domingo, 11 de octubre de 2026

Muerte del mar



Ahora estoy lejos de las olas del mar,

pero cerca del recuerdo.

ZEAMI, Matsukaze

 

1.

La playa de Suma está en Kobe, Japón. Es, al parecer, un sitio no especialmente atractivo en la actualidad, pero históricamente fue señalado en diferentes obras, notablemente el Genji Monogatari, como un lugar de exilio, y de posible interacción con las entidades del Más Allá. Si ya de por sí toda playa es un espacio liminal, un umbral que separa ámbitos radicalmente distintos ―lo seco y lo húmedo, la tierra y el agua, la ciudad y la vastedad inhabitable―, en este caso nos encontraríamos en una frontera permeable, que acoge manifestaciones inesperadas y a donde tienden a retornar espíritus que no han sido capaces de romper con los apegos que les conectan al mundo de los vivos. Así, al menos, se nos presenta en la muy notable obra de teatro Nō, o Noh, Matsukaze, del gran autor y tratadista de esa forma artística, una de las más bellas creadas nunca por el género humano, Zeami, que vivió en el siglo XIV.

 

2.

Una representación de teatro Nō involucra tantos aspectos de escenografía, vestuario, simbología, música, coreografía, poesía, etc., que sería vano intentar aquí ni siquiera entrar en una mínima descripción de lo que acontece en la pieza mencionada. Nos limitaremos a algunos aspectos básicos de la trama. Hay un monje, un bonzo, que llega a la playa. Hay dos hermanas que ejercen fatigosamente su oficio de salineras. Hay el recuerdo de un poeta que pasó por la playa y dejó apenas a sus enamoradas un sombrero oficial, un traje de corte, que ellas guardan, incapaces de resignarse a la marcha definitiva de su visitante de antaño. Ese poeta célebre, Ariwara no Yukihira, escribió, mientras se encontraba en el exilio en ese paraje, unos versos que resuenan en la obra:

Si alguien pregunta por mí,

contéstale que llevo una vida discreta

en la playa de Suma,

dedicándome a quemar sal.

 

3.

Aunque los espectadores conocedores de esta forma de teatro, con toda seguridad, no lo ignorarían, en un momento dado las dos hermanas, Matsukaze (cuyo nombre, que es el de la obra, está relacionado con el viento de otoño) y Murasame (que evoca los chaparrones de esa misma estación), revelan que son dos fantasmas:

Éramos nosotras las que estábamos

enterradas bajo la capa de musgo

que crece al pie de aquel pino.

A decir verdad, somos los espectros

de las dos salineras.

En ese ambiente sobrenatural, onírico, poderosamente melancólico, se nos muestra a Matsukaze y Murasame consagradas a su particular suplicio circular: acarrear agua del mar en la playa de Suma, para luego, calentándola en el fuego, y provocando así su evaporación, obtener una mísera cosecha de sal que asegure su manutención. Es un gesto repetido de un pasado ancestral en que las dos hermanas estuvieron vivas, si es que no fueron simplemente la personificación del otoño, esa estación del año en la que ya hemos entrado y que es el territorio inalienable de los atrabiliarios.

 

4.

En el capítulo 19 de Caballos desbocados, Yukio Mishima hace asistir, en Osaka, al juez Shigekuni Honda, protagonista que atraviesa las cuatro novelas de su tetralogía terminal El mar de la fertilidad, a una representación de Nō en la que la obra es justamente Matsukaze. La emoción que Honda siente queda bien patente en el relato que hace de la función, con toda su carga ceremonial y su contenido vivamente numinoso, y en las consideraciones y meditaciones a las que esa contemplación le lleva. Fue así, el 8 de mayo de este año, mientras viajaba en un tren a Barcelona, como supe de la existencia de Matsukaze. Desde muy joven ya me había interesado el teatro Nō y disponía del tratado Fushikaden del propio Zeami, que publicó hace ya tiempo Trotta. En tiempos recientes he ido y he vuelto muchas veces a la cultura japonesa, con una fascinación que a ratos me resulta inexplicable y que en alguna medida ya se ha hecho presente en otras entradas de este blog. Mientras leía el relato de Honda seguí sus pasos y fui escalando por esa especie de peldaños de aire hacia ese instante de belleza suprema que él sabe irrepetible, efímero, del que lo único que se podrá hacer es conservar celosamente su memoria, la memoria de su profunda contingencia, de su falta de propósito. Y a través de ese recuerdo, proustianamente, acceder al lugar al que, quizás, intenta conducirnos siempre la gran literatura: al Tiempo esencial, que se parece tanto al notiempo.

