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martes, 24 de marzo de 2026

Un hombre triste

 

 

Alcanza a saber que su cuerpo, ya siempre, quedará unido a la tierra. Con el pensamiento velado, borronea disculpas: “Por causa de fuerza mayor, ha sido…”

Aballay, tendido en el polvo, se está muriendo, con una dolorosa sonrisa en los labios.

ANTONIO DI BENEDETTO, Aballay, en Absurdos

 

1.

¿Cuántas veces muere uno hasta que se muere de veras? ¿Es la vida una función monótonamente decreciente, la simple cuenta atrás de la muerte? Es posible que Quevedo suscribiera esa opción en sus sonetos, y con él todo un Barroco lleno de memento mori. La afirmación, de hecho, no es original, en absoluto, es prácticamente un cliché. Corrijámosla un poco: hagamos que la función sea decreciente pero no lineal. Así, ciertamente, cada segundo transcurre y en su transcurrir abole la posibilidad de su propia repetición, se consume de manera irreversible, pero no todos los segundos pasan igual, pesan igual. Algunos, si nos imaginamos el camino como descendente, siguiendo una axiología obvia, no suponen un paso más en el declive de la senda suavemente oblicua, sino un salto, un talud, un abismo. De alguno de esos segundos de defenestración se sale como si a uno le hubieran arrancado del corazón las manecillas de todos sus relojes. Sí, eso puede ser. Uno muere muchas veces, muere todo el tiempo, pero hay momentos en los que se muere más que otros.

 

2.

Antonio Di Benedetto fue detenido hoy hace cincuenta años exactos, el 24 de marzo de 1976, en su despacho de subdirector, director para todos los efectos prácticos, de su diario Los Andes, en su ciudad natal de Mendoza. Es verdad que ese 24 de marzo de 1976, que había empezado desde la primera madrugada con el golpe de estado, muchas otras personas fueron detenidas en la Argentina. Es verdad que lo que se inició en ese día malhadado del que ya ha pasado medio siglo, porque la condición del tiempo es pasar, es de una gravedad tan atroz que parecería frívolo centrarse en una sola de las peripecias vitales que ese, así llamado, tan kafkianamente, Proceso, hizo descarrilar, en uno solo de los crímenes y crueldades que prodigó hasta lo inconcebible. Nada que se dijera, es cierto, sería suficiente para agotar el horror, para establecer con la adecuada firmeza la condena y la repulsa. Pero, ante el vacío al que ese desaliento nos aboca, bien se puede hablar de una cosa, bien se puede evocar a una persona, bien podemos fijar la mirada en uno de esos crímenes. Para que no se olvide. Para que nunca más.

 

3.

Antonio Di Benedetto fue detenido en su despacho del diario Los Andes de Mendoza, el 24 de marzo de 1976, hoy hace cincuenta años exactos. Era un miércoles, hoy es martes, han pasado más de 19000 días, un número absurdamente grande de segundos. La condición del tiempo es pasar. En cada uno de nuestros destinos, para cada una de nuestras historias, el valor de cada uno de los segundos es diverso. En el tiempo de la vida de Di Benedetto, lo que inaugura ese momento terrible es una cronología imposible. El hiato que define, el abismo que compone, serán, en verdad, ya insuperables. En el régimen que hará desaparecer a tantos otros, Di Benedetto empezó a desaparecer cuando le fueron a buscar al periódico. Él, de algún modo, lo sabía. Él lo temía. No había sido un militante destacado en ninguna organización, pero había sido siempre un periodista riguroso, un defensor de la verdad, y en Los Andes sí se hablaba de las cosas que estaban pasando durante el gobierno de Isabelita y el Brujo López Rega, y no se podían decir. O tal vez, no se sabe en realidad, no puede saberse, hubo comentarios, actitudes, facturas que le tenían pendientes tal o cual milico. El poder omnímodo, la impunidad absoluta, vienen bien para los ajustes de cuentas más mezquinos. Ese día, y los siguientes, se detuvo a tanta gente… bien podía ser Di Benedetto uno de ellos. Él lo sabía. Lo temía. La condición del tiempo es pasar. En el momento en que la sospecha se convirtió en certeza, el temor se hizo suceso, el peso de una avalancha de barro cayó sobre cada uno de los segundos de ese día, sobre cada uno de los latidos de ese corazón imposiblemente rítmico ya.

 

4.

A Antonio Di Benedetto le detuvieron en su despacho del periódico mendocino Los Andes hoy hace cincuenta años. Como a todos, sin explicación, sin garantías procesales, ignorando por completo el procedimiento, despreciando los derechos humanos. Le desaparecieron, y hubo que buscarlo. Acabó en la llamada Unidad 9 de La Plata. Hubo reacciones. Borges y Sabato, se cuenta, en un almuerzo con el Directorio, le solicitaron al General Videla, de infausto recuerdo, información sobre la suerte de varios escritores, clemencia para ellos. Acaso el prócer frunció levemente el bigote, exhibió la sonrisa de los déspotas, dijo veremos qué se puede hacer, nada se hizo, se hizo poco, se siguió haciendo mucho por los que lo buscaban, los que intentaban liberarlo, aducían que no había cargos, que no había cometido delitos, que no se había significado políticamente. Como si eso bastara, como si eso sirviera, como si sirvieran esas cosas cuando uno se humilla ante los psicópatas. Intervino el Premio Nobel de Literatura Heinrich Böll. Finalmente, con la misma arbitrariedad con la que fue detenido, diecisiete meses y diecisiete días después, siempre esa cuenta del tiempo, siempre sus cifras, Di Benedetto fue puesto en libertad. Se le sugirió que abandonara el país. Lo hizo. Comenzó su exilio europeo. Se afincó en Madrid. No volvió a la Argentina hasta, justamente, el 23 de marzo de 1984, ayer hizo cuarenta y dos años. El día siguiente de su regreso era el octavo aniversario del golpe, hoy es el quincuagésimo. Las fechas.

 

5.

¿Cuántas veces tiene uno que morirse antes de estar muerto? No un soldado: un escritor, un periodista. No alguien que trabaja con explosivos, no alguien que está enfermo durante muchos años. Usted, yo, sentados en el escritorio tecleando un texto, tomando un café, viendo dormir a nuestros hijos, ¿cuántas veces nos morimos a cada rato? ¿Existe un cómputo, puede haber una regla, cómo se registra el avance del muro que nos alcanza a nosotros, paralizados por el miedo? Antonio Di Benedetto murió, sin duda, mucho, muchísimo, durante las horas vacías de la celda, acechado por el silencio, por la falta de explicaciones, por la arbitrariedad de sus verdugos, torturado, golpeado, por quienes habían decidido anular su condición humana. Antonio Di Benedetto murió mucho en esos diecisiete meses y diecisiete días, más de lo que nosotros morimos en diecisiete meses y diecisiete días, y más a lo mejor de lo que moriremos en toda nuestra vida, aunque al final todos morimos lo mismo, todos morimos lo único que podemos morir: todo.

 

6.

¿Cuántas veces murió Antonio Di Benedetto en la Unidad 9 de La Plata? Muchas, incontables, pero, sobre todo, murió cuatro. Cuatro veces, muertes infinitas, muertes irrecuperables, muertes que son desplomes en pozos sin fondo, pozos cuyo fondo que no hay resulta comunicarse de nuevo con el brocal, para propiciar una nueva caída, en un bucle que nos arranca las entrañas con su aceleración centrípeta. Cuatro veces sacaron de la celda a Di Benedetto para ajusticiarlo. Para ejecutarlo. Para cumplir la sentencia, esa sentencia que nunca se pronunció porque no hubo proceso. Para fusilarlo. Para acabar con su vida. Para matarlo. Para asesinarlo. Para que su cuerpo cayera al suelo y no pudiera levantarse. Para que su sangre empapara las baldosas, o el polvo del patio. Cuatro veces le desnudaron y le condujeron al paredón. Cuatro veces se alineó el pelotón de fusilamiento, cuatro veces el que los comandaba alzó el brazo. Cuatro veces se descompusieron los compañeros de ejecución de Di Benedetto, lloraron, gritaron, se arrodillaron, suplicaron, se cagaron, vomitaron, se desmayaron. Cuatro veces la ejecución se detuvo, los presos fueron de nuevo conducidos a sus celdas. Vivos, podría pensarse. Pero no, por supuesto que no.

 

7.

¿Cuántas veces murió Di Benedetto en la Unidad 9 de La Plata? Muchas, incontables, pero de esas incontables hubo cuatro en las que su muerte fue aún más real, más honda, porque su muerte fue un espectáculo, fue un teatrillo, y él, un colaborador involuntario en esa farsa. Cuatro veces los actores repitieron sus papeles. Los soldados, que de seguro se reirían a carcajadas al final. El capitán, que acaso ensayó su gesto altivo de mando para hacerlo mejor la siguiente vez. El propio, el recadero, el mensajero, que aparecía en el momento justo con un despacho, o con un mandato verbal para el capitán, que era lo que detenía el acto. Nada era verdad, todo era teatro. Ese día no era el día de la muerte de Antonio Di Benedetto. Todos lo sabían: los soldados, que habrían hecho eso tantas veces ya, con tantos presos. El capitán, que seguro que se turnaba con sus colegas para poder disfrutar de su papel estelar en la performance. El joven cabo, o el ordenanza que llevaba el indulto momentáneo y espurio. Todos sabían que aquello era una astracanada. Todos, menos Di Benedetto.

 

8.

