J’ai
adoré un visage de terre cuite que la mort a brisé.
CHRISTIAN
BOBIN, La nuit du cœur
1.
Como es bien sabido,
los místicos tienden a fechar con prolija precisión sus experiencias cuando se
disponen a relatarlas, desde la incapacidad del lenguaje para dar cuenta de ellas.
Famosamente, el gran Blaise Pascal compuso un breve texto que se ha dado en
llamar el Memorial, que siempre mantuvo en secreto y que no se descubrió
hasta su muerte, cuando se advirtió que, cosidos en el forro de su gabán, había
dos papeles, uno de ellos con la anotación original y otro con la copia en limpio
de ese mismo texto. Pascal había ido trasladando de una prenda de vestir a otra
a lo largo de su vida ese testimonio de su nuit du feu. Las primeras palabras
del documento se dedican a identificar la fecha, la hora y hasta los santos del
santoral del día en que tuvo lugar esa visión inolvidable. La siguiente línea, destinada
a describir lo vivido, se resuelve en una sola palabra: feu, fuego.
2.
Nada más sabe o
puede o quiere o elige decir Pascal. Lo que sigue entonces son comentarios, más
o menos deslavazados. El Memorial es una obra maestra de ese extraño
género literario que constituyen los escritos de frontera, emplazados en el filo
de las posibilidades del idioma, y hasta del pensamiento, en ese lugar sin
topónimos del borde del espacio cubierto por las palabras, en ese territorio
sin cartografiar del non plus ultra del big bang verbal. Ante esa
glosolalia de los dislates a la que recurren los exploradores del abismo de lo
no-decible, ante esa amenaza/promesa de un silencio de otra calidad al
humanamente accesible, se diría que el escrúpulo de exactitud del fechado, esa
especie de estructura de instancia administrativa, se querrían asideros no del
todo capaces de ampararnos en nuestra deriva hacia el envés de la enunciación.
3.
Fiel a esa tradición,
o acaso inconscientemente tributario de la misma, el grandísimo escritor francés Christian Bobin comienza
estableciendo en la primera línea de La nuit du cœur las coordenadas
espaciotemporales de la revelación, las componentes de ese cuadrivector que nos
permitirán recuperar, a redrotiempo, la circunstancia irrepetible de la
magia sobrevenida. Y lo hace con la engañosa simplicidad con que lo hace todo Bobin, ese artífice rarísimo:
La
chambre numéro 14 de l’hôtel Sainte-Foy à Conques est percée de deux fenêtres
dont l’une donne sur un flanc de l’abbatiale. C’est dans cette chambre, se
glissant par la fenêtre la plus proche du grand lit, que dans la nuit du
mercredi 26 juillet 2017 un ange est venu me fermer les yeux pour me donner à
voir.
Datos a entregar, pues, al
personal de aduanas del Más Allá. ¿Lugar? Conques. ¿Día? 26 de julio de 2017,
un miércoles. ¿Emplazamiento exacto? Hotel Sainte-Foy, concretamente la
habitación catorce. ¿Descripción del suceso? Aparición de un ángel a través de
la ventana que da a la Abadía del mismo nombre. ¿Consecuencias de lo ocurrido? El
acceso a lo invisible.
4.
Así, tan pulcramente, con esa
discreción como al desgaire propia de la casa, somos introducidos in medias
res al prodigio. Así fui introducido yo, uno de los tantos miles de
lectores de Bobin, rendido a su ternura y a su destreza milagrosa con las metáforas.
Yo también puedo aportar información de primera mano sobre ese encuentro, no
menos reseñable para mí. Ha quedado registrado en uno de mis cuadernos. ¿Día? 26 de
diciembre de 2022, por la noche. ¿Lugar? Hotel Observatoire-Luxembourg, París. ¿Otros
datos circunstanciales? El ejemplar de La nuit du cœur fue adquirido en
la librería parisina Compagnie, en la rue des Écoles, al final de esa tarde. Muy
poco antes había comprado otro libro del propio Bobin, Las ruines du ciel,
en Tschann, en el Boulevard Montparnasse. Esas dos librerías son paradas
habituales en mis travesías por la cité-lumière. Pero eso ya lo saben
ustedes.
5.
¿Alguna otra cosa que se desee
hacer constar? En esas Navidades de 2022 retorno a París después de más de
cinco años de ausencia. En esos cinco años han pasado muchas cosas. Lo más
relevante, sin duda, la muerte de mis padres. El padre de Bobin padeció la
enfermedad de Alzheimer, como mi madre. En sus libros se narra ese doloroso
proceso. En Ressusciter, que ya había leído antes del viaje de 2022, me
encuentro con las sensaciones que yo mismo había tenido, en una extraña
amalgama, pues es el padre el que muere de la muerte de mi madre. Claro que
cuando leí Ressusciter mi madre no había muerto todavía…
6.
