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domingo, 3 de agosto de 2025

Los felices años


 

Il dolore, l’arresto della vita fanno apparire il tempo troppo lungo; ma gli anni se ne vanno sempre con la stessa rapidità.

FLEUR JAEGGY, comienzo de Le statue d’acque

 

1.

El pasado 31 de julio, es decir, hace tres días, Fleur Jaeggy ha cumplido 85 años. Me entero ese día 31 por un tweet de Kim Nguyen Baraldi. Avergonzado, me doy cuenta de que no era consciente de que Fleur Jaeggy estuviera aún viva. Más avergonzado aún, pienso que llevo mucho tiempo sin leerla y que en realidad la he leído más bien poco y además apenas sé cosas de su vida. Me pongo a averiguar esas cosas, en la magra medida que pueden averiguarse a base de Wikipedia y poco más. Descubro algún hecho sorprendente, como se verá. Me apetece releerla. Busco los libros que tengo de ella. Compro algunos más. Me sumerjo en su literatura, tantas veces calificada como gélida: precisa, cristalina, cortante como un filo, despiadada, peligrosa… renuncio a seguir asociando adjetivos, no sabría si identificarme con alguno. Entro, decididamente, en un nuevo periodo Jaeggy, de cuya navegación aún no he salido, gozosamente. Les cuento más cosas. Les cuento las cosas que me pasan cuando empiezo a releer y a reconectar obras y autores. Vuelvo a escribir en el blog después de mucho tiempo, después de no haber sacado adelante una entrada que parecía muy clara al principio y luego se fue retorciendo y encerrando en un callejón sin salida. El tema fundamental de esa entrada era Stalker, de Tarkovski. Volverá.

 

2.

El tweet (y la entrada de Instagram) de Kim incluía, como muestra de la escritura de Jaeggy, el memorable comienzo de la que, probablemente, sea su obra más destacada, I beati anni del castigo, un párrafo en el que se evoca a Robert Walser, y si aparece Walser las asociaciones se disparan. Pero no nos precipitemos. Acometido por un intensísimo deseo de releer I beati… lo busco en su correspondiente estante. Mi biblioteca hace ya tiempo que es más grande que mi casa, en una inconsistencia topológica del universo, pero por fortuna y con no poco esfuerzo y rigor, mantengo un orden suficientemente apropiado en ella como para saber que el libro estaría en la parte italiana (por más que Fleur naciera en Zürich, y fuera, al menos, trilingüe, y se formara en alemán, eligió el italiano para escribir), y que allí, como en todas las otras regiones de ese vasto laberinto de estanterías en las que se almacenan obras de ficción (las de no-ficción siguen otros criterios, pero no podemos desviarnos ahora por esos vericuetos, ya habrá tiempo de volver a la complicada vida interior de mi biblioteca), el orden es cronológico, por lo que Jaeggy viene precedida de otro de mis autores más queridos, Claudio Magris, y antecede a Roberto Calasso, del que fue compañera durante muchos años. Sí, ahí está el librito de Gli Adelphi, de portada azulgris. Lo abro. Empieza la aventura.

3.

Dado que compro libros con una avidez digna de estudio psiquiátrico y dado que además los leo, o por lo menos los comienzo, o por lo menos los hojeo, mi consumo de separadores, marcapáginas y puntos de lectura excede igualmente lo razonable. Por ello, especialmente cuando estoy de viaje, introduzco entre las páginas el ticket de compra en la librería, el recibo de la tarjeta de crédito, el billete de metro o de tren, la factura del restaurante en el que he comido mientras leía ese libro y en general toda pieza de papel de pequeño tamaño que a partir de ahí queda indisolublemente asociada a su libro-huésped, configurándose así una adecuada estratigrafía, pues esos libros, con sus pequeñas muestras arqueológicas anexas, permiten reconstruir visitas a museos, paseos por ciudades, sensaciones de exaltación o cansancio, y además resuenan con los textos que se escriben en esas mismas fechas en las libretas que igualmente acarrea el flâneur en sus trayectos. Hay, me parece, toda una ciencia posible, y seguramente necesaria, que versaría sobre el modo en que el objeto-libro se constituye en contenedor-de-tiempo, en espacio de almacenamiento de tangibles-intangibles, de un modo paralelo a lo que haría la llamada psicogeografía respecto de los lugares, especialmente de los parajes urbanos. Pero eso tampoco puede ahora desarrollarse, es necesario que focalice porque hay muchas cosas que tengo que contar sobre lo que me ha venido pasando estos últimos tres o cuatro días, y ya me estoy extendiendo demasiado.

 

4.

Abro, pues, mi ejemplar de I beati anni del castigo, del que estoy seguro de que no me he vuelto a ocupar desde mi retorno del viaje donde lo compré y de la ciudad en donde lo leí, nada más comprarlo: Torino. Y, en efecto, esa sensación queda corroborada por la aparición entre sus páginas de un resto arqueológico de primera magnitud. Se trata de una entrada de cine. Para un cine muy particular, concretamente el Cortile del Palazzo Reale turinés. La fecha permite datar la adquisición y lectura del libro (también tengo una libreta en el que están anotados esos datos, cosa que no tendría por qué ocurrir, pero a veces, sobre todo en los viajes, intento mantener una especie, no de diario, pero sí de crónica de algunos aspectos relevantes): 23 de agosto de 2017. Ese día, alle ore 22.00 en el Cortile, al aire libre, dentro de una especie de ciclo estival, pasaban nada menos que París, Texas, de Wim Wenders, de la que casualmente (pero no, nunca casualmente), me ocupaba en la entrada anterior de este blog, un poco desacostumbradamente alejada de la de hoy. Por supuesto, no recordaba haber guardado la entrada en esa especie de voluble archivo que constituyen las páginas del libro-acompañante que me llevé a cenar ese día, antes de sentarme en la obscuridad de la magnífica plaza y emocionarme una vez más con esa película-fetiche mía, sin duda en el visionado más peculiar entre los muchos que he tenido de ella.

 

5.

De hecho, la película estaba doblada al italiano. El hecho no me importó lo más mínimo, por más que no soportaría ver París, Texas (ni ninguna otra película, la verdad) más que en su versión original. Pero esa extrañeza de las voces inesperadas de Jane o de Travis (que me remitía a otra película doblada como Viaggio in Italia), en esa extraña noche turinesa, me parecía adecuada. La proyección me resultó memorable por diferentes motivos que no detallaré ahora. Ese viaje entero a Turín, que fue el primero para mí (luego volví, algún tiempo después, a retomar algunos hilos, entre otros los de la película) fue propicio, y me ofreció posibilidades literarias que no he acabado de desarrollar, y que voy difiriendo, como hago con tantos proyectos, maestro en el arte de la procrastinación como soy. El día antes de esa velada cinéfila había estado visitando la habitación de Pavese en el Albergo Roma, donde me alojaba. Ya les he contado algo de eso por aquí. Algún día, esperemos, todo aquello, y algunas otras cosas de mi segundo viaje, se reunirán en un relato, que no es, de nuevo, lo que estamos contando aquí. No se detengan, todavía hay mucho sendero serpenteante que recorrer.

 

6.

