martes, 25 de agosto de 2026

Sol negro

  

Le soleil noir de la mélancolie, qui verse des rayons obscurs sur le front de l’ange rêveur d’Albert Dürer, se lève aussi parfois aux plaines lumineuses du Nil, comme sur les bords du Rhin, dans un froid paysage d’Allemagne.

GÉRARD DE NERVAL, Voyage en Orient

 

 

1.

Un minuto antes, sin duda, el espectáculo es grandioso. Lleva siéndolo ya una hora. De algún modo, lleva siéndolo ya meses, años, todo ese día de calor insoportable en el que vagamos como zombies por Medinaceli, excursionistas, veraneantes, peregrinos astronómicos, venidos de muchos lugares, cada uno a lo suyo, con los suyos, muchos con sillas plegables y mesas plegables y viandas y todos con gafas de montura de cartón y diseños pretendidamente divertidos, sin saber muy bien qué hacer hasta que llegue la hora, comiendo donde se puede, viendo llegar más y más gente, autobuses, localizando el mejor punto, el sitial, el omphalos donde se va a recibir la iniciación, distribuyéndonos por la árida ladera, más acá y más allá de las murallas, bien seguros de mirar hacia Occidente, que es el lugar donde las cosas mueren.

 

2.

Sí, un minuto antes, el espectáculo es grandioso, lleva siéndolo ya muchos minutos. Yo estoy solo, aunque a esas alturas ya formo una familia con las personas a las que el azar ha querido reunir para la Observación, para el Magno Evento, llevo un libro, siempre llevo un libro, lo leo de turbio en turbio, porque hace mucho, mucho calor, a ratos sentado en el suelo, a ratos de pie, como para no perder la posición que he seleccionado, llevo todo el día, me he cogido el coche esa mañana en Madrid, hasta ese momento no tenía decidido siquiera dónde iba a ir, pero a algún sitio iba a ir, eso no me lo podía perder, y ahora ya estaba pasando, lleva pasando una hora, miro, con las gafas, veo como el bocado al queso amarillo del sol cada vez es mayor, la luz ambiente va cambiando, va haciéndose, no sé, malva, no hay palabras que lo describan con precisión porque el lenguaje está hecho para lo cotidiano y los eclipses siempre fueron algo excepcional, inusitado, terrible, bellísimo.

 

3.

Tres minutos, dos minutos, un minuto, treinta segundos antes, el espectáculo es grandioso. Ya casi no hay Sol, ya ha sido casi completamente devorado, acaso por el lobo Fafnir, acaso porque éste es, una vez más el Ragnarök. Ya se nota el frío, se vislumbran las estrellas, el ambiente es casi nocturno. El casi es la clave. Hasta ahí ya he vivido cosas parecidas. Un eclipse parcial, anular, en Madrid, cuando era aún profesor de la Facultad de Óptica: hicimos experimentos en el parking, proyectamos el sol con lentes, tomamos fotos que luego usamos mucho tiempo en las clases. Otro eclipse parcial, casi total, anterior, que me pilló de viaje en Ravenna, recién llegado esa mañana, sin gafas para verlo: con el plano de la ciudad que acababa que comprar improvisé una cámara obscura haciéndole un agujerito en el centro: en el suelo apareció esa figura que se parece a un creciente, pero no lo es. El sol, en lucha amorosa con la luna, que se aproxima para abrazarlo. Cuando aquello funcionó, sentí que Alhazén me sonreía desde el milenio anterior.

 

4.

Así que hasta las ocho y media todo fue grandioso, maravilloso, impresionante, todo fue bello, y extraño, y sorprendente, y un poco terrorífico, como lo son los eclipses parciales de sol. A cada uno le toca uno, unos cuantos en su vida. No hay que perdérselos, hay que vivirlos con intensidad, son cosas que no ocurren todos los días. Pero entonces… Ay, entonces. Entonces pasó algo. Pasó lo que tenía que pasar, lo que sabíamos que tenía que pasar, porque hace muchos siglos ya que la ciencia sabe predecir esas cosas con precisión, pasó lo que habíamos visto en fotos, en vídeos, lo que nos habían explicado cuando éramos escolares. Pero eso sí que no lo habíamos vivido ninguno. Hacía más de un siglo que no pasaba en la Península Ibérica. Empezó el eclipse total, la fase de la totalidad. La luna venció en su lucha, el sol se dejó ir, se tendió en su lecho del firmamento y la luna le cubrió con su cuerpo. Algunos aplaudieron, aplaudimos. Todos suspiramos. A mí, supongo que a muchos más, me recorrió un escalofrío y tuve una absoluta sensación de euforia. Empecé a decir, a esa familia improvisada y efímera que me acompañaba: esto era, esto era, para esto hemos venido. Y ahí, en ese momento, se acabaron los adjetivos.

 

5.

Se podría argüir que, por mi formación, por mi vocación, no puedo ser ajeno a los fenómenos astronómicos, yo, que iba para astrofísico hasta que me convertí en físico teórico. Que, por dedicarme a la Óptica toda la vida, las cosas referentes a la observación, a la luz, a la fotografía, me tienen que interesar. Todo eso es cierto, mi mitad de científico disfrutó enormemente del espectáculo, pero esa mitad dispone sólo de una herramienta, potentísima, sí, muy desarrollada, sin duda, pero limitada al fin: la razón. No, el que verdaderamente se exaltó en ese momento, el que quería gritar y llorar fue el otro, la otra mitad, el poeta. El poeta romántico, melancólico, místico, ése que también soy. Era para él para quien se había concebido esa extraña performance, esa danza. Porque el sol blanco, amarillo, rojo, de cada día, el sol deslumbrante que envía sus rayos e ilumina, presta claridad, arroja sombras definidas, el sol que es Apolo, el sol diurno, pertenece a la razón y a la Ciencia, pero el Sol Negro es de los poetas.

 

6.

De nuevo, cabría invocar al azar, pero en este caso eso no sería realista: hay demasiada historia detrás como para ignorarla. En todo caso, sí ocurrió inadvertidamente. Siempre llevo un libro conmigo, no puedo concebir una espera, un café, un rato muerto, sin una lectura a la que acudir. Tengo siempre tanto que leer. Elegir qué libro me acompaña a cada paseo es tarea ardua, tengo que prever lo que voy a necesitar si llego a usarlo. Ahora, en estas semanas, estoy trabajando mucho sobre Gérard de Nerval, del que ya les he hablado en alguna otra ocasión por aquí. Así que el libro que llevaba, en realidad para releerlo, porque es un texto del que ya me he ocupado bastante en el pasado, era Nuits d’Octobre, en la edición de Classiques Garnier que había comprado poco antes (mi ejemplar anterior era el de Folio, y hace ya tiempo que me hice con las Obras Completas de Nerval en la maravillosa y apabullante Bibliothèque de la Pleiade). Lo llevaba en el bolsillo de las bermudas. Lo sacaba a ratos, a ratos lo guardaba, subrayaba con mi portaminas, ahí, de pie, bajo el agotador sol de justo antes de su agonía y muerte, que había decidido, quizá como despedida, destrozarnos la cabeza con sus rayos. Me acompañó durante todo el día en Medinaceli. Por los auriculares sonaba Battiato. Estaba rodeado por mis amigos.

 

7.

Las Noches de octubre narran un itinerario nocturno. Toda mi vida he escrito, no sé muy bien por qué, itinerarios nocturnos, desde aquel día de mis quince años recién cumplidos, en 1979, cuando me senté en mi flamante máquina de escribir y teclée Tres de la mañana. Persigo las palabras por la habitación. No eran las tres de la mañana, a esa edad, viviendo en la casa de mis padres, mis excentricidades horarias todavía estaban más o menos controladas. En el poema abandonaba esa habitación de la búsqueda estéril de los versos y salía a la ciudad nocturna, convertido en nictálope, en noctívago, en peregrino o errante, y ese viaje me hacía encontrarme con una desolación que me llevaba a exclamar, al unísono con el Lorca de New York No hay siglo nuevo ni luz redentora, para acabar retornando, agotado, al alba, mientras aullaban los perros centelleantes del amanecer para arrancarme el alma a jirones. Tenía, ya digo, quince años.

 

8.

Desde entonces, en otros poemas, en muchos relatos, en mi novela, hay itinerarios nocturnos por ciudades a mitad de camino entre la realidad y el sueño. Nerval también fue ese extraño paseante obscuro, como lo fueron otros, y por eso me reconocí en él y por eso Nuits d'Octobre, que acaso puede tomarse como una obra menor, me subyuga. Así que, sí, fue inadvertidamente cómo seleccioné ese librito para que fuera mi guía el día de la muerte de la luz, fue consecuencia de otro proceso paralelo que no tenía nada que ver con el eclipse, que el eclipse, de algún modo, rompía, o ponía entre paréntesis, pero lo cierto es que allí estábamos el bueno de Gérard Labrunie, poco antes de colgarse en la rue de la Veille Lanterne, esa noche blanca y negra, y yo, mirando de frente ese hueco de profundidad insondable, ese ojo negrísimo, abismal, que, como todo abismo, y como bien avisó Nietzsche, nos devolvía la mirada.

 

9.

