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lunes, 27 de julio de 2026

Hang the DJ


Una reminiscencia

 

Driving in your car

I never, never want to go home

MORRISSEY

 

Para N.

 

1.

Puede que el concierto más importante de mi vida fuera uno en el que no estuve. A veces pasan cosas así. En este caso se trata del famosísimo y recordadísimo (para los que tienen edad suficiente, como yo) concierto que The Smiths dieron en el paseo de Camoens de Madrid el 18 de mayo de 1985, dentro de las fiestas de San Isidro. Contextualizo adecuadamente para los no madrileños y la gente que ha nacido después de esa fecha, o que eran demasiado jóvenes entonces para enterarse de lo que ocurría. En abril de 1979, apenas tres años y medio después de la muerte del dictador, Enrique Tierno Galván se convertía en alcalde de Madrid. El viejo profesor tenía entonces 61 años recién cumplidos, es decir, menos de los que yo tengo ahora. Supongo que eso me haría merecedor de ser llamado igualmente viejo profesor. Su figura política tan peculiar le convirtió en alguien inmensamente popular, hasta el punto de que su funeral, en 1986, devino un acto multitudinario. En términos culturales se le asocia, con justicia, a lo que se llamó la movida madrileña, si bien el término de marras merecería una discusión más detallada que ahora no vamos a hacer. Lo que es indudable es que el giro en la política cultural de Madrid fue brutal, y de eso nos beneficiamos los jóvenes que, como yo, estábamos por entonces en la adolescencia o frisando la veintena.

 

2.

Como consecuencia de la política municipal de Tierno, las fiestas de San Isidro en Madrid empezaron a incluir conciertos gratuitos de música pop. Algunos de ellos se celebraban en mitad de la calle literalmente. El paseo de Camoens de Madrid bordea el llamado Parque del Oeste, una denominación que siempre nos hizo mucha gracia a mi hermano y a mí, de pequeños, porque para nosotros, ávidos consumidores de cine vespertino en la tele de los sábados, el Oeste era el Far West, con vaqueros y pistoleros desenfundando rápidamente. Ahí, en el paseo, sin acotar de ningún modo, se montaba el escenario y la gente acudía, sin ningún control de aforo ni de mercancías peligrosas, ya me entienden. Estuve en algún concierto en Camoens, aunque no en el de los Smiths, y recuerdo empujones y avalanchas de las que salí incólume. Mi cuerpo tenía cuarenta y tantos años menos.

 

3.

En 1981 abandoné mi cole de barrio, del que ya he hablado algo por aquí. Era una anomalía: mixto, laico y rojo. Por cierto, que la gente que lo montó estaba justamente en la órbita de lo que acabó siendo en los primeros años de la Transición (otro de esos nombres y conceptos de los que, como la movida, habría que hablar largo y tendido, pero, vaya, esto es una entrada puramente memorialística y no conviene dispersarse demasiado) el PSP, el partido de Tierno, hasta que se disolvió para entrar en el PSOE. En aquellos tiempos sólo se podía hacer en el cole hasta 3º de B.U.P., había que irse a otro lado para hacer el C.O.U. Normalmente, los chavales del Lincoln, que así se llamaba mi colegio, nos íbamos a una academia muy conocida que había en la Gran Vía, porque los dueños eran más o menos los mismo. Ahí fui, y eso fue también muy interesante.

 

4.

La academia en cuestión ofrecía estudios de turismo e idiomas, y creo que sigue haciéndolo, o por lo menos lo hizo mucho tiempo. En aquellos años también se podía hacer C.O.U. Yo mismo llegué a impartir clases como profesor de C.O.U. recién acabada mi licenciatura en Físicas en 1987, muy poco tiempo porque me salió el puesto en la Complutense. La academia, que nosotros llamábamos impropiamente instituto, estaba situada en el número 59 de la Gran Vía, cerca ya de Plaza de España, y estaba apenas compuesta por varios pisos tipo vivienda, con clases un poco amontonadas y pasillos estrechos. Algunas ventanas daban directamente a la Gran Vía, siempre bulliciosa y atascada, que sólo apenas un año y pico antes aún se llamaba Avenida de José Antonio. Se lo cuento para que vean de qué tiempo estamos hablando. Por cierto, el nombre de la academia era… VOX. En aquel momento apenas podía confundirse con el de unos famosísimos diccionarios. Ahora, pues ya saben.

 

5.

Lo más excitante de todo eso es que cada día yo me cogía el metro en Campamento e iba en el suburbano hasta Plaza de España. En aquel tiempo el suburbano, que sólo por entonces empezó a ser línea 10, iba de Aluche a Plaza de España, hasta que se amplió a Tribunal y Alonso Martínez. Ahora hay que hacer transbordo en Casa de Campo, porque Campamento pasó a ser de la línea 5. El suburbano es una parte muy importante de mi juventud, como pueden imaginarse. El mero hecho de que fuera una línea anómala, el resto de un viejo ferrocarril de Carabanchel que sólo se hizo oficialmente parte del Metro cuando ya se habían hecho muchas otras líneas muy posteriores a él, ya es significativo. Si añadimos que mi casa en realidad estaba tan cerca de Campamento como de otra estación que se llamaba Empalme ya nos hacemos una idea de que había algo entre marginal y exótico en esa línea. Empalme era apenas un apeadero, que según las crónicas se construyó porque el promotor del barrio pagó para ello.

 

6.

Cada mañana, pues, yo me cogía el suburbano en Campamento, y, si los dioses de la mecánica lo tenían a bien y el tren no encallaba en la cuesta, cosa que ocurría bien a menudo (entonces no había estación de Príncipe Pío en esa línea y se iba de Lago a Plaza de España sin interrupción), acababa apareciendo frente a las larguísimas y también frágiles escaleras mecánicas que me conducían a la salida de Leganitos. Pocos pasos más y ya estaba en el VOX, donde asistía, alumno modelo que era, religiosamente a todas mis clases. Pero, además de estar allí, haciendo el C.O.U., estaba en un sitio mucho más importante: estaba en el Centro, cosa que, ya se pueden imaginar, no era trivial para alguien de barrio. El Centro era encima la Gran Vía, la calle de los cines, el Broadway (ejem…) madrileño. Muy interesante a los diecisiete años, créanme.

 

7.

En los recreos, porque no dejábamos de ser estudiantes de secundaria, y había recreos, solíamos bajar a los Sótanos, que estaban literalmente al lado. Los Sótanos era una galería comercial, obviamente subterránea, en la que había, por ejemplo, un gran salón de juego con pinballs y las primeras máquinas de marcianitos y una cafetería, donde nos comprábamos un bocadillo, y varias tiendas más, y, sobre todo, Discoplay. Discoplay era la tienda de discos más importante de Madrid entonces. Estar en el Centro haciendo el C.O.U. de repente permitía que uno, cada día, y si le apetecía, pudiera meterse allí a mirar discos, a ir pasando las inmensas pilas clasificadas alfabéticamente de LPs y singles, objetos fascinantes porque corporeizaban la música, devenida desde hace ya tantos años carne (es un decir) de streaming. Uno, por supuesto, no podía permitirse comprar discos así como así, podía caerle alguno por un cumpleaños o por Reyes, poca cosa más. Luego nos los intercambiábamos con los amigos y los grabábamos en cassettes. Pero ver discos, ver las portadas, era un deporte en sí mismo. Uno no podía escuchar más que lo que salía en la radio, cuando salía, pero se sabía (yo me la sabía, vaya) la discografía completa de sus ídolos. Y, cuando se podía abrir el disco, se podía sacar la funda que llevaba las letras… Impresionante, háganme caso.

 

8.

Estamos, ya lo he dicho, en 1981-82. La movida está estallando. El llamado rock español está empezando a periclitar. Movimientos anteriores como el rock sinfónico ya no me habían pillado. Los cantautores seguían vigentes, ya he hablado de ello hace poco. Pero por entonces yo ya tenía una radio con FM en casa (les cuento todo esto, un poco como el abuelo de los Cebolletas, para que puedan calibrar hasta qué punto el consumo musical de entonces no tiene nada que ver con el de ahora… aunque tampoco sabrán quién era el abuelo Cebolleta, claro) y había empezado a escuchar Radio 3, el tercer programa de la muy estatal y muy oficial Radio Nacional de España, que había empezado sus emisiones un par de años antes. Allí uno se topaba, por ejemplo, con Jesús Ordovás o Diego Manrique. Así que de la movida, sea lo que sea eso, yo era ya experto. Un experto de invernadero, convengamos, porque no soy de aquellos que pueden decir que iban todas las noches al Rock-Ola. El Rock-Ola estaba en Cartagena, a hacer puñetas de mi casa, y por las noches uno tampoco salía así como así, no nos vengamos arriba.

