A
donde quiera
que
llegue desde aquí, será a aquí mismo.
JUAN
RAMÓN JIMÉNEZ, Diario de un poeta reciencasado.
1.
El 26 de abril de
1336, Francesco Petrarca, acompañado de su hermano Gherardo y dos criados,
ascendió el Mont Ventoux, en los Alpes provenzales. Hace unos días,
pues, hizo 690 años de esa hazaña, que, si bien no puede equipararse a
otras proezas del alpinismo y la escalada de los siglos posteriores, reúne
algunas circunstancias que han hecho que casi siete siglos después sigamos
recordando y celebrando la efeméride. Es, acaso, la primera ascensión
documentada a una cumbre realizada sin un propósito práctico inmediato, por el
placer mismo o por el reto que suponía. En ese sentido, muchos han querido ver
en esa acción esencialmente gratuita un gesto simbólico que muestra al florentino como un primer hombre, un hombre
nuevo que, a partir del acercamiento humanista a los
clásicos y de un cambio de actitud vital ante la naturaleza anuncia la llegada
estruendosa del Renacimiento. Otros lo han leído desde un prisma esencialmente
deportivo, algunos otros han apuntado a una valoración de la contemplación del
paisaje que entronca con planteamientos ulteriores del Romanticismo alemán.
Todas esas lecturas son, obviamente, válidas, y también interesantes. No son la
nuestra, al menos en esta ocasión.
2.
Cuanto sabemos de
esa ascensión proviene de una carta del propio Petrarca, incorporada a las
llamadas Epístolas familiares dirigida a Dionigi da Borgo San Sepolcro,
monje agustino y confesor de Petrarca en Aviñón, donde ambos vivían, como
consecuencia del traslado de la sede papal a esa ciudad de la Francia
meridional. La carta se pretende fechada en la misma tarde del 26 de abril, al regreso
de la excursión, emprendida desde Malaucène, a las faldas de la montaña,
a donde los viajeros habrían llegado el día anterior. La crítica textual, no
obstante, apunta a la escasa verosimilitud de esa datación, inclinándose por
una redacción mucho más tardía, que podría alejarse incluso hasta 1353. Aunque
los hay que consideran que el suceso no tuvo lugar, y que la carta no es más
que un texto literario de intención ejemplarizante, parece claro que, al menos
en algunos pasajes, se trasluce un fuerte componente vivencial. Lo más
probable, pues, es que, bien partiendo de notas antiguas, bien escribiendo ex
novo a partir de sus recuerdos, esa carta, que ya sería póstuma, pues su
destinatario habría muerto años antes de ser escrita, relata hechos reales que
resultaron significativos en la vida del poeta.
3.
La epístola está
escrita en latín, y es bien cierto que tiene un tono moralizante, sobre todo en
los pasajes finales. La concatenación de los hechos parece un poco forzada, o
al menos el modo en que se plantean muestran hasta qué punto el relato se supedita
a la intención didáctica y hasta penitencial. Pero, de nuevo, tampoco eso son
asuntos que nos conciernan demasiado en este momento. De lo que se trataría,
más bien, es de considerar el texto como una pieza literaria, y leerlo desde
ese prisma, como una narración que acaso hoy, si nos animara un ímpetu
comercial y poco riguroso, acabaríamos calificando de autoficción. Así,
la primera persona, el hecho de dirigirse a un interlocutor, que además es un
agustino, la presencia fundamental del hermano, elegido como único compañero
posible en la travesía, y el propio decurso expositivo, le dan una intensidad y
una agilidad a la pieza que han hecho que, más allá de todas las otras
consideraciones relativas a su importancia histórica o a su trasfondo
biográfico, sea una lectura extremadamente interesante para nosotros, criaturas
del siglo XXI, acaso incluso aquejados de vértigo.
4.
