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martes, 25 de agosto de 2026

Sol negro

  

Le soleil noir de la mélancolie, qui verse des rayons obscurs sur le front de l’ange rêveur d’Albert Dürer, se lève aussi parfois aux plaines lumineuses du Nil, comme sur les bords du Rhin, dans un froid paysage d’Allemagne.

GÉRARD DE NERVAL, Voyage en Orient

 

 

1.

Un minuto antes, sin duda, el espectáculo es grandioso. Lleva siéndolo ya una hora. De algún modo, lleva siéndolo ya meses, años, todo ese día de calor insoportable en el que vagamos como zombies por Medinaceli, excursionistas, veraneantes, peregrinos astronómicos, venidos de muchos lugares, cada uno a lo suyo, con los suyos, muchos con sillas plegables y mesas plegables y viandas y todos con gafas de montura de cartón y diseños pretendidamente divertidos, sin saber muy bien qué hacer hasta que llegue la hora, comiendo donde se puede, viendo llegar más y más gente, autobuses, localizando el mejor punto, el sitial, el omphalos donde se va a recibir la iniciación, distribuyéndonos por la árida ladera, más acá y más allá de las murallas, bien seguros de mirar hacia Occidente, que es el lugar donde las cosas mueren.

 

2.

Sí, un minuto antes, el espectáculo es grandioso, lleva siéndolo ya muchos minutos. Yo estoy solo, aunque a esas alturas ya formo una familia con las personas a las que el azar ha querido reunir para la Observación, para el Magno Evento, llevo un libro, siempre llevo un libro, lo leo de turbio en turbio, porque hace mucho, mucho calor, a ratos sentado en el suelo, a ratos de pie, como para no perder la posición que he seleccionado, llevo todo el día, me he cogido el coche esa mañana en Madrid, hasta ese momento no tenía decidido siquiera dónde iba a ir, pero a algún sitio iba a ir, eso no me lo podía perder, y ahora ya estaba pasando, lleva pasando una hora, miro, con las gafas, veo como el bocado al queso amarillo del sol cada vez es mayor, la luz ambiente va cambiando, va haciéndose, no sé, malva, no hay palabras que lo describan con precisión porque el lenguaje está hecho para lo cotidiano y los eclipses siempre fueron algo excepcional, inusitado, terrible, bellísimo.

 

3.

Tres minutos, dos minutos, un minuto, treinta segundos antes, el espectáculo es grandioso. Ya casi no hay Sol, ya ha sido casi completamente devorado, acaso por el lobo Fafnir, acaso porque éste es, una vez más el Ragnarök. Ya se nota el frío, se vislumbran las estrellas, el ambiente es casi nocturno. El casi es la clave. Hasta ahí ya he vivido cosas parecidas. Un eclipse parcial, anular, en Madrid, cuando era aún profesor de la Facultad de Óptica: hicimos experimentos en el parking, proyectamos el sol con lentes, tomamos fotos que luego usamos mucho tiempo en las clases. Otro eclipse parcial, casi total, anterior, que me pilló de viaje en Ravenna, recién llegado esa mañana, sin gafas para verlo: con el plano de la ciudad que acababa que comprar improvisé una cámara obscura haciéndole un agujerito en el centro: en el suelo apareció esa figura que se parece a un creciente, pero no lo es. El sol, en lucha amorosa con la luna, que se aproxima para abrazarlo. Cuando aquello funcionó, sentí que Alhazén me sonreía desde el milenio anterior.

 

4.

Así que hasta las ocho y media todo fue grandioso, maravilloso, impresionante, todo fue bello, y extraño, y sorprendente, y un poco terrorífico, como lo son los eclipses parciales de sol. A cada uno le toca uno, unos cuantos en su vida. No hay que perdérselos, hay que vivirlos con intensidad, son cosas que no ocurren todos los días. Pero entonces… Ay, entonces. Entonces pasó algo. Pasó lo que tenía que pasar, lo que sabíamos que tenía que pasar, porque hace muchos siglos ya que la ciencia sabe predecir esas cosas con precisión, pasó lo que habíamos visto en fotos, en vídeos, lo que nos habían explicado cuando éramos escolares. Pero eso sí que no lo habíamos vivido ninguno. Hacía más de un siglo que no pasaba en la Península Ibérica. Empezó el eclipse total, la fase de la totalidad. La luna venció en su lucha, el sol se dejó ir, se tendió en su lecho del firmamento y la luna le cubrió con su cuerpo. Algunos aplaudieron, aplaudimos. Todos suspiramos. A mí, supongo que a muchos más, me recorrió un escalofrío y tuve una absoluta sensación de euforia. Empecé a decir, a esa familia improvisada y efímera que me acompañaba: esto era, esto era, para esto hemos venido. Y ahí, en ese momento, se acabaron los adjetivos.

 

5.

Se podría argüir que, por mi formación, por mi vocación, no puedo ser ajeno a los fenómenos astronómicos, yo, que iba para astrofísico hasta que me convertí en físico teórico. Que, por dedicarme a la Óptica toda la vida, las cosas referentes a la observación, a la luz, a la fotografía, me tienen que interesar. Todo eso es cierto, mi mitad de científico disfrutó enormemente del espectáculo, pero esa mitad dispone sólo de una herramienta, potentísima, sí, muy desarrollada, sin duda, pero limitada al fin: la razón. No, el que verdaderamente se exaltó en ese momento, el que quería gritar y llorar fue el otro, la otra mitad, el poeta. El poeta romántico, melancólico, místico, ése que también soy. Era para él para quien se había concebido esa extraña performance, esa danza. Porque el sol blanco, amarillo, rojo, de cada día, el sol deslumbrante que envía sus rayos e ilumina, presta claridad, arroja sombras definidas, el sol que es Apolo, el sol diurno, pertenece a la razón y a la Ciencia, pero el Sol Negro es de los poetas.

 

6.

De nuevo, cabría invocar al azar, pero en este caso eso no sería realista: hay demasiada historia detrás como para ignorarla. En todo caso, sí ocurrió inadvertidamente. Siempre llevo un libro conmigo, no puedo concebir una espera, un café, un rato muerto, sin una lectura a la que acudir. Tengo siempre tanto que leer. Elegir qué libro me acompaña a cada paseo es tarea ardua, tengo que prever lo que voy a necesitar si llego a usarlo. Ahora, en estas semanas, estoy trabajando mucho sobre Gérard de Nerval, del que ya les he hablado en alguna otra ocasión por aquí. Así que el libro que llevaba, en realidad para releerlo, porque es un texto del que ya me he ocupado bastante en el pasado, era Nuits d’Octobre, en la edición de Classiques Garnier que había comprado poco antes (mi ejemplar anterior era el de Folio, y hace ya tiempo que me hice con las Obras Completas de Nerval en la maravillosa y apabullante Bibliothèque de la Pleiade). Lo llevaba en el bolsillo de las bermudas. Lo sacaba a ratos, a ratos lo guardaba, subrayaba con mi portaminas, ahí, de pie, bajo el agotador sol de justo antes de su agonía y muerte, que había decidido, quizá como despedida, destrozarnos la cabeza con sus rayos. Me acompañó durante todo el día en Medinaceli. Por los auriculares sonaba Battiato. Estaba rodeado por mis amigos.

 

7.

Las Noches de octubre narran un itinerario nocturno. Toda mi vida he escrito, no sé muy bien por qué, itinerarios nocturnos, desde aquel día de mis quince años recién cumplidos, en 1979, cuando me senté en mi flamante máquina de escribir y teclée Tres de la mañana. Persigo las palabras por la habitación. No eran las tres de la mañana, a esa edad, viviendo en la casa de mis padres, mis excentricidades horarias todavía estaban más o menos controladas. En el poema abandonaba esa habitación de la búsqueda estéril de los versos y salía a la ciudad nocturna, convertido en nictálope, en noctívago, en peregrino o errante, y ese viaje me hacía encontrarme con una desolación que me llevaba a exclamar, al unísono con el Lorca de New York No hay siglo nuevo ni luz redentora, para acabar retornando, agotado, al alba, mientras aullaban los perros centelleantes del amanecer para arrancarme el alma a jirones. Tenía, ya digo, quince años.

