Oh, luz manifestada
que iguala al ojo
con el sol.
JOSÉ LEZAMA
LIMA, Las siete alegorías, en Fragmentos a su imán
1.
La amistad de María Zambrano
y José Lezama Lima se extiende durante décadas. Se inicia en el primer viaje de
María a Cuba, en 1936, tras un accidentadísimo periplo entre la vida y la
muerte, nos cuenta ella, en la evocación adecuadamente titulada Breve
testimonio de un encuentro inacabable, publicado como Liminar de la
edición crítica de 1988 en la colección Archivos de ese libro incomparable que
es Paradiso, cumbre quizás de la inabarcable obra del cubano. En 1976, cuarenta
años después de ese encuentro en los comienzos de la guerra y el exilio, Lezama
Lima moriría en La Habana. En esos cuarenta años la relación se mantuvo, epistolarmente,
desde el cariño y la admiración mutuas. Numerosos escritos de ambos la
testimonian. Muerto Lezama, María sostuvo aún una correspondencia desde La Pièce
durante tres años más con María Luisa Bautista, la viuda del escritor. Esos epistolarios,
a los que se añaden también algunas cartas de José Ángel Valente, fueron reunidos
por Pepita Jiménez Carreras y publicados bajo el título de Cartas desde una
soledad por la editorial Verbum en 2008. Resultan imprescindibles para
cualquiera que esté interesado en la obra de estos gigantes de la literatura.
2.
La décima carta del
intercambio entre Zambrano y María Luisa está fechada tal día como hoy, 6 de
agosto, en el año 1978, casi dos años exactos de la muerte del poeta. Junto a
la fecha, María añade Día de la Transfiguración. Y en el texto, apenas
ya en el segundo párrafo, esa advocación le inspira algunas frases dedicadas a
su destinataria y a la memoria de su marido: Y ha venido a ser hoy
precisamente en la máxima fiesta de la luz cuando se me ha dado, queriéndolo yo
mucho, el poder escribirte, tal como habría sucedido con él. Cada día te veo y
te siento más como tú misma y más como luz suya, al par una llama blanca en la
que ardéis los dos suavemente, quietamente. Y recuerda que él murió en
esta semana en que la Luz celeste visita la tierra y cubre a Jacobo, a Juan y a
Pedro. Su muerte así tal como me la relataste nítidamente, fue tránsito a
imagen de la de la Virgen, del transitar de la luz. Y yo no puedo verle
desaparecer en el hueco del Tokonoma sino atravesándolo ya como cuerpo sutil,
luminoso, dotado de verdadera vida.
3.
Zambrano tiene un
largo trato con la luz, y en sus escritos aparecen una y otra vez las metáforas
luminosas y ópticas. Otro tanto podría decirse de Lezama. La producción
ensayística de éste es enorme, profunda, compleja, riquísima, al mismo nivel
estratosférico de sus novelas y su poesía. No es el cometido de esta entrada
entrar en un análisis de ninguno de estos autores, ni podría hacerse cabalmente
en tan breve espacio y con las limitadas capacidades del autor de estas líneas.
Apenas un par de puntualizaciones, para no desviarnos en este trayecto que el
texto de Zambrano solamente inicia, como una verdadera ignición: el tokonoma
hace, claro, referencia al poema final de Lezama titulado El pabellón
del vacío e incluido en su póstumo Fragmentos a su imán, que ya fue
el protagonista de una
entrada en este blog. En cuanto a los nombres de los apóstoles incluidos
en la evocación de esa máxima fiesta de la luz, se trata de los (únicos)
testigos del fenómeno que ha venido en llamarse, sí, Transfiguración,
tras ser recogido en los Evangelios. Ese milagro es el que conmemoran hoy
diversas iglesias cristianas.
4.