Leamos, si no, el
comienzo: Impulsado sólo por el deseo de contemplar un lugar célebre por su
altura, he ascendido hoy al monte más alto de la región, que no sin motivo
llaman Ventoso. Si recuperamos por un momento ese latín que se quedó
amontonado entre tantas otras cosas en el desván de nuestra adolescencia,
podremos leer que la motivación del escalador fue sola videndi
insignem loci altitudinem cupiditate ductus. La que nos conduce es la cupiditas,
lo que hay detrás de esa decisión es el deseo, la búsqueda de un placer o la
consecución de un anhelo. Es bien cierto que el giro final del texto nos hará
pagar en cierto modo esta rotunda declaración de individualidad, y hasta de
hedonismo, pero lo cierto es que hacía muchos años que mi ánimo albergaba la
idea de esta ascensión, pues ese monte estaba ahí desde siempre, alzado,
inmóvil, insoslayable, semper in oculis. Su mera presencia invitaba al
esfuerzo, exigía una acción que no podía limitarse a la mera
contemplación a ras de suelo. Por ese motivo nos ponemos en marcha, desafiamos
la pendiente, aceptamos el cansancio, buscamos una cumbre que sabemos que será
una superficie pelada, un lugar en el que no podremos ser más que breves
transeúntes, pero del que podremos decir yo he estado allí.
5.
Declaro que una
hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un
paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o
los espíritus, y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle. Así comienza Robert Walser, el
gran andarín, su Der Spaziergang. Ese venir en gana de la
traducción traslada el rotundo die Lust, el deseo, que asalta en el
original a ese habitante del cuarto del Schreib- oder Geisterzimmer, con
ese extraño guion de la disyuntiva que acaso no es otra cosa que una identidad,
pues dónde va uno a escribir si no es donde habiten los espíritus,
protagonistas absolutos de nuestra literatura. Ese ponerse en marcha, de
buena mañana, para ir, como el ingenioso hidalgo, como los héroes artúricos, a
la aventura, a lo que nos traiga nuestra buena o mala ventura, es el gesto
básico de la escritura, ése que, esforzada o gozosamente (y, de nuevo, ese o
es también un y), inicia la ascensión hasta la palabra final que, si
los dioses nos son propicios, coronará este texto dentro de unos párrafos más.
6.
La llamada de la
montaña, sentida por el protoalpinista Petrarca, o la invitación al paseo, a
ese Spaziergang que muestra claramente esa intención de posesión, o al
menos de exploración, del espacio que nos circunda, más allá de toda meta
concreta o declarada, también es a veces un imperativo casi moral, un acto que
linda con lo religioso. En Del caminar sobre hielo, esa crónica de un
viaje a pie emprendido por el cineasta alemán Werner Herzog y que le llevó de
Múnich a París durante veintidós jornadas de marcha, es preciso comenzar a
andar para asistir a la muerte de una amiga querida y admirada: Un amigo
parisino me llamó por teléfono a fines de noviembre de 1974. Me dijo que Lotte
Eisner estaba muy enferma y que sin duda iba a morir. Le respondí: no es
posible. No en este momento. El cine alemán no podía prescindir todavía de
ella, no debíamos permitir que muriera. Lo que compete hacer entonces, o al
menos así lo decidió Herzog en ese 23 de noviembre, era pertrecharse
mínimamente, calzarse unas buenas botas y ponerse en camino hacia París, por
la ruta más directa. Concluye Herzog este primer párrafo de su nota
preliminar diciéndonos que estaba convencido de que, yendo a pie, ella
sobreviviría. Además, tenía ganas de estar a solas conmigo mismo.
7.
En ese planteamiento
dual del peregrinaje radica, creo, la clave. Hay un ritual, una ofrenda a
quienquiera que sea la divinidad responsable de la vida y la muerte de la
crítica cinematográfica Lotte Eisner. Y también hay la necesidad de soledad, de
meditación, de diálogo interior. Eso es lo que propicia el viaje a pie, que se
desea obrante. No se trata de asistir, junto al lecho mortuorio, a la
agonía de la amiga, acaso agarrándole esa mano que está ya empezando a
pertenecer al cuerpo glorioso. No, porque lo que está en juego es justamente la
negación de la muerte, el desafío a cara descubierta de la Gran Nada. En ese caminar
sobre el hielo hacia un destino que no puede ser más que el comienzo del
regreso se plantea el desafío. De hecho, en la última entrada de su diario,
Herzog, agotado, le dice a la Eisnerin que un día, juntos, coceremos
un fuego y detendremos los peces. Ella le sonríe, puesto que sabía que
yo era de los que caminan. Entonces, él concluye, triunfante: Le dije:
abra la ventana, desde hace unos días puedo volar.
