Mostrando entradas con la etiqueta Lausanne. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lausanne. Mostrar todas las entradas

miércoles, 9 de abril de 2025

Infierno de flores

Ma vie avec Angélica

 

En el cielo polar amanece sólo una vez. En Marzo.

ANGÉLICA LIDDELL

 

1.

El 16 de febrero de 1914, Rainer Maria Rilke comienza una carta a la pianista vienesa Magda von Hattingberg, bautizada por él como Benvenuta, que se prolongará y se prolongará durante los días siguientes, hasta alcanzar una extensión de 27 páginas en la edición impresa de ese apasionante, breve pero intensísimo intercambio epistolar a cargo de Insel Verlag, donde figura con el número 28. En la edición en castellano de Grijalbo, 1989, con traducción a cargo de Alfonsina Janés, la hermana de Clara, la extensión es de 34 páginas, a partir de la 120. Si tenemos en cuenta que hay otras cartas enviadas dentro del periodo cubierto por ésta, que se extiende hasta el 20 de febrero, nos podemos hacer una idea del carácter febril de esa correspondencia, sin duda una de las más apasionantes que puedan leerse. En una de las cuartillas de ese abultadísimo sobre, fechada el día 19, a Magda, de la mano de Rainer, que fue y a ratos todavía es René, se le reveló el infierno de flores.

 

2.

Cualquier ocupación, por mínima que sea, se ha ido transformando en una carga para mí, en un entrometimiento, en un contratiempo que me está esperando, al que temo, que desearía haber superado ya, confiesa el poeta. Entonces, le cuenta a Benvenuta que desde ayer hay aquí una gran cubeta llena de violetas. Son muy raras las veces en que me atrevo a ir a buscar flores, pues también respecto a ellas el amor se ha convertido en penalidad. Aquel alivio sereno, irreflexivo y soñador que producen no es proporcionado a mi esfuerzo por cortarlas y colocarlas bien: encuentro que tienen unas pretensiones enormes. ¡Qué fantasmas por todas partes, Magda! A continuación, relata Rilke cómo era frecuente que sus amigos le llevaran flores, sabedores de su amor por ellas: te aseguro que no hubieran podido hacer nada peor. Así, un día (¡cómo olvidar jamás una cosa así!) encontró, al regresar ya tarde, una cantidad inmensa de flores delante de su puerta, flores silvestres traídas del campo y largas ramas floridas de melocotón y de manzano. Ahí comienza el infierno.

 

3.

En un relato que, según avanza, se va haciendo más kafkiano (sobre Kafka y Rilke y sus correspondencias con Felice y Benvenuta escribí, ya lo saben, un ensayo nunca publicado y titulado Los amores bidimensionales), Rilke nos narra cómo, muerto de cansancio, pasó dos horas intentando colocar las flores. Ningún recipiente parecía lo suficientemente alto para aquellas pesadas y anchas ramas. Las flores no parecen acabarse nunca, es como si brotaran por el suelo, las butacas, entre los libros, y se van marchitando en el proceso. Eso angustia aún más al poeta, incapaz de ese ikebana demencial. Cuando levantaba la vista, la sombra del ramaje en la pared se abría contra mí como una auténtica garra. La tarea es hercúlea para el agotado Rainer, que, cuando parece finalmente triunfante, derriba al pasar el elevado jarrón con las ramas, desparramándose entonces sobre el suelo un raudal de agua.

 

4.

Conozco ese cansancio infinito de las tareas imposibles, y la sensación de que, de no ser concluidas, la zozobra, ya claramente perceptible, de un Cosmos en plena deriva, se incrementará, hasta subvertir toda plomada, hasta convertirnos en pura inercia, incapacitados para otra acción que la del llanto. No ocurre a menudo, pues mantenemos la disciplina y esa punta de benévolo engaño con la que ocultamos la inutilidad de todo esfuerzo. Así, es posible suscribir en su totalidad el siguiente párrafo de la carta de un poeta que, en tanto que tal, conoció el infierno a través de las flores:

¿Existe el infierno, Magda? ¿Existe el infierno? Cuando uno lo sueña tiene la posibilidad de despertarse. Para mí, esas horas nocturnas fueron como si un amarguísimo llanto me oprimiera el corazón, donde tenía que deshacerse lentamente, y que para ello sólo dispusiera de mi más íntimo calor. Perdona que te cuente estas cosas, ¡ay, querida!

 

5.

Cuando finalmente el cansancio, y la enfermedad, y, apropiadamente, el pinchazo de una espina de rosa, acabaron por vencer a Rainer Maria Rilke, en su etapa final en Suiza, su cuerpo fue enterrado en el pequeño pueblo de Raron, o Rarogne, según la lengua que prefiramos en esa zona bilingüe del Valais. La tumba se encuentra en la trasera de la iglesia rural, en lo alto, dominando todo el valle. Es de una sencillez absoluta. En ella, el epitafio hace referencia a la rosa, la rosa de mil párpados. Una única rosa, la que trajo acaso esa noche del Infierno florido el poeta, como otros trajeron rosas del Paraíso o de un sueño. Sobre esa tumba yo deposité hace algunos años una hojita de libreta con unas notas. Y me volví para contemplar el panorama que Rilke deseó para sí, para su estancia eterna. Y entonces descendí de nuevo por la cuesta y supe que, una vez más, mi peregrinación a los Santos Lugares había sido propicia.

 

6.

El día de Navidad de 2022 me levanto en un hotel en París, donde he ido a pasar algunos días de esas vacaciones universitarias de invierno. Es muy temprano, el día es gris y frío, pero el paseo por las avenidas desiertas resulta extremadamente agradable. Mi hotel está en el Barrio Latino. Muy cerca, mi destino de ese día, el Cementerio de Montparnasse. De los grandes cementerios parisinos era el único que me faltaba por visitar, y había algunas tumbas que me estaban esperando, como la de Julio Cortázar, donde también deposité mi ofrenda. Estar solo en las calles de París no es algo común, la sensación es la de quien, por fin, tras mucho cortejarla, ha podido gozar del amor esquivo y secreto de una mitología. Estoy solo también en las otras avenidas, las interiores del cimetière. Me conduzco con la calma del flâneur, pero, como todo flâneur, ese deambular contiene sus prescripciones. Hay amigos que no pueden dejar de visitarse. Uno de ellos, inevitablemente, es Baudelaire.

