domingo, 11 de octubre de 2026

Muerte del mar



Ahora estoy lejos de las olas del mar,

pero cerca del recuerdo.

ZEAMI, Matsukaze

 

1.

La playa de Suma está en Kobe, Japón. Es, al parecer, un sitio no especialmente atractivo en la actualidad, pero históricamente fue señalado en diferentes obras, notablemente el Genji Monogatari, como un lugar de exilio, y de posible interacción con las entidades del Más Allá. Si ya de por sí toda playa es un espacio liminal, un umbral que separa ámbitos radicalmente distintos ―lo seco y lo húmedo, la tierra y el agua, la ciudad y la vastedad inhabitable―, en este caso nos encontraríamos en una frontera permeable, que acoge manifestaciones inesperadas y a donde tienden a retornar espíritus que no han sido capaces de romper con los apegos que les conectan al mundo de los vivos. Así, al menos, se nos presenta en la muy notable obra de teatro Nō, o Noh, Matsukaze, del gran autor y tratadista de esa forma artística, una de las más bellas creadas nunca por el género humano, Zeami, que vivió en el siglo XIV.

 

2.

Una representación de teatro Nō involucra tantos aspectos de escenografía, vestuario, simbología, música, coreografía, poesía, etc., que sería vano intentar aquí ni siquiera entrar en una mínima descripción de lo que acontece en la pieza mencionada. Nos limitaremos a algunos aspectos básicos de la trama. Hay un monje, un bonzo, que llega a la playa. Hay dos hermanas que ejercen fatigosamente su oficio de salineras. Hay el recuerdo de un poeta que pasó por la playa y dejó apenas a sus enamoradas un sombrero oficial, un traje de corte, que ellas guardan, incapaces de resignarse a la marcha definitiva de su visitante de antaño. Ese poeta célebre, Ariwara no Yukihira, escribió, mientras se encontraba en el exilio en ese paraje, unos versos que resuenan en la obra:

Si alguien pregunta por mí,

contéstale que llevo una vida discreta

en la playa de Suma,

dedicándome a quemar sal.

 

3.

Aunque los espectadores conocedores de esta forma de teatro, con toda seguridad, no lo ignorarían, en un momento dado las dos hermanas, Matsukaze (cuyo nombre, que es el de la obra, está relacionado con el viento de otoño) y Murasame (que evoca los chaparrones de esa misma estación), revelan que son dos fantasmas:

Éramos nosotras las que estábamos

enterradas bajo la capa de musgo

que crece al pie de aquel pino.

A decir verdad, somos los espectros

de las dos salineras.

En ese ambiente sobrenatural, onírico, poderosamente melancólico, se nos muestra a Matsukaze y Murasame consagradas a su particular suplicio circular: acarrear agua del mar en la playa de Suma, para luego, calentándola en el fuego, y provocando así su evaporación, obtener una mísera cosecha de sal que asegure su manutención. Es un gesto repetido de un pasado ancestral en que las dos hermanas estuvieron vivas, si es que no fueron simplemente la personificación del otoño, esa estación del año en la que ya hemos entrado y que es el territorio inalienable de los atrabiliarios.

 

4.

En el capítulo 19 de Caballos desbocados, Yukio Mishima hace asistir, en Osaka, al juez Shigekuni Honda, protagonista que atraviesa las cuatro novelas de su tetralogía terminal El mar de la fertilidad, a una representación de Nō en la que la obra es justamente Matsukaze. La emoción que Honda siente queda bien patente en el relato que hace de la función, con toda su carga ceremonial y su contenido vivamente numinoso, y en las consideraciones y meditaciones a las que esa contemplación le lleva. Fue así, el 8 de mayo de este año, mientras viajaba en un tren a Barcelona, como supe de la existencia de Matsukaze. Desde muy joven ya me había interesado el teatro Nō y disponía del tratado Fushikaden del propio Zeami, que publicó hace ya tiempo Trotta. En tiempos recientes he ido y he vuelto muchas veces a la cultura japonesa, con una fascinación que a ratos me resulta inexplicable y que en alguna medida ya se ha hecho presente en otras entradas de este blog. Mientras leía el relato de Honda seguí sus pasos y fui escalando por esa especie de peldaños de aire hacia ese instante de belleza suprema que él sabe irrepetible, efímero, del que lo único que se podrá hacer es conservar celosamente su memoria, la memoria de su profunda contingencia, de su falta de propósito. Y a través de ese recuerdo, proustianamente, acceder al lugar al que, quizás, intenta conducirnos siempre la gran literatura: al Tiempo esencial, que se parece tanto al notiempo.

 

5.

Los viajes en tren son propicios para estas breves iluminaciones, porque proporcionan, si uno es mínimamente afortunado, unas horas de recogimiento que hoy son difíciles de obtener de otro modo. El hecho de ser conducido, trasladado, sin concurso de la propia voluntad, que apenas ha tenido que ser capaz de transportar el cuerpo hasta el asiento, enchufar los auriculares con reducción de ruido, por mucho que se viaje, ay, en el vagón de silencio, seleccionar algo de Bach, probablemente, y sumergirse en la lectura, esa pasividad deseada y asumida, están en la clave de todo. En ese viaje a Barcelona, en el que Mishima era un compañero casi obligado, porque rondaba por ahí, ya lo saben Uds., Seppuku, de Liddell, vista unos meses antes y revista otros meses después, yo me sentí conmovido con la descripción que Mishima hacía de la descripción de Honda. Cuando salí en Sants ya era otro, diferente al que partió de Atocha, como siempre me pasa. Ese nuevo yo danzaba como una máscara de teatro Nō entre el tráfico. Luego, cuando hubo que estar atento a los semáforos y gestionar las triviales cuestiones de todo check in la pieza quedó en suspenso. Pero la resonancia no se apagó del todo.

 

6.

Así, un poco después, en La Central de Mallorca, una de mis visitas rituales irrenunciables cuando me apeo en la Ciudad Condal, me topé, de una manera completamente inesperada, con un librito publicado por la benemérita editorial Satori, que está realizado un importante esfuerzo por transportar la literatura japonesa a los moldes de la lengua castellana directamente, sin el engorro y el desatino de las dobles traducciones, de las que ya tantas veces me he declarado enemigo (Caballos desbocados, o por mejor decir Runaway horses, el libro que leía en el tren, estaba en inglés, pues la traducción de Alianza no es directa). El libro que vi en La Central era, sí, Matsukaze, el primero de la colección Clásicos del teatro Noh. No son inusuales tales azares, pero éste me pareció especialmente propicio. Por supuesto, compré Matsukaze y me puse a leerlo inmediatamente, en Barcelona, disfruté de la muy ilustradora introducción de José Pazó Espinosa, editor de la obra, y me sumergí en la magia de la playa de Suma.

 

7.

Honda recoge la canción con que las hermanas aparecen por primera vez en escena, cantando a dúo,

¡En este flotante mundo, qué cosa más banal

es tener que vivir una vida tan corta

tirando de un carrito cargado con agua de mar!

Uno se las imagina, con sus pasos pautados, ejecutando esa tarea circular, un suplicio de un Sísifo trasladado a la planitud de un litoral, extrayendo del inagotable mar mínimas cantidades de líquido salado, pergeñando su modesta alquimia de extracción del sedimento, retornando otra vez con el carrito a recomenzar ese mismo proceso sin progreso posible, perfecto en su inevitabilidad, en su inutilidad práctica, para esos fantasmas que apenas se conocen ya, que apenas recuerdan, que apenas saben por qué, para qué están ahí, por qué, para qué, van y vienen, van y vienen, como las olas, con igual desconocimiento, vienen y van en la playa de Suma.

 

8.

En uno de los momentos más bellos de una obra que es un puro conglomerado de sublimidades, las hermanas nos revelan que, transportando el agua del mar, llevan consigo también, en sus carritos, la luna que en ella se refleja, una luna duplicada, una para cada hermana. Son carritos pequeños, adaptados a sus fuerzas, pero aún así cabe en ellos ese astro lechoso, amarillo, que, de ese modo, participa de la mecánica de su vaivén: recoger agua es como recoger la luna reflejada en el agua, y cuando esa agua arde se pide Que el humo que sale al quemar la sal tenga cuidado de no empañar la luz de la luna. En ese vacío de la playa, apto para la revelación, se producen acontecimientos prodigiosos como ése. ¿Volverá el poeta? ¿Es el bonzo acaso su espíritu? Quién sabe. O qué importa. A cada noche, las dos hermanas de octubre, el viento y la lluvia otoñales, llevan la luna de un lado para otro y hacen que la luna ascienda, cuando el agua se evapora, para que el reflejo se reencuentre con su objeto. Matsukaze y Murasame son, quizás, felices, en el circuito de su tormento, en el ritornelo de su amor inasible, como feliz se imaginaba Camus a Sísifo.

 

9.

