By the voice a faint light is
shed. Dark lightens while it sounds. Deepens when it ebbs.
SAMUEL BECKETT, Company
1.
Hoy es 13 de abril. Hace
exactamente 120 años nació Samuel Beckett en Dublín. O tal vez no. Sus
biógrafos nos han hecho saber que su inscripción en el registro no tuvo lugar
hasta dos meses después de esa supuesta fecha, y el día que aparece en ese
documento es, ciertamente, un 13, pero de mayo de 1906. Era costumbre, al parecer,
en esos tiempos, el demorar la inscripción hasta pasadas unas cuatro semanas del
nacimiento, habida cuenta de la elevada mortalidad infantil que existía por entonces,
por lo que la fecha de registro y la fecha de nacimiento en mayo serían
coherentes, pero no tanto así la de abril. James Knowlson, no obstante, cree
que la leyenda que se generó al respecto es excesiva, y que Beckett fue veraz cuando
se refirió a sí mismo como nacido en Viernes Santo, ese viernes, 13,
marcado tan funestamente. Acaso un error del funcionario de turno al consignar
el mes, acaso un descuido del padre, pueden ser los responsables del
malentendido. Existe, de hecho, según Knowlson, una noticia en el periódico local
dando cuenta del nacimiento del vástago de los Beckett, un par de días después,
en abril. Sea, pues. Hoy, correctamente desde el punto de vista administrativo
o no, celebramos el cumpleaños de Samuel, que nació el día de la muerte de
Cristo tras un parto especialmente largo y complicado.
2.
Beckett, en todo
caso, convendría en que la fecha de nacimiento no marca exactamente el comienzo
de la propia existencia. Siempre declaró poseer memorias muy claras de su periodo
prenatal. Eran memorias angustiosas, el recuerdo de un dolor y una inmovilidad
de los que no podía escapar. En una entrevista concedida en 1970 calificó a esa
vida fetal como an existence where no voice, no possible movement could free
me from the agony and darkness I was subjected to. No cabe dudar de la
seriedad de esas declaraciones, repetidas en diversas instancias, y por lo
tanto no cabe dudar de esa experiencia, o al menos de la certeza de esa
experiencia para él mismo, que nos condujo en tantas ocasiones a lugares vacíos
y obscuros en los que personajes inmóviles y con una absoluta falta de agencia
se empeñan en una verborrea inconclusiva que no se traduce en ninguna acción
liberadora. La compleja relación entre la interioridad, entre nuestro mundo de
dentro-del-cráneo, y el supuesto exterior, la ambigüedad insoslayable sobre la que
se edifica el castillo de naipes de la así llamada identidad son los
grandes temas de la obra del irlandés.
3.
Desde ese interior
del vientretumba de su madre, dice Beckett, un día fue consciente de que
ella, su madre, y el resto de su familia, acompañados quizá por otros
concurrentes, estaban cenando. Antes de su nacimiento, él ya asistía a esa
cena. De algún modo, esa conexión imposible entre la opacidad del cuerpo
materno y el iluminado exterior permitía ese instante relatable que luego podemos
calificar de recuerdo. La relación de Beckett con su madre daría para
muchas páginas, y cualquier cosa que digamos corre el riesgo de simplificarla,
pero, de algún modo, esa resistente conciencia de haber estado residiendo, o
prisionero, o acogido, en otro cuerpo, es una constante fuente de
inquietud y también de inspiración. Molloy, al comienzo de la novela, se sitúa
durmiendo en la cama que había sido de su madre, la cama donde ella murió y
donde probablemente él fue concebido. El cráneo, aún sin cerrar, del recién
parido, ha estado alojado en otro ámbito también cerrado y obscuro, y en esa
colección de muñecas rusas uno no sabe muy bien cuándo decir: aquí, es
justamente aquí donde empezamos.
4.
