Le mouvement de la mer
va changer de sens. Ce changement se prépare.
MARGUERITE DURAS, L’amour
1.
El lienzo es una
pura anomalía. Cuatro figuras gigantescas se disponen en un primerísimo plano
que oblitera toda posibilidad de continuidad de la escena, que ciega todo concebible
lejos. Apenas en los márgenes, en una aparición perturbadora, dos o
tres personajes esquivos, un animal, se postulan como actores secundarios, muy
secundarios. La viveza deslumbrante de los colores de los ropajes en primer
término obscurece el resto del cuadro, como si la luminosidad que generan las
santas del frente provocara un contraluz acusadísimo. La caja perspectiva se ha
desencajado y la maniera ha alcanzado uno de sus mayores triunfos. El
pintor, seguro de su maestría, produce un cuadro misterioso, abrumador, apabullante.
Su contemplación produce esa mezcla de malestar y exaltación que sólo aparece
en los momentos en que el arte se adentra en esos territorios inaccesibles de
lo que no se sabe explicar. Por ello, toda écfrasis, como la que aquí
pretende esbozarse, no sirve de nada. El cuadro hay que verlo.
2.
Para ver ese cuadro,
en condiciones normales, habríamos tenido que desplazarnos hasta Carmignano, en
la provincia de Prato, una pequeña localidad toscana a unos 40 km de Florencia.
Allí, en la propositura dei Santi Michele e Francesco está ubicada desde
hace siglos la Visitazione de Jacopo Pontormo, obra fechada en torno a
1528-1530. Ni es frecuente que uno se llegue así como así a Carmignano ni
tampoco que la obra se mueva demasiado de allí, y mucho menos a un gran museo
de una capital europea. Por eso la ocasión actual es fausta, ya que, hasta el
18 de junio (sólo hasta el 18 de junio, ay) puede verse ese capolavoro
en la sala 49 del Museo del Prado, haciendo pareja con otra Visitación,
ésta de Rafael y propiedad, ella sí, del Prado, que en breve realizará el viaje
inverso hacia Italia, en virtud del intercambio pactado y para formar parte de
los fastos de la capitalidad cultural europea de este presente año de la ciudad
de L’Aquila.
3.
Otra circunstancia
que hace especialmente memorable esta breve estancia de la Visitazione es
que no existen en España obras de Pontormo, lo cual es mucho decir en un país como
el nuestro, al que el destino y la historia han dotado de instituciones museísticas
que sin esfuerzo se pueden colocar entre las más importantes de todo el mundo.
El Prado, en sí mismo, dispone de un enorme contingente de obras de la llamada escuela
italiana, si aún a estas alturas del siglo podemos seguir hablando de
escuelas nacionales, que tal vez no sea comparable en número al de las de arte
flamenco, por ejemplo, lo cual es explicable por las circunstancias en las que se
fueron formando las colecciones reales que están en el origen de la institución,
pero todos los grandes maestros, como Fra Angelico, Botticelli, Mantegna, Rafael,
Correggio, Tiziano, Tintoretto y otros muchos, aparecen en las paredes del museo
con algunas de sus mejores obras. El paseante del Prado, que a lo largo de los
años se ha ido formando en esa contemplación privilegiada, tal vez no eche de
menos a un autor como Pontormo, del que acaso no sabe gran cosa. Pero, si por
azar o ex profeso ha transitado estos días frente a esa monumental obra
de dos metros por metro y medio, habrá percibido inmediatamente que sí, que
había debido echar de menos a Pontormo todos estos años y que ya nunca más
podrá olvidar la Visitazione, que el hueco que dejará en esa pinacoteca,
que puede ser la primera del orbe, no se podrá ya llenar.
4.
Supe por primera vez
de la existencia de la Visitazione, paradójicamente, no a través de mis
mayores o menores conocimientos de pintura italiana, acaso la que prefiero de
entre todas, o por mi desordenado pero apasionado estudio de la historia del arte.
