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domingo, 10 de marzo de 2024

Los bulevares periféricos

 


Est-on vraiment sûr que les paroles que deux personnes ont échangées lors de leur première rencontre se soient dissipées dans le néant, comme si elles n’avaient jamais éte prononcées?

PATRICK MODIANO, L’horizon

 

I.

En la desbocada primera novela de Patrick Modiano, La place de l’étoile, aparece la que sin duda es una de las frases más alucinantes que se hayan podido escribir: Vous n’écoulerez jamais vos stocks de kaléidoscopes.

 

II.

En los almacenes, pues, se agolpan, acaso envueltos en cajas de vivos colores, decenas, cientos de caleidoscopios, pero, es sabido, el mercado de caleidoscopios está a la baja. Y eso permite calibrar hasta qué punto nuestra sociedad es desdichada.

 

III.

No habrá forma de dar salida a esos stocks de caleidoscopios que acumulan polvo en quién sabe qué nave industrial de la periferia fractal de una ciudad monstruosa. En su inmovilidad, congelada, la disposición de las fichas que se ha convertido en eterna. Otros mundos esperan en la rotación imposible. No hay manos suficientes para girar tanto tubo.

 

IV.

Es bien cierto que el comentario es sarcástico, que todo es una gran broma y que carecemos aún de la profundidad, de la mesura del tono que sólo nos alcanzará, si es el caso, con la madurez. Pero hemos tenido caleidoscopios durante la infancia. Aún tenemos alguno, otros se han ido rompiendo, perdiendo, escondiéndose en trasteros y mudanzas. Y conocemos las leyes de la Óptica.

 

V.

En L’herbe des nuits el narrador es interrogado en una oficina del Quai des Gesvres. Se da cuenta entonces de que se encontraba quizás en el punto exacto donde Gérard de Nerval se había colgado. La rue de la Vieille Lanterne ha sido sepultada por las nuevas construcciones, pero si se descendiera a los sótanos de este inmueble se descubriría, al fondo de uno de ellos, un trecho de la calle de la Vieja Linterna. Sí, así es todo: subterráneo.

 

VI.

El tiempo es poroso. Tarda uno en descubrirlo, pero Modiano lo sabe, y nosotros lo sabemos ahora ya también. Es un conocimiento inútil, pues no hay modo de localizar esos poros, se abren de repente, en cualquier rincón de la hora, pero son diminutos, no puede uno descender por ellos con qué cuerda de palabras. Si acaso, al despiste, a uno se le pueden caer las llaves dentro. O, poniendo el oído, puede escuchar viejas canciones que parecen salir de un gramófono. Se han dado casos de gente que intenta horadar la malla con agujas de coser, o con cuchillos. Pero todo es angosto.

 

VII.

Hay, sin embargo, modos. El más sencillo, pero igualmente arbitrario y desoladoramente imprevisible, es el sueño. Claro que cuando uno sueña está inevitablemente del lado de abajo y oye resonar sobre su cabeza las pisadas del vivir, cuyo eco se expande sobre ese hueco del estar dormido. Lo decoramos como podemos, con nuestros viejos juguetes. Y sobre su pavimento trazamos, con la tiza de entonces, una rejilla de calles que se parece tanto a los circuitos ciclistas donde jugábamos a las chapas.

 

VIII.

Hay otros modos, pero son aún más difíciles de dominar, y apenas puede uno ponerse en una disposición de extrema receptividad y rogar a los dioses que habitan en los intersticios, y que son bellos como insectos, que nos sea concedido el vislumbre. La música funciona, dicen, pero lo cierto es que la música apenas abre algunos espejos, pues ella misma se basa en el ritornelo y en la trampa. Y luego están los dedos, pero quién se acuerda ya de los dedos.

 

IX.

Deambular, en todo caso, agotar el mapa, dejar caer las miguitas del transcurso, repetirse en voz baja las letanías de las estaciones de metro, es un buen método para conjurar las bifurcaciones, para descubrir las puertas del tiempo perpendicular. Es así: la geometría es congruente, la topología es sedosa, de repente la perspectiva es compartida por dos ciudades distantes, por dos ciudades anteriores. Entonces es como saltar a la vía de al lado, es como ser trasladado al barco que viaja hacia el Polo Magnético.

 

X.

Hay otros tiempos igualmente disciplinados en su sucederse, tiempos paralelos que se ven desde las otras miradas. Podemos hablar de ellos: hace ya veinte años, fue anteayer, te espero mañana. Y cada uno se marcha a su casa con su larga cola de tiempo, arrastrando sonrisas, dolores y muchas hojas de calendario. A veces parece que algo rima. Sí, pero de qué sirve.

 

XI.

No, de lo que se habla aquí es de acceder a los procesos no interrumpidos, recuperar inquietudes y expectativas. Un joven sale de la Universidad y recorre el mismo camino cada tarde. No tiene aún veinte años. Lleva un libro de Canetti. Alguien le dice: “¿lees a Canetti?”. Canetti está aún vivo entonces. Cuando muera, algunos años después, decretará que una parte substancial de su legado deberá permanecer oculta, secreta, en la Biblioteca de Zürich, hasta treinta años después de su muerte. Ya han pasado treinta años de su muerte. El estudiante lleva mucho esperando. Tiene sesenta años. Ay, qué será de su legado, de sus cuadernos, qué sótanos los acogerán, que manos póstumas los recorrerán, quizás, con mimo.

 

XII.

Así funciona todo. Pilotitos encendidos en un gran panel de la guardarropía consabida de las series de ciencia ficción de la infancia. En la central térmica del corazón, fugas que van consumiendo una potencia que ahora se necesitaría tanto. Una mañana en la que parecía que todo estaba por hacer. Cuadernos empezados, y nunca terminados. Agendas con teléfonos de siete cifras. La inminencia del milagro, o de la catástrofe. Todo ahí, intacto, no bifurcado, sino detenido, estático, extático, a la espera de alguien que sepa bucear. Quién supiera.

 

XIII.

Cuando el avión desciende, todavía no ha pasado nada de lo que iba a pasar. Una vez se formuló así: si volvemos... Hemos vuelto, gastados, por algún lado se esconden esos simulacros, recorren nuestros dobles incansables (éramos más jóvenes, más fuertes, más tristes, con más ganas) la ciudad que se fue colando en los sueños, que se fue mezclando con la Ciudad. Hemos vuelto. Ya tenemos plano. Ya no nos perdemos. Pero no encontramos las puertas que dan a los transbordos inesperados. Hemos agotado todas las líneas del metro y la estación aquella de los besos no llega.

 

XIV.

