Mostrando entradas con la etiqueta María Zambrano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta María Zambrano. Mostrar todas las entradas

jueves, 6 de agosto de 2026

Gotta light?

  

Got a Light?” Twin Peaks Gets Seriously Weird – Dork Forty!

 

Oh, luz manifestada

que iguala al ojo con el sol.

JOSÉ LEZAMA LIMA, Las siete alegorías, en Fragmentos a su imán

 

1.

La amistad de María Zambrano y José Lezama Lima se extiende durante décadas. Se inicia en el primer viaje de María a Cuba, en 1936, tras un accidentadísimo periplo entre la vida y la muerte, nos cuenta ella, en la evocación adecuadamente titulada Breve testimonio de un encuentro inacabable, publicado como Liminar de la edición crítica de 1988 en la colección Archivos de ese libro incomparable que es Paradiso, cumbre quizás de la inabarcable obra del cubano. En 1976, cuarenta años después de ese encuentro en los comienzos de la guerra y el exilio, Lezama Lima moriría en La Habana. En esos cuarenta años la relación se mantuvo, epistolarmente, desde el cariño y la admiración mutuas. Numerosos escritos de ambos la testimonian. Muerto Lezama, María sostuvo aún una correspondencia desde La Pièce durante tres años más con María Luisa Bautista, la viuda del escritor. Esos epistolarios, a los que se añaden también algunas cartas de José Ángel Valente, fueron reunidos por Pepita Jiménez Carreras y publicados bajo el título de Cartas desde una soledad por la editorial Verbum en 2008. Resultan imprescindibles para cualquiera que esté interesado en la obra de estos gigantes de la literatura.

 

2.

La décima carta del intercambio entre Zambrano y María Luisa está fechada tal día como hoy, 6 de agosto, en el año 1978, casi dos años exactos de la muerte del poeta. Junto a la fecha, María añade Día de la Transfiguración. Y en el texto, apenas ya en el segundo párrafo, esa advocación le inspira algunas frases dedicadas a su destinataria y a la memoria de su marido: Y ha venido a ser hoy precisamente en la máxima fiesta de la luz cuando se me ha dado, queriéndolo yo mucho, el poder escribirte, tal como habría sucedido con él. Cada día te veo y te siento más como tú misma y más como luz suya, al par una llama blanca en la que ardéis los dos suavemente, quietamente. Y recuerda que él murió en esta semana en que la Luz celeste visita la tierra y cubre a Jacobo, a Juan y a Pedro. Su muerte así tal como me la relataste nítidamente, fue tránsito a imagen de la de la Virgen, del transitar de la luz. Y yo no puedo verle desaparecer en el hueco del Tokonoma sino atravesándolo ya como cuerpo sutil, luminoso, dotado de verdadera vida.

 

3.

Zambrano tiene un largo trato con la luz, y en sus escritos aparecen una y otra vez las metáforas luminosas y ópticas. Otro tanto podría decirse de Lezama. La producción ensayística de éste es enorme, profunda, compleja, riquísima, al mismo nivel estratosférico de sus novelas y su poesía. No es el cometido de esta entrada entrar en un análisis de ninguno de estos autores, ni podría hacerse cabalmente en tan breve espacio y con las limitadas capacidades del autor de estas líneas. Apenas un par de puntualizaciones, para no desviarnos en este trayecto que el texto de Zambrano solamente inicia, como una verdadera ignición: el tokonoma hace, claro, referencia al poema final de Lezama titulado El pabellón del vacío e incluido en su póstumo Fragmentos a su imán, que ya fue el protagonista de una entrada en este blog. En cuanto a los nombres de los apóstoles incluidos en la evocación de esa máxima fiesta de la luz, se trata de los (únicos) testigos del fenómeno que ha venido en llamarse, sí, Transfiguración, tras ser recogido en los Evangelios. Ese milagro es el que conmemoran hoy diversas iglesias cristianas.

 

4.

De entre los sucesos milagrosos de los que da testimonio la tradición, el de la Transfiguración es, sin duda, uno de los más peculiares. Aparece recogido, con pocas variaciones, en los tres Evangelios sinópticos (Mt. 17, 1-13; Mc. 9, 2-13; Lc. 9, 28-36). Una de las singularidades radica en que, a diferencia de, por ejemplo, las curaciones públicas, éste se trataría más bien de un milagro privado o íntimo, en el que el objeto del prodigio es el propio Jesús, y en el que la audiencia presente se limita a los tres apóstoles nombrados por Zambrano: Juan, Pedro y Santiago. El relato comienza así: Jesús les conduce a un monte alto. Posteriormente ese monte, ese lugar elevado, se ha identificado con el Tabor, aunque no hay una identificación explícita en las Escrituras. Entonces, sin más preámbulo, los textos indican Y se transfiguró ante ellos. Transfigurarse es, ya en sí mismo, un vocablo técnico, que habrá que desentrañar y del que hablaremos por extenso en los próximos epígrafes. Concluida la visión, y ésta es otra peculiaridad, Jesús exhorta a sus discípulos que callen y no revelen lo que han visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos.

 

5.

La Transfiguración es pues, un milagro privado, íntimo y secreto. Un milagro que no involucra un cambio permanente, como lo sería la curación de un ciego o un paralítico (la resurrección de Lázaro es, tristemente para él, reversible, puesto que, a la larga, Lázaro acabaría muriendo de nuevo, de una segunda muerte ya definitiva, lo que convierte al acto taumatúrgico del Maestro en una especie de aplazamiento). Es más bien algo efímero, algo que ocurre momentáneamente y deja de ocurrir, es una pura manifestación, la manifestación de la Gloria de Dios encarnada en su Hijo ante un conjunto mínimo de testigos a los que se manda callar. ¿Qué es lo que ven éstos? Lo más relevante es, sí, la luz, de la que nos ocuparemos en seguida, pero, además de eso, se produce la aparición de dos personajes del Antiguo Testamento, Moisés y Elías. Así, desde el punto de vista evangélico, la visión de los apóstoles inducida por Jesús en su entresueño (Pedro, confuso, le dice que habrá que preparar tiendas también para sus dos acompañantes para pasar la noche allí en el monte) es una legitimación de Cristo, designado así como heredero de la tradición veterotestamentaria, como el que viene a consumar la Profecía.

 

6.

Esto se ve definitivamente probado cuando a la luz cegadora le sucede la nube, la calígine, la obscuridad que les envuelve y en la que resuena la voz tronante del Padre reconociendo a Jesús como su Hijo unigénito. La visión en majestad termina así, como un anticipo terrenal destinado a esos pocos elegidos, de lo que será la visión celestial del Salvador. Elías, que fue arrebatado al cielo mientras aún vivía, le ha precedido allí, y Jesús da a entender que también aquí se ha producido ya su regreso: Elías sería Juan el Bautista. Obviamente, todo esto es de gran transcendencia doctrinal, pero no es lo que resulta en realidad fascinante de este episodio, lo que ha hecho que una y otra vez autores de toda índole vuelvan a él, lo empleen como concepto, lo representen en infinidad de muestras pictóricas. Hay dos cosas en él que resultan subyugantes: la luz cegadora, que hace que el rostro de Jesús brille como el sol y sus vestidos se vuelvan blancos y resplandecientes, y el hecho de que ha habido una transformación, que ha habido un instante en el que era ya no se mostraba como se mostraba, en el que su figura se ha transmutado en otra.

 

7.

La luz tabórica es la de la Iluminación, la que se pone de manifiesto en las apariciones sobrenaturales. Los dioses celestiales siempre estuvieron en el ámbito de la luz, y la axiología más básica posible los contrapone a las criaturas subterráneas en su reino de obscuridad. Todo esto es bien conocido, se diría que obvio, inevitable en la cultura que han desarrollado durante milenios los miembros de una especie tan notoriamente óptica como la nuestra. La presencia de la luz en la Mística es abrumadora, y en no pocas ocasiones las apariciones son descritas en términos muy semejantes a la de esa aparición arquetípica que les fue dado presenciar a Jacobo, a Juan, a Pedro. Ésa es la luz a la que se refiere María Zambrano en su carta a María Luisa Bautista, en recuerdo del tránsito de Lezama Lima. Una luz cegadora, deslumbrante, de una blancura sin mácula, una luz como de muchos miles de soles.

 

8.

El azar tiene estas cosas. La fecha del 6 de agosto de 1945 podría haber sido otra, puesto que lo que hubo detrás fue una desaforada carrera tecnológica para producir lo antes posible un dispositivo capaz de generar la mayor destrucción posible. Las circunstancias son bien conocidas. Las mejores mentes de aquella generación, o al menos las que pudo reclutar uno de los contendientes, realizaron lo que sin duda es una proeza científica sin igual, y concibieron, diseñaron y construyeron, efectivamente, el instrumento del apocalipsis que se dio en llamar por entonces la bomba A. Esa bomba A fue probada con éxito en White Sands, en el desierto de Alamogordo, en el estado de New Mexico, USA, el 16 de julio de 1945. La elección del día y el lugar en el que el arma se iba a utilizar en combate dependía de diferentes factores. Finalmente, el destino quiso que fuera justamente el día de la Transfiguración del Señor cuando Little Boy fuera arrojada sobre la ciudad de Hiroshima para producir una mortandad sin equivalente entre su población civil. La luz de la explosión de Trinity, su antecesora experimental, fue famosamente calificada por el Príncipe de las Tinieblas, Robert Oppenheimer, como la de un millón de soles. Ésa fue la Transfiguración letal de la que los habitantes de Hiroshima, que se contaban, no por tres como los apóstoles, sino por miles, pudieron ser testigos aquella malhadada mañana.

