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miércoles, 17 de junio de 2026

En el puerto

 


Sobre todo no te engañes, no digas

que fue un sueño.

CONSTANTINO CAVAFIS, El dios abandona a Antonio

 

1.

Me resultaría difícil decir cuándo leí por primera vez En el puerto (que también puede ser En un puerto) de Constantino P. Cavafis (que también puede ser Kavafis, entre otras cosas). Sí que puedo fijar más fácilmente en qué versión lo leí, pues durante años el libro de Kavafis (así figura en esa portada) que manejé fue el publicado como número 1 de la benemérita colección de poesía Hiperión, con la traducción de José María Álvarez. El libro, que aún guardo y manejo con frecuencia, corresponde nada menos que a la 14ª edición (el catorce…), fechada en 1987, habiendo sido publicada la primera en 1976. Poco después de 1987, en mi veintena, pues, debí de hacerme yo con el ejemplar, habida cuenta de la celeridad con la que se sucedían las ediciones de esta especie de best seller poético de la época. Había cierta lógica en la avidez de los lectores de entonces por hacerse con este libro: apenas circulaban algunas versiones de poemas sueltos del alejandrino, frecuentemente realizadas a partir de traducciones intermedias, como, por otro lado, me temo que es el caso de ésta, ya que Álvarez desconocía el griego demótico en que están escritos los poemas. Como fuere, para mí, al igual que para tantas otras personas, ésta fue la puerta de entrada a esos textos, que se convirtieron en decisivos.

 

2.

La cuestión de las traducciones no es baladí, ni mucho menos, sobre todo porque en mi caso el conocimiento del griego es nulo, o tan escaso como pueda serlo a partir de mi fugaz paso por la asignatura de Griego (clásico, por supuesto) de 3º de BUP, ese año en que todavía saludaba mi dualidad constitutiva y me dio en consecuencia por hacer a la vez ciencias y letras. Pero en esta entrada no se trata de hacer una disertación al respecto. Las cuatro traducciones al castellano que he manejado, probablemente las más conocidas y extendidas, contienen sus propias introducciones en las que, con frecuencia, hacen explícitos sus planteamientos a la hora de abordar tan ardua tarea y critican o ensalzan la labor de sus predecesores. Como de costumbre, en poesía sobre todo, encontrar el equilibrio entre el rigor y el respeto al contenido, por un lado, y, por otro, la belleza en la expresión, que ha de resultar además suficientemente natural y no forzada en la lengua de destino, es el objetivo no siempre fácil de alcanzar. Por mi parte, surfeo por todas ellas y extraigo algo así como un mínimo común múltiplo, si es que no es un máximo común denominador, para tratar de reconstruir en mi cabeza la voz de Cavafis, esa voz que acabaría arrebatándole al final de su vida un cáncer de garganta.

 

3.

De hecho, es significativo que tanto en mi caso como en la generalidad de la cultura ibérica, Cavafis fuera más accesible al comienzo en catalán que en castellano, a partir de la traducción parcial de Carles Riba, siempre tan elogiada, a la que siguió la de Juan Ferraté. En cuanto a mí, supe quién era Cavafis, o al menos oí mencionar su nombre por primera vez a partir, como no podía ser de otro modo, del disco Viatge a Itaca de Lluis Llach, uno de mis ídolos de adolescencia, y alguien a quien sigo volviendo a menudo. De nuevo, precisar fechas es difícil. El disco salió en 1975, año significativo donde los haya. Por razones puramente cronológicas y geográficas, lo que podríamos llamar el Zeitgeist de mi adolescencia, escuché durante incesantes horas (en LPs comprados o prestados por los amigos, y en las cassettes que grabábamos unos y otros a partir de esos vinilos) a los llamados cantautores. Creo que de todos Lluis Llach era el que más me gustaba, y tuve ocasión de verle en algunos conciertos, incluyendo aquellos del Parque de Atracciones de Madrid que darán un día para otra historia de éstas que acabo publicando en el blog.

 

4.

Como es bien conocido, el tema que ocupa toda la primera cara (entonces existían esas cosas) del Viatge se titula Itaca y está basado en el poema de igual nombre de Cavafis, que es de 1911. No es una mera transcripción: Llach extracta el poema para la primera parte de su tema y le añade otras dos partes más de su propia autoría. Cuando yo llego a conocer el disco, desde luego, ya se había convertido en un instant classic, pero en realidad no debían de haber pasado más allá de dos o tres años de su lanzamiento. Es decir, hablamos de mis catorce años. Ya andaban por ahí, claro, Serrat, y Víctor Jara, del que ya hablé por aquí, y bastantes más. Nunca me compré el Viatge a Itaca, lo grabé, probablemente a partir del ejemplar de mi amigo Alberto, que sí tenía toda la discografía del gironí, y lo escuché muchísimo. Me lo sabía de memoria. Aún me lo sé. Acabo de comprobarlo.

 

5.

Itaca no está tan lejos de En el puerto, lo que no es raro, porque hay un aire de familia entre todos los poemas de Cavafis, y el mar, la juventud, el viaje, y el correlato de todo eso, el regreso, la vejez, la muerte, son sus temas recurrentes. Pero la escala es distinta. A la monumentalidad épica del primero, que contiene a los lestrigones, los cíclopes, a Poseidón, le sucede, muchos años y muchos poemas después, la crónica de otra travesía mucho menor, y en sentido inverso, desde el ancho mundo helénico a las costas de Siria. Pero hay en ambos una llegada, diferida, proyectada hacia adelante en Itaca (que también puede ser Ítaca), acaecida, irreversible en En el puerto. Y hubo una partida, que se canta desde el primer verso: quan surts per fer el viatge cap a Itaca, y una travesía, que es preciso desear que dure molts anys. En esas singladuras de la melancolía y el deslumbramiento pasaba las mejores horas de sus tardes el adolescente que un día fui.

 

6.

