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jueves, 24 de septiembre de 2026

Un pintalabios

Catorce estampas del infinito

 

 

Tu amor es una avalancha,

cae por su propio peso al existir,

ayer, hoy y mañana

la nieve en la que me quiero hundir.

ROSALÍA, La yugular

 

I.

Conviene precisarlo desde el principio: el infinito es un estado de ánimo. Adviene ―el verbo es justo― bajo formas variadas pero, por lo general, inconfundibles, que van desde la sensación de vértigo perfectamente reconocible en la boca del estómago al temor-y-temblor que acompaña siempre la visión numinosa, pasando por algo que, a falta de mejor nombre, se podría llamar titilación intelectual. Los contextos también son muy variados: el infinito es una herramienta de trabajo actualmente ya trivializada en la práctica de la Matemática, incluso de la más elemental, pero también articula ciertas divagaciones cosmológicas, por no hablar de los debates de trasfondo eléata que han ido sucediéndose en esa parte de la Filosofía que está al lado (meta) de la Física. Y, last pero definitivamente not least, el infinito es un invitado habitual en los más bellos poemas que se hayan escrito nunca.

 

II.

El infinito es, así, empaquetable. Cabría sorprenderse de que algo que es, en su concepto, desmesuradamente grande, inconcebiblemente inabarcable, pueda doblarse diligentemente, introducirse en una caja, o unos versos, o un cuadro, o una canción, y mantenerse allí, convenientemente depositado hasta la siguiente vez que uno desee aspirar ese perfume, demencial, qué duda cabe, pero irresistible, de las cosas que no nos caben en la cabeza. En realidad, lo que hubiera resultado verdaderamente asombroso es que el infinito no fuera así almacenable, ordenable en las estanterías del corazón, porque el infinito pertenece al orden de las palabras, y si se quiere de los anhelos, no al de la realidad, que es esa cosa filosa en la que lo que ocurre no es lo que deseamos, en la que estamos desde el antes del estar, a la que intentamos oponer, con éxito dudoso, una identidad que se querría levantar de ella, como si un cromo adhesivo, en su bidimensionalidad, pudiera alzarse y negar su ser-álbum. En definitiva, el infinito es, ya se dijo al principio, un estado de ánimo.

 

III.

Hablo del infinito, que bien podría ser una cosa con plumas, como la esperanza de Emily Dickinson, pero en todo caso sería una rara avis de nuestra modesta colección ornitológica. Puedo hacerlo, porque me he educado en el comercio con esa fauna abisal, ya desde aquellos días tan lejanos de mi infancia en la que se me informó de que existía el paso al límite y, sin nombrarlo, se recurrió al venerable método de exhaución para justificar que un círculo bien puede ser un polígono de infinitos lados, y una integral el resultado de una yuxtaposición de rectángulos. Muy pronto aprendí, para mi solaz, que un ocho tumbado podía añadirse al plumier de los números reales para sacarlo a terminar el dibujo cuando una serie divergía o, simplemente, cuando uno quería calcular las cosas que pasaban allí, muy lejos, más lejos aún, todo lo lejos que imaginarse pueda. Ningún temor-y-temblor, los paladines de la Matemática no nos acobardamos ante semejantes dragones: no en vano los hemos criado nosotros, y sabemos que en el fondo son inofensivos, alimañas de guardarropía.

 

IV.

Año tras año, vez tras vez, hasta hace esos dos cursos que ya vengo faltando desde mi jubilación, por estas fechas más o menos, les expliqué a mis alumnos aquello de que la imagen de un objeto situado en el foco objeto de un sistema óptico está en el infinito, y que, recíprocamente, un objeto que esté en el infinito tendrá su imagen en el foco imagen. Los rayos que salen de un punto forman un haz, si los imaginamos tridimensionales, constituyen un cono con vértice en ese punto emisor. Si alejamos y alejamos el punto, ese cono se va haciendo más y más cilindro, los rayos empiezan a perder el ángulo que los conectaba, a hacerse paralelos. Así los pintaba yo en la pizarra, trasladando al mundo polvoriento de las tizas y de los pulsos no siempre tan firmes y las líneas que podrían ser mejores rectas, el objeto platónico llamado infinito. Asuntos cotidianos, materias triviales. Ese infinito de la Óptica geométrica en pocas horas ya comía de nuestra mano.

 

V.

En otros ratos, si se terciaba, podía jugar a generar una perplejidad un poco superior. Olvidemos el ocho tumbado, admitamos que eso es un artificio. Juguemos en serio al infinito. ¿Os han contado alguna vez las aporías de Zenón,el eléata? A mí me las contaron a tierna edad, más joven aún de lo que eran mis alumnos, en una clase en la que se juntaron los profesores de Matemáticas y Filosofía de 3º de BUP de mi colegio, un día que aún recuerdo vivamente cuarenta y cinco años después. Supuso un reto intelectual, es decir, supuso un juego, es decir, supuso un gozo. A Aquiles no le daban sus veloces pies para sobrepasar a una tortuga, que con disciplina digna de encomio, se afanaba en cubrir una distancia arbitrariamente larga en una carrera que parecía haber sido convocada sólo para su escarnio. Ah, pero el espacio es divisible infinitamente, nos dice Zenón. Ah, pero el tiempo es divisible infinitamente, se callaba. O no, o ninguna de esas cosas son sostenibles en realidad, y el movimiento es una ficción, porque el movimiento es, en realidad, una ficción, porque no hay nada continuo en la naturaleza, porque nuestra visión también procede fotograma a fotograma. Pero no sigo por aquí, la vía al infinito que he elegido para hoy es otra.

 

VI.

Sí, porque nadie que sepa de Matemáticas ignora que el reino de las Matemáticas no es de este mundo, y que los objetos matemáticos son asuntos del pensamiento. Del pensamiento humano, cabría añadir, si bien no somos especialmente buenos en imaginarnos otros pensamientos, bien sean animales o extraterrestres. Nos aqueja una penosa falta de imaginación a ese respecto. Es decir, la Matemática es también uno de esos países ficticios por los que nos paseamos, mientras la vida avanza, inexorable, hacia nuestra extinción, y el universo nos ignora, por mucho que le intentemos tirar de sus barbas imaginarias. Esos infinitos valen para muchas cosas. Nos valen para que nos coloquen las gafas apropiadas. Nos valen para poner a los alumnos a calcular el campo gravitatorio que una masa genera a distancia infinita (trampa: el campo va a la inversa del cuadrado de la distancia, y dividir por infinito es cero, ya lo saben). Nos vale para armar esas gloriosas cadenas de abstracciones de las que, un día, como un conejo de una chistera, sale, por ejemplo, este ordenador portátil en el que estoy escribiendo. Ah, me gusta esto, me gusta la Ciencia, soy un científico de raza, hasta me he ganado la vida con ello. Loor a la Ciencia, nadie entre aquí que no sepa geometría. Pero no, no era de eso de lo que había venido a hablar esta tarde.

 

VII.

El infinito es un estado de ánimo. No es únicamente lo indefinido, lo vago, lo neblinoso, lo que se nos escapa por los márgenes, en esta especie de miopía consubstancial que padece nuestro raciocinio. No es el puro agotamiento de la sucesión de los naturales, que pasa del uno al dos y sin mayor motivo corre al tres y al cuatro y cuando uno se descuida está en el cien mil y no le queda más remedio que seguir al cien mil uno, y renunciar a la redondez de sus ceros y no parece que, una vez lanzados, eso ya tenga modo de pararse, pero, claro, quién va a seguir acumulando incrementos, qué absurdo demiurgo contable va a dar fe de que efectivamente, llegados al gúgol (que suena, vaya, como Google, que no está tan lejos de las goggles que uno bien se puede poner delante de los ojos, redonditas como ceros), nada impide subir la apuesta y aterrizar en el gúgol más uno, y ahí la vemos, a la mente, bien satisfecha con los rollizos miembros de su progenie, como si no nos muriésemos, como si el universo no fuera finito, como si no hubiera empezado nunca, como si tuviéramos a nuestra disposición la varita mágica para transformar nuestros deseos en carrozas para ir al baile, nuestras ideas en cosas de comer.

 

VIII.

