Una reminiscencia
Driving in your car
I never, never want to
go home
MORRISSEY
Para N.
1.
Puede que el
concierto más importante de mi vida fuera uno en el que no estuve. A veces
pasan cosas así. En este caso se trata del famosísimo y recordadísimo (para los
que tienen edad suficiente, como yo) concierto que The Smiths dieron en el
paseo de Camoens de Madrid el 18 de mayo de 1985, dentro de las fiestas de San
Isidro. Contextualizo adecuadamente para los no madrileños y la gente que ha
nacido después de esa fecha, o que eran demasiado jóvenes entonces para enterarse
de lo que ocurría. En abril de 1979, apenas tres años y medio después de la
muerte del dictador, Enrique Tierno Galván se convertía en alcalde de Madrid.
El viejo profesor tenía entonces 61 años recién cumplidos, es decir,
menos de los que yo tengo ahora. Supongo que eso me haría merecedor de ser
llamado igualmente viejo profesor. Su figura política tan peculiar le
convirtió en alguien inmensamente popular, hasta el punto de que su funeral, en
1986, devino un acto multitudinario. En términos culturales se le asocia, con
justicia, a lo que se llamó la movida madrileña, si bien el término de
marras merecería una discusión más detallada que ahora no vamos a hacer. Lo que
es indudable es que el giro en la política cultural de Madrid fue brutal, y de
eso nos beneficiamos los jóvenes que, como yo, estábamos por entonces en la
adolescencia o frisando la veintena.
2.
Como consecuencia de
la política municipal de Tierno, las fiestas de San Isidro en Madrid empezaron
a incluir conciertos gratuitos de música pop. Algunos de ellos se
celebraban en mitad de la calle literalmente. El paseo de Camoens de
Madrid bordea el llamado Parque del Oeste, una denominación que siempre nos
hizo mucha gracia a mi hermano y a mí, de pequeños, porque para nosotros,
ávidos consumidores de cine vespertino en la tele de los sábados, el Oeste era
el Far West, con vaqueros y pistoleros desenfundando rápidamente. Ahí,
en el paseo, sin acotar de ningún modo, se montaba el escenario y la gente
acudía, sin ningún control de aforo ni de mercancías peligrosas, ya me
entienden. Estuve en algún concierto en Camoens, aunque no en el de los Smiths,
y recuerdo empujones y avalanchas de las que salí incólume. Mi cuerpo tenía
cuarenta y tantos años menos.
3.
En 1981 abandoné mi cole
de barrio, del que ya he hablado algo por aquí. Era una anomalía: mixto,
laico y rojo. Por cierto, que la gente que lo montó estaba justamente en
la órbita de lo que acabó siendo en los primeros años de la Transición
(otro de esos nombres y conceptos de los que, como la movida, habría que
hablar largo y tendido, pero, vaya, esto es una entrada puramente memorialística
y no conviene dispersarse demasiado) el PSP, el partido de Tierno, hasta que se
disolvió para entrar en el PSOE. En aquellos tiempos sólo se podía hacer en el cole
hasta 3º de B.U.P., había que irse a otro lado para hacer el C.O.U. Normalmente,
los chavales del Lincoln, que así se llamaba mi colegio, nos íbamos a
una academia muy conocida que había en la Gran Vía, porque los dueños eran más
o menos los mismo. Ahí fui, y eso fue también muy interesante.
4.
La academia en cuestión
ofrecía estudios de turismo e idiomas, y creo que sigue haciéndolo, o por lo
menos lo hizo mucho tiempo. En aquellos años también se podía hacer C.O.U. Yo mismo llegué a impartir clases como profesor de C.O.U. recién acabada mi licenciatura en Físicas en 1987, muy poco tiempo porque me salió el puesto en la Complutense. La academia, que nosotros llamábamos impropiamente instituto, estaba situada en el número 59 de la Gran Vía, cerca ya de Plaza de España, y estaba apenas compuesta por varios pisos tipo vivienda, con clases un poco amontonadas y
pasillos estrechos. Algunas ventanas daban directamente a la Gran Vía, siempre
bulliciosa y atascada, que sólo apenas un año y pico antes aún se llamaba
Avenida de José Antonio. Se lo cuento para que vean de qué tiempo estamos
hablando. Por cierto, el nombre de la academia era… VOX. En aquel momento
apenas podía confundirse con el de unos famosísimos diccionarios. Ahora, pues ya
saben.
