miércoles, 12 de julio de 2023

Teoría de muelles. Una playlist.


En aquellos atardeceres nos paseábamos por el Molo Audace, hasta agotar la puesta de sol. 

Avanzábamos decididos, por la orgullosa construcción, rodeados de un agua que había aceptado esa breve península artificial. Al fondo, a los lados, la gloriosa bahía de Trieste. 


Sí, avanzábamos decididos. Éramos muchos, habíamos estado paseando por la ciudad, éramos parejas con niños en carritos, turistas tranquilos, éramos un hombre de edad mediana que lleva un libro de Magris en la mano. Saludábamos al mar, saludábamos al sol. Hacíamos fotos.

El muelle no daba, entonces, para más. El borde nos esperaba y después ya no había otra opción que la contemplación, otro itinerario que el regreso. Cabía la oscilación, y en ella nos holgábamos a menudo, pues los pasos en los callejones sin salida están tasados, y toda posibilidad de eternidad se basa (ay, bien lo sabemos) en la repetición. 

Somos apenas paseantes, ya no sabemos ser nadadores. Necesitamos un dedo de piedra que penetre en el planeta del mar. Necesitamos estar secos, y erguidos. Necesitamos poder volver a casa.

Molo, muelle, moll (del catalán hace derivar la Academia el nombre castellano, y en origen tendríamos una mole latina): un atrevimiento de la arquitectura. Ya no hay barcos en ese muelle, ni siquiera el buque Audace que le dio su nombre. Ya no es, pues, un embarcadero, de aquí ya no parte ningún viaje. Nos queda esto sólo: estructura, un orden sobreimpuesto. Un nombre. Y al fondo, el horizonte, y en él, sí, algunas naves.

Para decir muelle en portugués diríamos cais y entonces empezaría a cantar Milton Nascimento [1]. Aquí la etimología parece remitirnos a la cal. En portugués puede usarse cais para designar los embarcaderos del ferrocarril. Nosotros hablaríamos de andenes (en inglés tendríamos plataformas, formas planas, y personajes solitarios en ellas que se desvanecen, que se funden a gris [2]). Los andenes nos recuerdan los pasos perdidos de las estaciones, el vaivén impaciente del viajero en la espera del tren retrasado. Tengan cuidado de no introducir el pie entre coche y andén decían los carteles del Metro de Madrid de mi infancia, y yo leía anden, porque entonces las mayúsculas no llevaban tildes y mi madre me corregía: andén, y él andén era donde no estábamos ya, porque estábamos en el coche, que no era un coche, sino un vagón, pero eso ya lo sabíamos. 

Y habíamos tenido cuidado, un cuidado infinito, de no introducir el pie en ese abismo del gap. Ay, siempre nos tentaron los intersticios.


Para decir muelle en inglés diríamos pier, aunque también diríamos dock y nos sentaríamos con Ottis Redding a la luz del sol matinal hasta que llegase la tarde.[3] Estaríamos acaso en Bodega Bay y llevaríamos una pequeña lancha motora justo antes de que llegasen los pájaros. [4] Estaríamos en la bahía de San Francisco y nos zambulliríamos justo debajo del Golden Gate. En las puertas del pasado. [5]

Para decir muelle en francés, sin embargo, tendríamos que decir jetée (aunque existe también jetty en inglés). Jetée remite, claro, a jeter y lleva dentro, por tanto, un arrojar, un tenderse. Elle a été jetée par son cheval contre un arbre pendant une promenade, decía el fatídico telegrama de Mme Bontemps anunciando la muerte de Albertine, la definitiva desaparición de la desaparecida. Yo era rígido y frío, yo estaba tendido sobre un precipicio, yo era un puente, escribe Kafka en uno de esos fragmentos que valen lo que todo un pueblo de novelas. 


Nos tenderemos, pues,  como un puente sobre aguas agitadas. [6] Renunciaremos a la postura erguida del monje que mide la distancia infinita del mar. Nos lanzaremos, como el tuffatore, 


De igual modo que el cais portugués acepta a su lado navíos y ferrocarriles, la jetée francesa, la arrojada, la tendida, acepta aeronaves igual que barcos. Lo sé porque en 1962 estuve en la Grand Jetée d'Orly. Faltaban pocos años para el comienzo de la Tercera Guerra Mundial. Siempre faltan pocos años para el comienzo de la Tercera Guerra Mundial. 

Era domingo, los domingos, entonces, era habitual que los padres llevasen a sus hijos a ver los aviones a la terraza del aeropuerto. Mis padres nos han llevado a mi hermano y a mí. No es Orly, es Barajas. No puede ser 1962, no habíamos nacido. Será, seguramente, 1969 ó 1970. No hay un Gran Muelle en Barajas, en castellano los muelles no tienen aviones aparcados. Pero el gesto es el mismo: cruzar la ciudad en el 600, aparcar, subir a la terraza, contemplar los movimientos de los grandes pájaros, extasiarse con los despegues, tomar una Coca Cola (una para los dos). Nos gustaban los grandes paneles con los destinos de las próximas salidas, esas letras que cambiaban a toda prisa. Nos gustaba aprendernos los nombres de las líneas aéreas. KLM era acaso mi favorita, con ese riguroso respeto al orden alfabético.

Chris Marker está (es una película milagrosa) en la Grand Jetée d'Orly en 1962, grabando la muerte de un hombre. [7] Ése es el recuerdo recalcitrante de un niño, que la observa al contraluz del rostro de una joven, el rostro que va a acompañarle durante la guerra, con el que va a soñar a contratiempo. Décadas después, Terry Gilliam lo contó de otro modo. [8] El aeropuerto era americano, y allí no hay jetées (aunque sí salas de embarque o de abordaje) y la trama introduce algunos elementos que apenas podían estar sugeridos en el film original: los animales, por ejemplo, que aparecen disecados, en la triste exhibición de la taxidermia en la fotonovela de Marker. De entre esos animales, ya se sabe (amén de alguna jirafa despistada), doce monos. La chica dice llamarse Kathryn, pero quien le da el cuerpo y la voz se llama, claro, Madeleine. En el cine, ella y Bruce Willis ven Vértigo. Hay una sequoia en La Jetée y en Sans Soleil Marker vuelve sobre el film de Hitchcock. [9] Ya se imaginan por qué les cuento todo esto.


Sí, paseábamos a menudo por el muelle. Un paso, ya estábamos en él, habíamos abandonado el frente de batalla de lo seco. Algunos pasos más, llegaba el final, ya sólo estaban el mar y el sol. Nos parábamos, hacíamos otra foto, contemplábamos. Nunca hemos sido muy buenos contemplando, nos falta paciencia. Volvíamos sobre nuestros pasos. Volvíamos sobre los pasos de vuelta. Éramos muelles en el muelle, osciladores, estábamos así un rato de la tarde. 

La eternidad sólo se consigue con la repetición.


