jueves, 24 de septiembre de 2026

Un pintalabios

Catorce estampas del infinito

 

 

Tu amor es una avalancha,

cae por su propio peso al existir,

ayer, hoy y mañana

la nieve en la que me quiero hundir.

ROSALÍA, La yugular

 

I.

Conviene precisarlo desde el principio: el infinito es un estado de ánimo. Adviene ―el verbo es justo― bajo formas variadas pero, por lo general, inconfundibles, que van desde la sensación de vértigo perfectamente reconocible en la boca del estómago al temor-y-temblor que acompaña siempre la visión numinosa, pasando por algo que, a falta de mejor nombre, se podría llamar titilación intelectual. Los contextos también son muy variados: el infinito es una herramienta de trabajo actualmente ya trivializada en la práctica de la Matemática, incluso de la más elemental, pero también articula ciertas divagaciones cosmológicas, por no hablar de los debates de trasfondo eléata que han ido sucediéndose en esa parte de la Filosofía que está al lado (meta) de la Física. Y, last pero definitivamente not least, el infinito es un invitado habitual en los más bellos poemas que se hayan escrito nunca.

 

II.

El infinito es, así, empaquetable. Cabría sorprenderse de que algo que es, en su concepto, desmesuradamente grande, inconcebiblemente inabarcable, pueda doblarse diligentemente, introducirse en una caja, o unos versos, o un cuadro, o una canción, y mantenerse allí, convenientemente depositado hasta la siguiente vez que uno desee aspirar ese perfume, demencial, qué duda cabe, pero irresistible, de las cosas que no nos caben en la cabeza. En realidad, lo que hubiera resultado verdaderamente asombroso es que el infinito no fuera así almacenable, ordenable en las estanterías del corazón, porque el infinito pertenece al orden de las palabras, y si se quiere de los anhelos, no al de la realidad, que es esa cosa filosa en la que lo que ocurre no es lo que deseamos, en la que estamos desde el antes del estar, a la que intentamos oponer, con éxito dudoso, una identidad que se querría levantar de ella, como si un cromo adhesivo, en su bidimensionalidad, pudiera alzarse y negar su ser-álbum. En definitiva, el infinito es, ya se dijo al principio, un estado de ánimo.

 

III.

Hablo del infinito, que bien podría ser una cosa con plumas, como la esperanza de Emily Dickinson, pero en todo caso sería una rara avis de nuestra modesta colección ornitológica. Puedo hacerlo, porque me he educado en el comercio con esa fauna abisal, ya desde aquellos días tan lejanos de mi infancia en la que se me informó de que existía el paso al límite y, sin nombrarlo, se recurrió al venerable método de exhaución para justificar que un círculo bien puede ser un polígono de infinitos lados, y una integral el resultado de una yuxtaposición de rectángulos. Muy pronto aprendí, para mi solaz, que un ocho tumbado podía añadirse al plumier de los números reales para sacarlo a terminar el dibujo cuando una serie divergía o, simplemente, cuando uno quería calcular las cosas que pasaban allí, muy lejos, más lejos aún, todo lo lejos que imaginarse pueda. Ningún temor-y-temblor, los paladines de la Matemática no nos acobardamos ante semejantes dragones: no en vano los hemos criado nosotros, y sabemos que en el fondo son inofensivos, alimañas de guardarropía.

 

IV.

Año tras año, vez tras vez, hasta hace esos dos cursos que ya vengo faltando desde mi jubilación, por estas fechas más o menos, les expliqué a mis alumnos aquello de que la imagen de un objeto situado en el foco objeto de un sistema óptico está en el infinito, y que, recíprocamente, un objeto que esté en el infinito tendrá su imagen en el foco imagen. Los rayos que salen de un punto forman un haz, si los imaginamos tridimensionales, constituyen un cono con vértice en ese punto emisor. Si alejamos y alejamos el punto, ese cono se va haciendo más y más cilindro, los rayos empiezan a perder el ángulo que los conectaba, a hacerse paralelos. Así los pintaba yo en la pizarra, trasladando al mundo polvoriento de las tizas y de los pulsos no siempre tan firmes y las líneas que podrían ser mejores rectas, el objeto platónico llamado infinito. Asuntos cotidianos, materias triviales. Ese infinito de la Óptica geométrica en pocas horas ya comía de nuestra mano.

 

V.

En otros ratos, si se terciaba, podía jugar a generar una perplejidad un poco superior. Olvidemos el ocho tumbado, admitamos que eso es un artificio. Juguemos en serio al infinito. ¿Os han contado alguna vez las aporías de Zenón,el eléata? A mí me las contaron a tierna edad, más joven aún de lo que eran mis alumnos, en una clase en la que se juntaron los profesores de Matemáticas y Filosofía de 3º de BUP de mi colegio, un día que aún recuerdo vivamente cuarenta y cinco años después. Supuso un reto intelectual, es decir, supuso un juego, es decir, supuso un gozo. A Aquiles no le daban sus veloces pies para sobrepasar a una tortuga, que con disciplina digna de encomio, se afanaba en cubrir una distancia arbitrariamente larga en una carrera que parecía haber sido convocada sólo para su escarnio. Ah, pero el espacio es divisible infinitamente, nos dice Zenón. Ah, pero el tiempo es divisible infinitamente, se callaba. O no, o ninguna de esas cosas son sostenibles en realidad, y el movimiento es una ficción, porque el movimiento es, en realidad, una ficción, porque no hay nada continuo en la naturaleza, porque nuestra visión también procede fotograma a fotograma. Pero no sigo por aquí, la vía al infinito que he elegido para hoy es otra.

 

VI.

Sí, porque nadie que sepa de Matemáticas ignora que el reino de las Matemáticas no es de este mundo, y que los objetos matemáticos son asuntos del pensamiento. Del pensamiento humano, cabría añadir, si bien no somos especialmente buenos en imaginarnos otros pensamientos, bien sean animales o extraterrestres. Nos aqueja una penosa falta de imaginación a ese respecto. Es decir, la Matemática es también uno de esos países ficticios por los que nos paseamos, mientras la vida avanza, inexorable, hacia nuestra extinción, y el universo nos ignora, por mucho que le intentemos tirar de sus barbas imaginarias. Esos infinitos valen para muchas cosas. Nos valen para que nos coloquen las gafas apropiadas. Nos valen para poner a los alumnos a calcular el campo gravitatorio que una masa genera a distancia infinita (trampa: el campo va a la inversa del cuadrado de la distancia, y dividir por infinito es cero, ya lo saben). Nos vale para armar esas gloriosas cadenas de abstracciones de las que, un día, como un conejo de una chistera, sale, por ejemplo, este ordenador portátil en el que estoy escribiendo. Ah, me gusta esto, me gusta la Ciencia, soy un científico de raza, hasta me he ganado la vida con ello. Loor a la Ciencia, nadie entre aquí que no sepa geometría. Pero no, no era de eso de lo que había venido a hablar esta tarde.

 

VII.

El infinito es un estado de ánimo. No es únicamente lo indefinido, lo vago, lo neblinoso, lo que se nos escapa por los márgenes, en esta especie de miopía consubstancial que padece nuestro raciocinio. No es el puro agotamiento de la sucesión de los naturales, que pasa del uno al dos y sin mayor motivo corre al tres y al cuatro y cuando uno se descuida está en el cien mil y no le queda más remedio que seguir al cien mil uno, y renunciar a la redondez de sus ceros y no parece que, una vez lanzados, eso ya tenga modo de pararse, pero, claro, quién va a seguir acumulando incrementos, qué absurdo demiurgo contable va a dar fe de que efectivamente, llegados al gúgol (que suena, vaya, como Google, que no está tan lejos de las goggles que uno bien se puede poner delante de los ojos, redonditas como ceros), nada impide subir la apuesta y aterrizar en el gúgol más uno, y ahí la vemos, a la mente, bien satisfecha con los rollizos miembros de su progenie, como si no nos muriésemos, como si el universo no fuera finito, como si no hubiera empezado nunca, como si tuviéramos a nuestra disposición la varita mágica para transformar nuestros deseos en carrozas para ir al baile, nuestras ideas en cosas de comer.

 

VIII.

No, el infinito del que quería hablar hoy es el empaquetable, el cerrado, el transportable, el evocable, el atado con un lazo quizás rosa, el que puede ser tan pequeño como un virus, un virus que avanza, avanza por el cuerpo y se instala en un corazón ávido siempre de besos mortales. El infinito que un día, allá en su jardín-prisión de Recanati, el jorobado y enfermo crónico Giacomo Leopardi, quiso vislumbrar, esto es, encapsular, en unas coordenadas definidas, en un ermo colle, un infinito que, oh paradoja, no era el de la vista que se pierde sin límite, más allá de toda agudeza visual practicable, esa vista agotada que conduce inevitablemente al lagrimeo de eso que es también un infinito, el infinito de la derrota de lo visual, el infinito del horizonte que converge con el mar mientras el monje de Caspar David Friedrich reniega de toda fe digna de tal nombre. Sí, porque ahí, en ese lugar que, predestinadamente, se denominaba Monte Tabor, como el emplazamiento de la Transfiguración, justamente una colina obtura el lejos del cuadro, y es con la imaginación como hemos de fingir o fungir, etimológicamente correctos, lo que hay más allá, que es el lugar donde se crían los pequeños infinitos de andar por casa.