Pero si la ironía de que yo estuviera recorriendo las noches de un octubre de hace casi dos siglos durante un agosto de 2026 con el sol cayéndome a plomo en el costado de Medinaceli, acabó por revelárseme pronto, lo cierto es que no fui consciente hasta bastante después, absurdamente, de que la presencia de Nerval era aún mucho más significativa, mucho más atinada, pues ¿no estábamos acaso en presencia, por fin, por primera y probablemente última vez en mi vida, del Sol Negro? ¿No éramos él y yo melancólicos? ¿No escribió él una vez que en su laúd constelado portaba le soleil noir de la mélancolie? ¿No me había estado yo preparando, sin saberlo, sin ser consciente, durante toda mi vida para eso, justo para eso? ¿No era ése, entonces, el momento culminante de mi vida?

 

10.

Por eso, por eso estaba yo tan eufórico, por eso ese momento fue incalculable, inabarcable, por eso ese minuto y cuarenta y un segundos fueron un tiempo sin tiempo, infinito, por eso el primer rayo de diamante que salió por el otro lado del sol, de ese sol que ya se zafaba del abrazo de su compañera y quería volver a imponer su tiranía, se sintió como una lanzada, como una vuelta a una realidad de calor y de luz que me obligaba a ponerme las gafas, a protegerme del resplandor, a aceptar de nuevo la cosmología, la cronología, a poner en marcha de nuevo la cuenta atrás de mi vida, a la que le quedan ya cada vez menos dígitos. La puesta de ese sol aún demediado, cada vez más rojizo, fue, de nuevo, quién lo duda, un espectáculo grandioso, como lo que había pasado antes, pero los habitantes de Saturno, ese astro obscuro, exiliados aquí en la tierra, con nuestra atra bilis, por una vez, una única vez, habíamos alcanzado la más gloriosa y gozosa legitimidad, porque nuestro emblema sagrado se había alzado en el cielo sin oposición durante un minuto y cuarenta y un segundos. Luego volvimos a nuestro lugar en la historia, volvimos a sentir la Falta, esa Falta que se extiende en todas las direcciones del tiempo y el espacio. Pero ese minuto y cuarenta y un segundos fuimos, la palabra tiene que ser esa, triunfantes.

 

11.

La melancolía es horizontal, la depresión es vertical. La melancolía es un desierto, la depresión es un pozo. Depresión es un término clínico que define una dolencia terrible, que afortunadamente nunca me ha aquejado. Es un término que existe en tanto existe la Psiquiatría. Melancolía es algo muy anterior, algo que viene rodando desde hace dos mil quinientos años. No es un trastorno, es una condición, un modo de estar en el mundo. No es algo biológico, salvo que queramos resucitar la teoría de los humores de la medicina hipocrática. Es algo cultural, conceptual. Es algo que no sólo permite vivir, sino que impone justamente una exigencia a esa vida, que es algo tan evidentemente insuficiente que la asociación entre el temperamento atrabiliario y la capacidad creadora, el genio incluso, que se estableció ya allá por el tiempo de los Problemas del Pseudo-Aristóteles, parece inevitable. El estado del melancólico no es de postración, sino de inquietud, de desasosiego, como bien sabía Bernardo Soares, que se paseaba, irreal, como todos, por la ciudad de la saudade.

 

12.

Abusivamente acaso, la psicoanalista Julia Kristeva, en un libro que hizo fortuna, empleó las palabras Soleil noir, directamente tomadas de Nerval, para titular un tratado en el que estudiaba la depresión desde el punto de vista freudiano. El análisis que hace del soneto El Desdichado, donde se incluye la famosa frase, es muy simplón, como suele serlo cualquier estudio que se sitúa en una perspectiva tan restrictiva y que se refugia en una jerga particular que, con la limitación del lenguaje que supone todo argot, quiere encerrar la realidad, ¡y hasta la poesía!, en un marco de referencia pobretón, cuando no mezquino. Soleil noir es, desde entonces, el astro de la depresión. Pero no, el Sol Negro de Nerval, el mío, es el de la melancolía, que es otra cosa muy distinta. No es opresivo, sino grandioso, liberador. Es el Sol Invictus de un universo alternativo, es un ojo enorme inmenso, un ojo todo pupila, un ojo sin retina, pues detrás de la pupila no hay más que negro, el Negro primordial, mineral, el Negro de antes, de siempre, el que nos constituye, del que nacimos y hacia el que vamos. Y rodeando a ese ojo, una corona blanquísima, como unas pestañas de plata que jugaran a ir y a venir de ese centro de plena obscuridad.

Melancolía I - Wikipedia, la enciclopedia libre

13.

Nerval, de hecho, ya había empleado soleil noir en uno de los escritos que se recogieron en su Voyage en Orient, indicando que, incluso en El Cairo, cuando amanecía, no siempre se enseñoreaba del firmamento el sol calcinante del desierto, sino que también allí, como en la húmeda, sombría y romántica Alemania, había días en los que quien presidía la danza de las horas era el Sol Negro, el Sol Niger de los alquimistas que enuncia la fase de la nigredo, ese soleil noir que ya su amigo Théophile Gautier había encontrado en el grabado de Dürer de la Melencolia I, y que glosa en su poema Melancholia. Ese grabado es igualmente importante para Nerval, que nos hace ver a su enorme ángel al comienzo de la inmortal Aurélia, como ya sabemos. Un sol en el cénit del que irradian rayos obscuros. Los apofáticos rayos de tiniebla, acaso, de los que hablaba el Pseudo-Dionisio Areopagita, para referirse a la Majestad Divina, que sólo puede enunciarse mediante negaciones. Los melancólicos bien sabemos eso, bien entendemos que toda la parafernalia de Apolo es pura tramoya, que un dios que no deja que se le mire a los ojos es un cobarde, que hay otro polo del ser en el que lo obscuro también puede iluminar sus regiones de sombra con un resplandor negativo.

 

14.

El Desdichado, con ese título en castellano que remite a Ivanhoe de Walter Scott, donde hay un caballero disfrazado, el propio Ivanhoe, que se presenta bajo ese nombre, es uno de los poemas más conocidos e importantes de toda la historia de la poesía universal. Scott dice que desdichado significa en castellano desheredado, que es lo que era el caballero anónimo, y así también lo cree Nerval, pero ya sabemos que un desdichado es alguien sin dicha, un malheureux, un habitante de la Malhora, de la que tanto sabía Simone Weil. Encabeza El Desdichado, que aterriza en la página con una rotunda declaración de identidad (Je suis le Ténébreux, le Veuf, l’Inconsolé), la breve colección de sonetos Les Chimères, que Nerval incorporó, a última y hora y por sorpresa, hasta el punto de ni figurar en el índice, a su recopilación de relatos Les filles du feu, en respuesta a los condescendientes comentarios de su amigo Alexandre Dumas, que publicó ese soneto en su revista Le Mousquetaire, el 10 de diciembre de 1853, recordando en su introducción, que, más o menos, el pobre Nerval no estaba muy bien de la cabeza. Así, el lector decimonónico de Les filles, además de obras inmortales como Sylvie, se topaba al final del tomo con una docena de sonetos deslumbrantes, deslumbrantes en su obscuridad de sol negro.

 

15.

Una quimera es un ser híbrido, un monstruo, con un cuerpo mixto de dragón, cabra y león, que arroja fuego, de la estirpe de Tifón y Equidna, como las gorgonas. Fue asesinada por Belerofonte, montado sobre el caballo Pegaso, hijo él mismo de una gorgona, pues surgido de la cabeza decapitada de Medusa. Una quimera es algo que no puede existir, algo anómalo, algo que no debería ser, pues se quiere orden y rigor, en el mundo y en el relato. Es algo que puede resultar terrorífico, pero acaba por convertirse en grotesco, en penoso. Las quimeras han aparecido aquí y allá en la poesía, famosamente en el verso de Burnt Norton, el primero de los Four Quartets de T.S. Eliot (the loud lament of the disconsolate chimera) del que partió Luis Cernuda para nombrar su último libro, su última sección de La realidad y el deseo, Desolación de la Quimera. El lamento suena en el desierto, y lo hace en La tentation de Saint Antoine, de Flaubert. El desierto es el lugar propicio para las quimeras, un desierto de arena sobre el que el sol cae a plomo. El desierto es el lugar donde tiene que manifestarse el Sol Niger en toda su gloria. Eso fue, justamente, lo que ocurrió el 12 de agosto en Medinaceli, Soria, España, la Tierra, el Sistema Solar, la Vía Láctea, el Universo, la Nada.

 

16.

En la mitología nórdica hay un lobo que quiere devorar el sol. Hay un momento de la noche que corresponde a su dominio, Vargtimmen, la Hora del Lobo. Acosado por sus terrores, en su Isla de Färø, Ingmar Bergman compuso su obra más inquietante, la película que lleva ese título, en 1968. En Morgana en Duino incluí un capítulo, o apartado, o poema en prosa, porque en realidad no son capítulos, con ese mismo título yo también. Es el episodio que pone en marcha justamente la travesía nocturna, el momento en que la noche nos llama y no podemos permanecer por más tiempo en la insomne habitación de hotel y hemos de lanzarnos a las calles, en busca de algo que quizás sea el mar. Cuando salimos, la luna ha desaparecido, pero en esa obscuridad absoluta hay una luminosidad otra, que nos permite orientarnos perfectamente por las calles desiertas. Solos, o quizás contigo, porque en los sueños, a veces, estás tú. Seguros de no alcanzar el término de la huida o de la peregrinación, seguros de seguir intentándolo indefinidamente. Así es como funcionan los suplicios circulares en el Hades.

