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viernes, 11 de julio de 2025

En el Nocturama

 


El mundo, por decirlo así, se vacía a sí mismo, porque las historias unidas a innumerables lugares y objetos, que no tienen capacidad para recordar, no son oídas, descritas ni transmitidas por nadie.

W.G. SEBALD, Austerlitz


Cuando el rostro se enfrenta al espejo, el espejo lo reflejará, tanto si lo desea como si no.

MEISTER ECKHART

 

1.

El narrador de Austerlitz, que es y no es W.G. Sebald, el autor del libro, declara sentirse mal, sin causa aparente, a su llegada por tren a Amberes. Atormentado por el dolor de cabeza y los pensamientos desagradables, se refugia en el Zoo, que está a poca distancia de la Centraal Station, y allí se sienta junto al aviario hasta sentirse mejor, y luego pasea por el parque hasta entrar, ya cerca del mediodía, en el Nocturama, inaugurado sólo hace unos meses. El Nocturama, por supuesto, es una instalación diseñada para que las especies de hábitos nocturnos puedan ser exhibidas al público dentro del horario diurno de apertura del zoológico. Así, en ese local, se invierte el flujo temporal, de modo que, en una obscuridad artificial, y cada uno en sus cubículos o jaulas o celdas, los animales puedan mostrarse activos a los espectadores que se les acercan en la penumbra y los observan detrás, probablemente, de una lámina transparente de vidrio o metacrilato.

 

2.

No creo que quede nadie ya que siga suscribiendo la postura ingenua y bienintencionada de que se puede remedar el hábitat de los animales salvajes en mitad de una metrópoli y, salvo quizá a los niños muy pequeños, a todo el mundo la experiencia de una visita al zoo le produce una sensación, como mínimo, agridulce. El artificio del Nocturama parecería multiplicar esa situación abusiva pues, decididamente, sólo en un interior puede simularse la noche cuando es el día y, así, esos animales nocturnos, que, como apunta Sebald suelen tener ojos sorprendentemente grandes, se mantienen encerrados durante toda su vida en los espacios reducidos que se suceden para que el paseo del cliente resulte eficiente, ilustrativo y placentero.

 

3.

Dice Sebald (estamos literalmente en la segunda página de su obra culminante, y si nos estamos paseando por el Nocturama será por algo):

Necesité un buen rato para que mis ojos se acostumbraran a la semioscuridad artificial y pudieran reconocer los distintos animales que, tras los cristales, vivían sus vidas crepusculares, iluminadas por una luna pálida.

Se extiende entonces en una enumeración de los animales que probablemente contempló ese día, pues no recuerda exactamente ya cuáles fueron: murciélagos, jerbos, erizos, búhos, lechuzas, martas, lirones, lémures. De entre ellos hay uno cuyo recuerdo sí ha persistido durante los años:

…el mapache, al que observé largo rato mientras él estaba con rostro serio junto a un riachuelo, lavando una y otra vez el mismo trozo de manzana, como si confiase en poder escapar mediante esos lavados, que iban mucho más allá de toda meticulosidad razonable, a aquel mundo falso al que, en cierto modo sin comerlo ni beberlo, había ido a parar.

 

4.

En las obras de Sebald, ya lo sabemos, se incluyen fotografías, que tienen las más de las veces una relación ambigua y oblicua con la trama, y con cuyo valor documental o testimonial se juega, en ese filo entre ficción y realidad en el que siempre se mueve el alemán. En este caso tenemos cuatro, cortadas de modo que sólo muestran los ojos, primero de dos animales nocturnos y presentes pues en el Nocturama, un lémur (esa especie que ostenta el nombre que servía en latín para denominar a los fantasmas) y un búho. Esos ojos tan grandes y esas miradas tan penetrantes de los animales que viven en las sombras le sugieren al narrador ojos y miradas de algunos pintores y filósofos. Así pues, los otros dos pares de ojos corresponden a Jan Peter Tripp (el pintor con el que Sebald compuso Unerzählt, aquí traducido por Sin contar, un libro híbrido de poemas y de miradas) y a nada menos que Ludwig Wittgenstein.

 

5.

La visita es breve y también lo es su recuento, aunque la intensidad es tan grande que produce resonancias en el narrador y su relato y también en el recuerdo de nosotros, los lectores. Lo último que dice Sebald al respecto es extremadamente significativo:

Además, creo que me rondaba también por la cabeza la pregunta de si, al caer la verdadera noche, cuando el zoo se cerraba al público, encendían para los habitantes del Nocturama la luz eléctrica, a fin de que, al hacerse de día sobre su universo en miniatura invertido, pudieran dormir con cierta tranquilidad.

En efecto, en ese espacio artificial, convertido en vivienda de decenas de seres vivos que sin comerlo ni beberlo han acabado allí, la alternancia de día y noche debería ser preservada para que sus ritmos vitales, que son los opuestos a los nuestros, no se vean demasiado alterados. Esa imagen de un zoo desierto, de la obscuridad en los lugares en los que dormitan los diurnos, rodeando un único reducto de luz en el que justamente también duermen aquellos que necesitan para estar vivos de la noche, es una de las muchas sugerencias inagotables que aparecen ya en las primeras páginas de Austerlitz y está en el origen de esta entrada, en el que voy a tratar de perseguir alguno de esos hilos.

 

6.

En primer lugar, Sebald tampoco hace demasiado para ocultar sus trucos de prestidigitador, pues inmediatamente nos informa de que, en su memoria (esto es, en la memoria del narrador, hay que ser cuidadosos con esto), el Nocturama se mezcla con las imágenes de la llamada Salle des pas perdus de la Centraal Station de Amberes. Y eso nos lleva al pasado colonial de Bélgica, una de las aventuras humanas más crueles y destructivas que puedan concebirse, bajo la égida del rey de los belgas, Leopoldo, emperador del Congo y genocida. Los animales exóticos forman parte de la decoración del gran vestíbulo, cuyas dimensiones empequeñecen a los transeúntes o a los que esperan los trenes, devenidos así razas enanas como las que pueblan el Nocturama, de modo que al narrador le roza el pensamiento de que se trataba de los últimos miembros de un pueblo reducido, expulsado de su país o en extinción, por lo que esos únicos supervivientes tenían la misma expresión apesadumbrada de los animales del zoo, en esa hora vespertina en la que la enorme sala se iba obscureciendo como el Nocturama con un crepúsculo de inframundo.