 

8.

Desde entonces, en otros poemas, en muchos relatos, en mi novela, hay itinerarios nocturnos por ciudades a mitad de camino entre la realidad y el sueño. Nerval también fue ese extraño paseante obscuro, como lo fueron otros, y por eso me reconocí en él y por eso Nuits d'Octobre, que acaso puede tomarse como una obra menor, me subyuga. Así que, sí, fue inadvertidamente cómo seleccioné ese librito para que fuera mi guía el día de la muerte de la luz, fue consecuencia de otro proceso paralelo que no tenía nada que ver con el eclipse, que el eclipse, de algún modo, rompía, o ponía entre paréntesis, pero lo cierto es que allí estábamos el bueno de Gérard Labrunie, poco antes de colgarse en la rue de la Veille Lanterne, esa noche blanca y negra, y yo, mirando de frente ese hueco de profundidad insondable, ese ojo negrísimo, abismal, que, como todo abismo, y como bien avisó Nietzsche, nos devolvía la mirada.

 

9.

Pero si la ironía de que yo estuviera recorriendo las noches de un octubre de hace casi dos siglos durante un agosto de 2026 con el sol cayéndome a plomo en el costado de Medinaceli, acabó por revelárseme pronto, lo cierto es que no fui consciente hasta bastante después, absurdamente, de que la presencia de Nerval era aún mucho más significativa, mucho más atinada, pues ¿no estábamos acaso en presencia, por fin, por primera y probablemente última vez en mi vida, del Sol Negro? ¿No éramos él y yo melancólicos? ¿No escribió él una vez que en su laúd constelado portaba le soleil noir de la mélancolie? ¿No me había estado yo preparando, sin saberlo, sin ser consciente, durante toda mi vida para eso, justo para eso? ¿No era ése, entonces, el momento culminante de mi vida?

 

10.

Por eso, por eso estaba yo tan eufórico, por eso ese momento fue incalculable, inabarcable, por eso ese minuto y cuarenta y un segundos fueron un tiempo sin tiempo, infinito, por eso el primer rayo de diamante que salió por el otro lado del sol, de ese sol que ya se zafaba del abrazo de su compañera y quería volver a imponer su tiranía, se sintió como una lanzada, como una vuelta a una realidad de calor y de luz que me obligaba a ponerme las gafas, a protegerme del resplandor, a aceptar de nuevo la cosmología, la cronología, a poner en marcha de nuevo la cuenta atrás de mi vida, a la que le quedan ya cada vez menos dígitos. La puesta de ese sol aún demediado, cada vez más rojizo, fue, de nuevo, quién lo duda, un espectáculo grandioso, como lo que había pasado antes, pero los habitantes de Saturno, ese astro obscuro, exiliados aquí en la tierra, con nuestra atra bilis, por una vez, una única vez, habíamos alcanzado la más gloriosa y gozosa legitimidad, porque nuestro emblema sagrado se había alzado en el cielo sin oposición durante un minuto y cuarenta y un segundos. Luego volvimos a nuestro lugar en la historia, volvimos a sentir la Falta, esa Falta que se extiende en todas las direcciones del tiempo y el espacio. Pero ese minuto y cuarenta y un segundos fuimos, la palabra tiene que ser esa, triunfantes.

 

11.

La melancolía es horizontal, la depresión es vertical. La melancolía es un desierto, la depresión es un pozo. Depresión es un término clínico que define una dolencia terrible, que afortunadamente nunca me ha aquejado. Es un término que existe en tanto existe la Psiquiatría. Melancolía es algo muy anterior, algo que viene rodando desde hace dos mil quinientos años. No es un trastorno, es una condición, un modo de estar en el mundo. No es algo biológico, salvo que queramos resucitar la teoría de los humores de la medicina hipocrática. Es algo cultural, conceptual. Es algo que no sólo permite vivir, sino que impone justamente una exigencia a esa vida, que es algo tan evidentemente insuficiente que la asociación entre el temperamento atrabiliario y la capacidad creadora, el genio incluso, que se estableció ya allá por el tiempo de los Problemas del Pseudo-Aristóteles, parece inevitable. El estado del melancólico no es de postración, sino de inquietud, de desasosiego, como bien sabía Bernardo Soares, que se paseaba, irreal, como todos, por la ciudad de la saudade.

 

12.

Abusivamente acaso, la psicoanalista Julia Kristeva, en un libro que hizo fortuna, empleó las palabras Soleil noir, directamente tomadas de Nerval, para titular un tratado en el que estudiaba la depresión desde el punto de vista freudiano. El análisis que hace del soneto El Desdichado, donde se incluye la famosa frase, es muy simplón, como suele serlo cualquier estudio que se sitúa en una perspectiva tan restrictiva y que se refugia en una jerga particular que, con la limitación del lenguaje que supone todo argot, quiere encerrar la realidad, ¡y hasta la poesía!, en un marco de referencia pobretón, cuando no mezquino. Soleil noir es, desde entonces, el astro de la depresión. Pero no, el Sol Negro de Nerval, el mío, es el de la melancolía, que es otra cosa muy distinta. No es opresivo, sino grandioso, liberador. Es el Sol Invictus de un universo alternativo, es un ojo enorme inmenso, un ojo todo pupila, un ojo sin retina, pues detrás de la pupila no hay más que negro, el Negro primordial, mineral, el Negro de antes, de siempre, el que nos constituye, del que nacimos y hacia el que vamos. Y rodeando a ese ojo, una corona blanquísima, como unas pestañas de plata que jugaran a ir y a venir de ese centro de plena obscuridad.

Melancolía I - Wikipedia, la enciclopedia libre

13.

Nerval, de hecho, ya había empleado soleil noir en uno de los escritos que se recogieron en su Voyage en Orient, indicando que, incluso en El Cairo, cuando amanecía, no siempre se enseñoreaba del firmamento el sol calcinante del desierto, sino que también allí, como en la húmeda, sombría y romántica Alemania, había días en los que quien presidía la danza de las horas era el Sol Negro, el Sol Niger de los alquimistas que enuncia la fase de la nigredo, ese soleil noir que ya su amigo Théophile Gautier había encontrado en el grabado de Dürer de la Melencolia I, y que glosa en su poema Melancholia. Ese grabado es igualmente importante para Nerval, que nos hace ver a su enorme ángel al comienzo de la inmortal Aurélia, como ya sabemos. Un sol en el cénit del que irradian rayos obscuros. Los apofáticos rayos de tiniebla, acaso, de los que hablaba el Pseudo-Dionisio Areopagita, para referirse a la Majestad Divina, que sólo puede enunciarse mediante negaciones. Los melancólicos bien sabemos eso, bien entendemos que toda la parafernalia de Apolo es pura tramoya, que un dios que no deja que se le mire a los ojos es un cobarde, que hay otro polo del ser en el que lo obscuro también puede iluminar sus regiones de sombra con un resplandor negativo.

 

14.

El Desdichado, con ese título en castellano que remite a Ivanhoe de Walter Scott, donde hay un caballero disfrazado, el propio Ivanhoe, que se presenta bajo ese nombre, es uno de los poemas más conocidos e importantes de toda la historia de la poesía universal. Scott dice que desdichado significa en castellano desheredado, que es lo que era el caballero anónimo, y así también lo cree Nerval, pero ya sabemos que un desdichado es alguien sin dicha, un malheureux, un habitante de la Malhora, de la que tanto sabía Simone Weil. Encabeza El Desdichado, que aterriza en la página con una rotunda declaración de identidad (Je suis le Ténébreux, le Veuf, l’Inconsolé), la breve colección de sonetos Les Chimères, que Nerval incorporó, a última hora y por sorpresa, hasta el punto de ni figurar en el índice, a su recopilación de relatos Les filles du feu, en respuesta a los condescendientes comentarios de su amigo Alexandre Dumas, que publicó ese soneto en su revista Le Mousquetaire, el 10 de diciembre de 1853, recordando en su introducción, que, más o menos, el pobre Nerval no estaba muy bien de la cabeza. Así, el lector decimonónico de Les filles, además de obras inmortales como Sylvie, se topaba al final del tomo con una docena de sonetos deslumbrantes, deslumbrantes en su obscuridad de sol negro.