De igual modo que la traducción, la cuestión de la propia composición del corpus cavafiano, y su ordenación, es compleja y controvertida, y nos llevaría muy lejos. Nos bastará con esto: En el puerto, o En un puerto, o, en su título original, Ein to epineion, fechado en 1918, probablemente compuesto en torno a septiembre de 1917, forma parte del conjunto de 154 poemas que se consideran canónicos, ya que, o bien Cavafis los seleccionó al final de su vida como tales, o bien fueron publicados por él con anterioridad y no expresamente repudiados. Cavafis nunca reunió sus poemas en un libro, y podó su producción hasta ese punto extremo en que toda la colección superviviente está formada por obras maestras. La ubicación de este poema, uno de los muchos que son memorables en ese conjunto, no probablemente uno de los más conocidos, acaso ni siquiera uno de los mejores, pero que está aquí por mi historia personal con él, varía según los editores, pero tiende a estar colocado en el número 74 si optamos por la cronología o por el 48 si seguimos el orden pretendido por Cavafis. Es, pues, fácilmente localizable.

 

7.

Si pudiéramos manejarnos en la lengua que empleó Cavafis (y aquí de nuevo se abre un posible abismo filológico, porque el mero hecho de que el poeta optara por la lengua de la calle, para entendernos, frente a la vigente forma arcaizante del griego en que se obstinaban a escribir los autores, también en aquella Alejandría de finales del XIX), sería lo lógico colocar aquí el texto de Ein to epineion y escuchar su música. Por mi afán por el rigor y por mi innegable pedantería, Uds. me han visto citar aquí en todas las lenguas que nos son geográfica y culturalmente más próximas: inglés, francés, italiano, alemán, catalán, portugués… No será el caso, y aquí me enfrento a un dilema nada baladí: ¿qué traducción elijo? ¿La de Bádenas, la de Irigoyen, la de Álvarez, la de Macías? ¿Me voy a las versiones inglesas, francesas, italianas? No, voy a hacer una cosa que es al mismo tiempo absurda, rigurosamente desaconsejable y tremendamente atrayente: voy a construir mi propio Frankenstein con los disjecta membra de todas ellas. Filológicamente despreciable, poéticamente dudosa, sencilla, breve, ojalá tierna. No se debe, no lo hagan, no me lo tengan en cuenta.

 

8.

Ahí va:

EN EL PUERTO

Joven, de veintiocho años, en un barco de Tinos,

arribó Emis a este puerto sirio

para aprender el negocio del incienso.

Habiendo enfermado durante la travesía,

recién desembarcado, murió. Aquí fue

muy humildemente enterrado. Apenas dijo

antes de morir palabras como “casa”, “padres ancianos”.

Pero nadie supo quiénes eran esos padres,

ni cuál era su patria, en el ancho mundo helénico.

Es mejor así. Porque mientras él

reposa enterrado en este puerto, ellos

siempre pensarán que está vivo.

Un par de puntualizaciones: la transcripción de la eta se hace por lo general como i y por eso, el Tenos que aparece en algunas versiones, aquí es Tinos, y el Emes protagonista acaba siendo Emis. Como Emes, sin embargo, lo conocí yo, y con ese nombre comenzó a aparecer una y otra vez en mis notas, especialmente a partir de 2014, cuando me compré la edición de Bádenas de la obra completa de Cavafis. En una dirección semejante, he optado por el negocio del incienso frente a otras posibilidades como el comercio del incienso, o, simplemente, la perfumería. Que Emes o Emis viene a Siria desde su patria, acaso Tinos, una de las Cícladas, para aprender un oficio está claro. El comercio sólo sería una parte del oficio, que es, desde luego, el de perfumero, lo que implica, además del comercio, la técnica. Cuando empecé a reparar en serio en el poema, en torno a ese 2014 yo, no obstante, preferí El comercio del incienso. De hecho, seleccioné esas palabras como título de una obra que fui ejecutando durante años y que nunca llegó a una conclusión. Éste sería el nuevo añadido en esa travesía, que aún no llega a destino, de lo cual, como saben los viajeros a Ítaca, hay que congratularse.

 

9.

¿Qué me fascinó, qué me fascina, de En el puerto para destacarlo de entre la nómina de elevadísima calidad de poemas de Cavafis? Muchas cosas. Las primeras, las fundamentales, son en realidad inexpresables. Palabras como lejanía, ocaso, juventud, podrían invocarse, pero no es algo verbal, es una sensación corporal, una resonancia, que es el término al que acudo cuando no sé decirlo. Eso mismo que me hacía sentir Itaca en la voz de Llach en aquel tocadiscos, eso que me hace temblar cuando pienso en cosas que justamente no he hecho ni haré: embarcar, surcar los mares como sólo se surcan los mares en las novelas de aventuras, visitar ciudades portuarias, emporios comerciales, avanzar por el malecón y contemplar las velas en el horizonte, sentarme en una taberna a ver atardecer. Tal vez haya mucho de tópico en todo eso, pero, si Cavafis no es eso (lo es, y muchas cosas más, por supuesto), sí que lo es para mí, desde siempre, y es justamente eso lo que encuentro en él y difícilmente en otros (se me ocurre nombrar aquí, y no sonará tan extraño, a Álvaro Mutis): la posibilidad de lo otro, de lo no, de lo antes, de lo nunca, de lo que sí, de lo que siempre, de lo que espera, acaso, en alguno de los breves días que aún no tienen una asignación conocida. La aventura, quizás. Un día, hace ya más de una década, acuñé una frase que luego repetí muchas veces en Morgana en Duino: la Odisea nos alcanza. Eso es Cavafis y eso es este poema paradigmático: el empellón de la Odisea, la zambullida en una épica que al mismo tiempo es profundamente lírica.

 

10.

Pero hay más cosas, éstas sí, tal vez, más definibles. La idea de morir joven, de morir lejos, de morir solo. Esa trinidad de desgracias queda reunida en la figura esquiva de Emes, o Emis, del que quienes le acogieron en ese puerto sirio que es adecuadamente anónimo saben apenas el nombre y otro par de obviedades: que es griego, en una época en que ser griego podría indicar ser de cualquier lugar del Mediterráneo Oriental, que tiene padres ancianos. El expatriado, enfermo al arribar, tiene apenas tiempo de susurrar su nombre, de mencionar las cosas que añora, que no va a recuperar nunca, de establecer su afán, el motivo de ese alejarse de los suyos y lo suyo: convertirse en perfumero, aprender allí el negocio del incienso, ese incienso cuyo olor se mezcla en el poema con el del agua del puerto, con el de la brea y el cáñamo de las maromas. Ah, espero que al menos alguien sostuviera sus manos, que pudiera expirar en algún lecho y no arrojado a las duras baldosas del muelle, que su entierro, tan pobre, fuera seguido por algún compañero de travesía, por algunos pescadores, que su cuerpo haya sido ungido con aceites aromáticos.