 

9.

En Discoplay había, además de discos, posters y flyers. En los flyers se anunciaban conciertos. Discoplay, de hecho, editaba un abundante boletín que podías pedir que te enviaran a casa por correo, gratuitamente, con todas las novedades. Era una publicación casi lujosa, yo la usaba para recortar las pequeñas fotos de las portadas y pegarlas en mis cassettes grabadas. Es también el tiempo de los fanzines. Los conciertos de entonces son los de los grupos que acabaron asociados a la movida. Yo miraba los flyers, incluso los coleccionaba, pero mis periplos musicales solían conducirme más bien a los conciertos de Serrat en el Parque de Atracciones. Y entonces llegó Camoens. Algo así, más o menos, estoy simplificando mucho.

 

10.

Justo por entonces se abrió otra tienda de discos en Madrid, que en seguida tomó la delantera a Discoplay. Se llamaba Madrid-Rock, y estaba situada un poco más allá, en San Martín, casi en Arenal. Un día, mientras estaba haciendo el C.O.U. en el VOX, con cierta premura, porque el recreo duraba media hora, me fui para allá y me compré The rise and fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars. De Bowie había sabido, sobre todo, por un artículo en una revista musical que se publicaba entonces, Vibraciones. Me compré el Hunky Dory en el M.F. de mi barrio. M.F. era una cadena de tiendas muy pequeñitas que vendían discos de segunda mano y también discos del momento, pero algo más baratos que en El Corte Inglés o Discoplay. En torno a las quinientas pesetas. Life on Mars? fue mi primer crush rotundo con Bowie, pero el Ziggy Stardust puso a girar mi cabeza, y aún me mantengo en esa órbita. Bowie es la respuesta a la manida pregunta de quién es tu cantante favorito. Aún no me he podido recuperar de su muerte.

 

11.

En esas estábamos, pues, cuando empezó a haber conciertos en Camoens, en las fiestas de San Isidro o en verano. Allí vi uno una vez cuyo cartel resulta sorprendente: el brasileño Jayme Marques teloneaba a Joaquín Sabina, que teloneaba a Gabinete Caligari, que me encantaban, que teloneaban a las verdaderas estrellas de la noche, al grupo que yo había ido a ver sobre todo, los Golpes Bajos. Eran malos tiempos para la lírica, y si aquellos eran malos, no les cuento cómo son estos… Y en Camoens, por esos días, tocaron los Smiths. Y yo no fui a verlos.

 

12.

¿Por qué no fui a ver a los Smiths en mayo del 85? A mí me gustaban los Smiths ya. Eran un grupo nuevo por entonces. Yo me había comprado, creo que en Madrid Rock, Hatful of hollow, que es una especie de recopilatorio de singles, y que tiene alguno de los temas más emblemáticos del grupo, como How soon is now? o Hand in glove. No sabía realmente nada de ellos. Pero en aquella época uno no tenía tantos discos, así que, los que tenía, los escuchaba como un poseso una y otra vez, por lo que ese disco, a día de hoy, me lo sigo sabiendo de memoria. ¿Por qué no fui, entonces? Seguramente, es triste decirlo, porque no conseguí liar a nadie. El ir a conciertos no era una cosa que se hiciera tan a menudo, o por lo menos yo no lo hacía, pero en aquellos días hubiera sido raro, por ejemplo, que me hubiera perdido uno de Serrat. Habría ido con mi amigo Miguel, con mi amiga Aurora. A los Smiths, ya…

 

13.

Todo esto lo reconstruyo ahora, pero me parece que ya por entonces los Smiths eran algo así como un vicio solitario mío. Sin conocer realmente las circunstancias del grupo, su planteamiento creativo o vital, hubo algo con lo que sintonicé poderosamente. Me apunté desde el principio a la poética de Morrissey, resonaba bien con mi inveterado romanticismo de aquella adolescencia irredenta en la que yo escribía poemas igualmente desgarrados. So please please please let me let me let me get what I want se cerraba Hatful of hollow y yo asentía: Lord knows it would be the first time. Yo tampoco conseguía lo que quería y, qué le vamos a hacer, era humano y necesitaba ser amado, como cualquier otro.

 

14.

Da un poco de vértigo cuando se piensa, pero los Smiths de entonces, los que fueron a ese concierto en Madrid, no habían sacado ni siquiera The Queen is Dead, acaso su disco más famoso. La setlist, que se puede recuperar, es, de todos modos, gloriosa. De hecho, el concierto entero está disponible en la web de RTVE. Fue retransmitido en La edad de oro, el maravilloso programa de La 2 que dirigía Paloma Chamorro y al que yo estaba seriamente enganchado. Se puede ver también la entrevista que hizo Chamorro a Morrissey y Marr. No estoy muy seguro de si vi ese programa, creo que sí, puede que no entero, porque, al fin y al cabo, televisión sólo había una en la casa familiar, y yo tenía que negociar con mis padres su uso para esos vicios solitarios míos. Ahora, al revisar el vídeo, todo resuena fuertemente, y desde mi conciencia actual, desde mi asunción presente (por fin) de mi particular sensibilidad, me parece increíble que en ese canal y medio de la tele de entonces haya podido verse la performance inolvidable de ese especimen glorioso que era Morrissey a punto de cumplir veintiséis años.

 

15.

Por cierto, que cuando quiero exhibir credenciales de participante en la movida, cosa que, de entrada, es falsa, porque todo eso pasaba muy tangencialmente por mi vida, y que, además, no tiene mucho sentido, porque movida es un concepto a posteriori, y bastante manido y mentiroso, pero, vaya, cuando quiero ponerme estupendo, recuerdo que un día asistí, justamente con Miguel y Aurora, a la grabación, en Prado del Rey, de un programa de La edad de oro. El artista en esa ocasión fue Marc Almond, que para mí era la mitad de Soft Cell, y que se marcó un muy interesante concierto en directo con un público fervoroso formado esencialmente por gays. Esto no es baladí, porque otra de las cosas que ocurrían entonces, y que de algún modo también tiene mucho que ver con los Smiths y mis pasiones ocultas, era que tóxica era propiamente un epíteto de masculinidad, esto es, era algo que iba implícito en el concepto de machito comme il faut, que era el objetivo del desarrollo de un adolescente e incluía, claro está, la homofobia, en ocasiones violenta. Yo, que nunca me adapté a ese estereotipo y que siempre tuve una sensibilidad muy acusada y tachable como femenina o directamente afeminada, puedo mirar ahora aquellos años con esa perspectiva y entender que eso, que aún llamaba la atención, era algo que directamente me apelaba, más allá de toda cuestión de identidad sexual, y puedo congratularme de que las cosas hayan ido siendo de otro modo. Y puedo también alarmarme ante la posibilidad de que podamos retornar a esos cenagales, Oscar Wilde que está en los cielos no lo quiera.

 

16.

Cuando empezaron los CDs me volví a comprar Hatful of hollow y me compré también The Queen is Dead. El reproductor de CD iba en una torre Technics que pude adquirir nada más empezar a trabajar en 1987 y ganar mi propio dinero (trabajar en la Uni, me refiero, porque sacaba dinero para discos y libros desde mucho antes, arbitrando tenis, pinchando discos, dando clases particulares de matemáticas). Los soportes de la música van cambiando en la historia de mi vida. No tiro nunca nada, pero lo cierto es que ya me limito a Spotify. La ventaja: allí está todo, y uno puede hacerse con la integral de los Smiths y explorar la carrera en solitario de Morrissey, tan dilatada ya, y a la que no fui prestando tanta atención, todo sea dicho, por más fascinante que me resultara el personaje. Mi devoción por los Smiths me lleva, injustamente quizás, a considerar esa época como insuperable.

 

17.