 

15.

Una quimera es un ser híbrido, un monstruo, con un cuerpo mixto de dragón, cabra y león, que arroja fuego, de la estirpe de Tifón y Equidna, como las gorgonas. Fue asesinada por Belerofonte, montado sobre el caballo Pegaso, hijo él mismo de una gorgona, pues surgido de la cabeza decapitada de Medusa. Una quimera es algo que no puede existir, algo anómalo, algo que no debería ser, pues se quiere orden y rigor, en el mundo y en el relato. Es algo que puede resultar terrorífico, pero acaba por convertirse en grotesco, en penoso. Las quimeras han aparecido aquí y allá en la poesía, famosamente en el verso de Burnt Norton, el primero de los Four Quartets de T.S. Eliot (the loud lament of the disconsolate chimera) del que partió Luis Cernuda para nombrar su último libro, su última sección de La realidad y el deseo, Desolación de la Quimera. El lamento suena en el desierto, y lo hace en La tentation de Saint Antoine, de Flaubert. El desierto es el lugar propicio para las quimeras, un desierto de arena sobre el que el sol cae a plomo. El desierto es el lugar donde tiene que manifestarse el Sol Niger en toda su gloria. Eso fue, justamente, lo que ocurrió el 12 de agosto en Medinaceli, Soria, España, la Tierra, el Sistema Solar, la Vía Láctea, el Universo, la Nada.

 

16.

En la mitología nórdica hay un lobo que quiere devorar el sol. Hay un momento de la noche que corresponde a su dominio, Vargtimmen, la Hora del Lobo. Acosado por sus terrores, en su Isla de Färø, Ingmar Bergman compuso su obra más inquietante, la película que lleva ese título, en 1968. En Morgana en Duino incluí un capítulo, o apartado, o poema en prosa, porque en realidad no son capítulos, con ese mismo título yo también. Es el episodio que pone en marcha justamente la travesía nocturna, el momento en que la noche nos llama y no podemos permanecer por más tiempo en la insomne habitación de hotel y hemos de lanzarnos a las calles, en busca de algo que quizás sea el mar. Cuando salimos, la luna ha desaparecido, pero en esa obscuridad absoluta hay una luminosidad otra, que nos permite orientarnos perfectamente por las calles desiertas. Solos, o quizás contigo, porque en los sueños, a veces, estás tú. Seguros de no alcanzar el término de la huida o de la peregrinación, seguros de seguir intentándolo indefinidamente. Así es como funcionan los suplicios circulares en el Hades.

 

17.

No hay en realidad un sol negro en el grabado de Albrecht Dürer titulado Melencolia I, con ese numeral que nunca tuvo continuación. Hay, en la esquina superior izquierda, por contra, un extraño arco iris monocromo y un resplandor agonizante que corresponde más bien a un astro que cae y que envía sus rayos de ambiguo brillo. Ese astro es un meteorito, un aerolito, que realmente cayó en la ciudad alsaciana de Ensisheim la mañana del 7 de noviembre de 1492. Esa piedra vagamente romboédrica, figura también, a decir de algunos estudiosos, en el grabado, en primer término, sometida ya a una geometría que la identifica, como tantos otros elementos de la escena, como objeto del estudio melancólico del gran ser alado, que, armado con un compás, ejecuta la escritura circular de los atrabiliarios, intentando, ya que no existe, inventar un orden que haga menos dura la travesía del desierto. El día 1 de enero de 2014 viajé a Frankfurt am Main, porque en el Städel Museum había una gran exposición sobre Dürer, entre otras cosas porque ese año o el anterior (la fecha no es absolutamente precisa, y, por otro lado, la exposición ya había empezado en 2013) es cuando el alemán ejecutó esa extraña composición que ha subyugado desde entonces a tantísimos artistas y poetas. Allí pude contemplar la trasera de una tabla dedicada a San Jerónimo penitente en la que aparecía una especie de astro ardiente en plena caída.

 

18.

Sus biógrafos han determinado que Durero estaba justamente en Basilea cuando se produjo la caída de la roca celeste en Ensisheim, que está muy cerca de allí, y que pudo acaso ver la piedra sideral con sus propios ojos. Ensisheim también está al lado de Colmar, lugar que ya he visitado varias veces (como Basilea, que me fascina, y donde hay un maravilloso museo de arte) para poder contemplar el retablo de Isenheim, de Matthias Grünewald, que, entre otras cosas absolutamente fascinantes y terroríficas, muestra unas tentaciones de San Antonio infinitamente brutales y bellas. Entre los muchos monstruos allí representados bien puede haber una Quimera, si es que la Quimera es algo representable. Antonio, el eremita, en su retiro del desierto, recibe la visita de todo tipo de criaturas, que quieren hacerle caer en el pecado. Pero, en realidad, es al contrario: son las Quimeras las que se ven tentadas por la imagen de ese rígido penitente, enhiesto en su soberbia de creerse elegido. La Quimera se sabe incoherente, tiene dificultades para coordinar sus miembros aleatorios, desearía acaso ser algo más parecido a un perro, sedente, como su hermana la Esfinge, con la que dialoga en el extraño poema o drama de Flaubert. Sí, tenderse junto a Antonio y que éste le acariciara la cabeza, mientras el sol se va poniendo.

 

19.

Buscando otra cosa, como suele ocurrirme a menudo, en uno de mis muchos cuadernos, me di cuenta, porque lo había olvidado, que en marzo de 2024, en mi viaje a París de ese año, estuve tomándome un café en un sitio llamado Les Chimères, como la obra de Nerval. Está en la Place de Saint Paul, junto a la boca de Métro, en el borde del Marais. Era justamente el día en que compré ese librito de Tabucchi sobre Pessoa en La Tour de Babel, que luego se me perdió y del que hablé ya aquí. Luego ese libro volvió a aparecer, justamente en la bolsa de viaje que había empleado para ese traslado a la Ville Lumière (es un libro muy delgado), así que se reencontró con su doble, y es muy apropiado hablar de dobles cuando anda Nerval, por medio, claro. Escribí un poema mientras me tomaba mi café ese día en Las Quimeras. Éste:

Lo que se nos había perdido

era el presente.

Habíamos incluso inventado el futuro

              para recuperarlo.

Sin éxito.

Y, entre los trastos arrumbados del pasado

              no estaba,

              nunca estuvo.

Se nos había perdido el presente y lo buscábamos

              no por el tiempo,

              sino por el espacio,

pero el presente era apenas el quicio

entre dos calles,

cuyos números incongruentes

              seguíamos desesperados,

              en busca del portal

              de la juventud infranqueable.

 

20.

En la apropiadamente titulada Melancholia, Lars von Trier, el muy atrabiliario y depresivo y bastante insoportable a ratos en tanto que ser humano, director de cine danés, hace irrumpir en el bien organizado, de momento, Sistema Solar, un astro negro, llamado justamente Melancolía, que se acerca, se acerca, a nuestra Tierra, como se va acercando la negrura de la depresión al enfermo, o a la enferma en este caso, interpretada por Kirsten Dunst. En la segunda mitad del film, que es excelente, asistimos a esa lenta danza en la que el sol negro se va haciendo más y más grande hasta que todo estalla y apenas podemos cogernos las manos y hacer una breve cabaña en la que esperar el fin de los días. Como en La hora del lobo, lo que tenemos aquí es una película de terror, el miedo a que la obscuridad se desborde y nos engulla, a que el mar de sombra anegue todo y se nos lleve por delante. No fue eso lo que sentí el 12 de agosto en Medinaceli, antes al contrario, sentí una gran alegría, un gran bienestar, fue algo como la consumación de un deseo que había ignorado tener, pero que había estado presente en mí desde siempre.

