martes, 24 de marzo de 2026

Un hombre triste

 

 

Alcanza a saber que su cuerpo, ya siempre, quedará unido a la tierra. Con el pensamiento velado, borronea disculpas: “Por causa de fuerza mayor, ha sido…”

Aballay, tendido en el polvo, se está muriendo, con una dolorosa sonrisa en los labios.

ANTONIO DI BENEDETTO, Aballay, en Absurdos

 

1.

¿Cuántas veces muere uno hasta que se muere de veras? ¿Es la vida una función monótonamente decreciente, la simple cuenta atrás de la muerte? Es posible que Quevedo suscribiera esa opción en sus sonetos, y con él todo un Barroco lleno de memento mori. La afirmación, de hecho, no es original, en absoluto, es prácticamente un cliché. Corrijámosla un poco: hagamos que la función sea decreciente pero no lineal. Así, ciertamente, cada segundo transcurre y en su transcurrir abole la posibilidad de su propia repetición, se consume de manera irreversible, pero no todos los segundos pasan igual, pesan igual. Algunos, si nos imaginamos el camino como descendente, siguiendo una axiología obvia, no suponen un paso más en el declive de la senda suavemente oblicua, sino un salto, un talud, un abismo. De alguno de esos segundos de defenestración se sale como si a uno le hubieran arrancado del corazón las manecillas de todos sus relojes. Sí, eso puede ser. Uno muere muchas veces, muere todo el tiempo, pero hay momentos en los que se muere más que otros.

 

2.

Antonio Di Benedetto fue detenido hoy hace cincuenta años exactos, el 24 de marzo de 1976, en su despacho de subdirector, director para todos los efectos prácticos, de su diario Los Andes, en su ciudad natal de Mendoza. Es verdad que ese 24 de marzo de 1976, que había empezado desde la primera madrugada con el golpe de estado, muchas otras personas fueron detenidas en la Argentina. Es verdad que lo que se inició en ese día malhadado del que ya ha pasado medio siglo, porque la condición del tiempo es pasar, es de una gravedad tan atroz que parecería frívolo centrarse en una sola de las peripecias vitales que ese, así llamado, tan kafkianamente, Proceso, hizo descarrilar, en uno solo de los crímenes y crueldades que prodigó hasta lo inconcebible. Nada que se dijera, es cierto, sería suficiente para agotar el horror, para establecer con la adecuada firmeza la condena y la repulsa. Pero, ante el vacío al que ese desaliento nos aboca, bien se puede hablar de una cosa, bien se puede evocar a una persona, bien podemos fijar la mirada en uno de esos crímenes. Para que no se olvide. Para que nunca más.

 

3.

Antonio Di Benedetto fue detenido en su despacho del diario Los Andes de Mendoza, el 24 de marzo de 1976, hoy hace cincuenta años exactos. Era un miércoles, hoy es martes, han pasado más de 19000 días, un número absurdamente grande de segundos. La condición del tiempo es pasar. En cada uno de nuestros destinos, para cada una de nuestras historias, el valor de cada uno de los segundos es diverso. En el tiempo de la vida de Di Benedetto, lo que inaugura ese momento terrible es una cronología imposible. El hiato que define, el abismo que compone, serán, en verdad, ya insuperables. En el régimen que hará desaparecer a tantos otros, Di Benedetto empezó a desaparecer cuando le fueron a buscar al periódico. Él, de algún modo, lo sabía. Él lo temía. No había sido un militante destacado en ninguna organización, pero había sido siempre un periodista riguroso, un defensor de la verdad, y en Los Andes sí se hablaba de las cosas que estaban pasando durante el gobierno de Isabelita y el Brujo López Rega, y no se podían decir. O tal vez, no se sabe en realidad, no puede saberse, hubo comentarios, actitudes, facturas que le tenían pendientes tal o cual milico. El poder omnímodo, la impunidad absoluta, vienen bien para los ajustes de cuentas más mezquinos. Ese día, y los siguientes, se detuvo a tanta gente… bien podía ser Di Benedetto uno de ellos. Él lo sabía. Lo temía. La condición del tiempo es pasar. En el momento en que la sospecha se convirtió en certeza, el temor se hizo suceso, el peso de una avalancha de barro cayó sobre cada uno de los segundos de ese día, sobre cada uno de los latidos de ese corazón imposiblemente rítmico ya.

 

4.

A Antonio Di Benedetto le detuvieron en su despacho del periódico mendocino Los Andes hoy hace cincuenta años. Como a todos, sin explicación, sin garantías procesales, ignorando por completo el procedimiento, despreciando los derechos humanos. Le desaparecieron, y hubo que buscarlo. Acabó en la llamada Unidad 9 de La Plata. Hubo reacciones. Borges y Sabato, se cuenta, en un almuerzo con el Directorio, le solicitaron al General Videla, de infausto recuerdo, información sobre la suerte de varios escritores, clemencia para ellos. Acaso el prócer frunció levemente el bigote, exhibió la sonrisa de los déspotas, dijo veremos qué se puede hacer, nada se hizo, se hizo poco, se siguió haciendo mucho por los que lo buscaban, los que intentaban liberarlo, aducían que no había cargos, que no había cometido delitos, que no se había significado políticamente. Como si eso bastara, como si eso sirviera, como si sirvieran esas cosas cuando uno se humilla ante los psicópatas. Intervino el Premio Nobel de Literatura Heinrich Böll. Finalmente, con la misma arbitrariedad con la que fue detenido, diecisiete meses y diecisiete días después, siempre esa cuenta del tiempo, siempre sus cifras, Di Benedetto fue puesto en libertad. Se le sugirió que abandonara el país. Lo hizo. Comenzó su exilio europeo. Se afincó en Madrid. No volvió a la Argentina hasta, justamente, el 23 de marzo de 1984, ayer hizo cuarenta y dos años. El día siguiente de su regreso era el octavo aniversario del golpe, hoy es el quincuagésimo. Las fechas.

 

5.

¿Cuántas veces tiene uno que morirse antes de estar muerto? No un soldado: un escritor, un periodista. No alguien que trabaja con explosivos, no alguien que está enfermo durante muchos años. Usted, yo, sentados en el escritorio tecleando un texto, tomando un café, viendo dormir a nuestros hijos, ¿cuántas veces nos morimos a cada rato? ¿Existe un cómputo, puede haber una regla, cómo se registra el avance del muro que nos alcanza a nosotros, paralizados por el miedo? Antonio Di Benedetto murió, sin duda, mucho, muchísimo, durante las horas vacías de la celda, acechado por el silencio, por la falta de explicaciones, por la arbitrariedad de sus verdugos, torturado, golpeado, por quienes habían decidido anular su condición humana. Antonio Di Benedetto murió mucho en esos diecisiete meses y diecisiete días, más de lo que nosotros morimos en diecisiete meses y diecisiete días, y más a lo mejor de lo que moriremos en toda nuestra vida, aunque al final todos morimos lo mismo, todos morimos lo único que podemos morir: todo.

 

6.

¿Cuántas veces murió Antonio Di Benedetto en la Unidad 9 de La Plata? Muchas, incontables, pero, sobre todo, murió cuatro. Cuatro veces, muertes infinitas, muertes irrecuperables, muertes que son desplomes en pozos sin fondo, pozos cuyo fondo que no hay resulta comunicarse de nuevo con el brocal, para propiciar una nueva caída, en un bucle que nos arranca las entrañas con su aceleración centrípeta. Cuatro veces sacaron de la celda a Di Benedetto para ajusticiarlo. Para ejecutarlo. Para cumplir la sentencia, esa sentencia que nunca se pronunció porque no hubo proceso. Para fusilarlo. Para acabar con su vida. Para matarlo. Para asesinarlo. Para que su cuerpo cayera al suelo y no pudiera levantarse. Para que su sangre empapara las baldosas, o el polvo del patio. Cuatro veces le desnudaron y le condujeron al paredón. Cuatro veces se alineó el pelotón de fusilamiento, cuatro veces el que los comandaba alzó el brazo. Cuatro veces se descompusieron los compañeros de ejecución de Di Benedetto, lloraron, gritaron, se arrodillaron, suplicaron, se cagaron, vomitaron, se desmayaron. Cuatro veces la ejecución se detuvo, los presos fueron de nuevo conducidos a sus celdas. Vivos, podría pensarse. Pero no, por supuesto que no.

 

7.

¿Cuántas veces murió Di Benedetto en la Unidad 9 de La Plata? Muchas, incontables, pero de esas incontables hubo cuatro en las que su muerte fue aún más real, más honda, porque su muerte fue un espectáculo, fue un teatrillo, y él, un colaborador involuntario en esa farsa. Cuatro veces los actores repitieron sus papeles. Los soldados, que de seguro se reirían a carcajadas al final. El capitán, que acaso ensayó su gesto altivo de mando para hacerlo mejor la siguiente vez. El propio, el recadero, el mensajero, que aparecía en el momento justo con un despacho, o con un mandato verbal para el capitán, que era lo que detenía el acto. Nada era verdad, todo era teatro. Ese día no era el día de la muerte de Antonio Di Benedetto. Todos lo sabían: los soldados, que habrían hecho eso tantas veces ya, con tantos presos. El capitán, que seguro que se turnaba con sus colegas para poder disfrutar de su papel estelar en la performance. El joven cabo, o el ordenanza que llevaba el indulto momentáneo y espurio. Todos sabían que aquello era una astracanada. Todos, menos Di Benedetto.

