martes, 10 de febrero de 2026

Diminutivos



Desde que no estás, no he podido llorar con nadie. Llorar por los diminutivos.

(Anotado en un cuaderno, 2 de septiembre de 2014, por la noche.)

 

1.

No es fácil hablar de esto. Existe una tristeza químicamente pura. Una tristeza que no está asociada a dolor, privación, duelo, pérdida, o, si lo está, todos esos factores aparecen desdibujados, lejanos, indirectos. Una tristeza que no se mezcla con rabia, desgarro, agitación, decaimiento. Es una tristeza que trasciende todas las circunstancias de la vida. En ese sentido, es una tristeza de lujo, una mercancía difícil de encontrar, un objeto exquisito. Es, por eso mismo, una tristeza vergonzosa, de la que no se sabe muy bien qué contar, para no parecer soberbios, o excesivamente quejosos, teniendo en cuenta las muy reales penalidades en las que vive la gente, los desastres cotidianos, las catástrofes que nos esperan en cada recodo de la vida, lo que todo el mundo aceptaría como fuentes de la tristeza real, la que no tiene que ver con la literatura o la metafísica o la simple palabrería. Y es verdad, todo eso es verdad, y por eso no es fácil hablar de esto. Pero es preciso hacerlo.

 

2.

Éste será, como en el fondo lo son todos, un texto contradictorio. Si quisiera hacer parecer que estoy escribiendo un relato, o una crónica, y quizás es eso lo que estoy haciendo, o lo que quiero hacer parecer que estoy haciendo, ahora podría impostar y decir “releo el párrafo anterior”, pero no tengo ninguna necesidad de releer el párrafo anterior, acabo de escribirlo y llevo pensándolo, construyendo mentalmente esas líneas desde hace varios días. Es el comienzo de la pendiente y no hay retrocesos, y todos estos desvíos son pura retórica. Así que no, de ningún modo este texto es contradictorio, ningún texto lo es, porque, incluso cuando parece contradecirse, lo único que hace es reafirmar lo que dice el otro texto, el de verdad, el que está debajo de él. Es ese texto el que es preciso escribir hoy, ahora. Pero para escribirlo, no queda más remedio que escribir el texto de arriba, porque lo que se quiere contar siempre es subterráneo.

 

3.

Si esto fuera un relato o una crónica, si esto fuera el guion de una película, una escena de teatro, habría que empezar al revés, habría que situarse en el lugar del hallazgo, de la trouvaille, en el lugar donde el azar objetivo me proporcionó las instrucciones. Sólo si este texto se pretende presentar como una especie de tratado filosófico es aceptable comenzar con banalidades rimbombantes como “existe una tristeza químicamente pura”. Sin embargo, lo cierto es que esa tristeza químicamente pura existe, y este vaivén intenta hacerla comparecer en los interlineados, en la microscópica trama de huecos que convoca el tejido. Por eso, lo de menos es la cronología y la lógica narrativa que conlleva. Porque el verdadero texto es el que no se escribe.

 

4.

Existe una tristeza químicamente pura. Yo la he experimentado algunas veces. Quiero decir, yo la he experimentado siempre. Las otras tristezas, las otras penas, los otros desastres, son apenas el rizado del oleaje de ese mar, el ruido en la quietud solemne de esa nota hueca. Las alegrías también, por supuesto: perturbaciones del statu quo. La tristeza químicamente pura marca el nivel basal, es el bajo continuo de la melodía de nuestra vida, el agudo del acúfeno que nunca deja de sonar en el dentro del oído. Todo lo demás es relatable, todo lo demás son términos y sintagmas. Ella, sin embargo, es el papel sobre el que se escribe. No es un silencio, sino un zumbido. No es un estar, es un ser. Es donde estamos, estamos ahí porque es. Es ahí donde estoy, donde estuve, donde estaré. Discúlpenme el plural mayestático, no conviene recurrir a tan burdos subterfugios: de quien habla el relato es de mí, y yo soy un melancólico, y el tema del relato es la tristeza.

 

5.

Dos pasos más atrás, para mirar el cuadro. Sí, es preciso volver a excusarse. No se puede frivolizar. Existe la depresión clínica, devastadora. Existe el golpe al centro mismo de las vísceras, letal. No, no es eso. Es lo de antes. Lo de siempre. La frecuencia cero. Antes. Es la disposición de los instrumentos cuando ni siquiera han entrado los músicos para tocar la sinfonía. Antes aún. Es el local, los ladrillos, los muebles, es el ensayo, es el borrón en la partitura, es el da capo, es el saludo recogiéndose los faldones del frac, es el llegar al teatro, es el haber nacido, es la palabra de Dios, el fiat lux, es el Cosmos. Y tampoco, porque eso nos conduce otra vez al plural y ninguna de esas cosas tienen garantizadas siquiera su existencia.

 

6.

Mamá no vendrá hoy a darme el beso de buenas noches, tenemos visita, piensa un niño en una casa de campo, en Francia, al final del siglo XIX. Todo empieza ahí, siempre empieza así. No es un berrinche. Sí lo es, sí es un berrinche, y hay otras muchas noches con beso de mamá, y hay libros nuevos que leer, y habrá mañana paseo, del lado de Swann o del lado de Guermantes. Ha habido otras noches sin beso, habrá otras muchas más. ¿Qué ocurre entonces, qué piedra se ha lanzado al estanque que va a generar ondas y ondas hasta alcanzarnos en la edad adulta, casi al borde de la muerte, hasta llevarnos, de la mano de resonancias y resonancias cada vez más intensas, a escribirlo todo, a dar vueltas en ese caracol hasta, literalmente, nuestro último aliento? Esa noche, el joven Je ha visto la Tristeza y le ha colocado su mayúscula, como hará con el tiempo. La Tristeza es también el Tiempo, claro, pero es otras cosas también: el Tiempo, la Muerte, son sólo alguno de sus atributos más notorios. La búsqueda es un retorno y una huida, pero es vana. La Tristeza es como el horror de Kurtz en la jungla. Hay que aprender a conocerla, hay que hacerla nuestra amiga. Al fin y al cabo, somos sus hijos.