 

9.

Las bombas atómicas arrojadas sobre Hiroshima y tres días después sobre Nagasaki suponen un punto de inflexión innegable en el devenir histórico de la Humanidad, si es que aún podemos usar, no ya esa mayúscula, sino incluso la propia palabra, visto lo que vamos viendo. En Japón, el trauma sufrido, acrecentado días después con la capitulación, la revelación del Emperador como simple mortal, la ocupación por las potencias vencedoras, las terribles secuelas producidas por la radiación, en definitiva, por la derrota absoluta y la rendición incondicional, dio lugar a todo un género literario, a partir de testimonios biográficos y también de obras de ficción que ahondan en el suceso en sí y en sus funestas consecuencias. No son pocos los lugares, pues, a los que podemos acudir para intentar saber cómo se ve una Transfiguración desde dentro. En todos los casos, la respuesta es: de una manera profundamente desoladora.

 

10.

Así, por ejemplo, Michihiko Hachiya, un médico japonés que vivió de primera mano los acontecimientos de Hiroshima y publicó un Diario que circuló abundantemente y en el que muchos pudieron calibrar por primera vez el horror de lo vivido, entre ellos Elias Canetti, que hizo una atinada reseña del mismo, narra: de repente, un potente fogonazo de luz me conmovió. Se guardan en la memoria este tipo de detalles: me acuerdo perfectamente de una linterna de piedra que se puso a destellar vivamente en el jardín, y yo me preguntaba si esta luz provenía de un lámpara de flash de magnesio como las que usan los fotógrafos, o de las chispas causadas por el paso de un tranvía. Lo que está viendo Hachiya no lo ha visto nadie aún, puesto que Trinity había estallado en una zona vacía, en un desierto que había sido despejado. Aquí todo está lleno, tenemos gente y objetos, objetos en un jardín. Y todo se puso a echar chispas. Así funciona una transfiguración, al parecer. Hachiya es de los primeros que nos lo cuenta, tiene que encontrar palabras para relatar algo que nunca había pasado, algo para lo que el lenguaje todavía no había sido creado, como en toda experiencia mística.

 

11.

Pero hay algo más, algo que resulta aún más sobrecogedor. Otro de los testimonios de primera hora corresponde a Flores de verano, de Tamiki Hara, escritor nacido en Hiroshima, ciudad a la que había vuelto pocos meses antes, llevando las cenizas de su esposa muerta. Nos dice Hara: sentí un gran golpe por encima de mí, y un velo negro me cayó sobre los ojos. Instintivamente, me puse a gritar y, cogiendo mi cabeza entre mis manos, me levanté. No veía nada, y no tenía conciencia más que del ruido, era como si algo parecido a un tornado se hubiera abatido sobre nosotros. A tientas, ciego, sale, escuchando los aullidos de sus vecinos: mis ojos no veían nada y mi angustia era cada vez mayor. Poco a poco, las casas destruidas empezaron a aparecérseme en una vaga luminosidad. Paradójicamente, ese retorno de la visión le anima: el velo negro de sus ojos se ha disipado. Ahora puede ver. Ahora puede ver que todo a su alrededor está destruido.

 

12.

Acaso la más famosa de las novelas de Hiroshima es Lluvia negra, de Masuji Ibuse. Nacido en las proximidades de Hiroshima, Ibuse no se encontraba, sin embargo, en esa ciudad del 6 de agosto de 1945, por lo que no es un testigo directo, pero para Lluvia negra se documentó abundantemente y armó un relato que tuvo amplia difusión y que a día de hoy sigue siendo una referencia básica. La joven Yasuko no puede casarse, pues todos la rechazan ya que piensan que sobre ella cayó la lluvia negra, la lluvia de fuerte contenido radiactivo que descendió pocos minutos después de la deflagración sobre Hiroshima, y que eso augura daños para su potencial descendencia. Su tío Shagematsu, con el que vive, usa su diario y el de Yasuko para demostrar que ella no ha sufrido ninguna de las múltiples consecuencias para la salud que aquejaron a los habitantes de la zona durante años, y que no debe, por ello, ser rechazada como esposa. Shagematsu anotó esto en su diario ese 6 de agosto: en ese momento, a tres metros a la izquierda del tren que iba a partir, vi una bola de luz tan fuerte que me dejó ciego. Todo se volvió negro, no podía ver nada. Tuve la impresión de ser cubierto de repente por un telón negro.

 

13.

Pseudo-Dionisio Areopagita nos hablaba del rayo de tiniebla, usando esa expresión paradójica para, apofáticamente, identificar la luz suprema, la luz del Dios inaccesible. El resplandor de la Transfiguración, de esa Transfiguración sin figura alguna, sin Mesías o santos, sin redención posible, esa Transfiguración de muerte en estado puro, se manifiesta como un velo negro, el blanco infinito da la vuelta al espectro y aparece convertido en la negrura absoluta, esa negrura del no ser, ésa que nos bañaba a los que no éramos cuando todavía no habíamos nacido, la que reencontraremos al morir. Y el ruido, el estruendo. Así hablan los que pueden contarlo. Los demás fueron desintegrados, carbonizados. Muchos de los supervivientes murieron días, meses, años después de enfermedades asociadas a la exposición a la radiación. Algunos tuvieron lesiones cutáneas horribles, queloides, abultamientos tumorales del tejido cicatricial, que les convirtieron en proscritos. Hibakusha: su historia es terrible y debería ser contada aquí. Los pocos que quedan ya se habrán reunido en la mañana de Hiroshima, en la madrugada de España por la diferencia horaria, y habrán hecho sonar la Campana de la Paz. Nunca más, habrán dicho, pero siempre hay más, nunca es nunca, las tinieblas se las arreglan bien para seguir apareciendo, incluso en los lugares con más luz.

 

14.

El 25 de junio de 2017 ocurrió algo legendario: se difundió por primera vez el episodio 8 de Twin Peaks, The Return, la tercera temporada de la igualmente legendaria serie televisiva de David Lynch y Mark Frost, resucitada de entre los muertos veinticinco años (un poco más, por las complejas cuestiones de su producción) después del brusco cierre de la serie original, cumpliendo así la profecía que Laura Palmer le hizo al Special Agent Cooper en la Habitación Roja. Pacôme Thiellement, autor de muchísimo interés sobre el que volveremos alguna vez, ha calificado, sin pararse en barras, a Twin Peaks como el mayor logro artístico del último siglo. Sin tener que entrar en esas competiciones, y más allá de todo el fervor (y a veces también, no nos engañemos, el rechazo) que suscita la obra de Lynch, es innegable que el capítulo 308, o la octava parte del Limited Event de The Return es algo que no tiene comparación posible con ningún producto audiovisual hasta la fecha.

 

15.

El juego de la luz y la sombra, la posibilidad de la Transfiguración Obscura, quedan ahí ilustrados de manera insuperable. No entraré en detalles de la trama, que, por otro lado, exigirían un conocimiento apropiado de la peripecia argumental y de la mitología del show, pero es bien conocido que en un momento dado, a mitad de capítulo, tras la inesperada actuación en directo de Nine Inch Nails en The Roadhouse, y sin previo aviso, estamos en White Sands el 16 de julio de 1945. Y Trinity explota: vemos el hongo, esa imagen que el jefe Gordon Cole, interpretado por el propio David Lynch, tiene en su despacho… frente a una foto de Kafka. Lo que viene entonces es una visión de fuego, que se extiende por minutos y minutos, en clara resonancia con aquel viaje de Dave Bowman a través del monolito en la 2001 de Kubrick. Y luego, vuelve la noche, la noche de la que había surgido el resplandor letal. Estamos ahora el 5 de agosto de 1956. De nuevo, hay que tener en cuenta que, por la diferencia de hora, cuando en Hiroshima, son, digamos, las 8.15 de la mañana del 6 de agosto (a esa hora explotó la Bomba), en Estados Unidos aún es el día de antes. Estamos en New Mexico. Y entonces pasan cosas muy extrañas.

 

16.

Sobre el desierto desembarcan en un extraño vuelo los Woodsmen, a los que ya hemos venido conociendo. Sin ir más lejos, en ese mismo episodio, un poco antes, han resucitado, o impedido morir, a Mr. C. el malvado doppelganger del beatífico Dale Cooper. Es inútil, si han visto la serie conocen esos pormenores; si no, es imposible ponerles al día, renunciemos a los detalles, simplifiquemos… lo que aparece en las pantallas es alguien parecido a un leñador completamente tiznado, con la vestimenta llena de ceniza o algún tipo de substancia obscura, acaso aceite de motor. Asalta a una pareja que va en su coche, blande un cigarrillo y pregunta, con una voz de bajo profundo, Gotta light? Es decir, ¿tienes lumbre?, ¿me das fuego? En castellano no funciona igual de bien. Gotta light?, que se repite varias veces, normalmente asociada a una muerte subsiguiente plena en detalles gore del así interpelado, es también, literalmente, ¿tienes luz? La criatura de las tinieblas, el representante del Mal, pide luz. El fuego, ya sabemos, camina con él, pero la palabra para lo que enciende el cigarrillo es lighter, mechero, es decir, iluminador, alumbrador. El tiznado busca lumbre.

 

17.

