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jueves, 30 de abril de 2026

En el Mar de Niebla



A donde quiera

que llegue desde aquí, será a aquí mismo.

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, Diario de un poeta reciencasado.

 

1.

El 26 de abril de 1336, Francesco Petrarca, acompañado de su hermano Gherardo y dos criados, ascendió el Mont Ventoux, en los Alpes provenzales. Hace unos días, pues, hizo 690 años de esa hazaña, que, si bien no puede equipararse a otras proezas del alpinismo y la escalada de los siglos posteriores, reúne algunas circunstancias que han hecho que casi siete siglos después sigamos recordando y celebrando la efeméride. Es, acaso, la primera ascensión documentada a una cumbre realizada sin un propósito práctico inmediato, por el placer mismo o por el reto que suponía. En ese sentido, muchos han querido ver en esa acción esencialmente gratuita un gesto simbólico que muestra al florentino como un primer hombre, un hombre nuevo que, a partir del acercamiento humanista a los clásicos y de un cambio de actitud vital ante la naturaleza anuncia la llegada estruendosa del Renacimiento. Otros lo han leído desde un prisma esencialmente deportivo, algunos otros han apuntado a una valoración de la contemplación del paisaje que entronca con planteamientos ulteriores del Romanticismo alemán. Todas esas lecturas son, obviamente, válidas, y también interesantes. No son la nuestra, al menos en esta ocasión.

 

2.

Cuanto sabemos de esa ascensión proviene de una carta del propio Petrarca, incorporada a las llamadas Epístolas familiares dirigida a Dionigi da Borgo San Sepolcro, monje agustino y confesor de Petrarca en Aviñón, donde ambos vivían, como consecuencia del traslado de la sede papal a esa ciudad de la Francia meridional. La carta se pretende fechada en la misma tarde del 26 de abril, al regreso de la excursión, emprendida desde Malaucène, a las faldas de la montaña, a donde los viajeros habrían llegado el día anterior. La crítica textual, no obstante, apunta a la escasa verosimilitud de esa datación, inclinándose por una redacción mucho más tardía, que podría alejarse incluso hasta 1353. Aunque los hay que consideran que el suceso no tuvo lugar, y que la carta no es más que un texto literario de intención ejemplarizante, parece claro que, al menos en algunos pasajes, se trasluce un fuerte componente vivencial. Lo más probable, pues, es que, bien partiendo de notas antiguas, bien escribiendo ex novo a partir de sus recuerdos, esa carta, que ya sería póstuma, pues su destinatario habría muerto años antes de ser escrita, relata hechos reales que resultaron significativos en la vida del poeta.

 

3.

La epístola está escrita en latín, y es bien cierto que tiene un tono moralizante, sobre todo en los pasajes finales. La concatenación de los hechos parece un poco forzada, o al menos el modo en que se plantean muestran hasta qué punto el relato se supedita a la intención didáctica y hasta penitencial. Pero, de nuevo, tampoco eso son asuntos que nos conciernan demasiado en este momento. De lo que se trataría, más bien, es de considerar el texto como una pieza literaria, y leerlo desde ese prisma, como una narración que acaso hoy, si nos animara un ímpetu comercial y poco riguroso, acabaríamos calificando de autoficción. Así, la primera persona, el hecho de dirigirse a un interlocutor, que además es un agustino, la presencia fundamental del hermano, elegido como único compañero posible en la travesía, y el propio decurso expositivo, le dan una intensidad y una agilidad a la pieza que han hecho que, más allá de todas las otras consideraciones relativas a su importancia histórica o a su trasfondo biográfico, sea una lectura extremadamente interesante para nosotros, criaturas del siglo XXI, acaso incluso aquejados de vértigo.

 

4.

Leamos, si no, el comienzo: Impulsado sólo por el deseo de contemplar un lugar célebre por su altura, he ascendido hoy al monte más alto de la región, que no sin motivo llaman Ventoso. Si recuperamos por un momento ese latín que se quedó amontonado entre tantas otras cosas en el desván de nuestra adolescencia, podremos leer que la motivación del escalador fue sola videndi insignem loci altitudinem cupiditate ductus. La que nos conduce es la cupiditas, lo que hay detrás de esa decisión es el deseo, la búsqueda de un placer o la consecución de un anhelo. Es bien cierto que el giro final del texto nos hará pagar en cierto modo esta rotunda declaración de individualidad, y hasta de hedonismo, pero lo cierto es que hacía muchos años que mi ánimo albergaba la idea de esta ascensión, pues ese monte estaba ahí desde siempre, alzado, inmóvil, insoslayable, semper in oculis. Su mera presencia invitaba al esfuerzo, exigía una acción que no podía limitarse a la mera contemplación a ras de suelo. Por ese motivo nos ponemos en marcha, desafiamos la pendiente, aceptamos el cansancio, buscamos una cumbre que sabemos que será una superficie pelada, un lugar en el que no podremos ser más que breves transeúntes, pero del que podremos decir yo he estado allí.

 

5.

Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o los espíritus, y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle. Así comienza Robert Walser, el gran andarín, su Der Spaziergang. Ese venir en gana de la traducción traslada el rotundo die Lust, el deseo, que asalta en el original a ese habitante del cuarto del Schreib- oder Geisterzimmer, con ese extraño guion de la disyuntiva que acaso no es otra cosa que una identidad, pues dónde va uno a escribir si no es donde habiten los espíritus, protagonistas absolutos de nuestra literatura. Ese ponerse en marcha, de buena mañana, para ir, como el ingenioso hidalgo, como los héroes artúricos, a la aventura, a lo que nos traiga nuestra buena o mala ventura, es el gesto básico de la escritura, ése que, esforzada o gozosamente (y, de nuevo, ese o es también un y), inicia la ascensión hasta la palabra final que, si los dioses nos son propicios, coronará este texto dentro de unos párrafos más.

 

6.

La llamada de la montaña, sentida por el protoalpinista Petrarca, o la invitación al paseo, a ese Spaziergang que muestra claramente esa intención de posesión, o al menos de exploración, del espacio que nos circunda, más allá de toda meta concreta o declarada, también es a veces un imperativo casi moral, un acto que linda con lo religioso. En Del caminar sobre hielo, esa crónica de un viaje a pie emprendido por el cineasta alemán Werner Herzog y que le llevó de Múnich a París durante veintidós jornadas de marcha, es preciso comenzar a andar para asistir a la muerte de una amiga querida y admirada: Un amigo parisino me llamó por teléfono a fines de noviembre de 1974. Me dijo que Lotte Eisner estaba muy enferma y que sin duda iba a morir. Le respondí: no es posible. No en este momento. El cine alemán no podía prescindir todavía de ella, no debíamos permitir que muriera. Lo que compete hacer entonces, o al menos así lo decidió Herzog en ese 23 de noviembre, era pertrecharse mínimamente, calzarse unas buenas botas y ponerse en camino hacia París, por la ruta más directa. Concluye Herzog este primer párrafo de su nota preliminar diciéndonos que estaba convencido de que, yendo a pie, ella sobreviviría. Además, tenía ganas de estar a solas conmigo mismo.

 

7.

En ese planteamiento dual del peregrinaje radica, creo, la clave. Hay un ritual, una ofrenda a quienquiera que sea la divinidad responsable de la vida y la muerte de la crítica cinematográfica Lotte Eisner. Y también hay la necesidad de soledad, de meditación, de diálogo interior. Eso es lo que propicia el viaje a pie, que se desea obrante. No se trata de asistir, junto al lecho mortuorio, a la agonía de la amiga, acaso agarrándole esa mano que está ya empezando a pertenecer al cuerpo glorioso. No, porque lo que está en juego es justamente la negación de la muerte, el desafío a cara descubierta de la Gran Nada. En ese caminar sobre el hielo hacia un destino que no puede ser más que el comienzo del regreso se plantea el desafío. De hecho, en la última entrada de su diario, Herzog, agotado, le dice a la Eisnerin que un día, juntos, coceremos un fuego y detendremos los peces. Ella le sonríe, puesto que sabía que yo era de los que caminan. Entonces, él concluye, triunfante: Le dije: abra la ventana, desde hace unos días puedo volar.