Fue, por el contrario, en una especie de movimiento de retrogradación, a través
de la contemplación de la obra de otro artista, éste contemporáneo y con un
campo de actuación literalmente imposible en los días de Pontormo: el videoarte.
Se trata, por supuesto, de Bill Viola, a quien conocí ya hace décadas, en una
exposición, creo recordar que en el Reina Sofía, pero a quien me volví a
encontrar, sin haberlo previsto en realidad, en un viaje a Cuenca que realicé en
diciembre de 2018, al final de un año muy convulso para mí. En esa ocasión, en
diferentes recintos de la ciudad castellana, se habían expuesto un conjunto de
obras bajo el título, completamente acertado, a mi juicio, de Vía mística.
Fue ahí, si no estoy traspapelando mi memoria, cuando pude ver por primera vez The
Greeting, que podríamos traducir, bastante inadecuadamente, como El
saludo, concretamente en la Escuela de Arte Cruz Novillo, dato éste que he
recuperado porque conservo el folleto de la exposición, que apareció, justo
cuando se le necesitaba, mientras buscaba otra cosa, ayer.
5.
Viola confesó haber
sido influido por la obra de Pontormo, que, de hecho, provocó por primera vez
que el neoyorquino partiera del arte clásico para sus trabajos videográficos.
Es en 1995, en la Bienal de Venecia, para la que Viola había sido designado como
representante de los Estados Unidos, donde, dentro de la muestra general
designada como Buried Secrets, se expuso por primera vez The Greeting.
No hubiera podido verla, por lo tanto, en mi primer encuentro con Viola, que debió
de tener lugar hacia el 92 o el 93. No estaba aún hecha. En The Greeting,
dos mujeres, una de ellas claramente de mayor edad que la otra, conversan. El
primer plano y la acusada perspectiva, con un punto de vista desplazado hacia
la región inferior de la imagen, reproducen el encaje de las figuras de
Pontormo, al que se remite también la indefinición del fondo, una calle que se
prolonga hasta la pérdida de vista. Por la izquierda irrumpe una tercera mujer,
considerablemente más joven. Se produce el encuentro, el abrazo, entre gestos
de alegría. Todo, al ritmo casi imperceptible que impone la cámara lentísima de
Viola. Los colores son también muy saturados. La ligereza de los movimientos,
la dulzura de las expresiones, el hecho de que el bucle se reinstaura a los pocos
minutos, hacen que la contemplación de la obra sea inolvidable. Al menos, yo
nunca la olvidé, y por eso, cuando me reencontré con Pontormo, justamente en
una conferencia en el Museo del Prado en 2017, en esta especie de relato à
rebours, supe que todo tenía un sentido. Un sentido transcendente.
6.
Las figuras del
vídeo de Viola son, por algún motivo, sólo tres. En alguna conversación se
refiere incluso al propio cuadro de Pontormo como conteniendo tres figuras, no
las cuatro que en él aparecen. En puridad, toda Visitación requiere sólo
de dos personas: María, la madre de Dios, y su prima Isabel, madre a su vez del
Bautista. Aunque, si somos precisos, hay otras dos presencias inscritas en el propio
cuerpo de las santas mujeres, puesto que el encuentro, que se relata en el Evangelio
de Lucas, se produce cuando ambas están embarazadas. Así, si obviamos la
presencia de Dios Padre en su rompimiento de gloria, en el lienzo de Rafael al
que antes hemos hecho referencia, aparecen sólo ambas, tomándose de la mano
derecha, en un escorzo ligero la Virgen, que muestra un vientre abombado muy
evidente, y de perfil Santa Isabel, que se representa como una mujer mayor,
siguiendo la tradición. No hay una tercera mujer que aparezca como testigo terrenal
del encuentro. El tema de la Visitación es uno de los más habituales
en el arte religioso cristiano y, como suele suceder, las claves iconográficas a
partir de las que puede desarrollarse están muy definidas. El abrazo es, por
supuesto, la principal. Dos mujeres que se abrazan, más o menos estrechamente.