8.
Un lugareño
desaconseja a la breve comitiva de Petrarca la ascensión a la cumbre. Dice
que él mismo, empujado por su ardor juvenil, la realizó, y que sólo
obtuvo de esa empresa, además del cuerpo y la ropa lacerados por las zarzas, arrepentimiento
y fatiga. Pero Petrarca está empeñado en emular la aventura del macedonio
Filipo, que ascendió al Hemo porque desde esa cumbre podían contemplarse
simultáneamente dos mares, el Adriático y el Ponto Euxino, y Gherardo y él
prosiguen su marcha, el hermano mucho más decidido y directo, por las vías más
cortas pero más escarpadas, como buen monje cartujo que acabó siendo después de
la ascensión, pero probablemente antes de la redacción de la epístola.
Francesco, mientras, remolonea, trata de ir por las vías más sencillas, a veces
incluso descendiendo para intentar por otro lado, perdiendo el tiempo, pues de
lo que se trata, además de contarnos una jornada de alpinismo, es de establecer
una lección moral y Petrarca confiesa su poca disciplina y propensión al sacrificio
en la búsqueda de la altura en su vida. A la larga, no obstante, acaban
por llegar a la cumbre de esa montaña empinada y rocosa, pero en el
camino Petrarca ha de realizar su particular examen de conciencia, reniega de
su pereza y su propensión a lo concupiscente, incluido, claro, aunque sin
mencionarla, su enamoramiento crónico y sin esperanza de Laura, que ya ha
muerto de la peste cuando está escribiendo esta epístola diferida.
9.
En la cumbre, la
admiración del panorama que se describe con los ojos del geógrafo que Petrarca
es, se ve interrumpida por una lectura, justamente de San Agustín, que denuncia
la vanidad de las experiencias enfocadas hacia lo exterior y la necesidad de la
búsqueda interior. Ésa es la última lección y el enunciado del propósito de
enmienda que Petrarca realiza en su comunicación al agustino Dionisio de Santo
Sepulcro. Pero antes de eso, y del descenso, cuidadoso y también fatigoso, bajo
la luz de la luna llena, y de la llegada a la posada, donde Francesco escancia
estos latines, hay una frase, acaso menor, que me parece la decisiva, que
concentra toda la emoción del testimonio, y que, acaso, no se había pronunciado
nunca hasta entonces: nubes erant sub pedibus, las nubes estaban a
nuestros pies.
10.
1909 metros, al
parecer, tiene el Mont Ventoux, cuyo nombre acaso no se deba a los
vientos que puedan azotarlo, como el poético Mistral, sino a algún dios
o vocablo galo. El 26 de abril que estamos conmemorando es del calendario
juliano. Aplicando la adecuada conversión al gregoriano, estaríamos en los
primeros días de mayo. Algunos lectores del texto se han extrañado de que no
haya nieve en la cumbre, especialmente porque ésa fue una época especialmente
fría en Europa. El día es claro, como el día en que Walser cogió su sombrero
para ir a pasear, la cumbre está pelada, uno puede
afanarse en encontrar, milagrosamente, con su vista de pájaro, los detalles de
los mapas que ha estudiado desplegados en las mesas de allá abajo, pero
lo que debe ser inolvidable es comprobar que somos más altos que las nubes,
que hemos atravesado la región de la niebla y hemos salido a la luz de las
cimas. Ese ver el cielo desde arriba es la flor que nos deja ahí, como
de pasada, Petrarca, en su breve crónica, esa mirada hacia el horizonte lejano,
hacia el panorama circular desde el penacho al que la propia niebla rinde
pleitesía.
11.