 

7.

Entonces se produce el encuentro del narrador con Jacques Austerlitz, sobre cuya historia trata la narración, un hombre cuya identidad se vio suprimida cuando tuvo que abandonar Checoeslovaquia en un transporte para niños que le llevó a una estación (otra, pero todas las estaciones resuenan, como la de Lucerna en llamas, también evocada aquí), como resultado del avance nazi y la instauración de las políticas de exterminio que acabaron recibiendo el eufemístico nombre de Endlösung, esto es, solución final, y que devinieron a la larga en la aniquilación, o Vernichtung de millones de seres humanos, de diferentes nacionalidades, procedencias, etnias, edades y condiciones. Otros muchos elementos, a partir de la semilla sembrada con el Nocturama y la estación van apareciendo, para ir apuntando sus frases musicales a la gran sinfonía. Lo primero, las fortificaciones, especialmente una, la de Breendonk, donde fue torturado Jean Amery, uno de los escritores supervivientes en torno a los que Sebald gira. Los trenes inevitablemente apuntan a la logística de pesadilla de esa vasta operación de conducción hacia los campos de exterminio, que se llevó a buen término con la inestimable colaboración de cientos y miles de personas que se tendrían sin duda por probos funcionarios y patriotas intachables, bajo la dirección irreprochable de ese representante insuperable de la banalidad del mal que fue Adolf Eichmann.

 

8.

Pero no se trata aquí de seguir la trama de Austerlitz ni tampoco de extendernos en el recuento histórico de esas atrocidades (aunque conviene tenerlas bien presentes, ahora que estamos asistiendo, mano sobre mano y mirada, en el mejor de los casos, de soslayo, a otro nuevo genocidio en Palestina, que sumar a los de la Segunda Guerra Mundial, el colonialismo o tantos otros), sino de intentar desentrañar todo lo que despierta la breve narración de la visita al Nocturama, o al menos lo que me despierta a mí, que vuelvo y vuelvo a ella y a Sebald. En ese sentido, en mi maltratado ejemplar de Austerlitz, que he recorrido ya tantas veces, aparece, de manera inevitable, anotado al lado de la descripción de ese espacio invertido “peep show”, pues hay una congruencia óptica y geométrica en esas disposiciones (y en otras muchas, alguna de las cuales irá saliendo por aquí).

 

9.

La asimetría en la mirada, la iluminación artificial de un ámbito reducido y cerrado, la penumbra o la inaccesibilidad visual que proporciona un espejo parcial del lado del espectador, la sordidez del espectáculo, el que se produzca sin posibilidad alguna de comunicación táctil entre los dos ámbitos separados justamente por una lámina, una superficie esencialmente bidimensional que con su escaso grosor delimita parcelas inmiscibles del Cosmos… todo eso me lleva necesariamente a otro lugar, a otro Nocturama humano, un local sin nombre conocido (no nos lo proporciona la película) en el que, entre otras criaturas, y de vez en cuando, cuando es requerida, un lémur llamado Jane Henderson se ofrece a las miradas de personajes anónimos que han pagado por ese servicio, y por supuesto a las miradas de todos nosotros, espectadores de cine, voyeurs de voyeurs, en la penumbra de las butacas, absortos en la contemplación de lo que aparece en el otro lado de la pantalla.

 


10.

Hablo, claro de Paris, Texas. Jane está interpretada por Nastassja Kinski. Su exmarido, Travis, magistralmente representado por Harry Dean Stanton, y su hijo Hunter (de apellido real Carson) la han localizado en Houston tras no pocas peripecias. Siguen a su utilitario hasta la trasera de un edificio en las afueras. Allí se queda Hunter, en el coche, mientras Travis se introduce, justamente por la puerta de atrás, en el garito, que no está realmente operativo a esas horas. Nunca vemos la entrada principal, seguimos con Travis un itinerario por los lugares que están normalmente vedados a los visitantes, esos pasillos de servicio que utilizan los cuidadores del Nocturama para llevar los alimentos o limpiar las jaulas (la división es así, por lo menos, cuatripartita: el lugar sombrío, el lugar artificialmente iluminado, y lo que hay tras las puertas, esos fondos del edificio y el día calcinante del exterior de la instalación). Finalmente se produce el encuentro, un encuentro mediado por la plancha de metacrilato tras la cual aparece Jane, de rosa, en una especie de remedo de una habitación de hotel. La comunicación se produce mediante un teléfono y un intercomunicador. Ella no puede ver a su cliente. Sólo al final, tras el primer intento frustrado, Travis encontrará el modo de que su sombra acompañe a la figura luminosa de Jane, destruyendo el espejo parcial, iluminándose para que la luz refractada adquiera más potencia.

 

11.

La idea podría ser entonces, la siguiente: existen unos lugares que podemos llamar cápsulas donde se encierran a animales o seres humanos en ámbitos con decoraciones artificiosas para que procedan a realizar lo que hemos venido a ver: un striptease, un número, el compulsivo lavado de un trozo de manzana, un languidecer tan sólo, acaso. Por supuesto, la estructura es escalable, y puede ser reinvertida. Para el dentro, nuestro dentro es el fuera. En sus obscuros corredores, las chicas que trabajan en el peep show texano se encuentran entre ellas y con sus pimps, comen y beben, esperan las llamadas. Travis transgrede el tabú de la frontera, y con él lo hace el ojo mecánico que lo acompaña, y por eso nosotros también podemos abandonar por un momento ese fuera irrebasable que es el de los espectadores de cine para estar en ese dentro, que limita con el dentro de las cabinas. Cuando salgamos de la sala y vayamos al metro o al coche, generaremos de nuevo otras cápsulas. Nos dirigiremos a nuestra casa y nos sentaremos en mesas como ésta, que acaso tendrán una ventana delante, como ésta, y que contemplarán un fuera que parece ilimitado, mientras los habitantes de ese fuera, que a lo mejor son bañistas en una piscina, pueden, distraídamente, dirigir su mirada al hombre que teclea en el tercer piso, desde su estar dentro de sí, para el que la morada de otro es un lugar en principio prohibido. Y así sucesivamente.