 

8.

¿Cuántas veces murió Di Benedetto en la Unidad 9 de La Plata durante 1976 y 1977? La primera vez que le fusilaron fue, seguramente, el día que más murió. Murió tanto que, probablemente, nunca más pudo ya estar vivo. En el Proceso cada día era ejecutada tanta gente, sin que se hiciera público, sin que hubiera siquiera un cuerpo que entregar a los familiares, tantos fueron arrojados desde los aviones al Río de La Plata, tantos fueron torturados en la Escuela de Mecánica de la Armada, tantas picanas buscaron en tantos lugares de tantas figuras magulladas los sitios precisos del dolor, que uno más, que un muerto más, que un asesinado más (pues ajusticiado parecería contener aún un atisbo de justicia, y se convierte así en un término impropio para designar el asesinato), que un desaparecido más, parece ser apenas nada, parece ser ni siquiera un número, pues hace mucho que ya nadie lleva la cuenta, parece ser la consecuencia trivial e inevitable de ese instante en que los militares entraron a Los Andes para llevárselo preso.

 

9.

Sí, sin duda, la primera vez, Antonio Di Benedetto y sus compañeros, junto al paredón murieron mucho, murieron una cantidad inimaginable, murieron tanto más porque siguieron vivos, si es que uno puede seguir vivo después de haber muerto. Quién sabe, quizá esa vez sí se creyeron el teatrito. Se sintieron aliviados, incluso, volvieron al duro piso de la celda, a las paredes grises, como felicitándose. No ha pasado. Seguimos vivos. Mira, seguimos vivos. Aún se engañaban: se tocaban, estaban ahí, seguían vivos. Aún se equivocaban. Aún no sabían que se puede estar muerto estando vivo. Que no hay muerto más muerto que el cuerpo vivo. Quién sabe, sí, si no hubiera habido más simulacros, tal vez podrían haberse dicho qué cerca estuvo, y, acaso, durante años, convertir apenas ese instante atroz en pesadillas, pesadillas de las que uno, finalmente, despierta. Pero no, porque hubo más. A Di Benedetto le volvieron a sacar de la celda y le volvieron a matar, tres veces más. A las que añadir el resto de las muertes intermedias del mero estar vivo en la celda de la Unidad 9 de La Plata.

 

10.

Sí, al miedo, al dolor, se le añadió la humillación de la burla en su forma más conseguida. La segunda, la tercera, la cuarta vez, Antonio Di Benedetto fue arrancado de su celda, desnudado, descalzado, colocado en la pared, enfrentado al pelotón de fusilamiento. De su fusilamiento, esa compañía alineada para él, para él del mismo modo que el guardián en El Proceso de Kafka, ante la puerta de la Ley, le espera a él, a Josef K., a él tan sólo. Esos oficiantes de la muerte han sido convocados para su muerte, para la muerte de Antonio Di Benedetto, que debía ser única. La segunda, la tercera, la cuarta vez, venían con la misma incertidumbre, con la misma posibilidad, intacta, de que esa fuera la de veras, y también con la duda de si no volvería a pasar otra vez lo mismo, de si no habría ya nunca de verdad un momento de la verdad, si hasta en eso, hasta en esa suerte suprema, había que plegarse a la bufonería de esos fantoches. La segunda, la tercera, la cuarta vez, Antonio Di Benedetto fue muriendo muertes aún más amargas, muertes aún más sin salida, muertes cada vez más imposibles de olvidar, muertes cada vez de más inalcanzable resurrección. Quiero imaginármelo, en esos trances, erguido, desdeñoso, finalmente invencible.

 

11.

¿Cuántas veces murió Antonio Di Benedetto en la Unidad 9 de La Plata? Ninguna, nos dirán. ¿No le ven cómo sale de la cárcel, libre, andando por su propio pie? ¿No le ven recibido por los amigos? ¿No le ven empacando a toda prisa, recuperando becas europeas, enarbolando contactos, manoteando pasaportes, despidiéndose entre sollozos? ¿No le ven dando conferencias, clases? ¿No le ven en Madrid, buscándose la vida, escribiendo para revistas que uno encuentra en la consulta del dentista, presentándose a concursos literarios de medio pelo? ¿No le ven, válgame Dios (y nos imaginamos a los milicos alzando los brazos con escándalo ante nuestra incredulidad), entrevistado por el mismísimo Joaquín Soler Serrano para ese programa emblemático de la Televisión Española, A fondo, el día 17 de septiembre de 1978, un 17, fíjense ustedes? ¿No le ven, vamos a ver, aterrizando de vuelta en Ezeiza el día antes del final de la octava vuelta al Sol desde aquel día en que se apagaron las luces? Ninguna vez murió Antonio Di Benedetto durante el Proceso de Reorganización Nacional, que se extendió desde el 24 de marzo de 1976 hasta el 10 de diciembre de 1983, y murieron tantos durante esos días. Tantos, tantos, tantos, tantos, tantos, tantos

 

12.

Bien es cierto que Antonio Di Benedetto, probablemente, siempre estuvo muerto. Él mismo lo sabía, de algún modo. Lo sabía porque había nacido un 2 de noviembre, el día de los Muertos. De 1922, y todos esos doses parecerían anunciar, quién sabe, a un otro, a una sombra que estaba ahí desde siempre. Lo sabía porque un día su padre despareció. Tenía él diez años. En su casa de un suburbio de Mendoza, un día su padre estaba y al día siguiente ya no. Nunca le enseñaron cuerpo alguno. Le dijeron se murió, le dirían se murió papá, y él, diez años, preguntaría pero cómo, de qué, por qué. Se murió de una enfermedad, y no sé, no se sabe, no se puede saber por qué. Le dirían. Pero él había oído esa noche una explosión en la casa. Él había oído cosas, comentarios. Él era miembro de una familia de suicidas. Su abuelo, un tío. Él supo que su padre se había suicidado, pero nunca le dijeron, nunca nadie le dijo. Acaso, le dirá él a Soler Serrano, para protegerlo, pero fue peor, y ya nunca más pudo serle el suicidio ajeno a Antonio Di Benedetto, que un día firmó, en 1969 una de sus obras más gloriosas, llamada justamente Los suicidas, una novela que empieza así: Mi padre se quitó la vida un viernes por la tarde. Tenía 33 años. El cuarto viernes del mes próximo yo tendré la misma edad.

 

13.

La entrevista en A fondo es, como lo son todas las que se hicieron en ese benemérito programa, un testimonio impagable. Es preciso verla una y otra vez. Di Benedetto aparece elegante, sobrio. Aún no lleva la barba que le identificará en las fotografías postreras, las del regreso. Se expresa con parsimonia, pero su discurso es extremadamente riguroso. Se trasluce a menudo la ironía en sus contestaciones, ante el apabullante caudal de datos que le arroja Soler Serrano, siempre tan obsesionado con las precisiones biográficas. Pero es un hombre triste. Es un hombre muy triste. Es un hombre tristísimo. Es el hombre más triste que concebirse pueda. Aunque sonría. Sobre todo cuando sonríe. Es tan triste que Soler Serrano se lo pregunta expresamente. Le dice que hay alegría en su obra. Atisbos, al menos. Él concede: sí, puede, pero todo me sale muy triste, todo se parece a la vida. Cuando, ya un poco sobrepasado por tanta negrura, el mercurial Joaquín le dice que acaso el de hoy, el de ese hoy, estaba siendo un mal día para Di Benedetto, éste le contesta: Al contrario, hoy es uno de los mejores, y en su rostro se dibuja la sonrisa más triste que nunca se haya dibujado en rostro alguno.

 

14.

Claro que esa entrevista se edifica sobre un gran vacío, sobre una no enunciación que penetra todas las afirmaciones. En ningún momento se habla de la detención, de la tortura, del exilio. Acaso por honesta ignorancia del entrevistador, sin duda por extrema discreción del entrevistado, que tenía miedo de posibles represalias, de peligros para la familia que había dejado en la Argentina. A ratos parece como si la decisión de viajar a Europa, de pasearse por España o Francia o Escandinavia, fuera poco menos que equivalente a la de embarcarse en un viaje de estudios o en un crucero de placer. Soler Serrano le pregunta si podría trasladar su proverbial inmovilidad mendocina a España y él dice que sí, que él es un trabajador de la palabra y que necesitará de un lugar en el que la lengua sea la misma, la suya. Por supuesto, esa inmovilidad madrileña, que duró varios años, tan duros, era forzada, pero eso no se hace explícito. Lo que vino después fue ese otro Di Benedetto, ese Sensini del relato de Bolaño, un Di Benedetto cuyo número de muerto ya ni siquiera uno puede calcular. Un Di Benedetto que era, inconcebiblemente, el heredero de aquel que veinte años atrás había escrito esa obra maestra que puede con rigor presentar su candidatura a eso tan manido de la gran novela americana, Zama. Un hombre triste, avejentado, al que el desastre le había llegado ya en la cincuentena, un hombre que se dejó una barba blanca y acabó volviendo, ya casi sombra, a una especie de coda argentina de plena desorientación y casi ostracismo, un zombi, una familia de zombis, un cuarteto de zombis, uno por cada fusilamiento.