 

7.

Es sabido que en Montparnasse hay una estatua dedicada a Baudelaire, que ejerce las veces de cenotafio, pero que sus restos están alojados en una tumba algo más perdida entre las filas y columnas de aquel damero funeral, y que en ella reposan acompañados de su madre y del segundo marido de ésta, el General Aupick. Al igual que la costumbre ha querido que sobre la losa de Cortázar generaciones y generaciones de visitantes depositen billetes de metro, en la lápida del General, que es también, pero sólo subsidiariamente, la del poeta, se pueden ver siempre impresiones de labios rojos, rojísimos en su rouge, que visitantes apasionadas han inscrito allí con su beso a la fría piedra. Al principio me sorprende, pero lo comprendo, como peregrino que yo también soy. Sólo entonces, con un escalofrío que no proviene de la mañana parisina de Navidad, reconozco tu firma. Y entonces sonrío. Nos encontramos una vez más. Nunca andamos lejos.

 


8.

Sí, ahí, en efecto, en un lateral, en rojo (quién sabe qué labios serán los tuyos) tu nombre: Angélica Liddell. Reciente, sin duda, pues aún no alcanzado por los operarios de limpieza. O los deudos, si es que existe tal cosa: deudos de Baudelaire. Bueno, sí, existen: tú lo eres. Yo también, en menor medida. Lo cierto es que, a diferencia de la piedra (no, no, la piedra también se agrieta y se desmenuza, la lápida termina por desmoronarse), a diferencia de las inscripciones cinceladas (que también acabarán por desvanecerse, por convertirse en un alfabeto recién nacido, ilegible pero pujante en su transformación hacia la nada), esos graffiti no pueden durar demasiado. Éste ha durado lo justo, lo suficiente para que yo lo vea. Le hago una foto. Le hago muchas fotos. Angélica was here parece decir e, inevitablemente, yo me acuerdo del relato de Cortázar, ese Cortázar al que he ido a saludar hace un momento, al que le he dejado un papelito que decía ¿Encontraría a La Maga? y he firmado con mi nombre y la fecha. Ese relato en el que los graffiti son un medio de comunicación en la ciudad sitiada. Y mi corazón late muy de prisa.

 

9.

Angélica was there. Como con La Maga, nuestros encuentros, diferidos en el espacio y el tiempo, imprevistos pero no infrecuentes, nuestras citas imperfectas pero a la larga infalibles, se han ido sucediendo, como resultado de un hasard objectif que rima tan bien con París y Montparnasse. Como con La Maga, doy cuenta de ello en mis anotaciones. Estas anotaciones las realizo poco después, en ese París aún cerrado que se va acercando a la hora de la comida de Navidad, en un café de la rue Gaité, junto al Impasse con el que inauguré este blog, hace ya dos años. Esto es lo que escribo y transcribo aquí verbatim, pues los testimonios han de ser siempre fidedignos:

Hay, es sabido, un cenotafio de Baudelaire, entre los sectores XXV y XXVII, pero su tumba está en otro lugar, su tumba de lápida prolija, un poco en segunda fila, en la que se han ido dibujado sobre el mármol labios rojos, como besos del tiempo. En vertical, a un costado, junto a la última E del nombre del maudit, un graffiti en rouge de pintalabios (o de sangre) con otro nombre, un nombre de maudite aussi, pero para mí un guiño (el enésimo) y una contraseña: Angélica Liddell. Nada menos. Sorprendido (fascinado), busco en la Red. Una foto de ella tendida hace unas semanas sobre la piedra tumbal. En su mano derecha, un apósito cuadrado que quizá revela la presencia de esa breve cicatriz que deja justo ahí, en el dorso de la mano, una vía por la que suministrar medicación intravenosa a esta princesa de las enfermedades. Angélica was here, entonces, y me cuadra tan bien que efectuase ese breve gesto de profanación, y me asombra la pervivencia de esa inscripción casi pompeyana en esta ciudad de la lluvia. Y me congratula ser el receptor de ese mensaje, y casi deseo (pero no, me falta el valor que ella tiene) añadir mi rúbrica para formar así una extraña triada de escritores. Yo quería ser poeta maldito, pero acabé siendo un caballero maduro, muy formal, físico y profesor en la Universidad. Me conformo con asentir: de acuerdo, Angélica, entendido, es posible que tú ya supieras hace unos días, cuando nos vimos tan brevemente en Kuxmmannsanta, que vendría hoy aquí, en este día del Nacimiento del Redentor (uno de ellos, al menos) a la tumba del Príncipe de las Tinieblas para ver tu nombre junto a esos besos de mármol, que me imagino tuyos, firma apropiada para una carta que ha de llegar tan lejos, tan antes.

 

10.

En unos meses he asistido a dos funerales contigo, Angélica. A ambos, por partida doble, en diferentes ciudades por las que te busco, en citas perfectas, éstas sí, garantizadas por las carteleras teatrales. En uno de ellos enterramos juntos a Bergman, que es tan importante para ambos. En la otra ocasión, el funeral era el tuyo. Sonaron las 101 salvas de artillería, y yo, junto con tus otros deudos, cumplí todas las otras prescripciones de tu documento notarial. En la sala roja de aquella habitación de hotel que era el escenario, recibimos la visita del Cuervo de Poe, que se posó sobre el ataúd como quien acerca una silla para iniciar la conversación en alguna taberna, que acaso es aquella que estaba junto al mar que ha de cruzar Gilgamesh en busca de la planta de la inmortalidad, pues para eso se hacen los funerales, ¿no es así? Finalmente, colocamos en el féretro un libro de Baudelaire, porque los círculos han de cerrarse apropiadamente, aunque sólo sea para que luego el tiempo los astille y los convierta en las espirales que siempre fueron.

 

11.

No eran, claro (¡ay!) nuestros primeros funerales. En 2018 murieron tus padres y también murió el mío. En Dicen que Nevers es más triste explicas que tu madre murió el 9 de mayo de 2018 y fue incinerada el 10 de mayo. Mi padre murió el 7 de mayo de 2018 y fue incinerado el 8 de mayo. Esa cadena de muertes e incineraciones nos unía una vez más, aunque ambos lo ignorábamos. Tres años después, mi madre, sumergida en una demencia insondable,  como los tuyos, moría también. Leí tu Trilogía del Luto mientras realizaba el mío. Para mí tu compañía no era extraña, ya habíamos estado juntos en Lausanne o París, que son ciudades tan importantes para mí. Habíamos estado incluso antes de que estuviéramos uno a cada lado del escenario, incluso antes de que poder verte sobre las tablas me produjera una emoción como difícilmente he podido sentir nunca, en una vida que ya es, irremediablemente, larga.


