martes, 10 de febrero de 2026

Diminutivos



Desde que no estás, no he podido llorar con nadie. Llorar por los diminutivos.

(Anotado en un cuaderno, 2 de septiembre de 2014, por la noche.)

 

1.

No es fácil hablar de esto. Existe una tristeza químicamente pura. Una tristeza que no está asociada a dolor, privación, duelo, pérdida, o, si lo está, todos esos factores aparecen desdibujados, lejanos, indirectos. Una tristeza que no se mezcla con rabia, desgarro, agitación, decaimiento. Es una tristeza que trasciende todas las circunstancias de la vida. En ese sentido, es una tristeza de lujo, una mercancía difícil de encontrar, un objeto exquisito. Es, por eso mismo, una tristeza vergonzosa, de la que no se sabe muy bien qué contar, para no parecer soberbios, o excesivamente quejosos, teniendo en cuenta las muy reales penalidades en las que vive la gente, los desastres cotidianos, las catástrofes que nos esperan en cada recodo de la vida, lo que todo el mundo aceptaría como fuentes de la tristeza real, la que no tiene que ver con la literatura o la metafísica o la simple palabrería. Y es verdad, todo eso es verdad, y por eso no es fácil hablar de esto. Pero es preciso hacerlo.

 

2.

Éste será, como en el fondo lo son todos, un texto contradictorio. Si quisiera hacer parecer que estoy escribiendo un relato, o una crónica, y quizás es eso lo que estoy haciendo, o lo que quiero hacer parecer que estoy haciendo, ahora podría impostar y decir “releo el párrafo anterior”, pero no tengo ninguna necesidad de releer el párrafo anterior, acabo de escribirlo y llevo pensándolo, construyendo mentalmente esas líneas desde hace varios días. Es el comienzo de la pendiente y no hay retrocesos, y todos estos desvíos son pura retórica. Así que no, de ningún modo este texto es contradictorio, ningún texto lo es, porque, incluso cuando parece contradecirse, lo único que hace es reafirmar lo que dice el otro texto, el de verdad, el que está debajo de él. Es ese texto el que es preciso escribir hoy, ahora. Pero para escribirlo, no queda más remedio que escribir el texto de arriba, porque lo que se quiere contar siempre es subterráneo.

 

3.

Si esto fuera un relato o una crónica, si esto fuera el guion de una película, una escena de teatro, habría que empezar al revés, habría que situarse en el lugar del hallazgo, de la trouvaille, en el lugar donde el azar objetivo me proporcionó las instrucciones. Sólo si este texto se pretende presentar como una especie de tratado filosófico es aceptable comenzar con banalidades rimbombantes como “existe una tristeza químicamente pura”. Sin embargo, lo cierto es que esa tristeza químicamente pura existe, y este vaivén intenta hacerla comparecer en los interlineados, en la microscópica trama de huecos que convoca el tejido. Por eso, lo de menos es la cronología y la lógica narrativa que conlleva. Porque el verdadero texto es el que no se escribe.

 

4.

Existe una tristeza químicamente pura. Yo la he experimentado algunas veces. Quiero decir, yo la he experimentado siempre. Las otras tristezas, las otras penas, los otros desastres, son apenas el rizado del oleaje de ese mar, el ruido en la quietud solemne de esa nota hueca. Las alegrías también, por supuesto: perturbaciones del statu quo. La tristeza químicamente pura marca el nivel basal, es el bajo continuo de la melodía de nuestra vida, el agudo del acúfeno que nunca deja de sonar en el dentro del oído. Todo lo demás es relatable, todo lo demás son términos y sintagmas. Ella, sin embargo, es el papel sobre el que se escribe. No es un silencio, sino un zumbido. No es un estar, es un ser. Es donde estamos, estamos ahí porque es. Es ahí donde estoy, donde estuve, donde estaré. Discúlpenme el plural mayestático, no conviene recurrir a tan burdos subterfugios: de quien habla el relato es de mí, y yo soy un melancólico, y el tema del relato es la tristeza.

 

5.

Dos pasos más atrás, para mirar el cuadro. Sí, es preciso volver a excusarse. No se puede frivolizar. Existe la depresión clínica, devastadora. Existe el golpe al centro mismo de las vísceras, letal. No, no es eso. Es lo de antes. Lo de siempre. La frecuencia cero. Antes. Es la disposición de los instrumentos cuando ni siquiera han entrado los músicos para tocar la sinfonía. Antes aún. Es el local, los ladrillos, los muebles, es el ensayo, es el borrón en la partitura, es el da capo, es el saludo recogiéndose los faldones del frac, es el llegar al teatro, es el haber nacido, es la palabra de Dios, el fiat lux, es el Cosmos. Y tampoco, porque eso nos conduce otra vez al plural y ninguna de esas cosas tienen garantizadas siquiera su existencia.

