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jueves, 24 de septiembre de 2026

Un pintalabios

Catorce estampas del infinito

 

 

Tu amor es una avalancha,

cae por su propio peso al existir,

ayer, hoy y mañana

la nieve en la que me quiero hundir.

ROSALÍA, La yugular

 

I.

Conviene precisarlo desde el principio: el infinito es un estado de ánimo. Adviene ―el verbo es justo― bajo formas variadas pero, por lo general, inconfundibles, que van desde la sensación de vértigo perfectamente reconocible en la boca del estómago al temor-y-temblor que acompaña siempre la visión numinosa, pasando por algo que, a falta de mejor nombre, se podría llamar titilación intelectual. Los contextos también son muy variados: el infinito es una herramienta de trabajo actualmente ya trivializada en la práctica de la Matemática, incluso de la más elemental, pero también articula ciertas divagaciones cosmológicas, por no hablar de los debates de trasfondo eléata que han ido sucediéndose en esa parte de la Filosofía que está al lado (meta) de la Física. Y, last pero definitivamente not least, el infinito es un invitado habitual en los más bellos poemas que se hayan escrito nunca.

 

II.

El infinito es, así, empaquetable. Cabría sorprenderse de que algo que es, en su concepto, desmesuradamente grande, inconcebiblemente inabarcable, pueda doblarse diligentemente, introducirse en una caja, o unos versos, o un cuadro, o una canción, y mantenerse allí, convenientemente depositado hasta la siguiente vez que uno desee aspirar ese perfume, demencial, qué duda cabe, pero irresistible, de las cosas que no nos caben en la cabeza. En realidad, lo que hubiera resultado verdaderamente asombroso es que el infinito no fuera así almacenable, ordenable en las estanterías del corazón, porque el infinito pertenece al orden de las palabras, y si se quiere de los anhelos, no al de la realidad, que es esa cosa filosa en la que lo que ocurre no es lo que deseamos, en la que estamos desde el antes del estar, a la que intentamos oponer, con éxito dudoso, una identidad que se querría levantar de ella, como si un cromo adhesivo, en su bidimensionalidad, pudiera alzarse y negar su ser-álbum. En definitiva, el infinito es, ya se dijo al principio, un estado de ánimo.

 

III.

Hablo del infinito, que bien podría ser una cosa con plumas, como la esperanza de Emily Dickinson, pero en todo caso sería una rara avis de nuestra modesta colección ornitológica. Puedo hacerlo, porque me he educado en el comercio con esa fauna abisal, ya desde aquellos días tan lejanos de mi infancia en la que se me informó de que existía el paso al límite y, sin nombrarlo, se recurrió al venerable método de exhaución para justificar que un círculo bien puede ser un polígono de infinitos lados, y una integral el resultado de una yuxtaposición de rectángulos. Muy pronto aprendí, para mi solaz, que un ocho tumbado podía añadirse al plumier de los números reales para sacarlo a terminar el dibujo cuando una serie divergía o, simplemente, cuando uno quería calcular las cosas que pasaban allí, muy lejos, más lejos aún, todo lo lejos que imaginarse pueda. Ningún temor-y-temblor, los paladines de la Matemática no nos acobardamos ante semejantes dragones: no en vano los hemos criado nosotros, y sabemos que en el fondo son inofensivos, alimañas de guardarropía.

 

IV.

Año tras año, vez tras vez, hasta hace esos dos cursos que ya vengo faltando desde mi jubilación, por estas fechas más o menos, les expliqué a mis alumnos aquello de que la imagen de un objeto situado en el foco objeto de un sistema óptico está en el infinito, y que, recíprocamente, un objeto que esté en el infinito tendrá su imagen en el foco imagen. Los rayos que salen de un punto forman un haz, si los imaginamos tridimensionales, constituyen un cono con vértice en ese punto emisor. Si alejamos y alejamos el punto, ese cono se va haciendo más y más cilindro, los rayos empiezan a perder el ángulo que los conectaba, a hacerse paralelos. Así los pintaba yo en la pizarra, trasladando al mundo polvoriento de las tizas y de los pulsos no siempre tan firmes y las líneas que podrían ser mejores rectas, el objeto platónico llamado infinito. Asuntos cotidianos, materias triviales. Ese infinito de la Óptica geométrica en pocas horas ya comía de nuestra mano.

 

V.

En otros ratos, si se terciaba, podía jugar a generar una perplejidad un poco superior. Olvidemos el ocho tumbado, admitamos que eso es un artificio. Juguemos en serio al infinito. ¿Os han contado alguna vez las aporías de Zenón,el eléata? A mí me las contaron a tierna edad, más joven aún de lo que eran mis alumnos, en una clase en la que se juntaron los profesores de Matemáticas y Filosofía de 3º de BUP de mi colegio, un día que aún recuerdo vivamente cuarenta y cinco años después. Supuso un reto intelectual, es decir, supuso un juego, es decir, supuso un gozo. A Aquiles no le daban sus veloces pies para sobrepasar a una tortuga, que con disciplina digna de encomio, se afanaba en cubrir una distancia arbitrariamente larga en una carrera que parecía haber sido convocada sólo para su escarnio. Ah, pero el espacio es divisible infinitamente, nos dice Zenón. Ah, pero el tiempo es divisible infinitamente, se callaba. O no, o ninguna de esas cosas son sostenibles en realidad, y el movimiento es una ficción, porque el movimiento es, en realidad, una ficción, porque no hay nada continuo en la naturaleza, porque nuestra visión también procede fotograma a fotograma. Pero no sigo por aquí, la vía al infinito que he elegido para hoy es otra.

 

VI.

Sí, porque nadie que sepa de Matemáticas ignora que el reino de las Matemáticas no es de este mundo, y que los objetos matemáticos son asuntos del pensamiento. Del pensamiento humano, cabría añadir, si bien no somos especialmente buenos en imaginarnos otros pensamientos, bien sean animales o extraterrestres. Nos aqueja una penosa falta de imaginación a ese respecto. Es decir, la Matemática es también uno de esos países ficticios por los que nos paseamos, mientras la vida avanza, inexorable, hacia nuestra extinción, y el universo nos ignora, por mucho que le intentemos tirar de sus barbas imaginarias. Esos infinitos valen para muchas cosas. Nos valen para que nos coloquen las gafas apropiadas. Nos valen para poner a los alumnos a calcular el campo gravitatorio que una masa genera a distancia infinita (trampa: el campo va a la inversa del cuadrado de la distancia, y dividir por infinito es cero, ya lo saben). Nos vale para armar esas gloriosas cadenas de abstracciones de las que, un día, como un conejo de una chistera, sale, por ejemplo, este ordenador portátil en el que estoy escribiendo. Ah, me gusta esto, me gusta la Ciencia, soy un científico de raza, hasta me he ganado la vida con ello. Loor a la Ciencia, nadie entre aquí que no sepa geometría. Pero no, no era de eso de lo que había venido a hablar esta tarde.

 

VII.

El infinito es un estado de ánimo. No es únicamente lo indefinido, lo vago, lo neblinoso, lo que se nos escapa por los márgenes, en esta especie de miopía consubstancial que padece nuestro raciocinio. No es el puro agotamiento de la sucesión de los naturales, que pasa del uno al dos y sin mayor motivo corre al tres y al cuatro y cuando uno se descuida está en el cien mil y no le queda más remedio que seguir al cien mil uno, y renunciar a la redondez de sus ceros y no parece que, una vez lanzados, eso ya tenga modo de pararse, pero, claro, quién va a seguir acumulando incrementos, qué absurdo demiurgo contable va a dar fe de que efectivamente, llegados al gúgol (que suena, vaya, como Google, que no está tan lejos de las goggles que uno bien se puede poner delante de los ojos, redonditas como ceros), nada impide subir la apuesta y aterrizar en el gúgol más uno, y ahí la vemos, a la mente, bien satisfecha con los rollizos miembros de su progenie, como si no nos muriésemos, como si el universo no fuera finito, como si no hubiera empezado nunca, como si tuviéramos a nuestra disposición la varita mágica para transformar nuestros deseos en carrozas para ir al baile, nuestras ideas en cosas de comer.

 

VIII.

No, el infinito del que quería hablar hoy es el empaquetable, el cerrado, el transportable, el evocable, el atado con un lazo quizás rosa, el que puede ser tan pequeño como un virus, un virus que avanza, avanza por el cuerpo y se instala en un corazón ávido siempre de besos mortales. El infinito que un día, allá en su jardín-prisión de Recanati, el jorobado y enfermo crónico Giacomo Leopardi, quiso vislumbrar, esto es, encapsular, en unas coordenadas definidas, en un ermo colle, un infinito que, oh paradoja, no era el de la vista que se pierde sin límite, más allá de toda agudeza visual practicable, esa vista agotada que conduce inevitablemente al lagrimeo de eso que es también un infinito, el infinito de la derrota de lo visual, el infinito del horizonte que converge con el mar mientras el monje de Caspar David Friedrich reniega de toda fe digna de tal nombre. Sí, porque ahí, en ese lugar que, predestinadamente, se denominaba Monte Tabor, como el emplazamiento de la Transfiguración, justamente una colina obtura el lejos del cuadro, y es con la imaginación como hemos de fingir o fungir, etimológicamente correctos, lo que hay más allá, que es el lugar donde se crían los pequeños infinitos de andar por casa.