 

5.

Los viajes en tren son propicios para estas breves iluminaciones, porque proporcionan, si uno es mínimamente afortunado, unas horas de recogimiento que hoy son difíciles de obtener de otro modo. El hecho de ser conducido, trasladado, sin concurso de la propia voluntad, que apenas ha tenido que ser capaz de transportar el cuerpo hasta el asiento, enchufar los auriculares con reducción de ruido, por mucho que se viaje, ay, en el vagón de silencio, seleccionar algo de Bach, probablemente, y sumergirse en la lectura, esa pasividad deseada y asumida, están en la clave de todo. En ese viaje a Barcelona, en el que Mishima era un compañero casi obligado, porque rondaba por ahí, ya lo saben Uds., Seppuku, de Liddell, vista unos meses antes y revista otros meses después, yo me sentí conmovido con la descripción que Mishima hacía de la descripción de Honda. Cuando salí en Sants ya era otro, diferente al que partió de Atocha, como siempre me pasa. Ese nuevo yo danzaba como una máscara de teatro Nō entre el tráfico. Luego, cuando hubo que estar atento a los semáforos y gestionar las triviales cuestiones de todo check in la pieza quedó en suspenso. Pero la resonancia no se apagó del todo.

 

6.

Así, un poco después, en La Central de Mallorca, una de mis visitas rituales irrenunciables cuando me apeo en la Ciudad Condal, me topé, de una manera completamente inesperada, con un librito publicado por la benemérita editorial Satori, que está realizado un importante esfuerzo por transportar la literatura japonesa a los moldes de la lengua castellana directamente, sin el engorro y el desatino de las dobles traducciones, de las que ya tantas veces me he declarado enemigo (Caballos desbocados, o por mejor decir Runaway horses, el libro que leía en el tren, estaba en inglés, pues la traducción de Alianza no es directa). El libro que vi en La Central era, sí, Matsukaze, el primero de la colección Clásicos del teatro Noh. No son inusuales tales azares, pero éste me pareció especialmente propicio. Por supuesto, compré Matsukaze y me puse a leerlo inmediatamente, en Barcelona, disfruté de la muy ilustradora introducción de José Pazó Espinosa, editor de la obra, y me sumergí en la magia de la playa de Suma.

 

7.

Honda recoge la canción con que las hermanas aparecen por primera vez en escena, cantando a dúo,

¡En este flotante mundo, qué cosa más banal

es tener que vivir una vida tan corta

tirando de un carrito cargado con agua de mar!

Uno se las imagina, con sus pasos pautados, ejecutando esa tarea circular, un suplicio de un Sísifo trasladado a la planitud de un litoral, extrayendo del inagotable mar mínimas cantidades de líquido salado, pergeñando su modesta alquimia de extracción del sedimento, retornando otra vez con el carrito a recomenzar ese mismo proceso sin progreso posible, perfecto en su inevitabilidad, en su inutilidad práctica, para esos fantasmas que apenas se conocen ya, que apenas recuerdan, que apenas saben por qué, para qué están ahí, por qué, para qué, van y vienen, van y vienen, como las olas, con igual desconocimiento, vienen y van en la playa de Suma.

 

8.

En uno de los momentos más bellos de una obra que es un puro conglomerado de sublimidades, las hermanas nos revelan que, transportando el agua del mar, llevan consigo también, en sus carritos, la luna que en ella se refleja, una luna duplicada, una para cada hermana. Son carritos pequeños, adaptados a sus fuerzas, pero aún así cabe en ellos ese astro lechoso, amarillo, que, de ese modo, participa de la mecánica de su vaivén: recoger agua es como recoger la luna reflejada en el agua, y cuando esa agua arde se pide Que el humo que sale al quemar la sal tenga cuidado de no empañar la luz de la luna. En ese vacío de la playa, apto para la revelación, se producen acontecimientos prodigiosos como ése. ¿Volverá el poeta? ¿Es el bonzo acaso su espíritu? Quién sabe. O qué importa. A cada noche, las dos hermanas de octubre, el viento y la lluvia otoñales, llevan la luna de un lado para otro y hacen que la luna ascienda, cuando el agua se evapora, para que el reflejo se reencuentre con su objeto. Matsukaze y Murasame son, quizás, felices, en el circuito de su tormento, en el ritornelo de su amor inasible, como feliz se imaginaba Camus a Sísifo.

