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jueves, 30 de abril de 2026

En el Mar de Niebla



A donde quiera

que llegue desde aquí, será a aquí mismo.

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, Diario de un poeta reciencasado.

 

1.

El 26 de abril de 1336, Francesco Petrarca, acompañado de su hermano Gherardo y dos criados, ascendió el Mont Ventoux, en los Alpes provenzales. Hace unos días, pues, hizo 690 años de esa hazaña, que, si bien no puede equipararse a otras proezas del alpinismo y la escalada de los siglos posteriores, reúne algunas circunstancias que han hecho que casi siete siglos después sigamos recordando y celebrando la efeméride. Es, acaso, la primera ascensión documentada a una cumbre realizada sin un propósito práctico inmediato, por el placer mismo o por el reto que suponía. En ese sentido, muchos han querido ver en esa acción esencialmente gratuita un gesto simbólico que muestra al florentino como un primer hombre, un hombre nuevo que, a partir del acercamiento humanista a los clásicos y de un cambio de actitud vital ante la naturaleza anuncia la llegada estruendosa del Renacimiento. Otros lo han leído desde un prisma esencialmente deportivo, algunos otros han apuntado a una valoración de la contemplación del paisaje que entronca con planteamientos ulteriores del Romanticismo alemán. Todas esas lecturas son, obviamente, válidas, y también interesantes. No son la nuestra, al menos en esta ocasión.

 

2.

Cuanto sabemos de esa ascensión proviene de una carta del propio Petrarca, incorporada a las llamadas Epístolas familiares dirigida a Dionigi da Borgo San Sepolcro, monje agustino y confesor de Petrarca en Aviñón, donde ambos vivían, como consecuencia del traslado de la sede papal a esa ciudad de la Francia meridional. La carta se pretende fechada en la misma tarde del 26 de abril, al regreso de la excursión, emprendida desde Malaucène, a las faldas de la montaña, a donde los viajeros habrían llegado el día anterior. La crítica textual, no obstante, apunta a la escasa verosimilitud de esa datación, inclinándose por una redacción mucho más tardía, que podría alejarse incluso hasta 1353. Aunque los hay que consideran que el suceso no tuvo lugar, y que la carta no es más que un texto literario de intención ejemplarizante, parece claro que, al menos en algunos pasajes, se trasluce un fuerte componente vivencial. Lo más probable, pues, es que, bien partiendo de notas antiguas, bien escribiendo ex novo a partir de sus recuerdos, esa carta, que ya sería póstuma, pues su destinatario habría muerto años antes de ser escrita, relata hechos reales que resultaron significativos en la vida del poeta.

 

3.

La epístola está escrita en latín, y es bien cierto que tiene un tono moralizante, sobre todo en los pasajes finales. La concatenación de los hechos parece un poco forzada, o al menos el modo en que se plantean muestran hasta qué punto el relato se supedita a la intención didáctica y hasta penitencial. Pero, de nuevo, tampoco eso son asuntos que nos conciernan demasiado en este momento. De lo que se trataría, más bien, es de considerar el texto como una pieza literaria, y leerlo desde ese prisma, como una narración que acaso hoy, si nos animara un ímpetu comercial y poco riguroso, acabaríamos calificando de autoficción. Así, la primera persona, el hecho de dirigirse a un interlocutor, que además es un agustino, la presencia fundamental del hermano, elegido como único compañero posible en la travesía, y el propio decurso expositivo, le dan una intensidad y una agilidad a la pieza que han hecho que, más allá de todas las otras consideraciones relativas a su importancia histórica o a su trasfondo biográfico, sea una lectura extremadamente interesante para nosotros, criaturas del siglo XXI, acaso incluso aquejados de vértigo.

 

4.

Leamos, si no, el comienzo: Impulsado sólo por el deseo de contemplar un lugar célebre por su altura, he ascendido hoy al monte más alto de la región, que no sin motivo llaman Ventoso. Si recuperamos por un momento ese latín que se quedó amontonado entre tantas otras cosas en el desván de nuestra adolescencia, podremos leer que la motivación del escalador fue sola videndi insignem loci altitudinem cupiditate ductus. La que nos conduce es la cupiditas, lo que hay detrás de esa decisión es el deseo, la búsqueda de un placer o la consecución de un anhelo. Es bien cierto que el giro final del texto nos hará pagar en cierto modo esta rotunda declaración de individualidad, y hasta de hedonismo, pero lo cierto es que hacía muchos años que mi ánimo albergaba la idea de esta ascensión, pues ese monte estaba ahí desde siempre, alzado, inmóvil, insoslayable, semper in oculis. Su mera presencia invitaba al esfuerzo, exigía una acción que no podía limitarse a la mera contemplación a ras de suelo. Por ese motivo nos ponemos en marcha, desafiamos la pendiente, aceptamos el cansancio, buscamos una cumbre que sabemos que será una superficie pelada, un lugar en el que no podremos ser más que breves transeúntes, pero del que podremos decir yo he estado allí.

 

5.

Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o los espíritus, y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle. Así comienza Robert Walser, el gran andarín, su Der Spaziergang. Ese venir en gana de la traducción traslada el rotundo die Lust, el deseo, que asalta en el original a ese habitante del cuarto del Schreib- oder Geisterzimmer, con ese extraño guion de la disyuntiva que acaso no es otra cosa que una identidad, pues dónde va uno a escribir si no es donde habiten los espíritus, protagonistas absolutos de nuestra literatura. Ese ponerse en marcha, de buena mañana, para ir, como el ingenioso hidalgo, como los héroes artúricos, a la aventura, a lo que nos traiga nuestra buena o mala ventura, es el gesto básico de la escritura, ése que, esforzada o gozosamente (y, de nuevo, ese o es también un y), inicia la ascensión hasta la palabra final que, si los dioses nos son propicios, coronará este texto dentro de unos párrafos más.

 

6.

La llamada de la montaña, sentida por el protoalpinista Petrarca, o la invitación al paseo, a ese Spaziergang que muestra claramente esa intención de posesión, o al menos de exploración, del espacio que nos circunda, más allá de toda meta concreta o declarada, también es a veces un imperativo casi moral, un acto que linda con lo religioso. En Del caminar sobre hielo, esa crónica de un viaje a pie emprendido por el cineasta alemán Werner Herzog y que le llevó de Múnich a París durante veintidós jornadas de marcha, es preciso comenzar a andar para asistir a la muerte de una amiga querida y admirada: Un amigo parisino me llamó por teléfono a fines de noviembre de 1974. Me dijo que Lotte Eisner estaba muy enferma y que sin duda iba a morir. Le respondí: no es posible. No en este momento. El cine alemán no podía prescindir todavía de ella, no debíamos permitir que muriera. Lo que compete hacer entonces, o al menos así lo decidió Herzog en ese 23 de noviembre, era pertrecharse mínimamente, calzarse unas buenas botas y ponerse en camino hacia París, por la ruta más directa. Concluye Herzog este primer párrafo de su nota preliminar diciéndonos que estaba convencido de que, yendo a pie, ella sobreviviría. Además, tenía ganas de estar a solas conmigo mismo.