 

17.

No hay en realidad un sol negro en el grabado de Albrecht Dürer titulado Melencolia I, con ese numeral que nunca tuvo continuación. Hay, en la esquina superior izquierda, por contra, un extraño arco iris monocromo y un resplandor agonizante que corresponde más bien a un astro que cae y que envía sus rayos de ambiguo brillo. Ese astro es un meteorito, un aerolito, que realmente cayó en la ciudad alsaciana de Ensisheim la mañana del 7 de noviembre de 1492. Esa piedra vagamente romboédrica, figura también, a decir de algunos estudiosos, en el grabado, en primer término, sometida ya a una geometría que la identifica, como tantos otros elementos de la escena, como objeto del estudio melancólico del gran ser alado, que, armado con un compás, ejecuta la escritura circular de los atrabiliarios, intentando, ya que no existe, inventar un orden que haga menos dura la travesía del desierto. El día 1 de enero de 2014 viajé a Frankfurt am Main, porque en el Städel Museum había una gran exposición sobre Dürer, entre otras cosas porque ese año o el anterior (la fecha no es absolutamente precisa, y, por otro lado, la exposición ya había empezado en 2013) es cuando el alemán ejecutó esa extraña composición que ha subyugado desde entonces a tantísimos artistas y poetas. Allí pude contemplar la trasera de una tabla dedicada a San Jerónimo penitente en la que aparecía una especie de astro ardiente en plena caída.

 

18.

Sus biógrafos han determinado que Durero estaba justamente en Basilea cuando se produjo la caída de la roca celeste en Ensisheim, que está muy cerca de allí, y que pudo acaso ver la piedra sideral con sus propios ojos. Ensisheim también está al lado de Colmar, lugar que ya he visitado varias veces (como Basilea, que me fascina, y donde hay un maravilloso museo de arte) para poder contemplar el retablo de Isenheim, de Matthias Grünewald, que, entre otras cosas absolutamente fascinantes y terroríficas, muestra unas tentaciones de San Antonio infinitamente brutales y bellas. Entre los muchos monstruos allí representados bien puede haber una Quimera, si es que la Quimera es algo representable. Antonio, el eremita, en su retiro del desierto, recibe la visita de todo tipo de criaturas, que quieren hacerle caer en el pecado. Pero, en realidad, es al contrario: son las Quimeras las que se ven tentadas por la imagen de ese rígido penitente, enhiesto en su soberbia de creerse elegido. La Quimera se sabe incoherente, tiene dificultades para coordinar sus miembros aleatorios, desearía acaso ser algo más parecido a un perro, sedente, como su hermana la Esfinge, con la que dialoga en el extraño poema o drama de Flaubert. Sí, tenderse junto a Antonio y que éste le acariciara la cabeza, mientras el sol se va poniendo.

 

19.

Buscando otra cosa, como suele ocurrirme a menudo, en uno de mis muchos cuadernos, me di cuenta, porque lo había olvidado, que en marzo de 2024, en mi viaje a París de ese año, estuve tomándome un café en un sitio llamado Les Chimères, como la obra de Nerval. Está en la Place de Saint Paul, junto a la boca de Métro, en el borde del Marais. Era justamente el día en que compré ese librito de Tabucchi sobre Pessoa en La Tour de Babel, que luego se me perdió y del que hablé ya aquí. Luego ese libro volvió a aparecer, justamente en la bolsa de viaje que había empleado para ese traslado a la Ville Lumière (es un libro muy delgado), así que se reencontró con su doble, y es muy apropiado hablar de dobles cuando anda Nerval, por medio, claro. Escribí un poema mientras me tomaba mi café ese día en Las Quimeras. Éste:

Lo que se nos había perdido

era el presente.

Habíamos incluso inventado el futuro

              para recuperarlo.

Sin éxito.

Y, entre los trastos arrumbados del pasado

              no estaba,

              nunca estuvo.

Se nos había perdido el presente y lo buscábamos

              no por el tiempo,

              sino por el espacio,

pero el presente era apenas el quicio

entre dos calles,

cuyos números incongruentes

              seguíamos desesperados,

              en busca del portal

              de la juventud infranqueable.

 

20.

En la apropiadamente titulada Melancholia, Lars von Trier, el muy atrabiliario y depresivo y bastante insoportable a ratos en tanto que ser humano, director de cine danés, hace irrumpir en el bien organizado, de momento, Sistema Solar, un astro negro, llamado justamente Melancolía, que se acerca, se acerca, a nuestra Tierra, como se va acercando la negrura de la depresión al enfermo, o a la enferma en este caso, interpretada por Kirsten Dunst. En la segunda mitad del film, que es excelente, asistimos a esa lenta danza en la que el sol negro se va haciendo más y más grande hasta que todo estalla y apenas podemos cogernos las manos y hacer una breve cabaña en la que esperar el fin de los días. Como en La hora del lobo, lo que tenemos aquí es una película de terror, el miedo a que la obscuridad se desborde y nos engulla, a que el mar de sombra anegue todo y se nos lleve por delante. No fue eso lo que sentí el 12 de agosto en Medinaceli, antes al contrario, sentí una gran alegría, un gran bienestar, fue algo como la consumación de un deseo que había ignorado tener, pero que había estado presente en mí desde siempre.

 

y 21.

Mucha gente se desplazó ese día, muchos salieron, salimos, de Madrid, y todos volvimos más o menos al mismo tiempo. Tuve que soportar un gran atasco en la carretera de Barcelona, llegué a mi casa pasada la medianoche. Estaba agotado del día tan intenso, me había achicharrado de calor, no había podido ni siquiera cenar, pero estaba tranquilo, satisfecho, se podría incluso decir que feliz. Montado también en un coche, no en este, en el anterior, el 11 de enero de 2016, un lunes, en un atasco nada feliz, que era más o menos el de todos los días entonces (luego ya empecé a ir en Metro) en mi camino al trabajo, en ese día del retorno de las Navidades, con un humor de perros, en mitad de la Glorieta de Carlos V, que es como se llama de verdad lo que todo el mundo conoce como Atocha, intentando entrar de una buena vez en el Paseo del Prado, en la radio dijeron que la noche anterior había muerto David Bowie. La tristeza que me invadió fue tal que casi me puse a llorar. Sentí un desplome, un abatimiento, del que apenas me he recuperado. Si Bowie muere, es que todo muere, si Bowie muere, el universo carece definitivamente de sentido. Acababa de salir su último disco, un disco que me compré inmediatamente, un disco póstumo, que habla de su enfermedad, de su agonía, de su muerte ya segura. Se titula Blackstar. Es un disco maravilloso, y la estrella negra que lo preside en la portada es la misma de Nerval, es la misma que se me reveló el otro día en la llanura calcinada de un pueblo castellano, es el Sol Negro de la Melancolía y por eso no es triste, sino gozoso, glorioso, obscuramente dichoso, como la saudade, esa dulce tristeza, como el blues, como la poesía, como el estar vivo, como el escribir, como el acordarme de ti.

 

[Texto de El Desdichado, en francés, y en una traducción al castellano.]

 

 

jueves, 6 de agosto de 2026

Gotta light?

  

Got a Light?” Twin Peaks Gets Seriously Weird – Dork Forty!

 

Oh, luz manifestada

que iguala al ojo con el sol.

JOSÉ LEZAMA LIMA, Las siete alegorías, en Fragmentos a su imán

 

1.

La amistad de María Zambrano y José Lezama Lima se extiende durante décadas. Se inicia en el primer viaje de María a Cuba, en 1936, tras un accidentadísimo periplo entre la vida y la muerte, nos cuenta ella, en la evocación adecuadamente titulada Breve testimonio de un encuentro inacabable, publicado como Liminar de la edición crítica de 1988 en la colección Archivos de ese libro incomparable que es Paradiso, cumbre quizás de la inabarcable obra del cubano. En 1976, cuarenta años después de ese encuentro en los comienzos de la guerra y el exilio, Lezama Lima moriría en La Habana. En esos cuarenta años la relación se mantuvo, epistolarmente, desde el cariño y la admiración mutuas. Numerosos escritos de ambos la testimonian. Muerto Lezama, María sostuvo aún una correspondencia desde La Pièce durante tres años más con María Luisa Bautista, la viuda del escritor. Esos epistolarios, a los que se añaden también algunas cartas de José Ángel Valente, fueron reunidos por Pepita Jiménez Carreras y publicados bajo el título de Cartas desde una soledad por la editorial Verbum en 2008. Resultan imprescindibles para cualquiera que esté interesado en la obra de estos gigantes de la literatura.

 

2.

La décima carta del intercambio entre Zambrano y María Luisa está fechada tal día como hoy, 6 de agosto, en el año 1978, casi dos años exactos de la muerte del poeta. Junto a la fecha, María añade Día de la Transfiguración. Y en el texto, apenas ya en el segundo párrafo, esa advocación le inspira algunas frases dedicadas a su destinataria y a la memoria de su marido: Y ha venido a ser hoy precisamente en la máxima fiesta de la luz cuando se me ha dado, queriéndolo yo mucho, el poder escribirte, tal como habría sucedido con él. Cada día te veo y te siento más como tú misma y más como luz suya, al par una llama blanca en la que ardéis los dos suavemente, quietamente. Y recuerda que él murió en esta semana en que la Luz celeste visita la tierra y cubre a Jacobo, a Juan y a Pedro. Su muerte así tal como me la relataste nítidamente, fue tránsito a imagen de la de la Virgen, del transitar de la luz. Y yo no puedo verle desaparecer en el hueco del Tokonoma sino atravesándolo ya como cuerpo sutil, luminoso, dotado de verdadera vida.

