jueves, 6 de agosto de 2026

Gotta light?

  

Got a Light?” Twin Peaks Gets Seriously Weird – Dork Forty!

 

Oh, luz manifestada

que iguala al ojo con el sol.

JOSÉ LEZAMA LIMA, Las siete alegorías, en Fragmentos a su imán

 

1.

La amistad de María Zambrano y José Lezama Lima se extiende durante décadas. Se inicia en el primer viaje de María a Cuba, en 1936, tras un accidentadísimo periplo entre la vida y la muerte, nos cuenta ella, en la evocación adecuadamente titulada Breve testimonio de un encuentro inacabable, publicado como Liminar de la edición crítica de 1988 en la colección Archivos de ese libro incomparable que es Paradiso, cumbre quizás de la inabarcable obra del cubano. En 1976, cuarenta años después de ese encuentro en los comienzos de la guerra y el exilio, Lezama Lima moriría en La Habana. En esos cuarenta años la relación se mantuvo, epistolarmente, desde el cariño y la admiración mutuas. Numerosos escritos de ambos la testimonian. Muerto Lezama, María sostuvo aún una correspondencia desde La Pièce durante tres años más con María Luisa Bautista, la viuda del escritor. Esos epistolarios, a los que se añaden también algunas cartas de José Ángel Valente, fueron reunidos por Pepita Jiménez Carreras y publicados bajo el título de Cartas desde una soledad por la editorial Verbum en 2008. Resultan imprescindibles para cualquiera que esté interesado en la obra de estos gigantes de la literatura.

 

2.

La décima carta del intercambio entre Zambrano y María Luisa está fechada tal día como hoy, 6 de agosto, en el año 1978, casi dos años exactos de la muerte del poeta. Junto a la fecha, María añade Día de la Transfiguración. Y en el texto, apenas ya en el segundo párrafo, esa advocación le inspira algunas frases dedicadas a su destinataria y a la memoria de su marido: Y ha venido a ser hoy precisamente en la máxima fiesta de la luz cuando se me ha dado, queriéndolo yo mucho, el poder escribirte, tal como habría sucedido con él. Cada día te veo y te siento más como tú misma y más como luz suya, al par una llama blanca en la que ardéis los dos suavemente, quietamente. Y recuerda que él murió en esta semana en que la Luz celeste visita la tierra y cubre a Jacobo, a Juan y a Pedro. Su muerte así tal como me la relataste nítidamente, fue tránsito a imagen de la de la Virgen, del transitar de la luz. Y yo no puedo verle desaparecer en el hueco del Tokonoma sino atravesándolo ya como cuerpo sutil, luminoso, dotado de verdadera vida.

 

3.

Zambrano tiene un largo trato con la luz, y en sus escritos aparecen una y otra vez las metáforas luminosas y ópticas. Otro tanto podría decirse de Lezama. La producción ensayística de éste es enorme, profunda, compleja, riquísima, al mismo nivel estratosférico de sus novelas y su poesía. No es el cometido de esta entrada entrar en un análisis de ninguno de estos autores, ni podría hacerse cabalmente en tan breve espacio y con las limitadas capacidades del autor de estas líneas. Apenas un par de puntualizaciones, para no desviarnos en este trayecto que el texto de Zambrano solamente inicia, como una verdadera ignición: el tokonoma hace, claro, referencia al poema final de Lezama titulado El pabellón del vacío e incluido en su póstumo Fragmentos a su imán, que ya fue el protagonista de una entrada en este blog. En cuanto a los nombres de los apóstoles incluidos en la evocación de esa máxima fiesta de la luz, se trata de los (únicos) testigos del fenómeno que ha venido en llamarse, sí, Transfiguración, tras ser recogido en los Evangelios. Ese milagro es el que conmemoran hoy diversas iglesias cristianas.

 

4.

De entre los sucesos milagrosos de los que da testimonio la tradición, el de la Transfiguración es, sin duda, uno de los más peculiares. Aparece recogido, con pocas variaciones, en los tres Evangelios sinópticos (Mt. 17, 1-13; Mc. 9, 2-13; Lc. 9, 28-36). Una de las singularidades radica en que, a diferencia de, por ejemplo, las curaciones públicas, éste se trataría más bien de un milagro privado o íntimo, en el que el objeto del prodigio es el propio Jesús, y en el que la audiencia presente se limita a los tres apóstoles nombrados por Zambrano: Juan, Pedro y Santiago. El relato comienza así: Jesús les conduce a un monte alto. Posteriormente ese monte, ese lugar elevado, se ha identificado con el Tabor, aunque no hay una identificación explícita en las Escrituras. Entonces, sin más preámbulo, los textos indican Y se transfiguró ante ellos. Transfigurarse es, ya en sí mismo, un vocablo técnico, que habrá que desentrañar y del que hablaremos por extenso en los próximos epígrafes. Concluida la visión, y ésta es otra peculiaridad, Jesús exhorta a sus discípulos que callen y no revelen lo que han visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos.