Manos sobre los codos, suavemente posadas, el gesto del inclinarse hacia la
otra, las cabezas que se juntan, los labios que parecen estar pronunciando el
saludo: Dios te salve, María, llena eres de gracia, pues es Isabel la que
enuncia el Ave María, contestado por el Magnificat que canta
entonces su prima.
7.
¿Por qué, entonces, Pontormo
opta por emplazar, tan próximas entre sí, no a dos ni a tres, sino a cuatro figuras?
Los expertos en historia del arte encuentran un precedente iconográfico en el
grabado de Dürer Die Vier Hexen, las cuatro brujas, pero el rombo que
allí se propone no se replica tal cual. Antes bien, existiría una casi
yuxtaposición, en la que los dos personajes del fondo están realmente muy
próximos a las dos mujeres del primer término. Y, mientras éstas aparecen de
perfil, mirándose entre ellas, las otras, dispuestas de forma intercalada,
miran perturbadoramente de frente a nosotros. El halo que se insinúa
apenas rodeando la cabeza de las dos protagonistas parece haber desaparecido en
las otras dos, y existen, bien es cierto, variaciones en el cromatismo de los
ropajes, pero, si uno se fija bien, y ése es el misterio absoluto del cuadro,
las dos del fondo y las dos del frente, de ese fondo y ese frente que parecen
casi estar en el mismo plano, son las mismas, o, si no son las mismas,
entre ellas se establece una relación de parentesco o semejanza que produce
gran inquietud.
8.
No soy original al
resaltar ese hecho. Podría hablar también, por supuesto, de la maestría
inimaginable en el tratamiento de la indumentaria, de la delicadeza de los
gestos, de esos pies en puntillas que se bastan para sostener cuerpos que
parecerían tan masivos en su preeminencia casi tiránica frente al desvaído
fondo. Podría repetir cosas como que las miradas de las del fondo no son
iguales, la de la izquierda parece algo más perdida, indefinida, mientras que
la de la derecha, que se encuentra, por el artificio elegido por el pintor, exactamente
en el medio de las dos miradas de las presencias del frente, se dirige con una
fijeza casi insoportable hacia nosotros. Eso son cuestiones obvias. Pueden resultar,
sin duda, reseñables. Pero hay algo más. No es sólo que en las dos parejas una
mujer es mucho mayor que la otra. Es que, si uno realiza mentalmente la transposición
de esos perfiles, si uno gira el cuerpo de las que se abrazan, las
que entrelazan sus brazos se separan, el abrazo se rompe, la mirada que se
dedicaban la una a la otra no encuentra ya su objeto más que en ese extraño
espacio de la pintura clásica donde estamos a la vez el pintor y los que miramos,
espacio paradójico, como bien sabe cualquiera que haya estudiado con cierto
detenimiento Las meninas. Las de enfrente, así, se convierten en las de
atrás. Y lo que queda, entonces, es desolación.
9.
Las pautas según las
cuales ha de representarse un fragmento de la llamada Historia Sagrada han
estado muy rígidamente codificadas durante siglos, por razones religiosas,
especialmente desde la Contrarreforma, y por razones puramente pecuniarias, ya
que en buena medida las obras nacían como resultado de una encomienda de alguna
institución religiosa o de donantes piadosos que en no pocas ocasiones
se hacían incorporar a sí mismos, o al menos a su efigie, a la sacra
conversazione. Así, existe un catálogo limitado de temas al que acudir y apenas
un puñado de formas ortodoxas de representarlos. Detrás de esas
iconografías, en principio, existe un afán didáctico y, si uno profundiza un
poco, encuentra diferentes capas de sentido, la más importante de las cuales
sería la propiamente doctrinal. Así, a poco que uno afine la mirada, aprende
que en las anunciaciones algún elemento arquitectónico tiende a
interponerse entre el ángel y la madonna, para señalar justamente ese
choque de dos esferas distintas que se está produciendo, de igual modo que en
el arte medieval la mandorla encerraba un espacio de conexión o
convivencia de lo celeste y lo terrenal. Y también acaba por saber que en la
escena, innumerables veces repetida, de la Theotókos, la representación
de María como la Madre de Dios, es frecuente que la mirada de la Virgen esté
teñida de una gran tristeza. Eso es así porque se ha de dejar patente que lo
que se representa es el misterio de la Encarnación y la operación de la
Redención que supone, Redención que sólo tendrá lugar a través del suplicio y
de la muerte del Hijo de la Madre de Dios. María sabe eso, y por eso,
mientras sostiene al Niño en sus rodillas o su regazo, está triste.
