De la gama
total de actos posibles había recorrido una enorme variedad en sus cuarenta
años de vida, pero ninguno tenía el menor viso de realidad.
CALVERT CASEY, El
regreso
Donde primero
hundió las tenazas el cangrejerío fue en los ojos miopes. Luego entre los
labios delicados.
CALVERT CASEY, El
regreso
Esas cámaras
secretas que encierran los sucesos esenciales del ser en su vida. Las secretas
galerías que recorre, en círculos, aquel que vive dándose sin reservarse nada,
sin apropiarse de nada.
MARÍA ZAMBRANO,
Calvert Casey, el indefenso, entre el ser y la vida
Cuando el alma
llega a este estado, debe recogerse toda dentro de sí misma, en su puro y hondo
centro, donde está la imagen de Dios: allí la atención amorosa, el silencio, el
olvido de todas las cosa, la aplicación de la voluntad con perfecta resignación,
escuchando con él tan a solas como si en todo el mundo no hubiese más que los
dos.
MIGUEL DE
MOLINOS, Guía espiritual
1.
Con toda
probabilidad, la primera vez que escuché pronunciar el nombre de Calvert Casey
fue en la memorable y fascinante película de Jaime
Chávarri sobre los Panero, El desencanto. Allí, concretamente en la
secuencia 43, el menor de los tres hermanos, Michi, sentado junto a su madre,
Felicidad Blanc, en la galería de la casa familiar de Astorga, le pregunta a su
no menos memorable, y fascinante progenitora, a quemarropa: Oye, ¿te acuerdas
de Calvert Casey? Los que ya llevamos tanto metraje siguiendo las andanzas
siempre un poco alucinatorias de esa familia de poetas (y qué decir de aquellos
que, como yo, hemos visto la cinta más veces de las que podríamos recordar),
quizá ya no nos sorprendamos cuando el verbo límpido y filoso como el cristal
de Felicidad enuncia la peripecia que le unió al escritor cubano. Nada de lo
que se pueda decir de esa figura casi irreal que es la madre de los Panero será
suficiente, pero, al mismo tiempo, apenas unos segundos de verla en la pantalla,
de escucharla, bastarán para caer rendidos ante esa especie de hipnosis. Oigámosla,
pues.
2.
¡Ah, sí! Calvert Casey
se lo debo a Vicente Molina Foix. Me acuerdo del primer día que lo trajo. Felicidad le describe, un poco
tartamudo, ruborizándose ―ella usa encarnado y no rojo para
referirse al color que adquiría la piel del visitante, tras tantos años de estigmatizar
durante el franquismo la mera mención de ese tono―, cuando ella ―propensa a las
confidencias con personajes como Casey, escritores homosexuales entre los que
casi inmediatamente se instauraba una relación platónica, como la que ella
siempre quiso encontrar en Luis Cernuda, a quien conoció en Londres en los
tiempos en que su marido, Leopoldo Panero, poeta de referencia en la dictadura,
ostentaba un cargo en la Embajada― se dirigía a él hablándole de las mimosas
que ella siempre asoció a su onomástica. Me miró con esa mirada tan de
hombre desvalido… Pero qué mal me porté con él.
3.
Michi, sin
compasión, hurga en la herida, mientras el ojo mudo de la cámara registra ese
intercambio entre los miembros de la familia, tan descarnado como todos los que
se suceden en la película. Yo recuerdo la última noche que vino Vicente
llorando a decirnos que Calvert se había suicidado, dice el no menos
interesante Michi, del que habría acaso que ocuparse un día más por extenso,
como de Leopoldo María o de Juan Luis. La glacial Felicidad, la aparentemente
glacial, sin que la voz tiemble ni el gesto se descomponga, como si
recitara un guion o siguiera las instrucciones de un teleprompter ―pero
no lo hacía, no había guion, no había nadie que le fuera proporcionando esas
palabras que se iban engarzando, perfectamente talladas, entre las inflexiones
de su voz de locutora―, contesta que sí, que recuerda ese día, y que
entonces entendió la dedicatoria que Casey le había estampado en su
ejemplar de El regreso y otros relatos: Con una oscura intuición de
lo que hubiera podido ser la dicha. Ella se castiga, nos cuenta por qué
considera que lo trató mal. Casey estaba, eso no podía saberse, pero, sin
embargo, como el propio Michi le dice, sí se sabía, de despedida en
Madrid. Pocos días después se mataría en Roma. Él esperaba, según contó luego
Molina Foix, que Felicidad viniera a la estación a decirle adiós. Ella no lo
hizo, y se culpa por ello.
