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lunes, 13 de abril de 2026

Compañía

 

By the voice a faint light is shed. Dark lightens while it sounds. Deepens when it ebbs.

SAMUEL BECKETT, Company

 

1.

Hoy es 13 de abril. Hace exactamente 120 años nació Samuel Beckett en Dublín. O tal vez no. Sus biógrafos nos han hecho saber que su inscripción en el registro no tuvo lugar hasta dos meses después de esa supuesta fecha, y el día que aparece en ese documento es, ciertamente, un 13, pero de mayo de 1906. Era costumbre, al parecer, en esos tiempos, el demorar la inscripción hasta pasadas unas cuatro semanas del nacimiento, habida cuenta de la elevada mortalidad infantil que existía por entonces, por lo que la fecha de registro y la fecha de nacimiento en mayo serían coherentes, pero no tanto así la de abril. James Knowlson, no obstante, cree que la leyenda que se generó al respecto es excesiva, y que Beckett fue veraz cuando se refirió a sí mismo como nacido en Viernes Santo, ese viernes, 13, marcado tan funestamente. Acaso un error del funcionario de turno al consignar el mes, acaso un descuido del padre, pueden ser los responsables del malentendido. Existe, de hecho, según Knowlson, una noticia en el periódico local dando cuenta del nacimiento del vástago de los Beckett, un par de días después, en abril. Sea, pues. Hoy, correctamente desde el punto de vista administrativo o no, celebramos el cumpleaños de Samuel, que nació el día de la muerte de Cristo tras un parto especialmente largo y complicado.

 

2.

Beckett, en todo caso, convendría en que la fecha de nacimiento no marca exactamente el comienzo de la propia existencia. Siempre declaró poseer memorias muy claras de su periodo prenatal. Eran memorias angustiosas, el recuerdo de un dolor y una inmovilidad de los que no podía escapar. En una entrevista concedida en 1970 calificó a esa vida fetal como an existence where no voice, no possible movement could free me from the agony and darkness I was subjected to. No cabe dudar de la seriedad de esas declaraciones, repetidas en diversas instancias, y por lo tanto no cabe dudar de esa experiencia, o al menos de la certeza de esa experiencia para él mismo, que nos condujo en tantas ocasiones a lugares vacíos y obscuros en los que personajes inmóviles y con una absoluta falta de agencia se empeñan en una verborrea inconclusiva que no se traduce en ninguna acción liberadora. La compleja relación entre la interioridad, entre nuestro mundo de dentro-del-cráneo, y el supuesto exterior, la ambigüedad insoslayable sobre la que se edifica el castillo de naipes de la así llamada identidad son los grandes temas de la obra del irlandés.

 

3.

Desde ese interior del vientretumba de su madre, dice Beckett, un día fue consciente de que ella, su madre, y el resto de su familia, acompañados quizá por otros concurrentes, estaban cenando. Antes de su nacimiento, él ya asistía a esa cena. De algún modo, esa conexión imposible entre la opacidad del cuerpo materno y el iluminado exterior permitía ese instante relatable que luego podemos calificar de recuerdo. La relación de Beckett con su madre daría para muchas páginas, y cualquier cosa que digamos corre el riesgo de simplificarla, pero, de algún modo, esa resistente conciencia de haber estado residiendo, o prisionero, o acogido, en otro cuerpo, es una constante fuente de inquietud y también de inspiración. Molloy, al comienzo de la novela, se sitúa durmiendo en la cama que había sido de su madre, la cama donde ella murió y donde probablemente él fue concebido. El cráneo, aún sin cerrar, del recién parido, ha estado alojado en otro ámbito también cerrado y obscuro, y en esa colección de muñecas rusas uno no sabe muy bien cuándo decir: aquí, es justamente aquí donde empezamos.

 

4.

Mi madre nació el 11 de abril de 1933. Hace dos días, pues, hubiera cumplido 93 años. O no. La fecha de nacimiento de mi madre es tan administrativamente ambigua como la de May Beckett (May, diminutivo de María, el mes de mayo de la partida de nacimiento de Sam). La leyenda familiar quería que mi abuelo materno, que era republicano, hubiera esperado a inscribirla hasta el día 14 de abril, el día en que se conmemoraba el segundo aniversario de la recién nacida Segunda República Española. La leyenda iba aún más lejos y se contaba entre risas, risas aderezadas con su poquito de temblor, porque cuando se contaba mi hermano y yo teníamos, acaso, siete, ocho años y, por lo tanto, el dictador aún vivía. Según decía mi madre, mi abuelo Julio la quiso poner de nombre justamente República. María República, de hecho, pues el María era un given en los nombres femeninos. María, como la madre de Beckett. Mi madre acabó llamándose María, por supuesto, pero de las Mercedes. Así aparecía en su DNI, que aún conservo por algún lugar. Y allí, la fecha en la que fue inscrita, el 14 de abril de 1933, el día de la República.

 

5.

En mi casa, no obstante, aceptada esa discrepancia, digamos, legal, el 11 fue siempre el día que se celebró el cumpleaños de mi madre. Así debió de serlo desde el comienzo también en su casa, en la casa de mis abuelos, esa portería minúscula de la zona de Ventas. No es tan extraño, especialmente en esa época. Una demora en el acto administrativo, una espera, un error en el registro. Como Beckett, que había nacido apenas 27 años antes de mi madre, que sólo tenía 27 años menos dos días cuando nació mi madre. Hay muchas más historias de ésas en mi familia, asociadas a extraños cambios de nombre de abuelos y tíos abuelos. Nombres de familia que no eran los oficiales, por algún motivo que nunca fuimos capaces de discernir y que bien pudiera también tener que ver, además de con desórdenes registrales, con necesidades de anonimato en un territorio hostil como el de la España de los cuarenta. Historias ya indescifrables, porque todos los protagonistas, todos, todos, no queda ni uno, han muerto. Por eso hay que intentar seguir hablando de ello, escribirlo.

 

6.