 

IX.

Según he sabido hace apenas unos días, en el bicentenario de la composición del poema L’infinito de Giacomo Leopardi, que data con gran probabilidad de 1819, la RAI reunió a 22 cantantes italianos de entre los más conocidos, algunos ya con estatus decididamente de leyenda, para que leyeran el poema, un verso cada uno. El resultado es conmovedor. La frase final, la inmortal línea que nos recuerda que es dulce naufragar, con ese aparente oxímoron, la pronuncia la incomparable Mina. Conozco esos versos desde hace muchas décadas y he vuelto muchas veces a ellos, pero así, escuchados, en el original, con esas voces, uno adquiere la dimensión que le falta a la plana página, el infinito echa a volar y le arrastra con él. Incorporo aquí el poema, por si hiciera falta. Y adjunto la traducción al castellano de María de las Nieves Muñiz Muñiz, la mejor, a mi juicio, de todas las que he podido leer.

Sempre caro mi fu quest'ermo colle,

e questa siepe, che da tanta parte

dell'ultimo orizzonte il guardo esclude.

Ma sedendo e mirando, interminati

spazi di là da quella, e sovrumani

silenzi, e profondissima quiete

io nel pensier mi fingo, ove per poco

il cor non si spaura. E come il vento

odo stormir tra queste piante, io quello

infinito silenzio a questa voce

vo comparando: e mi sovvien l'eterno,

e le morte stagioni, e la presente

e viva, e il suon di lei. Così tra questa

immensità s'annega il pensier mio:

e il naufragar m'è dolce in questo mare.

Siempre caro me fue este yermo cerro

y esta espesura, que de tanta parte

del último horizonte el ver impide.

Mas sentado y mirando, interminables

espacios a su extremo, y sobrehumanos

silencios, y hondísimas quietudes

imagino en mi mente; hasta que casi

el pecho se estremece. Y cuando el viento

oigo crujir entre el ramaje, yo ese

infinito silencio a este susurro

voy comparando: y en lo eterno pienso,

y en la edad que ya ha muerto y la presente,

y viva, y en su voz. Así entre esta

inmensidad mi pensamiento anega:

y naufragar en este mar me es dulce.

 

X.

Así se empaqueta un infinito. En dieciséis versos. Es verdad que el título ya nos predispone, pero la narrativa nos conduce igualmente. Quietud y ruido del viento, una lejanía que contrasta con el recogido paraje en el que nos sentamos a que pasen las cosas, y entonces la sensación de anegamiento, y ese mar que es el de un pensamiento que se da por vencido y gozosamente se hunde en el no ser que es nuestra condición primaria y nuestro ulterior estado: de la nada a la nada. La Augusta Nada. Sencillo, ¿no es así? No es que la titilación no ocurra pintando ochos tumbados, ocurre, a mí me sigue ocurriendo. O considerando las inconsistencias del lenguaje que nos relata. O imaginando ese confín donde ahora, en este instante, el noespaciotiempo cede y se deja invadir por el pujante Cosmos que parió un estallido que ocurrió en el noespaciotiempo gemelo por nada, para nada. La Augusta Nada. Todo eso bien que nos pone a vibrar en su resonancia, que es otro término de la Física que convive con la poesía. Como todos. Esa resonancia que, en el primer orden de las ecuaciones de los osciladores acoplados nos produce literalmente una transferencia total de energía, nos aboca a la asíntota, a una divergencia en la expresión matemática. Ah, la Física es un placer, ya hubo alguien que lo cantaba mientras estudiábamos la carrera.

 

XI.

Así es, por lo tanto, la cosa, el juego. Nada existe de verdad, y mucho menos nosotros. Somos accidentales, contingentes, evitables. Somos irrelevantes, por ende. Todo es irrelevante. Pero aquí estamos, esta tarde de septiembre, algo tenemos que hacer para que las cosas no duelan, y si hay suerte, para estar bien, para estar contentos. Jugamos entonces al infinito. Jugamos a los escalofríos. Los escalofríos son la respuesta física del estado de ánimo que llamamos infinito. Son una respuesta inconfundible. Producen el mismo bienestar que esos chorros de la ducha fría cuando hace el calor asfixiante que la catástrofe climática ha vuelto común también en estas épocas del año. Son como esos dedos que entran entre los cabellos y masajean levemente la piel del cráneo. El infinito es eso que desciende por la espina dorsal. Luego se acaba. Todo se acaba. El infinito también, el infinito se acaba en seguida. Pero uno puede tirar otra vez los dados, uno puede apostar otra vez en la ruleta. Al catorce. Siempre al catorce, que es el número del infinito, al menos para Asterión, según nos hizo saber Borges. Ya hemos hablado de ello. El Minotauro está solo en su gran casa de muchos pasillos. De vez en cuando se le hace ofrenda de jóvenes atenienses de ambos sexos que él devora, cabe pensar, con rigor y sin especial ensañamiento. Uno, dos, tres, doce. Y conmigo trece. Catorce es lo que viene después, es todos. Es más que todos. Es lo inabarcable, el infinito actual que por una vez tiene nombre. Sí, al catorce, el catorce nunca falla.

 

XII.

Borges. Claro, Borges. Otro de esos psicopompos en vida que nos dirigen a los jardines de las cosas inesperadas. A la acendrada limitación, casi ascética, del poema de Leopardi, Borges, con semejante fin, opone las largas tiradas de versos que heredó de uno de sus referentes declarados, Walt Whitman, el poeta de lo interminable, otro que encontré tan pronto. Sí, Borges acumula items, como sacados de una gran caja de hilos que contuviera los botones más variados, de formas inconcebibles, polígonos irregulares, estrellas de muchas puntas, curvas de enésimo grado, y que también contuviera hilos de grosores infinitesimales y gruesas maromas de barco, y retales de todos los colores y estampados. Va sacando, como en un bingo sideral, y va cantando los números. Vi el populoso mar, dice, por ejemplo ―empezar por el mar siempre es una apuesta segura―, y el pie empieza la danza: vi el alba y la tarde, y vi las muchedumbres de América, y seguimos aún instalados en lo desmesurado, parece mentira que eso nos haya cabido alguna vez en la caja de hilos de la abuela, decorada con motivos japoneses, pero entonces cambiamos el paso y lo que vemos es una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, con esa concreción que nos golpea, como si hubiéramos irrumpido descuidadamente en una intimidad que nos estaba vedada, y para cuando lo que vemos es un laberinto roto, que era Londres, se nos dice, el Londres que había sido bombardeado por el tiempo en el que el texto se escribía, ya hemos entendido con absoluta precisión lo que es un Aleph y lo que un Aleph contiene. 


XIII.

Sí, la vieja enumeración caótica, que sólo es caótica en el nombre, porque es un ensamblaje de rigurosa eficiencia mecánica, que reaparece en muchos otros poemas del argentino. Ahí, el infinito está en los huecos, en los objetos que no comparecen, que no pueden comparecer porque son legión. Y también en el zoom mareante que nos lleva de lo mayor a lo menor, en esos cambios bruscos de foco que nos producen, como en el film de Hitchcock, vértigo, otro de esos síntomas agobiantemente físicos del infinito, es decir, del miedodeseo ―el neologismo es obligatorio, porque ambas emociones son en este caso inseparables― de la caída, de la confrontación con las verdaderas dimensiones del estar vivo y su sujeción a la coerción gravitatoria. Esas respiraciones, esas alternancias de sístole y diástole, nos conducen a la embriaguez del derviche que gira sin término, ahora estamos aquí, ahora estamos allí, siempre estamos en el mismo sitio, somos el eje en torno al cual todo danza, y suena, por supuesto, Battiato, que es el que más sabe de infinitos, e tutto gira intorno alla stanza, hemos vuelto a hacerlo, hemos empaquetado el infinito, ahora en un bulto más alargado y plano, antes en una bolita tornasolada, en una canica, otras veces en un billet doux, siempre, en el leve rasguñar la piel de toda caricia, siempre, en el espacio negrísimo que abre el beso de los ojos cerrados.

 

XIV.