Como una entrada de cine tan particular como ésa tiene un componente muy alto de magdalena proustiana, mi memoria recuperó las circunstancias en las que por primera vez me adentré de la mano de Fleur en los pasillos del Bausler Institut, donde nuestra narradora, que no puede estar muy alejada de la propia autora, pero a la que no haríamos bien en identificar así por completo (un caveat que siempre conviene incluir) nos habla de esos bellos años del castigo, de esos reinos de disciplina de los internados para señoritas de buena familia en la Suiza de los cincuenta, y de la complejidad jerárquica y sentimental de las asociaciones que se producen allí, entre adolescentes de diferente procedencia y lengua. La fascinación por Frédérique, criatura angélica pero letal, se va desgranando, hasta llegar a un finale desolado y a la vez dolorosamente justo, el de una desposesión que se muestra excepcionalmente bien en el episodio del reencuentro fugaz en la Cinémathèque parisina con la visita al apartamento desnudo de una Frédérique ya plenamente instalada en su caminata hacia los lugares donde ya no se la puede acompañar. Esa crónica de la malafelicità de esos años, reconocidos como los mejores, pero transcurridos en un espacio coercitivo, en una geometría de disciplina y deseos costosamente aherrojados, nos regala, además, otras figuras inolvidables (esa aparición de la ya no tan pequeña Marion esmaltada de negro en la fiesta de Micheline, esa conversación con la madre de Frédérique) y nos muestra una particular danza de la muerte en la que una fisiognomica da morgue se asienta en el rostro de las educandas y el gesto de tocar un brazo puede calificarse de anatómico.

 

7.

Sí, ya lo habrán notado, he releído I beati anni del castigo hace dos días, de una sentada y completamente fascinado, y bajo ese hechizo nace esta entrada y reanudo así mi presencia en el blog. Les podría decir muchas más cosas, y también de otras obras de la suiza que he recorrido o he empezado a recorrer estos días, pero siempre me he considerado poco diestro en la reseña y en última instancia he intentado mantener una cierta reserva sobre la mera conveniencia de escribir sobre un libro otra cosa que no fuera una mera invitación a su lectura. Lean, pues, a Jaeggy. Un catador tan exquisito como Enrique Vila-Matas ha declarado en muchas ocasiones su admiración por la escritora. Dice, por ejemplo, Vila-Matas en Educando mujeres correctas, incluida en Impón tu suerte:

Fleur Jaeggy va siempre a lo esencial y, como si tuviera bien aprendida la involuntaria lección de Kafka, consigue muchas veces en una sola página, y a veces en una sola línea, que se haga visible de golpe, a modo de repentina revelación, la estructura desnuda de la verdad.

En otro lugar, Vila-Matas habla del momento en que abrió por primera vez un libro de esta escritora que es tan peligrosa, que fue justamente Los felices años del castigo y se sorprendió de su comienzo, ese párrafo en el que aparece Walser que fue justamente el elegido por Kim en sus mensajes celebratorios. Nadie ignora la importancia de Walser en la obra de Vila-Matas. Así pues, nuestra cadena de asociaciones nos obliga ya sin más demora a decir algunas cosas de ese escritor tan sumamente personal, también suizo (de la ciudad bilingüe de Biel/Bienne) que no cabe, ni de lejos, en una entrada de blog como ésta y a lo mejor no cabe siquiera en un blog entero.

8.

Copio aquí, pues, el tantas veces mencionado comienzo de I beati anni. Como no tengo la edición traducida al castellano, lo tomo directamente del texto incluido en el Instagram de Baraldi. La traductora es Juana Bignozzi.

A los catorce años yo era alumna de un internado de Appenzell. Lugares por los que Robert Walser había dado muchos paseos cuando estaba en el manicomio, en Herisau, no lejos de nuestro instituto. Murió en la nieve. Hay fotografías que muestran sus huellas y la posición del cuerpo en la nieve. Nosotras no conocíamos al escritor. Ni siquiera nuestra profesora de literatura lo conocía. A veces pienso que es hermoso morir así, después de un paseo, dejarse caer en un sepulcro natural, en la nieve de Appenzell, después de casi treinta años de manicomio en Herisau. Es una verdadera lástima que no hubiésemos conocido la existencia de Walser, habríamos recogido una flor para él. También Kant, antes de morir, se conmovió cuando una desconocida le ofreció una rosa. En Appenzell no se puede dejar de pasear. Si se miran las pequeñas ventanas con franjas blancas y las laboriosas e incandescentes flores en los balcones, se advierte un remanso tropical, una lujuria sofrenada, se tiene la impresión de que dentro sucede algo serenamente tenebroso y un poco enfermizo. Una Arcadia de la enfermedad. Podría parecer que allí dentro hay paz e idilio de muerte, en la pureza. Una exultación de cal y flores. Fuera de las ventanas el paisaje nos reclama; no es un espejismo, es un Zwang, se decía en el colegio, una imposición

En efecto, durante la larga estancia de Walser en el manicomio de Herisau, que visité en 2022 y del que hablé ya en otra entrada, el escritor, gran caminante, acompañado por lo general por el editor Carl Seelig, hacía excursiones por los alrededores, en muchas ocasiones por el cantón de Appenzell. La presencia de Walser en esas primeras líneas de la novela no es, de ningún modo, casual. De hecho, podría decirse que en este comienzo se ponen ya de manifiesto muchas de las líneas fundamentales del texto, por lo demás breve, que va a seguir. Esa Arcadia de la enfermedad, como aquel sanatorio igualmente suizo de La montaña mágica, de Thomas Mann. Esa lujuria sofrenada, ese algo serenamente tenebroso que ocurre dentro… Es, sin duda, un comienzo memorable. Y, además, presenta como debe, dándoles toda la importancia que merecen, a las dos verdaderas protagonistas del libro, en última instancia: la Locura y la Muerte.

 



9.

Como esta entrada, al igual que ocurre muy a menudo en este blog, no es tanto de crítica literaria como de desahogo personal, no se trata aquí de hablar de Walser sino de mí (perdónenme la inmodestia, que justamente es una de las señas de identidad, me temo, de todo lo aquí incluido) y mi vida con Walser. De entre los muchos capítulos que podría contener esa obra en marcha (pues con Walser tengo, inevitablemente un movimiento de flujo y reflujo que me sumerge en su magma, del que salgo dando bocanadas de aire, para luego volver a hundirme placenteramente en esa literatura hormigueante y magistral) citaré apenas uno, que justamente tiene que ver con la gelidez de Jaeggy y esa muerte en la nieve del escritor de Biel. Cuando en 2022 me embarqué en un periplo que recorrió buena parte de la Confederación Helvética en una especie de tour funeral, que incluía un nutrido número de visitas a cementerios y tumbas (Borges, Nabokov, Rilke, justamente Walser, entre otros) fui, ya he dicho, a Herisau, donde descansan los restos de Walser y donde aún hoy existe el Sanatorio del que partió para encontrar justamente su muerte el 25 de diciembre de 1956. Se puede recorrer ese camino final, como una cierta atracción turística, conduce al bosque próximo al Sanatorio. Yo no lo hice. Si lo hubiera hecho, mis pisadas se habrían de algún modo superpuesto a las huellas que dejaron los pies de Walser esa mañana sobre la nieve que cubría todo el territorio.