La playa de Suma es, pues, un lugar de manifestación, un ámbito de hierofanía, y sobre su arena el viento borra las pisadas que la lluvia había escrito, y eso ocurre cada vez, ocurre desde siempre y para siempre, de igual modo que las estaciones sempiternamente se suceden unas a otras, de igual modo que las olas se superponen, se devoran, se acoplan en trances amorosos, constituyen sus dinastías interminables. Porque eso es el mar, ese mar inagotable del que las salineras extraen apenas breves cápsulas de infinito. Cuando era niño me contaron, a todos los niños de mi época nos contaron, no sé ni dónde, acaso en aquellas clases de religión tan desabridas de catecismo y penitencia para niños aún inmaculados, que a San Agustín un día se le reveló la inabarcabilidad del misterio de la Trinidad así, en una playa, en la que un niño se afanaba en, cubito a cubito, trasladar esa inmensa masa líquida a un pequeño hoyo en la arena, que había cavado con su palita, esas palas, esos cubos que nosotros, en esos seis, siete, ocho años, manejábamos con destreza y ahínco, esos hoyos que incansablemente producíamos en unas playas que se obstinaban en volver a resetearse una y otra vez, a cada nueva ola. No, no cabe el mar en un agujero en la arena, no cabe el Misterio en la cabeza de un hombre, esa era la moraleja. La leyenda de mi santo homónimo me ha acompañado desde siempre, como una de esas cosas que se aprenden demasiado pronto, quizás innecesaria, inadecuadamente. Pero yo sé hace mucho ya que el mar sí cabe en un hoyo, es más, que todo hoyo en una playa es un mar, que todo mar es un pequeño agujero en nuestros corazones, que el latir es también un oleaje.

 

10.

No hay mar en las Postrimerías. La Jerusalén Celeste no tiene playa. La ultratumba que propone el libro de la Revelación es árida y no es propicia a esos territorios movedizos, caóticos, ingobernables, que acaso le recordaran demasiado al de Patmos a la mesopotámica diosa Tiamat, de enorme cuerpo, sobre cuyo substrato se edificó todo el entramado de creencias y relatos de las mitologías del Próximo Oriente. Sí, al final del Apocalipsis, en el capítulo 21, que es el penúltimo, se nos describe la Ciudad Celeste de este modo: Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido, y el mar no existía ya. Aunque luego, en el siguiente versículo, se describa con minuciosidad de agrimensor la Nueva Jerusalén, nuestros ojos, tan tristes, ya no han podido continuar transitando esas líneas de texto menudo en la hoja de papel biblia. El mar no existía ya. Si el mar no existía ya, ¿qué importa lo que exista entonces? Si no hay mar, ¿quién quiere vivir en ese Paraíso? Ah, si el precio por derrotar a la Bestia era acabar con todo lo que se le asemeja, acaso habría que haberse pensado mejor de qué lado estábamos.

 

11.

Si no hay mar no hay olas. Si no hay olas no hay relojes. Si no hay relojes no hay tiempo. Si no hay tiempo no hay vida. Si no hay vida, el reino de las Postrimerías es un reino de muerte. El mar es el latido, y se siente aunque uno esté lejos, aunque uno esté antes o después. Matar el mar es matar a la Madre de todas las cosas. Es verdad que el tiempo del oleaje es aperiódico, que la escala de ese mecanismo es profundamente no humana, que contar ondas es descontarse inevitablemente, que a veces la resaca nos lleva hacia un dentro en el que no podremos sobrevivir, o la galerna nos trae una lengua de agua en la que anegarse será, sí, convertirse en un habitante del otro lado, en una hermana más de las hermanas. Pero no podemos matar el mar. Matar el mar es condenarnos a una eternidad de sequedad, y de esa noche obscura del alma no nos puede sacar ya nadie, porque justamente el dios que gobierna ese páramo se llama Noche Obscura.

 

12.

En el interesante, y bastante socarrón (es una de las marcas de la casa) relato El gran Serafín, publicado en la colección de cuentos a la que presta el título en 1967, Adolfo Bioy Casares nos traslada a una pequeña, apartada playa en el litoral argentino, un poco más allá de Mar del Plata o Miramar, pero también con el mar en el nombre, en un nombre que igualmente acoge al del matador de dragones: San Jorge del Mar. Dragones, leviatanes, ballenas blancas, diosas primordiales, fuerzas incontrolables, entidades ajenas: el mar es pura amenaza y navegarlo siempre fue un modo de perder la vida, de no saber de qué lado del mapa acabaríamos emergiendo. En San Jorge del Mar todo es banal, pobretón, vanamente pretencioso, aburrido. Nuestro protagonista, el ya no joven Alfonso Álvarez, con esa doble A que no deja de ser un guiño a las alfabéticas iniciales de su creador, pretende realizar allí una cura, recuperar el equilibrio de su salud quebrantada. La belleza del paraje, pleno en acantilados, es innegable, pero desde el comienzo se siente un olor nauseabundo, sulfúreo, el aire se va cargando más y más, se abren grietas profundísimas en el suelo, la temperatura asciende, se suceden, en suma, los signos que aparecerán antes del fin de los tiempos.

 

13.

Sí, en El gran Serafín, de manera manifiestamente sarcástica, una colección de seres mediocres, acogidos en una casa de huéspedes, cuya dueña tiene la ambición de redefinir su negocio ahora que las aguas se han vuelto termales, asiste al fin del mundo, con entereza o inconsciencia dignas de mejor causa. El relato es pródigo en imágenes muy vívidas: unas alas enormes que emergen de esa grieta volcánica, una multitud de peces y monstruos marinos agonizando entre boqueadas en una extensión desmesurada de lo-que-era-el-mar, ese mar que se ha retirado hasta desvanecerse, hasta hervir, como el agua de las salineras, convirtiendo la playa en un desierto, pues una playa en la que ya no hay mar es simplemente un desierto de arena. Así son las cosas: el Apocalipsis alcanza a todos, y no todos son, o somos, o seremos, Juan de Patmos, a veces nos llamamos Alfonso Álvarez y bastante tenemos con lidiar con la estulticia de quienes nos acompañan en tal trance, camaradas aleatorios con los que nos enfrentaremos a la muerte del mar sin arma alguna que poder oponer a ese fenómeno gigantesco, sin argumentos con los que intentar contradecir el crudelísimo designio de un dios que ha optado por la boca seca.

 

14.

En un enigmático aforismo, de los cientos y cientos que produjo a lo largo de las décadas Elias Canetti, puede leerse (en la traducción de Juan José del Solar):

De improviso llegó a su fin toda fe. Una sensación de dicha infinita se apoderó de los hombres. Cada cual bailaba consigo mismo hasta caer exhausto. A cierta distancia de los otros, cada cual volvía a levantarse. El sol resplandecía con más intensidad. Pero el aire era tenue. El mar se volvió incomprensible.

¿Qué es un mar incomprensible? En esa especie de gozoso Apocalipsis inverso que nos pinta Canetti, una humanidad liberada de toda fe, de toda necesidad de transcendencia, ha dejado de entender el mar. Esa potencia abrumadora, esa extensión inagotable, ha desaparecido de los intereses de esos nuevos seres humanos, que se contentan con bailar, caer, levantarse, tomar el sol, respirar con ligereza. Tiamat, de nuevo masacrada, o quizás tan sólo ignorada, superada. Esa Postrimería tampoco tiene mar, pero no hay sequedad en ella, lo que hay es un gran alivio. Porque el mar pesa sobre los hombros de la tierra, y está siempre a punto de derramarse definitivamente, en el paso titubeante de Atlas.

 

15.

El adjetivo original del que proviene la traducción incomprensible es en sí mismo complejo. No se trata del más esperable unverständlich, sino de unbegreiflich. Begreif y Verstehen parecen plantearse como sinónimos, pero greifen sería agarrar, así que begreifen podría llevarnos a un aprehender, un incorporar, más que a la operación de distancia que el entendimiento de verstehen (que equivale a understand) plantea. Es algo, creo, más físico: lo inasible. El mar se volvió inaprehensible, inasible. El gran estudioso de la masa que fue Canetti entiende que justamente el final de la fe es el final de la masa, el nacimiento de una humanidad disgregada, en el que cada uno cae rendido en plena dicha a su modo, por su lado. Toda lejanía se hace innecesaria, toda exploración a lo inaccesible se convierte en algo ya banal. Y entonces, quizás, el verdadero programa de toda la obra de Canetti pueda de una vez ponerse en marcha: acabar con la muerte, acabar físicamente con la muerte, combatirla de todos los modos posibles. Esa inmortalidad linda, de nuevo, con tierras del interior, con mares imposibles. Las olas, mientras, impertérritas, siguen rompiendo.

 

16.