Mi madre nació el 11
de abril de 1933. Hace dos días, pues, hubiera cumplido 93 años. O no. La fecha
de nacimiento de mi madre es tan administrativamente ambigua como la de May
Beckett (May, diminutivo de María, el mes de mayo de la partida de
nacimiento de Sam). La leyenda familiar quería que mi abuelo materno, que era
republicano, hubiera esperado a inscribirla hasta el día 14 de abril, el día en
que se conmemoraba el segundo aniversario de la recién nacida Segunda República
Española. La leyenda iba aún más lejos y se contaba entre risas, risas
aderezadas con su poquito de temblor, porque cuando se contaba mi hermano y yo
teníamos, acaso, siete, ocho años y, por lo tanto, el dictador aún vivía. Según
decía mi madre, mi abuelo Julio la quiso poner de nombre justamente República.
María República, de hecho, pues el María era un given en los nombres femeninos.
María, como la madre de Beckett. Mi madre acabó llamándose María, por supuesto,
pero de las Mercedes. Así aparecía en su DNI, que aún conservo por algún lugar.
Y allí, la fecha en la que fue inscrita, el 14 de abril de 1933, el día de la
República.
5.
En mi casa, no obstante,
aceptada esa discrepancia, digamos, legal, el 11 fue siempre el día que se
celebró el cumpleaños de mi madre. Así debió de serlo desde el comienzo también
en su casa, en la casa de mis abuelos, esa portería minúscula de la zona de
Ventas. No es tan extraño, especialmente en esa época. Una demora en el acto
administrativo, una espera, un error en el registro. Como Beckett, que había
nacido apenas 27 años antes de mi madre, que sólo tenía 27 años menos dos días
cuando nació mi madre. Hay muchas más historias de ésas en mi familia,
asociadas a extraños cambios de nombre de abuelos y tíos abuelos. Nombres de
familia que no eran los oficiales, por algún motivo que nunca fuimos capaces de
discernir y que bien pudiera también tener que ver, además de con desórdenes
registrales, con necesidades de anonimato en un territorio hostil como el de la
España de los cuarenta. Historias ya indescifrables, porque todos los
protagonistas, todos, todos, no queda ni uno, han muerto. Por eso hay que
intentar seguir hablando de ello, escribirlo.
6.
El misterio de la
fecha de nacimiento de mi madre todavía dio para un último giro de guion. Al
final de su vida hubo que empezar a realizar diferentes trámites, estando ya
ella tristemente incapacitada para tomar acción alguna en lo referente a su vida o su
persona. Entre esos trámites, hubo que conseguir su partida de nacimiento. No
fue fácil, porque esos documentos correspondientes a 1933 no estaban digitalizados
en Madrid, al menos en el momento en que nos pusimos a buscarlos. Había que
pedir la partida a la oficina correspondiente, pero Madrid es grande y eso está
dividido por barrios. Entonces me di cuenta de que no sabía en qué barrio había
nacido mi madre, en dónde había sido inscrita. Y no me quedaba nadie para
preguntar. Nadie, nadie. Todos estaban muertos. O no, porque mi madre no
estaba muerta todavía, pero no podía ya contestarme, hecha añicos como estaba
su memoria. Al final, su casa natal resultó estar en el barrio en donde yo
siempre la conocí, el de la portería a la que yo iba a ver a mi abuela materna.
Y recibimos la partida de nacimiento. Y la fecha que aparecía en ella no era la
oficial del 14 de abril. Ni tampoco la familiar, la del 11. Era
el 12. Mi madre, según ese último papel, ya casi póstumo, había nacido el 12 de
abril de 1933. Famosamente, Albert Camus, comienza así El extranjero: Aujourd’hui, maman est morte. Ou
peut-être hier, je ne sais pas. Yo sé con precisión la fecha de la muerte
de mi madre, pero no la de su nacimiento, que antecede al mío, sin el cual el
mío no habría tenido lugar.
7.