5.
Lo más excitante de
todo eso es que cada día yo me cogía el metro en Campamento e iba en el suburbano
hasta Plaza de España. En aquel tiempo el suburbano, que sólo por entonces
empezó a ser línea 10, iba de Aluche a Plaza de España, hasta que se amplió a
Tribunal y Alonso Martínez. Ahora hay que hacer transbordo en Casa de Campo,
porque Campamento pasó a ser de la línea 5. El suburbano es una parte
muy importante de mi juventud, como pueden imaginarse. El mero hecho de que
fuera una línea anómala, el resto de un viejo ferrocarril de Carabanchel que sólo
se hizo oficialmente parte del Metro cuando ya se habían hecho muchas
otras líneas muy posteriores a él, ya es significativo. Si añadimos que mi casa
en realidad estaba tan cerca de Campamento como de otra estación que se llamaba
Empalme ya nos hacemos una idea de que había algo entre marginal y exótico en
esa línea. Empalme era apenas un apeadero, que según las crónicas se construyó
porque el promotor del barrio pagó para ello.
6.
Cada mañana, pues, yo
me cogía el suburbano en Campamento, y, si los dioses de la mecánica lo
tenían a bien y el tren no encallaba en la cuesta, cosa que ocurría bien a
menudo (entonces no había estación de Príncipe Pío en esa línea y se iba de Lago
a Plaza de España sin interrupción), acababa apareciendo frente a las larguísimas
y también frágiles escaleras mecánicas que me conducían a la salida de
Leganitos. Pocos pasos más y ya estaba en el VOX, donde asistía, alumno modelo
que era, religiosamente a todas mis clases. Pero, además de estar allí, haciendo
el C.O.U., estaba en un sitio mucho más importante: estaba en el Centro,
cosa que, ya se pueden imaginar, no era trivial para alguien de barrio.
El Centro era encima la Gran Vía, la calle de los cines, el Broadway (ejem…)
madrileño. Muy interesante a los diecisiete años, créanme.
7.
En los recreos,
porque no dejábamos de ser estudiantes de secundaria, y había recreos, solíamos
bajar a los Sótanos, que estaban literalmente al lado. Los Sótanos era una galería comercial, obviamente
subterránea, en la que había, por ejemplo, un gran salón de juego con pinballs
y las primeras máquinas de marcianitos y una cafetería, donde nos
comprábamos un bocadillo, y varias tiendas más, y, sobre todo, Discoplay.
Discoplay era la tienda de discos más importante de Madrid entonces. Estar en
el Centro haciendo el C.O.U. de repente permitía que uno, cada día, y si le
apetecía, pudiera meterse allí a mirar discos, a ir pasando las inmensas pilas clasificadas
alfabéticamente de LPs y singles, objetos fascinantes porque
corporeizaban la música, devenida desde hace ya tantos años carne (es un decir)
de streaming. Uno, por supuesto, no podía permitirse comprar discos así
como así, podía caerle alguno por un cumpleaños o por Reyes, poca cosa más.
Luego nos los intercambiábamos con los amigos y los grabábamos en cassettes.
Pero ver discos, ver las portadas, era un deporte en sí mismo. Uno no
podía escuchar más que lo que salía en la radio, cuando salía, pero se sabía
(yo me la sabía, vaya) la discografía completa de sus ídolos. Y, cuando se
podía abrir el disco, se podía sacar la funda que llevaba las letras…
Impresionante, háganme caso.
8.
