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viernes, 29 de diciembre de 2023

Axolotl


Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardin des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.

JULIO CORTÁZAR

El libro Final del juego, publicado originalmente en 1956, termina con tres de los relatos más conocidos de Julio Cortázar, todos ellos conectados (como tantos otros más) por la idea de una cierta oscilación ontológica, la inseguridad del ser, la posibilidad de un intercambio, o una metamorfosis anómala y súbita. De uno, el que da título al volumen (y lo cierra), ya nos hemos ocupado aquí. El penúltimo es La noche boca arriba, alucinante en esa guerra florida que puede ser quizás una calle de París. El anterior es Axolotl, y quien lo haya leído sabe que algo cambia, algo hace clic después de haberlo hecho. Por mi parte, yo lo leí, como todos los cuentos de Cortázar, hace muchos años, cuando era muy joven.

Hablo del tiempo en el que todavía no era un axolotl o, mejor dicho, sí que lo era, pero apenas me había dado cuenta de que habitaba un acuario, en el húmedo y obscuro edificio de los acuarios del Jardin des Plantes, y creía aún que el acuario era lo otro, el mundo, el lugar por donde se paseaban los demás, que yo sentía profundamente ajenos, sí, pero que asumía como larvas de un ser que yo estaba siendo desde siempre, desde el origen, larvas de la angelica farfalla que dolorosamente yo era, agitando mis alas del triste gris de las alas de polilla y chocándome contra el vidrio del no poder ser otra cosa.

Bien conocía, claro, esos segundos en los que las miradas se cruzan y parece suscitarse no se sabe qué eco óptico que tan fácilmente puede confundirse con una identificación (ach, was hilfts!). No me entiendan mal, como ser humano o como axolotl, yo era irreprochable, funcionaba apropiadamente según los estándares exigibles y nadie hubiera dudado de que me esperaba un futuro brillante de salamandra o de profesor de universidad, lo que prefiriera. El que persistiera en mi estado larvario, en mi mezcla incoherente de atributos, pez con dedos, no era previsible, y sin embargo, los axolotl sabemos cuán inexacta es toda taxonomía, cuán inútil toda metamorfosis.

El ser persevera en su conato, y la construcción de espacios acristalados fue una tarea que acometí con el ahínco de quien no tiene otro modo de estar en el mundo. Que los demás alcanzasen sin mayor esfuerzo su imago, que les fuera leve el estado de pupa y ostentasen ahora con legítimo orgullo las señas distintivas de su filogenia, era algo que yo apenas podía contemplar desde mi piso de piedra y musgo. Escribía, sí, con mi pulcra letra de axolotl, largos memoriales, vacilantes apologías, poemas destemplados (el agua no siempre está a la temperatura exigible, son descuidados los operarios del Jardin des Plantes). Todo sonaba mucho a Cortázar, que escribió sobre mí, que escribió un cuento en el que el narrador se convertía en uno de nosotros.

Mentiroso.

Ser un ajolote no es malo, me dijeron una vez, basta con cerrar los ojos y serás una salamandra, pero lo cierto es que mis branquias seguian funcionando y nunca me hice criatura del fuego. Es verdad que abusé del amianto y me hice pasar a veces incluso por fénix, y por lo general disimulaba adecuadamente mis penachos. Aprendí la lengua común, me relacioné con éxito desigual con otras criaturas. Di el pego, en suma. Con no poco esfuerzo.

Una vez, incluso, en un puente de Budapest o de alguna otra ciudad europea, supe que estaba allí, que me esperaba. El castellano no nos ayuda, si se escribe en la lengua de los axolotl se entiende mejor: supe que yo estaba allí, que yo me esperaba. Es decir, que tú estabas allí, que tú me esperabas. El puente de Budapest conectaba los acuarios. Entonces nos intercambiamos. Fue la primera vez, luego nos fue saliendo mejor, no nos hacíamos tanto daño. Luego dejamos de hacerlo, ahora quién sabe ya si podríamos, quién sabe ya en qué puentes, quién sabe si no eres ya una salamandra, o un dragón, o una libélula.

Quién sabe si nunca fuiste un axolotl, si me confundí con mi propio reflejo en el cristal del acuario. La reflexión de la luz es caprichosa. Y mis ojos dorados no son gran cosa, nunca lo fueron. Tú veías mejor, tú lo viste más claro.