 

y 21.

Mucha gente se desplazó ese día, muchos salieron, salimos, de Madrid, y todos volvimos más o menos al mismo tiempo. Tuve que soportar un gran atasco en la carretera de Barcelona, llegué a mi casa pasada la medianoche. Estaba agotado del día tan intenso, me había achicharrado de calor, no había podido ni siquiera cenar, pero estaba tranquilo, satisfecho, se podría incluso decir que feliz. Montado también en un coche, no en éste, en el anterior, el 11 de enero de 2016, un lunes, en un atasco nada feliz, que era más o menos el de todos los días entonces (luego ya empecé a ir en Metro) en mi camino al trabajo, en ese día del retorno de las Navidades, con un humor de perros, en mitad de la Glorieta de Carlos V, que es como se llama de verdad lo que todo el mundo conoce como Atocha, intentando entrar de una buena vez en el Paseo del Prado, en la radio dijeron que la noche anterior había muerto David Bowie. La tristeza que me invadió fue tal que casi me puse a llorar. Sentí un desplome, un abatimiento, del que apenas me he recuperado. Si Bowie muere es que todo muere, si Bowie muere el universo carece definitivamente de sentido. Acababa de salir su último disco, un disco que me compré inmediatamente, un disco póstumo, que habla de su enfermedad, de su agonía, de su muerte ya segura. Se titula Blackstar. Es un disco maravilloso, y la estrella negra que lo preside en la portada es la misma de Nerval, es la misma que se me reveló el otro día en la llanura calcinada de un pueblo castellano, es el Sol Negro de la Melancolía y por eso no es triste, sino gozosa, gloriosa, obscuramente dichosa, como la saudade, esa dulce tristeza, como el blues, como la poesía, como el estar vivo, como el escribir, como el acordarme de ti.

 

[Texto de El Desdichado, en francés, y en una traducción al castellano.]

 

 

domingo, 16 de febrero de 2025

Obstinación

 


El concepto de revelación, en el sentido de que, de repente, con indecible seguridad y finura, se deja ver, se deja oír algo, algo que lo conmueve y lo trastorna a uno en lo más hondo, describe sencillamente la realidad de los hechos.

F.W. NIETZSCHE, Ecce Homo

 

1.

Trazar una circunferencia no es nunca una operación inocente. Supongámonos dotados del instrumental pertinente. Digamos, una caja de compases Kern, en un estuche con interior de terciopelo rojo, recibida en un paquete desde Suiza, como regalo de mis tíos, allá por los setenta, cuando era un escolar proverbialmente torpe con todo lo gráfico. Extraigamos el compás, que ostenta dos puntas. En una de ellas se aloja una mina de grafito que puede substituirse cuando se gasta. Si queremos hacer dibujo lineal (nuestro particular suplicio, la adecuada metáfora de una vida que se sabía ya llena de borrones) esa pata del compás puede incluir, en vez de la mina, un pequeño receptáculo en el que depositar una gotita de tinta. La otra punta es aguda, una aguja que bien puede pincharnos el dedo si somos descuidados, y hasta hacer brotar una gotita de sangre en la yema. Abramos el compás, forcemos la separación entre sus dos brazos. Entonces es cuando llega el momento decisivo, irreversible.

 

2.

Sobre la hoja en blanco previamente preparada, que puede ser una lámina que habría que entregar en clase para ser evaluada, o una simple página de uno de los muchos cuadernos de los que nos dotábamos en la infancia, sin tanta trascendencia entonces lo que acabara dibujado allí, pero igualmente fascinados por la infalibilidad de tan simple construcción mecánica, sobre esa superficie, pues, presta para ser inscrita, clavemos la aguja del compás en el lugar designado como centro, y dejemos que, impulsado con un grácil movimiento de nuestra mano, que sujeta el compás por arriba, la otra punta vaya manchando con su tinta o su grafito la inmaculada blancura. Cuando la línea quede cerrada la tarea habrá concluido, aunque nada nos impedirá seguir y seguir haciendo girar el grafito para repasar una y mil veces la circunferencia, ya definitiva en sí misma, ya inescapable para la trayectoria del compás.

 

3.

Así pues, en el mero comienzo del trazado de la circunferencia hay, había en aquel entonces de largos días y esperanzas aún no agotadas, una herida. La aguja marcaba el papel, lo perforaba en un pequeño orificio ya irreparable, redondo él mismo, capaz de abrir en esa geometría bidimensional del plano de la hoja una profundidad inesperada, definiendo un pequeño vórtice por el que se escapaba la blancura. El centro había devenido, pues, un abismo, o un punto de fuga. Uno podía borrar acaso la figura trazada (no si habíamos empleado la tinta, por más que ciertas gomas de borrar lo intentaran, a costa de rasgar el papel, de arrugarlo, de dejar un rastro aún peor), pero no había modo de deshacer el orificio, de desdecir ese comienzo de un cosmos nuevo. Habíamos, pues, cometido, una vez más, un acto irredimible, habíamos generado un sumidero. ¿Era por ahí por donde se iban escapando las esperanzas?

 

4.

Del otro lado, el grafito iba dejando su huella. Había un comienzo, esencialmente arbitrario. Ahí, la primera mancha, el primer punto. Después del viaje circular, nos encontrábamos con ese origen. Es decir, nos encontrábamos en donde habíamos estado con quienes habíamos sido. Si seguíamos dando vueltas, nos llevábamos en nuestra rotación, en nuestro tiovivo monocromo, a ese punto de nuestro pasado al encuentro de un nuevo punto de nuestro futuro. ¿Idénticos? Sólo aparentemente. Sólo si confiamos en la vista, sólo si nos dejamos llevar por el agradable vértigo de la geometría euclidiana, ciencia de lo eterno. Pero el compás recuerda. El compás sabe que primero no hubo nada, y luego hubo una circunferencia, y que todo al final es una cuestión de tiempo. Ah, pero esa geometría temporal restaba por escribirse, aunque se barruntaba, bien que se barruntaba.

 

5.

Toda verdad es curva, nos dijo un día Nietzsche, temblando aún de la visión del Eterno Retorno, la más pesada que pueda concebirse. Lou Andreas-Salomé dejó escrito que Nietzsche sólo hablaba de esa verdad revelada entre susurros. Pensada, la idea del tiempo circular parece natural, puesto que toda nuestra existencia se asienta sobre la imprescindible repetición de ciertos ciclos, diurnos o estacionales. Sentida, esa idea se convierte en algo insoportable. Si de verdad todo se repite incesantemente, en todos sus detalles, la importancia de cada uno de los instantes se hace nula, o infinita. Se puede leer eso como una invitación al amor fati, independientemente de lo dolorosa o miserable que sea la vida, pero también es algo que nos produce la náusea del mareo, la pavorosa sensación del vértigo, es decir, del derramarse. Bien sabe la punta del compás (que acaso sostiene entre sus manos el Ángel de la Melancolía de Durero, por buenas razones) que lo que está haciendo es encerrarnos, definir un corral, una prisión circular, de la que él no es otra cosa que el guardián, el cerco, la frontera. Pero, incluso si fuera así, podría pensarse que todavía cabe una extraña esperanza, una esperanza obscura. La esperanza de que las cosas vuelvan a ser, de que nada se pierda, de que regresemos infinitamente. Ilusos…

 

6.