El misterio de la fecha de nacimiento de mi madre todavía dio para un último giro de guion. Al final de su vida hubo que empezar a realizar diferentes trámites, estando ya ella tristemente incapacitada para tomar acción alguna en lo referente a su vida o su persona. Entre esos trámites, hubo que conseguir su partida de nacimiento. No fue fácil, porque esos documentos correspondientes a 1933 no estaban digitalizados en Madrid, al menos en el momento en que nos pusimos a buscarlos. Había que pedir la partida a la oficina correspondiente, pero Madrid es grande y eso está dividido por barrios. Entonces me di cuenta de que no sabía en qué barrio había nacido mi madre, en dónde había sido inscrita. Y no me quedaba nadie para preguntar. Nadie, nadie. Todos estaban muertos. O no, porque mi madre no estaba muerta todavía, pero no podía ya contestarme, hecha añicos como estaba su memoria. Al final, su casa natal resultó estar en el barrio en donde yo siempre la conocí, el de la portería a la que yo iba a ver a mi abuela materna. Y recibimos la partida de nacimiento. Y la fecha que aparecía en ella no era la oficial del 14 de abril. Ni tampoco la familiar, la del 11. Era el 12. Mi madre, según ese último papel, ya casi póstumo, había nacido el 12 de abril de 1933. Famosamente, Albert Camus, comienza así El extranjero: Aujourd’hui, maman est morte. Ou peut-être hier, je ne sais pas. Yo sé con precisión la fecha de la muerte de mi madre, pero no la de su nacimiento, que antecede al mío, sin el cual el mío no habría tenido lugar.

 

7.

Según se fíe uno, pues, de esos testimonios, documentales o verbales, mi madre habría cumplido 93 años hace dos días, ayer, o mañana. Entre medias, el 13, Beckett habría cumplido 120 años. Nathalie Léger, en el bello librito Les vies silencieuses de Samuel Beckett, que compré hace unos días en París, dice que no fue justamente hasta la enfermedad de su madre cuando Beckett encontró definitivamente su palabra. Tras un primer viaje a París, casi una huida, la relación con Joyce, la vuelta a Dublín, el paso por Londres, el psicoanálisis, la vuelta a París, la colaboración con la Resistencia, la detención de la Gestapo de la que se escapó por los pelos, con Suzanne, la estancia en el sur de Francia, trabajando en el campo, las primeras publicaciones, recibidas con silencio o escepticismo, tras todo eso, tras toda esa peripecia, esa búsqueda, Léger sitúa el momento decisivo en un retorno a Irlanda para atender a su madre, en esa habitación de la madre, en la que él, sosteniéndola, como una niña, entre sus brazos, apretando su debilitado cuerpo contra el suyo, mira a los ojos de la madre, que son los primeros que vieron los suyos, y de algún modo, en esa negrura, una luz aparece. Il peut écrire.

 

8.

Empieza entonces la época genial de Beckett: Molloy en 1947, Malone muere en 1948, El innombrable en 1949. La trilogía. Escrita en el francés al que Beckett se ha fugado en busca justo de esa palabra dura, redonda, como un guijarro (así dice Léger). Y el teatro: Eleutheria, que no se conocería hasta mucho después. Y, claro, Godot, que se va escribiendo en esos años también. Ninguna de esas obras verá la luz hasta los años 50, de la mano del editor Jérôme Lindon, que fue decisivo en la carrera del irlandés. La fama mundial le llegaría con En attendant Godot y se vio refrendada en las obras de teatro que fueron apareciendo a partir de ahí, Fin de partie, Happy Days, Krapp’s last tape, de la que ya hablamos aquí, etc. En 1969 se le concedió el Nobel, lo que él, celoso siempre de su intimidad, ávido de silencio, recibió como una catastrophe. No fue a recogerlo, mandó a Lindon a hacerlo. El tótem Beckett quedaba así definitivamente erigido. Y, sin embargo, más allá de esa peculiar pieza en la que no pasa nada y además lo hace dos veces, en la que dos personajes ataviados con sombrero hongo no acaban de decidirse a marchar y dejar ese paisaje desolado con un único árbol sin hojas, más allá de Godot, muy poca gente lee a Beckett, y casi nadie conoce en profundidad su arriesgadísima y tremendamente exigente obra.

 

9.

Confieso que yo soy, o he sido, uno de esos conocedores superficiales de Beckett. Entró en mi vida realmente muy temprano, en la adolescencia, a partir, claro de Esperando a Godot y también de La última cinta. Poco más durante muchos años. Luego, ya adulto, comencé a leer, aún en castellano, otras obras teatrales y algunos textos menores en las ediciones de Tusquets. Bastante más recientemente me impuse un acercamiento más sistemático, con esa mala conciencia de alumno aplicado pillado en renuncio que arrastro desde la infancia. Igual que me pasó con otros gigantes de la literatura, estaba en deuda con esa obra monumental y eso era algo que había que resolver. Cuando mi inquietud alcanza su punto álgido, la curo, ya lo saben Uds., comprando libros. Leerlos sería la acción subsiguiente, claro está, pero leer un libro lleva más tiempo y requiere más concentración que comprarlo, así que, repletas ya mis estanterías con todas las obras del irlandés, en sus correspondientes lenguas, y no pocas veces duplicadas y hasta triplicadas, habida cuenta de lo sutil que es el proceso de traducción de muchas de ellas, me zambullí en el mundo beckettiano hace unos años y ahí sigo, dando boqueadas. En perpetuo estado de sorpresa por lo elevado de la apuesta y lo casi inconcebible de los logros alcanzados. Y aún me queda.

 

10.

De ese modo, en mi reciente viaje a París, que renueva mi intención de acudir a la ville lumière al menos una vez al año, el leitmotiv era Beckett, como en otras ocasiones lo han sido Proust, Perec, Nerval, Modiano, Ernaux. El libro que me acompañó ya desde Madrid fue L’innommable, al que parece que estoy finalmente venciendo, para poder definitivamente decir que me he leído la trilogía (el disfrute está a la par del esfuerzo, y en otra ocasión analizaré las aventuras de Molloy, Malone y toda esa extraña categoría de seres). Con L’innommable me paseaba por los cafés parisinos y tomaba el sol en sus terrazas. Y en las librerías seguían cayendo ítems para poblar mi nutrida biblioteca beckettiana, como el ya mencionado de Nathalie Léger, que compré nada más llegar en mi primera visita ritual a L’écume des pages. Ahí también me hice, por ejemplo, con Fin de partie en la versión original francesa, porque en casa sólo la tenía en inglés y en castellano. Ir de viaje con Beckett no es cualquier cosa, hace que la mirada sobre los objetos y los seres que pueblan el exterior, esa mirada que se proyecta desde la caverna de nuestro cráneo, se modifique notablemente. Aún estoy, me parece, en esa especie de estado de extrañeza.

