaba, no sabíamos de los combates interminables en esa zona de la ciudad, o del no pasarán.

Ametralladoras cobijadas en estructuras de ladrillo. Algún día, algún padre, algún abuelo, hablaba del metro pero no para referirse a los trenes que circulaban por los túneles. Alertas aéreas. Corriendo. El ruido de las explosiones.

La última vez que estuve en Zürich, en 2022 se había cerrado el parking-bunker, que estaba al lado de mi hotel. No me quedó muy claro por qué, pero había sido reciente. No me engañé: se había cerrado el parking, pero no el búnker. El búnker está ahí, a la espera.

Ay, sí. Todo vuelve a empezar.

 

7.

Casandra era pretendida por el dios Apolo. Para seducirla, para que ella accediera a conceder sus favores al dios, Apolo le prometió otorgarle el don de la profecía. Cuando ella había ya alcanzado la facultad de prever el futuro (porque siempre se parte de que hay un futuro, como si futuro pudiera significar algo), le negó a Apolo lo que éste solicitaba, así que, airado, el dios acompañó, como tantas veces ocurre, el don con una maldición.

Sí, Casandra vería, Casandra sabría, pero nadie haría caso de sus vaticinios, nadie seguiría sus consejos, y ella no podría hacer nada para alterar el curso de los acontecimientos, condenada así a una impotencia absoluta, tanto más amarga por no venir acompañada de la feliz ignorancia del resto de los mortales.

Si el futuro existe, si puede conocerse por bola de cristal o por el vuelo de las aves, es ya, ocurre ya, aunque ocurra luego, no puede cambiarse. Así, la Guerra de Troya tuvo inevitablemente lugar a pesar de los lamentos de la hija de Agamenón.

Es mejor no saber, diríamos y sí, es verdad, es mejor no saber. Pero qué hacer cuando de todos modos se sabe, cuando se ha sabido desde siempre y, vez tras vez, el tiempo no ha hecho más que confirmar los peores augurios.

Lucidez, se llama. Mal haya.

 

8.

Joseph Roth supo desde siempre lo que iba a ocurrir. No se engañó, no puso paños calientes, no contemporizó. Alcóholico lúcido, bien al tanto del lugar en que le había colocado la historia, no dudó por un momento. Cuando Hitler ascendió al poder salió de Alemania para no volver. Desde París veía con absoluta tristeza, pero con nula sorpresa, como todo lo que podría ir a peor empeoraba. La historia tiene sus entropías, y se nos llevan por delante.

A Stefan Zweig, figura reconocida universalmente, Roth lo estimaba como amigo, lo sableaba continuamente, en su endémica falta de dinero, y le reconvenía a cada misiva por su tibieza, por su ceguera. Sí, esto es tan malo como parece. No, no va a ir a mejor. No, ya no seremos más escritores alemanes. Nuestros editores se han quedado allí, colaboran con el enemigo. Hay que olvidarse de todo aquello. Zweig se resistía. El tiempo, en seguida, dio la razón a Roth.

El 26 de marzo de 1933, desde París, escribe Roth a su amigo El letargo del mundo es mayor que en 1914. El hombre ya no se conmueve si se vulnera y se asesina lo humano. Fue así en 1914 y lo fue de tal modo que se han hecho esfuerzos por todas partes para explicar la bestialidad con razones y pretextos humanos. Pero hoy resulta que se pasa por alto la bestialidad simplemente con explicaciones bestiales que son aún más atroces que las bestialidades.

¿Les suena?

 

9.

La recopilación de los artículos de Roth sobre el Tercer Reich se titula como uno de ellos, La filial del infierno en la tierra.

No estoy muy seguro de que sea solamente la filial. Parecería más bien la sede central. En todo caso, aparentemente el infierno tiene abundantes filiales, sucursales, marcas registradas y, sobre todo, agentes comerciales.

En uno de sus trabajos más conocidos y desgarradores, Roth, cuyos libros, junto con los de otros autores (el humo de nuestros libros quemados sube hasta el cielo), han sido quemados en las plazas públicas, comienza diciendo Pocos testigos en todo el mundo parecen darse cuenta de lo que significa la quema de libros. El artículo se llama Auto de fe del espíritu.

Seguramente sí, se daban cuenta, se dan cuenta. Otra cosa es lo que hagan al respecto. Porque estamos en eso. En la estupidez, la brutalidad, la falta de argumentos, la irracionalidad. No quemamos libros (aún) porque los libros han dejado ya de significar nada.

Pero qué les voy a contar.

Dice Roth Hay que reconocerlo y decirlo con toda franqueza: la Europa espiritual se rinde. Se rinde por debilidad, por desidia, por indiferencia, por irreflexión. El futuro deberá investigar con exactitud los motivos de esta capitulación vergonzosa.

La cobardía. No hay que darle más vueltas.

 

10.

Dice el más conocido poema de Dylan Thomas Do not go gentle into that good night. No te dejes llevar, opón resistencia. Rage, rage against the dying of the light.