 

3.

Zambrano tiene un largo trato con la luz, y en sus escritos aparecen una y otra vez las metáforas luminosas y ópticas. Otro tanto podría decirse de Lezama. La producción ensayística de éste es enorme, profunda, compleja, riquísima, al mismo nivel estratosférico de sus novelas y su poesía. No es el cometido de esta entrada entrar en un análisis de ninguno de estos autores, ni podría hacerse cabalmente en tan breve espacio y con las limitadas capacidades del autor de estas líneas. Apenas un par de puntualizaciones, para no desviarnos en este trayecto que el texto de Zambrano solamente inicia, como una verdadera ignición: el tokonoma hace, claro, referencia al poema final de Lezama titulado El pabellón del vacío e incluido en su póstumo Fragmentos a su imán, que ya fue el protagonista de una entrada en este blog. En cuanto a los nombres de los apóstoles incluidos en la evocación de esa máxima fiesta de la luz, se trata de los (únicos) testigos del fenómeno que ha venido en llamarse, sí, Transfiguración, tras ser recogido en los Evangelios. Ese milagro es el que conmemoran hoy diversas iglesias cristianas.

 

4.

De entre los sucesos milagrosos de los que da testimonio la tradición, el de la Transfiguración es, sin duda, uno de los más peculiares. Aparece recogido, con pocas variaciones, en los tres Evangelios sinópticos (Mt. 17, 1-13; Mc. 9, 2-13; Lc. 9, 28-36). Una de las singularidades radica en que, a diferencia de, por ejemplo, las curaciones públicas, éste se trataría más bien de un milagro privado o íntimo, en el que el objeto del prodigio es el propio Jesús, y en el que la audiencia presente se limita a los tres apóstoles nombrados por Zambrano: Juan, Pedro y Santiago. El relato comienza así: Jesús les conduce a un monte alto. Posteriormente ese monte, ese lugar elevado, se ha identificado con el Tabor, aunque no hay una identificación explícita en las Escrituras. Entonces, sin más preámbulo, los textos indican Y se transfiguró ante ellos. Transfigurarse es, ya en sí mismo, un vocablo técnico, que habrá que desentrañar y del que hablaremos por extenso en los próximos epígrafes. Concluida la visión, y ésta es otra peculiaridad, Jesús exhorta a sus discípulos que callen y no revelen lo que han visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos.

 

5.

La Transfiguración es pues, un milagro privado, íntimo y secreto. Un milagro que no involucra un cambio permanente, como lo sería la curación de un ciego o un paralítico (la resurrección de Lázaro es, tristemente para él, reversible, puesto que, a la larga, Lázaro acabaría muriendo de nuevo, de una segunda muerte ya definitiva, lo que convierte al acto taumatúrgico del Maestro en una especie de aplazamiento). Es más bien algo efímero, algo que ocurre momentáneamente y deja de ocurrir, es una pura manifestación, la manifestación de la Gloria de Dios encarnada en su Hijo ante un conjunto mínimo de testigos a los que se manda callar. ¿Qué es lo que ven éstos? Lo más relevante es, sí, la luz, de la que nos ocuparemos en seguida, pero, además de eso, se produce la aparición de dos personajes del Antiguo Testamento, Moisés y Elías. Así, desde el punto de vista evangélico, la visión de los apóstoles inducida por Jesús en su entresueño (Pedro, confuso, le dice que habrá que preparar tiendas también para sus dos acompañantes para pasar la noche allí en el monte) es una legitimación de Cristo, designado así como heredero de la tradición veterotestamentaria, como el que viene a consumar la Profecía.

 

6.

Esto se ve definitivamente probado cuando a la luz cegadora le sucede la nube, la calígine, la obscuridad que les envuelve y en la que resuena la voz tronante del Padre reconociendo a Jesús como su Hijo unigénito. La visión en majestad termina así, como un anticipo terrenal destinado a esos pocos elegidos, de lo que será la visión celestial del Salvador. Elías, que fue arrebatado al cielo mientras aún vivía, le ha precedido allí, y Jesús da a entender que también aquí se ha producido ya su regreso: Elías sería Juan el Bautista. Obviamente, todo esto es de gran transcendencia doctrinal, pero no es lo que resulta en realidad fascinante de este episodio, lo que ha hecho que una y otra vez autores de toda índole vuelvan a él, lo empleen como concepto, lo representen en infinidad de muestras pictóricas. Hay dos cosas en él que resultan subyugantes: la luz cegadora, que hace que el rostro de Jesús brille como el sol y sus vestidos se vuelvan blancos y resplandecientes, y el hecho de que ha habido una transformación, que ha habido un instante en el que era ya no se mostraba como se mostraba, en el que su figura se ha transmutado en otra.

 

7.

La luz tabórica es la de la Iluminación, la que se pone de manifiesto en las apariciones sobrenaturales. Los dioses celestiales siempre estuvieron en el ámbito de la luz, y la axiología más básica posible los contrapone a las criaturas subterráneas en su reino de obscuridad. Todo esto es bien conocido, se diría que obvio, inevitable en la cultura que han desarrollado durante milenios los miembros de una especie tan notoriamente óptica como la nuestra. La presencia de la luz en la Mística es abrumadora, y en no pocas ocasiones las apariciones son descritas en términos muy semejantes a la de esa aparición arquetípica que les fue dado presenciar a Jacobo, a Juan, a Pedro. Ésa es la luz a la que se refiere María Zambrano en su carta a María Luisa Bautista, en recuerdo del tránsito de Lezama Lima. Una luz cegadora, deslumbrante, de una blancura sin mácula, una luz como de muchos miles de soles.

 

8.

El azar tiene estas cosas. La fecha del 6 de agosto de 1945 podría haber sido otra, puesto que lo que hubo detrás fue una desaforada carrera tecnológica para producir lo antes posible un dispositivo capaz de generar la mayor destrucción posible. Las circunstancias son bien conocidas. Las mejores mentes de aquella generación, o al menos las que pudo reclutar uno de los contendientes, realizaron lo que sin duda es una proeza científica sin igual, y concibieron, diseñaron y construyeron, efectivamente, el instrumento del apocalipsis que se dio en llamar por entonces la bomba A. Esa bomba A fue probada con éxito en White Sands, en el desierto de Alamogordo, en el estado de New Mexico, USA, el 16 de julio de 1945. La elección del día y el lugar en el que el arma se iba a utilizar en combate dependía de diferentes factores. Finalmente, el destino quiso que fuera justamente el día de la Transfiguración del Señor cuando Little Boy fuera arrojada sobre la ciudad de Hiroshima para producir una mortandad sin equivalente entre su población civil. La luz de la explosión de Trinity, su antecesora experimental, fue famosamente calificada por el Príncipe de las Tinieblas, Robert Oppenheimer, como la de un millón de soles. Ésa fue la Transfiguración letal de la que los habitantes de Hiroshima, que se contaban, no por tres como los apóstoles, sino por miles, pudieron ser testigos aquella malhadada mañana.

 

9.

Las bombas atómicas arrojadas sobre Hiroshima y tres días después sobre Nagasaki suponen un punto de inflexión innegable en el devenir histórico de la Humanidad, si es que aún podemos usar, no ya esa mayúscula, sino incluso la propia palabra, visto lo que vamos viendo. En Japón, el trauma sufrido, acrecentado días después con la capitulación, la revelación del Emperador como simple mortal, la ocupación por las potencias vencedoras, las terribles secuelas producidas por la radiación, en definitiva, por la derrota absoluta y la rendición incondicional, dio lugar a todo un género literario, a partir de testimonios biográficos y también de obras de ficción que ahondan en el suceso en sí y en sus funestas consecuencias. No son pocos los lugares, pues, a los que podemos acudir para intentar saber cómo se ve una Transfiguración desde dentro. En todos los casos, la respuesta es: de una manera profundamente desoladora.

 

10.

Así, por ejemplo, Michihiko Hachiya, un médico japonés que vivió de primera mano los acontecimientos de Hiroshima y publicó un Diario que circuló abundantemente y en el que muchos pudieron calibrar por primera vez el horror de lo vivido, entre ellos Elias Canetti, que hizo una atinada reseña del mismo, narra: de repente, un potente fogonazo de luz me conmovió. Se guardan en la memoria este tipo de detalles: me acuerdo perfectamente de una linterna de piedra que se puso a destellar vivamente en el jardín, y yo me preguntaba si esta luz provenía de un lámpara de flash de magnesio como las que usan los fotógrafos, o de las chispas causadas por el paso de un tranvía. Lo que está viendo Hachiya no lo ha visto nadie aún, puesto que Trinity había estallado en una zona vacía, en un desierto que había sido despejado. Aquí todo está lleno, tenemos gente y objetos, objetos en un jardín. Y todo se puso a echar chispas. Así funciona una transfiguración, al parecer. Hachiya es de los primeros que nos lo cuenta, tiene que encontrar palabras para relatar algo que nunca había pasado, algo para lo que el lenguaje todavía no había sido creado, como en toda experiencia mística.