 

12.

Es decir, la estructura del Nocturama es la del peep show, que es la del teatro, con su caja obscura y sus filas de butacas, que es la de los escaparates de las avenidas violentamente iluminadas, que es la de nuestras viviendas y dentro de ellas nuestras habitaciones, y es la del cuerpo que protege a toda costa su homeostasis y es la de los acuarios con su espacio azul y sus peces en una travesía interminable que no les conduce más que a la misma pared tras la cual parecen adivinarse otros monstruos abisales inconcebibles, que somos nosotros. En esas estructuras dos espacios se yuxtaponen y, al hacerlo, lo hacen dos tiempos que son inmiscibles e insincronizables, por más que se dejen someter por el relato, que siempre se formulará desde uno solo de los lados (a salvo de esa especie de intercambio mágico del Axolotl cortazariano, otro de esos animales encerrados que ya ha aparecido por aquí).

 

13.

No sé, llevo muchos días, más de lo normal, pensando esta entrada y veo que no soy capaz de transmitir, no ya el concepto, sino la sensación que me acompaña cuando mis pensamientos deambulan por esa especie de laberinto, de esa construcción como la del último animal kafkiano de Der Bau, una sensación que me avisa de que estoy cerca de algo, de que hay un hallazgo decisivo que tengo al alcance de la mano, que tantos años de dedicarme a la Óptica, y estudiar los dispositivos artificiales de producción de imágenes, y muy en particular los espejos, pueden acabar conduciéndome a algún lugar… Son tiempos fecundos, pero también de continua zozobra, éstos en los que intento llevar a buen puerto un proyecto de novela que está cobrando vida propia, con lo que eso supone de profusión de excrecencias y miembros de hidra, con lo que eso supone de ingobernabilidad y sequía y borbotones.

 


14.

Pero hay resonancias. El otro día, sin ir más lejos, en La infancia de Iván, de Andréi Tarkovski (porque, sí, he vuelto a Tarkovski, como a Sebald, como a otros autores que sé que son buena compañía en estos trances), en una de las secuencias oníricas, la madre le dice a Iván que hay una estrella que habita en el pozo, y que está ahí porque para ella ahí, en la negrura del pozo, es de noche, aun cuando sea de día. Los espacios capsulares permiten esa disrupción, permiten, con el mero accionar de un interruptor, generar vigilias infinitas, torturas de privación de sueño, o bocas de lobo, o suaves penumbras propicias a las caricias. En Solaris la cápsula lo es literalmente. Cuando Kelvin quiere deshacerse de la primera Hari, esa criatura oceánida que ha aparecido en la estación espacial (otro ámbito hermético, pues fuera de ahí no se puede respirar ni sobrevivir), la introduce en un vehículo espacial y la eyecta al exterior, a un vuelo sin rumbo ni término en el que ella, ominosamente, sobrevivirá, pues esas criaturas son indestructibles, al menos mientras Sartorius no acabe de perfeccionar su rayo mortal.

 

15.

En mi gozosa relectura de La vie mode d’emploi de Georges Perec me encuentro con el capítulo L, en el medio, en el quicio, en el lugar de esa superficie que separa las fases, un capítulo literalmente lleno de mises-en-abyme en cascada, con espejos y cuadros, y cuadros en los que hay espejos y espejos que reflejan cuadros en los que hay espejos, y alguien, del lado de acá (y entonces se enciende la máquina de pensar en Rayuela y en tantos otros espejos cortazarianos) que narra todo eso y alguien del lado de más acá, que lo lee, yo, y alguien, del lado de allá, ustedes, que lo leen, mientras todo tiene lugar en una pantalla bidimensional, ésta, en la que van brotando las letras.

 

16.

Así pues, una vez más, mi mundo ha devenido especular, y mi conciencia del Nocturama se ha vuelto a despertar. Escribir es algo que genera inmediatamente estructuras de Nocturama. En la jaula del libro cerrado se apelotonan las criaturas planas de nuestros relatos. Al abrirlo, las páginas se convierten en un paisaje. Pero en ese paisaje sólo hay palabras (y, si uno es Sebald, fotos, pero las fotos abren sus propios Nocturamas y el problema sube su dimensionalidad, estamos ya decididamente escalando el Monte Aleph), así que ese paisaje no es más que otra-vez-nosotros, allí estampados y yacentes, aptos para nuevas contemplaciones, lémures sobrevenidos, y por lo tanto, este gesto aparentemente inocente de enunciar una frase nos duplica, nos triplica, nos multiplica, somos el animal prisionero que intenta de algún modo contarle su historia al pálido reflejo de sí mismo que ve en la lámina de metacrilato (pues toda lámina transparente es a la vez un precario espejo), y somos el espectador que comenta qué ojos tan grandes tienes, y somos el cuidador en su submundo de calderas y tuberías y despensas y cuartos cerrados, y somos el guardián en la puerta y el que nos ha vendido la entrada, y el fotógrafo que nos ha retratado inesperadamente al cruzar el umbral y somos, interminablemente, los habitantes de esas fotos que abren nuevas salas de Nocturama y que son igualmente cápsulas en vuelo asintótico. Y sí, así sucesivamente, así infinitamente.

 

17.