Hablo de ti y de mí. Tú eras un fantasma, ya lo sabes. Eso no es nada raro, por supuesto, toda historia es una historia de fantasmas. Madeleine lo sabe, y, cuando pasa una y otra vez la película para intentar anular el tiempo, no desconoce que, por debajo, en esa corriente subterránea que otros llaman entropía, se derrama de verdad la clepsidra. La diégesis hace sus equilibrios sobre un tren que galopa.

Hasta que en alguno de esos virajes, cuando el muelle se acaba, seguimos adelante, seguimos andando milagrosamente por el aire, subvirtiendo la legislación tirana de la pesantez, afines al despegue, inciertos, pero decididos. Valientes: arrojados. Ascendiendo desde la jetée.

Dos fantasmas, al fin. Dos fantasmas. 


[1] Milton Nascimento, Cais. https://www.youtube.com/watch?v=frHaMD7eVfA

[2] Visage, Fade to grey. https://www.youtube.com/watch?v=UMPC8QJF6sI

[3] Ottis Redding, Sitting on the dock of the bay. https://www.youtube.com/watch?v=rTVjnBo96Ug

[4] Alfred Hitchcock, The birds. https://www.filmin.es/pelicula/los-pajaros

[5] Alfred Hitchcock, Vertigo. https://www.filmin.es/pelicula/vertigo-de-entre-los-muertos?origin=searcher&origin-query=primary

[6] Simon & Garfunkel, Bridge over troubled water. https://www.youtube.com/watch?v=WrcwRt6J32o

[7] Chris Marker, La Jetée. https://www.youtube.com/watch?v=bmmcSnUSySg

[8] Terry Gilliam, 12 monkeys https://www.filmin.es/pelicula/doce-monos?origin=searcher&origin-query=primary

[9] Chris Marker, Sans soleil. https://www.youtube.com/watch?v=fdusEgrbhgA

viernes, 7 de julio de 2023

Mi diente partido

(A veces es preciso hablar de las cosas del cuerpo.)
 


En un país sólo se reza a un único grupo de
divinidades llamadas: los dientes apretados.
FRANZ KAFKA

Es difícil precisar la edad: en torno a ocho años. El paisaje es más reconocible para la memoria, aunque en todo este tiempo ha desaparecido por completo: en el colegio lo llamábamos patio, pero era sólo, claro está, un descampado. Sí, era el tiempo de los descampados, a cada paso se abría uno, la batalla con las torres aún no estaba perdida. Luego, el patio del colegio empezó a contener una gasolinera. Luego, una torre. No mucho después, el colegio desapareció. Nunca había sido siquiera un edificio: se extendía por bajos y sótanos de otras casas. Sí, en torno a ocho años. En torno a 1972, quizá en 1973. Cincuenta años ha durado mi diente partido.

En el caótico partido de fútbol cotidiano del recreo, tal vez. O escapando en el rescate. O corriendo, en todo caso despistado. Al lado, justo al lado, pasa la autopista. A veces se nos escapa la pelota a ella. Entonces, inconcebiblemente, saltamos la valla y la cogemos. Yo también lo hice alguna vez. Cuando la tiré fuera yo: ya se sabe, el que la tira...

Sí, corriendo, no sé por qué, no sé de qué modo pudo ser posible, pero recuerdo (así, descontextualizado, como un hecho aislado, como una imagen indeleble: Nietzsche ya decía que sólo lo que duele permanece en la memoria) el golpe absurdo contra el poste, contra un poste que tal vez era una farola, o que servía para sujetar un indicador de la autopista. Pam, de cara. Pam, de boca. No sé si los demás se rieron, seguramente. Yo también lo habría hecho. Me da la sensación de que en realidad pasó más bien desapercibido. Incluso para mí, al principio. Pero en seguida vino el dolor y supe que me había partido el diente. Un incisivo, rajado en su parte inferior, un borde que se convirtió en un extraño arco de circunferencia cóncavo. Para siempre.

¿Has cambiado los dientes ya?, me preguntó la señorita, o tal vez fue en otro momento, en otra caída (nos caíamos tanto entonces, teníamos las rodillas permanentemente raspadas y magulladas, pero caure no feia mal*). Sí, ya he cambiado los dientes, ése no es un diente de leche, ése es un diente que me tiene que servir para toda la vida. Ése es mi diente partido.

Un diente partido no es gran cosa, y éste ni siquiera estaba tan partido, pero mi dentadura era ya desastrosa para entonces. Ahora no pasaría, pero hablamos de los sesenta, de los primeros setenta, yo había sido un niño de dientes picados, fui un niño que no fue al dentista lo que debía, que tenía un miedo atroz al dentista: a ese niño no se le cayeron los dientes de leche a tiempo. Justamente. Y otros dos incisivos crecieron hacia dentro. Dos hacia dentro y uno partido, nos queda apenas uno en condiciones. Ésa era mi dentadura, ésos eran mis incisivos superiores. Ésa era, pues, mi sonrisa. Desde los ocho años.

Hubo al final dentistas, claro. Hablábamos de ortodoncias. En mi clase, niños con la boca llena de alambres. Me negué siempre. Mi caso era un caso perdido, me parece. Mi madre decía: "bueno, es un chico, si fuera una chica sería diferente". Sí, en ese tiempo se decían esas cosas. Me aferré a mi sonrisa contrahecha. Construí mi rostro a partir de ese ejército indisciplinado que era incapaz de siquiera formar en condiciones. Mis dientes de abajo aprendieron a encajarse en los de arriba. Crecí, llegué a la pubertad, me convertí en un kamikaze sentimental, empecé a sonreír de lado, a no sonreír, mi diente partido me avergonzaba pero me singularizaba. A mi alrededor, los alambres desaparecieron de las otras dentaduras, ahora ya pasablemente regulares. Ya eran los ochenta.

Mi diente partido estaba enfermo. Hubo que matarlo. Lo desvitalizamos. Provocó infecciones en la encía, una fístula. Hubo que arreglar eso. Endodoncias. Se fue poniendo negro. Lo blanqueamos un par de veces. Mi diente partido no era siquiera un superviviente, era apenas un fósil apalancado en mi boca, mientras mis otros dientes empezaban sus propias derivas, como alejándose de él. En una sonrisa breve ya ni siquiera se le veía. Pero aún servía para morder, y la lengua lo reconocía. Incluso tu lengua, en aquellos besos. Y me servía para pronunciar la t y la d, para pronunciar diente. Yo envejecía, por resumir, y envejecía mi diente partido. Todos mis dientes.

Nunca he podido crispar el gesto. Nunca he podido apretar los dientes como un malo de película. Quizás he sido capaz, ay, de alguna mirada amenazante, pero mis mandíbulas ridículamente encajadas me alejaban de toda violencia. No se puede ser un depredador con tan mala dentadura. Fui, por tanto, un poeta, y me alejé siempre de los lobos. No eran mi raza. 