Más cosas pasaron en ese lustro,
como a nadie se le escapa. El confinamiento de 2020, que me impidió abandonar, primero,
mi casa, luego, mi ciudad, también mi país, durante muchos meses. En 2018, como
ya he contado por aquí, estuve en Suiza. Compré algunos libros en Lausanne,
como Baltiques, que reúne las obras completas del poeta sueco Tomas
Tranströmer, la tarde de un día cuya noche fue decisiva para mí, y del que podría
ofrecer información tan precisa como si entonces hubiera tenido lugar una
experiencia mística, cosa que, de algún modo, sucedió. Desde entonces y hasta
mi retorno a París de 2022 no había vuelto a ninguna librería francófona. Bobin, y
otros más, marcan ese retorno. Desde ese año no ha habido ninguno que dejara de
volver a París y sus librerías. Volveré a hacerlo dentro de un mes.
7.
El 26 de diciembre de 2022 no sé
aún absolutamente nada de la Abadía de Conques. Lo que voy sabiendo de ella lo
voy aprendiendo en el recuento de Bobin, una extraña guía de viaje escrita
desde su refugio secular junto a su lugar de nacimiento, Le Creusot, a mano,
sobre su sencilla mesa de madera, frente a su ventana. Lo voy aprendiendo a
ritmo de visitas, que es el término con que Bobin se refiere a esos
breves, cotidianos, raptos que se suceden en los meses posteriores al
retorno de su viaje de una noche a Conques, donde fue a ver las vidrieras con
las que el pintor Pierre Soulages cubrió los 104 huecos de las ventanas
del viejo templo del siglo XI. Bobin ha sido siempre reacio a alejarse de sus coordenadas,
ha practicado casi una agorafobia para la que un día en París suponía una
inmersión en el desasosiego. Día a día, en su casa de las afueras de Le
Creusot, visita a visita, Bobin llenó 104 huecos de esas paredes encaladas que
son los folios vacíos. Al hacerlo, nos legó la crónica de un vuelo interior de
inusitada altura, es decir, profundidad.
8.
Cuando estoy en París mi
condición de adicto a los libros alcanza su máximo nivel de excelencia. Y así
fue en ese diciembre de 2022, más aún si cabe, porque llevaba mucho tiempo sin
poder perderme por las decenas de librerías que la ciudad me ofrece cuando voy.
En mi cuaderno de entonces anoté que mi visita final de ese día a Compagnie,
que toma, acaso, su nombre del breve escrito de Samuel Beckett, fue producto de
un cop de cœur, que es otro nombre para el arrebato. Ya había
estado en Compagnie, ya había comprado libros allí un par de días antes. Ya había
estado en Tschann esa tarde. Fui a Compagnie en busca de otro libro. La nuit
du cœur simplemente se me ofreció en una de las mesas. Al abrirlo, aparecí
en la vidriera 46, y allí se me habló de la habitación 14 y de un juego de
cartas en el que nos jugábamos la vida en un casino vacío. Suficiente para
entender que acababa de ocurrir algo decisivo.
9.
En Morgana en Duino,
hasta cuatro veces a lo largo de los capítulos, nombre que bien puede
cuadrar a esa especie de poemas engarzados que constituye su narrativa sui generis,
como chapitres llama Bobin a las 104 cuentas del rosario de La noche
del corazón, hasta cuatro veces, digo, se repite un mismo gesto, como si
fuera un extraño ritual. O más que repetirse, se anhela, se recuerda, se
registra como parte de un sueño. Hay alguien que se acerca por detrás, alguien
que nos tapa los ojos y nos susurra catorce. Catorce es una
contraseña. En el propio texto de la novela se da la clave de lo que significa.
Significa: te tengo en las entrañas, esa frase que precede, en el último
de los sueños, a los besos que nos tapan la boca. Desconozco cuántas habitaciones
tiene el Hotel Sainte-Foy de Conques, apenas sé, lo sé desde el 26 de diciembre
de 2022, que una de las ventanas de la habitación 14 da a la Abadía que está al
lado, y que esa ventana es el lugar por donde penetra el ángel. Lo sé porque
Bobin lo supo, el 26 de julio de 2017, y me lo contó cuando abrí el librito en Compagnie
ese día de San Esteban, un mes y dos días después de su muerte.
10.