No es raro que Morrissey toque en España, y yo he tenido muchas oportunidades de verlo, aunque nunca lo haya hecho. Es verdad que cada vez voy menos a conciertos y que el concepto de festival me pilló ya algo mayor. Así pues, lo que voy a contar ahora, tampoco debe plantearse como algo especialmente épico: podría haber pasado antes o de otro modo. El caso es que el sábado estuve viendo a Morrissey en Barcelona. Era mi primera vez. Yo había ido a Barcelona porque en la madrugada del domingo se volvía a representar Seppuku de mi adorada Angélica Liddell, una obra de cuya première ya les hablé en su día. Los hados quisieron que justamente esa noche tocara Morrissey en un escenario ya de por sí peculiar, como el Poble Espanyol. No me decidí hasta el último momento, pero me compré la entrada y me fui para allá. Fue una maravilla, al menos para mí, porque era mi primer concierto de los Smiths, aunque ya no fuera de los Smiths, era el concierto al que no fui, cuarenta y un años después. Fui solo, no conocía a nadie al principio. Al final, después de saltar, gritar, llorar a ratos, empaparnos por la lluvia que cayó, todos los de mi alrededor éramos hermanos en Morrissey. Nos despedimos con un abrazo, seguros de que no volveríamos a vernos. Si alguno leyera esto, entendería lo que no voy a ser capaz de escribir.

 

18.

No es ya que Morrissey mantenga una figura envidiable, que siga teniendo grandísimas cualidades vocales y sobre todo que su presencia y su capacidad interpretativa conviertan en inolvidable cada número, es que, para mí, en algunos momentos, ese fue un punto bucle, un pequeño pespunte que cosía mi edad de ahora con la del veinteañero que no fue a ver a los Smiths a Camoens, un atajo, misterioso y también tramposo, que salvaba esa distancia temporal inconmensurable con una de las pocas herramientas a las que se puede acudir para realizar ese juego de manos que puede, sin duda, justificar el doloroso hecho de estar vivos: la música, el arte, la comunión del artista con el auditorio, de los miembros del público entre sí, de cada uno con los que ha sido y también con los que será. How soon is now? Es muy tarde, sin duda, pero de algún modo todavía hay tiempo. I know it’s over, y por supuesto que se ha acabado, pero todo, siempre, vuelve a empezar. Por eso los discos son redondos.

 

19.

Mucho, mucho tiempo después de que ocurriera todo lo que me había ocurrido en mi vida con los Smiths, cuando yo era ya otro, alguien muy diferente al de mi juventud y muy diferente, por fortuna, también al que soy ahora, alguien que, de todos modos aún seguía, en esos tiempos difíciles y nada propicios tampoco a la lírica, escuchando The Queen is Dead todo el tiempo, ahora en el CD del coche, descubrí que, además de conectarme con toda esa gente que soy, los Smiths tenían el password para encontrar una conexión inquebrantable con una persona. No es que hiciera falta el definir eso, porque la conexión existía ya, con toda su fuerza, pero el azar, el misterioso azar, hizo que, inesperadamente, descubriera que compartíamos canción, a pesar de la diferencia de edad, de las circunstancias vitales tan aparentemente opuestas. No es muy original, mucha gente tiene esa misma canción entre sus favoritas, pero ella sabe por qué lo digo, y por qué eso nos dio luz en la obscuridad. Una luz que nunca se apaga.

 

20.

Seppuku gira, ya lo sabemos, en torno al suicidio de Mishima. A las cinco menos cuarto de la mañana del domingo 26 asistimos boquiabiertos una vez más a esa increíble catarsis. Unas horas antes, a pocos metros de ese mismo teatro, Morrissey, en el bis, atacaba por fin los primeros compases de la canción que yo llevaba esperando todo el concierto. Nos pedía que le sacáramos por ahí esta noche, que quería ver gente, escuchar música, que no quería volver nunca, nunca a casa. Nosotros lo hacíamos, claro, le llevábamos en nuestro coche, y era verdad que no importaba si chocábamos contra un autobús de dos pisos o nos arrastraba un camión de diez toneladas, porque estábamos juntos, porque, ya que al final uno tiene que morir, the pleasure, the privilege es nuestro por morir juntos. He escrito toda mi vida sobre la muerte, el suicidio es un tema recurrente, también (sobre todo) lo era entonces, a los 21 años, escuchando a los Smiths en bucle. Sigo aquí, escribiendo sobre eso. Buena señal, imagino. En los vídeos que grabé el sábado mientras Morrissey cantaba, acompañado por las voces de todos nosotros, There is a light that never goes out se oyen mis berridos destemplados gritando a voz en cuello I don’t care I don’t care I don’t care. Y era verdad que no importaba.

 

y 21.

La vida son esos momentos, dijo ella cuando le escribí lo feliz que estaba por mi día y pico en Barcelona, con Morrissey y Angélica. Es verdad, ella y yo lo sabemos, porque somos gente que escucha a los Smiths, gente que avanza en coches entre autobuses de dos pisos. Me puse, para ir al concierto, una camiseta que había comprado por Internet unos días antes para la ocasión, con ese autobús de dos pisos y la frase de to die by your side is such a heavenly way to die. Se empapó de sudor y lluvia. Esa noche no dormí, fui al hotel, me pegué una ducha, me cambié la camiseta. Me puse otra también alusiva a los Smiths, que ponía Hang the DJ. Cuando volvía, a las nueve de la mañana, después de la función y el desayuno en el Lliure con algunos otros angélicos incorregibles como yo, paseando, contento como pocas veces, en una especie de jet lag, en esa mañana estupenda en Barcelona, me crucé por la calle Tarragona con una chica muy joven que me sonrió. Me fijé: llevaba una camiseta de Morrissey, seguro que había estado en el concierto de la noche anterior. Me había visto la mía y la había reconocido, había reconocido el Hang the DJ de Panic, por eso sonrió. Sonreí de vuelta. Habrá cuarenta años de distancia entre nosotros, tendrá la edad que aquel Agus tenía en 1985. Creo que eso lo resume todo perfectamente, y que es justamente por esos momentos por los que uno puede seguir subiéndose con amigos a coches que avanzan por la noche y en el fondo, en el fondo, pedir please please please que ningún double-decker bus se nos lleve por delante, al menos de momento, porque tenemos muchas cosas que hacer todavía y tenemos que vernos algunas otras veces, en un darkened underpass o en una calle de Barcelona o en cualquier otro lugar, y la luz, por ahora, sigue sin apagarse.

 


domingo, 23 de noviembre de 2025

El placer de morir


  

Sí, la casa de mis padres era el lugar de mi suicidio.

ANGÉLICA LIDDELL, Dicen que Nevers es más triste

 

1.

Osamu Dazai (o, para ser más exactos, aplicando el uso japonés de anteponer el apellido al nombre, Dazai Osamu) intentó suicidarse por primera vez el 10 de diciembre de 1929, a los veinte años, tomando pastillas. Para entonces estaba ya entregado a la mala vida desde el punto de vista de su adinerada familia: alcohol, prostitutas y marxismo. Esa misma familia no consintió su matrimonio con la geisha con la que convivía, aunque siguió financiándole sus (supuestos) estudios universitarios de literatura francesa en la muy selecta Universidad Imperial de Tokio, a cuyas clases se jactaba de no haber acudido una sola vez en cinco años.

 

2.

Para su segundo intento de suicidio, Dazai se hizo acompañar de una camarera de sólo 17 años, Shimeko Tanabe, en octubre de 1930. El método elegido fue el ahogamiento en el mar, tras haber ingerido una buena cantidad de somníferos. Shimeko sí que murió, pero Osamu fue rescatado y eludió posteriormente, gracias a su poderosa familia, cualquier responsabilidad penal por la muerte de la joven. Alejado finalmente de los estudios, comenzando una carrera literaria que tardó en cuajar, el suicida vocacional que era Dazai, lo intentó por tercera vez el 19 de marzo de 1935, ahorcándose, acaso recordando la Balada de su admirado François Villon. Tampoco funcionó. La cuerda se rompió.

 

3.

El éxito literario le llegó a Dazai. Para entonces ya era adicto a la morfina y otros medicamentos y alcohólico y había organizado un suicidio conjunto con su mujer por ingesta de somníferos, que tampoco resultó. Luego vino la guerra, y la derrota, y tras ellas Dazai escribió sus mejores obras, como Indigno de ser humano. No le quedaba ya mucho por vivir, su vocación suicida acabó imponiéndose. El 13 de junio de 1948, poco antes de que Dazai cumpliera los 39 años, se arrojó, junto con su compañera Tomei Yamazaki, viuda de guerra y peluquera, a un canal del río Tama, en los suburbios de Tokio, que llevaba mucho caudal en esa estación de las lluvias. Esta vez funcionó. Ambos murieron. El cadáver de Dazai no se recuperó hasta el 19 de junio, el día de su cumpleaños. La fama póstuma del escritor se hizo tremenda y los 19 de junio los fieles se agolpan en su tumba y le hacen ofrenda de alcohol y cigarrillos.

 

4.