 

11.

En el viaje anterior visité, claro está, igual que en éste, o en todos, otra librería, Compagnie, que está, además, al lado de casa, al lado del hotel de la rue Cujas al que voy siempre. Allí, en agosto de 2025, en ese viaje que era sobre todo perequiano, me topé en el mostrador con… Compagnie, una obra de Samuel Beckett de la que en realidad no sabía gran cosa. El librito blanco de las Éditions de Minuit, la empresa del benemérito Lindon, me llamó la atención, y ya me lo llevaba para engrosar mi zurrón de libros de aquel viaje, tan abundante como de costumbre, cuando el ser razonable que aún se debate, con poco éxito, en mi interior, trató de detener la mano del adicto, aludiendo al hecho de que, en primera instancia, se trata de leer los textos en la versión original, y Compagnie había sido primero Company, porque en ese caso Beckett optó por el inglés. Así que ahí quedó el libro. En Madrid me resarcí, obviamente, haciéndome con Company, que aparecía en una edición de Faber acompañada de otros textos breves en prosa también en inglés y también de la época final de Beckett.

 

12.

La equivalencia del nombre de la librería y el de la obra no es enteramente casual, pues Compagnie está ligada a Les Éditions de Minuit, pero eso no es muy relevante aquí. Lo importante es, que entre las compras previstas de antemano para el periplo parisino de 2026, Compagnie era ya una, ineludible. Para entonces ya me había leído Company, que me había golpeado como con un mazo, que es el modo más preciso que tengo de describir mis sensaciones tras leer cualquier cosa de Beckett. Compagnie no es un libro difícil de conseguir, ya lo vi el primer día en L’écume des pages, pero decidí que no, que el ritual debía cumplirse adecuadamente y que debía ser justamente en la librería Compagnie donde había que comprarlo. Así me dispuse a hacerlo, al día siguiente. Había un ejemplar en un pequeño atril, que tomé en mis manos nada más verlo. Decidí hojearlo. Entonces, la anomalía comenzó. Estaba al revés. Me explico. No sólo era uno de esos casos en los que la portada se ha colocado mal respecto del bloque de páginas, o viceversa. Eso ya me ha pasado antes, concretamente en una edición de Everyman’s de Speak, memory de Nabokov, uno de mis libros favoritos, la primera en inglés que compré. También en una biografía francesa de Robert Walser. Son dos ejemplos significativos, me parece. La cosa, ahí, se resuelve fácil. Si uno no quiere tomarse el trabajo de despegar la portada y colocarla bien, basta con darle la vuelta al tomo y leer sin más problema.

 

13.

No, esto era más raro. Además de que la portada y las páginas estuvieran en orientaciones opuestas, las propias páginas también estaban colocadas al bies. En cualquier libro, si se abre al azar, la página de la izquierda corresponde a un número par, digamos el 70, y la sucesiva página derecha vendrá entonces señalada por el número impar consecutivo, el 71. En ese ejemplar de Compagnie, sin embargo, una vez dada la vuelta al libro a partir de la portada equivocada, resultaba que la página 70 estaba a la derecha y a su izquierda, es decir, antes que ella, estaba la 71. Eso se repetía con todas las páginas. No sólo había sido mal colocada la portada, sino que los propios cuadernillos de las páginas se habían cosido o pegado del lado que no era. El hojeo de ese libro se transformaba en una experiencia surrealista, con ese punto siniestro que tienen los objetos imposibles o las escenas de un sueño. El hecho me resultó divertido, y pensé en que ese azar objetivo no debía dejarse pasar, y que tenía que llevarme ese libro a toda costa. De nuevo, ese decadente y disminuido ser racional de mi interior me dijo que ya bastaba con comprar un libro en francés que contenía una obra que estaba escrita en inglés y que me esperaba en casa, que encima comprarlo mal era ya excesivo. Ah, pero el adicto…

 

14.

El adicto, acompañado o superpuesto al ser racional, se topó con otro montoncito de Compagnies un poco más allá en la librería. Se dijo, o le dijo el ser racional, mira, aquí puedes encontrar un ejemplar como Dios manda. Pero no. El primero que abrí estaba igual, estaba al revés, doblemente al revés, era otro objeto anómalo. Llegué a pensar que estaba en una especie de juego perequiano, y que la librería Compagnie había encargado una edición especial de Compagnie para sus parroquianos. En realidad, cuando miré otros libros del mismo título, los había también normales, eran apenas un par de ejemplares los defectuosos, pero eran justamente los dos primeros que cogí. Definitivamente decidido a no desoír las llamadas del destino, me encaminé al mostrador con dos libros, el bueno y el malo. Quería ver si me vendían, o mejor aún, me regalaban, el malo. El vendedor, cuando le pregunté el precio, me siguió el juego: vale mucho más, porque es un objeto de coleccionista. Era una broma, pero yo acepté la apuesta. Cuando él iba a descartar el ejemplar defectuoso para retornarlo a la editorial, le dije que lo quería, que me lo iba a llevar como souvenir. Me cobró el precio normal, 11.80 euros. Aquí lo tengo, mientras escribo, con su perversa especularidad. Es, me parece, uno de mis mejores hallazgos como bibliófilo, como aquellos sellos mal imprimidos o con el dentado mal colocado que hacían las delicias de los filatelistas de mi infancia.

 

15.

Compagnie es un libro en sí mismo perturbador. No sé si deja definir, bueno, sé muy bien que no se deja definir, pero sería algo así: un personaje está tendido inmóvil en la obscuridad. A ese personaje una voz se refiere en segunda persona. A esa voz, o al poseedor de esa voz, alguien, el narrador, o el inventor del texto, si tal cosa existe, se refiere en tercera persona. El yo no está por ningún lado. La voz emite sin cesar su perorata. Hay una reflexión espiral sobre quién emite qué, quién escucha, qué veracidad contiene lo enunciado. Entre esas discusiones filosóficas se incluyen fragmentos que parecen ser rememoraciones más o menos fidedignas, por más que discontinuas y fragmentarias, de episodios biográficos del propio Beckett. Esto es algo profundamente simplificador y por lo tanto impreciso, y en última instancia, injusto, pero algo así es Company, o Compagnie.