Hace veinticinco años casi exactos tuve el extraño privilegio de recorrer algunos parajes del extremo Sur, de la Patagonia argentina. En uno de ellos, Península Valdés, asistí a un espectáculo inolvidable. Primero muy cerca de ellos, en la playa, en otra playa esencialmente extraterrestre, luego desde la altura de un acantilado, pude contemplar a los elefantes marinos. Son criaturas imposibles, masivas, malolientes, de movimientos lentos en la tierra, rápidos en el agua, su elemento. Alineados a lo largo de la playa, contemplados desde una altura que resultaba protectora para ambas formas de vida, la mía, la nuestra, y la suya, tan frágil en realidad, tan indefensa ante la depredación feroz e incombatible de la Humanidad, comprendí que estaba contemplando a una dinastía de dioses ancestrales, que estaba en presencia de seres cuyo existir más potente me aniquilaría, ángeles verdaderos sin el ropaje luminoso de las vidrieras o el cabello rubio de las ilustraciones de los libros piadosos. Supe así que el universo era, en verdad, atroz, majestuosamente atroz. A ratos, alguno se arrastraba por la arena, se volvía a sumergir. Yo estaba del lado de acá, y sólo por un momento ese vislumbre me mostró que el lado de allá era justamente el lado donde los Apocalipsis tenían lugar, donde los fantasmas habitaban, donde los Misterios se resolvían, donde vivir era algo más que estar vivos. Supe todas esas cosas y me sentí pequeño, muerto de frío, condenado apenas a vagar por las páginas, expulsado de toda playa.

 

17.

En uno de esos versos que memoricé en mi infancia, en aquellos poemas de 1977 de los que escribí ya por aquí, se encerraba una imagen que no he olvidado en estos casi cincuenta años. El autor es Blas de Otero. El poema aparece con títulos diferentes en dos libros distintos. En el primero, en la apertura del fundacional Ángel fieramente humano, se llama Lo eterno. En la refundición de ese Ángel con el siguiente libro, Redoble de conciencia, que se dio en titular Ancia, el poema se denomina, significativamente, La tierra. De la eternidad hemos pasado a lo telúrico. Como todos los poemas de Otero esa época (hablamos de los primeros cincuenta), el tono desolado de una mística fracasada de ese ángel que no sólo es humano sino que lo es fieramente, nos conmueve. Por eso, cuando llegan los últimos tres versos nos sentimos golpeados

…El mar ―la mar―, como un himen inmenso,

los árboles moviendo el verde aire,

la nieve en llamas de la luz en vilo…

Y así, en esos puntos suspensivos se cierra el poema, y se abre el tránsito del ángel terrenal.

 

18.

El niño que leía ese poema, en la antología de Cátedra que compró de la mano de su padre, apenas había incorporado, si es que lo había hecho, a su vocabulario la palabra himen, en ese tiempo de tabúes y silencios. Pero ese hermafroditismo de la mar el mar, resuelto en esa idea de membrana, en esa idea de algo flexible, penetrable, fracturable, en ese inmenso que no parecía mostrar piedad alguna, obviamente marcaron la lectura, porque durante muchos años he vuelto a la imagen. Apenas hace unos meses intenté desentrañarla, es decir, desactivarla. Esto es lo que escribí, presumiblemente inútil:

La imagen de una continua interpenetración de las olas, del mar contra el mar, que no consigue perforar esa superficie que lo define y que revelan las llamas de la luz, se condensa en la atrevida metáfora del himen, que parece llevarnos a ese El mar – la mar, con la ambigüedad de género gramatical y de sexo del mar, devenido así hermafrodita, en perpetua pugna de apareamiento. Todo el poema es convulso, y desolado metafísicamente, acorde al tono del libro. Pero la muerte, desde dentro, ve. No sirve cerrar los ojos, se trata de ir a contramuerte.

 

19.

En El gran Serafín, de repente, el mar se ha parado. Hay una cosa que nunca deja de moverse en el mundo: el mar. Hay un reloj que siempre funciona. Lo hacía mucho antes de que la Humanidad apareciera, lo seguirá haciendo cuando nos hayamos ido, si es que antes no hemos matado a todos los mares. Hay un viajar de mareas, una pelea sin vencedor posible entre las olas, hay faunas abisales que nos salen a saludar del otro lado del grueso vidrio del batiscafo. Un mar en parada cardiaca, el electrocardiograma plano del Gran Dios Pan, el pitido final con el que se despide la emisión del Cosmos. Todo eso son asuntos graves. Sin mar, ¿qué luna podrán acarrear las salineras? Sin playa, ¿dónde dormiremos al alba, después de toda la noche despiertos? Sin brisa, ¿para qué nos abrazaremos? Sin arena, ¿dónde nos tenderemos para besarnos? Si no hay mar, ¿cómo nos va a traer la Arponera el ámbar gris de un cachalote?

 

20.

No somos capaces de construir mares, pero sí desiertos. ¡También se muere el mar!, lloraba Lorca ante la tumba de su amigo Ignacio, tan poco antes de ser él también condenado al fin del oleaje entre sus sienes. También se muere el mar, los mares, decimos, y no nos desdicen las caracolas fósiles en mitad de los continentes. Más terriblemente, de una forma indeciblemente más atroz, podemos asistir a la muerte del mar, no como lejanos estudiosos de las eras geológicas, sino como partícipes de un desenlace irreversible asociado a la sobreexplotación, a la carencia de respeto por los ritmos naturales. Cuando el niño que leía a Blas de Otero recorría, feliz, interminablemente, los atlas o hacía girar el globo terráqueo, siempre le sorprendía que la palabra mar se aplicara también a los mares que estaban encerrados. Supo muy pronto del contradictorio Mar Muerto. Sólo muchos años después pudo entender cómo esa sal era un cuchillo para los labios, provocaba la dolorosa ceguera en los ojos que había que lavar apresuradamente con agua dulce. Supo de los Grandes Lagos, del inmenso Mar Caspio, del extraño apéndice que era el Mar de Azov. Supo que ser mar era ser salado, en este mundo o en el otro. Las salineras bien podrían habérselo explicado.

 

y 21.

Había otro mar que el niño prefería: el Mar de Aral, en Asia Central. En aquellos mapas de los primeros setenta, era tan mar como lo podría ser cualquier otro, le correspondía el característico celeste, que en las cartografías más ambiciosas, se teñía con diferentes tonos para marcar la profundidad de las aguas, del mismo modo que los marrones mostraban las curvas de nivel del relieve de la tierra. El Mar de Aral tenía agua, agua salada. Hoy ya no existe el Mar de Aral, es apenas una breve lengua líquida acosada por el avance imparable de un desierto desolado. En Pare cantaba Serrat, y yo con él tantas veces, a la muerte del mar, de los ríos, y nos decía que si no hay peces ni leña tendremos que quemar la barca. Las barcas que surcaban el Aral se embarrancaron para siempre en ese estado definitivo de la entropía que es el desierto. Aral no es ni siquiera un Mar Muerto, es un nomar, es el mar que fue, es un mar al revés, un mar de lágrimas secas, pues en la noche obscura que transitamos ni para fabricar lágrimas nos queda ya agua dulce que combinar con la sal de las salineras. Hemos matado al mar y eso ha ocurrido mientras nosotros vivíamos, y por ello, nuestro duelo será definitivo, cargaremos con una culpa infinita, mucho más pesada que la roca de Sísifo, una carga que no nos dejará ser felices, porque se irá incrementando cada día, porque seguiremos matando mares, construyendo desiertos. Ah, si pudiera existir de verdad un dios al que alzar nuestras plegarias, un dios de flores y frutos, un dios de viento y lluvia, un dios que fuera capaz de darle la vuelta al mar de Aral y convertirlo así otra vez en la vida. Tal vez entonces, cuando descendiéramos del tren, nos encontraríamos con un oleaje inesperado, y volveríamos de nuevo, y ya para siempre, a ser jóvenes.

jueves, 24 de septiembre de 2026

Un pintalabios

Catorce estampas del infinito

 

 

Tu amor es una avalancha,

cae por su propio peso al existir,

ayer, hoy y mañana

la nieve en la que me quiero hundir.

ROSALÍA, La yugular

 

I.

Conviene precisarlo desde el principio: el infinito es un estado de ánimo. Adviene ―el verbo es justo― bajo formas variadas pero, por lo general, inconfundibles, que van desde la sensación de vértigo perfectamente reconocible en la boca del estómago al temor-y-temblor que acompaña siempre la visión numinosa, pasando por algo que, a falta de mejor nombre, se podría llamar titilación intelectual. Los contextos también son muy variados: el infinito es una herramienta de trabajo actualmente ya trivializada en la práctica de la Matemática, incluso de la más elemental, pero también articula ciertas divagaciones cosmológicas, por no hablar de los debates de trasfondo eléata que han ido sucediéndose en esa parte de la Filosofía que está al lado (meta) de la Física. Y, last pero definitivamente not least, el infinito es un invitado habitual en los más bellos poemas que se hayan escrito nunca.