Uno se hace mayor con su cuerpo, o quizás es al contrario, o quizás no es ni siquiera eso, porque "uno" no es nada y sólo hay cuerpo, y esta fábula de la identidad se basa en el extraño malentendido de considerarnos inquilinos. Mi cuerpo fue delgado, muy delgado, y luego ya no lo fue. Mi cuerpo fue ágil y ya no lo es tanto. Hay manchas en mi piel que me acompañan desde siempre, y otras que fueron viniendo después. Nací con el meñique del pie derecho montado sobre el dedo de al lado. Ésas son las cosas de las que soy dueño, o son las cosas que me poseen. Cada día, a cada minuto, el cuerpo cuenta su propia historia, avanza sin especial dramatismo río abajo, hacia un futuro de disgregación y olvido. A él no parece importarle tanto como a mí, si es que yo soy algo.

He perdido mi diente partido. Era un diente muerto, un pequeño cadáver en mi boca que me acompañaba desde hacía cincuenta años. El otro día se partió del todo: no una pequeña muesca en el borde: se derrumbó hendido por un hachazo inesperado. Ni siquiera dolió: me miré al espejo, sabiendo lo que había pasado, pero verme así, con ese hueco, fue decisivo: ya no tenía mi diente partido. Estaba en mi mano, amarillo, un objeto incapaz ya de toda supervivencia, aunque duro aún, mineral, en el fondo indestructible.

Lo demás son rutinas fatigosas de odontología, consideraciones estéticas y económicas, dolor (no demasiado) e incomodidad. Hoy he estrenado sonrisa. Mi sonrisa de mi año sexagésimo. Es una sonrisa de plástico. No incorpora ya dientes metidos para dentro, ni partidos, ni desviados. Es regular y geométrica, se basa en curvas de primer y segundo grado, en ella las piezas se alinean como es debido, como un ejército bien ordenado, cumpliendo el reglamento.

Mis labios, mi lengua, se sienten extraños cuando se confrontan con esa armazón que ha sucedido al hueco del día anterior, y al perfecto encaje de las mandíbulas desde hace cinco décadas. Los dientes se chocan, tengo que volver a aprender a comer. Cuando me colocaron la funda era como cuando uno, de niño, se colocaba esos dientes de Drácula. Pero yo apenas soy un vampiro diurno. Mis caninos, aún supervivientes, no se alargan afilados y ningún cuello les espera. 

Tengo, pues, ya, una sonrisa normativa. Es algo, si quieren, poco relevante, pero lo cierto es que estos días he aprendido una vez más en qué consiste la palabra irreversible, qué enuncia el vocablo pérdida cuando se refiere a una parte del cuerpo, de ese cuerpo que es todo lo que somos. Y he pensado, claro, en las largas sesiones de dentista con mi padre, arrancándole pieza por pieza, encajándole su dentadura postiza, retocándosela para evitar las llagas. He pensado en la dentadura postiza de mi madre, que se acabó perdiendo quién sabe cómo, pero ya daba igual, porque en su Alzheimer ya no se la podía poner. No sé dónde están esas dentaduras. O las de mis abuelos. 

Hay quienes guardan los dientes de leche de sus hijos, ésos que se ponían debajo de la almohada para que nos dejara el Ratoncito Pérez un duro, o cinco. No creo que mis padres hicieran eso con los míos o los de mi hermano. Si lo hicieron, esos extraños objetos se perdieron, como tantas otras cosas, en las mudanzas o en los abandonos. Yo no tengo mi diente partido. Lo llevé a la consulta del dentista por si servía de algo, y allí se quedó. No servía para nada.

Era muy joven cuando leí Berenice, de Poe, en la traducción de Julio Cortázar. En ese cuento de terror perfecto, la primera vez (lo recuerdo tan bien) sentí un latigazo cuando en el último párrafo vi caer treinta y dos objetos pequeños, blancos, marfilinos, que se desparramaron por el piso.** Desde qué abismos de la catalepsia habré de despertar, entonces, para descubrir que he perdido ya todos mis dientes de leche, de esta otra leche, de la leche negra del alba de la que hablaba Celan, ya nunca licántropo, ya nunca vampiro. ¿Tienen dientes los ángeles?

Es posible que los tengan, y que nuestras lenguas choquen con ellos en el beso. Y es posible que en ese vuelo, ya no depredadores ni presas, sino simplemente aves, cometas, volemos, acaso con las alas que nos hemos hecho desabrochándonos el abrigo, al menos por unos segundos. Y si no, tant se val.

Caure no farà mal. 


* https://www.youtube.com/watch?v=PVCxXqTCRLo . La canción, una absoluta delicia, es de Joan Dausà, y en esta actuación la canta junto con el lesbiano Santi Balmes. 

** Cito por la traducción de Cortázar. El texto original de Poe dice: thirty-two small, white and ivory-looking substances that were scattered to and fro about the floor. Acaso convenga en este punto recordar que la primera frase de Berenice es una de las más memorables de la literatura: Misery is manifold.

lunes, 3 de julio de 2023

Fuera

(Una crónica de mi último viaje. Una reflexión sobre el desplazarse.) 

En la portada de la traducción francesa de Die Ausgewanderten, de Sebald, hay una escalera.

El título del libro se tradujo al español como Los emigrados. En francés, como puede verse, es Les émigrants, del mismo modo que en inglés es The emigrants. 

"Emigrados" es un participìo pasivo, como lo es "Ausgewanderten". "Émigrants" o "Emigrants" es un participio activo. No es lo mismo. 

En alemán el verbo desde el que se forma ausgewanderten es wandern, uno de los verbos alemanes por excelencia: el que corresponde al paseo, al vagabundeo, a la marcha por los bosques y las montañas, al senderismo. Hay un término que se ha convertido en internacional: Wanderlust, el placer de andar, de desplazarse a pie, que practican los hermanos menos urbanitas de los flâneurs baudelerianos. El Wanderlust de Robert Walser.


En alemán el participio se forma añadiendo el prefijo ge- y el sufijo -t a la raíz del verbo, al menos en los casos regulares. La desinencia -en indica el nominativo plural (masculino). Aus- es, pues, lo decisivo: el afuera, el lejos, el que transforma el desplazamiento en una marcha, en un exilio, en un alejamiento del origen, del hogar. 

Sí, así se forman tantas veces las palabras en alemán: componiéndolas a base de un juego de partículas, de añadidos que van matizando el significado del núcleo. Ausgewanderten es, entonces, una palabra transparente: los que se han alejado. Los emigrados. El participio pasivo nos dice que es una acción concluida, definitiva acaso.

En castellano el verbo de origen es migrar. Es un verbo que remite a vuelos transoceánicos de aves y a debates políticos, que tienden a convertirse en desoladores. Emigrados tiene una e- que nos dice que algo sucede hacia afuera (igual que hay un in- en inmigrantes), y hay también ese -ados que nos recuerda que estamos ante un participio pasivo, ante algo consumado (y una o que nos hace opaca, ay, como siempre, la presencia de las mujeres). La estructura, pues, es semejante a la del alemán, pero la fuerza no es la misma. 