10.
Las dos figuras de
atrás en la Visitazione de Pontormo están tristes. Las dos del
frente esbozan una sonrisa, bien que contenida, y manifiestan su ternura hacia
la otra. Los dedos de la Virgen, como pasa tantas veces en El Greco, se disponen
de una extraña forma que remite a la Trinidad, en un cuadro en el que Dios
Padre no parece comparecer. Los vientres de embarazadas no son tan obvios como
en otras ocasiones, la amplitud de los ropajes y la disposición de los cuerpos
los ocultan. Todo en esa mitad del cuadro parece conducirse por los caminos
habituales, más allá de la destreza inconcebible de Pontormo para tratar un
tema en el fondo tan manido. El temblor empieza cuando uno se centra en la otra
mitad (ignoraremos, inevitablemente, para no desordenar el discurso, a esa
especie de tercera mitad marginal que constituyen las figuras diminutas de la
izquierda, otro misterio en sí mismo). Las dos mujeres del primer término nos
ignoran, se tienen sólo la una a la otra. Las dos del segundo término nos
interpelan, y lo hacen brutalmente. No podemos, sin más, pasarlas por alto.
11.
¿Quiénes son, pues?
En lo que podríamos llamar la diégesis del cuadro, si lo tomáramos como
un fotograma de una película detenida, que postularía un antecedente y un
consecuente de la escena congelada, podría argüirse que ambas formarían parte
de un grupo previo al que se acerca, recién venida, María. Eso
nos conectaría con la escenografía de The Greeting. Es decir, las dos
personas del fondo, definidas así claramente como secundarias, simplemente son
acompañantes de Isabel, acaso sus sirvientes. Pero esa explicación parece demasiado
simplista, parece no convenir a las señales evidentes que nos envía Pontormo.
Están demasiado próximas a las señoras. Están intercaladas entre
ellas. No las miran, no interaccionan de ninguna manera con ellas, están como detenidas
en otra esfera, en otro lugar, en otro tiempo. Ni siquiera son espectadoras de
esa Visitación. Son espectadoras nuestras, o de lo que sea que ellas ven
por delante, de eso que nosotros no podemos saber, pero ellas están sabiendo,
están viendo.
12.
Hagamos un juego.
Eliminemos a las dos figuras del fondo. La Visitación se recompone, ya se ha
dicho que basta con las dos protagonistas y poco más para que el fiel que
se sitúa frente al lienzo comprenda el relato al que apunta. Ahora
hagámoslo al revés. Eliminemos a las dos del frente. ¿Qué nos queda? Algo que
podríamos llamar acaso Dos mujeres. Pero ¿por qué son tan grandes, por
qué están tan cerca de nosotros, por qué están tan tristes? Sí, hay una
ligazón entre las cuatro, debe de haberla, pero no es la de las brujas de
Durero, no es las tres gracias y otra más, hay algo glacial en esa
interacción dislocada. Hay algo, sí, como si estuvieran separadas por una
pantalla de vidrio, como si estuvieran colocadas en dos acuarios distintos,
pero cuyas paredes se tocan, como si hubiéramos superpuesto una transparencia
sobre un fondo, la transparencia de la Visitación sobre otro universo al que no
pertenece completamente.
13.