Esta especie de inestabilidad ontológica no me es, desde luego, desagradable. Sólo, a ratos, me abruma, pues intento domeñarla, intento estabular a todas las criaturas fantásticas que de repente han dado en ser pobladoras de Nocturamas incontables. Cuando me dejo llevar por el vértigo de las asociaciones, cuando soy un surrealista digno de tal nombre todo se parece a todo y en todo hay una clave para entender todo. Entonces, dos rectángulos yuxtapuestos parecen servir para la descripción definitiva: el lado de dentro y el lado de fuera, falsos ambos, pues luego hay otros rectángulos, y el manto donde reposan los rectángulos, que es ese lugar que Nabokov aconseja escribir siempre con comillas, la “realidad”. Y ahí justamente todo se intrinca, todo se desposee, todo se astilla, todo se remezcla. Ésas son las tardes del éxtasis, las noches de la maravilla. Ocurren una vez cada milenio. Ayer mismo, sin ir más lejos.

 

18.

Sí, escribo frente a una ventana, ya lo saben. El vidrio de la ventana es transparente. Cuando es de día, como ahora, la luz transmitida es la predominante, y yo veo lo de fuera. Lo de fuera también me ve, pero vamos a ignorar esa parte del problema. Pero, cuando se hace de noche (sea del lado que sea en el Nocturama), la luz transmitida empieza a disminuir, y la parte de la reflexión en el vidrio, que siempre ha estado ahí, se hace visible. Es decir, se hace visible mi rostro. Empiezo a estar de los dos lados. Si mis ojos se dirigen a la pantalla del ordenador, también allí aparezco, tenuemente. El papel de la libreta o las páginas de un libro son mates, y opacos, pero hay tantas superficies reflectoras que nos acompañan o nos acechan… En The philosophy of furniture, el presumiblemente catoptrófobo Poe (otros temerosos de los espejos ilustres fueron, claro, Borges, o Unamuno, o Juan Ramón, durante un tiempo estudié mucho eso) desaconseja el glitter (Baudelaire lo traduce por éclat, “brillo” no parece ser exactamente el equivalente) y en particular deja claro que los espejos en una estancia la desordenan, la quitan su forma, y de ese modo la despojan de toda armonía posible. Pero da lo mismo, siguen ahí los reflejos, y, si uno se fija, no hay compañeros más fieles ni más despiadados.

 

19.

Anoche había luna llena. Me sorprendió verla desde mi mesa, mientras escribía. La saqué una foto. En esa foto la reflexión en el vidrio de la ventana hace que el lado de acá (la cortina, las estanterías llenas de libros) se proyecte hacia el lado de allá, ese lugar donde habita el Océano de Solaris. En medio, milagrosamente encuadrada, junto a la casa de enfrente, que está donde debe, la luna, redonda, brillante, más pequeña en la imagen fotográfica que en el engaño de nuestra percepción. Todo, lo transmitido y lo reflejado, parece estar en el mismo plano, habitar el mismo ámbito. Sí, un engaño. Duplicado, además, por el carácter de doble superficie refractora y reflectora de la lámina de vidrio de la ventana. Esas filas de libros que se sostienen en el aire, como esa vela duplicada de las Magdalenas de Georges De La Tour, esa imagen de Jane en su dentro, pero enfrentándola, que se superpone con precisión mágica (de la magia de ese otro prestidigitador que es Wim Wenders, otra presencia protectora) con la de Travis, que ve de su lado esos mismos dos rostros al revés, esa extraña imagen de sí mismo que acaso verá el mapache en su metacrilato mientras se pregunta por qué esa criatura, que no sabe reconocer que es él, lava una y otra vez un trozo de manzana, todas esas rupturas de la pared, que es la cuarta o la cuadragésima en esta compleja escenografía del vivir, todas esas trayectorias inerciales en el espacio que conducen a la estación Prometeo, todas esas líneas de la página que se hacen inesperadamente perpendiculares y nos perforan el pecho, son la prueba de que hay otro modo de contarse la vida, y si hay otro modo de contarla, hay otro modo de vivirla.

 

20.

El 22 de julio de 2014 estoy en Trieste. Ese día he comprado libros, recorrido la ciudad, una vez que me he encontrado el Castillo de Duino cerrado (volví al día siguiente, y ya había estado, ya bien lo saben Uds., en 2012, y luego volví en 2019), por la tarde ha llovido, menos que la tarde anterior, en la que una tormenta me obligó a cobijarme en los arcos de la Piazza dell’Unità. Por la noche, en el Hotel Urban, en un escritorio más bien precario y nefastamente iluminado, sigo escribiendo en mi libreta. Escribo mi novela de entonces, en ese proceso que de algún modo intento reproducir estos días. Frente a mí, no una ventana, no el tímido reflejo en un vidrio cuya misión es la transparencia, sino un espejo. Un espejo enorme, rotundo. Dentro del espejo, otro, yo, un zurdo, un escritor que escribe, al revés, lo mismo que yo escribo. Por el mismo precio podría, atravesando los obscuros corredores, aparecer Jane o un lémur. La extrañeza de ese dentro plano y profundo, suscitado con mi gesto de encender la lámpara, extinto cuando ésta se apaga, me subyuga. Escribo estas frases, que pasaron prácticamente tal cual a Morgana en Duino

En esta mesa escribo con un gran espejo, que me refleja, como le es inevitable, a tenor de lo prescrito por el Maestro Eckhart, en todo momento, y en cuyo espacio-otro, el zurdo que soy produce irreprochables líneas de escritura inversa, que, con cierta destreza, podemos seguir en el preciso instante en que se escriben, sin más efecto que un leve desvío en su paralelismo. Esa visión del Otro, de la Otra Mano, la que avanza hacia nosotros desde el agua del espejo, es una conveniente ilustración de cómo la escritura es, ante todo, secreción, y también extrañeza: emisión de símbolos que a duras penas tendrán otro sentido que su insistencia en tiznar los blancos lechos de los cuadernos que habitan por igual de un lado y de otro del espejo.

Sí, algo así es.

 

y 21.