No, el infinito del que quería hablar hoy es el empaquetable, el cerrado, el transportable, el evocable, el atado con un lazo quizás rosa, el que puede ser tan pequeño como un virus, un virus que avanza, avanza por el cuerpo y se instala en un corazón ávido siempre de besos mortales. El infinito que un día, allá en su jardín-prisión de Recanati, el jorobado y enfermo crónico Giacomo Leopardi, quiso vislumbrar, esto es, encapsular, en unas coordenadas definidas, en un ermo colle, un infinito que, oh paradoja, no era el de la vista que se pierde sin límite, más allá de toda agudeza visual practicable, esa vista agotada que conduce inevitablemente al lagrimeo de eso que es también un infinito, el infinito de la derrota de lo visual, el infinito del horizonte que converge con el mar mientras el monje de Caspar David Friedrich reniega de toda fe digna de tal nombre. Sí, porque ahí, en ese lugar que, predestinadamente, se denominaba Monte Tabor, como el emplazamiento de la Transfiguración, justamente una colina obtura el lejos del cuadro, y es con la imaginación como hemos de fingir o fungir, etimológicamente correctos, lo que hay más allá, que es el lugar donde se crían los pequeños infinitos de andar por casa.

 

IX.

Según he sabido hace apenas unos días, en el bicentenario de la composición del poema L’infinito de Giacomo Leopardi, que data con gran probabilidad de 1819, la RAI reunió a 22 cantantes italianos de entre los más conocidos, algunos ya con estatus decididamente de leyenda, para que leyeran el poema, un verso cada uno. El resultado es conmovedor. La frase final, la inmortal línea que nos recuerda que es dulce naufragar, con ese aparente oxímoron, la pronuncia la incomparable Mina. Conozco esos versos desde hace muchas décadas y he vuelto muchas veces a ellos, pero así, escuchados, en el original, con esas voces, uno adquiere la dimensión que le falta a la plana página, el infinito echa a volar y le arrastra con él. Incorporo aquí el poema, por si hiciera falta. Y adjunto la traducción al castellano de María de las Nieves Muñiz Muñiz, la mejor, a mi juicio, de todas las que he podido leer.

Sempre caro mi fu quest'ermo colle,

e questa siepe, che da tanta parte

dell'ultimo orizzonte il guardo esclude.

Ma sedendo e mirando, interminati

spazi di là da quella, e sovrumani

silenzi, e profondissima quiete

io nel pensier mi fingo, ove per poco

il cor non si spaura. E come il vento

odo stormir tra queste piante, io quello

infinito silenzio a questa voce

vo comparando: e mi sovvien l'eterno,

e le morte stagioni, e la presente

e viva, e il suon di lei. Così tra questa

immensità s'annega il pensier mio:

e il naufragar m'è dolce in questo mare.

Siempre caro me fue este yermo cerro

y esta espesura, que de tanta parte

del último horizonte el ver impide.

Mas sentado y mirando, interminables

espacios a su extremo, y sobrehumanos

silencios, y hondísimas quietudes

imagino en mi mente; hasta que casi

el pecho se estremece. Y cuando el viento

oigo crujir entre el ramaje, yo ese

infinito silencio a este susurro

voy comparando: y en lo eterno pienso,

y en la edad que ya ha muerto y la presente,

y viva, y en su voz. Así entre esta

inmensidad mi pensamiento anega:

y naufragar en este mar me es dulce.

 

X.

Así se empaqueta un infinito. En dieciséis versos. Es verdad que el título ya nos predispone, pero la narrativa nos conduce igualmente. Quietud y ruido del viento, una lejanía que contrasta con el recogido paraje en el que nos sentamos a que pasen las cosas, y entonces la sensación de anegamiento, y ese mar que es el de un pensamiento que se da por vencido y gozosamente se hunde en el no ser que es nuestra condición primaria y nuestro ulterior estado: de la nada a la nada. La Augusta Nada. Sencillo, ¿no es así? No es que la titilación no ocurra pintando ochos tumbados, ocurre, a mí me sigue ocurriendo. O considerando las inconsistencias del lenguaje que nos relata. O imaginando ese confín donde ahora, en este instante, el noespaciotiempo cede y se deja invadir por el pujante Cosmos que parió un estallido que ocurrió en el noespaciotiempo gemelo por nada, para nada. La Augusta Nada. Todo eso bien que nos pone a vibrar en su resonancia, que es otro término de la Física que convive con la poesía. Como todos. Esa resonancia que, en el primer orden de las ecuaciones de los osciladores acoplados nos produce literalmente una transferencia total de energía, nos aboca a la asíntota, a una divergencia en la expresión matemática. Ah, la Física es un placer, ya hubo alguien que lo cantaba mientras estudiábamos la carrera.

 

XI.

Así es, por lo tanto, la cosa, el juego. Nada existe de verdad, y mucho menos nosotros. Somos accidentales, contingentes, evitables. Somos irrelevantes, por ende. Todo es irrelevante. Pero aquí estamos, esta tarde de septiembre, algo tenemos que hacer para que las cosas no duelan, y si hay suerte, para estar bien, para estar contentos. Jugamos entonces al infinito. Jugamos a los escalofríos. Los escalofríos son la respuesta física del estado de ánimo que llamamos infinito. Son una respuesta inconfundible. Producen el mismo bienestar que esos chorros de la ducha fría cuando hace el calor asfixiante que la catástrofe climática ha vuelto común también en estas épocas del año. Son como esos dedos que entran entre los cabellos y masajean levemente la piel del cráneo. El infinito es eso que desciende por la espina dorsal. Luego se acaba. Todo se acaba. El infinito también, el infinito se acaba en seguida. Pero uno puede tirar otra vez los dados, uno puede apostar otra vez en la ruleta. Al catorce. Siempre al catorce, que es el número del infinito, al menos para Asterión, según nos hizo saber Borges. Ya hemos hablado de ello. El Minotauro está solo en su gran casa de muchos pasillos. De vez en cuando se le hace ofrenda de jóvenes atenienses de ambos sexos que él devora, cabe pensar, con rigor y sin especial ensañamiento. Uno, dos, tres, doce. Y conmigo trece. Catorce es lo que viene después, es todos. Es más que todos. Es lo inabarcable, el infinito actual que por una vez tiene nombre. Sí, al catorce, el catorce nunca falla.

 

XII.

Borges. Claro, Borges. Otro de esos psicopompos en vida que nos dirigen a los jardines de las cosas inesperadas. A la acendrada limitación, casi ascética, del poema de Leopardi, Borges, con semejante fin, opone las largas tiradas de versos que heredó de uno de sus referentes declarados, Walt Whitman, el poeta de lo interminable, otro que encontré tan pronto. Sí, Borges acumula items, como sacados de una gran caja de hilos que contuviera los botones más variados, de formas inconcebibles, polígonos irregulares, estrellas de muchas puntas, curvas de enésimo grado, y que también contuviera hilos de grosores infinitesimales y gruesas maromas de barco, y retales de todos los colores y estampados. Va sacando, como en un bingo sideral, y va cantando los números. Vi el populoso mar, dice, por ejemplo ―empezar por el mar siempre es una apuesta segura―, y el pie empieza la danza: vi el alba y la tarde, y vi las muchedumbres de América, y seguimos aún instalados en lo desmesurado, parece mentira que eso nos haya cabido alguna vez en la caja de hilos de la abuela, decorada con motivos japoneses, pero entonces cambiamos el paso y lo que vemos es una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, con esa concreción que nos golpea, como si hubiéramos irrumpido descuidadamente en una intimidad que nos estaba vedada, y para cuando lo que vemos es un laberinto roto, que era Londres, se nos dice, el Londres que había sido bombardeado por el tiempo en el que el texto se escribía, ya hemos entendido con absoluta precisión lo que es un Aleph y lo que un Aleph contiene. 


XIII.

Sí, la vieja enumeración caótica, que sólo es caótica en el nombre, porque es un ensamblaje de rigurosa eficiencia mecánica, que reaparece en muchos otros poemas del argentino. Ahí, el infinito está en los huecos, en los objetos que no comparecen, que no pueden comparecer porque son legión. Y también en el zoom mareante que nos lleva de lo mayor a lo menor, en esos cambios bruscos de foco que nos producen, como en el film de Hitchcock, vértigo, otro de esos síntomas agobiantemente físicos del infinito, es decir, del miedodeseo ―el neologismo es obligatorio, porque ambas emociones son en este caso inseparables― de la caída, de la confrontación con las verdaderas dimensiones del estar vivo y su sujeción a la coerción gravitatoria. Esas respiraciones, esas alternancias de sístole y diástole, nos conducen a la embriaguez del derviche que gira sin término, ahora estamos aquí, ahora estamos allí, siempre estamos en el mismo sitio, somos el eje en torno al cual todo danza, y suena, por supuesto, Battiato, que es el que más sabe de infinitos, e tutto gira intorno alla stanza, hemos vuelto a hacerlo, hemos empaquetado el infinito, ahora en un bulto más alargado y plano, antes en una bolita tornasolada, en una canica, otras veces en un billet doux, siempre, en el leve rasguñar la piel de toda caricia, siempre, en el espacio negrísimo que abre el beso de los ojos cerrados.

