Le soleil noir de la mélancolie,
qui verse des rayons obscurs sur le front de l’ange rêveur d’Albert Dürer, se
lève aussi parfois aux plaines lumineuses du Nil, comme sur les bords du Rhin,
dans un froid paysage d’Allemagne.
GÉRARD DE NERVAL, Voyage en
Orient
1.
Un minuto antes, sin
duda, el espectáculo es grandioso. Lleva siéndolo ya una hora. De algún modo,
lleva siéndolo ya meses, años, todo ese día de calor insoportable en el que
vagamos como zombies por Medinaceli, excursionistas, veraneantes,
peregrinos astronómicos, venidos de muchos lugares, cada uno a lo suyo, con los
suyos, muchos con sillas plegables y mesas plegables y viandas y todos con
gafas de montura de cartón y diseños pretendidamente divertidos, sin saber muy
bien qué hacer hasta que llegue la hora, comiendo donde se puede, viendo llegar
más y más gente, autobuses, localizando el mejor punto, el sitial, el omphalos
donde se va a recibir la iniciación, distribuyéndonos por la árida ladera,
más acá y más allá de las murallas, bien seguros de mirar hacia Occidente, que
es el lugar donde las cosas se mueren.
2.
Sí, un minuto antes,
el espectáculo es grandioso, lleva siéndolo ya muchos minutos. Yo estoy solo,
aunque a esas alturas ya formo una familia con las personas a las que el azar
ha querido reunir para la Observación, para el Magno Evento, llevo un libro,
siempre llevo un libro, lo leo de turbio en turbio, porque hace mucho,
mucho calor, a ratos sentado en el suelo, a ratos de pie, como para no perder
la posición que he seleccionado, llevo todo el día, me he cogido el coche esa
mañana en Madrid, hasta ese momento no tenía decidido siquiera dónde iba a ir,
pero a algún sitio iba a ir, eso no me lo podía perder, y ahora ya estaba pasando,
lleva pasando una hora, miro, con las gafas, veo como el bocado del
queso amarillo del sol cada vez es mayor, la luz ambiente va cambiando, va haciéndose,
no sé, malva, no hay palabras que lo describan con precisión porque el lenguaje
está hecho para lo cotidiano y los eclipses siempre fueron algo excepcional,
inusitado, terrible, bellísimo.
3.
Tres minutos, dos
minutos, un minuto, treinta segundos antes, el espectáculo es grandioso. Ya
casi no hay Sol, ya ha sido casi completamente devorado, acaso por el lobo
Fafnir, acaso porque éste es, una vez más el Ragnarök. Ya se nota el frío,
se vislumbran las estrellas, el ambiente es casi nocturno. El casi es la
clave. Hasta ahí ya he vivido cosas parecidas. Un eclipse parcial, anular, en
Madrid, cuando era aún profesor de la Facultad de Óptica: hicimos experimentos
en el parking, proyectamos el sol con lentes, tomamos fotos que luego
usamos mucho tiempo en las clases. Otro eclipse parcial, casi total, anterior,
que me pilló de viaje en Ravenna, recién llegado esa mañana, sin gafas para
verlo: con el plano de la ciudad que acababa que comprar improvisé una cámara
obscura haciéndole un agujerito en el centro: en el suelo apareció esa figura
que se parece a un creciente, pero no lo es. El sol, en lucha amorosa con la
luna, que se aproxima para abrazarlo. Cuando aquello funcionó, sentí que
Alhazén me sonreía desde el milenio anterior.
4.
Así que hasta las
ocho y media todo fue grandioso, maravilloso, impresionante, todo fue bello, y
extraño, y sorprendente, y un poco terrorífico, como lo son los eclipses
parciales de sol. A cada uno le toca uno, unos cuantos en su vida. No hay que
perdérselos, hay que vivirlos con intensidad, son cosas que no ocurren todos
los días. Pero entonces… Ay, entonces. Entonces pasó algo. Pasó lo que tenía
que pasar, lo que sabíamos que tenía que pasar, porque hace muchos siglos ya
que la ciencia sabe predecir esas cosas con precisión, pasó lo que habíamos
visto en fotos, en vídeos, lo que nos habían explicado cuando éramos escolares.
Pero eso sí que no lo habíamos vivido ninguno. Hacía más de un siglo que no pasaba
en la Península Ibérica. Empezó el eclipse total, la fase de la totalidad. La
luna venció en su lucha, el sol se dejó ir, se tendió en su lecho del
firmamento y la luna le cubrió con su cuerpo. Algunos aplaudieron, aplaudimos.