A estas alturas de mi vida, viejo lobo de mar de los poemas oceánicos, he coleccionado muchos infinitos. Cabría pensar que la edad agota esa especie de ingenuidad que requiere el avistamiento de las mariposas de lo inalcanzable. Pero no, sigue aconteciendo, y cuando lo hace es preciso registrarlo. Una de las últimas veces fue hace casi un año, el 7 de noviembre de 2025 (es preciso fechar el acontecimiento, como lo hacían los místicos con sus iluminaciones). Ese día volví a encontrar el infinito, empaquetado en una canción. Se difundió sobre mí como un chorro de los bytes que codificaban esas notas musicales. Lo trajo una voz inolvidable, una voz que enunciaba su propia enumeración caótica, compuesta de una alternancia metronómica de lo inmenso y lo diminuto. En ese país nevado un haiku era suficiente para cubrir toda la extensión del territorio, y una pirámide cabía en un vaso de leche. Según se iba subiendobajando ―de nuevo, hay que retorcer el lenguaje, si queremos estar a la altura de lo pronunciado― el pecho se iba expandiendo y contrayendo, y ascendía la felicísima congoja del don de lágrimas. Por lo que sea, porque así es como acontecen los milagros, de repente, inesperadamente, un pintalabios ocupó el cielo. Y todo fue consumado. Muchas escuchas después, muchos meses después, muchas horas de estudio después, una conferencia después, un concierto después, ahora, cuando he escrito la frase, mis ojos han vuelto a humedecerse. Así es el infinito: droga dura. Por eso no hay que dejarlo pasar, por eso hay que aferrarse a él, porque son éstos los momentos que de algún modo podremos arrojar, como el que se saca cuando llega a casa la calderilla del bolsillo, en el otro plato de la balanza del haber vivido, ése que no equilibrará de ningún modo la infinita negrura de la ciega existencia. Pero algo hay que hacer una tarde de septiembre y pocas cosas se me ocurren mejores que escuchar otra vez, en bucle, La yugular, de Rosalía. Y escribir sobre ello. Escribir unos párrafos. Contad si son catorce, y está hecho.




miércoles, 8 de julio de 2026

Esferas

 

I still seem to be holding that wisp of iridiscence, not knowing exactly where to fit it, while she runs with her hoop ever faster around me and finally dissolves among the slender shadows cast on the graveled path by the interlaced arches of its low looped fence.

VLADIMIR NABOKOV, Speak, Memory

 

1.

Hace algunos años ―el tiempo pasa muy de prisa, probablemente ese algunos ya debería ser muchos― di en componer una serie de poemas muy breves, casi epigramáticos, que evocaban algunos aspectos de mi infancia o, por mejor decir, del mundo en el que mi infancia se desarrolló, si es que realmente evocaban cosa alguna, pues no he sido nunca capaz de escribir poesía programática, y a duras penas transijo con la revisión de esas pequeñas criaturas que nacen de un impulso irrefrenable que, en tiempos faustos, uno tendería a llamar inspiración. Con ellos fui componiendo una carpeta que permanece, junto a la larga lista de archivos que pueblan mi ordenador, entre el olvido y el anhelo de convertirse alguna vez en algo, sin que ese algo tampoco se defina demasiado. El nombre de la carpeta, y del supuesto libro en que se pretendía convertir esa colección breve, discontinua y un poco falsaria es Nostalgia de la astronáutica.

 

2.

Como todos Uds. saben bien, nací en el año 1964, que, entre otras muchas cosas, era un año de la carrera espacial, esto es, de la guerra fría. Incluso en la remota España aún franquista, incluso en una familia de clase recién media, los niños de los sesenta teníamos derecho a soñar con el espacio. El Sputnik y su beep beep habían ocurrido apenas siete años antes de mis primeros vagidos, el primer paseo por la Luna me pilló ya con cinco años recién cumplidos y plenamente consciente de su transcendencia. El futuro era la exploración del Universo, que ingenuamente se planteaba bajo el signo de la colaboración de la Humanidad entera, cuando no era más que la continuación de la contienda infinita en otros ámbitos ya decididamente galácticos, cuando no era sino un episodio más de la interminable contaminación de todos los hábitats imaginarios por la especie humana. Pero no, el niño Agus de los siete, diez, doce años no había desarrollado aún ese grado de cinismo. Para él la astronáutica era algo fascinante, y hasta una aspiración posible.

 

3.

Nunca me planteé realmente en serio ser astronauta, ni siquiera me puse a considerarlo como opción. Apenas pesaba sobre mí la bendición impuesta sobre mi cabeza por mi abuela, la cual, según narraba la insistentemente repetida leyenda familiar, exclamó alborozada al verme recién nacido este niño será el conquistador de la Luna. Para conquistador me ha faltado siempre afán depredador, y la Luna era en aquellos días patrimonio de los yankees. Pero sí existió un deseo, un deseo de algo imposible, una imagen muy clara de lo que sería contemplar la Tierra desde fuera, un sueño de extravío como el del Major Tom antes de que, en Ashes to ashes, Bowie nos confesara que aquello fue apenas un all-time low. Cuando, tras mi largo devaneo entre las ciencias y las letras, el crush definitivo por la Física me llegó en el COU, me apunté teniendo clarísimo que sería astrofísico, que sería ahí, en el estudio de esa disciplina, que ya no era la devenida obsoleta astronomía, donde se maridarían por fin mis dos pasiones, la matemática y la poesía.

 

4.

Llegado el momento de decidir, esto es, en tercero de la licenciatura de entonces, que tenía cinco años, me parecía que aún no había tenido suficiente física de la dura con tres años y me metí en Física Fundamental, es decir, Física teórica: mecánica cuántica, teoría de campos, esas cosas. La Astrofísica se quedó ahí, y a lo que me acabé dedicando fue a la Óptica, donde sí, finalmente, me las arreglé para meter a la literatura en la ciencia y viceversa, como si esas cosas hubieran sido alguna vez territorios separados. Poco a poco mi pasión espacial fue envejeciendo conmigo. Una vez llegó incluso a haber astronautas españoles, gente de mi generación, con estudios semejantes a los míos. Quién te dice, si lo hubiera intentado en serio… Pero no, esos sueños de la infancia y la adolescencia se fueron convirtiendo en lo que son, miembros, acaso no los más despreciables, de la galería de figuras de cera del tiempo vivido.

 

5.

Y al mismo tiempo la propia astronáutica se fue debilitando en sí misma, perdido el impulso bélico que la animó, comprometidos los ingentes recursos económicos que se destinaban a las agencias espaciales. Ahora, con la iniciativa privada de por medio y una legión de horteras, nuevos ricos que juegan a subir y bajar como si fuera por un ascensor para decir que han estado en el espacio, resulta difícil entender la épica y, sobre todo para mí, la lírica de los viajes espaciales. Sic transit gloria mundi. Hasta las películas de ciencia ficción se me han ido haciendo difícilmente soportables. Crecer, madurar, para mí, fue aceptar la gravedad, entender como definitivo mi anclaje al mundo sublunar. Nunca daré un paseo espacial. Nunca veré a la Tierra ponerse desde la Luna. No son, probablemente, de los peores nuncas que compondrían la lista, propiamente melancólica, de las posibilidades desechadas, conscientemente o no, voluntaria o forzadamente, del haber vivido. En todo caso, o al menos así lo pensé entonces, Nostalgia de la Astronáutica era un título perfecto para lo que hubieran querido expresar, o explorar, aquellos poemas, de los que se escribieron algunas docenas, con desigual acierto.

 

6.

Uno de los que más me gustó siempre y me pareció más logrado fue éste:

Tiempos

en los que imperaba la cosmología

                          de las canicas.

 

Un universo en pleno cataclismo

                          de colisiones

que terminaban en un sumidero,

en un agujero negro definitivo

que llamábamos

                          gua.

Desde la mirada del físico veterano que ya era cuando lo compuse, y con la ternura con la que siempre contemplo los esfuerzos, realmente denodados, de aquel niño sempiternamente despeinado que fui, ese apocalipsis de bolsillo que suponía una partida de canicas, jugada en aquel patio yermo del colegio de un barrio también recién nacido y pródigo en descampados, con algunos compañeros de esos mismos siete años, me resulta adecuado para describir la zozobra del estar vivo circundado por ese terrible silencio eterno de los negros espacios que hacía temblar a Pascal. El Cosmos, una partida de canicas de no se sabe qué dios de siete años, o siete eones, a punto de perder sus bolas ante la jugada magistral de otro dios rival, igualmente infantil, cruel, asustado.

 

7.

Siempre fui un chico torpe, y más bien bajito, y no muy fuerte. Siempre fui un chico listo, el más listo de la clase. Siempre fui poeta, podía escribir poemas entre partida y partida de canicas, o de chapas, o recién venido de un partido caótico de fútbol en la calle, en otro de esos descampados frente a la ventana de mi casa, desde la cual mi madre nos vigilaba a mi hermano y a mí, un partido en el que, desde luego, no era el primer elegido para los equipos cuando echábamos a pies. Esa peligrosa condición, especialmente peligrosa para un varón de los primeros años setenta, me obligó a reinventarme, a enmascararme, a tratar de convertirme en un deportista algo más aseado, a aprender a ser absurdamente brutal llegado el caso, sobre todo, a ocultar todo un lado enorme, todo un universo lleno de astros esplendentes, en plena fuga, de cometas de colas inmensas, ese mundo interior del letraherido tan precoz, que también merecía su propia astrofísica, cuyos tratados fui escribiendo de turbio en turbio a lo largo de los años, hasta llegar a estos últimos capítulos del blog.