Hoy he visto una vez más Persona, de Ingmar Bergman. El juego es el mismo. Hay una escena duplicada, contada cada vez de un punto de vista distinto. Las dos mujeres, que acaso son el mismo axolotl, que acaso son el axolotl y Cortázar, que son Bibi y Liv además de ser Alma y Elisabet, y por lo tanto que somos tú y yo, se enfrentan, sentadas una a cada lado de la mesa. Podría haber un espejo entre ellas, acaso lo hay, un espejo demediado y cómplice que se las apaña para fundir los dos rostros en uno (no se reconocían, dice Bergman, cada una pensaba que era el rostro de la otra), es decir, para recomponer el andrógino cuya sutura nos tira desde antes de nacer, para abrigarnos al fin del frío del costado expuesto.

Sí, ya sé, no sirve. Cosas de axolotl, una escritura muy complicada para decir cosas muy simples, un horror vacui que se colma con místicas de agua estancada. Pero Cortázar dice que larva es lo mismo que máscara y fantasma. Máscara, persona. Nos reconocemos entre nosotros: nuestro rostro es el mismo. Nuestro rostro de axolotl.

La máscara funciona, uno puede parecer una salamandra, un tigre, un águila. En la soledad del desvestirnos la mirada al espejo se hace cada vez más de soslayo. Las luces del Jardin des Plantes se extinguen para la noche. Nos damos la vuelta en la cama, estamos allí, del otro lado del sueño. Entonces nos despertamos y el acuario se renueva. Son cosas que pasan.

No hay ningún problema en no ser, me dirías, lo malo es ser a medias, y yo asentiría, cómo no asentir cuando soy yo mismo quien compongo la frase, siendo tú, o siendo los dos cada uno un lado del ser el otro, no objeto e imagen, no habitación y reflejo, sino puro frío de andrógino demediado, puro eco en el que ninguna de las frases precede a otra, en la que la contestación no exige otra pregunta que su mera formulación, la necesidad de su énfasis. No, no hay ningún problema en no ser, te diría y tú responderías: lo malo es ser a medias, y te marcharías una vez más, y yo me quedaría en el acuario, inmóvil, o ejecutado mis obscuros movimientos, pues soy un axolotl y todavía no me ha sido dado ser otra cosa.

Teshigahara, en El rostro ajeno, basada en la novela de Kobo Abe, de quien también te he hablado (ayer vi la película en la Filmoteca), nos cuenta que la máscara, la persona, acaba siendo la que manda, que el cuerpo, la voz, el traje, los ademanes, los besos, se adaptan a la máscara. Cambiamos de casa, de nombre, alquilamos habitaciones de hotel con el número 2047. Y así transcurre la película. Acaba mal. Es decir, acaba bien. Todo acaba bien, ya lo sabes. Acaba con ese momento final en el que pasan a toda prisa las imágenes. En una de esas imágenes estás, estamos. Somos ángeles. Nunca fuimos axolotl, sólo éramos polluelos de ángel.

Sí, esa foto, ese trozo de película. Ángeles abriendo las alas por primera vez. Brillantes alas de ángel, no de polilla. El cristal, finalmente blando: nuestras alas se tocaron, apenas las puntas, breves dedos de pluma en el corazón del otro. Entonces las extendimos del todo, las batimos y cada uno se marchó en una dirección.

Sí, esa foto, la del alejarnos en nuestro vuelo, definitivamente ficticios. Aquella vez, cuando el axolotl supo, y comenzó a escribir de otro modo. Cuando empezó a escribir así, como por espejo.

 

[En el texto hay referencias más o menos explícitas a algunos relatos de Cortázar como Axolotl, por supuesto, o Lejana (recogido en Bestiario), en la que el puente de Budapest es el escenario decisivo. Los cuentos de Cortázar se pueden comprar en ediciones baratas y son extremadamente recomendables. No obstante, pongo aquí sendos links para quien quiera leerlos y no tenga a mano el libro:

https://ciudadseva.com/texto/axolotl/

https://ciudadseva.com/texto/lejana/

El fascinante libro Axolotiada, de Roger Bartra, editado por Fondo de Cultura Económica en 2012 (ISBN 9786071605597) es una referencia ineludible para todo el que esté interesado en obtener información de los ajolotes como criaturas zoológicas y literarias.

Angelica farfalla es en origen una metáfora de la Commedia de Dante que Primo Levi utiliza como título de un relato alucinante incluido en Storie naturali, 1966.

Se mencionan también en la entrada las películas Persona, de Ingmar Bergman y El rostro ajeno, de Hiroshi Teshigahara, ambas también de 1966 y con una cierta resonancia entre ellas. Las dos pueden verse en YouTube, además de en otras plataformas:

Persona: https://www.youtube.com/watch?v=pkhvH7HojEo

El rostro ajeno: https://www.youtube.com/watch?v=4wYHtei_6rQ

Como se dice en el texto, la película de Teshigahara se basa en la novela de Kobo Abe publicada por Siruela, en traducción de Fernando Rodriguez Izquierdo, ISBN 9788498411010. El guion de Persona está editado por Nórdica con traducción de Carmen Montes Cano, ISBN 9788492683147. Hay información interesante sobre la película en libros de Bergman como Imágenes o Cuadernos de trabajo, editados por Tusquets y Nórdica, respectivamente.