 

16.

Beckett volvió al inglés para sus piezas teatrales en un momento dado, pero fue alternando los dos idiomas hasta su muerte. Company supuso, de hecho, el retorno a su lengua materna en lo que se refiere a textos en prosa. Estamos en el año 1979. Los azares editoriales quisieron que fuera la versión francesa, en la traducción del propio autor, la primera que se publicara, en Les Éditions de Minuit en 1980 (en realidad es más complejo, porque el propio proceso de redacción fue en sí mismo bilingüe). El texto inglés comienza A voice comes to one in the dark. Imagine. El francés, en mi página 7 de la izquierda, al final del tomo, comienza Une voix parvient à quelqu’un dans le noir. Imaginer. Las frases son equivalentes, pero diferentes. One no es exactamente quelqu’un. The dark no es exactamente le noir. Beckett era profundamente consciente de eso, y por eso su juego lingüístico es tan complejo. Entre las rememoraciones, recurrentes, que la voz emite, está la del propio nacimiento. You first saw the light on such and such a day and now you are on your back in the dark. El padre abandona la casa donde se está produciendo el larguísimo parto, by his aversion to the pains and general unpleasantness of labour and delivery. Sí, tú viste la luz en la habitación donde muy probablemente fuiste concebido. En esa cama de tu madre.

 

17.

Una voz en la obscuridad que repite cosas. Thomas Bernhard, ese beckettiano, en Das Kalkwerk, nos narra los experimentos acústicos demenciales de Konrad, que literalmente tortura a su mujer emitiendo sonidos y pronunciando palabras desde diferentes puntos de la habitación, para registrar cómo los percibe ella. La relación entre ambas obras se establece inmediatamente, o al menos así lo hice yo. Curiosamente, en este caso, la obra de Bernhard es anterior a la de Beckett, que con toda probabilidad no leyó la del austriaco. El silencio, la voz, la obscuridad. El interior del cráneo y su resonancia. En la noche, dans le noir, cuando se alcanza el anhelado silencio, cuando se agotan los ruidos de los recalcitrantes vecinos, nos espera el verdadero ser, el de los ojos cerrados, el mundo del oído del que hablaba Benjamin. En mi mundo, los acúfenos del lado izquierdo me someten a una tensión asimétrica que tiene que ver con una mandíbula que aprieta sin parar no se sabe qué presa invisible. Cuando es de noche y tenemos los ojos cerrados y escuchamos los infinitos sonidos del silencio, somos Beckett, somos el innombrable. Entonces, hacemos lo que hace la voz de Compañía, hablamos, inventamos historias. Esa voz interior produce rememoraciones. ¿Falsas? Imprecisas, como mínimo. ¿Por qué, por qué lo hacemos, por qué esa incesante verborrea, por qué ese fatigoso recontar impuesto al innombrable? Por compañía, por buscar compañía, por hacernos compañía. Eso es el yo, el discurso interminable y confuso de un nadie que se siente solo dentro de su cráneo.

 

18.

En Not I, Beckett reduce la presencia de la actriz a una boca, una boca que emite palabras sin parar. Todo está a obscuras, sólo están iluminados esos labios, esos dientes. El hablar, el narrar, el pensarse, el relatarse, todo ese trabajo interminable de nuestra precaria identidad, todo ese agotamiento, sólo eso somos. Cuando el hilo se pierde, cuando las palabras se rompen, se atropellan, divergen, vamos dejando de ser. A la pregunta circular de la demencia le sigue la afasia. Uno recupera el balbuceo. Luego, simplemente, se calla. La lengua materna se interrumpe. Sus herederos, torpemente, intentamos edificar, con el juego de tacos de madera de la infancia, la historia familiar. Todo se desmenuza como las migajas que es. The vow not to cease till hearing cease. Seguir hasta la sordera. Hasta el final, hasta el final de la fábula de ése que está con uno en la obscuridad. La fábula del fabulador de la obscuridad. Labour lost. La última palabra lo resume todo. Alone.

 

19.

Puesto que éste era el viaje de Beckett, cumplí con las obligaciones del peregrino. Me desplacé hasta Tiers temps, la residencia de ancianos donde murió Beckett en el 14éme arrondissement. El libro de Léger comienza ahí, a ella le parece significativo el nombre: ese tiers que remite a un tercer lugar, a un purgatorio. El sitio en sí tiene un aspecto anodino. No entré, por supuesto. Ahí al lado, a un pequeño bulevar que forma parte en realidad de otra calle le colocaron el nombre de Allee Samuel Beckett. Poco más allá, la casa donde vivió muchos años con Suzanne, en el Boulevard Saint Jacques, junto a la prisión de la Santé. De nuevo, nada que destacar del edificio, y aquí ninguna placa. Finalmente, aunque no fue premeditado, sino que se me apareció en el camino de vuelta al barrio, la tumba, en la que ya había estado en agosto, y en la Navidad del 2022, antes, en el cementerio de Montparnasse.

 

20.

Cuando uno entra en el cimetière de Montparnasse se encuentra con un plano que contiene todas las tumbas de celebrities que hay que ver. El plano no es demasiado detallado, así que la búsqueda luego se complica. De hecho, uno puede recurrir al GPS de su móvil, teclear tombe de Samuel Beckett, pero una vez más, cuando uno ya está al lado no siempre sirve, hay que ir tumba por tumba, especialmente, si como es el caso, la sepultura no es conspicua (se dice que Beckett, al ser preguntado, dijo que la lápida que cubre sus restos y los de Suzanne, podía ser de cualquier color siempre que fuera gris). A veces aparecen rápido, a veces se resisten. No sirve haber ido más veces, siempre hay que buscar. El último recurso es encontrar alguna foto en Google para orientarse por las tumbas próximas, a veces más reconocibles. Lo hice, irremediablemente perdido. Había dos buenas referencias, un pequeño panteón y otra cruz muy grande al lado. Como ya estaba en el sector correspondiente, no debería ser complicado. Entonces, cuando no aparecía de ningún modo, me di cuenta de que esas referencias estaban duplicadas, que un poco más a la izquierda había un panteón y una cruz idénticas. Ahí, entre ellas, finalmente la tumba de Beckett. Esa simetría, ese juego especular, esa duplicación de la realidad me convencieron de que estaba definitivamente en un París otro, en un París en el que los libros se imprimen con las páginas pares a la derecha. El París de Beckett.