 

6.

Mamá no vendrá hoy a darme el beso de buenas noches, tenemos visita, piensa un niño en una casa de campo, en Francia, al final del siglo XIX. Todo empieza ahí, siempre empieza así. No es un berrinche. Sí lo es, sí es un berrinche, y hay otras muchas noches con beso de mamá, y hay libros nuevos que leer, y habrá mañana paseo, del lado de Swann o del lado de Guermantes. Ha habido otras noches sin beso, habrá otras muchas más. ¿Qué ocurre entonces, qué piedra se ha lanzado al estanque que va a generar ondas y ondas hasta alcanzarnos en la edad adulta, casi al borde de la muerte, hasta llevarnos, de la mano de resonancias y resonancias cada vez más intensas, a escribirlo todo, a dar vueltas en ese caracol hasta, literalmente, nuestro último aliento? Esa noche, el joven Je ha visto la Tristeza y le ha colocado su mayúscula, como hará con el tiempo. La Tristeza es también el Tiempo, claro, pero es otras cosas también: el Tiempo, la Muerte, son sólo alguno de sus atributos más notorios. La búsqueda es un retorno y una huida, pero es vana. La Tristeza es como el horror de Kurtz en la jungla. Hay que aprender a conocerla, hay que hacerla nuestra amiga. Al fin y al cabo, somos sus hijos.

 

7.

Mamá no puede calmarse, dice que quiere irse, yo no sé qué hacer, dice el padre a través del teléfono. Las ondas en el lago de la Tristeza son esas ondas electromagnéticas que viajan de un lado a otro para aterrizar en el corazón del que escucha. La Tristeza afila sus cuchillos. Sí: demencia, sensación de abandono, desorientación, petición de auxilio. ¿Qué puede hacer el niño que ya no es tan niño y nunca fue Proust, qué puede hacer, ahogado por la culpa, destruido por la impotencia, agotado? Escucha, trata de apaciguar, conferir esperanzas que sabe falsarias, porque no hay salida, porque eso es el final, aunque el final se demore aún mucho, ésas son cosas del Tiempo, que tiene sus procedimientos. Asuntos delicados, en el fondo banales: quién no ha sufrido por la vejez de sus padres, por su deterioro, por el declive que muestra claramente cuál es el camino que nos está esperando. También Je nos habla de la muerte de la abuela, de la madre de cabellos grises que descubre entonces ocupando el lugar que hasta entonces le correspondía a la que era la madre de ella. Así se suceden las generaciones en el reino de la Tristeza. Sí, todo esto es bien conocido, y doloroso, y por eso aún no es la Tristeza, aún es sólo la tristeza.

 

8.

Es la hora de la cena, tenéis que ir al comedor ya, luego os vuelvo a llamar, estate tranquilo, no podemos hacer nada, yo estoy lejos, y tampoco podría hacer nada, trata de calmarla, habla con la gente de la residencia, llámame luego, te llamo yo, que me llamen ellos, esto es como otras veces, pasará muchas veces más, dejará de pasar cuando ya no haya nadie a quien le pueda pasar, aunque su cuerpo siga estando allí. Sí, ésa es la tristeza, una tristeza tan grande que merecería todas las mayúsculas de la imprenta. Pero no es la Tristeza. La Tristeza ya estaba. Estaba en el nacimiento. Es el mar de esas olas. El que escucha, el que acaba de colgar el móvil, anda por Madrid. Lo hace siempre en esos tiempos, lo sigue haciendo. Largas caminatas sin rumbo determinado, para pensar, para poder escribir, para escribir una novela que hablará, de qué otra cosa podría hablar, de la Tristeza. Entre dos llamadas, la desazón, esa palabra que aprendió tan de niño, que pronunciaba tan a menudo, ay, su abuela. Desazón, la amargura que produce la falta de sazón. Anda por Madrid. Él se acuerda muy bien por donde. Yo, que soy el protagonista de esa tercera persona, me acuerdo muy bien por dónde. No importa por dónde. Anda.

 

9.