 

7.

Mamá no puede calmarse, dice que quiere irse, yo no sé qué hacer, dice el padre a través del teléfono. Las ondas en el lago de la Tristeza son esas ondas electromagnéticas que viajan de un lado a otro para aterrizar en el corazón del que escucha. La Tristeza afila sus cuchillos. Sí: demencia, sensación de abandono, desorientación, petición de auxilio. ¿Qué puede hacer el niño que ya no es tan niño y nunca fue Proust, qué puede hacer, ahogado por la culpa, destruido por la impotencia, agotado? Escucha, trata de apaciguar, conferir esperanzas que sabe falsarias, porque no hay salida, porque eso es el final, aunque el final se demore aún mucho, ésas son cosas del Tiempo, que tiene sus procedimientos. Asuntos delicados, en el fondo banales: quién no ha sufrido por la vejez de sus padres, por su deterioro, por el declive que muestra claramente cuál es el camino que nos está esperando. También Je nos habla de la muerte de la abuela, de la madre de cabellos grises que descubre entonces ocupando el lugar que hasta entonces le correspondía a la que era la madre de ella. Así se suceden las generaciones en el reino de la Tristeza. Sí, todo esto es bien conocido, y doloroso, y por eso aún no es la Tristeza, aún es sólo la tristeza.

 

8.

Es la hora de la cena, tenéis que ir al comedor ya, luego os vuelvo a llamar, estate tranquilo, no podemos hacer nada, yo estoy lejos, y tampoco podría hacer nada, trata de calmarla, habla con la gente de la residencia, llámame luego, te llamo yo, que me llamen ellos, esto es como otras veces, pasará muchas veces más, dejará de pasar cuando ya no haya nadie a quien le pueda pasar, aunque su cuerpo siga estando allí. Sí, ésa es la tristeza, una tristeza tan grande que merecería todas las mayúsculas de la imprenta. Pero no es la Tristeza. La Tristeza ya estaba. Estaba en el nacimiento. Es el mar de esas olas. El que escucha, el que acaba de colgar el móvil, anda por Madrid. Lo hace siempre en esos tiempos, lo sigue haciendo. Largas caminatas sin rumbo determinado, para pensar, para poder escribir, para escribir una novela que hablará, de qué otra cosa podría hablar, de la Tristeza. Entre dos llamadas, la desazón, esa palabra que aprendió tan de niño, que pronunciaba tan a menudo, ay, su abuela. Desazón, la amargura que produce la falta de sazón. Anda por Madrid. Él se acuerda muy bien por donde. Yo, que soy el protagonista de esa tercera persona, me acuerdo muy bien por dónde. No importa por dónde. Anda.

 

9.

Existe una tristeza químicamente pura, la Tristeza. No es fácil experimentarla, siempre viene obturada por tantos dolores y por tantas sensaciones anodinas y por tantos alivios y por tantos temores. Sentir la Tristeza es una experiencia mística. Una iluminación obscura, esplendente en su negrura. Es una sensación oceánica, una fusión con el ser del Universo. Pero no es una experiencia gozosa, porque el ser del Universo es el sin sentido, el puro azar, la absoluta contingencia. No hay brazos amorosos a los que arrojarse, no hay un dios que nos espere con una taza de caldo para el frío. Sólo hay el sordo rumor de la maquinaria de la eimarmené, dispuesta para nada desde siempre. Hay que atesorar esas experiencias cuando tienen lugar, nos muestran nuestro país de origen, nos abren la puerta del laberinto. Hay que nadar en la limpidez de esas aguas, desnudos de toda adherencia.

 

10.

Entre dos llamadas, en la desazón, andando a toda prisa por el Paseo, sin ningún rumbo, sin ninguna presencia que espere, sin ninguna tarea que sea necesario abordar, solo en la augusta Nada de un Universo que muestra su descarnada vacuidad, andando, y entonces otra persona anda, nadie conocido, nadie relevante en este relato, alguien fundamental en su propio relato, que desconocemos, que habrá seguido desarrollándose en estos casi doce años, una chica, una chica más joven que el narrador, una chica que no está entre dos llamadas sino que está en mitad de una, que no tiene por qué ser especialmente dramática o interesante, una llamada de la que nosotros, el narrador, Je, yo, escuchamos, en nuestro paso acelerado, en el único momento de nuestro encuentro, de nuestro ser paralelos, una sola frase: ¿has hecho ya la maletita? Y es ahí, justamente ahí, cuando el puñal del diminutivo se nos clava en las entrañas y, finalmente, la congoja asalta la garganta y el llanto aflora, con esas lágrimas de pura Tristeza que empiezan a recorrer las mejillas.

 

11.

No es fácil escribir de esto, porque, como toda experiencia mística, es incomunicable. Se puede, apenas, teorizar. El diminutivo es insoportable, porque el diminutivo es la ternura, la Ternura. La Ternura es la única arma en el combate con la Tristeza. La Ternura es el salvavidas que nos arrojamos unos a otros cuando estamos a punto de ahogarnos en ese estanque sin orillas. La Ternura es el pasaporte para abandonar, siquiera por un rato, el país del estar solos. Pero a la Ternura le pasa como a la Tristeza: no sirve invocarla, ni siquiera ejercerla, no debe confundirse con los pequeños gestos cotidianos, con las caricias al corazón que, menos mal, nos regalamos tan a menudo, al menos los que hemos sido afortunados, los melancólicos que disponen de compañeros de viaje. La Ternura de esa tarde es una chica desconocida que habla con alguien que no podemos ver y le pregunta, esa tarde que, acaso, era de domingo, ya sabemos que en la tarde de los domingos la Tristeza tiende a hacerse algo menos pudorosa, le pregunta a su amiga, o a su hermana, o a su novio, o a su padre, o a quien sea, porque eso no importa, si ha hecho ya la maletita, no la maleta, con ese diminutivo que convierte a la maleta en algo de juguete y le quita importancia al viaje, que puede ser acaso un simple viaje de trabajo, un viaje como los que yo hacía entonces con frecuencia, a reuniones de proyectos de investigación o congresos, por diferentes lugares de Europa.