 


10.

Hay fotos que muestran esas pisadas y también el cuerpo muerto y también, puede que incluso más ominosamente, las pisadas conduciéndonos a un vacío final, a una ausencia del cuerpo ya retirado. La muerte sucedió de manera repentina, y podemos pensar que fue indolora. Walser se desplomó sobre la nieve, quedando tendido boca arriba, con el brazo izquierdo extendido y el derecho recogido sobre su pecho. El cuerpo describe una perpendicular respecto de la línea de las huellas. Separado, no muy cerca, el sombrero parece colocar un punto sobre la i del cadáver escrita en la página en blanco de la nieve con la tinta obscura del traje. La corbata está perfectamente anudada. A partir de esas imágenes, el artista Thomas Hirschhorn realizó en 2020 una instalación denominada Robert Walser-Modell en el Robert Walser Zentrum de Berna. Yo no pude ver esa instalación, porque sólo visité ese Zentrum en 2022, en otra de esas paradas de mi viaje suizo. Pero sí me hice allí con un folleto muy interesante que he vuelto a hojear para escribir esto. Con materiales sencillos (cajas, tablero de contrachapado, borriquetas), se muestra en la pequeña habitación de ese centro (que está en un segundo piso, alberga una bella biblioteca walseriana, es atendido por personal extremadamente amable y mantiene una instalación de ese estilo: la que yo vi era otra, también interesante, sobre los paseos de Seelig y Walser) una representación en pendiente de una ladera que contiene las huellas y el cuerpo del escritor, una especia de versión tridimensional de la secuencia de las cuatro fotos que se publicaron en 1980 y que he descrito más arriba.

 

11.

Estuve en Bern y en Biel/Bienne antes de estar en Herisau. Leía además, al mismo tiempo, en los trayectos de tren, Doctor Pasavento de Vila-Matas, que incluía un recorrido esencialmente paralelo al mío. No recuerdo haber pensado en ese viaje en Fleur Jaeggy. Ni siquiera cuando estuve una vez más en Zürich. Me parece una omisión inaceptable. De algún modo, Jaeggy para mí era una italiana de la Italia septentrional, donde la había conocido. Eso también ocurre: también de algún modo uno acaba ubicando los autores en los lugares en donde se producen las lecturas de sus libros. Pero, hace tres días, cuando se dispara el proceso de recuperación de Jaeggy, todo ocurre como debe: Vila-Matas y Walser están prestos para comparecer y formar parte de la constelación así suscitada. Constelación efímera, como todas, pero al mismo tiempo indestructible en su flexibilidad y versatilidad, pues todo conecta con todo, especialmente cuando todo está resonando en frecuencias semejantes. Éste es, pues, el segundo acorde de la melodía, o el segundo conjunto de pisadas.

 

12.

El tercero es igualmente inevitable, forma parte de la paleta de resonancias ya bien consolidada en mí. Walser me lleva a Sebald. Además de su magistral obra novelística, la producción ensayística de Sebald es extremadamente destacable, especialmente en lo que se refiere a sus estudios sobre autores en lengua alemana. La traducción al castellano de esos ensayos no es tan completa como sería deseable. En 2005 Anagrama publicó, bajo el título de Pútrida Patria, una selección, proveniente de dos colecciones diferentes, Unheimliche Heimat, cuyo juego de palabras pretende traducir el título castellano y Logis in einem Landhaus, un título que es precisamente una expresión extraída del maravilloso Kleist en Thun de Walser. Es en esta segunda colección donde se incluye el texto Le promeneur solitaire. Zur Erinnerung an Robert Walser, que, sin embargo, no fue seleccionado para Pútrida Patria. Sí existió, por fortuna, una publicación exenta del ensayo sobre Walser (ninguna de las colecciones originales de Sebald ha sido vertida al castellano en su totalidad) a cargo de la Editorial Siruela, en 2007, en la serie menor (es un libro de muy pequeño tamaño) de su Biblioteca de Ensayo. Es un libro ahora mismo difícil de conseguir, por decirlo suavemente. Lo cual es lamentable, pues es un texto fundamental y de lectura extremadamente placentera.

 


13.

Cuando ya había leído mucho de Walser y todo lo que se podía leer de Sebald (incluyendo la opción de leer en otros idiomas, como el inglés, el francés o el alemán, lo que no estaba traducido al castellano), me encapriché notablemente con el librito de Siruela y me puse a buscarlo. En ese momento (estamos en 2020, como se verá), fatigando Iberlibro y otras webs semejantes, supe que, inesperadamente, sí se podía conseguir un ejemplar a un precio razonable en una librería de Barcelona, Taifa Llibres, en Gràcia, en el Carrer de Verdi. Eso también cuadraba. He visitado Barcelona con regularidad a lo largo de los años y hay algunas zonas de la ciudad que he ido haciendo más mías por diferentes motivos. Justamente esa calle, justamente a la altura de esa librería es un lugar relevante para mí. La propia librería solía estar entre aquellas a las que no dejaba de acudir si el tiempo de mi estancia me lo permitía. Me fui para allá, pues, y compré, sí, el librito. Lo leí con gran interés. No me animé a subrayarlo siquiera, porque, a pesar de su aspecto modesto, lo cierto es que se ha convertido en una obra rara. Me parece un estudio acertadísimo de Sebald en el que él mismo, y la figura de su abuelo, que fue decisiva en su infancia y al que asocia, por su aspecto físico y por otras causas, al propio Walser, también aparecen. Se lo recomiendo, si pueden conseguirlo. Si no, intenten en otros idiomas. O montemos de una vez esa editorial que recupere los textos perdidos. Si hay algún editor en la sala, que se ponga a ello. Aunque a saber cuál será el lío con los derechos… Pero me desvío.

 

14.

Como soy tan disciplinado como lo eran las pupilas del Bausler Institut (no lejos resuena también el Instituto Benjamenta de Walser, claro), sigo mi cadena de asociaciones o mi proceso de engranado de constelaciones, y busco en la estantería alemana el pequeño ejemplar de Siruela. Lo abro. Contiene también tickets, restos arqueológicos. El resguardo de la tarjeta de crédito me sitúa la compra. 7 de marzo de 2020. Parecería una fecha inocente, pero no lo es, ni mucho menos. Ese 7 de marzo, que era sábado, pertenece al fin de semana de antes, ya me entienden. A lo largo de la semana siguiente la idea del confinamiento se fue estableciendo como inevitable. Yo todavía trabajé normalmente el lunes 9, pero ya el martes 10 sólo fui a recoger las cosas, porque la Facultad se iba a cerrar. El 11 todavía me junté con amigas para ver al Liverpool contra el Atleti, que fue el último partido con público en las gradas durante muchos años. Celebré los goles de Llorente y Morata, me abracé alborozado por la remontada. El virus todavía parecía ser algo conjetural, éramos incapaces de calibrar la que se nos veía encima. El 12 salí a desayunar a una cafetería del barrio. Luego me metí en mi casa y ya no pude salir más. Como todos ustedes, por supuesto. Imagino que ustedes también tendrán una memoria tan definida como la mía de aquellos días tan extrañamente surrealistas que se convirtieron en seguida en un periodo pavoroso. El paseante que yo también soy quedó encerrado en su particular sanatorio unipersonal en el que, al menos, estaba acompañado por una biblioteca enorme, cuya última adquisición era un librito de portada en dos tonos de verde que se llamaba El paseante solitario. En recuerdo de Robert Walser.