 

11.

Pero hay algo más, algo que resulta aún más sobrecogedor. Otro de los testimonios de primera hora corresponde a Flores de verano, de Tamiki Hara, escritor nacido en Hiroshima, ciudad a la que había vuelto pocos meses antes, llevando las cenizas de su esposa muerta. Nos dice Hara: sentí un gran golpe por encima de mí, y un velo negro me cayó sobre los ojos. Instintivamente, me puse a gritar y, cogiendo mi cabeza entre mis manos, me levanté. No veía nada, y no tenía conciencia más que del ruido, era como si algo parecido a un tornado se hubiera abatido sobre nosotros. A tientas, ciego, sale, escuchando los aullidos de sus vecinos: mis ojos no veían nada y mi angustia era cada vez mayor. Poco a poco, las casas destruidas empezaron a aparecérseme en una vaga luminosidad. Paradójicamente, ese retorno de la visión le anima: el velo negro de sus ojos se ha disipado. Ahora puede ver. Ahora puede ver que todo a su alrededor está destruido.

 

12.

Acaso la más famosa de las novelas de Hiroshima es Lluvia negra, de Masuji Ibuse. Nacido en las proximidades de Hiroshima, Ibuse no se encontraba, sin embargo, en esa ciudad del 6 de agosto de 1945, por lo que no es un testigo directo, pero para Lluvia negra se documentó abundantemente y armó un relato que tuvo amplia difusión y que a día de hoy sigue siendo una referencia básica. La joven Yasuko no puede casarse, pues todos la rechazan ya que piensan que sobre ella cayó la lluvia negra, la lluvia de fuerte contenido radiactivo que descendió pocos minutos después de la deflagración sobre Hiroshima, y que eso augura daños para su potencial descendencia. Su tío Shagematsu, con el que vive, usa su diario y el de Yasuko para demostrar que ella no ha sufrido ninguna de las múltiples consecuencias para la salud que aquejaron a los habitantes de la zona durante años, y que no debe, por ello, ser rechazada como esposa. Shagematsu anotó esto en su diario ese 6 de agosto: en ese momento, a tres metros a la izquierda del tren que iba a partir, vi una bola de luz tan fuerte que me dejó ciego. Todo se volvió negro, no podía ver nada. Tuve la impresión de ser cubierto de repente por un telón negro.

 

13.

Pseudo-Dionisio Areopagita nos hablaba del rayo de tiniebla, usando esa expresión paradójica para, apofáticamente, identificar la luz suprema, la luz del Dios inaccesible. El resplandor de la Transfiguración, de esa Transfiguración sin figura alguna, sin Mesías o santos, sin redención posible, esa Transfiguración de muerte en estado puro, se manifiesta como un velo negro, el blanco infinito da la vuelta al espectro y aparece convertido en la negrura absoluta, esa negrura del no ser, ésa que nos bañaba a los que no éramos cuando todavía no habíamos nacido, la que reencontraremos al morir. Y el ruido, el estruendo. Así hablan los que pueden contarlo. Los demás fueron desintegrados, carbonizados. Muchos de los supervivientes murieron días, meses, años después de enfermedades asociadas a la exposición a la radiación. Algunos tuvieron lesiones cutáneas horribles, queloides, abultamientos tumorales del tejido cicatricial, que les convirtieron en proscritos. Hibakusha: su historia es terrible y debería ser contada aquí. Los pocos que quedan ya se habrán reunido en la mañana de Hiroshima, en la madrugada de España por la diferencia horaria, y habrán hecho sonar la Campana de la Paz. Nunca más, habrán dicho, pero siempre hay más, nunca es nunca, las tinieblas se las arreglan bien para seguir apareciendo, incluso en los lugares con más luz.

 

14.

El 25 de junio de 2017 ocurrió algo legendario: se difundió por primera vez el episodio 8 de Twin Peaks, The Return, la tercera temporada de la igualmente legendaria serie televisiva de David Lynch y Mark Frost, resucitada de entre los muertos veinticinco años (un poco más, por las complejas cuestiones de su producción) después del brusco cierre de la serie original, cumpliendo así la profecía que Laura Palmer le hizo al Special Agent Cooper en la Habitación Roja. Pacôme Thiellement, autor de muchísimo interés sobre el que volveremos alguna vez, ha calificado, sin pararse en barras, a Twin Peaks como el mayor logro artístico del último siglo. Sin tener que entrar en esas competiciones, y más allá de todo el fervor (y a veces también, no nos engañemos, el rechazo) que suscita la obra de Lynch, es innegable que el capítulo 308, o la octava parte del Limited Event de The Return es algo que no tiene comparación posible con ningún producto audiovisual hasta la fecha.

 

15.

El juego de la luz y la sombra, la posibilidad de la Transfiguración Obscura, quedan ahí ilustrados de manera insuperable. No entraré en detalles de la trama, que, por otro lado, exigirían un conocimiento apropiado de la peripecia argumental y de la mitología del show, pero es bien conocido que en un momento dado, a mitad de capítulo, tras la inesperada actuación en directo de Nine Inch Nails en The Roadhouse, y sin previo aviso, estamos en White Sands el 16 de julio de 1945. Y Trinity explota: vemos el hongo, esa imagen que el jefe Gordon Cole, interpretado por el propio David Lynch, tiene en su despacho… frente a una foto de Kafka. Lo que viene entonces es una visión de fuego, que se extiende por minutos y minutos, en clara resonancia con aquel viaje de Dave Bowman a través del monolito en la 2001 de Kubrick. Y luego, vuelve la noche, la noche de la que había surgido el resplandor letal. Estamos ahora el 5 de agosto de 1956. De nuevo, hay que tener en cuenta que, por la diferencia de hora, cuando en Hiroshima, son, digamos, las 8.15 de la mañana del 6 de agosto (a esa hora explotó la Bomba), en Estados Unidos aún es el día de antes. Estamos en New Mexico. Y entonces pasan cosas muy extrañas.

 

16.

Sobre el desierto desembarcan en un extraño vuelo los Woodsmen, a los que ya hemos venido conociendo. Sin ir más lejos, en ese mismo episodio, un poco antes, han resucitado, o impedido morir, a Mr. C. el malvado doppelganger del beatífico Dale Cooper. Es inútil, si han visto la serie conocen esos pormenores; si no, es imposible ponerles al día, renunciemos a los detalles, simplifiquemos… lo que aparece en las pantallas es alguien parecido a un leñador completamente tiznado, con la vestimenta llena de ceniza o algún tipo de substancia obscura, acaso aceite de motor. Asalta a una pareja que va en su coche, blande un cigarrillo y pregunta, con una voz de bajo profundo, Gotta light? Es decir, ¿tienes lumbre?, ¿me das fuego? En castellano no funciona igual de bien. Gotta light?, que se repite varias veces, normalmente asociada a una muerte subsiguiente plena en detalles gore del así interpelado, es también, literalmente, ¿tienes luz? La criatura de las tinieblas, el representante del Mal, pide luz. El fuego, ya sabemos, camina con él, pero la palabra para lo que enciende el cigarrillo es lighter, mechero, es decir, iluminador, alumbrador. El tiznado busca lumbre.

 

17.

Así son los extraños juegos de la luz y la sombra, y conviene estar atentos, pues a veces nos confunden los resplandores. Bien claro queda cuando el Woodsman, interpretado por alguien que se ganó la vida imitando a Abraham Lincoln, por su gran parecido con él, empieza a radiar su letanía letárgica, en la que the horse is the white of the eye, and dark within. El caballo blanco es obscuro dentro. Las entrañas siempre son el reino de la sombra. El blanco del ojo es la esclera. No vemos por ahí, esa parte del ojo es ciega, vemos a través de la pupila que es un agujero, y que parece obscura porque dentro del ojo no hay luz. Si iluminamos el fondo del ojo aparecerá rojizo, rosado, surcado de capilares, como aparecen buena parte de nuestros interiores. Esa negrura del ojo es, sin embargo, necesaria para ver: la lámpara que está iluminándonos por dentro nos deslumbra y, al hacerlo, nos enceguece. La dinámica es más compleja de lo que parece, por eso no hay que jugar a la ligera con los símbolos.

 

18.

Las relucientes vestiduras del Redentor se transmutan en el tizne negro del rostro del leñador, en el cual justamente el blanco de sus ojos destaca vivamente, en una escena que es toda ella cenicienta. Venimos de, pocos minutos antes, el resplandor de los mil soles, hemos estado en el interior del infierno de fuego. Ahora, en esa noche del desierto sentimos un escalofrío y nos dejamos ir mientras la Voz repite this is the water, this is the well, drink full and descend. Y a partir de ahí pueden hacer con nosotros lo que quieran. Una Transfiguración Obscura, sí. Ningún atisbo de salvación, ninguna posibilidad de elevación, el Mal en su encarnación definitiva. En Hiroshima y Nagasaki ya han caído las bombas, han pasado once años, todo aquello ya es irredimible. La brecha que se abre en el espaciotiempo, la grieta imposible de llenar en nuestra consciencia y en nuestra conciencia, se expande y se expande, se lo traga todo. Nunca más podrá el género humano aducir su inocencia, nunca más seremos salvos, no hay nadie ya para salvarnos, nunca lo hubo, en la Transfiguración no hubo figura alguna, y aquella luz es esa luz mala de la que nos hablaba Alejandra Pizarnik, que dejó escrito No me hables del sol porque me moriría.