 

5.

La Transfiguración es pues, un milagro privado, íntimo y secreto. Un milagro que no involucra un cambio permanente, como lo sería la curación de un ciego o un paralítico (la resurrección de Lázaro es, tristemente para él, reversible, puesto que, a la larga, Lázaro acabaría muriendo de nuevo, de una segunda muerte ya definitiva, lo que convierte al acto taumatúrgico del Maestro en una especie de aplazamiento). Es más bien algo efímero, algo que ocurre momentáneamente y deja de ocurrir, es una pura manifestación, la manifestación de la Gloria de Dios encarnada en su Hijo ante un conjunto mínimo de testigos a los que se manda callar. ¿Qué es lo que ven éstos? Lo más relevante es, sí, la luz, de la que nos ocuparemos en seguida, pero, además de eso, se produce la aparición de dos personajes del Antiguo Testamento, Moisés y Elías. Así, desde el punto de vista evangélico, la visión de los apóstoles inducida por Jesús en su entresueño (Pedro, confuso, le dice que habrá que preparar tiendas también para sus dos acompañantes para pasar la noche allí en el monte) es una legitimación de Cristo, designado así como heredero de la tradición veterotestamentaria, como el que viene a consumar la Profecía.

 

6.

Esto se ve definitivamente probado cuando a la luz cegadora le sucede la nube, la calígine, la obscuridad que les envuelve y en la que resuena la voz tronante del Padre reconociendo a Jesús como su Hijo unigénito. La visión en majestad termina así, como un anticipo terrenal destinado a esos pocos elegidos, de lo que será la visión celestial del Salvador. Elías, que fue arrebatado al cielo mientras aún vivía, le ha precedido allí, y Jesús da a entender que también aquí se ha producido ya su regreso: Elías sería Juan el Bautista. Obviamente, todo esto es de gran transcendencia doctrinal, pero no es lo que resulta en realidad fascinante de este episodio, lo que ha hecho que una y otra vez autores de toda índole vuelvan a él, lo empleen como concepto, lo representen en infinidad de muestras pictóricas. Hay dos cosas en él que resultan subyugantes: la luz cegadora, que hace que el rostro de Jesús brille como el sol y sus vestidos se vuelvan blancos y resplandecientes, y el hecho de que ha habido una transformación, que ha habido un instante en el que era ya no se mostraba como se mostraba, en el que su figura se ha transmutado en otra.

 

7.

La luz tabórica es la de la Iluminación, la que se pone de manifiesto en las apariciones sobrenaturales. Los dioses celestiales siempre estuvieron en el ámbito de la luz, y la axiología más básica posible los contrapone a las criaturas subterráneas en su reino de obscuridad. Todo esto es bien conocido, se diría que obvio, inevitable en la cultura que han desarrollado durante milenios los miembros de una especie tan notoriamente óptica como la nuestra. La presencia de la luz en la Mística es abrumadora, y en no pocas ocasiones las apariciones son descritas en términos muy semejantes a la de esa aparición arquetípica que les fue dado presenciar a Jacobo, a Juan, a Pedro. Ésa es la luz a la que se refiere María Zambrano en su carta a María Luisa Bautista, en recuerdo del tránsito de Lezama Lima. Una luz cegadora, deslumbrante, de una blancura sin mácula, una luz como de muchos miles de soles.

 

8.