 

15.

Cuando se desató la pandemia, mi padre ya había muerto, pero mi madre, sumida en la profundidad ya inaccesible de su Alzheimer, permanecía en la Residencia donde llevaba ya viviendo muchos años. El 7 de marzo, el día que compré en Taifa el libro de Sebald sobre Walser, también fui a otras librerías, por supuesto, como siempre hago cuando estoy en Barcelona (ahora tengo una nueva La Central que me está esperando para cuando encuentre una ocasión propicia para ir). Es justamente en La Central del Raval donde recibo una llamada de la Residencia. Me dicen que todo va bien, pero que ya han decidido cerrar la Residencia ante la posibilidad de los contagios y de ese modo los familiares no podremos visitar a los ancianos hasta nueva orden. Me doy por enterado. Llevo unos días muy preocupado por ese tema. Los primeros casos en las residencias madrileñas ya han comenzado a producirse. Lo que vino después fue, ya se sabe, algo criminal. Mi madre no se vio afectada, ni tampoco su Residencia, sobre todo por la profesionalidad impresionante de todo su personal. Pero hubo miles de personas que murieron en las peores condiciones posibles debido a las decisiones de las autoridades de la Comunidad de Madrid, cuya actuación ha resultado, hasta el día de hoy, impune. Los días, pues, se fueron obscureciendo. En ese clima de miedo es cuando entra el libro de Sebald sobre Walser en mi casa. Ése es su particular ex libris, esas líneas temblorosas constituyen su registro de entrada.

 

16.

Siempre llevo papel para poder escribir lo que me viene a la cabeza cuando paseo por la ciudad, en cualquier momento. Frases, ideas. A veces también uso la grabadora del móvil. Si llevo el bolso o estoy sentado en el hotel, tengo cuadernos, libretas Leuchtturm. Pero a veces son simplemente hojitas pequeñas que coloco entre las páginas del libro que indefectiblemente me acompaña en todos mis desplazamientos, en el bolsillo o en la mano. Luego, ya en casa o en el lugar que esté, transcribo esas notas a vuelapluma en el cuaderno vigente en el momento. Entonces cancelo con una raya diagonal el texto que ya he pasado y no destruyo la hojita, sino que la coloco, con otras cientos de ellas, en una caja. No es infrecuente que a veces alguna de esas hojitas se quede despistada en el libro en el que fue colocada, y que los textos que contiene no hayan sido aún transcritos. Esos textos, por tanto, se transforman en algo así como insectos alojados en ámbar, o como esos animales, a veces enormes como mamuts, que permanecen miles y miles de años congelados. Congelados como en la atmósfera glacial de los libros de Jaeggy, bajo las nieves que recorren interminablemente las pisadas vacías de Walser.

 

17.

En mi librito de Sebald sobre Walser había, increíblemente, una de esas hojas perdidas. No corresponde, me parece, al 7 de marzo de 2020, debe de ser posterior. Ese libro lo he paseado en más ocasiones. No puedo datar, de todos modos, el texto, y es muy peculiar, porque no parece estar conectado con ningún proyecto en concreto de los muchos que desarrollo interminablemente. Lo transcribo aquí, como muestra de ese hasard objectif que es el verdadero tema de esta entrada:

Caronte extiende las cartas de navegación, que otros llaman Mapas del Suplicio, pues existe sin duda una cartografía del tormento, una ingeniería de la recurrencia y la ruina.

En la traducción al inglés de I beati anni del castigo se ha preferido (inadecuadamente, a mi juicio) el término discipline en vez de castigo. La traducción francesa sí mantiene châtiment. Suplicio podría haber sido una opción, sobre todo si lo ligamos a esa mitología que incluye tormentos, otro buen término, basados en la recurrencia como el de Sísifo. Esta nota está completamente desconectada, eso sí que puedo asegurarlo, de Fleur Jaeggy, de la que, como ya he dicho, mea culpa, me he acordado poco estos años. Ha aparecido de un modo sólo muy tenuemente conectado con ella, a partir del juego de asociaciones que aquí he descrito. Ha aparecido literalmente minutos antes de ponerme a escribir la entrada, siempre un poco sin red, como es mi costumbre. Pero, como se ve, la concluye perfectamente, cierra el círculo. La constelación ya está completa, con esos hilitos invisibles que atan una estrella a otra. Haría bien Caronte en incluirla en sus cartas de navegación.

 

18.

Al final, pues, y bien inesperadamente también, esta entrada es una extraña melliza de la anterior. Empieza en París, Texas, y acaba en Sebald. Es decir: estamos todavía (y siempre) en el Nocturama. Hay una explicación sencilla para estas coincidencias: la obsesión. Vuelvo una y otra vez a los mismos lugares, a los mismos nombres, a las mismas obras. Cuando no encuentro esas resonancias, no sé qué escribir aquí. Este blog se basa justamente en esos hallazgos, en esas correlaciones, en esas, sí, recurrencias. Es un registro de todo eso, es mi particular Mapa de los Suplicios, suplicios frecuentemente gozosos como el de hoy, que me permiten escribir con vértigo, sin saber muy bien lo que va a salir, abierto a las revelaciones, valiente ante los callejones sin salida y las trampas. Como un stalker, ese stalker que me espera para la siguiente salida, o para una salida que a lo mejor tarda en producirse más tiempo, pero que acabará inevitablemente teniendo lugar. Son buenos tiempos para la lírica para mí. No hay que moverse mucho, no hay que hacer ruido, para que los ecos y los armónicos de esas resonancias no se pierdan. Ni uno.

 


19.

Éste va a ser el último eco de hoy. He comenzado diciendo que me enterado de cosas muy curiosas de Fleur Jaeggy. La que más me ha impresionado es que, a veces bajo el pseudónimo de Carlotta Wieck, Fleur fue letrista de Franco Battiato. Mi amor y mi admiración por Battiato no pueden ser más grandes, como no ignora, por ejemplo, alguna otra cofrade como Lara López, la maravillosa locutora de RNE y Radio 3, que nos ha dejado algunos programas impagables sobre Il Nostro en Músicas Posibles (programa de absoluta referencia que, sin embargo, continúa su travesía por el desierto y ha pasado a estar presente sólo ya en la web, sin lugar en la parrilla), y con la que he podido compartir mi entusiasmo por el siciliano. Un entusiasmo que, una vez más, no puedo detallar aquí, pues requeriría de su propia entrada, que tal vez tendrá, cuando la resonancia me obligue. No sabía, no, de esa conexión Jaeggy-Battiato, que se produce a lo largo del tiempo en varios temas y álbumes. Era lo que me faltaba para alimentar esta fascinación que siento ahora mismo por la suiza. Una fascinación que también pasará, sin duda, para dar lugar a otras y volver renovada un tiempo después, en esta especie de carrusel de mis afectos en el que voy montado, intentando con esta circularidad despistar un poco al tiempo y hacer que estos años, ya, ay, finales del castigo, sigan siendo beati.