De entre los sucesos milagrosos de los que da testimonio la tradición, el de la
Transfiguración es, sin duda, uno de los más peculiares. Aparece recogido, con
pocas variaciones, en los tres Evangelios sinópticos (Mt. 17, 1-13; Mc. 9, 2-13;
Lc. 9, 28-36). Una de las singularidades radica en que, a diferencia de, por
ejemplo, las curaciones públicas, éste se trataría más bien de un milagro privado
o íntimo, en el que el objeto del prodigio es el propio Jesús, y en
el que la audiencia presente se limita a los tres apóstoles nombrados por Zambrano:
Juan, Pedro y Santiago. El relato comienza así: Jesús les conduce a un monte
alto. Posteriormente ese monte, ese lugar elevado, se ha identificado
con el Tabor, aunque no hay una identificación explícita en las Escrituras. Entonces,
sin más preámbulo, los textos indican Y se transfiguró ante ellos. Transfigurarse
es, ya en sí mismo, un vocablo técnico, que habrá que desentrañar y
del que hablaremos por extenso en los próximos epígrafes. Concluida la visión,
y ésta es otra peculiaridad, Jesús exhorta a sus discípulos que callen y
no revelen lo que han visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre
los muertos.
5.
La Transfiguración
es pues, un milagro privado, íntimo y secreto. Un milagro
que no involucra un cambio permanente, como lo sería la curación de un
ciego o un paralítico (la resurrección de Lázaro es, tristemente para él,
reversible, puesto que, a la larga, Lázaro acabaría muriendo de nuevo, de una
segunda muerte ya definitiva, lo que convierte al acto taumatúrgico del Maestro
en una especie de aplazamiento). Es más bien algo efímero, algo que ocurre
momentáneamente y deja de ocurrir, es una pura manifestación, la manifestación
de la Gloria de Dios encarnada en su Hijo ante un conjunto mínimo de testigos a
los que se manda callar. ¿Qué es lo que ven éstos? Lo más relevante es, sí, la
luz, de la que nos ocuparemos en seguida, pero, además de eso, se produce la
aparición de dos personajes del Antiguo Testamento, Moisés y Elías. Así, desde
el punto de vista evangélico, la visión de los apóstoles inducida por Jesús en su
entresueño (Pedro, confuso, le dice que habrá que preparar tiendas también para
sus dos acompañantes para pasar la noche allí en el monte) es una legitimación
de Cristo, designado así como heredero de la tradición veterotestamentaria,
como el que viene a consumar la Profecía.
6.
Esto se ve
definitivamente probado cuando a la luz cegadora le sucede la nube, la calígine,
la obscuridad que les envuelve y en la que resuena la voz tronante del Padre reconociendo
a Jesús como su Hijo unigénito. La visión en majestad termina así, como
un anticipo terrenal destinado a esos pocos elegidos, de lo que será la visión celestial
del Salvador. Elías, que fue arrebatado al cielo mientras aún vivía, le
ha precedido allí, y Jesús da a entender que también aquí se ha producido ya su
regreso: Elías sería Juan el Bautista. Obviamente, todo esto es de gran transcendencia
doctrinal, pero no es lo que resulta en realidad fascinante de este episodio,
lo que ha hecho que una y otra vez autores de toda índole vuelvan a él, lo
empleen como concepto, lo representen en infinidad de muestras pictóricas. Hay
dos cosas en él que resultan subyugantes: la luz cegadora, que hace que el
rostro de Jesús brille como el sol y sus vestidos se vuelvan blancos y
resplandecientes, y el hecho de que ha habido una transformación, que ha
habido un instante en el que era ya no se mostraba como se mostraba, en el que
su figura se ha transmutado en otra.
7.
La luz tabórica es
la de la Iluminación, la que se pone de manifiesto en las apariciones sobrenaturales.