Todos suspiramos. A mí, supongo que a muchos más, me recorrió un escalofrío y
tuve una absoluta sensación de euforia. Empecé a decir, a esa familia improvisada
y efímera que me acompañaba: esto era, esto era, para esto hemos venido. Y ahí,
en ese momento, se acabaron los adjetivos.
5.
Se podría argüir que,
por mi formación, por mi vocación, no puedo ser ajeno a los fenómenos
astronómicos, yo, que iba para astrofísico hasta que me convertí en físico teórico.
Que, por dedicarme a la Óptica toda la vida, las cosas referentes a la
observación, a la luz, a la fotografía, me tienen que interesar. Todo eso es
cierto, mi mitad de científico disfrutó enormemente del espectáculo, pero esa
mitad dispone sólo de una herramienta, potentísima, sí, muy desarrollada, sin
duda, pero limitada al fin: la razón. No, el que verdaderamente se exaltó en
ese momento, el que quería gritar y llorar fue el otro, la otra mitad, el
poeta. El poeta romántico, melancólico, místico, ése que también soy. Era para
él para quien se había concebido esa extraña performance, esa danza. Porque
el sol blanco, amarillo, rojo, de cada día, el sol deslumbrante que envía sus
rayos e ilumina, presta claridad, arroja sombras definidas, el sol que es Apolo,
el sol diurno, pertenece a la razón y a la Ciencia, pero el Sol Negro es de los
poetas.
6.
De nuevo, cabría
invocar al azar, pero en este caso eso no sería realista: hay demasiada
historia detrás como para ignorarla. En todo caso, sí ocurrió inadvertidamente.
Siempre llevo un libro conmigo, no puedo concebir una espera, un café, un rato
muerto, sin una lectura a la que acudir. Tengo siempre tanto que leer. Elegir
qué libro me acompaña a cada paseo es tarea ardua, tengo que prever lo que voy
a necesitar si llego a usarlo. Ahora, en estas semanas, estoy trabajando mucho
sobre Gérard de Nerval, del que ya les he hablado en alguna otra ocasión por
aquí. Así que el libro que llevaba, en realidad para releerlo, porque es un
texto del que ya me he ocupado bastante en el pasado, era Nuits d’Octobre,
en la edición de Classiques Garnier que había comprado poco antes (mi ejemplar
anterior era el de Folio, y hace ya tiempo que me hice con las Obras Completas
de Nerval en la maravillosa y apabullante Bibliothèque de la Pleiade). Lo llevaba
en el bolsillo de las bermudas. Lo sacaba a ratos, a ratos lo guardaba,
subrayaba con mi portaminas, ahí, de pie, bajo el agotador sol de justo antes de
su agonía y muerte, que había decidido, quizá como despedida, destrozarnos la
cabeza con sus rayos. Me acompañó durante todo el día en Medinaceli. Por los
auriculares sonaba Battiato. Estaba rodeado por mis amigos.
7.
Las Noches de
octubre narran un itinerario nocturno. Toda mi vida he escrito, no sé muy
bien por qué, itinerarios nocturnos, desde aquel día de mis quince años recién
cumplidos, en 1979, cuando me senté en mi flamante máquina de escribir y teclée
Tres de la mañana. Persigo las palabras por la habitación. No eran las
tres de la mañana, a esa edad, viviendo en la casa de mis padres, mis
excentricidades horarias todavía estaban más o menos controladas. En el poema abandonaba
esa habitación de la búsqueda estéril de los versos y salía a la ciudad
nocturna, convertido en nictálope, en noctívago, en peregrino o
errante, y ese viaje me hacía encontrarme con una desolación que me llevaba a exclamar,
al unísono con el Lorca de New York No hay siglo nuevo ni luz redentora,
para acabar retornando, agotado, al alba, mientras aullaban los perros
centelleantes del amanecer para arrancarme el alma a jirones. Tenía, ya digo, quince años.
8.