 

7.

En ese planteamiento dual del peregrinaje radica, creo, la clave. Hay un ritual, una ofrenda a quienquiera que sea la divinidad responsable de la vida y la muerte de la crítica cinematográfica Lotte Eisner. Y también hay la necesidad de soledad, de meditación, de diálogo interior. Eso es lo que propicia el viaje a pie, que se desea obrante. No se trata de asistir, junto al lecho mortuorio, a la agonía de la amiga, acaso agarrándole esa mano que está ya empezando a pertenecer al cuerpo glorioso. No, porque lo que está en juego es justamente la negación de la muerte, el desafío a cara descubierta de la Gran Nada. En ese caminar sobre el hielo hacia un destino que no puede ser más que el comienzo del regreso se plantea el desafío. De hecho, en la última entrada de su diario, Herzog, agotado, le dice a la Eisnerin que un día, juntos, coceremos un fuego y detendremos los peces. Ella le sonríe, puesto que sabía que yo era de los que caminan. Entonces, él concluye, triunfante: Le dije: abra la ventana, desde hace unos días puedo volar.

 

8.

Un lugareño desaconseja a la breve comitiva de Petrarca la ascensión a la cumbre. Dice que él mismo, empujado por su ardor juvenil, la realizó, y que sólo obtuvo de esa empresa, además del cuerpo y la ropa lacerados por las zarzas, arrepentimiento y fatiga. Pero Petrarca está empeñado en emular la aventura del macedonio Filipo, que ascendió al Hemo porque desde esa cumbre podían contemplarse simultáneamente dos mares, el Adriático y el Ponto Euxino, y Gherardo y él prosiguen su marcha, el hermano mucho más decidido y directo, por las vías más cortas pero más escarpadas, como buen monje cartujo que acabó siendo después de la ascensión, pero probablemente antes de la redacción de la epístola. Francesco, mientras, remolonea, trata de ir por las vías más sencillas, a veces incluso descendiendo para intentar por otro lado, perdiendo el tiempo, pues de lo que se trata, además de contarnos una jornada de alpinismo, es de establecer una lección moral y Petrarca confiesa su poca disciplina y propensión al sacrificio en la búsqueda de la altura en su vida. A la larga, no obstante, acaban por llegar a la cumbre de esa montaña empinada y rocosa, pero en el camino Petrarca ha de realizar su particular examen de conciencia, reniega de su pereza y su propensión a lo concupiscente, incluido, claro, aunque sin mencionarla, su enamoramiento crónico y sin esperanza de Laura, que ya ha muerto de la peste cuando está escribiendo esta epístola diferida.

 

9.

En la cumbre, la admiración del panorama que se describe con los ojos del geógrafo que Petrarca es, se ve interrumpida por una lectura, justamente de San Agustín, que denuncia la vanidad de las experiencias enfocadas hacia lo exterior y la necesidad de la búsqueda interior. Ésa es la última lección y el enunciado del propósito de enmienda que Petrarca realiza en su comunicación al agustino Dionisio de Santo Sepulcro. Pero antes de eso, y del descenso, cuidadoso y también fatigoso, bajo la luz de la luna llena, y de la llegada a la posada, donde Francesco escancia estos latines, hay una frase, acaso menor, que me parece la decisiva, que concentra toda la emoción del testimonio, y que, acaso, no se había pronunciado nunca hasta entonces: nubes erant sub pedibus, las nubes estaban a nuestros pies.

 

10.

1909 metros, al parecer, tiene el Mont Ventoux, cuyo nombre acaso no se deba a los vientos que puedan azotarlo, como el poético Mistral, sino a algún dios o vocablo galo. El 26 de abril que estamos conmemorando es del calendario juliano. Aplicando la adecuada conversión al gregoriano, estaríamos en los primeros días de mayo. Algunos lectores del texto se han extrañado de que no haya nieve en la cumbre, especialmente porque ésa fue una época especialmente fría en Europa. El día es claro, como el día en que Walser cogió su sombrero para ir a pasear, la cumbre está pelada, uno puede afanarse en encontrar, milagrosamente, con su vista de pájaro, los detalles de los mapas que ha estudiado desplegados en las mesas de allá abajo, pero lo que debe ser inolvidable es comprobar que somos más altos que las nubes, que hemos atravesado la región de la niebla y hemos salido a la luz de las cimas. Ese ver el cielo desde arriba es la flor que nos deja ahí, como de pasada, Petrarca, en su breve crónica, esa mirada hacia el horizonte lejano, hacia el panorama circular desde el penacho al que la propia niebla rinde pleitesía.

 

11.

Según nos dice Rossend Arqués Corominas en la edición de Cátedra de Mi secreto y algunas Epístolas de Francesco Petrarca, en la Biblia una sola vez se mira desde la cima de un monte, cuando el diablo tienta a Jesucristo con hacerle dueño de la tierra si reniega de su Padre. El único modo posible de hacer esa propuesta es alzando uno de los brazos, acaso el izquierdo, pues el diablo ha de preferir lo siniestro y haciéndole describir un arco de circunferencia en el aire, como si en ese movimiento se pudiera estar desvelando lo que estaba oculto detrás de una cortina. Para que ese gesto tenga poder ha de realizarse desde la altura. Todas nuestras tentaciones tienden a arrastrarse por el barro, sólo en el borde del vértigo uno sabe de verdad lo que está en juego. Al conducirnos a la cumbre, el príncipe de las tinieblas nos concede la visión de pájaro que es propia de los dioses y de las aves, objeto de nuestra envidia secular. Al Hijo de Dios, por el contrario, esa ascensión, esa mostración le obliga a un gesto contrario a su naturaleza: bajar los ojos, inclinar la cabeza. La cumbre más alta de la tierra no es sino un pequeño accidente en el fondo de ese océano sin superficie que llamamos cielo. Y nosotros somos los que reptamos sobre ese suelo.

 

12.