 

II.

El infinito es, así, empaquetable. Cabría sorprenderse de que algo que es, en su concepto, desmesuradamente grande, inconcebiblemente inabarcable, pueda doblarse diligentemente, introducirse en una caja, o unos versos, o un cuadro, o una canción, y mantenerse allí, convenientemente depositado hasta la siguiente vez que uno desee aspirar ese perfume, demencial, qué duda cabe, pero irresistible, de las cosas que no nos caben en la cabeza. En realidad, lo que hubiera resultado verdaderamente asombroso es que el infinito no fuera así almacenable, ordenable en las estanterías del corazón, porque el infinito pertenece al orden de las palabras, y si se quiere de los anhelos, no al de la realidad, que es esa cosa filosa en la que lo que ocurre no es lo que deseamos, en la que estamos desde el antes del estar, a la que intentamos oponer, con éxito dudoso, una identidad que se querría levantar de ella, como si un cromo adhesivo, en su bidimensionalidad, pudiera alzarse y negar su ser-álbum. En definitiva, el infinito es, ya se dijo al principio, un estado de ánimo.

 

III.

Hablo del infinito, que bien podría ser una cosa con plumas, como la esperanza de Emily Dickinson, pero en todo caso sería una rara avis de nuestra modesta colección ornitológica. Puedo hacerlo, porque me he educado en el comercio con esa fauna abisal, ya desde aquellos días tan lejanos de mi infancia en la que se me informó de que existía el paso al límite y, sin nombrarlo, se recurrió al venerable método de exhaución para justificar que un círculo bien puede ser un polígono de infinitos lados, y una integral el resultado de una yuxtaposición de rectángulos. Muy pronto aprendí, para mi solaz, que un ocho tumbado podía añadirse al plumier de los números reales para sacarlo a terminar el dibujo cuando una serie divergía o, simplemente, cuando uno quería calcular las cosas que pasaban allí, muy lejos, más lejos aún, todo lo lejos que imaginarse pueda. Ningún temor-y-temblor, los paladines de la Matemática no nos acobardamos ante semejantes dragones: no en vano los hemos criado nosotros, y sabemos que en el fondo son inofensivos, alimañas de guardarropía.

 

IV.

Año tras año, vez tras vez, hasta hace esos dos cursos que ya vengo faltando desde mi jubilación, por estas fechas más o menos, les expliqué a mis alumnos aquello de que la imagen de un objeto situado en el foco objeto de un sistema óptico está en el infinito, y que, recíprocamente, un objeto que esté en el infinito tendrá su imagen en el foco imagen. Los rayos que salen de un punto forman un haz, si los imaginamos tridimensionales, constituyen un cono con vértice en ese punto emisor. Si alejamos y alejamos el punto, ese cono se va haciendo más y más cilindro, los rayos empiezan a perder el ángulo que los conectaba, a hacerse paralelos. Así los pintaba yo en la pizarra, trasladando al mundo polvoriento de las tizas y de los pulsos no siempre tan firmes y las líneas que podrían ser mejores rectas, el objeto platónico llamado infinito. Asuntos cotidianos, materias triviales. Ese infinito de la Óptica geométrica en pocas horas ya comía de nuestra mano.

 

V.

En otros ratos, si se terciaba, podía jugar a generar una perplejidad un poco superior. Olvidemos el ocho tumbado, admitamos que eso es un artificio. Juguemos en serio al infinito. ¿Os han contado alguna vez las aporías de Zenón,el eléata? A mí me las contaron a tierna edad, más joven aún de lo que eran mis alumnos, en una clase en la que se juntaron los profesores de Matemáticas y Filosofía de 3º de BUP de mi colegio, un día que aún recuerdo vivamente cuarenta y cinco años después. Supuso un reto intelectual, es decir, supuso un juego, es decir, supuso un gozo. A Aquiles no le daban sus veloces pies para sobrepasar a una tortuga, que con disciplina digna de encomio, se afanaba en cubrir una distancia arbitrariamente larga en una carrera que parecía haber sido convocada sólo para su escarnio. Ah, pero el espacio es divisible infinitamente, nos dice Zenón. Ah, pero el tiempo es divisible infinitamente, se callaba. O no, o ninguna de esas cosas son sostenibles en realidad, y el movimiento es una ficción, porque el movimiento es, en realidad, una ficción, porque no hay nada continuo en la naturaleza, porque nuestra visión también procede fotograma a fotograma. Pero no sigo por aquí, la vía al infinito que he elegido para hoy es otra.

 

VI.

Sí, porque nadie que sepa de Matemáticas ignora que el reino de las Matemáticas no es de este mundo, y que los objetos matemáticos son asuntos del pensamiento. Del pensamiento humano, cabría añadir, si bien no somos especialmente buenos en imaginarnos otros pensamientos, bien sean animales o extraterrestres. Nos aqueja una penosa falta de imaginación a ese respecto. Es decir, la Matemática es también uno de esos países ficticios por los que nos paseamos, mientras la vida avanza, inexorable, hacia nuestra extinción, y el universo nos ignora, por mucho que le intentemos tirar de sus barbas imaginarias. Esos infinitos valen para muchas cosas. Nos valen para que nos coloquen las gafas apropiadas. Nos valen para poner a los alumnos a calcular el campo gravitatorio que una masa genera a distancia infinita (trampa: el campo va a la inversa del cuadrado de la distancia, y dividir por infinito es cero, ya lo saben). Nos vale para armar esas gloriosas cadenas de abstracciones de las que, un día, como un conejo de una chistera, sale, por ejemplo, este ordenador portátil en el que estoy escribiendo. Ah, me gusta esto, me gusta la Ciencia, soy un científico de raza, hasta me he ganado la vida con ello. Loor a la Ciencia, nadie entre aquí que no sepa geometría. Pero no, no era de eso de lo que había venido a hablar esta tarde.

 

VII.

El infinito es un estado de ánimo. No es únicamente lo indefinido, lo vago, lo neblinoso, lo que se nos escapa por los márgenes, en esta especie de miopía consubstancial que padece nuestro raciocinio. No es el puro agotamiento de la sucesión de los naturales, que pasa del uno al dos y sin mayor motivo corre al tres y al cuatro y cuando uno se descuida está en el cien mil y no le queda más remedio que seguir al cien mil uno, y renunciar a la redondez de sus ceros y no parece que, una vez lanzados, eso ya tenga modo de pararse, pero, claro, quién va a seguir acumulando incrementos, qué absurdo demiurgo contable va a dar fe de que efectivamente, llegados al gúgol (que suena, vaya, como Google, que no está tan lejos de las goggles que uno bien se puede poner delante de los ojos, redonditas como ceros), nada impide subir la apuesta y aterrizar en el gúgol más uno, y ahí la vemos, a la mente, bien satisfecha con los rollizos miembros de su progenie, como si no nos muriésemos, como si el universo no fuera finito, como si no hubiera empezado nunca, como si tuviéramos a nuestra disposición la varita mágica para transformar nuestros deseos en carrozas para ir al baile, nuestras ideas en cosas de comer.

 

VIII.

No, el infinito del que quería hablar hoy es el empaquetable, el cerrado, el transportable, el evocable, el atado con un lazo quizás rosa, el que puede ser tan pequeño como un virus, un virus que avanza, avanza por el cuerpo y se instala en un corazón ávido siempre de besos mortales. El infinito que un día, allá en su jardín-prisión de Recanati, el jorobado y enfermo crónico Giacomo Leopardi, quiso vislumbrar, esto es, encapsular, en unas coordenadas definidas, en un ermo colle, un infinito que, oh paradoja, no era el de la vista que se pierde sin límite, más allá de toda agudeza visual practicable, esa vista agotada que conduce inevitablemente al lagrimeo de eso que es también un infinito, el infinito de la derrota de lo visual, el infinito del horizonte que converge con el mar mientras el monje de Caspar David Friedrich reniega de toda fe digna de tal nombre. Sí, porque ahí, en ese lugar que, predestinadamente, se denominaba Monte Tabor, como el emplazamiento de la Transfiguración, justamente una colina obtura el lejos del cuadro, y es con la imaginación como hemos de fingir o fungir, etimológicamente correctos, lo que hay más allá, que es el lugar donde se crían los pequeños infinitos de andar por casa.

 

IX.

Según he sabido hace apenas unos días, en el bicentenario de la composición del poema L’infinito de Giacomo Leopardi, que data con gran probabilidad de 1819, la RAI reunió a 22 cantantes italianos de entre los más conocidos, algunos ya con estatus decididamente de leyenda, para que leyeran el poema, un verso cada uno. El resultado es conmovedor. La frase final, la inmortal línea que nos recuerda que es dulce naufragar, con ese aparente oxímoron, la pronuncia la incomparable Mina. Conozco esos versos desde hace muchas décadas y he vuelto muchas veces a ellos, pero así, escuchados, en el original, con esas voces, uno adquiere la dimensión que le falta a la plana página, el infinito echa a volar y le arrastra con él. Incorporo aquí el poema, por si hiciera falta. Y adjunto la traducción al castellano de María de las Nieves Muñiz Muñiz, la mejor, a mi juicio, de todas las que he podido leer.