Desde entonces, en otros
poemas, en muchos relatos, en mi novela, hay itinerarios nocturnos por ciudades
a mitad de camino entre la realidad y el sueño. Nerval también fue ese extraño
paseante obscuro, como lo fueron otros, y por eso me reconocí en él y por eso Nuits d'Octobre, que acaso puede tomarse como una obra menor, me subyuga. Así que, sí, fue
inadvertidamente cómo seleccioné ese librito para que fuera mi guía el día de
la muerte de la luz, fue consecuencia de otro proceso paralelo que no tenía
nada que ver con el eclipse, que el eclipse, de algún modo, rompía, o ponía
entre paréntesis, pero lo cierto es que allí estábamos el bueno de Gérard
Labrunie, poco antes de colgarse en la rue de la Veille Lanterne, esa noche
blanca y negra, y yo, mirando de frente ese hueco de profundidad
insondable, ese ojo negrísimo, abismal, que, como todo abismo, y como bien avisó
Nietzsche, nos devolvía la mirada.
9.
Pero si la ironía de
que yo estuviera recorriendo las noches de un octubre de hace casi dos siglos
durante un agosto de 2026 con el sol cayéndome a plomo en el costado de Medinaceli,
acabó por revelárseme pronto, lo cierto es que no fui consciente hasta bastante
después, absurdamente, de que la presencia de Nerval era aún mucho más significativa,
mucho más atinada, pues ¿no estábamos en presencia, por fin, por primera y
acaso última vez en mi vida, del Sol Negro? ¿No éramos él y yo melancólicos?
¿No escribió él una vez que en su laúd constelado portaba le soleil noir de
la mélancolie? ¿No me había estado yo preparando, sin saberlo, sin ser
consciente, durante toda mi vida para eso, justo para eso? ¿No era ése,
entonces, el momento culminante de mi vida?
10.
Por eso, por eso
estaba yo tan eufórico, por eso ese momento fue incalculable, inabarcable, por
eso ese minuto y cuarenta y un segundos fueron un tiempo sin tiempo, infinito,
por eso el primer rayo de diamante que salió por el otro lado del
sol, de ese sol que ya se zafaba del abrazo de su compañera y quería volver a imponer
su tiranía, se sintió como una lanzada, como una vuelta a una realidad de calor
y de luz que me obligaba a ponerme las gafas, a protegerme del resplandor, a
aceptar de nuevo la cosmología, la cronología, a poner en marcha de nuevo la cuenta
atrás de mi vida, a la que le quedan ya cada vez menos dígitos. La puesta de
ese sol aún demediado, cada vez más rojizo, fue, de nuevo, quién lo duda, un
espectáculo grandioso, como lo que había pasado antes, pero los habitantes
de Saturno, ese astro obscuro, exiliados aquí en la tierra, con nuestra atra
bilis, por una vez, una única vez, habíamos alcanzado la más gloriosa y
gozosa legitimidad, porque nuestro emblema sagrado se había alzado en el cielo sin
oposición durante un minuto y cuarenta y un segundos. Luego volvimos a nuestro
lugar en la historia, volvimos a sentir la Falta, esa Falta que se extiende en
todas las direcciones del tiempo y el espacio. Pero ese minuto y cuarenta y un
segundos fuimos, la palabra tiene que ser esa, triunfantes.
11.
La melancolía es
horizontal, la depresión es vertical. La melancolía es un desierto, la
depresión es un pozo. Depresión es un término clínico que define una dolencia
terrible, que afortunadamente nunca me ha aquejado. Es un término que existe en
tanto existe la Psiquiatría. Melancolía es algo muy anterior, algo que viene
rodando desde hace dos mil quinientos años. No es un trastorno, es una
condición, un modo de estar en el mundo. No es algo biológico, salvo que
queramos resucitar la teoría de los humores de la medicina hipocrática. Es algo
cultural, conceptual. Es algo que no sólo permite vivir, sino que impone
justamente una exigencia a esa vida, que es algo tan evidentemente
insuficiente, que la asociación entre el temperamento atrabiliario y la capacidad
creadora, el genio incluso, que se estableció ya allá por el tiempo de los Problemas
del Pseudo-Aristóteles, parece inevitable. El estado del melancólico no es
de postración, sino de inquietud, de desasosiego, como bien sabía
Bernardo Soares, que se paseaba, irreal, como todos, por la ciudad de la saudade.
12.
Abusivamente acaso, la
psicoanalista Julia Kristeva, en un libro que hizo fortuna, empleó las palabras
Soleil noir, directamente tomadas de Nerval, para titular un
tratado en el que estudiaba la depresión desde el punto de vista freudiano. El
análisis que hace del soneto El Desdichado, donde se incluye la famosa
frase, es muy simplón, como suele serlo cualquier estudio que se sitúa en una perspectiva tan restrictiva y que se refugia en una jerga particular que,
con la limitación del lenguaje que supone todo argot, quiere encerrar la
realidad, ¡y hasta la poesía!, en un marco de referencia pobretón, cuando no
mezquino. Soleil noir es, desde entonces, el astro de la depresión. Pero
no, el Sol Negro de Nerval, el mío, es el de la melancolía, que es otra cosa muy distinta.