 

IX.

Según he sabido hace apenas unos días, en el bicentenario de la composición del poema L’infinito de Giacomo Leopardi, que data con gran probabilidad de 1819, la RAI reunió a 22 cantantes italianos de entre los más conocidos, algunos ya con estatus decididamente de leyenda, para que leyeran el poema, un verso cada uno. El resultado es conmovedor. La frase final, la inmortal línea que nos recuerda que es dulce naufragar, con ese aparente oxímoron, la pronuncia la incomparable Mina. Conozco esos versos desde hace muchas décadas y he vuelto muchas veces a ellos, pero así, escuchados, en el original, con esas voces, uno adquiere la dimensión que le falta a la plana página, el infinito echa a volar y le arrastra con él. Incorporo aquí el poema, por si hiciera falta. Y adjunto la traducción al castellano de María de las Nieves Muñiz Muñiz, la mejor, a mi juicio, de todas las que he podido leer.

Sempre caro mi fu quest'ermo colle,

e questa siepe, che da tanta parte

dell'ultimo orizzonte il guardo esclude.

Ma sedendo e mirando, interminati

spazi di là da quella, e sovrumani

silenzi, e profondissima quiete

io nel pensier mi fingo, ove per poco

il cor non si spaura. E come il vento

odo stormir tra queste piante, io quello

infinito silenzio a questa voce

vo comparando: e mi sovvien l'eterno,

e le morte stagioni, e la presente

e viva, e il suon di lei. Così tra questa

immensità s'annega il pensier mio:

e il naufragar m'è dolce in questo mare.

Siempre caro me fue este yermo cerro

y esta espesura, que de tanta parte

del último horizonte el ver impide.

Mas sentado y mirando, interminables

espacios a su extremo, y sobrehumanos

silencios, y hondísimas quietudes

imagino en mi mente; hasta que casi

el pecho se estremece. Y cuando el viento

oigo crujir entre el ramaje, yo ese

infinito silencio a este susurro

voy comparando: y en lo eterno pienso,

y en la edad que ya ha muerto y la presente,

y viva, y en su voz. Así entre esta

inmensidad mi pensamiento anega:

y naufragar en este mar me es dulce.

 

X.

Así se empaqueta un infinito. En dieciséis versos. Es verdad que el título ya nos predispone, pero la narrativa nos conduce igualmente. Quietud y ruido del viento, una lejanía que contrasta con el recogido paraje en el que nos sentamos a que pasen las cosas, y entonces la sensación de anegamiento, y ese mar que es el de un pensamiento que se da por vencido y gozosamente se hunde en el no ser que es nuestra condición primaria y nuestro ulterior estado: de la nada a la nada. La Augusta Nada. Sencillo, ¿no es así? No es que la titilación no ocurra pintando ochos tumbados, ocurre, a mí me sigue ocurriendo. O considerando las inconsistencias del lenguaje que nos relata. O imaginando ese confín donde ahora, en este instante, el noespaciotiempo cede y se deja invadir por el pujante Cosmos que parió un estallido que ocurrió en el noespaciotiempo gemelo por nada, para nada. La Augusta Nada. Todo eso bien que nos pone a vibrar en su resonancia, que es otro término de la Física que convive con la poesía. Como todos. Esa resonancia que, en el primer orden de las ecuaciones de los osciladores acoplados nos produce literalmente una transferencia total de energía, nos aboca a la asíntota, a una divergencia en la expresión matemática. Ah, la Física es un placer, ya hubo alguien que lo cantaba mientras estudiábamos la carrera.

 

XI.

Así es, por lo tanto, la cosa, el juego. Nada existe de verdad, y mucho menos nosotros. Somos accidentales, contingentes, evitables. Somos irrelevantes, por ende. Todo es irrelevante. Pero aquí estamos, esta tarde de septiembre, algo tenemos que hacer para que las cosas no duelan, y si hay suerte, para estar bien, para estar contentos. Jugamos entonces al infinito. Jugamos a los escalofríos. Los escalofríos son la respuesta física del estado de ánimo que llamamos infinito. Son una respuesta inconfundible. Producen el mismo bienestar que esos chorros de la ducha fría cuando hace el calor asfixiante que la catástrofe climática ha vuelto común también en estas épocas del año. Son como esos dedos que entran entre los cabellos y masajean levemente la piel del cráneo. El infinito es eso que desciende por la espina dorsal. Luego se acaba. Todo se acaba. El infinito también, el infinito se acaba en seguida. Pero uno puede tirar otra vez los dados, uno puede apostar otra vez en la ruleta. Al catorce. Siempre al catorce, que es el número del infinito, al menos para Asterión, según nos hizo saber Borges. Ya hemos hablado de ello. El Minotauro está solo en su gran casa de muchos pasillos. De vez en cuando se le hace ofrenda de jóvenes atenienses de ambos sexos que él devora, cabe pensar, con rigor y sin especial ensañamiento. Uno, dos, tres, doce. Y conmigo trece. Catorce es lo que viene después, es todos. Es más que todos. Es lo inabarcable, el infinito actual que por una vez tiene nombre. Sí, al catorce, el catorce nunca falla.

 

XII.

Borges. Claro, Borges. Otro de esos psicopompos en vida que nos dirigen a los jardines de las cosas inesperadas. A la acendrada limitación, casi ascética, del poema de Leopardi, Borges, con semejante fin, opone las largas tiradas de versos que heredó de uno de sus referentes declarados, Walt Whitman, el poeta de lo interminable, otro que encontré tan pronto. Sí, Borges acumula items, como sacados de una gran caja de hilos que contuviera los botones más variados, de formas inconcebibles, polígonos irregulares, estrellas de muchas puntas, curvas de enésimo grado, y que también contuviera hilos de grosores infinitesimales y gruesas maromas de barco, y retales de todos los colores y estampados. Va sacando, como en un bingo sideral, y va cantando los números. Vi el populoso mar, dice, por ejemplo ―empezar por el mar siempre es una apuesta segura―, y el pie empieza la danza: vi el alba y la tarde, y vi las muchedumbres de América, y seguimos aún instalados en lo desmesurado, parece mentira que eso nos haya cabido alguna vez en la caja de hilos de la abuela, decorada con motivos japoneses, pero entonces cambiamos el paso y lo que vemos es una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, con esa concreción que nos golpea, como si hubiéramos irrumpido descuidadamente en una intimidad que nos estaba vedada, y para cuando lo que vemos es un laberinto roto, que era Londres, se nos dice, el Londres que había sido bombardeado por el tiempo en el que el texto se escribía, ya hemos entendido con absoluta precisión lo que es un Aleph y lo que un Aleph contiene. 


XIII.

Sí, la vieja enumeración caótica, que sólo es caótica en el nombre, porque es un ensamblaje de rigurosa eficiencia mecánica, que reaparece en muchos otros poemas del argentino. Ahí, el infinito está en los huecos, en los objetos que no comparecen, que no pueden comparecer porque son legión. Y también en el zoom mareante que nos lleva de lo mayor a lo menor, en esos cambios bruscos de foco que nos producen, como en el film de Hitchcock, vértigo, otro de esos síntomas agobiantemente físicos del infinito, es decir, del miedodeseo ―el neologismo es obligatorio, porque ambas emociones son en este caso inseparables― de la caída, de la confrontación con las verdaderas dimensiones del estar vivo y su sujeción a la coerción gravitatoria. Esas respiraciones, esas alternancias de sístole y diástole, nos conducen a la embriaguez del derviche que gira sin término, ahora estamos aquí, ahora estamos allí, siempre estamos en el mismo sitio, somos el eje en torno al cual todo danza, y suena, por supuesto, Battiato, que es el que más sabe de infinitos, e tutto gira intorno alla stanza, hemos vuelto a hacerlo, hemos empaquetado el infinito, ahora en un bulto más alargado y plano, antes en una bolita tornasolada, en una canica, otras veces en un billet doux, siempre, en el leve rasguñar la piel de toda caricia, siempre, en el espacio negrísimo que abre el beso de los ojos cerrados.

 

XIV.