El azar tiene estas cosas. La fecha del 6 de agosto de 1945 podría haber sido otra, puesto que lo que hubo detrás fue una desaforada carrera tecnológica para producir lo antes posible un dispositivo capaz de generar la mayor destrucción posible. Las circunstancias son bien conocidas. Las mejores mentes de aquella generación, o al menos las que pudo reclutar uno de los contendientes, realizaron lo que sin duda es una proeza científica sin igual, y concibieron, diseñaron y construyeron, efectivamente, el instrumento del apocalipsis que se dio en llamar por entonces la bomba A. Esa bomba A fue probada con éxito en White Sands, en el desierto de Alamogordo, en el estado de New Mexico, USA, el 16 de julio de 1945. La elección del día y el lugar en el que el arma se iba a utilizar en combate dependía de diferentes factores. Finalmente, el destino quiso que fuera justamente el día de la Transfiguración del Señor cuando Little Boy fuera arrojada sobre la ciudad de Hiroshima para producir una mortandad sin equivalente entre su población civil. La luz de la explosión de Trinity, su antecesora experimental, fue famosamente calificada por el Príncipe de las Tinieblas, Robert Oppenheimer, como la de un millón de soles. Ésa fue la Transfiguración letal de la que los habitantes de Hiroshima, que se contaban, no por tres como los apóstoles, sino por miles, pudieron ser testigos aquella malhadada mañana.

 

9.

Las bombas atómicas arrojadas sobre Hiroshima y tres días después sobre Nagasaki suponen un punto de inflexión innegable en el devenir histórico de la Humanidad, si es que aún podemos usar, no ya esa mayúscula, sino incluso la propia palabra, visto lo que vamos viendo. En Japón, el trauma sufrido, acrecentado días después con la capitulación, la revelación del Emperador como simple mortal, la ocupación por las potencias vencedoras, las terribles secuelas producidas por la radiación, en definitiva, por la derrota absoluta y la rendición incondicional, dio lugar a todo un género literario, a partir de testimonios biográficos y también de obras de ficción que ahondan en el suceso en sí y en sus funestas consecuencias. No son pocos los lugares, pues, a los que podemos acudir para intentar saber cómo se ve una Transfiguración desde dentro. En todos los casos, la respuesta es: de una manera profundamente desoladora.

 

10.

Así, por ejemplo, Michihiko Hachiya, un médico japonés que vivió de primera mano los acontecimientos de Hiroshima y publicó un Diario que circuló abundantemente y en el que muchos pudieron calibrar por primera vez el horror de lo vivido, entre ellos Elias Canetti, que hizo una atinada reseña del mismo, narra: de repente, un potente fogonazo de luz me conmovió. Se guardan en la memoria este tipo de detalles: me acuerdo perfectamente de una linterna de piedra que se puso a destellar vivamente en el jardín, y yo me preguntaba si esta luz provenía de un lámpara de flash de magnesio como las que usan los fotógrafos, o de las chispas causadas por el paso de un tranvía. Lo que está viendo Hachiya no lo ha visto nadie aún, puesto que Trinity había estallado en una zona vacía, en un desierto que había sido despejado. Aquí todo está lleno, tenemos gente y objetos, objetos en un jardín. Y todo se puso a echar chispas. Así funciona una transfiguración, al parecer. Hachiya es de los primeros que nos lo cuenta, tiene que encontrar palabras para relatar algo que nunca había pasado, algo para lo que el lenguaje todavía no había sido creado, como en toda experiencia mística.

 

11.

Pero hay algo más, algo que resulta aún más sobrecogedor. Otro de los testimonios de primera hora corresponde a Flores de verano, de Tamiki Hara, escritor nacido en Hiroshima, ciudad a la que había vuelto pocos meses antes, llevando las cenizas de su esposa muerta. Nos dice Hara: sentí un gran golpe por encima de mí, y un velo negro me cayó sobre los ojos. Instintivamente, me puse a gritar y, cogiendo mi cabeza entre mis manos, me levanté. No veía nada, y no tenía conciencia más que del ruido, era como si algo parecido a un tornado se hubiera abatido sobre nosotros. A tientas, ciego, sale, escuchando los aullidos de sus vecinos: mis ojos no veían nada y mi angustia era cada vez mayor. Poco a poco, las casas destruidas empezaron a aparecérseme en una vaga luminosidad. Paradójicamente, ese retorno de la visión le anima: el velo negro de sus ojos se ha disipado. Ahora puede ver. Ahora puede ver que todo a su alrededor está destruido.

 

12.