 

15.

Obsesionado, como era habitual en sus, por otro lado, memorables entrevistas, por la genealogía de sus interpelados, Soler Serrano se la hace trazar a Di Benedetto, que habla del cultivo de las vides de la familia paterna, del padre enólogo y escritor clandestino, cuyo posible o seguro suicidio acaba despachándose con un brusco pero dejémoslo, que se repetirá en otros momentos, y entonces Di Benedetto nos cuenta, con visible emoción, que su madre, que, proveniente de Sicilia, como todos sus antepasados, era brasilera, era la que de verdad sabía contar, la que armaba con maestría todos los relatos sobre mi pícara, mi aventurera y pobrísima familia, con los que se amenizaban las noches de antes de la invención de la televisión. En esos relatos está el germen de su vocación literaria. Es a eso a lo que él aspiró siempre, nos dice, sin conseguirlo. Ah, si su madre hubiera vivido en otro lugar, en otro tiempo, de otro modo, ella sí hubiera sido un genio de la literatura. Él apenas lo intentó, no llegó nunca a esa maestría. Sí, su madre se tenía que haber quitado de tantas cosas, haberse aliviado de tanto peso. Yo, por ejemplo. Podría no haberlo engendrado. Si yo no hubiera nacido, ¡qué buen resultado habría tenido para mí! Como Cioran, famosamente, como Emilio Prados, Antonio Di Benedetto, sin descomponer ni un milímetro el gesto, enuncia en voz alta la verdad nefanda: es mejor no nacer. Soler Serrano, jovial como era, le dice: está usted bromeando, por supuesto. Pero no, claro que no: Lo digo con toda la seriedad posible, es bastante dramático lo que me ha ocurrido: ¡nacer!. Eso nos ocurre a todos, le replican. Él contesta: no todos lo toman en cuenta. Creen que están vivos y no piensan en el grave problema de haber nacido. Al fondo, se oyen los gritos de un cuerpo torturado bajo la picana, el ominoso, interminable silencio de una descarga de fusilería que nunca se produjo.

 

16.

En El milagro secreto, Borges, admirador confeso de Di Benedetto, imagina una milagrosa detención del tiempo, un congelarse del avanzar de las balas que permiten al reo disponer de un año estático, de un año que sólo transcurre en su mente activa, mientras en su cuerpo inmóvil, ni siquiera las gotas de lluvia acaban de caer. Ese fusilamiento diferido le da a Hladík, ocasión para concluir su obra, para concluirla interiormente. ¿Cuántos años de Hladík transcurrieron en la mente de Di Benedetto a cada alzarse del brazo del capitán del pelotón? ¿Cuántas obras imposiblemente conclusas se alzaron, milagrosas, como los palacios de los sueños? Como nadie puede ignorar, Zama está dedicada A las víctimas de la espera. Hay extrañas inmovilidades, sucesos que no acaban de acontecer, despachos que se esperan, fechas que anuncian potencialidades que no se actualizan, hay condenados, encerrados, aherrojados, en todas las obras de Di Benedetto. Hay burlas del Cosmos, animales muertos que parecen aún obligados al movimiento, estilitas a lomos de caballo, hay habitaciones sin puertas, hay una mujer que no puede moverse porque se lo impide el peso de su marido muerto en Pez, uno de los relatos más espeluznantes que se hayan escrito nunca. La obra de Di Benedetto está llena de esperas, esperas que normalmente no acogen esperanza alguna. En la versión en inglés de Zama, se optó por traducir espera como expectation. Es cierto que hay una expectación de Zama, pero su espera es más bien beckettiana: ni siquiera la posibilidad de ese ex que apuntaría, acaso, a una salida, le es concedida.

 

17.

Zama se publica en 1956, Di Benedetto tiene 33 años. Justamente. Cuando el 24 de marzo de 1976 es detenido, Di Benedetto tiene ya 53 años. Si ya lo sabía todo sobre la espera cuando escribe Zama, cuánto más no podrá saber veinte años después, cuando de verdad entró en el territorio de la espera infinita, de la espera de los personajes de Kafka, mientras, en la celda, sin siquiera la vana esperanza de un juicio, de una condena, de, quién sabe, hasta una absolución, se consumía sin más horizonte que el próximo fusilamiento. ¿Qué hacía Di Benedetto en la cárcel? ¿Qué podría hacer un hombre que toda su vida había hecho una cosa: escribir? En Madrid, para ganarse la vida escribió de todo, nunca se le cayeron los anillos. Pero, ah, en la cárcel, en la cárcel no podía escribir. Al menos no podía escribir relatos, no le dejaban. Sin embargo, los relatos le seguían naciendo, floración dolorosa del encierro. Relatos de angustia e inmovilidad para doblar como en un espejo su angustia e inmovilidad. ¿Cómo sacarlos de ahí, qué hacer con ellos, con esa prueba íntima de que seguía siendo él, de que, más allá de si seguía vivo o no, seguía siendo él, un escritor? El suceso se ha contado muchas veces: en las cartas que le dejaban mandar a la familia, a los amigos, a esos amigos que, como Juan-Jacobo Bajarlía, que lo narró en Diario de una agonía, se estaban desviviendo por sacarle de ahí, en esas cartas, él contaba sus sueños.

 

18.

Esta noche he tenido un sueño muy lindo, te lo voy a contar, se leía en una letra minúscula, devenida micrograma. Y ese sueño era uno de esos relatos, era, acaso, Aballay. Después, en España, esos relatos se publicaron, junto con algunos otros más antiguos, en un tomo que se llamó, camusianamente, Absurdos. La primera edición, a cargo de la Editorial Pomaire, salió en Barcelona en 1978. En la contraportada vemos a un Di Benedetto de gesto serio, y ya con barba. En la portada, extrañamente, una bicicleta parada en la playa, sin nadie montado en ella. La rueda delantera aparece girada a nuestra derecha. Del lado de nuestra derecha también está el mar, al fondo. Pero en el primer plano lo que vemos es la arena. Una arena de desierto que cruzar con una bicicleta que bien podría ser un caballo del que no bajarse nunca. Qué bien se imagina uno las fatigosas jornadas, el calor asfixiante bajo ese cielo plano sin nube alguna, ese costoso rodar por una arena que, no lo olvidemos, es el símbolo por excelencia del paso del tiempo, desde que a los seres humanos se nos ocurrió encerrarlo en un vaso.

 

19.

¿Cuántas veces muere uno hasta que muere? Hay gente que muere muy poco, que muere muy suave, que se va deslizando en la muerte sin ruido, que cae casi sin sentirse, como caen los granitos de arena desde el antes hasta el después. Hay otros que mueren a golpes, a vuelcos, a bruscos giros del reloj de arena, a manotazos que rompen el vidrio, a goterones de sangre de la mano herida por los cristales. A Dostoievski, que Di Benedetto siempre reconoció como maestro, le fusilaron de mentira una vez, el 22 de diciembre de 1849, en la plaza Semiónov de San Petersburgo. Su discípulo le aventajó en tres simulacros. Es todo de una tristeza insoportable. Di Benedetto, ya no se sabe muy bien a qué velocidad, con cuantos saltos, continuó muriendo en la Argentina de la poca vida que le quedaba, y lo hizo poco tiempo, lo hizo rápido. Apenas el 10 de octubre de 1986, tras varios días en coma, de resultas de una hemorragia cerebral, su vida se apagó en esa Mendoza de la que no se apartó salvo cuando no le quedó otra. Se dice que la causa remota de ese accidente vascular fueron los golpes en la cabeza sufridos durante su cautiverio. Debió ser así: uno acaba muriendo de sus propias muertes, y Di Benedetto murió un 24 de marzo de 1976 en la redacción de Los Andes, hoy hace cincuenta años. Honremos su memoria.

 

20.

Los reyunos, que está incluido en Absurdos, y que es magistral, como lo son todos y cada uno del centenar de cuentos que escribió Di Benedetto, comienza: El aire está salpicado de langostas. El aire siempre está salpicado de langostas, insectos voraces que aparecen por oleadas, que lo devoran todo, que se ponen de lleno a crear desierto. Los tiempos nunca fueron buenos. Cincuenta años después, más de 19000 días, sigue siendo completamente posible, casi se diría que altamente probable, que, estando nosotros en el diario del que somos subdirectores, o en nuestro cuarto de una casa de pensión en Praga, o en la Universidad, o por las calles de Minnesota, o en Gaza, o en un jardín de Madrid, o en la Plaza Mayo, mientras vemos caer la tarde, vengan a por nosotros y se nos lleven, vengan a por nosotros y nos maten. Las langostas nunca abandonan su tarea destructora. Los tiempos nunca serán buenos. Por eso, ante eso, lo único que cabe es el rigor, la insobornabilidad, el coraje, la estatura ética que tan bien encarna Di Benedetto, ese hombre que terminó una pequeña pieza escrita en 1968 y titulada Autobiografía con estas palabras: Prefiero la noche. Prefiero el silencio. La noche en cuya quietud nos juntamos a contarnos los cuentos de la familia, de la familia de la Humanidad, como hacía la madre brasilera de Di Benedetto ante el silencio asombrado de su hijo. Porque amamos la literatura, y somos gente triste, y somos muy valientes.


lunes, 9 de marzo de 2026

La noche del corazón

  

La Europea, retrato fúnebre de El Fayum, s. II d.C., Musée du Louvre


J’ai adoré un visage de terre cuite que la mort a brisé.