 

12.

Sí, el diminutivo y la maleta, esas dos cosas me otorgó el ángel que me fue enviado esa tarde de tormenta de arena en el alma. La inquietud de los aeropuertos, el frío de los paquebotes, los empeños de la vida adulta que siempre nos conducen a la zozobra, cierta necesidad de un refugio, todo eso que supone el alejarse, todo eso que nos obliga a recoger algunas pertenencias, meterlas en un recipiente, acarrearlas, y el pasaporte, y algún libro, y el teléfono, y llamar y decir que ya hemos llegado, o que hay retraso, porque hay alguien que espera, o esa maletita a lo mejor es la maletita del viaje que conduce hacia la chica del Paseo a su desconocido interlocutor, y entonces el tono de la chica sería alegre, pero quién sabe si era alegre, cuando el que lo escucha es pura tristeza, para él todo es triste, todo es el momento de una partida infinita en medio del muelle desierto batido por todos los vientos.

 

13.

Un diminutivo inaplicable para el que pasa tan rápido, piensa él, pues nadie nos puede ayudar en ese trance, nadie siente tan íntimamente ese dolor, o, sí, todos lo sienten, pero cada uno en su celda, en su cubículo, y podemos hablarnos, podemos abrazarnos, podemos acariciarnos la cabeza, y todo eso alivia el dolor, los dolores, pero la Tristeza está más allá de toda caricia, la Tristeza es lo que estaba siempre, lo que estaba desde antes de que nadie siquiera supiera el nombre que íbamos a tener. Sí, todo eso es así, pero lo importante es que el diminutivo nos hace llorar, y ese llanto drena, y por eso, el que avanza por el Paseo, que sentía la ausencia de todo diminutivo, la posibilidad imposible de un abrazo en el aeropuerto del estar existiendo, de repente, como cogido por sorpresa, es abatido por la Ternura, una Ternura que ni siquiera era de él, para él, y entonces entiende el juego, entiende que todos estamos a la vez en el aeropuerto, de un lado y de otro de la puerta de llegadas, y que todos estamos esperando abrazos imposibles, y entonces, entonces, simplemente, nos abrazamos, y eso es la solidaridad, eso es el amor, sabernos cada uno en una silla del gran banquete de la Tristeza y saludarnos al llegar a él y de vez en cuando darnos la mano por debajo del mantel, entre plato y plato.

 

14.

Todas las metáforas del mundo son imprescindibles y al mismo tiempo inútiles. La experiencia mística no se deja decir. La Tristeza no es esa tarde, ni ese diminutivo, ni esa chica que sólo estuvo un segundo en nuestra trayectoria y nos dio, sin embargo, el password para el resto de la vida. Todo eso son, como mucho, las ínsulas extrañas, pero la Tristeza no habita allí, la Tristeza es quien dibuja esas islas. Es el frío que revela que por dentro de nuestro cuerpo hay corriente. El músculo que inesperadamente, alza esa mano vacía. Todo puede contarse muy sencillamente: vivir es complicado, hay cosas malas, hay sufrimientos, siempre hay sufrimientos, los sufrimientos van de suyo, las cosas buenas a veces aparecen o no, eso es trivial, es bien sabido. Pero no es eso, es el hecho de haber nacido y que eso no tuviera por qué haber ocurrido. Es las tres de la mañana y el aire helado de la madrugada. Es la ausencia, es lo que no cura siquiera la presencia, es lo que hace que ni siquiera nos baste con estar allí, enfrente.

 

15.

Las madres saben mucho de ese frío, siempre quisieron que nos abrigáramos, siempre nos arroparon. En Avec le Temps canta Leo Ferré les voix qui vous disaient tout bas les mots des pauvres gens: “Ne rentre pas trop tard, surtout ne prends pas froid”. Mi madre siempre me dijo que no cogiera frío, lo siguió haciendo y haciendo cuando era yo ya quien procuraba que ella no cogiera frío. Ese frío de una madrugada destemplada, de una madrugada en una duermevela que no se hace sueño hasta que el sonido de la puerta anuncia la llegada del que faltaba, es la Tristeza, la Tristeza del hijo que a esas alturas ya sabe que todo lo que ha de pasar acaba pasando. La madre que ya está más tranquila en la segunda llamada, el padre que transmite la calma, una calma basada en la aceptación del horror de Conrad, en una jungla que circunda el Paseo. Sí, tout s’en va con el tiempo. Sólo permanece en la memoria lo que nos duele. Cuando las luces se apagan, lo que nos resta es la iluminación obscura del negro-de-siempre, de la negrura de esos espacios infinitos que hacía temblar a Pascal.

 

16.

Por eso te dije que te entendía el otro día, por eso supe de algún modo abrazarte con el gesto correcto, conducirte al otro lado del río, colgar la llamada, redecorar el desierto con las guirnaldas de las sonrisas. Porque ya he estado allí, he sabido dónde estaba, he vuelto sabiendo que uno no se va de allí, pero que es posible dibujar pájaros. Ése era el regalo: sabernos acompañar. Ayudarnos a hacer la maletita. Ésa es nuestra obligación por el mero hecho de estar vivos, por formar parte de la tripulación de esta nave a la deriva que atraviesa el vacío: calentar el corazón, apaciguar la marejada de la Tristeza, expandir la Ternura para que acompañe al Cosmos en su loca carrera hacia ningún lugar, ningún tiempo, en su larga huida de la Gran Explosión.

