jueves, 24 de septiembre de 2026

Un pintalabios

Catorce estampas del infinito

 

 

Tu amor es una avalancha,

cae por su propio peso al existir,

ayer, hoy y mañana

la nieve en la que me quiero hundir.

ROSALÍA, La yugular

 

I.

Conviene precisarlo desde el principio: el infinito es un estado de ánimo. Adviene ―el verbo es justo― bajo formas variadas pero, por lo general, inconfundibles, que van desde la sensación de vértigo perfectamente reconocible en la boca del estómago al temor-y-temblor que acompaña siempre la visión numinosa, pasando por algo que, a falta de mejor nombre, se podría llamar titilación intelectual. Los contextos también son muy variados: el infinito es una herramienta de trabajo actualmente ya trivializada en la práctica de la Matemática, incluso de la más elemental, pero también articula ciertas divagaciones cosmológicas, por no hablar de los debates de trasfondo eléata que han ido sucediéndose en esa parte de la Filosofía que está al lado (meta) de la Física. Y, last pero definitivamente not least, el infinito es un invitado habitual en los más bellos poemas que se hayan escrito nunca.

 

II.

El infinito es, así, empaquetable. Cabría sorprenderse de que algo que es, en su concepto, desmesuradamente grande, inconcebiblemente inabarcable, pueda doblarse diligentemente, introducirse en una caja, o unos versos, o un cuadro, o una canción, y mantenerse allí, convenientemente depositado hasta la siguiente vez que uno desee aspirar ese perfume, demencial, qué duda cabe, pero irresistible, de las cosas que no nos caben en la cabeza. En realidad, lo que hubiera resultado verdaderamente asombroso es que el infinito no fuera así almacenable, ordenable en las estanterías del corazón, porque el infinito pertenece al orden de las palabras, y si se quiere de los anhelos, no al de la realidad, que es esa cosa filosa en la que lo que ocurre no es lo que deseamos, en la que estamos desde el antes del estar, a la que intentamos oponer, con éxito dudoso, una identidad que se querría levantar de ella, como si un cromo adhesivo, en su bidimensionalidad, pudiera alzarse y negar su ser-álbum. En definitiva, el infinito es, ya se dijo al principio, un estado de ánimo.

 

III.

Hablo del infinito, que bien podría ser una cosa con plumas, como la esperanza de Emily Dickinson, pero en todo caso sería una rara avis de nuestra modesta colección ornitológica. Puedo hacerlo, porque me he educado en el comercio con esa fauna abisal, ya desde aquellos días tan lejanos de mi infancia en la que se me informó de que existía el paso al límite y, sin nombrarlo, se recurrió al venerable método de exhaución para justificar que un círculo bien puede ser un polígono de infinitos lados, y una integral el resultado de una yuxtaposición de rectángulos. Muy pronto aprendí, para mi solaz, que un ocho tumbado podía añadirse al plumier de los números reales para sacarlo a terminar el dibujo cuando una serie divergía o, simplemente, cuando uno quería calcular las cosas que pasaban allí, muy lejos, más lejos aún, todo lo lejos que imaginarse pueda. Ningún temor-y-temblor, los paladines de la Matemática no nos acobardamos ante semejantes dragones: no en vano los hemos criado nosotros, y sabemos que en el fondo son inofensivos, alimañas de guardarropía.

 

IV.

Año tras año, vez tras vez, hasta hace esos dos cursos que ya vengo faltando desde mi jubilación, por estas fechas más o menos, les expliqué a mis alumnos aquello de que la imagen de un objeto situado en el foco objeto de un sistema óptico está en el infinito, y que, recíprocamente, un objeto que esté en el infinito tendrá su imagen en el foco imagen. Los rayos que salen de un punto forman un haz, si los imaginamos tridimensionales, constituyen un cono con vértice en ese punto emisor. Si alejamos y alejamos el punto, ese cono se va haciendo más y más cilindro, los rayos empiezan a perder el ángulo que los conectaba, a hacerse paralelos. Así los pintaba yo en la pizarra, trasladando al mundo polvoriento de las tizas y de los pulsos no siempre tan firmes y las líneas que podrían ser mejores rectas, el objeto platónico llamado infinito. Asuntos cotidianos, materias triviales. Ese infinito de la Óptica geométrica en pocas horas ya comía de nuestra mano.