Según se fíe uno, pues, de esos testimonios, documentales o verbales, mi madre habría cumplido 93 años hace dos días, ayer, o mañana. Entre medias, el 13, Beckett habría cumplido 120 años. Nathalie Léger, en el bello librito Les vies silencieuses de Samuel Beckett, que compré hace unos días en París, dice que no fue justamente hasta la enfermedad de su madre cuando Beckett encontró definitivamente su palabra. Tras un primer viaje a París, casi una huida, la relación con Joyce, la vuelta a Dublín, el paso por Londres, el psicoanálisis, la vuelta a París, la colaboración con la Resistencia, la detención de la Gestapo de la que se escapó por los pelos, con Suzanne, la estancia en el sur de Francia, trabajando en el campo, las primeras publicaciones, recibidas con silencio o escepticismo, tras todo eso, tras toda esa peripecia, esa búsqueda, Léger sitúa el momento decisivo en un retorno a Irlanda para atender a su madre, en esa habitación de la madre, en la que él, sosteniéndola, como una niña, entre sus brazos, apretando su debilitado cuerpo contra el suyo, mira a los ojos de la madre, que son los primeros que vieron los suyos, y de algún modo, en esa negrura, una luz aparece. Il peut écrire.
8.
Empieza entonces la época
genial de Beckett: Molloy en 1947, Malone muere en 1948, El
innombrable en 1949. La trilogía. Escrita en el francés al que Beckett se
ha fugado en busca justo de esa palabra dura, redonda, como un guijarro
(así dice Léger). Y el teatro: Eleutheria, que no se conocería hasta
mucho después. Y, claro, Godot, que se va escribiendo en esos años
también. Ninguna de esas obras verá la luz hasta los años 50, de la mano del editor
Jérôme Lindon, que fue decisivo en la carrera del irlandés. La fama mundial le
llegaría con En attendant Godot y se vio refrendada en las obras de
teatro que fueron apareciendo a partir de ahí, Fin de partie, Happy Days,
Krapp’s last tape, de la que ya hablamos aquí, etc. En 1969 se le concedió
el Nobel, lo que él, celoso siempre de su intimidad, ávido de silencio, recibió
como una catastrophe. No fue a recogerlo, mandó a Lindon a hacerlo. El
tótem Beckett quedaba así definitivamente erigido. Y, sin embargo, más allá de
esa peculiar pieza en la que no pasa nada y además lo hace dos veces, en
la que dos personajes ataviados con sombrero hongo no acaban de decidirse a
marchar y dejar ese paisaje desolado con un único árbol sin hojas, más allá de Godot,
muy poca gente lee a Beckett, y casi nadie conoce en profundidad su
arriesgadísima y tremendamente exigente obra.
9.
Confieso que yo soy, o he sido, uno de esos conocedores superficiales de Beckett. Entró en mi vida realmente muy temprano, en la adolescencia, a partir, claro de Esperando a Godot y también de La última cinta. Poco más durante muchos años. Luego, ya adulto, comencé a leer, aún en castellano, otras obras teatrales y algunos textos menores en las ediciones de Tusquets. Bastante más recientemente me impuse un acercamiento más sistemático, con esa mala conciencia de alumno aplicado pillado en renuncio que arrastro desde la infancia. Igual que me pasó con otros gigantes de la literatura, estaba en deuda con esa obra monumental y eso era algo que había que resolver. Cuando mi inquietud alcanza su punto álgido, la curo, ya lo saben Uds., comprando libros. Leerlos sería la acción subsiguiente, claro está, pero leer un libro lleva más tiempo y requiere más concentración que comprarlo, así que, repletas ya mis estanterías con todas las obras del irlandés, en sus correspondientes lenguas, y no pocas veces duplicadas y hasta triplicadas, habida cuenta de lo sutil que es el proceso de traducción de muchas de ellas, me zambullí en el mundo beckettiano hace unos años y ahí sigo, dando boqueadas. En perpetuo estado de sorpresa por lo elevado de la apuesta y lo casi inconcebible de los logros alcanzados. Y aún me queda.
10.