 

20.

Una de las canciones en las que intervino Fleur Jaeggy es Shakleton. Sic, pues el nombre del explorador polar Shackleton está en el álbum Gommalacca mal transcrito. Hay una versión en vivo más corta, pero el tema original se extiende por más de ocho minutos. En él Jaeggy lee unos versos suyos en alemán que comienzan por Stille Dämmerung, tranquilo ocaso y que repiten muchas veces Sage mich warum, dime por qué. No te calles, por favor, dime por qué. La entrada, una vez más, se hace sola. La glacial Jaeggy acaba apareciendo en una canción que narra una cattastrofe psicocosmica, la del naufragio y posterior rescate de los miembros de la expedición de Shackleton. En este calor infernal del agosto madrileño se agradecen estos improvisados paseos polares de flâneur antártico. En I beati anni del castigo, Fleur Jaeggy nos recuerda que, a veces, una cierta glacialidad también revela sentimientos. Definitivamente, el bucle está cerrado. He construido, pues, una burbuja en la que me he encerrado con algunos de mis protectores. Y suena la música. Es mi canción favorita de Franco Battiato, La cura, y en ella, efectivamente, Franco me dice que avrà cura di me, porque sono un essere speciale. Y yo me acuerdo de aquel día, la única vez que lo he visto en concierto, en las Noches del Botánico en Madrid y, como entonces, se me saltan las lágrimas. Feliz cumpleaños, Fleur, y por muchos años.


sábado, 19 de abril de 2025

Portulano

Ma vie avec Georges Perec

 


Non. Tu préfères être la pièce manquante du puzzle.

GEORGES PEREC, Un homme qui dort

…ce que j’en attends, en effet, n’est rien d’autre que la trace d’un triple viellissement: celui des lieux eux-mêmes, celui de mes souvenirs, et celui de mon écriture.

GEORGES PEREC, Espèces d’espaces, refiriéndose al proyecto de Lieux

  

1.

Perec no puede no ser querido, y es difícil no ser un poco perequés, incluso si eso supone tener que escribir prescindiendo de nuestros dedos medios, índices o meñiques en el tecleo del texto. Es en escritos como éste, intempestivos, hiperbólicos, defectuosos incluso, donde se expone sin rubor ese modo de ser, ese retenernos que nos define, que nos constituye. Expertos como somos en el comercio con nubes, con dementes mentes de delincuentes del decir, unimos nuestros pechos en el himno, rendimos nuestros escudos y floretes, destruimos torres, y es justo entonces que se eleve este réquiem por el que no fuimos, por el que no seremos, por el que, lejos, recibe nuestro tributo con gesto benévolo y ríe en silencio oyendo su nombre en los secos desiertos de un eco inextinguible: Perec, Perec, y no se rompe, indeleble, este hechizo, no se consume este líquido, no se destruye este vínculo, no se concluye lo que no puede ni debe concluirse de otro modo que éste: con un punto seguido de otros dos…

 

2.

En el fragmento anterior se muestra un texto lipogramático, esto es, escrito bajo la condición de que no debe emplearse en él una letra, que acabo de  escribir. En este caso la letra elegida es la a, que es la letra más común del castellano. Eso supone, por supuesto, un incremento de la dificultad y exige una mayor destreza al escritor que lo ejecuta. Ese juego es uno de los muchos propuestos por el Oulipo, el Ouvrier de Literature Potentielle, fundado en 1960 por Raymond Queneau y François Le Lionnais y al que se unió en 1967 Georges Perec. Fue Perec el que llevó a un extremo insuperable el reto lipogramático con la publicación de su novela La disparition, aparecida en 1969. En ese libro, que tiene la estructura de una investigación, Perec prescinde por completo del uso de la vocal e, que es justamente la de mayor presencia en la lengua francesa. Cuando se ha intentado traducir esa obra maestra de la ingeniería literaria a otros idiomas, se ha aceptado que tal traducción implica de facto una reescritura con nuevas ligaduras, y por eso la novela en castellano se denomina El secuestro o en catalán L’eclipsi, pues en ambos casos se ha substituido la e por la a como vocal prohibida.

 

3.

Construir un texto sin a como el del fragmento 1 es, esencialmente, divertido, y no conlleva un exceso de trabajo. Construir una novela completa, una obra con una trama discernible, coherente, una obra, en definitiva, no sólo legible, sino de calidad, es un tour de force inimaginable. Cabe preguntarse quién, en su sano juicio, abordaría semejante labor. Y sobre todo por qué lo haría. Sin descontar en absoluto el mero componente lúdico, o de puro reto, lo cierto es que el trasfondo de esta elección de Perec es bastante más obscuro, pues lo que de algún modo se plantea en ese texto que gira en torno a una desaparición, a una ausencia, la ausencia de algo fundamental para la idioma, la e, la vocal que se emplea en francés para el femenino (como la a en el caso del castellano), es precisamente la denuncia de una desaparición más esencial, profundamente dolorosa y decisiva para la vida de su autor: la de su madre, y buena parte de su familia.

 

4.

De origen polaco, los padres de Georges Perec, que nació en 1936 en París, emigraron a la capital francesa huyendo de la violencia contra los judíos desatada en Polonia en la época de entreguerras. El padre, cuando Perec tenía cuatro años, murió en el frente, intentando contener una ya inevitable invasión alemana del territorio de su patria de adopción, justamente en el día anterior a la derrota, eufemísticamente conocida como el armisticio, en 1940. La madre se vio obligada a dejar partir al pequeño Georges en un convoy de la Cruz Roja con rumbo a Villard-de-Lans, en los Alpes, para intentar substraerlo a la guerra y la posible deportación. Esa deportación la alcanzaría a ella y a casi toda la familia materna de Perec, que acabaron asesinados en Auschwitz en 1942. Será una tía del lado paterno de Georges quien lo acogerá. Pasado un tiempo regresaron a París, la ciudad que amó y recorrió Perec inagotablemente.

 

5.

Esa atroz privación, ese arrancamiento de su infancia, marcó de forma decisiva la vida y la literatura de Perec. Durante mucho tiempo no pudo siquiera afrontarla de un modo decidido, y es a través de artificios oblicuos como el de La disparition como Georges pudo referirse a ese vacío esencial. Así, el experimento lipogramático, más allá de inscribirse en la propuesta de una literatura potencial, más allá de resultar un producto de prescripciones más o menos arbitrarias, es sobre todo el testimonio de una imposibilidad, la de la enunciación de una carencia constitutiva, de una pérdida que no puede ser ya subsanada. La literatura es así una herramienta para la salvación, un intento a la desesperada de fijar lo que ha escapado de nuestras manos, de nombrar lo que no está, para que así esté, al menos en lo escrito, al menos en la página.

 

6.

