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lunes, 22 de mayo de 2023

Un perro

(Frecuentemente he utilizado los mitos, clásicos o cristianos, como punto de partida de relatos u otros proyectos literarios. La riqueza simbólica que contienen esos mitos, acendrados, perfectos en su concisión, pero abiertos a un abismo de interpretaciones y resonancias, me parece extremadamente sugerente. De entre ellos, la resurrección de Lázaro, como ya se ha visto en este blog en alguna ocasión, llegó a obsesionarme, sobre todo por la gratuidad infinita del gesto, ya que Lázaro, de todos modos, acabaría muriendo, en algún otro lugar, pasados algunos años, lejos ya del Maestro, que habría sido crucificado poco después. El poema de Cernuda, el relato de Andréiev y otras fuentes me inspiraron mi propio microrrelato sobre la resurrección, que ya he mostrado aquí, y todo un ciclo de textos que giraban en torno a esa especie de resurrección reversible y compulsiva, a la ruleta en la que Lázaro alternaba sus estados de vivo y muerto, protagonista involuntario de un plan que le excedía con mucho. La iconografía de la resurrección es muy abundante y también hay en ella aspectos que merecerían más comentario, pero que obviamente exceden las posibilidades del blog.

Todo esto que he dicho es verdad, y sin embargo sólo indica el substrato del relato, el punto de partida de la escenografía. Lo que constituye la verdadera extrañeza de la narración, que sería su principal valor, si lo tiene, es sin embargo una imagen. La imagen de un perro en un paisaje desértico que no puede ser otro que el de Goya, otro de los protagonistas de mi literatura, al menos hace unos años. Algo, o mucho, pues, hay de escritura automática en este texto, y al releerlo hoy me ha recorrido el mismo escalofrío que cuando lo escribí: el escalofrío de saber que hay Otro que escribe nuestras mejores páginas.

El relato es, no obstante, antiguo, y corresponde a una etapa, creo, superada en mi literatura. Compartirlo aquí es quizá compartir esa extrañeza, difundir ese escalofrío, complacer al Otro, generar, en suma, una hermandad entre los que sabemos que las cosas siempre son de otro modo.)



 

Y salió el muerto, atados con vendas las manos y los pies, y la cara envuelta en un sudario.

Jn., 11, 44


Quise cerrar los ojos,

buscar la vasta sombra

LUIS CERNUDA

 

Cuando finalmente llegamos junto al sepulcro, el taumaturgo se plantó, rígido, ante él y no dijo nada. Cerró los ojos e hizo un gesto brevísimo con la mano, una especie de movimiento lateral, como de apertura. Aparentemente obedeciéndole, la piedra que cerraba la cueva cayó a un lado con estrépito.

Entonces, corriendo de su interior, deslumbrado, desorientado, salió de la tumba un perro. Un perro no muy grande, de color de arena, que ninguno conocía. Sorprendidos, algunos se asomaron al interior de la cueva, donde habíamos depositado a mi hermano Lázaro ya iba para cuatro días. Marta y yo, agarradas la una a la otra, sin saber qué hacer o qué decir, esperábamos que alguien nos diera razón del hermano, mientras el sanador, visiblemente agotado, se había echado a un lado y también parecía esperar, con la cabeza en las manos, sentado sobre la piedra que tapaba el sepulcro, algún desenlace.

Lo que nos dijeron los que habían entrado a la tumba fue lo siguiente: “Marta, no hay restos de Lázaro por ningún lado. María: no se ven las vendas que cubrían su cuerpo. Hermanas, no sabemos qué ha sido de vuestro hermano.”

El perro, mientras, se había quedado también parado, un poco alejado del grupo que formábamos, pero sin animarse a irse en ninguna dirección concreta.

Miré al Maestro con estupor, y con miedo: “Señor, no comprendo tu milagro”, le grité, pero él no me respondió nada. Ni siquiera alzó la cabeza hacia mí. 

Marta, entonces, corrió hacia el perro y lo agarró. Él se revolvía, pero ella lo acariciaba y acabó por tranquilizarle. Los hombres le pidieron al sanador que se levantara de la piedra del sepulcro, porque querían volver a taparlo. Su boca abierta, sin ningún cuerpo dentro, les parecía nefanda.

Marta se acercó a mí. Había improvisado una correa para el perro con su ceñidor y tironeaba de él, que no quería llegar tan cerca de la tumba. “Hermana, el perro está bien, parece alimentado, no tiene parásitos, sólo está un poco inquieto. De ningún modo ha podido estar en la tumba cuatro días.” “Sí”, le contesté, sin saber muy bien lo que decía, “y si se hubiera comido a Lázaro estarían por ahí esparcidos sus huesos, y las vendas…”. Entonces, el Maestro pasó a mi lado, y sentí un escalofrío enorme en el mediodía ardiente en que nos encontrábamos. El frío emanaba de él. No dijo nada, seguía sin decir nada y le increpé otra vez.

“Señor, ¿quién es este perro? ¿Es el alma de mi hermano? ¿Es su cuerpo resucitado?”. Él se detuvo un momento y me espetó, secamente: “¿No te he dicho que si creías, verías la gloria de Dios?”, y se volvió, para no detenerse ya más.

Marta me cogió del brazo y, arrastrando el perro, nos marchamos a casa. Allí busqué un cuenco para dar de beber al pobre animal, que estaba muerto de sed, y él bebió mucho rato, moviendo la cola, y se dejó acariciar por mí, mientras mi hermana empezaba a preparar la comida.