De ese modo, en mi
reciente viaje a París, que renueva mi intención de acudir a la ville
lumière al menos una vez al año, el leitmotiv era Beckett, como en
otras ocasiones lo han sido Proust, Perec, Nerval, Modiano, Ernaux. El libro
que me acompañó ya desde Madrid fue L’innommable, al que parece que estoy
finalmente venciendo, para poder definitivamente decir que me he
leído la trilogía (el disfrute está a la par del esfuerzo, y en otra
ocasión analizaré las aventuras de Molloy, Malone y toda esa extraña categoría
de seres). Con L’innommable me paseaba por los cafés parisinos y tomaba
el sol en sus terrazas. Y en las librerías seguían cayendo ítems para
poblar mi nutrida biblioteca beckettiana, como el ya mencionado de Nathalie
Léger, que compré nada más llegar en mi primera visita ritual a L’écume des
pages. Ahí también me hice, por ejemplo, con Fin de partie en la versión
original francesa, porque en casa sólo la tenía en inglés y en castellano. Ir
de viaje con Beckett no es cualquier cosa, hace que la mirada sobre los objetos
y los seres que pueblan el exterior, esa mirada que se proyecta desde la
caverna de nuestro cráneo, se modifique notablemente. Aún estoy, me parece, en
esa especie de estado de extrañeza.
11.
En el viaje anterior
visité, claro está, igual que en éste, o en todos, otra librería, Compagnie,
que está, además, al lado de casa, al lado del hotel de la rue Cujas
al que voy siempre. Allí, en agosto de 2025, en ese viaje que era sobre todo
perequiano, me topé en el mostrador con… Compagnie, una obra de Samuel
Beckett de la que en realidad no sabía gran cosa. El librito blanco de las Éditions
de Minuit, la empresa del benemérito Lindon, me llamó la atención, y ya me
lo llevaba para engrosar mi zurrón de libros de aquel viaje, tan abundante como
de costumbre, cuando el ser razonable que aún se debate, con poco éxito, en mi
interior, trató de detener la mano del adicto, aludiendo al hecho de que, en
primera instancia, se trata de leer los textos en la versión original, y Compagnie
había sido primero Company, porque en ese caso Beckett optó por el
inglés. Así que ahí quedó el libro. En Madrid me resarcí, obviamente,
haciéndome con Company, que aparecía en una edición de Faber acompañada
de otros textos breves en prosa también en inglés y también de la época final
de Beckett.
12.
La equivalencia del
nombre de la librería y el de la obra no es enteramente casual, pues Compagnie
está ligada a Les Éditions de Minuit, pero eso no es muy relevante
aquí. Lo importante es, que entre las compras previstas de antemano para el
periplo parisino de 2026, Compagnie era ya una, ineludible. Para entonces
ya me había leído Company, que me había golpeado como con un mazo, que
es el modo más preciso que tengo de describir mis sensaciones tras leer
cualquier cosa de Beckett. Compagnie no es un libro difícil de
conseguir, ya lo vi el primer día en L’écume des pages, pero decidí que
no, que el ritual debía cumplirse adecuadamente y que debía ser justamente en
la librería Compagnie donde había que comprarlo. Así me dispuse a
hacerlo, al día siguiente. Había un ejemplar en un pequeño atril, que tomé en
mis manos nada más verlo. Decidí hojearlo. Entonces, la anomalía comenzó.
Estaba al revés. Me explico. No sólo era uno de esos casos en los que la
portada se ha colocado mal respecto del bloque de páginas, o viceversa. Eso ya me
ha pasado antes, concretamente en una edición de Everyman’s de Speak,
memory de Nabokov, uno de mis libros favoritos, la primera en inglés que compré.
También en una biografía francesa de Robert Walser. Son dos ejemplos
significativos, me parece. La cosa, ahí, se resuelve fácil. Si uno no quiere
tomarse el trabajo de despegar la portada y colocarla bien, basta con darle la
vuelta al tomo y leer sin más problema.
13.