A medida que las estaciones se sucedían, yo remontaba el curso del tiempo. Así Modiano. Hay otro método, hay otra posibilidad: escribir. Es cierto que eso significa renunciar al espacio, renunciar a los cuerpos. Es cierto que no deja de ser encender fantasmagorías. Pero nada me impide decir: estoy llegando, dime dónde me esperas. Nada me impide decir: todavía no ha ocurrido, todo está por estrenar. Paseemos un rato más, no dejemos que se nos caiga al suelo esta vez. Lo he hecho: lo sigo haciendo. La avenida se agota, el tiempo ya no se sostiene, la línea se comba. O empiezo a trazar mis agujeros de gusano o en breve todo habrá terminado.

 

XV.

J’écris ces pages pour trouver des lignes de fuite et m’échapper par les brèches du temps, dice, escribe Modiano. Líneas de fuga, brechas: eso es. Sueño, texto, metro, ciudad, todo es lo mismo. Si reproducimos el itinerario (y lo hacemos obsesivamente, porque estamos convencidos de que en algún punto de ese trayecto perdimos algo irreparable) entramos en el tiempo-otro, y nos podrán salir al paso losquefuimos, losqueeran, estaremos otra vez juntos. Abre el mapa. No, ése no, el nuestro, el de la Ciudad que compartimos. Cierra los ojos, apunta al azar una esquina cualquiera, un café. Los cafés siempre funcionan. Ahí estamos. Míranos, no hemos cambiado nada.

 

XVI.

Al comienzo de su Memorabilia, ya lo sabemos, Juan Gil-Albert dice que es preciso que leamos estas líneas como si todos los que aparecemos en ella estuviéramos ya muertos. La advertencia es innecesaria: siempre hemos muerto. Siempre hemos sido substituidos. Los que aparecemos en ellas ya no somos los que las escribimos. Pero los que hemos muerto somos nosotros, tantas veces. Ellos son inmortales.

 

XVII.

Recorro cuadernos, casi siempre negros, agendas, carpetas y archivos que arrastro desde hace una eternidad de ordenadores. Me encuentro, nos encontramos. Me veo escribiendo A partir de ahora todo será más neto, más nítido, pero más estrecho. Han pasado diez años. Sí, todo es angosto, pero cada vez hay que moverse menos. En última instancia, en el quicio de la asíntota, apenas se necesita el espacio para que un dedo pulse un botón. O unos labios lancen un beso.

 

XVIII.

Leo, en una carpeta que no abría hace mucho: Cuando pienso en ti se produce un extraño silencio en mi interior, un silencio pleno de inquietudes, con fugaces resplandores de tristeza. Es el silencio de las cosas idas, de las librerías desaparecidas, de los cines cerrados, el silencio de una ciudad que ya no es, salvo cuando la recorremos en los sueños, en los sueños donde encuentro los poemas que hablan de ti, los poemas que escucho en este silencio de la larga noche de tu ausencia, de la noche obscura del alma. Estamos en barrios distintos, tú, yo, Modiano, todas sus amadas perdidas o muertas, todos sus embrollos del mercado negro y de la Ocupación, pero la Ciudad es la misma.

 

XIX.

El tiempo pasa y convierte a los abrazos en arqueología, a los besos en monedas fenicias. Hay en ellas rostros grabados, desgastados, apenas ya discernibles. Las excavaciones son demasiado profundas, la fatiga nos vence, renunciamos a esos tesoros. Pero un día un terremoto subvierte los estratos. Un día una filtración milenaria de agua abre un socavón, revela las catacumbas. Y nos ponemos a jugar como niños con las baratijas del menaje fúnebre. No, nada se pierde. Y no hay que buscar la perpendicular, simplemente hay que hacerse a un lado de la cinta transportadora, dejar de correr como posesos, abrir una puerta metálica en el andén, llegar a la estación espejo, coger el metro levógiro.

 

XX.

Todo ha transcurrido ya y aquellos temores no sirvieron de nada. Los dolores de entonces son apenas ya anotaciones. Fuimos demasiado cobardes, todo acaba bien al final. Todo relato es un recuento de extinciones. El único tema filosófico verdaderamente serio es la evanescencia.

 

XXI.

Modiano: después de haber escrito estas páginas, me digo que hay un medio, justamente, de luchar contra el olvido. Es ir a ciertas zonas de París a las que no hemos retornado desde hace treinta, cuarenta años y pasar una tarde, como si se hiciera guardia. Sí, hay que ir a ciertas zonas de París y hacer guardia. En París los agujeros del tiempo son más grandes, y nosotros somos más pequeños.

 

XXII.

Los desastres que nos quitaron el sueño nunca ocurrieron. Las galernas no llegaron a desatarse. Los días fueron cayendo, martilleándonos el cráneo sin otro ruido que el de los relojes. Un día era 2024. Alguien, con su llave, abrirá la cripta de los manuscritos silenciados. Una sucesión de jóvenes, de adultos, de viejos, una sucesión que comparte nombre y apellidos, ha leído a Canetti todos estos años, y de repente sueña con nuevas ediciones. Ay, quién encontrara un día un sótano imposible lleno de obras de Sebald.

 

XXIII.

En cualquier caso, a pesar de que las explosiones no reventaron las paredes de vidrio del acuario, a que las averías se arreglaron con algo de fontanería y el aturdimiento que va trayendo el cansancio, es verdad que la catástrofe sobreviene igualmente, este apocalipsis lentísimo del estar vivo. Sordo, desapercibido, irreparable, el Gran Proceso nos lleva de la mano al ángulo muerto, desde donde las lucecitas de los pequeños procesos no interrumpidos del pasado, aún con sabor a ilusiones, no pueden verse. Pero queda la música.

 

XXIV.

Te propongo una cosa: volvamos a vernos. Aquí o allí, en este tiempo o en el pasado. De este lado del sueño o del otro. Pongámonos un pasamontañas, vistámonos como espías de cine mudo. Avancemos sigilosos, agotemos las líneas del metro, crucemos los bulevares periféricos. Asaltemos la fábrica de caleidoscopios. Girémoslos interminablemente, busquemos la combinación aquella, propicia. Repartamos caleidoscopios por la ciudad, que nadie se quede sin figuras de colores. Y hagámonos los remolones cuando el despertador suene: ya hemos madrugado demasiado.

 

XXV.

Ventanas que dejamos abiertas por pura inadvertencia, luces que dejaste prendidas, paisajes a la espera, eclipses de luna, órbitas desperdiciadas, vértigos de las manecillas, cenizas que nos sobrevivieron, polvo enamorado, choques de trenes. Le destin insiste quelquefois. Y en su caída, la roca de Sísifo enciende, cada vez, una vela.

jueves, 29 de febrero de 2024

Treinta de febrero

 



No puede ser que nos separemos así, antes de habernos encontrado.