 

8.

Un lugareño desaconseja a la breve comitiva de Petrarca la ascensión a la cumbre. Dice que él mismo, empujado por su ardor juvenil, la realizó, y que sólo obtuvo de esa empresa, además del cuerpo y la ropa lacerados por las zarzas, arrepentimiento y fatiga. Pero Petrarca está empeñado en emular la aventura del macedonio Filipo, que ascendió al Hemo porque desde esa cumbre podían contemplarse simultáneamente dos mares, el Adriático y el Ponto Euxino, y Gherardo y él prosiguen su marcha, el hermano mucho más decidido y directo, por las vías más cortas pero más escarpadas, como buen monje cartujo que acabó siendo después de la ascensión, pero probablemente antes de la redacción de la epístola. Francesco, mientras, remolonea, trata de ir por las vías más sencillas, a veces incluso descendiendo para intentar por otro lado, perdiendo el tiempo, pues de lo que se trata, además de contarnos una jornada de alpinismo, es de establecer una lección moral y Petrarca confiesa su poca disciplina y propensión al sacrificio en la búsqueda de la altura en su vida. A la larga, no obstante, acaban por llegar a la cumbre de esa montaña empinada y rocosa, pero en el camino Petrarca ha de realizar su particular examen de conciencia, reniega de su pereza y su propensión a lo concupiscente, incluido, claro, aunque sin mencionarla, su enamoramiento crónico y sin esperanza de Laura, que ya ha muerto de la peste cuando está escribiendo esta epístola diferida.

 

9.

En la cumbre, la admiración del panorama que se describe con los ojos del geógrafo que Petrarca es, se ve interrumpida por una lectura, justamente de San Agustín, que denuncia la vanidad de las experiencias enfocadas hacia lo exterior y la necesidad de la búsqueda interior. Ésa es la última lección y el enunciado del propósito de enmienda que Petrarca realiza en su comunicación al agustino Dionisio de Santo Sepulcro. Pero antes de eso, y del descenso, cuidadoso y también fatigoso, bajo la luz de la luna llena, y de la llegada a la posada, donde Francesco escancia estos latines, hay una frase, acaso menor, que me parece la decisiva, que concentra toda la emoción del testimonio, y que, acaso, no se había pronunciado nunca hasta entonces: nubes erant sub pedibus, las nubes estaban a nuestros pies.

 

10.

1909 metros, al parecer, tiene el Mont Ventoux, cuyo nombre acaso no se deba a los vientos que puedan azotarlo, como el poético Mistral, sino a algún dios o vocablo galo. El 26 de abril que estamos conmemorando es del calendario juliano. Aplicando la adecuada conversión al gregoriano, estaríamos en los primeros días de mayo. Algunos lectores del texto se han extrañado de que no haya nieve en la cumbre, especialmente porque ésa fue una época especialmente fría en Europa. El día es claro, como el día en que Walser cogió su sombrero para ir a pasear, la cumbre está pelada, uno puede afanarse en encontrar, milagrosamente, con su vista de pájaro, los detalles de los mapas que ha estudiado desplegados en las mesas de allá abajo, pero lo que debe ser inolvidable es comprobar que somos más altos que las nubes, que hemos atravesado la región de la niebla y hemos salido a la luz de las cimas. Ese ver el cielo desde arriba es la flor que nos deja ahí, como de pasada, Petrarca, en su breve crónica, esa mirada hacia el horizonte lejano, hacia el panorama circular desde el penacho al que la propia niebla rinde pleitesía.

 

11.

Según nos dice Rossend Arqués Corominas en la edición de Cátedra de Mi secreto y algunas Epístolas de Francesco Petrarca, en la Biblia una sola vez se mira desde la cima de un monte, cuando el diablo tienta a Jesucristo con hacerle dueño de la tierra si reniega de su Padre. El único modo posible de hacer esa propuesta es alzando uno de los brazos, acaso el izquierdo, pues el diablo ha de preferir lo siniestro y haciéndole describir un arco de circunferencia en el aire, como si en ese movimiento se pudiera estar desvelando lo que estaba oculto detrás de una cortina. Para que ese gesto tenga poder ha de realizarse desde la altura. Todas nuestras tentaciones tienden a arrastrarse por el barro, sólo en el borde del vértigo uno sabe de verdad lo que está en juego. Al conducirnos a la cumbre, el príncipe de las tinieblas nos concede la visión de pájaro que es propia de los dioses y de las aves, objeto de nuestra envidia secular. Al Hijo de Dios, por el contrario, esa ascensión, esa mostración le obliga a un gesto contrario a su naturaleza: bajar los ojos, inclinar la cabeza. La cumbre más alta de la tierra no es sino un pequeño accidente en el fondo de ese océano sin superficie que llamamos cielo. Y nosotros somos los que reptamos sobre ese suelo.

 

12.

¿Qué le muestra, pues, el Adversario al Redentor? Un mapa. ¿Con qué le tienta? Con la posesión de un mapa, que sólo puede habitarse desde la distancia. Un descenso desde esa cumbre del gesto haría que ese aplanado panorama fuera poco a poco adquiriendo alzado, nos obligaría a enfrentarnos a la escala real de sus habitantes y sus objetos, y entonces nada de esto sería nuestro, pues sólo podemos ejercer ese dominio si mantenemos el apartamiento de la contemplación, si nos alejamos del fango de las larvas. Por eso la añagaza de Satán fracasa: porque en el mito de la Encarnación, contrariamente a lo que postularían los gnósticos, la divinidad ha decidido enfangarse, ha optado por la roña de las uñas, el hedor de los excrementos, el sudor de los cuerpos hacinados. En ese mapa extendido como una sábana sobre la superficie remota del planeta todo eso está por debajo del límite de resolución y es preciso descender la ladera para corregir ese error de percepción. El pecado original no fue el de los humanos, sino el del Creador, que quiso hacer un mapa y cuando se le llenó de insectos no tuvo mejor idea que arrojar sobre ellos un diluvio, para lavar esa carta geométrica. Pero hay un juez más alto, el ciego Sino, que decretó que la condena apropiada para tal exceso de soberbia era justamente el arrastrar pendiente abajo al Divino Hacedor para que su cabeza se llenase de piojos.

 

13.

Lo que vemos desde las alturas ya es nuestro, no es preciso que nadie nos tiente con su ganancia. Lo que no es nuestro es todo lo demás, es decir, todo. Por eso, en el bajar los ojos de la vista de pájaro lo que se nos revela una y otra vez es la gravedad, el peso. Nadie se queda a vivir en una cumbre, y no porque lo prescriba San Agustín, sino porque una cumbre es un sitio inhóspito que no permite otra vida que la de las rapaces, que pueden volar. Y aunque en nuestros mejores momentos lleguemos tan alto, tan alto que demos a la caza alcance, lo cierto es que la carne tiene inscrita su propia verticalidad declinante. Eso es el vértigo, ése es el mensaje del vértigo: sólo como anhelo te será dada la altura, sólo frente a una página los días afortunados, sólo entre los restos de tu propia vida que se extingue. Sólo ahí, ahora, un poco, las nubes están a tus pies, y te ocultan el mapa, el mapa del que procedes como un Ícaro que ya nota escurrirse por sus miembros la cera derretida. Sólo entonces, en esas cimas de la inspiración puedes alzar la vista y mirar al frente, en paralelo a las nubes, hacia otras cumbres que parecen a tu alcance.