Todo este análisis
alucinatorio no sería posible si los personajes del cuadro no se parecieran
tanto, si no fuera tan fácil pensar en que son María e Isabel, después,
un tiempo después, unos años. Son María e Isabel cuando hace ya mucho que
dejaron de estar embarazadas, cuando dieron a luz al Niño Jesús y a San Juanito,
con los que aparecen retratadas en tantas otras pinturas. Son María e Isabel cuando
sus hijos ya han muerto, cuando sus hijos ya han sido ajusticiados, ejecutados por el poder imperial. Son el futuro de la Visitación, el futuro tristísimo de
la Visitación, y por eso su mirada es la mirada de la Madonna en los
cuadros de la Virgen y el Niño. Porque ellas saben, porque ellas ven
lo que va a pasar mientras se están abrazando, mientras todo eso aún no ha
pasado, pero no puede dejar de pasar, porque ése es el mandato divino, porque eso
es necesario para que la retorcida maquinaria de la Salvación pueda ponerse en
marcha, porque las cosas que pertenecen a la esfera de los dioses ocurren fuera
del tiempo, ocurren una y otra vez, cuando ocurren ya han ocurrido, y cuando
están por ocurrir ya se sabe cómo acabará la historia. Ése es, me parece, el
cruel misterio del cuadro de Pontormo: se nos muestra a la misma figura dos veces,
antes y después del desastre.
14.
Es una práctica
común en el arte medieval que se mantiene hasta al menos el siglo XVII el que
en los cuadros que narran una historia, por ejemplo, la vida de un
santo, o la de la Virgen, se dispongan en la composición, sin una separación
neta, diferentes escenas sucesivas, haciendo así convivir en el mismo espacio
tiempos diferentes. La Última Cena, la Oración en el Huerto, el Prendimiento,
la Flagelación, la Crucifixión y la Resurrección pueden aparecer a la vez en
el mismo cuadro, que ha de leerse como una película, o al menos como una
sucesión de vistas, de diapositivas. La pintura religiosa, insisto una
vez más, tiene un carácter didáctico y los sucesos de la Historia Sagrada son lo
opuesto a un acontecer arbitrario: todo tiene un sentido en la economía de la
Redención y todos los hechos están concatenados. Por lo tanto, no es inusitado
el que el pasado y el futuro coexistan en esa especie de espacio-mandorla
abierto por el pintor. Pero no de este modo, no de un modo tan radicalmente
rompedor, precisamente por no explícito, por el hecho de que las dos escenas
estén tan imbricadas, por el juego de miradas. O al menos es así como yo leo el
cuadro, como la representación de la impotencia ante la historia, de la
incapacidad para torcer los acontecimientos, de la tiranía que,
paradójicamente, el futuro ejerce sobre el pasado.
15.
Miremos un poco más.
Juguemos un poco más. En el espacio de atrás, en el acuario que llamaremos futuro,
María e Isabel, envejecidas y viudas de sus hijos (no existe en el castellano una
palabra para la orfandad inversa del progenitor que ha perdido a su vástago),
asisten a un bucle, a un cruel (y también gozoso, pues se saben partícipes de
un gran drama orquestado por el Criador, que ha decidido que esas muertes eran
precisas para salvar la Vida) re-enactment de los hechos del pasado, de
esa concatenación irreversible que ha incluido una concepción virginal y el
embarazo de una mujer cuando ella creía que eso no era ya posible, porque era
muy mayor, pues las dos primas tienen una diferencia de edad entre ellas considerable.
Que ha incluido (incluye, incluirá, estamos en el tiempo del bucle, y la
conjugación no dispone de un tiempo que podría llamarse pretérito circular)
la predicación del Bautista, el Bautismo en el Jordán, una decapitación, una
crucifixión. En esa pantalla que está justo delante de ellas, es decir, justo
entre ellas y nosotros, ellas ven interminablemente su vida, ésa es su
eternidad, en el Paraíso al que fueron destinadas.
16.
Del otro lado de la
pantalla nosotros vemos lo mismo que ellas, simplemente ha cambiado la lateralidad,
para nosotros es la Virgen la que está a la izquierda, porque la convención
quiere que los cuadros, como el cine, se lean de izquierda a derecha, y es la
entrada de la Virgen la que desencadena la escena, como queda claro en el
arreglo de Viola para The Greeting. Porque nosotros somos los invitados
a la película de la Visitación, al peep-show del Museo. A las que no
deberíamos ver es a ellas. Ellas no deberían estar allí. Es esa extraña transparencia
la que nos descoloca. Ellas están en el Cielo, o van dirigiendo sus pasos a
él. Su mirada es transcendente, no se ubican en nuestras categorías, están
fuera de nuestros dominios. Ellas bien pueden vernos, si lo desean, a nosotros,
ahí, detrás de la escena, mientras contemplan en primer término a Isabel a su izquierda,
porque acaso el sentido de la narrativa se invierte en las regiones superiores.