A estas alturas de mi vida, viejo lobo de mar de los poemas oceánicos, he coleccionado muchos infinitos. Cabría pensar que la edad agota esa especie de ingenuidad que requiere el avistamiento de las mariposas de lo inalcanzable. Pero no, sigue aconteciendo, y cuando lo hace es preciso registrarlo. Una de las últimas veces fue hace casi un año, el 7 de noviembre de 2025 (es preciso fechar el acontecimiento, como lo hacían los místicos con sus iluminaciones). Ese día volví a encontrar el infinito, empaquetado en una canción. Se difundió sobre mí como un chorro de los bytes que codificaban esas notas musicales. Lo trajo una voz inolvidable, una voz que enunciaba su propia enumeración caótica, compuesta de una alternancia metronómica de lo inmenso y lo diminuto. En ese país nevado un haiku era suficiente para cubrir toda la extensión del territorio, y una pirámide cabía en un vaso de leche. Según se iba subiendobajando ―de nuevo, hay que retorcer el lenguaje, si queremos estar a la altura de lo pronunciado― el pecho se iba expandiendo y contrayendo, y ascendía la felicísima congoja del don de lágrimas. Por lo que sea, porque así es como acontecen los milagros, de repente, inesperadamente, un pintalabios ocupó el cielo. Y todo fue consumado. Muchas escuchas después, muchos meses después, muchas horas de estudio después, una conferencia después, un concierto después, ahora, cuando he escrito la frase, mis ojos han vuelto a humedecerse. Así es el infinito: droga dura. Por eso no hay que dejarlo pasar, por eso hay que aferrarse a él, porque son éstos los momentos que de algún modo podremos arrojar, como el que se saca cuando llega a casa la calderilla del bolsillo, en el otro plato de la balanza del haber vivido, ése que no equilibrará de ningún modo la infinita negrura de la ciega existencia. Pero algo hay que hacer una tarde de septiembre y pocas cosas se me ocurren mejores que escuchar otra vez, en bucle, La yugular, de Rosalía. Y escribir sobre ello. Escribir unos párrafos. Contad si son catorce, y está hecho.




martes, 25 de agosto de 2026

Sol negro

  

Le soleil noir de la mélancolie, qui verse des rayons obscurs sur le front de l’ange rêveur d’Albert Dürer, se lève aussi parfois aux plaines lumineuses du Nil, comme sur les bords du Rhin, dans un froid paysage d’Allemagne.

GÉRARD DE NERVAL, Voyage en Orient

 

 

1.

Un minuto antes, sin duda, el espectáculo es grandioso. Lleva siéndolo ya una hora. De algún modo, lleva siéndolo ya meses, años, todo ese día de calor insoportable en el que vagamos como zombies por Medinaceli, excursionistas, veraneantes, peregrinos astronómicos, venidos de muchos lugares, cada uno a lo suyo, con los suyos, muchos con sillas plegables y mesas plegables y viandas y todos con gafas de montura de cartón y diseños pretendidamente divertidos, sin saber muy bien qué hacer hasta que llegue la hora, comiendo donde se puede, viendo llegar más y más gente, autobuses, localizando el mejor punto, el sitial, el omphalos donde se va a recibir la iniciación, distribuyéndonos por la árida ladera, más acá y más allá de las murallas, bien seguros de mirar hacia Occidente, que es el lugar donde las cosas mueren.

 

2.

Sí, un minuto antes, el espectáculo es grandioso, lleva siéndolo ya muchos minutos. Yo estoy solo, aunque a esas alturas ya formo una familia con las personas a las que el azar ha querido reunir para la Observación, para el Magno Evento, llevo un libro, siempre llevo un libro, lo leo de turbio en turbio, porque hace mucho, mucho calor, a ratos sentado en el suelo, a ratos de pie, como para no perder la posición que he seleccionado, llevo todo el día, me he cogido el coche esa mañana en Madrid, hasta ese momento no tenía decidido siquiera dónde iba a ir, pero a algún sitio iba a ir, eso no me lo podía perder, y ahora ya estaba pasando, lleva pasando una hora, miro, con las gafas, veo como el bocado al queso amarillo del sol cada vez es mayor, la luz ambiente va cambiando, va haciéndose, no sé, malva, no hay palabras que lo describan con precisión porque el lenguaje está hecho para lo cotidiano y los eclipses siempre fueron algo excepcional, inusitado, terrible, bellísimo.

 

3.

Tres minutos, dos minutos, un minuto, treinta segundos antes, el espectáculo es grandioso. Ya casi no hay Sol, ya ha sido casi completamente devorado, acaso por el lobo Fafnir, acaso porque éste es, una vez más el Ragnarök. Ya se nota el frío, se vislumbran las estrellas, el ambiente es casi nocturno. El casi es la clave. Hasta ahí ya he vivido cosas parecidas. Un eclipse parcial, anular, en Madrid, cuando era aún profesor de la Facultad de Óptica: hicimos experimentos en el parking, proyectamos el sol con lentes, tomamos fotos que luego usamos mucho tiempo en las clases. Otro eclipse parcial, casi total, anterior, que me pilló de viaje en Ravenna, recién llegado esa mañana, sin gafas para verlo: con el plano de la ciudad que acababa que comprar improvisé una cámara obscura haciéndole un agujerito en el centro: en el suelo apareció esa figura que se parece a un creciente, pero no lo es. El sol, en lucha amorosa con la luna, que se aproxima para abrazarlo. Cuando aquello funcionó, sentí que Alhazén me sonreía desde el milenio anterior.

 

4.

Así que hasta las ocho y media todo fue grandioso, maravilloso, impresionante, todo fue bello, y extraño, y sorprendente, y un poco terrorífico, como lo son los eclipses parciales de sol. A cada uno le toca uno, unos cuantos en su vida. No hay que perdérselos, hay que vivirlos con intensidad, son cosas que no ocurren todos los días. Pero entonces… Ay, entonces. Entonces pasó algo. Pasó lo que tenía que pasar, lo que sabíamos que tenía que pasar, porque hace muchos siglos ya que la ciencia sabe predecir esas cosas con precisión, pasó lo que habíamos visto en fotos, en vídeos, lo que nos habían explicado cuando éramos escolares. Pero eso sí que no lo habíamos vivido ninguno. Hacía más de un siglo que no pasaba en la Península Ibérica. Empezó el eclipse total, la fase de la totalidad. La luna venció en su lucha, el sol se dejó ir, se tendió en su lecho del firmamento y la luna le cubrió con su cuerpo. Algunos aplaudieron, aplaudimos. Todos suspiramos. A mí, supongo que a muchos más, me recorrió un escalofrío y tuve una absoluta sensación de euforia. Empecé a decir, a esa familia improvisada y efímera que me acompañaba: esto era, esto era, para esto hemos venido. Y ahí, en ese momento, se acabaron los adjetivos.

 

5.

Se podría argüir que, por mi formación, por mi vocación, no puedo ser ajeno a los fenómenos astronómicos, yo, que iba para astrofísico hasta que me convertí en físico teórico. Que, por dedicarme a la Óptica toda la vida, las cosas referentes a la observación, a la luz, a la fotografía, me tienen que interesar. Todo eso es cierto, mi mitad de científico disfrutó enormemente del espectáculo, pero esa mitad dispone sólo de una herramienta, potentísima, sí, muy desarrollada, sin duda, pero limitada al fin: la razón. No, el que verdaderamente se exaltó en ese momento, el que quería gritar y llorar fue el otro, la otra mitad, el poeta. El poeta romántico, melancólico, místico, ése que también soy. Era para él para quien se había concebido esa extraña performance, esa danza. Porque el sol blanco, amarillo, rojo, de cada día, el sol deslumbrante que envía sus rayos e ilumina, presta claridad, arroja sombras definidas, el sol que es Apolo, el sol diurno, pertenece a la razón y a la Ciencia, pero el Sol Negro es de los poetas.

 

6.

De nuevo, cabría invocar al azar, pero en este caso eso no sería realista: hay demasiada historia detrás como para ignorarla. En todo caso, sí ocurrió inadvertidamente. Siempre llevo un libro conmigo, no puedo concebir una espera, un café, un rato muerto, sin una lectura a la que acudir. Tengo siempre tanto que leer. Elegir qué libro me acompaña a cada paseo es tarea ardua, tengo que prever lo que voy a necesitar si llego a usarlo. Ahora, en estas semanas, estoy trabajando mucho sobre Gérard de Nerval, del que ya les he hablado en alguna otra ocasión por aquí. Así que el libro que llevaba, en realidad para releerlo, porque es un texto del que ya me he ocupado bastante en el pasado, era Nuits d’Octobre, en la edición de Classiques Garnier que había comprado poco antes (mi ejemplar anterior era el de Folio, y hace ya tiempo que me hice con las Obras Completas de Nerval en la maravillosa y apabullante Bibliothèque de la Pleiade). Lo llevaba en el bolsillo de las bermudas. Lo sacaba a ratos, a ratos lo guardaba, subrayaba con mi portaminas, ahí, de pie, bajo el agotador sol de justo antes de su agonía y muerte, que había decidido, quizá como despedida, destrozarnos la cabeza con sus rayos. Me acompañó durante todo el día en Medinaceli. Por los auriculares sonaba Battiato. Estaba rodeado por mis amigos.

 

7.