Estamos, ya lo he
dicho, en 1981-82. La movida está estallando. El llamado rock español
está empezando a periclitar. Movimientos anteriores como el rock
sinfónico ya no me habían pillado. Los cantautores seguían vigentes,
ya he
hablado de ello hace poco. Pero por entonces yo ya tenía una radio con FM
en casa (les cuento todo esto, un poco como el abuelo de los Cebolletas, para
que puedan calibrar hasta qué punto el consumo musical de entonces no tiene
nada que ver con el de ahora… aunque tampoco sabrán quién era el abuelo
Cebolleta, claro) y había empezado a escuchar Radio 3, el tercer programa de la
muy estatal y muy oficial Radio Nacional de España, que había empezado sus emisiones
un par de años antes. Allí uno se topaba, por ejemplo, con Jesús Ordovás o
Diego Manrique. Así que de la movida, sea lo que sea eso, yo era ya
experto. Un experto de invernadero, convengamos, porque no soy de aquellos que
pueden decir que iban todas las noches al Rock-Ola. El Rock-Ola estaba
en Cartagena, a hacer puñetas de mi casa, y por las noches uno tampoco salía
así como así, no nos vengamos arriba.
9.
En Discoplay
había, además de discos, posters y flyers. En los flyers se anunciaban
conciertos. Discoplay, de hecho, editaba un abundante boletín que podías pedir
que te enviaran a casa por correo, gratuitamente, con todas las novedades. Era una
publicación casi lujosa, yo la usaba para recortar las pequeñas fotos de las
portadas y pegarlas en mis cassettes grabadas. Es también el tiempo de
los fanzines. Los conciertos de entonces son los de los grupos que
acabaron asociados a la movida. Yo miraba los flyers, incluso los
coleccionaba, pero mis periplos musicales solían conducirme más bien a los
conciertos de Serrat en el Parque de Atracciones. Y entonces llegó Camoens.
Algo así, más o menos, estoy simplificando mucho.
10.
Justo por entonces se
abrió otra tienda de discos en Madrid, que en seguida tomó la delantera
a Discoplay. Se llamaba Madrid-Rock, y estaba situada un poco más allá, en San
Martín, casi en Arenal. Un día, mientras estaba haciendo el C.O.U. en el VOX,
con cierta premura, porque el recreo duraba media hora, me fui para allá y me
compré The rise and fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars. De
Bowie había sabido, sobre todo, por un artículo en una revista musical que se
publicaba entonces, Vibraciones. Me compré el Hunky Dory en el M.F.
de mi barrio. M.F. era una cadena de tiendas muy pequeñitas que
vendían discos de segunda mano y también discos del momento, pero algo más
baratos que en El Corte Inglés o Discoplay. En torno a las quinientas pesetas. Life
on Mars? fue mi primer crush rotundo con Bowie, pero el Ziggy
Stardust puso a girar mi cabeza, y aún me mantengo en esa órbita. Bowie es
la respuesta a la manida pregunta de quién es tu cantante favorito. Aún
no me he podido recuperar de su muerte.
11.
En esas estábamos,
pues, cuando empezó a haber conciertos en Camoens, en las fiestas de San Isidro
o en verano. Allí vi uno una vez cuyo cartel resulta sorprendente: el brasileño
Jayme Marques teloneaba a Joaquín Sabina, que teloneaba a Gabinete Caligari,
que me encantaban, que teloneaban a las verdaderas estrellas de la noche, al
grupo que yo había ido a ver sobre todo, los Golpes Bajos. Eran malos tiempos
para la lírica, y si aquellos eran malos, no les cuento cómo son estos… Y en
Camoens, por esos días, tocaron los Smiths. Y yo no fui a verlos.
12.
¿Por qué no fui a
ver a los Smiths en mayo del 85? A mí me gustaban los Smiths ya. Eran un grupo
nuevo por entonces. Yo me había comprado, creo que en Madrid Rock, Hatful of
hollow, que es una especie de recopilatorio de singles, y que tiene
alguno de los temas más emblemáticos del grupo, como How soon is now? o Hand
in glove. No sabía realmente nada de ellos. Pero en aquella época uno no
tenía tantos discos, así que, los que tenía, los escuchaba como un poseso una y
otra vez, por lo que ese disco, a día de hoy, me lo sigo sabiendo de memoria.