Acaso la más famosa de las novelas de Hiroshima es Lluvia negra, de Masuji Ibuse. Nacido en las proximidades de Hiroshima, Ibuse no se encontraba, sin embargo, en esa ciudad del 6 de agosto de 1945, por lo que no es un testigo directo, pero para Lluvia negra se documentó abundantemente y armó un relato que tuvo amplia difusión y que a día de hoy sigue siendo una referencia básica. La joven Yasuko no puede casarse, pues todos la rechazan ya que piensan que sobre ella cayó la lluvia negra, la lluvia de fuerte contenido radiactivo que descendió pocos minutos después de la deflagración sobre Hiroshima, y que eso augura daños para su potencial descendencia. Su tío Shagematsu, con el que vive, usa su diario y el de Yasuko para demostrar que ella no ha sufrido ninguna de las múltiples consecuencias para la salud que aquejaron a los habitantes de la zona durante años, y que no debe, por ello, ser rechazada como esposa. Shagematsu anotó esto en su diario ese 6 de agosto: en ese momento, a tres metros a la izquierda del tren que iba a partir, vi una bola de luz tan fuerte que me dejó ciego. Todo se volvió negro, no podía ver nada. Tuve la impresión de ser cubierto de repente por un telón negro.

 

13.

Pseudo-Dionisio Areopagita nos hablaba del rayo de tiniebla, usando esa expresión paradójica para, apofáticamente, identificar la luz suprema, la luz del Dios inaccesible. El resplandor de la Transfiguración, de esa Transfiguración sin figura alguna, sin Mesías o santos, sin redención posible, esa Transfiguración de muerte en estado puro, se manifiesta como un velo negro, el blanco infinito da la vuelta al espectro y aparece convertido en la negrura absoluta, esa negrura del no ser, ésa que nos bañaba a los que no éramos cuando todavía no habíamos nacido, la que reencontraremos al morir. Y el ruido, el estruendo. Así hablan los que pueden contarlo. Los demás fueron desintegrados, carbonizados. Muchos de los supervivientes murieron días, meses, años después de enfermedades asociadas a la exposición a la radiación. Algunos tuvieron lesiones cutáneas horribles, queloides, abultamientos tumorales del tejido cicatricial, que les convirtieron en proscritos. Hibakusha: su historia es terrible y debería ser contada aquí. Los pocos que quedan ya se habrán reunido en la mañana de Hiroshima, en la madrugada de España por la diferencia horaria, y habrán hecho sonar la Campana de la Paz. Nunca más, habrán dicho, pero siempre hay más, nunca es nunca, las tinieblas se las arreglan bien para seguir apareciendo, incluso en los lugares con más luz.

 

14.

El 25 de junio de 2017 ocurrió algo legendario: se difundió por primera vez el episodio 8 de Twin Peaks, The Return, la tercera temporada de la igualmente legendaria serie televisiva de David Lynch y Mark Frost, resucitada de entre los muertos veinticinco años (un poco más, por las complejas cuestiones de su producción) después del brusco cierre de la serie original, cumpliendo así la profecía que Laura Palmer le hizo al Special Agent Cooper en la Habitación Roja. Pacôme Thiellement, autor de muchísimo interés sobre el que volveremos alguna vez, ha calificado, sin pararse en barras, a Twin Peaks como el mayor logro artístico del último siglo. Sin tener que entrar en esas competiciones, y más allá de todo el fervor (y a veces también, no nos engañemos, el rechazo) que suscita la obra de Lynch, es innegable que el capítulo 308, o la octava parte del Limited Event de The Return es algo que no tiene comparación posible con ningún producto audiovisual hasta la fecha.

 

15.

El juego de la luz y la sombra, la posibilidad de la Transfiguración Obscura, quedan ahí ilustrados de manera insuperable. No entraré en detalles de la trama, que, por otro lado, exigirían un conocimiento apropiado de la peripecia argumental y de la mitología del show, pero es bien conocido que en un momento dado, a mitad de capítulo, tras la inesperada actuación en directo de Nine Inch Nails en The Roadhouse, y sin previo aviso, estamos en White Sands el 16 de julio de 1945. Y Trinity explota: vemos el hongo, esa imagen que el jefe Gordon Cole, interpretado por el propio David Lynch, tiene en su despacho… frente a una foto de Kafka. Lo que viene entonces es una visión de fuego, que se extiende por minutos y minutos, en clara resonancia con aquel viaje de Dave Bowman a través del monolito en la 2001 de Kubrick. Y luego, vuelve la noche, la noche de la que había surgido el resplandor letal. Estamos ahora el 5 de agosto de 1956. De nuevo, hay que tener en cuenta que, por la diferencia de hora, cuando en Hiroshima, son, digamos, las 8.15 de la mañana del 6 de agosto (a esa hora explotó la Bomba), en Estados Unidos aún es el día de antes. Estamos en New Mexico. Y entonces pasan cosas muy extrañas.

 

16.

Sobre el desierto desembarcan en un extraño vuelo los Woodsmen, a los que ya hemos venido conociendo. Sin ir más lejos, en ese mismo episodio, un poco antes, han resucitado, o impedido morir, a Mr. C. el malvado doppelganger del beatífico Dale Cooper. Es inútil, si han visto la serie conocen esos pormenores; si no, es imposible ponerles al día, renunciemos a los detalles, simplifiquemos… lo que aparece en las pantallas es alguien parecido a un leñador completamente tiznado, con la vestimenta llena de ceniza o algún tipo de substancia obscura, acaso aceite de motor. Asalta a una pareja que va en su coche, blande un cigarrillo y pregunta, con una voz de bajo profundo, Gotta light? Es decir, ¿tienes lumbre?, ¿me das fuego? En castellano no funciona igual de bien. Gotta light?, que se repite varias veces, normalmente asociada a una muerte subsiguiente plena en detalles gore del así interpelado, es también, literalmente, ¿tienes luz? La criatura de las tinieblas, el representante del Mal, pide luz. El fuego, ya sabemos, camina con él, pero la palabra para lo que enciende el cigarrillo es lighter, mechero, es decir, iluminador, alumbrador. El tiznado busca lumbre.

 

17.

Así son los extraños juegos de la luz y la sombra, y conviene estar atentos, pues a veces nos confunden los resplandores. Bien claro queda cuando el Woodsman, interpretado por alguien que se ganó la vida imitando a Abraham Lincoln, por su gran parecido con él, empieza a radiar su letanía letárgica, en la que the horse is the white of the eye, and dark within. El caballo blanco es obscuro dentro. Las entrañas siempre son el reino de la sombra. El blanco del ojo es la esclera. No vemos por ahí, esa parte del ojo es ciega, vemos a través de la pupila que es un agujero, y que parece obscura porque dentro del ojo no hay luz. Si iluminamos el fondo del ojo aparecerá rojizo, rosado, surcado de capilares, como aparecen buena parte de nuestros interiores. Esa negrura del ojo es, sin embargo, necesaria para ver: la lámpara que está iluminándonos por dentro nos deslumbra y, al hacerlo, nos enceguece. La dinámica es más compleja de lo que parece, por eso no hay que jugar a la ligera con los símbolos.

 

18.

Las relucientes vestiduras del Redentor se transmutan en el tizne negro del rostro del leñador, en el cual justamente el blanco de sus ojos destaca vivamente, en una escena que es toda ella cenicienta. Venimos de, pocos minutos antes, el resplandor de los mil soles, hemos estado en el interior del infierno de fuego. Ahora, en esa noche del desierto sentimos un escalofrío y nos dejamos ir mientras la Voz repite this is the water, this is the well, drink full and descend. Y a partir de ahí pueden hacer con nosotros lo que quieran. Una Transfiguración Obscura, sí. Ningún atisbo de salvación, ninguna posibilidad de elevación, el Mal en su encarnación definitiva. En Hiroshima y Nagasaki ya han caído las bombas, han pasado once años, todo aquello ya es irredimible. La brecha que se abre en el espaciotiempo, la grieta imposible de llenar en nuestra consciencia y en nuestra conciencia, se expande y se expande, se lo traga todo. Nunca más podrá el género humano aducir su inocencia, nunca más seremos salvos, no hay nadie ya para salvarnos, nunca lo hubo, en la Transfiguración no hubo figura alguna, y aquella luz es esa luz mala de la que nos hablaba Alejandra Pizarnik, que dejó escrito No me hables del sol porque me moriría.

 

19.