Independientemente de estas referencias, obviamente el texto debe entenderse como un relato de ficción o una prosa poética, no como un ensayo.]

miércoles, 15 de marzo de 2023

El reloj de Treblinka, o Del malestar óptico

[El Certamen María Zambrano, de vida excesivamente efímera, fue una iniciativa de la Facultad de Filosofía de la Complutense, que premiaba ensayos literario-filosóficos breves (el límite eran 1000 palabras). Para la primera convocatoria, de 2011, presenté un texto llamado "La insoportable gracilidad del androide" y gané, lo cual me produjo una gran satisfacción, precisamente porque lo concedía la Facultad de Filosofía bajo el nombre de la excelsa María Zambrano, y porque en aquella época estaba volviendo a salir un poco de mi "clandestinidad" y no había ganado premios en bastante tiempo. Fue algo realmente estimulante, y el comité organizador fue excepcionalmente amable conmigo.

Al año siguiente, 2012, un año decisivo para mí, pues, como ya he dicho en alguna otra entrada por aquí, fui finalista del Premio Vargas Llosa de Relatos, más o menos por las mismas fechas, volví a concurrir, porque el tema (no lo he dicho, pero había un tema) era "la realidad y la apariencia", si no recuerdo mal. No podía dejar de presentarme, pues ese tema es fundamental para mí desde siempre, sobre todo desde que empecé a dedicarme con ahínco al tema de la Óptica en la historia y la cultura. Me pareció, además, una ocasión propicia para escribir sobre una cuestión que me fascinaba (desde el horror infinito que suponía) y era la existencia, en el campo de exterminio de Treblinka, de toda una instalación que figuraba una estación de tren, con jardines, taquillas, almacenes, etc., cuando, como es sabido, esa estación no conducía a otro lugar que a la cámara de gas. Estudié mucho ese tema, y me sigue pareciendo el epítome de la crueldad y del desprecio hacia los semejantes. Me puse a escribir, entonces, y peleé con las palabras hasta conseguir que fueran sólo 999. Así nació este "Reloj de Treblinka". Todo lo que se cuenta en él es rigurosamente cierto, y espeluznante.

Volví a ganar el premio. Lo recibí con aún mayor alborozo. Me lo entregaron en el bello Paraninfo de Filosofía. 

Para el tercer certamen, me invitaron a ser parte del jurado. 😀 

Tristemente ya no hubo cuarto certamen.

Y mientras, el reloj de Treblinka, que, como todo símbolo, es resistente e inagotable, sigue ahí marcando la hora de la vergüenza. Conviene mirarlo, porque sus relojeros siempre están al acecho. Y lo terrible siempre acaba por acaecer, sobre todo si no hacemos nada para evitarlo.]



Lo atroz de las figuras de la pesadilla, ¿no está en su falsedad? Su horror incomparable, ¿no es el horror de sabernos bajo el poder de un proceso alucinatorio?

J.L. BORGES

1.

No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el reloj de Treblinka.

2.

El reloj de Treblinka es un reloj pintado, un círculo dividido en doce secciones. Tiene dos manecillas inmóviles. No hay maquinaria en su interior. Es un reloj falso, un simulacro.

¿Qué hora marca interminablemente el reloj de Treblinka? Richard Glazar, uno de los escasos supervivientes, afirma que las seis, verticales. Otros testimonios, igualmente inverificables, apuntan a las tres, con su ángulo recto: la hora que dibujaría un niño en su alto campanario.

3.

Casi las tres marca el reloj de El enigma de la hora, que inaugura la llamada pintura metafísica. En muchos cuadros de De Chirico hay, sí, torres con relojes. Y también plazas, estatuas, maniquíes y cartabones.

Confirmando esa prefiguración, en la Sortierungsplatz de Treblinka se construyó el trampantojo definitivo: una estación falsa, coronada por su gran reloj pintado y el compás imposible de sus manecillas estáticas.

4.

La barbarie nazi suele ilustrarse con paletadas de cuerpos exangües, trajes de rayas y rostros macilentos emergiendo de literas. Siendo atroces estos testimonios, no nos dicen nada de la aún más cruel realidad anicónica de los campos de exterminio de la Einsatz Reinhard.