Según nos dice
Rossend Arqués Corominas en la edición de Cátedra de Mi secreto y algunas
Epístolas de Francesco Petrarca, en la Biblia una sola vez se mira
desde la cima de un monte, cuando el diablo tienta a Jesucristo con hacerle
dueño de la tierra si reniega de su Padre. El único modo posible de hacer
esa propuesta es alzando uno de los brazos, acaso el izquierdo, pues el diablo
ha de preferir lo siniestro y haciéndole describir un arco de circunferencia en
el aire, como si en ese movimiento se pudiera estar desvelando lo que estaba
oculto detrás de una cortina. Para que ese gesto tenga poder ha de realizarse
desde la altura. Todas nuestras tentaciones tienden a arrastrarse por el barro,
sólo en el borde del vértigo uno sabe de verdad lo que está en juego. Al conducirnos
a la cumbre, el príncipe de las tinieblas nos concede la visión de pájaro que
es propia de los dioses y de las aves, objeto de nuestra envidia secular. Al
Hijo de Dios, por el contrario, esa ascensión, esa mostración le obliga
a un gesto contrario a su naturaleza: bajar los ojos, inclinar la cabeza. La
cumbre más alta de la tierra no es sino un pequeño accidente en el fondo de ese
océano sin superficie que llamamos cielo. Y nosotros somos los que reptamos
sobre ese suelo.
12.
¿Qué le muestra, pues,
el Adversario al Redentor? Un mapa. ¿Con qué le tienta? Con la posesión de un
mapa, que sólo puede habitarse desde la distancia. Un descenso desde esa cumbre
del gesto haría que ese aplanado panorama fuera poco a poco adquiriendo alzado,
nos obligaría a enfrentarnos a la escala real de sus habitantes y sus objetos,
y entonces nada de esto sería nuestro, pues sólo podemos ejercer ese
dominio si mantenemos el apartamiento de la contemplación, si nos alejamos del fango de las larvas. Por eso la añagaza de Satán fracasa: porque en el mito de
la Encarnación, contrariamente a lo que postularían los gnósticos, la divinidad
ha decidido enfangarse, ha optado por la roña de las uñas, el hedor de los
excrementos, el sudor de los cuerpos hacinados. En ese mapa extendido como una
sábana sobre la superficie remota del planeta todo eso está por debajo del
límite de resolución y es preciso descender la ladera para corregir ese error
de percepción. El pecado original no fue el de los humanos, sino el del
Creador, que quiso hacer un mapa y cuando se le llenó de insectos no tuvo mejor
idea que arrojar sobre ellos un diluvio, para lavar esa carta geométrica. Pero
hay un juez más alto, el ciego Sino, que decretó que la condena apropiada para
tal exceso de soberbia era justamente el arrastrar pendiente abajo al Divino
Hacedor para que su cabeza se llenase de piojos.
13.
Lo que vemos desde
las alturas ya es nuestro, no es preciso que nadie nos tiente con su
ganancia. Lo que no es nuestro es todo lo demás, es decir, todo. Por eso, en el
bajar los ojos de la vista de pájaro lo que se nos revela una y otra vez es la
gravedad, el peso. Nadie se queda a vivir en una cumbre, y no porque lo prescriba
San Agustín, sino porque una cumbre es un sitio inhóspito que no permite otra vida
que la de las rapaces, que pueden volar. Y aunque en nuestros mejores
momentos lleguemos tan alto, tan alto que demos a la caza alcance, lo cierto es
que la carne tiene inscrita su propia verticalidad declinante. Eso es el
vértigo, ése es el mensaje del vértigo: sólo como anhelo te será dada la
altura, sólo frente a una página los días afortunados, sólo entre los restos de
tu propia vida que se extingue. Sólo ahí, ahora, un poco, las nubes están a tus
pies, y te ocultan el mapa, el mapa del que procedes como un Ícaro que
ya nota escurrirse por sus miembros la cera derretida. Sólo entonces, en esas
cimas de la inspiración puedes alzar la vista y mirar al frente, en paralelo a
las nubes, hacia otras cumbres que parecen a tu alcance.
14.