 

y 21.

No visité muchas más tumbas en Montparnasse en esta ocasión, pero no podía dejar de pasar por la de Baudelaire. Mi principal objetivo para el viaje a París había sido ver a Angélica Liddell en el teatro del Odéon, lo que hice, y fue maravilloso, como se pueden imaginar, pero ahora no voy a contarlo, no tengo más espacio. Ya saben que Angélica es peregrina como yo, y deja sus labios sobre la lápida de Baudelaire, como tantos otros peregrinos, ya se lo he contado. No sé si alguno de los labios que había en la lápida en esta ocasión eran suyos o no, lo que sí sé es que el pasado jueves, cuando acudí con mucho tiempo al Odéon para ver Vudú, mientras esperaba en la puerta, vi a un cuervo. Un cuervo posado en un bolardo de los que rodean la plaza. En la calzada del carrefour había una paloma atropellada por un coche. El cuervo se lanzó sobre el despojo y lo devoró allí, mientras el tráfico lo permitió. Luego, se marchó volando. Le hice fotos. No puede ser el mismo cuervo que, al final de la obra de Angélica entra en escena para posarse sobre un ataúd, el ataúd que sería el de Angélica que en la obra pide ser enterrada con un libro de Baudelaire, el Baudelaire que tradujo El cuervo de Poe. No, no podría ser esa ave adiestrada y supongo que mantenida con cuidado en alguna de las dependencias del teatro. Y, sin embargo, en ese extraño París de simetrías demoniacas, no creo que ningún otro colofón a mi estancia pudiera haber sido más apropiado. En esa representación demencial que llamamos vida, ese last bow en el que Beckett y Angélica saludaban cogidos de la mano con Baudelaire, me parece insuperable. Y, como corresponde, aquí lo dejo y ya no digo nada más. Viva la República.



 


sábado, 16 de noviembre de 2024

Final de la tarde, en el futuro

 


Cuando pronuncio la palabra Futuro,

la primera sílaba pertenece ya al pasado.

WISLAVA SZYMBORSKA

 

1.

La escena podría ser esta. En la habitación del hotel escribo, en la mesa. De repente, se abre la puerta y alguien entra. Soy yo, y es mañana.

 

2.

La escena podría ser esta. Abro la puerta del hotel. Hay alguien escribiendo en la mesa. Soy yo, y es ayer.

 

3.

La escena es esta: la habitación del hotel está decorada con mobiliario pretendidamente de época, pero, extrañamente, el suelo está formado por baldosas luminosas, de un blanco fluorescente. En medio de la habitación hay posada una cápsula espacial.

 

4.

La habitación se ve desde el interior de la cápsula, en primer lugar. En el contraplano, el astronauta Dave Bowman, en su traje espacial, tiembla.

 

5.

Ha llegado allí, aparentemente, tras un alucinante viaje por un espacio fluido que se deshilacha en colores, como si avanzara por un extraño pasillo de luz que fuera a veces una flor y a veces un diamante. Y finalmente un ojo. El suyo, acaso. A cada parpadeo, una combinación de colores. Virados, complementarios. Al final, el ojo recupera su mirada, pero alrededor de él el rostro se ha poblado de arrugas.

 

6.

Entonces, se produce el primer desdoblamiento. Desde el interior de la cápsula (pero es la cámara la que mira, no se muestra a nadie dentro) se ve a Dave en la habitación, con su traje de astronauta naranja. Envejecido. En el primer plano se aprecian sus arrugas a través del vidrio del casco. Hay sucesivos vidrios en la escena, protecciones que se van perdiendo, como pieles que van cayendo. Por no hablar del vidrio del ojo de la cámara.

 

7.

Vemos a Dave en plano general andar por la habitación. Ya no hay rastro de la cápsula. La aparente continuidad de los planos ha permitido, no obstante, el escamoteo. El astronauta, siempre con su traje espacial, cruza un umbral: es el cuarto de baño. Allí también el suelo es un conjunto de placas luminosas, con la luz fría de los fluorescentes. Dave se mira en el espejo, se ve viejo. Gira la mirada. Vuelve a entrar en el dormitorio. Alguien está comiendo en una mesita, con una rica vajilla. Está de espaldas. Es el segundo desdoblamiento.

 

8.

En efecto, quien está sentado a la mesa es el mismo Dave, más viejo aún. Está bien peinado y afeitado, vestido con un elegante batín azul marino, sin traje espacial. Parece respirar sin dificultad, saborea la cena que se le ha servido en una rica vajilla. Entonces, el Dave sentado se vuelve, como habiendo notado algo a su espalda. Gira la cabeza. Se levanta, viene hacia nosotros (nosotros somos la cámara). No, no hay nada, no hay nadie. El Dave erguido con su traje de astronauta ha desaparecido, como antes desapareció su vehículo espacial. Lo sabemos, porque entonces se nos ofrece un plano general, desde una perspectiva muy elevada. ¿La de quién?

 

9.

El Dave inquilino de la habitación de hotel se vuelve a sentar, a continuar su cena. Intentando coger algo de la mesa, tira la copa de fina cristalería, que se rompe al chocar con el suelo. Se agacha, como para recoger los pedazos de vidrio. Al levantar la cabeza ve a alguien, un anciano vestido de blanco, tendido en el lecho, aparentemente moribundo. Es él, aún más viejo. Hay un tiro de cámara desde la esquina en el que se puede ver simultáneamente la parte trasera de la cabeza del Dave sentado y al Dave tendido. Es el tercer desdoblamiento.

 

10.