¿Por qué no fui, entonces? Seguramente, es triste decirlo, porque no conseguí liar
a nadie. El ir a conciertos no era una cosa que se hiciera tan a menudo, o por
lo menos yo no lo hacía, pero en aquellos días hubiera sido raro, por ejemplo,
que me hubiera perdido uno de Serrat. Habría ido con mi amigo Miguel, con mi
amiga Aurora. A los Smiths, ya…
13.
Todo esto lo
reconstruyo ahora, pero me parece que ya por entonces los Smiths eran algo así
como un vicio solitario mío. Sin conocer realmente las circunstancias
del grupo, su planteamiento creativo o vital, hubo algo con lo que sintonicé
poderosamente. Me apunté desde el principio a la poética de Morrissey,
resonaba bien con mi inveterado romanticismo de aquella adolescencia irredenta
en la que yo escribía poemas igualmente desgarrados. So please please please
let me let me let me get what I want se cerraba Hatful of hollow y yo
asentía: God knows it would be the first time. Yo tampoco conseguía lo
que quería y, qué le vamos a hacer, era humano y necesitaba ser amado, como
cualquier otro.
14.
Da un poco de
vértigo cuando se piensa, pero los Smiths de entonces, los que fueron a ese
concierto en Madrid, no había sacado ni siquiera The Queen is Dead,
acaso su disco más famoso. La setlist, que se puede recuperar, es, de
todos modos, gloriosa. De hecho, el concierto entero está disponible en la web
de RTVE. Fue retransmitido en La edad de oro, el maravilloso programa de
La 2 que dirigía Paloma Chamorro y al que yo estaba seriamente enganchado. Se
puede ver también la entrevista que hizo Chamorro a Morrissey y Marr. No estoy
muy seguro de si vi ese programa, creo que sí, puede que no entero, porque, al
fin y al cabo, televisión sólo había una en la casa familiar, y yo tenía que
negociar con mis padres su uso para esos vicios solitarios míos. Ahora, al
revisar el vídeo, todo resuena fuertemente, y desde mi conciencia actual, desde
mi asunción presente (por fin) de mi particular sensibilidad, me parece increíble
que en ese canal y medio de la tele de entonces haya podido verse la performance
inolvidable de ese especimen glorioso que era Morrissey a punto de cumplir
veintiséis años.
15.
Por cierto, que
cuando quiero exhibir credenciales de participante en la movida, cosa que,
de entrada, es falsa, porque todo eso pasaba muy tangencialmente por mi vida, y
que, además, no tiene mucho sentido, porque movida es un concepto a
posteriori, y bastante manido y mentiroso, pero, vaya, cuando quiero
ponerme estupendo, recuerdo que un día asistí, justamente con Miguel y
Aurora, a la grabación, en Prado del Rey, de un programa de La edad de oro.
El artista en esa ocasión fue Marc Almond, que para mí era la mitad de Soft Cell,
y que se marcó un muy interesante concierto en directo con un público fervoroso
formado esencialmente por gays. Esto no es baladí, porque otra de las cosas que
ocurrían entonces, y que de algún modo también tiene mucho que ver con los
Smiths y mis pasiones ocultas, es que tóxica era propiamente un epíteto
de masculinidad, esto es, era algo que iba implícito en el concepto de machito
comme il faut, que era el objetivo del desarrollo de un adolescente e
incluía, claro está, la homofobia, en ocasiones violenta. Yo, que nunca me
adapté a ese estereotipo y que siempre tuve una sensibilidad muy acusada y tachable
como femenina o directamente afeminada, puedo mirar ahora aquellos años con esa
perspectiva y entender que eso, que aún llamaba la atención, era algo que directamente
me apelaba, más allá de toda cuestión de identidad sexual, y puedo
congratularme de que las cosas hayan ido siendo de otro modo. Y puedo también
alarmarme ante la posibilidad de que podamos retornar a esos cenagales, Oscar
Wilde que está en los cielos no lo quiera.