Existe una tristeza químicamente pura, la Tristeza. No es fácil experimentarla, siempre viene obturada por tantos dolores y por tantas sensaciones anodinas y por tantos alivios y por tantos temores. Sentir la Tristeza es una experiencia mística. Una iluminación obscura, esplendente en su negrura. Es una sensación oceánica, una fusión con el ser del Universo. Pero no es una experiencia gozosa, porque el ser del Universo es el sin sentido, el puro azar, la absoluta contingencia. No hay brazos amorosos a los que arrojarse, no hay un dios que nos espere con una taza de caldo para el frío. Sólo hay el sordo rumor de la maquinaria de la eimarmené, dispuesta para nada desde siempre. Hay que atesorar esas experiencias cuando tienen lugar, nos muestran nuestro país de origen, nos abren la puerta del laberinto. Hay que nadar en la limpidez de esas aguas, desnudos de toda adherencia.

 

10.

Entre dos llamadas, en la desazón, andando a toda prisa por el Paseo, sin ningún rumbo, sin ninguna presencia que espere, sin ninguna tarea que sea necesario abordar, solo en la augusta Nada de un Universo que muestra su descarnada vacuidad, andando, y entonces otra persona anda, nadie conocido, nadie relevante en este relato, alguien fundamental en su propio relato, que desconocemos, que habrá seguido desarrollándose en estos casi doce años, una chica, una chica más joven que el narrador, una chica que no está entre dos llamadas sino que está en mitad de una, que no tiene por qué ser especialmente dramática o interesante, una llamada de la que nosotros, el narrador, Je, yo, escuchamos, en nuestro paso acelerado, en el único momento de nuestro encuentro, de nuestro ser paralelos, una sola frase: ¿has hecho ya la maletita? Y es ahí, justamente ahí, cuando el puñal del diminutivo se nos clava en las entrañas y, finalmente, la congoja asalta la garganta y el llanto aflora, con esas lágrimas de pura Tristeza que empiezan a recorrer las mejillas.

 

11.

No es fácil escribir de esto, porque, como toda experiencia mística, es incomunicable. Se puede, apenas, teorizar. El diminutivo es insoportable, porque el diminutivo es la ternura, la Ternura. La Ternura es la única arma en el combate con la Tristeza. La Ternura es el salvavidas que nos arrojamos unos a otros cuando estamos a punto de ahogarnos en ese estanque sin orillas. La Ternura es el pasaporte para abandonar, siquiera por un rato, el país del estar solos. Pero a la Ternura le pasa como a la Tristeza: no sirve invocarla, ni siquiera ejercerla, no debe confundirse con los pequeños gestos cotidianos, con las caricias al corazón que, menos mal, nos regalamos tan a menudo, al menos los que hemos sido afortunados, los melancólicos que disponen de compañeros de viaje. La Ternura de esa tarde es una chica desconocida que habla con alguien que no podemos ver y le pregunta, esa tarde que, acaso, era de domingo, ya sabemos que en la tarde de los domingos la Tristeza tiende a hacerse algo menos pudorosa, le pregunta a su amiga, o a su hermana, o a su novio, o a su padre, o a quien sea, porque eso no importa, si ha hecho ya la maletita, no la maleta, con ese diminutivo que convierte a la maleta en algo de juguete y le quita importancia al viaje, que puede ser acaso un simple viaje de trabajo, un viaje como los que yo hacía entonces con frecuencia, a reuniones de proyectos de investigación o congresos, por diferentes lugares de Europa.

 

12.

Sí, el diminutivo y la maleta, esas dos cosas me otorgó el ángel que me fue enviado esa tarde de tormenta de arena en el alma. La inquietud de los aeropuertos, el frío de los paquebotes, los empeños de la vida adulta que siempre nos conducen a la zozobra, cierta necesidad de un refugio, todo eso que supone el alejarse, todo eso que nos obliga a recoger algunas pertenencias, meterlas en un recipiente, acarrearlas, y el pasaporte, y algún libro, y el teléfono, y llamar y decir que ya hemos llegado, o que hay retraso, porque hay alguien que espera, o esa maletita a lo mejor es la maletita del viaje que conduce hacia la chica del Paseo a su desconocido interlocutor, y entonces el tono de la chica sería alegre, pero quién sabe si era alegre, cuando el que lo escucha es pura tristeza, para él todo es triste, todo es el momento de una partida infinita en medio del muelle desierto batido por todos los vientos.

 

13.

