Ahora
estoy lejos de las olas del mar,
pero
cerca del recuerdo.
ZEAMI,
Matsukaze
1.
La playa de Suma
está en Kobe, Japón. Es, al parecer, un sitio no especialmente atractivo en la
actualidad, pero históricamente fue señalado en diferentes obras, notablemente
el Genji Monogatari, como un lugar de exilio, y de posible interacción
con las entidades del Más Allá. Si ya de por sí toda playa es un espacio liminal,
un umbral que separa ámbitos radicalmente distintos ―lo seco y lo húmedo, la
tierra y el agua, la ciudad y la vastedad inhabitable―, en este caso nos
encontraríamos en una frontera permeable, que acoge manifestaciones inesperadas
y a donde tienden a retornar espíritus que no han sido capaces de romper con
los apegos que les conectan al mundo de los vivos. Así, al menos, se nos
presenta en la muy notable obra de teatro Nō, o Noh, Matsukaze,
del gran autor y tratadista de esa forma artística, una de las más bellas
creadas nunca por el género humano, Zeami, que vivió en el siglo XIV.
2.
Una representación
de teatro Nō involucra tantos aspectos de escenografía, vestuario, simbología,
música, coreografía, poesía, etc., que sería vano intentar aquí ni siquiera
entrar en una mínima descripción de lo que acontece en la pieza mencionada. Nos
limitaremos a algunos aspectos básicos de la trama. Hay un monje, un bonzo,
que llega a la playa. Hay dos hermanas que ejercen fatigosamente su oficio de
salineras. Hay el recuerdo de un poeta que pasó por la playa y dejó apenas a
sus enamoradas un sombrero oficial, un traje de corte, que ellas
guardan, incapaces de resignarse a la marcha definitiva de su visitante de
antaño. Ese poeta célebre, Ariwara no Yukihira, escribió, mientras se encontraba
en el exilio en ese paraje, unos versos que resuenan en la obra:
Si alguien
pregunta por mí,
contéstale que
llevo una vida discreta
en la playa de Suma,
dedicándome a
quemar sal.
3.
Aunque los
espectadores conocedores de esta forma de teatro, con toda seguridad, no lo
ignorarían, en un momento dado las dos hermanas, Matsukaze (cuyo nombre, que es
el de la obra, está relacionado con el viento de otoño) y Murasame (que evoca
los chaparrones de esa misma estación), revelan que son dos fantasmas:
Éramos nosotras
las que estábamos
enterradas bajo
la capa de musgo
que crece al
pie de aquel pino.
A decir verdad,
somos los espectros
de las dos
salineras.
En ese ambiente
sobrenatural, onírico, poderosamente melancólico, se nos muestra a Matsukaze y
Murasame consagradas a su particular suplicio circular: acarrear agua
del mar en la playa de Suma, para luego, calentándola en el fuego, y provocando
así su evaporación, obtener una mísera cosecha de sal que asegure su
manutención. Es un gesto repetido de un pasado ancestral en que las dos
hermanas estuvieron vivas, si es que no fueron simplemente la personificación
del otoño, esa estación del año en la que ya hemos entrado y que es el
territorio inalienable de los atrabiliarios.
4.
En el capítulo 19 de
Caballos desbocados, Yukio Mishima hace asistir, en Osaka, al juez Shigekuni
Honda, protagonista que atraviesa las cuatro novelas de su tetralogía terminal
El mar de la fertilidad, a una representación de Nō en la que la
obra es justamente Matsukaze. La emoción que Honda siente queda bien
patente en el relato que hace de la función, con toda su carga ceremonial y su
contenido vivamente numinoso, y en las consideraciones y meditaciones a las que
esa contemplación le lleva. Fue así, el 8 de mayo de este año, mientras viajaba
en un tren a Barcelona, como supe de la existencia de Matsukaze. Desde
muy joven ya me había interesado el teatro Nō y disponía del tratado Fushikaden
del propio Zeami, que publicó hace ya tiempo Trotta. En tiempos recientes he
ido y he vuelto muchas veces a la cultura japonesa, con una fascinación que a
ratos me resulta inexplicable y que en alguna medida ya se ha hecho presente en
otras entradas de este blog. Mientras leía el relato de Honda seguí sus
pasos y fui escalando por esa especie de peldaños de aire hacia ese instante de belleza
suprema que él sabe irrepetible, efímero, del que lo único que se podrá hacer
es conservar celosamente su memoria, la memoria de su profunda contingencia, de
su falta de propósito. Y a través de ese recuerdo, proustianamente, acceder al
lugar al que, quizás, intenta conducirnos siempre la gran literatura: al Tiempo
esencial, que se parece tanto al notiempo.