Los dioses celestiales siempre estuvieron en el ámbito de la luz, y la
axiología más básica posible los contrapone a las criaturas subterráneas en su
reino de obscuridad. Todo esto es bien conocido, se diría que obvio, inevitable
en la cultura que han desarrollado durante milenios los miembros de una especie
tan notoriamente óptica como la nuestra. La presencia de la luz en la
Mística es abrumadora, y en no pocas ocasiones las apariciones son descritas en
términos muy semejantes a la de esa aparición arquetípica que les fue dado
presenciar a Jacobo, a Juan, a Pedro. Ésa es la luz a la que se refiere María Zambrano
en su carta a María Luisa Bautista, en recuerdo del tránsito de Lezama
Lima. Una luz cegadora, deslumbrante, de una blancura sin mácula, una luz como
de muchos miles de soles.
8.
El azar tiene estas
cosas. La fecha del 6 de agosto de 1945 podría haber sido otra, puesto que lo
que hubo detrás fue una desaforada carrera tecnológica para producir lo
antes posible un dispositivo capaz de generar la mayor destrucción
posible. Las circunstancias son bien conocidas. Las mejores mentes de
aquella generación, o al menos las que pudo reclutar uno de los contendientes,
realizaron lo que sin duda es una proeza científica sin igual, y concibieron,
diseñaron y construyeron, efectivamente, el instrumento del apocalipsis que se
dio en llamar por entonces la bomba A. Esa bomba A fue probada con éxito
en White Sands, en el desierto de Alamogordo, en el estado de New Mexico, USA,
el 16 de julio de 1945. La elección del día y el lugar en el que el arma se
iba a utilizar en combate dependía de diferentes factores. Finalmente, el
destino quiso que fuera justamente el día de la Transfiguración del Señor cuando Little
Boy fuera arrojada sobre la ciudad de Hiroshima para producir una mortandad
sin equivalente entre su población civil. La luz de la explosión de Trinity,
su antecesora experimental, fue famosamente calificada por el Príncipe de
las Tinieblas, Robert Oppenheimer, como la de un millón de soles. Ésa
fue la Transfiguración letal de la que los habitantes de Hiroshima, que se contaban,
no por tres como los apóstoles, sino por miles, pudieron ser testigos aquella
malhadada mañana.
9.
Las bombas atómicas
arrojadas sobre Hiroshima y tres días después sobre Nagasaki suponen un punto
de inflexión innegable en el devenir histórico de la Humanidad, si es que aún
podemos usar, no ya esa mayúscula, sino incluso la propia palabra, visto lo que
vamos viendo. En Japón, el trauma sufrido, acrecentado días después con la
capitulación, la revelación del Emperador como simple mortal, la ocupación por
las potencias vencedoras, las terribles secuelas producidas por la radiación, en
definitiva, por la derrota absoluta y la rendición incondicional, dio lugar a
todo un género literario, a partir de testimonios biográficos y también de
obras de ficción que ahondan en el suceso en sí y en sus funestas consecuencias. No son pocos los lugares, pues,
a los que podemos acudir para intentar saber cómo se ve una Transfiguración
desde dentro. En todos los casos, la respuesta es: de una manera
profundamente desoladora.
10.
Así, por ejemplo,
Michihiko Hachiya, un médico japonés que vivió de primera mano los
acontecimientos de Hiroshima y publicó un Diario que circuló
abundantemente y en el que muchos pudieron calibrar por primera vez el horror
de lo vivido, entre ellos Elias Canetti, que hizo una atinada reseña del mismo,
narra: de repente, un potente fogonazo de luz me conmovió. Se guardan en la
memoria este tipo de detalles: me acuerdo perfectamente de una linterna de
piedra que se puso a destellar vivamente en el jardín, y yo me preguntaba si esta
luz provenía de un lámpara de flash de magnesio como las que usan los fotógrafos,
o de las chispas causadas por el paso de un tranvía. Lo que está viendo
Hachiya no lo ha visto nadie aún, puesto que Trinity había
estallado en una zona vacía, en un desierto que había sido despejado. Aquí todo está lleno, tenemos gente y objetos, objetos en un jardín. Y todo se puso a echar
chispas. Así funciona una transfiguración, al parecer. Hachiya es de los
primeros que nos lo cuenta, tiene que encontrar palabras para relatar algo que nunca
había pasado, algo para lo que el lenguaje todavía no había sido creado,
como en toda experiencia mística.