Sobre esa tumba, en el templo de Zenrinji, en los alrededores de Tokio, se abrió las venas, tras haber ingerido somníferos y bebido mucho, el 3 de noviembre de 1949, Hidemitsu Tanaka, a los 36 años. Tanaka era discípulo de Dazai y compartía sus adicciones. La noticia del suicidio del maestro le golpeó y decidió arrojarse al mismo canal para perder la vida allí, pero fue rescatado. Un niño descubrió el cuerpo agonizante de Tanaka, cuyas últimas palabras a los médicos que intentaban en vano salvarle la vida fueron mátenme, perdónenme.

 

5.

Al igual que le ocurrió a Tanaka, en su día, a Dazai, el suicidio de un escritor al que admiraba también le afectó notablemente. Se trataba de Ryunosuku Akutagawa, quien, a los 35 años, el 24 de julio de 1927, se quitó la vida por sobredosis de barbitúricos en Tokio. Mucho mayor que todos estos escritores, que no alcanzaron la cuarentena, la gloria nacional, primer Premio Nobel de Literatura japonés, Yasunari Kawabata, murió el 16 de abril de 1972, a los 72 años, intoxicado por el gas mientras tomaba un baño, aunque hay quien afirma que tal muerte podría haber sido accidental. Y, por supuesto, Yukio Mishima, de quien ya hemos hablado aquí en alguna ocasión, se suicidó según el ritual del seppuku el 25 de noviembre de 1970 (el martes hará 55 años) tras su frustrado asalto, junto con sus compañeros del grupo paramilitar Sociedad del Escudo, al Cuartel General de las Fuerzas de Autodefensa en Tokio. Mishima tenía en el momento de su muerte 45 años.

 

6.

Dazai, Akutagawa, Kawabata, Mishima, cuatro de los mayores y más influyentes escritores del siglo XX japonés murieron, pues, por su propia mano. En una cultura que tiene una relación tan particular con la muerte, este hecho no puede dejar de ser significativo. Entrar aquí en reflexiones sobre los motivos profundos de esa tendencia, o en valoraciones sobre cada caso particular, está fuera de las pretensiones de esta entrada, pero al mismo tiempo es algo que no cabe ignorar. El suicidio es, podríamos decir haciendo una boutade, una enfermedad profesional de los escritores y las escritoras. Hubo un tiempo en que mi curiosidad (que tanta gente tildaría de morbosa, pero que tiene connotaciones muy profundas) me llevó a coleccionar nombres de suicidas y procedimientos de suicidio. Llegué a concebir incluso un proyecto literario que incluía un herbario de suicidas y que se centraba en París, lugar de muchas muertes. Y entonces llegó Angélica.

 

7.

Los lectores de este blog, que no son tantos, pero son muy selectos y fieles, recordarán sin duda mi relación tan particular con Angélica Liddell. No les extrañará, por tanto, que hiciera todo lo posible en su momento para garantizar mi presencia en el acontecimiento que tuvo lugar ayer, sábado 22 de noviembre, antes del alba en Salt, Girona, es decir, el estreno mundial de la última obra de la Gran Papesa, Seppuku, el funeral de Mishima, o el placer de morir. No fue fácil, nunca lo es. Tras meses de espera, el tensísimo momento en el que se ponen a la venta las entradas en la aplicación (no soporto el procedimiento, casi me gustaría volver a las colas de toda la noche junto a la taquilla de mi juventud) condujo a un breve instante de felicidad absoluta, que los dioses, la presteza de mis dedos y la inusitada fortaleza de mi conexión con la plataforma de venta, me concedieron. Fui un privilegiado. Cuatro minutos tardaron en agotarse las entradas para esa función y la del día siguiente, hoy.

 

8.

Es bien cierto que el Teatre de Salt es pequeño, y que una buena parte de las localidades estaba copada por prensa y programadores, por no hablar de que había habido una preventa para diversos mecenas y gente registrada. El resultado fue que cuando entré en la aplicación había disponibles apenas un par de filas arriba del todo. Y menos mal. Así pues, allí, en la fila 14, un número que es muy significativo para mí, pude ubicarme yo a las cinco y pico de la mañana del sábado, para la función que iba a empezar a las 5.45. A la salida nos esperaba la aurora. Pero teníamos que atravesar la noche.

 

9.

La logística, pues, no fue sencilla. Tren a Girona, que es uno de mis lugares favoritos del planeta, y que pude volver a recorrer fugazmente la tarde muy fría del viernes. Hotel en Salt, pero en uno de esos no lugares copados por grandes naves y Mercadonas de extrarradio. A quince minutos del teatro por grandes vías desiertas y rotondas. Recorrí ese camino la noche de antes, para comprobar distancias e itinerarios. Llegué a la plaza donde está el teatro, le hice una foto al cartel. Era al día siguiente, pero un día siguiente apenas comenzado, así que a esa vigilia nocturna le quedaban sólo algunas horas que intentaron ser de sueño. Volví a revisitar la película de Paul Schrader, no la terminé, me forcé a acostarme. A las cuatro de la mañana (las cuatro ya son de la mañana, las tres son todavía de la madrugada, me parece) sonaron, casi simultáneamente, el despertador de mi móvil y la llamada de la recepción que había pedido. Me desperté completamente despejado. Dispuesto. A lo que viniera.

 

10.

Curiosamente, hacía menos frío que la noche de antes. Anduve el kilómetro y algo. Llegué muy pronto al teatro, como llego siempre muy pronto a los sitios. No se podía entrar a la sala, pero sí a la cafetería, que ya estaba llena de gente entonces. Era un extraño ambiente de after hours invertido, un before hours. Me encontré con gente que conozco de otros akelarres anteriores, miembros de la familia angélica. Tenía muchas ganas. Entramos en la sala, es muy pequeña, verdaderamente. A pesar de estar arriba del todo estaba en realidad muy cerca del escenario, que mostraba una decoración mínima. Una pared dorada, una pasarela, una plataforma blanca, algunos pequeños elementos escénicos a mi derecha. Me senté, nos sentamos. Esperamos aún unos minutos más, los últimos de la gran espera. Teníamos muchas ganas.

 

11.

Ya he hablado por aquí de la fascinación que me lleva produciendo desde la juventud más lejana el suicidio ritual de Mishima, de la relación de admiración ambivalente que tengo con el escritor japonés. Un día, en una de esas cosas que me pasan con Angélica, en una firma en la librería Rafael Alberti de Madrid (no aquella en la que fui bautizado como Agustín Liddell, me parece, otra anterior, en la que se firmaba Kuxmmannsanta) escuché cómo Angelica le decía antes a Lola, de la librería, hablando de libros, que lo siguiente era Mishima, pero que de Mishima ya lo tenía todo, desde su juventud. Ahí tuve, en primicia, la primera noticia de Seppuku. Desde ahí estaba esperando. Tenía muchas ganas.

 

12.

Cuando uno ha decidido, si es que uno decide esas cosas, formar parte de un culto, como yo decidí ingresar en esta especie de secta de la Gran Papesa, siempre corre el riesgo de perder toda capacidad crítica. Puesto que uno ha apostado por sus afinidades electivas, ha conectado a niveles profundos con una creadora, es fácil que eso le impida realmente apreciar en su justa medida la grandeza o miseria, si la hubiera, de la obra que esa creadora desarrolla. Mi acercamiento, por otro lado, a la literatura, y también a las artes en general, pivota, a veces en exceso, sobre mi parte más racional, ésa que me vino hipertrofiada de serie y que además cultivé hasta la extenuación durante mis largas décadas de desempeño como científico. Esa razón puede obnubilarse, puede trampear los juicios estéticos. Admitido. Soy un feligrés rendido a los pies de Angélica. No esperen de mí un análisis. Se trata de otra cosa, en realidad. Se trata de la emoción.

 

13.

Emoción es una palabra compleja para mí. No porque no sea una persona emotiva, acaso lo soy en exceso. Pero, por eso mismo, desde mi más remota infancia de niño nacido en los 60 y crecido y educado en los 70, en aquella España, me cuidé muy mucho de ocultar esas propensiones, consideradas tan poco masculinas. La "emoción" estética que produce una obra es una cosa que en mi caso va también, como todo lo demás, muy gobernada por la razón. Me cuesta la pura contemplación, una contemplación que se me lleve por delante, que me anule ante la belleza, siempre hay una cabeza que se resiste a quitarse de en medio, que se obstina en establecer asociaciones, jerarquías, en revestir de palabras todo (esas palabras que no cesan de salir de nuestras bocas, Angélica), en pensar por anticipado en cómo registraré eso en un cuaderno, cómo lo contaré a quien me quiera escuchar, cómo lo escribiré aquí en el blog. La emoción, la de verdad, la de la mayúscula, la que conmociona, destroza, parte en dos, se anuda a la garganta, se enseñorea del pecho y lo siembra de sollozos, es territorio vedado en general, no la dejo, no me dejo.

 

14.

Por eso, cuando ocurre, cuando inevitablemente ocurre, sin dique alguno que oponer, es algo devastador, extrañamente gozoso, intolerablemente perturbador, algo memorable, es decir, algo de lo que es preciso dejar memoria, almacenar en esos lugares privilegiados que dan cabida a algunos, pocos, instantes vividos que no se parecen a otros. Angélica Liddell, a la que admiro con mi parte racional, a la que le reconozco virtudes literarias y artísticas fuera de lo común, quien me produce emoción estética, quien me interesa, me interesa mucho, y eso hace que la siga por la geografía, sobre todo, además de todo eso, me destroza, entra como un bisturí en mi cerebro y en mis tripas, arrasa con todas mis defensas, me toca donde más me duele, donde más placer me produce, donde más miedo me da, donde soy más yo, donde soy más nada, dónde estoy sin recordar que estoy, donde no puedo presentar batalla. Y ahí, en esos momentos, que no siempre ocurren, que a lo largo de una representación pueden ir y venir, que en las lecturas comparecen o no, ahí, cuando estoy a su merced, todo encuentra su sentido, todo queda justificado, todo se comprende y escucho a Angélica. La escucho. No creas que nadie te escucha, Angélica. Yo, por lo menos, lo hago.

 

15.

Seppuku es un acontecimiento de gran relevancia, nadie dudaba de eso. En él hay todo lo que cabe esperar de una propuesta liddelliana. Todo está perfectamente orquestado, los actores de los que se rodea son absolutamente excelentes, deslumbrantes. Ella se arriesga, no ceja en su empeño de ir más lejos. Todo es de una belleza a ratos difícil de soportar. Ninguna de esas cosas, siendo tan raras, siendo tan difíciles de encontrar, nos sorprenden ya (y debería, deberíamos recordar siempre que todo esto es excepcional) a los habituados, a los adictos a Angélica. Cada una de esas cosas justificaría por sí misma el viaje o el madrugón, por supuesto. Pero, si sólo fuera eso, mi gobierno no se vería trastocado, no habría revolución en mi interior, el cerebro izquierdo, o el del lado que sea, se volvería sonriendo y diría: qué grande es, qué bien ha estado, y desgranaría sus razones. No, no es sólo eso. Por eso, en buena medida, en estas cosas de las que no se puede hablar es mejor callar, y lo que pueda escribir en los próximos párrafos (que no sé lo que es, nunca sé lo que es) es, de antemano, algo fallido.

 

16.

Cada uno lo siente a su manera, a cada uno le habrán pasado cosas diferentes, cada uno señalaría otros momentos, que los hubo, bellísimos, como el teatro Nô, con su pluma roja, la danza del increíble Ishiro Sugae, la lectura y escenificación de Patriotismo, la extracción de sangre, tantos momentos que no quiero desgranar, pues es de esperar que el espectáculo se repita, que se pueda volver a ver de nuevo y lo mejor es ir lo más virgen posible, como yo fui la mañana del 22, antes del alba. Para mí, y seguro que para mucha gente más, fue el homenaje a los difuntos. Y yo sabía que eso estaría en la obra, porque había leído el documento en que la compañía solicitaba a quien quisiera prendas de vestir de algún ser querido que hubiera fallecido. Es decir, mi parte racional estaba preparada, pero ahí, fue ahí, cuando la Emoción tomó el control, cuando brotaron las lágrimas, como me brotan ahora, mientras escribo esto, en el tren de vuelta de Barcelona a Madrid.

 

17.

Angélica, desnuda, recibe la ropa que respetuosamente le van entregando Ishiro y Kazan Tachimoto, y se la pone, leyendo los nombres de las personas de quienes procede, el modo en que murieron, la fecha, la edad. Entonces, Angélica recita un breve poema, un jisei, compuesto para cada uno. En una ocasión, para una pareja de personas mayores, mientras porta la chaqueta de él, una prenda interior de ella. Van viniendo más prendas, se repite el ritual, se recitan nuevos poemas, dedicados a la gente común, proporcionando un memorial que me hizo evocar a los retratos fúnebres de El Fayoum, otra de esas cosas que disparan mi Emoción. Esas prendas fueron la ropa de mis padres que guardé tantos años en el trastero, que seguramente contiene algunas cosas suyas todavía. Entre los nombres que iba desgranando la oficiante, en mi cabeza, ya definitivamente tomada por las fuerzas caóticas de la Emoción, bien podía escuchar los suyos, que murieron al mismo tiempo que los padres de Angélica, que entendería tan bien lo que sentí.

 

18.

Y entre los nombres pude escuchar también el mío, el que comparte apellidos con Angélica, la vi colocándose, no sé, alguna de mis camisetas, acaso ésta que llevo hoy debajo del jersey, que muestra la primera frase de la Recherche. Algo íntimo, pero no sórdido, algo que es entrañable, y es, como lo son las entrañas, orgánico, algo que no cabe mostrar, que bien se cuida la piel de no revelar, pero que está ahí, sabiendo de lo que se habla en verdad, escuchando, comprendiendo. El signo de la Emoción, el nudo en la garganta, un nudo que era también aquel del que hablaba Angélica al comenzar, ése que iba a ser el de su ahorcamiento, previsto y prefigurado en las fotos, iba apretándose.

 

19.

Cuando saltaron mis lágrimas, y también las de ella, fue ahí, al final de ese acto de hermanamiento entre los vivos y los muertos a través del amor y el recuerdo. Angélica se situó calladamente en la parte delantera del escenario, y prendió dos pequeños cuencos dorados que estaban ahí desde el principio, esperando el punto adecuado de la ceremonia. Entonces nos dijo que lo que había allí eran las cenizas de sus padres, que lo que estaba ardiendo eran los restos del cuerpo de sus padres, de esos padres que murieron al tiempo de los míos, y ese humo que se elevaba en cada esquina del escenario era una presencia, un espíritu que ella se afanaba en abrazar, en besar, rodeándolo con sus brazos en una danza amorosa y desoladora, durante unos minutos de una intensidad como yo he vivido pocas veces, y mucho menos en público. Me hicieron mucho, mucho bien, esas lágrimas, y eso es algo que nunca agradeceré lo bastante a Angélica.

 

20.

Cuando salí e intentaba comentar lo visto con los compañeros de la religión angélica (los que estábamos arriba, los que nos levantamos a aplaudir interminablemente), mi lado racional había tomado ya el control hacía tiempo, pero, cuando me refería a esa parte, se me quebraba la voz. Y hasta me entrevistó una reportera de Catalunya Radio que andaba por allí recogiendo testimonios. No lo he oído, pero es posible que mi voz tiemble. Ahora, callado, en el tren, temblaría igualmente, y mis ojos siguen húmedos. Eso es lo que puedo decir, y no se parece ni por asomo a lo que fue, porque lo que fue no se puede explicar, como no se puede explicar que justo ahora, justo en este preciso instante, en mis auriculares suene La yugular de Rosalía, y justamente sea esa parte exacta, esa parte del pintalabios que ocupa el cielo, que hace que se me salten las lágrimas cada vez que la oigo, y cuando estas cosas, que no pueden programarse ni prepararse, pasan, uno entiende que, a pesar de todo, hay alguna posibilidad, que en los años que me quedan, que van siendo menos, habrá otras aperturas, habrá otros vislumbres, habrá otros instantes vertiginosos de una felicidad paradójica, pues viene de la mano del dolor, como del dolor vienen, al cabo, todas las cosas.

 

y 21.

Pido el fin de la vida, repite Angélica en su letanía, y nos explica por qué es preciso el final de la vida. Y entonces, conmovedoramente, nos dice: os lo llevo diciendo mucho tiempo, os lo llevo diciendo desde siempre. Pero no me entendéis. No me escucháis. Yo te entiendo, yo te escucho, Angélica, ya lo ves. Yo lloro al mismo tiempo que tú. No sé si te servirá de algo, o si algún día leerás esto, pero, para lo que valga, aquí lo dejo, mientras avanza mi tren de vuelta a Madrid desde un Japón extraño, de este lado del alba ya, y con el vientre rajado en dos por tu espada.


lunes, 13 de enero de 2025

El pabellón dorado

 

 

Estoy seguro de que en un pasado remoto presencié el resplandor de un crepúsculo incomparablemente soberbio. ¿Es mi culpa que los crepúsculos que he visto después siempre se me aparezcan más o menos descoloridos?

YUKIO MISHIMA

 

1.

En la última entrada de este blog afirmé que no parecía haber aniversarios de grandes escritores para este 2025, y claramente me equivoqué, toda vez que mañana, 14 de enero, se celebra justamente el centenario de alguien que es indiscutiblemente un gran escritor, el japonés Yukio Mishima. Es bien cierto que en aquella entrada añadí de mi preferencia, y en ese sentido, yo no diría que Mishima es de mis escritores favoritos, aunque sí respeto su obra y mi historia con él es larga y compleja, como pretendo explicarles aquí. En él, como en muy pocos otros casos, la intrincada cuestión de la relación entre el autor, el personaje público y la persona real detrás de ambos se hace especialmente compleja. Así, le he orbitado en diferentes periodos de mi vida, nunca acabando de entrar en su mundo, pero indudablemente fascinado por su figura, a la vez que repelido por algunas de sus actitudes, o poses, pues si algo hay en él es, me parece, teatralidad.

 

2.

La primera vez que oí hablar con cierto detalle de Mishima fue, si no me equivoco, en 1983, cuando estaba por cumplir 19 años. Concretamente, el 31 de mayo (es maravilloso que exista una Red en la que bucear para encontrar datos precisos, es maravilloso para alguien como yo, que siempre se tuvo por un explorador de enciclopedias), en el recién estrenado, benemérito y nunca bien ponderado programa del UHF o la Segunda Cadena de TVE (too soon para La 2, todavía) La edad de oro, conducido por la sin par Paloma Chamorro. Yo era un adolescente madrileño en plena efervescencia cultural, en lo que se acabó llamando la Movida, pero eso fue después y siempre fue un poco por todas partes, pero al margen, o yo por lo menos era demasiado pasivo o estaba demasiado desorientado para acabar en el meollo, mientras consumía ávidamente programas de radio, discos de vinilo, fanzines con dibujos de Ceesepe o el Hortelano e iba empezando a saber, y de qué modo (la boca abierta: no podía ser que eso estuviera pasando), quiénes eran Ouka Lele o Almodóvar. Por supuesto, apenas empezó La edad de oro me convertí en fan y no dejé de ver ningún programa.

 

3.

Así pues, el 31 de mayo de 1983, en La edad de oro, se presentó un corto documental a cargo de Koldo Artieda titulado Incidente Mishima. Puede encontrarse en RTVE play el programa entero. Yo lo he revisado hace unas semanas, después de no haberlo visto en más de cuarenta años y, la verdad, es obvio que el documental me impactó, porque lo recordaba básicamente tal cual. Es una pieza interesante, con toques muy de la época ochentera en que está hecha. En ella, como suele ocurrir, la obra literaria de Mishima se toca más bien de soslayo, se trata sobre todo del incidente, del modo en que puso fin a su vida, lo que implica el morbo que inevitablemente acompaña al autor japonés. Así fue como entró en mi vida, pues, como un lunático que con su ejército privado (la Sociedad del Escudo) se encaminó al cuartel de las Fuerzas Armadas Japonesas el 25 de noviembre de 1970 para dar un golpe de estado, o, como mínimo, intentar que se sublevaran contra el estado de las cosas en Japón. Un intento fracasado que desembocó entonces, en pura aplicación de la lógica suicida que le animaba desde, probablemente, siempre, en el seppuku.

 

4.

Pero estoy desordenando el relato. En la pieza de Artieda se mostraba metraje de la acción de Mishima y me pareció (es decir, ahora, cuarenta y tantos años después interpreto lo que me pareció) que era extraño que algo tan relevante me fuera desconocido, aunque el hecho hubiera ocurrido cuando yo tenía seis años. Probablemente, a los casi 19 de 1983, y con toda la experiencia lectora que ya arrastraba, me habría topado con libros de Mishima en las estanterías de las librerías, pero, como he dicho, desconocía todo de su figura histórica. Ahí comienza, pues, la atracción, profundamente ambivalente. Un militarista de extrema derecha, que quiere recuperar el culto al Emperador en el Japón derrotado y controlado por los USA no es, como puede imaginarse, exactamente mi modelo ideal. Y, sin embargo, la ampulosidad de sus gestos, su evidente necesidad de ser el centro de las miradas y las discusiones, su obsesión por el cuerpo y su descarada pose gay (por más que mantuviera una familia formal, que siempre negó esas tendencias), lo convertían en alguien realmente interesante como creación pública. Esa dualidad sigue vigente hoy en día, y sólo el distanciamiento que van trayendo las décadas permiten pulir sus muy evidentes estridencias. El imposible éxito de su coup de opereta y el inconcebible gore de su muerte son aderezos irresistibles, por más que de sabor acre, que hacen que se vuelva una y otra vez sobre esa historia, sobre esa película.

 

5.

En adecuada resonancia, en 1985 se estrena una película titulada Mishima: A life in four chapters. El director es Paul Schrader, que poco antes había hecho una versión del clásico Cat people con mi adorada Nastassja Kinski. En tanto que director, la carrera de Paul Schrader estaba empezando, pero ya había sido guionista de películas tan importantes como Taxi Driver o Raging Bull. Fue American Zoetrope, la compañía fundada por Francis Coppola, quien produjo el film. Coppola y George Lucas figuran como productores ejecutivos. Es bien cierto que estamos hablando de los comienzos de los ochenta y toda esa gente es joven, pero el hecho me parece relevante, porque la película es bastante experimental, si puede usarse ese término, tanto en su apuesta narrativa como en su bello diseño visual, y por lo tanto no puede concebirse como un film mainstream, sino más bien como algo que estaba condenado desde el principio a ese estatus tan deseable en el fondo de película de culto. Schrader declaró muchas veces que era su obra favorita, y ahora la película todavía se deja ver bastante bien. La he revisado hace poco también, pensando en esta entrada, puede encontrarse en Filmin. Está estructurada, efectivamente, en cuatro capítulos, y mezcla la biografía y la obra del japonés, ofreciendo pequeñas adaptaciones de varias de sus novelas.

 

6.

Mishima: A life in four chapters empieza, como casi siempre pasa con Mishima, por el final. Así, vemos al Jefe de la Sociedad del Escudo, acompañado por sus soldados más fieles, dirigiéndose en un coche al Cuartel General, donde va a producirse el incidente. Vemos el desarrollo de ese incidente, de manera lineal a lo largo de la película. Entreverado con esas imágenes, el relato de algunos momentos de la biografía de Mishima se presenta en flashbacks en blanco y negro (algunos de ellos partiendo de obras como Confesiones de una máscara, con evidentes tintes autobiográficos). Y en paralelo a todo esto, en cada capítulo se trata de una de las novelas o ensayos del japonés, entre ellas El pabellón dorado o Caballos desbocados. Es, como se ve, una armazón ambiciosa, para una película que, desde luego, no carga las tintas en contra de Mishima, aunque tampoco se convierte en una hagiografía. Esa ambigüedad, que nos hace bailar en el hilo de la fascinación, favorece indefectiblemente a los fascistas, que no dejan de tener siempre claro que los aspectos estéticos juegan a su favor. Pero, en tanto que obra cinematográfica y en tanto que biopic, por muy sui generis que sea, la película funciona.

 

7.

Vi Mishima, como no podía ser menos, cuando se estrenó en el Alphaville, en aquella época de mi educación cinematográfica a la que ya me he referido varias veces en este blog, y, claramente, me gustó y me reafirmó en el interés sobre Mishima. Sin embargo, lo cierto es que ese interés no se tradujo en abundantes lecturas de él. Sí que leí, pero apenas lo recuerdo, El marinero que perdió la gracia del mar, en la edición de Bruguera. Luego pasó mucho tiempo hasta que me volviera a acercar a él, ya en el siglo XXI. Entonces una parte de su obra ya estaba editada en Alianza (ya veremos en qué condiciones) y lo retomé, y también me compré algunas biografías. Me seguía interesando sobre todo el incidente, y siempre desde esa ambivalencia, intentando mirarlo como una performance llevada al último extremo, el extremo de un escritor consagrado arrodillado clavándose el puñal en el estómago y girándolo, con el gesto del samurai, para desventrarse, mientras su discípulo predilecto, Morita, le cortaba el cuello de un tajo con su espada. Claro que ésa era la teoría, porque lo cierto es que Morita no acabó de acertar, y aquello devino en una escabechina, y fue otro de los miembros de la Sociedad del Escudo el que tuvo que rematar tanto a Mishima como a Morita. Eso, ese estúpido final gore de lo que se pretendía una ceremonia de la máxima solemnidad, casi me reconcilia con todo el sinsentido de la acción: es bueno que la chapuza acompañe a los gestos ostentosos y a la seriedad de los rituales, nos hace más humanos, permite la chanza y protege a la gente normal de los desvaríos de los iluminados.

 

8.

A pesar de la condición de superstar de la literatura japonesa (en un status, por otro lado, ambiguo, al menos en la Academia, pues claramente es una figura incómoda), lo cierto es que el destino editorial de la vasta obra de Mishima en Occidente no ha sido siempre el deseable. En la mayor parte de los casos, las ediciones que fueron apareciendo de sus libros correspondían a traducciones de segunda mano, generalmente realizadas a partir de la versión inglesa. Así, en España, aún hoy (y es algo que parece alucinante que aún ocurra), hay novelas de Mishima, como la tetralogía El mar de la fertilidad, su obra cumbre, que no están traducidas del japonés. Algunas otras van apareciendo ya en traducciones directas, por lo que hay que estar muy atentos, pues no es de recibo que la prosa de un autor que tiene una preocupación tan evidente por la forma sea malbaratada de ese modo, siendo además la opción de trabajar con las versiones originales en japonés una quimera. No creo que denunciarlo aquí sirva de mucho, pero ahí queda el comentario, y en el siguiente párrafo pongo un ejemplo sangrante de las cosas que pasan cuando no se tiene el mínimo cuidado exigible.

 

9.

Después de muchas vueltas y varios intentos fallidos, y motivado por la cuestión del centenario, hace unos días abro una vez más Nieve de primavera, la primera de las novelas de la tetralogía. Avanzo por sus breves capítulos. Me encuentro con sus personajes, Shigekuni Honda (que nos acompañará en las otras tres novelas de El mar de la fertilidad) y Kiyoaki Matsugae, que es un joven descendiente de una familia aristocrática que encarna la decadencia que implica pasar del estatus de nobleza guerrera samurai en la época del shogunato a la modernidad, bastante proustiana, de un joven preocupado por la estética y en general de ánimo melancólico. En la vasta finca de los Matsugae hay un estanque, lo suficientemente grande como para contener una isla en su centro, y poder ser recorrido en bote. Eso es lo que hacen un día los dos amigos, y entonces se nos explica que en la isla hay nada menos que tres grúas de hierro, dos con sus cuellos apuntando hacia arriba, y la tercera con la cabeza baja. ¿Grúas? ¿Grúas en un entorno de suma delicadeza, en un jardín japonés? ¿Cómo puede ser eso? Frunzo el ceño, pero sigo leyendo.

 

10.

Muy pocas páginas después, Honda se dispone a contar una historia, y nos dice que ocurrió en Tang China [sic]. Ahí es cuando me doy cuenta del desmán. Es una traducción del inglés. Nadie en su sano juicio escribiría Tang China, sino “en la China T’ang”, o “en China, en la época T’ang” (conocí muy joven los poemas chinos de esa época, en un libro publicado por Visor, delicioso). Miro el traductor: un tal Domingo Manfredi. El título original de la obra se presenta en japonés: Haru no yuki. Pero no puede ser de ningún modo una traducción directa, aunque se pretenda así. La novela fue publicada en los setenta por Caralt ya en esa traducción. Manfredi, sin duda, sería un traductor cuidadoso, pero del inglés: sólo aparece como traductor de obras originalmente en esa lengua. Nieve de primavera sería el único libro en japonés que habría traducido, lo cual no tiene sentido porque, como es obvio, no hay muchos traductores del japonés, y menos en esa época, y porque, como puede comprobarse, el resto de las obras de la tetralogía no son traducciones directas, sino que proceden de la versión inglesa, y lo lógico es que si se dispone de un traductor del japonés se emplee para las otras novelas.

 

11.

Y entonces se explica todo: hagamos traducción inversa. Grúa se dice en inglés crane (es el término que aparece, en efecto, en Spring snow, se puede comprobar en la Red). Pero crane es también… grulla (!). Eso sí cuadra: las grullas son adecuadas para el arte japonés. Lo que hay en la islita del estanque son estatuas de grullas, puede que efectivamente de hierro, aunque ya se podría dudar de eso también. Así que ya no puede uno seguir leyendo ese libro, si tiene un cierto respeto por la obra de su autor, porque a saber cuántas grúas más nos encontraremos más adelante. He encargado la traducción inglesa, qué remedio. Puestos a alejarnos de la versión original, al menos no lo hagamos mucho. Y vergüenza para Alianza, que es tan admirable en otros aspectos y que a no dudar tendrá lectores profesionales que dan el OK para las obras que publican, que sin embargo han aceptado que en un estanque de una casa señorial del Japón de principios del siglo XX los motivos decorativos sean grúas, como si estuviéramos en unas instalaciones portuarias, o en plena construcción de un edificio de viviendas. Ay.

 

12.

(Por cierto, que si nos ponemos etimológicos, la cosa es que el grúa del castellano viene justamente de la grulla, pues aparentemente el origen del término es precisamente crane, que en el inglés resulta metafórico, pues las grúas pueden asemejarse en cierto modo a las grullas, y es a partir, al parecer, de la palabra catalana grua, grulla, como se llega a la coexistencia en nuestro idioma de la industrial y metálica grúa y la grácil grulla. Muestra, una vez más, que entre las líneas de cada texto se abren microscópicos abismos en los cuales, si uno penetra, se enfrenta a una perspectiva en el fondo nada terrible de Tareas Interminables.)

 

13.

Esto de las traducciones también tuvo su importancia en otra de mis lecturas mishimianas. Cuando lo retomé, comencé mi recorrido, inevitablemente, con su primera novela, Confesiones de una máscara, que aparentemente sí está traducida directamente del japonés. Leí otras cosas también. En un momento dado me apeteció mucho leer El pabellón de oro (1956), que narra el incidente real de la quema de un templo de gran antigüedad, belleza y valor artístico por uno de los monjes que habitaban en él. Lo busco para comprarlo (la edición de Alianza no estaba disponible aún) y veo que hay una traducción publicada en los ochenta en Seix Barral. El traductor es… Juan Marsé. De nuevo, desde el respeto más profundo por el autor catalán, no me parecía muy plausible que entre sus muchas virtudes se encontrara el conocimiento del japonés. En efecto, se trataba de una traducción de la versión francesa. Entonces opté por leerlo en francés, en el libro que publicó Gallimard ya en 1961 (bueno, lo leí en una edición posterior, de 2016). El traductor al francés fue Marc Mécreant, él sí conocedor del japonés (pero sin embargo La mer de la fertilité en Gallimard es de nuevo una traducción indirecta, desde el inglés, algo increíble en el muy serio mercado editorial francés). Acompaña al libro una introducción por Mécreant, escrita en 1960. Es muy, pero muy, interesante leerla. Porque en 1960, Mishima no es de ningún modo el Mishima que ha acabado pasando a la posteridad. Uno no podía ni imaginarse que iba a montar el quilombo que acabó montando diez años después. Esta especie de vértigo temporal merece por sí mismo la compra del libro en francés y me daría para un rato más, pero lo cierto es que al final apareció una traducción al castellano en Alianza, a cargo de Carlos Rubio, que sí es un traductor del japonés, y ahí es donde me puse a leer el texto definitivamente.

 

14.

Cuenta la historia que Eróstrato, ávido de inmortalidad, deseoso de que su nombre no se perdiera en toda la eternidad, decidió realizar un acto que fuera definitivamente inolvidable, y optó por algo desmesurado, indefendible: quemar el templo de Ártemis en Éfeso, que era una de las maravillas del mundo. Para contrariar su pretensión, los gobernantes impusieron la damnatio memoriae, castigando al que osara pronunciar su nombre, condenándolo así a un olvido definitivo. Sin embargo, la estratagema de Eróstrato acabó funcionando, como lo prueba el que su nombre aparezca aquí, en este texto, milenios después de su acción incendiaria. Es por eso que se bautiza como erostratismo la idea de realizar actos criminales o simplemente absurdos con el único fin de perdurar. Hoy, con la pegajosa inmortalidad que alcanza cualquier suceso, replicado infinitamente por medios electrónicos, esa tentación de Eróstrato parece convertida en un signo de los tiempos. Se trataría de hacer cualquier barbaridad para salir en las noticias. Creo que les suena. No es necesario ser siquiera un don nadie. La política actual se basa en una continua quema de templos, en una continua realización de gestos imperdonables. El fascista esteticista y nostálgico que era Mishima se horrorizaría al ver la zafiedad de los Trumps de turno. Pero no vayamos por ahí, estamos hablando de literatura…

 

15.