Las Noches de octubre narran un itinerario nocturno. Toda mi vida he escrito, no sé muy bien por qué, itinerarios nocturnos, desde aquel día de mis quince años recién cumplidos, en 1979, cuando me senté en mi flamante máquina de escribir y teclée Tres de la mañana. Persigo las palabras por la habitación. No eran las tres de la mañana, a esa edad, viviendo en la casa de mis padres, mis excentricidades horarias todavía estaban más o menos controladas. En el poema abandonaba esa habitación de la búsqueda estéril de los versos y salía a la ciudad nocturna, convertido en nictálope, en noctívago, en peregrino o errante, y ese viaje me hacía encontrarme con una desolación que me llevaba a exclamar, al unísono con el Lorca de New York No hay siglo nuevo ni luz redentora, para acabar retornando, agotado, al alba, mientras aullaban los perros centelleantes del amanecer para arrancarme el alma a jirones. Tenía, ya digo, quince años.

 

8.

Desde entonces, en otros poemas, en muchos relatos, en mi novela, hay itinerarios nocturnos por ciudades a mitad de camino entre la realidad y el sueño. Nerval también fue ese extraño paseante obscuro, como lo fueron otros, y por eso me reconocí en él y por eso Nuits d'Octobre, que acaso puede tomarse como una obra menor, me subyuga. Así que, sí, fue inadvertidamente cómo seleccioné ese librito para que fuera mi guía el día de la muerte de la luz, fue consecuencia de otro proceso paralelo que no tenía nada que ver con el eclipse, que el eclipse, de algún modo, rompía, o ponía entre paréntesis, pero lo cierto es que allí estábamos el bueno de Gérard Labrunie, poco antes de colgarse en la rue de la Veille Lanterne, esa noche blanca y negra, y yo, mirando de frente ese hueco de profundidad insondable, ese ojo negrísimo, abismal, que, como todo abismo, y como bien avisó Nietzsche, nos devolvía la mirada.

 

9.

Pero si la ironía de que yo estuviera recorriendo las noches de un octubre de hace casi dos siglos durante un agosto de 2026 con el sol cayéndome a plomo en el costado de Medinaceli, acabó por revelárseme pronto, lo cierto es que no fui consciente hasta bastante después, absurdamente, de que la presencia de Nerval era aún mucho más significativa, mucho más atinada, pues ¿no estábamos acaso en presencia, por fin, por primera y probablemente última vez en mi vida, del Sol Negro? ¿No éramos él y yo melancólicos? ¿No escribió él una vez que en su laúd constelado portaba le soleil noir de la mélancolie? ¿No me había estado yo preparando, sin saberlo, sin ser consciente, durante toda mi vida para eso, justo para eso? ¿No era ése, entonces, el momento culminante de mi vida?

 

10.

Por eso, por eso estaba yo tan eufórico, por eso ese momento fue incalculable, inabarcable, por eso ese minuto y cuarenta y un segundos fueron un tiempo sin tiempo, infinito, por eso el primer rayo de diamante que salió por el otro lado del sol, de ese sol que ya se zafaba del abrazo de su compañera y quería volver a imponer su tiranía, se sintió como una lanzada, como una vuelta a una realidad de calor y de luz que me obligaba a ponerme las gafas, a protegerme del resplandor, a aceptar de nuevo la cosmología, la cronología, a poner en marcha de nuevo la cuenta atrás de mi vida, a la que le quedan ya cada vez menos dígitos. La puesta de ese sol aún demediado, cada vez más rojizo, fue, de nuevo, quién lo duda, un espectáculo grandioso, como lo que había pasado antes, pero los habitantes de Saturno, ese astro obscuro, exiliados aquí en la tierra, con nuestra atra bilis, por una vez, una única vez, habíamos alcanzado la más gloriosa y gozosa legitimidad, porque nuestro emblema sagrado se había alzado en el cielo sin oposición durante un minuto y cuarenta y un segundos. Luego volvimos a nuestro lugar en la historia, volvimos a sentir la Falta, esa Falta que se extiende en todas las direcciones del tiempo y el espacio. Pero ese minuto y cuarenta y un segundos fuimos, la palabra tiene que ser esa, triunfantes.

 

11.

La melancolía es horizontal, la depresión es vertical. La melancolía es un desierto, la depresión es un pozo. Depresión es un término clínico que define una dolencia terrible, que afortunadamente nunca me ha aquejado. Es un término que existe en tanto existe la Psiquiatría. Melancolía es algo muy anterior, algo que viene rodando desde hace dos mil quinientos años. No es un trastorno, es una condición, un modo de estar en el mundo. No es algo biológico, salvo que queramos resucitar la teoría de los humores de la medicina hipocrática. Es algo cultural, conceptual. Es algo que no sólo permite vivir, sino que impone justamente una exigencia a esa vida, que es algo tan evidentemente insuficiente que la asociación entre el temperamento atrabiliario y la capacidad creadora, el genio incluso, que se estableció ya allá por el tiempo de los Problemas del Pseudo-Aristóteles, parece inevitable. El estado del melancólico no es de postración, sino de inquietud, de desasosiego, como bien sabía Bernardo Soares, que se paseaba, irreal, como todos, por la ciudad de la saudade.

 

12.

Abusivamente acaso, la psicoanalista Julia Kristeva, en un libro que hizo fortuna, empleó las palabras Soleil noir, directamente tomadas de Nerval, para titular un tratado en el que estudiaba la depresión desde el punto de vista freudiano. El análisis que hace del soneto El Desdichado, donde se incluye la famosa frase, es muy simplón, como suele serlo cualquier estudio que se sitúa en una perspectiva tan restrictiva y que se refugia en una jerga particular que, con la limitación del lenguaje que supone todo argot, quiere encerrar la realidad, ¡y hasta la poesía!, en un marco de referencia pobretón, cuando no mezquino. Soleil noir es, desde entonces, el astro de la depresión. Pero no, el Sol Negro de Nerval, el mío, es el de la melancolía, que es otra cosa muy distinta. No es opresivo, sino grandioso, liberador. Es el Sol Invictus de un universo alternativo, es un ojo enorme inmenso, un ojo todo pupila, un ojo sin retina, pues detrás de la pupila no hay más que negro, el Negro primordial, mineral, el Negro de antes, de siempre, el que nos constituye, del que nacimos y hacia el que vamos. Y rodeando a ese ojo, una corona blanquísima, como unas pestañas de plata que jugaran a ir y a venir de ese centro de plena obscuridad.

Melancolía I - Wikipedia, la enciclopedia libre

13.

Nerval, de hecho, ya había empleado soleil noir en uno de los escritos que se recogieron en su Voyage en Orient, indicando que, incluso en El Cairo, cuando amanecía, no siempre se enseñoreaba del firmamento el sol calcinante del desierto, sino que también allí, como en la húmeda, sombría y romántica Alemania, había días en los que quien presidía la danza de las horas era el Sol Negro, el Sol Niger de los alquimistas que enuncia la fase de la nigredo, ese soleil noir que ya su amigo Théophile Gautier había encontrado en el grabado de Dürer de la Melencolia I, y que glosa en su poema Melancholia. Ese grabado es igualmente importante para Nerval, que nos hace ver a su enorme ángel al comienzo de la inmortal Aurélia, como ya sabemos. Un sol en el cénit del que irradian rayos obscuros. Los apofáticos rayos de tiniebla, acaso, de los que hablaba el Pseudo-Dionisio Areopagita, para referirse a la Majestad Divina, que sólo puede enunciarse mediante negaciones. Los melancólicos bien sabemos eso, bien entendemos que toda la parafernalia de Apolo es pura tramoya, que un dios que no deja que se le mire a los ojos es un cobarde, que hay otro polo del ser en el que lo obscuro también puede iluminar sus regiones de sombra con un resplandor negativo.

 

14.

El Desdichado, con ese título en castellano que remite a Ivanhoe de Walter Scott, donde hay un caballero disfrazado, el propio Ivanhoe, que se presenta bajo ese nombre, es uno de los poemas más conocidos e importantes de toda la historia de la poesía universal. Scott dice que desdichado significa en castellano desheredado, que es lo que era el caballero anónimo, y así también lo cree Nerval, pero ya sabemos que un desdichado es alguien sin dicha, un malheureux, un habitante de la Malhora, de la que tanto sabía Simone Weil. Encabeza El Desdichado, que aterriza en la página con una rotunda declaración de identidad (Je suis le Ténébreux, le Veuf, l’Inconsolé), la breve colección de sonetos Les Chimères, que Nerval incorporó, a última hora y por sorpresa, hasta el punto de ni figurar en el índice, a su recopilación de relatos Les filles du feu, en respuesta a los condescendientes comentarios de su amigo Alexandre Dumas, que publicó ese soneto en su revista Le Mousquetaire, el 10 de diciembre de 1853, recordando en su introducción, que, más o menos, el pobre Nerval no estaba muy bien de la cabeza. Así, el lector decimonónico de Les filles, además de obras inmortales como Sylvie, se topaba al final del tomo con una docena de sonetos deslumbrantes, deslumbrantes en su obscuridad de sol negro.