Es en 1818 cuando
los estudiosos fechan Der Wanderer über dem Nebelmeer, el archiconocido
cuadro de Caspar David Friedrich. En las desnudas rocas del primer término se
yergue, aparentemente tranquilo, ayudándose apenas de su bastón para estabilizarse
en un suelo tan imposiblemente horizontal, el caminante, que se nos
muestra de espaldas. Para él, como para Francesco y Gherardo Petrarca, nubes
sunt sub pedibus. De hecho, las nubes se han tupido tanto, que el título
del cuadro nos habla de un Nebelmeer, un Mar de Niebla. Niebla es
un vocablo del mundo inferior, designa ese extraño momento en que las nubes se
dignan a descender a nuestro ras de suelo. Con ellas traen la extraña magia de
la disolución de contornos, nos desorientan, nos desubican, y sin el ubi
ya no hay un ego que se pretenda sólido. El Mar de Niebla que se
contempla desde lo alto ya nos encuentra en el territorio de las águilas. La
niebla es para los de abajo, para los que éramos hasta hace un momento, hasta
esos últimos esforzados trancos que nos conducen al ápice. Entonces la niebla
pasa a ser lo que siempre fue: nubes. Nubes bajo nuestros pies. Y al frente, pues
ya podemos mirar al frente, pues ya no tiene sentido mirar hacia el mapa, otras
cumbres, lejanas, cada vez más altas.
15.
Ese Mar de Niebla,
pues, no oculta nada, sino que muestra. Muestra lo que importa, las otras
posibilidades, los otros empeños, las otras obras. ¿Con qué podría entonces tentarnos Satán,
repentinamente colocado junto a nuestro bastón (si es que él mismo no es el
bastón que nos sostiene)? Con unas alas, por más que fueran las suyas,
membranosas, pero a veces también llenas de ojos, como recuerdo del Serafín que
un día fue Luzbel. Calzándonos esas alas sobre los hombros, como si la mochila
que llevábamos en la ascensión del purgatorio llena de nuestros pecados pudiera
al fin substituirse por los ojos de Beatrice, exploraríamos las cumbres,
desde la altura que ya nos corresponde, sin volver al sudor de Sísifo. Sí,
podemos ver a Mefistófeles sacando de debajo de su capa unas plumas de gallina y susurrándonos:
si te postras ante mí y me adoras, te colocaré estas alas de guardarropía y
podrás coronar todos los Everest del Sistema Solar. Pero no hace falta. No
hace falta, porque tenemos un puente de niebla que nos lleva de una cumbre a otra,
porque somos dioses y los dioses pueden caminar sobre las aguas de las nubes,
porque cuando no hay mapa no hay vértigo, sólo hay otro suelo, más alto,
cada vez más alto, lugar legítimo para nuestra habitación de poetas.
16.
Sísifo piensa que su
castigo tiene una posibilidad de redención, ha creído que el mandato de los
dioses era en realidad una propuesta, un contrato. No se trataba, le dijeron,
de subir y bajar. Puedes subir una sola vez, con tal de que la roca sea la que
baje, por la otra ladera, por la cara oculta de esta montaña. Si una
vez, si una sola vez consigues que no se te resbale la piedra de tus manos
empapadas de sudor, que no te venza la fatiga, y alzas, vigoroso, en un último
y titánico esfuerzo la roca sobre tu cabeza y la arrojas al Otro Lado,
podrás hacer lo que quieras, podrás descender y no volver a ascender, o
podrás instalarte en la cumbre y gozar del panorama eternamente. Ésa es la
tentación de Satán, la engañifa de los Olímpicos: plantear que existe otra
posibilidad diferente al castigo, al suplicio circular. Por eso, Sísifo es el
que insiste. Porque los castigos sólo pueden sostenerse si no se ha abolido
la esperanza. Lo contrario es un simple mecanismo, un automatismo que se
ejecuta ya sin mayor dolor, pues se han anulado los anhelos. Sísifo no es feliz
porque haya comprendido y aceptado su absurdo, es feliz porque piensa
que todo tiene aún un sentido. Cuando Camus, con los ojos aún llenos del sol del
Mediterráneo, le susurra al oído al gigante la dolorosa verdad, su rostro se empapa
de lágrimas.
17.
¿Qué hará Sísifo
cuando haya por fin arrojado la roca pendiente abajo en el Lado-de-No? Mirar.