CHRISTIAN BOBIN, La nuit du cœur

 

1.

Como es bien sabido, los místicos tienden a fechar con prolija precisión sus experiencias cuando se disponen a relatarlas, desde la incapacidad del lenguaje para dar cuenta de ellas. Famosamente, el gran Blaise Pascal compuso un breve texto que se ha dado en llamar el Memorial, que siempre mantuvo en secreto y que no se descubrió hasta su muerte, cuando se advirtió que, cosidos en el forro de su gabán, había dos papeles, uno de ellos con la anotación original y otro con la copia en limpio de ese mismo texto. Pascal había ido trasladando de una prenda de vestir a otra a lo largo de su vida ese testimonio de su nuit du feu. Las primeras palabras del documento se dedican a identificar la fecha, la hora y hasta los santos del santoral del día en que tuvo lugar esa visión inolvidable. La siguiente línea, destinada a describir lo vivido, se resuelve en una sola palabra: feu, fuego.

 

2.

Nada más sabe o puede o quiere o elige decir Pascal. Lo que sigue entonces son comentarios, más o menos deslavazados. El Memorial es una obra maestra de ese extraño género literario que constituyen los escritos de frontera, emplazados en el filo de las posibilidades del idioma, y hasta del pensamiento, en ese lugar sin topónimos del borde del espacio cubierto por las palabras, en ese territorio sin cartografiar del non plus ultra del big bang verbal. Ante esa glosolalia de los dislates a la que recurren los exploradores del abismo de lo no-decible, ante esa amenaza/promesa de un silencio de otra calidad al humanamente accesible, se diría que el escrúpulo de exactitud del fechado, esa especie de estructura de instancia administrativa, se querrían asideros no del todo capaces de ampararnos en nuestra deriva hacia el envés de la enunciación.

 

3.

Fiel a esa tradición, o acaso inconscientemente tributario de la misma, el grandísimo escritor francés Christian Bobin comienza estableciendo en la primera línea de La nuit du cœur las coordenadas espaciotemporales de la revelación, las componentes de ese cuadrivector que nos permitirán recuperar, a redrotiempo, la circunstancia irrepetible de la magia sobrevenida. Y lo hace con la engañosa simplicidad con que lo hace todo Bobin, ese artífice rarísimo:

La chambre numéro 14 de l’hôtel Sainte-Foy à Conques est percée de deux fenêtres dont l’une donne sur un flanc de l’abbatiale. C’est dans cette chambre, se glissant par la fenêtre la plus proche du grand lit, que dans la nuit du mercredi 26 juillet 2017 un ange est venu me fermer les yeux pour me donner à voir.

Datos a entregar, pues, al personal de aduanas del Más Allá. ¿Lugar? Conques. ¿Día? 26 de julio de 2017, un miércoles. ¿Emplazamiento exacto? Hotel Sainte-Foy, concretamente la habitación catorce. ¿Descripción del suceso? Aparición de un ángel a través de la ventana que da a la Abadía del mismo nombre. ¿Consecuencias de lo ocurrido? El acceso a lo invisible.

 

4.

Así, tan pulcramente, con esa discreción como al desgaire propia de la casa, somos introducidos in medias res al prodigio. Así fui introducido yo, uno de los tantos miles de lectores de Bobin, rendido a su ternura y a su destreza milagrosa con las metáforas. Yo también puedo aportar información de primera mano sobre ese encuentro, no menos reseñable para mí. Ha quedado registrado en uno de mis cuadernos. ¿Día? 26 de diciembre de 2022, por la noche. ¿Lugar? Hotel Observatoire-Luxembourg, París. ¿Otros datos circunstanciales? El ejemplar de La nuit du cœur fue adquirido en la librería parisina Compagnie, en la rue des Écoles, al final de esa tarde. Muy poco antes había comprado otro libro del propio Bobin, Las ruines du ciel, en Tschann, en el Boulevard Montparnasse. Esas dos librerías son paradas habituales en mis travesías por la cité-lumière. Pero eso ya lo saben ustedes.

 

5.

¿Alguna otra cosa que se desee hacer constar? En esas Navidades de 2022 retorno a París después de más de cinco años de ausencia. En esos cinco años han pasado muchas cosas. Lo más relevante, sin duda, la muerte de mis padres. El padre de Bobin padeció la enfermedad de Alzheimer, como mi madre. En sus libros se narra ese doloroso proceso. En Ressusciter, que ya había leído antes del viaje de 2022, me encuentro con las sensaciones que yo mismo había tenido, en una extraña amalgama, pues es el padre el que muere de la muerte de mi madre. Claro que cuando leí Ressusciter mi madre no había muerto todavía…

 

6.

Más cosas pasaron en ese lustro, como a nadie se le escapa. El confinamiento de 2020, que me impidió abandonar, primero, mi casa, luego, mi ciudad, también mi país, durante muchos meses. En 2018, como ya he contado por aquí, estuve en Suiza. Compré algunos libros en Lausanne, como Baltiques, que reúne las obras completas del poeta sueco Tomas Tranströmer, la tarde de un día cuya noche fue decisiva para mí, y del que podría ofrecer información tan precisa como si entonces hubiera tenido lugar una experiencia mística, cosa que, de algún modo, sucedió. Desde entonces y hasta mi retorno a París de 2022 no había vuelto a ninguna librería francófona. Bobin, y otros más, marcan ese retorno. Desde ese año no ha habido ninguno que dejara de volver a París y sus librerías. Volveré a hacerlo dentro de un mes.

 

7.

El 26 de diciembre de 2022 no sé aún absolutamente nada de la Abadía de Conques. Lo que voy sabiendo de ella lo voy aprendiendo en el recuento de Bobin, una extraña guía de viaje escrita desde su refugio secular junto a su lugar de nacimiento, Le Creusot, a mano, sobre su sencilla mesa de madera, frente a su ventana. Lo voy aprendiendo a ritmo de visitas, que es el término con que Bobin se refiere a esos breves, cotidianos, raptos que se suceden en los meses posteriores al retorno de su viaje de una noche a Conques, donde fue a ver las vidrieras con las que el pintor Pierre Soulages cubrió los 104 huecos de las ventanas del viejo templo del siglo XI. Bobin ha sido siempre reacio a alejarse de sus coordenadas, ha practicado casi una agorafobia para la que un día en París suponía una inmersión en el desasosiego. Día a día, en su casa de las afueras de Le Creusot, visita a visita, Bobin llenó 104 huecos de esas paredes encaladas que son los folios vacíos. Al hacerlo, nos legó la crónica de un vuelo interior de inusitada altura, es decir, profundidad.

 

8.

Cuando estoy en París mi condición de adicto a los libros alcanza su máximo nivel de excelencia. Y así fue en ese diciembre de 2022, más aún si cabe, porque llevaba mucho tiempo sin poder perderme por las decenas de librerías que la ciudad me ofrece cuando voy. En mi cuaderno de entonces anoté que mi visita final de ese día a Compagnie, que toma, acaso, su nombre del breve escrito de Samuel Beckett, fue producto de un cop de cœur, que es otro nombre para el arrebato. Ya había estado en Compagnie, ya había comprado libros allí un par de días antes. Ya había estado en Tschann esa tarde. Fui a Compagnie en busca de otro libro. La nuit du cœur simplemente se me ofreció en una de las mesas. Al abrirlo, aparecí en la vidriera 46, y allí se me habló de la habitación 14 y de un juego de cartas en el que nos jugábamos la vida en un casino vacío. Suficiente para entender que acababa de ocurrir algo decisivo.

 

9.

En Morgana en Duino, hasta cuatro veces a lo largo de los capítulos, nombre que bien puede cuadrar a esa especie de poemas engarzados que constituye su narrativa sui generis, como chapitres llama Bobin a las 104 cuentas del rosario de La noche del corazón, hasta cuatro veces, digo, se repite un mismo gesto, como si fuera un extraño ritual. O más que repetirse, se anhela, se recuerda, se registra como parte de un sueño. Hay alguien que se acerca por detrás, alguien que nos tapa los ojos y nos susurra catorce. Catorce es una contraseña. En el propio texto de la novela se da la clave de lo que significa. Significa: te tengo en las entrañas, esa frase que precede, en el último de los sueños, a los besos que nos tapan la boca. Desconozco cuántas habitaciones tiene el Hotel Sainte-Foy de Conques, apenas sé, lo sé desde el 26 de diciembre de 2022, que una de las ventanas de la habitación 14 da a la Abadía que está al lado, y que esa ventana es el lugar por donde penetra el ángel. Lo sé porque Bobin lo supo, el 26 de julio de 2017, y me lo contó cuando abrí el librito en Compagnie ese día de San Esteban, un mes y dos días después de su muerte.