 

19.

Decíamos antes que había dos cosas que nos llamaban la atención en el milagro de la Transfiguración del Señor: la luz, de la que ya hemos visto a donde nos puede conducir, y la transformación. Los Evangelios están escritos, no lo olvidemos, en griego. La palabra que acabó siendo transfiguratio es, naturalmente, metamorfosis. El 1 de octubre de 1915 se publicó Die Verwandlung. Tradicionalmente esa obra, acaso la más conocida de Franz Kafka, se ha traducido como La metamorfosis, lo que no es en realidad correcto, pues Verwandlung es más bien, simplemente, eso, transformación. Metamorphose existe en alemán y Kafka no eligió ese término, pleno en connotaciones biológicas y mitológicas. En la edición de las Obras Completas del checo publicadas por Galaxia Gutenberg, en las notas a La transformación, se comenta abundantemente el tema, y al hacerlo se nos propone una infinidad de términos, a cada cual más capaz de evocaciones profundas, a cada cual más preñado de posibilidades para seguir prolongando esta entrada indefinidamente: cambio, conversión, reducción, mutación, transmutación (alquímica), consagración, transubstanciación, conmutación (de una pena), metamorfosis (mitológica) y… transfiguración. Ése es el territorio inabarcable por el que nos movemos cuando empezamos a considerar la posibilidad de transformaciones, gloriosas o demoniacas, del cuerpo, de la figura. El mundo entero del arte se edifica sobre este concepto multiforme. Y da cabida, por ejemplo, a la posibilidad de que nuestra bella figura (léase en italiano) se haya convertido, una mañana cualquiera, en la de un bicho, que acaso sea un escarabajo, o una de esas extrañas ranas-polilla que aparecen en Gotta light?

 

20.

El gran Pavel A. Florenski, en su múltiplemente sugerente obra El iconostasio, entra también en consideraciones terminológicas y filológicas sobre el rostro, ese rostro transfigurado de las figuras de la Historia Sagrada representadas en los iconos, que, siguiendo la interpretación del ruso, no son la máscara que mostraría una representación puramente ilusionística, como las del arte occidental, ni tampoco el mero rostro físico, sino el semblante, ese rostro que está ya en el otro lado, en el lado de los arquetipos. (Paradójicamente, y eso daría para otra entrada completa, la festividad del Santo Rostro de Jesús, el que aparece en el paño de la Verónica, se celebra… el martes de Carnaval, el día antes del miércoles de ceniza, el día en que se abandonan las máscaras.) Así, la imagen del icono, las facciones de los santos allí representados, son también la realidad, la realidad transcendente. La luz de Tabor resplandece en las venerables tablas. Si sabemos mirar, el iconostasio que obtura la visión del altar donde se produce el milagro de la transubstanciación, no es un muro, sino una ventana. Ésa es otra Transfiguración, la de un arte propiamente sagrado. Cuando Dante y Virgilio emergen de su periplo infernal, Dante tiene la cara tiznada y Virgilio ha de lavársela con el agua del rocío que recoge junto a unos juncos en esa inconcebible playa del Purgatorio a la que han arribado. El tizne se limpia, como acaso los pecados, con el agua lustral. Y emerge el semblante. El Cuadrado negro de Malévich, coetáneo de Florenski, muestra en su superficie, al cabo de los años, un extraño mapa de líneas: el craquelado. Icono, finalmente, pues la Nada también tiene sus santorales.

 

y 21.

Hiroshima tuvo una dolorosa continuación, una confirmación de que todo ocurre de nuevo, el 9 de agosto de 1945, cuando Fat Boy fue arrojado sobre Nagasaki, precisamente el lugar de Japón donde el cristianismo había sido y es más importante. José Lezama Lima murió justamente poco después de las dos de la madrugada del 9 de agosto de 1976. Es decir, en tres días hará exactamente 50 años de su fallecimiento, efemérides que no conviene dejar pasar sin recordarle, y sin volver a su frondosa y elevadísima obra. Él sabía bien que lo que estaba en juego en el verdadero arte es siempre la posibilidad de generar una Transfiguración, tenga ésta la polaridad que tenga, pues, en última instancia, el negro más profundo es, como bien nos muestran los espejos de obsidiana, el lugar donde el semblante mejor se revela. Hablando de una Crucifixión de su amigo, el pintor René Portocarrero, nos dice que éste va a ganar una más profunda y terrible vía, la de la transfiguración. En la transfiguración, prosigue Lezama, lo arquetípico y la metamorfosis adquieren la plenitud de su presencia y desarrollo. La figura alcanza su plenitud al trocarse. Lo transfigurado es lo plenario espacial en la eternidad. Lezama Lima era muy consciente de que la poesía, la metáfora, permiten lo imposible, es más, que justamente lo imposible es su reino natural, y en esa imposibilidad radica, me parece, toda la redención a la que podemos aspirar. Lezama sabía que, a veces, un hombre, sin saberlo desde luego, al darle la vuelta al conmutador de su cuarto, enciende una cascada en el Ontario. Hagámoslo, accionemos el interruptor y esperemos el estruendo, lavémonos el tizne en esa agua, y cuando nos pregunten Gotta light? respondamos: sí, ésta.


lunes, 27 de julio de 2026

Hang the DJ


Una reminiscencia

 

Driving in your car

I never, never want to go home

MORRISSEY

 

Para N.

 

1.

Puede que el concierto más importante de mi vida fuera uno en el que no estuve. A veces pasan cosas así. En este caso se trata del famosísimo y recordadísimo (para los que tienen edad suficiente, como yo) concierto que The Smiths dieron en el paseo de Camoens de Madrid el 18 de mayo de 1985, dentro de las fiestas de San Isidro. Contextualizo adecuadamente para los no madrileños y la gente que ha nacido después de esa fecha, o que eran demasiado jóvenes entonces para enterarse de lo que ocurría. En abril de 1979, apenas tres años y medio después de la muerte del dictador, Enrique Tierno Galván se convertía en alcalde de Madrid. El viejo profesor tenía entonces 61 años recién cumplidos, es decir, menos de los que yo tengo ahora. Supongo que eso me haría merecedor de ser llamado igualmente viejo profesor. Su figura política tan peculiar le convirtió en alguien inmensamente popular, hasta el punto de que su funeral, en 1986, devino un acto multitudinario. En términos culturales se le asocia, con justicia, a lo que se llamó la movida madrileña, si bien el término de marras merecería una discusión más detallada que ahora no vamos a hacer. Lo que es indudable es que el giro en la política cultural de Madrid fue brutal, y de eso nos beneficiamos los jóvenes que, como yo, estábamos por entonces en la adolescencia o frisando la veintena.

 

2.

Como consecuencia de la política municipal de Tierno, las fiestas de San Isidro en Madrid empezaron a incluir conciertos gratuitos de música pop. Algunos de ellos se celebraban en mitad de la calle literalmente. El paseo de Camoens de Madrid bordea el llamado Parque del Oeste, una denominación que siempre nos hizo mucha gracia a mi hermano y a mí, de pequeños, porque para nosotros, ávidos consumidores de cine vespertino en la tele de los sábados, el Oeste era el Far West, con vaqueros y pistoleros desenfundando rápidamente. Ahí, en el paseo, sin acotar de ningún modo, se montaba el escenario y la gente acudía, sin ningún control de aforo ni de mercancías peligrosas, ya me entienden. Estuve en algún concierto en Camoens, aunque no en el de los Smiths, y recuerdo empujones y avalanchas de las que salí incólume. Mi cuerpo tenía cuarenta y tantos años menos.

 

3.

En 1981 abandoné mi cole de barrio, del que ya he hablado algo por aquí. Era una anomalía: mixto, laico y rojo. Por cierto, que la gente que lo montó estaba justamente en la órbita de lo que acabó siendo en los primeros años de la Transición (otro de esos nombres y conceptos de los que, como la movida, habría que hablar largo y tendido, pero, vaya, esto es una entrada puramente memorialística y no conviene dispersarse demasiado) el PSP, el partido de Tierno, hasta que se disolvió para entrar en el PSOE. En aquellos tiempos sólo se podía hacer en el cole hasta 3º de B.U.P., había que irse a otro lado para hacer el C.O.U. Normalmente, los chavales del Lincoln, que así se llamaba mi colegio, nos íbamos a una academia muy conocida que había en la Gran Vía, porque los dueños eran más o menos los mismo. Ahí fui, y eso fue también muy interesante.

 

4.

La academia en cuestión ofrecía estudios de turismo e idiomas, y creo que sigue haciéndolo, o por lo menos lo hizo mucho tiempo. En aquellos años también se podía hacer C.O.U. Yo mismo llegué a impartir clases como profesor de C.O.U. recién acabada mi licenciatura en Físicas en 1987, muy poco tiempo porque me salió el puesto en la Complutense. La academia, que nosotros llamábamos impropiamente instituto, estaba situada en el número 59 de la Gran Vía, cerca ya de Plaza de España, y estaba apenas compuesta por varios pisos tipo vivienda, con clases un poco amontonadas y pasillos estrechos. Algunas ventanas daban directamente a la Gran Vía, siempre bulliciosa y atascada, que sólo apenas un año y pico antes aún se llamaba Avenida de José Antonio. Se lo cuento para que vean de qué tiempo estamos hablando. Por cierto, el nombre de la academia era… VOX. En aquel momento apenas podía confundirse con el de unos famosísimos diccionarios. Ahora, pues ya saben.