4.
¿Cómo se puede
tratar a una persona y pensar que se va a suicidar…? No pensar, intuir… Lo
debía haber intuido, si presumo de ser una persona sensible, que era desvalido,
que necesitaba el cariño, en aquellos momentos, de alguien. Cómo no me di
cuenta. Michi,
inclemente, le dice que era algo presumible, si ella hubiera leído el libro.
Felicidad confiesa que no lo hizo hasta después, que le mintió a
Casey cuando le pidió la dedicatoria, diciendo que ya había recorrido El
regreso. Al leerlo, comprendí perfectamente quién era Calvert Casey. Me
ha quedado como una de las cosas peor hechas en mi vida. Si bien uno tiende
a pensar que Felicidad está interpretando un papel, no ya en la película, sino
en su propia vida, si se la puede tener por la romántica empedernida que tan
despiadadamente retrata Michi en otro momento añadiendo los amaneceres de
Manuel Silvela, lo cierto es que ella asume la carga de la culpa, se
considera en cierto modo responsable de la muerte anunciada del cubano,
o al menos de haberle privado de una última despedida, como la que Ilse Lund le
negó a Rick Blaine en la Gare de Lyon.
5.
Madre y esposa de
poetas, mujer que comenzó siendo lo que se esperaba de ella para florecer en su
viudedad, convertirse en una presencia común en los eventos y saraos del Madrid
de la Transición y acabar como la cuidadora inquebrantable de su hijo Leopoldo
María en su largo periplo por los sanatorios, lo cierto es que Felicidad Blanc
ha sido constantemente ninguneada. Escritora ella misma, escasamente editada en
su tiempo, se la recuerda sobre todo por Espejo de sombras, unas
memorias escritas en colaboración con la periodista Natividad Massanés y
publicadas en noviembre de 1977, poco más de un año después del estreno de El
desencanto, y a rebufo de la película, que impactó al público y que la elevó
a un paradójico estrellato de culto. Durante años ese libro se convirtió
en una especie de Grial de los panerólogos, aunque en el fondo nunca fue
tan difícil de conseguir (yo tengo la primera edición de Argos Vergara desde hace
mucho). Ahora, de un modo paradójico, como todo en la vida de Blanc, ha entrado
por la puerta grande en el canon literario en castellano al incluirse Espejo
de sombras en la colección Letras Hispánicas de Cátedra, en una cuidada
edición de Virginia Trueba Marín.
6.
En Espejo de
sombras Casey tiene su pequeño huequito, como en la película, y lo que se
cuenta ahí no dista mucho de lo que la propia Felicidad comparte con Michi, y
con nosotros, en el film. En el libro, en el último capítulo, significativamente
titulado Yo misma, el que narra su vida después de la muerte de su
marido, nos dice: Mi capacidad de amar, algo que había sido un poco la clave
de mi vida, se había adormecido también. Quizá el amor necesite de un entorno,
un clima que por entonces me faltaba. Mis preocupaciones alejaban esos ensueños
a los que había sido tan aficionada. Eso explica que pasara cerca de mí una
persona tan extraordinaria como Calvert Casey y casi no me diera cuenta de su
persona hasta su muerte. Habla de la primera vez, cuando lo trajo Vicente,
de la tartamudez, de que ella compartió sus recuerdos con él, de que él le dedicó
su libro con la bella frase sobre la intuición de la dicha. Y añade, quién sabe
si reconstruyendo o inventando algo desde el a posteriori ya
irreversible del suicidio, Al despedirnos noté su mirada como suplicante,
como si pidiera algo. Me habló de que se marchaba al día siguiente, de la hora
en que salía su tren. Ella no se anima a ir, no habían quedado, Molina le
confirma que él la esperó hasta que el tren empezó a deslizarse por las vías.