 

14.

Es en 1818 cuando los estudiosos fechan Der Wanderer über dem Nebelmeer, el archiconocido cuadro de Caspar David Friedrich. En las desnudas rocas del primer término se yergue, aparentemente tranquilo, ayudándose apenas de su bastón para estabilizarse en un suelo tan imposiblemente horizontal, el caminante, que se nos muestra de espaldas. Para él, como para Francesco y Gherardo Petrarca, nubes sunt sub pedibus. De hecho, las nubes se han tupido tanto, que el título del cuadro nos habla de un Nebelmeer, un Mar de Niebla. Niebla es un vocablo del mundo inferior, designa ese extraño momento en que las nubes se dignan a descender a nuestro ras de suelo. Con ellas traen la extraña magia de la disolución de contornos, nos desorientan, nos desubican, y sin el ubi ya no hay un ego que se pretenda sólido. El Mar de Niebla que se contempla desde lo alto ya nos encuentra en el territorio de las águilas. La niebla es para los de abajo, para los que éramos hasta hace un momento, hasta esos últimos esforzados trancos que nos conducen al ápice. Entonces la niebla pasa a ser lo que siempre fue: nubes. Nubes bajo nuestros pies. Y al frente, pues ya podemos mirar al frente, pues ya no tiene sentido mirar hacia el mapa, otras cumbres, lejanas, cada vez más altas.

 

15.

Ese Mar de Niebla, pues, no oculta nada, sino que muestra. Muestra lo que importa, las otras posibilidades, los otros empeños, las otras obras. ¿Con qué podría entonces tentarnos Satán, repentinamente colocado junto a nuestro bastón (si es que él mismo no es el bastón que nos sostiene)? Con unas alas, por más que fueran las suyas, membranosas, pero a veces también llenas de ojos, como recuerdo del Serafín que un día fue Luzbel. Calzándonos esas alas sobre los hombros, como si la mochila que llevábamos en la ascensión del purgatorio llena de nuestros pecados pudiera al fin substituirse por los ojos de Beatrice, exploraríamos las cumbres, desde la altura que ya nos corresponde, sin volver al sudor de Sísifo. Sí, podemos ver a Mefistófeles sacando de debajo de su capa unas plumas de gallina y susurrándonos: si te postras ante mí y me adoras, te colocaré estas alas de guardarropía y podrás coronar todos los Everest del Sistema Solar. Pero no hace falta. No hace falta, porque tenemos un puente de niebla que nos lleva de una cumbre a otra, porque somos dioses y los dioses pueden caminar sobre las aguas de las nubes, porque cuando no hay mapa no hay vértigo, sólo hay otro suelo, más alto, cada vez más alto, lugar legítimo para nuestra habitación de poetas.


16.

Sísifo piensa que su castigo tiene una posibilidad de redención, ha creído que el mandato de los dioses era en realidad una propuesta, un contrato. No se trataba, le dijeron, de subir y bajar. Puedes subir una sola vez, con tal de que la roca sea la que baje, por la otra ladera, por la cara oculta de esta montaña. Si una vez, si una sola vez consigues que no se te resbale la piedra de tus manos empapadas de sudor, que no te venza la fatiga, y alzas, vigoroso, en un último y titánico esfuerzo la roca sobre tu cabeza y la arrojas al Otro Lado, podrás hacer lo que quieras, podrás descender y no volver a ascender, o podrás instalarte en la cumbre y gozar del panorama eternamente. Ésa es la tentación de Satán, la engañifa de los Olímpicos: plantear que existe otra posibilidad diferente al castigo, al suplicio circular. Por eso, Sísifo es el que insiste. Porque los castigos sólo pueden sostenerse si no se ha abolido la esperanza. Lo contrario es un simple mecanismo, un automatismo que se ejecuta ya sin mayor dolor, pues se han anulado los anhelos. Sísifo no es feliz porque haya comprendido y aceptado su absurdo, es feliz porque piensa que todo tiene aún un sentido. Cuando Camus, con los ojos aún llenos del sol del Mediterráneo, le susurra al oído al gigante la dolorosa verdad, su rostro se empapa de lágrimas.

 

17.

¿Qué hará Sísifo cuando haya por fin arrojado la roca pendiente abajo en el Lado-de-No? Mirar. ¿Qué verá Sísifo? Un puente de nubes. Un Mar de Niebla. Ese mar se habrá tragado su roca, que se habrá hecho ya para siempre abisal. Y Sísifo habrá comprendido que el único modo en el que se puede vencer a la gravitación es paseando, como hacía Robert Walser. Que para llevar a la roca a la siguiente cumbre habría bastado con hacerla rodar, como una bola en el juego de los bolos. Una bola que fuera rebotando entre peñascos como en un pinball megalítico. Y entonces Sísifo es feliz, y baja, sin mayor remordimiento, aliviado de tanto dolor, por la ladera de siempre, y cuando le entregan una nueva roca, pues los dioses poseen una provisión infinita de rocas, y le obligan a empezar de nuevo la partida, sigue siendo feliz, pues ya ha visto, ya ha visto lo que no existe, lo que no hay, el ámbito nebuloso del no estar, del no saber. Camus piensa en los descensos de Sísifo, quiere verle contemplando la vegetación que poco a poco vuelve a aparecer según nos acercamos al suelo (pues ya nos avisó el Pseudo Dionisio Areopagita, y nos lo repitió San Juan de la Cruz, que arriba es el lugar de la Nada, de las Nadas), quiere verle respirando el aire, tomándose su tiempo, calentando los músculos de los brazos, restañando las heridas de sus manos ya encallecidas. Pero no, Sísifo no se entera de nada de eso mientras baja. Él piensa en la cumbre. Y en la niebla. Gracias por la niebla.

 

18.

Puesto que el caminante está de espaldas y mira hacia adelante, y ese adelante es también el nuestro, queremos identificarnos con él, ponerle nuestro rostro. Ése es otro modo de subir. Todos estos procedimientos son importantes para nosotros, los enfermos de vértigo. Si uno se planta frente al cuadro (así se imagina a Samuel Beckett en la Hamburger Kunsthalle en octubre de 1936 Stéphane Lambert en su Avant Godot) está ya arriba, nubes sunt sub pedibus. Un par de pasos más, un abrazar el cuadro, nos llevaría directamente a superponernos a esa figura (pero no, porque es tan pequeña, tendríamos aún que reducirnos a la escala de ese nuevo mundo encerrado por el marco). Un último esfuerzo de escalador horizontal y tenemos delante, no ya una espalda, sino las otras cumbres. Entonces, arrojamos el bastón, adelantamos un pie y caminamos sobre el puente de nubes. Y ya no bajamos más, porque, aunque bajemos, habremos estado allí, como estuvo Petrarca, como estuvo Friedrich, como estuvo Beckett, como estuvo Sísifo.

 

19.

Como con el monje que está frente al mar, como con otros tantos personajes de las obras de Friedrich, se nos antoja que lo que están haciendo es escudriñar, como nosotros, pero la verdad es que tienen los ojos cerrados. Justamente porque ya no hace falta mirar. En el puente de niebla nos conducimos con la rotunda seguridad de un ciego en un mundo a obscuras. Un bello poema de Ángel Crespo nos muestra el agua de un pozo, desde el brocal. Al fondo, estamos nosotros también, nuestra figura, plateada, despojada del sudor de estar vivos. Nuestra imagen asciende envuelta en halos de aire y lejanía, es una teofanía en la que nosotros somos los dioses. Hemos visto. Y entonces, lo que es preciso hacer es cerrar los ojos, juntar los párpados para encontrar en el interior el agua de ese pozo. En el Mar de Niebla se mueven como espermatozoides encelados las extrañas moscas de nuestro humor vítreo. Al cerrar los ojos vemos que por dentro estamos también llenos de esa niebla sagrada, la niebla que oculta lo que no puede ser visto, porque no puede ser dicho. Por eso hay ciertos cuadros que uno debe mirar con los ojos cerrados. Por eso Sísifo desciende de su cumbre inalcanzable con los ojos cerrados, con paso seguro, sin tropezar una sola vez, escuchando el leve rumor de esa agua interior que contiene las palabras de los poemas.