Catorce es el número del infinito,
algo que no desconocemos los lectores de La casa de Asterión. Más bizarramente,
es el primer número en orden alfabético en castellano, y lo es a pesar
de que los números son infinitos y parecería arriesgado decir que se puede colocar
uno antes que todos los otros posibles en primer lugar. Pero el modo en que
nombramos los números nos garantiza que eso es así. Cinco va después, y
después irán todos los que empiezan por cincuenta o cinco mil o cinco
millones, y no digamos los que empiezan por quinientos. Cada idioma
tiene su primer número. En inglés es eight, en francés es cent. Catorce
no es importante para mí por esa causa, eso lo supe después, quatorze no
está en ninguna posición privilegiada en esa extraña ordenación para el
hablante de francés que fue Bobin, el 14 para él se hizo especial porque fue a
Conques y se alojó allí, por ese seguro azar. A cada uno le sobreviene
su catorce, simplemente hay que estar preparado para reconocerlo.
11.
Mi catorce se apareció, de un
modo trivial, pero misterioso, casi escalofriante, hace muchos años, en un
casino. Solamente he ido dos noches en mi vida a un casino, solamente he
jugado dos veces en mi vida a la ruleta. La última fue la del catorce, y han
pasado no menos de tres décadas de ello. La presencia terrible de la ludopatía
en un miembro muy cercano y muy querido de mi familia hizo que me alejase hace
mucho de cualquier juego de azar. Pero existe una ambivalencia en ese gesto: es
preciso alejarse justamente de lo que produce una fascinación acaso peligrosa. No soy
ajeno a numerologías lúdicas o maniacas, soy un habitante habitual de aritméticas
y combinatorias, soy un hombre de números tanto o más que de letras. No soy
inmune a la simbología de una rueda que gira y de una bola que se posa en un
lugar que se convierte desde ese preciso instante en lo irreversible. Por eso
el catorce. Por eso la sabiduría paradójica de que no hay ningún sentido en el
Caos que habitamos y nos habita y de que, simultáneamente, hay un sentido en el
Cosmos que dolorosamente erigimos y que entonces, desde antes casi de sabernos,
nos acoge.
12.
El catorce, dice con absoluta calma el que
era yo hace tres décadas a un amigo con el que iba y el amigo coloca las
fichas, y, cuando la bola se posa en el catorce, hecho que en sí no tiene nada
de sorprendente, más allá de una probabilidad decididamente baja en la que se
basa la ganancia del Casino y la desgracia del adicto, mi sensación no es de euforia,
ni siquiera de sorpresa. Lo único que hay es la corroboración de una certeza,
de una certeza mágica que antecede a la jugada, pues ese catorce no era
ni el veintiséis ni el cuatro ni ninguno de los números que pudimos jugar esa
noche, ni siquiera el 18 que luego también acabó saliendo, pues esa noche
acerté dos plenos en apenas un rato de juego, cosa extremadamente improbable.
No: que iba a salir el catorce era algo quede algún modo estaba escrito y
se sabía de antemano, es decir, que yo lo sabía con la certidumbre absoluta de los sueños, pues la decisión de jugar al
catorce no había sido producto de una elección inmotivada, sino el gesto lógico
del que conoce algo, del que ha recibido, por quién sabe qué vías, que
bien pueden incluir la voz de un ángel, una información precisa de lo inevitable.
13.
Transmito apenas una sensación,
una sensación, por demás, incomunicable, como una experiencia mística. Es
posible que las experiencias místicas se conciban revestidas de otra parafernalia,
pero lo cierto es que esa noche del Casino yo supe que existía otro
relato subyacente al del vivir, que se podía saltar a otra pista del
acontecer, y que en esa línea paralela los sucesos podían contemplarse desde
otra vista de pájaro, al margen del devenir. Es decir, no supe ninguna
de esas cosas, ni ninguna de esas cosas fueron verdad, ya que lo ocurrió fue
únicamente una casualidad, y el hecho de que a mí me pareciera bien revestirlo
de todo ese ornato de transcendencia siempre fue un juego literario. Mi fe no
cubre área alguna, todos los encantamientos que puedo haber encontrado en mi
vida son, bien lo sé, ay, puramente endógenos, y exigen una continua suspensión
de incredulidad, que es la que me permite tejer modestos hechizos de los
que se alimenta mi literatura. Por eso el catorce es, a fin de cuentas,
y en términos prácticos, apenas una metáfora privilegiada, una mot-clé de
uso privado. Pero sale tanto por aquí, en tantos de mis escritos que en algún
momento debía darles a ustedes la posibilidad de conocer el truco, de saber
por qué el anhelo del narrador narrado de Morgana era sentir unas manos
en sus ojos, una boca junto a su oído, escuchar el catorce que hace que caiga
instantáneamente el castillo de naipes del Cosmos y se muestre en su gloriosa
desnudez la tersa Nada que nos constituye.