 

8.

No recuerdo muy bien cómo se jugaban esas partidas de canicas. Sí sé que éramos varios, que había un agujero extrañamente llamado gua, que las bolas tenían que acabar en él, que se podía utilizar el palmo para acercar la bola antes del lanzamiento, que se podía, me parece, golpear a las otras bolas, aunque quizás me estoy confundiendo con la petanca, que era deporte playero en esa misma infancia. No duraron mucho esas partidas, de todos modos: en esa misma arena fueron substituidas por competiciones de mucho mayor alcance, como las carreras de chapas, en circuitos intrincados, donde no valía el pique por fuera, o esos partidos de fútbol con otras chapas, éstas ya decoradas con los colores de equipos inverosímiles, como el Botafogo. En mi infancia, en realidad, jugar al gua, que es como se decía, no es ni siquiera muy importante. Pero sí recuerdo bien la fascinación que siempre me produjeron las canicas. Como objetos.

 

9.

Una canica es dura, transparente, pero también coloreada. Es rotunda, regular, perfecta en su género, representante de una excelencia geométrica que ya se estaba llenando por entonces de pi y de erres. Su interior es infinitamente menos reducible a ecuaciones, pues contiene una yuxtaposición intrincada de figuras fluidas, de tonos variadísimos. Uno tenía muchas canicas, las llevaba en el bolsillo, en los juegos más crueles podía perderlas, también podía intercambiarlas, como los cromos de futbolistas. Había que tener cuidado si el frasco en que se guardaban en casa, que casi siempre había sido de Nescafé, se abría y se desparramaban las bolas por el parqué, con el consiguiente estruendo para el vecino de abajo. Inasequibles al rozamiento, las canicas rodaban y rodaban y tendían a esconderse siempre en los rincones más inaccesibles. En la calle se ensuciaban de polvo, y uno las frotaba, para que no perdieran su brillo. Eran objetos casi inverosímiles, muestras de otros universos más brillantes y ordenados, testigos de que en algún lugar existía la fría perfección de los Elementos de Euclides.

 

10.

El capítulo 14 de ese libro maravilloso que es Speak, Memory, de Vladímir Nabokov, arranca con la tantas veces citada frase The spiral is a spiritualized circle. El autor liga entonces con la dialéctica hegeliana el misterioso desarrollo de toda espiral, que promete simultáneamente dos infinitos contrarios, como los de Pascal, el íntimo de un pasado anterior al comienzo del trazado, con volutas cada vez más apretadas, y el gigantesco de las vueltas ya decididamente cósmicas que puede apenas detener el margen de la hoja de papel. La tesis es un arco, la antítesis es el arco que lo continúa y parece desdecirse, pero entonces ya no hay empalme con el punto inicial, hemos huido, en las alas de la espiritual espiral, del círculo vicioso, y el tercer arco, el de la síntesis, rodea desde fuera los anteriores, y nada impide que ese proceso siga progresando, en una dialéctica potencialmente indefinida. Cada uno de esos arcos los asocia Nabokov con los periodos de su vida: su infancia y primera juventud en Rusia, su exilio europeo y su traslado al otro continente, del que volverá, en un cuarto arco aún no contemplado ahí, pues el libro es anterior, a un definitivo periodo, de nuevo europeo, en Montreux. Con precisión casi matemática, cada 20 años, se produce un nuevo giro de la espiral, que, como toda espiral, es decididamente vertiginosa, y, si no, que se lo digan a Judy Barton.

 

11.

Para presentar esa sucesión de etapas vitales, en el segundo párrafo de ese capítulo catorce (el catorce…), dice Nabokov: A colored spiral in a small ball of glass, that is how I see my own life. Es decir, una canica. Así es cómo ve su vida. Una canica que acoge en la transparencia de su contorno las serpientes de colores de su extraño interior caleidoscópico. La imagen es bella, sin duda, pero es tanto más significativa cuando recordamos, avezados lectores de ese libro impagable como ya somos, que justamente en el capítulo 7, en la mitad de ese recorrido que nos llevará apenas al 15, al momento en que el barco zarpa ya para cruzar el Atlántico, hemos visto otra canica, una que se escondía, en el sueño del niño Nabokov a bordo de los grandes expresos europeos, debajo de un gran piano. Eso, a su vez, evoca ―es un libro de resonancias inabarcables― la caverna que los mayores le ayudaban a construir al aún más niño Nabokov con un diván ligeramente separado de la pared y un par de cojines. El lugar donde se esconden las cosas, ese rincón donde se acumulan el polvo, las viejas monedas que ya no tienen valor y las canicas que nunca supimos a dónde habían ido.

 

12.

Ese capítulo séptimo de Speak, Memory, como ocurre en realidad con casi todas las partes del libro, ya había sido publicado por separado con anterioridad como un relato, concretamente en The New Yorker, en julio de 1948 bajo el título de Colette. El texto se había escrito en marzo y abril de ese año, mientras Nabokov estaba seriamente enfermo de los pulmones, con algo que pudo ser tuberculosis o cáncer, pero que al final quedó en la rotura de un vaso sanguíneo sin causa definida. Con otro título, First love, el cuento fue incluido en la recopilación de relatos Nabokov’s Dozen, que contenía trece cuentos, porque así son las docenas de Nabokov, y apareció en 1958. La historia editorial de Speak, Memory es compleja, y su edición final, extendida respecto de la de 1951 que aún se llamaba Conclusive Evidence, apareció en 1966. El relato, que no difiere demasiado de la versión de la autobiografía, comienza con trenes, como ya se ha mencionado, de los reales y de los de juguete, pues en todo momento hay esa dualidad entre las cosas grandes, de verdad y las pequeñas, a la escala del niño, y esa misma proporción es la que hay, de algún modo, entre las canicas y los cuerpos celestes. El viaje de la familia Nabokov los lleva de Moscú a París y de ahí a Biarritz, donde se produce ese primer amor con Colette, que en realidad se llamó Claude Deprès, que incluye un beso furtivo de ella en la mejilla de él mientras contemplaban una estrella de mar y un intento de fuga que apenas los lleva a la sala obscura de un cine. Tenían diez años.

 

13.

De este First Love, de este capítulo siete, se podrían decir muchas cosas, como de todos los textos de Nabokov, por nimios que parezcan, y se pueden decir más cuanto más se lo lee, algo que puedo atestiguar también en este caso, pues tras mi última relectura para preparar esta entrada, he descubierto bastantes cosas en las que no había aún reparado. En particular, hay muchas referencias a instrumentos ópticos, algo que por pura deformación profesional siempre me llama la atención. También hay continuas sugerencias de lo esférico, lo curvo, lo circular. Hay algo muy divertido, además. Es bien sabido el interés absoluto por las mariposas que Nabokov manifiesta en toda su obra y que articula su propia vida, que apareció ya en su infancia, como bien se cuenta en este mismo Speak, memory, y que le llevó incluso a una dedicación profesional durante un tiempo como lepidopterólogo. Pues bien, nos cuenta Nabokov que aprendió que en el euskera de Biarritz mariposa se decía misericoletea, lo cual es rotundamente falso. Puede decirse tximeleta, o, quizá por metátesis, mitxeleta (no micheletea, como apunta el propio Nabokov, incapaz de encontrar el vocablo que recordara en ningún diccionario). Misericoletea es, claro, un guiño: misery, Colette. Una historia de amor infantil que acaba en separación y que reverbera en toda la obra del ruso.

 

14.

Hay otra forma de decir mariposa en euskera: pinpilinpauxa. Con 12 años recién cumplidos pasé unos días de campamento de verano, junto con algunos compañeros de mi colegio, en Hondarribia, que todavía era sólo Fuenterrabía. 1976. A poco que se conozca la historia de España, y en particular de la transición, puede entenderse lo compleja geográfica y cronológicamente que resultaba esa aventura, quizá no tan inocentemente preparada por las autoridades de mi colegio, que era de barrio, extrañamente (para la época) mixto y rojo. De hecho, en el curso de esa estancia, un día, cogimos el autocar y pasamos a Francia. Era mi primer viaje fuera de España, algo que no resultaba tan trivial entonces como lo es ahora. Estuvimos, lo recuerdo bien, en Biarritz, no sé si también en St. Jean de Luz. Paseamos por la playa, esa playa donde Nabokov y Colette/Claude jugaban a hacer castillos, con apenas un par de años menos de los que yo tenía. Mientras, caía el gobierno Arias Navarro. La ikurriña estaba aún prohibida. Otros niños que había en el mismo albergue que nosotros arriaban la rojigualda cada tarde al ritmo del himno nacional. Mis padres, que habían hecho de tripas corazón para dejarnos ir a mi hermano y a mí, tan pequeños aún, con nuestros amigos de la clase y nuestros profesores, se mordían las uñas en Madrid pensando en las muchas cosas terribles que podían pasar.

 

15.