 

17.

Éste es, ahora sí, ahora ya puede contarse, el relato: como entonces, como siempre desde hace tantos años, ando, camino, recorro la ciudad. Cada día. Esa mañana, hace una semana exactamente, estoy en un parque. Justo a esa altura existió un estadio, al que fui tantas veces. Uno de mis paseos habituales. No hay nadie, es por la mañana, ahora puedo andar por la mañana. Esa parte del parque es aún un poco inhóspita, se construyó al final, es en realidad como la tapadera del túnel que hay abajo, por donde va todo el tráfico. Los árboles aún no han crecido. No es un sitio donde uno se siente, no hay juegos para los niños. Por eso el hallazgo es especialmente interesante. Por eso, quizás también, el objeto puede haber estado allí, en el medio del camino, esperándome más rato, a pesar de que su presencia resulta obvia. Una nota. Un post-it, de un fucsia muy chillón. Doblado en dos, de modo que la mitad del papel tapa la parte adhesiva, con las letras por fuera. Alguien lo ha doblado así, con cuidado. Alguien lo llevaba en el bolso, o en el bolsillo. Nadie lo ha tirado, se ha caído. Se ha quedado allí, en mitad de la vereda. Para mí. Acepto la ofrenda.

 

18.

Me da pudor reproducir el mensaje, aun a sabiendas de que nadie, ni yo mismo, conoce a la autora, aun siendo consciente de que, por mucha importancia que quiera darme, estos textos lo leen apenas decenas de personas, compañeros de viaje a los que me siento tan vinculado en esta navegación (muchas gracias, siempre, por vuestra ternura). Ese mensaje es profundamente privado. Y trivial, seguramente, en el fondo nada de mucha importancia, pero ahí, tirado en mitad de ese nolugar del parque, ese resto arqueológico en su fucsia, es también el comienzo de un relato, de éste, ningún escritor que se precie deja pasar esa oportunidad, especialmente si ese escritor tiene un fino oído para la Tristeza.

 

19.

Me ha encantado este finde pegaditas, y entonces, dibujado, un smiley, una sonrisa. Que vaya bien el día. Ojalá puedas tener pádel, luego el psicólogo y luego SIESTORRO! TE QUIERO. Ese mensaje en una botella ha viajado desde cualquier superficie de la casa donde se pegara, esa casa donde la autora del mensaje y la destinataria han pasado, tranquilas, el fin de semana, juntas. Una, la autora, ha abandonado la casa. Acaso no es la suya, o simplemente ha tenido que ir a trabajar. La otra no trabaja esa mañana, puede ir a jugar al pádel, pero llueve, llueve mucho esos días, a lo mejor no puede por eso. Entonces, el psicólogo, quizás por eso no va a trabajar esa mañana, tiene consulta con el psicólogo, por qué el psicólogo, qué le pasa, tiene algún problema, y la Tristeza aparece cada vez más claramente entre las líneas, pero todo se apacigua, porque nos espera una siesta, juntas, y la Ternura triunfa, con el grito de las mayúsculas: TE QUIERO.

 

20.

No existe fuerza alguna que pueda impedir que me agache para recoger una nota en el suelo, y para leerla, soy demasiado curioso, o demasiado sensible a los mensajes en  botellas. En este caso, al principio, el impulso fue tirar el papel a una papelera, o dejarlo allí, sin más. No pude, me lo llevé a casa, aquí la tengo. Quiero pensar que a esas dos chicas, que son pareja, o hermanas, o amigas, o madre e hija, o compañeras de piso, todo les va maravillosamente, que son capaces de combatir con éxito a la Tristeza armadas con la espada de su Ternura. Lo deseo profundamente. Me encantaría abrazarlas, decirles que todo va a ir bien, porque es verdad que todo va a ir bien aunque todo vaya a ir mal. Me encantaría agradecerles su existencia, de la que el azar me ha hecho partícipe. Y éste era el relato, nada más. El relato de cómo una nota de una chica resonó con la llamada de otra chica de hace casi doce años, y me trajo de nuevo la Ternura químicamente pura, ahora que, por fortuna, estoy tan lejos de aquella tristeza de entonces, que me he mudado a un barrio un poco a las afueras de la Tristeza, mi patria irrenunciable.


21.

Éste es el relato, sí. Podría haberse contado de otro modo, de muchos modos, sin duda. Hay, por ejemplo, una novela de misterio que se puede escribir a partir de cada hallazgo. Inventar cómo, por qué, esa nota acabó allí, la nota que la destinataria dobló con cuidado para que la mitad del papel se pegara con el pegamento, y el pegamento no se pegara a otra cosa, y la metió en el bolsillo o en el bolso cuando salió al jugar al pádel o fue a la consulta del psicólogo, porque quería guardarla, porque quería tenerla cerca para poder leer otra vez que la querían. Inventar el antes y el después de esa nota, la siesta y el fin de semana juntas. Sí, ese relato existe también, pero no me apetecía escribirlo. Lo que quería escribir era esto. Otra cosa. Una carta de amor. Para poder dejarla caer en el parque electrónico por el que paseamos de tarde en tarde, para que alguien la recoja y la lea y sepa entonces lo mucho que la quiero.


viernes, 23 de enero de 2026

Los sentimientos imaginarios

 

A la que renace de las aguas.

 

Las huellas de tus dedos

no se ven en la torre.

Pero yo leo sin descanso, en la soledad de la ermita, junto al mar

los antiguos signos donde tú estuviste hacia el año mil,

por los bosques, los pantanos, las ramas y las hojas, la arcilla pisada.

JUAN EDUARDO CIRLOT, Bronwyn

 

Las alas en las alas de las alas.

JUAN EDUARDO CIRLOT, La quête de Bronwyn

 

I.