 

5.

Lo más excitante de todo eso es que cada día yo me cogía el metro en Campamento e iba en el suburbano hasta Plaza de España. En aquel tiempo el suburbano, que sólo por entonces empezó a ser línea 10, iba de Aluche a Plaza de España, hasta que se amplió a Tribunal y Alonso Martínez. Ahora hay que hacer transbordo en Casa de Campo, porque Campamento pasó a ser de la línea 5. El suburbano es una parte muy importante de mi juventud, como pueden imaginarse. El mero hecho de que fuera una línea anómala, el resto de un viejo ferrocarril de Carabanchel que sólo se hizo oficialmente parte del Metro cuando ya se habían hecho muchas otras líneas muy posteriores a él, ya es significativo. Si añadimos que mi casa en realidad estaba tan cerca de Campamento como de otra estación que se llamaba Empalme ya nos hacemos una idea de que había algo entre marginal y exótico en esa línea. Empalme era apenas un apeadero, que según las crónicas se construyó porque el promotor del barrio pagó para ello.

 

6.

Cada mañana, pues, yo me cogía el suburbano en Campamento, y, si los dioses de la mecánica lo tenían a bien y el tren no encallaba en la cuesta, cosa que ocurría bien a menudo (entonces no había estación de Príncipe Pío en esa línea y se iba de Lago a Plaza de España sin interrupción), acababa apareciendo frente a las larguísimas y también frágiles escaleras mecánicas que me conducían a la salida de Leganitos. Pocos pasos más y ya estaba en el VOX, donde asistía, alumno modelo que era, religiosamente a todas mis clases. Pero, además de estar allí, haciendo el C.O.U., estaba en un sitio mucho más importante: estaba en el Centro, cosa que, ya se pueden imaginar, no era trivial para alguien de barrio. El Centro era encima la Gran Vía, la calle de los cines, el Broadway (ejem…) madrileño. Muy interesante a los diecisiete años, créanme.

 

7.

En los recreos, porque no dejábamos de ser estudiantes de secundaria, y había recreos, solíamos bajar a los Sótanos, que estaban literalmente al lado. Los Sótanos era una galería comercial, obviamente subterránea, en la que había, por ejemplo, un gran salón de juego con pinballs y las primeras máquinas de marcianitos y una cafetería, donde nos comprábamos un bocadillo, y varias tiendas más, y, sobre todo, Discoplay. Discoplay era la tienda de discos más importante de Madrid entonces. Estar en el Centro haciendo el C.O.U. de repente permitía que uno, cada día, y si le apetecía, pudiera meterse allí a mirar discos, a ir pasando las inmensas pilas clasificadas alfabéticamente de LPs y singles, objetos fascinantes porque corporeizaban la música, devenida desde hace ya tantos años carne (es un decir) de streaming. Uno, por supuesto, no podía permitirse comprar discos así como así, podía caerle alguno por un cumpleaños o por Reyes, poca cosa más. Luego nos los intercambiábamos con los amigos y los grabábamos en cassettes. Pero ver discos, ver las portadas, era un deporte en sí mismo. Uno no podía escuchar más que lo que salía en la radio, cuando salía, pero se sabía (yo me la sabía, vaya) la discografía completa de sus ídolos. Y, cuando se podía abrir el disco, se podía sacar la funda que llevaba las letras… Impresionante, háganme caso.

 

8.

Estamos, ya lo he dicho, en 1981-82. La movida está estallando. El llamado rock español está empezando a periclitar. Movimientos anteriores como el rock sinfónico ya no me habían pillado. Los cantautores seguían vigentes, ya he hablado de ello hace poco. Pero por entonces yo ya tenía una radio con FM en casa (les cuento todo esto, un poco como el abuelo de los Cebolletas, para que puedan calibrar hasta qué punto el consumo musical de entonces no tiene nada que ver con el de ahora… aunque tampoco sabrán quién era el abuelo Cebolleta, claro) y había empezado a escuchar Radio 3, el tercer programa de la muy estatal y muy oficial Radio Nacional de España, que había empezado sus emisiones un par de años antes. Allí uno se topaba, por ejemplo, con Jesús Ordovás o Diego Manrique. Así que de la movida, sea lo que sea eso, yo era ya experto. Un experto de invernadero, convengamos, porque no soy de aquellos que pueden decir que iban todas las noches al Rock-Ola. El Rock-Ola estaba en Cartagena, a hacer puñetas de mi casa, y por las noches uno tampoco salía así como así, no nos vengamos arriba.

 

9.

En Discoplay había, además de discos, posters y flyers. En los flyers se anunciaban conciertos. Discoplay, de hecho, editaba un abundante boletín que podías pedir que te enviaran a casa por correo, gratuitamente, con todas las novedades. Era una publicación casi lujosa, yo la usaba para recortar las pequeñas fotos de las portadas y pegarlas en mis cassettes grabadas. Es también el tiempo de los fanzines. Los conciertos de entonces son los de los grupos que acabaron asociados a la movida. Yo miraba los flyers, incluso los coleccionaba, pero mis periplos musicales solían conducirme más bien a los conciertos de Serrat en el Parque de Atracciones. Y entonces llegó Camoens. Algo así, más o menos, estoy simplificando mucho.

 

10.

Justo por entonces se abrió otra tienda de discos en Madrid, que en seguida tomó la delantera a Discoplay. Se llamaba Madrid-Rock, y estaba situada un poco más allá, en San Martín, casi en Arenal. Un día, mientras estaba haciendo el C.O.U. en el VOX, con cierta premura, porque el recreo duraba media hora, me fui para allá y me compré The rise and fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars. De Bowie había sabido, sobre todo, por un artículo en una revista musical que se publicaba entonces, Vibraciones. Me compré el Hunky Dory en el M.F. de mi barrio. M.F. era una cadena de tiendas muy pequeñitas que vendían discos de segunda mano y también discos del momento, pero algo más baratos que en El Corte Inglés o Discoplay. En torno a las quinientas pesetas. Life on Mars? fue mi primer crush rotundo con Bowie, pero el Ziggy Stardust puso a girar mi cabeza, y aún me mantengo en esa órbita. Bowie es la respuesta a la manida pregunta de quién es tu cantante favorito. Aún no me he podido recuperar de su muerte.

 

11.

En esas estábamos, pues, cuando empezó a haber conciertos en Camoens, en las fiestas de San Isidro o en verano. Allí vi uno una vez cuyo cartel resulta sorprendente: el brasileño Jayme Marques teloneaba a Joaquín Sabina, que teloneaba a Gabinete Caligari, que me encantaban, que teloneaban a las verdaderas estrellas de la noche, al grupo que yo había ido a ver sobre todo, los Golpes Bajos. Eran malos tiempos para la lírica, y si aquellos eran malos, no les cuento cómo son estos… Y en Camoens, por esos días, tocaron los Smiths. Y yo no fui a verlos.

 

12.

¿Por qué no fui a ver a los Smiths en mayo del 85? A mí me gustaban los Smiths ya. Eran un grupo nuevo por entonces. Yo me había comprado, creo que en Madrid Rock, Hatful of hollow, que es una especie de recopilatorio de singles, y que tiene alguno de los temas más emblemáticos del grupo, como How soon is now? o Hand in glove. No sabía realmente nada de ellos. Pero en aquella época uno no tenía tantos discos, así que, los que tenía, los escuchaba como un poseso una y otra vez, por lo que ese disco, a día de hoy, me lo sigo sabiendo de memoria. ¿Por qué no fui, entonces? Seguramente, es triste decirlo, porque no conseguí liar a nadie. El ir a conciertos no era una cosa que se hiciera tan a menudo, o por lo menos yo no lo hacía, pero en aquellos días hubiera sido raro, por ejemplo, que me hubiera perdido uno de Serrat. Habría ido con mi amigo Miguel, con mi amiga Aurora. A los Smiths, ya…

 

13.

Todo esto lo reconstruyo ahora, pero me parece que ya por entonces los Smiths eran algo así como un vicio solitario mío. Sin conocer realmente las circunstancias del grupo, su planteamiento creativo o vital, hubo algo con lo que sintonicé poderosamente. Me apunté desde el principio a la poética de Morrissey, resonaba bien con mi inveterado romanticismo de aquella adolescencia irredenta en la que yo escribía poemas igualmente desgarrados. So please please please let me let me let me get what I want se cerraba Hatful of hollow y yo asentía: Lord knows it would be the first time. Yo tampoco conseguía lo que quería y, qué le vamos a hacer, era humano y necesitaba ser amado, como cualquier otro.

 

14.

Da un poco de vértigo cuando se piensa, pero los Smiths de entonces, los que fueron a ese concierto en Madrid, no habían sacado ni siquiera The Queen is Dead, acaso su disco más famoso. La setlist, que se puede recuperar, es, de todos modos, gloriosa. De hecho, el concierto entero está disponible en la web de RTVE. Fue retransmitido en La edad de oro, el maravilloso programa de La 2 que dirigía Paloma Chamorro y al que yo estaba seriamente enganchado. Se puede ver también la entrevista que hizo Chamorro a Morrissey y Marr. No estoy muy seguro de si vi ese programa, creo que sí, puede que no entero, porque, al fin y al cabo, televisión sólo había una en la casa familiar, y yo tenía que negociar con mis padres su uso para esos vicios solitarios míos. Ahora, al revisar el vídeo, todo resuena fuertemente, y desde mi conciencia actual, desde mi asunción presente (por fin) de mi particular sensibilidad, me parece increíble que en ese canal y medio de la tele de entonces haya podido verse la performance inolvidable de ese especimen glorioso que era Morrissey a punto de cumplir veintiséis años.