 

11.

Pero esa magia sensorial del poema viene acompañada (hablo siempre de mí, hablo de lo que en mí resuena) por un vértigo metafísico. Una vez más, el truco, si es que hay truco, consiste en trenzar de un modo inesperado el espacio y el tiempo. Irse lejos, abandonar la patria, en un momento en el que las comunicaciones y los transportes no son comparables a los actuales, era de algún modo adentrarse en el territorio de la muerte, pues el regreso no dejaría de ser dudoso, pues sería difícil establecer una conversación a distancia con los que se han quedado en el terruño. Cavafis juega hábilmente con la indefinición del poema. Acostumbrados como estamos a leerle versos inolvidables sobre figuras de la historia grecolatina o bizantina, tendemos a retrotraer el viaje de Emis a un pasado remoto, pero probablemente, como ocurre en tantos otros lugares de la obra del alejandrino, especialmente en sus poemas amorosos, que cantan a los cuerpos jóvenes gozados clandestinamente, estamos en el momento actual, es decir, a principios del siglo XX. En todo caso, el movimiento sigue produciéndose: dejar lo que se es, lo que se tiene, para buscar una vida mejor, morir en el intento, desaparecer en el silencio, ser añorado por los que no dejan de pensar en nosotros. Ese movimiento en el que avanzar supone desgajarse, ese tirón brutal de la migración, están ahí también.

 

12.

Pero es algo más, es la posibilidad inesperada de estar y no estar vivo, de estar y no estar muerto. Tinos, si es que de Tinos es Emis, es tan remoto como lo es el pasado, tan inaccesible es Siria para sus ancianos padres como lo es el futuro. Que nadie conozca a la familia de Emis hace que para estos, cuando se acuerden de él, cuando eleven acaso una plegaria por su salud, siempre esté vivo. El tiempo ha encontrado una bifurcación, un remanso. La tumba tan pobre de Emis no tendrá visitantes, porque Emis no ha muerto, no ha muerto para aquellos a los que su muerte importa más que ninguna otra cosa. Volverá un día, se dirán, le habrá ido bien en el negocio del incienso, sí, ahora será un comerciante opulento que trafica con perfumes exquisitos por toda Asia Menor, un día volverá, como el hijo pródigo del Job de Joseph Roth, en un acto mágico, milagroso. Un día, acaso, pero no, somos demasiado ancianos para ello, iremos allá, nos llevará a su casa, nos cuidará y podremos morir tranquilos, y, sí, por qué no, la vida está llena de prodigios.

 

13.

Los elegidos por los dioses mueren jóvenes. Emes, que está en un pasado ya tan lejano, nunca tuvo futuro. A sus veintiocho años su historia concluyó. Nunca aprendió el comercio del incienso. Aprendió otras cosas, acaso, en esos breves momentos en los que estuvo en el puerto sirio de nombre desconocido. Aprendió lo suficiente. Y fue bello hasta el final, y nunca tuvo que arrepentirse, o suspirar por los días que se fueron, por esos días en que los cuerpos eran jóvenes y no podían dejar de abrazarse. Emis es un muerto anónimo del que sólo se sabe su edad. Suficiente. Cavafis, que en 1918 tiene ya 55 años, construye la elegía perfecta, la elegía que se nos aplica a todos, porque todos somos Emis, y lo somos incesantemente, porque todos nuestros muertos de los veintiocho años, de los dieciséis años, de los cuarenta años, de los cincuenta y cinco años nos habitan, reposan en sus humildes tumbas dentro de la casa ya a medio derrumbar de nuestro cuerpo, entre las rendijas de nuestra osamenta. Porque todos nuestros días son los de una travesía arriesgada hacia lo desconocido, hacia el cumplimiento, siempre diferido, de nuestros afanes, porque todos queríamos aprender el comercio del incienso, y algunos, los que no tuvimos la desgracia, o la fortuna, o la valentía, o la cobardía, de morir jóvenes, aprendimos el comercio del incienso, y fuimos comerciantes y perfumeros, y ahora, en el crepúsculo, mirando el atardecer desde la taberna de un puerto sirio, reflexionamos y nos damos cuenta de que todo ha pasado demasiado de prisa, que no era tan importante el negocio del incienso, que aquella tarde en la que enterramos a Emis, recién llegado del puerto de Tinos, fue la más importante de nuestras vidas.

 

14.

Alejandrino como Cavafis fue también Giuseppe Ungaretti. Fueron, de hecho, coetáneos, si bien había veinticinco años de diferencia entre ellos, y se conocieron y se trataron. Ungaretti, de ascendencia italiana, utilizó esa lengua para escribir, junto con, ocasionalmente, el francés. Se alistó para combatir en la Primera Guerra Mundial y pasó mucho tiempo en el frente del Carso, que es una palabra que siempre me lleva a mi amado Trieste. Allí, en el campo de batalla, comenzó a componer poemas muy breves, en los que, con una expresión acendrada, trataba justamente de hablar de lo que está en medio de las palabras, de lo que no se deja decir. El resultado de esos versos de campaña fue un librito, Il porto sepolto, que fue publicado en una edición minúscula, en 1916. Posteriormente, fue incorporado a Allegria di naufragi, bello título que luego fue abreviado a L’allegria. El puerto sepultado (extraña elección para algo que, en todo caso, está sumergido, bajo el agua y no bajo la tierra) es el puerto de la Alejandría anterior a la época helenística. Sólo con ese enunciado, con ese sintagma, se dispara el proceso, la imaginación se pone en marcha, comienza la aventura, la Odisea nos alcanza.

 

15.