¿Cuántas veces murió Di Benedetto en la Unidad 9 de La Plata durante 1976 y 1977? La primera vez que le fusilaron fue, seguramente, el día que más murió. Murió tanto que, probablemente, nunca más pudo ya estar vivo. En el Proceso cada día era ejecutada tanta gente, sin que se hiciera público, sin que hubiera siquiera un cuerpo que entregar a los familiares, tantos fueron arrojados desde los aviones al Río de La Plata, tantos fueron torturados en la Escuela de Mecánica de la Armada, tantas picanas buscaron en tantos lugares de tantas figuras magulladas los sitios precisos del dolor, que uno más, que un muerto más, que un asesinado más (pues ajusticiado parecería contener aún un atisbo de justicia, y se convierte así en un término impropio para designar el asesinato), que un desaparecido más, parece ser apenas nada, parece ser ni siquiera un número, pues hace mucho que ya nadie lleva la cuenta, parece ser la consecuencia trivial e inevitable de ese instante en que los militares entraron a Los Andes para llevárselo preso.

 

9.

Sí, sin duda, la primera vez, Antonio Di Benedetto y sus compañeros, junto al paredón murieron mucho, murieron una cantidad inimaginable, murieron tanto más porque siguieron vivos, si es que uno puede seguir vivo después de haber muerto. Quién sabe, quizá esa vez sí se creyeron el teatrito. Se sintieron aliviados, incluso, volvieron al duro piso de la celda, a las paredes grises, como felicitándose. No ha pasado. Seguimos vivos. Mira, seguimos vivos. Aún se engañaban: se tocaban, estaban ahí, seguían vivos. Aún se equivocaban. Aún no sabían que se puede estar muerto estando vivo. Que no hay muerto más muerto que el cuerpo vivo. Quién sabe, sí, si no hubiera habido más simulacros, tal vez podrían haberse dicho qué cerca estuvo, y, acaso, durante años, convertir apenas ese instante atroz en pesadillas, pesadillas de las que uno, finalmente, despierta. Pero no, porque hubo más. A Di Benedetto le volvieron a sacar de la celda y le volvieron a matar, tres veces más. A las que añadir el resto de las muertes intermedias del mero estar vivo en la celda de la Unidad 9 de La Plata.

 

10.

Sí, al miedo, al dolor, se le añadió la humillación de la burla en su forma más conseguida. La segunda, la tercera, la cuarta vez, Antonio Di Benedetto fue arrancado de su celda, desnudado, descalzado, colocado en la pared, enfrentado al pelotón de fusilamiento. De su fusilamiento, esa compañía alineada para él, para él del mismo modo que el guardián en El Proceso de Kafka, ante la puerta de la Ley, le espera a él, a Josef K., a él tan sólo. Esos oficiantes de la muerte han sido convocados para su muerte, para la muerte de Antonio Di Benedetto, que debía ser única. La segunda, la tercera, la cuarta vez, venían con la misma incertidumbre, con la misma posibilidad, intacta, de que esa fuera la de veras, y también con la duda de si no volvería a pasar otra vez lo mismo, de si no habría ya nunca de verdad un momento de la verdad, si hasta en eso, hasta en esa suerte suprema, había que plegarse a la bufonería de esos fantoches. La segunda, la tercera, la cuarta vez, Antonio Di Benedetto fue muriendo muertes aún más amargas, muertes aún más sin salida, muertes cada vez más imposibles de olvidar, muertes cada vez de más inalcanzable resurrección. Quiero imaginármelo, en esos trances, erguido, desdeñoso, finalmente invencible.

 

11.

¿Cuántas veces murió Antonio Di Benedetto en la Unidad 9 de La Plata? Ninguna, nos dirán. ¿No le ven cómo sale de la cárcel, libre, andando por su propio pie? ¿No le ven recibido por los amigos? ¿No le ven empacando a toda prisa, recuperando becas europeas, enarbolando contactos, manoteando pasaportes, despidiéndose entre sollozos? ¿No le ven dando conferencias, clases? ¿No le ven en Madrid, buscándose la vida, escribiendo para revistas que uno encuentra en la consulta del dentista, presentándose a concursos literarios de medio pelo? ¿No le ven, válgame Dios (y nos imaginamos a los milicos alzando los brazos con escándalo ante nuestra incredulidad), entrevistado por el mismísimo Joaquín Soler Serrano para ese programa emblemático de la Televisión Española, A fondo, el día 17 de septiembre de 1978, un 17, fíjense ustedes? ¿No le ven, vamos a ver, aterrizando de vuelta en Ezeiza el día antes del final de la octava vuelta al Sol desde aquel día en que se apagaron las luces? Ninguna vez murió Antonio Di Benedetto durante el Proceso de Reorganización Nacional, que se extendió desde el 24 de marzo de 1976 hasta el 10 de diciembre de 1983, y murieron tantos durante esos días. Tantos, tantos, tantos, tantos, tantos, tantos

 

12.

Bien es cierto que Antonio Di Benedetto, probablemente, siempre estuvo muerto. Él mismo lo sabía, de algún modo. Lo sabía porque había nacido un 2 de noviembre, el día de los Muertos. De 1922, y todos esos doses parecerían anunciar, quién sabe, a un otro, a una sombra que estaba ahí desde siempre. Lo sabía porque un día su padre despareció. Tenía él diez años. En su casa de un suburbio de Mendoza, un día su padre estaba y al día siguiente ya no. Nunca le enseñaron cuerpo alguno. Le dijeron se murió, le dirían se murió papá, y él, diez años, preguntaría pero cómo, de qué, por qué. Se murió de una enfermedad, y no sé, no se sabe, no se puede saber por qué. Le dirían. Pero él había oído esa noche una explosión en la casa. Él había oído cosas, comentarios. Él era miembro de una familia de suicidas. Su abuelo, un tío. Él supo que su padre se había suicidado, pero nunca le dijeron, nunca nadie le dijo. Acaso, le dirá él a Soler Serrano, para protegerlo, pero fue peor, y ya nunca más pudo serle el suicidio ajeno a Antonio Di Benedetto, que un día firmó, en 1969 una de sus obras más gloriosas, llamada justamente Los suicidas, una novela que empieza así: Mi padre se quitó la vida un viernes por la tarde. Tenía 33 años. El cuarto viernes del mes próximo yo tendré la misma edad.

 

13.

La entrevista en A fondo es, como lo son todas las que se hicieron en ese benemérito programa, un testimonio impagable. Es preciso verla una y otra vez. Di Benedetto aparece elegante, sobrio. Aún no lleva la barba que le identificará en las fotografías postreras, las del regreso. Se expresa con parsimonia, pero su discurso es extremadamente riguroso. Se trasluce a menudo la ironía en sus contestaciones, ante el apabullante caudal de datos que le arroja Soler Serrano, siempre tan obsesionado con las precisiones biográficas. Pero es un hombre triste. Es un hombre muy triste. Es un hombre tristísimo. Es el hombre más triste que concebirse pueda. Aunque sonría. Sobre todo cuando sonríe. Es tan triste que Soler Serrano se lo pregunta expresamente. Le dice que hay alegría en su obra. Atisbos, al menos. Él concede: sí, puede, pero todo me sale muy triste, todo se parece a la vida. Cuando, ya un poco sobrepasado por tanta negrura, el mercurial Joaquín le dice que acaso el de hoy, el de ese hoy, estaba siendo un mal día para Di Benedetto, éste le contesta: Al contrario, hoy es uno de los mejores, y en su rostro se dibuja la sonrisa más triste que nunca se haya dibujado en rostro alguno.

 

14.

Claro que esa entrevista se edifica sobre un gran vacío, sobre una no enunciación que penetra todas las afirmaciones. En ningún momento se habla de la detención, de la tortura, del exilio. Acaso por honesta ignorancia del entrevistador, sin duda por extrema discreción del entrevistado, que tenía miedo de posibles represalias, de peligros para la familia que había dejado en la Argentina. A ratos parece como si la decisión de viajar a Europa, de pasearse por España o Francia o Escandinavia, fuera poco menos que equivalente a la de embarcarse en un viaje de estudios o en un crucero de placer. Soler Serrano le pregunta si podría trasladar su proverbial inmovilidad mendocina a España y él dice que sí, que él es un trabajador de la palabra y que necesitará de un lugar en el que la lengua sea la misma, la suya. Por supuesto, esa inmovilidad madrileña, que duró varios años, tan duros, era forzada, pero eso no se hace explícito. Lo que vino después fue ese otro Di Benedetto, ese Sensini del relato de Bolaño, un Di Benedetto cuyo número de muerto ya ni siquiera uno puede calcular. Un Di Benedetto que era, inconcebiblemente, el heredero de aquel que veinte años atrás había escrito esa obra maestra que puede con rigor presentar su candidatura a eso tan manido de la gran novela americana, Zama. Un hombre triste, avejentado, al que el desastre le había llegado ya en la cincuentena, un hombre que se dejó una barba blanca y acabó volviendo, ya casi sombra, a una especie de coda argentina de plena desorientación y casi ostracismo, un zombi, una familia de zombis, un cuarteto de zombis, uno por cada fusilamiento.

 

15.