Como las otras veces, ya no volveremos a ver al Dave viejo, pero todavía aparentemente en forma, con su batín azul. La cámara se centra ahora en el viejísimo hombre del lecho. Éste, entonces, alarga el brazo hacia adelante, con su dedo índice extendido, como señalando algo. Es un gesto que hacen muchas veces los ancianos con demencia. Es también el gesto de Adán, al encuentro con el dedo del Creador en el fresco de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.

 

11.

¿Hacia donde se extiende ese brazo, qué pretende señalar o alcanzar esa mano sin fuerza? Se abre el plano y entonces aparece el monolito, plantado a los pies de la cama, exactamente paralelo al borde de ésta, frente a ella, no como la cápsula, que estaba hacia un lado. El monolito, que hemos visto al comienzo de la película, entre homínidos, o en la luna, entre exploradores. Ahora, aquí, en su pura negrura sobre la blancura impertérrita del pavimento. Igualmente mudo, igualmente cerrado, igualmente perfecto en su geometría. Dave ha llegado allí introduciéndose valientemente con su cápsula en el monolito, que estaba suspendido en el espacio cerca de Júpiter. Ahora, en este Hotel Júpiter, el anciano derrotado parecería inquirir algo, solicitar algo, acaso volver a entrar, a atravesar ese portal hacia quién sabe qué nuevas habitaciones de hotel. Lo que pide, le es concedido.

 

12.

El plano general de situación se transforma en un primer plano del monolito. Entonces el contraplano nos muestra que en el lecho ya no está el anciano, sino un feto en un saco transparente que parecería remedar una placenta de vidrio. El feto brilla. Hay un primer plano, que se abre entonces hacia el monolito. Cuarto desdoblamiento, el definitivo, el que cierra el ciclo, o abre un nuevo ciclo, de dimensiones indefinibles.

 

13.

Entonces, estamos en el espacio. El niño espacial flota en él. Aparentemente se dirige a la Tierra. El primer plano de su rostro muestra un gran ojo azul, como la Tierra. Empieza a sonar Also sprach Zarathustra, como lo hizo al comienzo de la película. Todo ha sido consumado.

 

14.

2001 A space oddyssey fue estrenada en 1968, pero se concibió algunos años antes, y se elaboró en un proceso muy complicado y dilatado en el tiempo, en el que Stanley Kubrick exacerbó su habitual minuciosidad, especialmente en lo que se refiere al diseño de las maquetas y los trucajes de filmación, para transmitir una sensación de realismo como nunca antes (y quizás nunca después, por muchos efectos digitales que se quieran usar) se había conseguido en las películas de ciencia ficción. Un género que, como todos los otros que toca Kubrick, redefine. La película es monumental, y tremendamente atrevida. Estamos en plena carrera espacial, es decir, estamos en plena guerra fría (una cosa llevó a la otra, no cabe engañarse) y, por lo tanto, el mundo está en el filo de la navaja. Las ambigüedades asociadas al desarrollo científico y tecnológico se ponen de manifiesto con absoluta claridad. Entonces, Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick empiezan a escribir una película que acaba beyond the infinite. Sigue siendo un hito (un monolito) en la historia del cine. Un monolito, negro, enorme, un paralelepípedo perfecto, enigmático, incontrovertible. Mágico, pues la ciencia, cuando es suficientemente avanzada, no puede diferenciarse de la magia si el que la contempla no está al mismo nivel de desarrollo científico.

 

15.

El final de la película siempre fue controvertido, y han corrido ríos de tinta intentando interpretarlo, como si hubiera que interpretar el arte, como si el arte fuera substituible por una secuencia de palabras. Si renunciamos a eso, si nos quedamos en la pura fascinación, el relato que he esbozado en los apartados anteriores debería ser suficiente. Y puede resumirse así: miradas que miran a miradas, cámaras que encuadran la cámara anterior. Al final, el Último Ojo, de imposible encuadre. Al final, el monolito, más claramente que nunca una gran Lápida, el punto de fuga infinito en el que la mirada no hace pie, la negrura en la que nos sumergimos.

 

16.

El lenguaje cinematográfico es, así, usado de manera perversa. La identificación con el punto de vista de la cámara nos pretende hacer angélicos, omnipotentes: es el narrador supuestamente objetivo de la novela decimonónica. El juego de plano y contraplano nos lleva a otra identificación, sucesiva, con cada uno de los personajes. Esa gramática se quiere neta, nítida, y nosotros, que hemos crecido con el cine, que hemos aprendido a leer las secuencias, nos dejamos llevar por ese flujo y entonces decimos que hemos entendido la película. Como si se tratara de entender.

 

17.

Pero aquí, de repente, la mirada del sujeto se encuentra con el propio sujeto, devenido objeto. Y entre el acto de mirar y el ser mirado se cuela, demoledor, el tiempo. El envejecimiento se muestra en toda su cruda realidad. Apenas parpadeamos, ha cambiado el color, todo vira al amarillento de la catarata. Un día tiramos una copa y al recogerla nos vemos agonizar en la cama de un extraño hotel extraterrestre. Sic transit gloria mundi.

 

18.

Todo lo que nos acontece es ya observado por el que seremos. Desde el acuario se ve otro acuario, que contiene al acuario. Entre uno y otro, el vidrio, que impide el contacto, que determina, ya incontestable, la tiranía de la mirada, la fría. Banales mises-en-abyme del cotidiano envejecer. Por eso siempre es tarde, por eso lleva siendo tarde desde el principio.

 

19.

En los falsos despertares de la parálisis del sueño nos creemos desdoblar. Nos levantamos de la cama, donde la incómoda posición del cuello nos impide respirar correctamente. Nos complace el haber salido de esa especie de trampa temporal de la inmovilidad. Así, contemplamos, ya tranquilizados, el teatrillo de esa Sala de Espera, que siempre limita con la agonía. Pero el otro (es decir, el mismo) nos susurra: no, todavía no, todavía no te has despertado. Haz un esfuerzo. Te va en ello la vida. Entonces, bruscamente, giramos la cabeza, abrimos los ojos. Somos nosotros. Es hoy. Es ahora.

 

20.

Sí, es una historia de dobles, una historia de playback. Somos los falsos figurantes, mantenemos a duras penas la compostura en un escenario que se va poblando incesantemente de réplicas nuevas. Cuando nos descuidamos un momento, nos empezamos a desvanecer. La carne empalidece, se hace translúcida. Nos transformamos en el siguiente. ¿Nos transformamos? ¿Se reconocería, acaso, la oruga en la polilla? ¿No ha muerto la pupa en la crisálida, como defendía, airadamente en su travesía del Inferno, August Strindberg?