Irreparable. Durante meses y meses viví pensando en él con la convicción
absoluta de que recogería mis pensamientos. De que más allá de la muerte mi pensamiento
lograría hacérselo saber.
7.
Si Felicidad se
cruza en sus vidas, o en lo que escriban, tengan por seguro que les ocurrirá
lo que a mí me acaba de ocurrir: tomará el puesto central, les obligará a
escribir sobre ella, a contemplarla a ella, con un magnetismo difícil de
definir. Casey era abiertamente homosexual, en aquel momento estaba en una
relación especialmente complicada con un italiano llamado Gianni, con el que
vivía y luego dejó de vivir en Roma, y al que le dedicó una novela, Gianni,
Gianni, que destruyó poco antes de su muerte, dejando que sobreviviera
apenas un capítulo, el último, convertido en un relato del que hablaremos en
seguida. Eso no impedía a Felicidad el enhebrar un amor platónico basado en unas
confidencias de ella al tartamudo Calvert, que sin duda quedó fascinado
por ella, como todo el mundo, pero que estaba, de algún modo, ya
sentenciado. Valente, que fue compañero suyo en la UNESCO de Ginebra, donde
ambos trabajaron de traductores, y que le dedicó bellos textos, declaró
abiertamente que, al huir definitivamente de una Cuba donde los homosexuales
estaban empezando a ser reprimidos cada vez más brutalmente por el castrismo,
que al principio había parecido una liberación comparado con el régimen de Batista,
Casey ya venía suicidado. Era cuestión de tiempo, era cuestión de que
muriera su madre, en Cuba. Él nunca se hubiera matado mientras ella estuviera viva.
Cuando murió su madre, él se mató.
8.
Calvert Casey murió
de una sobredosis de barbitúricos en su apartamento romano, sito en la via Gesù
e Maria, número 5, interno 4. El cadáver fue encontrado el 18 de
mayo de 1969, domingo. Según parece, le había dicho a la persona que le ayudaba
en las tareas domésticas, que se tomara el fin de semana libre. Hacía ya tiempo
que Gianni y él, que se peleaban continuamente, habían decidido vivir
separados. La muerte, pues, habría tenido lugar el 17 de mayo, sábado. Mañana
hace 57 años exactos. Como suele ocurrir, esta entrada se debe, en buena medida,
a ese azar. Ya me venía rondando desde hacía mucho, pero lo cierto es que me he
dado cuenta de la fecha mientras estaba mirando otra cosa. Como siempre, acepto
esos mandatos. Valente, en un texto suyo llamado también El regreso, incluido
en El fin de la edad de plata y dedicado a su amigo Calvert, da algunos
detalles: Ieri pomerigio… È stato trovato cadavere nella sua abitazione di
via Gesù e Maria… Giaceva a letto in una posizione che sembrava naturale ed
aveva a fianco un flacone vuoto di barbiturico. Encabezando el texto, dos citas.
Una, de El regreso de Casey: Pensó que ya nunca volvería a
tartamudear. Sintió que sonreía. La otra, de una indeterminada fuente de la
prensa romana del 18 de mayo de 1969: C.C. si è ucciso en esilio.
9.
Si la valía de una
persona se midiera por la talla de quienes escribieron sus elogios fúnebres,
sus elegías, sería difícil competir con Calvert Casey. A los ya mencionados
Felicidad Blanc y José Ángel Valente habría que unir nombres como el de María
Zambrano, Guillermo Cabrera Infante o Severo Sarduy. Muchos de ellos
participaron en un número especial de la revista barcelonesa Quimera en
1982. Fue ahí donde se publicó ―póstumamente, pues― ese capítulo salvado de Gianni,
Gianni, que apareció con el título de Piazza Margana, un título que
una y otra vez, en los lugares más variados, de mano de autores descuidados o
aparentemente eruditos, se transcribe inadecuadamente como Piazza Morgana,
lo cual no deja de tener, claro, un interés especial para mí.