Al comienzo del poema de John Shade, en esa obra maestra que es Pale fire, de Vladimir Nabokov, de cuyo título nace el nombre este blog (el título nos recuerda que la luna, la pálida luna que igualmente invocaba Sebald al principio de la entrada, es también un espejo, pero de eso ya nos tendremos que ocupar en el futuro, dado que las ocurrencias del espejo son infinitas), hay un escritor frente a una ventana contemplando un pájaro y junto al pájaro su propio reflejo, en una confusión de dentro y fuera que en Nabokov, inequívocamente, remite a un dentro y un fuera primordiales, a un lado y el otro de esos paréntesis que para él encierran la vida, ese suspiro entre dos negruras. La belleza de esos versos ha de apreciarse en el original, y por eso los dejo así aquí para terminar esta entrada arrebatada. No me animo a traducirlos, aunque traducciones hay. Déjense llevar por ellos, contienen toda la sabiduría que se requiere para orientarse en estos extraños mundos vítreos, hialinos y cristalinos del estar y no, del ver y el ser visto, de la luna en el cielo y la luna del espejo y el espejo de luna y los lunáticos, que leemos y escribimos de noche, a veces imprudentemente sentados frente a un espejo, un espejo que nos recuerda que del otro lado del texto están los lectores, esos que, leyéndonos, nos convierten en el pájaro de fuera y nos invitan al interior de sus casas, donde la lumbre del hogar nos acompaña en las noches obscuras del alma.

I was the shadow of the waxwing slain

By the false azure in the windowpane;

I was the smudge of ashen fluff – and I

Lived on, flew on in the reflected sky.

And from the inside, too, I’d duplicate

Myself, my lamp, an apple on a plate:

Uncurtaining the night, I’d let dark glass

Hang all the furniture above the grass,

And how delightful when a fall of snow

Covered my glimpse of lawn and reached up so

As to make chair and bed exactly stand

Upon that snow, out in that crystal land!

Yes, indeed, how delightful!


viernes, 17 de mayo de 2024

Los retornos

 Fragmentos para un relato

 

Que sean muchas las mañanas de verano

en que llegues —¡con qué placer y alegría!—

a puertos nunca vistos.

C.P. CAVAFIS, Ítaca

 

1.

La historia ya se ha contado en otro lugar.

En el lobby de un hotel hay una mesa larga con sillas. Un viajero, ya de noche, baja y se sienta en ella a escribir en una Moleskine negra. Sobre la mesa, tres, cuatro libros, alguno en italiano.

Es el 4 de enero de 2012. La ciudad es Trieste.

El viajero soy yo.

 

2.

El 4 de enero de 2012 estuve por primera vez en Duino. El 21 de enero de 1912, casi exactamente cien años antes, cuando paseaba por el sendero que hoy lleva su nombre, en las inmediaciones del Castillo de la Princesa Thurn und Taxis, al borde de las falesie que rodean la bahía de Trieste, Rilke cree oír los primeros versos de sus Elegien, que le llevará diez años concluir. Quién si yo gritara... Enfebrecido, durante los próximos días, concluye las dos primeras elegías y esboza algunas más.

Es posible que nadie en los órdenes angélicos le escuchase, sí, pero al menos una de esas voces le alcanzó, fulminándolo. Nada podría ser igual desde entonces.

 

3.

En enero de 2012 mi vida es realmente complicada, sobre todo, pero no exclusivamente, por motivos familiares, que vienen perfectamente al caso, pero que no revelaré aquí. El verano anterior tuve que cancelar apenas un par de días antes un viaje a Múnich y Viena, que acabaría realizando en el verano de 2012. No me moví de Madrid toda la segunda mitad del annus horribilis que fue 2011, salvo para un viaje a Ronda, en busca de lo que fuera que encontró allí Rilke. Un viaje sombrío y también luminoso, en ese paisaje vertical. Escribí muchos poemas esos días en mi Moleskine negra, la que luego viajaría conmigo a Trieste. Tuve miedo y estaba triste. Pero también vislumbré un camino que finalmente se me abrió esa mañana tan fría de enero, con ese cielo tan encapotado, mientras sorteaba mi vértigo para caminar por las huellas de Rilke.

Ésta es, pues, la historia de una resurrección. Para resucitar hay que estar muerto.

Los resucitados, inevitablemente, vuelven a morir. Pero aún no estamos en eso.

 

3.

Hay un momento concreto en el autobús de vuelta que me retorna a Trieste después de mi peregrinaje al Castillo de Duino en que siento, dentro de un cansancio infinito, una alegría distinta. La alegría de haber concebido y ejecutado con éxito un plan demencial, casi absurdo, la celebración privada y clandestina del centenario de un acontecimiento mágico y decisivo, against all odds. El miedo sigue, sigue la tristeza, pero ahora las anotaciones en las libretas, que en realidad nunca han cesado, orientan sus puntas de flecha en otra dirección, acumulan un impulso que irá desarrollándose en los siguientes años.

Nos damos cuerda. De vez en cuando nos damos cuerda. Somos juguetes mecánicos, y nuestra hojalata está ya un poco oxidada.

Quiero pensar que fueron tus manos las que me dieron cuerda. Pero no, fue otra cosa. Fue la niebla.

 

4.

Llamé a mi amiga H. en ese viaje del bus, que concluía en la Estación de Autobuses de Trieste, un lugar obscuro y gris, al menos entonces. Le conté que lo había conseguido. Había conseguido que la palabra arcana que fue Duino cuando la leí por primera vez, entonces en la edición de las Elegías de Cátedra a cargo de Eustaquio Barjau (deben de ser los primeros noventa), se convertiera en un lugar en el espacio, en un momento en el tiempo. De las propiedades de la Princesa Marie von Thurn und Taxis se dice que son esas Elegías, y yo venía de esas propiedades, exhausto, abatido, pero en cierto modo renovado, agarrándome a la esperanza de la literatura, que tan a menudo me había resultado aciaga, que había prácticamente abandonado durante años.

No hubo ángel para mí, y si lo hubo habló en una frecuencia que sólo pude entender después. Hubo, sí, los árboles a los que Rilke se abrazó, los acantilados. Hubo una extraña sensación de desintegración, de despersonalización, que resultó, a la larga, sanadora.

Hubo un café, más anotaciones, una cierta paz.

Pero todo esto ya se ha contado en otro lugar. Puede leerse allí.

 

5.