 

V.

En otros ratos, si se terciaba, podía jugar a generar una perplejidad un poco superior. Olvidemos el ocho tumbado, admitamos que eso es un artificio. Juguemos en serio al infinito. ¿Os han contado alguna vez las aporías de Zenón,el eléata? A mí me las contaron a tierna edad, más joven aún de lo que eran mis alumnos, en una clase en la que se juntaron los profesores de Matemáticas y Filosofía de 3º de BUP de mi colegio, un día que aún recuerdo vivamente cuarenta y cinco años después. Supuso un reto intelectual, es decir, supuso un juego, es decir, supuso un gozo. A Aquiles no le daban sus veloces pies para sobrepasar a una tortuga, que con disciplina digna de encomio, se afanaba en cubrir una distancia arbitrariamente larga en una carrera que parecía haber sido convocada sólo para su escarnio. Ah, pero el espacio es divisible infinitamente, nos dice Zenón. Ah, pero el tiempo es divisible infinitamente, se callaba. O no, o ninguna de esas cosas son sostenibles en realidad, y el movimiento es una ficción, porque el movimiento es, en realidad, una ficción, porque no hay nada continuo en la naturaleza, porque nuestra visión también procede fotograma a fotograma. Pero no sigo por aquí, la vía al infinito que he elegido para hoy es otra.

 

VI.

Sí, porque nadie que sepa de Matemáticas ignora que el reino de las Matemáticas no es de este mundo, y que los objetos matemáticos son asuntos del pensamiento. Del pensamiento humano, cabría añadir, si bien no somos especialmente buenos en imaginarnos otros pensamientos, bien sean animales o extraterrestres. Nos aqueja una penosa falta de imaginación a ese respecto. Es decir, la Matemática es también uno de esos países ficticios por los que nos paseamos, mientras la vida avanza, inexorable, hacia nuestra extinción, y el universo nos ignora, por mucho que le intentemos tirar de sus barbas imaginarias. Esos infinitos valen para muchas cosas. Nos valen para que nos coloquen las gafas apropiadas. Nos valen para poner a los alumnos a calcular el campo gravitatorio que una masa genera a distancia infinita (trampa: el campo va a la inversa del cuadrado de la distancia, y dividir por infinito es cero, ya lo saben). Nos vale para armar esas gloriosas cadenas de abstracciones de las que, un día, como un conejo de una chistera, sale, por ejemplo, este ordenador portátil en el que estoy escribiendo. Ah, me gusta esto, me gusta la Ciencia, soy un científico de raza, hasta me he ganado la vida con ello. Loor a la Ciencia, nadie entre aquí que no sepa geometría. Pero no, no era de eso de lo que había venido a hablar esta tarde.

 

VII.

El infinito es un estado de ánimo. No es únicamente lo indefinido, lo vago, lo neblinoso, lo que se nos escapa por los márgenes, en esta especie de miopía consubstancial que padece nuestro raciocinio. No es el puro agotamiento de la sucesión de los naturales, que pasa del uno al dos y sin mayor motivo corre al tres y al cuatro y cuando uno se descuida está en el cien mil y no le queda más remedio que seguir al cien mil uno, y renunciar a la redondez de sus ceros y no parece que, una vez lanzados, eso ya tenga modo de pararse, pero, claro, quién va a seguir acumulando incrementos, qué absurdo demiurgo contable va a dar fe de que efectivamente, llegados al gúgol (que suena, vaya, como Google, que no está tan lejos de las goggles que uno bien se puede poner delante de los ojos, redonditas como ceros), nada impide subir la apuesta y aterrizar en el gúgol más uno, y ahí la vemos, a la mente, bien satisfecha con los rollizos miembros de su progenie, como si no nos muriésemos, como si el universo no fuera finito, como si no hubiera empezado nunca, como si tuviéramos a nuestra disposición la varita mágica para transformar nuestros deseos en carrozas para ir al baile, nuestras ideas en cosas de comer.