Así son los extraños juegos de la luz y la sombra, y conviene estar atentos, pues a veces nos confunden los resplandores. Bien claro queda cuando el Woodsman, interpretado por alguien que se ganó la vida imitando a Abraham Lincoln, por su gran parecido con él, empieza a radiar su letanía letárgica, en la que the horse is the white of the eye, and dark within. El caballo blanco es obscuro dentro. Las entrañas siempre son el reino de la sombra. El blanco del ojo es la esclera. No vemos por ahí, esa parte del ojo es ciega, vemos a través de la pupila que es un agujero, y que parece obscura porque dentro del ojo no hay luz. Si iluminamos el fondo del ojo aparecerá rojizo, rosado, surcado de capilares, como aparecen buena parte de nuestros interiores. Esa negrura del ojo es, sin embargo, necesaria para ver: la lámpara que está iluminándonos por dentro nos deslumbra y, al hacerlo, nos enceguece. La dinámica es más compleja de lo que parece, por eso no hay que jugar a la ligera con los símbolos.

 

18.

Las relucientes vestiduras del Redentor se transmutan en el tizne negro del rostro del leñador, en el cual justamente el blanco de sus ojos destaca vivamente, en una escena que es toda ella cenicienta. Venimos de, pocos minutos antes, el resplandor de los mil soles, hemos estado en el interior del infierno de fuego. Ahora, en esa noche del desierto sentimos un escalofrío y nos dejamos ir mientras la Voz repite this is the water, this is the well, drink full and descend. Y a partir de ahí pueden hacer con nosotros lo que quieran. Una Transfiguración Obscura, sí. Ningún atisbo de salvación, ninguna posibilidad de elevación, el Mal en su encarnación definitiva. En Hiroshima y Nagasaki ya han caído las bombas, han pasado once años, todo aquello ya es irredimible. La brecha que se abre en el espaciotiempo, la grieta imposible de llenar en nuestra consciencia y en nuestra conciencia, se expande y se expande, se lo traga todo. Nunca más podrá el género humano aducir su inocencia, nunca más seremos salvos, no hay nadie ya para salvarnos, nunca lo hubo, en la Transfiguración no hubo figura alguna, y aquella luz es esa luz mala de la que nos hablaba Alejandra Pizarnik, que dejó escrito No me hables del sol porque me moriría.

 

19.

Decíamos antes que había dos cosas que nos llamaban la atención en el milagro de la Transfiguración del Señor: la luz, de la que ya hemos visto a donde nos puede conducir, y la transformación. Los Evangelios están escritos, no lo olvidemos, en griego. La palabra que acabó siendo transfiguratio es, naturalmente, metamorfosis. El 1 de octubre de 1915 se publicó Die Verwandlung. Tradicionalmente esa obra, acaso la más conocida de Franz Kafka, se ha traducido como La metamorfosis, lo que no es en realidad correcto, pues Verwandlung es más bien, simplemente, eso, transformación. Metamorphose existe en alemán y Kafka no eligió ese término, pleno en connotaciones biológicas y mitológicas. En la edición de las Obras Completas del checo publicadas por Galaxia Gutenberg, en las notas a La transformación, se comenta abundantemente el tema, y al hacerlo se nos propone una infinidad de términos, a cada cual más capaz de evocaciones profundas, a cada cual más preñado de posibilidades para seguir prolongando esta entrada indefinidamente: cambio, conversión, reducción, mutación, transmutación (alquímica), consagración, transubstanciación, conmutación (de una pena), metamorfosis (mitológica) y… transfiguración. Ése es el territorio inabarcable por el que nos movemos cuando empezamos a considerar la posibilidad de transformaciones, gloriosas o demoniacas, del cuerpo, de la figura. El mundo entero del arte se edifica sobre este concepto multiforme. Y da cabida, por ejemplo, a la posibilidad de que nuestra bella figura (léase en italiano) se haya convertido, una mañana cualquiera, en la de un bicho, que acaso sea un escarabajo, o una de esas extrañas ranas-polilla que aparecen en Gotta light?

 

20.

El gran Pavel A. Florenski, en su múltiplemente sugerente obra El iconostasio, entra también en consideraciones terminológicas y filológicas sobre el rostro, ese rostro transfigurado de las figuras de la Historia Sagrada representadas en los iconos, que, siguiendo la interpretación del ruso, no son la máscara que mostraría una representación puramente ilusionística, como las del arte occidental, ni tampoco el mero rostro físico, sino el semblante, ese rostro que está ya en el otro lado, en el lado de los arquetipos. (Paradójicamente, y eso daría para otra entrada completa, la festividad del Santo Rostro de Jesús, el que aparece en el paño de la Verónica, se celebra… el martes de Carnaval, el día antes del miércoles de ceniza, el día en que se abandonan las máscaras.) Así, la imagen del icono, las facciones de los santos allí representados, son también la realidad, la realidad transcendente. La luz de Tabor resplandece en las venerables tablas. Si sabemos mirar, el iconostasio que obtura la visión del altar donde se produce el milagro de la transubstanciación, no es un muro, sino una ventana. Ésa es otra Transfiguración, la de un arte propiamente sagrado. Cuando Dante y Virgilio emergen de su periplo infernal, Dante tiene la cara tiznada y Virgilio ha de lavársela con el agua del rocío que recoge junto a unos juncos en esa inconcebible playa del Purgatorio a la que han arribado. El tizne se limpia, como acaso los pecados, con el agua lustral. Y emerge el semblante. El Cuadrado negro de Malévich, coetáneo de Florenski, muestra en su superficie, al cabo de los años, un extraño mapa de líneas: el craquelado. Icono, finalmente, pues la Nada también tiene sus santorales.

 

y 21.

Hiroshima tuvo una dolorosa continuación, una confirmación de que todo ocurre de nuevo, el 9 de agosto de 1945, cuando Fat Boy fue arrojado sobre Nagasaki, precisamente el lugar de Japón donde el cristianismo había sido y es más importante. José Lezama Lima murió justamente poco después de las dos de la madrugada del 9 de agosto de 1976. Es decir, en tres días hará exactamente 50 años de su fallecimiento, efemérides que no conviene dejar pasar sin recordarle, y sin volver a su frondosa y elevadísima obra. Él sabía bien que lo que estaba en juego en el verdadero arte es siempre la posibilidad de generar una Transfiguración, tenga ésta la polaridad que tenga, pues, en última instancia, el negro más profundo es, como bien nos muestran los espejos de obsidiana, el lugar donde el semblante mejor se revela. Hablando de una Crucifixión de su amigo, el pintor René Portocarrero, nos dice que éste va a ganar una más profunda y terrible vía, la de la transfiguración. En la transfiguración, prosigue Lezama, lo arquetípico y la metamorfosis adquieren la plenitud de su presencia y desarrollo. La figura alcanza su plenitud al trocarse. Lo transfigurado es lo plenario espacial en la eternidad. Lezama Lima era muy consciente de que la poesía, la metáfora, permiten lo imposible, es más, que justamente lo imposible es su reino natural, y en esa imposibilidad radica, me parece, toda la redención a la que podemos aspirar. Lezama sabía que, a veces, un hombre, sin saberlo desde luego, al darle la vuelta al conmutador de su cuarto, enciende una cascada en el Ontario. Hagámoslo, accionemos el interruptor y esperemos el estruendo, lavémonos el tizne en esa agua, y cuando nos pregunten Gotta light? respondamos: sí, ésta.


sábado, 16 de mayo de 2026

Fiestas de la carne


 

De la gama total de actos posibles había recorrido una enorme variedad en sus cuarenta años de vida, pero ninguno tenía el menor viso de realidad.

CALVERT CASEY, El regreso

Donde primero hundió las tenazas el cangrejerío fue en los ojos miopes. Luego entre los labios delicados.

CALVERT CASEY, El regreso

Esas cámaras secretas que encierran los sucesos esenciales del ser en su vida. Las secretas galerías que recorre, en círculos, aquel que vive dándose sin reservarse nada, sin apropiarse de nada.

MARÍA ZAMBRANO, Calvert Casey, el indefenso. Entre el ser y la vida

Cuando el alma llega a este estado, debe recogerse toda dentro de sí misma, en su puro y hondo centro, donde está la imagen de Dios: allí la atención amorosa, el silencio, el olvido de todas las cosa, la aplicación de la voluntad con perfecta resignación, escuchando con él tan a solas como si en todo el mundo no hubiese más que los dos.

MIGUEL DE MOLINOS, Guía espiritual

 

1.

Con toda probabilidad, la primera vez que escuché pronunciar el nombre de Calvert Casey fue en la memorable y fascinante película de Jaime Chávarri sobre los Panero, El desencanto. Allí, concretamente en la secuencia 43, el menor de los tres hermanos, Michi, sentado junto a su madre, Felicidad Blanc, en la galería de la casa familiar de Astorga, le pregunta a su no menos memorable y fascinante progenitora, a quemarropa: Oye, ¿te acuerdas de Calvert Casey? Los que ya llevamos tanto metraje siguiendo las andanzas siempre un poco alucinatorias de esa familia de poetas (y qué decir de aquellos que, como yo, hemos visto la cinta más veces de las que podríamos recordar), quizá ya no nos sorprendamos cuando el verbo límpido y filoso como el cristal de Felicidad enuncia la peripecia que le unió al escritor cubano. Nada de lo que se pueda decir de esa figura casi irreal que es la madre de los Panero será suficiente, pero, al mismo tiempo, apenas unos segundos de verla en la pantalla, de escucharla, bastarán para caer rendidos ante esa especie de hipnosis. Oigámosla, pues.

 

2.