Había niebla y el mar era gris. La niebla permite substituir unas figuras por otras. La niebla es moldeable como el barro. Pero es tirana, pues es ella la que dicta lo que puede y no puede ser visto. La perspectiva de la bahía era un arcoíris de grises, blancos, azules obscuros, negros. Esa era la paleta que se me ofrecía, y yo la acepté.

Busqué mejor. Sí, allí estaba.

Gracias por la niebla.

 

6.

En la soledad, a veces, los dioses nos son propicios y nos otorgan presentes, por más que cualquier presente de los dioses sea una caja de Pandora que desparrame los vientos por toda nuestra existencia. Aquello ya estaba allí. No abrí el regalo hasta más tarde, tuve que volver a Duino dos años después para extraer todas esas cuentas de vidrio y reunirlas en un collar. Los ángeles de esa segunda visita veraniega y mucho más consciente entonaban otros himnos. También sirvieron, aunque no había ya ninguna niebla en la que pudiera cobijarse una epifanía.

Sirvió, sirvió de todos modos. Por eso desde entonces y ya para siempre mi imagen es la del árbol de Duino. Por eso mis simulacros deshojados siguen allí y me reconocen cuando vuelvo.

Había sido todo un puro juego, una pura mise-en-scène, para hacerme el interesante: lector de Rilke, súbito peregrino, engolado cronista. Sí, sí, todo eso es verdad. Pero también fue verdad lo otro, aunque no se pueda expresar, por más que uno escriba libros enteros.

Y de lo que no se puede hablar es preciso callar, acaso. Pero hoy, aquí, yo les sigo contando.

 

7.

No creo que a H. le dijera todas estas cosas en el trayecto del bus, entonces todo resultaba más primario. Si releo las notas de esos días (no lo hago, no quiero hacerlo, no quiero documentarme para esta entrada, tiene que salir así, del tirón) lo que estaba en juego era lisa y llanamente el fin del mundo. Se trataba de elegir el traje para el Juicio Final y de orientarse bien en la rave del Apocalipsis. Y todo eso en medio de una fatiga apisonadora.

Es lo que tienen los fines del mundo: son puntuales, nunca faltan a su cita. Y luego, inevitablemente, el mundo sigue.

 

8.

No recuerdo realmente los detalles de esa tarde del 4 de enero, a la vuelta de Duino. Sólo sé que en algún momento entré en la librería Achile, una librería de viejo que se cuenta entre los lugares más emblemáticos de Trieste (y eso es mucho decir). La recorrí, eso sí lo recuerdo, morosamente, ya en ese estado de ligereza y de contento que me había proporcionado el hecho de haber salido airoso de mi misión autoimpuesta. Encontré (es una librería italiana) la traducción francesa de la curiosa memoir de Magda von Hattinberg, Benvenuta, donde narra, muy a su modo, la extraña (cuál no lo es) historia de amor entre ella y Rilke. Es una edición de 1947. No conocía realmente entonces bien la historia de Benvenuta. Luego, con el correr de los años, llegué a escribir todo un ensayo sobre las cartas que Rilke la había dirigido (en paralelo con las cartas a Felice, de Kafka, ya he hablado de eso por aquí).

Compré otro libro. Era mi primer libro de Claudio Magris, creo. Cuando decidí que iría a Trieste (ni siquiera supe que Duino estaba al lado de Trieste hasta muchos años después de aquella primera lectura de las Elegías) aprendí que Trieste no es cualquier lugar en el mapa europeo, que ha sido una verdadera encrucijada y que hay muchos autores literarios, triestinos o no, que están ligados a esa ciudad sorprendente. Magris es, sin duda, uno de ellos. Estábamos condenados a encontrarnos. 

El libro se titula Itaca e oltre. La Odisea, definitivamente, nos alcanza.

 

9.

Junto a su libreta negra, uno de los libros del viajero es ése de Magris. Es la segunda edición de Garzanti, de noviembre de 1982, pero la primera es apenas de septiembre de 1982. La portada es, adecuadamente, azul. En dos tonos. Uno más claro, el del mar de verano. Otro, muy obscuro, el del mar nocturno.

En esa portada, bajo el título (que significaría Ítaca y más allá) puede leerse I luoghi del ritorno e della fuga in un viaggio attraverso alcuni grandi temi della nostra cultura. Es una colección de ensayos, que muestra la vastedad de los conocimientos de Magris y su límpido estilo literario.

Retornos. Fugas. En ello estábamos. En ello estamos.

No lo hago nunca, pero ese día era inevitable: feché la adquisición en la primera página: Trieste, 4.1.2012. Arriba, un número, sin duda el número de registro de la homérica Librería Achile: 164. Apenas un nueve en medio, y sería el año de mi nacimiento, hace sesenta años.

 

10.

Escribí mucho esa noche en la mesa del lobby del hotel NH Trieste. (Otra premonición: NH sería decisiva poco después para mi carrera literaria, si hay tal cosa: también les he contado eso ya.) Escribí incluso un poema que titulé Erste Elegie. No hubo nunca una segunda. No era necesaria.

Pero también leí mucho, seguí allí sentado muchas horas. La luz en mi habitación era muy pobre. Allí, en cambio, junto a la recepción, junto a los sillones en los que se sentaban ocasionalmente algunos otros viajeros como yo, se estaba bien, se estaba a salvo. Puede que no fuera estrictamente la primera vez que hacía algo así, pero lo cierto es que algo también se estaba inaugurando entonces: mi isla, mi burbuja de Solaris, mi refugio. Escribir fuera de casa, en cafés, en hoteles, en trenes. Ahí, de ese modo, expuesto a todas las radiaciones de ese cosmos paralelo de la literatura. Les parecerá una broma, pero yo llevo siendo escritor toda la vida, y aún así, sólo entonces, sólo en esos años de tanta zozobra, me decidí a serlo del todo, a serlo de veras. La noche del 4 de enero de 2012, quien se sentaba en esa silla del NH Trieste era ya un escritor. Y se notaba.

 

11.