 

VIII.

No, el infinito del que quería hablar hoy es el empaquetable, el cerrado, el transportable, el evocable, el atado con un lazo quizás rosa, el que puede ser tan pequeño como un virus, un virus que avanza, avanza por el cuerpo y se instala en un corazón ávido siempre de besos mortales. El infinito que un día, allá en su jardín-prisión de Recanati, el jorobado y enfermo crónico Giacomo Leopardi, quiso vislumbrar, esto es, encapsular, en unas coordenadas definidas, en un ermo colle, un infinito que, oh paradoja, no era el de la vista que se pierde sin límite, más allá de toda agudeza visual practicable, esa vista agotada que conduce inevitablemente al lagrimeo de eso que es también un infinito, el infinito de la derrota de lo visual, el infinito del horizonte que converge con el mar mientras el monje de Caspar David Friedrich reniega de toda fe digna de tal nombre. Sí, porque ahí, en ese lugar que, predestinadamente, se denominaba Monte Tabor, como el emplazamiento de la Transfiguración, justamente una colina obtura el lejos del cuadro, y es con la imaginación como hemos de fingir o fungir, etimológicamente correctos, lo que hay más allá, que es el lugar donde se crían los pequeños infinitos de andar por casa.

 

IX.

Según he sabido hace apenas unos días, en el bicentenario de la composición del poema L’infinito de Giacomo Leopardi, que data con gran probabilidad de 1819, la RAI reunió a 22 cantantes italianos de entre los más conocidos, algunos ya con estatus decididamente de leyenda, para que leyeran el poema, un verso cada uno. El resultado es conmovedor. La frase final, la inmortal línea que nos recuerda que es dulce naufragar, con ese aparente oxímoron, la pronuncia la incomparable Mina. Conozco esos versos desde hace muchas décadas y he vuelto muchas veces a ellos, pero así, escuchados, en el original, con esas voces, uno adquiere la dimensión que le falta a la plana página, el infinito echa a volar y le arrastra con él. Incorporo aquí el poema, por si hiciera falta. Y adjunto la traducción al castellano de María de las Nieves Muñiz Muñiz, la mejor, a mi juicio, de todas las que he podido leer.

Sempre caro mi fu quest'ermo colle,

e questa siepe, che da tanta parte

dell'ultimo orizzonte il guardo esclude.

Ma sedendo e mirando, interminati

spazi di là da quella, e sovrumani

silenzi, e profondissima quiete

io nel pensier mi fingo, ove per poco

il cor non si spaura. E come il vento

odo stormir tra queste piante, io quello

infinito silenzio a questa voce

vo comparando: e mi sovvien l'eterno,

e le morte stagioni, e la presente

e viva, e il suon di lei. Così tra questa

immensità s'annega il pensier mio:

e il naufragar m'è dolce in questo mare.

Siempre caro me fue este yermo cerro

y esta espesura, que de tanta parte

del último horizonte el ver impide.

Mas sentado y mirando, interminables

espacios a su extremo, y sobrehumanos

silencios, y hondísimas quietudes

imagino en mi mente; hasta que casi

el pecho se estremece. Y cuando el viento

oigo crujir entre el ramaje, yo ese

infinito silencio a este susurro

voy comparando: y en lo eterno pienso,

y en la edad que ya ha muerto y la presente,

y viva, y en su voz. Así entre esta

inmensidad mi pensamiento anega:

y naufragar en este mar me es dulce.

 

X.