 

15.

Por cierto, que cuando quiero exhibir credenciales de participante en la movida, cosa que, de entrada, es falsa, porque todo eso pasaba muy tangencialmente por mi vida, y que, además, no tiene mucho sentido, porque movida es un concepto a posteriori, y bastante manido y mentiroso, pero, vaya, cuando quiero ponerme estupendo, recuerdo que un día asistí, justamente con Miguel y Aurora, a la grabación, en Prado del Rey, de un programa de La edad de oro. El artista en esa ocasión fue Marc Almond, que para mí era la mitad de Soft Cell, y que se marcó un muy interesante concierto en directo con un público fervoroso formado esencialmente por gays. Esto no es baladí, porque otra de las cosas que ocurrían entonces, y que de algún modo también tiene mucho que ver con los Smiths y mis pasiones ocultas, era que tóxica era propiamente un epíteto de masculinidad, esto es, era algo que iba implícito en el concepto de machito comme il faut, que era el objetivo del desarrollo de un adolescente e incluía, claro está, la homofobia, en ocasiones violenta. Yo, que nunca me adapté a ese estereotipo y que siempre tuve una sensibilidad muy acusada y tachable como femenina o directamente afeminada, puedo mirar ahora aquellos años con esa perspectiva y entender que eso, que aún llamaba la atención, era algo que directamente me apelaba, más allá de toda cuestión de identidad sexual, y puedo congratularme de que las cosas hayan ido siendo de otro modo. Y puedo también alarmarme ante la posibilidad de que podamos retornar a esos cenagales, Oscar Wilde que está en los cielos no lo quiera.

 

16.

Cuando empezaron los CDs me volví a comprar Hatful of hollow y me compré también The Queen is Dead. El reproductor de CD iba en una torre Technics que pude adquirir nada más empezar a trabajar en 1987 y ganar mi propio dinero (trabajar en la Uni, me refiero, porque sacaba dinero para discos y libros desde mucho antes, arbitrando tenis, pinchando discos, dando clases particulares de matemáticas). Los soportes de la música van cambiando en la historia de mi vida. No tiro nunca nada, pero lo cierto es que ya me limito a Spotify. La ventaja: allí está todo, y uno puede hacerse con la integral de los Smiths y explorar la carrera en solitario de Morrissey, tan dilatada ya, y a la que no fui prestando tanta atención, todo sea dicho, por más fascinante que me resultara el personaje. Mi devoción por los Smiths me lleva, injustamente quizás, a considerar esa época como insuperable.

 

17.

No es raro que Morrissey toque en España, y yo he tenido muchas oportunidades de verlo, aunque nunca lo haya hecho. Es verdad que cada vez voy menos a conciertos y que el concepto de festival me pilló ya algo mayor. Así pues, lo que voy a contar ahora, tampoco debe plantearse como algo especialmente épico: podría haber pasado antes o de otro modo. El caso es que el sábado estuve viendo a Morrissey en Barcelona. Era mi primera vez. Yo había ido a Barcelona porque en la madrugada del domingo se volvía a representar Seppuku de mi adorada Angélica Liddell, una obra de cuya première ya les hablé en su día. Los hados quisieron que justamente esa noche tocara Morrissey en un escenario ya de por sí peculiar, como el Poble Espanyol. No me decidí hasta el último momento, pero me compré la entrada y me fui para allá. Fue una maravilla, al menos para mí, porque era mi primer concierto de los Smiths, aunque ya no fuera de los Smiths, era el concierto al que no fui, cuarenta y un años después. Fui solo, no conocía a nadie al principio. Al final, después de saltar, gritar, llorar a ratos, empaparnos por la lluvia que cayó, todos los de mi alrededor éramos hermanos en Morrissey. Nos despedimos con un abrazo, seguros de que no volveríamos a vernos. Si alguno leyera esto, entendería lo que no voy a ser capaz de escribir.

 

18.

No es ya que Morrissey mantenga una figura envidiable, que siga teniendo grandísimas cualidades vocales y sobre todo que su presencia y su capacidad interpretativa conviertan en inolvidable cada número, es que, para mí, en algunos momentos, ese fue un punto bucle, un pequeño pespunte que cosía mi edad de ahora con la del veinteañero que no fue a ver a los Smiths a Camoens, un atajo, misterioso y también tramposo, que salvaba esa distancia temporal inconmensurable con una de las pocas herramientas a las que se puede acudir para realizar ese juego de manos que puede, sin duda, justificar el doloroso hecho de estar vivos: la música, el arte, la comunión del artista con el auditorio, de los miembros del público entre sí, de cada uno con los que ha sido y también con los que será. How soon is now? Es muy tarde, sin duda, pero de algún modo todavía hay tiempo. I know it’s over, y por supuesto que se ha acabado, pero todo, siempre, vuelve a empezar. Por eso los discos son redondos.

 

19.

Mucho, mucho tiempo después de que ocurriera todo lo que me había ocurrido en mi vida con los Smiths, cuando yo era ya otro, alguien muy diferente al de mi juventud y muy diferente, por fortuna, también al que soy ahora, alguien que, de todos modos aún seguía, en esos tiempos difíciles y nada propicios tampoco a la lírica, escuchando The Queen is Dead todo el tiempo, ahora en el CD del coche, descubrí que, además de conectarme con toda esa gente que soy, los Smiths tenían el password para encontrar una conexión inquebrantable con una persona. No es que hiciera falta el definir eso, porque la conexión existía ya, con toda su fuerza, pero el azar, el misterioso azar, hizo que, inesperadamente, descubriera que compartíamos canción, a pesar de la diferencia de edad, de las circunstancias vitales tan aparentemente opuestas. No es muy original, mucha gente tiene esa misma canción entre sus favoritas, pero ella sabe por qué lo digo, y por qué eso nos dio luz en la obscuridad. Una luz que nunca se apaga.

 

20.

Seppuku gira, ya lo sabemos, en torno al suicidio de Mishima. A las cinco menos cuarto de la mañana del domingo 26 asistimos boquiabiertos una vez más a esa increíble catarsis. Unas horas antes, a pocos metros de ese mismo teatro, Morrissey, en el bis, atacaba por fin los primeros compases de la canción que yo llevaba esperando todo el concierto. Nos pedía que le sacáramos por ahí esta noche, que quería ver gente, escuchar música, que no quería volver nunca, nunca a casa. Nosotros lo hacíamos, claro, le llevábamos en nuestro coche, y era verdad que no importaba si chocábamos contra un autobús de dos pisos o nos arrastraba un camión de diez toneladas, porque estábamos juntos, porque, ya que al final uno tiene que morir, the pleasure, the privilege es nuestro por morir juntos. He escrito toda mi vida sobre la muerte, el suicidio es un tema recurrente, también (sobre todo) lo era entonces, a los 21 años, escuchando a los Smiths en bucle. Sigo aquí, escribiendo sobre eso. Buena señal, imagino. En los vídeos que grabé el sábado mientras Morrissey cantaba, acompañado por las voces de todos nosotros, There is a light that never goes out se oyen mis berridos destemplados gritando a voz en cuello I don’t care I don’t care I don’t care. Y era verdad que no importaba.

 

y 21.

La vida son esos momentos, dijo ella cuando le escribí lo feliz que estaba por mi día y pico en Barcelona, con Morrissey y Angélica. Es verdad, ella y yo lo sabemos, porque somos gente que escucha a los Smiths, gente que avanza en coches entre autobuses de dos pisos. Me puse, para ir al concierto, una camiseta que había comprado por Internet unos días antes para la ocasión, con ese autobús de dos pisos y la frase de to die by your side is such a heavenly way to die. Se empapó de sudor y lluvia. Esa noche no dormí, fui al hotel, me pegué una ducha, me cambié la camiseta. Me puse otra también alusiva a los Smiths, que ponía Hang the DJ. Cuando volvía, a las nueve de la mañana, después de la función y el desayuno en el Lliure con algunos otros angélicos incorregibles como yo, paseando, contento como pocas veces, en una especie de jet lag, en esa mañana estupenda en Barcelona, me crucé por la calle Tarragona con una chica muy joven que me sonrió. Me fijé: llevaba una camiseta de Morrissey, seguro que había estado en el concierto de la noche anterior. Me había visto la mía y la había reconocido, había reconocido el Hang the DJ de Panic, por eso sonrió. Sonreí de vuelta. Habrá cuarenta años de distancia entre nosotros, tendrá la edad que aquel Agus tenía en 1985. Creo que eso lo resume todo perfectamente, y que es justamente por esos momentos por los que uno puede seguir subiéndose con amigos a coches que avanzan por la noche y en el fondo, en el fondo, pedir please please please que ningún double-decker bus se nos lleve por delante, al menos de momento, porque tenemos muchas cosas que hacer todavía y tenemos que vernos algunas otras veces, en un darkened underpass o en una calle de Barcelona o en cualquier otro lugar, y la luz, por ahora, sigue sin apagarse.