 

9.

La playa de Suma es, pues, un lugar de manifestación, un ámbito de hierofanía, y sobre su arena el viento borra las pisadas que la lluvia había escrito, y eso ocurre cada vez, ocurre desde siempre y para siempre, de igual modo que las estaciones sempiternamente se suceden unas a otras, de igual modo que las olas se superponen, se devoran, se acoplan en trances amorosos, constituyen sus dinastías interminables. Porque eso es el mar, ese mar inagotable del que las salineras extraen apenas breves cápsulas de infinito. Cuando era niño me contaron, a todos los niños de mi época nos contaron, no sé ni dónde, acaso en aquellas clases de religión tan desabridas de catecismo y penitencia para niños aún inmaculados, que a San Agustín un día se le reveló la inabarcabilidad del misterio de la Trinidad así, en una playa, en la que un niño se afanaba en, cubito a cubito, trasladar esa inmensa masa líquida a un pequeño hoyo en la arena, que había cavado con su palita, esas palas, esos cubos que nosotros, en esos seis, siete, ocho años, manejábamos con destreza y ahínco, esos hoyos que incansablemente producíamos en unas playas que se obstinaban en volver a resetearse una y otra vez, a cada nueva ola. No, no cabe el mar en un agujero en la arena, no cabe el Misterio en la cabeza de un hombre, esa era la moraleja. La leyenda de mi santo homónimo me ha acompañado desde siempre, como una de esas cosas que se aprenden demasiado pronto, quizás innecesaria, inadecuadamente. Pero yo sé hace mucho ya que el mar sí cabe en un hoyo, es más, que todo hoyo en una playa es un mar, que todo mar es un pequeño agujero en nuestros corazones, que el latir es también un oleaje.

 

10.

No hay mar en las Postrimerías. La Jerusalén Celeste no tiene playa. La ultratumba que propone el libro de la Revelación es árida y no es propicia a esos territorios movedizos, caóticos, ingobernables, que acaso le recordaran demasiado al de Patmos a la mesopotámica diosa Tiamat, de enorme cuerpo, sobre cuyo substrato se edificó todo el entramado de creencias y relatos de las mitologías del Próximo Oriente. Sí, al final del Apocalipsis, en el capítulo 21, que es el penúltimo, se nos describe la Ciudad Celeste de este modo: Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido, y el mar no existía ya. Aunque luego, en el siguiente versículo, se describa con minuciosidad de agrimensor la Nueva Jerusalén, nuestros ojos, tan tristes, ya no han podido continuar transitando esas líneas de texto menudo en la hoja de papel biblia. El mar no existía ya. Si el mar no existía ya, ¿qué importa lo que exista entonces? Si no hay mar, ¿quién quiere vivir en ese Paraíso? Ah, si el precio por derrotar a la Bestia era acabar con todo lo que se le asemeja, acaso habría que haberse pensado mejor de qué lado estábamos.

 

11.

Si no hay mar no hay olas. Si no hay olas no hay relojes. Si no hay relojes no hay tiempo. Si no hay tiempo no hay vida. Si no hay vida, el reino de las Postrimerías es un reino de muerte. El mar es el latido, y se siente aunque uno esté lejos, aunque uno esté antes o después. Matar el mar es matar a la Madre de todas las cosas. Es verdad que el tiempo del oleaje es aperiódico, que la escala de ese mecanismo es profundamente no humana, que contar ondas es descontarse inevitablemente, que a veces la resaca nos lleva hacia un dentro en el que no podremos sobrevivir, o la galerna nos trae una lengua de agua en la que anegarse será, sí, convertirse en un habitante del otro lado, en una hermana más de las hermanas. Pero no podemos matar el mar. Matar el mar es condenarnos a una eternidad de sequedad, y de esa noche obscura del alma no nos puede sacar ya nadie, porque justamente el dios que gobierna ese páramo se llama Noche Obscura.

 

12.