14.
Si uno sigue escribiendo, el
catorce acaba por aparecer. Aquí ha vuelto a ocurrir. ¿Qué contaremos en este
párrafo 14, en el chapitre 14, de esta entrada, tan arbitrariamente
numerada como todas las otras del blog? Acaso lo que correspondería
sería resumir, si la palabra no fuera tan ridículamente inadecuada, La
nuit du cœur, su vaivén, su eterno retorno a la noche de la revelación,
rememorada una y otra vez por el poeta revisitado. Hablar de sus
palabras, de sus visiones lentas, de los huecos de su interior de abadía
que se llenan de ecos y de reverberaciones del negro de Soulages, ese constructor
del apofático outre-noir en el que la obscuridad llega tan a su límite
que empieza misteriosamente a irradiar luz. Transcribir, acaso, alguna de las
decenas y decenas de líneas que he subrayado en mi ejemplar, releído una vez
más en los últimos días. Líneas como ésta, por ejemplo, encontradas al azar, al
azar del catorce: tu nous regardes te quitter. Cette vision est restée dans
mon rétroviseur comme une relique. Des années après, elle s’y trouve encore.
15.
Hubiera servido cualquier otra,
todas las líneas del libro de Bobin pueden pulsarse como las cuerdas de un arpa
para que produzcan armónicos inagotables. En esa, que la suerte nos ha
otorgado, se nos recuerda que vivir es seguir adelante, alejarse, que
las cosas inmóviles en el espacio y el tiempo, como la Abadía de Conques del
siglo once, nos acogen en el hueco de su vientre y somos nosotros los que
inevitablemente nos expulsamos de ese lugar nutricio, pues nuestra esencia es
la deriva. Apenas podemos contar con el hacia atrás, con esa visión
paradójica del espejo retrovisor que otros llaman memoria. Una noche tan
solo durmió Bobin en ese viaje de 2017 en el Hotel Sainte-Foy, una noche
contada en 104 capítulos en un libro que en el borrador iba a llamarse
justamente Une nuit à Conques. Ese recuento de ecos, esas ondas que
emanan de un centro ya inaccesible en su gélida geometría y recogemos apenas en
la borda de la barca en la que nos trasladamos a un nunca en el que no seremos
ya más que una nada que nada puede contener, esas imágenes que se quieren reanimar
con el boca a boca de la poesía, son todo lo que tenemos de ese deslizarse del
ángel de los segundos, que bien sabe de los claustros que no nos es dado
habitar, aunque es de noche.
16.
El 26 de julio de 2017, cuando
Bobin se las entendía con ese ángel en Conques, yo también estaba en
París. Esa mañana he regresado al Louvre. He anotado cosas sentado frente al
Escriba y su mirada omnividente. He vuelto entonces a mi centro, a mi Conques,
que es ese lugar casi secreto donde me espera la Europea. La he saludado: salut,
mon cœur, le he dicho muchas cosas, porque tenemos ya confianza. Cosas como
Fue locura intentar hacerte terrenal y atraerte, Europea. Estás tan en tu
lado, tan lejos de esta existencia tan precaria, como el Ángel de Rilke que,
por supuesto, también eres. Sí, hay un ángel que habita esa sala, como otro habita la chambre 14 del hotel de Conques. Hay ángeles por todas partes.
Un año casi exacto antes, en 2016, también en París, ya le había dicho a la
Europea Nunca podré olvidarte, como nunca olvido mi tristeza. Cuando le
di la espalda, acaso, ella se despegó de su madera, llegó a mi altura y me
susurró te tengo en las entrañas. No lo recuerdo bien, acaso fue en otra
ciudad, acaso fue en Lausanne.
17.
Une nuit à Conques fue la noche del corazón de Bobin.
El corazón, nos recuerda María Zambrano, tiene huecos, habitaciones abiertas.
La anatomía cardiaca incluye emplazamientos que se llaman atrios, como
en las catedrales. El espacio interior de las entrañas y el espacio exterior de
la visión se comunican por las vidrieras. En las de la Abbatiale de
Conques, Soulages, que murió a los 102 años un mes antes que Bobin, dos meses
antes de ese día de Navidad de 2022 en el que yo fui al cementerio de Montparnasse
recorriendo una misteriosa ciudad vacía habitada sólo por la niebla, recurrió a
las líneas, a las curvas, a los trazos. Esas vidrieras fueron inauguradas justamente otro 26 de julio, en 1994, el día siguiente a la festividad del Apostol: Conques está en el camino de Santiago. En una entrevista, Soulages, que había
nacido en la cercana Rodez, ese centro maldito de la geografía artaudiana, dijo
que Conques había sido el lugar de sus primeras grandes emociones artísticas,
que le había conmovido la música de esas proporciones, esa alianza singular de
fuerza y gracia.