Ese escritor, ese viajero, sí, leyó mucho en esa extraña madriguera en la intemperie de un salón de hotel. Leyó a Magris. En italiano. Ensayo tras ensayo: son piezas muy cortas la mayoría, de tres, cuatro páginas. Me subyugó: me descubrió que así también podía escribirse. Yo no había apenas intentado escribir así, era un poeta, un escritor de fragmentos, a ratos algún extraño relato aparecía, a veces el relato era micro y hasta me hacía ganar algún premio. Pero realmente nunca había escrito ensayos.

Quiero decir, ensayos como éste. Gracias por la niebla. Gracias, Magris.

 

12.

Ahí podría haber quedado todo, con toda su épica melancólica, con toda su exageración de cronista al que no le han pasado grandes aventuras que narrar en la Mesa Redonda de los paladines. Pero no. Todo eso pasó y fue decisivo. Y pasó algo más.

Lo que pasó es que se plegó el tiempo, que se dobló la esquina del libro de cuentas del transcurso. A veces ocurre. A veces uno, de repente, es consciente de las bifurcaciones. Alza la mano y ve esa matrix de venas que no son las suyas, sino las del acontecer. La ve, en su profundísima contingencia. Lo había anunciado la sensación de la mañana en el Sendero Rilke: esa forma gozosa de no existir. Esa forma gozosa de habernos vueltos ficticios.

 

13.

Es inútil relatar. Como en toda experiencia mística, apenas cabe fechar: como Pascal. El 4 de enero de 2012, mis infinitos dobles deshilachados estaban presentes, comparecían levemente luminosos, brevemente animados. Había en mí tal deseo de romper que rompí el tiempo. Y la niebla recolocó los objetos. Y hubo otro contaje. El partido siguió perdiéndose, irremediablemente, pero habíamos cambiado la ronda. Y las vueltas atrás ya serían para siempre a otro lado.

Al pasado. Al otro pasado. A los otros pasados. Igualmente inexistentes todos. Igualmente ficticios todos. Aptos para arder en la gozosa hoguera de la literatura.

En esta hoguera.

 

14.

Arribo aquí... y ya saben cómo sigue, si son borgianos, y cómo no serlo.

Releí el otro día, porque me rondaba ya esta entrada, El jardín de los senderos que se bifurcan. El cono de luz y el cono de sombra se afacetan, se hilan y se deslíen en múltiples combinaciones. Todo es inútil, pero todo es súbitamente glorioso. Todo resuena.

Todo rima. Esa noche rimamos. No sé explicarlo de otro modo.

 

15.

Volví a Trieste, ya lo he dicho arriba, dos años después, en el 2014. Para entonces ya tenía claro que volver era la opción, volver era la oportunidad de que aquello que arrancó esa noche de enero germinara en una obra literaria que mereciera tal nombre. Pero no volví al mismo hotel. Fui a otro, igualmente decisivo, muy cerca de la Achile.

Es cuento largo, y ya está contado. No hace falta repetirlo aquí.

 

16.

Sólo en 2019, cuando realmente ya habían pasado muchas cosas, cuando las hojas del libro que soy habían sido reescritas muchas veces desde ese enero de 2012, volví a alojarme en el NH Trieste. En 2019 soy más viejo, más sabio, estoy más tranquilo. He perdido casi todo lo que entonces ostentaba, esos objetos disonantes con los que ejecutaba mi torpe rutina de malabarista, así que todo es más fácil, todo está más desnudo.

El retorno está lleno de significado. Soy el superviviente, el explorador que vuelve al territorio que los cartógrafos han nombrado con su apellido. Y, sí, llevo una libreta, que ya no es Moleskine, sino Leuchturm, y sí, llevo muchos libros, y compro otros tantos.

Es por puro juego, porque ya podría escribir en la habitación, pero de algún modo quiero homenajear al viajero aquel, que tanto temblaba en ese enero de casi ocho años antes. Acarreo todos esos fetiches y me planto en la mesa del lobby dispuesto a leer y escribir hasta que el cuerpo aguante.

Es curioso cómo funcionan los retornos. Mi recuerdo del lugar era claro, lo sigue siendo, pero la perspectiva era falsa. O quizá los años que habían pasado habían conllevado una remodelación del espacio, una recolocación de los muebles. Me parece que estoy orientado de otro modo, en otro ángulo.

En Look at the Harlequins!, la última novela que publicó Nabokov, el narrador es incapaz de desandar en su mente un camino imaginado, no sabe girar en su memoria. Parece que la topología de los recuerdos es inestable. O tal vez lo sea la de la “realidad”, que Nabokov aconsejaba escribir siempre con comillas.

¿Te acuerdas tú mejor de qué lado estaba la mesa?

Es lo mismo. Todo me lo tomo a bien. Estoy contento en ese viaje de 2019, todo es ya más sencillo. Escribo, sí. Escribo sobre un fascinante crepúsculo que me ha sido dado observar desde el tren que me traía desde Venecia esa tarde. Los naranjas. Escribo sobre Torcello, donde he estado esa misma mañana, antes de coger ese tren.

Todo vuelve a empezar. No ejecutamos los mismos gestos, nos han cambiado la escenografía, estamos ya resabiados, tenemos ya demasiados trucos de actores viejos. Y sin embargo, funciona.

El tiempo se pliega, y cuando el tiempo se pliega se puede volver. Se puede volver incluso al futuro.

A este futuro. Ese día ya estaba escribiendo esto, como el 2012 ya estaba escribiendo lo que escribí en 2014, o en 2019. Estábamos todos allí, en el NH Trieste, el 4 de enero de 2012, ¿te acuerdas?

Todo vuelve a empezar.

 

17.

El 28 de diciembre de 2019 (el 28 de diciembre es la fecha de nacimiento de mi padre, que ha muerto en 2018, que estaba tan presente en mi cabeza en 2012) compro en La Feltrinelli de Trieste otro libro de Magris, Tempo curvo a Krems. Entre medias he leído bastante a Magris, es como un viejo amigo ya. Este libro es una colección de cinque racconti que ha aparecido apenas unos meses antes, en abril.