Es en otra novela, justamente denominada también con una letra, la W, cuando, más adelante (la obra se publicó en 1975, es decir, celebramos este año su cincuentenario), Perec definitivamente trata de contar su historia, de un modo profundamente descarnado. Y sin embargo, no por eso deja de haber inventiva o juego, ya que es ése justamente el modo en que esas cosas terribles pueden ser contadas. Así, el título completo de la obra es W ou le souvenir d’enfance, pero justamente en el comienzo Perec declara abiertamente algo desolador: Je n’ai pas de souvenirs d’enfance: no tengo recuerdos de mi infancia. En efecto, la nómina de recuerdos hasta sus doce años no puede ser más magra. Sobre ellos vuelve: ningún recuerdo real, sensitivo, de sus padres, apenas algunas fotos. Grandes lagunas en sus primeros años en la rue Vilin, o en Villard-de-Lans. Reconstrucciones que bien pueden ser dudosas, a partir de intentos anteriores, a partir de testimonios contradictorios o poco fiables de familiares, a partir de su propia imaginación o capacidad de fábula. Resuena ahí el Austerlitz de W.G. Sebald, personaje de ficción, pero que sufre del mismo arrebatamiento de su infancia, y por las mismas causas: la Segunda Guerra Mundial, el nazismo, el desplazamiento de los niños, la muerte de las familias.

 

7.

Pero la estructura de W no es tan sencilla, no es un simple memorial de olvidos. Los capítulos biográficos se alternan con otra serie de capítulos en los que se desarrolla una historia ficcional paralela, que a su vez se ve marcada por un profundo y significativo hiato entre dos partes, señalado con unos rotundos puntos suspensivos que ocupan toda una página en blanco. En la primera parte, un desertor, que ha huido a Suiza con papeles falsos, es abordado por alguien que le relata el destino del verdadero poseedor de ese nombre de los papeles, un nombre recurrente en la obra de Perec, Gaspard Winckler. El verdadero Gaspard, sordomudo, ha perecido en un naufragio en la Tierra de Fuego. Es ahí, en Tierra de Fuego, en una isla llamada W (un nombre que, al parecer, proviene de un relato que Perec esbozó a sus trece años, aunque también hay quien hace unir en esa W las dos uves de Vilin y Villard, los lugares de la infancia perdida), donde se ha instaurado hace tiempo un extraño régimen político basado en los principios del Olimpismo, que ha convertido a todas las actividades sociales y políticas de la isla en una continua competición, lo que al principio nos parece divertido, aunque bastante kafkiano, para luego irse convirtiendo en algo más y más sombrío.

 

8.

Sin necesidad de destripar mucho la trama, cabe decir que lo que Perec está haciendo con su distopía aquí es un paralelismo que va siendo más evidente con el régimen nazi, o con cualquier otro totalitarismo. Culto del cuerpo, obsesión por la victoria, falta absoluta de piedad con el vencido, control en los aspectos más nimios de la vida, rigurosa separación de clases, ejercicio de una autoridad omnímoda y arbitraria, omnipresencia de la violencia… ésos son los signos que definen a la olímpica W. Las dos series de capítulos, pues, acaban convergiendo, en ambos casos hablamos de lo mismo: la barbarie, la barbarie que conlleva la muerte y que provoca la ausencia abrumadora que preside una obra inolvidable, en la que no hace falta ya que falte ninguna letra para expresar con claridad deslumbradora la atrocidad que está en su más profundo origen.

 

9.

Es, por lo tanto, bastante sencillo a veces no tomarse demasiado en serio a Perec. O, sí, aceptarlo como un gran escritor, con una capacidad de inventiva sobrehumana, con una habilidad sorprendente, pero que parece obstinarse en demasiados juegos sin substancia, en dilapidar todo ese talento en pasatiempos de ociosos para consumo de literatos aburridos. Sí, se puede caer en ese error. Confieso que durante un tiempo yo mismo caí en él. Cuando escuchaba el nombre de Perec, cuando fui sabiendo lo que era el Oulipo, por ejemplo, me parecía algo interesante, algo a lo que acabaría por prestar atención de un modo u otro, pero mi concepto de la literatura siempre ha sido tan transcendente, tan trágico, que mi otra propensión, bien marcada, desde mis tempranas incursiones cortazarianas, por el juego siempre me ha hecho sentir estúpidamente culpable. Pero al final todo cae por su propio peso: no se puede no querer a Perec. Se le quiere ya desde su propia imagen, con ese pelo caótico, con esa perilla desmesurada, con esos ojos dulces y su perpetua sonrisa. Se le quiere porque apenas uno comienza a leerlo se da cuenta de que, ante todo, más allá de su enorme talla como escritor, más allá de la grandeza de su obra, los libros de Perec son una eficientísima máquina de generar ternura. No se puede no querer a Perec, o, si nos ponemos lipogramáticos, y por tanto pasivos, Perec no puede no ser querido, porque para querer a Perec no nos hace falta siquiera la a.

 

10.

Así, como soy celoso de mis obligaciones como buen lector, y la carga de la asignatura pendiente de Perec se me hacía cada vez más pesada, opté por comprar la que es sin duda su obra maestra, La vie mode d’emploi. No tengo anotado cuándo o dónde lo hice, pero sí sé que fue en un lugar al que fui de visita de un día, en tren desde, seguramente París. Sé que fue ya dirigiéndome a la estación para tomar el tren de vuelta, en una librería pequeña, llevado por mi ansia de comprador compulsivo de libros, donde me hice con un libro que inevitablemente te cambia la vida. Pudo, así, ser en Chartres. O puede haber sido en otro viaje, en la Suiza francófona, no lo sé. En todo caso, no hace demasiado tiempo: tardé verdaderamente bastante en arribar al planeta Perec. A diferencia de otras obras de Perec, de poca extensión y mucho más fácil lectura, lo cierto es que la monumentalidad de La vie exige un compromiso lector que no siempre es posible, así que aún tardé un tiempo más en decidirme a entrar al inmueble de la rue de Simon Crubellier para recorrer el intrincado laberinto de sus pisos, mansardas, escaleras, chambres de bonne y otros territorios, por los que el salto del caballo del ajedrez nos conduce a lo largo y ancho de ese damero. Si no han visitado Uds. el número 11 de esa calle inventada, ya están tardando. Háganme caso, me lo agradecerán.

 

11.

No podríamos ni siquiera empezar a describir aquí lo que es La vie mode d’emploi, la complejidad de su estructura, la riqueza exuberante de su inventiva, sus innumerables personajes y peripecias. No me considero capacitado para ello, en tanto que inquilino sólo reciente y esporádico de ese centro de todas las narraciones. Apunto sólo algunas cosas: a pesar de la jovialidad y la aparente ligereza del relato, lo cierto es que Perec decidió, muy al oulipiano modo (exacerbándolo, de hecho) imponerse todo tipo de ligaduras, hasta constituir un Cahier de contraints que hace que no sólo tengamos que seguir al caballo en su transcurrir por un tablero de 10 x 10, no sólo tengamos que recurrir a bicuadrados latinos y otros artificios matemáticos, sino que en cada casilla de nuestra aventura tengamos que ubicar nombres, lugares, alimentos, colores, pinturas, muebles y todo otro tipo de presencias que hacen que lo que ya parecía una joya de orfebrería se convierta en algo más propio de una mecánica gozosamente demente. Y es ahí donde Perec nos atrapa ya para siempre: porque podemos oír su risa, sus carcajadas, mientras se afanaba en la resolución del rompecabezas que él mismo se había impuesto. A pesar de toda la tristeza terrible que atesoraba, Perec es un escritor feliz. Del mismo modo que lo es Nabokov. Y eso es lo que engancha.