Si uno se pone a mirar bien, a lo mejor la luz no ha muerto, sino que, simplemente, nunca nació, todo fue un truco de pirotecnia o una chapucera instalación eléctrica de cables de par trenzado y bombillas de filamento de tungsteno.

La luna, mientras, también se obscurece. Una vez cada veintiocho días.

Por hoy, y para mí, la poesía es un sistema luminoso de señales. Así, León Felipe, justamente por los días de la Guerra de España.

Sí, un alfabeto en el que quepa todavía escribir algo que rime con amor, o con sueño. Algo que no sea un texto para una lápida

 

11.

Extrañamente, el epígrafe, la cita con la que Ray Bradbury encabeza su Fahrenheit 451 es de Juan Ramón Jiménez.

If they give you ruled paper, write the other way.

Corresponde a un aforismo de Juan Ramón. En Ideolojía, la monumental recopilación de su abundantísima producción aforística, a cargo de Antonio Sánchez Romeralo, le corresponde el número 405:

Si te dan papel rayado, escribe de través; si atravesado, del derecho.

Y uno se sueña subvirtiendo la rejilla (una rejilla está hecha de barrotes, al cabo) y trazando la diagonal del descendimiento entre los ordenados renglones del papel pautado, ése en el que nos enseñaron la caligrafía.

Y si nos roban la diagonal, si nos engañan otra vez (we won’t get fooled again, grita Roger Daltrey), escribiremos derecho.

Porque lo importante es escribir lo otro. Lo que no se debe.

¿Cómo llegó Bradbury a conocer el aforismo de JRJ? Lo desconozco. Sí me parece clara su intención al anteponerla a su apólogo, que narra la disidencia de un quemador de libros, el súbito enamoramiento de las letras del bombero Montag, que se marca una gloriosa diagonal que le acaba convirtiendo en una persona libro.

Lo que dicen los renglones del papel pautado está claro desde la primera frase: It was a pleasure to burn.

Ven, demos la vuelta a la hoja.

 

12.

En Der Untergang, la impresionante película de 2004, de Oliver Hirschbiegel, hay una escena en la que un desaforado Goebbels, en el bunker de la Cancillería (donde poco después él y su mujer, Magda, acabarían con la vida de sus seis niños, para suicidarse ambos a continuación) dice, con absoluta frialdad, tras haber dejado claro que no sentía, igual que el Führer, ni compasión ni remordimiento alguno por la suerte de sus compatriotas civiles que iban a perecer en Berlín irremisiblemente: la así llamada población civil no puede reprocharnos nada, ellos fueron los que nos colocaron aquí, ya sabían quiénes éramos.

Tenía, sin duda, razón. Ay.

 

13.

El fin del mundo siempre vuelve a empezar.

En 2010 volví a Berlín, donde había ido muchas veces los años anteriores por cuestiones de trabajo, y a donde catorce años después aún no he vuelto (aunque es algo que realmente desearía hacer cuanto antes). Pude por fin tener tiempo para visitar los maravillosos museos de la ciudad.

El 8 de agosto de 2010 estoy en la Alte Nationalgalerie y veo por primera vez el Monje a orillas del mar, de Caspar David Friedrich. Me impresiona sobremanera, en unos días en los que vi muchas otras obras igualmente impresionantes.

Anoto en mi Moleskine de entonces: En Caspar David Friedrich siempre es la Última Noche y la esforzada luna nada puede hacer. En el “Monje a orillas del mar” la diminuta figura se pierde en la negrura del mar, la grisura de las nubes y la arena. No concebimos qué puede mirar en tal desolación: es obvio que todo se ha extinguido hace tiempo, que sólo él resta por morir. No porque haya ningún mérito en él, simplemente por pereza, por inadvertencia, o por un absurdo error en la contabilidad de la muerte.

Quiero pensar que alguien detrás de mí mira mi espalda, me mira mirar la espalda del monje. Alguien que, jugando, va a venir a taparme los ojos y decirme quién soy.

 

14.

En El gran Serafín, de Adolfo Bioy Casares, asistimos a la muerte del mar. (También se muere el mar.) La putrefacción de los animales marinos produce un hedor insoportable. Los baños de mar y los tratamientos de salud de todos los balnearios del planeta han de ser suspendidos. Ya no hay montañas mágicas.

Cuando era niño me apasionaban los atlas, y los globos terráqueos. Me gustaban, sobre todo, los mares que no lo eran. El gigantesco Mar Caspio, que era un lago salado, en el continente.

La idea de que el mar puede ser atrapado por la tierra. Esos fósiles de conchas en el interior de los países. La visión descomunal de las eras geológicas.

Había otro mar, no tan brutal como el Caspio, igualmente cerrado, igualmente continental. El mar de Aral.

Un día, mucho después, supe que el mar de Aral se había secado. Ya no existe. La tierra se lo ha comido. Los humanos lo fuimos explotando hasta agotarlo.

Los humanos somos capaces de matar mares.

Yo no sé si hace falta decir mucho más.

 

15.

Esta entrada se llama El futuro. Llevo escribiéndola mentalmente desde hace seis días. O mucho más, en realidad, puede que la lleve escribiendo desde siempre, porque Casandra sólo sabe escribir entradas como ésta.