Vuelvo a Nietzsche, a quien empecé a leer en la adolescencia, de forma igualmente irreparable, incesantemente, como la araña en el claro de luna. Una de las últimas veces fue, como es lógico, durante mi segundo viaje a Turín, en agosto de 2022. Indago sobre su peripecia vital, sobre el modo en que la idea nefanda y gloriosa de la eterna recurrencia se le apareció en Sils-Maria en aquel agosto de 1881 (ya he hablado de ello por aquí). Voy y vengo, doy vueltas, anoto, soy la punta del compás insistiendo en el dibujo ya terminado hace tanto, amenazando con su continuo pasar por los mismos lugares de la página así torturada con perforarla también del lado de la circunferencia, con acabar por recortar ese círculo, escribiendo así otro abismo, de mayores dimensiones, el hueco de lo recortado. Soy lo que se llama una persona obsesiva. Siempre lo he sido, siempre lo seré. No hay modo de dejar de serlo, apenas pueden modularse la intensidad, los objetos, las situaciones, los temores o las personas con los que nos enganchamos. La eterna recurrencia de los temas de mis anotaciones en los cuadernos lo deja bien a las claras.

 

7.

En uno de esos cuadernos, pocos días después de ese retorno de Turín, cuando me he comprado nueva bibliografía de Nietzsche y he apuntado citas diversas, abro una nueva entrada. Es el 24 de septiembre de 2022. La transcribo aquí tal cual, con la fuerza de una iluminación de magnitud comparable a la de Sils-Maria.

Un hallazgo, precisamente hoy, día de la Mercè, un hallazgo terrible: el eterno retorno existe y es la demencia (y un demente lo formula, y en esa revelación establece la cartografía de un territorio que luego recorrerá durante años), en esa incesante recurrencia de la pregunta circular, en esa abolición del tiempo. Así, ese anhelo queda cumplido demoniacamente en ese dejarse ir que implica un desasimiento aniquilador. Pero ¿no era ésa acaso la promesa de la mística más radical? Ese teatro del absurdo de la búsqueda personal concluye sórdidamente en ese semisótano de la pérdida de identidad. Ahí se retorna siempre, a ese no sabernos crepuscular del que ya no se puede salir, pues no hay a dónde.

Es preciso que añada un par de datos para contextualizar las alusiones. Mi madre fue enferma de Alzheimer, y como todos los enfermos de Alzheimer, tuvo una fase inicial en la que preguntaba una y otra vez la misma cosa, incapaz de retener las respuestas que se le ofrecían con toda la paciencia del mundo. Mi madre se llamaba Mercedes.

 

8.

En efecto, lo que me enseñó la iluminación es que, una vez más, hay que tener cuidado con lo que se desea. Cuando avanzamos por la carretera del estar vivos, sometidos a la inclemencia del sol o al fragor de la tormenta, sin saber muy bien por qué, ni hacia dónde, acaso anhelaríamos que esa dura linealidad se curvara, se venciera hacia un retorno de lo vivido, que esa recta inquebrantable nos ofreciera desvíos y atajos que nos condujeran, con milagrosa rapidez, al beso aquel, a aquella sonrisa, al momento en que del paquete de Suiza salió la caja de compases. Pero ese volver es, inevitablemente, quedar atrapado. La subversión de lo que avanza no es un avance hacia atrás, no es un retroceso, es un carrusel al que seremos aherrojados, es un nebuloso empezar a no ser, a ser alguien que no se acuerda de lo que le han respondido y vuelve a repetir la pregunta. Y vuelve a repetir la pregunta. Y vuelve a repetir la pregunta. Trazar una circunferencia no es, desde luego, una operación inocente.

 

9.

Hay que tener cuidado con lo que se desea o, de otro modo: a la memoria la carga el diablo. Especialmente si uno está dotado, a la vez, como es mi caso, de una memoria de elefante y una propensión agotadora a la obsesión. Aparentemente asentado en la herida del ser que marcó la aguja del compás al definir el centro de operaciones, contemplo alucinado cómo a mi alrededor el tiovivo se reitera en su viaje a ninguna parte, incansable. Puede que la verdad sea curva, y que el tiempo lo sea, como supo Nietzsche, pero ésa no es una buena noticia, porque, a pesar de todo, somos el que avanza por la carretera, cubierto del polvo de tantos años vividos, y el destino final ya se insinúa. Quizás en forma de zanja, pero eso no importa, por supuesto.

 

10.

¿Es esto desolador? ¿No hay alternativa entre la circularidad inhumana de los astros que ejecutan sus elipses, ajenos a la gratuidad de esa tarea y la recta del transcurso, que se afana en procurarnos lejanías, desamparos, agostamientos? ¿Cómo vivir en esas geometrías? No hay en realidad fórmula posible, pero al menos sí conviene darle una vuelta a todo eso, una vuelta más, nunca la última, pues nada puede parar hasta que se para y entonces no hay nadie para decir: hemos parado. Si lo miramos bien, el problema siempre estuvo mal planteado, porque no hay circunferencia posible, porque no hay movimiento circular, porque las órbitas también acaban por agotarse y los astros acaban por desplomarse unos sobre otros.

 

11.

La forma geométrica adecuada sería la hélice. Imaginen un muelle, o una escalera de caracol. Somos el punto que está queriendo ser circunferencia, pero según hemos ido avanzando, el plano de la hoja se ha convertido en cuña. Obedecemos (¿qué otra opción nos queda?) a la tirana ligadura del compás, a la rigidez de sus materiales, y rotamos en torno a ese centro sangrante. Pero, completada la vuelta, no nos encontramos con el lugar de entonces, no nos encontramos con quienes fuimos. Estamos más arriba, si somos optimistas y confiamos en que la trayectoria sea ascendente, como en una subida al Monte Carmelo, o por las gradas de la montaña del Purgatorio de Dante. O estamos más abajo, si es que pensamos en que todo decae, todo se desordena, es decir, si somos, como debemos, fieles observantes de la única religión posible, la de la Entropía. De una vuelta a otra el paisaje cambia un poco. Reconocemos, recordamos, evocamos, pero el ángulo es otro, el espacio anota que el tiempo ha transcurrido. No nos hacemos trampas en el solitario.

 

12.

Seamos algo más precisos. Una hélice es una curva que se escribe sobre la superficie de un cilindro. Su curvatura y su torsión son constantes. Si tenemos una montaña, o un pozo como el del Inferno dantesco, esa hélice se está trazando sobre la superficie de un cono, en busca de su ápice, aéreo o subterráneo. Cada vez estaremos más adentro, daremos las vueltas más de prisa. Ahí parecerá que hay sentido, que de algún modo hemos vuelto a vencer a la Carretera Perdida incorporándola a nuestro trazado. Sí, la entropía nos impone que nada vuelva a ser igual del todo, sí, la entropía, es decir, la vida, nos impone un avance imparable hacia el final que es la aniquilación. Pero hay una cima del Purgatorio en la que empieza el Paradiso. Simplemente no estamos dotados para la escalada, no disponemos del equipamiento adecuado, hemos de renunciar a la vertical, no podemos circular por una carretera tan empinada. Pero, al final, llegaremos, tanto rodeo tendrá un objeto. Sí, así son las hélices cónicas: están llenas de esperanza.

 

13.

La verdadera hélice, la del muelle, la de la escalera de caracol, es, empero, la cilíndrica. La pasarela helicoidal se desarrolla sin fin hacia arriba y hacia abajo. No sabemos muy bien cómo estamos ahí, in medias res, en algún piso de esa estructura, y seguimos nuestra marcha. ¿Hacia arriba? Concedámoslo, en el fondo da igual. Lo cierto es que en nuestra marcha vamos siempre sobre un plano inclinado. No hay horizontal en esa rampa. La gravedad amenaza siempre con derribarnos, tenemos que colocar el cuerpo en consecuencia. Si vamos hacia abajo (y vamos hacia abajo) conviene contrapesar un poco, para que la aceleración no sea demasiada, y nos vertamos irreparablemente. Así transcurre el tiempo de nuestra vida: día a día, con la rotación terrestre, mes a mes, con las fases de la luna, año a año, con la traslación en torno al Sol, hacia abajo porque nuestras células se van agotando. La Tierra, la Luna y el Sol también se van agotando, pero duran demasiado para que nos demos cuenta.

 

14.