De entre las conmemoraciones y aniversarios que promete el (recién) vigente año 2026, que nos ha metido ya de lleno en el segundo cuarto del siglo XXI (previsiblemente el último que habitaré), hay algunas que resultan muy significativas para mí, lo que, de algún modo, acabará produciendo su eco en estas páginas electrónicas. Así, la publicación póstuma de Das Schloβ (El castillo) de Franz Kafka, a cargo de Max Brod, tuvo lugar en 1926, por lo que este año celebraremos el centenario de la aparición de esa última novela del checo, inconclusa como todas las suyas, y muy probablemente mi favorita, un libro que me viene acompañando desde siempre y al que vuelvo una y otra vez. En riguroso paralelismo, mostrando una vez más esa conexión subterránea (o no) que ambos tienen y de la que ya me ocupé parcialmente en una obra que difícilmente, ay, verá la luz, el otro checo, Rainer Maria Rilke tendrá también su propio centenario, el de su muerte, a últimos de año. La celebración de la Nochevieja de 2026 exigirá, aún con más motivo que las anteriores, que repita mi tradicional lectura del Poema de Año Nuevo que Marina Tsvietáieva le dedicó al recién muerto, para ser entregado en propia mano. Y ya en 2027, acaso, volveré en peregrinación a Raron, a la tumba del poeta, que fue enterrado allí en enero de 1927.

 

II.

Ese 2027, por lo demás, acogerá sus propias, e igualmente magnas, efemérides. Otra publicación póstuma, la de la obra que cierra la Recherche proustiana, culminándola: Le Temps retrouvé. Y la de la fecha que convencionalmente se ha venido asociando para identificar a una pléyade de autores españoles que me marcaron profundamente en mi adolescencia y que han seguido siendo en buena medida mi referencia poética básica: la llamada generación del 27. Pero ya llegaremos a eso, si llegamos. Y si no llegamos, por catástrofe individual o universal (esta última cada vez más probable, visto lo visto), al menos quedan mencionados aquí esos otros dos items fundamentales para mí. Habrá sin duda otros aniversarios más, en los que ahora no reparo y tal vez vayan apareciendo, cosa que será conveniente, pues, aunque siempre hay una cierta contingencia en esa asociación de fechas y eventos, no es menos cierto que esa motivación para revisar algo y escribir sobre ello siempre viene bien.

 

III.

Pero el aniversario del que voy a hablar hoy, o, mejor dicho, el aniversario que funciona como disparador de este texto, y de la preparación previa para él, es más privado, menor si se quiere, pero para mí absolutamente decisivo, como intentaré mostrar. A lo largo de 2026, concretamente el 15 de abril, hará veinticinco años exactos (ese cuarto de siglo que ya se nos ha ido, inconcebiblemente, de un siglo XXI que en mi infancia todavía parecía ficticio) de la publicación en la editorial Siruela, en una maravillosa edición a cargo de su hija Victoria, de la que bien podríamos calificar como opus magna del gran poeta Juan Eduardo Cirlot, el ciclo Bronwyn.

 

IV.

Cirlot es uno de esos otros poetas que fui conociendo después de la adolescencia, pero aún no entrado en la madurez, cuando fui transcendiendo mi formación y con ella justamente a la Generación del 27 (a la que, no obstante, sigo acudiendo: Lorca, Prados, Aleixandre, Cernuda…). Los poetas españoles de las siguientes décadas fueron siendo incorporados a mi biblioteca y a mi particular constelación de autores decisivos: Gil de Biedma, Valente, Claudio Rodríguez, Ángel Crespo, Clara Janés, Pedro Casariego Córdoba, Leopoldo María Panero, por citar sólo algunos (a los que habría que añadir hispanoamericanos, europeos, etc., en unos años 90 muy intensos en ese sentido). Anteriores a ellos y posteriores al 27, había otros dos nombres que me suscitaban mucha curiosidad por lo que había leído sobre ellos, pero a los que tardé un poco en llegar: Carlos Edmundo de Ory y Juan Eduardo Cirlot, grandes amigos entre sí, partícipes de la aventura del Postismo, por donde también andaba Crespo, y, a decir de mis escasas informaciones, cercanos a las vanguardias y el surrealismo. Cuando por fin entré en uno y otro, evidentemente, fue un impacto muy grande, por la magnitud de sus obras y por la personalidad tan particular de cada uno. Eso ocurrió justo en los comienzos del milenio, es decir, hace, eso, un cuarto de siglo. Celebro, pues, mis bodas de plata con Cirlot.

 

V.

El otro día, en una conversación con poetas (cuánto me alegro de que en este momento de mi vida se hayan hecho tan comunes las conversaciones con poetas que tanto me fueron faltando todos los años, las décadas anteriores) lo formulé rotundamente, y no es la primera vez que lo hacía: el día de 2001 en que compré Bronwyn de Juan Eduardo Cirlot cambió mi vida. Seguramente podría decir eso mismo de otros muchos libros, y eso nos conduciría a otras historias, otros relatos, diferentes de éste. Y serían igualmente veraces. Pero el modo en que Bronwyn me cambió la vida es distinto, es especial: me la cambió en tanto que autor literario, hubo un antes y un después de esa lectura. Más allá de la lectura: de ese conocimiento. Entrar en la obra de Cirlot fue el comienzo de algo, tuvo el carácter de una iniciación. No sólo en Bronwyn, sino en toda la obra, pues comencé a buscar libros inencontrables y a encontrarlos y luego adquirí religiosamente cuanto se iba publicando, sobre todo por el buen hacer de Victoria. No es, claro, porque me pusiera a escribir como Cirlot, sino porque la obra, y la persona de Cirlot, me revelaron ámbitos, conceptos, posibilidades que desconocía o no había desarrollado, pero que de alguna manera estaban latentes en mí. Con Cirlot resoné, lo hice con toda la potencia que implica ese término en Física. Y aún, cuando me acerco a él, como en aquella cita inicial de un cuento de Poe, el Poe que era tan caro a Cirlot, mi corazón, como un laúd suspendido, sigue resonando.