 

20.

Juan Ramón Jiménez, en su maravilloso Diario de un Poeta Reciencasado, nos propone también una crónica poética, que se desarrolla entre la convexa horizontalidad del mar y la ambigua verticalidad de los rascacielos. Todo está escrito en luz, las letras de la luz son los colores. Muchos de los textos se llaman Cielo o Mar. Golfo, el poema del cual proviene la cita que encabeza esta entrada, está escrito en New York el 29 de febrero de 1916, justamente ese extraño día del bisiesto, y corresponde al número LIX del libro. Una nube nos acompaña. Oculta el sol, pero una sola nube no puede ocultar el sol, y el sol acaba, si no atravesándola, si tiñéndola, mezclándose es su materia sutil. Primero, la nube es blanca. luego, rosa. Porque el día va avanzando. Y luego, en el último verso, es roja, roja de ocaso. En ese día de meditación el poeta nos muestra lo que ha visto, en su abajo, en sombra, sobre las rocas de esa cumbre del fondo del aire que es el puerto de la ciudad, el puerto del sueño. Nos dice: es el fin visto, y es la nada de antes. Porque la nada es todavía. Y entonces, comprende, como comprendió Ángel Crespo asomado al pozo: a donde quiera que llegue desde aquí, será a aquí mismo, porque

Estoy ya en el centro

en donde lo que viene y lo que va

unen desilusiones

de llegada y partida.

El oleaje del mar de agua y el oleaje del mar de niebla nos dan el vaivén de los versos. No es preciso seguir avanzando, ni siquiera volar. Aquí estamos bien. Cerremos los ojos, dejémonos llevar por los puntos suspensivos.

 

y 21.

Así concluye El paseo de Walser:

Las circunstancias le habían ordenado viajar, y partió. Quizá hubiera podido convencerla a tiempo de que tenía buenas intenciones, de que su querida persona me era importante, y de que por muchos motivos quería hacerla feliz, y con ello a mí mismo; pero no me esforcé más, y ella partió. ¿Para qué entonces las flores? “¿Recogía flores para depositarlas sobre mi desdicha?”. Me había levantado para irme a casa; porque ya era tarde, y todo estaba oscuro.

Los paseos terminan en un viaje de vuelta, en un retorno a casa, porque todo acaba por obscurecerse, porque los astros también están sometidos, por la crueldad del Sino, a un suplicio circular como el de Sísifo. Las ascensiones a las montañas sagradas, las excursiones de los caminantes, concluyen en el descenso, en la posada donde escribir cartas a monjes agustinos, en donde reponer fuerzas y dormir el sueño del que está felizmente fatigado. Las visiones concluyen, las nieblas se disipan, también se muere el mar. Del lado de la piel que se va llenando de arrugas nos quedan, sin embargo, las memorias del vuelo. Ella partió y yo dejé de recoger flores, pero compartimos un día la visión de las nubes. Y cerramos los ojos. Cerramos los ojos los dos a la vez, porque nos estábamos besando. Y desde entonces, vayamos donde vayamos, siempre venimos a aquí mismo, al puerto del sueño.

 

 

A P É N D I C E

Desde el brocal, Ángel Crespo

A la luz del pozo, la imagen

que hacia el brocal asciende viene envuelta

en halos de aire y lejanía

pues la devuelve el agua

más pura —invulnerable

a la tierra y el fuego—

como teofanía de mí mismo.

Los ojos, que apagando iba

tanto mirar sin premio,

resplandecen como una plata

diáfana, en la penumbra,

y me miran sin preguntar,

como sabiendo la respuesta.

Apoyado al brocal, alzar no quiero

la mirada, y junto los párpados

— para buscar dentro de mí

el agua de ese pozo.

 

Golfo, Juan Ramón Jiménez

La nube ―blanco cúmulo― recoge

el sol que no se ve, blanca.

Abajo, en sombra, acariciando

el pie desnudo de las rocas

el mar, remanso añil.

                               Y yo.

Es el fin visto,

y es la nada de antes.

Estoy en todo, y nada es todavía

sino el puerto del sueño.

La nube ―blanco cúmulo― recoge

el sol que no se ve, rosa.

                               A donde quiera

que llegue desde aquí será a aquí mismo.

Estoy ya en el centro

en donde lo que viene y lo que va

unen desilusiones

de llegada y partida.

La nube ―blanco cúmulo― recoge

el sol que no se ve, roja…

domingo, 16 de febrero de 2025

Obstinación

 


El concepto de revelación, en el sentido de que, de repente, con indecible seguridad y finura, se deja ver, se deja oír algo, algo que lo conmueve y lo trastorna a uno en lo más hondo, describe sencillamente la realidad de los hechos.

F.W. NIETZSCHE, Ecce Homo

 

1.

Trazar una circunferencia no es nunca una operación inocente. Supongámonos dotados del instrumental pertinente. Digamos, una caja de compases Kern, en un estuche con interior de terciopelo rojo, recibida en un paquete desde Suiza, como regalo de mis tíos, allá por los setenta, cuando era un escolar proverbialmente torpe con todo lo gráfico. Extraigamos el compás, que ostenta dos puntas. En una de ellas se aloja una mina de grafito que puede substituirse cuando se gasta. Si queremos hacer dibujo lineal (nuestro particular suplicio, la adecuada metáfora de una vida que se sabía ya llena de borrones) esa pata del compás puede incluir, en vez de la mina, un pequeño receptáculo en el que depositar una gotita de tinta. La otra punta es aguda, una aguja que bien puede pincharnos el dedo si somos descuidados, y hasta hacer brotar una gotita de sangre en la yema. Abramos el compás, forcemos la separación entre sus dos brazos. Entonces es cuando llega el momento decisivo, irreversible.

 

2.

Sobre la hoja en blanco previamente preparada, que puede ser una lámina que habría que entregar en clase para ser evaluada, o una simple página de uno de los muchos cuadernos de los que nos dotábamos en la infancia, sin tanta trascendencia entonces lo que acabara dibujado allí, pero igualmente fascinados por la infalibilidad de tan simple construcción mecánica, sobre esa superficie, pues, presta para ser inscrita, clavemos la aguja del compás en el lugar designado como centro, y dejemos que, impulsado con un grácil movimiento de nuestra mano, que sujeta el compás por arriba, la otra punta vaya manchando con su tinta o su grafito la inmaculada blancura. Cuando la línea quede cerrada la tarea habrá concluido, aunque nada nos impedirá seguir y seguir haciendo girar el grafito para repasar una y mil veces la circunferencia, ya definitiva en sí misma, ya inescapable para la trayectoria del compás.

 

3.

Así pues, en el mero comienzo del trazado de la circunferencia hay, había en aquel entonces de largos días y esperanzas aún no agotadas, una herida. La aguja marcaba el papel, lo perforaba en un pequeño orificio ya irreparable, redondo él mismo, capaz de abrir en esa geometría bidimensional del plano de la hoja una profundidad inesperada, definiendo un pequeño vórtice por el que se escapaba la blancura. El centro había devenido, pues, un abismo, o un punto de fuga. Uno podía borrar acaso la figura trazada (no si habíamos empleado la tinta, por más que ciertas gomas de borrar lo intentaran, a costa de rasgar el papel, de arrugarlo, de dejar un rastro aún peor), pero no había modo de deshacer el orificio, de desdecir ese comienzo de un cosmos nuevo. Habíamos, pues, cometido, una vez más, un acto irredimible, habíamos generado un sumidero. ¿Era por ahí por donde se iban escapando las esperanzas?

 

4.

Del otro lado, el grafito iba dejando su huella. Había un comienzo, esencialmente arbitrario. Ahí, la primera mancha, el primer punto. Después del viaje circular, nos encontrábamos con ese origen. Es decir, nos encontrábamos en donde habíamos estado con quienes habíamos sido. Si seguíamos dando vueltas, nos llevábamos en nuestra rotación, en nuestro tiovivo monocromo, a ese punto de nuestro pasado al encuentro de un nuevo punto de nuestro futuro. ¿Idénticos? Sólo aparentemente. Sólo si confiamos en la vista, sólo si nos dejamos llevar por el agradable vértigo de la geometría euclidiana, ciencia de lo eterno. Pero el compás recuerda. El compás sabe que primero no hubo nada, y luego hubo una circunferencia, y que todo al final es una cuestión de tiempo. Ah, pero esa geometría temporal restaba por escribirse, aunque se barruntaba, bien que se barruntaba.

 

5.

Toda verdad es curva, nos dijo un día Nietzsche, temblando aún de la visión del Eterno Retorno, la más pesada que pueda concebirse. Lou Andreas-Salomé dejó escrito que Nietzsche sólo hablaba de esa verdad revelada entre susurros. Pensada, la idea del tiempo circular parece natural, puesto que toda nuestra existencia se asienta sobre la imprescindible repetición de ciertos ciclos, diurnos o estacionales. Sentida, esa idea se convierte en algo insoportable. Si de verdad todo se repite incesantemente, en todos sus detalles, la importancia de cada uno de los instantes se hace nula, o infinita. Se puede leer eso como una invitación al amor fati, independientemente de lo dolorosa o miserable que sea la vida, pero también es algo que nos produce la náusea del mareo, la pavorosa sensación del vértigo, es decir, del derramarse. Bien sabe la punta del compás (que acaso sostiene entre sus manos el Ángel de la Melancolía de Durero, por buenas razones) que lo que está haciendo es encerrarnos, definir un corral, una prisión circular, de la que él no es otra cosa que el guardián, el cerco, la frontera. Pero, incluso si fuera así, podría pensarse que todavía cabe una extraña esperanza, una esperanza obscura. La esperanza de que las cosas vuelvan a ser, de que nada se pierda, de que regresemos infinitamente. Ilusos…

 

6.

Vuelvo a Nietzsche, a quien empecé a leer en la adolescencia, de forma igualmente irreparable, incesantemente, como la araña en el claro de luna. Una de las últimas veces fue, como es lógico, durante mi segundo viaje a Turín, en agosto de 2022. Indago sobre su peripecia vital, sobre el modo en que la idea nefanda y gloriosa de la eterna recurrencia se le apareció en Sils-Maria en aquel agosto de 1881 (ya he hablado de ello por aquí). Voy y vengo, doy vueltas, anoto, soy la punta del compás insistiendo en el dibujo ya terminado hace tanto, amenazando con su continuo pasar por los mismos lugares de la página así torturada con perforarla también del lado de la circunferencia, con acabar por recortar ese círculo, escribiendo así otro abismo, de mayores dimensiones, el hueco de lo recortado. Soy lo que se llama una persona obsesiva. Siempre lo he sido, siempre lo seré. No hay modo de dejar de serlo, apenas pueden modularse la intensidad, los objetos, las situaciones, los temores o las personas con los que nos enganchamos. La eterna recurrencia de los temas de mis anotaciones en los cuadernos lo deja bien a las claras.

 

7.

En uno de esos cuadernos, pocos días después de ese retorno de Turín, cuando me he comprado nueva bibliografía de Nietzsche y he apuntado citas diversas, abro una nueva entrada. Es el 24 de septiembre de 2022. La transcribo aquí tal cual, con la fuerza de una iluminación de magnitud comparable a la de Sils-Maria.

Un hallazgo, precisamente hoy, día de la Mercè, un hallazgo terrible: el eterno retorno existe y es la demencia (y un demente lo formula, y en esa revelación establece la cartografía de un territorio que luego recorrerá durante años), en esa incesante recurrencia de la pregunta circular, en esa abolición del tiempo. Así, ese anhelo queda cumplido demoniacamente en ese dejarse ir que implica un desasimiento aniquilador. Pero ¿no era ésa acaso la promesa de la mística más radical? Ese teatro del absurdo de la búsqueda personal concluye sórdidamente en ese semisótano de la pérdida de identidad. Ahí se retorna siempre, a ese no sabernos crepuscular del que ya no se puede salir, pues no hay a dónde.

Es preciso que añada un par de datos para contextualizar las alusiones. Mi madre fue enferma de Alzheimer, y como todos los enfermos de Alzheimer, tuvo una fase inicial en la que preguntaba una y otra vez la misma cosa, incapaz de retener las respuestas que se le ofrecían con toda la paciencia del mundo. Mi madre se llamaba Mercedes.

 

8.

En efecto, lo que me enseñó la iluminación es que, una vez más, hay que tener cuidado con lo que se desea. Cuando avanzamos por la carretera del estar vivos, sometidos a la inclemencia del sol o al fragor de la tormenta, sin saber muy bien por qué, ni hacia dónde, acaso anhelaríamos que esa dura linealidad se curvara, se venciera hacia un retorno de lo vivido, que esa recta inquebrantable nos ofreciera desvíos y atajos que nos condujeran, con milagrosa rapidez, al beso aquel, a aquella sonrisa, al momento en que del paquete de Suiza salió la caja de compases. Pero ese volver es, inevitablemente, quedar atrapado. La subversión de lo que avanza no es un avance hacia atrás, no es un retroceso, es un carrusel al que seremos aherrojados, es un nebuloso empezar a no ser, a ser alguien que no se acuerda de lo que le han respondido y vuelve a repetir la pregunta. Y vuelve a repetir la pregunta. Y vuelve a repetir la pregunta. Trazar una circunferencia no es, desde luego, una operación inocente.

 

9.

Hay que tener cuidado con lo que se desea o, de otro modo: a la memoria la carga el diablo. Especialmente si uno está dotado, a la vez, como es mi caso, de una memoria de elefante y una propensión agotadora a la obsesión. Aparentemente asentado en la herida del ser que marcó la aguja del compás al definir el centro de operaciones, contemplo alucinado cómo a mi alrededor el tiovivo se reitera en su viaje a ninguna parte, incansable. Puede que la verdad sea curva, y que el tiempo lo sea, como supo Nietzsche, pero ésa no es una buena noticia, porque, a pesar de todo, somos el que avanza por la carretera, cubierto del polvo de tantos años vividos, y el destino final ya se insinúa. Quizás en forma de zanja, pero eso no importa, por supuesto.

 

10.

¿Es esto desolador? ¿No hay alternativa entre la circularidad inhumana de los astros que ejecutan sus elipses, ajenos a la gratuidad de esa tarea y la recta del transcurso, que se afana en procurarnos lejanías, desamparos, agostamientos? ¿Cómo vivir en esas geometrías? No hay en realidad fórmula posible, pero al menos sí conviene darle una vuelta a todo eso, una vuelta más, nunca la última, pues nada puede parar hasta que se para y entonces no hay nadie para decir: hemos parado. Si lo miramos bien, el problema siempre estuvo mal planteado, porque no hay circunferencia posible, porque no hay movimiento circular, porque las órbitas también acaban por agotarse y los astros acaban por desplomarse unos sobre otros.

 

11.