¿Qué le muestra, pues, el Adversario al Redentor? Un mapa. ¿Con qué le tienta? Con la posesión de un mapa, que sólo puede habitarse desde la distancia. Un descenso desde esa cumbre del gesto haría que ese aplanado panorama fuera poco a poco adquiriendo alzado, nos obligaría a enfrentarnos a la escala real de sus habitantes y sus objetos, y entonces nada de esto sería nuestro, pues sólo podemos ejercer ese dominio si mantenemos el apartamiento de la contemplación, si nos alejamos del fango de las larvas. Por eso la añagaza de Satán fracasa: porque en el mito de la Encarnación, contrariamente a lo que postularían los gnósticos, la divinidad ha decidido enfangarse, ha optado por la roña de las uñas, el hedor de los excrementos, el sudor de los cuerpos hacinados. En ese mapa extendido como una sábana sobre la superficie remota del planeta todo eso está por debajo del límite de resolución y es preciso descender la ladera para corregir ese error de percepción. El pecado original no fue el de los humanos, sino el del Creador, que quiso hacer un mapa y cuando se le llenó de insectos no tuvo mejor idea que arrojar sobre ellos un diluvio, para lavar esa carta geométrica. Pero hay un juez más alto, el ciego Sino, que decretó que la condena apropiada para tal exceso de soberbia era justamente el arrastrar pendiente abajo al Divino Hacedor para que su cabeza se llenase de piojos.

 

13.

Lo que vemos desde las alturas ya es nuestro, no es preciso que nadie nos tiente con su ganancia. Lo que no es nuestro es todo lo demás, es decir, todo. Por eso, en el bajar los ojos de la vista de pájaro lo que se nos revela una y otra vez es la gravedad, el peso. Nadie se queda a vivir en una cumbre, y no porque lo prescriba San Agustín, sino porque una cumbre es un sitio inhóspito que no permite otra vida que la de las rapaces, que pueden volar. Y aunque en nuestros mejores momentos lleguemos tan alto, tan alto que demos a la caza alcance, lo cierto es que la carne tiene inscrita su propia verticalidad declinante. Eso es el vértigo, ése es el mensaje del vértigo: sólo como anhelo te será dada la altura, sólo frente a una página los días afortunados, sólo entre los restos de tu propia vida que se extingue. Sólo ahí, ahora, un poco, las nubes están a tus pies, y te ocultan el mapa, el mapa del que procedes como un Ícaro que ya nota escurrirse por sus miembros la cera derretida. Sólo entonces, en esas cimas de la inspiración puedes alzar la vista y mirar al frente, en paralelo a las nubes, hacia otras cumbres que parecen a tu alcance.

 

14.

Es en 1818 cuando los estudiosos fechan Der Wanderer über dem Nebelmeer, el archiconocido cuadro de Caspar David Friedrich. En las desnudas rocas del primer término se yergue, aparentemente tranquilo, ayudándose apenas de su bastón para estabilizarse en un suelo tan imposiblemente horizontal, el caminante, que se nos muestra de espaldas. Para él, como para Francesco y Gherardo Petrarca, nubes sunt sub pedibus. De hecho, las nubes se han tupido tanto, que el título del cuadro nos habla de un Nebelmeer, un Mar de Niebla. Niebla es un vocablo del mundo inferior, designa ese extraño momento en que las nubes se dignan a descender a nuestro ras de suelo. Con ellas traen la extraña magia de la disolución de contornos, nos desorientan, nos desubican, y sin el ubi ya no hay un ego que se pretenda sólido. El Mar de Niebla que se contempla desde lo alto ya nos encuentra en el territorio de las águilas. La niebla es para los de abajo, para los que éramos hasta hace un momento, hasta esos últimos esforzados trancos que nos conducen al ápice. Entonces la niebla pasa a ser lo que siempre fue: nubes. Nubes bajo nuestros pies. Y al frente, pues ya podemos mirar al frente, pues ya no tiene sentido mirar hacia el mapa, otras cumbres, lejanas, cada vez más altas.

 

15.

Ese Mar de Niebla, pues, no oculta nada, sino que muestra. Muestra lo que importa, las otras posibilidades, los otros empeños, las otras obras. ¿Con qué podría entonces tentarnos Satán, repentinamente colocado junto a nuestro bastón (si es que él mismo no es el bastón que nos sostiene)? Con unas alas, por más que fueran las suyas, membranosas, pero a veces también llenas de ojos, como recuerdo del Serafín que un día fue Luzbel. Calzándonos esas alas sobre los hombros, como si la mochila que llevábamos en la ascensión del purgatorio llena de nuestros pecados pudiera al fin substituirse por los ojos de Beatrice, exploraríamos las cumbres, desde la altura que ya nos corresponde, sin volver al sudor de Sísifo. Sí, podemos ver a Mefistófeles sacando de debajo de su capa unas plumas de gallina y susurrándonos: si te postras ante mí y me adoras, te colocaré estas alas de guardarropía y podrás coronar todos los Everest del Sistema Solar. Pero no hace falta. No hace falta, porque tenemos un puente de niebla que nos lleva de una cumbre a otra, porque somos dioses y los dioses pueden caminar sobre las aguas de las nubes, porque cuando no hay mapa no hay vértigo, sólo hay otro suelo, más alto, cada vez más alto, lugar legítimo para nuestra habitación de poetas.


16.

Sísifo piensa que su castigo tiene una posibilidad de redención, ha creído que el mandato de los dioses era en realidad una propuesta, un contrato. No se trataba, le dijeron, de subir y bajar. Puedes subir una sola vez, con tal de que la roca sea la que baje, por la otra ladera, por la cara oculta de esta montaña. Si una vez, si una sola vez consigues que no se te resbale la piedra de tus manos empapadas de sudor, que no te venza la fatiga, y alzas, vigoroso, en un último y titánico esfuerzo la roca sobre tu cabeza y la arrojas al Otro Lado, podrás hacer lo que quieras, podrás descender y no volver a ascender, o podrás instalarte en la cumbre y gozar del panorama eternamente. Ésa es la tentación de Satán, la engañifa de los Olímpicos: plantear que existe otra posibilidad diferente al castigo, al suplicio circular. Por eso, Sísifo es el que insiste. Porque los castigos sólo pueden sostenerse si no se ha abolido la esperanza. Lo contrario es un simple mecanismo, un automatismo que se ejecuta ya sin mayor dolor, pues se han anulado los anhelos. Sísifo no es feliz porque haya comprendido y aceptado su absurdo, es feliz porque piensa que todo tiene aún un sentido. Cuando Camus, con los ojos aún llenos del sol del Mediterráneo, le susurra al oído al gigante la dolorosa verdad, su rostro se empapa de lágrimas.

 

17.