Los protagonistas de la novela de Sebald no son simplemente trabajadores que marchan a otros países en busca de oportunidades laborales (algo ya en sí profundamente doloroso). Hay algo más en este caso, algo que remite a los desastres que asolaron Europa durante el siglo XX, ese oleaje de fondo que se oye en toda la obra sebaldiana. Emigrados no traduce bien esos acordes. Hubiera sido preferible desplazados.

Desplazados es el eufemismo con el que se habla de las grandes masas de población que se ven obligadas a huir de conflictos y hambrunas. Los desplazados buscan asilo en otros lugares, a salvo de la violencia y de la miseria, y entonces los llamamos refugiados. Desde este lado les llamamos así. Acaso sin acordarnos de cuando lo fuimos nosotros, acaso sin pensar en cuando, seguramente, volveremos a serlo. 

El participio activo implica una cualidad agente, un impulso que parecería confundirse con una decisión voluntaria, haciendo abstracción de todas las otras circunstancias que convierten en última instancia esa elección en forzada. El -ante parece enunciar una posibilidad de no, el ejercicio de una opción. No es el caso de los personajes de Sebald. No es el caso, quizás, de nadie.

Existe, sin embargo, el término émigré en francés, un término que se utilizó, por ejemplo, para designar a la ingente comunidad rusa que se formó en diversos lugares de Europa, notoriamente en Berlín y París, una comunidad de huidos a consecuencia de la revolución bolchevique y la subsiguiente guerra civil. 

Vladimir Nabokov se vio obligado a abandonar su Rusia natal y se asentó primero en Berlín, luego, más fugazmente, en París, escapando del nazismo, para acabar desplazándose con su pasaporte Nansen de refugiado, de apátrida, a Estados Unidos. Finalmente acabaría retornando a Europa para vivir sus últimos años en el hotel de Montreux que visité hace unos días.

Los desastres de la Europa del siglo XX.

Vladimir Nabokov comenzó a escribir narrativa durante los años berlineses, publicando sus escritos en las revistas y las editoriales de la comunidad rusófona de los emigrados. Entonces firmaba como Sirin. 

Sirin: sirena.

Nabokov aparece, ostentosamente, en los diversos episodios de Die Ausgewanderten. Nos lo encontramos en Ithaca, NY, como el hombre de las mariposas. Es evocado como un niño que interrumpe el paseo de los adultos por su deambular errático en busca de lepidópteros. (Es un recuerdo extraído de Speak, memory, acaso el libro más bello jamás escrito). Y, por supuesto, lo vemos en una fotografía como un ya fondón y calvo caballero, vestido con bermudas y tocado con una gorra, que hace un alto en pleno paisaje alpino, con el cazamariposas debajo del brazo.


No mucho tiempo después, Nabokov resbalaría y resultaría seriamente dañado. El cazamariposas, colgado en las ramas de un arbol (como una lira, dirá él) se quedó allí mientras lo trasladaban en camilla. Ya no levantó cabeza. Idas y venidas a los sanatorios. Problemas en los pulmones. Murió el 2 de julio de 1977 en una clínica de Lausanne. Ayer hizo 46 años.

Unos días después, también en julio de 1977 (ya lo he contado por aquí, creo) entré por primera vez en Suiza, a mis trece años. El tren paró en Lausanne, nos bajamos para coger otro hacia Zürich. Desayunamos en la cafetería de la estación. Yo no sabía aún nada de Nabokov.

Iba de la mano de mis tíos. Mis tíos emigrantes, como tantísimos españoles que se dispersaron por la más opulenta Europa, huyendo de la gris y friolenta España de la dictadura. Vivieron en Suiza muchos años.

Ahora he vuelto una vez más a Lausanne, para asistir a un congreso sobre Nabokov, centrado especialmente en su relación con la naturaleza y la ciencia, con su condición de excelso lepidopterólogo. Ha sido una experiencia decisiva en mi vida. 

En la maleta, a mano, por si acaso, Los emigrados, de Sebald, que tengo cubierto de anotaciones de las sucesivas relecturas.

En la proa del barco que nos llevó de Lausanne a Montreux surcando el Léman, una travesía preciosa que ya había tenido oportunidad de hacer el año pasado, se podía ver una campana, de las utilizadas antiguamente para la señalización naval, ahora convertida en ornamento. Sobre la campana, grabado, el nombre de la empresa fabricante: Sulzer, Winterthur. Mi tío trabajó muchos años en la Sulzer, en Winterthur, que era el destino de nuestro viaje del 77. Un trabajador emigrante en una fundición. Murió bastante joven, con los pulmones dañados. Quién sabe si fundió él esa campana.

En la primera comida de la conferencia hablé con una profesora ucraniana que había huido de su país para ser acogida en la Universidad de Biel/Bienne (es una ciudad bilingüe y tiene un nombre doble, en alemán y francés), la ciudad natal de Walser. Me contó, en un alemán medio chapurreado por ambos, que su hija aún estaba en Ucrania, con su compañero. 

Los desastres de la Europa del siglo XXI.

En mi día libre, el pasado sábado, me acerqué a Friburgo, que es también una ciudad bilingüe. Así, me trasladé, en un viaje de placer, a Fribourg, pero también a Freiburg. De las ciudades que circundan Lausanne en la parte de la Suiza romande era la que me quedaba por ver. Es un lugar de resonancias sebaldianas, pues allí habitó un tiempo el joven Max, antes de acabar desplazado en Inglaterra. 

Es una ciudad muy bella. Paseé por ella bajo un cielo encapotado. Hice muchas fotos. Entré en una librería que se llama Albert Le Grand. Por curiosidad, busqué los libros de Sebald. Ahí estaban. En la portada de Les émigrants aparece una escalera.

Yo fotografío escaleras. No soy el único que lo hace, me consta. Fotografío, sobre todo, fragmentos de escaleras, especialmente esas escaleras cerradas sobre sí mismas de ciertos edificios parisinos, de ciertas torres de catedrales que me enloquecen de vértigo. Escaleras helicoidales, que ascienden en un continuo esfuerzo de su anhelo circular. 

El congreso sobre Nabokov se ha desarrollado en la Universidad de Lausanne, que tiene un campus precioso dominado por la vista incomparable del Lac Léman, que sólo un abusivo anglosajón llamaría Lake Geneva. El edificio en el que estábamos, el Anthropôle, es pródigo en intrincadas escaleras escherianas. Las fotografié, y pasé las imágenes al blanco y negro. Entonces se convirtieron automáticamente en un laberinto, y nosotros, claro, en Asterión. Porque no hay laberintos para nosotros que no rimen con Borges.


Me han invitado, por cierto, a dar un curso sobre Borges y la Matemática en la Universidad de Colorado. Muy cerca del hotel de The shining. Ha sido, ya les digo, un congreso extremadamente productivo. Casi el Congreso del Mundo.