Obsesionado, como era habitual en sus, por otro lado, memorables entrevistas, por la genealogía de sus interpelados, Soler Serrano se la hace trazar a Di Benedetto, que habla del cultivo de las vides de la familia paterna, del padre enólogo y escritor clandestino, cuyo posible o seguro suicidio acaba despachándose con un brusco pero dejémoslo, que se repetirá en otros momentos, y entonces Di Benedetto nos cuenta, con visible emoción, que su madre, que, proveniente de Sicilia, como todos sus antepasados, era brasilera, era la que de verdad sabía contar, la que armaba con maestría todos los relatos sobre mi pícara, mi aventurera y pobrísima familia, con los que se amenizaban las noches de antes de la invención de la televisión. En esos relatos está el germen de su vocación literaria. Es a eso a lo que él aspiró siempre, nos dice, sin conseguirlo. Ah, si su madre hubiera vivido en otro lugar, en otro tiempo, de otro modo, ella sí hubiera sido un genio de la literatura. Él apenas lo intentó, no llegó nunca a esa maestría. Sí, su madre se tenía que haber quitado de tantas cosas, haberse aliviado de tanto peso. Yo, por ejemplo. Podría no haberlo engendrado. Si yo no hubiera nacido, ¡qué buen resultado habría tenido para mí! Como Cioran, famosamente, como Emilio Prados, Antonio Di Benedetto, sin descomponer ni un milímetro el gesto, enuncia en voz alta la verdad nefanda: es mejor no nacer. Soler Serrano, jovial como era, le dice: está usted bromeando, por supuesto. Pero no, claro que no: Lo digo con toda la seriedad posible, es bastante dramático lo que me ha ocurrido: ¡nacer!. Eso nos ocurre a todos, le replican. Él contesta: no todos lo toman en cuenta. Creen que están vivos y no piensan en el grave problema de haber nacido. Al fondo, se oyen los gritos de un cuerpo torturado bajo la picana, el ominoso, interminable silencio de una descarga de fusilería que nunca se produjo.

 

16.

En El milagro secreto, Borges, admirador confeso de Di Benedetto, imagina una milagrosa detención del tiempo, un congelarse del avanzar de las balas que permiten al reo disponer de un año estático, de un año que sólo transcurre en su mente activa, mientras en su cuerpo inmóvil, ni siquiera las gotas de lluvia acaban de caer. Ese fusilamiento diferido le da a Hladík, ocasión para concluir su obra, para concluirla interiormente. ¿Cuántos años de Hladík transcurrieron en la mente de Di Benedetto a cada alzarse del brazo del capitán del pelotón? ¿Cuántas obras imposiblemente conclusas se alzaron, milagrosas, como los palacios de los sueños? Como nadie puede ignorar, Zama está dedicada A las víctimas de la espera. Hay extrañas inmovilidades, sucesos que no acaban de acontecer, despachos que se esperan, fechas que anuncian potencialidades que no se actualizan, hay condenados, encerrados, aherrojados, en todas las obras de Di Benedetto. Hay burlas del Cosmos, animales muertos que parecen aún obligados al movimiento, estilitas a lomos de caballo, hay habitaciones sin puertas, hay una mujer que no puede moverse porque se lo impide el peso de su marido muerto en Pez, uno de los relatos más espeluznantes que se hayan escrito nunca. La obra de Di Benedetto está llena de esperas, esperas que normalmente no acogen esperanza alguna. En la versión en inglés de Zama, se optó por traducir espera como expectation. Es cierto que hay una expectación de Zama, pero su espera es más bien beckettiana: ni siquiera la posibilidad de ese ex que apuntaría, acaso, a una salida, le es concedida.

 

17.

Zama se publica en 1956, Di Benedetto tiene 33 años. Justamente. Cuando el 24 de marzo de 1976 es detenido, Di Benedetto tiene ya 53 años. Si ya lo sabía todo sobre la espera cuando escribe Zama, cuánto más no podrá saber veinte años después, cuando de verdad entró en el territorio de la espera infinita, de la espera de los personajes de Kafka, mientras, en la celda, sin siquiera la vana esperanza de un juicio, de una condena, de, quién sabe, hasta una absolución, se consumía sin más horizonte que el próximo fusilamiento. ¿Qué hacía Di Benedetto en la cárcel? ¿Qué podría hacer un hombre que toda su vida había hecho una cosa: escribir? En Madrid, para ganarse la vida escribió de todo, nunca se le cayeron los anillos. Pero, ah, en la cárcel, en la cárcel no podía escribir. Al menos no podía escribir relatos, no le dejaban. Sin embargo, los relatos le seguían naciendo, floración dolorosa del encierro. Relatos de angustia e inmovilidad para doblar como en un espejo su angustia e inmovilidad. ¿Cómo sacarlos de ahí, qué hacer con ellos, con esa prueba íntima de que seguía siendo él, de que, más allá de si seguía vivo o no, seguía siendo él, un escritor? El suceso se ha contado muchas veces: en las cartas que le dejaban mandar a la familia, a los amigos, a esos amigos que, como Juan-Jacobo Bajarlía, que lo narró en Diario de una agonía, se estaban desviviendo por sacarle de ahí, en esas cartas, él contaba sus sueños.

 

18.

Esta noche he tenido un sueño muy lindo, te lo voy a contar, se leía en una letra minúscula, devenida micrograma. Y ese sueño era uno de esos relatos, era, acaso, Aballay. Después, en España, esos relatos se publicaron, junto con algunos otros más antiguos, en un tomo que se llamó, camusianamente, Absurdos. La primera edición, a cargo de la Editorial Pomaire, salió en Barcelona en 1978. En la contraportada vemos a un Di Benedetto de gesto serio, y ya con barba. En la portada, extrañamente, una bicicleta parada en la playa, sin nadie montado en ella. La rueda delantera aparece girada a nuestra derecha. Del lado de nuestra derecha también está el mar, al fondo. Pero en el primer plano lo que vemos es la arena. Una arena de desierto que cruzar con una bicicleta que bien podría ser un caballo del que no bajarse nunca. Qué bien se imagina uno las fatigosas jornadas, el calor asfixiante bajo ese cielo plano sin nube alguna, ese costoso rodar por una arena que, no lo olvidemos, es el símbolo por excelencia del paso del tiempo, desde que a los seres humanos se nos ocurrió encerrarlo en un vaso.

 

19.

¿Cuántas veces muere uno hasta que muere? Hay gente que muere muy poco, que muere muy suave, que se va deslizando en la muerte sin ruido, que cae casi sin sentirse, como caen los granitos de arena desde el antes hasta el después. Hay otros que mueren a golpes, a vuelcos, a bruscos giros del reloj de arena, a manotazos que rompen el vidrio, a goterones de sangre de la mano herida por los cristales. A Dostoievski, que Di Benedetto siempre reconoció como maestro, le fusilaron de mentira una vez, el 22 de diciembre de 1849, en la plaza Semiónov de San Petersburgo. Su discípulo le aventajó en tres simulacros. Es todo de una tristeza insoportable. Di Benedetto, ya no se sabe muy bien a qué velocidad, con cuantos saltos, continuó muriendo en la Argentina de la poca vida que le quedaba, y lo hizo poco tiempo, lo hizo rápido. Apenas el 10 de octubre de 1986, tras varios días en coma, de resultas de una hemorragia cerebral, su vida se apagó en esa Mendoza de la que no se apartó salvo cuando no le quedó otra. Se dice que la causa remota de ese accidente vascular fueron los golpes en la cabeza sufridos durante su cautiverio. Debió ser así: uno acaba muriendo de sus propias muertes, y Di Benedetto murió un 24 de marzo de 1976 en la redacción de Los Andes, hoy hace cincuenta años. Honremos su memoria.

 

20.

Los reyunos, que está incluido en Absurdos, y que es magistral, como lo son todos y cada uno del centenar de cuentos que escribió Di Benedetto, comienza: El aire está salpicado de langostas. El aire siempre está salpicado de langostas, insectos voraces que aparecen por oleadas, que lo devoran todo, que se ponen de lleno a crear desierto. Los tiempos nunca fueron buenos. Cincuenta años después, más de 19000 días, sigue siendo completamente posible, casi se diría que altamente probable, que, estando nosotros en el diario del que somos subdirectores, o en nuestro cuarto de una casa de pensión en Praga, o en la Universidad, o por las calles de Minnesota, o en Gaza, o en un jardín de Madrid, o en la Plaza Mayo, mientras vemos caer la tarde, vengan a por nosotros y se nos lleven, vengan a por nosotros y nos maten. Las langostas nunca abandonan su tarea destructora. Los tiempos nunca serán buenos. Por eso, ante eso, lo único que cabe es el rigor, la insobornabilidad, el coraje, la estatura ética que tan bien encarna Di Benedetto, ese hombre que terminó una pequeña pieza escrita en 1968 y titulada Autobiografía con estas palabras: Prefiero la noche. Prefiero el silencio. La noche en cuya quietud nos juntamos a contarnos los cuentos de la familia, de la familia de la Humanidad, como hacía la madre brasilera de Di Benedetto ante el silencio asombrado de su hijo. Porque amamos la literatura, y somos gente triste, y somos muy valientes.


viernes, 13 de diciembre de 2024

Restos de olas


 

No hay razón ni lógica detrás de esa acumulación de sedimentos, pero, una vez que aparece, se asienta ahí durante un tiempo, efímera.

RYOKO SEKIGUCHI

 

1.

Al comienzo de la novela a la que presta su nombre, el asesor letrado del Virreinato de La Plata, don Diego de Zama, se dirige al muelle viejo a la espera de un barco que le traiga noticias de su esposa y sus hijos, que ha dejado hace tanto tiempo en su ciudad natal, que acaso sea Mendoza, como la del autor del libro. Éste nos dice que esa construcción es y siempre fue inexplicable, pues la ciudad y el puerto se encuentran un cuarto de legua arriba. Aún no podemos saberlo, porque acabamos de empezar el libro, pero la dedicatoria podría ya orientarnos: a las víctimas de la espera. En efecto, esa caminata de don Diego no es un simple paseo, sino un ritual recurrente que ejecuta a menudo, puede que cada día. Él es uno de esos esperantes, lleva siéndolo desde que fue destinado a ese lugar dejado de la mano de Dios, que acaso sea la Asunción del Paraguay: espera que llegue plata para que pueda cobrar sus honorarios, espera un traslado que le lleve a la Península, de la que en realidad no es nativo, pues ha de reconocerse como americano, lo que sin duda supone una merma de sus aspiraciones. Buenos Ayres o incluso Santiago de Chile podrían ser buenas opciones. No faltarán oficios, solicitudes, recomendaciones, súplicas. La dedicatoria es clara: don Diego de Zama no podrá evadirse de ese su destino. No podría, ni aunque llegasen los tártaros.