En el interesante, y bastante socarrón (es una de las marcas de la casa) relato El gran Serafín, publicado en la colección de cuentos a la que presta el título en 1967, Adolfo Bioy Casares nos traslada a una pequeña, apartada playa en el litoral argentino, un poco más allá de Mar del Plata o Miramar, pero también con el mar en el nombre, en un nombre que igualmente acoge al del matador de dragones: San Jorge del Mar. Dragones, leviatanes, ballenas blancas, diosas primordiales, fuerzas incontrolables, entidades ajenas: el mar es pura amenaza y navegarlo siempre fue un modo de perder la vida, de no saber de qué lado del mapa acabaríamos emergiendo. En San Jorge del Mar todo es banal, pobretón, vanamente pretencioso, aburrido. Nuestro protagonista, el ya no joven Alfonso Álvarez, con esa doble A que no deja de ser un guiño a las alfabéticas iniciales de su creador, pretende realizar allí una cura, recuperar el equilibrio de su salud quebrantada. La belleza del paraje, pleno en acantilados, es innegable, pero desde el comienzo se siente un olor nauseabundo, sulfúreo, el aire se va cargando más y más, se abren grietas profundísimas en el suelo, la temperatura asciende, se suceden, en suma, los signos que aparecerán antes del fin de los tiempos.

 

13.

Sí, en El gran Serafín, de manera manifiestamente sarcástica, una colección de seres mediocres, acogidos en una casa de huéspedes, cuya dueña tiene la ambición de redefinir su negocio ahora que las aguas se han vuelto termales, asiste al fin del mundo, con entereza o inconsciencia dignas de mejor causa. El relato es pródigo en imágenes muy vívidas: unas alas enormes que emergen de esa grieta volcánica, una multitud de peces y monstruos marinos agonizando entre boqueadas en una extensión desmesurada de lo-que-era-el-mar, ese mar que se ha retirado hasta desvanecerse, hasta hervir, como el agua de las salineras, convirtiendo la playa en un desierto, pues una playa en la que ya no hay mar es simplemente un desierto de arena. Así son las cosas: el Apocalipsis alcanza a todos, y no todos son, o somos, o seremos, Juan de Patmos, a veces nos llamamos Alfonso Álvarez y bastante tenemos con lidiar con la estulticia de quienes nos acompañan en tal trance, camaradas aleatorios con los que nos enfrentaremos a la muerte del mar sin arma alguna que poder oponer a ese fenómeno gigantesco, sin argumentos con los que intentar contradecir el crudelísimo designio de un dios que ha optado por la boca seca.

 

14.

En un enigmático aforismo, de los cientos y cientos que produjo a lo largo de las décadas Elias Canetti, puede leerse (en la traducción de Juan José del Solar):

De improviso llegó a su fin toda fe. Una sensación de dicha infinita se apoderó de los hombres. Cada cual bailaba consigo mismo hasta caer exhausto. A cierta distancia de los otros, cada cual volvía a levantarse. El sol resplandecía con más intensidad. Pero el aire era tenue. El mar se volvió incomprensible.

¿Qué es un mar incomprensible? En esa especie de gozoso Apocalipsis inverso que nos pinta Canetti, una humanidad liberada de toda fe, de toda necesidad de transcendencia, ha dejado de entender el mar. Esa potencia abrumadora, esa extensión inagotable, ha desaparecido de los intereses de esos nuevos seres humanos, que se contentan con bailar, caer, levantarse, tomar el sol, respirar con ligereza. Tiamat, de nuevo masacrada, o quizás tan sólo ignorada, superada. Esa Postrimería tampoco tiene mar, pero no hay sequedad en ella, lo que hay es un gran alivio. Porque el mar pesa sobre los hombros de la tierra, y está siempre a punto de derramarse definitivamente, en el paso titubeante de Atlas.

 

15.