Mientras volvía, sometido a las extenuantes humillaciones de los aeropuertos, me senté un momento y escribí un pequeño poema o microrrelato noir. Lo puse en Twitter, en Instagram... lo pongo aquí:

Nos piden los papeles. Entregamos poemas.

Soy lo suficientemente viejo como para recordar que pasar una frontera era algo que conllevaba un peligro, que suponía una transgresión. Recuerdo el paso de la frontera a pie, en Cerbère, en aquel viaje en tren de 1977 con un pasaporte recién estrenado. Recuerdo la sensación de bienestar de la primera vez que, conduciendo, vi pasar el letrero de Portugal cuando Schengen abolió las fronteras físicas. Sé que soy un privilegiado, sé que ahora hay gente que tiembla de miedo cuando tiene que enseñar los papeles. Sé que hay gente que no tiene ni siquiera esa opción, que no tiene papeles. Sé que hay gente que se ahoga en el Mediterráneo, en todos los mares del globo.

Desplazados.

Me seleccionan con una frecuencia preocupante para hacerme la prueba de explosivos cada vez que paso el arco de los controles del aeropuerto. Dicen que es aleatorio, pero todos sabemos que no lo es. Viajo solo, tengo el pelo largo y llevo barba, a pesar de que tengo ya casi sesenta años. Visto de una manera informal. Llevo décadas sin ponerme una corbata. Nunca calzo zapatos, sólo playeras (que pueden ser tenis, ya que hablamos de Nabokov, o bambas, o simplemente zapatillas). No nos engañemos: soy carne de cañón para los controles.

El policía fue amable, y yo siempre estoy muy tranquilo en esas situaciones. Estoy tranquilo porque creo, con toda ingenuidad, que el sistema me protege. Esta vez fue algo más lento, más complicado, más peligroso: no hubo un "adelante" inmediato, hubo que pasarle el test también a la mochila. Me preguntaron cuál era, de entre las que se acumulaban en las bandejas de la cinta transportadora. Iba a acercársela, pero me ordenaron que me mantuviese quieto, que sólo la señalara. Amable, pero firmemente.

Finalmente, everything is OK, Sir. No temblé de manera apreciable, pero puede que se me escapara un latido cuando finalmente accedí a ese dentro intercambiable de las salas de embarque.

Sí, fronteras. Desplazados. Emigrados. Exiliados. Sebald. Nabokov. Escaleras que se cierran y ascienden hacia el vértigo de la torre. Y un lago, gracias sean dadas a quienes correspondan, que me trajo, una vez más, luz y azules. 

Todo ha ido bien. Ayer había luna llena. Hoy he vuelto a mi rutina. Escribo esto desde mi Universidad, la de aquí. Aún no estoy de vacaciones. 

Es 3 de julio. Feliz cumpleaños de Kafka.



viernes, 16 de junio de 2023

Gente a la que queríamos tanto

Epílogo del epílogo de un cuento


Es así, pienso, que se operan las comunicaciones profundas,

lentas botellas errando en lentos mares

JULIO CORTÁZAR

 


“Glenda Garson murió a finales de los setenta del pasado siglo en circunstancias nunca esclarecidas del todo.

Aunque el informe forense habló de inhalación de gas carbónico, producido con toda seguridad por el mal estado de una caldera en su mansión de California, encaramada sobre unos acantilados contra los que batía furioso el Océano, lo cierto es que desde el primer momento se suscitaron las dudas.

El suicidio parecía descartarse, pues, aunque el anuncio, un par de años antes, de su retirada en pleno éxito había dejado perplejos a los cinéfilos de todo el mundo, y llevó a muchos a especular con su estado físico y mental, recientemente había declarado su intención de tomar parte en un nuevo proyecto de gran envergadura con el que se había mostrado muy ilusionada.

En cuanto a las voces que apuntaban a un posible asesinato, en ningún momento se pudo elaborar una teoría coherente, toda vez que no se encontraron signos de violencia, ningún objeto faltaba en la casa, el personal de servicio (que se encontraba fuera del recinto la fatídica noche, al coincidir con su día de asueto) no fue capaz de mencionar ningún hecho o presencia sospechosos y, lo que es más importante, no parecía existir ningún móvil plausible para el crimen.

No faltó quien sugirió una venganza política, pues Glenda había manifestado en alguna ocasión su deseo de postularse como candidata al Parlamento, pero la verdad es que los adeptos a la teoría de la conspiración fueron perdiendo fuerza muy rápidamente y, aunque cierta prensa sensacionalista gustaba de retomar el tema periódicamente, coincidiendo con algún aniversario, el veredicto de muerte accidental fue inamovible, y los restos de Miss Garson fueron repatriados a Inglaterra y reposan allí desde entonces, lugar de peregrinación para sus admiradores, que se cuentan por legión, pues su status de diva legendaria de la pantalla y los escenarios no hizo más que incrementarse con lo repentino de su desaparición.

Esto, que resume en el fondo hechos muy conocidos, es, por supuesto, la verdad oficial. Hoy, aquí, yo, después de tantos años, después de que hayan muerto hace tiempo los principales implicados, después de que a Irazusta le alcanzase por fin la mano de la ley, tras una larga vida de escándalos y extorsiones, después de que Diana Rivero acabase sus días alcoholizada, ciega de arrepentimiento, después de que tantos otros miembros del Club (esa entidad que me parece ya tan legendaria como el Congreso del Mundo) se dispersasen por el globo, cediendo tan sólo a escondidas a la obsesión y sufriendo esa pulsión escópica que les llevaba a la contemplación compulsiva, en bucle, de El látigo o El fuego de la nieve, ahora, cuarenta y tantos años después, al borde de mi propia muerte, voy a contar lo que verdaderamente ocurrió, voy a contar con todo detalle y sin ocultar nada la historia de los que queríamos tanto a Glenda.”



Madrid, 16 de junio (Bloomsday) de 2023

Estimada Miss Jackson,

le hago llegar el texto del comienzo de mi relato Gente a la que queríamos tanto, con la intención de que, si es de su interés, pueda recibirlo como una legítima posesión suya, pues es por usted y sólo por usted por lo que esta historia ha podido escribirse, y para que lo coloque, quizás (ése sería mi deseo más profundo), junto al que le escribió en su día Julio Cortázar, que él tituló Queremos tanto a Glenda, un cuento que me marcó de manera definitiva en mi adolescencia, y al que he pretendido homenajear, me temo que con escaso éxito.

Usted no sabe nada de mí, por supuesto, y tal vez no llegó realmente a saber demasiado de Cortázar, pero él sí supo de usted, y la admiró hasta el punto de pergeñar una historia, por lo demás bastante sórdida, en la que un personaje, nada disfrazado con el nombre de Glenda Garson, era elevado a deidad de un culto privado, noctámbulo, algo friolento, por un puñado de fieles que, víctimas de una profunda deformación, deseaban cambiar el Universo (el Universo de sus películas, pero cambiar eso era en realidad cambiarlo todo) para hacerlo digno del único habitante que merecía en realidad el honor de morar en él: usted, Glenda, Miss Jackson, usted, Glenda Garson.