10.
Pero no: es Margana.
Esa plaza existe, en Roma, cerca de la via delle Botteghe Oscure, de tan
evocador nombre, cerca del hotel en Largo di Torre Argentina, donde pasé
unos días de febrero y marzo de 2015, en mi año sabático. Para entonces ya había
leído a Casey, y a los autores que se ocuparon de él. Fue un peregrinaje
modesto y un poco sobrevenido, pero lo cierto es que una mañana temprano me vi en
esa placita, que recibe su nombre de la familia de los Margani, que
construyeron allí su famosa torre, que aún permanece. Anoté en mi cuaderno ese
día: triangular, muy hermosa, escondida. Ya había estado varias veces en
Roma, pero nunca había ido allí. Volví en 2019. Me senté en una terraza. Anoté
más cosas. Se convirtió en uno de esos lugares privilegiados de la memoria. No
sólo porque sea, de algún modo inexacto pero mágico, una plaza dedicada a
Morgana, que en italiano es casi un modo de referirse a los espejismos, sino porque
Piazza Margana, el último cuento de Calvert Casey, su relato póstumo es,
sin duda alguna, uno de los cuentos más extremos que se hayan escrito, uno de
esos en los que verdaderamente se demuestra el dictamen de Rilke en las falesie
de Duino: que la belleza es el comienzo de lo terrible.
11.
Según cuenta Rafael Martínez
Nadal, que fue quien conservó y publicó el cuento ―también fue el responsable de
la decisiva edición de los textos inéditos de El público y Comedia
sin título de Federico García Lorca en aquel bello libro de Seix Barral―,
Casey se lo dio diciendo que lo había escrito en inglés, su segunda lengua,
porque él sabía que debía escribirlo en italiano, pero no era capaz de hacerlo.
En efecto, Casey, nacido en Baltimore, de padre estadounidense y madre cubana,
era bilingüe y alternó periodos de su vida de un lado y otro de la breve franja
de agua que separa la isla de Cuba del gigante del Norte, pero sus relatos,
salvo éste, están escritos en castellano. Fue justamente Vicente Molina Foix quien
se encargó de la traducción para Quimera. No he podido cotejar ese texto
con el original. En todo caso, cualquiera que se acerque al cuento se dará
cuenta de que la explosión verbal abrumadora que contiene concede al traductor
margen suficiente como para ajustar los vocablos. En el vértigo anatómico al
que asistimos la precisión médica de la terminología y el ritmo progresivamente
más desbocado nos conducen a un lugar del lenguaje y de la narrativa donde rara
vez hemos estado.
12.
No es que el resto
de los cuentos de Casey no muestren un nivel altísimo. El regreso, In
partenza, por ejemplo, son también obras maestras. Pero no nos ocuparemos
aquí de la obra, por lo demás bastante exigua, del cubano. Piazza Margana,
tanto por las circunstancias de su creación y difusión como por la temática y
las herramientas utilizadas, se sitúa al margen de esa obra, como se sitúa al
margen de cualquier otra. ¿Con qué nos encontramos aquí? Es difícil de definir.
Una extrema experiencia verbal que traslada el anhelo de convertirse en el
amado, siguiendo acaso el mandato de la Mística: no hay que olvidar el gran
interés que Casey mostró, a partir de María Zambrano, por Miguel de Molinos, un
asunto que dejaremos para los últimos apartados de este breve recorrido. La corporalidad
del cuento se lleva a un límite a veces difícilmente soportable. La voz
narradora, en su primera persona, va describiéndose en el interior de cada uno
de los órganos, de cada uno de los lugares del intrincado paisaje interno de su
compañero. Un corte afeitándose, la repentina decisión, vampírica, de beber esa
sangre, le conduce a una ensoñación que la magia de las palabras va
convirtiendo en real. Como en esas películas de los sesenta en las que se
miniaturizaban a intrépidos científicos para que accedieran a los lugares más
recónditos del organismo, nuestro amante se inscribe en la
interioridad más puramente carnal del amado. Es, verdaderamente, un viaje
alucinante.