 

21.

La tiranía nunca fue del Antes, siempre es del Después. Los forenses del minuto siguiente se afanan en los sucesivos levantamientos de cadáveres, sólo para caer entonces exangües ellos mismos. En la parada triunfal de los dobles sucesivos el leitmotiv de la marcha que atruena por los altavoces del paseo es: agostamiento. A mi espalda, mientras escribo esto, acecha ya el Próximo. Es el que se levantará a tender la ropa de la lavadora que acaba de terminar. Volverá a sentarse, seguirá escribiendo. A su espalda, habrá nacido ya el Próximo, es el que ya habrá escrito. De todos ellos, el único que sufre soy yo, ahora. Eso es lo que distingue el Ahora del Después: el sufrimiento, la carne, la agonía en el Hotel Júpiter. Por eso el Después relumbra con su promesa. Pero entonces el Después es el Ahora y todo vuelve a empezar. ¿Hasta cuándo? Hasta el monolito. Porque lo cierto es esto: acabaremos por desconocernos.

 

22.

Samuel Beckett comienza su pieza de 1958 La última cinta de Krapp con esta acotación: A late evening in the future. La obra se desarrolla en un futuro en el que el envejecido y descuidado Krapp juega (la palabra no es exacta, porque lo que ocurre es de absoluta transcendencia) con su magnetófono y su colección de cintas.

 

23.

Beckett había pasado a escribir en francés (por ejemplo, En attendant Godot, que es anterior a Krapp’s last tape, pues fue publicada ya en 1952), aparentemente con la idea de empobrecer su lenguaje, pues había optado por la vía simétricamente opuesta a la de Joyce para explorar justamente los límites de la literatura. Sin embargo, retornó al inglés para escribir La última cinta, pues, según cuenta, la voz que escuchaba en su cabeza recitando las palabras que compondrían la pieza, era la del actor irlandés Patrick Magee, su favorito, quien le había impresionado leyendo fragmentos de Molloy.

 

24.

Patrick Magee fue quien estreno Krapp’s last tape, como una obra que acompañaba a Final de partida, en el Royal Court Theatre londinense el 28 de octubre de 1958. Patrick Magee actuó también en dos películas de Kubrick, Barry Lyndon y La naranja mecánica. En A clockwork orange interpreta a Frank Alexander, el escritor que, junto con su mujer, es violentamente asaltado y golpeado por Alex y sus drugos y luego se toma cruel venganza con el joven Alex disminuido por el tratamiento Ludovico. Ambas escenas son brutales. En la primera, vemos como la estantería repleta de libros se derrumba. Las patadas y los puñetazos se suceden entonces al son de Singin’ in the rain.

 

25.

En Krapp’s last tape, el Krapp actual, de 69 años (Beckett tenía 52 cuando la escribió, así que sus 69 eran el futuro, el año 1975, tan atrás en el pasado para nosotros), elige una de sus múltiples cintas para reproducir en el magnetófono. Corresponde a la que grabó en su 39º cumpleaños. Según lo que concienzudamente anotó Krapp es su grueso libro de registro, la temática de esa cinta incluye un memorable equinoccio y también una despedida (vuelve la página) del amor.

 

26.

Cuando el actor pone en funcionamiento el mecanismo del magnetófono lo que se escucha es su voz anterior, la voz de treinta años antes. Y esa voz evoca a su vez a un Krapp anterior, de 25 ó 27 años, cuya cinta ha estado escuchando el Krapp de 39, en un ritual que se repite cumpleaños a cumpleaños desde hace más de cuarenta. Los recuerdos, congelados en esos dispositivos tecnológicos, se despliegan, fragmentarios, mentirosos, insuficientes, incontrovertibles. Una magdalena mecánica.

 

27.

Krapp graba entonces su última cinta (la cinta actual es siempre la última, en el Después que acecha puede haber o no lugar para otras cintas). En ella habla de lo que ha escuchado un momento antes al Krapp-de-39, que habla del fin del amor y de un memorable equinoccio y de la fatuidad del Krapp-de-27. Cada una de esas cintas se ha ido grabando, año tras año, bajo la tiranía del Después, para dejar constancia, como en una extraña acta magnética, para no olvidar. Y, sin embargo, eso es justamente el olvido: la imposibilidad de acceder al pasado si no es con una muleta electrónica que no contiene más que un paisaje desolado de ruinas. Pero el Después es insaciable, y contamina todo Ahora, pues nos obliga a pulsar una y otra vez la tecla del REC, como si lo importante fuera que no disminuyera la cuota de producción de souvenirs, y no el mero hecho de vivir, el mero hecho de vivir en la insubstancial cualidad de lo que es puramente desvanecimiento.

 

28.

Muchos otros actores han interpretado a Krapp, entre otros, John Hurt, cuya actuación se puede ver en vídeo en YouTube. David Kelly hizo de Krapp ya en 1959. Como todos los otros, grabó con su voz de entonces las cintas del Krapp-más-joven, que reprodujo en la escena. Entonces, en un salto temporal, volvió a representar a Krapp en 1996. Las cintas que reprodujo fueron las de 1959, con su voz de entonces, que ya no era la voz del Kelly-de-1996. ¿Se ve el truco? ¿Se ve el desastre del Después? Ese desastre del que Walter Benjamin nos hablaba al referirse al Angelus Novus de Paul Klee, arrastrado inclementemente por el viento de la historia, contemplando con su cuello girado una sucesión interminable de desastres.

 

29.

El 2 de noviembre de 1967 se emitió en la televisión española una adaptación de La última cinta. El actor fue Fernando Fernán Gómez. Al comienzo de la pieza, ese Krapp español hace una cosa que no está en la obra original de Beckett: se sienta y empieza a teclear en una máquina de escribir. La cinta de magnetófono y la cinta de la máquina de escribir: falsos bucles sobre los que se posan las polillas del tiempo. Una tecnología arqueológica ya. Pero un día escribimos en una máquina de escribir, escuchamos voces en un magnetófono. En el quicio de la puerta acechaba el yo-que-somos-ahora, el último en una larga dinastía de usurpadores, que se van alzando al trono tras el asesinato de sus predecesores. Sólo para ser ejecutados inmediatamente.