Pinpilinpauxa se llamaba una tienda que había, si mi memoria no se confunde y se deja llevar por el relato, cerca del albergue, o entre el albergue y la playa a la que bajábamos cada día, o tal vez en Donosti, donde íbamos a menudo. Nos hacía gracia la palabra, tan sonora. Sólo después aprendí que significaba mariposa, que el pin pilin acaso lo hacen las alas de la mariposa. Esta extraña sincronicidad no se me había revelado hasta el otro día, cuando empecé a concebir esta entrada. Es otra de las tantas que tengo con Nabokov y con otros autores que han sido tan importantes para mí, para ese otro lado del que no se hablaba en el patio del colegio a partir de cierta edad. No tan asombrosa, claro, como la de aquel viaje iniciático a Suiza, del que ya les he hablado tanto por aquí, que tuvo lugar en julio de 1977, apenas un par de días después de la muerte de Nabokov, en los mismos lugares donde pasaba mi tren, mi tren de verdad, desde la ventanilla del cual yo contemplaba boquiabierto por primera vez el Léman.

 

16.

El capítulo siete termina, bien proustianamente, con una coda en la que, con la complicidad de sus respectivos preceptores, Vladímir y Colette tienen un encuentro fugaz, ya plenamente otoñal, en París. Ella pasea un aro, otro de esos objetos circulares, y los patrones de luz y sombra del ramaje se mezclan con los brillos del cuero de sus guantes y sus zapatos en la memoria de Nabokov. Entonces, nos dice que there was, I remember, some detail in her attire (perhaps a ribbon on her Scottish cap, or the pattern of the stockings) that reminded me then of the rainbow spiral in a glass marble. Hay un detalle del atuendo, pero ya no se sabe cuál, que, en ese tarde parisina, la última que compartieron esos dos niños de diez años, a Vladímir le sugirió la espiral irisada de una canica. De eso sí se acuerda con claridad. De hecho, aún le parece estar sosteniendo ese breve jirón de iridiscencia como sin saber dónde ponerlo, en qué parte de esa indumentaria, que se va disolviendo mientras ella se aleja con su aro. Esa canica volverá siete capítulos más tarde para definir la existencia del autor, y se la puede encontrar en algunas otras ocasiones, como en Despair, en una partida que juegan dos niñas dos veces ante los ojos del atrabiliario Hermann, obsesionado por su imaginario doble. Aparecerá en un bello verso del bello poema de John Shade en Pale fire: and heard the wind roll marbles on the roof. Espirales, bolas de cristal, esferas transparentes, y fuera, algo, algo que sólo tú y yo sabemos.

 

17.

Lupas, anteojos ―los de su hermano Sergei, que moriría trágicamente―, espejos, infinitos juegos de luz. Son muchas, como lo son siempre, las menciones a la Óptica y sus instrumentos en este relato. Hay una más, al final, infinitamente evocadora, la de un pequeño visor en un portaplumas a través del cual podía apreciarse a miraculous photographic view of the bay and of the line of cliffs ending in a lighthouse. Un memento de esa playa, esos acantilados, un faro, paisaje que ya se ha abandonado, un souvenir de ese verano, el verano de Colette, que ya no va a volver. Un microcosmos portátil, visible a ojo guiñado, ojo pequeño de un niño que se afana, con el estorbo de sus propias pestañas, en ese peephole of crystal, en esa minicanica que refracta la luz y forma la imagen de la minúscula fotografía ahí insertada. Conozco todas las leyes físicas que rigen esos fenómenos, las he explicado a mis alumnos durante décadas, son sencillas, aplicaciones de esa geometría que incluye rayos que penetran y asaetean igual que incluye esferas cristalinas. Ese conocimiento no substituye, ni limita, la poesía de esa visión. Eso son también las canicas: multum in parvo, alephs, inagotables.

 

18.

El Aleph no siempre fue una esfera. El desarrollo textual del cuento está bien atestiguado, al haberse conservado el manuscrito, estudiado entre otros por Julio Ortega y Elena del Río Parra, que publicaron en 1995 en El Colegio de México una bella edición facsímil que tengo en mi biblioteca. Ahora se nos hace raro, pero el primer Aleph fue un Mihrab, cosa que, por otro lado, condice bien con la perversa postdata que niega, en una enmienda a la totalidad, la realidad del Aleph de la calle Garay, para encerrar al verdadero Aleph en la columna de una mezquita de El Cairo. El mihrab es el punto al que se dirigen las plegarias en la mezquita, pues señala la dirección de la Kaaba. En la arquitectura del cuento esa posición focal es apropiada. También se ha hablado mucho de un caleidoscopio. Lo menciona singularmente Estela Canto, la destinataria del cuento, por la que Borges bebía los vientos con su consabida torpeza amatoria allá por 1945, cuando el Aleph se estaba cocinando, y ese caleidoscopio, que un Borges aún vidente, aunque de agudeza visual cada vez más limitada, manejaba por entonces, le habría proporcionado la inspiración para esa concepción memorable del punto en el que se pueden ver ―si están o no ahí sería más largo de contar, uno de tantísimos temas posibles de discusión y divagación en este cuento con más capas que una cebolla, una cebolla aléfica― todos los puntos del universo.

 

19.

El Aleph acabó por ser, inevitablemente, una esfera, como la esfera de Pascal, que tampoco es de Pascal, ésa de circunferencia inalcanzable y centro ubicuo a la que Borges dedica un ensayo. La esfera arrastra desde siempre el prestigio de su monotonía: todo en ella es igual, todas las direcciones son la misma. Un objeto que pretende simbolizar el universo a duras penas puede ser anisótropo. En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, nos cuenta el confundido, casi balbuciente Borges del relato, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. En efecto, el Aleph es una canica.

 

20.

Tornasolado, iridiscente. No es infrecuente en la iconografía de la maiestas domini que el Pantocrátor sostenga la bola del mundo. Cuando el Renacimiento derivó al manierismo, ese objeto, al que le bastaba con ser redondo para ser el Cosmos, empezó a hacerse más complejo. En el Museo del Prado hay algunos ejemplos reseñables. Cuando, con mis compañeras de la Facultad, concebimos, para nuestra asignatura de Historia de la Óptica, una visita guiada al Museo del Prado en la que se mostraran diferentes elementos ópticos en los cuadros, seleccionamos alguno de ellos, pues la refracción de la luz en ese objeto curvo, la disposición incluso de las propias esferas cristalinas de los orbes celestes, la representación del mundo sublunar abajo, en el lugar de la gravedad, en el otro lado de la gracia, eran muy reseñables. Hay, en particular, un Salvador atribuido a Joos van Cleve, rotundo en su frontalidad de icono bizantino, en el que la elaboración del paisaje es sorprendente. Esa bola de nieve que deja ir Charles Foster Kane cuando expira, pronunciando su Rosebud, que no es, claro, el nombre de su trineo ―qué absurdo sería eso― sino su mote cariñoso de niño, el que su madre le había bordado en su trineo, es la misma bola del mundo que sostiene Cristo, la misma canica que arrojamos inclementemente al gua, porque jugar es el único modo en que es posible de sobrellevar esto que, a falta de mejor nombre, llamamos vida.

 

y 21.

En uno de los fragmentos que se pueden atribuir con razonable seguridad a Heráclito de Éfeso, se afirma que el tiempo es un niño que juega, un niño que compite con otros, que intenta desplazar con su canica la bola de los otros. De todas las canicas de mi infancia hay una que recuerdo con gran claridad, que me parece estar viendo aún ahora. Era blanca y azul, pero un azul muy, muy profundo, un azul que no puede ser marino, ni obscuro, sino cósmico, un azul que sólo podré llamar azul canica y del que no podré decir nada más, pues soy el único que lo ve, como Marguerite Duras, así lo declara en La vie materielle, era la única que sabía cómo era el azul del écharpe azul de Lol V. Stein. Jugando con esa canica yo creé y destruí innumerables Cosmos, como el protagonista del memorable cuento The power of words de Edgar Allan Poe crea mundos con las palabras de gozo y dolor que le ha hecho proferir su amor desdichado. Quiera el destino que los pequeños habitantes de esos universos diminutos en los que mi canica azul fue acaso la estrella Sirio hayan sido felices, y que en esos planetas de bolsillo hayan existido las mariposas, se llamen como se llamen en sus lenguas inimaginables.


martes, 24 de marzo de 2026

Un hombre triste

 

 

Alcanza a saber que su cuerpo, ya siempre, quedará unido a la tierra. Con el pensamiento velado, borronea disculpas: “Por causa de fuerza mayor, ha sido…”

Aballay, tendido en el polvo, se está muriendo, con una dolorosa sonrisa en los labios.

ANTONIO DI BENEDETTO, Aballay, en Absurdos

 

1.