16.
Cuando empezaron los
CDs me volví a comprar Hatful of hollow y me compré también The Queen
is Dead. El reproductor de CD iba en una torre Technics que pude adquirir
nada más empezar a trabajar en 1987 y ganar mi propio dinero (trabajar en la
Uni, me refiero, porque sacaba dinero para discos y libros desde mucho antes,
arbitrando tenis, pinchando discos, dando clases particulares de matemáticas).
Los soportes de la música van cambiando en la historia de mi vida. No tiro
nunca nada, pero lo cierto es que ya me limito a Spotify. La ventaja: allí está
todo, y uno puede hacerse con la integral de los Smiths y explorar la
carrera en solitario de Morrissey, tan dilatada ya, y a la que no fui prestando
tanta atención, todo sea dicho, por más fascinante que me resultara el
personaje. Mi devoción por los Smiths me lleva, injustamente quizás, a considerar
esa época como insuperable.
17.
No es raro que Morrissey
toque en España, y yo he tenido muchas oportunidades de verlo, aunque nunca lo
haya hecho. Es verdad que cada vez voy menos a conciertos y que el concepto de
festival me pilló ya algo mayor. Así pues, lo que voy a contar ahora,
tampoco debe plantearse como algo especialmente épico: podría haber pasado
antes o de otro modo. El caso es que el sábado estuve viendo a Morrissey en Barcelona. Era mi primera
vez. Yo había ido a Barcelona porque en la madrugada del domingo se volvía a representar
Seppuku de mi adorada Angélica Liddell, una obra de cuya première ya les
hablé en su día. Los hados quisieron que justamente esa noche tocara Morrissey
en un escenario ya de por sí peculiar, como el Poble Espanyol. No me decidí
hasta el último momento, pero me compré la entrada y me fui para allá. Fue una
maravilla, al menos para mí, porque era mi primer concierto de los Smiths,
aunque ya no fuera de los Smiths, era el concierto al que no fui, cuarenta y un
años después. Fui solo, no conocía a nadie al principio. Al final, después de
saltar, gritar, llorar a ratos, empaparnos por la lluvia que cayó, todos los de
mi alrededor éramos hermanos en Morrissey. Nos despedimos con un abrazo,
seguros de que no volveríamos a vernos. Si alguno leyera esto, entendería lo
que no voy a ser capaz de escribir.
18.
No es ya que Morrissey
mantenga una figura envidiable, que siga teniendo grandísimas cualidades
vocales y sobre todo que su presencia y su capacidad interpretativa conviertan
en inolvidable cada número, es que, para mí, en algunos momentos, ese fue un punto
bucle, un pequeño pespunte que cosía mi edad de ahora con la del veinteañero
que no fue a ver a los Smiths a Camoens, un atajo, misterioso y también
tramposo, que salvaba esa distancia temporal inconmensurable con una de las
pocas herramientas a las que se puede acudir para realizar ese juego de manos
que puede, sin duda, justificar el doloroso hecho de estar vivos: la música, el
arte, la comunión del artista con el auditorio, de los miembros del público entre
sí, de cada uno con los que ha sido y también con los que será. How soon is
now? Es muy tarde, sin duda, pero de algún modo todavía hay tiempo. I know
it’s over, y por supuesto que se ha acabado, pero todo, siempre, vuelve a
empezar. Por eso los discos son redondos.
19.