“Nos cuidará la casa, ¿verdad, Marta? Es un buen perro. Tenemos que pensar qué nombre le ponemos”, y ella sonrió y me dijo: “vamos, que ya está la comida”, y yo cogí un poco de mi plato y se lo di al perro, que me miraba desde el rincón con sus ojos de perro.


viernes, 17 de febrero de 2023

El fin del mundo

[En un proyecto, en realidad nunca abandonado, pero nunca abordado como se debe, aparece un paisaje desértico, el de un mar que ha perecido. En torno a ese desierto se agitan figuras y peregrinos. En un momento dado desgajé del maremágnum de notas escritas para esa supuesta novela -estamos hablando de antes de Morgana en Duino- éstas, que acabaron configurando un relato extraño, onírico -o profético, si se prefiere-, del tipo con el que más me identifico.

He estado estos días muy liado con la conferencia, que salió excelentemente bien y que disfruté mucho. Ahora es tarde y estoy cansado, llevo todo el día danzando por Barcelona, y los días en los que danzo por Barcelona son siempre felices y productivos, pero no me da para escribir una entrada desde cero. Me he puesto a mirar los archivos y me ha saltado éste, que casi no recordaba. Ahí lo dejo. En los próximos días volveré a una actividad "bloguera" más constante.]




Bartholomew (…) preached together with Peter in the oases of the Western Desert, and later among the Berbers, where he met with dog-headed cannibals.

OTTO F.A. MEINARDUS, Coptic Saints and Pilgrimages 

Tras muchos días de cabalgar en solitario por el Desierto, el jinete se encontró con un ermitaño. Era San Bartolomé.

Colgada de la rama de un arbusto, como si fuera una percha, la pelleja.

El ermitaño, sentado en una piedra a la entrada de la cabaña, levantó la vista y miró al jinete con sus ojos de un azul metálico. Ojos sin párpados, sin pestañas.

El otro rostro, arrugado en la pelleja, le miró también, con expresión igualmente indescifrable.

La carne de San Bartolomé era roja, brillante, húmeda. Todos los músculos aparecían dibujados en la tensión de sus fibras, como en un atlas vesaliano. Su gesto era, en todo caso, tranquilo, salvo en la boca sin labios, de rictus terrible.

Sin hablar, sin moverse del sitio, arrojó una cantimplora al jinete, quien se lo agradeció con un leve movimiento de cabeza. Él tampoco dijo nada, no sabía qué decir a ese cuerpo indeciblemente torturado.

Así, en silencio, estuvieron mucho rato. El jinete, sin desmontar, pues aquella parada no era sino un breve receso en un camino interminable y el santo sobre su piedra, mirando con sus ojos inapagables el horizonte calcinado, el mismo que veía a cada momento desde su mísera choza. Su respiración era dificultosa, el jinete podía ver muy elevarse y descender el tórax, trabajosamente. No era un espectáculo agradable, y, sin embargo, en todo momento era consciente del aire de santidad que desprendía la figura silenciosa del anacoreta.

“He visto a un perro”, dijo al fin el jinete. “Un perro enterrado en la arena. Luchaba incansablemente por no sumergirse del todo, alzaba la cabeza en un continuo crisparse de los músculos del cuello.”

“Sí, el perro. Llevo muchos años aquí, y él lleva tantos como yo, siempre en esa natación árida, siempre en su doloroso alzar la cabeza. No sé decirte más de él, hace tiempo que no cruzo por el lugar de su agonía. Le supongo infeliz, mas inalterable. Así me siento yo cuando el aire ardiente araña mi carne, tan íntimamente expuesta.” Volvió la mirada, que había estado fijada hasta entonces en la lejanía y clavó su flecha en el rostro polvoriento del jinete. “No sé,”, prosiguió, “puede que seamos el mismo. Puede que aquí, en el Desierto, todos seamos el mismo, que no exista otra forma posible de vida que este inagotable sufrimiento del sumergirse a medias.”

“Desde luego, os parecéis mucho”, contestó el jinete. “Vuestra mirada es la misma. Y los músculos del cuello.”

“Sí, los músculos. Ahí, donde el tajo del verdugo acertaría para la decapitación, si quedasen verdugos. Pero ya sólo quedan víctimas.”

Se quedaron de nuevo ambos en silencio, las dos miradas apuntando en la misma dirección, la del atardecer que nunca terminaba. Finalmente, el eremita dijo: “Debes tener en cuenta que no hay un solo perro, hay toda una raza de ellos, te los encontrarás a cada paso. Son los nadadores del mar ido, se agitan por pura inercia. No te alarmes por su boqueo, poseen branquias de arena, nada podría ocurrirles si se hunden del todo, pero ansían contemplar el sol, el sol agonizante del crepúsculo interminable. Odian el sol, desean con todas sus fuerzas verle morir, por eso alzan y alzan la cabeza. Como tú, como todos.”

Entonces, majestuosamente se alzó, los músculos de sus piernas mostrando la tensión del estar-de-pie, acarició levemente la cabeza del caballo y casi susurrando dijo: “Usa tus branquias, jinete. Están ahí, en tu garganta, en el lugar donde te mordió la pelirroja, en el lugar del vampiro. Ábrelas, son como dos párpados. Te van a hacer falta. Eres un anfibio, jinete, eres un superviviente. No lo olvides. No temas.”

Y, sin decir nada más, volvió la espalda y se introdujo en su cabaña. La pelleja oscilaba en la rama. El jinete, lentamente, reemprendió la marcha mientras el sol seguía detenido en el horizonte, incapaz de resolver el crepúsculo. A lo lejos, un perro aullaba interminablemente.

Su aullido sonaba a arena.