En uno de los relatos, el que da título al conjunto, Magris cuenta una curiosa historia en una primera persona con fuertes sobretonos autobiográficos (aunque todo es ficción, porque somos ficticios). Nos dice que él, insigne germanista como es, ha ido a Klosterneuburg, en las cercanías de Viena, a dar una conferencia sobre Kafka. Kafka murió en Kierling, que es básicamente un distrito de Klosterneuburg, en la clínica del Doctor Hoffmann.

Murió el 3 de junio de 1924. En poco más de dos semanas hará cien años. Otro centenario.

Releí el cuento el otro día. Ahora vuelvo a ser otro distinto, en cada acto un personaje. Ahora soy el blogger que escribe ensayos como éste. Al blogger le empezó a resonar todo. Klosterneuburg, l’Escorial viennese, habla de los Habsburgo, que hablan de Joseph Roth, que andaba justamente por ahí, y en esos días yo leía todo el rato cosas sobre Austria, y hay un pasaje de Vértigo (ay, el vértigo) de Sebald en el que éste, de un modo similar a lo que hacía Carl Seelig con Robert Walser (el paralelismo lo refuerza la inclusión en el texto de la fotografía de Walser con su paraguas, si bien recortada para que no aparezca el rostro), saca de su manicomio en Klosterneuburg, para dar un paseo juntos, al poeta Ernst Herbeck (yo también leía y escribía sobre locos entonces, sobre Canetti). En Klosterneuburg estuvo unos meses trabajando como jardinero Wittgenstein, lo que me llevaba a Viena de nuevo, y me conducía inevitablemente a esa brutal construcción literaria que es el Corrección de Thomas Bernhard, que tanto me impresionó cuando la leí hace ya sus buenos treinta años, y que releí las semanas pasadas.

Y ésa iba a ser la entrada, un ensayo à la Magris en la que iba pasando de un autor a otro, hilando una historia, arbitraria como todas, para mayor lucimiento del ensayista con esa tendencia a la pedantería que ustedes a estas alturas ya conocen tan bien.

Pero no. Ésa no debía ser la entrada. No se trataba de erudición ahora, había que ir más a la raíz. Lo intento, una última vez.

 

18.

En Tempo curvo a Krems (Krems es otra ciudad austriaca, al borde de ese Danubio que Magris nos llevó a recorrer con tanta maestría en, quizás, su libro más famoso), en la cena ofrecida al conferenciante, una mujer menciona a una supuesta conocida de Magris, que él identifica como una compañera de la escuela, de la que él estaba enamorado, como el resto de los chicos. No voy a reproducir el relato, les invito a que lo lean (hay ahora traducción al castellano en Anagrama, y también otra más reciente al catalán en Edicions de 1984): en él Magris se extiende sobre la cuestión del tiempo, no temiendo adentrarse en algunos territorios de la Física, con mayor o menor acierto.

Lo decisivo, lo que me conmovió entonces, en ese lobby del NH, en 2019, lo que cerraba el círculo de ese Itaca y más allá de casi ocho años antes, es que en el cuento se abordaba la incongruencia de las memorias compartidas, la posibilidad de que los recuerdos de los otros protagonistas de nuestra historia no coincidan con los nuestros, de que nuestros pasados se solapen, pero no se superpongan, lo que hace que la cronología salte por los aires, que el tiempo se desdibuje, que el relato admita, bruscamente, de repente, todas sus posibles bifurcaciones, como en la novela de Herbert Quain, como en el libro del casi inextricable Ts’ui Pên.

La transparencia: las venas de la sucesión mostrándose en el contraluz del gesto. Un pliegue dentro de otro pliegue, en un libro que contiene, como todos los libros, todos sus antepasados.

Sí, había llegado, en esos años, a Ítaca, y la había sobrepasado. La Odisea nos alcanza. Hay, como nos auguraba Cavafis, muchas Ítacas, muchas playas a las que arribar al amanecer.

Somos afortunados.

 

19.

La inseguridad del pasado, su labilidad, nos salva. Nos permite vislumbrar otros relatos, deshacer algunos agravios, compensar algunas tristezas. Al menos en el papel del libro, en la historia que intercambiamos en las cartas, en las conversaciones en el lobby de un hotel de una ciudad adriática, en algún café de Madrid, de París, de Barcelona, de Roma. Es bueno que el pasado sea falso, que sea lo más falso que hay, porque de ese modo en el presente puede haber Ítacas, puede haber fotografías de Ítaca, trucadas gloriosamente, puede haber nuevos poemas de Cavafis, que nunca fueron escritos, pero con los que bien podemos soñar. El pasado es una losa demasiado pesada como para que no saludemos con alborozo su repentina inconsistencia, su transformación en una hoja que mueve el viento, la hoja del árbol aquel de Duino, que ya no es el mismo, pero nunca fue el mismo. Nunca nada fue el mismo, lo mismo.

Y es así como se retorna, como se burla la vigilancia de la Aduana del Presente. En los libros, en las lecturas, en las libretas.

Es todo ficticio, pero así es todo: ficticio.

 

y 20.

Éste no es el relato que había que contar, apenas he acumulado aquí algunos fragmentos de un relato que, con toda probabilidad, nunca será escrito, pero al que se podrá volver siempre, cuando se quiera, como se quiera. En ese relato estamos todos, nadie ha muerto, todo vuelve a empezar.

La noche del viajero, la noche del escritor, se repite. Imperfectamente: la vida carece de imaginación y por eso es una plagiaria más bien torpe. Pero no importa.

El domingo 15 de enero de 2023, otro viajero, ahora sentado en el cuarto de escribir de su casa (ese otro lobby de hotel, en el que de igual modo, a veces, la burbuja aparece y entonces todo el alrededor se diluye, gracias por la niebla) decide que ha llegado la hora y coloca la fotografía de un brindis. Todo vuelve a empezar: ahora se llama Pálido juego, y es un lugar al que todos estamos invitados.

Ésta es la entrada 100. Tenía que ser especial. Espero que lo haya sido.