13.
Ya he entrado en
tu corriente sanguínea. He rebasado la orina, el excremento, con su sabor dulce
y acre, y al fin me he perdido en los cálidos huecos de tu cuerpo. He venido a
quedarme. El
narrador dice haber alcanzado la dicha suprema, usando ese término, dicha,
que le hemos visto estampar en el ejemplar de El regreso de Felicidad
Blanc. El viaje no deja rincón por explorar. Se toma su tiempo: sin prisa,
sin prisa. Dejar que mi mejilla repose eternamente junto al tejido sanguinolento
y descarnado de la caja torácica, llegar a probar todas tus glándulas, engullir
los ojos como se engulle un huevo, mirar las cuencas vacías noches y más
noches, alimentarme de los pies semanas y semanas… nada queda fuera de esa
voracidad colonizadora. En 1969 la astronáutica está en auge, poco después de
que Casey acabe con su vida, Neil Armstrong caminará por la luna. Todos los
habitantes del globo (lo sé, yo era uno de ellos, aunque fuera aún un niño) soñábamos
con el Cosmos, con su variedad infinita de planetas, consumíamos con avidez
relatos y series de ciencia ficción. Ningún astro en ninguna galaxia resulta
tan misterioso y evocador como el que describe Casey, ningún paisaje imaginable
es tan rico y tan bello y tan terrorífico como el país de detrás de la piel. Él
lo sabe: Mi proeza es tan completamente nueva y sin paralelos que aún no ha
sido igualada.
14.
¿Qué hay ahí,
entonces, en ese ignoto territorio? Una quietud, una libertad sin límites. El
tiempo ha sido obliterado. Tú eres el Tiempo. Puedo hacerlo todo, puedo
escalar tu lengua y lamer y apretujarme en otra boca, me lanzo de cabeza por la
espina dorsal, a lo largo de días, semanas, meses, puedo alojarme en tu retina,
emprender viajes de placer por la pupila con objeto de echar una ojeada al
mundo exterior. Hago tiempo, hago tiempo en el atrio del corazón, porque la
exploración decisiva es la última, la de tu cerebro, al que la mayor bolsa
del mundo en el día del crack, la estación ferroviaria más grande del mundo no
pueden igualar. Y entonces el lenguaje se hace más suntuoso, nos lleva por el
parque de atracciones de los términos de la anatomía, de la fisiología: medulla
oblongata, arborum vitae, duramadre, calvaria, meninge, infundíbulo (¡el
infundíbulo, oh Paradiso!). Agotados por la expedición, nos tendemos en el tálamo
a dormir. Ondas rugientes que vienen de los tímpanos, ondas destructivas de
las neuronas, que llegan de todos lados, todo nos ensordece, nos electrocuta,
nos acoge, nos abraza, pero es en el torrente sanguíneo donde preferimos estar,
porque es de ese modo como llegamos al corazón.
15.
Por fin soy yo tu
corazón, dice
la voz, y entonces, sí, entonces, entra el italiano, inevitablemente: Sono
il tuo sangue! Quello que senti rimbalzarti dentro, questi brividi, questa
strana gioia, questa paura, questa bramosia, sono io. Pero no has de tener
miedo, nunca volveremos a sentir la soledad, la terrible, verdadera, soledad
de la carne. La fusión se ha completado, y sigo deslizándome, en busca del
sexo, hago el largo viaje de descenso a la punta de tu polla. Todo ha
sido consumado: he entrado en el Reino de los Cielos y he tomado posesión de
él con todo orgullo. Ésta es mi concesión privada, mi heredad, mi feudo. No me
marcharé. Y el lector respira hondo, trata de recuperar el aliento, de
orientarse, pues el relato le ha dejado noqueado, y la nota al pie le arranca
una sonrisa. Dice que se publicó el relato en Quimera, y que algunas
referencias cubanas indican que el título podría ser Piazza Morgana. Como
si este aquelarre, estas fiestas de la carne, pudieran tener lugar en otra
plaza que ésta, triangular, muy hermosa, escondida.
16.
He leído muchas
veces este cuento, o este fragmento de novela, o este extraño poema en prosa.