Sempre caro mi fu quest'ermo colle,

e questa siepe, che da tanta parte

dell'ultimo orizzonte il guardo esclude.

Ma sedendo e mirando, interminati

spazi di là da quella, e sovrumani

silenzi, e profondissima quiete

io nel pensier mi fingo, ove per poco

il cor non si spaura. E come il vento

odo stormir tra queste piante, io quello

infinito silenzio a questa voce

vo comparando: e mi sovvien l'eterno,

e le morte stagioni, e la presente

e viva, e il suon di lei. Così tra questa

immensità s'annega il pensier mio:

e il naufragar m'è dolce in questo mare.

Siempre caro me fue este yermo cerro

y esta espesura, que de tanta parte

del último horizonte el ver impide.

Mas sentado y mirando, interminables

espacios a su extremo, y sobrehumanos

silencios, y hondísimas quietudes

imagino en mi mente; hasta que casi

el pecho se estremece. Y cuando el viento

oigo crujir entre el ramaje, yo ese

infinito silencio a este susurro

voy comparando: y en lo eterno pienso,

y en la edad que ya ha muerto y la presente,

y viva, y en su voz. Así entre esta

inmensidad mi pensamiento anega:

y naufragar en este mar me es dulce.

 

X.

Así se empaqueta un infinito. En dieciséis versos. Es verdad que el título ya nos predispone, pero la narrativa nos conduce igualmente. Quietud y ruido del viento, una lejanía que contrasta con el recogido paraje en el que nos sentamos a que pasen las cosas, y entonces la sensación de anegamiento, y ese mar que es el de un pensamiento que se da por vencido y gozosamente se hunde en el no ser que es nuestra condición primaria y nuestro ulterior estado: de la nada a la nada. La Augusta Nada. Sencillo, ¿no es así? No es que la titilación no ocurra pintando ochos tumbados, ocurre, a mí me sigue ocurriendo. O considerando las inconsistencias del lenguaje que nos relata. O imaginando ese confín donde ahora, en este instante, el noespaciotiempo cede y se deja invadir por el pujante Cosmos que parió un estallido que ocurrió en el noespaciotiempo gemelo por nada, para nada. La Augusta Nada. Todo eso bien que nos pone a vibrar en su resonancia, que es otro término de la Física que convive con la poesía. Como todos. Esa resonancia que, en el primer orden de las ecuaciones de los osciladores acoplados nos produce literalmente una transferencia total de energía, nos aboca a la asíntota, a una divergencia en la expresión matemática. Ah, la Física es un placer, ya hubo alguien que lo cantaba mientras estudiábamos la carrera.

 

XI.

Así es, por lo tanto, la cosa, el juego. Nada existe de verdad, y mucho menos nosotros. Somos accidentales, contingentes, evitables. Somos irrelevantes, por ende. Todo es irrelevante. Pero aquí estamos, esta tarde de septiembre, algo tenemos que hacer para que las cosas no duelan, y si hay suerte, para estar bien, para estar contentos. Jugamos entonces al infinito. Jugamos a los escalofríos. Los escalofríos son la respuesta física del estado de ánimo que llamamos infinito. Son una respuesta inconfundible. Producen el mismo bienestar que esos chorros de la ducha fría cuando hace el calor asfixiante que la catástrofe climática ha vuelto común también en estas épocas del año. Son como esos dedos que entran entre los cabellos y masajean levemente la piel del cráneo. El infinito es eso que desciende por la espina dorsal. Luego se acaba. Todo se acaba. El infinito también, el infinito se acaba en seguida. Pero uno puede tirar otra vez los dados, uno puede apostar otra vez en la ruleta. Al catorce. Siempre al catorce, que es el número del infinito, al menos para Asterión, según nos hizo saber Borges. Ya hemos hablado de ello. El Minotauro está solo en su gran casa de muchos pasillos. De vez en cuando se le hace ofrenda de jóvenes atenienses de ambos sexos que él devora, cabe pensar, con rigor y sin especial ensañamiento. Uno, dos, tres, doce. Y conmigo trece. Catorce es lo que viene después, es todos. Es más que todos. Es lo inabarcable, el infinito actual que por una vez tiene nombre. Sí, al catorce, el catorce nunca falla.

 

XII.

Borges. Claro, Borges. Otro de esos psicopompos en vida que nos dirigen a los jardines de las cosas inesperadas. A la acendrada limitación, casi ascética, del poema de Leopardi, Borges, con semejante fin, opone las largas tiradas de versos que heredó de uno de sus referentes declarados, Walt Whitman, el poeta de lo interminable, otro que encontré tan pronto. Sí, Borges acumula items, como sacados de una gran caja de hilos que contuviera los botones más variados, de formas inconcebibles, polígonos irregulares, estrellas de muchas puntas, curvas de enésimo grado, y que también contuviera hilos de grosores infinitesimales y gruesas maromas de barco, y retales de todos los colores y estampados. Va sacando, como en un bingo sideral, y va cantando los números. Vi el populoso mar, dice, por ejemplo ―empezar por el mar siempre es una apuesta segura―, y el pie empieza la danza: vi el alba y la tarde, y vi las muchedumbres de América, y seguimos aún instalados en lo desmesurado, parece mentira que eso nos haya cabido alguna vez en la caja de hilos de la abuela, decorada con motivos japoneses, pero entonces cambiamos el paso y lo que vemos es una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, con esa concreción que nos golpea, como si hubiéramos irrumpido descuidadamente en una intimidad que nos estaba vedada, y para cuando lo que vemos es un laberinto roto, que era Londres, se nos dice, el Londres que había sido bombardeado por el tiempo en el que el texto se escribía, ya hemos entendido con absoluta precisión lo que es un Aleph y lo que un Aleph contiene. 


XIII.

Sí, la vieja enumeración caótica, que sólo es caótica en el nombre, porque es un ensamblaje de rigurosa eficiencia mecánica, que reaparece en muchos otros poemas del argentino. Ahí, el infinito está en los huecos, en los objetos que no comparecen, que no pueden comparecer porque son legión. Y también en el zoom mareante que nos lleva de lo mayor a lo menor, en esos cambios bruscos de foco que nos producen, como en el film de Hitchcock, vértigo, otro de esos síntomas agobiantemente físicos del infinito, es decir, del miedodeseo ―el neologismo es obligatorio, porque ambas emociones son en este caso inseparables― de la caída, de la confrontación con las verdaderas dimensiones del estar vivo y su sujeción a la coerción gravitatoria. Esas respiraciones, esas alternancias de sístole y diástole, nos conducen a la embriaguez del derviche que gira sin término, ahora estamos aquí, ahora estamos allí, siempre estamos en el mismo sitio, somos el eje en torno al cual todo danza, y suena, por supuesto, Battiato, que es el que más sabe de infinitos, e tutto gira intorno alla stanza, hemos vuelto a hacerlo, hemos empaquetado el infinito, ahora en un bulto más alargado y plano, antes en una bolita tornasolada, en una canica, otras veces en un billet doux, siempre, en el leve rasguñar la piel de toda caricia, siempre, en el espacio negrísimo que abre el beso de los ojos cerrados.

 

XIV.

A estas alturas de mi vida, viejo lobo de mar de los poemas oceánicos, he coleccionado muchos infinitos. Cabría pensar que la edad agota esa especie de ingenuidad que requiere el avistamiento de las mariposas de lo inalcanzable. Pero no, sigue aconteciendo, y cuando lo hace es preciso registrarlo. Una de las últimas veces fue hace casi un año, el 7 de noviembre de 2025 (es preciso fechar el acontecimiento, como lo hacían los místicos con sus iluminaciones). Ese día volví a encontrar el infinito, empaquetado en una canción. Se difundió sobre mí como un chorro de los bytes que codificaban esas notas musicales. Lo trajo una voz inolvidable, una voz que enunciaba su propia enumeración caótica, compuesta de una alternancia metronómica de lo inmenso y lo diminuto. En ese país nevado un haiku era suficiente para cubrir toda la extensión del territorio, y una pirámide cabía en un vaso de leche. Según se iba subiendobajando ―de nuevo, hay que retorcer el lenguaje, si queremos estar a la altura de lo pronunciado― el pecho se iba expandiendo y contrayendo, y ascendía la felicísima congoja del don de lágrimas. Por lo que sea, porque así es como acontecen los milagros, de repente, inesperadamente, un pintalabios ocupó el cielo. Y todo fue consumado. Muchas escuchas después, muchos meses después, muchas horas de estudio después, una conferencia después, un concierto después, ahora, cuando he escrito la frase, mis ojos han vuelto a humedecerse. Así es el infinito: droga dura. Por eso no hay que dejarlo pasar, por eso hay que aferrarse a él, porque son éstos los momentos que de algún modo podremos arrojar, como el que se saca cuando llega a casa la calderilla del bolsillo, en el otro plato de la balanza del haber vivido, ése que no equilibrará de ningún modo la infinita negrura de la ciega existencia. Pero algo hay que hacer una tarde de septiembre y pocas cosas se me ocurren mejores que escuchar otra vez, en bucle, La yugular, de Rosalía. Y escribir sobre ello. Escribir unos párrafos. Contad si son catorce, y está hecho.




martes, 25 de agosto de 2026

Sol negro

  

Le soleil noir de la mélancolie, qui verse des rayons obscurs sur le front de l’ange rêveur d’Albert Dürer, se lève aussi parfois aux plaines lumineuses du Nil, comme sur les bords du Rhin, dans un froid paysage d’Allemagne.