Creo que está en la memoria de todos el atrabiliario final que Cortázar dio al relato, con esa ascensión a una cruz de la que, por supuesto, nadie baja vivo. ¿Creerá usted, Glenda, que recuerdo con absoluta viveza la primera vez que leí el cuento, en aquella bella edición de tapas moradas de Alfaguara, recién comprada en la mesa de novedades de alguna librería madrileña (pues, sí, cuando yo ya había caído rendido a la magia de Cortázar, éste estaba aún vivo y nos proporcionaba cuentos como ése), que recuerdo el latigazo brutal de la frase final, que lloré desconsolado su muerte, la muerte de Glenda Garson, ni siquiera mostrada, sólo pronosticada como un hecho de un futuro ya irreversible?

Y, me va usted a perdonar, Miss Jackson, pero yo apenas la conocía a usted como actriz, yo era aún un adolescente español, que había visto muy poco cine, pero que comprendía ya tan bien (ay, tan bien) el peligro que encerraba esa elevación a los altares, esa mitología instantánea, de la que yo me sabía también partícipe. Cuando comprendí la crueldad de ese final, la lógica implacable con el que los acontecimientos de la historia habían conducido a él, lo acepté, como no podía ser de otro modo, pero algo se rompió, alguna alarma saltó, y siguió sonando, pues yo me reconocí ya tan joven proclive a formar parte de Clubs que añoraban una perfección inhumana y que veneraban a dioses y diosas falibles y que contemplarían interminablemente una oscilación de ascensiones y caídas de las que, a la larga, sólo saldría triunfante el dolor.

Sí, Glenda, y Cortázar también se sabía así, sin duda, y por eso le escribió otro cuento, le escribió a usted, Glenda Jackson, una carta que era el relato que abría su siguiente libro, Deshoras, en la que le hablaba de Glenda Garson, y se mostraba horrorizado por ese final que él mismo había escrito. En la carta, fiel a su estilo, Cortázar se enredaba en una trama de casualidades, de saltos escoceses, escritores espías que se hacen desaparecer, y gaviotas en la Bahía de San Francisco. Pero usted y yo sabemos (no, no sé si usted lo sabe, porque no sé si le llegó esa carta, si alguna de esas deshoras fueron suyas) que de lo que se trataba era de un intento de expiación, que de lo que se trataba era del miedo.

Por eso, Glenda, no terminé nunca mi relato, porque no quería seguir hablando de la muerte de Glenda Garson ni volver a contar la historia siniestra de una crucifixión. Bien sé que lo que he hecho puede ser incluso peor, porque lo que he acabado perpetrando, ya lo ve usted, es un remedo de ese otro cuento de Cortázar, que lleva uno de los títulos más sugerentes que he conocido nunca, título que he plagiado también en más de una ocasión, Botella al mar.

Y con el agravante, qué le voy a decir ya a estas alturas, de que está será una carta muerta, una de ésas que acabarán en el depósito donde trabaja Bartleby, pues desde ayer usted está también, ay, Glenda, muerta, muerta de verdad, como lo está ya desde hace tanto Cortázar, y, le parecerá a usted ridículo, pero cuando leí la noticia de su fallecimiento ayer en Internet sentí un escalofrío, me sentí repentinamente más solo, fui una vez más ese adolescente, y mis remordimientos por haber formado parte del Club de los que quisieron a los que quisieron tanto a Glenda hicieron que me costara tanto dormirme.

Valga pues, este exvoto, esta botella al mar, como testimonio de una extraña conexión, de un eco de un eco de un eco, valga como epílogo al epílogo de un relato que le escribió una vez un escritor argentino, cuya tumba visité el año pasado en París, como tal vez visite la suya, Glenda, para colocar en su lápida una nota que diga sólo En aquel entonces era difícil saberlo, como en la de Cortázar deposité una nota que decía ¿Encontraría a la Maga?

Y ya no hay mucho más que decir, creo, solo resta enviar esta carta que no le será enviada por las vías ordinarias, porque nada entre nosotros puede ser enviado así. Y soñar, quizás, con un futuro que bien puede ser ya irreversible en que alguien escriba un epílogo de este epílogo de un epílogo, alguien, sí, Glenda, que nos quiera tanto.

Siempre suyo,


Agustín González-Cano

domingo, 11 de junio de 2023

Primeras veces

(La memoria del amor reposa en el otro. Y el otro siempre se ha ido para siempre. El único protagonista de la historia es el tiempo. Siempre lo es. - Un poema de hace un par de años.)



¿De dónde viniste cuando viniste, a dónde ibas?

¿Cuánto tiempo estuviste, estuvimos, por qué

lado del bar apareciste? ¿Cuánto

duró el abrazo?

 

¿Tenía retraso tu vuelo? ¿Hacía frío? ¿Llovía?

¿Qué día de la semana era? ¿Dormiste bien

esa noche? ¿Y la de antes? ¿Sabías ya

que nos encontraríamos?

 

¿Qué aspecto tenía yo cuando me viste llegar?

¿A qué sabíamos?

¿Cuántas veces nos sonreímos?

 

Y el tren aquel, ¿cuántos vagones tenía?

¿Por qué estaciones pasó? ¿Por qué no se detuvo

entonces

y siguió avanzando con su fijeza inclemente?

 

¿Y cómo sonaba el mar?

Dime todo sobre eso.

¿Te acuerdas tú de cómo sonaba el mar?

¿Tienes una caracola?

jueves, 8 de junio de 2023

Schwindel

Mis cuadernos están llenos de anotaciones de este estilo. Son decenas de ellos, pobres de mis herederos. O pobres de mis cuadernos...

Repaso notas. El 3 de agosto del año pasado acabo de volver de mi viaje a Suiza, en el que hubo homenajes a diferentes escritores: Walser, Nabokov, Rilke, Borges... Anoto en uno de esos cuadernos la noticia de que hay un congreso sobre Nabokov en Lausanne que se celebrará a finales de junio de 2023. Entonces me parece una especie de excentricidad o sueño absurdo, pero el hecho es que acabé apuntándome al congreso y en unas semanas vuelvo a Lausanne a mezclarme con expertos nabokovianos de todo el mundo. 

Sebald y Nabokov están inextricablemente unidos para mí, y no sólo para mí. Mi reverencia por Sebald es infinita, y puede que no haya otro escritor cuya sola evocación produzca en mí sensación tan placentera. El 4 de agosto de 2022 estoy trabajando sobre él. Manejo diferentes ensayos dedicados a su obra, que he ido comprando con los años, voy hilando pequeñas investigaciones y sugerencias. Lo que transcribo aquí es una reelaboración de ese material.