La última, hace unas horas, cuando ya tuve claro que tenía que escribir esta
entrada. Recuerdo vívidamente la primera, esa sensación de prevención casi
física, ese desagrado mezclado con reverencia, que corresponde adecuadamente a
lo sacer. Nunca he olvidado este cuento. He anotado muchas veces en mis
cuadernos Piazza Margana, como un recordatorio de que habría que hacer
algo con esto, de que habría que contar lo que supone el cuento para mí, y
la plaza, y Roma, y el nombre, y quién era Casey, esa figura tan peculiar, ese
hombre desdichado y brillante y también tartamudo y homosexual y perseguido por
ello, y atormentado en su amor por Gianni, del que no sé nada más, y acaso
nadie sepa, ese Casey al que todos los que trataron consideran, como dice
Cabrera Infante en su bello texto, que empezaron a tratar demasiado tarde, sólo
porque les hubiera gustado conocerle antes, disfrutarle antes, porque Calvert
pareció no durarnos nada. Es una historia extraña, como la de Felicidad Blanc,
con la que está inextricablemente unida. Hoy, aquí, en este texto atropellado que
va surgiendo a borbotones, estoy haciendo algo con esto. Se lo estoy
contando.
17.
Severo Sarduy,
también cubano, también homosexual, también un grandísimo escritor,
probablemente más importante que Casey, sin duda más importante que Casey, un
autor que me apabulló igualmente cuando entré en él hace unos años,
tiene también un bello texto elegiaco para Calvert, que se publicó en ese mismo
número de Quimera. Se titula El libro tibetano de los muertos. Cuenta
Sarduy que compró en el Tibet una agenda, o un cuaderno con pestañas con el
alfabeto occidental, que empezó a usar para registrar en él las direcciones de
todos sus amigos. Entonces Casey murió. Casey se mató. Y él no borró esa dirección,
ese nombre. Poco a poco, inexorablemente, otros fueron muriendo. Su gran amigo
Roland Barthes vació de golpe la B. A la larga, ya lo sabemos, todos
morimos. Esa agenda es, pues, un libro de muertos, un libro tibetano
que no es el Bardo, sino una mera sucesión de direcciones, entre las
cuales, probablemente, podamos encontrar la de Via Gesù e Maria.
18.
En 1980, María
Zambrano empieza a tomar notas que hablan de su relación con Calvert Casey. El
15 de noviembre escribe un artículo llamado Calvert Casey, el indefenso. Entre
el ser y la vida, que también acabaría en ese número 26 de Quimera.
Decir que un texto de Zambrano es maravilloso o de una profundidad insondable
es casi un tópico, no creo que ningún escrito suyo no se adapte a esa descripción.
En este caso el texto es además tierno, de una belleza esplendente, de una gran
tristeza. La figura de Casey la lleva a reflexionar sobre la inadecuación
esencial entre el ser y la vida. La circunstancia en que uno existe
es, puede ser, una cárcel, especialmente si uno es una criatura herida por
la luz como lo era Calvert. La luz, que es también la de La Habana, que
Zambrano conoció bien, la ciudad de la que Casey, que pedía tan sólo no ser
interrogado, que le dejaran quedarse ―María habla acaso de su casa francesa
a la que Calvert llegó de la mano de Valente, pero la ambigüedad es posible―
tuvo que huir. Zambrano no conocía, en principio, cuando redactó ese texto, Piazza
Margana, se ocupa sobre todo de El regreso e In partenza, pero
su análisis es, como no podía ser de otro modo, certero. Ilumina, incluso, el
relato ausente, precisamente por eso, por no comparecer.
19.