12.

También estuvimos en Turín, con muy poco tiempo de diferencia. En el Hotel Roma. Donde murió Pavese. En el cristal del hotel, un letrero que parece ser eterno: Cerchiamo giovane camariera. Detalles que pasan desapercibidos, pero que hacen que mi mirada se detenga, que haga una anotación en la libreta, que saque el móvil para hacer una foto. Tú también lo haces. A las mismas cosas. Y luego lo publicas en el Diario de Turín de Kuxmmannsanta. Y escribes cosas que empiezan por vino la muerte y tenía tus ojos, como un relato que empecé yo por los días de la cuarentena, y que nunca llegué a concluir, quizás por el miedo que me produce. Ah, y Constance, Constance Dowling, que se coló en un poema que escribí para el blog y que titulé Una blanda geometría de acuarela. Nos pasa mucho, nos pasa todo el tiempo. Tropezamos con cosas semejantes, y las anotamos. Para mí eso es la vida. Tropezar, anotar, comparar notas. Por eso me atrevo a importunarte. Espero que me perdones.

 

13.

Tardé mucho en llegar a ti, tardé tanto. No sabía de tu existencia, sólo te fui conociendo poco a poco. La primera vez no fue en un teatro, sino en tus libros, esos libros que he ido coleccionando y devorando. En aquellos años no estabas actuando en España. Fue cuando volviste, cuando pude verte en ¿Qué haré yo con esta espada?, cuando supe, definitivamente supe. Luego, no siempre he encontrado entradas, me he perdido algunas obras. Pero te he seguido siempre que he podido, y cada vez la emoción ha sido igualmente enorme. Cada vez he sido consciente de ser partícipe de un rito en el que tú ejercías de oficiante. Y la respuesta es imposible de fingir, completamente irrebatible: la piel de gallina.

 

14.

Y los nombres… En Nevers dices que una vez viste un nombre en una lista de muertos. Era el tuyo: Angélica González. Estaba en la lista de las víctimas de los atentados del 11-M en Madrid. Nadie llamó para saber si era yo, concluye el fragmento de El verano de la absolución. No eras tú, o quién sabe, quién sabe quiénes somos o si somos todos los mismos. En cualquier caso, es también verdad que entre los muertos de Santa Eugenia aquella atroz mañana había una estudiante que se llamaba Angélica González García. Años después, en una entrevista en El País su madre habla de ella. Dice que el libro que estaba leyendo, y que viajaba con ella en el tren, era In cold blood de Truman Capote. A sangre fría.

 

15.

Al final de Kuxmmannsanta hay un correo con un enlace que lleva a un memorial virtual en honor de Angélica González, extrañamente nacida y muerta el mismo día, el 3 de enero de 2017. Esas fechas coincidentes que aparecieron también con tu madre. Nombres, fechas. Por Avignon pasé poco después de que representaras allí ¿Qué haré yo con esta espada? Seguramente había ecos aún que acaso percibí. Era agosto de 2016. En mis paseos por Lausanne, ciudad que he visitado muchas veces, en torno del lago, también evoqué Solaris y sus criaturas desdichadas, hijas de una creación tan incomprensible como la nuestra. Solaris, que acaba con el abrazo al padre, mientras la lluvia alcanza también los interiores. Un día, en la estación de Timoka, seguramente nos vimos, cada uno en un andén. Sonaban los Pet Shop Boys en mis auriculares. Sí: un pecado.

 

16.

Lo de los apellidos también lo descubrí un día por casualidad. La primera vez que me firmaste un libro, Kuxmmannsanta, sólo te dije mi nombre, Agus, y así lo colocaste ahí. Y entonces escribiste muchas gracias. ¡Muchas gracias! Eras tú la que me agradecías a mí, que te debo tanto. Fue la segunda vez, con Caridad cuando me atreví a contártelo. Me impresionaba tanto tu cercanía la primera vez que sólo cuando había comprobado tu inmensa amabilidad pude importunarte. Tenemos los mismos apellidos: González Cano. Esos apellidos resuenan en el acta notarial de Vudú (3318) Blixen cuando se pronuncia tu nombre civil, Catalina Angélica. Qué casualidad, escribiste, con una sonrisa. Y entonces, tras una pausa, dijiste: voy a ponerte Liddell y lo hiciste: Para Agustín Liddell, y yo, tras aquel bautizo a cargo de la Gran Papesa, abandoné la Librería Alberti levitando visiblemente.

 

17.

Los nombres. Lou Andreas Salomé le cambió el nombre a René Rilke, prefiriendo el más germánico y rotundo Rainer. También le cambió algo que parece imposible de transformar: la caligrafía, que es tan personal. Tú elegiste el apellido de Alice Liddell. Yo me limité a colocar un guion entre mis dos apellidos, convirtiéndolos así en uno solo, espuriamente compuesto. Nombres para lápidas y nombres para registros civiles. Y los nombres con los que se dirigen el uno a otro los destinatarios de las cartas de amor: Benvenuta. Atra Bilis, la melancolía, de la que somos ciudadanos de pleno derecho. No sé, Angélica, ya me perdonarás estos devaneos: a pesar de todo, estas cosas no dejan de parecerme milagrosas.

 

18.

El segmento final de Vudú comienza completamente a obscuras. Entonces, tu largo parlamento se va desarrollando ante el estupor del público. La primera vez que lo escuché, en Sevilla, hace un mes, me quedé completamente apabullado. Había leído el libro. Es más, lo tenía allí, en el teatro, lo hojeaba en los entreactos. Sabía a lo que venía, podríamos decir. Pero no: esa obscuridad que invitaba a cerrar los ojos, a concentrarse en tu voz que iba desgranando, desapasionadamente, esas verdades del barquero sobre la edad, el amor, la falta de él, la muerte, me trasladaba, nos trasladaba a toda esa feligresía que colmaba el teatro (gente a la que no conocía de nada, pero eran súbitamente hermanos, participantes en esa ceremonia del sacrificio) a territorios nunca hollados. Luego, en Barcelona, tres semanas después, sí que sabía, y observaba cómo iba cambiando la reacción, como se iba instalando un temblor en la platea. Yo soy del bando de los tristísimos, dices entonces, y yo también soy del bando de los tristísimos: mucho más jubilosos y selváticos, no divertidos, sino audaces, osados, intrépidos, estamos locos de verdad. Sí, Angélica: ojo de loca no se equivoca.