No es opresivo, sino grandioso, liberador. Es el Sol Invictus de un
universo alternativo, es un ojo enorme inmenso, un ojo todo pupila, un ojo sin
retina, pues detrás de la pupila no hay más que negro, el Negro primordial,
mineral, el Negro de antes, de siempre, el que nos constituye, del que nacimos y
hacia el que vamos. Y rodeando a ese ojo, una corona blanquísima, como unas
pestañas de plata que jugaran a ir y a venir de ese centro de plena obscuridad.
13.
Nerval, de hecho, ya
había empleado soleil noir en uno de los escritos que se recogieron en
su Voyage en Orient, indicando que, incluso en El Cairo, cuando amanecía,
no siempre se enseñoreaba del firmamento el sol calcinante del desierto, sino
que también allí, como en la húmeda, sombría y romántica Alemania, había días
en los que quien presidía la danza de las horas era el Sol Negro, el Sol
Niger de los alquimistas que enuncia la fase de la nigredo, ese soleil
noir que ya su amigo Théophile Gautier había encontrado en el grabado de Dürer
de la Melencolia I, y que glosa en su poema Melancholia. Ese
grabado es igualmente importante para Nerval, que nos hace ver a su enorme ángel
al comienzo de la inmortal Aurélia, como ya
sabemos. Un sol en el cénit del que irradian rayos obscuros. Los apofáticos
rayos de tiniebla, acaso, de los que hablaba el Pseudo-Dionisio Areopagita,
para referirse a la Majestad Divina, que sólo puede enunciarse mediante negaciones.
Los melancólicos bien sabemos eso, bien entendemos que toda la parafernalia de
Apolo es pura tramoya, que un dios que no deja que se le mire a los ojos es un
cobarde, que hay otro polo del ser en el que lo obscuro también puede iluminar
sus regiones de sombra con un resplandor negativo.
14.
El Desdichado, con ese título en castellano
que remite a Ivanhoe de Walter Scott, donde hay un caballero disfrazado,
el propio Ivanhoe, que se presenta bajo ese nombre, es uno de los poemas más
conocidos e importantes de toda la historia de la poesía universal. Scott dice
que desdichado significa en castellano desheredado, que es lo que
era el caballero anónimo, y así también lo cree Nerval, pero ya sabemos que un desdichado
es alguien sin dicha, un malheureux, un habitante de la Malhora, de
la que tanto sabía Simone Weil. Encabeza El Desdichado, que aterriza en
la página con una rotunda declaración de identidad (Je suis le Ténébreux, le
Veuf, l’Inconsolé), la breve colección de sonetos Les Chimères, que
Nerval incorporó, a última y hora y por sorpresa, hasta el punto de ni figurar
en el índice, a su recopilación de relatos Les filles du feu, en respuesta a los condescendientes comentarios de su amigo Alexandre Dumas, que publicó ese
soneto en su revista Le Mousquetaire, el 10 de diciembre de 1853, recordando en su introducción, que, más o menos, el pobre Nerval no estaba muy bien de la cabeza.
Así, el lector decimonónico de Les filles, además de obras inmortales
como Sylvie, se topaba al final del tomo con una docena de sonetos
deslumbrantes, deslumbrantes en su obscuridad de sol negro.
15.
Una quimera es un ser
híbrido, un monstruo, con un cuerpo mixto de dragón, cabra y león, que
arroja fuego, de la estirpe de Tifón y Equidna, como las gorgonas. Fue asesinada por Belerofonte,
montado sobre el caballo Pegaso, hijo él mismo de una gorgona, pues surgido de la
cabeza decapitada de Medusa. Una quimera es algo que no puede existir, algo
anómalo, algo que no debería ser, pues se quiere orden y rigor, en el
mundo y en el relato. Es algo que puede resultar terrorífico, pero acaba por
convertirse en grotesco, en penoso. Las quimeras han aparecido aquí y allá en
la poesía, famosamente en el verso de Burnt Norton, el primero de los Four
Quartets de T.S. Eliot (the loud lament of the disconsolate chimera)
del que partió Luis Cernuda para nombrar su último libro, su última sección de La
realidad y el deseo, Desolación de la Quimera. El lamento suena en
el desierto, y lo hace en La tentation de Saint Antoine, de Flaubert. El
desierto es el lugar propicio para las quimeras, un desierto de arena sobre el
que el sol cae a plomo. El desierto es el lugar donde tiene que manifestarse el
Sol Niger en toda su gloria. Eso fue, justamente, lo que ocurrió el 12
de agosto en Medinaceli, Soria, España, la Tierra, el Sistema Solar, la Vía Láctea,
el Universo, la Nada.