 

VI.

Hace unos días, este blog, en otro aniversario, sin duda de menor importancia, ha cumplido tres años. Desde entonces, se han escrito en él 147 entradas (ésta será la 148), lo cual da un promedio nada desdeñable de una entrada por semana, aproximadamente, aunque la frecuencia ha ido variando con los diversos avatares de la vida, de igual modo que también la longitud de los artículos ha ido aumentando, así como la complejidad de la preparación que requieren para su redacción. Hace ya bastante decidí añadir una barra lateral con las etiquetas que señalan para cada entrada los nombres de autores o los temas que se tratan en ella. Esa barra, que se ve en la versión PC, pero no, normalmente, en la de los móviles, contiene literalmente cientos de items. Decidí emplear una de las opciones que daba el blogspot y hacer que aparecieran más grandes los elementos que más se repetían. Así, de un modo empírico y matemáticamente exacto, puedo saber en realidad quiénes son mis autores preferidos. Los resultados eran previsibles: Kafka, Borges, Nabokov, Cortázar, Rilke. Pero hay una trampa en eso. Hay otros autores tan importantes para mí como ésos que no han aparecido nunca o lo han hecho muy poco, cuyas etiquetas son pequeñas. Probablemente en muchos casos es justamente la relevancia de esos personajes lo que me hace más difícil entrar en ellos. O la implicación que tienen para mi vida. Cirlot es sin duda uno de esos casos. Eso es algo que estoy empezando a solventar hoy, con esta entrada.

 

VII.

Pero retomemos el hilo. El 15 de abril del 2001 se publica Bronwyn. En New York City todavía había torres gemelas. El mundo había respirado tranquilo después del susto del Y2K, que siempre fue algo falaz, pero que sirvió para añadir su poquito de ludismo a una sociedad cada vez más confundida. La Space Oddyssey no había tenido lugar. La peseta entraba en su último año. Cuento estas cosas para que nos demos cuenta de que todo aquello está muy lejos, y también muy cerca, por lo menos para los que lo vivimos ya como adultos. ¿Cuándo compro yo Bronwyn? ¿Dónde? No puedo decir la fecha con claridad, en este caso no conservo el ticket de compra entre las páginas del libro. Sí recuerdo, aunque la memoria es traicionera a veces, el lugar: Crisol de Juan Bravo. Una de las decenas de librerías madrileñas que he visto desaparecer a lo largo de mi vida. Ahora cae otra: Tipos Infames. Cada una que muere es una posibilidad menos de ser felices, es un lugar menos donde refugiarnos de la barbarie. El libro estaba, de eso estoy seguro, en la mesa de novedades, con su portada naranja. Un tomo bien grueso. Debía ser mayo, principios de mayo. Desde luego, antes del 12, porque el 12 compro, por fin, tras mucho tiempo rondándola, la Obra poética de Cirlot que Clara Janés había preparado para Cátedra, y lo hago porque ya tengo Bronwyn (aquí sí hay ticket que lo atestigua). El 19 compro el maravilloso Libro de Cartago, poco después el Diccionario de símbolos… Las primeras anotaciones de Cirlot en mis cuadernos de la época son justamente del 12 de mayo de 2001, pero son ya un conjunto de citas amplio que copio y que corresponden a varios libros del ciclo que he estado leyendo, así que debo tener Bronwyn desde hace unos días… No sé, fue por ahí. Puede que incluso fuera el 11 de mayo. El 11 de mayo es el día de la muerte de Cirlot, en 1973. Entre otras cosas, claro: las fechas nunca son inocentes.

 

VIII.

El libro no sólo contiene hasta dieciséis poemarios de Cirlot, sino una selección de artículos suyos en torno al tema de Bronwyn, algunos otros textos conexos y una introducción excelente por parte de la editora, Victoria Cirlot. Es, como me gusta decir de libros como éste, un auténtico festín. Es un mundo entero entre dos tapas, algo para mí profundamente inesperado, un aldabonazo. El nombre de Cirlot en esa portada naranja había tenido ya suficiente magnetismo para acercarme al ejemplar, pero el primer hojeo ya hizo que no hubiera duda alguna y me lo llevara a casa y allí lo devorara. Apenas conocía la poesía de Cirlot, esto fue mi entrada a su obra: por la puerta grande. Casi 700 páginas después de versos, esquemas, anotaciones, fotografías, me esperaba otra persona: el yo que aún no era yo, el que quería empezar a ser, en esa época rara de mi vida, si es que hay alguna época de mi vida que no sea rara. No quiero entrar mucho en detalles biográficos que tampoco aportan demasiado, pero llevaba ya varios años muy alejado de la literatura en tanto que escritor. Siempre he sido, ya lo saben ustedes, un escritor clandestino, pero durante, digamos, la treintena otras preocupaciones más convencionales (trabajo, pareja…) me hicieron abandonar, casi como si fuera un vicio de juventud la actividad que siempre me definió y sin la que en realidad no se puede vivir. De igual modo que le pasó a Cirlot en otras ocasiones de su vida, el encuentro inesperado con una manifestación artística, con una obra, fue lo que me sacó de ese marasmo. En mi caso fue Bronwyn. Recomencé a escribir, con la misma fiebre y el mismo amor que lo había hecho siempre. Y ahí seguimos.

 

N.