 

19.

Perdóname este desahogo, Angélica, esta perorata un poco trasnochada, por más que enunciada en pleno mediodía (el demonio del mediodía es el que nos tortura a los melancólicos), y tan tendente a la muerte y sus pompas. ¿Me creerás si te digo que, obligado a describir lo que siento cuando te leo, cuando te contemplo en el escenario, la palabra que tendería a usar es una palabra que jamás uso: felicidad? Aunque no, porque no hay una sola palabra que nos valga, no nos sirven las palabras, esas viejas traidoras, es otra cosa. Es esto. Es esto.

 

20.

En Duino, en uno de mis peregrinajes, el primero, el decisivo, del que doy cuenta en parte en mi novela Morgana en Duino, allí, en el Sendero Rilke, supe lo que era existir, lo supe sin que hubiera otro ángel que me lo susurrara que el lejano ruido del mar o el murmullo del viento. Era enero de 2012. Me había ido allí a conmemorar el día en que Rilke comenzó a escribir las Elegien. Esa mañana de 2012 es un amanecer para mí. Un amanecer paradójico, pues no es una frontera entre la obscuridad y la luz, sino entre la obscuridad y otra obscuridad, más amarga a ratos, pero también más entrañable, más habitable, una obscuridad de penumbra en la que escribir a la luz de una vela, escribir toda la noche, como Malte Laurids Brigge. O acaso es una frontera entre una luz y otra, entre un mar y otro, de un gris a un azul que es también un gris que es también un azul, pues todos los azules son, al cabo, grises, y todos los grises son también azules. Y luego están los rojos, claro. Los rojos de David Lynch, los del rouge de los labios. Pero no sigamos, ya estarás muy fatigada, Angélica, temo haberte robado ya demasiado tiempo. Dejémoslo aquí. Confío en conseguir entradas para Seppuku, para su estreno en Salt, donde nunca te he visto, para poder así compartir otro funeral contigo, el de Mishima. A lo mejor nos vemos en otro lado antes, en París, en el Odéon, quién sabe. En cualquier caso, hay muchas formas de encontrarse, y no todas ellas exigen la presencia. Los textos también sirven, y los recuerdos, y los sueños, y los azares, y los versos, y los ángeles que sostienen a los Cristos muertos, y Bach, y las flores, las flores arrojadas sobre un escenario, las flores en su particular infierno, pues eso es, me parece, la vida: un infierno florido, un lugar de dolor y belleza, de una belleza tan terrible como Rilke nunca se atrevió a imaginar, de una belleza que asusta incluso a los ángeles, esos que se pasean, aturdidos, por los márgenes de un escenario que tiene la forma de un acantilado. Porque ahora vemos como en un espejo, pero algún día veremos cara a cara, y será entonces, Angélica. Entonces.


N  O  T  A  S

Las fotografías de la tumba de Baudelaire son mías, corresponden a mi viaje a París de 2022. La imagen de Angélica sobre la tumba de Baudelaire, que aquí no aparece, fue publicada por la benemérita editorial La Uña Rota en sus cuentas de Twitter e Instagram. Puede verse, por ejemplo, aquí: https://x.com/launarota/status/1603423906756497408 . La fecha de la publicación es 15.12.2012, y ahí se dice que la presencia de Angélica en el cementerio tuvo lugar justo un mes antes, esto es, el 15 de noviembre, con lo cual, cuando yo vi la firma en la lápida, habían pasado cuarenta días, los cuarenta días de una cuarentena o un diluvio.

Durante la semana pasada he asistido a un congreso sobre Angélica Liddell organizado por Samuel Rodríguez, profesor de la Universidad Complutense, a la que pertenecí tantos años. La experiencia ha sido magnífica y me ha permitido, además de asistir a interesantísimas ponencias, conocer a otros miembros de esa familia angélica a la que pertenezco ya para siempre. Entre otras cosas, fue especialmente apasionante compartir espacio con Sindo Puche, el colaborador fundamental de Angélica, y otros miembros de la compañía. También, conocer a Carlos Rod, director de La Uña Rota. En esa editorial pueden encontrarse los títulos de Angélica aquí mencionados, como Kuxmmannsanta y Dicen que Nevers es más triste, entre otros. Mi agradecimiento a todos ellos.




sábado, 15 de julio de 2023

Tres


 1. Tres de la mañana

 

...and in a real dark night of the soul
it is always three o’clock in the morning,
day after day.
FRANCIS SCOTT FITZGERALD,
“Pasting it together”, marzo, 1936 

Cuando acababa de cumplir los quince años escribí un poema decisivo para mí (para el yo que era yo entonces). En ese poema se narraba por primera vez esa aventura nocturna por la ciudad que parece ser mi tema recurrente. Uno de los versos decía: 

tres de la madrugada, persigo las palabras por la habitación.

En algún momento de los comienzos de mi adolescencia empecé a acostarme tarde. Al principio sólo en verano, de vacaciones, en el calor sofocante de aquella casa de mis padres que nunca conoció el aire acondicionado. Luego me fui haciendo más y más vampírico, y fui tratando de combatir esa tendencia, para no hacerme imposible una vida normal de trabajo y horarios compatibles con el resto de la humanidad. Ahora, con la edad, cada vez me cuesta más acostarme tarde y funcionar durante el curso, pero de nuevo, con las vacaciones, volverá sin duda la deriva hacia la madrugada.

Madrugada es un término más alarmante que mañana, o al menos lo era en el vocabulario de mi madre, y por lo tanto en mi lengua materna. La madrugada era un tiempo de peligro en el que uno debía estar refugiado en casa, a salvo de no se sabe qué submundos que en la imaginación de mi madre (tan miedosa, tan justificadamente miedosa por la vida que le había tocado llevar) eran laberintos en los que toda pureza se extraviaba y en los que la ciudad acogía a una raza de seres obviamente no compatibles con las formas de vida que, basadas en la sumisión y la cobardía, permitían medrar o al menos no padecer demasiado en aquella España tan obscura, por muy diurna que se quisiera.