¡Ah, sí! Calvert Casey se lo debo a Vicente Molina Foix. Me acuerdo del primer día que lo trajo. Felicidad le describe, un poco tartamudo, ruborizándose ―ella usa encarnado y no rojo para referirse al color que adquiría la piel del visitante, tras tantos años de estigmatizar durante el franquismo la mera mención de ese tono―, cuando ella ―propensa a las confidencias con personajes como Casey, escritores homosexuales con los que casi inmediatamente se instauraba una relación platónica, como la que ella siempre quiso encontrar en Luis Cernuda, a quien conoció en Londres en los tiempos en que su marido, Leopoldo Panero, poeta de referencia en la dictadura, ostentaba un cargo en la Embajada― se dirigía a él hablándole de las mimosas que ella siempre asoció a su onomástica. Me miró con esa mirada tan de hombre desvalido… Pero qué mal me porté con él.

 

3.

Michi, sin compasión, hurga en la herida, mientras el ojo mudo de la cámara registra ese intercambio entre los miembros de la familia, tan descarnado como todos los que se suceden en la película. Yo recuerdo la última noche que vino Vicente llorando a decirnos que Calvert se había suicidado, dice el no menos interesante Michi, del que habría acaso que ocuparse un día más por extenso, como de Leopoldo María o de Juan Luis. La glacial Felicidad, la aparentemente glacial, sin que la voz tiemble ni el gesto se descomponga, como si recitara un guion o siguiera las instrucciones de un teleprompter ―pero no lo hacía, no había guion, no había nadie que le fuera proporcionando esas palabras que se iban engarzando, perfectamente talladas, entre las inflexiones de su voz de locutora―, contesta que sí, que recuerda ese día, y que entonces entendió la dedicatoria que Casey le había estampado en su ejemplar de El regreso y otros relatos: Con una oscura intuición de lo que hubiera podido ser la dicha. Ella se castiga, nos cuenta por qué considera que lo trató mal. Casey estaba, eso no podía saberse, pero, sin embargo, como el propio Michi le dice, sí se sabía, de despedida en Madrid. Pocos días después se mataría en Roma. Él esperaba, según contó luego Molina Foix, que Felicidad viniera a la estación a decirle adiós. Ella no lo hizo, y se culpa por ello.

 

4.

¿Cómo se puede tratar a una persona y pensar que se va a suicidar…? No pensar, intuir… Lo debía haber intuido, si presumo de ser una persona sensible, que era desvalido, que necesitaba el cariño, en aquellos momentos, de alguien. Cómo no me di cuenta. Michi, inclemente, le dice que era algo presumible, si ella hubiera leído el libro. Felicidad confiesa que no lo hizo hasta después, que le mintió a Casey cuando le pidió la dedicatoria, diciendo que ya había recorrido El regreso. Al leerlo, comprendí perfectamente quién era Calvert Casey. Me ha quedado como una de las cosas peor hechas en mi vida. Si bien uno tiende a pensar que Felicidad está interpretando un papel, no ya en la película, sino en su propia vida, si se la puede tener por la romántica empedernida que tan despiadadamente retrata Michi en otro momento añadiendo los amaneceres de Manuel Silvela, lo cierto es que ella asume la carga de la culpa, se considera en cierto modo responsable de la muerte anunciada del cubano, o al menos de haberle privado de una última despedida, como la que Ilse Lund le negó a Rick Blaine en la Gare de Lyon.

 

5.

Madre y esposa de poetas, mujer que comenzó siendo lo que se esperaba de ella para florecer en su viudedad, convertirse en una presencia común en los eventos y saraos del Madrid de la Transición y acabar como la cuidadora inquebrantable de su hijo Leopoldo María en su largo periplo por los sanatorios, lo cierto es que Felicidad Blanc ha sido constantemente ninguneada. Escritora ella misma, escasamente editada en su tiempo, se la recuerda sobre todo por Espejo de sombras, unas memorias escritas en colaboración con la periodista Natividad Massanés y publicadas en noviembre de 1977, poco más de un año después del estreno de El desencanto, y a rebufo de la película, que impactó al público y que la elevó a un paradójico estrellato de culto. Durante años ese libro se convirtió en una especie de Grial de los panerólogos, aunque en el fondo nunca fue tan difícil de conseguir (yo tengo la primera edición de Argos Vergara desde hace mucho). Ahora, de un modo paradójico, como todo en la vida de Blanc, ha entrado por la puerta grande en el canon literario en castellano al incluirse Espejo de sombras en la colección Letras Hispánicas de Cátedra, en una cuidada edición de Virginia Trueba Marín.

 

6.

En Espejo de sombras Casey tiene su pequeño huequito, como en la película, y lo que se cuenta ahí no dista mucho de lo que la propia Felicidad comparte con Michi, y con nosotros, en el film. En el libro, en el último capítulo, significativamente titulado Yo misma, el que narra su vida después de la muerte de su marido, nos dice: Mi capacidad de amar, algo que había sido un poco la clave de mi vida, se había adormecido también. Quizá el amor necesite de un entorno, un clima que por entonces me faltaba. Mis preocupaciones alejaban esos ensueños a los que había sido tan aficionada. Eso explica que pasara cerca de mí una persona tan extraordinaria como Calvert Casey y casi no me diera cuenta de su persona hasta su muerte. Habla de la primera vez, cuando lo trajo Vicente, de la tartamudez, de que ella compartió sus recuerdos con él, de que él le dedicó su libro con la bella frase sobre la intuición de la dicha. Y añade, quién sabe si reconstruyendo o inventando algo desde el a posteriori ya irreversible del suicidio, Al despedirnos noté su mirada como suplicante, como si pidiera algo. Me habló de que se marchaba al día siguiente, de la hora en que salía su tren. Ella no se anima a ir, no habían quedado, Molina le confirma que él la esperó hasta que el tren empezó a deslizarse por las vías. Irreparable. Durante meses y meses viví pensando en él con la convicción absoluta de que recogería mis pensamientos. De que más allá de la muerte mi pensamiento lograría hacérselo saber.

 

7.

Si Felicidad se cruza en sus vidas, o en lo que escriban, tengan por seguro que les ocurrirá lo que a mí me acaba de ocurrir: tomará el puesto central, les obligará a escribir sobre ella, a contemplarla a ella, con un magnetismo difícil de definir. Casey era abiertamente homosexual, en aquel momento estaba en una relación especialmente complicada con un italiano llamado Gianni, con el que vivía y luego dejó de vivir en Roma, y al que le dedicó una novela, Gianni, Gianni, que destruyó poco antes de su muerte, dejando que sobreviviera apenas un capítulo, el último, convertido en un relato del que hablaremos en seguida. Eso no impedía a Felicidad el enhebrar un amor platónico basado en unas confidencias de ella al tartamudo Calvert, que sin duda quedó fascinado por ella, como todo el mundo, pero que estaba, de algún modo, ya sentenciado. Valente, que fue compañero suyo en la UNESCO de Ginebra, donde ambos trabajaron de traductores, y que le dedicó bellos textos, declaró rotundamente que, al huir definitivamente de una Cuba donde los homosexuales estaban empezando a ser reprimidos cada vez más brutalmente por el castrismo, que al principio había parecido una liberación comparado con el régimen de Batista, Casey ya venía suicidado. Era cuestión de tiempo, era cuestión de que muriera su madre, en Cuba. Él nunca se hubiera matado mientras ella estuviera viva. Cuando murió su madre, él se mató.

 

8.

Calvert Casey murió de una sobredosis de barbitúricos en su apartamento romano, sito en la via Gesù e Maria, número 5, interno 4. El cadáver fue encontrado el 18 de mayo de 1969, domingo. Según parece, le había dicho a la persona que le ayudaba en las tareas domésticas, que se tomara el fin de semana libre. Hacía ya tiempo que Gianni y él, que se peleaban continuamente, habían decidido vivir separados. La muerte, pues, habría tenido lugar el 17 de mayo, sábado. Mañana hace 57 años exactos. Como suele ocurrir, esta entrada se debe, en buena medida, a ese azar. Ya me venía rondando desde hacía mucho, pero lo cierto es que me he dado cuenta de la fecha mientras estaba mirando otra cosa. Como siempre, acepto esos mandatos. Valente, en un texto suyo llamado también El regreso, incluido en El fin de la edad de plata y dedicado a su amigo Calvert, da algunos detalles: Ieri pomerigio… È stato trovato cadavere nella sua abitazione di via Gesù e Maria… Giaceva a letto in una posizione che sembrava naturale ed aveva a fianco un flacone vuoto di barbiturico. Encabezando el texto, dos citas. Una, de El regreso de Casey: Pensó que ya nunca volvería a tartamudear. Sintió que sonreía. La otra, de una indeterminada fuente de la prensa romana del 18 de mayo de 1969: C.C. si è ucciso en esilio.

 

9.

Si la valía de una persona se midiera por la talla de quienes escribieron sus elogios fúnebres, sus elegías, sería difícil competir con Calvert Casey. A los ya mencionados Felicidad Blanc y José Ángel Valente habría que unir nombres como los de María Zambrano, Guillermo Cabrera Infante o Severo Sarduy. Muchos de ellos participaron en un número especial de la revista barcelonesa Quimera en 1982. Fue ahí donde se publicó ―póstumamente, pues― ese capítulo salvado de Gianni, Gianni, que apareció con el título de Piazza Margana, un título que una y otra vez, en los lugares más variados, de mano de autores descuidados o aparentemente eruditos, se transcribe inadecuadamente como Piazza Morgana, lo cual no deja de tener, claro, un interés especial para mí.