5.
Los viajes en tren
son propicios para estas breves iluminaciones, porque proporcionan, si uno es
mínimamente afortunado, unas horas de recogimiento que hoy son difíciles de
obtener de otro modo. El hecho de ser conducido, trasladado, sin concurso de la
propia voluntad, que apenas ha tenido que ser capaz de transportar el cuerpo
hasta el asiento, enchufar los auriculares con reducción de ruido, por mucho
que se viaje, ay, en el vagón de silencio, seleccionar algo de Bach,
probablemente, y sumergirse en la lectura, esa pasividad deseada y asumida,
están en la clave de todo. En ese viaje a Barcelona, en el que Mishima era un
compañero casi obligado, porque rondaba por ahí, ya lo saben Uds., Seppuku, de Liddell, vista unos meses antes y
revista otros meses después, yo me sentí conmovido con la descripción que
Mishima hacía de la descripción de Honda. Cuando salí en Sants ya era otro,
diferente al que partió de Atocha, como siempre me pasa. Ese nuevo yo danzaba
como una máscara de teatro Nō entre el tráfico. Luego, cuando hubo que estar
atento a los semáforos y gestionar las triviales cuestiones de todo check
in la pieza quedó en suspenso. Pero la resonancia no se apagó del todo.
6.
Así, un poco
después, en La Central de Mallorca, una de mis visitas rituales irrenunciables
cuando me apeo en la Ciudad Condal, me topé, de una manera completamente
inesperada, con un librito publicado por la benemérita editorial Satori, que
está realizado un importante esfuerzo por transportar la literatura japonesa a
los moldes de la lengua castellana directamente, sin el engorro y el desatino
de las dobles traducciones, de las que ya tantas veces me he declarado enemigo
(Caballos desbocados, o por mejor decir Runaway horses, el libro
que leía en el tren, estaba en inglés, pues la traducción de Alianza no es
directa). El libro que vi en La Central era, sí, Matsukaze, el primero
de la colección Clásicos del teatro Noh. No son inusuales tales azares,
pero éste me pareció especialmente propicio. Por supuesto, compré Matsukaze y
me puse a leerlo inmediatamente, en Barcelona, disfruté de la muy ilustradora
introducción de José Pazó Espinosa, editor de la obra, y me sumergí en la magia
de la playa de Suma.
7.
Honda recoge la
canción con que las hermanas aparecen por primera vez en escena, cantando a
dúo,
¡En este
flotante mundo, qué cosa más banal
es tener que
vivir una vida tan corta
tirando de un
carrito cargado con agua de mar!
Uno se las imagina,
con sus pasos pautados, ejecutando esa tarea circular, un suplicio de un Sísifo
trasladado a la planitud de un litoral, extrayendo del inagotable mar mínimas
cantidades de líquido salado, pergeñando su modesta alquimia de extracción del
sedimento, retornando otra vez con el carrito a recomenzar ese mismo proceso
sin progreso posible, perfecto en su inevitabilidad, en su inutilidad práctica,
para esos fantasmas que apenas se conocen ya, que apenas recuerdan, que apenas
saben por qué, para qué están ahí, por qué, para qué, van y vienen, van y
vienen, como las olas, con igual desconocimiento, vienen y van en la playa de
Suma.
8.
En uno de los
momentos más bellos de una obra que es un puro conglomerado de sublimidades,
las hermanas nos revelan que, transportando el agua del mar, llevan consigo
también, en sus carritos, la luna que en ella se refleja, una luna duplicada,
una para cada hermana. Son carritos pequeños, adaptados a sus fuerzas, pero aún
así cabe en ellos ese astro lechoso, amarillo, que, de ese modo, participa de la
mecánica de su vaivén: recoger agua es como recoger la luna reflejada en el
agua, y cuando esa agua arde se pide Que el humo que sale al
quemar la sal tenga cuidado de no empañar la luz de la luna. En ese vacío
de la playa, apto para la revelación, se producen acontecimientos
prodigiosos como ése. ¿Volverá el poeta? ¿Es el bonzo acaso su espíritu? Quién
sabe. O qué importa. A cada noche, las dos hermanas de octubre, el viento y la
lluvia otoñales, llevan la luna de un lado para otro y hacen que la luna
ascienda, cuando el agua se evapora, para que el reflejo se reencuentre con su
objeto. Matsukaze y Murasame son, quizás, felices, en el circuito de su
tormento, en el ritornelo de su amor inasible, como feliz se imaginaba Camus a
Sísifo.