Un diminutivo inaplicable para el que pasa tan rápido, piensa él, pues nadie nos puede ayudar en ese trance, nadie siente tan íntimamente ese dolor, o, sí, todos lo sienten, pero cada uno en su celda, en su cubículo, y podemos hablarnos, podemos abrazarnos, podemos acariciarnos la cabeza, y todo eso alivia el dolor, los dolores, pero la Tristeza está más allá de toda caricia, la Tristeza es lo que estaba siempre, lo que estaba desde antes de que nadie siquiera supiera el nombre que íbamos a tener. Sí, todo eso es así, pero lo importante es que el diminutivo nos hace llorar, y ese llanto drena, y por eso, el que avanza por el Paseo, que sentía la ausencia de todo diminutivo, la posibilidad imposible de un abrazo en el aeropuerto del estar existiendo, de repente, como cogido por sorpresa, es abatido por la Ternura, una Ternura que ni siquiera era de él, para él, y entonces entiende el juego, entiende que todos estamos a la vez en el aeropuerto, de un lado y de otro de la puerta de llegadas, y que todos estamos esperando abrazos imposibles, y entonces, entonces, simplemente, nos abrazamos, y eso es la solidaridad, eso es el amor, sabernos cada uno en una silla del gran banquete de la Tristeza y saludarnos al llegar a él y de vez en cuando darnos la mano por debajo del mantel, entre plato y plato.

 

14.

Todas las metáforas del mundo son imprescindibles y al mismo tiempo inútiles. La experiencia mística no se deja decir. La Tristeza no es esa tarde, ni ese diminutivo, ni esa chica que sólo estuvo un segundo en nuestra trayectoria y nos dio, sin embargo, el password para el resto de la vida. Todo eso son, como mucho, las ínsulas extrañas, pero la Tristeza no habita allí, la Tristeza es quien dibuja esas islas. Es el frío que revela que por dentro de nuestro cuerpo hay corriente. El músculo que inesperadamente, alza esa mano vacía. Todo puede contarse muy sencillamente: vivir es complicado, hay cosas malas, hay sufrimientos, siempre hay sufrimientos, los sufrimientos van de suyo, las cosas buenas a veces aparecen o no, eso es trivial, es bien sabido. Pero no es eso, es el hecho de haber nacido y que eso no tuviera por qué haber ocurrido. Es las tres de la mañana y el aire helado de la madrugada. Es la ausencia, es lo que no cura siquiera la presencia, es lo que hace que ni siquiera nos baste con estar allí, enfrente.

 

15.

Las madres saben mucho de ese frío, siempre quisieron que nos abrigáramos, siempre nos arroparon. En Avec le Temps canta Leo Ferré les voix qui vous disaient tout bas les mots des pauvres gens: “Ne rentre pas trop tard, surtout ne prends pas froid”. Mi madre siempre me dijo que no cogiera frío, lo siguió haciendo y haciendo cuando era yo ya quien procuraba que ella no cogiera frío. Ese frío de una madrugada destemplada, de una madrugada en una duermevela que no se hace sueño hasta que el sonido de la puerta anuncia la llegada del que faltaba, es la Tristeza, la Tristeza del hijo que a esas alturas ya sabe que todo lo que ha de pasar acaba pasando. La madre que ya está más tranquila en la segunda llamada, el padre que transmite la calma, una calma basada en la aceptación del horror de Conrad, en una jungla que circunda el Paseo. Sí, tout s’en va con el tiempo. Sólo permanece en la memoria lo que nos duele. Cuando las luces se apagan, lo que nos resta es la iluminación obscura del negro-de-siempre, de la negrura de esos espacios infinitos que hacía temblar a Pascal.

 

16.

Por eso te dije que te entendía el otro día, por eso supe de algún modo abrazarte con el gesto correcto, conducirte al otro lado del río, colgar la llamada, redecorar el desierto con las guirnaldas de las sonrisas. Porque ya he estado allí, he sabido dónde estaba, he vuelto sabiendo que uno no se va de allí, pero que es posible dibujar pájaros. Ése era el regalo: sabernos acompañar. Ayudarnos a hacer la maletita. Ésa es nuestra obligación por el mero hecho de estar vivos, por formar parte de la tripulación de esta nave a la deriva que atraviesa el vacío: calentar el corazón, apaciguar la marejada de la Tristeza, expandir la Ternura para que acompañe al Cosmos en su loca carrera hacia ningún lugar, ningún tiempo, en su larga huida de la Gran Explosión.

 

17.