Lo comparto como acto de reafirmación de mi pasión sebaldiana, y como anuncio de lo que espero que sea este verano: algo mágico y extraño.

 

[Vértigo hace referencia a la primera novela de Sebald, llamada en el original Schwindel. Gefühle. Aunque Vértigo remite, ya lo sabemos, a muchas otras cosas más. En el Vértigo sebaldiano, Stendhal y Kafka son dos protagonistas fundamentales. La entrevista de la que se incluyen algunos fragmentos fue realizada por Piet de Moor para un medio belga el 6 de mayo de 1992, y está recogida en la recopilación de ensayos sobre Sebald Saturn's Moons. W.G. Sebald - A Handbook, editada por Jo Catling y Richard Hibbitt.]



Durante décadas me concentré en el trabajo académico. Pero siempre tuve pequeños cuadernos en los que solía hacer anotaciones muy caóticas. Vértigo apareció por casualidad. Compré De l'amour de Stendhal en una librería de Lausanne. Resonó con un montón de cosas que tenía en la cabeza, porque en él se nombraban muchas ciudades italianas que me resultaban familiares de los viajes que había hecho a Italia de niño. Así, Sebald, en una entrevista de 1992.

 

Yo leí, no recuerdo si entero, Del amor de Stendhal hace muchos años en castellano, en la edición de Alianza. Hasta en tres viajes pude haber comprado De l'amour en Lausanne. No lo hice. Acabo de encargarlo [en 2022, no olvidemos la mise-en-abyme, que es, al cabo, de lo que se trata aquí] ya en Madrid.

 

Estuve por primera vez en Lausanne en 1977, a los trece años (habitación llamada trece años) en un viaje decisivo. Fue de paso, en la gare entre dos trenes. No volví hasta, ya adulto, 2013.

 

Vértigo de Sebald termina así:


—2013—

Fin.

 

El libro es muy anterior a esa fecha, la primera edición alemana es de 1990. Esa cifra que empieza por 2 (hubo un tiempo, no tan lejano, en que un año que empezase por 2 pertenecía a un futuro de trajes plateados y automóviles volantes, no acabo de aceptar esta normalización banal del siglo XXI) fue ubicada ahí por Sebald a partir de la conexión que establece entre Stendhal y Kafka, dos de los pilares sobre los que se asienta Vértigo y viajeros ambos por el norte de Italia, como el mismo Sebald, a donde llegaron con un siglo exacto de distancia: 1813, Stendhal y 1913, Kafka.

 

El siguiente siglo, aparentemente, lo marcaría un tercer autor, un tercer viaje o (como fue tristemente el caso) ya el puro fin, la pura nada, pues Sebald no llegó a esa fecha de su emplazamiento, no volvió al norte de Italia en 2013, ya que murió trágicamente en 2001. El año de la odisea espacial.

 

2001, 2013, 2046, 2666. Años.

 

Yo elegí justamente 2013 para viajar a Suiza y retornar a Lausanne, 36 años después de aquel 1977. Iba a recorrer los santos lugares rilkianos del Valais por primera vez, como el año anterior había ido por primera vez a Duino y a Trieste en peregrinación igualmente rilkiana.

 

Llegué tarde a Sebald, pero para 2013 ya había leído, por supuesto, Vértigo (ese ejemplar lo compré en la librería Antígona, de Zaragoza, lo recuerdo bien, y es el de Debate, no el de Anagrama) y había olvidado el emplazamiento. Ahora han transcurrido muchos años más y 2013 es ya el pasado, como lo es el 2019 de Blade Runner.

 

No he sido, creo, por tanto, el tercer escritor. No sé si habrá algún año, algún viaje, algún Sebald de un futuro (¿2113?) que se ocupará de mí. No sé si esas cosas pueden ya siquiera pensarse, si tienen sentido. Si las anoto aquí es por su vértigo.

 

En la entrevista de 1992, le preguntan a Sebald si ese 2013 es un aviso de un apocalipsis. Sebald habla sólo de la incertidumbre sobre lo que traerá esa fecha. Él nació en 1944, habría cumplido 69 años en 2013, seguramente se imaginaba vivo para comprobar su extraña predicción muda.

 

Yo nací sólo veinte años después que Sebald. Veinte años antes de mi nacimiento todavía no terminaba la Segunda Guerra Mundial. Sí, claro, toda fecha es un aviso de apocalipsis. Siempre hay un apocalipsis en curso, vigente, siempre hay otros esperando en el futuro, y venimos de tantos apocalipsis anteriores.

 

Sebald hablaría aquí de la historia natural de la destrucción, como hizo en Zürich. Sí, vigente.

 

Es en el viaje italiano de Kafka del que Sebald habla en su libro cuando tiene lugar el affaire de éste con Gerti Wasner, la suiza. Para llegar a Riva, K. pasó por Venecia. Y por Trieste.

 

Cien años después yo paseé junto al Léman por primera vez y le conté a mi acompañante (de l’amour...) el Manuscrito hallado en un bolsillo de Cortázar, pleno en espejos y dobles y nombres y, ay, Métro.

 

Finalizando la entrevista, Sebald declara: Mucha gente me pregunta: “¿por qué escribe usted todavía cuando tiene una visión tan pesimista del mundo?” Es un intento de crear pequeños estanques de atemporalidad.

 

Tiny pools of timelessness. Sí, exactamente. Nabokov no lo hubiera dicho mejor.

martes, 6 de junio de 2023

Laura

(Un homenaje a la literatura, y un recuento del paso del tiempo. Acabo de escribirlo, sin mayores pretensiones, sólo para comunicaros cosas que son importantes para mí.)




Laura entró en mi habitación la primera vez cuando yo tenía trece años.

Había ocurrido un milagro: en mi libro de lectura del colegio (Senda, de Santillana, octavo de EGB, curso 1977-78: ésas son las coordenadas, y son importantes) hay un poema de Petrarca. Allí el poema empieza: Cuando sus ojos Laura a tierra inclina.

(El milagro es aún mayor: en esa edad, en ese curso, la lista de autores de los que se podían encontrar fragmentos en Senda es apabullante y marcó mi educación literaria, me conformó como lector, como escritor, como persona. He recuperado el índice buscando por Internet. Es como lo recordaba: poemas de Borges, Breton, Vallejo, Celso Emilio Ferreiro, ¡Pessoa! Textos narrativos de Dostoievski, de Borges, Cortázar, ¡Kafka!, ¡Proust!. También Brecht, Beckett... Y me dejo bastantes por citar.

Sí, ese milagro ocurrió, no creo que ocurra ya más en ningún libro de ningún colegio. No sé si fue bueno o no exponer a un niño de trece años, ya (¡ay!) letraherido, a semejante plétora. Pero yo no puedo estar más agradecido a los que eligieron a esos autores. Sobre ellos edifiqué mi gusto literario. La mayoría siguen ahí, como mis totems, o mis lares.)