18.
La fecha de la muerte de Christian
Bobin es el 24 de noviembre de 2022. La visión de Pascal tiene lugar el 23 de noviembre
de 1654, pero se extiende hasta el inicio del día siguiente, señalado en el
santoral como la festividad de San Crisógono Mártir. Bobin no puede sobrevivir
a esa nuit du feu. En 2019 le escribió una larga carta de poemas a su amigo
Soulages, que se publicó en un libro llamado “Pierre,”, así, con
esa coma inconclusa en el título. Ese libro tuvo su origen en otro breve viaje,
como el que emprendió a Conques un año antes. El viaje tuvo como destino Sète,
en la costa, y se inició la nochebuena de 2018 a las 19.15 h. en la estación TGV
de Le Creusot. Cuatro años después, en la nochebuena de 2022 yo estaba en
París, y aún no había leído La nuit du cœur y no sabía nada de Pierre
Soulages y sus negros. La bola aún no se había lanzado siquiera, la ruleta no
había empezado a girar. Cuando se posó dos días después en el catorce, nada pudo
ya ser desdicho.
19.
En francés, para decir que algo
se sabe de memoria, se dice par cœur, como en inglés se usa by heart.
En castellano, hablar de corazón, con el corazón, es ser sincero. En mis
notas del 24 de diciembre de 2018, el de la partida de Bobin hacia Sète, ésa
que se señala en el billete de tren incluido en Les différentes régions du
ciel y al que ya me referí aquí en otra entrada, hay una que dice: “Corazón”
es su nombre. No me lo desvela, me lo recuerda. Todo estaba ahí, ninguno
pusimos nada. El paisaje inalterable espera congelado en los sueños para
revelar sus álgebras. El 25 de mayo de 2025, en el Parador de Gredos, al
que me he llevado ese gozoso tomo recién comprado que recopila una veintena de títulos de
Bobin, apunto: El dios rapaz que se cierne y nuestros dedos incapaces de
ocultarle el corazón que gotea. Mis escritos están llenos de corazones, cuyo
latir se va acompasando poco a poco como el de los metrónomos que oscilan sobre
una superficie blanda. Ahora, aquí, en otro parador, el de Almagro, que fue un
convento, acabo esta entrada, que se ha hecho esperar tantas semanas, mientras
pienso en el corazón de Rosalía, al que dedicaré mi conferencia de dentro de
diez días en Zaragoza, la conferencia cuya preparación me ha alejado de
cuadernos y pantallas de ordenador como ésta. El corazón que la diosa stalker
nos secuestra, ése del que cada uno guarda un trocito como reliquia.
20.
Una sobrevenida y arbitraria
numerología quiso hace muchas lunas que estas entradas se numeraran y que esa
numeración concluyera en el 20. Apenas algunas veces, cuando no hay más
remedio, se añade una coda que siempre incorpora una conjunción copulativa,
y 21. Éste es, pues, el último capítulo de este viaje a las entrañas. El
corazón, nos recuerda Zambrano, es lo único de nuestro ser que produce sonido. Escuchado
o no, ese ritmo cardiaco puntea nuestro acontecer. Esa cadencia secreta es el
catorce de nuestras vidas. Otras oscilaciones son posibles, otros números, cada uno tiene el suyo.
Cuando esas cifras coinciden, cuando esas ruletas se acompasan, cuando esos
ángeles son simultáneos, surge como de entre la niebla un puente efímero y
frágil. Entonces, sólo entonces, podemos mostrarnos desnudos ante la desnudez
del otro, es decir, descarnados, expuestos en nuestras vísceras, abierta de par
en par la jaula de las costillas por esa llavecita que misteriosamente
encuentra la cerradura del esternón. Entonces, sólo entonces, podemos decir this
one’s from the heart, como aquella mañana de Madrid en 2007, podemos decir here’s
looking at you, kid, y todas esas cosas que decimos son en realidad la
misma cosa, son la frase del ángel que no sabe traducirse, la que se escuchó en
las falesie junto a Duino, aquel día en que Rilke recibió la palabra
mágica que le dio cuerda al reloj de las Elegías, el password que
reverbera entre las paredes de la habitación catorce, allí, aquí, donde estamos
juntos siempre que cerramos los ojos.