 

2.

Estamos en 1790. El puerto es un puerto fluvial, si es que el Río de la Plata es un río. Entre los palos del muelle viejo, el agua se mece. Y en ella, nos cuenta Antonio di Benedetto, que es quien nos alcanza el monólogo interior de Zama, con su pequeña ola y sus remolinos sin salida, iba y venía, con precisión, un mono muerto, todavía completo y no descompuesto. Toda la tarde, todo el día, toda la vida acaso, el vaivén del agua llevaba y traía con precisión de reloj suizo el cadáver de un mono, que no se alejaba corriente abajo ni quedaba tampoco propiamente encallado en la orilla. El tiempo, sin embargo, avanzaba inclemente: a cada arreón, un segundo; a cada retorno, otro. El río de Heráclito tiene sus remolinos. El mono, nos dice Di Benedetto, no hizo el viaje que el río le prometía hasta no ser mono, sino cadáver de mono. El agua codiciaba su presa, ansiaba llevárselo allá donde fuera ella, donde no sabía ella dónde, pues el río se hace perpetuamente y no queda hecho nunca, salvo cuando ya es no río, sino cadáver de río, es decir, mar. Y cae la noche, y el mono sigue en sus rebotes, insistiendo en su ostinato. Y no hay barco ni carta ni traslado para don Diego:  el agua quería llevárselo y lo llevaba, pero se le enredó entre los palos del muelle decrépito y ahí estaba él, por irse y no, y ahí estábamos. Ahí estábamos, por irnos y no.

 

3.

Y ahí estábamos, y aquí estamos, por irnos y no, en esa región indecisa de la playa eternamente golpeada, en ese principio de la tierra que merma y crece en una respiración interminable. Conscientes de que en cada playa del universo hay una lucha sorda, o quizá sea tan sólo un baile, una danza pautada y pactada, gozosa incluso para los intervinientes, entre la lengua del mar y el regazo de la arena. Donde acaso tú, quién sabe.

 

4.

Conscientes, sí, de que esa lucha no se detiene, y marca, así, un tiempo que no es mesurable por dispositivo alguno, que es superior a toda denominación, un tiempo del no-reloj eterno del oleaje. Una forma de tiempo que no precisa de nosotros, que nos ignora, pues depende apenas de su propia agitación y limita sólo con la sorda erosión, que es otro nombre de la entropía. Es cierto que las playas nacen y desaparecen (también se muere el mar), pero, desde nuestra mísera atalaya, desde nuestro 1790 sobre una construcción ruinosa de madera comida por las termitas que un día fue un muelle a un cuarto de legua de una ciudad cualquiera, somos mucho más breves que el mar y nuestros atardeceres son una cuenta atrás.

 

5.

En el bello libro de Ryoko Sekiguchi Nagori: la nostalgia por la estación que termina se nos explica que las estaciones en el Japón (que pueden ser cuatro o muchas más), y en general todo transcurrir, todo movimiento dentro del tiempo circular (que se sucede, él también, ajeno a nosotros, dependiente sólo de una dinámica de elipses, órbitas y gravitación), presentan tres momentos, tres sazones. El sabor, amargo aún, de los frutos que empiezan a aparecer en los primeros días, la madurez cumplida del periodo intermedio de la estación, y la resistencia o la agonía de los últimos ejemplares cuando ya un tiempo se va encontrando con el siguiente. Ese tercer tiempo es el nagori, y tiene el valor melancólico de saberse definitivo, de saberse sin alternativa. Es bien cierto que pasará un año, se cumplirá un nuevo ciclo, y volverán las mismas flores (no, no las mismas, las flores nuevas, las descendientes) y habrá otras cosechas, pero nosotros somos tangentes a ese carrusel, nosotros vamos navegando en el río de Heráclito, y acaso no nos alcance para el nuevo florecer. O, aunque lleguemos, sabemos muy bien la cuenta de nuestros años, y cada sabor nuevo resuena con los sabores que le precedieron, y esa resonancia cada vez es más densa, más profunda, más difícil de acordar.

 

6.

Sekiguchi nos explica, y hemos de creerla, pues sólo tenemos respecto del Japón una inagotable fascinación y un, ay, muy escaso y superficial conocimiento de su cultura, que nagori proviene de una abreviatura o contracción del término nami-nokori, formado por las palabras que corresponden a ola y a resto o vestigio. Ese vocablo serviría para designar lo que dejan las olas en la orilla, en su vaivén. No tiene equivalente posible en castellano, y por eso mismo su poder evocador se multiplica. No sólo es la humedad que alcanza a una porción de la arena. Es también la espuma que brevemente burbujea allí, en una habitación efímera, pues era sólo la avanzadilla de un cobarde ejército de agua que se retira a su trinchera del mar y la deja allí, derrotada, sometida a la sed de la tierra y el aire. Nami-nokori son también las conchas, las algas, los objetos que han sido arrastrados por esa última ola, que acaso sean reclamados de nuevo por la siguiente que, a no dudar, traerá también su propio nami-nokori, componiendo así una acumulación arbitraria, una wunderkammer litoral que poco a poco se convertirá en sedimento y modificará a su vez el relieve y la organización de esa frontera de agua. Estamos en el principio del mar, y el principio del mar avanza y retrocede, se atreve y duda, va y se vuelve, nos abraza y nos abandona.

 

7.

Hay, en efecto, una región indecisa. En ella, en esa superficie engañosamente tersa, más fresca que la ardiente arena que se acumula a su lado, nuestros pies descalzos dejan su impronta, observamos la huella de los dedos, la marca inequívoca de nuestro avanzar paralelos al mar. Esa impresión tiene muy corta vida, se diría que, rechazada por ese flexible material que ya no es tierra pero tampoco es agua, es incapaz de imponerse, de penetrar. Los leves surcos son reabsorbidos por esa arcilla y el siguiente paso que damos parecería ser el primero, siendo el último, y estando él mismo condenado a una pronta desaparición. Así, nuestro trayecto, que se escribe como estelas en el mar, no puede ser leído por nuestros sucesores. Es como si hubiésemos volado bajo junto al oleaje. Es como si nosotros mismos fuéramos también, inevitablemente, nami-nokori.

 

8.

Al principio de su cuento Magush, la gran Silvina Ocampo dice: Una bruja tesálica adivinó el destino de Polícrates en los dibujos que al retirarse hacía el mar en la orilla de la playa. Hay, así, una mancia que consiste en leer las rayas de la mano del agua a cada acometida, a cada caricia a la playa. Pechinas, veneras y conchas del Mediterráneo le lleva Clara Janés a Vladimir Holan, a la isla de Kampa, en Praga, y el checo ya había anticipado ese regalo y la visita de su alma gemela en la distancia. La poesía es también una mancia, y en cada poema asistimos a la ejecución de un nami-nogori, pues las palabras llegan adentro, a las secretas moradas del corazón y dejan allí quién sabe qué espumas, que aguantan, aguantan, un poco apenas, o para siempre. El oleaje de los versos, que vuelven y vuelven con su eterno golpear, y nosotros llenándonos de conchas, convirtiéndonos en un acuario.

 

9.

¿Qué había escrito el mar en Tesalia, para que la bruja pudiera leerlo? ¿Y nosotros? ¿Cuál es nuestro dibujo en la playa? ¿Sabremos leer el uno el dibujo del otro? En su agonía, las burbujas de la espuma reflejan un sol que cae sobre ellas como una espada: su venganza es ese descomponer del espectro, ese abrir la luz, que ya no podrá volver ella tampoco a su mar de cielo siendo la misma. Y suenan, suenan las burbujas, aunque la atronadora galerna no nos deje escucharlas. Esa voz resiste igualmente. Y habría un poema que podría transcribir el mensaje, si no tuviéramos tanta prisa en ser, si no estuviéramos tan obsesionados por la navegación. Y si tuviéramos un poco más de calma, un poco de atención, veríamos alrededor pechinas, veneras y conchas, una riqueza opulenta de esas monedas incorruptibles, las monedas que se intercambian dos poetas separados por océanos de tiempo.

 

10.

Hay, por lo tanto, formas alternativas del tiempo. Hay un penetrar hacia el futuro, una resaca que arrastra hacia un pasado vivo y palpitante. Hay una tabla de mareas que acoge el recuento de las veces en las que fuimos capaces de transgredir las fronteras del cono de luz. Hay una zona de solapado entre los fotogramas del hoy y del nunca. En ese ámbito crepuscular se ensayan los nuevos tintes del alba, y hay dos nami-nokori nuestros que perseveran en el conatus de su no ser. Inalcanzables por la erosión, interminables.

 

11.

Al principio de la semana pasada busqué en el calendario de mi móvil el 21 de junio de 2064. Era, es decir, será, ya lo sabía, sábado. Escribí una anotación: Mi centenario. No seleccioné una hora: coloqué todo el día. Y me pareció oportuno añadir una alarma para el día anterior a las 17 h. Es dudoso que ni Google Calendar ni Android ni ninguno de los artilugios tecnológicos que nos rodean aguanten los cuarenta años que faltan. Mucho menos, que aguante yo, que no lo deseo ni por asomo. Pero, de algún modo, esa anotación es el dedo del agua del estar siendo hollando los territorios inconcebibles del ya no ser. Allí, el nami-nokori de ese mensaje quizá deposite veneras que alguien recogerá. Alguien más joven. Alguien que, tal vez, ni siquiera existe aún.

 

12.

Es sabido que 2046 no es un año, o tal vez sí, también, sino un lugar. En la inmensa red ferroviaria de un futuro fluorescente hay trenes que llevan allí. Los viajeros de esos trenes van a 2046 en busca de los recuerdos perdidos, porque en 2046 nada cambia nunca, la muerte no tiene dominio. Nadie sabe si en verdad esos exploradores consiguen sus deseos, pues nadie retorna. Nadie, salvo el narrador de la película de Wong Kar Wai, que vive en la habitación 2047 porque no puede retornar a la 2046, donde en otra vida, en otro universo, en otra película, escribía con Maggie Cheung relatos de artes marciales. Cuando estoy en hoteles suelo ponerme siempre las mismas películas, una y otra vez. En la pantalla hoy, quizá, esta noche, vea partir los trenes a 2046 y me monte en alguno. A veces, se dice en los caravanserais de la red ferroviaria, los trenes se equivocan porque los números bailan: es fácil que pueda acabar en 2064, y aún alcance a escuchar la débil pero inquebrantable voz de la última burbuja del nami-nokori que inauguró mi acto temerario. Será, probablemente, un verso lo que se oiga en ese último vagón en el que puede que estemos ambos. Un verso: ¿cuál?

 

13.

Restos de olas: me parece que no es un destino despreciable. Una vez escribí: Somos lo que queda de la ola: espuma, apenas. Y luego nada. Pero fuimos oleaje, y rugir. Y galerna. Entonces no sabía aún que todo eso se llama nami-nokori. Los trenes en los que me montaba iban casi siempre a Trieste. Y es verdad que allí están los recuerdos perdidos. De este lado, el mar, aunque no llega aquí su rumor. O sí, tal vez sí. Vamos a guardar silencio, a ver si lo escuchamos.

 

14.

Detenido al comienzo del golpe que inició el infame proceso en la Argentina, en 1976, Di Benedetto fue trasladado de su Mendoza, donde dirigía el periódico Los Andes, a una prisión en Buenos Aires (ya no Ayres), en la que fue torturado durante muchos meses. Algunos días era arrastrado fuera de la celda, al patio, quizá con los ojos vendados o encapuchado. Iban a fusilarlo. Lo colocaban en el paredón, y el pelotón se alineaba frente a él. Se emitían, estentóreas, las órdenes oportunas, el escritor, sin duda, sentía ya llegar la ola definitiva, de plomo, que le sumergiría sin posible emerger. Pero todo era una broma macabra, un simulacro que se repitió hasta cuatro veces, en un ejercicio de crueldad insoportable. El retorno a la celda debía de ser algo así como el alivio más doloroso que pueda uno sentir. Di Benedetto nunca se recuperó de eso, quién podría hacerlo.

 

15.

Zama había sido publicada veinte años antes. En ella hay un mono muerto que oscila entre los palos de un muelle abandonado. El tictac es justamente eso, un no poder salir de la jaula de la maquinaria, el insistir en un irse y no. Pero hay otros tiempos, hay dedos de tiempo que se aventuran en una arena permeable y apta para los poemas. El instante se prolonga, su cola asintótica contiene aún la información que podemos hacer saltar, como un guijarro sobre la superficie del lago. A eso se le llama onda evanescente. Cada vez que nos fuimos, cada vez que el abrazo se truncó, cada vez que el beso no acabó de dibujarse, algo, una nada, se coló en el otro lado del puesto fronterizo, inauguró, no una bifurcación, sino una nueva historia, propicia en centenarios. Eso es lo que escribimos. Quiero decir, eso es lo que escribimos cuando nos sale, las mejores tardes, en los mejores poemas.

 

16.

No hay ola que se pierda, todas ellas arrastran su ser hacia su haber sido, y su haber sido pertenece ya a la arena, y la arena se mueve con el viento, dunas enteras que se desplazan como una caravana de camellos, y vuelan los granos de arena, y se depositan sobre los mármoles de las viejas tumbas en los desiertos calcinados, y alteran sus inscripciones, y todo se combina, todo se engarza en un poema incontenible, y en ese poema está todo, y todos los calendarios son igualmente inexactos. Y es en ese mar en el que es bello naufragar, y es allí donde nos llevan, vencedores ya de la espera, los trenes fluorescentes que salen cada noche de cada habitación de hotel, a la playa llamada 2046.


lunes, 4 de noviembre de 2024

Sonrisas lentas

Diario para un cuento

 



Según Alain Resnais

hacia el final de su vida

Lovecraft fue vigilante nocturno

de un cine en Providence.

Pálido, sosteniendo un cigarrillo

entre los labios, con un metro

setenta y cinco de estatura

leo esto en la noche del camping

Estrella de Mar.

ROBERTO BOLAÑO

 

1.

De entre todos los concursos literarios locales de poca monta de España, el más famoso probablemente es el II Premio Alfambra de Relatos, convocado en Valencia en 1983. El ganador de esa edición fue, al parecer, Juan Gómez Saavedra, un autor que no debe de haber tenido una carrera literaria posterior muy destacada. La obra ganadora se tituló Encuentro en Praga, y de ella, junto con los diversos accesits otorgados, se hizo una edición a cargo de la entidad convocante, esto es, el Ayuntamiento de Valencia a través de la Editorial Prometeo. En la portada del libro, una imagen de Kafka. No cualquier imagen, puesto que en ese camafeo lo que se muestra es una porción de la foto célebre que se hicieron Franz y Felice Bauer, su prometida, adecuadamente recortada para que no quede en ella ni resto de la berlinesa, relegada una vez más a su desairado estatus de destinataria muda. Pero de Felice habrá que hablar otro día más largo y más tendido, pues acaso no hay obra literaria más desgarradora en el siglo XX que la correspondencia entre esos dos enamorados.

 

2.

Casualmente (o tal vez no tan casualmente, seguramente no) ese año, 1983, correspondía al centenario del nacimiento de Kafka, de igual modo que este, el 2024, corresponde al centenario de su muerte. Nos separa, pues, de esa publicación en principio de tan poco recorrido, y que aún hoy puede encontrarse en alguna librería de viejo u ofertada por Internet a precios más bien desorbitados, una vida-de-Kafka. Casualmente (o tal vez no tan casualmente, seguramente no) el escritor olvidado Gómez Saavedra decide situar en Praga un encuentro, sin que nos sea posible saber (bien, tal vez sí nos es posible, pues siempre podríamos conseguir ese libro tan poco accesible, pero en todo caso nos es complicado) quién se encuentra con quién en esa Praga de 1983 o de 1883 o de 1924, o incluso de 2024 si nos hallásemos ante un relato de ciencia-ficción, que todo podría ser, ya verán cómo sí podría ser. ¿Acaso es un encuentro del autor con Kafka? ¿Lo será con Gregor Samsa, antes o después de devenir bicho? ¿Andarán por ahí Fräulein Burstner o Frieda u Ottla Kafka o Milena Jesenská o incluso la propia Felice? Esto, como dice la cita inicial de The murders in the Rue Morgue, de Poe, que es nada menos que del Urn burial de Thomas Browne, es algo que no está más allá de toda conjetura, pero no deja de ser una cuestión tan ardua como el nombre que tomó Aquiles para esconderse entre las mujeres o la canción que las sirenas cantaban. Es una cuestión ardua porque muy poca gente ha leído ese relato y es previsible que muy poca gente en el futuro lo haga.

 

3.

Y, sin embargo, de todos los ganadores de los últimos cuarenta años de concursos literarios españoles de poca monta, no cabe pensar que Gómez Saavedra, a pesar del olvido que acaso injustamente le haya cubierto, sea el más desafortunado, pues es precisamente a través de los derrotados en ese concurso como siempre será recordado, al menos por un grupo notablemente nutrido (tanto que llamarnos secta parecería insuficiente) de connoisseurs. Al II premio Alfambra de relatos convocado por el Ayuntamiento de Valencia concurrieron un número indeterminado (de nuevo, no más allá de toda conjetura y hasta verificable por algún documentalista, pero en todo caso irrelevante aquí) de manuscritos, pero dos, que obtuvieron sendos accesits han pasado, ellos sí, a la historia de la literatura, y aún más que ellos el hijo que de ellos nació, con el correr de los años. Y ésa es la verdadera historia. Aunque no es, todavía no (pero quién sabe) la materia de mi cuento.

 

4.

El segundo premio, que puede ser el primer accésit, lo ganó un veterano escritor argentino que, como tantos otros compatriotas, había tenido que escapar del país y venir a Europa, concretamente en este caso a Madrid, Antonio di Benedetto. Periodista, a la par que finísimo y muy personal narrador, autor de una obra que le había consagrado ya hacía décadas, Zama, y de un puñado de cuentos irrepetibles, se ganaba la vida de editor de una revista médica y haciendo traducciones y correcciones. Apuntarse a todo tipo de concursos, por más de medio pelo que fueran, era una forma de suplementar sus ingresos. A Di Benedetto (a la fuerza ahorcan) no se le caían los anillos, y es curioso pensar (es curioso pensarlo yo, que durante años me apunté a todo tipo de concursos, para ganar tan pocos) que en la masa de postulantes, en la que a no dudar abundarían escritores aficionados de bajo vuelo, grafómanos insistentes pero sin recorrido, algún desubicado y muchos jóvenes con ansia y aspiraciones probablemente legítimas, se encontrara alguien de su nivel. Aunque no, no es tan raro, me temo. Esto de la literatura no es sencillo, que se lo digan a… bueno, a todo el mundo.

 

5.

El relato de Di Benedetto para el concurso se tituló Intensa mirada filial, aunque luego acabó publicándose como En busca de la mirada perdida. Es un cuento de ciencia-ficción, distópico incluso. No entraré en el detalle, pero les recomiendo su lectura. Fue incluido en un volumen llamado Cuentos del exilio y forma ahora parte de la magnífica edición de los Cuentos completos de Di Benedetto, a cargo de Adriana Hidalgo. En todo caso, apunto algunas cosas: hay unos padres que pierden a un hijo. Hay una huida de la privilegiada Ciudad del Aire, suspendida en la atmósfera, a las Comarcas, de vida tradicional, en la ardiente, inhabitable superficie terrestre. Hay una mirada final a un pozo, donde el agua completa la tétrada: el aire de la Ciudad abandonada, la tierra de la superficie, el fuego que asola inesperadamente esa superficie, debido al calentamiento producido por no se sabe qué catástrofes nucleares, el agua del fondo del pozo donde nos mira el ojo del hijo, donde nos llama. El narrador es, según nos dice, un exescritor, incapaz de abordar la tarea solicitada por el editor de imaginar la humanidad del año 2900, ni siquiera desde ese punto indeterminado del tercer milenio en el que nos cuenta la historia (téngase en cuenta que el cuento es de 1983 a lo más tardar, todo nuestro presente es futuro lejano para su autor). Es un cuento tristísimo, como su autor, un hombre triste, que, interpelado por el inefable Soler Serrano en la inolvidable entrevista de A fondo, de Televisión Española (localícenla, está disponible en YouTube) sobre su tristeza, tan evidente (tan justificada), esboza una sonrisa para decir que no, que pese a todas las apariencias, ese día, el de su entrevista, era uno de los mejores.

 

6.

El tercer accésit, que si no nos descontamos es el cuarto premio, correspondió a un joven chileno de apenas treinta años, que envió al concurso su primer cuento (era poeta, y como tal se tuvo siempre), un cuento que siguió inédito, salvo en esa publicación del Encuentro en Praga, durante muchos años, hasta la edición de sus Cuentos completos, ya en el 2019, ya, ay, póstuma. El cuento se llamaba, de forma bastante tremebunda, El contorno del ojo (Diario del oficial chino Chen Huo Deng, 1980), y el joven chileno, que se ganaba malamente la vida en diversos oficios por la Catalunya del comienzo de la década, tras haber llegado desde México, donde estuvo los años suficientes como para convertirse en una particular leyenda infrarrealista, se llamaba, claro, Roberto Bolaño.

 

7.

El contorno del ojo, y ya tenemos otro ojo que añadir al del hijo perdido que brilla en el pozo en el cuento de Di Benedetto, tiene la forma de un diario. Un diario peculiar, en el que, a la enunciación escueta (y no, desde luego, correlativa) del día de la semana, no acompaña numeral alguno, ni mes, ni año, como si esos detalles del calendario fueran irrelevantes, en la estasis de la sociedad inmutable y extrañamente indescifrable de la China roja en la que se sitúa. Pasamos de un jueves a un martes y luego a otro jueves, y se pueden contar (lo he hecho por encima, puede haber error) hasta catorce o quince semanas, en las que la acción parece, no ya estancada, sino en un continuo rotar hasta un desagüe que mágicamente no acaba nunca por tragársela, como si la Coriolis de un hemisferio luchase con la de otro (chileno afincado en Catalunya) y el eterno retorno se nutriera de noticias de periódico crecientemente inverosímiles, pero recurrentes y por ello cada vez más sólidas, y lejanas fogatas que los carboneros (pero quiénes) encienden allí enfrente, pero dónde, cómo, diría Cortázar. Es un cuento notable, a pesar de todo. Nada le asemeja al de Di Benedetto. Salvo dos cosas. La primera, es un cuento tristísimo. La segunda, acaba también con un suicidio.

 

4.

Un día, a Bolaño, que debía de vivir entonces en su famoso piso de la calle Tallers de Barcelona, le llegó el libro de la Editorial Prometeo (Prometeo…) y alucinó al comprobar que otro de los premiados, o, más bien, otro de los derrotados en el concurso era el gran Antonio Di Benedetto, al que Bolaño conocía y admiraba, un autor que había nacido más de treinta años antes que él. En aquellos días Bolaño, como Di Benedetto, pero del lado opuesto de la vida, aunque no menos acuciado económica y vitalmente, también se apuntaba a todo tipo de concursos literarios. En la era en la que Internet no cabía aún ni como temática de un cuento distópico, conocía de la existencia de esos certámenes, repartidos por toda la geografía española, como se diría en el No-Do (no desdeñando pueblos de pocos habitantes, que frecuentemente solicitaban para el premio de Ensayo una glosa de la ciudad convocante, su historia, sus recursos naturales, la belleza de sus parajes y la gloria de sus monumentos), se enteraba de la existencia, digo en algún lugar de la parataxis, a partir de publicaciones periódicas de papel en notas insertadas entre las necrológicas y la información meteorológica o entre los deportes y los sucesos. Bolaño, como Di Benedetto, tiraba a todo lo que se movía. En algún momento, alguno de ellos, probablemente, inventó aquello de cazadores de cabelleras. Yo también lo fui, bien modestamente, mucho tiempo. Kafka escribió una breve y enigmática pieza titulada Deseo de ser piel roja. Exactamente.

 

5.

Lo que he dicho en el epígrafe anterior puede o no ser exacto. Me he basado, no en una crónica o en una obra biográfica, sino en otro relato. Un relato que ya no gira en torno a un desagüe, sino que se eleva en una hélice prodigiosa. Es el que abre el primer libro de relatos publicado por Bolaño, titulado Llamadas telefónicas. El cuento se titula Sensini, y en él Bolaño (o, por mejor decir, el narrador, que no se nombra, ni siquiera como Arturo Belano) cuenta que se presentó una vez a un concurso convocado por el Ayuntamiento de… Alcoy, y que no ganó, pero quedó lo suficientemente bien como para que publicaran su historia, y entonces se dio cuenta de que otro de los premiados era justamente el gran Luis Antonio Sensini, autor de una obra inmortal, Ugarte, y trasunto más que evidente de Di Benedetto.

 

6.

Sensini es un gran cuento. Es más, es un cuento brutal, magnífico. Narra la relación, solamente epistolar, entre el narrador y el tristísimo Sensini, que vive exiliado en Madrid, y se apunta a concursos. En las cartas Sensini y el narrador intercambian información sobre concursos en Plasencia o Écija o Don Benito. También hablan de otras cosas. Por ejemplo, del hijo ausente de Sensini, fruto de su primer matrimonio, un periodista perdido por Latinoamérica, que es el eufemismo que Sensini utiliza para no formular lo que siguió negando hasta el final: que era un desaparecido en la atroz dictadura argentina. Sensini tiene también una hija de su segunda pareja, que vive con ellos en Madrid y es una joven estudiante de Medicina, Miranda. Bolaño, o nuestro narrador, fantasea con Miranda, y acabará conociéndola, una vez se haya producido el fallecimiento de Sensini. Y eso es todo lo que les diré del cuento. Es preciso que, sin tardanza, lo lean. Me lo agradecerán.

 

7.

Bolaño escribió Sensini en “1995-96”, según figura al final del mismo cuento, y Llamadas telefónicas se publicó en 1997. Muchos años después del II premio Alfambra, y una década después de la muerte de Di Benedetto. Bolaño no es ya tan joven, y está a punto de consagrarse como una bestia sagrada de la literatura universal, cosa que ocurrió sobre todo a raíz de su triunfo en otro premio, de mucho más nivel y trascendencia que el de cualquier ayuntamiento de Alcoy o Écija o Don Benito, el Premio Herralde de 1998 con Los detectives salvajes. Cinco años después murió, con apenas cincuenta años, como resultado de las complicaciones de salud que había venido padeciendo hacía años, enfermo hepático a la espera de un trasplante que nunca llegó. Es real, al parecer, que Bolaño escribió a Di Benedetto y mantuvieron durante un tiempo una correspondencia que se vio demorada por el retorno del mendocino a Argentina, concluido el Proceso, y truncada finalmente por su muerte, también temprana, pues Di Benedetto estaba apenas por cumplir los 64 años cuando falleció. Es enternecedor cómo en Sensini Bolaño recuerda esa historia de su juventud y rinde homenaje a un maestro distante e inesperado.

 

8.

Pero Bolaño es Bolaño, y siempre lo fue, pues nació ya armado, como Atenea de la cabeza de Zeus. En Sensini hay también mucho juego. Para empezar, Di Benedetto no tuvo nunca un hijo varón. Fue él quien fue torturado y tuvo que huir. Para incluir de algún modo eso en el cuento, Bolaño le inventa un hijo, y le coloca el nombre de… Gregorio. Al saber por una de las primeras cartas de Sensini que ése es el nombre, el narrador conjetura que acaso fue bautizado así como homenaje a Kafka, cosa que luego acabará siendo corroborada por Miranda. Eso es, además de muchas otras cosas, un chiste, pues el relato ganador (que nuestro narrador juzga mucho peor que el suyo, pero así son siempre las cosas) en el mundo real en el que el premio era de Valencia y no de Alcoy era Encuentro en Praga. Es más, cabe incluso suponer que la elección de Sensini como apellido, además de corresponder al de un futbolista argentino célebre en la época, que jugó muchos años en el Calcio, es otro chiste, para que el malogrado periodista tuviera el nombre de Gregorio Sensini, que es lo más parecido a Gregor Samsa que se puede encontrar por estos lares, o los lares de allende los mares.

 

9.

¿Dónde está mi cuento? ¿Es éste mi cuento? Probablemente no, pero quién sabe. Ahora mismo lo único que cabe es seguir cavando, a ver si aparece en algún momento el asa del cofre. ¿Cuándo supe de Sensini? Tarde, ay. Imbuido de una devoción casi religiosa por los autores del boom hispanoamericano, que eran los que me correspondían por mi edad en mi educación literaria (y sentimental), no supe detectar a Bolaño a tiempo, cuando aún andaba entre nosotros, no supe descubrirlo, y me apunté a la veneración bolañiana que cubrió en tiempo récord el planeta cuando ese tsunami era ya imparable y demasiado evidente como para negarlo. Y empecé por el final, y por lo más gordo, la monumental 2666, para ir retrocediendo, hasta llegar a los cuentos casi por último. Fui conociendo la historia real (si hay tal, si no hay que escribir “real” siempre con comillas, como recomienda Nabokov) detrás del cuento e indagando por mi parte. Busqué en Iberlibro Encuentro en Praga, estuve tentado de comprarlo. Empecé a leer a Di Benedetto, que era otra de esas presencias conocidas, pero nunca atendidas. Lo hice gracias a haber sabido de Sensini. Recuerdo una tarde en el Parador de Gredos (hablaré un día de ese lugar y de los sucesos literarios que en él me han acontecido) leyendo del tirón Los suicidas, de Di Benedetto, una obra deslumbrante. Todo ha sido así con ambos, con el chileno y con el mendocino, à rebours, de adelante hacia atrás. Hasta colonizar esos territorios, yo, el cazador de cabelleras más tardío e incapaz que imaginarse pueda.

 

10.

El 20 de mayo de 2023 estoy en Barcelona, en un seminario sobre Bolaño. Lo imparte Valerie Miles, una personalidad muy importante del mundo editorial y cultural en general. Es fascinante. Nos cuenta del Archivo Bolaño (ella comisarió una exposición que yo llegué a ver en la Casa del Lector del Matadero de Madrid, aquí, al ladito de casa), de la edición de sus obras póstumas. Leemos Sensini, hablamos de ojos, hablamos de Nabokov. Apunta que, rizando el rizo, en una coda irónica, al final de Sensini (en la edición original; en la que yo manejé de los Cuentos completos la información está torpemente colocada al principio, como una nota al pie) se anota que el cuento ganó el premio de narración Ciudad de San Sebastián en 1997 “patrocinado por la Fundación Kutxa”. Se cierra el círculo póstumo: el cazador de cabelleras ha cobrado su último trofeo y se lo ofrenda al guerrero muerto en la lejana Argentina. Es una mañana maravillosa.

 

11.

Llevo un cuaderno al seminario. Anoto algunas cosas, más bien pocas, deslavazadas, en realidad estoy embelesado escuchando, y también participando en el diálogo, no levanto acta alguna. En un momento dado, Valerie habla de Amberes, la que sería en realidad la primera novela de Bolaño, aunque publicada muchos años después, y concebida originalmente como una sucesión de poemas en prosa titulada Gente que se aleja (así recogida en La Universidad desconocida y ahora también en la Poesía completa). Yo entonces no he leído completa Amberes, aunque la tengo en casa. Valerie nos cuenta de esa obra, no recuerdo los detalles exactos de lo que nos dice. Yo anoto en mi cuaderno Amberes – Robbe-Grillet – Marienbad – Purple Rose of Cairo. En Amberes estamos en un camping. Hay un cine improvisado al aire libre, una sábana que se coloca extendida, atándola con unos cordeles a los árboles. Las escenas que se suceden, sin ilación evidente, pueden ser parte de las películas allí proyectadas. Puede incluso no haber separación entre el mundo de dentro del film y el mundo del camping. Por eso la mención a la película de Woody Allen, seguramente. Entonces, anoto (y lo encierro entre estos paréntesis picudos <…> para avisarme de que eso no es una nota de lo que se está contando, sino un fragmento o una idea o un verso o un juego literario que se me ha ocurrido al hilo de lo que estamos hablando, cosa que me sucede a menudo): Una película proyectada sobre un sudario. Y ahí sí, ahí ya está empezando el cuento.

 

12.

Pero no corramos. Hagamos caso a las autoridades: leamos a Felisberto Hernández. Felisberto, otra de mis bestias sagradas, tiene un texto titulado Explicación falsa de mis cuentos, en el que dice: En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta. Pero no se puede hacer más que acecharla por el momento, con el deseo de que eso, esa idea, no fracase: sin embargo, nos dice Felisberto, debo esperar un tiempo ignorado: no sé cómo hacer germinar la planta, ni cómo favorecer, ni cuidar su crecimiento: sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesía; o algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos. En Barcelona, el 20 de mayo de 2023, pensé que en un rincón de mí nacería una planta, y coloqué ese germen en un cuaderno instantáneamente olvidado, pues es diferente al cuaderno en que escribo las cosas que escribo. Era el cuaderno en el que anotaba las cosas que oía en los seminarios como el de Valerie. ¿Está creciendo la planta? Yo creo que sí, pero no puedo hacer mucho más que contemplarla. Y ustedes, si quieren, conmigo.

 

13.

Es mejor no ir muy de frente, ni acercarse mucho. Es una vegetación delicada. Les cuento algo, mientras. La primera vez que oí el nombre de Felisberto, creo que ya lo he dicho por aquí, fue de labios de Julio Cortázar, vivo entonces (hablo quizá de los setenta aún), en un programa de la Televisión Española, en una entrevista. Me quedó siempre ahí (el otro nombre que conocí esa noche fue el de Roberto Arlt, que inventó a un jorobadito que se pasea muchos años después por el camping de Amberes). Un día empecé a ver en las librerías un bello tomo de la colección Libros del tiempo de la entonces exquisita (hoy algo menos) editorial Siruela. Se llamaba Narraciones incompletas y era de Felisberto Hernández. Lo codicié. No me lo compré. Desapareció pronto. Se convirtió en poco menos que inencontrable. Me fui comprando todo lo de Felisberto, y hasta repetido. Las obras completas en tres volúmenes de Siglo XXI, las sucesivas y fragmentarias ediciones de sus cuentos, Las Hortensias, la Narrativa completa que acabó apareciendo en El Cuenco de Plata, su Correspondencia, numerosos estudios sobre su obra. El libro de Siruela ya resultaba profundamente redundante. Y, sin embargo, esa codicia juvenil nunca apagada me impulsó a acometer finalmente su adquisición, en Todocolección, a un particular de Córdoba (de la Córdoba española, no de la argentina). Encargué el libro el 1 de febrero de este año, lo recibí poco después. Era un ejemplar impecable, apenas leído. Sólo había en él una anotación, una dedicatoria. Rezaba De Miguel a Candelaria 21-12-91.

 

14.

No es infrecuente que en los libros usados aparezcan ese tipo de anotaciones. En mi abundante comercio con las librerías de viejo me he encontrado cosas muy dignas de mención al respecto, algunas ya se las he ido contando por aquí. Al final, hay un vértigo particular en ese testimonio indeleble que eterniza el presente que un Miguel (pero quién, cómo) entregó a una Candelaria pocos días antes de la Navidad (pero no en Navidad, a saber por qué) de 1991. Candelaria es un nombre poco común. Remite a ritos antiguos en los que las velas procesionan en la festividad de la Presentación de Nuestro Señor en el Templo. El día de la Virgen de la Candelaria es el 2 de febrero. El 2 de febrero de este año mis Narraciones incompletas estaban viajando de Córdoba a Madrid. ¿Es esto el cuento? Podría ser. Julio Cortázar, que me presentó a Felisberto, que escribió un bellísimo texto sobre él, tiene un relato titulado Diario para un cuento en Deshoras, que es una colección que también ha aparecido por aquí al hilo de Botella al mar, esa carta a Glenda. El Diario para un cuento tiene la forma, realmente, de un diario, como El contorno del ojo de Bolaño, y narra, tramposamente, cómo se va escribiendo un cuento que acaba siendo el propio diario. Ese diario comienza un 2 de febrero, el día de la Candelaria.

 

15.

Al comienzo del Diario para un cuento, Cortázar invoca, como si de encomendarse a un santo (o a una virgen, acaso la de la Candelaria) se tratara, a Adolfo Bioy Casares. Es en el relato de El otro laberinto (¿el otro?) donde, muy de pasada, Bioy menciona algo tan fascinante como una fábrica de norias en Budapest. A mi relojera de hace una semana la hice descender de una familia de fabricantes de norias, en ese delirio circular en el que la marcha dextrógira del reloj acababa siendo apenas opcional. Como aquí, sin duda. Bioy Casares tiene un libro que aún no he leído (cosa rara, pues llevo leyéndole muchos años con gran placer, pero su obra es, quién lo duda, vasta) que se llama Dormir al sol. Una vez dormí al sol, o por mejor decir a la intemperie. Acaso lo hice algunas veces más, pero ésa la recuerdo especialmente. Era una playa. La playa de un camping. El relato empieza a armarse sólo.

 

16.

¿Les he explicado ya que quiero escribir un relato para presentarlo a un concurso y ganarlo, o, mejor aún, obtener el segundo puesto, un relato que fuera el tercero, el hijo de Sensini, que es el hijo de El contorno del ojo y de En busca de la mirada perdida? Esa fue la idea desde el principio. No es algo extraño: todo el rato anoto ideas para cuentos o novelas. No las desarrollo casi nunca. Se me dan mejor esos chispazos, esos fogonazos, he tenido siempre poco tiempo, me digo, tengo en realidad poca disciplina, admito, lo cierto es que mis decenas de cuadernos están llenas de frases sueltas, pequeñas imágenes, títulos sólo a veces. Cuando fui releyendo Sensini en el tren de camino a Barcelona en mayo de 2023 ya se me iba ocurriendo algo así. Pero juro que no sé por qué anoté lo que anoté en el cuaderno, no sé de dónde me vino lo del sudario, más allá de que, claro, había una sábana en la que se proyectaba cine en el camping que cuidaba Bolaño, porque Bolaño fue vigilante nocturno del camping Estrella de Mar en Castelldefels durante los primeros años ochenta, eso lo sabe todo el mundo, él lo ha contado, ha escrito poemas, ha escrito Amberes. Si había un sudario había un crimen. Por supuesto, siempre hay un crimen. También, aunque quién sabe, en Amberes. También en La pista de hielo. Y qué decir de 2666. Es un relato policial, entonces. Ni tan mal.

 

17.

Sí, algo así: la sábana permanecía en su lugar, atada por sus cuatro esquinas a los pinos, cerca de la entrada del camping. A veces el viento era fuerte y la batía, haciéndola resonar como un tambor. Bolaño seguramente le dijo al inglés, si fue el inglés quien la colocó allí: sería mejor que desatáramos la sábana, esta noche podemos volver a colocarla, pero nadie lo hacía y la sábana seguía esperando la llegada de las imágenes, blanca como la pantalla vacía del comienzo de Persona. Hasta que hubo finalmente que desatarla para cubrir el cuerpo ensangrentado. Nadie tenía nada mejor a mano. El vigilante, siempre con el cigarrillo entre los labios, cortó los cordeles con su navajita y lanzó el lienzo sobre la chica desnuda. Entonces, y sólo entonces, la sábana comenzó a ser sudario. Las imágenes de la película, mientras, sin nada que las contuviera, sin nada sobre lo que apoyarse, se fugaban hacia la noche interminable, se rompían la cabeza en la tapia del otro lado del camping. El año pasado en Marienbad, sin duda. La película de Robbe-Grillet y Alain Resnais que se basa (pero ellos no lo dijeron, nunca lo dijeron, por evidente que fuera) en La invención de Morel, de Bioy Casares. Bolaño sí lo dijo, aunque cambió los nombres. En otro cuento, El viaje de Álvaro Rousselot, que está incluido en El gaucho insufrible, el último libro que entregó en vida a su editor, pocas semanas antes de morir en la Vall d’Hebron.

 

18.

¿Es esto el cuento? Claro, todo es el cuento, porque este cuento se alimenta de todos los otros cuentos, es un cuento póstumo entre los cuentos, es el tercero, el nieto, el irreparable. ¿Quién lo escribe? Lo escribe un joven madrileño, muy delgado (se le marcan todas las costillas en ese torso desnudo que exhibe porque estamos en la playa), con el pelo rizado. Está en un camping de Catalunya, apenas ha cumplido veinte años. Hay una mesita plegable, un camping gas, junto a la tienda en la que duerme su amigo, que se llama Miguel. Escribe ese cuento antes de saber quién es Bolaño, antes de que nadie supiera quién es Bolaño, quién es Di Benedetto, antes de que Sensini fuera otra cosa que un jugador de fútbol. Miguel le dice: apaga el puto camping gas de una puta vez, se nos va a llenar esto de mosquitos. Pasa el vigilante. Mide un metro setenta y cinco y es pálido. También es delgado, también tiene el pelo rizado, también tiene gafas redondas. Saluda apenas, el cigarrillo en los labios. El madrileño le contesta con un movimiento de la cabeza, una sonrisa. Han estado de copas con él la noche anterior. Es un tío interesante, cuenta muchas historias, ha vivido en México, es poeta, es chileno. Le gusta la ciencia-ficción, las novelas policiales. Al madrileño también. El madrileño, a veces, se tumba debajo de una tumbona. No encima: el sol es demasiado fuerte: debajo. En contacto con la tierra húmeda. Entonces lee un libro, que ya no resplandece tanto bajo el sol cegador. Un libro de Kafka probablemente. Quiere ser escritor. ¿Lo será? Sin duda, para ser escritor basta con escribir. Escribir así, escribir esto, escribir mentiras como ésta, escribir sueños como éste.

 

19.

¿Es esto el cuento, entonces? ¿Un relato barroco, enroscado sobre sí mismo, en el que un escritor en ciernes (es decir, a punto de desplomarse sobre el duro suelo) anota a la luz de un camping gas en el camping Estrella de Mar sobre un crimen que tendrá lugar en un libro que está escribiendo el vigilante nocturno, pero que todavía son poemas que se llaman gente que se aleja, y sí, todo se aleja, especialmente el mar, especialmente la gente que está enferma del hígado y fuma tanto, tanto? ¿Este relato va a ganar un concurso? Es posible, porque ahora, de repente, al escritor, que es una persona ya en la sesentena, en una casa de Madrid muy cerquita del Matadero, se le ha presentado una imagen en la que en el pinar que rodea al camping algo siniestro ocurre, algo como si fuera una película de Lynch, del Lynch que tanto le gustaba a Bolaño, algo así como si el Special Agent Cooper le tomara de la mano a Laura Palmer en un lugar fuera del tiempo que está en la Costa Brava de los años ochenta. La sábana nunca fue descolgada, la película sigue, nadie ha muerto todavía. Ah, cómo abrazaría al joven escritor que está empezando a tener frío, ahí, sin camiseta, de noche, en el Estrella de Mar, en su mesita plegada. Apaga de una puta vez, joder. Sí, ya apago. Total, no se me ocurre nada.

 

20.

En alguno de esos cuadernos de 2023 anoté otra idea para un cuento. Se titulaba Segundo puesto. Cuentan que Bolaño llevaba años apuntado en la lista de trasplantes de hígado, que un trasplante era la única opción que le quedaba para poder sobrevivir. Había ido, quizás, postergando el afrontar ese destino, que le era, de todos modos, conocido, y que le llevó a escribir como un poseso, como si no hubiera un mañana (no lo había) 2666 para poder legar a su familia un bienestar económico. Cuentan, no sé si es verdad, pero no importa, que en el momento de su muerte, que fue más repentina de lo esperado, estaba en el segundo puesto de la lista. No sé si es verdad, ya digo, no sé si esas listas son públicas, si hay un ranking, todo depende de otras cosas, de compatibilidades, de donantes, de distancias. No importa, repito. El cuento se titularía Segundo puesto, y hablaría de quedar segundo. Segundo en un concurso literario. Segundo en el amor de una mujer. Segundo, casi, ahí, ahí, pero, apenas, qué pena, qué lástima, qué bien hubiera estado, qué bien, sí, qué bien hubiera estado ser el primero. De fondo sonaría el Segundo premio de Los Planetas. Bien podría ser el día de la Candelaria, el 2 del 2. Entonces acabaría la canción de Los Planetas y se oiría a Bolaño recitando ese dodecálogo que legó a la posteridad. Ese precioso documento donde se nos insta a proyectar sonrisas lentas en las memorias de algunos amigos con un margen de diez años para que exploten. Y el cuento acabaría con fuegos artificiales de sonrisas, porque los campings están en pueblos que celebran sus fiestas en verano y en las fiestas siempre hay fuegos artificiales.

 

y 21.

Siempre fui timorato, pudoroso, cobarde. Siempre tendí a mirar la vida de lejos. Mis memorias de juventud lo son más de lecturas que de besos. Y, sin embargo, hubo algunas noches. A la mañana de una de ellas me desperté desorientado en la playa. Hacía un calor insoportable en la tienda, habíamos empezado a dormir en la playa del camping. Miguel fue el primero que lo hizo, una noche. Al día siguiente nos contó que había visto algo increíble, surrealista: al alba, una señora muy mayor, obesa, con un gran flotador, hacía unos extraños ejercicios gimnásticos en la arena. Era una bella alucinación, un bello sueño, una buena broma. Un par de noches después yo me fui a dormir a la intemperie, y algo, alguien, me despertó justamente a tiempo de ver ese espectáculo mágico e inverosímil, esa danza que no sabría describir. Como si fuera una película de David Lynch. Volví a cerrar los ojos. Entonces, horas después, me despertó una guitarra. Me di cuenta de que mucha otra gente que no conocía había estado durmiendo junto a mí, en la misma zona de la playa. Un italiano tocaba la guitarra. A mi lado había una chica muy joven. Mi rostro estaba enfrentado al suyo, abrimos los ojos al mismo tiempo, nos sonreímos vagamente. Estábamos casi desnudos. Me recompuse. Estaba resacoso. Localicé a mis amigos. Nos fuimos a desayunar. El italiano seguía tocando la guitarra. Nunca supe más de la chica. Así son mis historias de juventud: Bolaño se hubiera reído de mí. Y, sin embargo, me parece, creo que aquí hay un cuento, un cuento en el que nadie muere. Un cuento que un día será una película que se proyectará sobre una sábana que el viento bate y hace sonar como un tambor. Este cuento. Este cuento que aquí está hecho, que aquí termina. Como el soneto de repente que le mandó hacer Violante a Lope de Vega: contad si son catorce, y está hecho.