Bien pueden vernos, sí, pero no les interesamos. Su película es de una
importancia mucho mayor. El montaje del peep-show queda entonces cristalino.
Hemos vuelto, una vez más, a Paris, Texas. Sólo que en este caso no
vemos una sola Jane, sino a dos, explícitas, visuales, más allá de esa
duplicidad verbal que justamente se producía en esa secuencia inolvidable. La Visitación,
por lo tanto, se ha multiplicado. Hemos sido visitados por ellas, ellas se han
dejado ver.
17.
Una vez suscitado el
vértigo, ya no puede detenerse. Lo que Pontormo nos muestra, acaso, es la
extraña sucesión de simulacros que nos constituye. Cada acción, cada
acontecimiento de nuestras vidas, es apenas una transparencia finísima, bidimensional,
que se amontona sobre las que le precedieron. El de después (nosotros somos
siempre los de después) es apenas el que está encima, y, si vuelve la
vista atrás, si aprieta el gatillo de esa arma letal que se llama memoria, lo
que contempla es simplemente al de antes, a los de antes, porque
somos muchos. Él sabe que así fue antes, que así fueron las cosas antes, que
las cosas que fueron antes no pueden cambiarse, que lo ocurrido no puede
revertirse, que el montón de las transparencias, no puede desordenarse, que
toda recolocación es imposible. Eso, cree él, creemos nosotros, le distingue:
es el vigente, el que ya sabe. Pero es apenas otro más de los que
no saben. Sobre él cae el siguiente y el siguiente, hasta el último, que ya no
tiene mirada.
18.
Si congelamos ese
proceso, si lo hacemos así, escribiendo, o quizá pintando, o haciendo una película,
o simplemente soñando, desde esa atalaya sobrevenida, el juego de
espejos parece cobrar un significado. Los hechos del pasado pueden reconstruirse,
esos fotogramas pueden convertirse en tira de zoótropo. Todo vuelve a empezar.
Y gira, gira el zoótropo, y nos embriagamos. Ese mareo del haber sido es todo
lo que somos. Somos presos de ese movimiento de resaca. Pero es trampa,
porque para que esa congelación pueda tener lugar es preciso estar del otro
lado, del lado de los dioses, del lado del notiempo, de ese lado donde no
podremos estar, porque somos tiempo. No hay sagrada conversación, no hay
éxtasis, existe apenas la obsesión. Existe apenas la tristeza. Si
ignoramos el sentido trascendente de lo que se está pintando en la Visitación,
si substituimos a las santas mujeres por dos embarazadas en Gaza hoy, por
ejemplo, en cualquiera de esos lugares donde un parto conduce rápidamente a un
asesinato, en esos mismos Santos Lugares donde la tradición dice que se produjo
la Visitación, lo que tenemos es a María e Isabel abrazándose,
felicitándose por su embarazo, ignorantes aún del futuro. Y lo que tenemos
al mismo tiempo es a María e Isabel, en el luto interminable del después.
Recordar la felicidad pasada es el mayor dolor en el Inferno, nos dice
Dante. Es necesario no saber. Es necesario ignorar lo que va a ocurrir, pensar en
que las cosas que inevitablemente ocurren pueden tal vez no ocurrir. Creerse
eso, hacer como si fuera verdad. Sólo así se puede vivir.
19.