9.
La playa de Suma es,
pues, un lugar de manifestación, un ámbito de hierofanía, y sobre su arena el
viento borra las pisadas que la lluvia había escrito, y eso ocurre cada vez, ocurre
desde siempre y para siempre, de igual modo que las estaciones sempiternamente
se suceden unas a otras, de igual modo que las olas se superponen, se devoran,
se acoplan en trances amorosos, constituyen sus dinastías interminables. Porque
eso es el mar, ese mar inagotable del que las salineras extraen apenas breves
cápsulas de infinito. Cuando era niño me contaron, a todos los niños de mi
época nos contaron, no sé ni dónde, acaso en aquellas clases de religión tan desabridas
de catecismo y penitencia para niños aún inmaculados, que a San Agustín un día
se le reveló la inabarcabilidad del misterio de la Trinidad así, en una playa,
en la que un niño se afanaba en, cubito a cubito, trasladar esa inmensa masa
líquida a un pequeño hoyo en la arena, que había cavado con su palita, esas
palas, esos cubos que nosotros, en esos seis, siete, ocho años, manejábamos con
destreza y ahínco, esos hoyos que incansablemente producíamos en unas playas
que se obstinaban en volver a resetearse una y otra vez, a cada nueva ola. No,
no cabe el mar en un agujero en la arena, no cabe el Misterio en la cabeza de un
hombre, esa era la moraleja. La leyenda de mi santo homónimo me ha acompañado
desde siempre, como una de esas cosas que se aprenden demasiado pronto, quizás
innecesaria, inadecuadamente. Pero yo sé hace mucho ya que el mar sí cabe
en un hoyo, es más, que todo hoyo en una playa es un mar, que todo mar es un pequeño
agujero en nuestros corazones, que el latir es también un oleaje.
10.
No hay mar en las Postrimerías.
La Jerusalén Celeste no tiene playa. La ultratumba que propone el libro de la Revelación
es árida y no es propicia a esos territorios movedizos, caóticos,
ingobernables, que acaso le recordaran demasiado al de Patmos a la mesopotámica
diosa Tiamat, de enorme cuerpo, sobre cuyo substrato se edificó todo el
entramado de creencias y relatos de las mitologías del Próximo Oriente. Sí, al
final del Apocalipsis, en el capítulo 21, que es el penúltimo, se nos
describe la Ciudad Celeste de este modo: Vi un cielo nuevo y una tierra
nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido, y el mar
no existía ya. Aunque luego, en el siguiente versículo, se describa con
minuciosidad de agrimensor la Nueva Jerusalén, nuestros ojos, tan tristes, ya
no han podido continuar transitando esas líneas de texto menudo en la hoja de papel
biblia. El mar no existía ya. Si el mar no existía ya, ¿qué importa
lo que exista entonces? Si no hay mar, ¿quién quiere vivir en ese Paraíso? Ah,
si el precio por derrotar a la Bestia era acabar con todo lo que se le asemeja,
acaso habría que haberse pensado mejor de qué lado estábamos.
11.
Si no hay mar no hay
olas. Si no hay olas no hay relojes. Si no hay relojes no hay tiempo. Si no hay
tiempo no hay vida. Si no hay vida, el reino de las Postrimerías es un reino de
muerte. El mar es el latido, y se siente aunque uno esté lejos, aunque uno esté
antes o después. Matar el mar es matar a la Madre de todas las cosas. Es verdad
que el tiempo del oleaje es aperiódico, que la escala de ese mecanismo es
profundamente no humana, que contar ondas es descontarse inevitablemente, que a
veces la resaca nos lleva hacia un dentro en el que no podremos sobrevivir, o
la galerna nos trae una lengua de agua en la que anegarse será, sí, convertirse
en un habitante del otro lado, en una hermana más de las hermanas. Pero no
podemos matar el mar. Matar el mar es condenarnos a una eternidad de sequedad,
y de esa noche obscura del alma no nos puede sacar ya nadie, porque justamente
el dios que gobierna ese páramo se llama Noche Obscura.
12.