La forma geométrica adecuada sería la hélice. Imaginen un muelle, o una escalera de caracol. Somos el punto que está queriendo ser circunferencia, pero según hemos ido avanzando, el plano de la hoja se ha convertido en cuña. Obedecemos (¿qué otra opción nos queda?) a la tirana ligadura del compás, a la rigidez de sus materiales, y rotamos en torno a ese centro sangrante. Pero, completada la vuelta, no nos encontramos con el lugar de entonces, no nos encontramos con quienes fuimos. Estamos más arriba, si somos optimistas y confiamos en que la trayectoria sea ascendente, como en una subida al Monte Carmelo, o por las gradas de la montaña del Purgatorio de Dante. O estamos más abajo, si es que pensamos en que todo decae, todo se desordena, es decir, si somos, como debemos, fieles observantes de la única religión posible, la de la Entropía. De una vuelta a otra el paisaje cambia un poco. Reconocemos, recordamos, evocamos, pero el ángulo es otro, el espacio anota que el tiempo ha transcurrido. No nos hacemos trampas en el solitario.

 

12.

Seamos algo más precisos. Una hélice es una curva que se escribe sobre la superficie de un cilindro. Su curvatura y su torsión son constantes. Si tenemos una montaña, o un pozo como el del Inferno dantesco, esa hélice se está trazando sobre la superficie de un cono, en busca de su ápice, aéreo o subterráneo. Cada vez estaremos más adentro, daremos las vueltas más de prisa. Ahí parecerá que hay sentido, que de algún modo hemos vuelto a vencer a la Carretera Perdida incorporándola a nuestro trazado. Sí, la entropía nos impone que nada vuelva a ser igual del todo, sí, la entropía, es decir, la vida, nos impone un avance imparable hacia el final que es la aniquilación. Pero hay una cima del Purgatorio en la que empieza el Paradiso. Simplemente no estamos dotados para la escalada, no disponemos del equipamiento adecuado, hemos de renunciar a la vertical, no podemos circular por una carretera tan empinada. Pero, al final, llegaremos, tanto rodeo tendrá un objeto. Sí, así son las hélices cónicas: están llenas de esperanza.

 

13.

La verdadera hélice, la del muelle, la de la escalera de caracol, es, empero, la cilíndrica. La pasarela helicoidal se desarrolla sin fin hacia arriba y hacia abajo. No sabemos muy bien cómo estamos ahí, in medias res, en algún piso de esa estructura, y seguimos nuestra marcha. ¿Hacia arriba? Concedámoslo, en el fondo da igual. Lo cierto es que en nuestra marcha vamos siempre sobre un plano inclinado. No hay horizontal en esa rampa. La gravedad amenaza siempre con derribarnos, tenemos que colocar el cuerpo en consecuencia. Si vamos hacia abajo (y vamos hacia abajo) conviene contrapesar un poco, para que la aceleración no sea demasiada, y nos vertamos irreparablemente. Así transcurre el tiempo de nuestra vida: día a día, con la rotación terrestre, mes a mes, con las fases de la luna, año a año, con la traslación en torno al Sol, hacia abajo porque nuestras células se van agotando. La Tierra, la Luna y el Sol también se van agotando, pero duran demasiado para que nos demos cuenta.

 

14.

Este conflicto entre tiempo circular y tiempo lineal reaparece una y otra vez en la historia del pensamiento humano. Es, de algún modo, el tema. La permanencia aparentemente inquebrantable de la escenografía y la linealidad imparable de la obra que en ella representamos. La sucesión de las generaciones y el drama personal del nacimiento y la muerte. Los tiempos de siembra y recolección frente a los rituales de paso y a las fórmulas de acogida y despedida. Desde siempre, la sospecha de que, en efecto, no hemos sido creados cíclicos, hay algo en nosotros que se va derramando, frente a la indiferencia cósmica de los astros, afanados en su escritura, ajenos aún a púlsares y quásares y enanas blancas, otras cosas que fueron abriendo en el cielo otras tantas heridas, que fueron recordando que también se muere el mar, que también esos relojes van atrasando y acaban por pararse.

 

15.

La pasarela helicoidal de nuestra memoria tiene barandillas, no tan altas como desearíamos, que nos permiten asomarnos al gran Hueco central. Son tantos los pisos, lleva tanto tiempo aconteciendo este absurdo certamen de la tortuga, que nuestra vista se pierde cuando miramos. Nuestra propia visión, de hecho, nos traiciona, traduce mal la geometría, tiende a hacer converger las paralelas, cerrar los anillos. Nos parecerá, en efecto, que recorremos un cono, no un cilindro, nos parecerá, en efecto, que las líneas se fugan hacia detrás y hacia adelante. Pero la trayectoria helicoidal no concede respiro. Siempre estamos igual de lejos del otro lado, siempre estamos pisando sobre un suelo diagonal, en el que una moneda rodaría y rodaría hasta perderse.

 

16.

¿Podemos dar la vuelta? Podemos, pero nos toparemos con el resto de los réprobos que ascienden por la Montaña del Purgatorio. Nos toparemos con los que fuimos, visiblemente más jóvenes, más fuertes, no tan secretamente más desdichados. ¿Lo haremos, entonces? Lo haremos, porque somos obsesivos, porque siempre nos parece que se nos ha perdido algo, que hay algo que hemos dejado un par de pisos más abajo, que hemos ido demasiado de prisa y nos hemos distanciado de los que queríamos por compañeros de viaje. Lo haremos, lo hacemos, escribiendo, sobre todo soñando, porque los sueños se desarrollan en una sucesión interminable de sótanos en esa estructura helicoidal, como ya sabemos.

 

17.

¿Y tú, estás en el tren? ¿Estás aquí, en este extraño palacio, en esta rara pagoda, en esta Torre del Silencio? ¿Te paseas conmigo, con Nietzsche, por la arcada circular? ¿Juegas también a avanzar mirando hacia atrás, como el Angelus Novus para intentar así cancelar el futuro, anudándolo como una goma con la que recogemos el pelo de la cabellera que no puede evitar descender hacia los hombros? ¿Arrastras también una roca y sonríes a escondidas cuando vuelve a caer porque sabes que eso te hará retroceder unos pasos, engañar a la entropía, como si eso fuera verdad, como si la entropía no estuviera dotada de ascensores? ¿Eres, en suma, feliz, como Sísifo?

 

18.

He ido mucho al cine esta semana. Tres de las películas que he visto, de algún modo, se inscriben en este raro tiempo helicoidal de la creación artística. Encerrados en sus latas, cuando aún todo era celuloide, en unas latas que bien podrían tener dibujada en su tapa una espiral (como en los motores de los aviones), esos films se dejan exhibir una y otra vez, han encapsulado su propio carrusel, dan vueltas y vueltas sobre las mismas imágenes, y nos reconforta de algún modo que al menos en ellas nada cambie, por más que sepamos que hay que restaurar esos materiales, cambiar de soporte, por más que apreciemos la usura, los colores más desvaídos, por más que entendamos que los actores que las interpretaban han ido desapareciendo. Tres películas: L’année dernière à Marienbad, La Jetée, Mulholland Drive. De todas ellas ya he hablado por aquí: me repito, es mi modo de hacer que el compás gire, aunque la circunferencia que esté trazando se alargue como una elipse, porque la mano cada vez tiene menos fuerza. En todas esas películas, en tantas otras obras, se plantea la cuestión candente: el avance del tiempo, la posibilidad del bucle, la reconstitución del pasado, la resucitación de los recuerdos y de los que habitaban en ellos. Es decir, la aceptación de la pérdida de identidad, la entrada en ese tiempo inhumano de la pregunta circular, el Sils-Maria del Alzheimer. Sí, hay que tener cuidado con lo que se desea, y también con aquello que se admira.

 

19.

