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jueves, 30 de abril de 2026

En el Mar de Niebla



A donde quiera

que llegue desde aquí, será a aquí mismo.

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, Diario de un poeta reciencasado.

 

1.

El 26 de abril de 1336, Francesco Petrarca, acompañado de su hermano Gherardo y dos criados, ascendió el Mont Ventoux, en los Alpes provenzales. Hace unos días, pues, hizo 690 años de esa hazaña, que, si bien no puede equipararse a otras proezas del alpinismo y la escalada de los siglos posteriores, reúne algunas circunstancias que han hecho que casi siete siglos después sigamos recordando y celebrando la efeméride. Es, acaso, la primera ascensión documentada a una cumbre realizada sin un propósito práctico inmediato, por el placer mismo o por el reto que suponía. En ese sentido, muchos han querido ver en esa acción esencialmente gratuita un gesto simbólico que muestra al florentino como un primer hombre, un hombre nuevo que, a partir del acercamiento humanista a los clásicos y de un cambio de actitud vital ante la naturaleza anuncia la llegada estruendosa del Renacimiento. Otros lo han leído desde un prisma esencialmente deportivo, algunos otros han apuntado a una valoración de la contemplación del paisaje que entronca con planteamientos ulteriores del Romanticismo alemán. Todas esas lecturas son, obviamente, válidas, y también interesantes. No son la nuestra, al menos en esta ocasión.

 

2.

Cuanto sabemos de esa ascensión proviene de una carta del propio Petrarca, incorporada a las llamadas Epístolas familiares dirigida a Dionigi da Borgo San Sepolcro, monje agustino y confesor de Petrarca en Aviñón, donde ambos vivían, como consecuencia del traslado de la sede papal a esa ciudad de la Francia meridional. La carta se pretende fechada en la misma tarde del 26 de abril, al regreso de la excursión, emprendida desde Malaucène, a las faldas de la montaña, a donde los viajeros habrían llegado el día anterior. La crítica textual, no obstante, apunta a la escasa verosimilitud de esa datación, inclinándose por una redacción mucho más tardía, que podría alejarse incluso hasta 1353. Aunque los hay que consideran que el suceso no tuvo lugar, y que la carta no es más que un texto literario de intención ejemplarizante, parece claro que, al menos en algunos pasajes, se trasluce un fuerte componente vivencial. Lo más probable, pues, es que, bien partiendo de notas antiguas, bien escribiendo ex novo a partir de sus recuerdos, esa carta, que ya sería póstuma, pues su destinatario habría muerto años antes de ser escrita, relata hechos reales que resultaron significativos en la vida del poeta.

 

3.

La epístola está escrita en latín, y es bien cierto que tiene un tono moralizante, sobre todo en los pasajes finales. La concatenación de los hechos parece un poco forzada, o al menos el modo en que se plantean muestran hasta qué punto el relato se supedita a la intención didáctica y hasta penitencial. Pero, de nuevo, tampoco eso son asuntos que nos conciernan demasiado en este momento. De lo que se trataría, más bien, es de considerar el texto como una pieza literaria, y leerlo desde ese prisma, como una narración que acaso hoy, si nos animara un ímpetu comercial y poco riguroso, acabaríamos calificando de autoficción. Así, la primera persona, el hecho de dirigirse a un interlocutor, que además es un agustino, la presencia fundamental del hermano, elegido como único compañero posible en la travesía, y el propio decurso expositivo, le dan una intensidad y una agilidad a la pieza que han hecho que, más allá de todas las otras consideraciones relativas a su importancia histórica o a su trasfondo biográfico, sea una lectura extremadamente interesante para nosotros, criaturas del siglo XXI, acaso incluso aquejados de vértigo.

 

4.

Leamos, si no, el comienzo: Impulsado sólo por el deseo de contemplar un lugar célebre por su altura, he ascendido hoy al monte más alto de la región, que no sin motivo llaman Ventoso. Si recuperamos por un momento ese latín que se quedó amontonado entre tantas otras cosas en el desván de nuestra adolescencia, podremos leer que la motivación del escalador fue sola videndi insignem loci altitudinem cupiditate ductus. La que nos conduce es la cupiditas, lo que hay detrás de esa decisión es el deseo, la búsqueda de un placer o la consecución de un anhelo. Es bien cierto que el giro final del texto nos hará pagar en cierto modo esta rotunda declaración de individualidad, y hasta de hedonismo, pero lo cierto es que hacía muchos años que mi ánimo albergaba la idea de esta ascensión, pues ese monte estaba ahí desde siempre, alzado, inmóvil, insoslayable, semper in oculis. Su mera presencia invitaba al esfuerzo, exigía una acción que no podía limitarse a la mera contemplación a ras de suelo. Por ese motivo nos ponemos en marcha, desafiamos la pendiente, aceptamos el cansancio, buscamos una cumbre que sabemos que será una superficie pelada, un lugar en el que no podremos ser más que breves transeúntes, pero del que podremos decir yo he estado allí.

 

5.

Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o los espíritus, y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle. Así comienza Robert Walser, el gran andarín, su Der Spaziergang. Ese venir en gana de la traducción traslada el rotundo die Lust, el deseo, que asalta en el original a ese habitante del cuarto del Schreib- oder Geisterzimmer, con ese extraño guion de la disyuntiva que acaso no es otra cosa que una identidad, pues dónde va uno a escribir si no es donde habiten los espíritus, protagonistas absolutos de nuestra literatura. Ese ponerse en marcha, de buena mañana, para ir, como el ingenioso hidalgo, como los héroes artúricos, a la aventura, a lo que nos traiga nuestra buena o mala ventura, es el gesto básico de la escritura, ése que, esforzada o gozosamente (y, de nuevo, ese o es también un y), inicia la ascensión hasta la palabra final que, si los dioses nos son propicios, coronará este texto dentro de unos párrafos más.

 

6.

La llamada de la montaña, sentida por el protoalpinista Petrarca, o la invitación al paseo, a ese Spaziergang que muestra claramente esa intención de posesión, o al menos de exploración, del espacio que nos circunda, más allá de toda meta concreta o declarada, también es a veces un imperativo casi moral, un acto que linda con lo religioso. En Del caminar sobre hielo, esa crónica de un viaje a pie emprendido por el cineasta alemán Werner Herzog y que le llevó de Múnich a París durante veintidós jornadas de marcha, es preciso comenzar a andar para asistir a la muerte de una amiga querida y admirada: Un amigo parisino me llamó por teléfono a fines de noviembre de 1974. Me dijo que Lotte Eisner estaba muy enferma y que sin duda iba a morir. Le respondí: no es posible. No en este momento. El cine alemán no podía prescindir todavía de ella, no debíamos permitir que muriera. Lo que compete hacer entonces, o al menos así lo decidió Herzog en ese 23 de noviembre, era pertrecharse mínimamente, calzarse unas buenas botas y ponerse en camino hacia París, por la ruta más directa. Concluye Herzog este primer párrafo de su nota preliminar diciéndonos que estaba convencido de que, yendo a pie, ella sobreviviría. Además, tenía ganas de estar a solas conmigo mismo.

 

7.

En ese planteamiento dual del peregrinaje radica, creo, la clave. Hay un ritual, una ofrenda a quienquiera que sea la divinidad responsable de la vida y la muerte de la crítica cinematográfica Lotte Eisner. Y también hay la necesidad de soledad, de meditación, de diálogo interior. Eso es lo que propicia el viaje a pie, que se desea obrante. No se trata de asistir, junto al lecho mortuorio, a la agonía de la amiga, acaso agarrándole esa mano que está ya empezando a pertenecer al cuerpo glorioso. No, porque lo que está en juego es justamente la negación de la muerte, el desafío a cara descubierta de la Gran Nada. En ese caminar sobre el hielo hacia un destino que no puede ser más que el comienzo del regreso se plantea el desafío. De hecho, en la última entrada de su diario, Herzog, agotado, le dice a la Eisnerin que un día, juntos, coceremos un fuego y detendremos los peces. Ella le sonríe, puesto que sabía que yo era de los que caminan. Entonces, él concluye, triunfante: Le dije: abra la ventana, desde hace unos días puedo volar.

 

8.

Un lugareño desaconseja a la breve comitiva de Petrarca la ascensión a la cumbre. Dice que él mismo, empujado por su ardor juvenil, la realizó, y que sólo obtuvo de esa empresa, además del cuerpo y la ropa lacerados por las zarzas, arrepentimiento y fatiga. Pero Petrarca está empeñado en emular la aventura del macedonio Filipo, que ascendió al Hemo porque desde esa cumbre podían contemplarse simultáneamente dos mares, el Adriático y el Ponto Euxino, y Gherardo y él prosiguen su marcha, el hermano mucho más decidido y directo, por las vías más cortas pero más escarpadas, como buen monje cartujo que acabó siendo después de la ascensión, pero probablemente antes de la redacción de la epístola. Francesco, mientras, remolonea, trata de ir por las vías más sencillas, a veces incluso descendiendo para intentar por otro lado, perdiendo el tiempo, pues de lo que se trata, además de contarnos una jornada de alpinismo, es de establecer una lección moral y Petrarca confiesa su poca disciplina y propensión al sacrificio en la búsqueda de la altura en su vida. A la larga, no obstante, acaban por llegar a la cumbre de esa montaña empinada y rocosa, pero en el camino Petrarca ha de realizar su particular examen de conciencia, reniega de su pereza y su propensión a lo concupiscente, incluido, claro, aunque sin mencionarla, su enamoramiento crónico y sin esperanza de Laura, que ya ha muerto de la peste cuando está escribiendo esta epístola diferida.

 

9.

En la cumbre, la admiración del panorama que se describe con los ojos del geógrafo que Petrarca es, se ve interrumpida por una lectura, justamente de San Agustín, que denuncia la vanidad de las experiencias enfocadas hacia lo exterior y la necesidad de la búsqueda interior. Ésa es la última lección y el enunciado del propósito de enmienda que Petrarca realiza en su comunicación al agustino Dionisio de Santo Sepulcro. Pero antes de eso, y del descenso, cuidadoso y también fatigoso, bajo la luz de la luna llena, y de la llegada a la posada, donde Francesco escancia estos latines, hay una frase, acaso menor, que me parece la decisiva, que concentra toda la emoción del testimonio, y que, acaso, no se había pronunciado nunca hasta entonces: nubes erant sub pedibus, las nubes estaban a nuestros pies.

 

10.

1909 metros, al parecer, tiene el Mont Ventoux, cuyo nombre acaso no se deba a los vientos que puedan azotarlo, como el poético Mistral, sino a algún dios o vocablo galo. El 26 de abril que estamos conmemorando es del calendario juliano. Aplicando la adecuada conversión al gregoriano, estaríamos en los primeros días de mayo. Algunos lectores del texto se han extrañado de que no haya nieve en la cumbre, especialmente porque ésa fue una época especialmente fría en Europa. El día es claro, como el día en que Walser cogió su sombrero para ir a pasear, la cumbre está pelada, uno puede afanarse en encontrar, milagrosamente, con su vista de pájaro, los detalles de los mapas que ha estudiado desplegados en las mesas de allá abajo, pero lo que debe ser inolvidable es comprobar que somos más altos que las nubes, que hemos atravesado la región de la niebla y hemos salido a la luz de las cimas. Ese ver el cielo desde arriba es la flor que nos deja ahí, como de pasada, Petrarca, en su breve crónica, esa mirada hacia el horizonte lejano, hacia el panorama circular desde el penacho al que la propia niebla rinde pleitesía.

 

11.

Según nos dice Rossend Arqués Corominas en la edición de Cátedra de Mi secreto y algunas Epístolas de Francesco Petrarca, en la Biblia una sola vez se mira desde la cima de un monte, cuando el diablo tienta a Jesucristo con hacerle dueño de la tierra si reniega de su Padre. El único modo posible de hacer esa propuesta es alzando uno de los brazos, acaso el izquierdo, pues el diablo ha de preferir lo siniestro y haciéndole describir un arco de circunferencia en el aire, como si en ese movimiento se pudiera estar desvelando lo que estaba oculto detrás de una cortina. Para que ese gesto tenga poder ha de realizarse desde la altura. Todas nuestras tentaciones tienden a arrastrarse por el barro, sólo en el borde del vértigo uno sabe de verdad lo que está en juego. Al conducirnos a la cumbre, el príncipe de las tinieblas nos concede la visión de pájaro que es propia de los dioses y de las aves, objeto de nuestra envidia secular. Al Hijo de Dios, por el contrario, esa ascensión, esa mostración le obliga a un gesto contrario a su naturaleza: bajar los ojos, inclinar la cabeza. La cumbre más alta de la tierra no es sino un pequeño accidente en el fondo de ese océano sin superficie que llamamos cielo. Y nosotros somos los que reptamos sobre ese suelo.

 

12.

¿Qué le muestra, pues, el Adversario al Redentor? Un mapa. ¿Con qué le tienta? Con la posesión de un mapa, que sólo puede habitarse desde la distancia. Un descenso desde esa cumbre del gesto haría que ese aplanado panorama fuera poco a poco adquiriendo alzado, nos obligaría a enfrentarnos a la escala real de sus habitantes y sus objetos, y entonces nada de esto sería nuestro, pues sólo podemos ejercer ese dominio si mantenemos el apartamiento de la contemplación, si nos alejamos del fango de las larvas. Por eso la añagaza de Satán fracasa: porque en el mito de la Encarnación, contrariamente a lo que postularían los gnósticos, la divinidad ha decidido enfangarse, ha optado por la roña de las uñas, el hedor de los excrementos, el sudor de los cuerpos hacinados. En ese mapa extendido como una sábana sobre la superficie remota del planeta todo eso está por debajo del límite de resolución y es preciso descender la ladera para corregir ese error de percepción. El pecado original no fue el de los humanos, sino el del Creador, que quiso hacer un mapa y cuando se le llenó de insectos no tuvo mejor idea que arrojar sobre ellos un diluvio, para lavar esa carta geométrica. Pero hay un juez más alto, el ciego Sino, que decretó que la condena apropiada para tal exceso de soberbia era justamente el arrastrar pendiente abajo al Divino Hacedor para que su cabeza se llenase de piojos.

 

13.

Lo que vemos desde las alturas ya es nuestro, no es preciso que nadie nos tiente con su ganancia. Lo que no es nuestro es todo lo demás, es decir, todo. Por eso, en el bajar los ojos de la vista de pájaro lo que se nos revela una y otra vez es la gravedad, el peso. Nadie se queda a vivir en una cumbre, y no porque lo prescriba San Agustín, sino porque una cumbre es un sitio inhóspito que no permite otra vida que la de las rapaces, que pueden volar. Y aunque en nuestros mejores momentos lleguemos tan alto, tan alto que demos a la caza alcance, lo cierto es que la carne tiene inscrita su propia verticalidad declinante. Eso es el vértigo, ése es el mensaje del vértigo: sólo como anhelo te será dada la altura, sólo frente a una página los días afortunados, sólo entre los restos de tu propia vida que se extingue. Sólo ahí, ahora, un poco, las nubes están a tus pies, y te ocultan el mapa, el mapa del que procedes como un Ícaro que ya nota escurrirse por sus miembros la cera derretida. Sólo entonces, en esas cimas de la inspiración puedes alzar la vista y mirar al frente, en paralelo a las nubes, hacia otras cumbres que parecen a tu alcance.

 

14.

Es en 1818 cuando los estudiosos fechan Der Wanderer über dem Nebelmeer, el archiconocido cuadro de Caspar David Friedrich. En las desnudas rocas del primer término se yergue, aparentemente tranquilo, ayudándose apenas de su bastón para estabilizarse en un suelo tan imposiblemente horizontal, el caminante, que se nos muestra de espaldas. Para él, como para Francesco y Gherardo Petrarca, nubes sunt sub pedibus. De hecho, las nubes se han tupido tanto, que el título del cuadro nos habla de un Nebelmeer, un Mar de Niebla. Niebla es un vocablo del mundo inferior, designa ese extraño momento en que las nubes se dignan a descender a nuestro ras de suelo. Con ellas traen la extraña magia de la disolución de contornos, nos desorientan, nos desubican, y sin el ubi ya no hay un ego que se pretenda sólido. El Mar de Niebla que se contempla desde lo alto ya nos encuentra en el territorio de las águilas. La niebla es para los de abajo, para los que éramos hasta hace un momento, hasta esos últimos esforzados trancos que nos conducen al ápice. Entonces la niebla pasa a ser lo que siempre fue: nubes. Nubes bajo nuestros pies. Y al frente, pues ya podemos mirar al frente, pues ya no tiene sentido mirar hacia el mapa, otras cumbres, lejanas, cada vez más altas.

 

15.

Ese Mar de Niebla, pues, no oculta nada, sino que muestra. Muestra lo que importa, las otras posibilidades, los otros empeños, las otras obras. ¿Con qué podría entonces tentarnos Satán, repentinamente colocado junto a nuestro bastón (si es que él mismo no es el bastón que nos sostiene)? Con unas alas, por más que fueran las suyas, membranosas, pero a veces también llenas de ojos, como recuerdo del Serafín que un día fue Luzbel. Calzándonos esas alas sobre los hombros, como si la mochila que llevábamos en la ascensión del purgatorio llena de nuestros pecados pudiera al fin substituirse por los ojos de Beatrice, exploraríamos las cumbres, desde la altura que ya nos corresponde, sin volver al sudor de Sísifo. Sí, podemos ver a Mefistófeles sacando de debajo de su capa unas plumas de gallina y susurrándonos: si te postras ante mí y me adoras, te colocaré estas alas de guardarropía y podrás coronar todos los Everest del Sistema Solar. Pero no hace falta. No hace falta, porque tenemos un puente de niebla que nos lleva de una cumbre a otra, porque somos dioses y los dioses pueden caminar sobre las aguas de las nubes, porque cuando no hay mapa no hay vértigo, sólo hay otro suelo, más alto, cada vez más alto, lugar legítimo para nuestra habitación de poetas.


16.

Sísifo piensa que su castigo tiene una posibilidad de redención, ha creído que el mandato de los dioses era en realidad una propuesta, un contrato. No se trataba, le dijeron, de subir y bajar. Puedes subir una sola vez, con tal de que la roca sea la que baje, por la otra ladera, por la cara oculta de esta montaña. Si una vez, si una sola vez consigues que no se te resbale la piedra de tus manos empapadas de sudor, que no te venza la fatiga, y alzas, vigoroso, en un último y titánico esfuerzo la roca sobre tu cabeza y la arrojas al Otro Lado, podrás hacer lo que quieras, podrás descender y no volver a ascender, o podrás instalarte en la cumbre y gozar del panorama eternamente. Ésa es la tentación de Satán, la engañifa de los Olímpicos: plantear que existe otra posibilidad diferente al castigo, al suplicio circular. Por eso, Sísifo es el que insiste. Porque los castigos sólo pueden sostenerse si no se ha abolido la esperanza. Lo contrario es un simple mecanismo, un automatismo que se ejecuta ya sin mayor dolor, pues se han anulado los anhelos. Sísifo no es feliz porque haya comprendido y aceptado su absurdo, es feliz porque piensa que todo tiene aún un sentido. Cuando Camus, con los ojos aún llenos del sol del Mediterráneo, le susurra al oído al gigante la dolorosa verdad, su rostro se empapa de lágrimas.

 

17.

¿Qué hará Sísifo cuando haya por fin arrojado la roca pendiente abajo en el Lado-de-No? Mirar. ¿Qué verá Sísifo? Un puente de nubes. Un Mar de Niebla. Ese mar se habrá tragado su roca, que se habrá hecho ya para siempre abisal. Y Sísifo habrá comprendido que el único modo en el que se puede vencer a la gravitación es paseando, como hacía Robert Walser. Que para llevar a la roca a la siguiente cumbre habría bastado con hacerla rodar, como una bola en el juego de los bolos. Una bola que fuera rebotando entre peñascos como en un pinball megalítico. Y entonces Sísifo es feliz, y baja, sin mayor remordimiento, aliviado de tanto dolor, por la ladera de siempre, y cuando le entregan una nueva roca, pues los dioses poseen una provisión infinita de rocas, y le obligan a empezar de nuevo la partida, sigue siendo feliz, pues ya ha visto, ya ha visto lo que no existe, lo que no hay, el ámbito nebuloso del no estar, del no saber. Camus piensa en los descensos de Sísifo, quiere verle contemplando la vegetación que poco a poco vuelve a aparecer según nos acercamos al suelo (pues ya nos avisó el Pseudo Dionisio Areopagita, y nos lo repitió San Juan de la Cruz, que arriba es el lugar de la Nada, de las Nadas), quiere verle respirando el aire, tomándose su tiempo, calentando los músculos de los brazos, restañando las heridas de sus manos ya encallecidas. Pero no, Sísifo no se entera de nada de eso mientras baja. Él piensa en la cumbre. Y en la niebla. Gracias por la niebla.

 

18.

Puesto que el caminante está de espaldas y mira hacia adelante, y ese adelante es también el nuestro, queremos identificarnos con él, ponerle nuestro rostro. Ése es otro modo de subir. Todos estos procedimientos son importantes para nosotros, los enfermos de vértigo. Si uno se planta frente al cuadro (así se imagina a Samuel Beckett en la Hamburger Kunsthalle en octubre de 1936 Stéphane Lambert en su Avant Godot) está ya arriba, nubes sunt sub pedibus. Un par de pasos más, un abrazar el cuadro, nos llevaría directamente a superponernos a esa figura (pero no, porque es tan pequeña, tendríamos aún que reducirnos a la escala de ese nuevo mundo encerrado por el marco). Un último esfuerzo de escalador horizontal y tenemos delante, no ya una espalda, sino las otras cumbres. Entonces, arrojamos el bastón, adelantamos un pie y caminamos sobre el puente de nubes. Y ya no bajamos más, porque, aunque bajemos, habremos estado allí, como estuvo Petrarca, como estuvo Friedrich, como estuvo Beckett, como estuvo Sísifo.

 

19.

Como con el monje que está frente al mar, como con otros tantos personajes de las obras de Friedrich, se nos antoja que lo que están haciendo es escudriñar, como nosotros, pero la verdad es que tienen los ojos cerrados. Justamente porque ya no hace falta mirar. En el puente de niebla nos conducimos con la rotunda seguridad de un ciego en un mundo a obscuras. Un bello poema de Ángel Crespo nos muestra el agua de un pozo, desde el brocal. Al fondo, estamos nosotros también, nuestra figura, plateada, despojada del sudor de estar vivos. Nuestra imagen asciende envuelta en halos de aire y lejanía, es una teofanía en la que nosotros somos los dioses. Hemos visto. Y entonces, lo que es preciso hacer es cerrar los ojos, juntar los párpados para encontrar en el interior el agua de ese pozo. En el Mar de Niebla se mueven como espermatozoides encelados las extrañas moscas de nuestro humor vítreo. Al cerrar los ojos vemos que por dentro estamos también llenos de esa niebla sagrada, la niebla que oculta lo que no puede ser visto, porque no puede ser dicho. Por eso hay ciertos cuadros que uno debe mirar con los ojos cerrados. Por eso Sísifo desciende de su cumbre inalcanzable con los ojos cerrados, con paso seguro, sin tropezar una sola vez, escuchando el leve rumor de esa agua interior que contiene las palabras de los poemas.

 

20.

Juan Ramón Jiménez, en su maravilloso Diario de un Poeta Reciencasado, nos propone también una crónica poética, que se desarrolla entre la convexa horizontalidad del mar y la ambigua verticalidad de los rascacielos. Todo está escrito en luz, las letras de la luz son los colores. Muchos de los textos se llaman Cielo o Mar. Golfo, el poema del cual proviene la cita que encabeza esta entrada, está escrito en New York el 29 de febrero de 1916, justamente ese extraño día del bisiesto, y corresponde al número LIX del libro. Una nube nos acompaña. Oculta el sol, pero una sola nube no puede ocultar el sol, y el sol acaba, si no atravesándola, si tiñéndola, mezclándose es su materia sutil. Primero, la nube es blanca. luego, rosa. Porque el día va avanzando. Y luego, en el último verso, es roja, roja de ocaso. En ese día de meditación el poeta nos muestra lo que ha visto, en su abajo, en sombra, sobre las rocas de esa cumbre del fondo del aire que es el puerto de la ciudad, el puerto del sueño. Nos dice: es el fin visto, y es la nada de antes. Porque la nada es todavía. Y entonces, comprende, como comprendió Ángel Crespo asomado al pozo: a donde quiera que llegue desde aquí, será a aquí mismo, porque

Estoy ya en el centro

en donde lo que viene y lo que va

unen desilusiones

de llegada y partida.

El oleaje del mar de agua y el oleaje del mar de niebla nos dan el vaivén de los versos. No es preciso seguir avanzando, ni siquiera volar. Aquí estamos bien. Cerremos los ojos, dejémonos llevar por los puntos suspensivos.

 

y 21.

Así concluye El paseo de Walser:

Las circunstancias le habían ordenado viajar, y partió. Quizá hubiera podido convencerla a tiempo de que tenía buenas intenciones, de que su querida persona me era importante, y de que por muchos motivos quería hacerla feliz, y con ello a mí mismo; pero no me esforcé más, y ella partió. ¿Para qué entonces las flores? “¿Recogía flores para depositarlas sobre mi desdicha?”. Me había levantado para irme a casa; porque ya era tarde, y todo estaba oscuro.

Los paseos terminan en un viaje de vuelta, en un retorno a casa, porque todo acaba por obscurecerse, porque los astros también están sometidos, por la crueldad del Sino, a un suplicio circular como el de Sísifo. Las ascensiones a las montañas sagradas, las excursiones de los caminantes, concluyen en el descenso, en la posada donde escribir cartas a monjes agustinos, en donde reponer fuerzas y dormir el sueño del que está felizmente fatigado. Las visiones concluyen, las nieblas se disipan, también se muere el mar. Del lado de la piel que se va llenando de arrugas nos quedan, sin embargo, las memorias del vuelo. Ella partió y yo dejé de recoger flores, pero compartimos un día la visión de las nubes. Y cerramos los ojos. Cerramos los ojos los dos a la vez, porque nos estábamos besando. Y desde entonces, vayamos donde vayamos, siempre venimos a aquí mismo, al puerto del sueño.

 

 

A P É N D I C E

Desde el brocal, Ángel Crespo

A la luz del pozo, la imagen

que hacia el brocal asciende viene envuelta

en halos de aire y lejanía

pues la devuelve el agua

más pura —invulnerable

a la tierra y el fuego—

como teofanía de mí mismo.

Los ojos, que apagando iba

tanto mirar sin premio,

resplandecen como una plata

diáfana, en la penumbra,

y me miran sin preguntar,

como sabiendo la respuesta.

Apoyado al brocal, alzar no quiero

la mirada, y junto los párpados

— para buscar dentro de mí

el agua de ese pozo.

 

Golfo, Juan Ramón Jiménez

La nube ―blanco cúmulo― recoge

el sol que no se ve, blanca.

Abajo, en sombra, acariciando

el pie desnudo de las rocas

el mar, remanso añil.

                               Y yo.

Es el fin visto,

y es la nada de antes.

Estoy en todo, y nada es todavía

sino el puerto del sueño.

La nube ―blanco cúmulo― recoge

el sol que no se ve, rosa.

                               A donde quiera

que llegue desde aquí será a aquí mismo.

Estoy ya en el centro

en donde lo que viene y lo que va

unen desilusiones

de llegada y partida.

La nube ―blanco cúmulo― recoge

el sol que no se ve, roja…

martes, 16 de septiembre de 2025

Humildemente


En su torreón sobre el río Neckar, Hölderlin balbucea.

Tiene sesenta y tres años y el aliento corto.

Es enero en Tubinga. Hace frío.

–Pallaksch, pallaksch–. También la lengua tirita.

CHANTAL MAILLARD, La herida en la lengua

A los cuarenta años Hölderlin encuentra aconsejable, es decir, lleno de tacto, perder su razón humana.

ROBERT WALSER, Prosa de cumpleaños

Was bleibt aber, stiften die Dichter.

FRIEDRICH HÖLDERLIN, Andenken

 

1.

El 20, Lenz atravesó las montañas. Así comienza una de las piezas de mayor influencia en la literatura alemana. Se trata de Lenz, del malogrado Georg Büchner. La muerte temprana de éste, a los 24 años, dejó inconcluso lo que parecía ser el proyecto de una nouvelle sobre un episodio de la vida del escritor dieciochesco Jakob Michael Reinhard Lenz, miembro del Sturm und Drang y amigo de Goethe. A pesar de su carácter fragmentario y su brevedad, la belleza y la modernidad, si cabe hablar en esos términos, del texto de Büchner, en el que comenzó a trabajar en 1835 y que fue publicado póstumamente en 1839 (Büchner murió en Zürich en febrero de 1837), lo han convertido en un clásico de la literatura mundial. Su entrada en materia es especialmente memorable, pues no sólo se nos ubica in medias res, sino que nada se ha dicho de quién es Lenz, por más de que se parte de que se trata de una figura conocida, ni a qué mes o año corresponde ese veinte. Sólo después sabremos que será de enero y 1778, cuando empecemos a investigar tanto la pieza de Büchner como la personalidad de Lenz.

 

2.

El texto original, al que es preciso acudir para aquilatar mejor el alcance de la obra, comienza Der 20. ging Lenz durch’s Gebirg. La traducción anterior es mía, y no necesariamente es la más precisa. La edición que manejo, la de Trotta de la magra pero decisiva Obra completa de Büchner (ya veterana, pues apareció en 1992 y más o menos por ahí me hice con ella) propone: El 20, Lenz pasó por la sierra. En todo caso, la peripecia vital de Lenz quiere que en ese invierno de 1778, aquejado por una profunda crisis, abandonara Winterthur, en Suiza, y se dirigiera a pie a Waldersbach, en la Alsacia, donde habitaba el pastor protestante Johann Friedrich Oberlin, quien le acogió durante poco menos de un mes, mientras la salud mental de Lenz se deterioraba seriamente. Lo que se narra en el texto de Büchner son esos días, a partir del diario de Oberlin y otros testimonios, con un estilo que muchas veces nos suena walseriano, aunque, claro, es al contrario: Walser y muchos otros autores, no sólo germanoparlantes, bebieron de esta crónica o relato, de esta narración de un derrumbamiento, llena de extraña belleza.

 

3.

Lenz es un caminante, como lo fue Walser, que recorre paisajes montañosos, a veces en condiciones meteorológicas realmente adversas. Es un predicador él mismo, y se narra cómo intenta, infructuosamente (es obvio), resucitar a una niña, en una escena que recuerda poderosamente Ordet de Dreyer. Los intentos de suicidio se suceden, la estabilidad mental está muy quebrantada, y sin embargo estamos en presencia de un escritor de renombre, de alguien muy gentil y bien educado, que es admitido en el hogar de Oberlin, quien le cuida y le trata de acercar a Dios. No resulta. Lenz tiene que proseguir camino: ¿No oye usted nada, no oye esa espantosa voz que grita por todo el horizonte, una voz a la que suele darse el nombre de silencio? Desde que estoy en este silencioso valle, siempre la oigo, no me deja dormir. Vuelve, pues, a Strasbourg con un terrible vacío en él. Ya no sentía angustia ni deseos, su existencia le era una inevitable carga. Y entonces termina la obra de Büchner con una frase tan memorable como la inicial y tan compleja de traducir como aquella: So lebte er hin. Es decir: y así siguió viviendo. El hin da la idea del movimiento hacia adelante. Así transcurrió su vida se traduce en la edición de Trotta (la traductora fue Carmen Gauger). Una vida llena de otras crisis y derrumbamientos y traslados que duró hasta 1792, cuando murió en Moscú.

 

4.

Lenz, pues, es una obra de algún modo (doblemente, incluso) terminal, aunque eso no podía saberse cuando se comenzó a escribir, pues quien la comienza a escribir es un joven dramaturgo, que ya ha alumbrado algunas obras que le harán famoso y que siguen siendo muy vigentes, como La muerte de Danton, Leonce y Lena o, especialmente, Woyzeck. Es un ejemplar único, pues no hay otro fragmento narrativo de esas características en lo que dejó Büchner al morir. Es una obra magnética, un verdadero capolavoro, que tiene además ese sabor incomparable de todas las obras de los genios muertos tempranamente: está preñada de unas potencialidades que nunca se desarrollaron, muestra lo que pudieron ser las obras que no se llegaron a hacer. En mi caso, además, más allá de todo eso, Lenz, que, aunque, como ya he dicho, hace una buena treintena de años que entré en contacto con Büchner, no he leído con la atención que merece hasta ahora, resuena con otra figura de la máxima relevancia, uno de los pocos que puede optar con legitimidad al trono del poeta más importante de la historia (si tal trono tuviera sentido, en una disciplina que, menos mal, no se basa en la competencia): Friedrich Hölderlin.

 

5.

Cuando Büchner escribe Lenz, Hölderlin todavía vive, si bien esto, como veremos ahora, habría que matizarlo adecuadamente. El gran escritor suabo, que había nacido en 1770, estudiado Teología en Tubinga, donde compartió habitación con Hegel y Schelling (nada menos), compuesto algunos de los poemas más memorables de toda la literatura y una obra imperecedera como el Hiperión, llevaba ya  por entonces mucho tiempo recogido en la vivienda del carpintero Ernst Zimmer, en Tubinga, junto al Neckar, en una construcción encabalgada sobre la muralla que ahora se llama, inevitablemente, la Hölderlinturm, la torre de Hölderlin. Fue en 1807 cuando, proveniente de una clínica de Ferdinand Autenrieth, donde su estado mental acabó por deteriorarse del todo, tomó posesión de su modesta habitación con vistas al río, de donde no saldría ya hasta su muerte en 1843.

 

6.

La vida de Hölderlin, pues, se divide, como con un cuchillo, en dos mitades. En sus primeros 36 años le vemos ganándose la vida mal que bien como preceptor de los vástagos de las casas nobles, renuente siempre a ejercer de pastor o párroco, como deseaba su madre, viajero, la mayor parte de las veces a pie en trayectos inverosímiles, participando del nacimiento del Idealismo Absoluto que asociamos a Hegel, concibiendo hermosas utopías en busca de la Belleza de los griegos, enamorándose de la mujer de su jefe, Susette Gontard y convirtiéndola en la inmortal Diótima, a la que mata, no obstante, en la segunda parte de Hiperión, por lo cual le pide disculpas a Susette en una carta. Es un hombre guapo, una personalidad brillante, pero hay en él un germen de perpetua insatisfacción, y no deja de constatar cómo sus ideales tropiezan con la dura realidad hasta convertirse en puras utopías inalcanzables. Todo eso le rompe. O, tal vez, tan sólo hubiera en él también desde siempre una predisposición física, un desarreglo que acaso hoy las autoridades médicas calificarían de esquizofrenia. Como fuere, desde el frustrado intento de trabajar en Burdeos en 1802, como preceptor del cónsul de la ciudad libre de Hamburgo allí, con el dramático retorno a pie durante más de mil kilómetros hasta la casa de su madre en Nürtingen, justo en el momento en el que llega la noticia de la muerte real de Diótima, es decir, de Susette, la razón de Hölderlin no se recupera ya.

 

7.

Y entonces comienza la otra vida de Hölderlin, la otra mitad. Incoherente en sus expresiones verbales, él, que ha cincelado versos admirables, proclive a la deambulación, sometido a altibajos anímicos, abandonado en su aspecto físico, después de haber sido siempre tan celoso de su elegancia, los años de intensísima actividad y tensión mental conducen a un periodo de reclusión voluntaria y apacible entre la familia de Zimmer, que lo cuidaba y lo atendía como a uno más del grupo familiar, a las caminatas más breves por el camino de ronda de la muralla, a algunas excursiones acompañado de estudiantes locales que le veneraban, a tocar el piano, él, que había sido un experto, de manera monótona y a veces insoportable, a envejecer, a perder los dientes, a aceptar, de algún modo, la derrota, si derrota era… y a escribir.

 

8.

Sí, durante ese larguísimo periodo de la locura, sea lo que sea lo que se quiere definir con ese término, Hölderlin siguió escribiendo. Poemas breves, muchas veces formularios, alejados de la monumentalidad y el riesgo de alguna de sus grandes obras anteriores, pero siempre con notas de magia verbal, siempre con esa atención por la naturaleza. Poemas que entregaba a veces a sus visitantes, que veían cómo los componía allí mismo poco menos que a petición (¿Sobre qué desea que escriba? ¿Grecia, la primavera, el espíritu del tiempo?) y que acabaron constituyendo un corpus sui generis dentro de la obra de Hölderlin, y fueron publicados a veces como Poemas póstumos o de la época final o, más simplemente, Poemas de la locura.

 

9.

Así, como Poemas de la locura, en traducción de Txaro Santoro y José María Álvarez, se editaron en la benemérita colección Hiperión de poesía (que toma el nombre de la obra de Hölderlin y el logo de la silueta del poeta) en 1978. Yo dispongo de la quinta edición de la obra, la de 1988, así que es de suponer que por esa fecha, 1988 ó 1989, me hice con ella, aún en la primera mitad de mi veintena. De hecho, creo que podría reconstruir más o menos el momento: en la caseta de Hiperión de la Feria del Libro de Madrid (hoy ya no existe la librería Hiperión, que estaba junto a la Puerta de Alcalá, uno de esos lugares donde fui feliz tantas veces y que se van perdiendo como lágrimas en la lluvia). Hiperión propiamente dicha, una obra de una importancia difícil de exagerar, a la que no me podré dedicar en esta entrada, fue el primer libro de Hölderlin que compré, de eso estoy casi seguro. Éste fue el segundo. Es posible que los comprara los dos a un tiempo. Conociéndome, me es muy difícil no acercarme a algo que se llama de la locura, siempre ha sido así y por aquí ya se va viendo la nómina de poetas locos y locas, por infame nombre, que forman parte de mi Panteón particular. Así, paradójicamente, lo primero que leí del Hölderlin-poeta fueron, no sus grandes textos, sino esas extrañas floraciones póstumas.

 

10.

De hecho, ese carácter póstumo se les puede adjudicar no sólo por la mera circunstancia de que fueron publicados tras la muerte del autor, sino porque éste, desde los comienzos de su segunda vida, renegó o jugó a renegar (sobre la locura de Hölderlin habría mucho que hablar, y sobre su capacidad histriónica, especialmente en el trato con los visitantes de entonces) de su propio nombre, declarando que él ya no era Hölderlin, que ya no se llamaba así. Hasta el punto, y eso es algo que recuerdo con claridad que me impactó desde el momento en que abrí el libro azul con la imagen última del poeta envejecido en la portada, de que los poemas están firmados por otra gente, y además fechados en fechas imposibles. Nos encontramos, así, con un hecho metapoético o metaliterario de extraña potencia: avant la lettre, la destrucción mental del gran poeta Friedrich Hölderlin, autor de El archipiélago o Patmos (que quedó inconclusa) o tantas otras obras, llevó al alumbramiento de ciertos heterónimos definitivos que eran quienes pergeñaban, en ese juego tan real o tan performático del habitante del torreón junto al Neckar, esos poemas que se llaman repetitivamente El invierno o El verano o La primavera.

 

11.

De todos esos hijos o sucesores o máscaras de Hölderlin, el más habitual es Scardanelli. Scardanelli firma un Verano el 24 de mayo de 1778, una fecha en la que el poeta ya extinto Friedrich Hölderlin habría tenido 8 años. Lo firma, probablemente, en el año real (si hay tal cosa) de 1839. Scardanelli firma otro Verano también el 24 de mayo, pero de 1758, antes del nacimiento de Hölderlin, y ese poema, claro, es de una época semejante al anterior. Con igual soltura puede firmar Scardanelli un Invierno el 24 de abril (otra vez el 24, se repite todo el tiempo) de 1849, esto es, en el futuro: Hölderlin murió en 1843. Este juego con las fechas y las identidades es fascinante, y así me lo pareció desde el principio. Desde el principio, yo fui un lector asiduo y rendido del poeta maldito Scardanelli, que tuvo una relación difícil de definir con el maestro de poetas Friedrich Hölderlin, autor del Hiperión, que recorrí y recorro con veneración. Son dos. Son muchos. Son todos. Como todos lo somos. Pero no nos adelantemos.

 

12.

Scardanelli tiene, ay, la cara del desdentado Hölderlin, y a él se le adjudican las excentricidades que acaso exageraron los cronistas de la época, como Waiblinger. Le imaginamos sentado en su habitación del primer piso de la Hölderlinturm, que acaso debería llamarse Torre de Scardanelli, escandiendo los versos con la izquierda y trazándolos aún con buena mano derecha sobre el papel que nunca le escatimó Zimmer. Mientras Büchner escribía su crónica de Lenz, de menos de un mes decisivo de la vida de Lenz, quien era su coetáneo era Scardanelli. Hölderlin había sido golpeado por Apolo, había retornado de Burdeos esquelético y pálido como un cadáver, había ido prendiendo alfileres a su razón durante mucho tiempo hasta que un día dijo, como dijo de algún modo Lenz, ya está, ya fue, ya vale y pasó a ser otro, a ser el que era ya definitivamente, en la casa del carpintero Ernst Zimmer, en Tubinga, o Tübingen si queremos usar el nombre original. Y siguió escribiendo.

 

13.

Cuando Scardanelli firma un poema siempre usa la misma fórmula: Mit Unterthänigkeit, Scardanelli. Untertänigkeit (en la ortografía alemana actual se ha perdido la h) vendría a ser algo como humildad, pero también sumisión, obediencia… Es algo como su seguro servidor. A los visitantes, de hecho, Hölderlin les otorgaba títulos como Su Majestad o Su Santidad. En general, no obstante, lo normal es traducir la rúbrica de Scardanelli como humildemente. Es un envoi de un poeta que se toma como alguien de rango ínfimo a un señor que le ha pedido un poema. Scardanelli es humilde, es sumiso, o al menos así se presenta: golpeado por el rayo, derribado, acogido, tranquilo en su demencia que apenas le brinda algunos momentos de desasosiego y hasta furia, deja transcurrir sus días como las aguas del Neckar que tiene bajo su ventana. Humildemente, Scardanelli. La última frase, no ya de un poema, sino de la vida del poeta entre los poetas. Un epitafio. So lebt er hin.

 

14.

Tübingen tiene una de las universidades más antiguas de Alemania, fue fundada en 1477 y es un centro académico del más alto nivel. En esa universidad, en abril de 2006, se celebró un congreso denominado Europtrode, dedicado a los sensores ópticos, en el que tomé parte, junto con mis compañeros del grupo de investigación, con una comunicación oral y un póster sobre los sensores de fibra óptica basados en resonancia de plasmones superficiales, nuestra principal línea. Eso me permitió visitar por primera y única vez hasta el momento (aunque he pensado muchas veces en volver) la bella Tubinga. No sé cuántos de los científicos de toda Europa asistentes al evento, que estuvo realmente bien, eran conscientes de la existencia en Tübingen de la Hölderlinturm, o, ya puestos, de la mera existencia de Hölderlin. Yo, desde luego, sí que lo sabía y no dejé de visitar la casa del carpintero Zimmer, junto con mis compañeros del grupo. Fue un momento muy transcendente para mí. Siempre he sentido una gran conexión con Hölderlin, y con Scardanelli, y el inesperado premio de esa visita al lugar real donde se escribieron los poemas de la locura tenía un gran significado, no lejano del que pudo tener, años después, la visita al Castillo de Duino. Cuando salíamos, firmé el libro de visitas, cosa que hago cuando realmente la experiencia lo merece. Escribí: Humildemente, Scardanelli. Nada más. Ahí, también, empieza todo, porque todo empieza muchas veces.

 


15.

¿Qué empieza ahí, además de esta entrada? Bueno, firmar como Scardanelli no deja de ser un ejercicio arriesgado y hasta soberbio, muy alejado de la humildad que promete. Scardanelli es, siempre lo fue, el futuro. No ya el futuro de Hölderlin, el de todos. Scardanelli es el habitante que espera. El demente que nos sucede. Está ahí, está ahora, simplemente está obturado por el grueso ninot vigente que se llama Hölderlin o Agus. Darle paso, darle voz a Scardanelli puede ser justo, puede ser incluso necesario, pero implica reconocer la verdad: los últimos poemas (todos los poemas son los últimos) serán de la locura. Eso, si podemos seguir escribiendo, si tenemos la suerte de tener una habitación en la primera planta, una habitación de paredes redondeadas, con vistas a un río y una familia amorosa que nos cuide. Así pues, mi gesto no fue inocente, aunque eso lo pensé después. Usurpar el nombre del propietario de la casa para dejar allí el testimonio de mi efímero paso. Añadirle una fecha que era, sí, la de verdad de ese día, pero que bien podía haber sido la de un veinticuatro cualquiera, acaso de 1748 o de 2064. La apuesta era alta, y hubo que estar a la altura.

 

16.

Entonces, justamente en Duino, en mi segunda visita, la de 2014, la que resultó ya definitiva para la composición de la novela, escribí en el libro de visitas Secretamente eternos en lo No, que es un verso de Juan Eduardo Cirlot, y firmé Scardanelli, una vez más. No sé por qué, no es algo que uno pueda decidir así como así. De nuevo, me di cuenta después. Y de algún modo eso se refleja en Morgana en Duino. El narrador, que no soy yo, porque el narrador nunca es el autor, aunque el autor sea todo lo que hay en su obra, inevitablemente, escribe en un momento dado en una postal Secretamente eternos en lo No y lo firma Scardanelli y entrega esa postal al portero de noche del hotel, que seguramente es Bartleby. Y dice: la misma firma blasfema que también estampé en el libro de visitas de la casita del carpintero Zimmer en Tübingen. Y dice: Sí, Ilona, a donde nos conduce el avance del tren es al país llamado Scardanelli, al país de la locura. Ahora ya sabemos a qué atenernos.

 

17.

Uno no sabe nunca por qué escribe lo que escribe, y si lo sabe no merece la pena lo que ha escrito. En Morgana en Duino hay muchas referencias a autores, algunas más veladas que otras. Hay nombres que aparecen una y otra vez: Rilke, Kafka. Pero hay un nombre que no está: Hölderlin. Y, sin embargo, si avanzamos hasta la última página de la novela, a la última línea de la novela, el último nombre, la última palabra que aparece, es Scardanelli. Mit Untertänigkeit, / Scardanelli. Así concluye todo. Las palabras inmediatamente anteriores eran de otra de las fuentes tácitas: Gil de Biedma (envejecer, morir…). El poeta póstumo que firma la obra es el habitante legítimo del cuerpo que ahora, por quién sabe cuánto tiempo, ocupamos. Nada de esto es premeditado: todo acaece. Todo tiene su propia dinámica, su propia necesidad, nada es contingente. En 1988 ó 1989 cayó en mis manos un libro llamado Poemas de la locura. Mucho tiempo después su autor firmó mi obra.

 

18.

He recorrido toda, o casi toda, la obra de Hölderlin a lo largo de los años. He leído también buena parte de su correspondencia. Paradójicamente (o no tanto, si se tiene en cuenta la naturaleza clandestina de la relación) apenas se conservan cartas de Hölderlin a Susette Gontard, pero sí disponemos de bastantes cartas de ésta al poeta. En su momento esa correspondencia fue editada por la gran estudiosa de Hölderlin Helena Cortés Gabaudan, junto con Arturo Leyte Collado, en la editorial Hiperión (por supuesto) bajo el título de Correspondencia amorosa. La edición que tengo es la segunda, de 1998, no recuerdo en qué año la compré. En el colofón de esa edición, ingeniosamente dispuesto en forma de corazón, se nos informa de cuándo se realizó la impresión del volumen, el nº 105 de la colección de libros de Hiperión, cosa que es normal en un colofón, pero se añade, justo en la punta del corazón esta frase: Wem sonst als Dir. A quién, si no a ti. Es la frase que aparece escrita de puño y letra de Hölderlin en el ejemplar del segundo tomo de Hiperión que hizo llegar a Susette. Es una dedicatoria autógrafa que no fue impresa. A quién, si no a ti. Yo no supe del origen de la frase hasta después, asumí simplemente la autoría de Hölderlin, y la usé para mi propia dedicatoria. Así, encerré todo el texto de mi única novela entre dos espejos paralelos, enfrentados entre sí: Hölderlin estaba al principio y al final, en la dedicatoria y en la firma. Y, sin embargo, su nombre nunca aparecía.

 

19.

En enero de 1961, Paul Celan visitó Tübingen y la Hölderlinturm. Al día siguiente, de vuelta a París compuso un poema memorable y lleno de capas, como todos los del rumano, titulado justamente Tübingen, Jänner, es decir, Tubinga, enero. En él hay varias referencias y hasta una cita del poeta suabo y, como ocurre tantas veces en los poemas de Celan, la tensión del lenguaje es tal que acaba literalmente por romperse. Así, lo que nos queda es sólo balbucir y balbucir, siempre-, siempre- asíasí, que es como traduce Reina Palazón el muy difícil nur lallen und lallen, immer-, immer-, zuzu. Y entonces, entre paréntesis y entre comillas, como si lo dijese otro, Celan añade: (“Pallaksch. Pallaksch”). Pallaksch, es, si atendemos al testimonio de Schwab, uno de los amigos de Hölderlin que escribió sobre la época de la locura, una palabra inventada que sirve tanto para decir sí como para decir no como para decir en realidad vale, no me importa, déjenme en paz, que es lo que Hölderlin-Scardanelli decía a menudo cuando quería zanjar la conversación. Pallaksch es la palabra final, el no sé qué que quedan balbuciendo, el producto último de la dolorosa decantación de una lengua que ya no sirve.

 

20.

Cuando Celan, el 20 de abril de 1970, acaso de madrugada, salió de su casa en el número 6 de la Avenue Émile Zola en París, para recorrer los pocos pasos que le separaban del Pont Mirabeau, desde donde se arrojó al Sena para suicidarse, dejó abierta sobre su mesa de trabajo una biografía de Hölderlin en la que había subrayado un pasaje que decía Este genio, a veces, se ensombrecía y se hundía en los amargos pozos de su corazón. Cuando, de manera completamente sorprendente para mí, Morgana en Duino ganó el Premio Complutense de Narrativa 2016, lo que implicaba su publicación, que se produjo en 2017, intenté comenzar una segunda novela, en París, donde fui ese verano de 2016 después de bastante tiempo sin haber ido. Esa novela empezaba justamente en el Pont Mirabeu, mirando el Sena. Aún no se ha escrito, puede que no se escriba nunca. Puede que la acabe Scardanelli.

 

y 21.

Robert Walser, caminante empedernido, tuvo un destino también holderliniano, pues, como saben los asiduos a este blog, acabó pasando sus años finales en el manicomio de Herisau, desde donde partía muchas veces con su amigo, el editor Carl Seelig, para realizar largas travesías por los alrededores. En el curso de una de ellas, el 16 de mayo de 1943, Walser comenta su estancia en el hospital, donde tuvo que ser internado por problemas intestinales:

Me gustó la habitación. Uno está tumbado ahí como un árbol caído, y no necesita mover ni un miembro. Todos los deseos duermen como niños cansados de jugar. Uno se siente como en un monasterio, o como en una antesala de la muerte.

Y entonces, Walser, que se sabe secretamente hermano de Hölderlin, de Scardanelli, dice:

Estoy convencido de que en los últimos treinta años de su vida Hölderlin no fue tan desdichado como lo pintan los profesores de literatura. Poder soñar en un modesto rincón sin tener que responder a continuas pretensiones no es ningún martirio. ¡Sólo la gente hace que lo sea!

Y ahí tenemos otra vía. Lenz no pudo resistir más que algunas semanas en la paz que le ofrecía Oberlin en su casa alsaciana. Celan saltó del Pont Mirabeau. Hölderlin se acomodó en su torre de Tübingen. Walser se derrumbó una Navidad sobre la nieve al lado de Herisau, donde había pasado muchos años sin escribir una línea. ¿Cuál es el destino que nos espera? El destino que espera al escritor que somos. ¿Qué poemas de la locura, acaso los más altos nunca escritos por él, aguardan pacientemente en el pecho del Scardanelli que guarda en su propio pecho? ¿Quién recibirá esos versos? ¿Quién será el Dir que de ninguna manera puede ser otra persona a quien vayan dedicados? ¿Nos será dado el destino que pide el otro firmante de Morgana, Jaime Gil de Biedma, en uno de sus últimos poemas, De vita beata?

…No leer,

no sufrir, no escribir, no pagar cuentas

y vivir como un noble arruinado

entre las ruinas de mi inteligencia.

La película sigue avanzando. On verrà.

 

Humildemente,

Scardanelli.