¿Qué hará Sísifo cuando haya por fin arrojado la roca pendiente abajo en el Lado-de-No? Mirar. ¿Qué verá Sísifo? Un puente de nubes. Un Mar de Niebla. Ese mar se habrá tragado su roca, que se habrá hecho ya para siempre abisal. Y Sísifo habrá comprendido que el único modo en el que se puede vencer a la gravitación es paseando, como hacía Robert Walser. Que para llevar a la roca a la siguiente cumbre habría bastado con hacerla rodar, como una bola en el juego de los bolos. Una bola que fuera rebotando entre peñascos como en un pinball megalítico. Y entonces Sísifo es feliz, y baja, sin mayor remordimiento, aliviado de tanto dolor, por la ladera de siempre, y cuando le entregan una nueva roca, pues los dioses poseen una provisión infinita de rocas, y le obligan a empezar de nuevo la partida, sigue siendo feliz, pues ya ha visto, ya ha visto lo que no existe, lo que no hay, el ámbito nebuloso del no estar, del no saber. Camus piensa en los descensos de Sísifo, quiere verle contemplando la vegetación que poco a poco vuelve a aparecer según nos acercamos al suelo (pues ya nos avisó el Pseudo Dionisio Areopagita, y nos lo repitió San Juan de la Cruz, que arriba es el lugar de la Nada, de las Nadas), quiere verle respirando el aire, tomándose su tiempo, calentando los músculos de los brazos, restañando las heridas de sus manos ya encallecidas. Pero no, Sísifo no se entera de nada de eso mientras baja. Él piensa en la cumbre. Y en la niebla. Gracias por la niebla.

 

18.

Puesto que el caminante está de espaldas y mira hacia adelante, y ese adelante es también el nuestro, queremos identificarnos con él, ponerle nuestro rostro. Ése es otro modo de subir. Todos estos procedimientos son importantes para nosotros, los enfermos de vértigo. Si uno se planta frente al cuadro (así se imagina a Samuel Beckett en la Hamburger Kunsthalle en octubre de 1936 Stéphane Lambert en su Avant Godot) está ya arriba, nubes sunt sub pedibus. Un par de pasos más, un abrazar el cuadro, nos llevaría directamente a superponernos a esa figura (pero no, porque es tan pequeña, tendríamos aún que reducirnos a la escala de ese nuevo mundo encerrado por el marco). Un último esfuerzo de escalador horizontal y tenemos delante, no ya una espalda, sino las otras cumbres. Entonces, arrojamos el bastón, adelantamos un pie y caminamos sobre el puente de nubes. Y ya no bajamos más, porque, aunque bajemos, habremos estado allí, como estuvo Petrarca, como estuvo Friedrich, como estuvo Beckett, como estuvo Sísifo.

 

19.

Como con el monje que está frente al mar, como con otros tantos personajes de las obras de Friedrich, se nos antoja que lo que están haciendo es escudriñar, como nosotros, pero la verdad es que tienen los ojos cerrados. Justamente porque ya no hace falta mirar. En el puente de niebla nos conducimos con la rotunda seguridad de un ciego en un mundo a obscuras. Un bello poema de Ángel Crespo nos muestra el agua de un pozo, desde el brocal. Al fondo, estamos nosotros también, nuestra figura, plateada, despojada del sudor de estar vivos. Nuestra imagen asciende envuelta en halos de aire y lejanía, es una teofanía en la que nosotros somos los dioses. Hemos visto. Y entonces, lo que es preciso hacer es cerrar los ojos, juntar los párpados para encontrar en el interior el agua de ese pozo. En el Mar de Niebla se mueven como espermatozoides encelados las extrañas moscas de nuestro humor vítreo. Al cerrar los ojos vemos que por dentro estamos también llenos de esa niebla sagrada, la niebla que oculta lo que no puede ser visto, porque no puede ser dicho. Por eso hay ciertos cuadros que uno debe mirar con los ojos cerrados. Por eso Sísifo desciende de su cumbre inalcanzable con los ojos cerrados, con paso seguro, sin tropezar una sola vez, escuchando el leve rumor de esa agua interior que contiene las palabras de los poemas.

 

20.

Juan Ramón Jiménez, en su maravilloso Diario de un Poeta Reciencasado, nos propone también una crónica poética, que se desarrolla entre la convexa horizontalidad del mar y la ambigua verticalidad de los rascacielos. Todo está escrito en luz, las letras de la luz son los colores. Muchos de los textos se llaman Cielo o Mar. Golfo, el poema del cual proviene la cita que encabeza esta entrada, está escrito en New York el 29 de febrero de 1916, justamente ese extraño día del bisiesto, y corresponde al número LIX del libro. Una nube nos acompaña. Oculta el sol, pero una sola nube no puede ocultar el sol, y el sol acaba, si no atravesándola, si tiñéndola, mezclándose es su materia sutil. Primero, la nube es blanca. luego, rosa. Porque el día va avanzando. Y luego, en el último verso, es roja, roja de ocaso. En ese día de meditación el poeta nos muestra lo que ha visto, en su abajo, en sombra, sobre las rocas de esa cumbre del fondo del aire que es el puerto de la ciudad, el puerto del sueño. Nos dice: es el fin visto, y es la nada de antes. Porque la nada es todavía. Y entonces, comprende, como comprendió Ángel Crespo asomado al pozo: a donde quiera que llegue desde aquí, será a aquí mismo, porque

Estoy ya en el centro

en donde lo que viene y lo que va

unen desilusiones

de llegada y partida.

El oleaje del mar de agua y el oleaje del mar de niebla nos dan el vaivén de los versos. No es preciso seguir avanzando, ni siquiera volar. Aquí estamos bien. Cerremos los ojos, dejémonos llevar por los puntos suspensivos.

 

y 21.

Así concluye El paseo de Walser:

Las circunstancias le habían ordenado viajar, y partió. Quizá hubiera podido convencerla a tiempo de que tenía buenas intenciones, de que su querida persona me era importante, y de que por muchos motivos quería hacerla feliz, y con ello a mí mismo; pero no me esforcé más, y ella partió. ¿Para qué entonces las flores? “¿Recogía flores para depositarlas sobre mi desdicha?”. Me había levantado para irme a casa; porque ya era tarde, y todo estaba oscuro.

Los paseos terminan en un viaje de vuelta, en un retorno a casa, porque todo acaba por obscurecerse, porque los astros también están sometidos, por la crueldad del Sino, a un suplicio circular como el de Sísifo. Las ascensiones a las montañas sagradas, las excursiones de los caminantes, concluyen en el descenso, en la posada donde escribir cartas a monjes agustinos, en donde reponer fuerzas y dormir el sueño del que está felizmente fatigado. Las visiones concluyen, las nieblas se disipan, también se muere el mar. Del lado de la piel que se va llenando de arrugas nos quedan, sin embargo, las memorias del vuelo. Ella partió y yo dejé de recoger flores, pero compartimos un día la visión de las nubes. Y cerramos los ojos. Cerramos los ojos los dos a la vez, porque nos estábamos besando. Y desde entonces, vayamos donde vayamos, siempre venimos a aquí mismo, al puerto del sueño.