¿Qué verá Sísifo? Un puente de nubes. Un Mar de Niebla. Ese mar se habrá tragado
su roca, que se habrá hecho ya para siempre abisal. Y Sísifo habrá comprendido
que el único modo en el que se puede vencer a la gravitación es paseando,
como hacía Robert Walser. Que para llevar a la roca a la siguiente cumbre
habría bastado con hacerla rodar, como una bola en el juego de los bolos. Una
bola que fuera rebotando entre peñascos como en un pinball megalítico. Y
entonces Sísifo es feliz, y baja, sin mayor remordimiento, aliviado de tanto
dolor, por la ladera de siempre, y cuando le entregan una nueva roca, pues los
dioses poseen una provisión infinita de rocas, y le obligan a empezar
de nuevo la partida, sigue siendo feliz, pues ya ha visto, ya ha visto
lo que no existe, lo que no hay, el ámbito nebuloso del no estar, del no saber.
Camus piensa en los descensos de Sísifo, quiere verle contemplando la vegetación
que poco a poco vuelve a aparecer según nos acercamos al suelo (pues ya nos
avisó el Pseudo Dionisio Areopagita, y nos lo repitió San Juan de la Cruz, que
arriba es el lugar de la Nada, de las Nadas), quiere verle respirando el aire, tomándose
su tiempo, calentando los músculos de los brazos, restañando las heridas de
sus manos ya encallecidas. Pero no, Sísifo no se entera de nada de eso mientras
baja. Él piensa en la cumbre. Y en la niebla. Gracias por la niebla.
18.
Puesto que el caminante
está de espaldas y mira hacia adelante, y ese adelante es también el
nuestro, queremos identificarnos con él, ponerle nuestro rostro. Ése es otro
modo de subir. Todos estos procedimientos son importantes para nosotros, los
enfermos de vértigo. Si uno se planta frente al cuadro (así se imagina a Samuel
Beckett en la Hamburger Kunsthalle en octubre de 1936 Stéphane Lambert en su Avant
Godot) está ya arriba, nubes sunt sub pedibus. Un par
de pasos más, un abrazar el cuadro, nos llevaría directamente a superponernos a
esa figura (pero no, porque es tan pequeña, tendríamos aún que reducirnos a la
escala de ese nuevo mundo encerrado por el marco). Un último esfuerzo de escalador
horizontal y tenemos delante, no ya una espalda, sino las otras cumbres.
Entonces, arrojamos el bastón, adelantamos un pie y caminamos sobre el puente de
nubes. Y ya no bajamos más, porque, aunque bajemos, habremos estado allí,
como estuvo Petrarca, como estuvo Friedrich, como estuvo Beckett, como estuvo
Sísifo.
19.
Como con el monje
que está frente al mar, como con otros tantos personajes de las obras de
Friedrich, se nos antoja que lo que están haciendo es escudriñar, como
nosotros, pero la verdad es que tienen los ojos cerrados. Justamente porque ya
no hace falta mirar. En el puente de niebla nos conducimos con la rotunda
seguridad de un ciego en un mundo a obscuras. Un bello poema de Ángel Crespo
nos muestra el agua de un pozo, desde el brocal. Al fondo, estamos
nosotros también, nuestra figura, plateada, despojada del sudor de estar vivos. Nuestra imagen asciende envuelta en halos de aire y lejanía, es
una teofanía en la que nosotros somos los dioses. Hemos visto. Y
entonces, lo que es preciso hacer es cerrar los ojos, juntar los párpados para
encontrar en el interior el agua de ese pozo. En el Mar de Niebla se mueven
como espermatozoides encelados las extrañas moscas de nuestro humor
vítreo. Al cerrar los ojos vemos que por dentro estamos también llenos de esa niebla
sagrada, la niebla que oculta lo que no puede ser visto, porque no puede ser
dicho. Por eso hay ciertos cuadros que uno debe mirar con los ojos cerrados.
Por eso Sísifo desciende de su cumbre inalcanzable con los ojos cerrados, con
paso seguro, sin tropezar una sola vez, escuchando el leve rumor de esa agua interior
que contiene las palabras de los poemas.
20.
Juan Ramón Jiménez,
en su maravilloso Diario de un Poeta Reciencasado, nos propone
también una crónica poética, que se desarrolla entre la convexa horizontalidad
del mar y la ambigua verticalidad de los rascacielos. Todo está escrito en luz,
las letras de la luz son los colores. Muchos de los textos se llaman Cielo o
Mar. Golfo, el poema del cual proviene la cita que encabeza esta
entrada, está escrito en New York el 29 de febrero de 1916, justamente ese
extraño día del bisiesto, y corresponde al número LIX del libro. Una nube nos
acompaña. Oculta el sol, pero una sola nube no puede ocultar el sol, y el sol
acaba, si no atravesándola, si tiñéndola, mezclándose es su materia sutil.