Me abruma la estupidez que me circunda, la tranquilidad con la que nos encaminamos hacia el desastre, hacia los variados desastres. Desde muy joven estudié los fascismos, intrigado por la mera posibilidad de su existencia, inquieto por su proximidad en el tiempo, en la geografía. Llegué a saber mucho, a saberlo todo. Faltaba, no obstante (era aún ingenuo, confiado) entenderlo, imaginarlo posible.

Luego un día lo formulé. Estaba, lo recuerdo bien, en 2012, en el acto de entrega de los Premios Vargas Llosa, de los que había quedado finalista con mi relato La noche de los Lotófagos. La ocasión era solemne, nos dieron de comer en un edificio histórico, hubo discursos e invitados ilustres. A mí me sentaron junto a una veterana periodista de un periódico navarro (NH, la cadena hotelera que convocaba los premios es, en su origen, navarra).

Era una persona muy agradable. Hablamos de muchas cosas. Inevitablemente, nos deslizamos hacia los acontecimientos recientes. Entonces todo esto empezaba (como si alguna vez se acabara...). Entonces se llamaba Amanecer dorado y había aparecido en las elecciones griegas. Qué tiempos, parecía aún algo inusitado, digno de mención. Si el Agus de entonces viera lo de ahora. Aunque no, el Agus de entonces lo sabía, siempre lo supo.

¿Por qué, si no, diría lo que dijo? Lo que dije fue: en realidad el fascismo es el valor por defecto, es a lo que nos reseteamos. Sí, lo pienso. Lo otro es lo excepcional, lo que cuesta un esfuerzo, lo que hay que mantener con cuidado. Solidaridad, generosidad, compasión, raciocinio. Lo fácil es ser fascista y no tener que pedir perdón por el egoísmo y la ignorancia. Y poder optar, sin mayores miramientos, por la brutalidad.

Sí, lotófagos. Quién pudiera.

 

16.

Esta entrada se llama El futuro. ¿Habla del futuro, del pasado, del presente? Si tenemos que guiarnos por la lección de Camila Cañeque, ésa es una pregunta baladí. Cada tiempo verbal activa todos los otros. Cada historia se puede contar del revés.

Todo es un puro remake. No llega ni siquiera al eterno retorno de lo mismo. Es una simple falta de imaginación. Es mezquindad.

Dos almas luchaban en mí cuando pensaba esta entrada. No podía dejar de decir algunas cosas, pero quería decir otras. Según vamos cumpliendo años, nuestro futuro se va haciendo más y más póstumo. Llegados a este punto, el impulso es la retirada. No la desbandada, entiéndase bien, sino el pase al retiro, la celda del anacoreta, la mirada melancólica y desencantada.

Ese es mi futuro, o tal vez no. En cuanto a lo otro, al Futuro, así, con su mayúscula, descreo de él. Me parece otro nombre para el miedo. Y el miedo es el que nos lleva a ejecutar una y otra vez la danza de la barbarie.

Es hora de parar. Es hora de que todo no vuelva a empezar.

Mientras, ajenas, las fases de la luna se seguirán sucediendo, al margen. No les concernimos. Mejor así.

Cuando era un quinceañero circulaba una especie de eslogan que repetíamos mucho: que paren el mundo, que me bajo. No, justamente el mundo no se para. Aunque bajarnos, nos bajamos. Eso no hay quien lo pare.

Nadie puede parar.

 

17.

Cojo el lunario de los besos. Siguiendo la enseñanza de Georges Perec, hay una buena cantidad de páginas en blanco, dispuestas a ser llenadas con nuevos registros.

La noche es propicia para la licantropía, y una vez escribí andábamos por la ciudad y en cada semáforo nos suicidábamos a besos.

En la noche tan corta del solsticio de verano nada se cierra y nada se abre, todo es pura fantasmagoría, nunca existió el tiempo, nunca hubo edad, ni nombre, ni historia. Sólo existe una luna infinitamente brillante, y debajo el mar que respira pensando en sus cosas.

El futuro es una cajita que llevo metida en el bolsillo, me dices, y yo te digo enséñamela, y tú te haces de rogar pero al final la abres, y entonces hay una extraña redención, un volar desde la página, al seno de un demiurgo benévolo un reconocerse en el sueño, pero seguir creyendo un poquito más en él, seguir prolongando el relato en una duermevela en la que ya podemos hacer lo que queramos. Son los regalos de los Reyes Magos, en los que no creemos desde hace ya tanto, pero a los que seguimos dejando venir, para que el baile no se pare.

Hay una oscilación, sí, hay un vaivén de triste mecánica, hay un barco que nos conduce al Polo Magnético.

Son las tres de la mañana y hay luna llena.

Canta Bowie.

I can remember standing by the wall. The guns shot above our heads and we kissed, as though nothing could fall.

And the shame was on the other side.

Mira, alguien ha empezado ya la novela. Desde la última página. Quedan todos los besos de antes por darse. Prepara el cuaderno.

Todavía podemos ser héroes. Aunque sea por un día.