Y sin embargo… Nabokov decía que the spiral is a spiritualized circle. Justamente la imposibilidad de retorno es la imposibilidad del cierre, es la puerta abierta del corral. Anclarse a los rituales, ser indulgente con las obsesiones, repetir una y otra vez los mantras, las películas, los libros, las palabras, funciona para moderar la inquietud, para narcotizarnos, para marearnos como nos mareábamos girando y girando cuando éramos pequeños, hasta caer al suelo. Todo eso está bien, es aceptable, es imprescindible incluso, hay que seguir haciéndolo. Pero no hay que inventarse la horizontal del suelo, no hay que ignorar que el paisaje se va viendo con ángulos distintos, hay que recordar que estamos pasando por lugares que se parecen, pero que no son el mismo. Hay que estar atentos a las respuestas, para no repetir las preguntas. En suma, hay que aceptar el argumento de la obra.

 

20.

Sólo así podremos reencontrarnos. No con quienes fuimos, ni en donde estuvimos, sino con los que somos, aún más, con los que seremos, porque ahora, aquí, escribiendo, aún no estamos juntos. En alguna de las vueltas de la hélice nos esperamos, los dos mirando por la barandilla al espectáculo incomparable de los coros angélicos de la Nada. Nuestra historia siempre fue divergente, pero hay segmentos compartidos que nos unen más allá del tiempo. Es cierto que cada uno miraba desde un lado, es cierto que los relatos difieren en algunos matices. Pero qué importancia tiene eso cuando el enemigo a batir, la entropía, es tan poderoso. Bien nos podemos conceder un receso en el ascenso, bien podemos sacar de la mochila la caja de compases, bien podemos sentarnos en el suelo sólo tan levemente inclinado, notando que nuestra flexibilidad no es ya la de los ocho años, bien podemos trazar una circunferencia en el suelo, bien podemos permitirnos un borrón de tinta, muchos borrones, una constelación entera de ellos, un nuevo cosmos de borrones que dejar ahí, en ese preciso punto por el que otros pasarán tarde o temprano. Bien podemos convertirnos en agentes del Eterno Retorno, en subversivos generadores de instantes insondables. Bien podemos perforar con la punta de nuestro compás todos los dolores para abrir en ellos la espita de la alegría. Bien podemos, pues, abrazar el vértigo, como en aquella escalera de caracol de Chartres que no nos atrevimos a acabar de subir, pero que nos brindó muchas, muchas ventanas a través de las cuales contemplar la puesta del sol, una de las que nos queda aún por contemplar, y ya van siendo menos.


domingo, 10 de marzo de 2024

Los bulevares periféricos

 


Est-on vraiment sûr que les paroles que deux personnes ont échangées lors de leur première rencontre se soient dissipées dans le néant, comme si elles n’avaient jamais éte prononcées?

PATRICK MODIANO, L’horizon

 

I.

En la desbocada primera novela de Patrick Modiano, La place de l’étoile, aparece la que sin duda es una de las frases más alucinantes que se hayan podido escribir: Vous n’écoulerez jamais vos stocks de kaléidoscopes.

 

II.

En los almacenes, pues, se agolpan, acaso envueltos en cajas de vivos colores, decenas, cientos de caleidoscopios, pero, es sabido, el mercado de caleidoscopios está a la baja. Y eso permite calibrar hasta qué punto nuestra sociedad es desdichada.

 

III.

No habrá forma de dar salida a esos stocks de caleidoscopios que acumulan polvo en quién sabe qué nave industrial de la periferia fractal de una ciudad monstruosa. En su inmovilidad, congelada, la disposición de las fichas que se ha convertido en eterna. Otros mundos esperan en la rotación imposible. No hay manos suficientes para girar tanto tubo.

 

IV.

Es bien cierto que el comentario es sarcástico, que todo es una gran broma y que carecemos aún de la profundidad, de la mesura del tono que sólo nos alcanzará, si es el caso, con la madurez. Pero hemos tenido caleidoscopios durante la infancia. Aún tenemos alguno, otros se han ido rompiendo, perdiendo, escondiéndose en trasteros y mudanzas. Y conocemos las leyes de la Óptica.

 

V.

En L’herbe des nuits el narrador es interrogado en una oficina del Quai des Gesvres. Se da cuenta entonces de que se encontraba quizás en el punto exacto donde Gérard de Nerval se había colgado. La rue de la Vieille Lanterne ha sido sepultada por las nuevas construcciones, pero si se descendiera a los sótanos de este inmueble se descubriría, al fondo de uno de ellos, un trecho de la calle de la Vieja Linterna. Sí, así es todo: subterráneo.

 

VI.

El tiempo es poroso. Tarda uno en descubrirlo, pero Modiano lo sabe, y nosotros lo sabemos ahora ya también. Es un conocimiento inútil, pues no hay modo de localizar esos poros, se abren de repente, en cualquier rincón de la hora, pero son diminutos, no puede uno descender por ellos con qué cuerda de palabras. Si acaso, al despiste, a uno se le pueden caer las llaves dentro. O, poniendo el oído, puede escuchar viejas canciones que parecen salir de un gramófono. Se han dado casos de gente que intenta horadar la malla con agujas de coser, o con cuchillos. Pero todo es angosto.

 

VII.

Hay, sin embargo, modos. El más sencillo, pero igualmente arbitrario y desoladoramente imprevisible, es el sueño. Claro que cuando uno sueña está inevitablemente del lado de abajo y oye resonar sobre su cabeza las pisadas del vivir, cuyo eco se expande sobre ese hueco del estar dormido. Lo decoramos como podemos, con nuestros viejos juguetes. Y sobre su pavimento trazamos, con la tiza de entonces, una rejilla de calles que se parece tanto a los circuitos ciclistas donde jugábamos a las chapas.

 

VIII.

Hay otros modos, pero son aún más difíciles de dominar, y apenas puede uno ponerse en una disposición de extrema receptividad y rogar a los dioses que habitan en los intersticios, y que son bellos como insectos, que nos sea concedido el vislumbre. La música funciona, dicen, pero lo cierto es que la música apenas abre algunos espejos, pues ella misma se basa en el ritornelo y en la trampa. Y luego están los dedos, pero quién se acuerda ya de los dedos.

 

IX.

Deambular, en todo caso, agotar el mapa, dejar caer las miguitas del transcurso, repetirse en voz baja las letanías de las estaciones de metro, es un buen método para conjurar las bifurcaciones, para descubrir las puertas del tiempo perpendicular. Es así: la geometría es congruente, la topología es sedosa, de repente la perspectiva es compartida por dos ciudades distantes, por dos ciudades anteriores. Entonces es como saltar a la vía de al lado, es como ser trasladado al barco que viaja hacia el Polo Magnético.

 

X.

Hay otros tiempos igualmente disciplinados en su sucederse, tiempos paralelos que se ven desde las otras miradas. Podemos hablar de ellos: hace ya veinte años, fue anteayer, te espero mañana. Y cada uno se marcha a su casa con su larga cola de tiempo, arrastrando sonrisas, dolores y muchas hojas de calendario. A veces parece que algo rima. Sí, pero de qué sirve.

 

XI.

No, de lo que se habla aquí es de acceder a los procesos no interrumpidos, recuperar inquietudes y expectativas. Un joven sale de la Universidad y recorre el mismo camino cada tarde. No tiene aún veinte años. Lleva un libro de Canetti. Alguien le dice: “¿lees a Canetti?”. Canetti está aún vivo entonces. Cuando muera, algunos años después, decretará que una parte substancial de su legado deberá permanecer oculta, secreta, en la Biblioteca de Zürich, hasta treinta años después de su muerte. Ya han pasado treinta años de su muerte. El estudiante lleva mucho esperando. Tiene sesenta años. Ay, qué será de su legado, de sus cuadernos, qué sótanos los acogerán, que manos póstumas los recorrerán, quizás, con mimo.

 

XII.