GÉRARD DE NERVAL, Voyage en Orient

 

 

1.

Un minuto antes, sin duda, el espectáculo es grandioso. Lleva siéndolo ya una hora. De algún modo, lleva siéndolo ya meses, años, todo ese día de calor insoportable en el que vagamos como zombies por Medinaceli, excursionistas, veraneantes, peregrinos astronómicos, venidos de muchos lugares, cada uno a lo suyo, con los suyos, muchos con sillas plegables y mesas plegables y viandas y todos con gafas de montura de cartón y diseños pretendidamente divertidos, sin saber muy bien qué hacer hasta que llegue la hora, comiendo donde se puede, viendo llegar más y más gente, autobuses, localizando el mejor punto, el sitial, el omphalos donde se va a recibir la iniciación, distribuyéndonos por la árida ladera, más acá y más allá de las murallas, bien seguros de mirar hacia Occidente, que es el lugar donde las cosas mueren.

 

2.

Sí, un minuto antes, el espectáculo es grandioso, lleva siéndolo ya muchos minutos. Yo estoy solo, aunque a esas alturas ya formo una familia con las personas a las que el azar ha querido reunir para la Observación, para el Magno Evento, llevo un libro, siempre llevo un libro, lo leo de turbio en turbio, porque hace mucho, mucho calor, a ratos sentado en el suelo, a ratos de pie, como para no perder la posición que he seleccionado, llevo todo el día, me he cogido el coche esa mañana en Madrid, hasta ese momento no tenía decidido siquiera dónde iba a ir, pero a algún sitio iba a ir, eso no me lo podía perder, y ahora ya estaba pasando, lleva pasando una hora, miro, con las gafas, veo como el bocado al queso amarillo del sol cada vez es mayor, la luz ambiente va cambiando, va haciéndose, no sé, malva, no hay palabras que lo describan con precisión porque el lenguaje está hecho para lo cotidiano y los eclipses siempre fueron algo excepcional, inusitado, terrible, bellísimo.

 

3.

Tres minutos, dos minutos, un minuto, treinta segundos antes, el espectáculo es grandioso. Ya casi no hay Sol, ya ha sido casi completamente devorado, acaso por el lobo Fafnir, acaso porque éste es, una vez más el Ragnarök. Ya se nota el frío, se vislumbran las estrellas, el ambiente es casi nocturno. El casi es la clave. Hasta ahí ya he vivido cosas parecidas. Un eclipse parcial, anular, en Madrid, cuando era aún profesor de la Facultad de Óptica: hicimos experimentos en el parking, proyectamos el sol con lentes, tomamos fotos que luego usamos mucho tiempo en las clases. Otro eclipse parcial, casi total, anterior, que me pilló de viaje en Ravenna, recién llegado esa mañana, sin gafas para verlo: con el plano de la ciudad que acababa que comprar improvisé una cámara obscura haciéndole un agujerito en el centro: en el suelo apareció esa figura que se parece a un creciente, pero no lo es. El sol, en lucha amorosa con la luna, que se aproxima para abrazarlo. Cuando aquello funcionó, sentí que Alhazén me sonreía desde el milenio anterior.

 

4.

Así que hasta las ocho y media todo fue grandioso, maravilloso, impresionante, todo fue bello, y extraño, y sorprendente, y un poco terrorífico, como lo son los eclipses parciales de sol. A cada uno le toca uno, unos cuantos en su vida. No hay que perdérselos, hay que vivirlos con intensidad, son cosas que no ocurren todos los días. Pero entonces… Ay, entonces. Entonces pasó algo. Pasó lo que tenía que pasar, lo que sabíamos que tenía que pasar, porque hace muchos siglos ya que la ciencia sabe predecir esas cosas con precisión, pasó lo que habíamos visto en fotos, en vídeos, lo que nos habían explicado cuando éramos escolares. Pero eso sí que no lo habíamos vivido ninguno. Hacía más de un siglo que no pasaba en la Península Ibérica. Empezó el eclipse total, la fase de la totalidad. La luna venció en su lucha, el sol se dejó ir, se tendió en su lecho del firmamento y la luna le cubrió con su cuerpo. Algunos aplaudieron, aplaudimos. Todos suspiramos. A mí, supongo que a muchos más, me recorrió un escalofrío y tuve una absoluta sensación de euforia. Empecé a decir, a esa familia improvisada y efímera que me acompañaba: esto era, esto era, para esto hemos venido. Y ahí, en ese momento, se acabaron los adjetivos.

 

5.

Se podría argüir que, por mi formación, por mi vocación, no puedo ser ajeno a los fenómenos astronómicos, yo, que iba para astrofísico hasta que me convertí en físico teórico. Que, por dedicarme a la Óptica toda la vida, las cosas referentes a la observación, a la luz, a la fotografía, me tienen que interesar. Todo eso es cierto, mi mitad de científico disfrutó enormemente del espectáculo, pero esa mitad dispone sólo de una herramienta, potentísima, sí, muy desarrollada, sin duda, pero limitada al fin: la razón. No, el que verdaderamente se exaltó en ese momento, el que quería gritar y llorar fue el otro, la otra mitad, el poeta. El poeta romántico, melancólico, místico, ése que también soy. Era para él para quien se había concebido esa extraña performance, esa danza. Porque el sol blanco, amarillo, rojo, de cada día, el sol deslumbrante que envía sus rayos e ilumina, presta claridad, arroja sombras definidas, el sol que es Apolo, el sol diurno, pertenece a la razón y a la Ciencia, pero el Sol Negro es de los poetas.

 

6.

De nuevo, cabría invocar al azar, pero en este caso eso no sería realista: hay demasiada historia detrás como para ignorarla. En todo caso, sí ocurrió inadvertidamente. Siempre llevo un libro conmigo, no puedo concebir una espera, un café, un rato muerto, sin una lectura a la que acudir. Tengo siempre tanto que leer. Elegir qué libro me acompaña a cada paseo es tarea ardua, tengo que prever lo que voy a necesitar si llego a usarlo. Ahora, en estas semanas, estoy trabajando mucho sobre Gérard de Nerval, del que ya les he hablado en alguna otra ocasión por aquí. Así que el libro que llevaba, en realidad para releerlo, porque es un texto del que ya me he ocupado bastante en el pasado, era Nuits d’Octobre, en la edición de Classiques Garnier que había comprado poco antes (mi ejemplar anterior era el de Folio, y hace ya tiempo que me hice con las Obras Completas de Nerval en la maravillosa y apabullante Bibliothèque de la Pleiade). Lo llevaba en el bolsillo de las bermudas. Lo sacaba a ratos, a ratos lo guardaba, subrayaba con mi portaminas, ahí, de pie, bajo el agotador sol de justo antes de su agonía y muerte, que había decidido, quizá como despedida, destrozarnos la cabeza con sus rayos. Me acompañó durante todo el día en Medinaceli. Por los auriculares sonaba Battiato. Estaba rodeado por mis amigos.

 

7.

Las Noches de octubre narran un itinerario nocturno. Toda mi vida he escrito, no sé muy bien por qué, itinerarios nocturnos, desde aquel día de mis quince años recién cumplidos, en 1979, cuando me senté en mi flamante máquina de escribir y teclée Tres de la mañana. Persigo las palabras por la habitación. No eran las tres de la mañana, a esa edad, viviendo en la casa de mis padres, mis excentricidades horarias todavía estaban más o menos controladas. En el poema abandonaba esa habitación de la búsqueda estéril de los versos y salía a la ciudad nocturna, convertido en nictálope, en noctívago, en peregrino o errante, y ese viaje me hacía encontrarme con una desolación que me llevaba a exclamar, al unísono con el Lorca de New York No hay siglo nuevo ni luz redentora, para acabar retornando, agotado, al alba, mientras aullaban los perros centelleantes del amanecer para arrancarme el alma a jirones. Tenía, ya digo, quince años.