El primer poema de Il porto sepolto, titulado In memoria, data de 1916. Es, por lo tanto, anterior a En el puerto. En mi cabeza, inevitablemente, yo tiendo a proyectar hacia atrás a Cavafis, a llevarlo casi a la época homérica, y Ungaretti se me presenta ya en pleno siglo XX, en las vanguardias. Pero no, ya lo he dicho, son coetáneos. Así que la resonancia aún cobra más significado. In memoria aparece fechado en Locvizza, localidad eslovena de la zona del Carso, sí, el 30 de septiembre de 1916. Comienza así: Si chiamava Moammed Sceab. Mohamed Sceab era un amigo de juventud de Ungaretti, también alejandrino, también poeta. Juntos marcharon al París de la modernidad y los movimientos artísticos, donde compartieron una habitación en una pensión que estaba situada en el número 5 de la rue des Carmes. Un día, en esa habitación, Ungaretti encontró a su amigo muerto. Se había suicidado. Era el 9 de septiembre de 1913. En las trincheras del Carso, rodeado de compañeros muertos, Ungaretti se acuerda de Moammed, que cambió su nombre por Marcel, intentando ser francés, y le escribe una elegía. Otra elegía perfecta.

 

16.

En este caso creo que podemos irnos al original, es fácilmente comprensible.

IN MEMORIA

Locvizza il 30 settembre 1916

Si chiamava

Moammed Sceab

 

Discendente

di emiri di nomadi

suicida

perché non aveva più

Patria

 

Amò la Francia

e mutò nome

 

Fu Marcel

ma non era Francese

e non sapeva più

vivere

nella tenda dei suoi

dove si ascolta la cantilena

del Corano

gustando un caffè

 

E non sapeva

sciogliere

il canto

del suo abbandono

 

L’ho accompagnato

insieme alla padrona dell’albergo

dove abitavamo

a Parigi

dal numero 5 della rue des Carmes

appassito vicolo in discesa.

 

Riposa

nel camposanto d’Ivry

sobborgo che pare

sempre

in una giornata

di una

decomposta fiera

 

E forse io solo

so ancora

che visse

Mohamed Sceab partió de la Alejandría aún helénica de Cavafis, junto con su amigo Giuseppe. Iban a París, a aprender ese comercio del incienso que es la poesía. Se dice que Sceab destruyó todos sus poemas antes de morir, y sólo Ungaretti pudo conocer esos versos. Ungaretti, que acaso es el único ya que sabe que un día vivió Mohamed Sceab, a quien se le halló tendido en su lecho, un hilo de sangre saliendo de su boca, según nos cuenta su compañero de travesía en otro poema, Roman cinema. Se conocía su patria, su familia, seguramente todos supieron de su muerte apenas producida. Su entierro, probablemente, fue tan humilde como el de Emes, aunque no en Siria, sino en Ivry. Tres años después, su amigo compone los versos que harán que el nombre de Moammed Sceab no pueda olvidarse. Como el de Emes, que también puede ser Emis.

 

17.

Migración. Desplazamiento. Desarraigo. Exilio. Alejamiento. La traslación imparable que siempre es el vivir. Esa obligación del avance, esa imposible quietud. Si nos aferramos a unas coordenadas, los segundos, subrepticiamente, nos reubican en el año siguiente. Si nos dejamos llevar por esa corriente del calendario, cuando nos damos cuenta no sabemos ya ni dónde estamos ni cómo nos llamamos. Sólo hay un modo de permanecer. Sólo hay un modo de ser iguales a nosotros mismos: morir. Morir jóvenes. Y tener la fortuna de que un amigo nos recuerde, de que alguien escriba nuestro in memoriam. Lo sabemos bien nosotros, que somos los depositarios de esos recuerdos que resisten ahí, en lo más dentro, al menos mientras sigamos siendo triunfantes en el combate con la demencia. Lo sabemos bien nosotros, que ostentamos las urnas funerarias, los relicarios de los que fuimos, que recorremos a cada rato esas galerías de retratos, especialmente en esos momentos en los que la madrugada, el silencio, la soledad, nos ayudan a escapar de los traqueteos del tren que nos conduce al Nunca. Fuimos jóvenes, morimos jóvenes. Fuimos bellos, morimos bellos. Seguimos viviendo, aprendimos el negocio del incienso, nos llamamos Marcel, compusimos versos. Estamos vivos. Ya no somos jóvenes. Pero somos bellos. Siempre lo seremos.

 

18.

Hay al menos otra canción de Lluis Llach que parte de unos versos de Cavafis. En este caso, de un poema titulado Un viejo (Un vell), en la traducción de Ferraté. El tema se llamó justamente A la taverna del mar y se incluyó en el impresionante LP Campanades a morts, de 1977, otro disco en el que la cara A estaba ocupada por una única composición, en este caso dedicada a los trabajadores que, habiéndose refugiado en una iglesia, fueron salvajemente ajusticiados por la policía en los llamados sucesos de Vitoria de 1976, de infausta memoria. Otra elegía perfecta. En la cara B, junto a temas maravillosos como Laura, Llach canta los versos de Cavafis en un poema de los primeros, de 1897 (34 años tenía el autor), en el que la mirada se posa, no compasiva, sobre el viejo que, solitario, pasa las horas en la Taberna del Mar, leyendo su periódico.

 

19.

El viejo reflexiona sobre su vida, desde su conciencia de que el tiempo ha huido, de que su cuerpo se ha deteriorado y ya no suscita miradas de deseo, de que todo se ha escapado en un momento, en un momento… Y entonces, brama Llach, se’n recorda del Seny, el mentider. Seny es una de esas palabras intraducibles, como la saudade del portugués, que tiene unas connotaciones muy particulares en su lengua de origen. Tanto es así que su uso se ha extendido a otros idiomas, y todos podemos asociar a ese vocablo contenidos de prudencia, buen juicio, sabiduría. Todos ellos conectados también con una cierta idea de madurez, que ya va lindando con la vejez, esa otra vertiente que nos lleva a la decadencia y al olvido de nosotros. El término que quiere traducir aquí Seny es (lo pongo transliterado) frónesis, que en seguida dispara todo tipo de resonancias lezamianas. Los traductores al castellano tienden a usar Prudencia o Sabiduría, con su correspondiente mayúscula, pues el poema personifica a ese concepto abstracto. ¿Por qué es mentiroso el seny, de qué modo nos ha engañado la prudencia? Porque a cada deseo nos repitió demà tindras temps encara, porque nos dijo que refrenásemos nuestros impulsos, que no nos precipitáramos, que no tuviéramos prisa, que éramos muy jóvenes, que ya habría tiempo, que era preciso aprender un oficio, que era preciso trasladarse a otro puerto, que era preciso conocer el negocio del incienso.