 

15.

Una quimera es un ser híbrido, un monstruo, con un cuerpo mixto de dragón, cabra y león, que arroja fuego, de la estirpe de Tifón y Equidna, como las gorgonas. Fue asesinada por Belerofonte, montado sobre el caballo Pegaso, hijo él mismo de una gorgona, pues surgido de la cabeza decapitada de Medusa. Una quimera es algo que no puede existir, algo anómalo, algo que no debería ser, pues se quiere orden y rigor, en el mundo y en el relato. Es algo que puede resultar terrorífico, pero acaba por convertirse en grotesco, en penoso. Las quimeras han aparecido aquí y allá en la poesía, famosamente en el verso de Burnt Norton, el primero de los Four Quartets de T.S. Eliot (the loud lament of the disconsolate chimera) del que partió Luis Cernuda para nombrar su último libro, su última sección de La realidad y el deseo, Desolación de la Quimera. El lamento suena en el desierto, y lo hace en La tentation de Saint Antoine, de Flaubert. El desierto es el lugar propicio para las quimeras, un desierto de arena sobre el que el sol cae a plomo. El desierto es el lugar donde tiene que manifestarse el Sol Niger en toda su gloria. Eso fue, justamente, lo que ocurrió el 12 de agosto en Medinaceli, Soria, España, la Tierra, el Sistema Solar, la Vía Láctea, el Universo, la Nada.

 

16.

En la mitología nórdica hay un lobo que quiere devorar el sol. Hay un momento de la noche que corresponde a su dominio, Vargtimmen, la Hora del Lobo. Acosado por sus terrores, en su Isla de Färø, Ingmar Bergman compuso su obra más inquietante, la película que lleva ese título, en 1968. En Morgana en Duino incluí un capítulo, o apartado, o poema en prosa, porque en realidad no son capítulos, con ese mismo título yo también. Es el episodio que pone en marcha justamente la travesía nocturna, el momento en que la noche nos llama y no podemos permanecer por más tiempo en la insomne habitación de hotel y hemos de lanzarnos a las calles, en busca de algo que quizás sea el mar. Cuando salimos, la luna ha desaparecido, pero en esa obscuridad absoluta hay una luminosidad otra, que nos permite orientarnos perfectamente por las calles desiertas. Solos, o quizás contigo, porque en los sueños, a veces, estás tú. Seguros de no alcanzar el término de la huida o de la peregrinación, seguros de seguir intentándolo indefinidamente. Así es como funcionan los suplicios circulares en el Hades.

 

17.

No hay en realidad un sol negro en el grabado de Albrecht Dürer titulado Melencolia I, con ese numeral que nunca tuvo continuación. Hay, en la esquina superior izquierda, por contra, un extraño arco iris monocromo y un resplandor agonizante que corresponde más bien a un astro que cae y que envía sus rayos de ambiguo brillo. Ese astro es un meteorito, un aerolito, que realmente cayó en la ciudad alsaciana de Ensisheim la mañana del 7 de noviembre de 1492. Esa piedra vagamente romboédrica, figura también, a decir de algunos estudiosos, en el grabado, en primer término, sometida ya a una geometría que la identifica, como tantos otros elementos de la escena, como objeto del estudio melancólico del gran ser alado, que, armado con un compás, ejecuta la escritura circular de los atrabiliarios, intentando, ya que no existe, inventar un orden que haga menos dura la travesía del desierto. El día 1 de enero de 2014 viajé a Frankfurt am Main, porque en el Städel Museum había una gran exposición sobre Dürer, entre otras cosas porque ese año o el anterior (la fecha no es absolutamente precisa, y, por otro lado, la exposición ya había empezado en 2013) es cuando el alemán ejecutó esa extraña composición que ha subyugado desde entonces a tantísimos artistas y poetas. Allí pude contemplar la trasera de una tabla dedicada a San Jerónimo penitente en la que aparecía una especie de astro ardiente en plena caída.

 

18.

Sus biógrafos han determinado que Durero estaba justamente en Basilea cuando se produjo la caída de la roca celeste en Ensisheim, que está muy cerca de allí, y que pudo acaso ver la piedra sideral con sus propios ojos. Ensisheim también está al lado de Colmar, lugar que ya he visitado varias veces (como Basilea, que me fascina, y donde hay un maravilloso museo de arte) para poder contemplar el retablo de Isenheim, de Matthias Grünewald, que, entre otras cosas absolutamente fascinantes y terroríficas, muestra unas tentaciones de San Antonio infinitamente brutales y bellas. Entre los muchos monstruos allí representados bien puede haber una Quimera, si es que la Quimera es algo representable. Antonio, el eremita, en su retiro del desierto, recibe la visita de todo tipo de criaturas, que quieren hacerle caer en el pecado. Pero, en realidad, es al contrario: son las Quimeras las que se ven tentadas por la imagen de ese rígido penitente, enhiesto en su soberbia de creerse elegido. La Quimera se sabe incoherente, tiene dificultades para coordinar sus miembros aleatorios, desearía acaso ser algo más parecido a un perro, sedente, como su hermana la Esfinge, con la que dialoga en el extraño poema o drama de Flaubert. Sí, tenderse junto a Antonio y que éste le acariciara la cabeza, mientras el sol se va poniendo.

 

19.

Buscando otra cosa, como suele ocurrirme a menudo, en uno de mis muchos cuadernos, me di cuenta, porque lo había olvidado, que en marzo de 2024, en mi viaje a París de ese año, estuve tomándome un café en un sitio llamado Les Chimères, como la obra de Nerval. Está en la Place de Saint Paul, junto a la boca de Métro, en el borde del Marais. Era justamente el día en que compré ese librito de Tabucchi sobre Pessoa en La Tour de Babel, que luego se me perdió y del que hablé ya aquí. Luego ese libro volvió a aparecer, justamente en la bolsa de viaje que había empleado para ese traslado a la Ville Lumière (es un libro muy delgado), así que se reencontró con su doble, y es muy apropiado hablar de dobles cuando anda Nerval, por medio, claro. Escribí un poema mientras me tomaba mi café ese día en Las Quimeras. Éste:

Lo que se nos había perdido

era el presente.

Habíamos incluso inventado el futuro

              para recuperarlo.

Sin éxito.

Y, entre los trastos arrumbados del pasado

              no estaba,

              nunca estuvo.

Se nos había perdido el presente y lo buscábamos

              no por el tiempo,

              sino por el espacio,

pero el presente era apenas el quicio

entre dos calles,

cuyos números incongruentes

              seguíamos desesperados,

              en busca del portal

              de la juventud infranqueable.

 

20.

En la apropiadamente titulada Melancholia, Lars von Trier, el muy atrabiliario y depresivo y bastante insoportable a ratos en tanto que ser humano, director de cine danés, hace irrumpir en el bien organizado, de momento, Sistema Solar, un astro negro, llamado justamente Melancolía, que se acerca, se acerca, a nuestra Tierra, como se va acercando la negrura de la depresión al enfermo, o a la enferma en este caso, interpretada por Kirsten Dunst. En la segunda mitad del film, que es excelente, asistimos a esa lenta danza en la que el sol negro se va haciendo más y más grande hasta que todo estalla y apenas podemos cogernos las manos y hacer una breve cabaña en la que esperar el fin de los días. Como en La hora del lobo, lo que tenemos aquí es una película de terror, el miedo a que la obscuridad se desborde y nos engulla, a que el mar de sombra anegue todo y se nos lleve por delante. No fue eso lo que sentí el 12 de agosto en Medinaceli, antes al contrario, sentí una gran alegría, un gran bienestar, fue algo como la consumación de un deseo que había ignorado tener, pero que había estado presente en mí desde siempre.

 

y 21.

Mucha gente se desplazó ese día, muchos salieron, salimos, de Madrid, y todos volvimos más o menos al mismo tiempo. Tuve que soportar un gran atasco en la carretera de Barcelona, llegué a mi casa pasada la medianoche. Estaba agotado del día tan intenso, me había achicharrado de calor, no había podido ni siquiera cenar, pero estaba tranquilo, satisfecho, se podría incluso decir que feliz. Montado también en un coche, no en éste, en el anterior, el 11 de enero de 2016, un lunes, en un atasco nada feliz, que era más o menos el de todos los días entonces (luego ya empecé a ir en Metro) en mi camino al trabajo, en ese día del retorno de las Navidades, con un humor de perros, en mitad de la Glorieta de Carlos V, que es como se llama de verdad lo que todo el mundo conoce como Atocha, intentando entrar de una buena vez en el Paseo del Prado, en la radio dijeron que la noche anterior había muerto David Bowie. La tristeza que me invadió fue tal que casi me puse a llorar. Sentí un desplome, un abatimiento, del que apenas me he recuperado. Si Bowie muere es que todo muere, si Bowie muere el universo carece definitivamente de sentido. Acababa de salir su último disco, un disco que me compré inmediatamente, un disco póstumo, que habla de su enfermedad, de su agonía, de su muerte ya segura. Se titula Blackstar. Es un disco maravilloso, y la estrella negra que lo preside en la portada es la misma de Nerval, es la misma que se me reveló el otro día en la llanura calcinada de un pueblo castellano, es el Sol Negro de la Melancolía y por eso no es triste, sino gozosa, gloriosa, obscuramente dichosa, como la saudade, esa dulce tristeza, como el blues, como la poesía, como el estar vivo, como el escribir, como el acordarme de ti.