 

30.

Entre la primera cinta que grabó Krapp, si fue la primera, aquella de los 25 o los 27 años y la última, que acaso no será la última, a los 69, hay más de 40 años. Si tenemos en cuenta que los magnetófonos para uso particular se popularizaron durante los 50, eso nos llevaría a la década de los 90, ése podría ser el future de la acotación original. Beckett murió en 1989. Ese futuro es póstumo para él, pues. Pero todo es póstumo.

 

31.

Beckett, famosamente, escribió un atinado ensayo sobre Marcel Proust. En él se extiende sobre la cuestión de la memoria, especialmente la involuntaria, que es la clave de bóveda del monumental entramado de la Recherche, que se propone, justamente, extender la tiranía del Después hasta su última posibilidad: la anulación del transcurso, la simultaneidad de los aconteceres. El que ejecuta esa tarea sublime y blasfema es un moribundo, en una habitación acolchada, en otra de las estancias del Hotel Júpiter. Beckett no se engaña: de lo que se trata es de dar carta de naturaleza a la incongruencia de las sensaciones, a la imposible convergencia de lo vivido, pues cada vez somos otros, pues somos reemplazados. En palabras de Beckett: la exfoliación perpetua de la personalidad. Salvo que acontezca la magia, el juego de manos, y parezca que un pavimento desigual está a la vez en París y en Venecia, y estando en dos lugares distintos, está en tiempos distintos. Puede funcionar. O no, no puede funcionar, pero qué nos queda.

 

32.

En septiembre de 1905, Proust acompaña a su madre, de salud ya delicada, a una estancia en el balneario de Evian, frente al lago Léman. Allí se produce una violenta crisis de uremia y es preciso trasladar a Madame Jeanne Proust a París, donde fallecerá el 26 de septiembre, dejando a Marcel sumido en una profunda depresión. A final de año se internará en la clínica del doctor Paul Sollier, que había sido discípulo de Charcot en la Salpetrière, para tratar de superar ese estado de agotamiento nervioso. Sollier había escrito por entonces dos monografías muy innovadoras sobre la memoria. Hay una cierta conexión entre el pensamiento de Sollier y la teoría de la memoria involuntaria, que permite, no ya la rememoración, sino la reviviscencia de los instantes pasado, que Proust desarrolla en su obra.

 

33.

Incidentalmente, o no, Paul Sollier publicó en 1903 una obra sobre la autoscopia, el trastorno que algunos enfermos sufren y que consiste en la contemplación de uno mismo desde fuera, desde un punto de vista descarnado, el de la cámara omnisciente de Kubrick, el del monolito. Cuando estaba de moda hablar sobre las experiencias peri mortem, una constante era la observación del siniestro espectáculo del propio cuerpo tendido sobre la cama, mientras lo-que-fuera-que-no-es-el-cuerpo (como si hubiera otra cosa que cuerpo) volaba como un Starchild entre las paredes de la habitación mortuoria.

 

34.

Autoscopia es justamente el recordar, con el agravante de que es una autoscopia parcial, mentirosa, fragmentaria. El cuerpo-de-antes flotando en un acuario obsoleto mientras, orgullosos, o resignados, nadamos, sin mayor recorrido, en el acuario-de-ahora, que observa, ávido ya, el que estamos empezando a ser. Y así sucesivamente. Hasta la negrura.

 

35.

Lo cierto es esto: fabricamos, como esclavos, incesantes recuerdos, para alimentar la sed insaciable de los vampiros futuros que seremos, que somos, que siempre hemos sido. Mientras, nada permanece. Hasta que un día, simplemente, nos desconocemos. Ellos, es decir, nosotros, pero no, nosotros todavía no, los nosotros que seremos, nuestros sucesores, espían nuestros deseos, conociendo ya su consumación o su fracaso. Nada es como se esperaba, nada es lo que parecía.

 

36.

No avanzamos hacia el futuro. Es él quien nos invade, quien irrumpe. La Odisea nos alcanza.

 

37.

Cuando aparece el Libro, el vislumbre del Libro, nos lanzamos, con todo nuestro aparataje de forenses a practicar la disección más vistosa y minuciosa que se haya visto. Describimos en bellos periodos la historia repetida de la continua masacre del Ahora por el Después. Glosamos en hermosos hemistiquios la infinita fatiga de un continuo y estéril renacimiento. Sí: Alguien ya ha escrito esto. Alguien me ve escribirlo. Yo soy el único que sufre.

 

38.

Al final, queda lo escrito, encerrado en su caja de muerto, en su Libro, que colocamos orgullosamente erguido en la estantería, esa estantería que los vándalos no dudarán en derribar sobre nosotros a la menor oportunidad (esa oportunidad ya, ay, está aquí). El Libro erguido como el monolito. Dave Bowman muere frente al monolito. Todos lo hacemos.

 

39.

Al final queda lo escrito, pero lo que debería quedar es el escribir. El acto delicuescente de la floración de palabras. El instante inasible del dedo que se lanza, como un kamikaze, sobre la siguiente letra, que puede ser la l de letra. La l de entonces, porque ahora ya es la s de entonces, y todo gira, y todo empieza, y no nos volvemos, no giramos la cabeza, no movemos las manos del teclado, no sea que torpemente tiremos la copa. El otro espera en el quicio de la puerta. No queremos saber de él, bastante hemos pensado ya en el Futuro, bastantes veces hemos escrito ya, sumisos, para el Después. Es preciso escribir ahora, en el Ahora, en el Ahora que se desmigaja, se desmigaja, como el pan de Pulgarcito. No sirve para trazar el camino de vuelta, sólo hay camino de ida. No, no hay ni siquiera camino de ida, ahí está hablando otra vez el Después: sólo hay la miguita que cae sobre el suelo, ésta. La siguiente ya es asunto del Siguiente, eso no nos concierne.

 

40.

La escena, pues, podría, debería ser ésta. En la habitación del hotel escribo, en la mesa. De repente, se abre la puerta y alguien entra. Eres tú, y es siempre.