 

20.

Cumplir años no requiere de habilidades especiales. Lo único que se precisa es, simplemente, seguir vivo. La cuenta de los años de Emes se detuvo en el 28. La de Mohamed Sceab no pasó de los 26. Cavafis murió con 70. Ungaretti llegó a los 82. Yo cumplo el próximo domingo, el solsticio de verano, 62. Aprendí, cuando tuve que hacerlo, el negocio del incienso, que en mi caso se llamó Física. Me convertí en un comerciante opulento: fui profesor en la Universidad. Llegado el momento, merecidamente, podría decirse, me retiré y ahora paso mis días con tranquilidad, entregado a mis lecturas, mis paseos y mis conversaciones con mis buenos amigos. Mi vida ha transcurrido, como la del viejo de la taberna del mar en que me he convertido, en un suspiro. He sostenido en mis brazos a muchos jóvenes llegados de algún lugar de la vasta Hélade y les he dado una sepultura humilde. Todos tenían mi nombre, para todos escribí un epitafio: mis cuadernos están llenos de ellos. Algunos se suicidaron en una pensión de París. Otros escribieron poemas muy breves en una trinchera. Otros buscaron cuerpos jóvenes en garitos de mala nota, mientras mantenían una elegancia de dandy y el porte de un caballero inglés. Todos murieron jóvenes. El que fui ayer también murió joven, y lo hará el que escribe esto apenas ponga el punto final.

 

y 21.

No es cierto que el único modo de no envejecer, el único modo de no plegarse a los dictados de la conveniencia, a las imposiciones de la llamada sociedad, sea el de Emis, el de Sceab. Hay otro modo. Uno lo descubre más tarde, al mismo tiempo que, como bien nos cuenta Jaime Gil de Biedma, ese cavafiano catalán, comprende que la vida iba en serio. El principio de funcionamiento de esa rebeldía, de esa revuelta (i amb el somriure la revolta, cantaba Llach) es el mismo siempre, cambian sólo las circunstancias de cada uno. Es el desdoblamiento, la fuga, el amago. En mi caso es la poesía, la literatura, siempre lo fue. Cuando escribimos somos siempre absolute beginners (ah, Bowie, muerto infinitamente joven), nada está hecho, no sabemos nada, no hemos pasado ni un solo examen, no tenemos ni idea del negocio del incienso. Cuando escribimos somos nuevos, como Emis, que era neos en la primera línea del poema. Cuando escribimos, y cuando besamos. Y nadie sabe la cuenta de sus besos, porque nadie sabe la cuenta de sus días. Y por ese motivo, en los cumpleaños nos juntamos, apagamos las velas del poema aquel de Cavafis, y nos besamos, para poner el contador a cero, y bailar mientras el cuerpo aguante.

 

 

martes, 9 de diciembre de 2025

Media docena de rosas

 


 

Tus rosas vivirán cuando todas sus contemporáneas hayan muerto.

ZENOBIA CAMPRUBÍ a JRJ, desde el Hospital de Boston, 6 de enero de 1952

 

I.

En septiembre de 1926, Rainer Maria Rilke retorna a Muzot tras haber pasado unos días en Lausanne, invitado en el lujoso Hotel Savoy, que aún existe, junto al Léman. Su salud ha ido quebrantándose, pero aún ignora cuán cerca está su final, sobre todo porque su enfermedad, la leucemia, no será diagnosticada más que tardíamente. En el Savoy ha conocido a la joven egipcia Nimet Eloui Bey, hija de un alto funcionario del Sultán, quien había leído Apuntes de Malte Laurids Brigge y admiraba mucho al poeta. Nimet es descrita como de una gran belleza. Es una mujer casada, pero vive alejada de su marido. Como en tantas ocasiones, la amistad con el poeta es instantánea e intensa.

Pocos días después de su regreso, Rilke recibe a Nimet, junto con una amiga, en Muzot. Han llegado allí conduciendo su potente automóvil. Muzot suele presentarse como un “castillo”, pero es más bien una casa con un torreón, en los alrededores de Sierre. Allí lleva Rilke recluido ya varios años, que no han dejado, en todo caso, de ser bastante movidos, pues el destino viajero del poeta es inevitable. Pero es en ese recogimiento donde pudo terminar el monumento de las Duineser Elegien. Es su último refugio.

Para complacer a las visitantes, Rilke corta unas rosas de su pequeño jardín. Al hacerlo, una larga espina se clava en la palma de su mano izquierda. La herida se infecta rápidamente, la mano se hincha. Al día siguiente, un dedo de la otra mano también aparece inflamado y es preciso vendarlo. Durante días no pudo usar sus manos, que le dolían mucho. Entonces vino una gripe intestinal con fiebres altas.

Todo eso revelaba su déficit de defensas, provocado por la leucemia subyacente. Las idas y venidas a la clínica de Val-Mont no sirvieron demasiado, una vez más. El 29 de diciembre de 1926 murió allí, en esa clínica, en Glion, sobre Montreux. El próximo año se cumplirá el centenario de esa fecha. Hace unos días, el 4 de diciembre, se celebró el 150 aniversario (hay una palabra para designar la efemérides: sesquicentenario) de su nacimiento.

Los apuntes biográficos más superficiales afirman que Rilke murió por el pinchazo de una rosa. No es médicamente preciso, por supuesto, pero es poéticamente cierto, y justo. En el ramo que Rainer entregó a Nimet ese día, una de las rosas era una asesina. Ninguno de los dos lo sabía entonces, pero la sangre del poeta ya era toda ella una espina.

 

II.