Este conflicto entre tiempo circular y tiempo lineal reaparece una y otra vez en la historia del pensamiento humano. Es, de algún modo, el tema. La permanencia aparentemente inquebrantable de la escenografía y la linealidad imparable de la obra que en ella representamos. La sucesión de las generaciones y el drama personal del nacimiento y la muerte. Los tiempos de siembra y recolección frente a los rituales de paso y a las fórmulas de acogida y despedida. Desde siempre, la sospecha de que, en efecto, no hemos sido creados cíclicos, hay algo en nosotros que se va derramando, frente a la indiferencia cósmica de los astros, afanados en su escritura, ajenos aún a púlsares y quásares y enanas blancas, otras cosas que fueron abriendo en el cielo otras tantas heridas, que fueron recordando que también se muere el mar, que también esos relojes van atrasando y acaban por pararse.

 

15.

La pasarela helicoidal de nuestra memoria tiene barandillas, no tan altas como desearíamos, que nos permiten asomarnos al gran Hueco central. Son tantos los pisos, lleva tanto tiempo aconteciendo este absurdo certamen de la tortuga, que nuestra vista se pierde cuando miramos. Nuestra propia visión, de hecho, nos traiciona, traduce mal la geometría, tiende a hacer converger las paralelas, cerrar los anillos. Nos parecerá, en efecto, que recorremos un cono, no un cilindro, nos parecerá, en efecto, que las líneas se fugan hacia detrás y hacia adelante. Pero la trayectoria helicoidal no concede respiro. Siempre estamos igual de lejos del otro lado, siempre estamos pisando sobre un suelo diagonal, en el que una moneda rodaría y rodaría hasta perderse.

 

16.

¿Podemos dar la vuelta? Podemos, pero nos toparemos con el resto de los réprobos que ascienden por la Montaña del Purgatorio. Nos toparemos con los que fuimos, visiblemente más jóvenes, más fuertes, no tan secretamente más desdichados. ¿Lo haremos, entonces? Lo haremos, porque somos obsesivos, porque siempre nos parece que se nos ha perdido algo, que hay algo que hemos dejado un par de pisos más abajo, que hemos ido demasiado de prisa y nos hemos distanciado de los que queríamos por compañeros de viaje. Lo haremos, lo hacemos, escribiendo, sobre todo soñando, porque los sueños se desarrollan en una sucesión interminable de sótanos en esa estructura helicoidal, como ya sabemos.

 

17.

¿Y tú, estás en el tren? ¿Estás aquí, en este extraño palacio, en esta rara pagoda, en esta Torre del Silencio? ¿Te paseas conmigo, con Nietzsche, por la arcada circular? ¿Juegas también a avanzar mirando hacia atrás, como el Angelus Novus para intentar así cancelar el futuro, anudándolo como una goma con la que recogemos el pelo de la cabellera que no puede evitar descender hacia los hombros? ¿Arrastras también una roca y sonríes a escondidas cuando vuelve a caer porque sabes que eso te hará retroceder unos pasos, engañar a la entropía, como si eso fuera verdad, como si la entropía no estuviera dotada de ascensores? ¿Eres, en suma, feliz, como Sísifo?

 

18.

He ido mucho al cine esta semana. Tres de las películas que he visto, de algún modo, se inscriben en este raro tiempo helicoidal de la creación artística. Encerrados en sus latas, cuando aún todo era celuloide, en unas latas que bien podrían tener dibujada en su tapa una espiral (como en los motores de los aviones), esos films se dejan exhibir una y otra vez, han encapsulado su propio carrusel, dan vueltas y vueltas sobre las mismas imágenes, y nos reconforta de algún modo que al menos en ellas nada cambie, por más que sepamos que hay que restaurar esos materiales, cambiar de soporte, por más que apreciemos la usura, los colores más desvaídos, por más que entendamos que los actores que las interpretaban han ido desapareciendo. Tres películas: L’année dernière à Marienbad, La Jetée, Mulholland Drive. De todas ellas ya he hablado por aquí: me repito, es mi modo de hacer que el compás gire, aunque la circunferencia que esté trazando se alargue como una elipse, porque la mano cada vez tiene menos fuerza. En todas esas películas, en tantas otras obras, se plantea la cuestión candente: el avance del tiempo, la posibilidad del bucle, la reconstitución del pasado, la resucitación de los recuerdos y de los que habitaban en ellos. Es decir, la aceptación de la pérdida de identidad, la entrada en ese tiempo inhumano de la pregunta circular, el Sils-Maria del Alzheimer. Sí, hay que tener cuidado con lo que se desea, y también con aquello que se admira.

 

19.

Y sin embargo… Nabokov decía que the spiral is a spiritualized circle. Justamente la imposibilidad de retorno es la imposibilidad del cierre, es la puerta abierta del corral. Anclarse a los rituales, ser indulgente con las obsesiones, repetir una y otra vez los mantras, las películas, los libros, las palabras, funciona para moderar la inquietud, para narcotizarnos, para marearnos como nos mareábamos girando y girando cuando éramos pequeños, hasta caer al suelo. Todo eso está bien, es aceptable, es imprescindible incluso, hay que seguir haciéndolo. Pero no hay que inventarse la horizontal del suelo, no hay que ignorar que el paisaje se va viendo con ángulos distintos, hay que recordar que estamos pasando por lugares que se parecen, pero que no son el mismo. Hay que estar atentos a las respuestas, para no repetir las preguntas. En suma, hay que aceptar el argumento de la obra.

 

20.

Sólo así podremos reencontrarnos. No con quienes fuimos, ni en donde estuvimos, sino con los que somos, aún más, con los que seremos, porque ahora, aquí, escribiendo, aún no estamos juntos. En alguna de las vueltas de la hélice nos esperamos, los dos mirando por la barandilla al espectáculo incomparable de los coros angélicos de la Nada. Nuestra historia siempre fue divergente, pero hay segmentos compartidos que nos unen más allá del tiempo. Es cierto que cada uno miraba desde un lado, es cierto que los relatos difieren en algunos matices. Pero qué importancia tiene eso cuando el enemigo a batir, la entropía, es tan poderoso. Bien nos podemos conceder un receso en el ascenso, bien podemos sacar de la mochila la caja de compases, bien podemos sentarnos en el suelo sólo tan levemente inclinado, notando que nuestra flexibilidad no es ya la de los ocho años, bien podemos trazar una circunferencia en el suelo, bien podemos permitirnos un borrón de tinta, muchos borrones, una constelación entera de ellos, un nuevo cosmos de borrones que dejar ahí, en ese preciso punto por el que otros pasarán tarde o temprano. Bien podemos convertirnos en agentes del Eterno Retorno, en subversivos generadores de instantes insondables. Bien podemos perforar con la punta de nuestro compás todos los dolores para abrir en ellos la espita de la alegría. Bien podemos, pues, abrazar el vértigo, como en aquella escalera de caracol de Chartres que no nos atrevimos a acabar de subir, pero que nos brindó muchas, muchas ventanas a través de las cuales contemplar la puesta del sol, una de las que nos queda aún por contemplar, y ya van siendo menos.


domingo, 14 de julio de 2024

Papeles



...una casa del tesoro puramente imaginaria, sólo existente en el interior de su cabeza, y únicamente accesible mediante las letras de sus escritos.

W.G. SEBALD, Los anillos de Saturno

 

I.

W.G. Sebald comienza sus Anillos de Saturno en el hospital. En el continuo entrevero entre biografía y ficción que son sus obras, eso obedece a un ingreso real en la habitación 21 del Norfolk and Norwich Hospital, donde fue internado el 9 de agosto de 1993 aquejado de fuertes dolores de espalda, producto al parecer de una hernial discal (y relacionados, sin duda, con las largas caminatas por la costa de Suffolk del año anterior, que forman la base del libro), y donde fue intervenido finalmente el 25 de agosto.