 

12.

De entre la selva de historias de La vie mode d’emploi la que se diría la principal, la que de algún modo articula todas las demás, es la de un ejercicio inútil, la de la propuesta de un móvil perpetuo que se topa de bruces con la realidad de la termodinámica, con el triunfo de la entropía en forma de vejez y muerte. Bartlebooth, ese glorioso híbrido del desasido Bartleby de Melville y el mercurial Barnabooth de Larbaud, ha concebido un dispositivo para organizar su vida: recorrer el mundo pintando acuarelas (sólo marinas, sólo en lugares, pues, del litoral), enviar esas acuarelas, hacer construir con ellas puzzles de endemoniada dificultad, resolver esos puzzles en un plazo definido, reconstituir así la acuarela, que se desprenderá entonces del substrato de madera de las piezas del puzzle, sólo para ser sometida a tratamientos químicos que acabarán produciendo de nuevo la hoja en blanco prístina. Ahí, justamente, cabría empezar el nuevo ciclo, pero no hay tiempo para ello, Bartlebooth morirá el día que describe la novela, ese punto fijo en el tiempo en el que tiene lugar nuestro recorrido por el inmueble del 17e arrondissement.

 

13.

Ese día, igual que ocurre con el Bloomsday del Ulysses, que es el 16 de junio de 1904, se ha convertido en un día fetiche para los perequianos. Es el 23 de junio de 1975. Es decir, del mismo modo que este 2025 es el 50 aniversario de W ou le souvenir d’enfance, el año que ya estamos recorriendo también contiene el 50 aniversario del Bartlebooth Day (la novela en sí se publicó en 1978). Kim Nguyen Baraldi, que es el autor de un librito delicioso llamado Por qué Georges Perec, publicado en 2024 en La Uña Rota, junto con otros perequianos, como Enrique Vila-Matas, ha organizado para este año una celebración muy especial, que incluye una lectura colectiva de La vida instrucciones de uso durante dos días, desde el 22 de junio, en Barcelona. No podré estar seguramente, porque el 21 de junio es, como ya saben, mi cumpleaños, y lo celebraré en Madrid, pero me encantaría poder aparecer por allí, como perequiano entusiasta, por más que algo tardío y neófito. Groucho Marx decía que no se apuntaría a un club que aceptara gente como él, pero a mí me encanta ser parte de clubes de gente tronada como yo.

 

14.

Baraldi, de hecho, según le he oído comentar en la radio, realiza cada 23 de junio un acto perequiano maravilloso, consistente en acercarse a alguna librería de Barcelona, comprar un ejemplar de La vida instrucciones de uso y dejarlo allí para que el librero se lo regale a la primera persona que pase poco antes de las ocho. No descarto acabar haciendo algo así, o cualquier otra cosa semejante, porque es justamente a partir de esos guiños, esos juegos, esas complicidades, como la vida súbitamente alcanza un brillo inesperado, un brillo que ilumina regiones ignotas en la negrura subyacente. Es bueno inventar cosas como ésta. Perec, que intentó agotar la Place de Saint-Sulpice, que intentó describir todo tipo de especies de espacios, al que le fascinaba el metro, las estructuras urbanas, las cosas, todos los objetos de una cotidianidad infra-ordinaria, que inventó un alucinante gabinete de aficionado pleno en pinturas de todas las épocas rigurosamente documentadas y rigurosamente ficticias, entre otras muchas travesuras, habría amado esos rituales, y habría asistido a ellos con esa sonrisa suya, mirando con sus ojos dulces que alumbran desde un lago negro.

 

15.

Es justamente al final de Espèces d’espaces donde encontramos una de esas citas frecuentemente repetidas de Perec, que puedo suscribir por completo. Traduzco, presumiblemente de forma torpe, del francés:

Escribir: tratar, meticulosamente, de retener algo, de hacer sobrevivir algo: arrancar fragmentos precisos al vacío que se excava, dejar, en alguna parte, un surco, una traza, una marca o algunos signos.

Perec, sí, nos obliga inevitablemente, a responder esa pregunta, que se quiso candente justamente después de ese Auschwitz en el que pereció (ay, las homofonías) su madre: ¿por qué escribir? ¿Para qué este ejercicio que, a algunos, desde la infancia, nos ha venido impuesto por quién sabe qué potencias? ¿Para qué este sufrir por no saber expresar lo que se necesita decir, por no poder esculpir la belleza que se contempla en algún lugar del interior, o en las obras de los otros, a quienes quisiéramos emular? ¿Por qué este desvelo, esta obsesión, esta dedicación denodada y tantas veces sin recompensa? Perec hizo de la escritura su vida y de su vida escritura, y lo hizo desde un dolor profundo, pero a través del juego, a través de la brillantez y el talento. Perec fue, a pesar de todo, un escritor feliz. Y leer a Perec nos hace querer escribir. No como él, claro: simplemente escribir. J’écris… / J’écris: “j’écris” / J’écris: “j’écris…” / J’écris que j’écris… / etc., dice en el otro extremo de Espèces d’espaces. Eso es: yo escribo, yo escribo: “escribo”. Yo escribo que escribo. Feliz. O al menos, contento.

 

16.

En 1969 Georges planteó su propio esquema bartleboothiano. Seleccionó 12 lugares de París, todos ellos con algún tipo de significación para él, y decidió que durante los próximos 12 años, a partir de una compleja distribución que de nuevo implica el famoso bicuadrado latino, en este caso de orden 12, iría visitándolos a lo largo de los meses del año, para proceder entonces a una descripción, minuciosa, objetiva y lo más neutra posible, de lo que viera en ellos, que vendría aparejada a la descripción, ya no in situ, de otro de los lugares (el que mandase la tabla de distribución) a partir de los recuerdos que éste le evocaría. Los textos así escritos se introducirían en sobres que serían inmediatamente lacrados, de modo que nunca más serían leídos, al menos hasta la completitud del proceso, que habría tenido lugar en 1981. Lo cierto es que esa fatigosa rutina acabó interrumpiéndose en 1975 (otra vez el cincuentenario), pero hasta entonces, algo menos de la mitad de los 288 fragmentos inicialmente previstos, fueron redactados y archivados. Póstumamente (Perec murió en 1982, absurdamente pronto, de un cáncer de pulmón) esos textos fueron publicados, aunque sólo en 2022, en un volumen monumental que apenas he empezado a recorrer. El ser capaz de decidir un proyecto de tan largo alcance, el localizar esos puntos de referencia sentimentales en la cuadrícula de la ciudad amada y sufrida, el disciplinarse en esos inventarios y en esas rememoraciones, el practicar con esa absoluta seriedad el juego, me parece algo conmovedor, algo a lo que uno, en su modestia, quisiera contribuir, aunque sólo fuera observando desde lejos como el peregrino en su patria Perec iba compareciendo disciplinadamente para ese particular viacrucis. La aparición del libro en mi casa, hace apenas dos días, ha sido uno de esos momentos en los que la simple existencia física, como objeto, del volumen, produce un grado de felicidad que no se sabe muy bien cómo alcanzar de otro modo. Ésa es, por ahora, la última viñeta de Ma vie avec Georges Perec.