 

10.

Pero no: es Margana. Esa plaza existe, en Roma, cerca de la via delle Botteghe Oscure, de tan evocador nombre, cerca del hotel en Largo di Torre Argentina, donde pasé unos días de febrero y marzo de 2015, en mi año sabático. Para entonces ya había leído a Casey, y a los autores que se ocuparon de él. Fue un peregrinaje modesto y un poco sobrevenido, pero lo cierto es que una mañana temprano me vi en esa placita, que recibe su nombre de la familia de los Margani, que construyeron allí su famosa torre, que aún permanece. Anoté en mi cuaderno ese día: triangular, muy hermosa, escondida. Ya había estado varias veces en Roma, pero nunca había ido allí. Volví en 2019. Me senté en una terraza. Anoté más cosas. Se convirtió en uno de esos lugares privilegiados de la memoria. No sólo porque sea, de algún modo inexacto pero mágico, una plaza dedicada a Morgana, que en italiano es casi un modo de referirse a los espejismos, sino porque Piazza Margana, el último cuento de Calvert Casey, su relato póstumo es, sin duda alguna, uno de los cuentos más extremos que se hayan escrito, uno de esos en los que verdaderamente se demuestra el dictamen de Rilke en las falesie de Duino: que la belleza es el comienzo de lo terrible.

 

11.

Según cuenta Rafael Martínez Nadal, que fue quien conservó y publicó el cuento ―también fue el responsable de la decisiva edición de los textos inéditos de El público y Comedia sin título de Federico García Lorca en aquel bello libro de Seix Barral―, Casey se lo dio diciendo que lo había escrito en inglés, su segunda lengua, porque él sabía que debía escribirlo en italiano, pero no era capaz de hacerlo. En efecto, Casey, nacido en Baltimore, de padre estadounidense y madre cubana, era bilingüe y alternó periodos de su vida de un lado y otro de la breve franja de agua que separa la isla de Cuba del gigante del Norte, pero sus relatos, salvo éste, están escritos en castellano. Fue justamente Vicente Molina Foix quien se encargó de la traducción para Quimera. No he podido cotejar ese texto con el original. En todo caso, cualquiera que se acerque al cuento se dará cuenta de que la explosión verbal abrumadora que contiene concede al traductor margen suficiente como para ajustar los vocablos. En el vértigo anatómico al que asistimos la precisión médica de la terminología y el ritmo progresivamente más desbocado nos conducen a un lugar del lenguaje y de la narrativa donde rara vez hemos estado.

 

12.

No es que el resto de los cuentos de Casey no muestren un nivel altísimo. El regreso, In partenza, por ejemplo, son también obras maestras. Pero no nos ocuparemos aquí de la obra, por lo demás bastante exigua, del cubano. Piazza Margana, tanto por las circunstancias de su creación y difusión como por la temática y las herramientas utilizadas, se sitúa al margen de esa obra, como se sitúa al margen de cualquier otra. ¿Con qué nos encontramos aquí? Es difícil de definir. Una extrema experiencia verbal que traslada el anhelo de convertirse en el amado, siguiendo acaso el mandato de la Mística: no hay que olvidar el gran interés que Casey mostró, a partir de María Zambrano, por Miguel de Molinos, un asunto que dejaremos para los últimos apartados de este breve recorrido. La corporalidad del cuento se lleva a un límite a veces difícilmente soportable. La voz narradora, en su primera persona, va describiéndose en el interior de cada uno de los órganos, de cada uno de los lugares del intrincado paisaje interno de su compañero. Un corte afeitándose, la repentina decisión, vampírica, de beber esa sangre, le conduce a una ensoñación que la magia de las palabras va convirtiendo en real. Como en esas películas de los sesenta en las que se miniaturizaba a intrépidos científicos para que accedieran a los lugares más recónditos del organismo, nuestro amante se inscribe en la interioridad más puramente carnal del amado. Es, verdaderamente, un viaje alucinante.

 

13.

Ya he entrado en tu corriente sanguínea. He rebasado la orina, el excremento, con su sabor dulce y acre, y al fin me he perdido en los cálidos huecos de tu cuerpo. He venido a quedarme. El narrador dice haber alcanzado la dicha suprema, usando ese término, dicha, que le hemos visto estampar en el ejemplar de El regreso de Felicidad Blanc. El viaje no deja rincón por explorar. Se toma su tiempo: sin prisa, sin prisa. Dejar que mi mejilla repose eternamente junto al tejido sanguinolento y descarnado de la caja torácica, llegar a probar todas tus glándulas, engullir los ojos como se engulle un huevo, mirar las cuencas vacías noches y más noches, alimentarme de los pies semanas y semanas… nada queda fuera de esa voracidad colonizadora. En 1969 la astronáutica está en auge, un par de meses después de que Casey acabe con su vida, Neil Armstrong caminará por la luna. Todos los habitantes del globo (lo sé, yo era uno de ellos, aunque fuera aún un niño) soñábamos con el Cosmos, con su variedad infinita de planetas, consumíamos con avidez relatos y series de ciencia ficción. Ningún astro en ninguna galaxia resulta tan misterioso y evocador como el que describe Casey, ningún paisaje imaginable es tan rico y tan bello y tan terrorífico como el país de detrás de la piel. Él lo sabe: Mi proeza es tan completamente nueva y sin paralelos que aún no ha sido igualada.

 

14.

¿Qué hay ahí, entonces, en ese ignoto territorio? Una quietud, una libertad sin límites. El tiempo ha sido obliterado. Tú eres el Tiempo. Puedo hacerlo todo, puedo escalar tu lengua y lamer y apretujarme en otra boca, me lanzo de cabeza por la espina dorsal, a lo largo de días, semanas, meses, puedo alojarme en tu retina, emprender viajes de placer por la pupila con objeto de echar una ojeada al mundo exterior. Hago tiempo, hago tiempo en el atrio del corazón, porque la exploración decisiva es la última, la de tu cerebro, al que la mayor bolsa del mundo en el día del crack, la estación ferroviaria más grande del mundo no pueden igualar. Y entonces el lenguaje se hace más suntuoso, nos lleva por el parque de atracciones de los términos de la anatomía, de la fisiología: medulla oblongata, arborum vitae, duramadre, calvaria, meninge, infundíbulo (¡el infundíbulo, oh Paradiso!). Agotados por la expedición, nos tendemos en el tálamo a dormir. Ondas rugientes que vienen de los tímpanos, ondas destructivas de las neuronas, que llegan de todos lados, todo nos ensordece, nos electrocuta, nos acoge, nos abraza, pero es en el torrente sanguíneo donde preferimos estar, porque es de ese modo como llegamos al corazón.

 

15.

Por fin soy yo tu corazón, dice la voz, y entonces, sí, entonces, entra el italiano, inevitablemente: Sono il tuo sangue! Quello que senti rimbalzarti dentro, questi brividi, questa strana gioia, questa paura, questa bramosia, sono io. Pero no has de tener miedo, nunca volveremos a sentir la soledad, la terrible, verdadera, soledad de la carne. La fusión se ha completado, y sigo deslizándome, en busca del sexo, hago el largo viaje de descenso a la punta de tu polla. Todo ha sido consumado: he entrado en el Reino de los Cielos y he tomado posesión de él con todo orgullo. Ésta es mi concesión privada, mi heredad, mi feudo. No me marcharé. Y el lector respira hondo, trata de recuperar el aliento, de orientarse, pues el relato le ha dejado noqueado, y la nota al pie le arranca una sonrisa. Dice que se publicó el relato en Quimera, y que algunas referencias cubanas indican que el título podría ser Piazza Morgana. Con su o. Como este aquelarre, estas fiestas de la carne, pudieran tener lugar en otra plaza que ésta, triangular, muy hermosa, escondida.

 

16.

He leído muchas veces este cuento, o este fragmento de novela, o este extraño poema en prosa. La última, hace unas horas, cuando ya tuve claro que tenía que escribir esta entrada. Recuerdo vívidamente la primera, esa sensación de prevención casi física, ese desagrado mezclado con reverencia, que corresponde adecuadamente a lo sacer. Nunca he olvidado este cuento. He anotado muchas veces en mis cuadernos Piazza Margana, como un recordatorio de que habría que hacer algo con esto, de que habría que contar lo que supone el cuento para mí, y la plaza, y Roma, y el nombre, y quién era Casey, esa figura tan peculiar, ese hombre desdichado y brillante y también tartamudo y homosexual y perseguido por ello, y atormentado en su amor por Gianni, del que no sé nada más, y acaso nadie sepa, ese Casey al que todos los que trataron consideran, como dice Cabrera Infante en su bello texto, que empezaron a tratar demasiado tarde, sólo porque les hubiera gustado conocerlo antes, disfrutarle antes, porque Calvert pareció no durarnos nada. Es una historia extraña, como la de Felicidad Blanc, con la que está inextricablemente unida. Hoy, aquí, en este texto atropellado que va surgiendo a borbotones, estoy haciendo algo con esto. Se lo estoy contando.

 

17.

Severo Sarduy, también cubano, también homosexual, también un grandísimo escritor, probablemente más importante que Casey, sin duda más importante que Casey, un autor que me apabulló igualmente cuando entré en él hace unos años, escribió un bello texto elegiaco para Calvert, que se publicó en ese mismo número de Quimera. Se titula El libro tibetano de los muertos. Cuenta Sarduy que compró en el Tibet una agenda, o un cuaderno con pestañas con el alfabeto occidental, que empezó a usar para registrar en él las direcciones de todos sus amigos. Entonces Casey murió. Casey se mató. Y él no borró esa dirección, ese nombre. Poco a poco, inexorablemente, otros fueron muriendo. Su gran amigo Roland Barthes vació de golpe la B. A la larga, ya lo sabemos, todos morimos. Esa agenda es, pues, un libro de muertos, un libro tibetano que no es el Bardo, sino una mera sucesión de direcciones, entre las cuales, probablemente, podamos encontrar la de Via Gesù e Maria.