Así, mis primeros trasnoches fueron, efectivamente, dentro de mi casa, en mi habitación, persiguiendo las palabras para hacerlas encajar en poemas que decían, con Lorca, cosas como no hay siglo nuevo ni luz redentora. Luego vendrían otras noches, y en algunas de ellas me encontré con los Lotófagos, pero ésa no es la historia que ahora voy a contar.

A las tres de la madrugada, nos dice Francis Scott Fitzgerald, un paquete olvidado tiene la misma importancia trágica que una sentencia de muerte. Estamos en el crack-up, todo se ha rajado de parte a parte, y ni siquiera tenemos el consuelo de los añicos: hay una disensión irrestañable, un ser inviables.

En aquel poema salíamos a la calle, nos enfrentábamos a la luz imposiblemente redentora, a los coches y sus cláxones, al temblor del frío y los nervios, a la grieta (otro poema de entonces se llamaba Grieta y decía: hoy es noche, noche hasta la noche que viene: tenía diecisiete años). Cuando nos marchamos aquella vez de casa, aunque siguiéramos en la habitación buscando palabras, perdimos para siempre el camino de vuelta y la madre nos esperó en vano hasta que se le olvidó, primero, qué esperaba, y luego a quién, quiénes éramos.

Scott tomaba el trenecito que le llevaba a Glion y descendía entonces a Valmont para ver a Zelda, internada allí. Ese Valmont que visité el año pasado para ver el lugar en el que murió Rilke. Sobre el lago, ése donde Eliot se sentó a llorar, como si fueran los ríos de Babilonia. Tanta muerte en el país de los sanatorios.

Sí, las tres de la mañana, entonces (¿y ahora? ¿y siempre? ¿siempre, en la grieta?), cuando teníamos quince años, eran una frontera de la madrugada aún prohibida, una vigilia que tomaba conciencia de sí misma, nos elevaba un escalón en ese malditismo de guardarropía que practicábamos, no sin riesgo, y que acababa por dejarnos siempre el corazón en cabestrillo. Ahí conocimos la impotencia de los neones, la definitiva derrota de los olímpicos contra los hijos del subsuelo, e instauramos esta poética de susurros, para no despertar al miedo, que duerme con sus jadeos de perro el frágil sueño de la frontera.

Parece ser que existía, en la Jazz Age, un vals llamado Three O’Clock in the morning (no hay nada parecido a madrugada en inglés), compuesto por el español Julián Robledo, y popularizado por la grabación de Paul Whiteman en 1922, o eso dice la Wikipedia, que también afirma que la canción suena en el capítulo seis de The Great Gatsby. Convertido en un estándar de jazz fue interpretado por numerosos artistas, entre ellos Dexter Gordon. En la letra, compuesta un par de años después de la música de Robledo se nos dice que hemos estado bailando toda la noche, que son las tres, y que pronto se hará de día y pedimos entonces

just one more waltz with you,
that melody is so entrancing,
seems to be made for us two.

¿Bailamos, querida, pues, como Zelda y Scott, mientras el cuerpo aguante, para que las tres de la madrugada no sea ya ni el tiempo del miedo ni el tiempo del frío y para que las palabras vengan bailando a nosotros en esta noche obscura del alma? Por que lo cierto es que

I could just keep dancing forever, dear, with you. 


 


2. Tres minutos de marzo


Oh, everywhere. All around you. Trees are harlequins,
words are harlequins. So are situations and sums.
Put two things together ― jokes, images ― and you get
a triple harlequin. Come on! Play! Invent the world!
Invent reality!
VLADIMIR NABOKOV, Look at the harlequins!

En ese peculiar cuasi-testamento que es Look at the harlequins!, una especie de autobiografía bufa, Nabokov incluye una frase seguramente anodina: 

The Villa Iris, he said, was at three minutes of march.

Con Nabokov nunca se puede descartar ningún juego de palabras o alusión, pero es posible que en este caso no lo haya. Y, sin embargo, cuando leí la frase por primera vez no pude evitar encontrar una resonancia que, desmentida por la minúscula, resultaba sin embargo enormemente sugerente, por permitir confundir, muy al nabokoviano modo, espacio por tiempo. Así, los tres minutos de marcha que nos separaban de Villa Iris pasaban a ser tres minutos de marzo, y esa extraña ubicación cronológica albergaba entonces una edificación que parecía pertenecer (Iris!) a no sé sabe ya qué flora ya deseosamente primaveral (you must believe in spring, dice ese otro estándar), en un marzo recién estrenado, tanto que aún estamos deshojando el último día de febrero que, quién sabe, puede ser un 29, porque a veces tú y yo también resultamos bisiestos, corazón.

Tres minutos, el tiempo de una canción, acaso de un vals que suena a las tres de la mañana (a Nabokov, que vivió en Montreux, justo debajo de ese Glion y ese Valmont que recorría Fitzgerald, The Great Gatsby le parecía terrible, mientras que encontraba magnífica Tender is the night), un beso que dura tres minutos a las tres de la madrugada, mientras el cuerpo se va quedando frío. Las tres y tres minutos del tercer mes. En mi tercero mar estabas tú, le cantaba Juan Ramón al dios deseado y deseante. Y nosotros, mientras, aquí, en este extraño topónimo que se llama Tres minutos de marzo, acaso en la isla de Morel y como resultado de la corrupción de alguna lectura de astrolabio, pues hay, quién lo duda, minutos de arco, y en una latitud eso puede ser decisivo.

Y March no puede ser otro que el de April March, ese mes siamés con el que jugaba Borges en su Examen de la obra de Herbert Quain, en donde se nos advierte que no, que no hay ninguna marcha de abril, sino una subversión del calendario que se lleva por delante los idus, y que abre la posibilidad de las bifurcaciones y por tanto la de que las cosas que hubieran podido ser de otro modo hubieran sido, justamente, de otro modo.

Puesto que no participamos en realidad del amor, sino de su historia, sigamos el mandato de los arlequines (que juegan con la muerte y la brújula): inventemos la realidad. O al menos, si ya no nos quedan pinturas de colores en el estuche, hagamos lo que le pedía su madre a Nabokov, para hacer que su vida fuera memorable:

Vot zapomni, 

es decir, ahora, recuerda, así luego la memoria tendrá algo que decirnos.