El adjetivo original del que proviene la traducción incomprensible es en sí mismo complejo. No se trata del más esperable unverständlich, sino de unbegreiflich. Begreif y Verstehen parecen plantearse como sinónimos, pero greifen sería agarrar, así que begreifen podría llevarnos a un aprehender, un incorporar, más que a la operación de distancia que el entendimiento de verstehen (que equivale a understand) plantea. Es algo, creo, más físico: lo inasible. El mar se volvió inaprehensible, inasible. El gran estudioso de la masa que fue Canetti entiende que justamente el final de la fe es el final de la masa, el nacimiento de una humanidad disgregada, en el que cada uno cae rendido en plena dicha a su modo, por su lado. Toda lejanía se hace innecesaria, toda exploración a lo inaccesible se convierte en algo ya banal. Y entonces, quizás, el verdadero programa de toda la obra de Canetti pueda de una vez ponerse en marcha: acabar con la muerte, acabar físicamente con la muerte, combatirla de todos los modos posibles. Esa inmortalidad linda, de nuevo, con tierras del interior, con mares imposibles. Las olas, mientras, impertérritas, siguen rompiendo.

 

16.

Hace veinticinco años casi exactos tuve el extraño privilegio de recorrer algunos parajes del extremo Sur, de la Patagonia argentina. En uno de ellos, Península Valdés, asistí a un espectáculo inolvidable. Primero muy cerca de ellos, en la playa, en otra playa esencialmente extraterrestre, luego desde la altura de un acantilado, pude contemplar a los elefantes marinos. Son criaturas imposibles, masivas, malolientes, de movimientos lentos en la tierra, rápidos en el agua, su elemento. Alineados a lo largo de la playa, contemplados desde una altura que resultaba protectora para ambas formas de vida, la mía, la nuestra, y la suya, tan frágil en realidad, tan indefensa ante la depredación feroz e incombatible de la Humanidad, comprendí que estaba contemplando a una dinastía de dioses ancestrales, que estaba en presencia de seres cuyo existir más potente me aniquilaría, ángeles verdaderos sin el ropaje luminoso de las vidrieras o el cabello rubio de las ilustraciones de los libros piadosos. Supe así que el universo era, en verdad, atroz, majestuosamente atroz. A ratos, alguno se arrastraba por la arena, se volvía a sumergir. Yo estaba del lado de acá, y sólo por un momento ese vislumbre me mostró que el lado de allá era justamente el lado donde los Apocalipsis tenían lugar, donde los fantasmas habitaban, donde los Misterios se resolvían, donde vivir era algo más que estar vivos. Supe todas esas cosas y me sentí pequeño, muerto de frío, condenado apenas a vagar por las páginas, expulsado de toda playa.

 

17.

En uno de esos versos que memoricé en mi infancia, en aquellos poemas de 1977 de los que escribí ya por aquí, se encerraba una imagen que no he olvidado en estos casi cincuenta años. El autor es Blas de Otero. El poema aparece con títulos diferentes en dos libros distintos. En el primero, en la apertura del fundacional Ángel fieramente humano, se llama Lo eterno. En la refundición de ese Ángel con el siguiente libro, Redoble de conciencia, que se dio en titular Ancia, el poema se denomina, significativamente, La tierra. De la eternidad hemos pasado a lo telúrico. Como todos los poemas de Otero esa época (hablamos de los primeros cincuenta), el tono desolado de una mística fracasada de ese ángel que no sólo es humano sino que lo es fieramente, nos conmueve. Por eso, cuando llegan los últimos tres versos nos sentimos golpeados

…El mar ―la mar―, como un himen inmenso,

los árboles moviendo el verde aire,

la nieve en llamas de la luz en vilo…

Y así, en esos puntos suspensivos se cierra el poema, y se abre el tránsito del ángel terrenal.

 

18.

El niño que leía ese poema, en la antología de Cátedra que compró de la mano de su padre, apenas había incorporado, si es que lo había hecho, a su vocabulario la palabra himen, en ese tiempo de tabúes y silencios. Pero ese hermafroditismo de la mar el mar, resuelto en esa idea de membrana, en esa idea de algo flexible, penetrable, fracturable, en ese inmenso que no parecía mostrar piedad alguna, obviamente marcaron la lectura, porque durante muchos años he vuelto a la imagen. Apenas hace unos meses intenté desentrañarla, es decir, desactivarla. Esto es lo que escribí, presumiblemente inútil:

La imagen de una continua interpenetración de las olas, del mar contra el mar, que no consigue perforar esa superficie que lo define y que revelan las llamas de la luz, se condensa en la atrevida metáfora del himen, que parece llevarnos a ese El mar – la mar, con la ambigüedad de género gramatical y de sexo del mar, devenido así hermafrodita, en perpetua pugna de apareamiento. Todo el poema es convulso, y desolado metafísicamente, acorde al tono del libro. Pero la muerte, desde dentro, ve. No sirve cerrar los ojos, se trata de ir a contramuerte.