 

XIV.

A estas alturas de mi vida, viejo lobo de mar de los poemas oceánicos, he coleccionado muchos infinitos. Cabría pensar que la edad agota esa especie de ingenuidad que requiere el avistamiento de las mariposas de lo inalcanzable. Pero no, sigue aconteciendo, y cuando lo hace es preciso registrarlo. Una de las últimas veces fue hace casi un año, el 7 de noviembre de 2025 (es preciso fechar el acontecimiento, como lo hacían los místicos con sus iluminaciones). Ese día volví a encontrar el infinito, empaquetado en una canción. Se difundió sobre mí como un chorro de los bytes que codificaban esas notas musicales. Lo trajo una voz inolvidable, una voz que enunciaba su propia enumeración caótica, compuesta de una alternancia metronómica de lo inmenso y lo diminuto. En ese país nevado un haiku era suficiente para cubrir toda la extensión del territorio, y una pirámide cabía en un vaso de leche. Según se iba subiendobajando ―de nuevo, hay que retorcer el lenguaje, si queremos estar a la altura de lo pronunciado― el pecho se iba expandiendo y contrayendo, y ascendía la felicísima congoja del don de lágrimas. Por lo que sea, porque así es como acontecen los milagros, de repente, inesperadamente, un pintalabios ocupó el cielo. Y todo fue consumado. Muchas escuchas después, muchos meses después, muchas horas de estudio después, una conferencia después, un concierto después, ahora, cuando he escrito la frase, mis ojos han vuelto a humedecerse. Así es el infinito: droga dura. Por eso no hay que dejarlo pasar, por eso hay que aferrarse a él, porque son éstos los momentos que de algún modo podremos arrojar, como el que se saca cuando llega a casa la calderilla del bolsillo, en el otro plato de la balanza del haber vivido, ése que no equilibrará de ningún modo la infinita negrura de la ciega existencia. Pero algo hay que hacer una tarde de septiembre y pocas cosas se me ocurren mejores que escuchar otra vez, en bucle, La yugular, de Rosalía. Y escribir sobre ello. Escribir unos párrafos. Contad si son catorce, y está hecho.




jueves, 30 de abril de 2026

En el Mar de Niebla



A donde quiera

que llegue desde aquí, será a aquí mismo.

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, Diario de un poeta reciencasado.

 

1.

El 26 de abril de 1336, Francesco Petrarca, acompañado de su hermano Gherardo y dos criados, ascendió el Mont Ventoux, en los Alpes provenzales. Hace unos días, pues, hizo 690 años de esa hazaña, que, si bien no puede equipararse a otras proezas del alpinismo y la escalada de los siglos posteriores, reúne algunas circunstancias que han hecho que casi siete siglos después sigamos recordando y celebrando la efeméride. Es, acaso, la primera ascensión documentada a una cumbre realizada sin un propósito práctico inmediato, por el placer mismo o por el reto que suponía. En ese sentido, muchos han querido ver en esa acción esencialmente gratuita un gesto simbólico que muestra al florentino como un primer hombre, un hombre nuevo que, a partir del acercamiento humanista a los clásicos y de un cambio de actitud vital ante la naturaleza anuncia la llegada estruendosa del Renacimiento. Otros lo han leído desde un prisma esencialmente deportivo, algunos otros han apuntado a una valoración de la contemplación del paisaje que entronca con planteamientos ulteriores del Romanticismo alemán. Todas esas lecturas son, obviamente, válidas, y también interesantes. No son la nuestra, al menos en esta ocasión.

 

2.

Cuanto sabemos de esa ascensión proviene de una carta del propio Petrarca, incorporada a las llamadas Epístolas familiares dirigida a Dionigi da Borgo San Sepolcro, monje agustino y confesor de Petrarca en Aviñón, donde ambos vivían, como consecuencia del traslado de la sede papal a esa ciudad de la Francia meridional. La carta se pretende fechada en la misma tarde del 26 de abril, al regreso de la excursión, emprendida desde Malaucène, a las faldas de la montaña, a donde los viajeros habrían llegado el día anterior. La crítica textual, no obstante, apunta a la escasa verosimilitud de esa datación, inclinándose por una redacción mucho más tardía, que podría alejarse incluso hasta 1353. Aunque los hay que consideran que el suceso no tuvo lugar, y que la carta no es más que un texto literario de intención ejemplarizante, parece claro que, al menos en algunos pasajes, se trasluce un fuerte componente vivencial. Lo más probable, pues, es que, bien partiendo de notas antiguas, bien escribiendo ex novo a partir de sus recuerdos, esa carta, que ya sería póstuma, pues su destinatario habría muerto años antes de ser escrita, relata hechos reales que resultaron significativos en la vida del poeta.

 

3.

La epístola está escrita en latín, y es bien cierto que tiene un tono moralizante, sobre todo en los pasajes finales. La concatenación de los hechos parece un poco forzada, o al menos el modo en que se plantean muestran hasta qué punto el relato se supedita a la intención didáctica y hasta penitencial. Pero, de nuevo, tampoco eso son asuntos que nos conciernan demasiado en este momento. De lo que se trataría, más bien, es de considerar el texto como una pieza literaria, y leerlo desde ese prisma, como una narración que acaso hoy, si nos animara un ímpetu comercial y poco riguroso, acabaríamos calificando de autoficción. Así, la primera persona, el hecho de dirigirse a un interlocutor, que además es un agustino, la presencia fundamental del hermano, elegido como único compañero posible en la travesía, y el propio decurso expositivo, le dan una intensidad y una agilidad a la pieza que han hecho que, más allá de todas las otras consideraciones relativas a su importancia histórica o a su trasfondo biográfico, sea una lectura extremadamente interesante para nosotros, criaturas del siglo XXI, acaso incluso aquejados de vértigo.

 

4.

Leamos, si no, el comienzo: Impulsado sólo por el deseo de contemplar un lugar célebre por su altura, he ascendido hoy al monte más alto de la región, que no sin motivo llaman Ventoso. Si recuperamos por un momento ese latín que se quedó amontonado entre tantas otras cosas en el desván de nuestra adolescencia, podremos leer que la motivación del escalador fue sola videndi insignem loci altitudinem cupiditate ductus. La que nos conduce es la cupiditas, lo que hay detrás de esa decisión es el deseo, la búsqueda de un placer o la consecución de un anhelo. Es bien cierto que el giro final del texto nos hará pagar en cierto modo esta rotunda declaración de individualidad, y hasta de hedonismo, pero lo cierto es que hacía muchos años que mi ánimo albergaba la idea de esta ascensión, pues ese monte estaba ahí desde siempre, alzado, inmóvil, insoslayable, semper in oculis. Su mera presencia invitaba al esfuerzo, exigía una acción que no podía limitarse a la mera contemplación a ras de suelo. Por ese motivo nos ponemos en marcha, desafiamos la pendiente, aceptamos el cansancio, buscamos una cumbre que sabemos que será una superficie pelada, un lugar en el que no podremos ser más que breves transeúntes, pero del que podremos decir yo he estado allí.

 

5.

Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o los espíritus, y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle. Así comienza Robert Walser, el gran andarín, su Der Spaziergang. Ese venir en gana de la traducción traslada el rotundo die Lust, el deseo, que asalta en el original a ese habitante del cuarto del Schreib- oder Geisterzimmer, con ese extraño guion de la disyuntiva que acaso no es otra cosa que una identidad, pues dónde va uno a escribir si no es donde habiten los espíritus, protagonistas absolutos de nuestra literatura. Ese ponerse en marcha, de buena mañana, para ir, como el ingenioso hidalgo, como los héroes artúricos, a la aventura, a lo que nos traiga nuestra buena o mala ventura, es el gesto básico de la escritura, ése que, esforzada o gozosamente (y, de nuevo, ese o es también un y), inicia la ascensión hasta la palabra final que, si los dioses nos son propicios, coronará este texto dentro de unos párrafos más.

 

6.

La llamada de la montaña, sentida por el protoalpinista Petrarca, o la invitación al paseo, a ese Spaziergang que muestra claramente esa intención de posesión, o al menos de exploración, del espacio que nos circunda, más allá de toda meta concreta o declarada, también es a veces un imperativo casi moral, un acto que linda con lo religioso. En Del caminar sobre hielo, esa crónica de un viaje a pie emprendido por el cineasta alemán Werner Herzog y que le llevó de Múnich a París durante veintidós jornadas de marcha, es preciso comenzar a andar para asistir a la muerte de una amiga querida y admirada: Un amigo parisino me llamó por teléfono a fines de noviembre de 1974. Me dijo que Lotte Eisner estaba muy enferma y que sin duda iba a morir. Le respondí: no es posible. No en este momento. El cine alemán no podía prescindir todavía de ella, no debíamos permitir que muriera. Lo que compete hacer entonces, o al menos así lo decidió Herzog en ese 23 de noviembre, era pertrecharse mínimamente, calzarse unas buenas botas y ponerse en camino hacia París, por la ruta más directa. Concluye Herzog este primer párrafo de su nota preliminar diciéndonos que estaba convencido de que, yendo a pie, ella sobreviviría. Además, tenía ganas de estar a solas conmigo mismo.

 

7.

En ese planteamiento dual del peregrinaje radica, creo, la clave. Hay un ritual, una ofrenda a quienquiera que sea la divinidad responsable de la vida y la muerte de la crítica cinematográfica Lotte Eisner. Y también hay la necesidad de soledad, de meditación, de diálogo interior. Eso es lo que propicia el viaje a pie, que se desea obrante. No se trata de asistir, junto al lecho mortuorio, a la agonía de la amiga, acaso agarrándole esa mano que está ya empezando a pertenecer al cuerpo glorioso. No, porque lo que está en juego es justamente la negación de la muerte, el desafío a cara descubierta de la Gran Nada. En ese caminar sobre el hielo hacia un destino que no puede ser más que el comienzo del regreso se plantea el desafío. De hecho, en la última entrada de su diario, Herzog, agotado, le dice a la Eisnerin que un día, juntos, coceremos un fuego y detendremos los peces. Ella le sonríe, puesto que sabía que yo era de los que caminan. Entonces, él concluye, triunfante: Le dije: abra la ventana, desde hace unos días puedo volar.

 

8.

Un lugareño desaconseja a la breve comitiva de Petrarca la ascensión a la cumbre. Dice que él mismo, empujado por su ardor juvenil, la realizó, y que sólo obtuvo de esa empresa, además del cuerpo y la ropa lacerados por las zarzas, arrepentimiento y fatiga. Pero Petrarca está empeñado en emular la aventura del macedonio Filipo, que ascendió al Hemo porque desde esa cumbre podían contemplarse simultáneamente dos mares, el Adriático y el Ponto Euxino, y Gherardo y él prosiguen su marcha, el hermano mucho más decidido y directo, por las vías más cortas pero más escarpadas, como buen monje cartujo que acabó siendo después de la ascensión, pero probablemente antes de la redacción de la epístola. Francesco, mientras, remolonea, trata de ir por las vías más sencillas, a veces incluso descendiendo para intentar por otro lado, perdiendo el tiempo, pues de lo que se trata, además de contarnos una jornada de alpinismo, es de establecer una lección moral y Petrarca confiesa su poca disciplina y propensión al sacrificio en la búsqueda de la altura en su vida. A la larga, no obstante, acaban por llegar a la cumbre de esa montaña empinada y rocosa, pero en el camino Petrarca ha de realizar su particular examen de conciencia, reniega de su pereza y su propensión a lo concupiscente, incluido, claro, aunque sin mencionarla, su enamoramiento crónico y sin esperanza de Laura, que ya ha muerto de la peste cuando está escribiendo esta epístola diferida.

 

9.

En la cumbre, la admiración del panorama que se describe con los ojos del geógrafo que Petrarca es, se ve interrumpida por una lectura, justamente de San Agustín, que denuncia la vanidad de las experiencias enfocadas hacia lo exterior y la necesidad de la búsqueda interior. Ésa es la última lección y el enunciado del propósito de enmienda que Petrarca realiza en su comunicación al agustino Dionisio de Santo Sepulcro. Pero antes de eso, y del descenso, cuidadoso y también fatigoso, bajo la luz de la luna llena, y de la llegada a la posada, donde Francesco escancia estos latines, hay una frase, acaso menor, que me parece la decisiva, que concentra toda la emoción del testimonio, y que, acaso, no se había pronunciado nunca hasta entonces: nubes erant sub pedibus, las nubes estaban a nuestros pies.

 

10.

1909 metros, al parecer, tiene el Mont Ventoux, cuyo nombre acaso no se deba a los vientos que puedan azotarlo, como el poético Mistral, sino a algún dios o vocablo galo. El 26 de abril que estamos conmemorando es del calendario juliano. Aplicando la adecuada conversión al gregoriano, estaríamos en los primeros días de mayo. Algunos lectores del texto se han extrañado de que no haya nieve en la cumbre, especialmente porque ésa fue una época especialmente fría en Europa. El día es claro, como el día en que Walser cogió su sombrero para ir a pasear, la cumbre está pelada, uno puede afanarse en encontrar, milagrosamente, con su vista de pájaro, los detalles de los mapas que ha estudiado desplegados en las mesas de allá abajo, pero lo que debe ser inolvidable es comprobar que somos más altos que las nubes, que hemos atravesado la región de la niebla y hemos salido a la luz de las cimas. Ese ver el cielo desde arriba es la flor que nos deja ahí, como de pasada, Petrarca, en su breve crónica, esa mirada hacia el horizonte lejano, hacia el panorama circular desde el penacho al que la propia niebla rinde pleitesía.

 

11.

Según nos dice Rossend Arqués Corominas en la edición de Cátedra de Mi secreto y algunas Epístolas de Francesco Petrarca, en la Biblia una sola vez se mira desde la cima de un monte, cuando el diablo tienta a Jesucristo con hacerle dueño de la tierra si reniega de su Padre. El único modo posible de hacer esa propuesta es alzando uno de los brazos, acaso el izquierdo, pues el diablo ha de preferir lo siniestro y haciéndole describir un arco de circunferencia en el aire, como si en ese movimiento se pudiera estar desvelando lo que estaba oculto detrás de una cortina. Para que ese gesto tenga poder ha de realizarse desde la altura. Todas nuestras tentaciones tienden a arrastrarse por el barro, sólo en el borde del vértigo uno sabe de verdad lo que está en juego. Al conducirnos a la cumbre, el príncipe de las tinieblas nos concede la visión de pájaro que es propia de los dioses y de las aves, objeto de nuestra envidia secular. Al Hijo de Dios, por el contrario, esa ascensión, esa mostración le obliga a un gesto contrario a su naturaleza: bajar los ojos, inclinar la cabeza. La cumbre más alta de la tierra no es sino un pequeño accidente en el fondo de ese océano sin superficie que llamamos cielo. Y nosotros somos los que reptamos sobre ese suelo.

 

12.

¿Qué le muestra, pues, el Adversario al Redentor? Un mapa. ¿Con qué le tienta? Con la posesión de un mapa, que sólo puede habitarse desde la distancia. Un descenso desde esa cumbre del gesto haría que ese aplanado panorama fuera poco a poco adquiriendo alzado, nos obligaría a enfrentarnos a la escala real de sus habitantes y sus objetos, y entonces nada de esto sería nuestro, pues sólo podemos ejercer ese dominio si mantenemos el apartamiento de la contemplación, si nos alejamos del fango de las larvas. Por eso la añagaza de Satán fracasa: porque en el mito de la Encarnación, contrariamente a lo que postularían los gnósticos, la divinidad ha decidido enfangarse, ha optado por la roña de las uñas, el hedor de los excrementos, el sudor de los cuerpos hacinados. En ese mapa extendido como una sábana sobre la superficie remota del planeta todo eso está por debajo del límite de resolución y es preciso descender la ladera para corregir ese error de percepción. El pecado original no fue el de los humanos, sino el del Creador, que quiso hacer un mapa y cuando se le llenó de insectos no tuvo mejor idea que arrojar sobre ellos un diluvio, para lavar esa carta geométrica. Pero hay un juez más alto, el ciego Sino, que decretó que la condena apropiada para tal exceso de soberbia era justamente el arrastrar pendiente abajo al Divino Hacedor para que su cabeza se llenase de piojos.

 

13.

Lo que vemos desde las alturas ya es nuestro, no es preciso que nadie nos tiente con su ganancia. Lo que no es nuestro es todo lo demás, es decir, todo. Por eso, en el bajar los ojos de la vista de pájaro lo que se nos revela una y otra vez es la gravedad, el peso. Nadie se queda a vivir en una cumbre, y no porque lo prescriba San Agustín, sino porque una cumbre es un sitio inhóspito que no permite otra vida que la de las rapaces, que pueden volar. Y aunque en nuestros mejores momentos lleguemos tan alto, tan alto que demos a la caza alcance, lo cierto es que la carne tiene inscrita su propia verticalidad declinante. Eso es el vértigo, ése es el mensaje del vértigo: sólo como anhelo te será dada la altura, sólo frente a una página los días afortunados, sólo entre los restos de tu propia vida que se extingue. Sólo ahí, ahora, un poco, las nubes están a tus pies, y te ocultan el mapa, el mapa del que procedes como un Ícaro que ya nota escurrirse por sus miembros la cera derretida. Sólo entonces, en esas cimas de la inspiración puedes alzar la vista y mirar al frente, en paralelo a las nubes, hacia otras cumbres que parecen a tu alcance.

 

14.

Es en 1818 cuando los estudiosos fechan Der Wanderer über dem Nebelmeer, el archiconocido cuadro de Caspar David Friedrich. En las desnudas rocas del primer término se yergue, aparentemente tranquilo, ayudándose apenas de su bastón para estabilizarse en un suelo tan imposiblemente horizontal, el caminante, que se nos muestra de espaldas. Para él, como para Francesco y Gherardo Petrarca, nubes sunt sub pedibus. De hecho, las nubes se han tupido tanto, que el título del cuadro nos habla de un Nebelmeer, un Mar de Niebla. Niebla es un vocablo del mundo inferior, designa ese extraño momento en que las nubes se dignan a descender a nuestro ras de suelo. Con ellas traen la extraña magia de la disolución de contornos, nos desorientan, nos desubican, y sin el ubi ya no hay un ego que se pretenda sólido. El Mar de Niebla que se contempla desde lo alto ya nos encuentra en el territorio de las águilas. La niebla es para los de abajo, para los que éramos hasta hace un momento, hasta esos últimos esforzados trancos que nos conducen al ápice. Entonces la niebla pasa a ser lo que siempre fue: nubes. Nubes bajo nuestros pies. Y al frente, pues ya podemos mirar al frente, pues ya no tiene sentido mirar hacia el mapa, otras cumbres, lejanas, cada vez más altas.

 

15.

Ese Mar de Niebla, pues, no oculta nada, sino que muestra. Muestra lo que importa, las otras posibilidades, los otros empeños, las otras obras. ¿Con qué podría entonces tentarnos Satán, repentinamente colocado junto a nuestro bastón (si es que él mismo no es el bastón que nos sostiene)? Con unas alas, por más que fueran las suyas, membranosas, pero a veces también llenas de ojos, como recuerdo del Serafín que un día fue Luzbel. Calzándonos esas alas sobre los hombros, como si la mochila que llevábamos en la ascensión del purgatorio llena de nuestros pecados pudiera al fin substituirse por los ojos de Beatrice, exploraríamos las cumbres, desde la altura que ya nos corresponde, sin volver al sudor de Sísifo. Sí, podemos ver a Mefistófeles sacando de debajo de su capa unas plumas de gallina y susurrándonos: si te postras ante mí y me adoras, te colocaré estas alas de guardarropía y podrás coronar todos los Everest del Sistema Solar. Pero no hace falta. No hace falta, porque tenemos un puente de niebla que nos lleva de una cumbre a otra, porque somos dioses y los dioses pueden caminar sobre las aguas de las nubes, porque cuando no hay mapa no hay vértigo, sólo hay otro suelo, más alto, cada vez más alto, lugar legítimo para nuestra habitación de poetas.


16.

Sísifo piensa que su castigo tiene una posibilidad de redención, ha creído que el mandato de los dioses era en realidad una propuesta, un contrato. No se trataba, le dijeron, de subir y bajar. Puedes subir una sola vez, con tal de que la roca sea la que baje, por la otra ladera, por la cara oculta de esta montaña. Si una vez, si una sola vez consigues que no se te resbale la piedra de tus manos empapadas de sudor, que no te venza la fatiga, y alzas, vigoroso, en un último y titánico esfuerzo la roca sobre tu cabeza y la arrojas al Otro Lado, podrás hacer lo que quieras, podrás descender y no volver a ascender, o podrás instalarte en la cumbre y gozar del panorama eternamente. Ésa es la tentación de Satán, la engañifa de los Olímpicos: plantear que existe otra posibilidad diferente al castigo, al suplicio circular. Por eso, Sísifo es el que insiste. Porque los castigos sólo pueden sostenerse si no se ha abolido la esperanza. Lo contrario es un simple mecanismo, un automatismo que se ejecuta ya sin mayor dolor, pues se han anulado los anhelos. Sísifo no es feliz porque haya comprendido y aceptado su absurdo, es feliz porque piensa que todo tiene aún un sentido. Cuando Camus, con los ojos aún llenos del sol del Mediterráneo, le susurra al oído al gigante la dolorosa verdad, su rostro se empapa de lágrimas.

 

17.

¿Qué hará Sísifo cuando haya por fin arrojado la roca pendiente abajo en el Lado-de-No? Mirar. ¿Qué verá Sísifo? Un puente de nubes. Un Mar de Niebla. Ese mar se habrá tragado su roca, que se habrá hecho ya para siempre abisal. Y Sísifo habrá comprendido que el único modo en el que se puede vencer a la gravitación es paseando, como hacía Robert Walser. Que para llevar a la roca a la siguiente cumbre habría bastado con hacerla rodar, como una bola en el juego de los bolos. Una bola que fuera rebotando entre peñascos como en un pinball megalítico. Y entonces Sísifo es feliz, y baja, sin mayor remordimiento, aliviado de tanto dolor, por la ladera de siempre, y cuando le entregan una nueva roca, pues los dioses poseen una provisión infinita de rocas, y le obligan a empezar de nuevo la partida, sigue siendo feliz, pues ya ha visto, ya ha visto lo que no existe, lo que no hay, el ámbito nebuloso del no estar, del no saber. Camus piensa en los descensos de Sísifo, quiere verle contemplando la vegetación que poco a poco vuelve a aparecer según nos acercamos al suelo (pues ya nos avisó el Pseudo Dionisio Areopagita, y nos lo repitió San Juan de la Cruz, que arriba es el lugar de la Nada, de las Nadas), quiere verle respirando el aire, tomándose su tiempo, calentando los músculos de los brazos, restañando las heridas de sus manos ya encallecidas. Pero no, Sísifo no se entera de nada de eso mientras baja. Él piensa en la cumbre. Y en la niebla. Gracias por la niebla.

 

18.

Puesto que el caminante está de espaldas y mira hacia adelante, y ese adelante es también el nuestro, queremos identificarnos con él, ponerle nuestro rostro. Ése es otro modo de subir. Todos estos procedimientos son importantes para nosotros, los enfermos de vértigo. Si uno se planta frente al cuadro (así se imagina a Samuel Beckett en la Hamburger Kunsthalle en octubre de 1936 Stéphane Lambert en su Avant Godot) está ya arriba, nubes sunt sub pedibus. Un par de pasos más, un abrazar el cuadro, nos llevaría directamente a superponernos a esa figura (pero no, porque es tan pequeña, tendríamos aún que reducirnos a la escala de ese nuevo mundo encerrado por el marco). Un último esfuerzo de escalador horizontal y tenemos delante, no ya una espalda, sino las otras cumbres. Entonces, arrojamos el bastón, adelantamos un pie y caminamos sobre el puente de nubes. Y ya no bajamos más, porque, aunque bajemos, habremos estado allí, como estuvo Petrarca, como estuvo Friedrich, como estuvo Beckett, como estuvo Sísifo.