11.
Pero hay algo más,
algo que resulta aún más sobrecogedor. Otro de los testimonios de primera hora
corresponde a Flores de verano, de Tamiki Hara, escritor nacido en
Hiroshima, ciudad a la que había vuelto pocos meses antes, llevando las cenizas
de su esposa muerta. Nos dice Hara: sentí un gran golpe por encima de mí, y
un velo negro me cayó sobre los ojos. Instintivamente, me puse a gritar y,
cogiendo mi cabeza entre mis manos, me levanté. No veía nada, y no tenía
conciencia más que del ruido, era como si algo parecido a un tornado se hubiera
abatido sobre nosotros. A tientas, ciego, sale, escuchando los aullidos de
sus vecinos: mis ojos no veían nada y mi angustia era cada vez mayor. Poco a
poco, las casas destruidas empezaron a aparecérseme en una vaga luminosidad.
Paradójicamente, ese retorno de la visión le anima: el velo negro de sus ojos
se ha disipado. Ahora puede ver. Ahora puede ver que todo a su alrededor está
destruido.
12.
Acaso la más famosa
de las novelas de Hiroshima es Lluvia negra, de Masuji Ibuse.
Nacido en las proximidades de Hiroshima, Ibuse no se encontraba, sin embargo,
en esa ciudad del 6 de agosto de 1945, por lo que no es un testigo directo,
pero para Lluvia negra se documentó abundantemente y armó un relato que
tuvo amplia difusión y que a día de hoy sigue siendo una referencia básica. La
joven Yasuko no puede casarse, pues todos la rechazan ya que piensan que sobre
ella cayó la lluvia negra, la lluvia de fuerte contenido radiactivo que
descendió pocos minutos después de la deflagración sobre Hiroshima, y que eso augura
daños para su potencial descendencia. Su tío Shagematsu, con el que vive, usa su
diario y el de Yasuko para demostrar que ella no ha sufrido ninguna de las múltiples
consecuencias para la salud que aquejaron a los habitantes de la zona durante
años, y que no debe, por ello, ser rechazada como esposa. Shagematsu anotó esto
en su diario ese 6 de agosto: en ese momento, a tres metros a la izquierda
del tren que iba a partir, vi una bola de luz tan fuerte que me dejó ciego.
Todo se volvió negro, no podía ver nada. Tuve la impresión de ser cubierto de
repente por un telón negro.
13.
Pseudo-Dionisio
Areopagita nos hablaba del rayo de tiniebla, usando esa expresión
paradójica para, apofáticamente, identificar la luz suprema, la luz del Dios
inaccesible. El resplandor de la Transfiguración, de esa Transfiguración sin
figura alguna, sin Mesías o santos, sin redención posible, esa Transfiguración
de muerte en estado puro, se manifiesta como un velo negro, el blanco
infinito da la vuelta al espectro y aparece convertido en la negrura absoluta, esa
negrura del no ser, ésa que nos bañaba a los que no éramos cuando todavía no
habíamos nacido, la que reencontraremos al morir. Y el ruido, el
estruendo. Así hablan los que pueden contarlo. Los demás fueron
desintegrados, carbonizados. Muchos de los supervivientes murieron días, meses,
años después de enfermedades asociadas a la exposición a la radiación. Algunos
tuvieron lesiones cutáneas horribles, queloides, abultamientos tumorales del
tejido cicatricial, que les convirtieron en proscritos. Hibakusha: su
historia es terrible y debería ser contada aquí. Los pocos que quedan ya se
habrán reunido en la mañana de Hiroshima, en la madrugada de España por la
diferencia horaria, y habrán hecho sonar la Campana de la Paz. Nunca más,
habrán dicho, pero siempre hay más, nunca es nunca, las tinieblas se las
arreglan bien para seguir apareciendo, incluso en los lugares con más luz.