Así funciona todo. Pilotitos encendidos en un gran panel de la guardarropía consabida de las series de ciencia ficción de la infancia. En la central térmica del corazón, fugas que van consumiendo una potencia que ahora se necesitaría tanto. Una mañana en la que parecía que todo estaba por hacer. Cuadernos empezados, y nunca terminados. Agendas con teléfonos de siete cifras. La inminencia del milagro, o de la catástrofe. Todo ahí, intacto, no bifurcado, sino detenido, estático, extático, a la espera de alguien que sepa bucear. Quién supiera.

 

XIII.

Cuando el avión desciende, todavía no ha pasado nada de lo que iba a pasar. Una vez se formuló así: si volvemos... Hemos vuelto, gastados, por algún lado se esconden esos simulacros, recorren nuestros dobles incansables (éramos más jóvenes, más fuertes, más tristes, con más ganas) la ciudad que se fue colando en los sueños, que se fue mezclando con la Ciudad. Hemos vuelto. Ya tenemos plano. Ya no nos perdemos. Pero no encontramos las puertas que dan a los transbordos inesperados. Hemos agotado todas las líneas del metro y la estación aquella de los besos no llega.

 

XIV.

A medida que las estaciones se sucedían, yo remontaba el curso del tiempo. Así Modiano. Hay otro método, hay otra posibilidad: escribir. Es cierto que eso significa renunciar al espacio, renunciar a los cuerpos. Es cierto que no deja de ser encender fantasmagorías. Pero nada me impide decir: estoy llegando, dime dónde me esperas. Nada me impide decir: todavía no ha ocurrido, todo está por estrenar. Paseemos un rato más, no dejemos que se nos caiga al suelo esta vez. Lo he hecho: lo sigo haciendo. La avenida se agota, el tiempo ya no se sostiene, la línea se comba. O empiezo a trazar mis agujeros de gusano o en breve todo habrá terminado.

 

XV.

J’écris ces pages pour trouver des lignes de fuite et m’échapper par les brèches du temps, dice, escribe Modiano. Líneas de fuga, brechas: eso es. Sueño, texto, metro, ciudad, todo es lo mismo. Si reproducimos el itinerario (y lo hacemos obsesivamente, porque estamos convencidos de que en algún punto de ese trayecto perdimos algo irreparable) entramos en el tiempo-otro, y nos podrán salir al paso losquefuimos, losqueeran, estaremos otra vez juntos. Abre el mapa. No, ése no, el nuestro, el de la Ciudad que compartimos. Cierra los ojos, apunta al azar una esquina cualquiera, un café. Los cafés siempre funcionan. Ahí estamos. Míranos, no hemos cambiado nada.

 

XVI.

Al comienzo de su Memorabilia, ya lo sabemos, Juan Gil-Albert dice que es preciso que leamos estas líneas como si todos los que aparecemos en ella estuviéramos ya muertos. La advertencia es innecesaria: siempre hemos muerto. Siempre hemos sido substituidos. Los que aparecemos en ellas ya no somos los que las escribimos. Pero los que hemos muerto somos nosotros, tantas veces. Ellos son inmortales.

 

XVII.

Recorro cuadernos, casi siempre negros, agendas, carpetas y archivos que arrastro desde hace una eternidad de ordenadores. Me encuentro, nos encontramos. Me veo escribiendo A partir de ahora todo será más neto, más nítido, pero más estrecho. Han pasado diez años. Sí, todo es angosto, pero cada vez hay que moverse menos. En última instancia, en el quicio de la asíntota, apenas se necesita el espacio para que un dedo pulse un botón. O unos labios lancen un beso.

 

XVIII.

Leo, en una carpeta que no abría hace mucho: Cuando pienso en ti se produce un extraño silencio en mi interior, un silencio pleno de inquietudes, con fugaces resplandores de tristeza. Es el silencio de las cosas idas, de las librerías desaparecidas, de los cines cerrados, el silencio de una ciudad que ya no es, salvo cuando la recorremos en los sueños, en los sueños donde encuentro los poemas que hablan de ti, los poemas que escucho en este silencio de la larga noche de tu ausencia, de la noche obscura del alma. Estamos en barrios distintos, tú, yo, Modiano, todas sus amadas perdidas o muertas, todos sus embrollos del mercado negro y de la Ocupación, pero la Ciudad es la misma.

 

XIX.

El tiempo pasa y convierte a los abrazos en arqueología, a los besos en monedas fenicias. Hay en ellas rostros grabados, desgastados, apenas ya discernibles. Las excavaciones son demasiado profundas, la fatiga nos vence, renunciamos a esos tesoros. Pero un día un terremoto subvierte los estratos. Un día una filtración milenaria de agua abre un socavón, revela las catacumbas. Y nos ponemos a jugar como niños con las baratijas del menaje fúnebre. No, nada se pierde. Y no hay que buscar la perpendicular, simplemente hay que hacerse a un lado de la cinta transportadora, dejar de correr como posesos, abrir una puerta metálica en el andén, llegar a la estación espejo, coger el metro levógiro.

 

XX.

Todo ha transcurrido ya y aquellos temores no sirvieron de nada. Los dolores de entonces son apenas ya anotaciones. Fuimos demasiado cobardes, todo acaba bien al final. Todo relato es un recuento de extinciones. El único tema filosófico verdaderamente serio es la evanescencia.

 

XXI.

Modiano: después de haber escrito estas páginas, me digo que hay un medio, justamente, de luchar contra el olvido. Es ir a ciertas zonas de París a las que no hemos retornado desde hace treinta, cuarenta años y pasar una tarde, como si se hiciera guardia. Sí, hay que ir a ciertas zonas de París y hacer guardia. En París los agujeros del tiempo son más grandes, y nosotros somos más pequeños.

 

XXII.

Los desastres que nos quitaron el sueño nunca ocurrieron. Las galernas no llegaron a desatarse. Los días fueron cayendo, martilleándonos el cráneo sin otro ruido que el de los relojes. Un día era 2024. Alguien, con su llave, abrirá la cripta de los manuscritos silenciados. Una sucesión de jóvenes, de adultos, de viejos, una sucesión que comparte nombre y apellidos, ha leído a Canetti todos estos años, y de repente sueña con nuevas ediciones. Ay, quién encontrara un día un sótano imposible lleno de obras de Sebald.

 

XXIII.

En cualquier caso, a pesar de que las explosiones no reventaron las paredes de vidrio del acuario, a que las averías se arreglaron con algo de fontanería y el aturdimiento que va trayendo el cansancio, es verdad que la catástrofe sobreviene igualmente, este apocalipsis lentísimo del estar vivo. Sordo, desapercibido, irreparable, el Gran Proceso nos lleva de la mano al ángulo muerto, desde donde las lucecitas de los pequeños procesos no interrumpidos del pasado, aún con sabor a ilusiones, no pueden verse. Pero queda la música.

 

XXIV.

Te propongo una cosa: volvamos a vernos. Aquí o allí, en este tiempo o en el pasado. De este lado del sueño o del otro. Pongámonos un pasamontañas, vistámonos como espías de cine mudo. Avancemos sigilosos, agotemos las líneas del metro, crucemos los bulevares periféricos. Asaltemos la fábrica de caleidoscopios. Girémoslos interminablemente, busquemos la combinación aquella, propicia. Repartamos caleidoscopios por la ciudad, que nadie se quede sin figuras de colores. Y hagámonos los remolones cuando el despertador suene: ya hemos madrugado demasiado.

 

XXV.

Ventanas que dejamos abiertas por pura inadvertencia, luces que dejaste prendidas, paisajes a la espera, eclipses de luna, órbitas desperdiciadas, vértigos de las manecillas, cenizas que nos sobrevivieron, polvo enamorado, choques de trenes. Le destin insiste quelquefois. Y en su caída, la roca de Sísifo enciende, cada vez, una vela.