 

[Texto de El Desdichado, en francés, y en una traducción al castellano.]

 

 

jueves, 6 de agosto de 2026

Gotta light?

  

Got a Light?” Twin Peaks Gets Seriously Weird – Dork Forty!

 

Oh, luz manifestada

que iguala al ojo con el sol.

JOSÉ LEZAMA LIMA, Las siete alegorías, en Fragmentos a su imán

 

1.

La amistad de María Zambrano y José Lezama Lima se extiende durante décadas. Se inicia en el primer viaje de María a Cuba, en 1936, tras un accidentadísimo periplo entre la vida y la muerte, nos cuenta ella, en la evocación adecuadamente titulada Breve testimonio de un encuentro inacabable, publicado como Liminar de la edición crítica de 1988 en la colección Archivos de ese libro incomparable que es Paradiso, cumbre quizás de la inabarcable obra del cubano. En 1976, cuarenta años después de ese encuentro en los comienzos de la guerra y el exilio, Lezama Lima moriría en La Habana. En esos cuarenta años la relación se mantuvo, epistolarmente, desde el cariño y la admiración mutuas. Numerosos escritos de ambos la testimonian. Muerto Lezama, María sostuvo aún una correspondencia desde La Pièce durante tres años más con María Luisa Bautista, la viuda del escritor. Esos epistolarios, a los que se añaden también algunas cartas de José Ángel Valente, fueron reunidos por Pepita Jiménez Carreras y publicados bajo el título de Cartas desde una soledad por la editorial Verbum en 2008. Resultan imprescindibles para cualquiera que esté interesado en la obra de estos gigantes de la literatura.

 

2.

La décima carta del intercambio entre Zambrano y María Luisa está fechada tal día como hoy, 6 de agosto, en el año 1978, casi dos años exactos de la muerte del poeta. Junto a la fecha, María añade Día de la Transfiguración. Y en el texto, apenas ya en el segundo párrafo, esa advocación le inspira algunas frases dedicadas a su destinataria y a la memoria de su marido: Y ha venido a ser hoy precisamente en la máxima fiesta de la luz cuando se me ha dado, queriéndolo yo mucho, el poder escribirte, tal como habría sucedido con él. Cada día te veo y te siento más como tú misma y más como luz suya, al par una llama blanca en la que ardéis los dos suavemente, quietamente. Y recuerda que él murió en esta semana en que la Luz celeste visita la tierra y cubre a Jacobo, a Juan y a Pedro. Su muerte así tal como me la relataste nítidamente, fue tránsito a imagen de la de la Virgen, del transitar de la luz. Y yo no puedo verle desaparecer en el hueco del Tokonoma sino atravesándolo ya como cuerpo sutil, luminoso, dotado de verdadera vida.

 

3.

Zambrano tiene un largo trato con la luz, y en sus escritos aparecen una y otra vez las metáforas luminosas y ópticas. Otro tanto podría decirse de Lezama. La producción ensayística de éste es enorme, profunda, compleja, riquísima, al mismo nivel estratosférico de sus novelas y su poesía. No es el cometido de esta entrada entrar en un análisis de ninguno de estos autores, ni podría hacerse cabalmente en tan breve espacio y con las limitadas capacidades del autor de estas líneas. Apenas un par de puntualizaciones, para no desviarnos en este trayecto que el texto de Zambrano solamente inicia, como una verdadera ignición: el tokonoma hace, claro, referencia al poema final de Lezama titulado El pabellón del vacío e incluido en su póstumo Fragmentos a su imán, que ya fue el protagonista de una entrada en este blog. En cuanto a los nombres de los apóstoles incluidos en la evocación de esa máxima fiesta de la luz, se trata de los (únicos) testigos del fenómeno que ha venido en llamarse, sí, Transfiguración, tras ser recogido en los Evangelios. Ese milagro es el que conmemoran hoy diversas iglesias cristianas.

 

4.

De entre los sucesos milagrosos de los que da testimonio la tradición, el de la Transfiguración es, sin duda, uno de los más peculiares. Aparece recogido, con pocas variaciones, en los tres Evangelios sinópticos (Mt. 17, 1-13; Mc. 9, 2-13; Lc. 9, 28-36). Una de las singularidades radica en que, a diferencia de, por ejemplo, las curaciones públicas, éste se trataría más bien de un milagro privado o íntimo, en el que el objeto del prodigio es el propio Jesús, y en el que la audiencia presente se limita a los tres apóstoles nombrados por Zambrano: Juan, Pedro y Santiago. El relato comienza así: Jesús les conduce a un monte alto. Posteriormente ese monte, ese lugar elevado, se ha identificado con el Tabor, aunque no hay una identificación explícita en las Escrituras. Entonces, sin más preámbulo, los textos indican Y se transfiguró ante ellos. Transfigurarse es, ya en sí mismo, un vocablo técnico, que habrá que desentrañar y del que hablaremos por extenso en los próximos epígrafes. Concluida la visión, y ésta es otra peculiaridad, Jesús exhorta a sus discípulos que callen y no revelen lo que han visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos.

 

5.

La Transfiguración es pues, un milagro privado, íntimo y secreto. Un milagro que no involucra un cambio permanente, como lo sería la curación de un ciego o un paralítico (la resurrección de Lázaro es, tristemente para él, reversible, puesto que, a la larga, Lázaro acabaría muriendo de nuevo, de una segunda muerte ya definitiva, lo que convierte al acto taumatúrgico del Maestro en una especie de aplazamiento). Es más bien algo efímero, algo que ocurre momentáneamente y deja de ocurrir, es una pura manifestación, la manifestación de la Gloria de Dios encarnada en su Hijo ante un conjunto mínimo de testigos a los que se manda callar. ¿Qué es lo que ven éstos? Lo más relevante es, sí, la luz, de la que nos ocuparemos en seguida, pero, además de eso, se produce la aparición de dos personajes del Antiguo Testamento, Moisés y Elías. Así, desde el punto de vista evangélico, la visión de los apóstoles inducida por Jesús en su entresueño (Pedro, confuso, le dice que habrá que preparar tiendas también para sus dos acompañantes para pasar la noche allí en el monte) es una legitimación de Cristo, designado así como heredero de la tradición veterotestamentaria, como el que viene a consumar la Profecía.

 

6.

Esto se ve definitivamente probado cuando a la luz cegadora le sucede la nube, la calígine, la obscuridad que les envuelve y en la que resuena la voz tronante del Padre reconociendo a Jesús como su Hijo unigénito. La visión en majestad termina así, como un anticipo terrenal destinado a esos pocos elegidos, de lo que será la visión celestial del Salvador. Elías, que fue arrebatado al cielo mientras aún vivía, le ha precedido allí, y Jesús da a entender que también aquí se ha producido ya su regreso: Elías sería Juan el Bautista. Obviamente, todo esto es de gran transcendencia doctrinal, pero no es lo que resulta en realidad fascinante de este episodio, lo que ha hecho que una y otra vez autores de toda índole vuelvan a él, lo empleen como concepto, lo representen en infinidad de muestras pictóricas. Hay dos cosas en él que resultan subyugantes: la luz cegadora, que hace que el rostro de Jesús brille como el sol y sus vestidos se vuelvan blancos y resplandecientes, y el hecho de que ha habido una transformación, que ha habido un instante en el que era ya no se mostraba como se mostraba, en el que su figura se ha transmutado en otra.

 

7.

La luz tabórica es la de la Iluminación, la que se pone de manifiesto en las apariciones sobrenaturales. Los dioses celestiales siempre estuvieron en el ámbito de la luz, y la axiología más básica posible los contrapone a las criaturas subterráneas en su reino de obscuridad. Todo esto es bien conocido, se diría que obvio, inevitable en la cultura que han desarrollado durante milenios los miembros de una especie tan notoriamente óptica como la nuestra. La presencia de la luz en la Mística es abrumadora, y en no pocas ocasiones las apariciones son descritas en términos muy semejantes a la de esa aparición arquetípica que les fue dado presenciar a Jacobo, a Juan, a Pedro. Ésa es la luz a la que se refiere María Zambrano en su carta a María Luisa Bautista, en recuerdo del tránsito de Lezama Lima. Una luz cegadora, deslumbrante, de una blancura sin mácula, una luz como de muchos miles de soles.

 

8.