JULIO CORTÁZAR

-I.-

Madrid es una ciudad peculiar, en la que el Norte está al oeste. O al menos era así, no sé si la gente sigue llamando Norte al barrio que hay junto a la estación que ahora es de Príncipe Pío. Yo siempre lo llamé así, y tenía su sentido, porque entonces hablábamos de la Estación del Norte, que era donde en su día salían los trenes en dirección al norte de España, y que estuviera situada al Oeste, al final de la Cuesta de San Vicente —que en los años de mi infancia, a los que me estoy refiriendo, aún se llamaba paseo y tenía el nombre de un falangista—, no lejos de la Plaza de España —pero Madrid ha sido siempre excéntrica, también geográficamente— era un azar como otro cualquiera, pues lo suyo hubiera sido que fuera la Estación de Chamartín la del Norte, pero la Estación del Norte es muy anterior, y lo de que acabara siendo la de Príncipe Pío tuvo que ver con que, efectivamente, ya no era la del Norte, ni casi estación, y estaba situada en el llamado cerro del Príncipe Pío, lugar pródigo en fusilamientos goyescos y propiedad en su día de un príncipe de la casa de Saboya. Pío, claro.

 

-II.-

De todas las líneas de Metro de Madrid, que me fascinaba desde pequeño, sin duda mi favorita era una especie de excrecencia mínima que no tenía derecho ni al nombre de línea —otro tanto le pasaba al Suburbano, del que hablaré en un momento— y se denominaba ramal, el Ramal Ópera-Norte, que sólo tenía dos estaciones. A saber, Ópera y Norte, que estaba al oeste. Hoy ese ramal sigue estando operativo, pero, aunque ya se le llama línea, no tiene aún entidad suficiente como para darle un número, y, así, es la línea R. Así que yo, que siempre estuve obsesionado por mapas y por el mondrianesco —Cortázar dixit, o mejor diría, porque lo dijo del métro de París, y más sobre esto también en un momento— diagrama de sus trayectos, supe que Norte era Norte porque en ese norte descentrado desembocaba un ramal, que tenía el otro extremo en la plaza de Ópera, al lado de la plaza de... Ramales.

 


-III.-

Hablamos, pues, ya se ve, de marginalidades, y apéndices. Y únicamente haciendo un ejercicio que resultaba absurdo en aquellos años uno podía llegar a pisar la estación de Metro de Norte, porque uno no iba para nada a la estación del Norte y por ella sólo pasaba el ramal, así que aunque siempre supe de la existencia del ramal y siempre me fascinó —como me fascinan las líneas 7b y 3b de París y me empeñé en recorrerlas en uno de mis viajes—, lo cierto es que no lo usé hasta muchos, muchos años después. Mientras tanto, yo pasaba sin percibirlo por Norte cuando viajaba, mucho más a menudo —y, cuando ya hice el COU en la Gran Vía, o fui universitario en la Complutense, a diario— en el Suburbano, que aún no era tampoco la línea 10, que ahora se ha extendido tanto que apenas recuerda lo que entonces era, de nuevo, un añadido a la red de Metro, mucho más delgada y menos tupida, un ferrocarril incorporado de manera precaria y sin pedigrí a un mapa que apenas entonces empezaba a pintarse en colores. Sí, hablo del ferrocarril suburbano Plaza de España-Carabanchel, en cuyo recorrido se incluían las dos estaciones respecto de las cuales mi casa de la infancia y la adolescencia y la juventud era equidistante: Campamento, que deja bien a las claras el carácter militar de las edificaciones que nos circundaban y Empalme, que era una especie de estación sobrevenida y diminuta, que, contaban las crónicas, el promotor de las urbanizaciones que poblaron los descampados del barrio —con mi familia, llegamos en los primeros setenta, cuando todo se estaba construyendo— se empeñó en hacer y movió sus influencias para conseguirlo.

 


-IV.-

Para ir hacia la Plaza de España cogía el metro en Campamento, que ya no pertenece siquiera a la línea 10, pero que entonces era casi la estación central del Suburbano. Sólo había dos estaciones entre medias, Batán y El Lago —el lago al que se refería era, claro, el de la Casa de Campo— y luego había que salvar el desnivel hacia Plaza de España en un largo túnel —aunque el Suburbano iba muy por debajo de la línea 3 con la que se transbordaba allí, y también eran muy famosas las larguísimas escaleras mecánicas, que siempre estaban estropeadas— y a veces el tren se paraba en mitad del túnel, y no arrancaba, o le costaba arrancar, y a veces incluso se iba la luz, y allí, inquieta pero disciplinada, esperaba la multitud compacta, de una compacidad suficiente como para que yo soltara la carpeta que llevaba en mi mano a la Uni y no se cayera. No tenía espacio.

 

-V.-

Hablo de muchas horas de mi vida pasadas en el Suburbano. Luego, poco a poco, el Metro fue creciendo y redefiniendo su topología y su nomenclatura. La línea 6, la circular, se fue cerrando, con no poco esfuerzo, e incluyó una parada en la Ciudad Universitaria, que evitaba la caminata desde Moncloa o el uso de los no menos atestados buses 62 y 82. Y hubo un cruce de esa 6 con la 10, la heredera del Suburbano que tenía nuevas estaciones como Casa de Campo y que se desviaba justo ahí de Campamento —degradada a la línea 5—, para ir a perderse a territorios fuera del municipio de Madrid. Ese cruce se produjo justamente en Norte, pero para entonces se había abandonado definitivamente ese nombre y se había pasado a usar Príncipe Pío, convirtiéndose ese nudo en lo que en Madrid se llama intercambiador, un lugar de locura en el que confluyen innumerables líneas de autobuses urbanos e interurbanos, varias líneas del metro, algunas de Cercanías y donde acabó construyéndose un centro comercial. Modesta, vetusta, la línea R sobrevivió, pero muy disminuida respecto a la especie de metrópolis del transporte en que se había convertido la flamante Príncipe Pío, donde se alineaban hasta cuatro vías —dos de la 10 y dos de la 6— en un espacio diáfano por el que cada día cientos de miles de pisadas golpeaban un suelo apenas subterráneo. Nadie, nunca más, volvió a hablar de Norte. Yo terminé la Universidad, me compré un coche, acabé cambiando de casa. La geografía es algo que depende del tiempo.