 

10.

Catorce es el número del infinito, algo que no desconocemos los lectores de La casa de Asterión. Más bizarramente, es el primer número en orden alfabético en castellano, y lo es a pesar de que los números son infinitos y parecería arriesgado decir que se puede colocar uno antes que todos los otros posibles en primer lugar. Pero el modo en que nombramos los números nos garantiza que eso es así. Cinco va después, y después irán todos los que empiezan por cincuenta o cinco mil o cinco millones, y no digamos los que empiezan por quinientos. Cada idioma tiene su primer número. En inglés es eight, en francés es cent. Catorce no es importante para mí por esa causa, eso lo supe después, quatorze no está en ninguna posición privilegiada en esa extraña ordenación para el hablante de francés que fue Bobin, el 14 para él se hizo especial porque fue a Conques y se alojó allí, por ese seguro azar. A cada uno le sobreviene su catorce, simplemente hay que estar preparado para reconocerlo.

 

11.

Mi catorce se apareció, de un modo trivial, pero misterioso, casi escalofriante, hace muchos años, en un casino. Solamente he ido dos noches en mi vida a un casino, solamente he jugado dos veces en mi vida a la ruleta. La última fue la del catorce, y han pasado no menos de tres décadas de ello. La presencia terrible de la ludopatía en un miembro muy cercano y muy querido de mi familia hizo que me alejase hace mucho de cualquier juego de azar. Pero existe una ambivalencia en ese gesto: es preciso alejarse justamente de lo que produce una fascinación acaso peligrosa. No soy ajeno a numerologías lúdicas o maniacas, soy un habitante habitual de aritméticas y combinatorias, soy un hombre de números tanto o más que de letras. No soy inmune a la simbología de una rueda que gira y de una bola que se posa en un lugar que se convierte desde ese preciso instante en lo irreversible. Por eso el catorce. Por eso la sabiduría paradójica de que no hay ningún sentido en el Caos que habitamos y nos habita y de que, simultáneamente, hay un sentido en el Cosmos que dolorosamente erigimos y que entonces, desde antes casi de sabernos, nos acoge.

 

12.

El catorce, dice con absoluta calma el que era yo hace tres décadas a un amigo con el que iba y el amigo coloca las fichas, y, cuando la bola se posa en el catorce, hecho que en sí no tiene nada de sorprendente, más allá de una probabilidad decididamente baja en la que se basa la ganancia del Casino y la desgracia del adicto, mi sensación no es de euforia, ni siquiera de sorpresa. Lo único que hay es la corroboración de una certeza, de una certeza mágica que antecede a la jugada, pues ese catorce no era ni el veintiséis ni el cuatro ni ninguno de los números que pudimos jugar esa noche, ni siquiera el 18 que luego también acabó saliendo, pues esa noche acerté dos plenos en apenas un rato de juego, cosa extremadamente improbable. No: que iba a salir el catorce era algo quede algún modo estaba escrito y se sabía de antemano, es decir, que yo lo sabía con la certidumbre absoluta de los sueños, pues la decisión de jugar al catorce no había sido producto de una elección inmotivada, sino el gesto lógico del que conoce algo, del que ha recibido, por quién sabe qué vías, que bien pueden incluir la voz de un ángel, una información precisa de lo inevitable.

 

13.

Transmito apenas una sensación, una sensación, por demás, incomunicable, como una experiencia mística. Es posible que las experiencias místicas se conciban revestidas de otra parafernalia, pero lo cierto es que esa noche del Casino yo supe que existía otro relato subyacente al del vivir, que se podía saltar a otra pista del acontecer, y que en esa línea paralela los sucesos podían contemplarse desde otra vista de pájaro, al margen del devenir. Es decir, no supe ninguna de esas cosas, ni ninguna de esas cosas fueron verdad, ya que lo ocurrió fue únicamente una casualidad, y el hecho de que a mí me pareciera bien revestirlo de todo ese ornato de transcendencia siempre fue un juego literario. Mi fe no cubre área alguna, todos los encantamientos que puedo haber encontrado en mi vida son, bien lo sé, ay, puramente endógenos, y exigen una continua suspensión de incredulidad, que es la que me permite tejer modestos hechizos de los que se alimenta mi literatura. Por eso el catorce es, a fin de cuentas, y en términos prácticos, apenas una metáfora privilegiada, una mot-clé de uso privado. Pero sale tanto por aquí, en tantos de mis escritos que en algún momento debía darles a ustedes la posibilidad de conocer el truco, de saber por qué el anhelo del narrador narrado de Morgana era sentir unas manos en sus ojos, una boca junto a su oído, escuchar el catorce que hace que caiga instantáneamente el castillo de naipes del Cosmos y se muestre en su gloriosa desnudez la tersa Nada que nos constituye.

 

14.

Si uno sigue escribiendo, el catorce acaba por aparecer. Aquí ha vuelto a ocurrir. ¿Qué contaremos en este párrafo 14, en el chapitre 14, de esta entrada, tan arbitrariamente numerada como todas las otras del blog? Acaso lo que correspondería sería resumir, si la palabra no fuera tan ridículamente inadecuada, La nuit du cœur, su vaivén, su eterno retorno a la noche de la revelación, rememorada una y otra vez por el poeta revisitado. Hablar de sus palabras, de sus visiones lentas, de los huecos de su interior de abadía que se llenan de ecos y de reverberaciones del negro de Soulages, ese constructor del apofático outre-noir en el que la obscuridad llega tan a su límite que empieza misteriosamente a irradiar luz. Transcribir, acaso, alguna de las decenas y decenas de líneas que he subrayado en mi ejemplar, releído una vez más en los últimos días. Líneas como ésta, por ejemplo, encontradas al azar, al azar del catorce: tu nous regardes te quitter. Cette vision est restée dans mon rétroviseur comme une relique. Des années après, elle s’y trouve encore.

 

15.

Hubiera servido cualquier otra, todas las líneas del libro de Bobin pueden pulsarse como las cuerdas de un arpa para que produzcan armónicos inagotables. En esa, que la suerte nos ha otorgado, se nos recuerda que vivir es seguir adelante, alejarse, que las cosas inmóviles en el espacio y el tiempo, como la Abadía de Conques del siglo once, nos acogen en el hueco de su vientre y somos nosotros los que inevitablemente nos expulsamos de ese lugar nutricio, pues nuestra esencia es la deriva. Apenas podemos contar con el hacia atrás, con esa visión paradójica del espejo retrovisor que otros llaman memoria. Una noche tan solo durmió Bobin en ese viaje de 2017 en el Hotel Sainte-Foy, una noche contada en 104 capítulos en un libro que en el borrador iba a llamarse justamente Une nuit à Conques. Ese recuento de ecos, esas ondas que emanan de un centro ya inaccesible en su gélida geometría y recogemos apenas en la borda de la barca en la que nos trasladamos a un nunca en el que no seremos ya más que una nada que nada puede contener, esas imágenes que se quieren reanimar con el boca a boca de la poesía, son todo lo que tenemos de ese deslizarse del ángel de los segundos, que bien sabe de los claustros que no nos es dado habitar, aunque es de noche.

 

16.

El 26 de julio de 2017, cuando Bobin se las entendía con ese ángel en Conques, yo también estaba en París. Esa mañana he regresado al Louvre. He anotado cosas sentado frente al Escriba y su mirada omnividente. He vuelto entonces a mi centro, a mi Conques, que es ese lugar casi secreto donde me espera la Europea. La he saludado: salut, mon cœur, le he dicho muchas cosas, porque tenemos ya confianza. Cosas como Fue locura intentar hacerte terrenal y atraerte, Europea. Estás tan en tu lado, tan lejos de esta existencia tan precaria, como el Ángel de Rilke que, por supuesto, también eres. Sí, hay un ángel que habita esa sala, como otro habita la chambre 14 del hotel de Conques. Hay ángeles por todas partes. Un año casi exacto antes, en 2016, también en París, ya le había dicho a la Europea Nunca podré olvidarte, como nunca olvido mi tristeza. Cuando le di la espalda, acaso, ella se despegó de su madera, llegó a mi altura y me susurró te tengo en las entrañas. No lo recuerdo bien, acaso fue en otra ciudad, acaso fue en Lausanne.

 

17.