El azar tiene estas cosas. La fecha del 6 de agosto de 1945 podría haber sido otra, puesto que lo que hubo detrás fue una desaforada carrera tecnológica para producir lo antes posible un dispositivo capaz de generar la mayor destrucción posible. Las circunstancias son bien conocidas. Las mejores mentes de aquella generación, o al menos las que pudo reclutar uno de los contendientes, realizaron lo que sin duda es una proeza científica sin igual, y concibieron, diseñaron y construyeron, efectivamente, el instrumento del apocalipsis que se dio en llamar por entonces la bomba A. Esa bomba A fue probada con éxito en White Sands, en el desierto de Alamogordo, en el estado de New Mexico, USA, el 16 de julio de 1945. La elección del día y el lugar en el que el arma se iba a utilizar en combate dependía de diferentes factores. Finalmente, el destino quiso que fuera justamente el día de la Transfiguración del Señor cuando Little Boy fuera arrojada sobre la ciudad de Hiroshima para producir una mortandad sin equivalente entre su población civil. La luz de la explosión de Trinity, su antecesora experimental, fue famosamente calificada por el Príncipe de las Tinieblas, Robert Oppenheimer, como la de un millón de soles. Ésa fue la Transfiguración letal de la que los habitantes de Hiroshima, que se contaban, no por tres como los apóstoles, sino por miles, pudieron ser testigos aquella malhadada mañana.

 

9.

Las bombas atómicas arrojadas sobre Hiroshima y tres días después sobre Nagasaki suponen un punto de inflexión innegable en el devenir histórico de la Humanidad, si es que aún podemos usar, no ya esa mayúscula, sino incluso la propia palabra, visto lo que vamos viendo. En Japón, el trauma sufrido, acrecentado días después con la capitulación, la revelación del Emperador como simple mortal, la ocupación por las potencias vencedoras, las terribles secuelas producidas por la radiación, en definitiva, por la derrota absoluta y la rendición incondicional, dio lugar a todo un género literario, a partir de testimonios biográficos y también de obras de ficción que ahondan en el suceso en sí y en sus funestas consecuencias. No son pocos los lugares, pues, a los que podemos acudir para intentar saber cómo se ve una Transfiguración desde dentro. En todos los casos, la respuesta es: de una manera profundamente desoladora.

 

10.

Así, por ejemplo, Michihiko Hachiya, un médico japonés que vivió de primera mano los acontecimientos de Hiroshima y publicó un Diario que circuló abundantemente y en el que muchos pudieron calibrar por primera vez el horror de lo vivido, entre ellos Elias Canetti, que hizo una atinada reseña del mismo, narra: de repente, un potente fogonazo de luz me conmovió. Se guardan en la memoria este tipo de detalles: me acuerdo perfectamente de una linterna de piedra que se puso a destellar vivamente en el jardín, y yo me preguntaba si esta luz provenía de un lámpara de flash de magnesio como las que usan los fotógrafos, o de las chispas causadas por el paso de un tranvía. Lo que está viendo Hachiya no lo ha visto nadie aún, puesto que Trinity había estallado en una zona vacía, en un desierto que había sido despejado. Aquí todo está lleno, tenemos gente y objetos, objetos en un jardín. Y todo se puso a echar chispas. Así funciona una transfiguración, al parecer. Hachiya es de los primeros que nos lo cuenta, tiene que encontrar palabras para relatar algo que nunca había pasado, algo para lo que el lenguaje todavía no había sido creado, como en toda experiencia mística.

 

11.

Pero hay algo más, algo que resulta aún más sobrecogedor. Otro de los testimonios de primera hora corresponde a Flores de verano, de Tamiki Hara, escritor nacido en Hiroshima, ciudad a la que había vuelto pocos meses antes, llevando las cenizas de su esposa muerta. Nos dice Hara: sentí un gran golpe por encima de mí, y un velo negro me cayó sobre los ojos. Instintivamente, me puse a gritar y, cogiendo mi cabeza entre mis manos, me levanté. No veía nada, y no tenía conciencia más que del ruido, era como si algo parecido a un tornado se hubiera abatido sobre nosotros. A tientas, ciego, sale, escuchando los aullidos de sus vecinos: mis ojos no veían nada y mi angustia era cada vez mayor. Poco a poco, las casas destruidas empezaron a aparecérseme en una vaga luminosidad. Paradójicamente, ese retorno de la visión le anima: el velo negro de sus ojos se ha disipado. Ahora puede ver. Ahora puede ver que todo a su alrededor está destruido.

 

12.

Acaso la más famosa de las novelas de Hiroshima es Lluvia negra, de Masuji Ibuse. Nacido en las proximidades de Hiroshima, Ibuse no se encontraba, sin embargo, en esa ciudad del 6 de agosto de 1945, por lo que no es un testigo directo, pero para Lluvia negra se documentó abundantemente y armó un relato que tuvo amplia difusión y que a día de hoy sigue siendo una referencia básica. La joven Yasuko no puede casarse, pues todos la rechazan ya que piensan que sobre ella cayó la lluvia negra, la lluvia de fuerte contenido radiactivo que descendió pocos minutos después de la deflagración sobre Hiroshima, y que eso augura daños para su potencial descendencia. Su tío Shagematsu, con el que vive, usa su diario y el de Yasuko para demostrar que ella no ha sufrido ninguna de las múltiples consecuencias para la salud que aquejaron a los habitantes de la zona durante años, y que no debe, por ello, ser rechazada como esposa. Shagematsu anotó esto en su diario ese 6 de agosto: en ese momento, a tres metros a la izquierda del tren que iba a partir, vi una bola de luz tan fuerte que me dejó ciego. Todo se volvió negro, no podía ver nada. Tuve la impresión de ser cubierto de repente por un telón negro.

 

13.

Pseudo-Dionisio Areopagita nos hablaba del rayo de tiniebla, usando esa expresión paradójica para, apofáticamente, identificar la luz suprema, la luz del Dios inaccesible. El resplandor de la Transfiguración, de esa Transfiguración sin figura alguna, sin Mesías o santos, sin redención posible, esa Transfiguración de muerte en estado puro, se manifiesta como un velo negro, el blanco infinito da la vuelta al espectro y aparece convertido en la negrura absoluta, esa negrura del no ser, ésa que nos bañaba a los que no éramos cuando todavía no habíamos nacido, la que reencontraremos al morir. Y el ruido, el estruendo. Así hablan los que pueden contarlo. Los demás fueron desintegrados, carbonizados. Muchos de los supervivientes murieron días, meses, años después de enfermedades asociadas a la exposición a la radiación. Algunos tuvieron lesiones cutáneas horribles, queloides, abultamientos tumorales del tejido cicatricial, que les convirtieron en proscritos. Hibakusha: su historia es terrible y debería ser contada aquí. Los pocos que quedan ya se habrán reunido en la mañana de Hiroshima, en la madrugada de España por la diferencia horaria, y habrán hecho sonar la Campana de la Paz. Nunca más, habrán dicho, pero siempre hay más, nunca es nunca, las tinieblas se las arreglan bien para seguir apareciendo, incluso en los lugares con más luz.

 

14.

El 25 de junio de 2017 ocurrió algo legendario: se difundió por primera vez el episodio 8 de Twin Peaks, The Return, la tercera temporada de la igualmente legendaria serie televisiva de David Lynch y Mark Frost, resucitada de entre los muertos veinticinco años (un poco más, por las complejas cuestiones de su producción) después del brusco cierre de la serie original, cumpliendo así la profecía que Laura Palmer le hizo al Special Agent Cooper en la Habitación Roja. Pacôme Thiellement, autor de muchísimo interés sobre el que volveremos alguna vez, ha calificado, sin pararse en barras, a Twin Peaks como el mayor logro artístico del último siglo. Sin tener que entrar en esas competiciones, y más allá de todo el fervor (y a veces también, no nos engañemos, el rechazo) que suscita la obra de Lynch, es innegable que el capítulo 308, o la octava parte del Limited Event de The Return es algo que no tiene comparación posible con ningún producto audiovisual hasta la fecha.

 

15.

El juego de la luz y la sombra, la posibilidad de la Transfiguración Obscura, quedan ahí ilustrados de manera insuperable. No entraré en detalles de la trama, que, por otro lado, exigirían un conocimiento apropiado de la peripecia argumental y de la mitología del show, pero es bien conocido que en un momento dado, a mitad de capítulo, tras la inesperada actuación en directo de Nine Inch Nails en The Roadhouse, y sin previo aviso, estamos en White Sands el 16 de julio de 1945. Y Trinity explota: vemos el hongo, esa imagen que el jefe Gordon Cole, interpretado por el propio David Lynch, tiene en su despacho… frente a una foto de Kafka. Lo que viene entonces es una visión de fuego, que se extiende por minutos y minutos, en clara resonancia con aquel viaje de Dave Bowman a través del monolito en la 2001 de Kubrick. Y luego, vuelve la noche, la noche de la que había surgido el resplandor letal. Estamos ahora el 5 de agosto de 1956. De nuevo, hay que tener en cuenta que, por la diferencia de hora, cuando en Hiroshima, son, digamos, las 8.15 de la mañana del 6 de agosto (a esa hora explotó la Bomba), en Estados Unidos aún es el día de antes. Estamos en New Mexico. Y entonces pasan cosas muy extrañas.