Rilke fue enterrado en Raron o Rarogne, según se elija el idioma de esa franja bilingüe del Valais. Su tumba se ubica junto a la tapia de una pequeña iglesia que se encarama a un risco, a la entrada del pueblo, perfectamente visible desde la estación. Desde allí se abre una perspectiva sobre el valle que sin duda los ojos del alma del poeta disfrutarán cada mañana.

La tumba es de una gran simplicidad. Está rodeada por un murete de piedra con una cancela metálica. En el brazo horizontal de la cruz de madera se muestran apenas las iniciales del poeta: R.M.R. Al fondo, una lápida. En ella, un escudo de armas más bien fantasioso de la familia Rilke, el nombre ahora sí completo del yacente, y unos versos.

ROSE, OH REINER WIDERSPRUCH,

                                               LUST,

NIEMANDES SCHLAF ZU SEIN

                               UNTER SOVIEL

LIDERN.

La traducción podría ser algo así: Rosa, oh pura contradicción, deseo de ser el sueño de nadie bajo tantos párpados.

Lust… zu indica un apetito o una disposición, unas ganas, pero lust también supone el gusto producido por la consecución del deseo. Antonio Pau lo traduce, abusivamente a mi juicio, como alegría. Wiesenthal opta por deleite. El lust inglés no equivale aquí al alemán, especialmente en su connotación lujuriosa. Por otro lado, Lidern, plural de lider, párpado, evoca lieder, canciones.

Se puede localizar el origen del epitafio, que fue el elegido por el poeta, en un texto en francés (en su última época, Rilke escribió una abundante colección de poemas franceses) titulado justamente Cimetière. Allí se interpela a las flores que nacen de las tumbas, que nacen de los cuerpos y llevan su sangre como savia: Comment n’être pas nos fleurs?

¿Es por eso que los pétalos de la rosa parecen alejarse de nosotros, que emergen de un centro y se amontonan unos sobre otros como en un impulso centrífugo? Veut-elle être rose-seule, rien que rose? Ser ella sólo rosa, nada más que rosa. No nuestra, de nadie. Y ahí: Sommeil de personne sous tant de paupières? Sueño de nadie, pero nadie es personne, personna, pessoa, bajo tantos párpados, pétalos-párpado que cierran el ojo central de la rosa, que ocultan su corazón, por el que late el nuestro, el ya detenido para siempre.

 

III.

La rosa, todos lo sabemos, es sin porqué. Así lo afirmó Johann Scheffler, más conocido como Angelus Silesius, en uno de los breves poemas o aforismos contenidos en El peregrino querúbico:

Die Rose ist ohne Warum.

Sie blühet, weil sie blühet.

Sie achtet nicht ihrer selbst,

fragt nicht, ob man sie siehet.

Ésta es la versión en alemán moderno, el texto original usa ohn warumb, sin porqué, que, según se nos apunta en nota en la edición de Lluis Duch publicada por Siruela (donde figura en el nº 289 del primer libro), es un término técnico de la mística especulativa dominica de la Edad Media, especialmente de Eckhart y fue utilizado por primera vez por Beatriz de Nazaret y posteriormente Marguerite Porete, en su Miroir des simples âmes, lo trasladó al francés, como sans pourquoy.

Duch propone como traducción al castellano la siguiente:

La rosa es sin porqué. Florece porque florece.

A ella misma, no presta atención. No pregunta si se la mira.

Borges admiraba mucho estos versos y colocó el primero como colofón de su conferencia sobre la poesía de 1977 recogida en Siete noches, como el resumen de todo cuanto he dicho esta noche. Allí propone su propia traducción, en la que elimina el es y transforma la estructura original bipartita en una frase en alejandrino: La rosa sin porqué florece porque florece.

El es de la versión original es, sin embargo, decisivo, o al menos así me lo parece. Establece, como sólo lo puede hacer el verbo copulativo, una identidad o una necesidad entre los dos términos, confiere un carácter ontológico a esa gratuidad del ser rosa. Toda rosa es sin porqué, su florecer es un puro acontecer que no cabe reducir a proyecto o propósito o finalidad.

La rosa que no se percibe a sí misma ni al exterior, a ese exterior de contempladores de su belleza, es rosa porque es rosa, aún menos, pues rosa es apenas el puro nombre, del que habla el adagio medieval. Rose is a rose is a rose, dirá famosamente Gertrude Stein. No es de extrañar que esas breves líneas del místico silesiano hayan sido repetidas tantas veces: son un puro concentrado de la más alta poesía, que, como sólo ocurre justamente con la más alta poesía, es el grado máximo de la filosofía.

No hay porqué en la rosa. Ni en la rosa ni en ninguna otra cosa. La rosa florece porque florece. No hay explicación, apenas una descripción, y una descripción que sólo nos es necesaria por nuestra patológica insatisfacción, por nuestro desacomodo en el mundo, del que tanto sabía Rilke. Sucesos sobre sucesos, aconteceres que brotan y se deslíen, pura emergencia y puro derrumbamiento, oleaje del gran océano efímero de la nada.

 

IV.

La rosa es sin porqué y la rosa es de nadie. En 1963 Paul Celan publicó un libro con ese título, Die Niemandsrose. El poema Tübingen, Jänner, del que nos ocupamos aquí hace unas semanas, está incluido en él, además de otros poemas memorables como Mandorla.

Niemandsrose es una construcción que compone el nombre de la flor en alemán, Rose, con la palabra Niemand, nadie, en genitivo. Aparece en uno de los poemas principales del libro, titulado Psalm, salmo. En la tercera estrofa de ese poema leemos

Ein Nichts

waren wir, sind wir, werden

wir bleiben, blühend:

die Nichts-,

die Niemandsrose.

La traducción de Celan es siempre un empeño esencialmente imposible. Miremos antes un momento a la estructura: en el verso anterior al que nombra la rosa de nadie tenemos un extraño guion: Nichts-. Apunta a la elisión del segundo término de la palabra compuesta que era, claro, rose. Es decir, la rosa es de nadie y también es de nada o, casi peor, de no, puesto que nicht también sirve como partícula negativa. Esa Nada/No que somos los que enunciamos el poema, que somos (sind), pero que también fuimos (waren) y que seguiremos siendo (werden…bleiben), mientras somos florecientes. Una flor de Nada, de Nadie.