 

-VI.-

No obstante, por atavismo, por pereza, porque al final hay vínculos que no se rompen, seguí yendo al barrio muchas veces. El médico, el dentista, el mecánico, el fisio, el peluquero, algunos amigos, todo seguía, sigue allí. A veces voy en coche. A veces voy en metro, cada vez me cuesta más conducir en la locura de Madrid. El otro día, el martes 27, cogí la línea 10. Venía de San Blas, donde está mi facultad, en la otra punta de la ciudad. Línea 7 hasta Gregorio Marañón y entonces la 10 hasta Batán, donde tengo el fisio. No es lo habitual, y es importante que se recuerde para calibrar bien el azar que gobierna esta historia. Como todas, claro. El metro de Madrid no es el de París, pero es lo suficientemente frondoso como para que en él pasen cosas cada día. Lo que pasó el martes justo a la hora en que yo viajaba en la 10, que ya no es, ya no puede ser más —ay— el Suburbano, fue que el servicio en la 6 entre las estaciones de Moncloa y Alto de Extremadura —así repetía la megafonía— estaba suspendido por atención sanitaria por un tiempo estimado superior a dos horas, y los trenes de la 10 —aunque luego sí, al menos el mío— no realizaban parada en la estación de Príncipe Pío, que está justo en el medio del tramo de la 6 entre Moncloa y Alto de Extremadura. Entonces, cuando lo oí, yo, todos nosotros, lo supimos, supimos lo que había pasado en Príncipe Pío esa tarde del 27 de febrero, algunos minutos antes de las cuatro. Lo supimos, pero nadie nos lo dijo, porque esas cosas no se dicen, salvo que una asistencia sanitaria que dura más de dos horas y que obliga a cortar la circular, a romper el círculo, sólo puede ser una cosa. Sí, claro. Un suicidio.


-VII.-

Hablando de esto, alguien el otro día me dijo que en el Metro de Madrid hay doscientos suicidios al año. No sé si la cifra es correcta, pero desde luego el número es alto. No era mi primera asistencia sanitaria, pero por algún motivo ésta fue la más impactante. Porque, finalmente, y contraviniendo lo que la propia conductora nos había dicho a la altura de Plaza de España, mi tren, el de la 10 sí efectuó parada en Príncipe Pío, y es, como digo, una estación diáfana, con las vías una al lado de la otra, y desde mi vagón sí se podía ver el tren de la 6 parado en mitad de la estación y todo un contingente de chalecos fluorescentes —policía, sanitarios, empleados del Metro, bomberos— que rodeaban un punto ciego en el que debía de haber —cómo no iba a haberlo, qué sentido tendría todo esto si no lo hubiera— un cuerpo, a la espera probablemete de que el juez decretara el levantamiento del cadáver. La pulsión escópica fue, así, satisfecha a medias, para frustración, por ejemplo, de un compañero de vagón que sin mayor apuro se situó junto a mí —yo estaba pegado a la puerta— y empuñó su móvil con la cámara encendida para filmar un muerto. No pudo ser, las columnas se interpusieron cuando finalmente nos paramos. Entonces, realmente entonces, mirando la pantalla de ese móvil con el punto rojo del REC fue cuando sentí un escalofrío, cuando supe que tendría que escribir esta entrada.

 


-VIII.-

Hace un par de años, en uno de mis viajes a Lausanne, cuando me disponía a coger el tren para hacer un renovado periplo rilkiano que me conduciría a sus santos lugares, como Muzot o Raron, donde está enterrado, me encontré un aviso —que también se repetía por la megafonía— de que la línea que iba en dirección a Ginebra —yo iba en el otro sentido— se encontraba suspendida por un tiempo indefinido por accident de personne. Es el eufemismo que corresponde allí a la asistencia sanitaria —luego en los avisos del Metro se pasó a decir simplemente por causas ajenas a Metro: cuando pasé de vuelta por Príncipe Pío a la incidencia se le daba un tiempo de resolución de media hora, pero todo seguía más o menos igual en ese punto ciego que pude observar mucho mejor desde el otro lado— y yo no podía dejar de pensar que, al cabo, personne es también nadie, y que a ese vacío escópico, ese anonimato, esa ocultación mediante denominaciones neutras le cuadraba tan bien la idea de que el tren no podría trasladar a la cantidad ingente de personas que se mueven de Lausanne a Ginebra cada día a causa de un accidente de nadie, un suceso, al parecer, extremadamente común en la opulenta Suiza.

 


-IX.-

Llevo toda mi vida soñando con el Metro, llevo toda mi vida inventándome líneas nuevas en mis sueños, perdiéndome, encontrándome, ensayando nuevos transbordos. Me fascinan los metros, siempre que voy a una ciudad procuro recorrerlos, guardo sus mapas. El de París, por supuesto, es mi favorito, y los cuentos de Cortázar que se desarrollan en él siempre me resultaron inagotablemente sugerentes. De entre ellos, probablemente mi preferido era —seguramente lo sigue siendo, aunque está, claro, también Texto en una libreta, de algún modo su mellizo, y qué decir de El perseguidor, esa obra maestra— es Manuscrito hallado en un bolsillo. La primera vez que lo leí, me parece, aún no había estado en París, no había viajado aún en el Métro. Me marcó profundamente, porque hablaba de planos, de bifurcaciones, itinerarios, reglas del juego. Me marcó porque hablaba —ay, yo era entonces así— de la búsqueda de un amor legendario e imposible, de un destino que sería por una vez propicio, de un catorce que resonaría en el casino al pararse la ruleta. Lo leí muchas veces entonces, lo leyó ese adolescente. Lo consideré —ingenuo— como un cuento optimista, como un cuento en el que el final feliz no estaba descartado, puesto que el dios del Metro, que es un conductor ciego y certero, se las ingeniaría para barajar las cartas de manera adecuada, para que el solitario saliera. Y por eso me repetí luego tantas veces entonces había juego. Y lo hubo, pero no era el juego que yo pensaba. O sí, pero de igual modo el resultado siguió siendo el mismo.

 


-IX.-

Fue sólo después cuando me di cuenta de que el destino del protagonista, más allá de toda pretensión demiúrgica, más allá de todo gesto orgulloso de tahúr, estaba prefijado desde el mero título. El manuscrito es hallado. Es encontrado en un bolsillo. No es una libreta que alguien ha dejado caer, como al acaso, en una papelera. O que se ha deslizado sin querer y acaba en un pasillo para que el servicio de limpieza la conduzca a ese misterioso lugar de los objetos perdidos. No: es encontrado en un bolsillo. ¿El bolsillo de una chaqueta, o, por mejor decir, ya que por ahora somos argentinos, aunque estemos en París, de un saco que quizás se ha quedado en el respaldo de una silla en la terraza de un café en una de esas cálidas tardes parisinas que hemos tenido oportunidad de vivir? No, el bolsillo que es registrado por los sanitarios, el bolsillo del que salen las pertenencias que se introducen en una bolsa de plástico —los efectos personales— para que los recojan los familiares, o quien sea que reclame el cuerpo, el bolsillo en el que se esconden estas hojas de papel, que nuestro narrador ha rellenado, ya presa definitivamente del desaliento, al término del plazo impuesto para la nueva tirada de dados, en Chemin Vert, ese camino verde de la canción que cantaba mi madre cuando yo era pequeño y que acababa en la ermita, aunque también era, claro, cómo podría ser de otro modo, el caminito que el tiempo ha borrado desde hace tanto ya.