 

16.

Sobre el desierto desembarcan en un extraño vuelo los Woodsmen, a los que ya hemos venido conociendo. Sin ir más lejos, en ese mismo episodio, un poco antes, han resucitado, o impedido morir, a Mr. C. el malvado doppelganger del beatífico Dale Cooper. Es inútil, si han visto la serie conocen esos pormenores; si no, es imposible ponerles al día, renunciemos a los detalles, simplifiquemos… lo que aparece en las pantallas es alguien parecido a un leñador completamente tiznado, con la vestimenta llena de ceniza o algún tipo de substancia obscura, acaso aceite de motor. Asalta a una pareja que va en su coche, blande un cigarrillo y pregunta, con una voz de bajo profundo, Gotta light? Es decir, ¿tienes lumbre?, ¿me das fuego? En castellano no funciona igual de bien. Gotta light?, que se repite varias veces, normalmente asociada a una muerte subsiguiente plena en detalles gore del así interpelado, es también, literalmente, ¿tienes luz? La criatura de las tinieblas, el representante del Mal, pide luz. El fuego, ya sabemos, camina con él, pero la palabra para lo que enciende el cigarrillo es lighter, mechero, es decir, iluminador, alumbrador. El tiznado busca lumbre.

 

17.

Así son los extraños juegos de la luz y la sombra, y conviene estar atentos, pues a veces nos confunden los resplandores. Bien claro queda cuando el Woodsman, interpretado por alguien que se ganó la vida imitando a Abraham Lincoln, por su gran parecido con él, empieza a radiar su letanía letárgica, en la que the horse is the white of the eye, and dark within. El caballo blanco es obscuro dentro. Las entrañas siempre son el reino de la sombra. El blanco del ojo es la esclera. No vemos por ahí, esa parte del ojo es ciega, vemos a través de la pupila que es un agujero, y que parece obscura porque dentro del ojo no hay luz. Si iluminamos el fondo del ojo aparecerá rojizo, rosado, surcado de capilares, como aparecen buena parte de nuestros interiores. Esa negrura del ojo es, sin embargo, necesaria para ver: la lámpara que está iluminándonos por dentro nos deslumbra y, al hacerlo, nos enceguece. La dinámica es más compleja de lo que parece, por eso no hay que jugar a la ligera con los símbolos.

 

18.

Las relucientes vestiduras del Redentor se transmutan en el tizne negro del rostro del leñador, en el cual justamente el blanco de sus ojos destaca vivamente, en una escena que es toda ella cenicienta. Venimos de, pocos minutos antes, el resplandor de los mil soles, hemos estado en el interior del infierno de fuego. Ahora, en esa noche del desierto sentimos un escalofrío y nos dejamos ir mientras la Voz repite this is the water, this is the well, drink full and descend. Y a partir de ahí pueden hacer con nosotros lo que quieran. Una Transfiguración Obscura, sí. Ningún atisbo de salvación, ninguna posibilidad de elevación, el Mal en su encarnación definitiva. En Hiroshima y Nagasaki ya han caído las bombas, han pasado once años, todo aquello ya es irredimible. La brecha que se abre en el espaciotiempo, la grieta imposible de llenar en nuestra consciencia y en nuestra conciencia, se expande y se expande, se lo traga todo. Nunca más podrá el género humano aducir su inocencia, nunca más seremos salvos, no hay nadie ya para salvarnos, nunca lo hubo, en la Transfiguración no hubo figura alguna, y aquella luz es esa luz mala de la que nos hablaba Alejandra Pizarnik, que dejó escrito No me hables del sol porque me moriría.

 

19.

Decíamos antes que había dos cosas que nos llamaban la atención en el milagro de la Transfiguración del Señor: la luz, de la que ya hemos visto a donde nos puede conducir, y la transformación. Los Evangelios están escritos, no lo olvidemos, en griego. La palabra que acabó siendo transfiguratio es, naturalmente, metamorfosis. El 1 de octubre de 1915 se publicó Die Verwandlung. Tradicionalmente esa obra, acaso la más conocida de Franz Kafka, se ha traducido como La metamorfosis, lo que no es en realidad correcto, pues Verwandlung es más bien, simplemente, eso, transformación. Metamorphose existe en alemán y Kafka no eligió ese término, pleno en connotaciones biológicas y mitológicas. En la edición de las Obras Completas del checo publicadas por Galaxia Gutenberg, en las notas a La transformación, se comenta abundantemente el tema, y al hacerlo se nos propone una infinidad de términos, a cada cual más capaz de evocaciones profundas, a cada cual más preñado de posibilidades para seguir prolongando esta entrada indefinidamente: cambio, conversión, reducción, mutación, transmutación (alquímica), consagración, transubstanciación, conmutación (de una pena), metamorfosis (mitológica) y… transfiguración. Ése es el territorio inabarcable por el que nos movemos cuando empezamos a considerar la posibilidad de transformaciones, gloriosas o demoniacas, del cuerpo, de la figura. El mundo entero del arte se edifica sobre este concepto multiforme. Y da cabida, por ejemplo, a la posibilidad de que nuestra bella figura (léase en italiano) se haya convertido, una mañana cualquiera, en la de un bicho, que acaso sea un escarabajo, o una de esas extrañas ranas-polilla que aparecen en Gotta light?

 

20.

El gran Pavel A. Florenski, en su múltiplemente sugerente obra El iconostasio, entra también en consideraciones terminológicas y filológicas sobre el rostro, ese rostro transfigurado de las figuras de la Historia Sagrada representadas en los iconos, que, siguiendo la interpretación del ruso, no son la máscara que mostraría una representación puramente ilusionística, como las del arte occidental, ni tampoco el mero rostro físico, sino el semblante, ese rostro que está ya en el otro lado, en el lado de los arquetipos. (Paradójicamente, y eso daría para otra entrada completa, la festividad del Santo Rostro de Jesús, el que aparece en el paño de la Verónica, se celebra… el martes de Carnaval, el día antes del miércoles de ceniza, el día en que se abandonan las máscaras.) Así, la imagen del icono, las facciones de los santos allí representados, son también la realidad, la realidad transcendente. La luz de Tabor resplandece en las venerables tablas. Si sabemos mirar, el iconostasio que obtura la visión del altar donde se produce el milagro de la transubstanciación, no es un muro, sino una ventana. Ésa es otra Transfiguración, la de un arte propiamente sagrado. Cuando Dante y Virgilio emergen de su periplo infernal, Dante tiene la cara tiznada y Virgilio ha de lavársela con el agua del rocío que recoge junto a unos juncos en esa inconcebible playa del Purgatorio a la que han arribado. El tizne se limpia, como acaso los pecados, con el agua lustral. Y emerge el semblante. El Cuadrado negro de Malévich, coetáneo de Florenski, muestra en su superficie, al cabo de los años, un extraño mapa de líneas: el craquelado. Icono, finalmente, pues la Nada también tiene sus santorales.

 

y 21.

Hiroshima tuvo una dolorosa continuación, una confirmación de que todo ocurre de nuevo, el 9 de agosto de 1945, cuando Fat Boy fue arrojado sobre Nagasaki, precisamente el lugar de Japón donde el cristianismo había sido y es más importante. José Lezama Lima murió justamente poco después de las dos de la madrugada del 9 de agosto de 1976. Es decir, en tres días hará exactamente 50 años de su fallecimiento, efemérides que no conviene dejar pasar sin recordarle, y sin volver a su frondosa y elevadísima obra. Él sabía bien que lo que estaba en juego en el verdadero arte es siempre la posibilidad de generar una Transfiguración, tenga ésta la polaridad que tenga, pues, en última instancia, el negro más profundo es, como bien nos muestran los espejos de obsidiana, el lugar donde el semblante mejor se revela. Hablando de una Crucifixión de su amigo, el pintor René Portocarrero, nos dice que éste va a ganar una más profunda y terrible vía, la de la transfiguración. En la transfiguración, prosigue Lezama, lo arquetípico y la metamorfosis adquieren la plenitud de su presencia y desarrollo. La figura alcanza su plenitud al trocarse. Lo transfigurado es lo plenario espacial en la eternidad. Lezama Lima era muy consciente de que la poesía, la metáfora, permiten lo imposible, es más, que justamente lo imposible es su reino natural, y en esa imposibilidad radica, me parece, toda la redención a la que podemos aspirar. Lezama sabía que, a veces, un hombre, sin saberlo desde luego, al darle la vuelta al conmutador de su cuarto, enciende una cascada en el Ontario. Hagámoslo, accionemos el interruptor y esperemos el estruendo, lavémonos el tizne en esa agua, y cuando nos pregunten Gotta light? respondamos: sí, ésta.