Porque en el lugar llamado Tres Minutos de Marzo, desde donde los días más claros puede avistarse Tristan Da Cunha, Herbert Quain escribió un libro que se llamaba El dios del laberinto y todos sabemos, y sobre todo Borges lo sabe, que el dios del laberinto es, por supuesto, una araña.

Una migala, acaso, como en la historia de Cortázar.


 


y 3. Tres palabras


Con tres palabras te diré
todas mis cosas,
cosas del corazón
que son preciosas.
De un bolero original de Osvaldo Farrés
(Aquí, por el gran Nat King Cole,
que tanto nos gustaba a mi madre y a mí:

Cómo me gustas eran esas tres palabras, con ese cómo que demuestra lo inexpresable de nuestro sentimiento. Cuánto te quiero, nos habremos dicho sin duda alguna vez, y ese cuánto significaba justamente lo incuantificable.

En uno de esos textos inolvidables (¿cuál no lo es?) de mi adorado Álvaro Mutis, el colombiano nos enfrenta una vez más, con sencillez sólo aparente, a la profundidad de la melancolía que articula nuestros corazones: 


En el Crac de los Caballeros de Rodas, cuyas ruinas se levantan en un acantilado cerca de Trípoli, hay una tumba anónima que tiene la siguiente inscripción: “No era aquí”. No hay día que no medite en estas palabras. Son tan claras y al mismo tiempo encierran todo el misterio que nos es dado soportar.

Yo visité una vez un Crac de los Caballeros, en Siria (ay, Siria), que no sería ese mismo, pues hay varios por la zona, que remiten a la época de las Cruzadas. Recuerdo la mole inmensa en medio del desierto, la sensación clarísima de encontrarme en otro mundo, un mundo que no era necesariamente hostil, pero al que yo, mi pequeña persona, le resultaba profundamente indiferente.

El Crac, el crack-up. La fortaleza y sus grietas. No era aquí: no, no era aquí. O al menos no era yo. No era aquí donde tenía que haber vivido, ni ahora. Rumbo equivocado, mapa inexacto, el cansancio que nos hace transigir con un sucedáneo de llegada: aquí, vale aquí, pero no, no vale, nunca valdrá.

 Tres palabras. Las tres palabras que repetía mi madre:


no vengas tarde
no cojas frío
avísame cuando llegues

y, sí, a las tres de la mañana la despertaba suavemente y le decía

ya estoy aquí
no te preocupes. 

Al comienzo de Los bandidos, Walser, suizo y vagabundo, escribió tres palabras que me producen un escalofrío: 

Lo olvidaré majestuosamente.

No sé si es posible un olvido majestuoso, pero, puesto que el olvido ha de llegar, al menos que sea suntuoso, que sea un olvido de grandes salones vacíos, como el salón aquel del piano del Hotel Palace de Montreux que recorrí el otro día, y donde una vez Nabokov se dejó retratar con sus pantalones cortos y sus calcetines largos.

Con tres palabras basta, sí, qué les voy a decir yo, que he esperado toda mi vida para poder pronunciar (o, mejor aún, escuchar) el conjuro mágico:

entonces había juego,

aún a sabiendas de que el juego concluía con un manuscrito en un bolsillo de un cuerpo arrojado a las vías. Pero, ah, Margrit, cuánto te retrasaste y entonces nos pasamos de parada.

Una vez Roberto Bolaño compuso un libro que llamó Tres. Hoy ese libro es difícil de encontrar, pero sus contenidos se incluyen en la recopilación de su Poesía reunida. Hace unas semanas, en aquel sábado de Horta, Valerie Miles nos contó lo importante que era el tres en la literatura del chileno.

Hoy se cumplen, ay, veinte años ya de la muerte de Roberto Bolaño.

Dentro de Tres está la Prosa del otoño en Gerona, y en ella, estas tres palabras:

Luego desaparece todo.

No diré más.


lunes, 3 de julio de 2023

Fuera

(Una crónica de mi último viaje. Una reflexión sobre el desplazarse.) 

En la portada de la traducción francesa de Die Ausgewanderten, de Sebald, hay una escalera.

El título del libro se tradujo al español como Los emigrados. En francés, como puede verse, es Les émigrants, del mismo modo que en inglés es The emigrants. 

"Emigrados" es un participìo pasivo, como lo es "Ausgewanderten". "Émigrants" o "Emigrants" es un participio activo. No es lo mismo. 

En alemán el verbo desde el que se forma ausgewanderten es wandern, uno de los verbos alemanes por excelencia: el que corresponde al paseo, al vagabundeo, a la marcha por los bosques y las montañas, al senderismo. Hay un término que se ha convertido en internacional: Wanderlust, el placer de andar, de desplazarse a pie, que practican los hermanos menos urbanitas de los flâneurs baudelerianos. El Wanderlust de Robert Walser.


En alemán el participio se forma añadiendo el prefijo ge- y el sufijo -t a la raíz del verbo, al menos en los casos regulares. La desinencia -en indica el nominativo plural (masculino). Aus- es, pues, lo decisivo: el afuera, el lejos, el que transforma el desplazamiento en una marcha, en un exilio, en un alejamiento del origen, del hogar. 

Sí, así se forman tantas veces las palabras en alemán: componiéndolas a base de un juego de partículas, de añadidos que van matizando el significado del núcleo. Ausgewanderten es, entonces, una palabra transparente: los que se han alejado. Los emigrados. El participio pasivo nos dice que es una acción concluida, definitiva acaso.

En castellano el verbo de origen es migrar. Es un verbo que remite a vuelos transoceánicos de aves y a debates políticos, que tienden a convertirse en desoladores. Emigrados tiene una e- que nos dice que algo sucede hacia afuera (igual que hay un in- en inmigrantes), y hay también ese -ados que nos recuerda que estamos ante un participio pasivo, ante algo consumado (y una o que nos hace opaca, ay, como siempre, la presencia de las mujeres). La estructura, pues, es semejante a la del alemán, pero la fuerza no es la misma. 


Los protagonistas de la novela de Sebald no son simplemente trabajadores que marchan a otros países en busca de oportunidades laborales (algo ya en sí profundamente doloroso). Hay algo más en este caso, algo que remite a los desastres que asolaron Europa durante el siglo XX, ese oleaje de fondo que se oye en toda la obra sebaldiana. Emigrados no traduce bien esos acordes. Hubiera sido preferible desplazados.