 

8.

Desde entonces, en otros poemas, en muchos relatos, en mi novela, hay itinerarios nocturnos por ciudades a mitad de camino entre la realidad y el sueño. Nerval también fue ese extraño paseante obscuro, como lo fueron otros, y por eso me reconocí en él y por eso Nuits d'Octobre, que acaso puede tomarse como una obra menor, me subyuga. Así que, sí, fue inadvertidamente cómo seleccioné ese librito para que fuera mi guía el día de la muerte de la luz, fue consecuencia de otro proceso paralelo que no tenía nada que ver con el eclipse, que el eclipse, de algún modo, rompía, o ponía entre paréntesis, pero lo cierto es que allí estábamos el bueno de Gérard Labrunie, poco antes de colgarse en la rue de la Veille Lanterne, esa noche blanca y negra, y yo, mirando de frente ese hueco de profundidad insondable, ese ojo negrísimo, abismal, que, como todo abismo, y como bien avisó Nietzsche, nos devolvía la mirada.

 

9.

Pero si la ironía de que yo estuviera recorriendo las noches de un octubre de hace casi dos siglos durante un agosto de 2026 con el sol cayéndome a plomo en el costado de Medinaceli, acabó por revelárseme pronto, lo cierto es que no fui consciente hasta bastante después, absurdamente, de que la presencia de Nerval era aún mucho más significativa, mucho más atinada, pues ¿no estábamos acaso en presencia, por fin, por primera y probablemente última vez en mi vida, del Sol Negro? ¿No éramos él y yo melancólicos? ¿No escribió él una vez que en su laúd constelado portaba le soleil noir de la mélancolie? ¿No me había estado yo preparando, sin saberlo, sin ser consciente, durante toda mi vida para eso, justo para eso? ¿No era ése, entonces, el momento culminante de mi vida?

 

10.

Por eso, por eso estaba yo tan eufórico, por eso ese momento fue incalculable, inabarcable, por eso ese minuto y cuarenta y un segundos fueron un tiempo sin tiempo, infinito, por eso el primer rayo de diamante que salió por el otro lado del sol, de ese sol que ya se zafaba del abrazo de su compañera y quería volver a imponer su tiranía, se sintió como una lanzada, como una vuelta a una realidad de calor y de luz que me obligaba a ponerme las gafas, a protegerme del resplandor, a aceptar de nuevo la cosmología, la cronología, a poner en marcha de nuevo la cuenta atrás de mi vida, a la que le quedan ya cada vez menos dígitos. La puesta de ese sol aún demediado, cada vez más rojizo, fue, de nuevo, quién lo duda, un espectáculo grandioso, como lo que había pasado antes, pero los habitantes de Saturno, ese astro obscuro, exiliados aquí en la tierra, con nuestra atra bilis, por una vez, una única vez, habíamos alcanzado la más gloriosa y gozosa legitimidad, porque nuestro emblema sagrado se había alzado en el cielo sin oposición durante un minuto y cuarenta y un segundos. Luego volvimos a nuestro lugar en la historia, volvimos a sentir la Falta, esa Falta que se extiende en todas las direcciones del tiempo y el espacio. Pero ese minuto y cuarenta y un segundos fuimos, la palabra tiene que ser esa, triunfantes.

 

11.

La melancolía es horizontal, la depresión es vertical. La melancolía es un desierto, la depresión es un pozo. Depresión es un término clínico que define una dolencia terrible, que afortunadamente nunca me ha aquejado. Es un término que existe en tanto existe la Psiquiatría. Melancolía es algo muy anterior, algo que viene rodando desde hace dos mil quinientos años. No es un trastorno, es una condición, un modo de estar en el mundo. No es algo biológico, salvo que queramos resucitar la teoría de los humores de la medicina hipocrática. Es algo cultural, conceptual. Es algo que no sólo permite vivir, sino que impone justamente una exigencia a esa vida, que es algo tan evidentemente insuficiente que la asociación entre el temperamento atrabiliario y la capacidad creadora, el genio incluso, que se estableció ya allá por el tiempo de los Problemas del Pseudo-Aristóteles, parece inevitable. El estado del melancólico no es de postración, sino de inquietud, de desasosiego, como bien sabía Bernardo Soares, que se paseaba, irreal, como todos, por la ciudad de la saudade.

 

12.

Abusivamente acaso, la psicoanalista Julia Kristeva, en un libro que hizo fortuna, empleó las palabras Soleil noir, directamente tomadas de Nerval, para titular un tratado en el que estudiaba la depresión desde el punto de vista freudiano. El análisis que hace del soneto El Desdichado, donde se incluye la famosa frase, es muy simplón, como suele serlo cualquier estudio que se sitúa en una perspectiva tan restrictiva y que se refugia en una jerga particular que, con la limitación del lenguaje que supone todo argot, quiere encerrar la realidad, ¡y hasta la poesía!, en un marco de referencia pobretón, cuando no mezquino. Soleil noir es, desde entonces, el astro de la depresión. Pero no, el Sol Negro de Nerval, el mío, es el de la melancolía, que es otra cosa muy distinta. No es opresivo, sino grandioso, liberador. Es el Sol Invictus de un universo alternativo, es un ojo enorme inmenso, un ojo todo pupila, un ojo sin retina, pues detrás de la pupila no hay más que negro, el Negro primordial, mineral, el Negro de antes, de siempre, el que nos constituye, del que nacimos y hacia el que vamos. Y rodeando a ese ojo, una corona blanquísima, como unas pestañas de plata que jugaran a ir y a venir de ese centro de plena obscuridad.

Melancolía I - Wikipedia, la enciclopedia libre

13.

Nerval, de hecho, ya había empleado soleil noir en uno de los escritos que se recogieron en su Voyage en Orient, indicando que, incluso en El Cairo, cuando amanecía, no siempre se enseñoreaba del firmamento el sol calcinante del desierto, sino que también allí, como en la húmeda, sombría y romántica Alemania, había días en los que quien presidía la danza de las horas era el Sol Negro, el Sol Niger de los alquimistas que enuncia la fase de la nigredo, ese soleil noir que ya su amigo Théophile Gautier había encontrado en el grabado de Dürer de la Melencolia I, y que glosa en su poema Melancholia. Ese grabado es igualmente importante para Nerval, que nos hace ver a su enorme ángel al comienzo de la inmortal Aurélia, como ya sabemos. Un sol en el cénit del que irradian rayos obscuros. Los apofáticos rayos de tiniebla, acaso, de los que hablaba el Pseudo-Dionisio Areopagita, para referirse a la Majestad Divina, que sólo puede enunciarse mediante negaciones. Los melancólicos bien sabemos eso, bien entendemos que toda la parafernalia de Apolo es pura tramoya, que un dios que no deja que se le mire a los ojos es un cobarde, que hay otro polo del ser en el que lo obscuro también puede iluminar sus regiones de sombra con un resplandor negativo.

 

14.

El Desdichado, con ese título en castellano que remite a Ivanhoe de Walter Scott, donde hay un caballero disfrazado, el propio Ivanhoe, que se presenta bajo ese nombre, es uno de los poemas más conocidos e importantes de toda la historia de la poesía universal. Scott dice que desdichado significa en castellano desheredado, que es lo que era el caballero anónimo, y así también lo cree Nerval, pero ya sabemos que un desdichado es alguien sin dicha, un malheureux, un habitante de la Malhora, de la que tanto sabía Simone Weil. Encabeza El Desdichado, que aterriza en la página con una rotunda declaración de identidad (Je suis le Ténébreux, le Veuf, l’Inconsolé), la breve colección de sonetos Les Chimères, que Nerval incorporó, a última hora y por sorpresa, hasta el punto de ni figurar en el índice, a su recopilación de relatos Les filles du feu, en respuesta a los condescendientes comentarios de su amigo Alexandre Dumas, que publicó ese soneto en su revista Le Mousquetaire, el 10 de diciembre de 1853, recordando en su introducción, que, más o menos, el pobre Nerval no estaba muy bien de la cabeza. Así, el lector decimonónico de Les filles, además de obras inmortales como Sylvie, se topaba al final del tomo con una docena de sonetos deslumbrantes, deslumbrantes en su obscuridad de sol negro.

 

15.