 

 

A P É N D I C E

Desde el brocal, Ángel Crespo

A la luz del pozo, la imagen

que hacia el brocal asciende viene envuelta

en halos de aire y lejanía

pues la devuelve el agua

más pura —invulnerable

a la tierra y el fuego—

como teofanía de mí mismo.

Los ojos, que apagando iba

tanto mirar sin premio,

resplandecen como una plata

diáfana, en la penumbra,

y me miran sin preguntar,

como sabiendo la respuesta.

Apoyado al brocal, alzar no quiero

la mirada, y junto los párpados

— para buscar dentro de mí

el agua de ese pozo.

 

Golfo, Juan Ramón Jiménez

La nube ―blanco cúmulo― recoge

el sol que no se ve, blanca.

Abajo, en sombra, acariciando

el pie desnudo de las rocas

el mar, remanso añil.

                               Y yo.

Es el fin visto,

y es la nada de antes.

Estoy en todo, y nada es todavía

sino el puerto del sueño.

La nube ―blanco cúmulo― recoge

el sol que no se ve, rosa.

                               A donde quiera

que llegue desde aquí será a aquí mismo.

Estoy ya en el centro

en donde lo que viene y lo que va

unen desilusiones

de llegada y partida.

La nube ―blanco cúmulo― recoge

el sol que no se ve, roja…

jueves, 10 de octubre de 2024

Mi corazón al desnudo

De la (im)posibilidad de la autobiografía


Le Dandy doit aspirer à être sublime sans interruption; il doit vivre et dormir devant un miroir.

CHARLES BAUDELAIRE, Mon cœur mis à nu

Todo o esforço é un crime, porque todo o gesto é um sonho morto.

BERNARDO SOARES, Livro do desassossego

 

1.

Llegados a este punto, es preciso hacer una confesión. Bernardo Soares (o, por ser más precisos, B. Soares) es, a la par que autor, o co-autor (pues no cabe negar la primacía, al menos cronológica, de Vicente Guedes, por no hablar de la mirada supervisora de Fernando Pessoa) de esa obra incomparable que es el Livro do Desassossego (o Desasocego, como se presenta en la Edición Crítica de la Obra de Pessoa, atendiendo a las preferencias ortográficas de éste), Bernardo Soares, o B. Soares, digo, es el autor de la obra que en las (pocas) librerías en las que se pudo encontrar durante un (breve) tiempo figuró bajo la autoría de Agustín González-Cano, esto es, Morgana en Duino.

 

2.

Esa obra, de la que no hablaremos ahora aquí, pero que, por razones obvias, es de gran importancia para el autor de este texto (si es que este texto tiene un autor y si es que ese autor no es también Bernardo Soares, pues si algo resulta obvio es su desasosiego), llegó a ser publicada porque fue presentada a un concurso, y ganó ese concurso. El concurso exigía eso que los iniciados en esa melancólica tarea de enviar originales a un lado y a otro en busca de una suerte digna de la lotería de Babilonia (Bolaño fue uno de ellos, y eso basta para que quienes lo hemos intentado en otros momentos podamos sentirnos legitimados) conocen bajo el nombre de plica, esto es, que la obra sea presentada bajo pseudónimo (que no heterónimo, aunque también, qué duda cabe) y que se adjunte a ella un sobre (la presentación era bien real y bien hardcopy, nada de virtual ni E-mail, no entonces) en el que, amén del título o lema (jerga, de nuevo, de esta actividad cinegética), figuren, protegidos por la goma que cerraba la pestaña, los datos personales y biográficos del autor postulante. Esto, se supone, es la garantía de que la deliberación del jurado no se va a ver influida por el renombre o la carencia del mismo del remitente del manuscrito. Ciertamente, requiere de bastante ingenuidad pensar que en todos los casos ese fair play se cumpla. Aquí, parece que sí se cumplió. En la carátula de mi encanutillado texto figuraba el nombre de B. Soares, y bajo esa figura, plenamente evanescente, la historia de fantasmas que es Morgana en Duino concurrió al certamen. Y Soares, extrañamente, ganó, y sólo luego fue Soares identificado con Agustín González-Cano, tras la apertura del lacre (no había tal, estoy siendo voluntariamente engolado), y el resto es, pues, historia.

 

3.

He manejado varios single-use pseudonyms, que diría Tyler Durden o más bien el otro, siempre relacionados con mis particulares filias y fetiches. Fui mucho tiempo Roy Batty, que había visto cosas que yo no creería, y también Max Schreck, al que ya conocen por aquí, y llegó a tener su propio libro, que nunca ganó ningún concurso de entre los varios a los que se presentó y que por ello nunca fue publicado, La pasión de Max Schreck (2012). Fui igualmente un híbrido Max Chandos, y, claro, Viktor Laszlo, o Víctor Lázaro. Ninguno de esos nombres tuvieron el honor de ser rasgados en el acto supremo de la apertura de la plica, que es tanto como la apertura de la boca de la momia para los que, ingenuos como éramos, aspirábamos a la gloria instantánea de la flor natural en concursos progresivamente sórdidos y rurales. Malos tiempos para la lírica, nunca mejor dicho.

 

4.

Pero lo cierto es que el ajudante de guarda-livros, al que ustedes han visto por aquí en la fugaz compañía de su hermano en la irrealidad Viktor Laszlo, triunfó. Y en ese triunfo, que no fue acompañado por los clarines y los timbales, pero que fue acogido con una hermosa sensación de calor en el corazón por quien esto les escribe, había indudablemente una justicia poética, pues pocos textos han sido tan importantes para mí como el Libro del desasosiego, con el que me topé por primera vez allá por el 89, en la benemérita traducción de Ángel Crespo, un libro ya muy baqueteado que me ha acompañado todos estos años y del que por supuesto nunca me desprenderé, por más que en un momento dado empezase a coleccionar (el término es exacto) ediciones portuguesas de una obra que es por definición movediza, por póstuma, por indefinida, por desasosegada ella misma (Ana Maria Freitas, Richard Zenith, Jerónimo Pizarro, son algunos de los editores).

 

5.