14.
El 25 de junio de
2017 ocurrió algo legendario: se difundió por primera vez el episodio 8 de Twin
Peaks, The Return, la tercera temporada de la igualmente legendaria serie
televisiva de David Lynch y Mark Frost, resucitada de entre los muertos veinticinco
años (un poco más, por las complejas cuestiones de su producción) después del
brusco cierre de la serie original, cumpliendo así la profecía que Laura Palmer le
hizo al Special Agent Cooper en la Habitación Roja. Pacôme Thiellement,
autor de muchísimo interés sobre el que volveremos alguna vez, ha calificado,
sin pararse en barras, a Twin Peaks como el mayor logro artístico del
último siglo. Sin tener que entrar en esas competiciones, y más allá de todo el
fervor (y a veces también, no nos engañemos, el rechazo) que suscita la obra de
Lynch, es innegable que el capítulo 308, o la octava parte del Limited
Event de The Return es algo que no tiene comparación posible con ningún
producto audiovisual hasta la fecha.
15.
El juego de la luz y
la sombra, la posibilidad de la Transfiguración Obscura, quedan ahí ilustrados
de manera insuperable. No entraré en detalles de la trama, que, por otro lado,
exigirían un conocimiento apropiado de la peripecia argumental y de la mitología
del show, pero es bien conocido que en un momento dado, a mitad de
capítulo, tras la inesperada actuación en directo de Nine Inch Nails en The
Roadhouse, y sin previo aviso, estamos en White Sands el 16 de julio de
1945. Y Trinity explota: vemos el hongo, esa imagen que el jefe
Gordon Cole, interpretado por el propio David Lynch, tiene en su despacho… frente
a una foto de Kafka. Lo que viene entonces es una visión de fuego, que se
extiende por minutos y minutos, en clara resonancia con aquel viaje de Dave
Bowman a través del monolito en la 2001 de Kubrick. Y luego, vuelve la
noche, la noche de la que había surgido el resplandor letal. Estamos ahora el 5
de agosto de 1956. De nuevo, hay que tener en cuenta que, por la diferencia de
hora, cuando en Hiroshima, son, digamos, las 8.15 de la mañana del 6 de agosto
(a esa hora explotó la Bomba), en Estados Unidos aún es el día de antes.
Estamos en New Mexico. Y entonces pasan cosas muy extrañas.
16.
Sobre el desierto desembarcan
en un extraño vuelo los Woodsmen, a los que ya hemos venido
conociendo. Sin ir más lejos, en ese mismo episodio, un poco antes, han resucitado, o impedido morir, a Mr. C. el malvado doppelganger del beatífico Dale Cooper. Es
inútil, si han visto la serie conocen esos pormenores; si no, es imposible
ponerles al día, renunciemos a los detalles, simplifiquemos… lo que aparece en
las pantallas es alguien parecido a un leñador completamente tiznado,
con la vestimenta llena de ceniza o algún tipo de substancia obscura, acaso
aceite de motor. Asalta a una pareja que va en su coche, blande un cigarrillo y
pregunta, con una voz de bajo profundo, Gotta light? Es decir, ¿tienes
lumbre?, ¿me das fuego? En castellano no funciona igual de bien. Gotta
light?, que se repite varias veces, normalmente asociada a una muerte
subsiguiente plena en detalles gore del así interpelado, es también,
literalmente, ¿tienes luz? La criatura de las tinieblas, el
representante del Mal, pide luz. El fuego, ya sabemos, camina con él,
pero la palabra para lo que enciende el cigarrillo es lighter, mechero,
es decir, iluminador, alumbrador. El tiznado busca lumbre.