16.
En la mitología
nórdica hay un lobo que quiere devorar el sol. Hay un momento de la noche que
corresponde a su dominio, Vargtimmen, la Hora del Lobo. Acosado por sus
terrores, en su Isla de Färø, Ingmar Bergman compuso su obra más inquietante,
la película que lleva ese título, en 1968. En Morgana en Duino incluí un
capítulo, o apartado, o poema en prosa, porque en realidad no son capítulos, con
ese mismo título yo también. Es el episodio que pone en marcha justamente la
travesía nocturna, el momento en que la noche nos llama y no podemos
permanecer por más tiempo en la insomne habitación de hotel y hemos de
lanzarnos a las calles, en busca de algo que quizás sea el mar. Cuando salimos,
la luna ha desaparecido, pero en esa obscuridad absoluta hay una luminosidad
otra, que nos permite orientarnos perfectamente por las calles desiertas.
Solos, o quizás contigo, porque en los sueños, a veces, estás tú. Seguros de no
alcanzar el término de la huida o de la peregrinación, seguros de seguir
intentándolo indefinidamente. Así es como funcionan los suplicios circulares en
el Hades.
17.
No hay en realidad un
sol negro en el grabado de Albrecht Dürer titulado Melencolia I, con ese
numeral que nunca tuvo continuación. Hay, en la esquina superior izquierda, por
contra, un extraño arco iris monocromo y un resplandor agonizante que
corresponde más bien a un astro que cae y que envía sus rayos de ambiguo
brillo. Ese astro es un meteorito, un aerolito, que realmente cayó en la ciudad
alsaciana de Ensisheim la mañana del 7 de noviembre de 1492. Esa piedra
vagamente romboédrica, figura también, a decir de algunos estudiosos, en el
grabado, en primer término, sometida ya a una geometría que la identifica, como
tantos otros elementos de la escena, como objeto del estudio melancólico del
gran ser alado, que, armado con un compás, ejecuta la escritura circular de los
atrabiliarios, intentando, ya que no existe, inventar un orden que haga menos
dura la travesía del desierto. El día 1 de enero de 2014 viajé a Frankfurt am Main,
porque en el Städel Museum había una gran exposición sobre Dürer, entre otras
cosas porque ese año o el anterior (la fecha no es absolutamente precisa, y,
por otro lado, la exposición ya había empezado en 2013) es cuando el alemán
ejecutó esa extraña composición que ha subyugado desde entonces a tantísimos
artistas y poetas. Allí pude contemplar la trasera de una tabla dedicada a San
Jerónimo penitente en la que aparecía una especie de astro ardiente en
plena caída.
18.
Sus biógrafos han
determinado que Durero estaba justamente en Basilea cuando se produjo la caída
de la roca celeste en Ensisheim, que está muy cerca de allí, y que pudo acaso
ver la piedra sideral con sus propios ojos. Ensisheim también está al
lado de Colmar, lugar que ya he visitado varias veces (como Basilea, que me
fascina, y donde hay un maravilloso museo de arte) para poder contemplar el
retablo de Isenheim, de Matthias Grünewald, que, entre otras cosas absolutamente
fascinantes y terroríficas, muestra unas tentaciones de San Antonio
infinitamente brutales y bellas. Entre los muchos monstruos allí representados
bien puede haber una Quimera, si es que la Quimera es algo representable. Antonio,
el eremita, en su retiro del desierto, recibe la visita de todo tipo de
criaturas, que quieren hacerle caer en el pecado. Pero, en realidad, es al
contrario: son las Quimeras las que se ven tentadas por la imagen de ese rígido
penitente, enhiesto en su soberbia de creerse elegido. La Quimera se sabe
incoherente, tiene dificultades para coordinar sus miembros aleatorios,
desearía acaso ser algo más parecido a un perro, sedente, como su hermana la
Esfinge, con la que dialoga en el extraño poema o drama de Flaubert. Sí,
tenderse junto a Antonio y que éste le acariciara la cabeza, mientras el sol se
va poniendo.
19.