Une nuit à Conques fue la noche del corazón de Bobin. El corazón, nos recuerda María Zambrano, tiene huecos, habitaciones abiertas. La anatomía cardiaca incluye emplazamientos que se llaman atrios, como en las catedrales. El espacio interior de las entrañas y el espacio exterior de la visión se comunican por las vidrieras. En las de la Abbatiale de Conques, Soulages, que murió a los 102 años un mes antes que Bobin, dos meses antes de ese día de Navidad de 2022 en el que yo fui al cementerio de Montparnasse recorriendo una misteriosa ciudad vacía habitada sólo por la niebla, recurrió a las líneas, a las curvas, a los trazos. Esas vidrieras fueron inauguradas justamente otro 26 de julio, en 1994, el día siguiente a la festividad del Apostol: Conques está en el camino de Santiago. En una entrevista, Soulages, que había nacido en la cercana Rodez, ese centro maldito de la geografía artaudiana, dijo que Conques había sido el lugar de sus primeras grandes emociones artísticas, que le había conmovido la música de esas proporciones, esa alianza singular de fuerza y gracia.

 

18.

La fecha de la muerte de Christian Bobin es el 24 de noviembre de 2022. La visión de Pascal tiene lugar el 23 de noviembre de 1654, pero se extiende hasta el inicio del día siguiente, señalado en el santoral como la festividad de San Crisógono Mártir. Bobin no puede sobrevivir a esa nuit du feu. En 2019 le escribió una larga carta de poemas a su amigo Soulages, que se publicó en un libro llamado “Pierre,”, así, con esa coma inconclusa en el título. Ese libro tuvo su origen en otro breve viaje, como el que emprendió a Conques un año antes. El viaje tuvo como destino Sète, en la costa, y se inició la nochebuena de 2018 a las 19.15 h. en la estación TGV de Le Creusot. Cuatro años después, en la nochebuena de 2022 yo estaba en París, y aún no había leído La nuit du cœur y no sabía nada de Pierre Soulages y sus negros. La bola aún no se había lanzado siquiera, la ruleta no había empezado a girar. Cuando se posó dos días después en el catorce, nada pudo ya ser desdicho.

 

19.

En francés, para decir que algo se sabe de memoria, se dice par cœur, como en inglés se usa by heart. En castellano, hablar de corazón, con el corazón, es ser sincero. En mis notas del 24 de diciembre de 2018, el de la partida de Bobin hacia Sète, ésa que se señala en el billete de tren incluido en Les différentes régions du ciel y al que ya me referí aquí en otra entrada, hay una que dice: “Corazón” es su nombre. No me lo desvela, me lo recuerda. Todo estaba ahí, ninguno pusimos nada. El paisaje inalterable espera congelado en los sueños para revelar sus álgebras. El 25 de mayo de 2025, en el Parador de Gredos, al que me he llevado ese gozoso tomo recién comprado que recopila una veintena de títulos de Bobin, apunto: El dios rapaz que se cierne y nuestros dedos incapaces de ocultarle el corazón que gotea. Mis escritos están llenos de corazones, cuyo latir se va acompasando poco a poco como el de los metrónomos que oscilan sobre una superficie blanda. Ahora, aquí, en otro parador, el de Almagro, que fue un convento, acabo esta entrada, que se ha hecho esperar tantas semanas, mientras pienso en el corazón de Rosalía, al que dedicaré mi conferencia de dentro de diez días en Zaragoza, la conferencia cuya preparación me ha alejado de cuadernos y pantallas de ordenador como ésta. El corazón que la diosa stalker nos secuestra, ése del que cada uno guarda un trocito como reliquia.

 

20.

Una sobrevenida y arbitraria numerología quiso hace muchas lunas que estas entradas se numeraran y que esa numeración concluyera en el 20. Apenas algunas veces, cuando no hay más remedio, se añade una coda que siempre incorpora una conjunción copulativa, y 21. Éste es, pues, el último capítulo de este viaje a las entrañas. El corazón, nos recuerda Zambrano, es lo único de nuestro ser que produce sonido. Escuchado o no, ese ritmo cardiaco puntea nuestro acontecer. Esa cadencia secreta es el catorce de nuestras vidas. Otras oscilaciones son posibles, otros números, cada uno tiene el suyo. Cuando esas cifras coinciden, cuando esas ruletas se acompasan, cuando esos ángeles son simultáneos, surge como de entre la niebla un puente efímero y frágil. Entonces, sólo entonces, podemos mostrarnos desnudos ante la desnudez del otro, es decir, descarnados, expuestos en nuestras vísceras, abierta de par en par la jaula de las costillas por esa llavecita que misteriosamente encuentra la cerradura del esternón. Entonces, sólo entonces, podemos decir this one’s from the heart, como aquella mañana de Madrid en 2007, podemos decir here’s looking at you, kid, y todas esas cosas que decimos son en realidad la misma cosa, son la frase del ángel que no sabe traducirse, la que se escuchó en las falesie junto a Duino, aquel día en que Rilke recibió la palabra mágica que le dio cuerda al reloj de las Elegías, el password que reverbera entre las paredes de la habitación catorce, allí, aquí, donde estamos juntos siempre que cerramos los ojos.  




martes, 10 de febrero de 2026

Diminutivos



Desde que no estás, no he podido llorar con nadie. Llorar por los diminutivos.

(Anotado en un cuaderno, 2 de septiembre de 2014, por la noche.)

 

1.

No es fácil hablar de esto. Existe una tristeza químicamente pura. Una tristeza que no está asociada a dolor, privación, duelo, pérdida, o, si lo está, todos esos factores aparecen desdibujados, lejanos, indirectos. Una tristeza que no se mezcla con rabia, desgarro, agitación, decaimiento. Es una tristeza que trasciende todas las circunstancias de la vida. En ese sentido, es una tristeza de lujo, una mercancía difícil de encontrar, un objeto exquisito. Es, por eso mismo, una tristeza vergonzosa, de la que no se sabe muy bien qué contar, para no parecer soberbios, o excesivamente quejosos, teniendo en cuenta las muy reales penalidades en las que vive la gente, los desastres cotidianos, las catástrofes que nos esperan en cada recodo de la vida, lo que todo el mundo aceptaría como fuentes de la tristeza real, la que no tiene que ver con la literatura o la metafísica o la simple palabrería. Y es verdad, todo eso es verdad, y por eso no es fácil hablar de esto. Pero es preciso hacerlo.

 

2.

Éste será, como en el fondo lo son todos, un texto contradictorio. Si quisiera hacer parecer que estoy escribiendo un relato, o una crónica, y quizás es eso lo que estoy haciendo, o lo que quiero hacer parecer que estoy haciendo, ahora podría impostar y decir “releo el párrafo anterior”, pero no tengo ninguna necesidad de releer el párrafo anterior, acabo de escribirlo y llevo pensándolo, construyendo mentalmente esas líneas desde hace varios días. Es el comienzo de la pendiente y no hay retrocesos, y todos estos desvíos son pura retórica. Así que no, de ningún modo este texto es contradictorio, ningún texto lo es, porque, incluso cuando parece contradecirse, lo único que hace es reafirmar lo que dice el otro texto, el de verdad, el que está debajo de él. Es ese texto el que es preciso escribir hoy, ahora. Pero para escribirlo, no queda más remedio que escribir el texto de arriba, porque lo que se quiere contar siempre es subterráneo.

 

3.

Si esto fuera un relato o una crónica, si esto fuera el guion de una película, una escena de teatro, habría que empezar al revés, habría que situarse en el lugar del hallazgo, de la trouvaille, en el lugar donde el azar objetivo me proporcionó las instrucciones. Sólo si este texto se pretende presentar como una especie de tratado filosófico es aceptable comenzar con banalidades rimbombantes como “existe una tristeza químicamente pura”. Sin embargo, lo cierto es que esa tristeza químicamente pura existe, y este vaivén intenta hacerla comparecer en los interlineados, en la microscópica trama de huecos que convoca el tejido. Por eso, lo de menos es la cronología y la lógica narrativa que conlleva. Porque el verdadero texto es el que no se escribe.

 

4.

Existe una tristeza químicamente pura. Yo la he experimentado algunas veces. Quiero decir, yo la he experimentado siempre. Las otras tristezas, las otras penas, los otros desastres, son apenas el rizado del oleaje de ese mar, el ruido en la quietud solemne de esa nota hueca. Las alegrías también, por supuesto: perturbaciones del statu quo. La tristeza químicamente pura marca el nivel basal, es el bajo continuo de la melodía de nuestra vida, el agudo del acúfeno que nunca deja de sonar en el dentro del oído. Todo lo demás es relatable, todo lo demás son términos y sintagmas. Ella, sin embargo, es el papel sobre el que se escribe. No es un silencio, sino un zumbido. No es un estar, es un ser. Es donde estamos, estamos ahí porque es. Es ahí donde estoy, donde estuve, donde estaré. Discúlpenme el plural mayestático, no conviene recurrir a tan burdos subterfugios: de quien habla el relato es de mí, y yo soy un melancólico, y el tema del relato es la tristeza.

 

5.

Dos pasos más atrás, para mirar el cuadro. Sí, es preciso volver a excusarse. No se puede frivolizar. Existe la depresión clínica, devastadora. Existe el golpe al centro mismo de las vísceras, letal. No, no es eso. Es lo de antes. Lo de siempre. La frecuencia cero. Antes. Es la disposición de los instrumentos cuando ni siquiera han entrado los músicos para tocar la sinfonía. Antes aún. Es el local, los ladrillos, los muebles, es el ensayo, es el borrón en la partitura, es el da capo, es el saludo recogiéndose los faldones del frac, es el llegar al teatro, es el haber nacido, es la palabra de Dios, el fiat lux, es el Cosmos. Y tampoco, porque eso nos conduce otra vez al plural y ninguna de esas cosas tienen garantizada siquiera su existencia.