No, esto era más
raro. Además de que la portada y las páginas estuvieran en orientaciones
opuestas, las propias páginas también estaban colocadas al bies. En
cualquier libro, si se abre al azar, la página de la izquierda corresponde a un
número par, digamos el 70, y la sucesiva página derecha vendrá entonces señalada
por el número impar consecutivo, el 71. En ese ejemplar de Compagnie,
sin embargo, una vez dada la vuelta al libro a partir de la portada equivocada,
resultaba que la página 70 estaba a la derecha y a su izquierda,
es decir, antes que ella, estaba la 71. Eso se repetía con todas las páginas. No
sólo había sido mal colocada la portada, sino que los propios cuadernillos de
las páginas se habían cosido o pegado del lado que no era. El hojeo de
ese libro se transformaba en una experiencia surrealista, con ese punto
siniestro que tienen los objetos imposibles o las escenas de un sueño. El hecho
me resultó divertido, y pensé en que ese azar objetivo no debía dejarse
pasar, y que tenía que llevarme ese libro a toda costa. De nuevo, ese decadente y
disminuido ser racional de mi interior me dijo que ya bastaba con comprar un
libro en francés que contenía una obra que estaba escrita en inglés y que me
esperaba en casa, que encima comprarlo mal era ya excesivo. Ah, pero el
adicto…
14.
El adicto,
acompañado o superpuesto al ser racional, se topó con otro montoncito de Compagnies
un poco más allá en la librería. Se dijo, o le dijo el ser racional, mira,
aquí puedes encontrar un ejemplar como Dios manda. Pero no. El primero
que abrí estaba igual, estaba al revés, doblemente al revés, era otro objeto
anómalo. Llegué a pensar que estaba en una especie de juego perequiano, y
que la librería Compagnie había encargado una edición especial de Compagnie
para sus parroquianos. En realidad, cuando miré otros libros del mismo título,
los había también normales, eran apenas un par de ejemplares los defectuosos,
pero eran justamente los dos primeros que cogí. Definitivamente decidido a no
desoír las llamadas del destino, me encaminé al mostrador con dos libros, el bueno
y el malo. Quería ver si me vendían, o mejor aún, me regalaban, el malo.
El vendedor, cuando le pregunté el precio, me siguió el juego: vale mucho
más, porque es un objeto de coleccionista. Era una broma, pero yo acepté la
apuesta. Cuando él iba a descartar el ejemplar defectuoso para retornarlo a la
editorial, le dije que lo quería, que me lo iba a llevar como souvenir.
Me cobró el precio normal, 11.80 euros. Aquí lo tengo, mientras escribo,
con su perversa especularidad. Es, me parece, uno de mis mejores hallazgos como
bibliófilo, como aquellos sellos mal imprimidos o con el dentado mal colocado
que hacían las delicias de los filatelistas de mi infancia.
15.
Compagnie es un libro en sí
mismo perturbador. No sé si deja definir, bueno, sé muy bien que no se
deja definir, pero sería algo así: un personaje está tendido inmóvil en la
obscuridad. A ese personaje una voz se refiere en segunda persona. A esa voz, o
al poseedor de esa voz, alguien, el narrador, o el inventor del texto, si tal
cosa existe, se refiere en tercera persona. El yo no está por ningún
lado. La voz emite sin cesar su perorata. Hay una reflexión espiral sobre quién
emite qué, quién escucha, qué veracidad contiene lo enunciado. Entre esas
discusiones filosóficas se incluyen fragmentos que parecen ser rememoraciones
más o menos fidedignas, por más que discontinuas y fragmentarias, de episodios
biográficos del propio Beckett. Esto es algo profundamente simplificador y por
lo tanto impreciso, y en última instancia, injusto, pero algo así es Company,
o Compagnie.
16.
Beckett volvió al
inglés para sus piezas teatrales en un momento dado, pero fue alternando los dos
idiomas hasta su muerte. Company supuso, de hecho, el retorno a su
lengua materna en lo que se refiere a textos en prosa. Estamos en el año
1979. Los azares editoriales quisieron que fuera la versión francesa, en la
traducción del propio autor, la primera que se publicara, en Les Éditions de
Minuit en 1980 (en realidad es más complejo, porque el propio proceso de
redacción fue en sí mismo bilingüe). El texto inglés comienza A voice comes
to one in the dark. Imagine. El francés, en mi página 7 de la izquierda, al final
del tomo, comienza Une voix parvient à quelqu’un dans le noir. Imaginer.