La rutina del Totenlager es sencilla: arriba el transporte, se desaloja violentamente a los prisioneros hacinados en sus vagones, para introducirlos a golpes y gritos en un barracón, donde se les despoja de sus pertenencias, se les desnuda y se les corta el pelo. A la carrera son conducidos entonces por el tubo a las cámaras de gas, donde se les encierra durante el tiempo necesario, que es de algunos minutos. Resta desalojar los cadáveres y arrojarlos a los hornos crematorios. Todo tiene lugar rápidamente.

5.

No disponemos de imágenes de los campos de exterminio. La ekphrasis de la falsa estación puede apenas, en su condición de vórtice icónico, sugerirnos lo que no puede ser formulado visualmente, el horror en decantación extrema. Por eso es tan valiosa.

En verdad el Lager es una estación a la que llegan incesantemente los trenes, pero es una estación término. Dotar a ese punto de imposible retorno o tránsito de falsas taquillas, y falsos horarios, y letreros que indican “a Bialystock”, rodearla con bancales de flores, y hasta con un zoo (Resultaba increíble, nos dice Glazar, parecía un spa) no puede considerarse sólo como un crudelísimo sarcasmo o un esencialmente inútil camouflage.

El diorama de Treblinka es un emblema. Es preciso saber qué texto acompaña a esa imago. Es necesario reflexionar sobre la mera existencia de ese decorado hasta que el cerebro salte por los aires.

6.

El constructor de la estación se llama Franz Stangl, comandante del campo. En tanto que edificador se sitúa en una jerarquía que dominan el charmant y letal Albert Speer y, por supuesto, el Führer, que siempre se tomó como Supremo Arquitecto.

No despreciemos la arquitectura efímera de la estación de Treblinka, no es de menor significado que el Zeppelinfeld o las desmesuradas maquetas de Germania que Hitler contemplaba extasiado junto a Speer.

Ataviado con su chaquetilla de equitación, de un blanco irritante, y blandiendo una pequeña fusta, Franz Stangl, que en su juventud dio clases de cítara, fue maestro tejedor, policía y staff de la T4, donde se desarrolló el programa de eutanasia, se paseaba cada día desde muy temprano por el campo de Treblinka y contemplaba, complacido, la belleza de sus parterres.

Stangl se tenía por un hombre pulcro y un probo funcionario. Durante su año de gobierno se aniquiló en Treblinka a un millón de personas.

7.

El poder tiene la prerrogativa de gestionar los simulacros de su visualidad. Es en sus trampantojos donde podemos leer los significados profundos de sus acciones, forzosamente ocultas.

Los regímenes totalitarios pervierten el lenguaje, generando su propia panoplia de eufemismos. Si somos conscientes de ello (como Klemperer), sentimos malestar y nos gustaría exclamar: hablemos claro de una vez. De igual modo, existen eufemismos visuales. Quisiéramos gritar hasta quedarnos sin voz veamos claro de una vez, pero tal cosa no es factible, pues en esa escenografía todo es tramoya, y lo son especialmente los bastidores. Detrás, arriba, abajo, sólo la negrura de la muerte.

Cabe, como mucho, arrancarse los ojos, como Edipo.

Eso es el malestar óptico.

8.

Wstawać es, probablemente, el texto del emblema. La palabra maldita que sacaba a Primo Levi del sueño en Buna-Monowitz. Levantaos. Despertad a la muerte, contemplad la Gorgona.

El reloj de Treblinka es la mirada que nos devuelve el abismo, que nos petrifica y nos convierte en Figuren, en maniquíes.

9.

Gitta Sereny preguntó a Stangl si Dios estaba en Treblinka. “Claro”, contestó él, “¿cómo, si no, pudo haber ocurrido todo eso?”.

Si Dios es, en efecto, el Gran Relojero del Cosmos, lo es de todos los relojes que en él hay, y, muy en particular, del de Treblinka.

En una comunicación temprana, se indica a los campos de la Aktion Reinhard que no es aconsejable una obscuridad total en las cámaras de gas, pues el pánico arroja a la multitud contra la puerta y eso dificulta el posterior desalojo de los cadáveres.

En eso coinciden aparentemente con Santo Tomás, que en la Summa Theologica se pronuncia también sobre la conveniencia de la medialuz en el Infierno, para que los réprobos puedan contemplar los tormentos.

Lasciate ogni speranza se lee en el pórtico del Tártaro, que es una estación de pega.

10.

Acaso quepa concluir que estación-de-Treblinka es otro nombre para lo que solemos llamar cultura o civilización. Acaso el trampantojo es finalmente la realidad en su plenitud blasfema.

En todo caso, conviene dilucidar cuanto antes cuál es el mensaje de las flores de Treblinka.

Pues ya se oye, una vez más y siempre, el martilleo de los carpinteros, construyendo nuevos barracones en los que colocar carteles que digan, mentirosamente, “a Bialystock”.

Wstawać.