Decíamos antes que había dos cosas que nos llamaban la atención en el milagro de la Transfiguración del Señor: la luz, de la que ya hemos visto a donde nos puede conducir, y la transformación. Los Evangelios están escritos, no lo olvidemos, en griego. La palabra que acabó siendo transfiguratio es, naturalmente, metamorfosis. El 1 de octubre de 1915 se publicó Die Verwandlung. Tradicionalmente esa obra, acaso la más conocida de Franz Kafka, se ha traducido como La metamorfosis, lo que no es en realidad correcto, pues Verwandlung es más bien, simplemente, eso, transformación. Metamorphose existe en alemán y Kafka no eligió ese término, pleno en connotaciones biológicas y mitológicas. En la edición de las Obras Completas del checo publicadas por Galaxia Gutenberg, en las notas a La transformación, se comenta abundantemente el tema, y al hacerlo se nos propone una infinidad de términos, a cada cual más capaz de evocaciones profundas, a cada cual más preñado de posibilidades para seguir prolongando esta entrada indefinidamente: cambio, conversión, reducción, mutación, transmutación (alquímica), consagración, transubstanciación, conmutación (de una pena), metamorfosis (mitológica) y… transfiguración. Ése es el territorio inabarcable por el que nos movemos cuando empezamos a considerar la posibilidad de transformaciones, gloriosas o demoniacas, del cuerpo, de la figura. El mundo entero del arte se edifica sobre este concepto multiforme. Y da cabida, por ejemplo, a la posibilidad de que nuestra bella figura (léase en italiano) se haya convertido, una mañana cualquiera, en la de un bicho, que acaso sea un escarabajo, o una de esas extrañas ranas-polilla que aparecen en Gotta light?

 

20.

El gran Pavel A. Florenski, en su múltiplemente sugerente obra El iconostasio, entra también en consideraciones terminológicas y filológicas sobre el rostro, ese rostro transfigurado de las figuras de la Historia Sagrada representadas en los iconos, que, siguiendo la interpretación del ruso, no son la máscara que mostraría una representación puramente ilusionística, como las del arte occidental, ni tampoco el mero rostro físico, sino el semblante, ese rostro que está ya en el otro lado, en el lado de los arquetipos. (Paradójicamente, y eso daría para otra entrada completa, la festividad del Santo Rostro de Jesús, el que aparece en el paño de la Verónica, se celebra… el martes de Carnaval, el día antes del miércoles de ceniza, el día en que se abandonan las máscaras.) Así, la imagen del icono, las facciones de los santos allí representados, son también la realidad, la realidad transcendente. La luz de Tabor resplandece en las venerables tablas. Si sabemos mirar, el iconostasio que obtura la visión del altar donde se produce el milagro de la transubstanciación, no es un muro, sino una ventana. Ésa es otra Transfiguración, la de un arte propiamente sagrado. Cuando Dante y Virgilio emergen de su periplo infernal, Dante tiene la cara tiznada y Virgilio ha de lavársela con el agua del rocío que recoge junto a unos juncos en esa inconcebible playa del Purgatorio a la que han arribado. El tizne se limpia, como acaso los pecados, con el agua lustral. Y emerge el semblante. El Cuadrado negro de Malévich, coetáneo de Florenski, muestra en su superficie, al cabo de los años, un extraño mapa de líneas: el craquelado. Icono, finalmente, pues la Nada también tiene sus santorales.

 

y 21.

Hiroshima tuvo una dolorosa continuación, una confirmación de que todo ocurre de nuevo, el 9 de agosto de 1945, cuando Fat Boy fue arrojado sobre Nagasaki, precisamente el lugar de Japón donde el cristianismo había sido y es más importante. José Lezama Lima murió justamente poco después de las dos de la madrugada del 9 de agosto de 1976. Es decir, en tres días hará exactamente 50 años de su fallecimiento, efemérides que no conviene dejar pasar sin recordarle, y sin volver a su frondosa y elevadísima obra. Él sabía bien que lo que estaba en juego en el verdadero arte es siempre la posibilidad de generar una Transfiguración, tenga ésta la polaridad que tenga, pues, en última instancia, el negro más profundo es, como bien nos muestran los espejos de obsidiana, el lugar donde el semblante mejor se revela. Hablando de una Crucifixión de su amigo, el pintor René Portocarrero, nos dice que éste va a ganar una más profunda y terrible vía, la de la transfiguración. En la transfiguración, prosigue Lezama, lo arquetípico y la metamorfosis adquieren la plenitud de su presencia y desarrollo. La figura alcanza su plenitud al trocarse. Lo transfigurado es lo plenario espacial en la eternidad. Lezama Lima era muy consciente de que la poesía, la metáfora, permiten lo imposible, es más, que justamente lo imposible es su reino natural, y en esa imposibilidad radica, me parece, toda la redención a la que podemos aspirar. Lezama sabía que, a veces, un hombre, sin saberlo desde luego, al darle la vuelta al conmutador de su cuarto, enciende una cascada en el Ontario. Hagámoslo, accionemos el interruptor y esperemos el estruendo, lavémonos el tizne en esa agua, y cuando nos pregunten Gotta light? respondamos: sí, ésta.