¿Quién es Bronwyn? Bronwyn es, en primera aproximación, porque es muchas cosas, y para Cirlot llegó a ser de algún modo todas las cosas, un personaje cinematográfico. Una joven medieval interpretada por la actriz de origen canadiense Rosemary Forsyth en una película de 1965 dirigida por Franklin Schaffner, The War Lord (El señor de la guerra) y protagonizada también por Charlton Heston o Guy Stockwell. Un día de verano de 1966, como nos cuenta Victoria en la introducción al volumen de portada naranja, Cirlot vio esa película en un cine que ya no existe (tantos cines también que han ido desapareciendo, como las librerías…) en un pasaje subterráneo de Barcelona conocido, paradójicamente o no, como Avenida de la Luz (yo conocía ese nombre por una canción de Loquillo y los Trogloditas, estaba situada bajo Plaça Catalunya y Pelai). Cirlot tenía un gran interés en la época medieval y le sorprendió el rigor con que era representada en el film, y, sin duda, la aparición de la joven Forsyth (tenía poco más de veinte años) emergiendo de las aguas en su primera escena, le impactó. Ahí Cirlot conoció a Bronwyn, pero aún no nació en él el mito Bronwyn.

 

Z.

Para que la chispa prendiera definitivamente, tuvo que aparecer otra película, en otoño de ese año, el Hamlet ruso de Kozintsev, que volvió a poner delante de los ojos de Cirlot a Ophelia sobrenadando en las aguas que la llevan a la muerte, tras el deslumbramiento absoluto que le había producido años atrás el Hamlet de Laurence Olivier, un actor con el que llegó a cartearse desde su admiración. Cirlot interpreta el Hamlet shakesperiano, pero especialmente el de Olivier, como un mito gnóstico, en el que el príncipe danés desprecia el amor terrenal, el cuerpo carnal de Ophelia, como producto de la creación engañosa del Demiurgo. Entonces, Cirlot ve lo que le había golpeado en The War Lord, entiende lo que representa Bronwyn: es la Ophelia que vuelve, que renace de las aguas, para que en esta ocasión Chrysagon, el señor de la guerra, que interpreta Heston, sea quien muera. Todo está ya dispuesto para la creación poética, que se sucede desde entonces, y por un espacio de más de cuatro años, torrencialmente.

 

X.

A la primera colección, titulada Bronwyn, sin más, lo que nos permite pensar que para su autor iba a ser un libro único dedicado a ese mito, y publicada, como el resto, en ediciones de autor, de muy pocos ejemplares y por ello virtualmente desconocidas hasta la aparición de la colección en la edición del 2001, le siguió un Bronwyn, II, que luego fue el III y el IV, hasta llegar al VIII, siempre en una especie de constante muerte-y-resurrección, en un proceso en el que se fueron explorando las infinitas ramificaciones que había producido esa iluminación en la mente del creador, exploración que es, también, lingüística, y que nos acabará llevando a atrevidos experimentos literarios de vanguardia. Pero el contaje tampoco se detuvo ahí, pues al VIII no siguió un IX, sino un Bronwyn, n, que fue sucedido por z, x e y, como los epígrafes de esta entrada. Y así hasta completar un ciclo de dieciséis libros, a los que añadir, como se ha dicho, otro material. Sí, un absoluto festín.

 

Y.

¿Qué hay en Bronwyn, o qué encontré yo allí? Melancolía, sobre todo. Algo que para mí era una especie de reconocimiento. Es mi lectura, no es la única. Hay muchas otras cosas. Hay, como se ha dicho, una gran brillantez y un gran atrevimiento en el manejo de un lenguaje que nos lleva hasta la descomposición fonética a partir de poemas permutatorios o variaciones fonovisuales, técnicas que Cirlot había ido desarrollando con los años. Pero de lo que habla, de lo que habla sobre todo Cirlot en este ciclo es de un amor imposible, un amor que es imposible porque linda con la muerte, si es que no está sumergido en ella como en un pantano. Habla de un sentimiento imaginario, como él mismo lo denomina en un artículo que publica en prensa por esos años. Bronwyn es, no ya sólo la amada arquetípica, una imagen acaso prenatal, sino que acaba siendo la Daena, esa entidad de la mitología irania que corresponde a nuestro yo transcendente, la figura femenina que nos espera en el puente Cinvat para cruzar el océano de llamas hacia la otra vida, o la Shekina, que identifica la parte femenina del transcendente dios de la Kabbalah. Bronwyn sucede a otras advocaciones del imaginario onírico de Cirlot, como la Cartaginesa, o la Doncella de las Cicatrices, que fueron a su vez generando libros de poemas. Es lo que no, lo que No, la vida muerta, lo que no ha existido y sin embargo existe. Es un sarcófago exhumado, pues el amor es arqueología. El sol de oro de la alquimia. La dama de Vallcarca, donde el infierno regenera sus tentáculos. La otra mitad del Andrógino esencial. Y no es, claro, ninguna de esas cosas, o es mucho más, y eso sólo es apenas el principio de todo lo que me fascina en los poemas de Bronwyn, siendo lo que me fascina de los poemas de Bronwyn algo que, por definición, no se puede explicar.

 

Con.

No puedo reducir Bronwyn a citas. Cada libro tiene su propia estructura, su propio tono, hay una relación entre ellos que no puede llamarse progresión, ni relato, pero que sí establece una coherencia en la exploración, en la búsqueda. El primero de los cuadernos nos muestra paisajes antiquísimos en los que de algún modo estamos. Una tumba en la que de algún modo ella está. Un mar gris de color ceniza. Una niebla gris sobre él, en el espacio gris del mundo. La muerte es el pantano de las cruces. Hierbas y espadas. El frío húmedo se cuela entre los versos. Hay una sensación de extrañeza propiamente unheimlich, es decir, al mismo tiempo de una proximidad absoluta. Hay algo que se ha perdido hace mucho y que se recupera. Algo que se olvidó y se encuentra. Y todo eso se repite y gira en los otros libros, y se abre y se cierra, se destruye, y al destruirse se lleva con él el lenguaje, y se reconstruye. En Bronwyn, n tenemos variaciones construidas con las letras del nombre: Byn nyn ryn / Rwynyr brywnyr. Cada vez más lejos, cada vez más dentro. Es un ciclo mistérico. Es una iniciación. No puede revelarse.