Sin un motivo aparente (casi nunca lo hay, en las libretas entran todo tipo de textos sobrevenidos y cimarrones), en mi Leuchtturm (circunstancialmente color burdeos) anoté el pasado 21 de agosto: Para un post, una biografía de Bernardo Soares, autor de “Morgana en Duino”. Pessoa es uno de los astros en torno a los que gravito indefinidamente, mi sistema solar es de una gran complejidad y mi danza se las arregla para no deshacerse a pesar de las muchas atracciones contradictorias que la sacuden. Nunca estoy lejos de Pessoa, pero me guardo muy mucho de acercarme demasiado a su luz, pues sé que me arrastra y compromete mi integridad de polilla. Hay algo de abismo (una geometría del abismo, titulé yo a mis primeros apuntes à la Soares, de hace veintitantos años, usando una cita del portugués) en la abundancia y la densidad y la variedad de los escritos pessoanos. Conozco el Livro desde hace mucho, y en ese sentido, me es algo familiar, propio. Al mismo tiempo, sé que no he penetrado ni mucho menos en todas sus profundidades, y que me esperan nuevas lecturas, progresivamente más maduras, menos imparciales. Así que apenas esbocé un vuelo sobre él, apenas escarbé mínimamente en las decenas de libros que tengo de y sobre Pessoa. Las notas de la libreta son volátiles, hay muchos temas que desarrollan paralelamente. Soares no tuvo mucha vida esa vez. Pero vuelve, vean ustedes mismos cómo vuelve.

 

6.

Aparte de Crespo, uno de los intérpretes más destacados de Pessoa es Antonio Tabucchi, otro de mis escritores predilectos. Desde hace mucho conocía algunos de sus estudios sobre la constelación Pessoa. Desde antes, de hecho, de que conociera las propias novelas de Tabucchi. El librito se llama Un baúl lleno de gente, y fue publicado en su día por Huerga y Fierro. No reúne, no obstante, todos los trabajos de Tabucchi sobre Pessoa. Hay, al menos, otro libro igualmente delgado, en el que se pueden encontrar algunos textos que corresponden, según se nos dice en el prólogo, a las lecciones que Tabucchi impartió en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, en noviembre de 1994, esto es, dentro de nada hace treinta años (esos treinta que son la bisectriz entre el 1964 de mi nacimiento y el 2024 de mi actual sesentena de jubilado). El libro fue publicado por la pequeña editorial Sellerio de Palermo, donde también se pueden encontrar otras obras de Tabucchi, en 1998, bajo el título L’automobile, la nostalgia e l’infinito.

 

7.

Desde que invertí un dineral en hacerme con los dos tomos de las Opere de Tabucchi publicados por Mondadori, me sentía razonablemente tranquilo, pues, si bien las obras no se presentan como completas, la colección, que supera ampliamente las dos mil páginas, contiene todo lo que cabe, en principio, necesitar de Tabucchi, al que antes había venido leyendo mayormente en castellano, en las traducciones publicadas por Anagrama. Sin embargo, ni el Baúl ni el Automóvil figuran completos allí. L’automobile, la nostalgia e l’infinito no figura en absoluto, de hecho. Por ello, y también para repetir un gesto amado (remito a los lectores menos aplicados o neófitos a mi texto "Evocaciones", donde narro el antecedente), este año, en mi último viaje a París, en la librería italiana La Tour de Babel, que está en el Marais, me compré el tomito azul marino, y lo empecé a leer allí mismo, anotando la fecha (26 de abril de 2024) en el lugar donde Tabucchi habla de su curso de Parigi, proponiéndome una mise-en-abyme del todo paralela a la ya conseguida con la compra de Autobiografie altrui en ese mismo lugar y en el viaje anterior, a saber, el 29 de julio de 2023. De esto es de lo que se habla en Evocaciones.

 

8.

Así, en esa noche del pasado 21 de agosto, súbita y efímeramente erigido en biógrafo del evanescente Soares, tras haber recorrido el ensayo de Tabucchi Bernardo Soares, uomo inquieto e insonne, incluido en Un baule pieno di gente, y otras obras, como los cuentos de Pessoa, atribuidos tempranamente a un Bernardo Soares casi podríamos decir que avant-la-lettre, me dispuse a abrir mi librito azul parisino-siciliano, que, no nos engañemos, había sido mayormente arrumbado desde mi vuelta de la Cité-Lumière, dado que no estábamos en temporada pessoana por ese entonces. O eso creía yo, porque lo cierto es que por más vueltas que le di a mi biblioteca (y eso son muchas vueltas, porque probablemente andaré ya por los cinco mil volúmenes dispuestos como buenamente se puede en una colección heterogénea y algo ineficiente de estanterías que colonizan mi modesto apartamento), L’automobile, la nostalgia e l’infinito no apareció.

 

9.

Dada mi tendencia a la obsesión y mi necesidad de mantener el control y el orden, rasgos estos poco deseables de mi carácter, pero al mismo tiempo, creo, inevitables, pues son la cara b de la más brillante cara a que me ha permitido ser un lector incansable, un trabajador responsable hasta mi reciente retiro y un ser humano, en general, bastante apañado, el que se me pierda algo, y mucho más un libro, es uno de los sucesos más desasosegantes que se pueda imaginar. Una vez renuncié a encontrar el libro perdido, casi ya invocando a San Antonio Bendito (san Antonio Tabucchi, asumo), procedí a lo único que podía calmar mi ansiedad: me compré otra copia. Y leí entonces allí otro texto de Tabucchi sobre el Livro: L’infinito disforico di Bernardo Soares, que no se puede encontrar más que en esa edición y que no está traducido, que yo sepa, al castellano. Y entonces, ya más calmado, me olvidé de la biografía de Soares sin mayor remordimiento.

 

10.

La brillante entrada sobre Soares, por lo tanto, dejó de escribirse. Y, de hecho, poco se escribió en el blog desde esos días, ya que no mucho después, mediando un periodo árido de desmantelamiento de mi despacho en la Facultad, del que ya les he hablado, me fui de viaje, y apenas he vuelto hace un par de días de dos periplos encadenados, placenteros y fructíferos, pero que no han dado ocasión del sosiego necesario para ejecutar esta no tan sencilla operación de alimentar el pálido fuego del Pálido juego. Como mis dinámicas son en el fondo impredecibles (y lo son gozosamente) no ha sido hasta hoy que he retomado el tema, aunque sea de una forma mutante, prefiriéndolo (es un decir) a otras muchas alternativas, que tendrán que seguir esperando a su inclusión aquí, quizá no tan lejana si retomo mi saludable rutina semanal. Y aquí podríamos terminar con este breve y abiertamente anodino jirón de mi autobiografía, pero no, justamente ahora es cuando empieza todo.

 

11.