 

18.

En 1980, María Zambrano empieza a tomar notas que hablan de su relación con Calvert Casey. El 15 de noviembre escribe un artículo llamado Calvert Casey, el indefenso. Entre el ser y la vida, que también acabaría en ese número 26 de Quimera. Decir que un texto de Zambrano es maravilloso o de una profundidad insondable es casi un tópico, no creo que exista un escrito suyo no se adapte a esa descripción. En este caso el texto es además tierno, de una belleza esplendente, de una gran tristeza. La figura de Casey la lleva a reflexionar sobre la inadecuación esencial entre el ser y la vida. La circunstancia en que uno existe es, puede ser, una cárcel, especialmente si uno es una criatura herida por la luz como lo era Calvert. La luz, que es también la de La Habana, que Zambrano conoció bien, la ciudad de la que Casey, que pedía tan sólo no ser interrogado, que le dejaran quedarse ―María habla acaso de su casa francesa a la que Calvert llegó de la mano de Valente, pero la ambigüedad es posible―, tuvo que huir. Zambrano no conocía, en principio, cuando redactó ese texto, Piazza Margana, se ocupa sobre todo de El regreso e In partenza, pero su análisis es, como no podía ser de otro modo, certero. Ilumina, incluso, el relato ausente, precisamente por eso, por no comparecer.

 

19.

Así, leemos en el texto de Zambrano una larga cita de El regreso: Era como si entre él y cada uno de los episodios de su vida, entre él y las gentes que conocía y que parecían tenerle cierto apego, se interpusiera un vacío del que hubiera extraído el aire, y los contemplara del lado de allá, lejanos, como objetos tumefactos a los pocos segundos de nacer, incapaz de cruzar la terrible barrera y tocarlos. Ahí, quizá, está la clave. Con su aguda intuición, María, al seleccionar el fragmento, apunta a esa distancia insalvable entre los amantes, entre los humanos todos. El tacto nos devuelve apenas un impulso eléctrico que indica que nuestras células están muy cerca, casi tocando el obstáculo, o la otra piel. Pero no hay contacto, o el contacto es eso solamente, la repulsión eléctrica. Cuando vamos entrando más y más adentro del cuerpo, nos descomponemos, nos desintegramos, nos damos cuenta de que el objetivo del microscopio acaba con las nociones de mano, de dedo, de uña, que todo tocarnos es apenas un conato, un amago, que toda fusión es imposible. Por eso el desgarramiento de Piazza Margana, su exceso, desesperado, su gozo exorbitante y aterrador: porque de lo que se trata es de una experiencia mística, de lo que se trata es de un anhelo que sólo puede satisfacerse si se trasciende justamente esa carne de la que hablan los tratados de biología, si el que se abraza es el cuerpo glorioso, al que, memorablemente, dijo que había que ir ya entrando María Zambrano en su última conversación con otro personaje inolvidable, el poeta panameño Edison Simons.

 

20.

Casey había sabido de Miguel de Molinos a través de la lectura de El hombre y lo divino, la obra magna de María Zambrano. Cuando se encuentran, ella le deja su edición de la Guía espiritual del místico aragonés, un libro que la había acompañado desde su juventud. Al devolvérselo, el último día que se vieron, en la casa de Valente en Ginebra, Casey exclamó, como repite Zambrano en su texto varias veces: ¡Qué himno védico a la Nada, María! El plenum del cuerpo en sus concavidades y meandros, en sus hilos y sus líquidos, en todos los detalles repugnantes o gozosos de su existir-aquí, y también la Nada de los dexados, el dejarse ir, el vaciarse. No es una antinomia. Antes bien, es la verdadera explicación de Piazza Margana: los cuerpos que se superponen, se imbrican, se entrelazan, se interpenetran, acaban diluyendose. En esa última vez de Ginebra vuelven a hablar los tres, Valente, Zambrano, Casey, de la conveniencia de una nueva edición de la Guía de Molinos. El proyecto se acabará haciendo realidad, con la edición de Barral de 1974, que incluye un extenso estudio de Valente. Casey ya llevaba muerto cinco años.

 

y 21.

Según nos apunta en una nota al pie Virginia Trueba en su edición de Espejo de sombras, en la primera publicación de ese libro, en 1977, en la colección de fotos que se incluye en él aparece una de Calvert Casey, pero no está bien identificada. El pie de foto hace referencia a Gregorio Prieto y Luis Cernuda. El rostro de Calvert, acaso, sí, desvalido, sus gafas de pasta, su frente prominente (calvita se nombra a veces con Cabrera Infante) quedan ahí, expuestos sólo para los iniciados. Es un hombre que pasó sin hacer gran ruido. Un escritor notable, pero que nadie incluye en canon alguno. Un ser humano que debió de ser entrañable, pero que atravesó sin duda muchos periodos obscuros, grandes sufrimientos. Alguien que dejó una huella imborrable en muchos gigantes de la cultura hispana de la segunda mitad del siglo XX. Alguien que a veces emerge de ese magma indistinto del pasado para volver a sumergirse en seguida. Alguien que en su único poema, A un viandante de mil novecientos sesenta y cinco, que dio en fechar en Septiembre 18, 2778, nos preguntó ¿A qué teléfonos llamaste y nadie respondió? para acabar concluyendo Tu último paso será tu último gesto. / Si encuentras a quien buscas y te detienes, rodarás muerto a sus pies. Alguien que acaso a esta hora está contando las pastillas del tubo de somníferos. Alguien de quien nos acordamos, porque somos exiliados como él, exiliados en este cuerpo que a ratos le contiene, en este cerebro grande como una estación de trenes, en estos dedos que creen que tocan las teclas con las que componen la palabra fin.


A P É N D I C E

El texto de Piazza Margana, leído en un podcast, bastante bien a mi juicio, salvo las frases en italiano:

La película El desencanto, de Jaime Chávarri:

lunes, 9 de marzo de 2026

La noche del corazón

  

La Europea, retrato fúnebre de El Fayum, s. II d.C., Musée du Louvre


J’ai adoré un visage de terre cuite que la mort a brisé.

CHRISTIAN BOBIN, La nuit du cœur

 

1.

Como es bien sabido, los místicos tienden a fechar con prolija precisión sus experiencias cuando se disponen a relatarlas, desde la incapacidad del lenguaje para dar cuenta de ellas. Famosamente, el gran Blaise Pascal compuso un breve texto que se ha dado en llamar el Memorial, que siempre mantuvo en secreto y que no se descubrió hasta su muerte, cuando se advirtió que, cosidos en el forro de su gabán, había dos papeles, uno de ellos con la anotación original y otro con la copia en limpio de ese mismo texto. Pascal había ido trasladando de una prenda de vestir a otra a lo largo de su vida ese testimonio de su nuit du feu. Las primeras palabras del documento se dedican a identificar la fecha, la hora y hasta los santos del santoral del día en que tuvo lugar esa visión inolvidable. La siguiente línea, destinada a describir lo vivido, se resuelve en una sola palabra: feu, fuego.

 

2.

Nada más sabe o puede o quiere o elige decir Pascal. Lo que sigue entonces son comentarios, más o menos deslavazados. El Memorial es una obra maestra de ese extraño género literario que constituyen los escritos de frontera, emplazados en el filo de las posibilidades del idioma, y hasta del pensamiento, en ese lugar sin topónimos del borde del espacio cubierto por las palabras, en ese territorio sin cartografiar del non plus ultra del big bang verbal. Ante esa glosolalia de los dislates a la que recurren los exploradores del abismo de lo no-decible, ante esa amenaza/promesa de un silencio de otra calidad al humanamente accesible, se diría que el escrúpulo de exactitud del fechado, esa especie de estructura de instancia administrativa, se querrían asideros no del todo capaces de ampararnos en nuestra deriva hacia el envés de la enunciación.

 

3.

Fiel a esa tradición, o acaso inconscientemente tributario de la misma, el grandísimo escritor francés Christian Bobin comienza estableciendo en la primera línea de La nuit du cœur las coordenadas espaciotemporales de la revelación, las componentes de ese cuadrivector que nos permitirán recuperar, a redrotiempo, la circunstancia irrepetible de la magia sobrevenida. Y lo hace con la engañosa simplicidad con que lo hace todo Bobin, ese artífice rarísimo:

La chambre numéro 14 de l’hôtel Sainte-Foy à Conques est percée de deux fenêtres dont l’une donne sur un flanc de l’abbatiale. C’est dans cette chambre, se glissant par la fenêtre la plus proche du grand lit, que dans la nuit du mercredi 26 juillet 2017 un ange est venu me fermer les yeux pour me donner à voir.

Datos a entregar, pues, al personal de aduanas del Más Allá. ¿Lugar? Conques. ¿Día? 26 de julio de 2017, un miércoles. ¿Emplazamiento exacto? Hotel Sainte-Foy, concretamente la habitación catorce. ¿Descripción del suceso? Aparición de un ángel a través de la ventana que da a la Abadía del mismo nombre. ¿Consecuencias de lo ocurrido? El acceso a lo invisible.

 

4.