¿Cuántas veces muere uno hasta que se muere de veras? ¿Es la vida una función monótonamente decreciente, la simple cuenta atrás de la muerte? Es posible que Quevedo suscribiera esa opción en sus sonetos, y con él todo un Barroco lleno de memento mori. La afirmación, de hecho, no es original, en absoluto, es prácticamente un cliché. Corrijámosla un poco: hagamos que la función sea decreciente pero no lineal. Así, ciertamente, cada segundo transcurre y en su transcurrir abole la posibilidad de su propia repetición, se consume de manera irreversible, pero no todos los segundos pasan igual, pesan igual. Algunos, si nos imaginamos el camino como descendente, siguiendo una axiología obvia, no suponen un paso más en el declive de la senda suavemente oblicua, sino un salto, un talud, un abismo. De alguno de esos segundos de defenestración se sale como si a uno le hubieran arrancado del corazón las manecillas de todos sus relojes. Sí, eso puede ser. Uno muere muchas veces, muere todo el tiempo, pero hay momentos en los que se muere más que otros.

 

2.

Antonio Di Benedetto fue detenido hoy hace cincuenta años exactos, el 24 de marzo de 1976, en su despacho de subdirector, director para todos los efectos prácticos, de su diario Los Andes, en su ciudad natal de Mendoza. Es verdad que ese 24 de marzo de 1976, que había empezado desde la primera madrugada con el golpe de estado, muchas otras personas fueron detenidas en la Argentina. Es verdad que lo que se inició en ese día malhadado del que ya ha pasado medio siglo, porque la condición del tiempo es pasar, es de una gravedad tan atroz que parecería frívolo centrarse en una sola de las peripecias vitales que ese, así llamado, tan kafkianamente, Proceso, hizo descarrilar, en uno solo de los crímenes y crueldades que prodigó hasta lo inconcebible. Nada que se dijera, es cierto, sería suficiente para agotar el horror, para establecer con la adecuada firmeza la condena y la repulsa. Pero, ante el vacío al que ese desaliento nos aboca, bien se puede hablar de una cosa, bien se puede evocar a una persona, bien podemos fijar la mirada en uno de esos crímenes. Para que no se olvide. Para que nunca más.

 

3.

Antonio Di Benedetto fue detenido en su despacho del diario Los Andes de Mendoza, el 24 de marzo de 1976, hoy hace cincuenta años exactos. Era un miércoles, hoy es martes, han pasado más de 19000 días, un número absurdamente grande de segundos. La condición del tiempo es pasar. En cada uno de nuestros destinos, para cada una de nuestras historias, el valor de cada uno de los segundos es diverso. En el tiempo de la vida de Di Benedetto, lo que inaugura ese momento terrible es una cronología imposible. El hiato que define, el abismo que compone, serán, en verdad, ya insuperables. En el régimen que hará desaparecer a tantos otros, Di Benedetto empezó a desaparecer cuando le fueron a buscar al periódico. Él, de algún modo, lo sabía. Él lo temía. No había sido un militante destacado en ninguna organización, pero había sido siempre un periodista riguroso, un defensor de la verdad, y en Los Andes sí se hablaba de las cosas que estaban pasando durante el gobierno de Isabelita y el Brujo López Rega, y no se podían decir. O tal vez, no se sabe en realidad, no puede saberse, hubo comentarios, actitudes, facturas que le tenían pendientes tal o cual milico. El poder omnímodo, la impunidad absoluta, vienen bien para los ajustes de cuentas más mezquinos. Ese día, y los siguientes, se detuvo a tanta gente… bien podía ser Di Benedetto uno de ellos. Él lo sabía. Lo temía. La condición del tiempo es pasar. En el momento en que la sospecha se convirtió en certeza, el temor se hizo suceso, el peso de una avalancha de barro cayó sobre cada uno de los segundos de ese día, sobre cada uno de los latidos de ese corazón imposiblemente rítmico ya.

 

4.

A Antonio Di Benedetto le detuvieron en su despacho del periódico mendocino Los Andes hoy hace cincuenta años. Como a todos, sin explicación, sin garantías procesales, ignorando por completo el procedimiento, despreciando los derechos humanos. Le desaparecieron, y hubo que buscarlo. Acabó en la llamada Unidad 9 de La Plata. Hubo reacciones. Borges y Sabato, se cuenta, en un almuerzo con el Directorio, le solicitaron al General Videla, de infausto recuerdo, información sobre la suerte de varios escritores, clemencia para ellos. Acaso el prócer frunció levemente el bigote, exhibió la sonrisa de los déspotas, dijo veremos qué se puede hacer, nada se hizo, se hizo poco, se siguió haciendo mucho por los que lo buscaban, los que intentaban liberarlo, aducían que no había cargos, que no había cometido delitos, que no se había significado políticamente. Como si eso bastara, como si eso sirviera, como si sirvieran esas cosas cuando uno se humilla ante los psicópatas. Intervino el Premio Nobel de Literatura Heinrich Böll. Finalmente, con la misma arbitrariedad con la que fue detenido, diecisiete meses y diecisiete días después, siempre esa cuenta del tiempo, siempre sus cifras, Di Benedetto fue puesto en libertad. Se le sugirió que abandonara el país. Lo hizo. Comenzó su exilio europeo. Se afincó en Madrid. No volvió a la Argentina hasta, justamente, el 23 de marzo de 1984, ayer hizo cuarenta y dos años. El día siguiente de su regreso era el octavo aniversario del golpe, hoy es el quincuagésimo. Las fechas.

 

5.

¿Cuántas veces tiene uno que morirse antes de estar muerto? No un soldado: un escritor, un periodista. No alguien que trabaja con explosivos, no alguien que está enfermo durante muchos años. Usted, yo, sentados en el escritorio tecleando un texto, tomando un café, viendo dormir a nuestros hijos, ¿cuántas veces nos morimos a cada rato? ¿Existe un cómputo, puede haber una regla, cómo se registra el avance del muro que nos alcanza a nosotros, paralizados por el miedo? Antonio Di Benedetto murió, sin duda, mucho, muchísimo, durante las horas vacías de la celda, acechado por el silencio, por la falta de explicaciones, por la arbitrariedad de sus verdugos, torturado, golpeado, por quienes habían decidido anular su condición humana. Antonio Di Benedetto murió mucho en esos diecisiete meses y diecisiete días, más de lo que nosotros morimos en diecisiete meses y diecisiete días, y más a lo mejor de lo que moriremos en toda nuestra vida, aunque al final todos morimos lo mismo, todos morimos lo único que podemos morir: todo.

 

6.

¿Cuántas veces murió Antonio Di Benedetto en la Unidad 9 de La Plata? Muchas, incontables, pero, sobre todo, murió cuatro. Cuatro veces, muertes infinitas, muertes irrecuperables, muertes que son desplomes en pozos sin fondo, pozos cuyo fondo que no hay resulta comunicarse de nuevo con el brocal, para propiciar una nueva caída, en un bucle que nos arranca las entrañas con su aceleración centrípeta. Cuatro veces sacaron de la celda a Di Benedetto para ajusticiarlo. Para ejecutarlo. Para cumplir la sentencia, esa sentencia que nunca se pronunció porque no hubo proceso. Para fusilarlo. Para acabar con su vida. Para matarlo. Para asesinarlo. Para que su cuerpo cayera al suelo y no pudiera levantarse. Para que su sangre empapara las baldosas, o el polvo del patio. Cuatro veces le desnudaron y le condujeron al paredón. Cuatro veces se alineó el pelotón de fusilamiento, cuatro veces el que los comandaba alzó el brazo. Cuatro veces se descompusieron los compañeros de ejecución de Di Benedetto, lloraron, gritaron, se arrodillaron, suplicaron, se cagaron, vomitaron, se desmayaron. Cuatro veces la ejecución se detuvo, los presos fueron de nuevo conducidos a sus celdas. Vivos, podría pensarse. Pero no, por supuesto que no.

 

7.

¿Cuántas veces murió Di Benedetto en la Unidad 9 de La Plata? Muchas, incontables, pero de esas incontables hubo cuatro en las que su muerte fue aún más real, más honda, porque su muerte fue un espectáculo, fue un teatrillo, y él, un colaborador involuntario en esa farsa. Cuatro veces los actores repitieron sus papeles. Los soldados, que de seguro se reirían a carcajadas al final. El capitán, que acaso ensayó su gesto altivo de mando para hacerlo mejor la siguiente vez. El propio, el recadero, el mensajero, que aparecía en el momento justo con un despacho, o con un mandato verbal para el capitán, que era lo que detenía el acto. Nada era verdad, todo era teatro. Ese día no era el día de la muerte de Antonio Di Benedetto. Todos lo sabían: los soldados, que habrían hecho eso tantas veces ya, con tantos presos. El capitán, que seguro que se turnaba con sus colegas para poder disfrutar de su papel estelar en la performance. El joven cabo, o el ordenanza que llevaba el indulto momentáneo y espurio. Todos sabían que aquello era una astracanada. Todos, menos Di Benedetto.

 

8.