 

19.

Como con el monje que está frente al mar, como con otros tantos personajes de las obras de Friedrich, se nos antoja que lo que están haciendo es escudriñar, como nosotros, pero la verdad es que tienen los ojos cerrados. Justamente porque ya no hace falta mirar. En el puente de niebla nos conducimos con la rotunda seguridad de un ciego en un mundo a obscuras. Un bello poema de Ángel Crespo nos muestra el agua de un pozo, desde el brocal. Al fondo, estamos nosotros también, nuestra figura, plateada, despojada del sudor de estar vivos. Nuestra imagen asciende envuelta en halos de aire y lejanía, es una teofanía en la que nosotros somos los dioses. Hemos visto. Y entonces, lo que es preciso hacer es cerrar los ojos, juntar los párpados para encontrar en el interior el agua de ese pozo. En el Mar de Niebla se mueven como espermatozoides encelados las extrañas moscas de nuestro humor vítreo. Al cerrar los ojos vemos que por dentro estamos también llenos de esa niebla sagrada, la niebla que oculta lo que no puede ser visto, porque no puede ser dicho. Por eso hay ciertos cuadros que uno debe mirar con los ojos cerrados. Por eso Sísifo desciende de su cumbre inalcanzable con los ojos cerrados, con paso seguro, sin tropezar una sola vez, escuchando el leve rumor de esa agua interior que contiene las palabras de los poemas.

 

20.

Juan Ramón Jiménez, en su maravilloso Diario de un Poeta Reciencasado, nos propone también una crónica poética, que se desarrolla entre la convexa horizontalidad del mar y la ambigua verticalidad de los rascacielos. Todo está escrito en luz, las letras de la luz son los colores. Muchos de los textos se llaman Cielo o Mar. Golfo, el poema del cual proviene la cita que encabeza esta entrada, está escrito en New York el 29 de febrero de 1916, justamente ese extraño día del bisiesto, y corresponde al número LIX del libro. Una nube nos acompaña. Oculta el sol, pero una sola nube no puede ocultar el sol, y el sol acaba, si no atravesándola, si tiñéndola, mezclándose es su materia sutil. Primero, la nube es blanca. luego, rosa. Porque el día va avanzando. Y luego, en el último verso, es roja, roja de ocaso. En ese día de meditación el poeta nos muestra lo que ha visto, en su abajo, en sombra, sobre las rocas de esa cumbre del fondo del aire que es el puerto de la ciudad, el puerto del sueño. Nos dice: es el fin visto, y es la nada de antes. Porque la nada es todavía. Y entonces, comprende, como comprendió Ángel Crespo asomado al pozo: a donde quiera que llegue desde aquí, será a aquí mismo, porque

Estoy ya en el centro

en donde lo que viene y lo que va

unen desilusiones

de llegada y partida.

El oleaje del mar de agua y el oleaje del mar de niebla nos dan el vaivén de los versos. No es preciso seguir avanzando, ni siquiera volar. Aquí estamos bien. Cerremos los ojos, dejémonos llevar por los puntos suspensivos.

 

y 21.

Así concluye El paseo de Walser:

Las circunstancias le habían ordenado viajar, y partió. Quizá hubiera podido convencerla a tiempo de que tenía buenas intenciones, de que su querida persona me era importante, y de que por muchos motivos quería hacerla feliz, y con ello a mí mismo; pero no me esforcé más, y ella partió. ¿Para qué entonces las flores? “¿Recogía flores para depositarlas sobre mi desdicha?”. Me había levantado para irme a casa; porque ya era tarde, y todo estaba oscuro.

Los paseos terminan en un viaje de vuelta, en un retorno a casa, porque todo acaba por obscurecerse, porque los astros también están sometidos, por la crueldad del Sino, a un suplicio circular como el de Sísifo. Las ascensiones a las montañas sagradas, las excursiones de los caminantes, concluyen en el descenso, en la posada donde escribir cartas a monjes agustinos, en donde reponer fuerzas y dormir el sueño del que está felizmente fatigado. Las visiones concluyen, las nieblas se disipan, también se muere el mar. Del lado de la piel que se va llenando de arrugas nos quedan, sin embargo, las memorias del vuelo. Ella partió y yo dejé de recoger flores, pero compartimos un día la visión de las nubes. Y cerramos los ojos. Cerramos los ojos los dos a la vez, porque nos estábamos besando. Y desde entonces, vayamos donde vayamos, siempre venimos a aquí mismo, al puerto del sueño.

 

 

A P É N D I C E

Desde el brocal, Ángel Crespo

A la luz del pozo, la imagen

que hacia el brocal asciende viene envuelta

en halos de aire y lejanía

pues la devuelve el agua

más pura —invulnerable

a la tierra y el fuego—

como teofanía de mí mismo.

Los ojos, que apagando iba

tanto mirar sin premio,

resplandecen como una plata

diáfana, en la penumbra,

y me miran sin preguntar,

como sabiendo la respuesta.

Apoyado al brocal, alzar no quiero

la mirada, y junto los párpados

— para buscar dentro de mí

el agua de ese pozo.

 

Golfo, Juan Ramón Jiménez

La nube ―blanco cúmulo― recoge

el sol que no se ve, blanca.

Abajo, en sombra, acariciando

el pie desnudo de las rocas

el mar, remanso añil.

                               Y yo.

Es el fin visto,

y es la nada de antes.

Estoy en todo, y nada es todavía

sino el puerto del sueño.

La nube ―blanco cúmulo― recoge

el sol que no se ve, rosa.

                               A donde quiera

que llegue desde aquí será a aquí mismo.

Estoy ya en el centro

en donde lo que viene y lo que va

unen desilusiones

de llegada y partida.

La nube ―blanco cúmulo― recoge

el sol que no se ve, roja…

martes, 31 de diciembre de 2024

Invitación al viaje

 


Tu connais cette maladie fiévreuse qui s’empare de nous dans les froides misères, cette nostalgie du pays qu’on ignore, cette angoisse de la curiosité?

CHARLES BAUDELAIRE, L’invitation au voyage


1.

En unas horas finaliza el año Kafka. Este año Kafka, porque ha habido otros, habrá otros, el tiempo de los aniversarios es a la vez lineal y cíclico, pero ya no habrá para mí otro centenario de Kafka. Puede haber un sesquicentenario cercano (en qué momento puede uno usar semejante belleza de palabra…), cuando en el 2033, al borde de mi setentena, se celebren los 150 años del nacimiento del praguense. Si no nos hacemos trampas en el solitario con cuartos de siglo, eso es todo. Se ha pasado el año sin que, al final, cumpliera mis propósitos de dedicar mi 2024 a los Altos Estudios Kafkianos. Ha sido un año muy atareado para mí, ya lo saben Uds., que me han seguido. Y en todo caso, no me hacen falta centenarios para dedicarme a Kafka.

 

2.

No parece que haya grandes aniversarios de escritores para el 2025, o por lo menos entre los de mi preferencia. Me parece que no habrá otro de semejante magnitud hasta el año siguiente, el 2026, cuando se cumpla el centenario de la muerte de otro praguense, Rainer Maria Rilke, que justamente hace un par de días, el 29 de diciembre, cumplió sus 98 años de muerto. La coetaneidad y la coincidencia geográfica de dos gigantes como esos dos autores, que son tan divergentes en muchos aspectos, por otro lado, es uno de esos misterios gozosos de la historia de la literatura. Como ya saben, hace un tiempo les dediqué un ensayo, inevitablemente inédito, a ambos, en torno a sus epistolarios amorosos.

 

3.

Hubo una tercera persona que se coló en ese ensayo, que di en llamar “Los amores bidimensionales”, y lo hizo porque, de algún modo, apareció de forma sobrevenida, reclamando su vértice del triángulo: la gran poeta rusa Marina Tsvietáieva. También he hablado de eso por aquí: en el verano de 2015 (ya va a hacer una década el tiempo pasa de una manera insoportablemente inclemente), mientras luchaba por alumbrar Morgana en Duino, junto con su hermano mellizo, ese ensayo sobre la imposibilidad, en una librería de Girona me topé con las Cartas del verano de 1926 (que tendrán también su centenario, pues, en poco tiempo), entre Marina, Rainer y el eslabón que les unió, Borís Pasternak. Un libro difícilmente comparable a ningún otro, por el calibre de las personalidades implicadas y por la historia de amor (de un amor que no puede tener equivalente en el mundo físico, y por eso se refugia en el mundo de la poesía y las correspondencias) entre dos poetas, alejados en el espacio, también, de algún modo en el tiempo, pero capaces de definir (al menos Marina, Rainer está ya tan cansado y quebrantado por la enfermedad por ese entonces) un tercer ámbito, más allá del vivir o del estar muerto. Ése es el reino de Marina, la tercera persona. Ése es el reino en el que cabría cobijarse, especialmente en días como hoy, cuando se nota tanto el que los engranajes no se detienen, y que estamos atrapados entre las ruedas dentadas de esa maquinaria.