 


-X.-

Es obvio que el título del relato de Cortázar resuena con el de la narración de Poe que tan certeramente tradujo el argentino en su día, junto con el resto de los cuentos del americano: MS found in a bottle, el manuscrito encontrado en la botella arrojado al rugiente océano por el extraño pasajero de un barco fantasma en seguro rumbo de derrota al polo magnético y al abismo que en él se abre. Pienso entonces que alguien trasladaría el cuerpo desde Chemin Vert, o desde Daumesnil, o desde Príncipe Pío, una vez cumplidos los trámites judiciales, una vez verificado y certificado el óbito, que alguien desvestiría el cuerpo y lo prepararía para las honras fúnebres, aunque ninguno de esos actos pueden ser registrados ya en el manuscrito hallado en el bolsillo. Ahí, en esa morgue —y vuelve a guiñarnos el ojo el amigo Edgar Allan— alguien leyó esas líneas garabateadas con su extraña profusión de estaciones de metro y con nombres dobles, desdoblados —Paula, Ofelia, Ana, Margrit— y con un nombre final, único, impar, el de la muerte, que en ese cuento se llama, así son las cosas, Marie-Claude.

 


-XI.-

En uno de mis viajes a París, hace ya unos años, decidí explorar concienzudamente el Métro. Decidí viajar por todas sus líneas, incluyendo esas curiosidades que acaban en b a las que antes me refería. Y un día, en el hotel —lo recuerdo muy bien— pensé en ejecutar los trayectos del Manuscrito hallado en un bolsillo. No tenía el relato a mano, pero lo encontré fácilmente en la Red. Anoté todas las estaciones, supe que tendría que hacer mi propio trayecto para unirlas a todas, violando inevitablemente el orden del cuento, y me lancé a recorrer las vísceras parisinas, armado de un billete que me permitía salir y entrar cuando quisiera y de una máquina de fotos que iba registrando los letreros que identificaban las estaciones, tanto en el andén como en la boca de metro. El azar —el destino— quiso que empezase justamente por el final, por Daumesnil, y terminase por la primera del cuento, por la que marca el principio del juego, o al menos de esa bolita en esa ruleta, que en el fondo es rusa: Étienne Marcel. No me faltó ninguna, empleé así un día de mis vacaciones, en el subsuelo, subiendo apenas a hacer la foto de la marquesina, bajando otra vez, intentando optimizar transbordos, conociendo diferentes tipos de vagones, azulejos de pasillos, gentes infinitamente variadas. Pocas veces he tenido un día tan feliz como ése. Se lo digo para que vean a qué tipo de individuo se enfrentan.

 


-XII.-

El métro no deja de crecer. Cada vez que vuelvo a París hay novedades. Me gusta esa idea de un organismo vivo, incesantemente bullente. Una vez descubrí que mi plano de otros viajes se había quedado obsoleto porque una línea entera había sido construida y no aparecía en él. La línea 14 —¡catorce! —, con modernos trenes sin maquinista, que usé sin demora, para seguir marcando muescas en mi revólver de flâneur subterráneo. En la línea 14 —luego también las pusieron en la 1, creo que ahora hay en algunas líneas más, lo comprobaré en unos días, cuando vuelva a París a renovar mi semana de Morel— hay mamparas anti-suicidio. Entre el andén y la vía hay una barrera de metacrilato, ese modesto abismo ha sido vallado para evitar los saltos. Cuando el tren llega, sus puertas se alinean con las puertas de la barrera y se abren simultáneamente. No hay modo ya de irrumpir en el trayecto de la bestia estruendosa que aparece surgiendo desde la obscuridad. Lo agradecerán, sin duda, los conductores. Los exploradores que guardan hojas manuscritas en sus bolsillos tendrán que irse alejando del centro, a líneas marginales, donde todavía no hay mamparas. Acaso la 3b. O los trenes de cercanías, como ese tren hambriento que mordió a PeCasCor en Aravaca.

 


-XIII.-

El juego tiene sus reglas, y la violación de esas reglas conduce a la maldición y a la imposibilidad del amor. Ay, cuánto sabemos eso. Marie-Claude tiene que aceptarlo, y se lanza con nuestro narrador a navegar por el métro en busca de un encuentro que ya no sería tan fortuito. Yo no buscaba a nadie, no busco a nadie en el métro de París cuando lo recorro. Pero no puedo engañarme, también he jugado juegos privados, también he compuesto laberínticas reglas que no he osado violar, también me he dejado llevar por el optimismo taciturno del ludópata. Y he perdido, claro. No siempre, es cierto, una vez, en efecto, la ruleta se paró en el 14, pero, al cabo, de eso hace demasiado tiempo. Cada vez sueño menos con el Metro, en el Metro de mis sueños ya no se abren líneas nuevas. El tiempo me desgasta, incesante.

 


-XIV.-

En el dos mil catorce —el catorce de este párrafo, el catorce de siempre— se celebró el centenario de Cortázar. En mi Facultad, dentro de una iniciativa muy interesante, que como todas las iniciativas interesantes murió en seguida por falta de oxígeno, y que se llamaba Semana Complutense de las Letras, organicé con una compañera una serie de actividades de homenaje. Entre ellas, una proyección de la alucinante película argentina Moebius, sin duda la mejor de las que he visto con temática relacionada con el Metro. Con escaso éxito, he de decir, porque eso de la extensión cultural es algo que no se practica mucho —ay, siempre ay— por estos pagos. Reunimos la localización de esas actividades en un mapa del Metro para cronopios, en el que no faltaba, por supuesto, una línea R. La estación central se llamaba Rayuela y estaba situada en una enorme rayuela que colocamos en el centro del hall de la Facultad. Desde ella, la línea 3 llevaba a Margrit. Allí habíamos colocado una pequeña instalación: dos sillas enfrentadas con un espejo al lado. Si uno mira al reflejo del otro y el otro mira al reflejo de uno, entonces había juego. Nunca olvido mirar en ningún espejo, por si Margrit sigue aún ahí dentro, esperando.

 


-XV.-

Dentro del espejo, en el espacio Margrit, las cosas ocurren al revés, y yo soy zurdo. El conductor del tren tiene un espejo al que mira antes de cerrar las puertas. Cuando era pequeño e iba en el metro de la mano de mi madre tenía siempre mucho cuidado en no introducir el pie entre coche y andén. Ahora, cada día, cuando espero, me sitúo lo más alejado posible de la vía, con la espalda contra la pared cubierta de anuncios publicitarios. No sea que.