¿Cuántas veces murió Di Benedetto en la Unidad 9 de La Plata durante 1976 y 1977? La primera vez que le fusilaron fue, seguramente, el día que más murió. Murió tanto que, probablemente, nunca más pudo ya estar vivo. En el Proceso cada día era ejecutada tanta gente, sin que se hiciera público, sin que hubiera siquiera un cuerpo que entregar a los familiares, tantos fueron arrojados desde los aviones al Río de La Plata, tantos fueron torturados en la Escuela de Mecánica de la Armada, tantas picanas buscaron en tantos lugares de tantas figuras magulladas los sitios precisos del dolor, que uno más, que un muerto más, que un asesinado más (pues ajusticiado parecería contener aún un atisbo de justicia, y se convierte así en un término impropio para designar el asesinato), que un desaparecido más, parece ser apenas nada, parece ser ni siquiera un número, pues hace mucho que ya nadie lleva la cuenta, parece ser la consecuencia trivial e inevitable de ese instante en que los militares entraron a Los Andes para llevárselo preso.

 

9.

Sí, sin duda, la primera vez, Antonio Di Benedetto y sus compañeros, junto al paredón murieron mucho, murieron una cantidad inimaginable, murieron tanto más porque siguieron vivos, si es que uno puede seguir vivo después de haber muerto. Quién sabe, quizá esa vez sí se creyeron el teatrito. Se sintieron aliviados, incluso, volvieron al duro piso de la celda, a las paredes grises, como felicitándose. No ha pasado. Seguimos vivos. Mira, seguimos vivos. Aún se engañaban: se tocaban, estaban ahí, seguían vivos. Aún se equivocaban. Aún no sabían que se puede estar muerto estando vivo. Que no hay muerto más muerto que el cuerpo vivo. Quién sabe, sí, si no hubiera habido más simulacros, tal vez podrían haberse dicho qué cerca estuvo, y, acaso, durante años, convertir apenas ese instante atroz en pesadillas, pesadillas de las que uno, finalmente, despierta. Pero no, porque hubo más. A Di Benedetto le volvieron a sacar de la celda y le volvieron a matar, tres veces más. A las que añadir el resto de las muertes intermedias del mero estar vivo en la celda de la Unidad 9 de La Plata.

 

10.

Sí, al miedo, al dolor, se le añadió la humillación de la burla en su forma más conseguida. La segunda, la tercera, la cuarta vez, Antonio Di Benedetto fue arrancado de su celda, desnudado, descalzado, colocado en la pared, enfrentado al pelotón de fusilamiento. De su fusilamiento, esa compañía alineada para él, para él del mismo modo que el guardián en El Proceso de Kafka, ante la puerta de la Ley, le espera a él, a Josef K., a él tan sólo. Esos oficiantes de la muerte han sido convocados para su muerte, para la muerte de Antonio Di Benedetto, que debía ser única. La segunda, la tercera, la cuarta vez, venían con la misma incertidumbre, con la misma posibilidad, intacta, de que esa fuera la de veras, y también con la duda de si no volvería a pasar otra vez lo mismo, de si no habría ya nunca de verdad un momento de la verdad, si hasta en eso, hasta en esa suerte suprema, había que plegarse a la bufonería de esos fantoches. La segunda, la tercera, la cuarta vez, Antonio Di Benedetto fue muriendo muertes aún más amargas, muertes aún más sin salida, muertes cada vez más imposibles de olvidar, muertes cada vez de más inalcanzable resurrección. Quiero imaginármelo, en esos trances, erguido, desdeñoso, finalmente invencible.

 

11.

¿Cuántas veces murió Antonio Di Benedetto en la Unidad 9 de La Plata? Ninguna, nos dirán. ¿No le ven cómo sale de la cárcel, libre, andando por su propio pie? ¿No le ven recibido por los amigos? ¿No le ven empacando a toda prisa, recuperando becas europeas, enarbolando contactos, manoteando pasaportes, despidiéndose entre sollozos? ¿No le ven dando conferencias, clases? ¿No le ven en Madrid, buscándose la vida, escribiendo para revistas que uno encuentra en la consulta del dentista, presentándose a concursos literarios de medio pelo? ¿No le ven, válgame Dios (y nos imaginamos a los milicos alzando los brazos con escándalo ante nuestra incredulidad), entrevistado por el mismísimo Joaquín Soler Serrano para ese programa emblemático de la Televisión Española, A fondo, el día 17 de septiembre de 1978, un 17, fíjense ustedes? ¿No le ven, vamos a ver, aterrizando de vuelta en Ezeiza el día antes del final de la octava vuelta al Sol desde aquel día en que se apagaron las luces? Ninguna vez murió Antonio Di Benedetto durante el Proceso de Reorganización Nacional, que se extendió desde el 24 de marzo de 1976 hasta el 10 de diciembre de 1983, y murieron tantos durante esos días. Tantos, tantos, tantos, tantos, tantos, tantos

 

12.

Bien es cierto que Antonio Di Benedetto, probablemente, siempre estuvo muerto. Él mismo lo sabía, de algún modo. Lo sabía porque había nacido un 2 de noviembre, el día de los Muertos. De 1922, y todos esos doses parecerían anunciar, quién sabe, a un otro, a una sombra que estaba ahí desde siempre. Lo sabía porque un día su padre despareció. Tenía él diez años. En su casa de un suburbio de Mendoza, un día su padre estaba y al día siguiente ya no. Nunca le enseñaron cuerpo alguno. Le dijeron se murió, le dirían se murió papá, y él, diez años, preguntaría pero cómo, de qué, por qué. Se murió de una enfermedad, y no sé, no se sabe, no se puede saber por qué. Le dirían. Pero él había oído esa noche una explosión en la casa. Él había oído cosas, comentarios. Él era miembro de una familia de suicidas. Su abuelo, un tío. Él supo que su padre se había suicidado, pero nunca le dijeron, nunca nadie le dijo. Acaso, le dirá él a Soler Serrano, para protegerlo, pero fue peor, y ya nunca más pudo serle el suicidio ajeno a Antonio Di Benedetto, que un día firmó, en 1969 una de sus obras más gloriosas, llamada justamente Los suicidas, una novela que empieza así: Mi padre se quitó la vida un viernes por la tarde. Tenía 33 años. El cuarto viernes del mes próximo yo tendré la misma edad.

 

13.

La entrevista en A fondo es, como lo son todas las que se hicieron en ese benemérito programa, un testimonio impagable. Es preciso verla una y otra vez. Di Benedetto aparece elegante, sobrio. Aún no lleva la barba que le identificará en las fotografías postreras, las del regreso. Se expresa con parsimonia, pero su discurso es extremadamente riguroso. Se trasluce a menudo la ironía en sus contestaciones, ante el apabullante caudal de datos que le arroja Soler Serrano, siempre tan obsesionado con las precisiones biográficas. Pero es un hombre triste. Es un hombre muy triste. Es un hombre tristísimo. Es el hombre más triste que concebirse pueda. Aunque sonría. Sobre todo cuando sonríe. Es tan triste que Soler Serrano se lo pregunta expresamente. Le dice que hay alegría en su obra. Atisbos, al menos. Él concede: sí, puede, pero todo me sale muy triste, todo se parece a la vida. Cuando, ya un poco sobrepasado por tanta negrura, el mercurial Joaquín le dice que acaso el de hoy, el de ese hoy, estaba siendo un mal día para Di Benedetto, éste le contesta: Al contrario, hoy es uno de los mejores, y en su rostro se dibuja la sonrisa más triste que nunca se haya dibujado en rostro alguno.

 

14.

Claro que esa entrevista se edifica sobre un gran vacío, sobre una no enunciación que penetra todas las afirmaciones. En ningún momento se habla de la detención, de la tortura, del exilio. Acaso por honesta ignorancia del entrevistador, sin duda por extrema discreción del entrevistado, que tenía miedo de posibles represalias, de peligros para la familia que había dejado en la Argentina. A ratos parece como si la decisión de viajar a Europa, de pasearse por España o Francia o Escandinavia, fuera poco menos que equivalente a la de embarcarse en un viaje de estudios o en un crucero de placer. Soler Serrano le pregunta si podría trasladar su proverbial inmovilidad mendocina a España y él dice que sí, que él es un trabajador de la palabra y que necesitará de un lugar en el que la lengua sea la misma, la suya. Por supuesto, esa inmovilidad madrileña, que duró varios años, tan duros, era forzada, pero eso no se hace explícito. Lo que vino después fue ese otro Di Benedetto, ese Sensini del relato de Bolaño, un Di Benedetto cuyo número de muerto ya ni siquiera uno puede calcular. Un Di Benedetto que era, inconcebiblemente, el heredero de aquel que veinte años atrás había escrito esa obra maestra que puede con rigor presentar su candidatura a eso tan manido de la gran novela americana, Zama. Un hombre triste, avejentado, al que el desastre le había llegado ya en la cincuentena, un hombre que se dejó una barba blanca y acabó volviendo, ya casi sombra, a una especie de coda argentina de plena desorientación y casi ostracismo, un zombi, una familia de zombis, un cuarteto de zombis, uno por cada fusilamiento.

 

15.

Obsesionado, como era habitual en sus, por otro lado, memorables entrevistas, por la genealogía de sus interpelados, Soler Serrano se la hace trazar a Di Benedetto, que habla del cultivo de las vides de la familia paterna, del padre enólogo y escritor clandestino, cuyo posible o seguro suicidio acaba despachándose con un brusco pero dejémoslo, que se repetirá en otros momentos, y entonces Di Benedetto nos cuenta, con visible emoción, que su madre, que, proveniente de Sicilia, como todos sus antepasados, era brasilera, era la que de verdad sabía contar, la que armaba con maestría todos los relatos sobre mi pícara, mi aventurera y pobrísima familia, con los que se amenizaban las noches de antes de la invención de la televisión. En esos relatos está el germen de su vocación literaria. Es a eso a lo que él aspiró siempre, nos dice, sin conseguirlo. Ah, si su madre hubiera vivido en otro lugar, en otro tiempo, de otro modo, ella sí hubiera sido un genio de la literatura. Él apenas lo intentó, no llegó nunca a esa maestría. Sí, su madre se tenía que haber quitado de tantas cosas, haberse aliviado de tanto peso. Yo, por ejemplo. Podría no haberlo engendrado. Si yo no hubiera nacido, ¡qué buen resultado habría tenido para mí! Como Cioran, famosamente, como Emilio Prados, Antonio Di Benedetto, sin descomponer ni un milímetro el gesto, enuncia en voz alta la verdad nefanda: es mejor no nacer. Soler Serrano, jovial como era, le dice: está usted bromeando, por supuesto. Pero no, claro que no: Lo digo con toda la seriedad posible, es bastante dramático lo que me ha ocurrido: ¡nacer!. Eso nos ocurre a todos, le replican. Él contesta: no todos lo toman en cuenta. Creen que están vivos y no piensan en el grave problema de haber nacido. Al fondo, se oyen los gritos de un cuerpo torturado bajo la picana, el ominoso, interminable silencio de una descarga de fusilería que nunca se produjo.

 

16.

En El milagro secreto, Borges, admirador confeso de Di Benedetto, imagina una milagrosa detención del tiempo, un congelarse del avanzar de las balas que permiten al reo disponer de un año estático, de un año que sólo transcurre en su mente activa, mientras en su cuerpo inmóvil, ni siquiera las gotas de lluvia acaban de caer. Ese fusilamiento diferido le da a Hladík, ocasión para concluir su obra, para concluirla interiormente. ¿Cuántos años de Hladík transcurrieron en la mente de Di Benedetto a cada alzarse del brazo del capitán del pelotón? ¿Cuántas obras imposiblemente conclusas se alzaron, milagrosas, como los palacios de los sueños? Como nadie puede ignorar, Zama está dedicada A las víctimas de la espera. Hay extrañas inmovilidades, sucesos que no acaban de acontecer, despachos que se esperan, fechas que anuncian potencialidades que no se actualizan, hay condenados, encerrados, aherrojados, en todas las obras de Di Benedetto. Hay burlas del Cosmos, animales muertos que parecen aún obligados al movimiento, estilitas a lomos de caballo, hay habitaciones sin puertas, hay una mujer que no puede moverse porque se lo impide el peso de su marido muerto en Pez, uno de los relatos más espeluznantes que se hayan escrito nunca. La obra de Di Benedetto está llena de esperas, esperas que normalmente no acogen esperanza alguna. En la versión en inglés de Zama, se optó por traducir espera como expectation. Es cierto que hay una expectación de Zama, pero su espera es más bien beckettiana: ni siquiera la posibilidad de ese ex que apuntaría, acaso, a una salida, le es concedida.

 

17.

Zama se publica en 1956, Di Benedetto tiene 33 años. Justamente. Cuando el 24 de marzo de 1976 es detenido, Di Benedetto tiene ya 53 años. Si ya lo sabía todo sobre la espera cuando escribe Zama, cuánto más no podrá saber veinte años después, cuando de verdad entró en el territorio de la espera infinita, de la espera de los personajes de Kafka, mientras, en la celda, sin siquiera la vana esperanza de un juicio, de una condena, de, quién sabe, hasta una absolución, se consumía sin más horizonte que el próximo fusilamiento. ¿Qué hacía Di Benedetto en la cárcel? ¿Qué podría hacer un hombre que toda su vida había hecho una cosa: escribir? En Madrid, para ganarse la vida escribió de todo, nunca se le cayeron los anillos. Pero, ah, en la cárcel, en la cárcel no podía escribir. Al menos no podía escribir relatos, no le dejaban. Sin embargo, los relatos le seguían naciendo, floración dolorosa del encierro. Relatos de angustia e inmovilidad para doblar como en un espejo su angustia e inmovilidad. ¿Cómo sacarlos de ahí, qué hacer con ellos, con esa prueba íntima de que seguía siendo él, de que, más allá de si seguía vivo o no, seguía siendo él, un escritor? El suceso se ha contado muchas veces: en las cartas que le dejaban mandar a la familia, a los amigos, a esos amigos que, como Juan-Jacobo Bajarlía, que lo narró en Diario de una agonía, se estaban desviviendo por sacarle de ahí, en esas cartas, él contaba sus sueños.

 

18.

Esta noche he tenido un sueño muy lindo, te lo voy a contar, se leía en una letra minúscula, devenida micrograma. Y ese sueño era uno de esos relatos, era, acaso, Aballay. Después, en España, esos relatos se publicaron, junto con algunos otros más antiguos, en un tomo que se llamó, camusianamente, Absurdos. La primera edición, a cargo de la Editorial Pomaire, salió en Barcelona en 1978. En la contraportada vemos a un Di Benedetto de gesto serio, y ya con barba. En la portada, extrañamente, una bicicleta parada en la playa, sin nadie montado en ella. La rueda delantera aparece girada a nuestra derecha. Del lado de nuestra derecha también está el mar, al fondo. Pero en el primer plano lo que vemos es la arena. Una arena de desierto que cruzar con una bicicleta que bien podría ser un caballo del que no bajarse nunca. Qué bien se imagina uno las fatigosas jornadas, el calor asfixiante bajo ese cielo plano sin nube alguna, ese costoso rodar por una arena que, no lo olvidemos, es el símbolo por excelencia del paso del tiempo, desde que a los seres humanos se nos ocurrió encerrarlo en un vaso.

 

19.

¿Cuántas veces muere uno hasta que muere? Hay gente que muere muy poco, que muere muy suave, que se va deslizando en la muerte sin ruido, que cae casi sin sentirse, como caen los granitos de arena desde el antes hasta el después. Hay otros que mueren a golpes, a vuelcos, a bruscos giros del reloj de arena, a manotazos que rompen el vidrio, a goterones de sangre de la mano herida por los cristales. A Dostoievski, que Di Benedetto siempre reconoció como maestro, le fusilaron de mentira una vez, el 22 de diciembre de 1849, en la plaza Semiónov de San Petersburgo. Su discípulo le aventajó en tres simulacros. Es todo de una tristeza insoportable. Di Benedetto, ya no se sabe muy bien a qué velocidad, con cuantos saltos, continuó muriendo en la Argentina de la poca vida que le quedaba, y lo hizo poco tiempo, lo hizo rápido. Apenas el 10 de octubre de 1986, tras varios días en coma, de resultas de una hemorragia cerebral, su vida se apagó en esa Mendoza de la que no se apartó salvo cuando no le quedó otra. Se dice que la causa remota de ese accidente vascular fueron los golpes en la cabeza sufridos durante su cautiverio. Debió ser así: uno acaba muriendo de sus propias muertes, y Di Benedetto murió un 24 de marzo de 1976 en la redacción de Los Andes, hoy hace cincuenta años. Honremos su memoria.

 

20.

Los reyunos, que está incluido en Absurdos, y que es magistral, como lo son todos y cada uno del centenar de cuentos que escribió Di Benedetto, comienza: El aire está salpicado de langostas. El aire siempre está salpicado de langostas, insectos voraces que aparecen por oleadas, que lo devoran todo, que se ponen de lleno a crear desierto. Los tiempos nunca fueron buenos. Cincuenta años después, más de 19000 días, sigue siendo completamente posible, casi se diría que altamente probable, que, estando nosotros en el diario del que somos subdirectores, o en nuestro cuarto de una casa de pensión en Praga, o en la Universidad, o por las calles de Minnesota, o en Gaza, o en un jardín de Madrid, o en la Plaza Mayo, mientras vemos caer la tarde, vengan a por nosotros y se nos lleven, vengan a por nosotros y nos maten. Las langostas nunca abandonan su tarea destructora. Los tiempos nunca serán buenos. Por eso, ante eso, lo único que cabe es el rigor, la insobornabilidad, el coraje, la estatura ética que tan bien encarna Di Benedetto, ese hombre que terminó una pequeña pieza escrita en 1968 y titulada Autobiografía con estas palabras: Prefiero la noche. Prefiero el silencio. La noche en cuya quietud nos juntamos a contarnos los cuentos de la familia, de la familia de la Humanidad, como hacía la madre brasilera de Di Benedetto ante el silencio asombrado de su hijo. Porque amamos la literatura, y somos gente triste, y somos muy valientes.