Primero, la nube es blanca. luego, rosa. Porque el día va avanzando. Y luego,
en el último verso, es roja, roja de ocaso. En ese día de meditación el poeta
nos muestra lo que ha visto, en su abajo, en sombra, sobre las rocas de
esa cumbre del fondo del aire que es el puerto de la ciudad, el puerto del sueño.
Nos dice: es el fin visto, y es la nada de antes. Porque la nada es
todavía. Y entonces, comprende, como comprendió Ángel Crespo asomado al
pozo: a donde quiera que llegue desde aquí, será a aquí mismo, porque
Estoy ya en el
centro
en donde lo que
viene y lo que va
unen
desilusiones
de
llegada y partida.
El oleaje del mar de
agua y el oleaje del mar de niebla nos dan el vaivén de los versos. No es
preciso seguir avanzando, ni siquiera volar. Aquí estamos bien. Cerremos los ojos,
dejémonos llevar por los puntos suspensivos.
y 21.
Así concluye El
paseo de Walser:
Las
circunstancias le habían ordenado viajar, y partió. Quizá hubiera podido convencerla
a tiempo de que tenía buenas intenciones, de que su querida persona me era importante,
y de que por muchos motivos quería hacerla feliz, y con ello a mí mismo; pero
no me esforcé más, y ella partió. ¿Para qué entonces las flores? “¿Recogía
flores para depositarlas sobre mi desdicha?”. Me había levantado para irme a
casa; porque ya era tarde, y todo estaba oscuro.
Los paseos terminan
en un viaje de vuelta, en un retorno a casa, porque todo acaba por obscurecerse,
porque los astros también están sometidos, por la crueldad del Sino, a un
suplicio circular como el de Sísifo. Las ascensiones a las montañas sagradas,
las excursiones de los caminantes, concluyen en el descenso, en la posada donde
escribir cartas a monjes agustinos, en donde reponer fuerzas y dormir el sueño
del que está felizmente fatigado. Las visiones concluyen, las nieblas se
disipan, también se muere el mar. Del lado de la piel que se va llenando de
arrugas nos quedan, sin embargo, las memorias del vuelo. Ella partió y yo dejé
de recoger flores, pero compartimos un día la visión de las nubes. Y cerramos
los ojos. Cerramos los ojos los dos a la vez, porque nos estábamos besando. Y
desde entonces, vayamos donde vayamos, siempre venimos a aquí mismo, al puerto
del sueño.
A P É N
D I C E
Desde
el brocal, Ángel Crespo
A la luz del
pozo, la imagen
que hacia el
brocal asciende viene envuelta
en halos de
aire y lejanía
pues la
devuelve el agua
más pura
—invulnerable
a la tierra y
el fuego—
como teofanía
de mí mismo.
Los ojos, que
apagando iba
tanto mirar sin
premio,
resplandecen
como una plata
diáfana, en la
penumbra,
y me miran sin
preguntar,
como sabiendo
la respuesta.
Apoyado al
brocal, alzar no quiero
la mirada, y
junto los párpados
— para buscar
dentro de mí
el agua de ese
pozo.
Golfo,
Juan Ramón Jiménez
La nube ―blanco
cúmulo― recoge
el sol que no
se ve, blanca.
Abajo, en
sombra, acariciando
el pie desnudo
de las rocas
el mar, remanso
añil.
Y yo.
Es el fin
visto,
y es la nada de
antes.
Estoy en todo,
y nada es todavía
sino el puerto
del sueño.
La nube ―blanco
cúmulo― recoge
el sol que no
se ve, rosa.
A donde quiera
que llegue
desde aquí será a aquí mismo.
Estoy ya en el centro
en donde lo que
viene y lo que va
unen
desilusiones
de llegada y
partida.
La nube ―blanco
cúmulo― recoge
el sol que no
se ve, roja…