El azar ha querido
que justo estos días en los que he visitado ávidamente el Prado en busca de
Pontormo esté inmerso en la lectura de la obra de Marguerite Duras, una lectura
que he venido postergando demasiado tiempo. En el llamado ciclo de la India,
justamente, Duras nos muestra la destemporalización de la obsesión. En Le
ravissement de Lol V. Stein, la escena inaugural, la escena del baile de S
Thala (que allí aún es, misteriosamente, S Tahla), marca un punto de no
retorno, ancla el tiempo, haciendo que todo lo que vino después, si es
que algo vino después, se deshilache de pura irrealidad. Volver a la ciudad, a
la playa, al Casino, es algo que parecería que una física imparable, que una
gravitación rotatoria, impone. Anne-Marie Stretter sería la mensajera de esa
especie de fuga sin salida, la que enciende el dispositivo, por eso se
condena ella misma a reaparecer, en Le Vice-Consul, en India Song,
donde el ritornelo de la misma balada nos hipnotiza… En todo momento parecería
que un tableau vivant, que una urna con un diorama mínimo, se muestran
ante nuestros ojos y nos obligan a concentrar en ellos todas nuestras fuerzas, incapacitándonos así para toda traslación temporal. Paradójicamente, entonces,
la eternidad se alcanza en el sufrimiento. Para salir de ahí no sirve siquiera
la muerte, porque a lo mejor es justamente desde la muerte, desde el otro
acuario, desde donde miramos. Porque a lo mejor ya estábamos muertos entonces,
y lo que tenemos enfrente es apenas un suplicio circular, uno de tantos, como
el de Sísifo. Los dioses son pródigos en torturas.
20.
En ese ciclo indio,
en el que la India en el fondo no es más que justamente un no espacio en
el que poder ubicar ese no tiempo, L’amour propone una vuelta de
tuerca más, y, al hacerlo, alcanza, me parece, el escalón más alto dentro de la
narrativa durasiana, una estratosfera en la que apenas podría pasearse Beckett.
Ahí, los espectros se afanan en sus retornos. La insistencia del oleaje, el
reloj inquebrantable de las mareas, la repetición de parlamentos y movimientos
inconexos, ineficientes y aparentemente desmotivados, constituyen el futuro de
Lol, révenante atrapada entre esos espejos paralelos (en prácticamente el
metraje entero de India Song tenemos un espejo y un juego diabólico con
los dos lados de esa agua dura). El sueño es así. Estamos dos veces,
muchas veces, somos los de antes y los de después, es decir, no somos, o somos
de un modo insoportable.
y 21.
Es el azar, ya digo, el que ha juntado en esta entrada a Duras y a Pontormo. No es una elección puramente arbitraria, existen ligazones. La idea del encuentro, que acaso puede ser nefasto, como el de Michael Richardson y Anne-Marie Stretter, la idea de un futuro que está inevitablemente inscrito en un presente que se hace pasado a ojos vista, la desrealización de un escenario reducido a una yuxtaposición de objetos, un escenario en que las figuras se han agigantado hasta ocupar todo el espacio disponible. Pero lo cierto es que no es eso, ni tampoco es lo que he podido expresar aquí. Es otra cosa, una especie de certeza, una especie de descubrimiento que es en realidad un acordarse, la reparación de un olvido: algo así como la descomposición del ser en el devenir, el desmenuzamiento de la identidad, que viene inesperadamente acompañado por la dureza de diamante de una presencia que nos entroniza en este pináculo del absurdo, la resonancia de una voz que es la que tuvimos y tendremos, la repetición de una escena primordial que es también, y por eso es primordial, el último cuadro del drama del vivir, cuyos límites, en el fondo, tampoco estuvieron nunca tan claros. Mañana parto a Florencia, a contemplar, a sumergirme en los Rothkos. También en Florencia me espera Pontormo. Ese viaje ya fue hecho desde siempre y el que vuelva ahora a hacerse sólo sorprende al desmemoriado que soy, a esta transparencia que sólo efímeramente está arriba del montón. En el fondo, yo siempre he sabido que mi acuario era el otro, que mi mundo era el de fuera, que éste no es mi lugar, y por eso, no nos engañemos, mi mirada es triste. Porque yo ya sé lo que viene. Y no es para decir nada para lo que escribo, sino justamente para callarlo.