Así, leemos en el
texto de Zambrano una larga cita de El regreso: Era como si entre él
y cada uno de los episodios de su vida, entre él y las gentes que conocía y que
parecían tenerle cierto apego, se interpusiera un vacío del que hubiera
extraído el aire, y los contemplara del lado de allá, lejanos, como objetos
tumefactos a los pocos segundos de nacer, incapaz de cruzar la terrible barrera
y tocarlos. Ahí, quizá, está la clave. Con su aguda intuición, María, al
seleccionar el fragmento, apunta a esa distancia insalvable entre los
amantes, entre los humanos todos. El tacto nos devuelve apenas un impulso eléctrico
que indica que nuestras células están muy cerca, casi tocando el
obstáculo, o la otra piel. Pero no hay contacto, o el contacto es eso
solamente, la repulsión eléctrica. Cuando vamos entrando más y más adentro del
cuerpo, nos descomponemos, nos desintegramos, nos damos cuenta de que el
objetivo del microscopio acaba con las nociones de mano, de dedo,
de uña, que todo tocarnos es apenas un conato, un amago,
que toda fusión es imposible. Por eso el desgarramiento de Piazza Margana, su
exceso, desesperado, su gozo exorbitante y aterrador: porque de lo que se trata
es de una experiencia mística, de lo que se trata es de un anhelo que sólo
puede satisfacerse si se trasciende justamente esa carne de la que hablan los
tratados de biología, si el que se abraza es el cuerpo glorioso, al que,
memorablemente, dijo que había que irse ya yendo María Zambrano en su última
conversación con otro personaje inolvidable, el poeta panameño Edison Simons.
20.
Casey había sabido
de Miguel de Molinos a través de la lectura de El hombre y lo divino, la
obra magna de María Zambrano. Cuando se encuentran, ella le deja su edición de
la Guía espiritual del místico aragonés, un libro que la había
acompañado desde su juventud. Al devolvérselo, el último día que se vieron, en
la casa de Valente en Ginebra, Casey exclamó, como repite Zambrano en su texto
varias veces: ¡Qué himno védico a la Nada, María! El plenum del
cuerpo en sus concavidades y meandros, en sus hilos y sus líquidos, en todos
los detalles repugnantes o gozosos de su existir-aquí, y también la Nada de
los dexados, el dejarse ir, el vaciarse. No es una antinomia. Antes
bien, es la verdadera explicación de Piazza Margana: cuerpos que se superponen,
se imbrican, se entrelazan, se interpenetran, se diluyen. En esa última
vez de Ginebra vuelven a hablar los tres, Valente, Zambrano, Casey, de la
conveniencia de una nueva edición de la Guía de Molinos. El proyecto se acabará
haciendo realidad, con la edición de Barral de 1974, que incluye un extenso
estudio de Valente. Casey ya llevaba muerto cinco años.
y 21.
Según nos apunta en
una nota al pie Virginia Trueba en su edición de Espejo de sombras, en
la primera publicación de ese libro, en 1977, en la colección de fotos que se
incluye en él aparece una de Calvert Casey, pero no está bien identificada. El
pie de foto hace referencia a Gregorio Prieto y Luis Cernuda. El rostro de
Calvert, acaso, sí, desvalido, sus gafas de pasta, su frente prominente
(calvita se nombra a veces con Cabrera Infante) quedan ahí, expuestos
sólo para los iniciados. Es un hombre que pasó sin hacer gran ruido. Un
escritor notable, pero que nadie incluye en canon alguno. Un ser humano que debió
de ser entrañable, pero que atravesó sin duda muchos periodos obscuros, grandes
sufrimientos. Alguien que dejó una huella imborrable en muchos gigantes de la
cultura hispana de la segunda mitad del siglo XX. Alguien que a veces emerge de
ese magma indistinto del pasado para volver a sumergirse en seguida. Alguien
que en su único poema, A un viandante de mil novecientos sesenta y cinco,
que dio en fechar en Septiembre 18, 2778, nos preguntó ¿A qué
teléfonos llamaste y nadie respondió? para acabar concluyendo Tu último paso
será tu último gesto. / Si encuentras a quien buscas y te detienes, rodarás
muerto a sus pies. Alguien que acaso a esta hora está contando las
pastillas del tubo de somníferos. Alguien de quien nos acordamos, porque somos
exiliados como él, exiliados en este cuerpo que a ratos le contiene, en este
cerebro grande como una estación de trenes, en estos dedos que creen que tocan
las teclas con las que componen la palabra fin.
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