Así, tan pulcramente, con esa discreción como al desgaire propia de la casa, somos introducidos in medias res al prodigio. Así fui introducido yo, uno de los tantos miles de lectores de Bobin, rendido a su ternura y a su destreza milagrosa con las metáforas. Yo también puedo aportar información de primera mano sobre ese encuentro, no menos reseñable para mí. Ha quedado registrado en uno de mis cuadernos. ¿Día? 26 de diciembre de 2022, por la noche. ¿Lugar? Hotel Observatoire-Luxembourg, París. ¿Otros datos circunstanciales? El ejemplar de La nuit du cœur fue adquirido en la librería parisina Compagnie, en la rue des Écoles, al final de esa tarde. Muy poco antes había comprado otro libro del propio Bobin, Las ruines du ciel, en Tschann, en el Boulevard Montparnasse. Esas dos librerías son paradas habituales en mis travesías por la cité-lumière. Pero eso ya lo saben ustedes.

 

5.

¿Alguna otra cosa que se desee hacer constar? En esas Navidades de 2022 retorno a París después de más de cinco años de ausencia. En esos cinco años han pasado muchas cosas. Lo más relevante, sin duda, la muerte de mis padres. El padre de Bobin padeció la enfermedad de Alzheimer, como mi madre. En sus libros se narra ese doloroso proceso. En Ressusciter, que ya había leído antes del viaje de 2022, me encuentro con las sensaciones que yo mismo había tenido, en una extraña amalgama, pues es el padre el que muere de la muerte de mi madre. Claro que cuando leí Ressusciter mi madre no había muerto todavía…

 

6.

Más cosas pasaron en ese lustro, como a nadie se le escapa. El confinamiento de 2020, que me impidió abandonar, primero, mi casa, luego, mi ciudad, también mi país, durante muchos meses. En 2018, como ya he contado por aquí, estuve en Suiza. Compré algunos libros en Lausanne, como Baltiques, que reúne las obras completas del poeta sueco Tomas Tranströmer, la tarde de un día cuya noche fue decisiva para mí, y del que podría ofrecer información tan precisa como si entonces hubiera tenido lugar una experiencia mística, cosa que, de algún modo, sucedió. Desde entonces y hasta mi retorno a París de 2022 no había vuelto a ninguna librería francófona. Bobin, y otros más, marcan ese retorno. Desde ese año no ha habido ninguno que dejara de volver a París y sus librerías. Volveré a hacerlo dentro de un mes.

 

7.

El 26 de diciembre de 2022 no sé aún absolutamente nada de la Abadía de Conques. Lo que voy sabiendo de ella lo voy aprendiendo en el recuento de Bobin, una extraña guía de viaje escrita desde su refugio secular junto a su lugar de nacimiento, Le Creusot, a mano, sobre su sencilla mesa de madera, frente a su ventana. Lo voy aprendiendo a ritmo de visitas, que es el término con que Bobin se refiere a esos breves, cotidianos, raptos que se suceden en los meses posteriores al retorno de su viaje de una noche a Conques, donde fue a ver las vidrieras con las que el pintor Pierre Soulages cubrió los 104 huecos de las ventanas del viejo templo del siglo XI. Bobin ha sido siempre reacio a alejarse de sus coordenadas, ha practicado casi una agorafobia para la que un día en París suponía una inmersión en el desasosiego. Día a día, en su casa de las afueras de Le Creusot, visita a visita, Bobin llenó 104 huecos de esas paredes encaladas que son los folios vacíos. Al hacerlo, nos legó la crónica de un vuelo interior de inusitada altura, es decir, profundidad.

 

8.

Cuando estoy en París mi condición de adicto a los libros alcanza su máximo nivel de excelencia. Y así fue en ese diciembre de 2022, más aún si cabe, porque llevaba mucho tiempo sin poder perderme por las decenas de librerías que la ciudad me ofrece cuando voy. En mi cuaderno de entonces anoté que mi visita final de ese día a Compagnie, que toma, acaso, su nombre del breve escrito de Samuel Beckett, fue producto de un cop de cœur, que es otro nombre para el arrebato. Ya había estado en Compagnie, ya había comprado libros allí un par de días antes. Ya había estado en Tschann esa tarde. Fui a Compagnie en busca de otro libro. La nuit du cœur simplemente se me ofreció en una de las mesas. Al abrirlo, aparecí en la vidriera 46, y allí se me habló de la habitación 14 y de un juego de cartas en el que nos jugábamos la vida en un casino vacío. Suficiente para entender que acababa de ocurrir algo decisivo.

 

9.

En Morgana en Duino, hasta cuatro veces a lo largo de los capítulos, nombre que bien puede cuadrar a esa especie de poemas engarzados que constituye su narrativa sui generis, como chapitres llama Bobin a las 104 cuentas del rosario de La noche del corazón, hasta cuatro veces, digo, se repite un mismo gesto, como si fuera un extraño ritual. O más que repetirse, se anhela, se recuerda, se registra como parte de un sueño. Hay alguien que se acerca por detrás, alguien que nos tapa los ojos y nos susurra catorce. Catorce es una contraseña. En el propio texto de la novela se da la clave de lo que significa. Significa: te tengo en las entrañas, esa frase que precede, en el último de los sueños, a los besos que nos tapan la boca. Desconozco cuántas habitaciones tiene el Hotel Sainte-Foy de Conques, apenas sé, lo sé desde el 26 de diciembre de 2022, que una de las ventanas de la habitación 14 da a la Abadía que está al lado, y que esa ventana es el lugar por donde penetra el ángel. Lo sé porque Bobin lo supo, el 26 de julio de 2017, y me lo contó cuando abrí el librito en Compagnie ese día de San Esteban, un mes y dos días después de su muerte.

 

10.

Catorce es el número del infinito, algo que no desconocemos los lectores de La casa de Asterión. Más bizarramente, es el primer número en orden alfabético en castellano, y lo es a pesar de que los números son infinitos y parecería arriesgado decir que se puede colocar uno antes que todos los otros posibles en primer lugar. Pero el modo en que nombramos los números nos garantiza que eso es así. Cinco va después, y después irán todos los que empiezan por cincuenta o cinco mil o cinco millones, y no digamos los que empiezan por quinientos. Cada idioma tiene su primer número. En inglés es eight, en francés es cent. Catorce no es importante para mí por esa causa, eso lo supe después, quatorze no está en ninguna posición privilegiada en esa extraña ordenación para el hablante de francés que fue Bobin, el 14 para él se hizo especial porque fue a Conques y se alojó allí, por ese seguro azar. A cada uno le sobreviene su catorce, simplemente hay que estar preparado para reconocerlo.

 

11.

Mi catorce se apareció, de un modo trivial, pero misterioso, casi escalofriante, hace muchos años, en un casino. Solamente he ido dos noches en mi vida a un casino, solamente he jugado dos veces en mi vida a la ruleta. La última fue la del catorce, y han pasado no menos de tres décadas de ello. La presencia terrible de la ludopatía en un miembro muy cercano y muy querido de mi familia hizo que me alejase hace mucho de cualquier juego de azar. Pero existe una ambivalencia en ese gesto: es preciso alejarse justamente de lo que produce una fascinación acaso peligrosa. No soy ajeno a numerologías lúdicas o maniacas, soy un habitante habitual de aritméticas y combinatorias, soy un hombre de números tanto o más que de letras. No soy inmune a la simbología de una rueda que gira y de una bola que se posa en un lugar que se convierte desde ese preciso instante en lo irreversible. Por eso el catorce. Por eso la sabiduría paradójica de que no hay ningún sentido en el Caos que habitamos y nos habita y de que, simultáneamente, hay un sentido en el Cosmos que dolorosamente erigimos y que entonces, desde antes casi de sabernos, nos acoge.

 

12.

El catorce, dice con absoluta calma el que era yo hace tres décadas a un amigo con el que iba y el amigo coloca las fichas, y, cuando la bola se posa en el catorce, hecho que en sí no tiene nada de sorprendente, más allá de una probabilidad decididamente baja en la que se basa la ganancia del Casino y la desgracia del adicto, mi sensación no es de euforia, ni siquiera de sorpresa. Lo único que hay es la corroboración de una certeza, de una certeza mágica que antecede a la jugada, pues ese catorce no era ni el veintiséis ni el cuatro ni ninguno de los números que pudimos jugar esa noche, ni siquiera el 18 que luego también acabó saliendo, pues esa noche acerté dos plenos en apenas un rato de juego, cosa extremadamente improbable. No: que iba a salir el catorce era algo quede algún modo estaba escrito y se sabía de antemano, es decir, que yo lo sabía con la certidumbre absoluta de los sueños, pues la decisión de jugar al catorce no había sido producto de una elección inmotivada, sino el gesto lógico del que conoce algo, del que ha recibido, por quién sabe qué vías, que bien pueden incluir la voz de un ángel, una información precisa de lo inevitable.

 

13.