Mizoguchi, el joven monje de El pabellón de oro es tartamudo y poco agraciado físicamente. Desde niño vive en la perpetua fascinación por el Templo del Pabellón Dorado (Kinkaku-ji), en Kioto, del que le habla su padre, monje budista también. Al principio, el pabellón es una imagen, una imagen suscitada por las palabras. Cuando lo acabe por conocer, la sensación será de desilusión (aquí, como otra veces, Mishima es tan proustiano), pero luego el verdadero templo, que contiene, para agrandar aún más la mise-en-abyme, su propia maqueta en el interior, se acabará fundiendo con esa imagen platónica, para erigirse en la manifestación absoluta de la Belleza, tan sublime como esclavizadora, pues se postula a sí misma como la única unidad de medida del resto de las cosas del mundo, que incluye, claro, el amor carnal, en el que Mizoguchi no dejará de fracasar una y otra vez. La idea de la belleza y la de la muerte, como en toda la obra de Mishima, se cruzan, y en el Japón de la Segunda Guerra Mundial, el que los bombardeos aliados acaben con el Pabellón Dorado parece algo esperable, pero no, los americanos respetaron Kioto (no respetaron muchas otras ciudades, claro: seguimos teniendo pendiente aquí hablar de Hiroshima y Nagasaki, pero acabaré haciéndolo). Así, y resumiendo absurdamente una novela de gran penetración psicológica y extrema belleza formal, Mizoguchi tendrá que encargarse él mismo de prender fuego al templo para acabar con la tiranía de su belleza, que le mantiene aherrojado.

 

16.

De entre los muchos apuntes de Fernando Pessoa que, aún a día de hoy, siguen siendo clasificados y publicados, hay una serie que editó en su día (2000) Richard Zenith bajo el nombre de Heróstrato e a busca da imortalidade. En el primero de los trechos recogidos por Zenith, Pessoa esboza la idea de la obra que pretende hacer y que nunca pasó, por supuesto, del estado fragmentario tan propio de los trabajos del portugués: Proponho-me esaminar o problema da celebridade, tanto ocasional como permanente. El problema de la celebridad. El modo en que uno, alguien, algún hecho, algún acontecimiento se instala en la memoria de la humanidad, y permanece allí como una especie de virus residente, que condiciona inevitablemente (a menudo deformándolos) la visión de las cosas y el relato de lo ocurrido. Pessoa está en esa posteridad que parecía improbable para él, cuando no dejaba de ser una figura menor de la literatura lisboeta: son sus textos, inagotables, frondosos, gozosos en su alcance, su ambición, su humanidad, los que sostienen su fama. Mishima, que siempre quiso estar en la posteridad, que fue tan consciente de su lugar en el mundo, que dibujó tan detalladamente su personaje a lo largo de su vida, está también, sí, en esa posteridad, pero lo está, sobre todo, por su seppuku, por su última performance. No sé si esto es lo que él hubiera querido, no sé si no fue todo una absurdamente desproporcionada campaña de marketing para que su obra también fuera inmortal, pero lo cierto es que la infamia de sus acciones le confirió, como a Eróstrato, la eternidad.

 

17.

Hayashi Yōken se llamaba el incendiario del Templo del Pabellón de Oro. A las 2.30 de la madrugada del 2 de julio de 1950 lo prendió fuego, pero no acabó con su vida, como era su idea inicial. Apresado, fue diagnosticado con un trastorno psiquiátrico, y fue liberado unos años después, muriendo, aún muy joven, en 1956. Mishima estuvo en contacto con él (como Truman Capote hizo para escribir In cold blood, diríamos) y no le encontró especialmente interesante, ni le pareció que sus ideas fueran demasiado elaboradas. Las reflexiones filosóficas de Mizoguchi sobre el problema de la existencia de la belleza son cosecha de Mishima, pues. Y son muy relevantes, porque de algún modo, como en otras de sus obras, uno puede encontrar ahí, leyéndolo al revés (ésa es la trampa, eso es lo que no había podido hacer Mécréant en 1960), trazas y avisos de lo que iba a venir. La muerte, siempre, desde el primer instante de la vida de ese niño arrancado a la madre por su dominante y asfixiante abuela, de ese militarista obsesionado que sin embargo exageró sus síntomas de tuberculosis para escapar del alistamiento, de esa vedette que ejercía de cantante, actor, director de teatro, modelo fotográfico. La muerte, viniera de donde viniera, y de dónde mejor puede venir que de una tradición como la de los samuráis que glorificaba la muerte por el Emperador, especialmente cuando ya no tenía ningún sentido, porque el Emperador era una figura patética, derrotada, humillada por el poderoso ejército de Estados Unidos, que había llenado la isla de soldados que mascaban chicle y bailaban música rock. Si uno ha de morir, hay que hacerlo a lo grande…

 

18.

Quemar un templo, abrirse el vientre para que las vísceras se esparzan por el suelo: el gesto es equivalente. Mishima, que quería ganar el Premio Nobel y fue candidato muchos años, y entonces se lo dieron a Kawabata, y ya no iba a ser para él, y podía entregarse por fin a su delirio final, es un gran Eróstrato, y no podemos despreciarlo sin más. La idea de la permanencia, de la inmortalidad es algo que opera siempre, es algo que ronda siempre. Uno normalmente (y menos mal) no quiere sobrevivir en los pensamientos de los que vendrán como alguien infame, pero la perduranza está detrás de muchas de nuestras motivaciones, aunque no hayamos reparado en ello. La insistencia en arrojar otros ejemplares de pequeños seres humanos a un mundo crecientemente más demencial es una de esas manifestaciones. La vanidad implícita (y explícita) en escribir textos como éste, y lanzarlos al espacio incorpóreo de la electrónica, donde, salvo por apagones, cambios de sistemas operativos o pura extinción de la tecnología, tienen muy buenas chances de vivir para siempre, no es menos erostratiana.

 

19.

Nada temo más que al fuego, y nada me parece más terrible que el que un templo centenario arda. Recuerdo mi desolación al ver por televisión las llamas apoderándose de Notre Dame aquel aciago día. No tomaría la vida de un semejante para que los siglos maldigan mi nombre y me hagan así inolvidable. No formaría un escuadrón de batalla con otros iluminados como yo ni me lanzaría a organizar un coup d’état ready-made para lucir nuestros recién diseñados uniformes de gala. No quemaría ninguna construcción, no destruiría ninguna obra de arte, no haría ningún mal. Todo eso me es profundamente ajeno, me sitúo justo en el otro extremo del especto, soy completamente anti-Mishima. Pero soy un escritor, como él. Y tengo un problema con la belleza. Y entiendo bien lo que Mishima dice cuando lo dice Mizoguchi. Y por eso la fascinación sigue sin agotarse, desde aquella noche en la que vi a Mishima arengando a los soldados que se mofaban de él, encaramado al balcón del Cuartel General de las Fuerzas Armadas japonesas, infinitamente reducidas e inoperantes por las condiciones impuestas por los aliados en la rendición.

 

20.

Todo esto es muy peligroso. El creer en el futuro, el proyectarse a un porvenir indefinido, el quererse imperecedero es muy peligroso. No sólo porque vacía, deshabita, desvaloriza el presente, sino porque subordina al Gran Relato todos nuestros actos, porque nos substituye por nuestro Gran Personaje, con sus charreteras de guardarropía. Escribir es también investirse de unos ropajes que se pretenden sacerdotales, ejecutar unas maniobras de resucitación sobre nuestro presumible muerto inminente. Escribir es también quemar templos para verlos arder y contarlo con las palabras más bellas posibles. Escribir es también no acordarse de que ahora, aquí, en este momento impostergable, irrepetible, estamos acariciando, y pensar en mitad de la caricia en el poema que escribiremos después, cuando todo esté ya perdido. Escribir es obstinarse en una tarea sin rédito posible, en una agotadora sucesión de fracasos, en un tour de force en el que uno lucha contra todos los habitantes de todos los infiernos que coexisten en su interior. A pesar de todo eso, o, en realidad, por todo eso, escribir es algo maravilloso.