17.
Así son los extraños
juegos de la luz y la sombra, y conviene estar atentos, pues a veces nos
confunden los resplandores. Bien claro queda cuando el Woodsman, interpretado
por alguien que se ganó la vida imitando a Abraham Lincoln, por su gran parecido
con él, empieza a radiar su letanía letárgica, en la que the horse is the
white of the eye, and dark within. El caballo blanco es obscuro dentro. Las
entrañas siempre son el reino de la sombra. El blanco del ojo es la esclera. No
vemos por ahí, esa parte del ojo es ciega, vemos a través de la pupila que
es un agujero, y que parece obscura porque dentro del ojo no hay luz.
Si iluminamos el fondo del ojo aparecerá rojizo, rosado, surcado de
capilares, como aparecen buena parte de nuestros interiores. Esa negrura del
ojo es, sin embargo, necesaria para ver: la lámpara que está iluminándonos por
dentro nos deslumbra y, al hacerlo, nos enceguece. La dinámica es
más compleja de lo que parece, por eso no hay que jugar a la ligera con los símbolos.
18.
Las relucientes
vestiduras del Redentor se transmutan en el tizne negro del rostro del
leñador, en el cual justamente el blanco de sus ojos destaca vivamente,
en una escena que es toda ella cenicienta. Venimos de, pocos minutos antes, el
resplandor de los mil soles, hemos estado en el interior del infierno de
fuego. Ahora, en esa noche del desierto sentimos un escalofrío y nos dejamos ir
mientras la Voz repite this is the water, this is the well, drink full and
descend. Y a partir de ahí pueden hacer con nosotros lo que quieran. Una Transfiguración
Obscura, sí. Ningún atisbo de salvación, ninguna posibilidad de elevación, el
Mal en su encarnación definitiva. En Hiroshima y Nagasaki ya han caído
las bombas, han pasado once años, todo aquello ya es irredimible. La brecha que
se abre en el espaciotiempo, la grieta imposible de llenar en nuestra
consciencia y en nuestra conciencia, se expande y se expande, se lo traga todo.
Nunca más podrá el género humano aducir su inocencia, nunca más seremos salvos,
no hay nadie ya para salvarnos, nunca lo hubo, en la Transfiguración no hubo
figura alguna, y aquella luz es esa luz mala de la que nos hablaba Alejandra
Pizarnik, que dejó escrito No me hables del sol porque me moriría.
19.
Decíamos antes que
había dos cosas que nos llamaban la atención en el milagro de la Transfiguración
del Señor: la luz, de la que ya hemos visto a donde nos puede conducir, y la transformación.
Los Evangelios están escritos, no lo olvidemos, en griego. La palabra que acabó
siendo transfiguratio es, naturalmente, metamorfosis. El 1 de
octubre de 1915 se publicó Die Verwandlung. Tradicionalmente esa obra,
acaso la más conocida de Franz Kafka, se ha traducido como La metamorfosis,
lo que no es en realidad correcto, pues Verwandlung es más bien,
simplemente, eso, transformación. Metamorphose existe en alemán y
Kafka no eligió ese término, pleno en connotaciones biológicas y mitológicas.
En la edición de las Obras Completas del checo publicadas por Galaxia
Gutenberg, en las notas a La transformación, se comenta abundantemente
el tema, y al hacerlo se nos propone una infinidad de términos, a cada cual más
capaz de evocaciones profundas, a cada cual más preñado de posibilidades para
seguir prolongando esta entrada indefinidamente: cambio, conversión,
reducción, mutación, transmutación (alquímica), consagración,
transubstanciación, conmutación (de una pena), metamorfosis (mitológica)
y… transfiguración. Ése es el territorio inabarcable por el que nos
movemos cuando empezamos a considerar la posibilidad de transformaciones,
gloriosas o demoniacas, del cuerpo, de la figura. El mundo entero del
arte se edifica sobre este concepto multiforme. Y da cabida, por ejemplo, a la
posibilidad de que nuestra bella figura (léase en italiano) se haya
convertido, una mañana cualquiera, en la de un bicho, que acaso sea un
escarabajo, o una de esas extrañas ranas-polilla que aparecen en Gotta
light?