Mucho, mucho tiempo
después de que ocurriera todo lo que me había ocurrido en mi vida con los
Smiths, cuando yo era ya otro, alguien muy diferente al de mi juventud y muy
diferente, por fortuna, también al que soy ahora, alguien que, de todos modos
aún seguía, en esos tiempos difíciles y nada propicios tampoco a la lírica,
escuchando The Queen is Dead todo el tiempo, ahora en el CD del coche, descubrí
que, además de conectarme con toda esa gente que soy, los Smiths tenían el password
para encontrar una conexión inquebrantable con una persona. No es que
hiciera falta el definir eso, porque la conexión existía ya, con toda su fuerza,
pero el azar, el misterioso azar, hizo que, inesperadamente, descubriera que
compartíamos canción, a pesar de la diferencia de edad, de las circunstancias
vitales tan aparentemente opuestas. No es muy original, mucha gente tiene esa
misma canción entre sus favoritas, pero ella sabe por qué lo digo, y por qué
eso nos dio luz en la obscuridad. Una luz que nunca se apaga.
20.
Seppuku gira, ya lo sabemos, en torno al
suicidio de Mishima. A las cinco menos cuarto de la mañana del domingo 26
asistimos boquiabiertos una vez más a esa increíble catarsis. Unas horas antes,
a pocos metros de ese mismo teatro, Morrissey, en el bis, atacaba por
fin los primeros compases de la canción que yo llevaba esperando todo el concierto.
Nos pedía que le sacáramos por ahí esta noche, que quería ver gente, escuchar
música, que no quería volver nunca, nunca a casa. Nosotros lo hacíamos, claro, le
llevábamos en nuestro coche, y era verdad que no importaba si chocábamos
contra un autobús de dos pisos o nos arrastraba un camión de diez toneladas,
porque estábamos juntos, porque, ya que al final uno tiene que morir, the
pleasure, the privilege es nuestro por morir juntos. He escrito toda mi
vida sobre la muerte, el suicidio es un tema recurrente, también (sobre todo)
lo era entonces, a los 21 años, escuchando a los Smiths en bucle. Sigo aquí, escribiendo
sobre eso. Buena señal, imagino. En los vídeos que grabé el sábado mientras Morrissey
cantaba, acompañado por las voces de todos nosotros, There is a light that
never goes out se oyen mis berridos destemplados gritando a voz en cuello I don’t care I
don’t care I don’t care. Y era verdad que no importaba.
y 21.
La vida son esos
momentos, dijo
ella cuando le escribí lo feliz que estaba por mi día y pico en Barcelona, con
Morrissey y Angélica. Es verdad, ella y yo lo sabemos, porque somos gente que
escucha a los Smiths, gente que avanza en coches entre autobuses de dos pisos. Me puse, para ir al concierto, una camiseta que había
comprado por Internet unos días antes para la ocasión, con ese autobús de dos
pisos y la frase de to die by your side is such a heavenly way to die. Se
empapó de sudor y lluvia. Esa noche no dormí, fui al hotel, me pegué una ducha,
me cambié la camiseta. Me puse otra también alusiva a los Smiths, que ponía Hang
the DJ. Cuando volvía, a las nueve de la mañana, después de la función y el
desayuno en el Lliure con algunos otros angélicos incorregibles como yo,
paseando, contento como pocas veces, en una especie de jet lag, en esa
mañana estupenda en Barcelona, me crucé por la calle Tarragona con una chica
muy joven que me sonrió. Me fijé: llevaba una camiseta de Morrissey, seguro que
había estado en el concierto de la noche anterior. Me había visto la mía y la
había reconocido, había reconocido el Hang the DJ de Panic, por
eso sonrió. Sonreí de vuelta. Habrá cuarenta años de distancia entre nosotros,
tendrá la edad que aquel Agus tenía en 1985. Creo que eso lo resume todo perfectamente,
y que es justamente por esos momentos por los que uno puede seguir
subiéndose con amigos a coches que avanzan por la noche y en el fondo, en el fondo,
pedir please please please que ningún double-decker bus se nos
lleve por delante, al menos de momento, porque tenemos muchas cosas que hacer
todavía y tenemos que vernos algunas otras veces, en un darkened underpass o
en una calle de Barcelona o en cualquier otro lugar, y la luz, por ahora, sigue
sin apagarse.