Las frases son equivalentes, pero diferentes. One no es exactamente quelqu’un.
The dark no es exactamente le noir. Beckett era profundamente
consciente de eso, y por eso su juego lingüístico es tan complejo. Entre
las rememoraciones, recurrentes, que la voz emite, está la del propio
nacimiento. You first saw the light on such and such a day and now you are
on your back in the dark. El padre abandona la casa donde se está
produciendo el larguísimo parto, by his aversion to the pains and general
unpleasantness of labour and delivery. Sí, tú viste la luz en la habitación
donde muy probablemente fuiste concebido. En esa cama de tu madre.
17.
Una voz en la obscuridad
que repite cosas. Thomas Bernhard, ese beckettiano, en Das Kalkwerk, nos
narra los experimentos acústicos demenciales de Konrad, que literalmente tortura
a su mujer emitiendo sonidos y pronunciando palabras desde diferentes
puntos de la habitación, para registrar cómo los percibe ella. La relación
entre ambas obras se establece inmediatamente, o al menos así lo hice yo. Curiosamente,
en este caso, la obra de Bernhard es anterior a la de Beckett, que con
toda probabilidad no leyó la del austriaco. El silencio, la voz, la obscuridad.
El interior del cráneo y su resonancia. En la noche, dans le noir,
cuando se alcanza el anhelado silencio, cuando se agotan los ruidos de los recalcitrantes
vecinos, nos espera el verdadero ser, el de los ojos cerrados, el mundo del oído
del que hablaba Benjamin. En mi mundo, los acúfenos del lado izquierdo me
someten a una tensión asimétrica que tiene que ver con una mandíbula que aprieta
sin parar no se sabe qué presa invisible. Cuando es de noche y tenemos los ojos
cerrados y escuchamos los infinitos sonidos del silencio, somos Beckett, somos el
innombrable. Entonces, hacemos lo que hace la voz de Compañía,
hablamos, inventamos historias. Esa voz interior produce rememoraciones. ¿Falsas?
Imprecisas, como mínimo. ¿Por qué, por qué lo hacemos, por qué esa incesante verborrea,
por qué ese fatigoso recontar impuesto al innombrable? Por compañía, por
buscar compañía, por hacernos compañía. Eso es el yo, el discurso interminable
y confuso de un nadie que se siente solo dentro de su cráneo.
18.
En Not I,
Beckett reduce la presencia de la actriz a una boca, una boca que emite
palabras sin parar. Todo está a obscuras, sólo están iluminados esos labios,
esos dientes. El hablar, el narrar, el pensarse, el relatarse, todo ese trabajo
interminable de nuestra precaria identidad, todo ese agotamiento, sólo eso
somos. Cuando el hilo se pierde, cuando las palabras se rompen, se atropellan,
divergen, vamos dejando de ser. A la pregunta circular de la demencia le sigue
la afasia. Uno recupera el balbuceo. Luego, simplemente, se calla. La lengua materna
se interrumpe. Sus herederos, torpemente, intentamos edificar, con el juego de tacos
de madera de la infancia, la historia familiar. Todo se desmenuza como las migajas
que es. The vow not to cease till hearing cease. Seguir hasta la
sordera. Hasta el final, hasta el final de la fábula de ése que está con uno en
la obscuridad. La fábula del fabulador de la obscuridad. Labour lost. La
última palabra lo resume todo. Alone.
19.