Éste es, ahora sí, ahora ya puede contarse, el relato: como entonces, como siempre desde hace tantos años, ando, camino, recorro la ciudad. Cada día. Esa mañana, hace una semana exactamente, estoy en un parque. Justo a esa altura existió un estadio, al que fui tantas veces. Uno de mis paseos habituales. No hay nadie, es por la mañana, ahora puedo andar por la mañana. Esa parte del parque es aún un poco inhóspita, se construyó al final, es en realidad como la tapadera del túnel que hay abajo, por donde va todo el tráfico. Los árboles aún no han crecido. No es un sitio donde uno se siente, no hay juegos para los niños. Por eso el hallazgo es especialmente interesante. Por eso, quizás también, el objeto puede haber estado allí, en el medio del camino, esperándome más rato, a pesar de que su presencia resulta obvia. Una nota. Un post-it, de un fucsia muy chillón. Doblado en dos, de modo que la mitad del papel tapa la parte adhesiva, con las letras por fuera. Alguien lo ha doblado así, con cuidado. Alguien lo llevaba en el bolso, o en el bolsillo. Nadie lo ha tirado, se ha caído. Se ha quedado allí, en mitad de la vereda. Para mí. Acepto la ofrenda.

 

18.

Me da pudor reproducir el mensaje, aun a sabiendas de que nadie, ni yo mismo, conoce a la autora, aun siendo consciente de que, por mucha importancia que quiera darme, estos textos lo leen apenas decenas de personas, compañeros de viaje a los que me siento tan vinculado en esta navegación (muchas gracias, siempre, por vuestra ternura). Ese mensaje es profundamente privado. Y trivial, seguramente, en el fondo nada de mucha importancia, pero ahí, tirado en mitad de ese nolugar del parque, ese resto arqueológico en su fucsia, es también el comienzo de un relato, de éste, ningún escritor que se precie deja pasar esa oportunidad, especialmente si ese escritor tiene un fino oído para la Tristeza.

 

19.

Me ha encantado este finde pegaditas, y entonces, dibujado, un smiley, una sonrisa. Que vaya bien el día. Ojalá puedas tener pádel, luego el psicólogo y luego SIESTORRO! TE QUIERO. Ese mensaje en una botella ha viajado desde cualquier superficie de la casa donde se pegara, esa casa donde la autora del mensaje y la destinataria han pasado, tranquilas, el fin de semana, juntas. Una, la autora, ha abandonado la casa. Acaso no es la suya, o simplemente ha tenido que ir a trabajar. La otra no trabaja esa mañana, puede ir a jugar al pádel, pero llueve, llueve mucho esos días, a lo mejor no puede por eso. Entonces, el psicólogo, quizás por eso no va a trabajar esa mañana, tiene consulta con el psicólogo, por qué el psicólogo, qué le pasa, tiene algún problema, y la Tristeza aparece cada vez más claramente entre las líneas, pero todo se apacigua, porque nos espera una siesta, juntas, y la Ternura triunfa, con el grito de las mayúsculas: TE QUIERO.

 

20.

No existe fuerza alguna que pueda impedir que me agache para recoger una nota en el suelo, y para leerla, soy demasiado curioso, o demasiado sensible a los mensajes en  botellas. En este caso, al principio, el impulso fue tirar el papel a una papelera, o dejarlo allí, sin más. No pude, me lo llevé a casa, aquí la tengo. Quiero pensar que a esas dos chicas, que son pareja, o hermanas, o amigas, o madre e hija, o compañeras de piso, todo les va maravillosamente, que son capaces de combatir con éxito a la Tristeza armadas con la espada de su Ternura. Lo deseo profundamente. Me encantaría abrazarlas, decirles que todo va a ir bien, porque es verdad que todo va a ir bien aunque todo vaya a ir mal. Me encantaría agradecerles su existencia, de la que el azar me ha hecho partícipe. Y éste era el relato, nada más. El relato de cómo una nota de una chica resonó con la llamada de otra chica de hace casi doce años, y me trajo de nuevo la Ternura químicamente pura, ahora que, por fortuna, estoy tan lejos de aquella tristeza de entonces, que me he mudado a un barrio un poco a las afueras de la Tristeza, mi patria irrenunciable.


21.

Éste es el relato, sí. Podría haberse contado de otro modo, de muchos modos, sin duda. Hay, por ejemplo, una novela de misterio que se puede escribir a partir de cada hallazgo. Inventar cómo, por qué, esa nota acabó allí, la nota que la destinataria dobló con cuidado para que la mitad del papel se pegara con el pegamento, y el pegamento no se pegara a otra cosa, y la metió en el bolsillo o en el bolso cuando salió al jugar al pádel o fue a la consulta del psicólogo, porque quería guardarla, porque quería tenerla cerca para poder leer otra vez que la querían. Inventar el antes y el después de esa nota, la siesta y el fin de semana juntas. Sí, ese relato existe también, pero no me apetecía escribirlo. Lo que quería escribir era esto. Otra cosa. Una carta de amor. Para poder dejarla caer en el parque electrónico por el que paseamos de tarde en tarde, para que alguien la recoja y la lea y sepa entonces lo mucho que la quiero.


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