 

Permutaciones.

Bronwyn se va convirtiendo poco a poco en un poema infinito. Sólo la muerte del autor acaba por concluirlo, por cortar ese flujo abundantísimo que nos iba llevando cada vez a parajes más remotos y más bellos, la belleza terrible de Rilke, del mundus imaginalis del que hablara Henry Corbin. Abro el tomo al azar: Detrás del universo estamos juntos / Más allá de las llamas y los mares. Lo abro otra vez, Las alas se aproximan a las olas / perdidas en las páginas del fuego, / Bronwyn, mi corazón y las estrellas / sobre la tierra negra y cenicienta. Una tercera: He vuelto a ser la luz donde la luz / deja de ser la luz para ser luz / en el centro del centro de los centros / en la rosa de rosa de las rosas. Puedo seguir interminablemente, es un poema infinito, y a cada tirada de dados el resultado es, no ya siete, sino cualquier número, entero, irracional, transfinito, nulo, inexpresable.

 

W.

Leer Bronwyn me llevó a recorrer toda la obra de Cirlot, incluyendo no sólo la poética, sino su impresionante Diccionario de símbolos o sus abundantísimas y muy importantes críticas de arte de los movimientos de vanguardia. El próximo marzo en Zaragoza asistiré a un curso justamente sobre el Diccionario de símbolos a cargo de Victoria Cirlot, a la que he venido siguiendo en los últimos años, una autora a la que, como le dije a ella en alguna ocasión, llegué inevitablemente desde su padre, y a ella le pareció bien, pero donde he encontrado, no ya una obra igualmente fascinante, sino a una de las personas más cultas, inteligentes, generosas y admirables que conozco. He sido alumno suyo, espectador en conferencias, quiero pensar que soy su amigo. De entre las muchas cosas que se pusieron en marcha aquel mayo de 2001, el haber llegado a conocer a Victoria es una de las más importantes. Como suele ocurrir, unas veces más y otras menos, estas entradas del blog son muy personales, acaso en exceso. No me considero ni remotamente capacitado para escribir un ensayo sobre Bronwyn, apenas he podido anotar algunos escalofríos. El mensaje final no puede ser otro que el de gratitud. Y el propósito, el de siempre: una invitación. Lean Bronwyn, lean a Cirlot, a Juan Eduardo Cirlot, a Victoria Cirlot. No dejen de hacerlo, les cambiará la vida.

 

La quête.

Escribo en Morgana en Duino, página 110:

No, no te puedo llamar, el teléfono no funciona con los espejismos. Te escribiré, te escribiré una carta, te mandaré una postal. Te diré te espero en Trieste y esta vez sí mandaré la postal, bajaré a la recepción y se la entregaré al recepcionista, que es Bartleby y copia incesantemente. Escribiré secretamente eternos en lo No, como he escrito en el libro de visitas de Duino en este segundo viaje, un verso de Cirlot que habla de Bronwyn, ese fantasma que también eres tú, que te antecede, que es también Morgana. Escribiré secretamente eternos en lo No y firmaré el agrimensor, porque soy K. y escribo desde un castillo y tú sonreirás y sabrás dónde tienes que reunirte conmigo y para qué.

Morgana, Bronwyn, El castillo, Rilke. Todo está ahí. Nada de esto es casual. Todo lo que escribo aquí me revela, muestra mi estructura interna, establece mi geografía. Morgana está escrita en 2015. En 2015 voy por primera vez en peregrinación a Vallcarca: he vuelto a Barcelona después de muchos años de ausencia. Luego ya no he dejado de ir. En 2018, por ejemplo, en al menos dos ocasiones, en enero y en marzo, en medio de complicaciones familiares importantes, volví a sentirme en el Cartago que se parece mucho a mi tristeza, como a la de Cirlot, el Cartago que ejemplifica la vida muerta que él cantara. El 22 de enero de 2020 (ayer, cuando concebí esta entrada, era 22 de enero, seis años exactos después, pero sólo lo supe después) escribí en una libreta Vallcarca (nuevo ciclo) y me dispuse a volver. Lo hice. El 7 de marzo estaba allí, ya les he hablado de ese día. Y entonces llegó el apocalipsis de la pandemia. El libro que yo llevaba conmigo desde Madrid era Cirlot en Vallcarca. En la cita inicial de Susan Lenox, que también parte, muchos años antes, de un personaje de película, encontré a Siduri, la del cabaret, la cervecera del Gilgamesh, sobre la que me puse a escribir y a escribir y de algún modo sigo haciéndolo. El poder de irrealidad que supe al fin nombrar a partir de Bronwyn me ha ido acompañando, como una pequeña sensación, un pequeño temblor, que me avisa de cuando estoy entrando en la tierra de la imaginación, cuando estoy tocando el poema. Vislumbro a mi Daena y me parece que será una presencia acogedora, que me ayudará con mi vértigo, con ése que me hace pasar los puentes a toda prisa, mirando al frente, por el centro geométrico exacto entre las barandillas siempre demasiado bajas. Corazón es el nombre de la Daena. Nada de eso, nada de lo que me ha pasado literariamente, y hasta vitalmente, en los últimos veinticinco años sería posible sin Bronwyn, no hubiera vuelto a escribir así, no hubiera sabido identificar a la amada de la otra vida, a lo que se perdió siempre, antes, siempre, eso que el melancólico añora, y que no sirve corporeizar o nombrar, que apenas uno puede rebuscar dentro, dentro, y sacarlo como versos, como citas, como esbozos, en una arqueología íntima que permite subvertir el tiempo desde la imagen, como en La Jetée. Sí, mis sentimientos son así, imaginarios, pero todo es imaginario. Siempre viví en la literatura, siempre fui literatura. Simplemente se me había olvidado. Y mi anamnesis, mi anagnórisis tuvo lugar en mayo de 2001, y se llamó Bronwyn.