 

17.

Me dejo muchas cosas, claro, muchos porqués de la lista. Je me souviens, del que ya he hablado por aquí, con su enumeración de recuerdos modestos, disjuntos, centelleantes; el comienzo de Le Voyage d’hiver, con ese traslado, hombros soldados, que es el de Josef K. hacia la ejecución (yo, que tanto he sido Josef K.); el momento en que compré El gabinete de aficionado en el Museo Thyssen de Madrid y lo devoré asombrado allí mismo, en la cafetería; la página 656 de La vie mode d’emploi, donde hay dos niños que juegan sobre una tapia a los dados, que rima con Sebald, que rima con el Kafka del Cazador Gracchus; la presencia de Unica Zürn como penúltima entrada en el abundantísimo índice onomástico de La vie, asociada a una página en la que no está; La boutique obscure, con su lista de sueños, que resuena a una calle en Roma, a una revista en la que publicaba Cristina Campo, a Patrick Modiano, a Piazza Margana, ahí mismo, y sigue el hilo y se va bifurcando, y esto pasa tan a menudo. Es tan gozoso saber que Perec está de nuestro lado, que sonríe, benevolente y un poco irónico, con el cigarrillo entre los dedos, mientras nos perdemos por una ciudad llena de conducciones subterráneas y de substratos y de metros que avanzan y de otras cosas obscuras que están al fondo, en el vacío en que excavamos para extraer siquiera algunas briznas.

 

18.

Cuando decidí que haría una entrada sobre Perec, me pareció apropiado imponerme yo mismo un cuaderno de cargas para realizarla. Así, la entrada seguiría la pauta de W ou le souvenir d’enfance, habría dos líneas paralelas de fragmentos. En una se desarrollaría una ficción distópica relacionada de algún modo con el totalitarismo, de triste y plena vigencia estos días, ay. En la otra, habría una sucesión de recuerdos de infancia, pues yo, más afortunado que Perec, sí tengo abundantes recuerdos de mi infancia. Me puse manos a la obra. No fui capaz. No porque las ligaduras fueran excesivas, ni mucho menos: no pude hablar de mí. Me atacó un súbito pudor, no pude compartir escenas de una absoluta trivialidad e inocencia, pero de hondo significado para mí. Tuve que cambiar de planes. Mi vida no contiene, por suerte, grandes traumas, y mi historia no es particularmente reseñable, pero lo cierto es que, ni siquiera dentro del juego, ni siquiera como homenaje, tuve el valor de hacer lo que Perec acabó haciendo, desde una posición infinitamente más complicada y dolorosa. Ahí, mucho más que en el divertimento de pergeñar un texto lipogramático para empezar la entrada de hoy, me di cuenta de lo complicada que es la escritura aparentemente fácil de Perec. Ahí, humildemente, reconocí ya sin ambages su magisterio.

 

19.

Cuando, en Espèces d’espaces, Perec describe el plan de una obra en curso, que sería Lieux, Lugares, se refiere a los sobres lacrados donde irían introduciéndose los textos para el futuro, como bombas de tiempo. Bolaño, tan adepto a Perec, hablaba, ya lo hemos contado por aquí, de sonrisas lentas que legar a los amigos. Mi obra, abundante y quizás deleznable, por usar un término borgiano, fragmentaria hasta el desmenuzamiento, personal hasta lo inhabitable, tictaquea obstinadamente a mi alrededor. Todos los escribientes nos empeñamos en el hilado de telas de araña que no atraparán mosca alguna, salvo quizás en un futuro en el que ya seremos sólo, en el mejor de los casos, el nombre en la cubierta. Eso es al cabo el texto, un tejido. Perec amaba el punto de cruz, además de las palabras cruzadas de los crucigramas. Este torpe bordado en el que mis dedos, en los que la artrosis ya no disimula su presencia, se afanan puede acabar, quién puede decirlo, adornando cualquier aparador en cualquier estancia inimaginable del futuro, como los paños que el ganchillo incansable de mi abuela hacía aparecer por cualquier superficie disponible de su minúsculo piso, que estaba frente al de mi infancia, en un rellano del que hablaba en el texto fallido de mi entrada-W, de mi entrada que iba a ser una doble A, pues una W dada la vuelta y tachada es una doble A, la inicial de mi nombre y la inicial del nombre del otro que también soy.

 

20.

De todas las máquinas (célibes o no) de ternura cuyas ruedas dentadas escuchamos en la obra de Perec, la más productiva, la que destila la ternura más pura y dulce como la miel es, al final, la de su propia biografía. Si se la recorre, por ejemplo en la obra de Claude Burgelin, uno aprende cosas maravillosas, como que el joven Georges era un jugador excelso de pinball, de lo cual se jacta en alguna de sus cartas. O que tenía un portulano, que le había regalado en su infancia su prima Bianca, y que le acompañó por todas sus casas, hasta llegar a aparecer en la portada de la primera edición de Espèces d’espaces. Una vez decidí, cuando era aún tan joven yo mismo, recopilar mi sin duda abundantísima y, ahora sí, perfectamente deleznable, poesía bajo ese título, Portulano, uno de los más evocadores que pueda imaginar. Ese mapa ancestral, en el que la sucesión de nombres de puertos, cabos y otros accidentes del litoral cubre todo el espacio disponible, hasta llenar el mar de letras, de nombres, define bien el espacio de espacios, el espacio de sueño donde se puede estar tranquilo para escribir sin término. Georges, que siempre supo muy bien que su apellido no era Perec, sino Peretz o cualquier otro modo de transcribir un apellido hebreo, que no pudo visitar la tumba inexistente de su madre, la cual, como todos los miembros de su familia, ostentaba una dualidad de nombres, el original judío y el francés, que inventó tantos nombres de personajes para sus obras, que amaba las listas, los catálogos, los inventarios, las enumeraciones (como ésta), Perec tuvo siempre al alcance de su mirada ese mar de nombres, tuvo siempre a mano un documento que mostraba las líneas de fuga del viaje, Perec supo que eso era algo que necesitaba para vivir, y nunca se desprendió de ello. Yo también necesito un portulano y lo he intentado dibujar muchas veces, pero soy muy torpe dibujando, por eso he decidido, hace ya algún tiempo, escribirlo, como un juego, como un pálido juego de reglas abstrusas y parcialmente secretas, y me siento muy honrado de que Uds. participen de este juego, porque a la gente a la que siempre nos parece que nos falta algo, es muy posible que nos falte de verdad algo en realidad, aunque no sepamos muy bien el qué, y no sea simplemente una letra, o una imagen, o un nombre, pero algo nos falta, y por eso escribimos, para que algo permanezca, para que algo no se pierda, para arrancar al vacío pequeñas briznas, para estar juntos, para aportar algo, por mínimo que sea, a las instrucciones de uso de la vida.