En el interesante, y
bastante socarrón (es una de las marcas de la casa) relato El gran Serafín,
publicado en la colección de cuentos a la que presta el título en 1967, Adolfo
Bioy Casares nos traslada a una pequeña, apartada playa en el litoral
argentino, un poco más allá de Mar del Plata o Miramar, pero también con el mar
en el nombre, en un nombre que igualmente acoge al del matador de dragones: San
Jorge del Mar. Dragones, leviatanes, ballenas blancas, diosas primordiales,
fuerzas incontrolables, entidades ajenas: el mar es pura amenaza y navegarlo
siempre fue un modo de perder la vida, de no saber de qué lado del mapa
acabaríamos emergiendo. En San Jorge del Mar todo es banal, pobretón, vanamente
pretencioso, aburrido. Nuestro protagonista, el ya no joven Alfonso
Álvarez, con esa doble A que no deja de ser un guiño a las alfabéticas iniciales
de su creador, pretende realizar allí una cura, recuperar el equilibrio
de su salud quebrantada. La belleza del paraje, pleno en acantilados, es
innegable, pero desde el comienzo se siente un olor nauseabundo, sulfúreo, el
aire se va cargando más y más, se abren grietas profundísimas en el suelo, la
temperatura asciende, se suceden, en suma, los signos que aparecerán antes
del fin de los tiempos.
13.
Sí, en El gran
Serafín, de manera manifiestamente sarcástica, una colección de seres
mediocres, acogidos en una casa de huéspedes, cuya dueña tiene la ambición de
redefinir su negocio ahora que las aguas se han vuelto termales, asiste
al fin del mundo, con entereza o inconsciencia dignas de mejor causa. El relato
es pródigo en imágenes muy vívidas: unas alas enormes que emergen de esa grieta
volcánica, una multitud de peces y monstruos marinos agonizando entre boqueadas
en una extensión desmesurada de lo-que-era-el-mar, ese mar que se ha retirado
hasta desvanecerse, hasta hervir, como el agua de las salineras, convirtiendo
la playa en un desierto, pues una playa en la que ya no hay mar es simplemente
un desierto de arena. Así son las cosas: el Apocalipsis alcanza a todos, y no
todos son, o somos, o seremos, Juan de Patmos, a veces nos llamamos Alfonso
Álvarez y bastante tenemos con lidiar con la estulticia de quienes nos acompañan
en tal trance, camaradas aleatorios con los que nos enfrentaremos a la muerte
del mar sin arma alguna que poder oponer a ese fenómeno gigantesco, sin
argumentos con los que intentar contradecir el crudelísimo designio de un dios
que ha optado por la boca seca.
14.
En un enigmático
aforismo, de los cientos y cientos que produjo a lo largo de las décadas Elias
Canetti, puede leerse (en la traducción de Juan José del Solar):
De
improviso llegó a su fin toda fe. Una sensación de dicha infinita se apoderó de
los hombres. Cada cual bailaba consigo mismo hasta caer exhausto. A cierta
distancia de los otros, cada cual volvía a levantarse. El sol resplandecía con
más intensidad. Pero el aire era tenue. El mar se volvió incomprensible.
¿Qué es un mar incomprensible?
En esa especie de gozoso Apocalipsis inverso que nos pinta Canetti, una
humanidad liberada de toda fe, de toda necesidad de transcendencia, ha
dejado de entender el mar. Esa potencia abrumadora, esa extensión
inagotable, ha desaparecido de los intereses de esos nuevos seres humanos, que
se contentan con bailar, caer, levantarse, tomar el sol, respirar con ligereza.
Tiamat, de nuevo masacrada, o quizás tan sólo ignorada, superada. Esa Postrimería
tampoco tiene mar, pero no hay sequedad en ella, lo que hay es un gran alivio.
Porque el mar pesa sobre los hombros de la tierra, y está siempre a punto de
derramarse definitivamente, en el paso titubeante de Atlas.
15.
El adjetivo original
del que proviene la traducción incomprensible es en sí mismo complejo. No
se trata del más esperable unverständlich, sino de unbegreiflich.
Begreif y Verstehen parecen plantearse como sinónimos, pero greifen
sería agarrar, así que begreifen podría llevarnos a un aprehender,
un incorporar, más que a la operación de distancia que el entendimiento de verstehen
(que equivale a understand) plantea. Es algo, creo, más físico: lo
inasible. El mar se volvió inaprehensible, inasible. El gran estudioso de
la masa que fue Canetti entiende que justamente el final de la fe es el final
de la masa, el nacimiento de una humanidad disgregada, en el que cada uno cae
rendido en plena dicha a su modo, por su lado. Toda lejanía se hace innecesaria,
toda exploración a lo inaccesible se convierte en algo ya banal. Y entonces,
quizás, el verdadero programa de toda la obra de Canetti pueda de una vez
ponerse en marcha: acabar con la muerte, acabar físicamente con
la muerte, combatirla de todos los modos posibles. Esa inmortalidad linda, de
nuevo, con tierras del interior, con mares imposibles. Las olas, mientras,
impertérritas, siguen rompiendo.
16.
Hace veinticinco
años casi exactos tuve el extraño privilegio de recorrer algunos parajes del
extremo Sur, de la Patagonia argentina. En uno de ellos, Península Valdés,
asistí a un espectáculo inolvidable. Primero muy cerca de ellos, en la playa,
en otra playa esencialmente extraterrestre, luego desde la altura de un
acantilado, pude contemplar a los elefantes marinos. Son criaturas imposibles,
masivas, malolientes, de movimientos lentos en la tierra, rápidos en el agua,
su elemento. Alineados a lo largo de la playa, contemplados desde una altura
que resultaba protectora para ambas formas de vida, la mía, la nuestra, y la
suya, tan frágil en realidad, tan indefensa ante la depredación feroz e incombatible
de la Humanidad, comprendí que estaba contemplando a una dinastía de dioses
ancestrales, que estaba en presencia de seres cuyo existir más potente me
aniquilaría, ángeles verdaderos sin el ropaje luminoso de las vidrieras o el
cabello rubio de las ilustraciones de los libros piadosos. Supe así que el
universo era, en verdad, atroz, majestuosamente atroz. A ratos, alguno se
arrastraba por la arena, se volvía a sumergir. Yo estaba del lado de acá,
y sólo por un momento ese vislumbre me mostró que el lado de allá era
justamente el lado donde los Apocalipsis tenían lugar, donde los fantasmas
habitaban, donde los Misterios se resolvían, donde vivir era algo más que estar
vivos. Supe todas esas cosas y me sentí pequeño, muerto de frío, condenado
apenas a vagar por las páginas, expulsado de toda playa.
17.
En uno de esos
versos que memoricé en mi infancia, en aquellos poemas
de 1977 de los que escribí ya por aquí, se encerraba una imagen que no he olvidado
en estos casi cincuenta años. El autor es Blas de Otero. El poema aparece con
títulos diferentes en dos libros distintos. En el primero, en la apertura del fundacional
Ángel fieramente humano, se llama Lo eterno. En la refundición de
ese Ángel con el siguiente libro, Redoble de conciencia, que se
dio en titular Ancia, el poema se denomina, significativamente, La
tierra. De la eternidad hemos pasado a lo telúrico. Como todos los poemas
de Otero esa época (hablamos de los primeros cincuenta), el tono desolado de
una mística fracasada de ese ángel que no sólo es humano sino que lo es fieramente,
nos conmueve. Por eso, cuando llegan los últimos tres versos nos sentimos
golpeados
…El mar ―la mar―,
como un himen inmenso,
los árboles
moviendo el verde aire,
la nieve en
llamas de la luz en vilo…
Y así, en esos
puntos suspensivos se cierra el poema, y se abre el tránsito del ángel
terrenal.
18.
El niño que leía ese
poema, en la antología de Cátedra que compró de la mano de su padre, apenas
había incorporado, si es que lo había hecho, a su vocabulario la palabra himen,
en ese tiempo de tabúes y silencios. Pero ese hermafroditismo de la mar el mar,
resuelto en esa idea de membrana, en esa idea de algo flexible, penetrable,
fracturable, en ese inmenso que no parecía mostrar piedad alguna,
obviamente marcaron la lectura, porque durante muchos años he vuelto a la
imagen. Apenas hace unos meses intenté desentrañarla, es decir, desactivarla. Esto
es lo que escribí, presumiblemente inútil:
La
imagen de una continua interpenetración de las olas, del mar contra el mar, que
no consigue perforar esa superficie que lo define y que revelan las llamas de
la luz, se condensa en la atrevida metáfora del himen, que parece llevarnos a
ese El mar – la mar, con la ambigüedad de género gramatical y de sexo
del mar, devenido así hermafrodita, en perpetua pugna de apareamiento. Todo el
poema es convulso, y desolado metafísicamente, acorde al tono del libro. Pero
la muerte, desde dentro, ve. No sirve cerrar los ojos, se trata de ir a
contramuerte.