Buscando otra cosa,
como suele ocurrirme a menudo, en uno de mis muchos cuadernos, me di cuenta,
porque lo había olvidado, que en marzo de 2024, en mi viaje a París de ese año,
estuve tomándome un café en un sitio llamado Les Chimères, como la obra
de Nerval. Está en la Place de Saint Paul, junto a la boca de Métro,
en el borde del Marais. Era justamente el día en que compré ese
librito de Tabucchi sobre Pessoa en La Tour de Babel, que luego se me
perdió y del que hablé ya aquí.
Luego ese libro volvió a aparecer, justamente en la bolsa de viaje que había
empleado para ese traslado a la Ville Lumière (es un libro muy delgado),
así que se reencontró con su doble, y es muy apropiado hablar de dobles cuando
anda Nerval, por medio, claro. Escribí un poema mientras me tomaba mi café ese
día en Las Quimeras. Éste:
Lo que se nos había perdido
era el
presente.
Habíamos incluso inventado el
futuro
para
recuperarlo.
Sin éxito.
Y, entre los trastos arrumbados
del pasado
no
estaba,
nunca
estuvo.
Se nos había perdido el presente y
lo buscábamos
no
por el tiempo,
sino
por el espacio,
pero el presente era apenas el
quicio
entre dos
calles,
cuyos números incongruentes
seguíamos
desesperados,
en
busca del portal
de
la juventud infranqueable.
20.
En la apropiadamente
titulada Melancholia, Lars von Trier, el muy atrabiliario y depresivo y
bastante insoportable a ratos en tanto que ser humano, director de cine danés, hace
irrumpir en el bien organizado, de momento, Sistema Solar, un astro
negro, llamado justamente Melancolía, que se acerca, se acerca, a
nuestra Tierra, como se va acercando la negrura de la depresión al enfermo, o a
la enferma en este caso, interpretada por Kirsten Dunst. En la segunda mitad del
film, que es excelente, asistimos a esa lenta danza en la que el sol
negro se va haciendo más y más grande hasta que todo estalla y apenas
podemos cogernos las manos y hacer una breve cabaña en la que esperar el fin de
los días. Como en La hora del lobo, lo que tenemos aquí es una película
de terror, el miedo a que la obscuridad se desborde y nos engulla, a que el mar
de sombra anegue todo y se nos lleve por delante. No fue eso lo que sentí el 12
de agosto en Medinaceli, antes al contrario, sentí una gran alegría, un gran bienestar,
fue algo como la consumación de un deseo que había ignorado tener, pero que
había estado presente en mí desde siempre.
y 21.
Mucha gente se
desplazó ese día, muchos salieron, salimos, de Madrid, y todos volvimos más o
menos al mismo tiempo. Tuve que soportar un gran atasco en la carretera de Barcelona,
llegué a mi casa pasada la medianoche. Estaba agotado del día tan intenso, me
había achicharrado de calor, no había podido ni siquiera cenar, pero estaba
tranquilo, satisfecho, se podría incluso decir que feliz. Montado también
en un coche, no en este, en el anterior, el 11 de enero de 2016, un lunes, en un
atasco nada feliz, que era más o menos el de todos los días entonces (luego ya
empecé a ir en Metro) en mi camino al trabajo, en ese día del retorno de las
Navidades, con un humor de perros, en mitad de la Glorieta de Carlos V, que es
como se llama de verdad lo que todo el mundo conoce como Atocha, intentando entrar
de una buena vez en el Paseo del Prado, en la radio dijeron que la noche
anterior había muerto David Bowie. La tristeza que me invadió fue tal que casi
me puse a llorar. Sentí un desplome, un abatimiento, del que apenas me he
recuperado. Si Bowie muere, es que todo muere, si Bowie muere, el universo carece
definitivamente de sentido. Acababa de salir su último disco, un disco que me
compré inmediatamente, un disco póstumo, que habla de su enfermedad, de
su agonía, de su muerte ya segura. Se titula Blackstar. Es un disco
maravilloso, y la estrella negra que lo preside en la portada es la misma de
Nerval, es la misma que se me reveló el otro día en la llanura calcinada de un
pueblo castellano, es el Sol Negro de la Melancolía y por eso no es triste,
sino gozoso, glorioso, obscuramente dichoso, como la saudade, esa dulce
tristeza, como el blues, como la poesía, como el estar vivo, como el
escribir, como el acordarme de ti.
[Texto de El Desdichado,
en francés,
y en una traducción al
castellano.]
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