 

-XVI.-

Hay una persona en Madrid que salió de su casa el 27 de febrero y se metió en el Metro. No sabemos si ya lo sabía por entonces, o si fue algo que sobrevino. No sabemos si llevaba un manuscrito en su bolsillo, si buscaba a una imposible Marie-Claire. No sabemos su nombre ni su aspecto. Ni siquiera sabemos su sexo. De esas cosas no se habla, y seguramente es mejor así. Es una persona, una personne, nadie. Nadie del que hubiéramos sabido cosa alguna si no hubiéramos ido en el tren de la línea 10 que pasaba por Príncipe Pío. Hoy es 29 de febrero. No hay muchos 29 de febrero que me queden ya por vivir, hay la cuarta parte de los 17 de abril o los 23 de octubre que me quedan. Me importa ser consciente de ello, me importa conmemorar la fecha, por eso quería hacer hoy la entrada, para que en el blog ponga que se hizo el 29 de febrero de 2024, en mi sexagésimo año, en mi decimoquinto 29 de febrero. Nuestra persona no quiso, o no pudo esperar. Es importante que hoy, en este día anómalo dediquemos unos segundos a su memoria imposible, a su conmemoración anónima.

 


-XVII.-

Por los años en que Norte era Norte y estaba al oeste, cuando yo tenía trece o catorce, el panorama musical en España era, digamos, limitado. Había, eso sí, mucha presencia en las radios o en la televisión —en singular— de algunos cantantes de música ligera —ése era el nombre con el que se les identificaba, y parece una broma— que no eran, en absoluto, desdeñables: baste con citar el nombre del gran Camilo Sesto. Por aquellos años yo me compraba singles cuando podía, y empecé a grabar de la radio las canciones en cassettes. Me gustaban mucho Cecilia, Mari Trini, Nino Bravo. Me gustaba mucho Pablo Abraira. A mi amiga Elena, que ya no está, también le gustaba mucho Pablo Abraira, y nos lo decíamos en serio, cuando ya parecía que aquello no podía serlo. Ahora tenderemos a minusvalorar ese tiempo, pero esos cantantes forman parte de mi educación sentimental, como los italianos —Sandro Giacobbe, Umberto Tozzi, Gianni Bella...— y recuerdo cómo machaqué el disco de Abraira. El título del disco —del lp— era 30 de febrero y correspondía al título de una canción, definitivamente truculenta, sobre el suicidio. 30 de febrero me parece un eufemismo correcto. Lo prefiero al accidente de nadie.

 

-XVIII.-

Cuando he escrito al comienzo de este texto en el Word, como título, 30 de febrero, el programa ha sugerido 30 de febrero de 2024, reconociendo el formato de fecha, pero sin ponerse a plantearse sobre si la fecha es posible o no, dándole así carta de naturaleza, admitiendo la posibilidad —quién podría descartarla— de que este febrero bisiesto sí contenga un día 30, que estará positivamente ya en el espacio Margrit de las cosas otras. Nuestro inconnu de Príncipe Pío habita ya en ese 30, saltó a él no ya desde un andén, sino desde un 27 de febrero, a las cuatro menos algo de la tarde. Es un salto enorme. Hay mucha gente que lo da cada día, en cada metro del mundo. Hay mucha gente que muere a contramano, interrumpiendo el tráfico, como en la Construcción de Chico Buarque. Caminante, tú que has sido compañero de vagón de él, compañero de andén, de escaleras mecánicas averiadas, de vestíbulos, de bocas de metro, que has mirado al mismo tiempo que él el plano del metro, que le has visto apoyado en la puerta, cogido de la barra, sentado, cediendo el asiento, apiñado en la multitud, soltando acaso su carpeta que no podrá llegar al suelo, tú, que has recorrido el mondrianesco árbol del metro de Madrid, de Barcelona, de París, de Londres, de Berlín, tú, caminante, detente un momento y piensa en él, plongeur, pájaro de vuelo infinitamente breve, noticia de sucesos, personne, nadie, alguien, persona, y reza, si aún te quedan dioses, una plegaria por su alma.


domingo, 8 de octubre de 2023

Un pequeño vacío en la pared

 


Araño en la pared con una uña,

la cal va cayendo

como si fuese un pedazo

de la tortuga celeste

JOSÉ LEZAMA LIMA, El pabellón del vacío

Debemos al malogrado escritor Víctor Lázaro la primera descripción detallada de los tokonoma del Metro. Si bien no es concebible que haya sido él el primero en reparar en ellos, lo cierto es que se obsesionó de tal modo con esos misteriosos elementos que es gracias a su investigación sistemática como hoy podemos tener una idea algo más aproximada de lo que son (lo que fueron) y lo que representan.

El trabajo de Víctor sobre los tokonoma se recoge, sobre todo, en su último relato, Lázaro, prófugo, texto póstumo y presumiblemente inconcluso y, como prácticamente toda su obra, inédito, incluido ahora en la recopilación de su narrativa La rebelión del taxidermista (Ediciones Complutense, 2017) que ha realizado su principal estudiosa, la hispanista Angela G. Whitehead. Los materiales que se encontraron en el archivo de Lázaro tras su muerte fueron tan abundantes y tan heterogéneos que Whitehead se conformó, en primera instancia, con realizar una selección de las piezas más elaboradas o más próximas a la completitud (algo que siempre es difícil de precisar en Lázaro). Otras muchas piezas y notas esperan, presumiblemente, para ser incorporadas a nuevos tomos de sus aún quiméricas Obras completas. Whitehead trabaja en la actualidad en La inquietud del inquilino, que estaría compuesto por sus trabajos ensayísticos. Algunos privilegiados, gracias a la amistad que nos une con Angela hemos podido acceder a algunas páginas inéditas, que arrojan luz, si es que esa terminología es aplicable aquí, sobre la cuestión de los tokonoma. Angela y yo nos conocimos en un curso en Barcelona, y entablamos desde el primer momento un intercambio muy fructífero. Yo, aunque muy vagamente, había conocido a Víctor en los años 2006-07 y había compartido con él algunas inquietudes literarias.

En lo que parece ser un diario de los comienzos del milenio, Lázaro anota que su primer conocimiento de la voz tokonoma se debe a la lectura del poema El pabellón del vacío, de José Lezama Lima. Este poema es el último del libro póstumo Fragmentos a su imán, publicado en 1977 (Lezama había muerto el 9 de agosto de 1976). Me recuerdo buscando ese libro por las librerías de Madrid por el 1978 o el 1979 (yo tenía catorce años) acompañado de mi padre.


El pabellón del vacío está fechado 1º abril y 1976 [sic] y es, por tanto, uno de los últimos que escribió Lezama. Por mi parte, yo conocía ese poema desde bastante más atrás, y en mi caso también supe a partir de él lo que era un tokonoma. No recuerdo, no obstante, en las breves conversaciones que Lázaro y yo mantuvimos, en alguno de aquellos bares, a los que nos había llevado quizás Laia, nuestra amiga común, que se mencionara ni el término japonés ni tampoco al excelso escritor cubano. Por entonces, ciertamente, Lázaro ya estaba inmerso en sus investigaciones, pero no parece que estuviera dispuesto a compartirlas conmigo, y tal vez tampoco con Laia, si bien las menciones de ésta a Víctor siempre tendían a ser oblicuas. 