19.
En El gran Serafín,
de repente, el mar se ha parado. Hay una cosa que nunca deja de
moverse en el mundo: el mar. Hay un reloj que siempre funciona. Lo hacía mucho
antes de que la Humanidad apareciera, lo seguirá haciendo cuando nos hayamos
ido, si es que antes no hemos matado a todos los mares. Hay un viajar de
mareas, una pelea sin vencedor posible entre las olas, hay faunas abisales que
nos salen a saludar del otro lado del grueso vidrio del batiscafo. Un mar en
parada cardiaca, el electrocardiograma plano del Gran Dios Pan, el pitido final
con el que se despide la emisión del Cosmos. Todo eso son asuntos graves. Sin
mar, ¿qué luna podrán acarrear las salineras? Sin playa, ¿dónde dormiremos al
alba, después de toda la noche despiertos? Sin brisa, ¿para qué nos abrazaremos?
Sin arena, ¿dónde nos tenderemos para besarnos? Si no hay mar, ¿cómo nos va a traer
la Arponera el ámbar gris de un cachalote?
20.
No somos capaces de
construir mares, pero sí desiertos. ¡También se muere el mar!, lloraba
Lorca ante la tumba de su amigo Ignacio, tan poco antes de ser él también
condenado al fin del oleaje entre sus sienes. También se muere el mar, los
mares, decimos, y no nos desdicen las caracolas fósiles en mitad de los continentes.
Más terriblemente, de una forma indeciblemente más atroz, podemos asistir a la
muerte del mar, no como lejanos estudiosos de las eras geológicas, sino como
partícipes de un desenlace irreversible asociado a la sobreexplotación, a la
carencia de respeto por los ritmos naturales. Cuando el niño que leía a Blas de
Otero recorría, feliz, interminablemente, los atlas o hacía girar el globo
terráqueo, siempre le sorprendía que la palabra mar se aplicara también
a los mares que estaban encerrados. Supo muy pronto del contradictorio Mar
Muerto. Sólo muchos años después pudo entender cómo esa sal era un cuchillo
para los labios, provocaba la dolorosa ceguera en los ojos que había que lavar
apresuradamente con agua dulce. Supo de los Grandes Lagos, del inmenso
Mar Caspio, del extraño apéndice que era el Mar de Azov. Supo que ser mar era
ser salado, en este mundo o en el otro. Las salineras bien podrían habérselo
explicado.
y 21.
Había otro mar que
el niño prefería: el Mar de Aral, en Asia Central. En aquellos mapas de los
primeros setenta, era tan mar como lo podría ser cualquier otro, le
correspondía el característico celeste, que en las cartografías más ambiciosas,
se teñía con diferentes tonos para marcar la profundidad de las aguas, del
mismo modo que los marrones mostraban las curvas de nivel del relieve de la
tierra. El Mar de Aral tenía agua, agua salada. Hoy ya no existe el Mar
de Aral, es apenas una breve lengua líquida acosada por el avance imparable de
un desierto desolado. En Pare cantaba Serrat, y yo con él tantas veces,
a la muerte del mar, de los ríos, y nos decía que si no hay peces ni leña
tendremos que quemar la barca. Las barcas que surcaban el Aral se embarrancaron
para siempre en ese estado definitivo de la entropía que es el desierto. Aral
no es ni siquiera un Mar Muerto, es un nomar, es el mar que fue, es un mar
al revés, un mar de lágrimas secas, pues en la noche obscura que transitamos ni
para fabricar lágrimas nos queda ya agua dulce que combinar con la sal de las
salineras. Hemos matado al mar y eso ha ocurrido mientras nosotros vivíamos, y
por ello, nuestro duelo será definitivo, cargaremos con una culpa infinita, mucho
más pesada que la roca de Sísifo, una carga que no nos dejará ser felices,
porque se irá incrementando cada día, porque seguiremos matando mares,
construyendo desiertos. Ah, si pudiera existir de verdad un dios al que alzar
nuestras plegarias, un dios de flores y frutos, un dios de viento y lluvia, un
dios que fuera capaz de darle la vuelta al mar de Aral y convertirlo así otra
vez en la vida. Tal vez entonces, cuando descendiéramos del tren, nos encontraríamos
con un oleaje inesperado, y volveríamos de nuevo, y ya para siempre, a ser
jóvenes.

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