20.
El gran Pavel A.
Florenski, en su múltiplemente sugerente obra El iconostasio, entra
también en consideraciones terminológicas y filológicas sobre el rostro,
ese rostro transfigurado de las figuras de la Historia Sagrada representadas
en los iconos, que, siguiendo la interpretación del ruso, no son la máscara que
mostraría una representación puramente ilusionística, como las del arte
occidental, ni tampoco el mero rostro físico, sino el semblante,
ese rostro que está ya en el otro lado, en el lado de los arquetipos.
(Paradójicamente, y eso daría para otra entrada completa, la festividad del
Santo Rostro de Jesús, el que aparece en el paño de la Verónica, se celebra… el martes de Carnaval, el día antes del
miércoles de ceniza, el día en que se abandonan las máscaras.) Así, la
imagen del icono, las facciones de los santos allí representados, son
también la realidad, la realidad transcendente. La luz de Tabor resplandece
en las venerables tablas. Si sabemos mirar, el iconostasio que obtura la visión
del altar donde se produce el milagro de la transubstanciación, no es un
muro, sino una ventana. Ésa es otra Transfiguración, la de un arte propiamente sagrado.
Cuando Dante y Virgilio emergen de su periplo infernal, Dante tiene
la cara tiznada y Virgilio ha de lavársela con el agua del rocío que recoge
junto a unos juncos en esa inconcebible playa del Purgatorio a la que
han arribado. El tizne se limpia, como acaso los pecados,
con el agua lustral. Y emerge el semblante. El Cuadrado negro de Malévich,
coetáneo de Florenski, muestra en su superficie, al cabo de los años, un extraño mapa de
líneas: el craquelado. Icono, finalmente, pues la Nada también tiene sus
santorales.
y 21.
Hiroshima tuvo una
dolorosa continuación, una confirmación de que todo ocurre de nuevo,
el 9 de agosto de 1945, cuando Fat Boy fue arrojado sobre Nagasaki, precisamente el
lugar de Japón donde el cristianismo había sido y es más importante. José
Lezama Lima murió justamente poco después de las dos de la madrugada del 9 de
agosto de 1976. Es decir, en tres días hará exactamente 50 años de su fallecimiento,
efemérides que no conviene dejar pasar sin recordarle, y sin volver a su
frondosa y elevadísima obra. Él sabía bien que lo que estaba en juego en el
verdadero arte es siempre la posibilidad de generar una Transfiguración, tenga ésta
la polaridad que tenga, pues, en última instancia, el negro más profundo es,
como bien nos muestran los espejos de obsidiana, el lugar donde el semblante
mejor se revela. Hablando de una Crucifixión de su amigo, el pintor René
Portocarrero, nos dice que éste va a ganar una más profunda y terrible vía,
la de la transfiguración. En la transfiguración, prosigue Lezama, lo
arquetípico y la metamorfosis adquieren la plenitud de su presencia y desarrollo.
La figura alcanza su plenitud al trocarse. Lo transfigurado es lo
plenario espacial en la eternidad. Lezama Lima era muy consciente de que la
poesía, la metáfora, permiten lo imposible, es más, que justamente lo imposible
es su reino natural, y en esa imposibilidad radica, me parece, toda la redención
a la que podemos aspirar. Lezama sabía que, a veces, un hombre, sin saberlo
desde luego, al darle la vuelta al conmutador de su cuarto, enciende una cascada
en el Ontario. Hagámoslo, accionemos el interruptor y esperemos el
estruendo, lavémonos el tizne en esa agua, y cuando nos pregunten Gotta
light? respondamos: sí, ésta.