Al iniciar la redacción de la obra, que gira en torno, sí, al astro de la Melancolía, evoca a dos personas queridas para él, compañeros en la University of East Anglia, de la que Sebald fue profesor muchos años. El primero, Michael Parkinson, que murió misteriosamente, como producto, al parecer, de una intoxicación, voluntaria o no, con una droga anti-malárica. La segunda, Janine Rosalind Dakyns, amiga muy cercana de Parkinson, y que falleció muy poco después, de una enfermedad que destrozó su cuerpo en un tiempo mínimo, nos dice Sebald. Puesto que Dakyns fue una persona real, se pueden indagar sus avatares vitales, y la tal enfermedad fue un cáncer de mama, pero no cabe descartar, como apunta Sebald, el que la pérdida de Parkinson fuera determinante para el desenlace.

II.

Dakyns era una especialista en Flaubert, un autor obsesionado con la precisión, que podía sudar literalmente tinta para encontrar una frase o una palabra perfecta. Dice Sebald que Janine atribuía esa creciente dificultad de Flaubert a un embrutecimiento progresivo e incontenible que se estaba ya propagando por su cabeza, como si se estuviera hundiendo en la arena.

La arena lo conquistaba todo, Flaubert, a decir de Janine, veía el Sahara entero en un grano de arena oculto en el dobladillo de un vestido de invierno de Emma Bovary. La arena se extendía por la obra del francés, imparable, eliminando contornos, nivelándolo todo con su máxima entropía, ella, estadio último de la disgregación de una materia que un día se quiso orgullosamente sólida.

En el vaso de horas esperamos, aplastados por una gravitación invencible, el descenso de la arena del reloj, que marca el paso de un tiempo ajeno a toda compasión. Cada vez nos resulta más difícil alzar los brazos, y sentimos una sequedad cada vez más molesta en los ojos, que hace que parpadeemos sin resultado, que hace que viajen por nuestra mirada sombras huidizas pero persistentes. A Sebald también le pasaba.

III.

Y entonces, justo ahí, Sebald ejecuta uno de esos gestos maestros que caracterizan su prosa, de rara fluidez y de rara densidad (atributos contradictorios que de algún modo se maridan en las obras del alemán) y nos describe el despacho que Janine ocupa en la Universidad, donde esa arena que pervade y sepulta, móvil y quieta, se transforma en una masa ingente de papeles.

Había, dice Sebald, tal cantidad de apuntes de clase, cartas y escritos de todo tipo, que uno podía imaginarse en medio de un aluvión de papel. El papel había comenzado por acaparar todo el espacio de la mesa de trabajo, para extenderse luego por otras mesas, sillas, por el suelo, de modo que había surgido un verdadero paisaje con montañas y valles, que, entretanto, como un glaciar cuando alcanza el mar, se rompía en sus bordes, formando sobre el suelo en derredor nuevos sedimentos que a su vez se deslizaban imperceptiblemente hacia el centro de la habitación.

Esa geografía sobrevenida tiene su reflejo incluso en las paredes, que estaban atestadas de folios y documentos aislados, sujetos por una esquina con una chincheta y en parte unos sobre otros sin apenas espacio entre sí. Todos los huecos disponibles, también en las estanterías, sobre los libros, han sido ocupados por sucesivas generaciones de esa especie, no invasora, pues éste es su hábitat por derecho. Estamos en el país del papel y en él reina en un sillón más o menos emplazado en el centro del cuarto, Janine, inclinada hacia delante garabateando sobre una carpeta que sostenía en las rodillas o bien recostada y sumida en sus pensamientos.

IV.

Aunque el hilo conductor de Los anillos de Saturno es el deambular del narrador por ciertos territorios de Inglaterra, lo cierto es que las diversas partes del libro son independientes una de otra y que, incluso dentro de cada capítulo, lo narrado es tan variado, y las referencias literarias y culturales que se manejan son tan abundantes, que casi podría concebirse la obra como una Enciclopedia, algo que, me parece, no le habría disgustado al propio Sebald, que no en vano evoca a Thomas Browne justo después de pasar a presentar sus respetos a Janine, en ese santuario ya póstumo de su despacho rompeolas de papel, ahora ya inmortal por mor de la magia literaria de su compañero de Universidad.

Pero, si tuviéramos que encontrar la clave de lectura que hace que esa materia compleja, infinitamente ramificada, acabe por cuajar en una obra inolvidable, la elección obvia desde el mero título es la de la melancolía. Saturno, el planeta de los artistas y los afectados por el exceso de la atra bilis (son, somos, la misma cosa) preside, masivo, la danza circular de los incontables fragmentos producidos por el desmantelamiento de un viejo satélite demasiado cercano, devenidos entonces anillos: round and round we go.

Y, de hecho, Sebald no nos deja que dudemos al respecto. Contemplando a su Señora de los Papeles, que habría de morir con apenas 55 años, un par menos de los que alcanzaría Sebald, éste recuerda que en una ocasión le dijo a Janine que entre sus papeles se parecía al ángel de la “Melancolía” de Durero, resistiendo inmóvil entre los instrumentos de la destrucción.

Sí, ese ángel enorme y sus esferas, compases, cuadrados mágicos, vencido por una fuerza negra que apenas le deja espacio para una escritura circular, para la contemplación, con su mirada en sombra, de unos lejos cuyos barcos no sabrá abordar. 

V.

Y, sin embargo, Janine era capaz de encontrar sin esfuerzo en esa masa ingente de papeles un artículo, una carta, el item particular que buscara, el individuo concreto de esa raza no parasitaria, pero sí colonizadora que ocupaba su despacho. Me contestó que el aparente caos de sus cosas representaba en realidad algo así como un orden perfecto o que aspiraba a la perfección.

¿Qué se hizo de los papeles de Janine cuando Janine sucumbió, en ese 1994 en el que Sebald compuso Los anillos de Saturno, al cáncer o a la tristeza? ¿Quién vació el despacho de Janine, soltera, sin descendencia, que había perdido poco antes a Michael Parkinson, su amigo más cercano? ¿Qué profesor la sucedió, que personal de limpieza se afanó en el amontonamiento, en el desalojo de todo ese conocimiento acuñado, codificado en páginas no desprovistas de filos? Nada de eso sabemos, y sin embargo hubo con toda seguridad manos que fueron descolgando los carteles y pasquines y fotografías de la pared, chincheta por chincheta, manos que alisaron la orografía de ese paisaje propicio a la fluencia de los glaciares, y a las cordilleras.

Nada de eso sabemos, y tal vez nada haya que contar que merezca la pena. Sabemos que poco después otro compañero de Sebald y de Michael y de Janine coordinó un volumen en homenaje a los dos últimos, un gesto común en las Universidades para los que se retiran y que aquí se convirtió en un acto doblemente luctuoso, pues ambas muertes fueron tan próximas.

No importa, en realidad, dónde fueron los papeles, ni siquiera lo que contenían. Lo que importa, lo que nos importa al menos aquí, ahora, lo que me importa a mí, es que todo, inevitablemente, acaba en un desmantelamiento.

VI.

Los papeles de Sebald se conservan, me parece, en Marbach, en una institución oficial. Otros muchos papeles de otros muchos escritores ilustres pueblan los anaqueles de Universidades, acaso estadounidenses, o sótanos de cámaras acorazadas, ya lo sabemos. Los legados son valiosos, también en lo crematístico. Los embalsamadores de las carpetas, en este caso, procuraron que no se perdiera ni la hoja más pequeña, y que todo estuviera etiquetado con códigos formados por letras, guiones, números.

Pero no, no los papeles de Sebald, o los de Canetti, o los de Bolaño, o los de Borges, o los de Nabokov: ¿qué se hizo de los papeles de Janine Dakyns? ¿De las notas de sus clases, de los apuntes para su libro sobre la Edad Media en la literatura francesa de la segunda mitad del siglo XIX? Esos papeles, que no valen en realidad nada, que no sirven ya para nada, pero que fueron capaces de una tectónica poderosa, que asombraba a un escritor tan fino y tan atento a esas dinámicas como Sebald.