Una quimera es un ser híbrido, un monstruo, con un cuerpo mixto de dragón, cabra y león, que arroja fuego, de la estirpe de Tifón y Equidna, como las gorgonas. Fue asesinada por Belerofonte, montado sobre el caballo Pegaso, hijo él mismo de una gorgona, pues surgido de la cabeza decapitada de Medusa. Una quimera es algo que no puede existir, algo anómalo, algo que no debería ser, pues se quiere orden y rigor, en el mundo y en el relato. Es algo que puede resultar terrorífico, pero acaba por convertirse en grotesco, en penoso. Las quimeras han aparecido aquí y allá en la poesía, famosamente en el verso de Burnt Norton, el primero de los Four Quartets de T.S. Eliot (the loud lament of the disconsolate chimera) del que partió Luis Cernuda para nombrar su último libro, su última sección de La realidad y el deseo, Desolación de la Quimera. El lamento suena en el desierto, y lo hace en La tentation de Saint Antoine, de Flaubert. El desierto es el lugar propicio para las quimeras, un desierto de arena sobre el que el sol cae a plomo. El desierto es el lugar donde tiene que manifestarse el Sol Niger en toda su gloria. Eso fue, justamente, lo que ocurrió el 12 de agosto en Medinaceli, Soria, España, la Tierra, el Sistema Solar, la Vía Láctea, el Universo, la Nada.

 

16.

En la mitología nórdica hay un lobo que quiere devorar el sol. Hay un momento de la noche que corresponde a su dominio, Vargtimmen, la Hora del Lobo. Acosado por sus terrores, en su Isla de Färø, Ingmar Bergman compuso su obra más inquietante, la película que lleva ese título, en 1968. En Morgana en Duino incluí un capítulo, o apartado, o poema en prosa, porque en realidad no son capítulos, con ese mismo título yo también. Es el episodio que pone en marcha justamente la travesía nocturna, el momento en que la noche nos llama y no podemos permanecer por más tiempo en la insomne habitación de hotel y hemos de lanzarnos a las calles, en busca de algo que quizás sea el mar. Cuando salimos, la luna ha desaparecido, pero en esa obscuridad absoluta hay una luminosidad otra, que nos permite orientarnos perfectamente por las calles desiertas. Solos, o quizás contigo, porque en los sueños, a veces, estás tú. Seguros de no alcanzar el término de la huida o de la peregrinación, seguros de seguir intentándolo indefinidamente. Así es como funcionan los suplicios circulares en el Hades.

 

17.

No hay en realidad un sol negro en el grabado de Albrecht Dürer titulado Melencolia I, con ese numeral que nunca tuvo continuación. Hay, en la esquina superior izquierda, por contra, un extraño arco iris monocromo y un resplandor agonizante que corresponde más bien a un astro que cae y que envía sus rayos de ambiguo brillo. Ese astro es un meteorito, un aerolito, que realmente cayó en la ciudad alsaciana de Ensisheim la mañana del 7 de noviembre de 1492. Esa piedra vagamente romboédrica, figura también, a decir de algunos estudiosos, en el grabado, en primer término, sometida ya a una geometría que la identifica, como tantos otros elementos de la escena, como objeto del estudio melancólico del gran ser alado, que, armado con un compás, ejecuta la escritura circular de los atrabiliarios, intentando, ya que no existe, inventar un orden que haga menos dura la travesía del desierto. El día 1 de enero de 2014 viajé a Frankfurt am Main, porque en el Städel Museum había una gran exposición sobre Dürer, entre otras cosas porque ese año o el anterior (la fecha no es absolutamente precisa, y, por otro lado, la exposición ya había empezado en 2013) es cuando el alemán ejecutó esa extraña composición que ha subyugado desde entonces a tantísimos artistas y poetas. Allí pude contemplar la trasera de una tabla dedicada a San Jerónimo penitente en la que aparecía una especie de astro ardiente en plena caída.

 

18.

Sus biógrafos han determinado que Durero estaba justamente en Basilea cuando se produjo la caída de la roca celeste en Ensisheim, que está muy cerca de allí, y que pudo acaso ver la piedra sideral con sus propios ojos. Ensisheim también está al lado de Colmar, lugar que ya he visitado varias veces (como Basilea, que me fascina, y donde hay un maravilloso museo de arte) para poder contemplar el retablo de Isenheim, de Matthias Grünewald, que, entre otras cosas absolutamente fascinantes y terroríficas, muestra unas tentaciones de San Antonio infinitamente brutales y bellas. Entre los muchos monstruos allí representados bien puede haber una Quimera, si es que la Quimera es algo representable. Antonio, el eremita, en su retiro del desierto, recibe la visita de todo tipo de criaturas, que quieren hacerle caer en el pecado. Pero, en realidad, es al contrario: son las Quimeras las que se ven tentadas por la imagen de ese rígido penitente, enhiesto en su soberbia de creerse elegido. La Quimera se sabe incoherente, tiene dificultades para coordinar sus miembros aleatorios, desearía acaso ser algo más parecido a un perro, sedente, como su hermana la Esfinge, con la que dialoga en el extraño poema o drama de Flaubert. Sí, tenderse junto a Antonio y que éste le acariciara la cabeza, mientras el sol se va poniendo.

 

19.

Buscando otra cosa, como suele ocurrirme a menudo, en uno de mis muchos cuadernos, me di cuenta, porque lo había olvidado, que en marzo de 2024, en mi viaje a París de ese año, estuve tomándome un café en un sitio llamado Les Chimères, como la obra de Nerval. Está en la Place de Saint Paul, junto a la boca de Métro, en el borde del Marais. Era justamente el día en que compré ese librito de Tabucchi sobre Pessoa en La Tour de Babel, que luego se me perdió y del que hablé ya aquí. Luego ese libro volvió a aparecer, justamente en la bolsa de viaje que había empleado para ese traslado a la Ville Lumière (es un libro muy delgado), así que se reencontró con su doble, y es muy apropiado hablar de dobles cuando anda Nerval, por medio, claro. Escribí un poema mientras me tomaba mi café ese día en Las Quimeras. Éste:

Lo que se nos había perdido

era el presente.

Habíamos incluso inventado el futuro

              para recuperarlo.

Sin éxito.

Y, entre los trastos arrumbados del pasado

              no estaba,

              nunca estuvo.

Se nos había perdido el presente y lo buscábamos

              no por el tiempo,

              sino por el espacio,

pero el presente era apenas el quicio

entre dos calles,

cuyos números incongruentes

              seguíamos desesperados,

              en busca del portal

              de la juventud infranqueable.

 

20.

En la apropiadamente titulada Melancholia, Lars von Trier, el muy atrabiliario y depresivo y bastante insoportable a ratos en tanto que ser humano, director de cine danés, hace irrumpir en el bien organizado, de momento, Sistema Solar, un astro negro, llamado justamente Melancolía, que se acerca, se acerca, a nuestra Tierra, como se va acercando la negrura de la depresión al enfermo, o a la enferma en este caso, interpretada por Kirsten Dunst. En la segunda mitad del film, que es excelente, asistimos a esa lenta danza en la que el sol negro se va haciendo más y más grande hasta que todo estalla y apenas podemos cogernos las manos y hacer una breve cabaña en la que esperar el fin de los días. Como en La hora del lobo, lo que tenemos aquí es una película de terror, el miedo a que la obscuridad se desborde y nos engulla, a que el mar de sombra anegue todo y se nos lleve por delante. No fue eso lo que sentí el 12 de agosto en Medinaceli, antes al contrario, sentí una gran alegría, un gran bienestar, fue algo como la consumación de un deseo que había ignorado tener, pero que había estado presente en mí desde siempre.

 

y 21.

Mucha gente se desplazó ese día, muchos salieron, salimos, de Madrid, y todos volvimos más o menos al mismo tiempo. Tuve que soportar un gran atasco en la carretera de Barcelona, llegué a mi casa pasada la medianoche. Estaba agotado del día tan intenso, me había achicharrado de calor, no había podido ni siquiera cenar, pero estaba tranquilo, satisfecho, se podría incluso decir que feliz. Montado también en un coche, no en éste, en el anterior, el 11 de enero de 2016, un lunes, en un atasco nada feliz, que era más o menos el de todos los días entonces (luego ya empecé a ir en Metro) en mi camino al trabajo, en ese día del retorno de las Navidades, con un humor de perros, en mitad de la Glorieta de Carlos V, que es como se llama de verdad lo que todo el mundo conoce como Atocha, intentando entrar de una buena vez en el Paseo del Prado, en la radio dijeron que la noche anterior había muerto David Bowie. La tristeza que me invadió fue tal que casi me puse a llorar. Sentí un desplome, un abatimiento, del que apenas me he recuperado. Si Bowie muere es que todo muere, si Bowie muere el universo carece definitivamente de sentido. Acababa de salir su último disco, un disco que me compré inmediatamente, un disco póstumo, que habla de su enfermedad, de su agonía, de su muerte ya segura. Se titula Blackstar. Es un disco maravilloso, y la estrella negra que lo preside en la portada es la misma de Nerval, es la misma que se me reveló el otro día en la llanura calcinada de un pueblo castellano, es el Sol Negro de la Melancolía y por eso no es triste, sino gozosa, gloriosa, obscuramente dichosa, como la saudade, esa dulce tristeza, como el blues, como la poesía, como el estar vivo, como el escribir, como el acordarme de ti.

 

[Texto de El Desdichado, en francés, y en una traducción al castellano.]