Ese nadie, Niemand (en alemán todos los substantivos llevan mayúscula, pero en este caso esa mayúscula es también la que se utiliza cuando se nombra a las personas sagradas) aparece desde el comienzo del poema. Es el Nadie que (no) nos amasa de barro ni nos infunde el espíritu, el Nadie que debe ser loado y hacia/contra (entgegen) el que florecemos, en ese impulso hacia un encontronazo con la Nada que nos constituye, de la que emergemos como se alza un tallo.

La traducción de la última estrofa es aún más compleja, pues se juega con la anfibología de Griffel, que designa tanto al estilo o punzón con el que escribimos sobre una tablilla como al pistilo, o, por mejor decir, a esa parte de él que también se llama estilo, y nos introduce Staubfaden, que literalmente serían algo así como hilos de polvo, de ese polvo primordial del que Nadie nos hizo flores de Nada, pero que es también el término que nombra a los estambres de la flor. Y algunos otros abismos más que Celan abre, con la endemoniada facilidad que le caracteriza, a cada palabra.

Un ejercicio imposible, sí, pero inevitable, al cabo. Transcribo aquí la traducción de José Luis Reina Palazón, en la edición de las Obras completas de Celan que Trotta publicó en 1999 y que ha sido y sigue siendo la referencia para todos los celanianos (o aspirantes a-) patrios:

SALMO

Nadie nos plasma de nuevo de tierra y arcilla,

nadie encanta nuestro polvo.

Nadie.

 

Alabado seas tú, Nadie.

Por amor a ti queremos

florecer.

Hacia

ti.

 

Una nada

fuimos, somos, seremos

siempre, floreciendo:

rosa de nada,

de Nadie rosa.

 

Claro de alma el estilo,

yermo tal cielo el estambre,

roja la corola

por la púrpura palabra que cantamos

sobre oh sobre

la espina.

El poema se escribió el 5 de enero de 1961, muy poco después de pronunciada la conferencia El Meridiano. Existe una versión de José Ángel Valente, en la que se opta por un atrevido florecer contra ti, que resuena con el ardor centrífugo de los párpados de la rosa rilkiana. En francés, toda traducción posible enunciará de nuevo el Nadie como Personne, y será a esa Persona/No a la que alabemos desde nuestra condición de rosas de polvo.

 

V.

En un célebre aforismo que data de la década de los treinta del siglo pasado, y que fue recogido en la recopilación que preparó Antonio Sánchez Romeralo con el título de Ideolojía (sic, ya sabemos del particular uso de la g/j del moguereño) con el número 2351, Juan Ramón Jiménez afirma con bella rotundidad que El hombre debe considerarse dichoso de haber sido contemporáneo de la rosa.

Cuando nacimos, las rosas ya estaban allí. Quién sabe de sus ancestros no fanerógamos, quién desea la inmensidad de helechos de otras eras geológicas, quién piensa en extraños futuros en los que los géneros y las especies habrán sido transformados y no habrá ya nadie que los registre. La rosa ya estaba aquí cuando apareció eso que hemos dado en llamar el ser humano, pues el hombre juanramoniano incluye, claro está, a la mujer y a todas las otras formas de ser humano, en ese genérico masculino que nos arrastra a un pasado de invisibilidades y menosprecios.

Cuando el ser humano empezó a caminar por la tierra las rosas ya le estaban esperando. Es bien cierto que entonces procedimos a hacer lo único de lo que parecemos capaces: modificar, es decir, destruir. Las rosas de las rosaledas y de los jardines de los palacios son producto de manipulaciones y cultivos. Pero, de todos modos, ahí están, y podrían no haber estado, o no haber estado nosotros.

Ser contemporáneos es el mayor de los misterios, pues es el reflejo de un puro azar. Entre el poeta y sus lectores hay una extraña convivencia distante, una congruencia en fechas que se acabarán depositando en lápidas. Ser es, tan sólo, estar, y estar exige un aquí, un ahora. Ahora estamos aquí. Ahora las rosas están aquí.

Podrían no haber estado. Podríamos no haber estado. Dejarán de estar. Dejaremos de estar.

El texto acaso más conocido de la inmensa y excelsa obra juanramoniana suele ser mal citado. Proviene del libro Piedra y Cielo, el que concluye ese periodo fundamental que incluye el Diario de un poeta recién casado y Eternidades, y se titula, de modo transparente El poema. Ese poema contiene apenas dos versos:

¡No le toques ya más,

que así es la rosa!

Los que lo transcriben substituyen frecuentemente el le por un la, asumiendo que se refiere a la rosa (laísmos y leísmos aparte) y no al poema del título. No toques más el poema, no hace falta: la rosa está en él. La rosa es así. Es el momento en que Juan Ramón busca una simplicidad, una desnudez, que le aleje de algunos excesos modernistas de su juventud, le pide a su intelijencia que le dé el nombre exacto de las cosas, para, entonces, enunciarlo. El poema debe ser así: la rosa. Una rosa poema, un poema rosa, puesto que somos afortunados de ser contemporáneos de ella.

Por esos años, Vicente Huidobro convertirá en lema de su Creacionismo este verso: No cantéis a la rosa, oh poetas, hacedla florecer en el poema. El poema del que procede ese verso se titula Arte Poética, y, desde luego, parece un título justo.

 

VI.

En 1973, el grupo brasileño Secos e Molhados incluyó en su primer álbum, cuyo título coincidía con el nombre del grupo, una canción del gran Vinicius de Moraes titulada Rosa de Hiroshima. Posteriormente, el cantante de la banda, ya en solitario, el fantástico Ney Matogrosso, la ha grabado y la ha interpretado abundamente en vivo. Una actuación de Ney es algo espectacular, o al menos así puede colegirse de los vídeos que lo muestran, en festivales como el de Montreux, allí, al lado de donde murió Rilke.

Cuando se representa el horror nuclear, y se representa demasiado poco, y demasiado como sin importancia, suelen utilizarse un par de imágenes que en realidad no corresponden a la realidad anicónica y casi apofática de la mañana del 6 de agosto de 1945 en Hiroshima (y que decir de Nagasaki, que es apenas el término subsiguiente de la conjunción copulativa, como una especie de consecuencia necesaria del primer bombardeo, como un ítem más en una lista que no acabará de cerrarse nunca). 