Así se empaqueta un infinito. En dieciséis versos. Es verdad que el título ya nos predispone, pero la narrativa nos conduce igualmente. Quietud y ruido del viento, una lejanía que contrasta con el recogido paraje en el que nos sentamos a que pasen las cosas, y entonces la sensación de anegamiento, y ese mar que es el de un pensamiento que se da por vencido y gozosamente se hunde en el no ser que es nuestra condición primaria y nuestro ulterior estado: de la nada a la nada. La Augusta Nada. Sencillo, ¿no es así? No es que la titilación no ocurra pintando ochos tumbados, ocurre, a mí me sigue ocurriendo. O considerando las inconsistencias del lenguaje que nos relata. O imaginando ese confín donde ahora, en este instante, el noespaciotiempo cede y se deja invadir por el pujante Cosmos que parió un estallido que ocurrió en el noespaciotiempo gemelo por nada, para nada. La Augusta Nada. Todo eso bien que nos pone a vibrar en su resonancia, que es otro término de la Física que convive con la poesía. Como todos. Esa resonancia que, en el primer orden de las ecuaciones de los osciladores acoplados nos produce literalmente una transferencia total de energía, nos aboca a la asíntota, a una divergencia en la expresión matemática. Ah, la Física es un placer, ya hubo alguien que lo cantaba mientras estudiábamos la carrera.

 

XI.

Así es, por lo tanto, la cosa, el juego. Nada existe de verdad, y mucho menos nosotros. Somos accidentales, contingentes, evitables. Somos irrelevantes, por ende. Todo es irrelevante. Pero aquí estamos, esta tarde de septiembre, algo tenemos que hacer para que las cosas no duelan, y si hay suerte, para estar bien, para estar contentos. Jugamos entonces al infinito. Jugamos a los escalofríos. Los escalofríos son la respuesta física del estado de ánimo que llamamos infinito. Son una respuesta inconfundible. Producen el mismo bienestar que esos chorros de la ducha fría cuando hace el calor asfixiante que la catástrofe climática ha vuelto común también en estas épocas del año. Son como esos dedos que entran entre los cabellos y masajean levemente la piel del cráneo. El infinito es eso que desciende por la espina dorsal. Luego se acaba. Todo se acaba. El infinito también, el infinito se acaba en seguida. Pero uno puede tirar otra vez los dados, uno puede apostar otra vez en la ruleta. Al catorce. Siempre al catorce, que es el número del infinito, al menos para Asterión, según nos hizo saber Borges. Ya hemos hablado de ello. El Minotauro está solo en su gran casa de muchos pasillos. De vez en cuando se le hace ofrenda de jóvenes atenienses de ambos sexos que él devora, cabe pensar, con rigor y sin especial ensañamiento. Uno, dos, tres, doce. Y conmigo trece. Catorce es lo que viene después, es todos. Es más que todos. Es lo inabarcable, el infinito actual que por una vez tiene nombre. Sí, al catorce, el catorce nunca falla.

 

XII.

Borges. Claro, Borges. Otro de esos psicopompos en vida que nos dirigen a los jardines de las cosas inesperadas. A la acendrada limitación, casi ascética, del poema de Leopardi, Borges, con semejante fin, opone las largas tiradas de versos que heredó de uno de sus referentes declarados, Walt Whitman, el poeta de lo interminable, otro que encontré tan pronto. Sí, Borges acumula items, como sacados de una gran caja de hilos que contuviera los botones más variados, de formas inconcebibles, polígonos irregulares, estrellas de muchas puntas, curvas de enésimo grado, y que también contuviera hilos de grosores infinitesimales y gruesas maromas de barco, y retales de todos los colores y estampados. Va sacando, como en un bingo sideral, y va cantando los números. Vi el populoso mar, dice, por ejemplo ―empezar por el mar siempre es una apuesta segura―, y el pie empieza la danza: vi el alba y la tarde, y vi las muchedumbres de América, y seguimos aún instalados en lo desmesurado, parece mentira que eso nos haya cabido alguna vez en la caja de hilos de la abuela, decorada con motivos japoneses, pero entonces cambiamos el paso y lo que vemos es una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, con esa concreción que nos golpea, como si hubiéramos irrumpido descuidadamente en una intimidad que nos estaba vedada, y para cuando lo que vemos es un laberinto roto, que era Londres, se nos dice, el Londres que había sido bombardeado por el tiempo en el que el texto se escribía, ya hemos entendido con absoluta precisión lo que es un Aleph y lo que un Aleph contiene. 


XIII.

Sí, la vieja enumeración caótica, que sólo es caótica en el nombre, porque es un ensamblaje de rigurosa eficiencia mecánica, que reaparece en muchos otros poemas del argentino. Ahí, el infinito está en los huecos, en los objetos que no comparecen, que no pueden comparecer porque son legión. Y también en el zoom mareante que nos lleva de lo mayor a lo menor, en esos cambios bruscos de foco que nos producen, como en el film de Hitchcock, vértigo, otro de esos síntomas agobiantemente físicos del infinito, es decir, del miedodeseo ―el neologismo es obligatorio, porque ambas emociones son en este caso inseparables― de la caída, de la confrontación con las verdaderas dimensiones del estar vivo y su sujeción a la coerción gravitatoria. Esas respiraciones, esas alternancias de sístole y diástole, nos conducen a la embriaguez del derviche que gira sin término, ahora estamos aquí, ahora estamos allí, siempre estamos en el mismo sitio, somos el eje en torno al cual todo danza, y suena, por supuesto, Battiato, que es el que más sabe de infinitos, e tutto gira intorno alla stanza, hemos vuelto a hacerlo, hemos empaquetado el infinito, ahora en un bulto más alargado y plano, antes en una bolita tornasolada, en una canica, otras veces en un billet doux, siempre, en el leve rasguñar la piel de toda caricia, siempre, en el espacio negrísimo que abre el beso de los ojos cerrados.

 

XIV.

A estas alturas de mi vida, viejo lobo de mar de los poemas oceánicos, he coleccionado muchos infinitos. Cabría pensar que la edad agota esa especie de ingenuidad que requiere el avistamiento de las mariposas de lo inalcanzable. Pero no, sigue aconteciendo, y cuando lo hace es preciso registrarlo. Una de las últimas veces fue hace casi un año, el 7 de noviembre de 2025 (es preciso fechar el acontecimiento, como lo hacían los místicos con sus iluminaciones). Ese día volví a encontrar el infinito, empaquetado en una canción. Se difundió sobre mí como un chorro de los bytes que codificaban esas notas musicales. Lo trajo una voz inolvidable, una voz que enunciaba su propia enumeración caótica, compuesta de una alternancia metronómica de lo inmenso y lo diminuto. En ese país nevado un haiku era suficiente para cubrir toda la extensión del territorio, y una pirámide cabía en un vaso de leche. Según se iba subiendobajando ―de nuevo, hay que retorcer el lenguaje, si queremos estar a la altura de lo pronunciado― el pecho se iba expandiendo y contrayendo, y ascendía la felicísima congoja del don de lágrimas. Por lo que sea, porque así es como acontecen los milagros, de repente, inesperadamente, un pintalabios ocupó el cielo. Y todo fue consumado. Muchas escuchas después, muchos meses después, muchas horas de estudio después, una conferencia después, un concierto después, ahora, cuando he escrito la frase, mis ojos han vuelto a humedecerse. Así es el infinito: droga dura. Por eso no hay que dejarlo pasar, por eso hay que aferrarse a él, porque son éstos los momentos que de algún modo podremos arrojar, como el que se saca cuando llega a casa la calderilla del bolsillo, en el otro plato de la balanza del haber vivido, ése que no equilibrará de ningún modo la infinita negrura de la ciega existencia. Pero algo hay que hacer una tarde de septiembre y pocas cosas se me ocurren mejores que escuchar otra vez, en bucle, La yugular, de Rosalía. Y escribir sobre ello. Escribir unos párrafos. Contad si son catorce, y está hecho.




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