 

4.

También les he contado (ésta no es, me parece, una entrada para ser original, tiene otras finalidades) que, enterada Marina del fallecimiento de Rilke, pero no teniendo aún todos los detalles a su disposición, compone un poema bellísimo que se ha dado en llamar Poema del año nuevo, o Carta del año nuevo, o simplemente Del año nuevo, y que está dedicado, claro, al poeta que acaba de abandonar el siglo, que dirían los clásicos, es decir, que acaba de trasladarse a ese otro emplazamiento, esa otra habitación del tiempo, que tendrá que empezar a amueblar, a cartografiar con nuevos e inconcebibles poemas en no se sabe qué lenguas angélicas, ese territorio que está al lado, o incluso aquí mismo, como está el país de los ángeles, que pasan entre nosotros sin siquiera percibirnos con su existir más potente, ese lugar a donde Marina expide su misiva, que ha de ser entregada en propia mano.

 

5.

Y por último, igualmente saben que uno de mis rituales de capodanno es releer el poema de Marina, introduciéndome así en la intimidad de esa correspondencia privada, aceptando así el regalo de la poeta, que contestaba de ese modo al otro regalo que Rilke le hizo poco antes, cuando escribió para ella nada menos que una Elegía, la undécima de las de Duino (o eso decide ella que sea, y no sin justicia). Es algo que haré, con detenimiento y delectación, apenas termine de escribir esto, que es mi regalo, mi carta de Año Nuevo para Uds., y que les entrego, como debe ser, en propia mano.

 

6.

¿Por qué les cuento, por lo tanto, todo esto, si de algún modo ya se lo he contado, y además es algo que gira sobre mis mismos temas, mis mismos intereses, mis mismas obsesiones? ¿Lo hago porque me veo en la obligación de solemnizar el hecho de que el astro en que hemos sido depositados ha cumplido, con rigor funcionarial, su trabajo y ha concluido una nueva órbita, topándose así con el hito o mojón que de manera tan profundamente arbitraria colocamos aquí, un poco a la izquierda del solsticio, ese punto indiscernible de la sucesión de puntos indiscernibles de la trayectoria que hemos dado en llamar treinta y uno, como si fuéramos jugadores de un mus cósmico peligrosamente regado con el pacharán del hacernos viejos? ¿Lo hago para que me lean justamente hoy y se acuerden de mí en este passage? No, bueno, sí, también, pero no lo hago por eso, lo hago para invitarles al viaje.

 

7.

Fue en 2012 cuando me fui a Duino, eso también lo saben Uds. porque lo he repetido hasta la saciedad, a celebrar mi propio centenario privado, el de la voz del ángel que escuchó Rilke allí dándole el primer verso de las Elegien. Cuando se cerraba 2011 mi vida era objetivamente muy complicada. El viaje ya estaba, claro, programado, e incluyó Venecia y Trieste, la ciudad de la que me hice hijo adoptivo desde entonces. Así que propiamente no puede decirse que ese periplo, tan sumamente importante para mí, para mi vida en general, y desde luego para mi vida en tanto que escritor, pudiera definirse como un propósito de fin de año, pero sí recuerdo que poco antes la idea me asaltó con una poderosa fuerza redentora. Era eso, eso lo que era preciso hacer en ese momento, era inexcusable, y sería decisivo. Y acerté, lo fue. Lo sigue siendo. Así que, en el Fin de Año del 2011, que fue algo más bien pesadillesco por motivos que no relataré, seguramente no formulé propósito alguno, pero lo cierto es que unos días después yo bajé del autobús en Duino y vi el árbol retorcido dibujándose contra el Mar Gris y todo comenzó. Acepté la invitación al viaje.

 

8.

Un viaje me llevó a Girona a esa librería en 2015. Otros viajes igualmente fundamentales me han trasladado a ciudades que forman parte de mi mitología personal. Pero no se trata exactamente de desplazarse, no se trata de trenes o aviones o distancias o ciudades, ni siquiera de hoteles (aunque, bueno, un poco de hoteles, sí), el viaje es otra cosa, otra cosa que no seré capaz de explicar en estas líneas, sobre todo porque no puede explicarse, o no, al menos, en términos racionales. Tendría que ver, me parece, con un gesto de rebeldía, un gesto de rebeldía que lo es tanto más en tanto en cuanto se parte de un convencimiento absoluto de que en el fondo no hay nada que hacer, que las cartas están repartidas, los destinos fijados, por la biología, la suerte, la historia, que apenas tenemos margen de maniobra para doblar el fuerte brazo del Sino, que, por otro lado, no es más que un personaje que ha perdido completamente la cabeza desde siempre. Es decir, que las cosas ni siquiera nos ocurren, que nosotros ocurrimos, y que toda estrategia, todo plan, todo relato, son siempre posteriores, o falsarios, o marginales, o ineficientes. Y sin embargo… O no, no sin embargo: por eso mismo.

 

9.

¿En qué consiste la rebeldía, pues, en qué consiste el viaje? En decirnos de otro modo, en decirnos otras cosas, en hacernos ficticios, en hacernos poema. Nada de lo que me alteraba en 2011 tenía que ver con Duino o Rilke, ni siquiera Rilke es un poeta consolador, ni siquiera es fácil, ni siquiera es un poeta que me llevara acompañando desde la infancia, como tantos otros. No había ningún heroismo particular en partir para Duino, no era un viaje complicado, ni habría en él ningún tono de aventura caballeresca. No me esperaba ningún corazón de las tinieblas. Se trataba de tomar un desvío, pergeñar una bifurcación que no existía, cambiar el letrero junto a la carretera, como le hacía el Coyote al Correcaminos para llevarlo a la trampa. Exactamente así: sabiendo que es mentira, que no servirá, que el Correcaminos no caerá en la trampa, que seremos nosotros los que nos despeñaremos por el abismo. Precisamente por eso.

 

10.

Lo intento un poco más. En la breve posesión del futuro hipotético, en el trazado del esquema sobre la página de nuestra mente, en el anhelo, se esconde el único juego de manos que podemos hacerle al tiempo, el que lo consigue estancar, o desviar para que riegue con su río las plantaciones de los poemas, que de otro modo se agostarían, como nos ha pasado tanto tan desde siempre. No es que sea verdad, el tiempo sigue, y, si no, vean Uds. como, en breves horas, inauguraremos el segundo cuarto del siglo XXI, y pasaremos a estar más cerca del 2050 que de ese 2000 que nos parecía tan remoto cuando éramos niños y veíamos películas de ciencia-ficción. El tiempo sigue, pero arrojamos a él una materia densa, un fuerte engrudo que lo espesa, que lo congela incluso, aunque el deshielo llegue tan pronto: esa ilusión de permanencia, esa tentativa de fuga, ese brotar de poemas, es el viaje. El que lo probó, lo sabe.

 

11.

Por eso es preciso ir a Duino, o a Raron, donde la bella tumba de Rilke domina el valle del Ródano, que es a donde se desplaza, por la magia de la poesía, Marina, condenada a su Bellevue de exiliada y próximamente a un retorno letal a la Unión Soviética. Son esas inesperadas rutas postales las que hay que explorar cuando se cambia de año, son esos pasaportes escritos en lengua angélica los que hay que echarse al bolsillo cuando vienen mal dadas, es decir, siempre. El que fue a Duino en los primeros días de 2012, el que sabía ya que iría en los últimos días de 2011, cuando Rainer tenía apenas 85 años de muerto (cómo pasa el tiempo…) no es ya, claro, el que escribe estas líneas, porque justamente aquel se mudó, aquel aceptó la invitación al viaje, y nos dejó su crónica, y ahora podemos leerla. Otros no hicieron más que lo que les tocaba: ya se sabe, las cosas serias. Levantarse por la mañana, ir a trabajar, contemplar las palomas de Levrero en el edificio de enfrente, envejecer con la mínima dignidad exigible, en suma, enmohecerse. También tengo crónicas de todos ellos, todos somos el mismo. Pero las leo muy de tarde en tarde. En cambio, los viajes… Esos viajes en los que a uno le pierden el equipaje y ha de improvisar y sacarse de la manga, o de donde estuvieran, sus mejores versos. Esos viajes en los que uno puede verdaderamente perderse, y no volver a aparecer, como esos johatsu japoneses. Esos viajes. Y muchos de ellos los he emprendido (los emprendo) desde esta misma mesa, frente a esta misma pantalla, arropado por estos mismos libros, acompañado de ustedes.