 

6.

Mamá no vendrá hoy a darme el beso de buenas noches, tenemos visita, piensa un niño en una casa de campo, en Francia, al final del siglo XIX. Todo empieza ahí, siempre empieza así. No es un berrinche. Sí lo es, sí es un berrinche, y hay otras muchas noches con beso de mamá, y hay libros nuevos que leer, y habrá mañana paseo, del lado de Swann o del lado de Guermantes. Ha habido otras noches sin beso, habrá otras muchas más. ¿Qué ocurre entonces, qué piedra se ha lanzado al estanque que va a generar ondas y ondas hasta alcanzarnos en la edad adulta, casi al borde de la muerte, hasta llevarnos, de la mano de resonancias y resonancias cada vez más intensas, a escribirlo todo, a dar vueltas en ese caracol hasta, literalmente, nuestro último aliento? Esa noche, el joven Je ha visto la Tristeza y le ha colocado su mayúscula, como hará con el tiempo. La Tristeza es también el Tiempo, claro, pero es igualmente otras cosas: el Tiempo, la Muerte, son sólo alguno de sus atributos más notorios. La búsqueda es un retorno y una huida, pero es vana. La Tristeza es como el horror de Kurtz en la jungla. Hay que aprender a conocerla, hay que hacerla nuestra amiga. Al fin y al cabo, somos sus hijos.

 

7.

Mamá no puede calmarse, dice que quiere irse, yo no sé qué hacer, dice el padre a través del teléfono. Las ondas en el lago de la Tristeza son esas ondas electromagnéticas que viajan de un lado a otro para aterrizar en el corazón del que escucha. La Tristeza afila sus cuchillos. Sí: demencia, sensación de abandono, desorientación, petición de auxilio. ¿Qué puede hacer el niño que ya no es tan niño y nunca fue Proust, qué puede hacer, ahogado por la culpa, destruido por la impotencia, agotado? Escucha, trata de apaciguar, conferir esperanzas que sabe falsarias, porque no hay salida, porque eso es el final, aunque el final se demore aún mucho, ésas son cosas del Tiempo, que tiene sus procedimientos. Asuntos delicados, en el fondo banales: quién no ha sufrido por la vejez de sus padres, por su deterioro, por el declive que muestra claramente cuál es el camino que nos está esperando. También Je nos habla de la muerte de la abuela, de la madre de cabellos grises que descubre entonces ocupando el lugar que hasta entonces le correspondía a la que era la madre de ella. Así se suceden las generaciones en el reino de la Tristeza. Sí, todo esto es bien conocido, y doloroso, y por eso aún no es la Tristeza, aún es sólo la tristeza.

 

8.

Es la hora de la cena, tenéis que ir al comedor ya, luego os vuelvo a llamar, estate tranquilo, no podemos hacer nada, yo estoy lejos, y tampoco podría hacer nada, trata de calmarla, habla con la gente de la residencia, llámame luego, te llamo yo, que me llamen ellos, esto es como otras veces, pasará muchas veces más, dejará de pasar cuando ya no haya nadie a quien le pueda pasar, aunque su cuerpo siga estando allí. Sí, ésa es la tristeza, una tristeza tan grande que merecería todas las mayúsculas de la imprenta. Pero no es la Tristeza. La Tristeza ya estaba. Estaba en el nacimiento. Es el mar de esas olas. El que escucha, el que acaba de colgar el móvil, anda por Madrid. Lo hace siempre en esos tiempos, lo sigue haciendo. Largas caminatas sin rumbo determinado, para pensar, para poder escribir, para escribir una novela que hablará, de qué otra cosa podría hablar, de la Tristeza. Entre dos llamadas, la desazón, esa palabra que aprendió tan de niño, que pronunciaba tan a menudo, ay, su abuela. Desazón, la amargura que produce la falta de sazón. Anda por Madrid. Él se acuerda muy bien por donde. Yo, que soy el protagonista de esa tercera persona, me acuerdo muy bien por dónde. No importa por dónde. Anda.

 

9.

Existe una tristeza químicamente pura, la Tristeza. No es fácil experimentarla, siempre viene obturada por tantos dolores y por tantas sensaciones anodinas y por tantos alivios y por tantos temores. Sentir la Tristeza es una experiencia mística. Una iluminación obscura, esplendente en su negrura. Es una sensación oceánica, una fusión con el ser del Universo. Pero no es una experiencia gozosa, porque el ser del Universo es el sin sentido, el puro azar, la absoluta contingencia. No hay brazos amorosos a los que arrojarse, no hay un dios que nos espere con una taza de caldo para el frío. Sólo hay el sordo rumor de la maquinaria de la eimarmené, dispuesta para nada desde siempre. Hay que atesorar esas experiencias cuando tienen lugar, nos muestran nuestro país de origen, nos abren la puerta del laberinto. Hay que nadar en la limpidez de esas aguas, desnudos de toda adherencia.

 

10.

Entre dos llamadas, en la desazón, andando a toda prisa por el Paseo, sin ningún rumbo, sin ninguna presencia que espere, sin ninguna tarea que sea necesario abordar, solo en la augusta Nada de un Universo que muestra su descarnada vacuidad, andando, y entonces otra persona anda, nadie conocido, nadie relevante en este relato, alguien fundamental en su propio relato, que desconocemos, que habrá seguido desarrollándose en estos casi doce años, una chica, una chica más joven que el narrador, una chica que no está entre dos llamadas sino que está en mitad de una, que no tiene por qué ser especialmente dramática o interesante, una llamada de la que nosotros, el narrador, Je, yo, escuchamos, en nuestro paso acelerado, en el único momento de nuestro encuentro, de nuestro ser paralelos, una sola frase: ¿has hecho ya la maletita? Y es ahí, justamente ahí, cuando el puñal del diminutivo se nos clava en las entrañas y, finalmente, la congoja asalta la garganta y el llanto aflora, con esas lágrimas de pura Tristeza que empiezan a recorrer las mejillas.

 

11.

No es fácil escribir de esto, porque, como toda experiencia mística, es incomunicable. Se puede, apenas, teorizar. El diminutivo es insoportable, porque el diminutivo es la ternura, la Ternura. La Ternura es la única arma de la que disponemos en el combate con la Tristeza. La Ternura es el salvavidas que nos arrojamos unos a otros cuando estamos a punto de ahogarnos en ese estanque sin orillas. La Ternura es el pasaporte para abandonar, siquiera por un rato, el país del estar solos. Pero a la Ternura le pasa como a la Tristeza: no sirve invocarla, ni siquiera ejercerla, no debe confundirse con los pequeños gestos cotidianos, con las caricias al corazón que, menos mal, nos regalamos tan a menudo, al menos los que hemos sido afortunados, los melancólicos que disponemos de compañeros de viaje. La Ternura de esa tarde es una chica desconocida que habla con alguien que no podemos ver y le pregunta, esa tarde que, acaso, era de domingo, ya sabemos que en la tarde de los domingos la Tristeza tiende a hacerse algo menos pudorosa, le pregunta a su amiga, o a su hermana, o a su novio, o a su padre, o a quien sea, porque eso no importa, si ha hecho ya la maletita, no la maleta, con ese diminutivo que convierte a la maleta en algo de juguete y le quita importancia al viaje, que puede ser acaso un simple viaje de trabajo, un viaje como los que yo hacía entonces con frecuencia, a reuniones de proyectos de investigación o congresos, por diferentes lugares de Europa.

 

12.

Sí, el diminutivo y la maleta, esas dos cosas me otorgó el ángel que me fue enviado esa tarde de tormenta de arena en el alma. La inquietud de los aeropuertos, el frío de los paquebotes, los empeños de la vida adulta que siempre nos conducen a la zozobra, cierta necesidad de un refugio, todo eso que supone el alejarse, todo eso que nos obliga a recoger algunas pertenencias, meterlas en un recipiente, acarrearlas, y el pasaporte, y algún libro, y el teléfono, y llamar y decir que ya hemos llegado, o que hay retraso, porque hay alguien que espera, o esa maletita a lo mejor es la maletita del viaje que conduce hacia la chica del Paseo a su desconocido interlocutor, y entonces el tono de la chica sería alegre, pero quién sabe si era alegre, cuando el que lo escucha es pura tristeza, para él todo es triste, todo es el momento de una partida infinita en medio del muelle desierto batido por todos los vientos.

 

13.

Un diminutivo inaplicable para el que pasa tan rápido, piensa él, pues nadie nos puede ayudar en ese trance, nadie siente tan íntimamente ese dolor, o, sí, todos lo sienten, pero cada uno en su celda, en su cubículo, y podemos hablarnos, podemos abrazarnos, podemos acariciarnos la cabeza, y todo eso alivia el dolor, los dolores, pero la Tristeza está más allá de toda caricia, la Tristeza es lo que estaba siempre, lo que estaba desde antes de que nadie siquiera supiera el nombre que íbamos a tener. Sí, todo eso es así, pero lo importante es que el diminutivo nos hace llorar, y ese llanto drena, y por eso, el que avanza por el Paseo, que sentía la ausencia de todo diminutivo, la posibilidad imposible de un abrazo en el aeropuerto del estar existiendo, de repente, como cogido por sorpresa, es abatido por la Ternura, una Ternura que ni siquiera era de él, para él, y entonces entiende el juego, entiende que todos estamos a la vez en el aeropuerto, de un lado y de otro de la puerta de llegadas, y que todos estamos esperando abrazos imposibles, y entonces, entonces, simplemente, nos abrazamos, y eso es la solidaridad, eso es el amor, sabernos cada uno en una silla del gran banquete de la Tristeza y saludarnos al llegar a él y de vez en cuando darnos la mano por debajo del mantel, entre plato y plato.

 

14.

Todas las metáforas del mundo son imprescindibles y al mismo tiempo inútiles. La experiencia mística no se deja decir. La Tristeza no es esa tarde, ni ese diminutivo, ni esa chica que sólo estuvo un segundo en nuestra trayectoria y nos dio, sin embargo, el password para el resto de la vida. Todo eso son, como mucho, las ínsulas extrañas, pero la Tristeza no habita allí, la Tristeza es quien dibuja esas islas. Es el frío que revela que por dentro de nuestro cuerpo hay corriente. El músculo que inesperadamente, alza esa mano vacía. Todo puede contarse muy sencillamente: vivir es complicado, hay cosas malas, hay sufrimientos, siempre hay sufrimientos, los sufrimientos van de suyo, las cosas buenas a veces aparecen o no, eso es trivial, es bien sabido. Pero no es eso, es el hecho de haber nacido y que eso no tuviera por qué haber ocurrido. Es las tres de la mañana y el aire helado de la madrugada. Es la ausencia, es lo que no cura siquiera la presencia, es lo que hace que ni siquiera nos baste con estar allí, enfrente.

 

15.

Las madres saben mucho de ese frío, siempre quisieron que nos abrigáramos, siempre nos arroparon. En Avec le Temps canta Leo Ferré les voix qui vous disaient tout bas les mots des pauvres gens: “Ne rentre pas trop tard, surtout ne prends pas froid”. Mi madre siempre me dijo que no cogiera frío, lo siguió haciendo y haciendo cuando era yo ya quien procuraba que ella no cogiera frío. Ese frío de una madrugada destemplada, de una madrugada en una duermevela que no se hace sueño hasta que el sonido de la puerta anuncia la llegada del que faltaba, es la Tristeza, la Tristeza del hijo que a esas alturas ya sabe que todo lo que ha de pasar acaba pasando. La madre que ya está más tranquila en la segunda llamada, el padre que transmite la calma, una calma basada en la aceptación del horror de Conrad, en una jungla que circunda el Paseo. Sí, tout s’en va con el tiempo. Sólo permanece en la memoria lo que nos duele. Cuando las luces se apagan, lo que nos resta es la iluminación obscura del negro-de-siempre, de la negrura de esos espacios infinitos que hacía temblar a Pascal.

 

16.

Por eso te dije que te entendía el otro día, por eso supe de algún modo abrazarte con el gesto correcto, conducirte al otro lado del río, colgar la llamada, redecorar el desierto con las guirnaldas de las sonrisas. Porque ya he estado allí, he sabido dónde estaba, he vuelto sabiendo que uno no se va de allí, pero que es posible dibujar pájaros. Ése era el regalo: sabernos acompañar. Ayudarnos a hacer la maletita. Ésa es nuestra obligación por el mero hecho de estar vivos, por formar parte de la tripulación de esta nave a la deriva que atraviesa el vacío: calentar el corazón, apaciguar la marejada de la Tristeza, expandir la Ternura para que acompañe al Cosmos en su loca carrera hacia ningún lugar, ningún tiempo, en su larga huida de la Gran Explosión.

 

17.

Éste es, ahora sí, ahora ya puede contarse, el relato: como entonces, como siempre desde hace tantos años, ando, camino, recorro la ciudad. Cada día. Esa mañana, hace una semana exactamente, estoy en un parque. Justo a esa altura existió un estadio, al que fui tantas veces. Uno de mis paseos habituales. No hay nadie, es por la mañana, ahora puedo andar por la mañana. Esa parte del parque es aún un poco inhóspita, se construyó al final, es en realidad como la tapadera del túnel que hay abajo, por donde va todo el tráfico. Los árboles aún no han crecido. No es un sitio donde uno se siente, no hay juegos para los niños. Por eso el hallazgo es especialmente interesante. Por eso, quizás también, el objeto puede haber estado allí, en el medio del camino, esperándome más rato, a pesar de que su presencia resulta obvia. Una nota. Un post-it, de un fucsia muy chillón. Doblado en dos, de modo que la mitad del papel tapa la parte adhesiva, con las letras por fuera. Alguien lo ha doblado así, con cuidado. Alguien lo llevaba en el bolso, o en el bolsillo. Nadie lo ha tirado, se ha caído. Se ha quedado allí, en mitad de la vereda. Para mí. Acepto la ofrenda.

 

18.

Me da pudor reproducir el mensaje, aun a sabiendas de que nadie, ni yo mismo, conoce a la autora, aun siendo consciente de que, por mucha importancia que quiera darme, estos textos lo leen apenas decenas de personas, compañeros de viaje a los que me siento tan vinculado en esta navegación (muchas gracias, siempre, por vuestra ternura). Ese mensaje es profundamente privado. Y trivial, seguramente, en el fondo nada de mucha importancia, pero ahí, tirado en mitad de ese nolugar del parque, ese resto arqueológico en su fucsia es también el comienzo de un relato, de éste, ningún escritor que se precie deja pasar esa oportunidad, especialmente si ese escritor tiene un fino oído para la Tristeza.

 

19.

Me ha encantado este finde pegaditas, y entonces, dibujado, un smiley, una sonrisa. Que vaya bien el día. Ojalá puedas tener pádel, luego el psicólogo y luego SIESTORRO! TE QUIERO. Ese mensaje en una botella ha viajado desde cualquier superficie de la casa donde se pegara, esa casa donde la autora del mensaje y la destinataria han pasado, tranquilas, el fin de semana, juntas. Una, la autora, ha abandonado la casa. Acaso no es la suya, o simplemente ha tenido que ir a trabajar. La otra no trabaja esa mañana, puede ir a jugar al pádel, pero llueve, llueve mucho esos días, a lo mejor no puede por eso. Entonces, el psicólogo, quizás por eso no va a trabajar esa mañana, tiene consulta con el psicólogo, por qué el psicólogo, qué le pasa, tiene algún problema, y la Tristeza aparece cada vez más claramente entre las líneas, pero todo se apacigua, porque nos espera una siesta, juntas, y la Ternura triunfa, con el grito de las mayúsculas: TE QUIERO.

 

20.

No existe fuerza alguna que pueda impedir que me agache para recoger una nota en el suelo, y para leerla, soy demasiado curioso, o demasiado sensible a los mensajes en  botellas. En este caso, al principio, el impulso fue tirar el papel a una papelera, o dejarlo allí, sin más. No pude, me lo llevé a casa, aquí lo tengo. Quiero pensar que a esas dos chicas, que son pareja, o hermanas, o amigas, o madre e hija, o compañeras de piso, todo les va maravillosamente, que son capaces de combatir con éxito a la Tristeza armadas con la espada de su Ternura. Lo deseo profundamente. Me encantaría abrazarlas, decirles que todo va a ir bien, porque es verdad que todo va a ir bien aunque todo vaya a ir mal. Me encantaría agradecerles su existencia, de la que el azar me ha hecho partícipe. Y éste era el relato, nada más. El relato de cómo una nota de una chica resonó con la llamada de otra chica de hace casi doce años, y me trajo de nuevo la Ternura químicamente pura, ahora que, por fortuna, estoy tan lejos de aquella tristeza de entonces, que me he mudado a un barrio un poco a las afueras de la Tristeza, mi patria irrenunciable.


21.

Éste es el relato, sí. Podría haberse contado de otro modo, de muchos modos, sin duda. Hay, por ejemplo, una novela de misterio que se puede escribir a partir de cada hallazgo. Inventar cómo, por qué, esa nota acabó allí, la nota que la destinataria dobló con cuidado para que la mitad del papel se pegara con el pegamento, y el pegamento no se pegara a otra cosa, y la metió en el bolsillo o en el bolso cuando salió al jugar al pádel o fue a la consulta del psicólogo, porque quería guardarla, porque quería tenerla cerca para poder leer otra vez que la querían. Inventar el antes y el después de esa nota, la siesta y el fin de semana juntas. Sí, ese relato existe también, pero no me apetecía escribirlo. Lo que quería escribir era esto. Otra cosa. Una carta de amor. Para poder dejarla caer en el parque electrónico por el que paseamos de tarde en tarde, para que alguien la recoja y la lea y sepa entonces lo mucho que la quiero.