Puesto que éste era
el viaje de Beckett, cumplí con las obligaciones del peregrino. Me desplacé
hasta Tiers temps, la residencia de ancianos donde murió Beckett en el 14éme
arrondissement. El libro de Léger comienza ahí, a ella le parece
significativo el nombre: ese tiers que remite a un tercer lugar, a un
purgatorio. El sitio en sí tiene un aspecto anodino. No entré, por supuesto. Ahí
al lado, a un pequeño bulevar que forma parte en realidad de otra calle le colocaron
el nombre de Allee Samuel Beckett. Poco más allá, la casa donde vivió
muchos años con Suzanne, en el Boulevard Saint Jacques, junto a la prisión
de la Santé. De nuevo, nada que destacar del edificio, y aquí ninguna
placa. Finalmente, aunque no fue premeditado, sino que se me apareció en
el camino de vuelta al barrio, la tumba, en la que ya había estado en
agosto, y en la Navidad del 2022, antes, en el cementerio de Montparnasse.
20.
Cuando uno entra en
el cimetière de Montparnasse se encuentra con un plano que contiene
todas las tumbas de celebrities que hay que ver. El plano no es demasiado
detallado, así que la búsqueda luego se complica. De hecho, uno puede recurrir
al GPS de su móvil, teclear tombe de Samuel Beckett, pero una vez
más, cuando uno ya está al lado no siempre sirve, hay que ir tumba por tumba,
especialmente, si como es el caso, la sepultura no es conspicua (se dice que
Beckett, al ser preguntado, dijo que la lápida que cubre sus restos y los de
Suzanne, podía ser de cualquier color siempre que fuera gris). A veces
aparecen rápido, a veces se resisten. No sirve haber ido más veces, siempre hay
que buscar. El último recurso es encontrar alguna foto en Google para
orientarse por las tumbas próximas, a veces más reconocibles. Lo hice, irremediablemente
perdido. Había dos buenas referencias, un pequeño panteón y otra cruz muy
grande al lado. Como ya estaba en el sector correspondiente, no debería ser
complicado. Entonces, cuando no aparecía de ningún modo, me di cuenta de que
esas referencias estaban duplicadas, que un poco más a la izquierda
había un panteón y una cruz idénticas. Ahí, entre ellas, finalmente la
tumba de Beckett. Esa simetría, ese juego especular, esa duplicación de la realidad
me convencieron de que estaba definitivamente en un París otro, en un París en
el que los libros se imprimen con las páginas pares a la derecha. El París de
Beckett.
y 21.
No visité muchas más
tumbas en Montparnasse en esta ocasión, pero no podía dejar de pasar por la de
Baudelaire. Mi principal objetivo para el viaje a París había sido ver a
Angélica Liddell en el teatro del Odéon, lo que hice, y fue maravilloso, como
se pueden imaginar, pero ahora no voy a contarlo, no tengo más espacio. Ya
saben que Angélica es peregrina como yo, y deja sus labios sobre la lápida
de Baudelaire, como tantos otros peregrinos, ya se lo he contado. No sé si
alguno de los labios que había en la lápida en esta ocasión eran suyos o no, lo
que sí sé es que el pasado jueves, cuando acudí con mucho tiempo al Odéon para
ver Vudú, mientras esperaba en la puerta, vi a un cuervo. Un cuervo
posado en un bolardo de los que rodean la plaza. En la calzada del carrefour
había una paloma atropellada por un coche. El cuervo se lanzó sobre el
despojo y lo devoró allí, mientras el tráfico lo permitió. Luego, se marchó
volando. Le hice fotos. No puede ser el mismo cuervo que, al
final de la obra de Angélica entra en escena para posarse sobre un ataúd, el
ataúd que sería el de Angélica que en la obra pide ser enterrada con un libro
de Baudelaire, el Baudelaire que tradujo El cuervo de Poe. No, no podría
ser esa ave adiestrada y supongo que mantenida con cuidado en alguna de las
dependencias del teatro. Y, sin embargo, en ese extraño París de simetrías
demoniacas, no creo que ningún otro colofón a mi estancia pudiera haber sido más
apropiado. En esa representación demencial que llamamos vida, ese last bow en
el que Beckett y Angélica saludaban cogidos de la mano con Baudelaire, me
parece insuperable. Y, como corresponde, aquí lo dejo y ya no digo nada más. Viva
la República.