Hace mucho que no me he vuelto a encontrar con Laia, si descuento aquella vez en que nos topamos en Madrid inesperadamente (como no podía ser de otra manera, en una librería, en el viejo edificio de La Central de Callao). Mencionamos el suceso de Lázaro de pasada, lamentamos el olvido de su obra (aún Angela no había aparecido en escena, al menos para mí) y nos despedimos sin mayores remordimientos. Se me ocurre que es posible que Laia vaya a leer esto ahora, y es algo en lo que no había pensado. Seguramente ella lo recuerda de otro modo, seguramente ella quiera, y deba, contradecirme.

Las anotaciones inéditas de Lázaro en sus “diarios” (por inadecuado que sea tal nombre) sobre los tokonoma tienden a ser muy breves y bastante crípticas, al menos antes de la redacción de Lázaro, prófugo, que tiene lugar bastantes años después. Es posible que desarrollara un código ad hoc que conferiría sentido a lo que en una primera lectura parece un galimatías: tk l9 10e apenas luz - marchito, o, inesp tk l5 cul-de-sac 1ªbif abd, o, en un viaje a París, anterior al último, un registro algo más diáfano: l10 Mé junto al bucle: nítido - los graffiti lo respetan.

Hay que ir a los borradores de Lázaro, prófugo, que son abundantes y muy trabajados (sin duda Víctor sabía de la inminencia de la consumación) y de los que la versión editada por Whitehead deja fuera una buena parte (a la espera, según sus palabras, de una edición crítica de la obra completa, que aún se vislumbra lejana) para encontrar lo más parecido a una descripción sistemática, si bien no cabe olvidar que el relato se presenta como una obra de ficción en la que la trama arranca con un sudoroso fugitivo deslizándose en un asiento de un vagón de Metro, entre dos personas anormalmente obesas, agotado por un deambular constante, y empieza a dormir y a soñar con metros que se congregan siguiendo la gran rosa de las vías en la Plaza Metafísica, mientras los niños se acercan a ellos y los acarician como a mascotas, pues eso son los trenes, alegres bestezuelas que abren y cierran las puertas como por juego, hasta que se hace de noche en el sueño y Lázaro abre los ojos cuando el personal de limpieza le sacude por los hombros y le dice que ha de abandonar el coche, ya que ha llegado a la estación término de la línea. Es caminando, aterido de frío, por un barrio desierto, desconocido para él, en los confines de la ciudad, como Lázaro empieza a recapitular sus aventuras en la cacería de tokonoma y de ese modo sabemos hasta qué punto había llegado también el propio autor, que aparece en cierto modo también en el relato, representado como Viktor, un bibliotecario al que Lázaro conoce en uno de sus trayectos, y que dispone ya de un grueso cuaderno de observaciones que, tras no poca reticencia, decide compartir con Lázaro, un hombre, del que se dice que está cansado ya de resurrecciones.

Un tokonoma es un elemento de la decoración tradicional japonesa, que consiste esencialmente en un hueco, generado por la disposición de unas maderas y la creación de una pequeña tarima en una esquina del cuarto, y que se deja vacío excepto por la inclusión de una serie de objetos muy selectos, que pueden incluir un arreglo floral o ikebana, un panel con caligrafía o pintura o alguna estatuilla. La sutil y fatigosa etiqueta concerniente al tokonoma incluye la prohibición del acceso a ese espacio de algún modo sacralizado (excepto para su limpieza y cuidado, para lo que se requiere de un elaborado ritual) y la costumbre, o norma, de que el anfitrión haga gala de su humildad ante un visitante ilustre sentándose él de espaldas al tokonoma para no hacer ostentación de los ricos elementos allí congregados.

La observación de los tokonoma del Metro requiere, desde luego, de cierta pericia, y a simple vista es posible que pasen desapercibidos, incluso para los viajeros habituales de las líneas en las que se encuentran. Su número exacto siempre fue desconocido, si bien ha habido autores posteriores que se han afanado en la elaboración de catálogos que pretenden exhaustivos. No son, en todo caso, muy comunes, y tienden, por otra parte, a ser efímeros. Aparentemente su aparición no fue premeditada, o eso dice Lázaro que le dijo Viktor, según nos cuenta Víctor Lázaro: alguien (¿quién? ¿un empleado del Metro que recorría las vías cuando el servicio había concluido? ¿un viajero que contemplaba, hipnotizado por la negrura, la sucesión de los tubos de las conducciones que van de una estación a la siguiente?) concibió la posibilidad de un tokonoma en alguno de los rebajes de la pared, en alguno de los huecos que rompían la continuidad del muro, acaso con alguna finalidad de servicio que se nos escapa, acaso también por puro azar o por desidia. Ahí, en esas hornacinas, alguien (¿quién? ¿qué mano ruda o delicada? ¿en qué primavera subterránea?) colocó un día (¿era la línea 9?) un pequeño florerito de vidrio traslúcido, con un par de flores, acaso de papel. Algunos días después, un papel apareció pegado a la pared, junto a las flores. Era una cita del poema de Lezama: De pronto con la uña trazo un pequeño hueco en la mesa. Entonces, dice Lázaro, supimos (en ese plural indefinido con el que hilvana una narración que se quiere impersonal) que debíamos aprender a recordar con las uñas. Alguien añadió el tercer elemento: una piedra, o un vidrio, o un brillante, con la cabeza de un caballo en el fondo. El tokonoma parecía completo y, como una consecuencia ineludible, fue preciso encontrar otros huecos o vanos u hornacinas en los que depositar esos pequeños museos.


En ningún momento de la narración Víctor Lázaro se preocupa por las cuestiones que todo lector, maleducado en la tradición de los narradores omniscientes o de las cómodas tramas noir de los policiales, ansiaría ver dilucidadas: el quién, el cómo, el cuándo, sobre todo el porqué. Su recorrido es rápido, ejecutado con rotundos y escasos golpes de pincel (hay prisa). La observación de los tokonoma es necesariamente fugaz, a ritmo de tren que avanza, pero el adiestramiento, la costumbre, los fueron haciendo nítidos para Lázaro, quien nos cuenta cómo fueron apareciendo más y más hornacinas, decoradas pobre o ampulosamente, en todas las líneas, en todos los grandes ferrocarriles metropolitanos, cómo empezó entonces a hacerse más fácil el detectar los tokonoma, como si los autores se fueran haciendo más indiscretos o quisieran que su obra fuera conocida más allá del círculo de los iniciados. Quien más, quien menos, tuvo la tentación de ejecutar su propio tokonama, adentrándose apenas unos metros en el túnel, bajando por los tres, cuatro peldaños del final del andén cuando nadie miraba (pero las cámaras siempre miran), depositando burdos bibelots en cualquier recoveco. A nadie le engañaban esos intentos: antes bien, anunciaban ya una nueva etapa, la de la banalización de lo sagrado, la de la desaparición del misterio.