Transmito apenas una sensación, una sensación, por demás, incomunicable, como una experiencia mística. Es posible que las experiencias místicas se conciban revestidas de otra parafernalia, pero lo cierto es que esa noche del Casino yo supe que existía otro relato subyacente al del vivir, que se podía saltar a otra pista del acontecer, y que en esa línea paralela los sucesos podían contemplarse desde otra vista de pájaro, al margen del devenir. Es decir, no supe ninguna de esas cosas, ni ninguna de esas cosas fue verdad, ya que lo ocurrió fue únicamente una casualidad, y el hecho de que a mí me pareciera bien revestirlo de todo ese ornato de transcendencia siempre fue un juego literario. Mi fe no cubre área alguna, todos los encantamientos que puedo haber encontrado en mi vida son, bien lo sé, ay, puramente endógenos, y exigen una continua suspensión de incredulidad, que es la que me permite tejer modestos hechizos de los que se alimenta mi literatura. Por eso el catorce es, a fin de cuentas, y en términos prácticos, apenas una metáfora privilegiada, una mot-clé de uso privado. Pero sale tanto por aquí, en tantos de mis escritos que en algún momento debía darles a ustedes la posibilidad de conocer el truco, de saber por qué el anhelo del narrador narrado de Morgana era sentir unas manos en sus ojos, una boca junto a su oído, escuchar el catorce que hace que caiga instantáneamente el castillo de naipes del Cosmos y se muestre en su gloriosa desnudez la tersa Nada que nos constituye.

 

14.

Si uno sigue escribiendo, el catorce acaba por aparecer. Aquí ha vuelto a ocurrir. ¿Qué contaremos en este párrafo 14, en el chapitre 14, de esta entrada, tan arbitrariamente numerada como todas las otras del blog? Acaso lo que correspondería sería resumir, si la palabra no fuera tan ridículamente inadecuada, La nuit du cœur, su vaivén, su eterno retorno a la noche de la revelación, rememorada una y otra vez por el poeta revisitado. Hablar de sus palabras, de sus visiones lentas, de los huecos de su interior de abadía que se llenan de ecos y de reverberaciones del negro de Soulages, ese constructor del apofático outre-noir en el que la obscuridad llega tan a su límite que empieza misteriosamente a irradiar luz. Transcribir, acaso, alguna de las decenas y decenas de líneas que he subrayado en mi ejemplar, releído una vez más en los últimos días. Líneas como ésta, por ejemplo, encontradas al azar, al azar del catorce: tu nous regardes te quitter. Cette vision est restée dans mon rétroviseur comme une relique. Des années après, elle s’y trouve encore.

 

15.

Hubiera servido cualquier otra, todas las líneas del libro de Bobin pueden pulsarse como las cuerdas de un arpa para que produzcan armónicos inagotables. En esa, que la suerte nos ha otorgado, se nos recuerda que vivir es seguir adelante, alejarse, que las cosas inmóviles en el espacio y el tiempo, como la Abadía de Conques del siglo once, nos acogen en el hueco de su vientre y somos nosotros los que inevitablemente nos expulsamos de ese lugar nutricio, pues nuestra esencia es la deriva. Apenas podemos contar con el hacia atrás, con esa visión paradójica del espejo retrovisor que otros llaman memoria. Una noche tan solo durmió Bobin en ese viaje de 2017 en el Hotel Sainte-Foy, una noche contada en 104 capítulos en un libro que en el borrador iba a llamarse justamente Une nuit à Conques. Ese recuento de ecos, esas ondas que emanan de un centro ya inaccesible en su gélida geometría y recogemos apenas en la borda de la barca en la que nos trasladamos a un nunca en el que no seremos ya más que una nada que nada puede contener, esas imágenes que se quieren reanimar con el boca a boca de la poesía, son todo lo que tenemos de ese deslizarse del ángel de los segundos, que bien sabe de los claustros que no nos es dado habitar, aunque es de noche.

 

16.

El 26 de julio de 2017, cuando Bobin se las entendía con ese ángel en Conques, yo también estaba en París. Esa mañana he regresado al Louvre. He anotado cosas sentado frente al Escriba y su mirada omnividente. He vuelto entonces a mi centro, a mi Conques, que es ese lugar casi secreto donde me espera la Europea. La he saludado: salut, mon cœur, le he dicho muchas cosas, porque tenemos ya confianza. Cosas como Fue locura intentar hacerte terrenal y atraerte, Europea. Estás tan en tu lado, tan lejos de esta existencia tan precaria, como el Ángel de Rilke que, por supuesto, también eres. Sí, hay un ángel que habita esa sala, como otro habita la chambre 14 del hotel de Conques. Hay ángeles por todas partes. Un año casi exacto antes, en 2016, también en París, ya le había dicho a la Europea Nunca podré olvidarte, como nunca olvido mi tristeza. Cuando le di la espalda, acaso, ella se despegó de su madera, llegó a mi altura y me susurró te tengo en las entrañas. No lo recuerdo bien, acaso fue en otra ciudad, acaso fue en Lausanne.

 

17.

Une nuit à Conques fue la noche del corazón de Bobin. El corazón, nos recuerda María Zambrano, tiene huecos, habitaciones abiertas. La anatomía cardiaca incluye emplazamientos que se llaman atrios, como en las catedrales. El espacio interior de las entrañas y el espacio exterior de la visión se comunican por las vidrieras. En las de la Abbatiale de Conques, Soulages, que murió a los 102 años un mes antes que Bobin, dos meses antes de ese día de Navidad de 2022 en el que yo fui al cementerio de Montparnasse recorriendo una misteriosa ciudad vacía habitada sólo por la niebla, recurrió a las líneas, a las curvas, a los trazos. Esas vidrieras fueron inauguradas justamente otro 26 de julio, en 1994, el día siguiente a la festividad del Apostol: Conques está en el camino de Santiago. En una entrevista, Soulages, que había nacido en la cercana Rodez, ese centro maldito de la geografía artaudiana, dijo que Conques había sido el lugar de sus primeras grandes emociones artísticas, que le había conmovido la música de esas proporciones, esa alianza singular de fuerza y gracia.

 

18.

La fecha de la muerte de Christian Bobin es el 24 de noviembre de 2022. La visión de Pascal tiene lugar el 23 de noviembre de 1654, pero se extiende hasta el inicio del día siguiente, señalado en el santoral como la festividad de San Crisógono Mártir. Bobin no puede sobrevivir a esa nuit du feu. En 2019 le escribió una larga carta de poemas a su amigo Soulages, que se publicó en un libro llamado “Pierre,”, así, con esa coma inconclusa en el título. Ese libro tuvo su origen en otro breve viaje, como el que emprendió a Conques un año antes. El viaje tuvo como destino Sète, en la costa, y se inició la nochebuena de 2018 a las 19.15 h. en la estación TGV de Le Creusot. Cuatro años después, en la nochebuena de 2022 yo estaba en París, y aún no había leído La nuit du cœur y no sabía nada de Pierre Soulages y sus negros. La bola aún no se había lanzado siquiera, la ruleta no había empezado a girar. Cuando se posó dos días después en el catorce, nada pudo ya ser desdicho.

 

19.

En francés, para decir que algo se sabe de memoria, se dice par cœur, como en inglés se usa by heart. En castellano, hablar de corazón, con el corazón, es ser sincero. En mis notas del 24 de diciembre de 2018, el de la partida de Bobin hacia Sète, ésa que se señala en el billete de tren incluido en Les différentes régions du ciel y al que ya me referí aquí en otra entrada, hay una que dice: “Corazón” es su nombre. No me lo desvela, me lo recuerda. Todo estaba ahí, ninguno pusimos nada. El paisaje inalterable espera congelado en los sueños para revelar sus álgebras. El 25 de mayo de 2025, en el Parador de Gredos, al que me he llevado ese gozoso tomo recién comprado que recopila una veintena de títulos de Bobin, apunto: El dios rapaz que se cierne y nuestros dedos incapaces de ocultarle el corazón que gotea. Mis escritos están llenos de corazones, cuyo latir se va acompasando poco a poco como el de los metrónomos que oscilan sobre una superficie blanda. Ahora, aquí, en otro parador, el de Almagro, que fue un convento, acabo esta entrada, que se ha hecho esperar tantas semanas, mientras pienso en el corazón de Rosalía, al que dedicaré mi conferencia de dentro de diez días en Zaragoza, la conferencia cuya preparación me ha alejado de cuadernos y pantallas de ordenador como ésta. El corazón que la diosa stalker nos secuestra, ése del que cada uno guarda un trocito como reliquia.

 

20.

Una sobrevenida y arbitraria numerología quiso hace muchas lunas que estas entradas se numeraran y que esa numeración concluyera en el 20. Apenas algunas veces, cuando no hay más remedio, se añade una coda que siempre incorpora una conjunción copulativa, y 21. Éste es, pues, el último capítulo de este viaje a las entrañas. El corazón, nos recuerda Zambrano, es lo único de nuestro ser que produce sonido. Escuchado o no, ese ritmo cardiaco puntea nuestro acontecer. Esa cadencia secreta es el catorce de nuestras vidas. Otras oscilaciones son posibles, otros números, cada uno tiene el suyo. Cuando esas cifras coinciden, cuando esas ruletas se acompasan, cuando esos ángeles son simultáneos, surge como de entre la niebla un puente efímero y frágil. Entonces, sólo entonces, podemos mostrarnos desnudos ante la desnudez del otro, es decir, descarnados, expuestos en nuestras vísceras, abierta de par en par la jaula de las costillas por esa llavecita que misteriosamente encuentra la cerradura del esternón. Entonces, sólo entonces, podemos decir this one’s from the heart, como aquella mañana de Madrid en 2007, podemos decir here’s looking at you, kid, y todas esas cosas que decimos son en realidad la misma cosa, son la frase del ángel que no sabe traducirse, la que se escuchó en las falesie junto a Duino, aquel día en que Rilke recibió la palabra mágica que le dio cuerda al reloj de las Elegías, el password que reverbera entre las paredes de la habitación catorce, allí, aquí, donde estamos juntos siempre que cerramos los ojos.