Primer abismo: L’automobile, la nostalgia e l’infinito, de Sellerio editore, Palermo, adquirido en París, librería La tour de Babel en abril de 2024 por mí, ha aparecido. Es decir, el roto metafísico que se había producido en el tejido de mi realidad bibliófila y bibliófaga ha sido subsanado. De una manera bastante trivial, aunque también al mismo tiempo misteriosa y rotundamente literaria: el ejemplar me esperaba en un bolsillo lateral de una bolsa de viaje. La que empleé para el viaje a París, la que no empleé para mi viaje a Strasbourg (y otras ciudades) y la que volví a emplear para mi viaje a los Encuentros de Pamplona, una magna actividad que aún está desarrollándose. Todo ese tiempo el librito azul marino estuvo allí, olvidado, esperando. Ahora se ha encontrado con su clon, ha sido testigo de su mitosis. Pero no son dos libros iguales, por supuesto, nadie se engañaría al respecto. Para empezar, él ostenta el aura de ser el libro parisino, el libro que comparte esa condición con los apuntes de Tabucchi, y fue anotado en el Marais apenas fue comprado. Para seguir, los subrayados de uno y otro no coinciden (no pueden hacerlo, por más constantes que seamos en nuestras preferencias o escalofríos). Esta grieta aparentemente modesta que se ha abierto con este hecho en principio trivial, producto de una combinación bastante mía de despiste y ansiedad, da lugar a todo un paisaje que habrá de ser explorado, en el que meditar de qué modo un libro es y no es él mismo, es y no es lo que contiene, de qué modo un libro es, fundamentalmente, autobiografía, y no digo más, pues todo eso resta por escribirse y esto es sólo un anticipo, o, ni eso, una declaración de intenciones.

 

12.

Segundo abismo: en Bernardo Soares, uomo inquieto e insonne, Tabucchi cita a Edgar Allan Poe a propósito de la opinión de éste sobre la imposibilidad de conseguir la verdad autobiográfica sin que el papel se arrugue y arda al toque de la inflamada pluma (uso para esta transcripción la traducción de Pedro Luis Ladrón de Guevara Mellado, de la edición de Huerga y Fierro). Al término del artículo, Tabucchi nos proporciona con todo lujo de detalle sus fuentes, y allí declara que la observación de Poe proviene del ensayo On the impossibility of writing a truthful autobiography, que, nos dice, está ahora (o sea, entonces) incluido en E.A. Poe, Viking Portable, New York, 1968. En esos días de agosto anoté la cita y la fuente y no me tomé el trabajo de localizarla. Ayer, cuando estaba empezando a cocinar esta entrada, me di cuenta de que ese texto era inencontrable. ¿Nos hallamos aquí ante un juego borgiano? No, la realidad es más trivial, aunque no menos compleja: ese texto (ahora lo sé, pero sólo después de una ardua investigación) corresponde realmente a uno de los muchos fragmentos reunidos bajo el nombre de Marginalia que Poe fue publicando en las revistas y periódicos de su época. De hecho, en el Penguin Portable (que es y no es el mismo que el Viking, pero eso sólo lo descubrí ayer) figura el mismo texto, pero bajo otro título, igualmente memorable: The unwritable text, el texto que no se puede escribir, pues es imposible escribir una autobiografía veraz…

 

13.

Fui, ya lo he dicho aquí alguna vez, un lector voraz y precoz de Poe, y mis lecturas incluyeron algunos de sus Ensayos, en la edición que Alianza publicó con traducción de Julio Cortázar. Ahí, en los años ochenta, supe ya de la Marginalia, pero lo cierto es que no he dispuesto, hasta muy recientemente, de una colección más completa de la obra ensayística del bostoniano (ahora tengo la de la Library of America, de más de mil páginas, que no es estrictamente completa, pero casi, y también se puede rastrear toda la obra de Poe, que es ya de dominio público, en la Red). Fatigué en vano las abundantes páginas. Sólo tras una pesquisa supe que el fragmento en cuestión corresponde a un texto publicado en el Graham’s Magazine en enero de 1848.

 

14.

Y entonces se abre el tercer abismo. Más allá de la discusión sobre la posibilidad o no de elaborar un texto autobiográfico veraz, lo que se propone en esas breves líneas es que el ambicioso autor que pretenda revolucionar el entero mundo del pensamiento (nada menos) se limite a escribir un libro, uno solo, bajo el título de My heart laid bare, esto es, Mi corazón al desnudo. Pero, eso sí, ese libro habría de ser fiel a su título, y ahí es cuando las páginas comienzan a arder. Pues bien, justamente ese texto perdido en la inmensidad de la obra crítica de Poe fue el que inspiró a Charles Baudelaire, tan sumamente influido por la obra del americano, a quien tradujo, para concebir una vasta obra memorialística, paralela a las Confesiones de Rousseau, precisamente bajo el título de Mon cœur mis à nu, Mi corazón al desnudo.

 

15.

En esos días, y en estos, y quizá eso tenga reflejo en alguna entrada próxima, me estaba, me estoy ocupando mucho de Poe y Baudelaire, en torno al relato de El hombre de la multitud, y la lectura de Benjamin sobre el flâneur que Baudelaire cree encontrar en el cuento de Poe. Así que esa resonancia, inesperada, me complació, o me conmovió, si es que esos son dos verbos diferentes. Por otro lado, yo conocía Mi corazón al desnudo desde hace mucho, porque me compré hace años, creo, en una Feria del Libro de Ocasión, como la que ahora mismo está emplazada en el madrileño Paseo de Recoletos, un tomito de la colección Visor con una edición de esos textos íntimos de Baudelaire (profundamente fragmentarios, escritos en los últimos años de su vida y que nunca desembocaron en la pretendida obra autobiográfica) traducidos por Antonio Martínez Sarrión, cuya destacada versión de Las flores del mal había yo venido manejando por entonces. Así pues, esa resonancia me llevaba también a territorios de mi propia educación sentimental, por más que mi relación con Baudelaire se haya ido obscureciendo de algún modo a lo largo de los años.

 

16.