Lázaro confiesa, en el relato, que entre los adeptos cundió el desencanto. Viktor, de hecho, abandonó por completo las investigaciones, le legó su archivo a Lázaro, que en ese punto ya no sabía muy bien qué hacer con él. En los periódicos sensacionalistas empezaban a aparecer noticias, torpemente redactadas, sobre la cuestión. Se hicieron documentales especiales, cundieron los expertos, todo se confundió y se trivializó. Lázaro cuenta que vio a Viktor un día en televisión, en uno de esos programas de misterio, diciendo que los tokonoma nunca habían existido, que habían sido una invención de un lezamiano irredento (fueron sus palabras, y parecía referirse a sí mismo) que no soportaba la rutina diaria de escaleras, andenes, multitudes y estaciones que le llevaba de la nada de su vida a la ficción de su trabajo. Lázaro sintió, o eso nos dice Víctor Lázaro en su relato, pena, o alivio, por su amigo. Esa noche apagó la luz para dormir y soñó por primera vez con la Plaza Metafísica y sus grandes rebaños de trenes, y él era un niño que esperaba con su banderita la llegada de los vagones, que se anunciaba con ruidosa música de banda de pueblo. El reloj marcaba casi las tres. Despertó sonriendo: era la primera vez en muchos años que no se sentía agotado cuando se levantó de la cama.

Ahí termina el relato en la versión publicada preparada por Whitehead, que aduce que Víctor preparó una versión mecanografiada en limpio que hizo concluir por tres vistosos asteriscos. En el prólogo de La rebelión anota, no obstante, que hay entre los papeles de Lázaro en el ordenador que dejó encendido en su habitación de hotel el día de su muerte, un archivo llamado Profugo2 en el que se incluye lo que sería la segunda parte, o el colofón, de la historia, bajo el epígrafe: habría que elaborar más esto, pero no hay tiempo ya. Las líneas que siguen son confusas, hay evidentes fallos de continuidad (tokonoma se podría decir) en la narración, frecuentes contradicciones. Nos encontramos ante un borrador, nos dice Angela, y por lo tanto, publicarlo como coda de un relato suficientemente delimitado como es Lázaro, prófugo, sería de algún modo, desvirtuar éste.

Tras insistir mucho, conseguí que Angela me pasase una transcripción de ese texto, violando así el acuerdo que estableció con los sobrinos del autor, quienes le encomendaron la custodia de sus escritos. Es gracias a eso que yo puedo aquí, ignorando a mi vez toda elemental norma de discreción (pero qué importa ya, cuando ya no hay más tiempo), compartirlo con ustedes, aunque quién sabe qué recorrido tendrá a su vez este texto, este escrito, tal vez tan póstumo como los de Lázaro, tal vez tan inédito como los de él.

Tras aquel bello sueño, que se repitió muchas noches, Lázaro supo. Supo lo que faltaba. Cogió la carpeta con los mapas, revisó los itinerarios (hay innumerables dibujos y esquemas en las carpetas de Víctor, a veces con muchos colores, uno por cada línea, a veces con ineficaces y torpes representaciones de los contenidos de los tokonoma, en los que había empezado a aparecer como seña de identidad, la efigie de Lezama, frecuentemente en la forma de un sello de correos de Cuba que conmemoraba el aniversario de su natalicio), y empezó la búsqueda de la grieta. No explica en ningún momento Lázaro, ni lo explica Víctor Lázaro, cómo llegó a la conclusión de la existencia de la grieta, apenas incluye en uno de los borradores unos versos que dice haber escrito cuando era un adolescente y que empiezan Cristales de frío colgando de las uñas / cuando la luz se niega a venir, / cuando la noche permanece hasta la noche siguiente. Lo cierto es que la grieta se convirtió entonces en la meta de Lázaro, a la que se consagró completamente.

Lo que viene entonces es la sucesión de los intentos fallidos, que son muchos, hasta el último viaje a París. Allí, en el tokonoma entre Saint Michel y Odéon (línea 4, uno de los más conocidos, por el saxofón que alguien colocó junto al pequeño bouquet de flores), por fin la vio. Apenas una rendija, cuenta Lázaro, en la esquina superior, como si una puerta no estuviera bien cerrada, como si de algún modo la bisagra estuviera cediendo, una nada de resplandor, inapreciable para el ojo no entrenado, invitando a traspasar el umbral, a violar el tabú, a desbaratar el tokonoma, a evaporar al otro que sigue caminando. Lo que viene ahora, concluye entonces, es lo que cabía esperar desde el principio: la historia no podía acabar de otra manera.

Y ahí termina el archivo Profugo2. Quién sabe si Víctor hubiera tratado en un futuro ya inalcanzable (no hay tiempo) de escribir un Profugo3 en el que se adentrase en el detrás del tokonoma, accediera a ese resplador, a ese espacio de luz que acaso es una inacabable explanada de hormigón con una gran rosa de vías en el suelo, y una estatua yacente, a la sombra de la cual esperar la llegada de los trenes. Algo así parece sugerir una línea garabateada en la última libreta, la que encontraron en su bolsillo: había hallado el lugar sin nunca y ahora lo recorrería interminablemente. Es la penúltima línea. La última dice: María Zambrano escribió una carta a María Luisa Batista, la viuda de Lezama, el día 6 de agosto de 1978. En el encabezamiento dice: “Día de la Transfiguración”. Sigue una flecha y una palabra: Hiroshima.

Lo que sí puede saberse es el final de Lázaro, de Víctor Lázaro. La historia no podía acabar de otra manera. Cuentan que el comisario de policía, que al parecer era inusualmente obeso y sudaba copiosamente en el tunel escasamente ventilado dijo: a veces prefieren no saltar, prefieren que no haya tanta luz. Junto al tokonoma, que tapaba el comisario con su gran corpachón, el cuerpo tendido de Víctor trazaba una perpendicular imperfecta con la vía. El saxo permanecía callado.

En pocos días vuelvo a Barcelona. Coincidiré con Angela en un curso. Es posible que sea una buena oportunidad para contactar con Laia. Comparar notas. Parece que los tokonoma han ido desapareciendo. Ya sólo hay informes de avistamientos en algunos metros remotos de ciudades chinas superpobladas. Ha empezado un comercio semiclandestino de estatuillas y paneles de temblorosa caligrafía. La rebelión del taxidermista no se ha vendido apenas. Angela se quejó desde siempre del desinterés de la editorial, está pensando en enviar La inquietud del inquilino a otra, pero no está segura de que los atrabiliarios escritos de Víctor sobre laberintos, gnosticismo y cometas tengan mucha mejor salida. Parece que la época de los descubrimientos ha pasado, y nos adentramos en ese territorio ambiguo de la memoria, que linda con el olvido. Lázaro ha muerto una vez más. Ahora le tocará resucitar de nuevo, lo cual, inevitablemente, acrecentará su agotamiento.