A
la que renace de las aguas.
Las huellas de tus dedos
no se ven en la torre.
Pero yo leo sin descanso, en la soledad de la
ermita, junto al mar
los antiguos signos donde tú estuviste hacia el año
mil,
por los bosques, los pantanos, las ramas y las
hojas, la arcilla pisada.
JUAN EDUARDO
CIRLOT, Bronwyn
Las
alas en las alas de las alas.
JUAN
EDUARDO CIRLOT, La
quête de Bronwyn
I.
De entre las conmemoraciones y aniversarios que promete
el (recién) vigente año 2026, que nos ha metido ya de lleno en el segundo
cuarto del siglo XXI (previsiblemente el último que habitaré), hay algunas que
resultan muy significativas para mí, lo que, de algún modo, acabará produciendo
su eco en estas páginas electrónicas. Así, la publicación póstuma de Das Schloβ (El
castillo) de Franz Kafka, a
cargo de Max Brod, tuvo lugar en 1926, por lo que este año celebraremos el
centenario de la aparición de esa última novela del checo, inconclusa como
todas las suyas, y muy probablemente mi favorita, un
libro que me viene acompañando desde siempre y al que vuelvo una y otra vez. En
riguroso paralelismo, mostrando una vez más esa conexión subterránea (o no) que
ambos tienen y de la que ya me ocupé parcialmente en una obra que difícilmente,
ay, verá la luz, el otro checo, Rainer Maria Rilke tendrá también su propio
centenario, el de su muerte, a últimos de año. La celebración de la Nochevieja
de 2026 exigirá, aún con más motivo que las anteriores, que repita mi
tradicional lectura del Poema
de Año Nuevo que Marina Tsvietáieva
le dedicó al recién
muerto, para ser entregado en propia mano. Y ya en 2027, acaso, volveré en peregrinación a
Raron, a la tumba del poeta, que fue enterrado allí en enero de 1927.
II.
Ese 2027, por lo demás, acogerá sus propias, e
igualmente magnas, efemérides. Otra publicación póstuma, la de la obra que
cierra la Recherche proustiana, culminándola: Le Temps retrouvé. Y la de la fecha que convencionalmente se ha
venido asociando para identificar a una pléyade de autores españoles que me
marcaron profundamente en mi adolescencia y que han seguido siendo en buena
medida mi referencia poética básica: la llamada generación
del 27. Pero ya llegaremos a
eso, si llegamos. Y si no llegamos, por catástrofe individual o universal (esta
última cada vez más probable, visto lo visto), al menos quedan mencionados aquí
esos otros dos items
fundamentales para mí. Habrá sin duda otros
aniversarios más, en los que ahora no reparo y tal vez vayan apareciendo, cosa
que será conveniente, pues, aunque siempre hay una cierta contingencia en esa
asociación de fechas y eventos, no es menos cierto que esa motivación para
revisar algo y escribir sobre ello siempre viene bien.
III.
Pero el aniversario del que voy a hablar hoy, o,
mejor dicho, el aniversario que funciona como disparador
de este texto, y de la preparación previa para él,
es más privado, menor
si se quiere, pero para mí absolutamente decisivo,
como intentaré mostrar. A lo largo de 2026, concretamente el 15 de abril, hará
veinticinco años exactos (ese cuarto
de siglo que ya se nos ha ido,
inconcebiblemente, de un siglo XXI que en mi infancia todavía parecía ficticio) de la publicación en la editorial Siruela, en una
maravillosa edición a cargo de su hija Victoria, de la que bien podríamos
calificar como opus
magna del gran poeta Juan
Eduardo Cirlot, el ciclo Bronwyn.
IV.
Cirlot es uno de esos otros
poetas que fui conociendo después de la
adolescencia, pero aún no entrado en la madurez, cuando fui transcendiendo mi formación y con ella justamente a la Generación
del 27 (a la que, no obstante, sigo acudiendo: Lorca, Prados, Aleixandre,
Cernuda…). Los poetas españoles de las siguientes décadas fueron siendo
incorporados a mi biblioteca y a mi particular constelación de autores
decisivos: Gil de Biedma, Valente, Claudio Rodríguez, Ángel Crespo, Clara
Janés, Pedro Casariego Córdoba, Leopoldo María Panero, por citar sólo algunos (a los que habría que
añadir hispanoamericanos, europeos, etc., en unos años 90 muy intensos en ese
sentido). Anteriores a ellos y posteriores al 27, había otros dos nombres que
me suscitaban mucha curiosidad por lo que había leído sobre ellos, pero a los
que tardé un poco en llegar: Carlos Edmundo de Ory y Juan Eduardo Cirlot,
grandes amigos entre sí, partícipes de la aventura del Postismo, por donde
también andaba Crespo, y, a decir de mis escasas informaciones, cercanos a las
vanguardias y el surrealismo. Cuando por fin entré en uno y otro,
evidentemente, fue un impacto muy grande, por la magnitud de sus obras y por la
personalidad tan particular de cada uno. Eso ocurrió justo en los comienzos del
milenio, es decir, hace, eso, un
cuarto de siglo. Celebro,
pues, mis bodas de plata con Cirlot.
V.
El otro día, en una conversación con poetas (cuánto
me alegro de que en este momento de mi vida se hayan hecho tan comunes las
conversaciones con poetas que tanto me fueron faltando todos los años, las
décadas anteriores) lo formulé rotundamente, y no es la primera vez que lo
hacía: el día de 2001 en que compré Bronwyn
de Juan Eduardo Cirlot cambió mi vida. Seguramente
podría decir eso mismo de otros muchos libros, y eso nos conduciría a otras
historias, otros relatos, diferentes de éste. Y serían igualmente veraces. Pero
el modo en que Bronwyn
me cambió la vida es distinto, es especial: me la
cambió en tanto que
autor literario, hubo un
antes y un después de esa lectura. Más allá de la lectura: de ese conocimiento. Entrar en la obra de Cirlot fue el comienzo de algo, tuvo el carácter de una iniciación. No sólo en Bronwyn,
sino en toda la obra, pues comencé a buscar libros
inencontrables y a encontrarlos y luego adquirí religiosamente cuanto se iba
publicando, sobre todo por el buen hacer de Victoria. No es, claro, porque me
pusiera a escribir como
Cirlot, sino porque la obra, y la persona de Cirlot,
me revelaron ámbitos, conceptos, posibilidades que desconocía o
no había desarrollado, pero que de alguna manera estaban latentes en mí. Con Cirlot resoné, lo hice con toda la potencia que implica ese
término en Física. Y aún, cuando me acerco a él, como en aquella cita inicial
de un cuento de Poe, el Poe que era tan caro a Cirlot, mi corazón, como un laúd suspendido, sigue resonando.
VI.
Hace unos días, este blog, en otro aniversario, sin duda de menor importancia,
ha cumplido tres años. Desde entonces, se han escrito en él 147 entradas (ésta
será la 148), lo cual da un promedio nada desdeñable de una entrada por semana,
aproximadamente, aunque la frecuencia ha ido variando con los diversos avatares
de la vida, de igual modo que también la longitud de los artículos ha ido aumentando, así como la complejidad de la
preparación que requieren para su redacción. Hace ya bastante decidí añadir una
barra lateral con las etiquetas
que señalan para cada entrada los nombres de
autores o los temas que se tratan en ella. Esa barra, que se ve en la versión
PC, pero no, normalmente, en la de los móviles, contiene literalmente cientos de items. Decidí emplear una de las opciones que daba el blogspot y hacer que aparecieran más grandes los elementos
que más se repetían. Así, de un modo empírico y matemáticamente exacto, puedo
saber en realidad quiénes
son mis autores preferidos. Los resultados
eran previsibles: Kafka, Borges, Nabokov, Cortázar, Rilke. Pero hay una trampa
en eso. Hay otros autores tan importantes para mí como ésos que no han
aparecido nunca o lo han hecho muy poco, cuyas etiquetas son pequeñas.
Probablemente en muchos casos es justamente la relevancia de esos personajes lo
que me hace más difícil entrar en ellos. O la implicación que tienen para mi
vida. Cirlot es sin duda uno de esos casos. Eso es algo que estoy empezando a
solventar hoy, con esta entrada.
VII.
Pero retomemos el hilo. El 15 de abril del 2001 se
publica Bronwyn. En New York City todavía había torres gemelas. El
mundo había respirado tranquilo después del susto del Y2K, que siempre fue algo
falaz, pero que sirvió para añadir su poquito de ludismo
a una sociedad cada vez más confundida. La Space Oddyssey no había tenido lugar. La peseta entraba en su
último año. Cuento estas cosas para que nos demos cuenta de que todo aquello
está muy lejos, y también muy cerca, por lo menos para los que lo vivimos ya
como adultos. ¿Cuándo compro yo Bronwyn? ¿Dónde? No puedo decir la fecha con claridad, en
este caso no conservo el ticket
de compra entre las páginas del libro. Sí recuerdo,
aunque la memoria es traicionera a veces, el lugar: Crisol de Juan Bravo. Una
de las decenas de librerías madrileñas que he visto desaparecer a lo largo de
mi vida. Ahora cae otra: Tipos Infames. Cada una que muere es una posibilidad
menos de ser felices, es un lugar menos donde refugiarnos de la barbarie. El
libro estaba, de eso estoy seguro, en la mesa de novedades, con su portada
naranja. Un tomo bien grueso. Debía ser mayo, principios de mayo. Desde luego,
antes del 12, porque el 12 compro, por fin, tras mucho tiempo rondándola, la Obra poética de Cirlot que Clara Janés había preparado para Cátedra,
y lo hago porque ya
tengo Bronwyn (aquí sí hay ticket que lo
atestigua). El 19 compro el maravilloso Libro
de Cartago, poco después el Diccionario de símbolos… Las primeras anotaciones de Cirlot en mis cuadernos
de la época son justamente del 12 de mayo de 2001, pero son ya un conjunto de
citas amplio que copio y que corresponden a varios libros del ciclo que he
estado leyendo, así que debo tener Bronwyn
desde hace unos días… No sé, fue por ahí. Puede que
incluso fuera el 11 de mayo. El 11 de mayo es el día de la muerte de Cirlot, en
1973. Entre otras cosas, claro: las fechas nunca son inocentes.
VIII.
El libro no sólo contiene hasta dieciséis poemarios de Cirlot, sino una selección de artículos
suyos en torno al tema de Bronwyn, algunos otros textos conexos y una introducción excelente
por parte de la editora, Victoria Cirlot. Es, como me gusta decir de libros
como éste, un auténtico festín. Es un mundo entero entre dos tapas, algo para mí
profundamente inesperado, un aldabonazo. El nombre de Cirlot en esa portada
naranja había tenido ya suficiente magnetismo para acercarme al ejemplar, pero
el primer hojeo ya hizo que no hubiera duda alguna y me lo llevara a casa y
allí lo devorara. Apenas conocía la poesía de Cirlot, esto fue mi
entrada a su obra: por la puerta grande. Casi 700 páginas después de versos,
esquemas, anotaciones, fotografías, me esperaba otra persona: el yo que aún no
era yo, el que quería empezar a ser, en esa época rara de mi vida, si es que
hay alguna época de mi vida que no sea rara. No quiero entrar mucho en detalles
biográficos que tampoco aportan demasiado, pero llevaba ya varios años muy
alejado de la literatura en tanto que escritor. Siempre he sido, ya lo saben
ustedes, un escritor clandestino, pero durante, digamos, la treintena otras preocupaciones más convencionales (trabajo, pareja…) me hicieron abandonar, casi como
si fuera un vicio
de juventud la actividad
que siempre me definió y sin la que en realidad no
se puede vivir. De igual
modo que le pasó a Cirlot en otras ocasiones de su vida, el encuentro
inesperado con una manifestación artística, con una obra, fue lo que me sacó de
ese marasmo. En mi caso fue Bronwyn. Recomencé a escribir, con la misma fiebre y el
mismo amor que lo había hecho siempre. Y ahí seguimos.
N.
¿Quién es Bronwyn? Bronwyn es, en primera aproximación, porque es
muchas cosas, y para Cirlot llegó a ser de algún modo todas las cosas, un personaje cinematográfico. Una joven medieval
interpretada por la actriz de origen canadiense Rosemary Forsyth en una
película de 1965 dirigida por Franklin Schaffner, The
War Lord (El señor de la guerra) y protagonizada también por Charlton Heston o Guy
Stockwell. Un día de verano de 1966, como nos cuenta Victoria en la introducción
al volumen de portada naranja, Cirlot vio esa película en un cine que ya no
existe (tantos cines también que han ido desapareciendo, como las librerías…)
en un pasaje subterráneo de Barcelona conocido, paradójicamente o no, como Avenida de la Luz (yo conocía ese nombre por una canción de Loquillo
y los Trogloditas, estaba situada bajo Plaça Catalunya y Pelai). Cirlot tenía
un gran interés en la época medieval y le sorprendió el rigor con que era
representada en el film, y, sin duda, la aparición de la joven Forsyth
(tenía poco más de veinte años) emergiendo
de las aguas en su
primera escena, le impactó. Ahí Cirlot conoció a Bronwyn, pero aún no nació en
él el mito Bronwyn.
Z.
Para que la chispa prendiera definitivamente, tuvo
que aparecer otra película, en otoño de ese año, el Hamlet
ruso de Kozintsev, que volvió a poner delante de
los ojos de Cirlot a Ophelia sobrenadando en las aguas que la llevan a la
muerte, tras el deslumbramiento absoluto que le había producido años atrás el Hamlet de Laurence Olivier, un actor con el que llegó a
cartearse desde su admiración. Cirlot interpreta el Hamlet
shakesperiano, pero especialmente el de Olivier,
como un mito gnóstico, en el que el príncipe danés desprecia
el amor terrenal, el cuerpo carnal de Ophelia, como
producto de la creación engañosa del Demiurgo. Entonces, Cirlot ve lo que le había golpeado en The War Lord, entiende lo que representa Bronwyn: es la Ophelia
que vuelve, que renace de las aguas, para que
en esta ocasión Chrysagon, el señor de la guerra, que interpreta Heston, sea
quien muera. Todo está ya dispuesto para la creación poética, que se sucede
desde entonces, y por un espacio de más de cuatro años, torrencialmente.
X.
A la primera colección, titulada Bronwyn, sin más, lo que nos permite pensar que para su
autor iba a ser un libro único dedicado a ese mito, y publicada, como el resto, en ediciones de
autor, de muy pocos ejemplares y por ello virtualmente desconocidas hasta la aparición
de la colección en la edición del 2001, le siguió un Bronwyn, II, que luego fue el III
y el IV, hasta llegar al VIII, siempre en una especie de constante
muerte-y-resurrección, en un proceso en el que se fueron explorando las
infinitas ramificaciones que había producido esa iluminación en la mente del
creador, exploración que es, también, lingüística, y que nos acabará llevando a atrevidos experimentos
literarios de vanguardia. Pero el contaje tampoco se detuvo ahí, pues al VIII no siguió un IX, sino un Bronwyn,
n, que fue sucedido por z,
x e y, como los epígrafes de esta entrada. Y así hasta
completar un ciclo de dieciséis libros, a los que añadir, como se ha dicho,
otro material. Sí, un absoluto festín.
Y.
¿Qué hay en Bronwyn, o qué encontré yo allí? Melancolía, sobre todo.
Algo que para mí era una especie de reconocimiento. Es mi lectura, no es la única. Hay muchas otras
cosas. Hay, como se ha dicho, una gran brillantez y un gran atrevimiento en el
manejo de un lenguaje que nos lleva hasta la descomposición fonética a partir
de poemas permutatorios o variaciones fonovisuales, técnicas que Cirlot había
ido desarrollando con los años. Pero de lo que habla, de lo que habla sobre todo Cirlot en este ciclo es de un amor imposible, un
amor que es imposible porque linda con la muerte, si es que no está sumergido
en ella como en un pantano. Habla de un sentimiento
imaginario, como él mismo lo
denomina en un artículo que publica en prensa por esos años. Bronwyn es, no ya
sólo la amada arquetípica, una imagen acaso prenatal, sino que acaba siendo la
Daena, esa entidad de la mitología irania que corresponde a nuestro yo transcendente, la figura femenina que nos espera en el puente
Cinvat para cruzar el océano de llamas hacia la otra vida, o la Shekina, que identifica
la parte femenina del transcendente dios de la Kabbalah. Bronwyn sucede a otras
advocaciones del imaginario onírico de Cirlot, como la
Cartaginesa, o la Doncella de las Cicatrices, que fueron a su vez generando
libros de poemas. Es lo que no, lo que No, la vida muerta, lo que no ha
existido y sin embargo existe. Es un sarcófago exhumado, pues el amor es arqueología.
El sol de oro de la alquimia. La dama de Vallcarca, donde el infierno regenera
sus tentáculos. La otra mitad del Andrógino esencial. Y no es, claro, ninguna
de esas cosas, o es mucho más, y eso sólo es apenas el principio de todo lo que
me fascina en los poemas de Bronwyn, siendo lo que me fascina de los poemas de Bronwyn algo que, por definición, no se puede explicar.
Con.
No puedo reducir Bronwyn a citas. Cada libro tiene su propia estructura, su propio tono, hay una relación entre ellos que no puede llamarse progresión, ni relato, pero que sí establece una coherencia en la exploración, en la búsqueda. El primero de los cuadernos nos muestra paisajes antiquísimos en los que de algún modo estamos. Una tumba en la que de algún modo ella está. Un mar gris de color ceniza. Una niebla gris sobre él, en el espacio gris del mundo. La muerte es el pantano de las cruces. Hierbas y espadas. El frío húmedo se cuela entre los versos. Hay una sensación de extrañeza propiamente unheimlich, es decir, al mismo tiempo de una proximidad absoluta. Hay algo que se ha perdido hace mucho y que se recupera. Algo que se olvidó y se encuentra. Y todo eso se repite y gira en los otros libros, y se abre y se cierra, se destruye, y al destruirse se lleva con él el lenguaje, y se reconstruye. En Bronwyn, n tenemos variaciones construidas con las letras del nombre: Byn nyn ryn / Rwynyr brywnyr. Cada vez más lejos, cada vez más dentro. Es un ciclo mistérico. Es una iniciación. No puede revelarse.
Permutaciones.
Bronwyn se va convirtiendo poco a poco en un poema
infinito. Sólo la muerte del autor acaba por concluirlo, por cortar ese flujo
abundantísimo que nos iba llevando cada vez a parajes más remotos y más bellos,
la belleza terrible de Rilke, del mundus
imaginalis del que
hablara Henry Corbin. Abro el tomo al azar: Detrás
del universo estamos juntos / Más allá de las llamas y los mares. Lo abro otra vez, Las
alas se aproximan a las olas / perdidas en las páginas del fuego, / Bronwyn, mi
corazón y las estrellas / sobre la tierra negra y cenicienta. Una tercera: He
vuelto a ser la luz donde la luz / deja de ser la luz para ser luz / en el
centro del centro de los centros / en la rosa de rosa de las rosas. Puedo seguir interminablemente, es un poema
infinito, y a cada tirada de dados el resultado es, no ya siete, sino cualquier número, entero, irracional,
transfinito, nulo, inexpresable.
W.
Leer Bronwyn
me llevó a recorrer toda la obra de Cirlot,
incluyendo no sólo la poética, sino su impresionante Diccionario de símbolos o sus abundantísimas y muy importantes críticas de
arte de los movimientos de vanguardia. El próximo marzo en Zaragoza asistiré a
un curso justamente sobre el Diccionario
de símbolos a cargo de
Victoria Cirlot, a la que he venido siguiendo en los últimos años, una autora a
la que, como le dije a ella en alguna ocasión, llegué inevitablemente desde su
padre, y a ella le pareció bien, pero donde he encontrado, no ya una obra
igualmente fascinante, sino a una de las personas más cultas, inteligentes,
generosas y admirables que conozco. He sido alumno suyo, espectador en
conferencias, quiero pensar que soy su amigo. De entre las muchas cosas que se
pusieron en marcha aquel mayo de 2001, el haber llegado a conocer a Victoria es
una de las más importantes. Como suele ocurrir, unas veces más y otras menos,
estas entradas del blog
son muy personales, acaso en exceso. No me
considero ni remotamente capacitado para escribir un ensayo sobre Bronwyn, apenas he podido anotar algunos escalofríos. El
mensaje final no puede ser otro que el de gratitud. Y el propósito, el de siempre:
una invitación. Lean Bronwyn, lean a Cirlot, a Juan Eduardo Cirlot, a Victoria
Cirlot. No dejen de hacerlo, les cambiará la vida.
La quête.
Escribo en Morgana
en Duino, página 110:
No, no te puedo llamar, el teléfono no funciona con los espejismos. Te
escribiré, te escribiré una carta, te mandaré una postal. Te diré te espero en Trieste y esta vez sí mandaré la postal, bajaré a la
recepción y se la entregaré al recepcionista, que es Bartleby y copia incesantemente.
Escribiré secretamente
eternos en lo No, como he
escrito en el libro de visitas de Duino en este segundo viaje, un verso de Cirlot
que habla de Bronwyn, ese fantasma que también eres tú, que te antecede, que es
también Morgana. Escribiré secretamente
eternos en lo No y firmaré el agrimensor, porque soy K. y escribo desde un castillo y tú
sonreirás y sabrás dónde tienes que reunirte conmigo y para qué.
Morgana, Bronwyn, El
castillo, Rilke. Todo está ahí.
Nada de esto es casual. Todo lo que escribo aquí me revela, muestra mi
estructura interna, establece mi geografía. Morgana está escrita en 2015. En 2015 voy por primera vez en peregrinación a Vallcarca: he vuelto a Barcelona después de
muchos años de ausencia. Luego ya no he dejado de ir. En 2018, por ejemplo, en
al menos dos ocasiones, en enero y en marzo, en medio de complicaciones
familiares importantes, volví a sentirme en el Cartago que se parece mucho a mi tristeza, como a la de Cirlot, el Cartago que ejemplifica
la vida muerta que él cantara. El 22 de enero de 2020 (ayer,
cuando concebí esta entrada, era 22 de enero, seis años exactos después, pero
sólo lo supe después) escribí en una libreta Vallcarca
(nuevo ciclo) y me dispuse
a volver. Lo hice. El 7 de marzo estaba allí, ya les he
hablado de ese día. Y entonces llegó el apocalipsis de la pandemia. El libro
que yo llevaba conmigo desde Madrid era Cirlot
en Vallcarca. En la cita
inicial de Susan Lenox, que también parte, muchos años antes, de un personaje
de película, encontré a Siduri, la
del cabaret, la cervecera del Gilgamesh, sobre la que me puse a escribir y a
escribir y de algún modo sigo haciéndolo. El poder
de irrealidad que supe al
fin nombrar a partir de Bronwyn
me ha ido acompañando, como una pequeña sensación,
un pequeño temblor, que me avisa de cuando estoy entrando en la tierra de la
imaginación, cuando estoy tocando
el poema. Vislumbro a mi Daena y me parece que será
una presencia acogedora, que me ayudará con mi vértigo, con ése que me hace
pasar los puentes a toda prisa, mirando al frente, por el centro geométrico
exacto entre las barandillas siempre demasiado bajas. Corazón es el nombre de la Daena. Nada de eso, nada de lo
que me ha pasado literariamente, y hasta vitalmente, en los últimos veinticinco
años sería posible sin Bronwyn, no hubiera vuelto a escribir así, no hubiera sabido identificar a la amada de la otra vida, a lo que se perdió siempre, antes, siempre, eso
que el melancólico añora, y que no sirve corporeizar o nombrar, que apenas uno
puede rebuscar dentro, dentro, y sacarlo como versos, como citas, como esbozos,
en una arqueología íntima que permite subvertir el tiempo desde la imagen, como
en La Jetée. Sí, mis sentimientos son así, imaginarios, pero todo es imaginario. Siempre viví en la literatura, siempre fui literatura.
Simplemente se me había olvidado. Y mi anamnesis, mi anagnórisis tuvo lugar en mayo de 2001, y
se llamó Bronwyn.