Desplazados es el eufemismo con el que se habla de las grandes masas de población que se ven obligadas a huir de conflictos y hambrunas. Los desplazados buscan asilo en otros lugares, a salvo de la violencia y de la miseria, y entonces los llamamos refugiados. Desde este lado les llamamos así. Acaso sin acordarnos de cuando lo fuimos nosotros, acaso sin pensar en cuando, seguramente, volveremos a serlo. 

El participio activo implica una cualidad agente, un impulso que parecería confundirse con una decisión voluntaria, haciendo abstracción de todas las otras circunstancias que convierten en última instancia esa elección en forzada. El -ante parece enunciar una posibilidad de no, el ejercicio de una opción. No es el caso de los personajes de Sebald. No es el caso, quizás, de nadie.

Existe, sin embargo, el término émigré en francés, un término que se utilizó, por ejemplo, para designar a la ingente comunidad rusa que se formó en diversos lugares de Europa, notoriamente en Berlín y París, una comunidad de huidos a consecuencia de la revolución bolchevique y la subsiguiente guerra civil. 

Vladimir Nabokov se vio obligado a abandonar su Rusia natal y se asentó primero en Berlín, luego, más fugazmente, en París, escapando del nazismo, para acabar desplazándose con su pasaporte Nansen de refugiado, de apátrida, a Estados Unidos. Finalmente acabaría retornando a Europa para vivir sus últimos años en el hotel de Montreux que visité hace unos días.

Los desastres de la Europa del siglo XX.

Vladimir Nabokov comenzó a escribir narrativa durante los años berlineses, publicando sus escritos en las revistas y las editoriales de la comunidad rusófona de los emigrados. Entonces firmaba como Sirin. 

Sirin: sirena.

Nabokov aparece, ostentosamente, en los diversos episodios de Die Ausgewanderten. Nos lo encontramos en Ithaca, NY, como el hombre de las mariposas. Es evocado como un niño que interrumpe el paseo de los adultos por su deambular errático en busca de lepidópteros. (Es un recuerdo extraído de Speak, memory, acaso el libro más bello jamás escrito). Y, por supuesto, lo vemos en una fotografía como un ya fondón y calvo caballero, vestido con bermudas y tocado con una gorra, que hace un alto en pleno paisaje alpino, con el cazamariposas debajo del brazo.


No mucho tiempo después, Nabokov resbalaría y resultaría seriamente dañado. El cazamariposas, colgado en las ramas de un arbol (como una lira, dirá él) se quedó allí mientras lo trasladaban en camilla. Ya no levantó cabeza. Idas y venidas a los sanatorios. Problemas en los pulmones. Murió el 2 de julio de 1977 en una clínica de Lausanne. Ayer hizo 46 años.

Unos días después, también en julio de 1977 (ya lo he contado por aquí, creo) entré por primera vez en Suiza, a mis trece años. El tren paró en Lausanne, nos bajamos para coger otro hacia Zürich. Desayunamos en la cafetería de la estación. Yo no sabía aún nada de Nabokov.

Iba de la mano de mis tíos. Mis tíos emigrantes, como tantísimos españoles que se dispersaron por la más opulenta Europa, huyendo de la gris y friolenta España de la dictadura. Vivieron en Suiza muchos años.

Ahora he vuelto una vez más a Lausanne, para asistir a un congreso sobre Nabokov, centrado especialmente en su relación con la naturaleza y la ciencia, con su condición de excelso lepidopterólogo. Ha sido una experiencia decisiva en mi vida. 

En la maleta, a mano, por si acaso, Los emigrados, de Sebald, que tengo cubierto de anotaciones de las sucesivas relecturas.

En la proa del barco que nos llevó de Lausanne a Montreux surcando el Léman, una travesía preciosa que ya había tenido oportunidad de hacer el año pasado, se podía ver una campana, de las utilizadas antiguamente para la señalización naval, ahora convertida en ornamento. Sobre la campana, grabado, el nombre de la empresa fabricante: Sulzer, Winterthur. Mi tío trabajó muchos años en la Sulzer, en Winterthur, que era el destino de nuestro viaje del 77. Un trabajador emigrante en una fundición. Murió bastante joven, con los pulmones dañados. Quién sabe si fundió él esa campana.

En la primera comida de la conferencia hablé con una profesora ucraniana que había huido de su país para ser acogida en la Universidad de Biel/Bienne (es una ciudad bilingüe y tiene un nombre doble, en alemán y francés), la ciudad natal de Walser. Me contó, en un alemán medio chapurreado por ambos, que su hija aún estaba en Ucrania, con su compañero. 

Los desastres de la Europa del siglo XXI.

En mi día libre, el pasado sábado, me acerqué a Friburgo, que es también una ciudad bilingüe. Así, me trasladé, en un viaje de placer, a Fribourg, pero también a Freiburg. De las ciudades que circundan Lausanne en la parte de la Suiza romande era la que me quedaba por ver. Es un lugar de resonancias sebaldianas, pues allí habitó un tiempo el joven Max, antes de acabar desplazado en Inglaterra. 

Es una ciudad muy bella. Paseé por ella bajo un cielo encapotado. Hice muchas fotos. Entré en una librería que se llama Albert Le Grand. Por curiosidad, busqué los libros de Sebald. Ahí estaban. En la portada de Les émigrants aparece una escalera.

Yo fotografío escaleras. No soy el único que lo hace, me consta. Fotografío, sobre todo, fragmentos de escaleras, especialmente esas escaleras cerradas sobre sí mismas de ciertos edificios parisinos, de ciertas torres de catedrales que me enloquecen de vértigo. Escaleras helicoidales, que ascienden en un continuo esfuerzo de su anhelo circular. 

El congreso sobre Nabokov se ha desarrollado en la Universidad de Lausanne, que tiene un campus precioso dominado por la vista incomparable del Lac Léman, que sólo un abusivo anglosajón llamaría Lake Geneva. El edificio en el que estábamos, el Anthropôle, es pródigo en intrincadas escaleras escherianas. Las fotografié, y pasé las imágenes al blanco y negro. Entonces se convirtieron automáticamente en un laberinto, y nosotros, claro, en Asterión. Porque no hay laberintos para nosotros que no rimen con Borges.


Me han invitado, por cierto, a dar un curso sobre Borges y la Matemática en la Universidad de Colorado. Muy cerca del hotel de The shining. Ha sido, ya les digo, un congreso extremadamente productivo. Casi el Congreso del Mundo.


Mientras volvía, sometido a las extenuantes humillaciones de los aeropuertos, me senté un momento y escribí un pequeño poema o microrrelato noir. Lo puse en Twitter, en Instagram... lo pongo aquí:

Nos piden los papeles. Entregamos poemas.

Soy lo suficientemente viejo como para recordar que pasar una frontera era algo que conllevaba un peligro, que suponía una transgresión. Recuerdo el paso de la frontera a pie, en Cerbère, en aquel viaje en tren de 1977 con un pasaporte recién estrenado. Recuerdo la sensación de bienestar de la primera vez que, conduciendo, vi pasar el letrero de Portugal cuando Schengen abolió las fronteras físicas. Sé que soy un privilegiado, sé que ahora hay gente que tiembla de miedo cuando tiene que enseñar los papeles. Sé que hay gente que no tiene ni siquiera esa opción, que no tiene papeles. Sé que hay gente que se ahoga en el Mediterráneo, en todos los mares del globo.

Desplazados.

Me seleccionan con una frecuencia preocupante para hacerme la prueba de explosivos cada vez que paso el arco de los controles del aeropuerto. Dicen que es aleatorio, pero todos sabemos que no lo es. Viajo solo, tengo el pelo largo y llevo barba, a pesar de que tengo ya casi sesenta años. Visto de una manera informal. Llevo décadas sin ponerme una corbata. Nunca calzo zapatos, sólo playeras (que pueden ser tenis, ya que hablamos de Nabokov, o bambas, o simplemente zapatillas). No nos engañemos: soy carne de cañón para los controles.

El policía fue amable, y yo siempre estoy muy tranquilo en esas situaciones. Estoy tranquilo porque creo, con toda ingenuidad, que el sistema me protege. Esta vez fue algo más lento, más complicado, más peligroso: no hubo un "adelante" inmediato, hubo que pasarle el test también a la mochila. Me preguntaron cuál era, de entre las que se acumulaban en las bandejas de la cinta transportadora. Iba a acercársela, pero me ordenaron que me mantuviese quieto, que sólo la señalara. Amable, pero firmemente.

Finalmente, everything is OK, Sir. No temblé de manera apreciable, pero puede que se me escapara un latido cuando finalmente accedí a ese dentro intercambiable de las salas de embarque.

Sí, fronteras. Desplazados. Emigrados. Exiliados. Sebald. Nabokov. Escaleras que se cierran y ascienden hacia el vértigo de la torre. Y un lago, gracias sean dadas a quienes correspondan, que me trajo, una vez más, luz y azules. 

Todo ha ido bien. Ayer había luna llena. Hoy he vuelto a mi rutina. Escribo esto desde mi Universidad, la de aquí. Aún no estoy de vacaciones. 

Es 3 de julio. Feliz cumpleaños de Kafka.



jueves, 2 de febrero de 2023

Zona

[Un poema que me salió en una especie de borbotón en ese extraño y decisivo viaje que hice a Suiza en el 2018, tras la muerte de mi padre. Fui de Barcelona a Lausanne en tren y observé muchas veces esa especie de fractalidad de las ciudades, esa extensión leprosa que hace que se repitan los mismos elementos en una sucesión desorientadora que se parece mucho a esos sueños en los que estamos a punto de recordar algo profundamente necesario, pues el sueño tiene pasado, pero de algún modo siempre se escapa, siempre nos distraemos y cuando queremos darnos cuenta el nombre de la estación es otro, el paisaje no es exactamente el mismo, pero seguimos en la Zona, la Zona de Apollinaire, la Zona en la que nos guía el Stalker, la Zona de Cocteau por donde nos conduce la Segunda Persona. En trenes como éste he viajado mucho y volveré a viajar una y otra vez, pues sólo en las regiones a las que nos conducen estas líneas de ferrocarril puede rehacerse un destino, puede volver ella, vestida de blanco, puede uno reencontrarse con unos padres que todavía no están enfermos.] 


Tu ressembles au Lazare affolé par le jour

GUILLAUME APOLLINAIRE, Zone


En esos territorios del ferrocarril por los que los rieles se entrecruzan como serpientes,

o como escaleras curvas por las que toda ascensión es un lento reptar hasta un paraíso de guijarros.

En esas estaciones breves donde el tren no para, cuyo nombre aprendo

para olvidarlo tan pronto desciende mi mirada de nuevo al cuaderno,

donde viven acaso versos como estos.

En esas largas extensiones de naves industriales que ostentan el platónico nombre de polígono,

donde se desarrollan actividades que me son profundamente ajenas y un poco aterradoras.

En esas fronteras anchas, difusas, donde una ciudad ya se ha terminado y no ha empezado la siguiente,

pero tampoco sobrevive el campo, o la naturaleza, o lo que quiera que sea ese substrato inicial,

ese estado cero de la no ocupación, donde no estamos,

donde no somos.

En esos paisajes indecisos en los que cabría encontrar un pueblo de frigoríficos habitado por nuestros muertos recientes,

o un bosque de reclinatorios en los que escuchar el sempiterno silencio de largas generaciones de dioses impotentes.

En el umbral, en suma, de la casa de los abrazos, donde, ya lo sabemos, no somos bien recibidos,

y en el balcón de los deseos, desde donde la niebla hace ya muchas tardes que no nos deja ver nada.

En el puente de fuego, en la palestra, en el ruedo, en el destartalado escenario de la comedia, en la columnata derruida.

En todos esos lugares me espera el ángel y en todos esos lugares me encuentro con el ángel cada noche

para que me destroce.

Todos esos lugares son el mismo. Todos esos lugares son la Zona.

Todos esos lugares son el sueño y son la muerte.

Y yo soy el sueño y soy la muerte y soy todos esos lugares y la Zona,

y soy el ángel que me destroza cada noche,

y soy sobre todo el tren que avanza en la noche, el tren que comparece ruidosamente,

como viniendo de la nada, y sólo un momento después se pierde en la lejanía,

a través de ese laberinto en el que las serpientes de los raíles

se abrazan un momento y entonces

se separan para siempre.





Jean Cocteau, Orphée