Suelen ser del ensayo americano en Bikini, poco después del final de la guerra, cuando de lo que se trataba era de avisar a los soviéticos, que no tardarían en dotarse ellos mismos de armamento atómico, y desencadenar así la llamada Guerra Fría, de la que todos somos asustados hijos. Bikini es un atolón del Pacífico y el nombre que un avispado diseñador francés eligió para su traje de baño de dos piezas, en uno de los juegos de manos más atrevidos y eficaces de la historia del comercio mundial: de la destrucción y los daños irreversibles a la población civil del archipiélago, que no fue convenientemente protegida ni evacuada, al tono festivo de una postguerra que no quería mirar hacia atrás ni reconocer culpa alguna.

Ahí, en Bikini, se hizo la foto que suele emplearse como ilustración, la del hongo. Hongo es una palabra extraña, pues tiene connotaciones alucinógenas y venenosas. No es la seta de los cuentos de la niñez, donde podrían encontrarse gnomos y otros seres del bosque, es algo tóxico y extrañamente arcaico, un habitante de la Tierra muy anterior a la rosa. Así, elevándose, la nube de polvo y ruina, con una perfección casi geométrica, se impone en su valor de signo: ésta es la manifestación del poder, aquí empieza el non plus ultra, lo que viene después es el puro destrozo. Y el pánico.

Por eso, que Vinicius de Moraes, un personaje bigger than life, compusiera ese poema íntimo, doloroso, en el que la nube no tiene forma de hongo, sino de rosa, de una rosa de pétalos en fuga, elevándose contra, como nosotros que nacemos tallos de Nada en vuelo hacia Nadie, rosa con un porqué cruel y despiadado, que Vinicius de Moraes eligiera ese símbolo, esa figura es algo sorprendente, y brutalmente eficaz, especialmente cuando quien dice esos versos es Ney Matogrosso.

Éste es el poema. Lo dejo en el portugués original, fácilmente comprensible.

Pensem nas crianças mudas, telepáticas

Pensem nas meninas cegas, inexatas

Pensem nas mulheres, rotas alteradas

Pensem nas feridas como rosas cálidas

 

Mas, ó, não se esqueçam da rosa, da rosa

Da rosa de Hiroshima, a rosa hereditária

A rosa radioativa, estúpida e inválida

A rosa com cirrose, a anti-rosa atômica

Sem cor, sem perfume, sem rosa, sem nada

Los niños, las niñas, las mujeres, la población civil. Las quemaduras, como rosas cálidas en la piel, rosas que se abren a las infecciones. La rosa impalpable que se cuela en los huesos y florece allí, letal. La rosa hereditaria que propaga la enfermedad, la antirrosa. Sí, pensemos en ella, no nos olvidemos de ella. Esa rosa no rosa que de repente se alza desde la ciudad en ruinas, una rosa de Nada creada por las rosas de Nada que somos, en la redundancia de un ciclo de padecimientos y sinsentidos.

La rebelión consiste en mirar fijamente una rosa hasta pulverizarse los ojos, nos contaba Alejandra Pizarnik. Si uno mira fijamente esta rosa sin rosa acaba viendo sólo su rojo, su rojo de sangre, su rojo-Rothko en el que nos sumergimos hasta la visión periférica. Ese rojo de la herida abierta en plena carne, de la rosa asesina de poetas, de la rosa que, contemporánea, nos ve morir y alimentar sus raíces, que asciende desde nuestros sepulcros y cubre con sus flores los textos de las lápidas.

Rojo. Profundo rojo. Rojo es el color del pintalabios que ocupa el cielo. El cielo que es la espina.

 

Envoi

Escucho, una vez más, a Cristina Lliso, que siempre cantaba con guantes:

Para qué decir lo contrario si soy la mala rosa,

la que incendia con fuego el calor de los besos

que luego apaga con lluvia de dolor.

La mala rosa hunde sus espinas en la hierba del amor sin ningún pesar. Somos contemporáneos de la flor más bella de la historia, pero la paradoja ha querido que el tallo de esa flor esté poblado de espinas. No tendría por qué ser así, hay muchas flores que no tienen espinas. Me parece que aquí hay algo muy profundo sobre lo que habrá que volver una y otra vez.

¿Es por eso que apenas contemplamos, que apenas nos acercamos, tiramos una foto, volvemos la espalda, sabedores de que ese día es ya el último que veremos a esa rosa, que esa rosa perecerá antes que nosotros, hasta que un día no, hasta que un día ya no, y acaso venga a encontrarse entonces con la madera de la caja que nos contenga? ¿Es por eso que no tocamos, que mantenemos las distancias, que tememos el rojo de la sangre, que tememos el veneno de la rosa, que tememos que la rosa nos asesine? ¿Es por eso que ya no, que nunca no, que nunca más, que de ningún modo, que, ay, todo eso ya pasó? Probablemente.

Cavafis, en el poema titulado La batalla de Magnesia nos dice: Poned muchas rosas en la mesa. Qué importa la derrota de Antíoco en Magnesia. Sí, qué importa. Qué importa la derrota, en Magnesia o en Hiroshima o en todos los lugares del mundo en los que hemos sido derrotados una y otra vez, siempre los mismos, todos nosotros, los contemporáneos. Pongamos muchas rosas en la mesa del banquete, bebamos y cantemos, cantemos bellos poemas.

En la Edad Media se colocaba una rosa sobre la mesa, o suspendida encima de ella, en las reuniones en las que el secreto de lo tratado allí era imperativo. Sub rosa significa eso: silencio. Esto es algo entre nosotros, entre tú y yo, algo que se deposita bajo una rosa. Una rosa que nunca te regalé, que nunca acompañó a un libro. Para remediar eso de algún modo he escrito esto, he escrito una rosa de papel, una rosa que no puede marchitarse. Aquí te la entrego.

 

P.S. A lo largo del texto he incluido una serie de hipervínculos que remiten a vídeos o imágenes que, creo, aportan contenido bastante relevante a esta entrada.