 

12.

Invitación al viaje es, por supuesto, el título de uno de los poemas más conocidos de Charles Baudelaire, incluido en Les fleurs du mal. También tiene ese título un pequeño poema en prosa del francés que forma parte de su Le Spleen de Paris. En esa invitación, al tú del poema se le convida a un viaje que llevará a un lugar maravilloso, a un oriente de belleza y lujo, a un paisaje incomparable, a ese país que es justamente tú, el país que es ella. Es ahí donde el poeta quiere mudarse, es ahí, en esa tierra del encuentro infinito, donde se desea pasar el fin de un año que ya no tiene fin. Hay muchos viajes en la literatura, hay odiseas que nos vienen alcanzando desde siempre, hay remotos continentes por descubrir y luego, ay, descubiertos, hay galaxias innumerables en el espacio insondable, pero no se necesita ir a ninguna parte para encontrar ese país de Jauja que nos muestra Baudelaire, nuestro guía.

 

13.

Invitación al viaje es también un bello y triste relato de Julio Ramón Ribeyro, una pieza que seguía inédita después de la muerte del peruano, que no había sido incluida en su voluminosa colección de relatos completos, y que ha aparecido hace poco. Es un cuento de iniciación, en el que un niño transita por esos alrededores de la ciudad inmensa que son ya otro lugar, habitado por otra gente. Hay mucho de las noches nervalianas en él. Lo leí con extremo placer, me abrió la puerta a un autor que llevaba demasiado tiempo haciendo esperar en mi inabarcable lista de lecturas. Y fue, inevitablemente, el título. Fue el título lo que era imposible de soslayar: cómo va uno a negarse, nunca, bajo ningún concepto, a una invitación al viaje. Aunque sea el viaje de Dante. Especialmente si es el viaje de Dante.

 

14.

Hay un cuadro (hay muchos cuadros) que no puede reproducirse. Si uno busca entre los libros, si uno fatiga Google, aparece una y mil veces, y cada vez es distinto, cada vez es peor, cada vez es menos. Se trata del Mönch am Meer de Caspar David Friedrich. Esa combinación de grises y negros y azules plomizos no fotografía. Compruébenlo Uds. mismos. Ya lo conocen, ya les he hablado de él (les advertí que no habría novedades, para este fin de año me rodeo, como no podía ser menos, de mis fetiches). Lo vi en otro viaje fundamental, a Berlín, una ciudad a la que había ido realmente mucho, por motivos de trabajo, durante un tiempo, pero que no había podido apreciar adecuadamente y, sobre todo, un lugar lleno de museos que no había podido visitar. Ahí, en 2010, antes de todo aquello, pero después de tantas otras cosas, me quedé atónito al contemplar un cuadro que no conocía, pero que resonaba tan profundamente con algo que sólo puedo haber visto en otros viajes, en esos viajes de los que no tenemos crónicas, más allá de las deslavazadas ristras de imágenes inconexas del despertar. No he vuelto a verlo desde entonces. Es decir, lo he visto mucho, lo veo todo el rato, pero no es él, porque ese cuadro no se puede ver si no se ve, y no se ve si uno no va a verlo. Por eso tengo que volver a Berlín. Igual que no se puede ver a Rothko si no se le ve, y por eso le he perseguido tanto, y lo he atrapado en Viena aquella vez decisiva, y París hace poco, y Basel varias veces, y Zürich aquel día de todos los demonios. Y no es casual que Rothko y Friedrich salgan en el mismo párrafo, ya se lo pueden Uds. imaginar. Pero habría muchos otros: durante un tiempo fui un avezado cazador de caravaggios. Motivos para el viaje, en este caso, sí, el viaje de aviones y hoteles y museos. Pero ya no insisto más, ya me entienden.

 

15.

Sí, porque uno tendría que hablar de las librerías de París, o de los capuccini en Roma, o de las galerías y soportales de Torino. O de tardes y tardes en Barcelona, repitiendo itinerarios semejantes, en busca del otro que también fui, y soy, en esa ciudad que es el reflejo en la obsidiana (¿o es al revés?) de mi ciudad. Esa ciudad que tiene mar, aunque a mí me baste con saber que lo tiene, y jamás vaya a verlo, porque el mar es en sí mismo la purísima invitación al viaje, y en este caso uno puede ver el mar sin verlo, y yo lo hago todo el rato, y estar en el mar es justamente lo que hago cuando escribo, y ahí no soy el monje abrumado ante la inmensidad, sino esos otros paseantes de Friedrich que miran los barcos.

 

16.

Por poco que me conozcan a estas alturas ya saben que no soy lo que podría decirse convencional. Y no es que no lo sea por puro esnobismo o por llamar la atención, no, es que me dibujaron así. Por lo tanto, no cabe ya que esperen de mí una simple felicitación. Lo cual no quiere decir que no desee su felicidad, antes al contrario, para mí es extremadamente importante que sean felices, o no, ya saben que no, que la felicidad es algo que me parece siempre muy sospechoso: que estén contentos, y contentas, y alegres, que tiene esa e que nos incluye a todes. Es muy importante para mí porque justamente sé que la vida es triste y compleja y llena de pozos y llena de fango y llena de angustia y llena de cosas que para qué mencionar, cuando todos somos ya mayorcitos y sabemos de lo que hablamos. Pero por eso mismo no se trata de simplemente añadir una fórmula más, repetir las palabras gastadas por el uso. De lo que se trata es de invitar al viaje, de ofrecerme como guía, o de ofrecerles mis guías (Friedrich nos espera en el muelle), de ofrecerles mi compañía, de invocar juntos a la sagrada divinidad del Encuentro, de no aplazarnos más, de no seguir jugando a ese peligroso juego de vivir que es justamente el peor modo de estar vivo, se trata de embarcarnos, de bucear a pleno pulmón, como los pescadores de perlas, de esbozar con los brazos el gesto del vuelo por si cuela, por si salimos de repente volando por el balcón y nos vamos a visitar a las palomas de Levrero, mientras Levrero sigue escribiendo incesantemente que no puede escribir.

 

17.

Marina empieza como corresponde, ¡Feliz año nuevo! Pero luego sigue en esa primera carta al nuevo domicilio póstumo y eterno de Rilke: ¡Feliz mundo, limbo, morada! O mundo y luz – borde y hogar – puerto. O mundo – faro – amparo nuevo. O bord nouveau – monde – abri (sí, también la tengo en francés…). Dice todo eso porque cada traducción dice una cosa, y eso ocurre porque ciertamente el ruso de Tsvietáieva es tan complejo y tan compacto y tan lleno de resonancias que no hay forma de verterlo unívocamente. Y ahí, ahí, ya tan ahí, apenas en la primera línea del poema, está el viaje. Ahí se abre una biblioteca infinita, un scriptorium en el que alojarse durante milenios, un paisaje inagotable. Y luego sigue otro verso. Y luego se acaba el poema. Y hay muchos otros poemas. Y hay otros poetas. Y hay otra literatura. Y hay cine. Y hay pintura. Y hay lugares. Y hay gente. Hay gente. Gente con la que encontrarse, gente con la que hablar de poesía, gente con la que pasear, gente con la que estar callados, gente a la que abrazar. Y luego empieza el poema otra vez y luego, un día, todo se acaba, claro, pero todos aquellos enviados que partieron a sus viajes, todos aquellos conquistadores que colonizaron esas llanuras del aire son inmunes a la usura del tiempo, son idénticos a la idea feliz con que los concebimos, son indestructibles en su evanescencia.

 

18.

Feliz Año Nuevo, pues. Éste es mi mensaje de Fin de Año, y se lo entrego aquí, en propia mano. Y que los vientos nos sean propicios.