El Livro do Desassossego es calificado por su autor de autobiografia sem factos, autobiografía sin hechos. La inseguridad ontológica del ayudante de contabilidad le lleva a desdibujarse en el paisaje de la Baixa, mimetizarse con sus cambiantes fenómenos atmosféricos (hay un bello artículo de Ángel Crespo sobre ello), confundirse en los juegos de su luz. Hace años, en 2013, en ese viaje a Suiza en el que perseguí a Rilke, me llevé el manoseado tomo de la traducción de Crespo y lo releí y lo anoté en Basilea, ciudad a la que iba por primera vez, y donde el Kunstmuseum me deslumbró. Compruebo la libreta de esos días, que entonces era una Moleskine. Roja. He apuntado Aquello a lo que asisto es un espectáculo con otro escenario. Y aquello a lo que asisto soy yo. Corresponde al fragmento 18 de esa edición de Seix Barral. El número cambiará en otras ediciones. Puedo evocarme copiando el texto. Recuerdo dónde estaba, ese lugar, de todos modos, está también anotado, junto a la fecha, el Hotel Victoria de Basel. Ahora he vuelto una vez más a Basel, desde Strasbourg, para visitar el Kunstmuseum. No he estado en el Victoria, pero sí me tomé un café en otro hotel de los que rodean la Centralbahnhofsplatz, haciendo tiempo para coger el tren de vuelta. Ahí anoté (este pasado 22 de septiembre, en ese vacío de blog que ahora intento llenar): los cuatro yoes de Basilea, en su creciente condición fantasmática, reunidos en esta mesa, conversando. Esos cuatro yoes son los Agus sucesivos que fueron viajando a lo largo de los años (2013, 2018, 2022, 2024) a Basel. Los recuerdo bien, o tal vez no. A lo mejor es verdad y no se puede escribir una autobiografía veraz.

 

17.

Al comienzo de L’automobile, la nostalgia e l’infinito, Tabucchi se refiere a un concepto que para él identifica a Pessoa: nostalgia del possibile. Una nostalgia al cuadrado, no de lo que se ha tenido, sino de lo que se podría haber tenido. Nostalgia es, paradójicamente o no, un concepto suizo. Lo sé porque se lo leí a Pascal Quignard un día justamente en Zürich. Ahora he podido ver en directo a Quignard en Pamplona dialogando con Ramón Andrés. Nostalghia es la película de Tarkovski que cité cuando Rosa Rius, en el seminario sobre Melancolía al que asistí con ella hace unos días en Barcelona, nos pidió algún ejemplo de obras de arte que considerábamos que identificaban bien esa afección del alma, que me es tan propia. Le mencioné también algunas otras representaciones obvias. El Monje frente al mar, de Caspar David Friedrich, que tanto me impresionó cuando lo vi en Berlín, o el paisaje invernal de Brueghel, que he revisitado a menudo en Viena y que aparece, además de en Tarkovski, en la Melancolía de Lars von Trier. Son territorios familiares para mí, y en esta crónica un poco alucinatoria de los días pasados viene bien citarlos para saber exactamente cuáles son los instrumentos de la Pasión (que aparecen en tantos cuadros, algunos de los cuales están en Basel), o los elementos del desastre mutisianos, o, también (y sobre todo) los instrumentos y elementos del goce, pues gozoso ha sido retornar a algunos de los lugares sagrados y volver a enfrentarse a esa obra inexpresable que es el Retablo de Isenheim de Matthis Grünewald en Colmar.

 

18.

¿Es posible, pues, escribir una autobiografía? ¿Es eso lo que hacemos aquí? La respuesta a ambas preguntas es no. O, como mucho, sí, pero… Tampoco, en realidad, importa demasiado. Lo que importa es escribir. Estos días, anotando en cafés, o en la habitación del hotel, pensando en entradas como ésta, como otras que irán viniendo, me sentía bien. Aún no soy plenamente dueño de mi tiempo, en esta nueva condición ilimitada (limitada sólo por lo que algunos llamaron en otras circunstancias el hecho biológico), pero empiezo a vislumbrar la grandeza de unas perspectivas que siempre habían estado obscurecidas por obstáculos nada vaporosos. Lo importante es que haya juego, que el juego nos lleve a ir hilando un collar que empieza por Bernardo Soares, autor de “Morgana en Duino” y acaba con Grünewald. O que, por ser completamente precisos, no acaba, como lo que el amor hace, a decir de JRJ en Espacio. Esta entrada es la primera que escribo en mi portátil nuevo, el portátil que me he comprado tras mi jubilación, pues todos mis portátiles anteriores pertenecían a la Universidad y hay que devolverlos. Me gusta escribir en él: me parece que de estas teclas saldrán textos increíbles, jugadas insospechadas.

 

19.

En el Kunstmuseum de Basel hay muchas obras que me interesan. De hecho, había otra entrada que se estaba preparando, y que tal vez se haga, sobre las obras de Hans Holbein der Junge que contiene. Ahora, aquí, para acabar este texto, que ya está en su penúltimo epígrafe (pues es bueno prescribir normas, gozosamente arbitrarias, a nuestros juegos, y estaba decidido que serían 20 los fragmentos y que todo habría de girar en el 10, como ha ocurrido en algunas entradas recientes), me quiero limitar a Arnold Böcklin, pintor simbolista suizo, cuya obra me fascinó desde el primer momento en que la conocí, justo en aquel viaje a Berlín en que me enfrenté con el Monje de Friedrich. Hay un cuadro de Böcklin que debía haber citado cuando se me preguntó por obras melancólicas, y es absurdo que no lo haya hecho, pues es un cuadro decisivo en mi vida: Ulises y Calipso. En Morgana en Duino, B. Soares diserta largamente sobre él. Copio un breve fragmento: No hay, en todo caso, duda posible en el gesto del aqueo, ni en la desolación de la diosa. Calipso contempla la nuca de Odiseo, que siente en su espalda el frío del regreso y se envuelve en su manto, azul como el partir, y fija su mirada en esa línea de imposible confluencia entre el mar gris y el cielo blanco, en el lugar de los espejismos, y esa tensión de sus ojos se transmite a su cuerpo entero. Se envuelve en su manto azul, aterido, mientras Calipso se exhibe desnuda sobre una tela roja como los besos. Así, mirando a un mar que se confunde con el cielo he vuelto a ver a Odiseo en Basel hace unos días. Cada vez siempre puede ser la última. Por eso es bueno que vayamos a saludarnos, que puede ser despedirnos. Odiseo y yo somos viejos conocidos.

 

20.

El cuadro (o, por mejor decir, los cuadros, pues hay hasta cinco versiones del mismo tema) más conocido probablemente de Böcklin es La isla de los muertos. El que hay en el Kunstmuseum es la primera versión. Una figura erguida, vestida de blanco, es conducida en una barca a una isla desolada en el mar. Miro, un poco detrás de ella, reconozco ese espacio, lo he habitado mucho, me lo he encontrado continuamente. No hay temor alguno, la autobiografía aún no tiene por qué tener un punto y final, no tiene por qué cerrarse. Hay otros capítulos, y su número no viene prefijado: las reglas de ese juego son otras. Hago una foto al detalle del viajero de la barca. Al hacerla, mi sombra se refleja en el brillante barniz del cuadro, incluyéndome así en la escena, como al Náufrago de la Isla de Morel: cuarto y definitivo abismo. Al fondo, me llamas. Me llamas corazón, o mon cœur, y yo voy hacia ti, y no me importa para nada estar desnudo.