Somos hijos del papel, todavía lo somos, todavía lo soy. Crecí con revistas académicas ocupando estanterías de hemeroteca, anales e índices que consultar en gruesos tomos de tipo minúsculo y páginas delgadísimas, fotocopiadoras para producir réplicas en papel de otro papel, lápices, marcadores, cuadernos rebosantes de notas manuscritas. Había ya ordenadores (hablo de mediados de los ochenta), pero la ciencia se hacía a partir del papel, y uno acumulaba, acumulaba cajas archivadoras que llamamos, con afán totalizador A-Z (alfa y omega, se dirá en los archivos áticos). Uno trazaba a mano las ecuaciones cuando aún no se disponía de procesadores de texto preparados para ellas, recortaba las gráficas para pegarlas en el hueco dejado en el texto, encerraba todo ello (tres, cinco copias) en sobres acolchados, y lo enviaba, por correo postal, a las editoriales de publicaciones científicas que estaban en América. Y de ahí respondían con otros sobres, que desencadenaban otros envíos.

Había, incluso unas pequeñas tarjetitas, generalmente de color malva, que se usaban para solicitar separatas, réplicas del paper (sí, los artículos científicos, que no son, claro, artículos de opinión, sino reportes de los resultados alcanzados y que constituyen la unidad de cuenta en la economía académica, se llaman papers) que se nos daba a los autores y que llegaban en cajas de cartón para nuestro solaz infinito.

Los ordenadores, luego, simplemente, repitieron eso, lo repitieron multiplicándolo por mil, siguió habiendo papers y correos y envíos, pero todo era ya incorpóreo, sutil, etéreo. En esas geografías, Dakyns, sin duda, se hubiera sentido mucho más incómoda que en su pantano de papeles. Y yo, me parece, también.

 


VII.

A veces, es verdad, las cosas acaban en derrumbe, o aniquilación. Al final, es verdad, todo acaba en legado o en olvido. Pero, antes, indefectiblemente, todo desemboca en un desmantelamiento. Nos mudamos, embalamos y desembalamos nuestras bibliotecas, como Walter Benjamin, nos cambiamos de trabajo, de despacho, acarreamos cajas, bultos. Cambiamos de compañía, de amores, de nombre incluso, y a cada transformación le precede un desmantelamiento, cada metamorfosis requiere la muerte de la pupa.

La semana pasada comenzó el desmantelamiento de mi despacho de la Facultad. Atestado de papeles, sin duda, pues cuatro décadas me contemplan en tanto que miembro de la comunidad universitaria, aunque este despacho es más reciente, heredero de otros desmantelamientos anteriores, de otras mudanzas. Lo que ocurre es que ahora es ya definitivo. Mi presencia en él tiene los días contados (lo cual es un motivo de gozo, entiéndaseme bien, soy yo el que he decidido jubilarme tan pronto), y es conveniente dejarlo expedito con cierta diligencia, en estos días ambiguos del final del curso.

Los papeles de mi despacho de la Facultad, paradójicamente, me importan poco. Me he ido desvinculando emocionalmente de mis tareas de investigación, a las que corresponden la mayoría de ellos. La interferometría, el procesado de imágenes, los sensores de fibra óptica, que tanto esfuerzo me requirieron, no me van a acompañar en mi nueva vida. Tampoco tienen ya valor las viejas listas de notas, los apuntes obsoletos de asignaturas que han ido desapareciendo, las carpetas llenas de papeleo: instancias, solicitudes, memoranda, actas, faxes, correos electrónicos impresos, pues todo se imprimía también, órdenes de pago de proyectos de investigación ya extintos.

Se saca un A-Z, se vacía, los montones se definen: vale, no vale, acaso valga. Se llenan carros, bolsas de basura. Pasan las horas, los días: todavía queda bastante. Es agotador. Y liberador. Y terrible.

 


VIII.

Mi despacho siempre mantuvo un orden razonable, su orografía era de escasa importancia si se compara con la de Janine. Pero cuando uno empieza a hacer descender las toneladas (resmas, cabría decir, con tan bello vocablo) de papel de su estabulación, cuando los montones empiezan a extenderse por las mesas, por el suelo, por las sillas, uno quizá puede recordar la arena de Flaubert. A mí me pasó: en cuanto me di cuenta de lo que estaba haciendo, ese ordenador de mi cerebro (¿mi corazón?) me hizo evocar Los anillos de Saturno, que tantas veces he releído y que abrí de nuevo al llegar a casa ese mismo día.

Hay pocas cosas del despacho de la Facu que guardaré. Sólo lo que tiene que ver con Historia de la Óptica, que fue eso que inventé para poder hacer otra investigación, una que me acercase a las letras de las que me exilié a los dieciocho años, cuando pedí definitivamente el ingreso en la iglesia científica. Llenaré unas cajas con esos cuadernos, con esos folios llenos de artículos. Las bajaré al trastero de mi casa, donde en realidad ya no caben. En el otro lado de la ciudad, el espacio que ostentaba mi nombre en la puerta estará convenientemente vacío, preparado él también para su nueva vida, para sus nuevos ocupantes.

Y aquí, en casa, mientras, la verdadera masa de papeles, ésa cuya destrucción acarrearía inmediatamente la mía propia, mis escritos, los miles de libros ordenados rigurosamente, esperan tenerme para ellos solos ya, esperan acogerme definitivamente, los años que nos separen aún de un desmantelamiento en el que ya no participaré.

Arena, sí. Pero esto es una playa, no un desierto.

IX.

También hay en mi despacho, como en el de Janine, cosas clavadas con chinchetas en la pared. Un plano del Metro para cronopios que inventé una vez, por ejemplo. O una banderita tricolor. O algunas fotos muy antiguas. Habrá que bajarlas de su pedestal, introducirlas en el recipiente adecuado. Todo eso ocurrirá la semana que viene. O la otra. O en septiembre, quizá, cuando ya sea un mero visitante.

Y entre esas imágenes, también, naturalmente, una reproducción del grabado de Durero, de la Melencolia I, con su ángel abatido. Es posible que las herramientas que compartimos no resuelvan finalmente ningún enigma, no confieran finalmente ningún sentido, pero lo cierto es que la búsqueda ha sido interesante. Y sigue siéndolo. Y hay búsquedas nuevas a cada paso. Hay ese movimiento de levantarse de la silla, acercarse al anaquel, extraer el libro, extraer Los anillos de Saturno, por ejemplo, localizar la cita, el pasaje. Estoy en buena compañía, este recinto está bien fortificado.

Librerías de viejo, museos de pequeñas ciudades, casas en las que ha muerto el propietario y ha dejado una biblioteca ingobernable, tiendas de barrio en las que hay de todo, cuartos de juguetes de niños ya ancianos: esos microcosmos atestados son propicios para el amor. Para el amor a eso que llamamos ficción, para el amor a la literatura. Para nuestro amor.

X.

Hay una estratigrafía en los papeles, sí, hay una arqueología posible: rara vez nos sorprende una datación, pero sí ocurre que de repente se exhume un cráneo inesperado, unos dedos. Trabajos emprendidos y abandonados por la vorágine de las deadlines y los horarios, declarando su disponibilidad, la potencialidad de sus promesas. Lucecitas que han seguido parpadeando todos estos años. Otros legajos que testimonian la pura zozobra de las épocas obscuras. Una biografía tridimensional, material, que puede desmigarse ya sin dolor: no es precisa elegía alguna.

Sólo cabe esto, pues: orbitar. Entre las miríadas de fragmentos de los anillos de Saturno hay objetos como para estrenar, esquirlas de espejos y hasta algún billet doux periclitado por falta de destinatario. Hay espacio suficiente para los dos, y para todos los otros doses que fuimos y seremos. En el cuarto de los trastos seguirán los trastos, y en la Gran Sala de la Biblioteca cundirá esa luz dorada que se reflejaba en los papeles de Janine, al decir de Sebald. Todo vuelve a empezar, y por eso todo es nuevo. 

La orquesta ataca el vals: ¿me concedes este baile?