 

19.

En El gran Serafín, de repente, el mar se ha parado. Hay una cosa que nunca deja de moverse en el mundo: el mar. Hay un reloj que siempre funciona. Lo hacía mucho antes de que la Humanidad apareciera, lo seguirá haciendo cuando nos hayamos ido, si es que antes no hemos matado a todos los mares. Hay un viajar de mareas, una pelea sin vencedor posible entre las olas, hay faunas abisales que nos salen a saludar del otro lado del grueso vidrio del batiscafo. Un mar en parada cardiaca, el electrocardiograma plano del Gran Dios Pan, el pitido final con el que se despide la emisión del Cosmos. Todo eso son asuntos graves. Sin mar, ¿qué luna podrán acarrear las salineras? Sin playa, ¿dónde dormiremos al alba, después de toda la noche despiertos? Sin brisa, ¿para qué nos abrazaremos? Sin arena, ¿dónde nos tenderemos para besarnos? Si no hay mar, ¿cómo nos va a traer la Arponera el ámbar gris de un cachalote?

 

20.

No somos capaces de construir mares, pero sí desiertos. ¡También se muere el mar!, lloraba Lorca ante la tumba de su amigo Ignacio, tan poco antes de ser él también condenado al fin del oleaje entre sus sienes. También se muere el mar, los mares, decimos, y no nos desdicen las caracolas fósiles en mitad de los continentes. Más terriblemente, de una forma indeciblemente más atroz, podemos asistir a la muerte del mar, no como lejanos estudiosos de las eras geológicas, sino como partícipes de un desenlace irreversible asociado a la sobreexplotación, a la carencia de respeto por los ritmos naturales. Cuando el niño que leía a Blas de Otero recorría, feliz, interminablemente, los atlas o hacía girar el globo terráqueo, siempre le sorprendía que la palabra mar se aplicara también a los mares que estaban encerrados. Supo muy pronto del contradictorio Mar Muerto. Sólo muchos años después pudo entender cómo esa sal era un cuchillo para los labios, provocaba la dolorosa ceguera en los ojos que había que lavar apresuradamente con agua dulce. Supo de los Grandes Lagos, del inmenso Mar Caspio, del extraño apéndice que era el Mar de Azov. Supo que ser mar era ser salado, en este mundo o en el otro. Las salineras bien podrían habérselo explicado.

 

y 21.

Había otro mar que el niño prefería: el Mar de Aral, en Asia Central. En aquellos mapas de los primeros setenta, era tan mar como lo podría ser cualquier otro, le correspondía el característico celeste, que en las cartografías más ambiciosas, se teñía con diferentes tonos para marcar la profundidad de las aguas, del mismo modo que los marrones mostraban las curvas de nivel del relieve de la tierra. El Mar de Aral tenía agua, agua salada. Hoy ya no existe el Mar de Aral, es apenas una breve lengua líquida acosada por el avance imparable de un desierto desolado. En Pare cantaba Serrat, y yo con él tantas veces, a la muerte del mar, de los ríos, y nos decía que si no hay peces ni leña tendremos que quemar la barca. Las barcas que surcaban el Aral se embarrancaron para siempre en ese estado definitivo de la entropía que es el desierto. Aral no es ni siquiera un Mar Muerto, es un nomar, es el mar que fue, es un mar al revés, un mar de lágrimas secas, pues en la noche obscura que transitamos ni para fabricar lágrimas nos queda ya agua dulce que combinar con la sal de las salineras. Hemos matado al mar y eso ha ocurrido mientras nosotros vivíamos, y por ello, nuestro duelo será definitivo, cargaremos con una culpa infinita, mucho más pesada que la roca de Sísifo, una carga que no nos dejará ser felices, porque se irá incrementando cada día, porque seguiremos matando mares, construyendo desiertos. Ah, si pudiera existir de verdad un dios al que alzar nuestras plegarias, un dios de flores y frutos, un dios de viento y lluvia, un dios que fuera capaz de darle la vuelta al mar de Aral y convertirlo así otra vez en la vida. Tal vez entonces, cuando descendiéramos del tren, nos encontraríamos con un oleaje inesperado, y volveríamos de nuevo, y ya para siempre, a ser jóvenes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario