Alcanza
a saber que su cuerpo, ya siempre, quedará unido a la tierra. Con el
pensamiento velado, borronea disculpas: “Por causa de fuerza mayor, ha sido…”
Aballay,
tendido en el polvo, se está muriendo, con una dolorosa sonrisa en los labios.
ANTONIO
DI BENEDETTO, Aballay, en Absurdos
1.
¿Cuántas veces muere
uno hasta que se muere de veras? ¿Es la vida una función monótonamente
decreciente, la simple cuenta atrás de la muerte? Es posible que Quevedo
suscribiera esa opción en sus sonetos, y con él todo un Barroco lleno de memento
mori. La afirmación, de hecho, no es original, en absoluto, es prácticamente
un cliché. Corrijámosla un poco: hagamos que la función sea decreciente pero
no lineal. Así, ciertamente, cada segundo transcurre y en su transcurrir
abole la posibilidad de su propia repetición, se consume de manera
irreversible, pero no todos los segundos pasan igual, pesan igual. Algunos, si
nos imaginamos el camino como descendente, siguiendo una axiología obvia, no
suponen un paso más en el declive de la senda suavemente oblicua, sino un
salto, un talud, un abismo. De alguno de esos segundos de defenestración se
sale como si a uno le hubieran arrancado del corazón las manecillas de todos
sus relojes. Sí, eso puede ser. Uno muere muchas veces, muere todo el tiempo,
pero hay momentos en los que se muere más que otros.
2.
Antonio Di Benedetto
fue detenido hoy hace cincuenta años exactos, el 24 de marzo de 1976, en su despacho
de subdirector, director para todos los efectos prácticos, de su diario Los
Andes, en su ciudad natal de Mendoza. Es verdad que ese 24 de marzo de 1976,
que había empezado desde la primera madrugada con el golpe de estado, muchas
otras personas fueron detenidas en la Argentina. Es verdad que lo que se inició
en ese día malhadado del que ya ha pasado medio siglo, porque la condición del
tiempo es pasar, es de una gravedad tan atroz que parecería frívolo centrarse
en una sola de las peripecias vitales que ese, así llamado, tan kafkianamente, Proceso,
hizo descarrilar, en uno solo de los crímenes y crueldades que prodigó hasta lo
inconcebible. Nada que se dijera, es cierto, sería suficiente para agotar el
horror, para establecer con la adecuada firmeza la condena y la repulsa. Pero,
ante el vacío al que ese desaliento nos aboca, bien se puede hablar de una cosa,
bien se puede evocar a una persona, bien podemos fijar la mirada en uno
de esos crímenes. Para que no se olvide. Para que nunca más.
3.
Antonio Di Benedetto
fue detenido en su despacho del diario Los Andes de Mendoza, el 24 de
marzo de 1976, hoy hace cincuenta años exactos. Era un miércoles, hoy es
martes, han pasado más de 19000 días, un número absurdamente grande de segundos.
La condición del tiempo es pasar. En cada uno de nuestros destinos, para cada
una de nuestras historias, el valor de cada uno de los segundos es diverso. En
el tiempo de la vida de Di Benedetto, lo que inaugura ese momento terrible es
una cronología imposible. El hiato que define, el abismo que compone, serán, en
verdad, ya insuperables. En el régimen que hará desaparecer a tantos
otros, Di Benedetto empezó a desaparecer cuando le fueron a buscar al
periódico. Él, de algún modo, lo sabía. Él lo temía. No había sido un militante
destacado en ninguna organización, pero había sido siempre un periodista riguroso,
un defensor de la verdad, y en Los Andes sí se hablaba de las cosas que
estaban pasando durante el gobierno de Isabelita y el Brujo López Rega,
y no se podían decir. O tal vez, no se sabe en realidad, no puede
saberse, hubo comentarios, actitudes, facturas que le tenían pendientes tal o
cual milico. El poder omnímodo, la impunidad absoluta, vienen bien para
los ajustes de cuentas más mezquinos. Ese día, y los siguientes, se detuvo a
tanta gente… bien podía ser Di Benedetto uno de ellos. Él lo sabía. Lo temía.
La condición del tiempo es pasar. En el momento en que la sospecha se convirtió
en certeza, el temor se hizo suceso, el peso de una avalancha de barro cayó
sobre cada uno de los segundos de ese día, sobre cada uno de los latidos de ese
corazón imposiblemente rítmico ya.
4.
A Antonio Di
Benedetto le detuvieron en su despacho del periódico mendocino Los Andes hoy
hace cincuenta años. Como a todos, sin explicación, sin garantías procesales, ignorando
por completo el procedimiento, despreciando los derechos humanos. Le desaparecieron,
y hubo que buscarlo. Acabó en la llamada Unidad 9 de La Plata. Hubo
reacciones. Borges y Sabato, se cuenta, en un almuerzo con el Directorio, le
solicitaron al General Videla, de infausto recuerdo, información sobre la
suerte de varios escritores, clemencia para ellos. Acaso el prócer
frunció levemente el bigote, exhibió la sonrisa de los déspotas, dijo veremos
qué se puede hacer, nada se hizo, se hizo poco, se siguió haciendo mucho
por los que lo buscaban, los que intentaban liberarlo, aducían que no había
cargos, que no había cometido delitos, que no se había significado políticamente.
Como si eso bastara, como si eso sirviera, como si sirvieran esas cosas cuando
uno se humilla ante los psicópatas. Intervino el Premio Nobel de Literatura
Heinrich Böll. Finalmente, con la misma arbitrariedad con la que fue detenido,
diecisiete meses y diecisiete días después, siempre esa cuenta del tiempo,
siempre sus cifras, Di Benedetto fue puesto en libertad. Se le sugirió que
abandonara el país. Lo hizo. Comenzó su exilio europeo. Se afincó en Madrid. No
volvió a la Argentina hasta, justamente, el 23 de marzo de 1984, ayer hizo
cuarenta y dos años. El día siguiente de su regreso era el octavo aniversario
del golpe, hoy es el quincuagésimo. Las fechas.
5.
¿Cuántas veces tiene
uno que morirse antes de estar muerto? No un soldado: un escritor, un
periodista. No alguien que trabaja con explosivos, no alguien que está enfermo
durante muchos años. Usted, yo, sentados en el escritorio tecleando un texto,
tomando un café, viendo dormir a nuestros hijos, ¿cuántas veces nos morimos a
cada rato? ¿Existe un cómputo, puede haber una regla, cómo se registra el
avance del muro que nos alcanza a nosotros, paralizados por el miedo? Antonio Di
Benedetto murió, sin duda, mucho, muchísimo, durante las horas vacías de la
celda, acechado por el silencio, por la falta de explicaciones, por la
arbitrariedad de sus verdugos, torturado, golpeado, por quienes habían decidido
anular su condición humana. Antonio Di Benedetto murió mucho en esos diecisiete
meses y diecisiete días, más de lo que nosotros morimos en diecisiete meses y diecisiete
días, y más a lo mejor de lo que moriremos en toda nuestra vida, aunque al
final todos morimos lo mismo, todos morimos lo único que podemos morir: todo.
6.
¿Cuántas veces murió
Antonio Di Benedetto en la Unidad 9 de La Plata? Muchas, incontables,
pero, sobre todo, murió cuatro. Cuatro veces, muertes infinitas, muertes
irrecuperables, muertes que son desplomes en pozos sin fondo, pozos cuyo fondo
que no hay resulta comunicarse de nuevo con el brocal, para propiciar una nueva
caída, en un bucle que nos arranca las entrañas con su aceleración centrípeta.
Cuatro veces sacaron de la celda a Di Benedetto para ajusticiarlo. Para
ejecutarlo. Para cumplir la sentencia, esa sentencia que nunca se pronunció porque
no hubo proceso. Para fusilarlo. Para acabar con su vida. Para matarlo. Para asesinarlo.
Para que su cuerpo cayera al suelo y no pudiera levantarse. Para que su sangre
empapara las baldosas, o el polvo del patio. Cuatro veces le desnudaron y le
condujeron al paredón. Cuatro veces se alineó el pelotón de fusilamiento,
cuatro veces el que los comandaba alzó el brazo. Cuatro veces se descompusieron
los compañeros de ejecución de Di Benedetto, lloraron, gritaron, se
arrodillaron, suplicaron, se cagaron, vomitaron, se desmayaron. Cuatro veces la
ejecución se detuvo, los presos fueron de nuevo conducidos a sus celdas. Vivos,
podría pensarse. Pero no, por supuesto que no.
7.
¿Cuántas veces murió
Di Benedetto en la Unidad 9 de La Plata? Muchas, incontables, pero de
esas incontables hubo cuatro en las que su muerte fue aún más real, más honda,
porque su muerte fue un espectáculo, fue un teatrillo, y él, un
colaborador involuntario en esa farsa. Cuatro veces los actores repitieron sus
papeles. Los soldados, que de seguro se reirían a carcajadas al final. El
capitán, que acaso ensayó su gesto altivo de mando para hacerlo mejor la
siguiente vez. El propio, el recadero, el mensajero, que aparecía en el
momento justo con un despacho, o con un mandato verbal para el capitán, que era
lo que detenía el acto. Nada era verdad, todo era teatro. Ese día no era
el día de la muerte de Antonio Di Benedetto. Todos lo sabían: los soldados, que
habrían hecho eso tantas veces ya, con tantos presos. El capitán, que seguro
que se turnaba con sus colegas para poder disfrutar de su papel estelar
en la performance. El joven cabo, o el ordenanza que llevaba el indulto
momentáneo y espurio. Todos sabían que aquello era una astracanada. Todos,
menos Di Benedetto.
8.
¿Cuántas veces murió
Di Benedetto en la Unidad 9 de La Plata durante 1976 y 1977? La primera
vez que le fusilaron fue, seguramente, el día que más murió. Murió tanto que,
probablemente, nunca más pudo ya estar vivo. En el Proceso cada día era
ejecutada tanta gente, sin que se hiciera público, sin que hubiera siquiera un
cuerpo que entregar a los familiares, tantos fueron arrojados desde los aviones
al Río de La Plata, tantos fueron torturados en la Escuela de Mecánica de la
Armada, tantas picanas buscaron en tantos lugares de tantas figuras magulladas los
sitios precisos del dolor, que uno más, que un muerto más, que un asesinado más
(pues ajusticiado parecería contener aún un atisbo de justicia, y se
convierte así en un término impropio para designar el asesinato), que un
desaparecido más, parece ser apenas nada, parece ser ni siquiera un número,
pues hace mucho que ya nadie lleva la cuenta, parece ser la consecuencia
trivial e inevitable de ese instante en que los militares entraron a Los
Andes para llevárselo preso.
9.
Sí, sin duda, la
primera vez, Antonio Di Benedetto y sus compañeros, junto al paredón
murieron mucho, murieron una cantidad inimaginable, murieron tanto más porque siguieron
vivos, si es que uno puede seguir vivo después de haber muerto. Quién sabe,
quizá esa vez sí se creyeron el teatrito. Se sintieron aliviados, incluso, volvieron
al duro piso de la celda, a las paredes grises, como felicitándose. No ha
pasado. Seguimos vivos. Mira, seguimos vivos. Aún se engañaban: se tocaban,
estaban ahí, seguían vivos. Aún se equivocaban. Aún no sabían que se puede
estar muerto estando vivo. Que no hay muerto más muerto que el cuerpo vivo.
Quién sabe, sí, si no hubiera habido más simulacros, tal vez podrían
haberse dicho qué cerca estuvo, y, acaso, durante años, convertir apenas
ese instante atroz en pesadillas, pesadillas de las que uno, finalmente, despierta.
Pero no, porque hubo más. A Di Benedetto le volvieron a sacar de la celda y le
volvieron a matar, tres veces más. A las que añadir el resto de las muertes
intermedias del mero estar vivo en la celda de la Unidad 9 de La Plata.
10.
Sí, al miedo, al
dolor, se le añadió la humillación de la burla en su forma más conseguida. La
segunda, la tercera, la cuarta vez, Antonio Di Benedetto fue arrancado de su
celda, desnudado, descalzado, colocado en la pared, enfrentado al pelotón de
fusilamiento. De su fusilamiento, esa compañía alineada para él, para
él del mismo modo que el guardián en El Proceso de Kafka, ante la puerta
de la Ley, le espera a él, a Josef K., a él tan sólo. Esos oficiantes de la
muerte han sido convocados para su muerte, para la muerte de Antonio Di
Benedetto, que debía ser única. La segunda, la tercera, la cuarta vez, venían
con la misma incertidumbre, con la misma posibilidad, intacta, de que esa fuera
la de veras, y también con la duda de si no volvería a pasar otra vez lo
mismo, de si no habría ya nunca de verdad un momento de la verdad, si
hasta en eso, hasta en esa suerte suprema, había que plegarse a la
bufonería de esos fantoches. La segunda, la tercera, la cuarta vez, Antonio Di
Benedetto fue muriendo muertes aún más amargas, muertes aún más sin salida,
muertes cada vez más imposibles de olvidar, muertes cada vez de más inalcanzable
resurrección. Quiero imaginármelo, en esos trances, erguido, desdeñoso, finalmente invencible.
11.
¿Cuántas veces murió
Antonio Di Benedetto en la Unidad 9 de La Plata? Ninguna, nos dirán. ¿No
le ven cómo sale de la cárcel, libre, andando por su propio pie? ¿No le ven
recibido por los amigos? ¿No le ven empacando a toda prisa, recuperando becas
europeas, enarbolando contactos, manoteando pasaportes, despidiéndose entre sollozos?
¿No le ven dando conferencias, clases? ¿No le ven en Madrid, buscándose la
vida, escribiendo para revistas que uno encuentra en la consulta del
dentista, presentándose a concursos literarios de medio pelo? ¿No le
ven, válgame Dios (y nos imaginamos a los milicos alzando los brazos con
escándalo ante nuestra incredulidad), entrevistado por el mismísimo Joaquín
Soler Serrano para ese programa emblemático de la Televisión Española, A
fondo, el día 17 de septiembre de 1978, un 17, fíjense ustedes? ¿No le ven,
vamos a ver, aterrizando de vuelta en Ezeiza el día antes del final de la octava vuelta
al Sol desde aquel día en que se apagaron las luces? Ninguna vez murió Antonio
Di Benedetto durante el Proceso de Reorganización Nacional, que se
extendió desde el 24 de marzo de 1976 hasta el 10 de diciembre de 1983, y
murieron tantos durante esos días. Tantos, tantos, tantos, tantos, tantos,
tantos
12.
Bien es cierto que Antonio
Di Benedetto, probablemente, siempre estuvo muerto. Él mismo lo sabía, de algún
modo. Lo sabía porque había nacido un 2 de noviembre, el día de los Muertos. De
1922, y todos esos doses parecerían anunciar, quién sabe, a un otro, a una
sombra que estaba ahí desde siempre. Lo sabía porque un día su padre despareció.
Tenía él diez años. En su casa de un suburbio de Mendoza, un día su padre estaba
y al día siguiente ya no. Nunca le enseñaron cuerpo alguno. Le dijeron se
murió, le dirían se murió papá, y él, diez años, preguntaría pero
cómo, de qué, por qué. Se murió de una enfermedad, y no sé, no se sabe, no
se puede saber por qué. Le dirían. Pero él había oído esa noche una explosión
en la casa. Él había oído cosas, comentarios. Él era miembro de una familia de
suicidas. Su abuelo, un tío. Él supo que su padre se había suicidado, pero
nunca le dijeron, nunca nadie le dijo. Acaso, le dirá él a Soler Serrano, para
protegerlo, pero fue peor, y ya nunca más pudo serle el suicidio ajeno a
Antonio Di Benedetto, que un día firmó, en 1969 una de sus obras más gloriosas,
llamada justamente Los suicidas, una novela que empieza así: Mi padre
se quitó la vida un viernes por la tarde. Tenía 33 años. El cuarto viernes del
mes próximo yo tendré la misma edad.
13.
La entrevista en A
fondo es, como lo son todas las que se hicieron en ese benemérito programa,
un testimonio impagable. Es preciso verla una y otra vez. Di Benedetto aparece
elegante, sobrio. Aún no lleva la barba que le identificará en las fotografías
postreras, las del regreso. Se expresa con parsimonia, pero su discurso es
extremadamente riguroso. Se trasluce a menudo la ironía en sus contestaciones,
ante el apabullante caudal de datos que le arroja Soler Serrano, siempre tan
obsesionado con las precisiones biográficas. Pero es un hombre triste. Es un
hombre muy triste. Es un hombre tristísimo. Es el hombre más triste que concebirse
pueda. Aunque sonría. Sobre todo cuando sonríe. Es tan triste que Soler Serrano
se lo pregunta expresamente. Le dice que hay alegría en su obra. Atisbos,
al menos. Él concede: sí, puede, pero todo me sale muy triste, todo se
parece a la vida. Cuando, ya un poco sobrepasado por tanta negrura, el
mercurial Joaquín le dice que acaso el de hoy, el de ese hoy, estaba siendo un mal
día para Di Benedetto, éste le contesta: Al contrario, hoy es uno de los
mejores, y en su rostro se dibuja la sonrisa más triste que nunca se haya
dibujado en rostro alguno.
14.
Claro que esa
entrevista se edifica sobre un gran vacío, sobre una no enunciación que penetra
todas las afirmaciones. En ningún momento se habla de la detención, de la tortura,
del exilio. Acaso por honesta ignorancia del entrevistador, sin duda por extrema
discreción del entrevistado, que tenía miedo de posibles represalias, de
peligros para la familia que había dejado en la Argentina. A ratos parece como
si la decisión de viajar a Europa, de pasearse por España o Francia o
Escandinavia, fuera poco menos que equivalente a la de embarcarse en un viaje
de estudios o en un crucero de placer. Soler Serrano le pregunta si podría
trasladar su proverbial inmovilidad mendocina a España y él dice que sí,
que él es un trabajador de la palabra y que necesitará de un lugar en el que la
lengua sea la misma, la suya. Por supuesto, esa inmovilidad madrileña,
que duró varios años, tan duros, era forzada, pero eso no se hace explícito. Lo
que vino después fue ese otro Di Benedetto, ese Sensini del relato de
Bolaño, un Di Benedetto cuyo número de muerto ya ni siquiera uno puede calcular. Un Di Benedetto que era, inconcebiblemente, el heredero de aquel que veinte años
atrás había escrito esa obra maestra que puede con rigor presentar su
candidatura a eso tan manido de la gran novela americana, Zama. Un
hombre triste, avejentado, al que el desastre le había llegado ya en la
cincuentena, un hombre que se dejó una barba blanca y acabó volviendo, ya casi
sombra, a una especie de coda argentina de plena desorientación y casi
ostracismo, un zombi, una familia de zombis, un cuarteto de zombis,
uno por cada fusilamiento.
15.
Obsesionado, como era habitual en sus, por otro lado, memorables entrevistas, por la genealogía de sus interpelados, Soler Serrano se la hace trazar a Di Benedetto, que habla del cultivo de las vides de la familia paterna, del padre enólogo y escritor clandestino, cuyo posible o seguro suicidio acaba despachándose con un brusco pero dejémoslo, que se repetirá en otros momentos, y entonces Di Benedetto nos cuenta, con visible emoción, que su madre, que, proveniente de Sicilia, como todos sus antepasados, era brasilera, era la que de verdad sabía contar, la que armaba con maestría todos los relatos sobre mi pícara, mi aventurera y pobrísima familia, con los que se amenizaban las noches de antes de la invención de la televisión. En esos relatos está el germen de su vocación literaria. Es a eso a lo que él aspiró siempre, nos dice, sin conseguirlo. Ah, si su madre hubiera vivido en otro lugar, en otro tiempo, de otro modo, ella sí hubiera sido un genio de la literatura. Él apenas lo intentó, no llegó nunca a esa maestría. Sí, su madre se tenía que haber quitado de tantas cosas, haberse aliviado de tanto peso. Yo, por ejemplo. Podría no haberlo engendrado. Si yo no hubiera nacido, ¡qué buen resultado habría tenido para mí! Como Cioran, famosamente, como Emilio Prados, Antonio Di Benedetto, sin descomponer ni un milímetro el gesto, enuncia en voz alta la verdad nefanda: es mejor no nacer. Soler Serrano, jovial como era, le dice: está usted bromeando, por supuesto. Pero no, claro que no: Lo digo con toda la seriedad posible, es bastante dramático lo que me ha ocurrido: ¡nacer!. Eso nos ocurre a todos, le replican. Él contesta: no todos lo toman en cuenta. Creen que están vivos y no piensan en el grave problema de haber nacido. Al fondo, se oyen los gritos de un cuerpo torturado bajo la picana, el ominoso, interminable silencio de una descarga de fusilería que nunca se produjo.
16.
En El milagro
secreto, Borges, admirador confeso de Di Benedetto, imagina una milagrosa
detención del tiempo, un congelarse del avanzar de las balas que permiten al reo
disponer de un año estático, de un año que sólo transcurre en su mente activa,
mientras en su cuerpo inmóvil, ni siquiera las gotas de lluvia acaban de caer.
Ese fusilamiento diferido le da a Hladík, ocasión para concluir su obra, para
concluirla interiormente. ¿Cuántos años de Hladík transcurrieron
en la mente de Di Benedetto a cada alzarse del brazo del capitán del pelotón?
¿Cuántas obras imposiblemente conclusas se alzaron, milagrosas, como los
palacios de los sueños? Como nadie puede ignorar, Zama está dedicada A
las víctimas de la espera. Hay extrañas inmovilidades, sucesos que no
acaban de acontecer, despachos que se esperan, fechas que anuncian potencialidades
que no se actualizan, hay condenados, encerrados, aherrojados, en todas las
obras de Di Benedetto. Hay burlas del Cosmos, animales muertos que parecen aún obligados
al movimiento, estilitas a lomos de caballo, hay habitaciones sin puertas, hay
una mujer que no puede moverse porque se lo impide el peso de su marido muerto
en Pez, uno de los relatos más espeluznantes que se hayan escrito nunca.
La obra de Di Benedetto está llena de esperas, esperas que normalmente no acogen
esperanza alguna. En la versión en inglés de Zama, se optó por traducir espera
como expectation. Es cierto que hay una expectación de Zama,
pero su espera es más bien beckettiana: ni siquiera la posibilidad de ese ex
que apuntaría, acaso, a una salida, le es concedida.
17.
Zama se publica en 1956, Di Benedetto
tiene 33 años. Justamente. Cuando el 24 de marzo de 1976 es detenido, Di
Benedetto tiene ya 53 años. Si ya lo sabía todo sobre la espera cuando escribe Zama,
cuánto más no podrá saber veinte años después, cuando de verdad entró en el
territorio de la espera infinita, de la espera de los personajes de Kafka,
mientras, en la celda, sin siquiera la vana esperanza de un juicio, de una
condena, de, quién sabe, hasta una absolución, se consumía sin más horizonte
que el próximo fusilamiento. ¿Qué hacía Di Benedetto en la cárcel? ¿Qué podría
hacer un hombre que toda su vida había hecho una cosa: escribir? En Madrid,
para ganarse la vida escribió de todo, nunca se le cayeron los
anillos. Pero, ah, en la cárcel, en la cárcel no podía escribir. Al menos
no podía escribir relatos, no le dejaban. Sin embargo, los relatos le seguían naciendo,
floración dolorosa del encierro. Relatos de angustia e inmovilidad para doblar
como en un espejo su angustia e inmovilidad. ¿Cómo sacarlos de ahí, qué hacer
con ellos, con esa prueba íntima de que seguía siendo él, de que, más allá de
si seguía vivo o no, seguía siendo él, un escritor? El suceso se ha
contado muchas veces: en las cartas que le dejaban mandar a la familia, a los
amigos, a esos amigos que, como Juan-Jacobo Bajarlía, que lo narró en Diario
de una agonía, se estaban desviviendo por sacarle de ahí, en esas
cartas, él contaba sus sueños.
18.
Esta noche he
tenido un sueño muy lindo, te lo voy a contar, se leía en una letra minúscula, devenida
micrograma. Y ese sueño era uno de esos relatos, era, acaso, Aballay.
Después, en España, esos relatos se publicaron, junto con algunos otros más
antiguos, en un tomo que se llamó, camusianamente, Absurdos. La primera
edición, a cargo de la Editorial Pomaire, salió en Barcelona en 1978. En la
contraportada vemos a un Di Benedetto de gesto serio, y ya con barba. En la
portada, extrañamente, una bicicleta parada en la playa, sin nadie montado en
ella. La rueda delantera aparece girada a nuestra derecha. Del lado de nuestra
derecha también está el mar, al fondo. Pero en el primer plano lo que vemos es
la arena. Una arena de desierto que cruzar con una bicicleta que bien podría
ser un caballo del que no bajarse nunca. Qué bien se imagina uno las fatigosas
jornadas, el calor asfixiante bajo ese cielo plano sin nube alguna, ese costoso
rodar por una arena que, no lo olvidemos, es el símbolo por excelencia del paso
del tiempo, desde que a los seres humanos se nos ocurrió encerrarlo en un vaso.
19.
¿Cuántas veces muere
uno hasta que muere? Hay gente que muere muy poco, que muere muy suave, que se
va deslizando en la muerte sin ruido, que cae casi sin sentirse, como caen los
granitos de arena desde el antes hasta el después. Hay otros que mueren a
golpes, a vuelcos, a bruscos giros del reloj de arena, a manotazos que rompen el
vidrio, a goterones de sangre de la mano herida por los cristales. A
Dostoievski, que Di Benedetto siempre reconoció como maestro, le fusilaron de
mentira una vez, el 22 de diciembre de 1849, en la plaza Semiónov de San Petersburgo.
Su discípulo le aventajó en tres simulacros. Es todo de una tristeza
insoportable. Di Benedetto, ya no se sabe muy bien a qué velocidad, con cuantos
saltos, continuó muriendo en la Argentina de la poca vida que le quedaba, y lo
hizo poco tiempo, lo hizo rápido. Apenas el 10 de octubre de 1986, tras varios
días en coma, de resultas de una hemorragia cerebral, su vida se apagó en esa
Mendoza de la que no se apartó salvo cuando no le quedó otra. Se dice que la
causa remota de ese accidente vascular fueron los golpes en la cabeza sufridos
durante su cautiverio. Debió ser así: uno acaba muriendo de sus propias
muertes, y Di Benedetto murió un 24 de marzo de 1976 en la redacción de Los
Andes, hoy hace cincuenta años. Honremos su memoria.
20.
Los reyunos, que está incluido en Absurdos,
y que es magistral, como lo son todos y cada uno del centenar de cuentos que escribió
Di Benedetto, comienza: El aire está salpicado de langostas. El aire
siempre está salpicado de langostas, insectos voraces que aparecen por oleadas,
que lo devoran todo, que se ponen de lleno a crear desierto. Los tiempos
nunca fueron buenos. Cincuenta años después, más de 19000 días, sigue siendo
completamente posible, casi se diría que altamente probable, que, estando
nosotros en el diario del que somos subdirectores, o en nuestro cuarto de una
casa de pensión en Praga, o en la Universidad, o por las calles de Minnesota, o
en Gaza, o en un jardín de Madrid, o en la Plaza Mayo, mientras vemos caer la tarde,
vengan a por nosotros y se nos lleven, vengan a por nosotros y nos maten.
Las langostas nunca abandonan su tarea destructora. Los tiempos nunca serán
buenos. Por eso, ante eso, lo único que cabe es el rigor, la insobornabilidad,
el coraje, la estatura ética que tan bien encarna Di Benedetto, ese hombre que
terminó una pequeña pieza escrita en 1968 y titulada Autobiografía con
estas palabras: Prefiero la noche. Prefiero el silencio. La noche en cuya
quietud nos juntamos a contarnos los cuentos de la familia, de la familia de la
Humanidad, como hacía la madre brasilera de Di Benedetto ante el silencio
asombrado de su hijo. Porque amamos la literatura, y somos gente triste, y
somos muy valientes.
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