Pero quería hablaros de Laura. He buscado luego, claro, ese poema. El traductor de Senda hizo uso de una licencia, quizá teniendo en cuenta el que la figura de Laura era algo suficientemente potente como para recalcar que el Cancionero estaba lleno de poemas dedicados a ella. Unas páginas más atrás se había hablado de Beatriz (aún no Beatrice) al referirse a Dante que, claro, también estaba en mi libro de lectura de los trece años. Lo cierto es que el verso original de Petrarca dice: Quando Amor i belli occhi a terra inchina. No Laura, sino Amor, aunque bien podemos tomarlos como sinónimos.

Yo escribía ya a esa edad, y mucho antes. Yo ya me tenía como poeta. Escribía poemas terribles en largos versículos imitando el Poeta en Nueva York, o pequeñas composiciones aún rimadas que sonaban mucho a Bécquer. César Vallejo me trajo Trilce y me voló la cabeza. León Felipe me enseñó a escribir Luz con mayúscula. Con Blas de Otero me convertía en un poeta social y político y melancólico. Ésos eran mis poetas de los trece años. 

Con catorce empecé a escribir de otro modo. Aún conservo todo aquello. Hubo un día, creo que fue el 16 de abril de 1979, en el que me senté a mi máquina de escribir (yo tenía una máquina de escribir que era mía, se la había pedido a mis padres y me la habían comprado con esos trece o catorce años, una Olivetti Lettera 35) y me salieron del tirón veintitantos poemas que sonaban de otro manera, que se parecían a las letras de las canciones de Bob Dylan o Patti Smith, que por entonces llegaron con fuerza a mi vida (sí, también me atrevía con el inglés).

Uno de esos poemas empezaba Cuando mi baby inclina sus ojos a tierra... y era un desaforado poema de amor, como los que escribía entonces (¿sólo entonces?). Yo ya tenía mis Lauras, ya había comprendido que para mí el amor sería eso ante todo: literatura. Leo con ternura esos versos, me recuerdo bien en esa adolescencia torturada pero esplendente. No se puede ser duro con alguien al que los dioses habían destinado para un oficio tan complicado como el de poeta.

Laura, pues, se pasea por mi vida, por mis habitaciones (ya convertidas tan a menudo en la de Proust) desde los trece años. Ha aparecido en diferentes advocaciones, con diferentes nombres, con letras de más o de menos.

Hay una Laura que es primero un retrato y luego una révenante. De fondo, Charlie Parker. Es una película de Otto Preminger. El título del film en Italia no es Laura, sino Vertigine, vértigo. Qué os voy a decir ya a estar alturas sobre mi pasión (mi obsesión) con el Vertigo de Hitchcock. En Italia la película de Hitchcock se tituló La donna che visse due volte. Spoiler alert!

Hay una Laura che non c'è più y suena en una canción extremadamente pegajosa. Hay otra canción llamada Laura, de Lluis Llach, que escuché también muy joven. Y una, anterior, en el que el cantante pedía que le dijeran a Laura que la quería. Hubo un tiempo en que, en el garito, pinchaba Friday I'm love, porque era viernes (después de un largo jueves que había durado una eternidad) y yo estaba enamorado de Laura. L'aura.

Tardé bastante en comprender que la Laura de Petrarca era francesa, no italiana. La busqué por Avignon. Supe que puede corresponder a una persona real (pero qué importaría eso), uno de cuyos descendientes fue el Divin Marquis. Esa Laura murió durante la Gran Peste.

No sé si fue por eso por lo que, al iniciarse el Confinamiento (estoy repasando esas notas) volví a ocuparme de Laura. Volví a ver la película de Preminger y a escuchar a Charlie Parker interpretando esa canción (esto lo estoy tocando mañana). En ese tiempo entre paréntesis quise ver de nuevo Twin Peaks. Me compré la serie entera en DVD. Allí hay una Laura a la que encontraron, como a Ofelia, sobrenadando en el agua, en un pueblo de montaña. Yo estuve con esa Laura en la habitación roja.

Un día de esos del encierro escribí ha venido la muerte y tiene tus ojos, porque al final los versos vuelven y los belli occhi de Laura pueden ser también los de Constance Dowling, de la que ya sabemos también por aquí. Sí, los ojos de Amor, los ojos de Laura, que se inclinan desde mis trece años también estarán por ahí, en el torbellino de imágenes, cuando todo vaya a apagarse. No será malo que esos ojos, o los ojos verdes de Maria Casarès se encuentren con mi última mirada.

No son cosas sobre las que se pueda hacer mucho. Ahora la Peste nos ha dado una tregua y la vida sigue su río. Yo os traigo a pasear a mi jardín de Lauras, de laureles. Y en unos días celebraré mi cumpleaños (muchos más de trece) en Twin Peaks. 

Brindaré por Petrarca.

 

[El sitio donde celebro mis cumpleaños es el muy recomendable Estupenda Café Bar, de Madrid, que está decorado completamente en homenaje a Twin Peaks.]

 


jueves, 1 de junio de 2023

Entras en mi sangre

 (Un poema escrito especialmente para el blog.)


Da sagt uns wohl einer:

ja, du gehst mir in Blut, dieses Zimmer, der Frühling

füllt sich mir dir... Was hilfts

RAINER MARIA RILKE, Zweite Elegie


Cuando dejamos de salir por las noches nos convertimos en vampiros diurnos.

 

Habíamos estado en todas las noches:

            la noche de los lotófagos,

            la noche de las luciérnagas,

            la noche de los muertos vivientes,

            la noche inolvidable, y la noche olvidada,

            la gran noche.

Ahora la noche nos escupía como un espejo convexo y nosotros, con los ojos enrojecidos del insomnio del alma, nos apoltronábamos en viejos cafés de barrio y acarreábamos un cuaderno en el que garabateábamos poemas

            como éste.

 

Aprendimos a caminar de día, cuando las luces de los semáforos no son como ojos de migala en la caja obscura de la fotografía a punto de velarse.

(No olvides que eres tú el que eliges los colores de los sueños, nos habías dicho, y tenías razón, pero de repente todos los colores estaban aplastados por la dura luz de la consciencia.)

Aprendimos el lenguaje de las aves diurnas, sus cláxones, el voceo de los mercaderes, el tictac de la bomba de tiempo que es el día.

Nos cruzábamos en las avenidas con el Minotauro, completamente desorientado.

Nos cruzábamos

            con otros vampiros de ojos enrojecidos,

            no nos decíamos nada,

            para qué.

 

Estábamos abrumados, era como si Whitman acabara de salir por primera vez del Metro, no había espacio en el cuaderno para que cupiera en el poema todo lo que veíamos, todo lo que oíamos, deslumbrados como un recién nacido.

 

Y cuando caía la noche, atemorizados, nos refugiábamos en el ataúd de las cuatro paredes, y bajábamos las persianas y los párpados,

            y dormíamos,

            como los animales que éramos,

            y soñábamos,

            en blanco y negro.

 

Había un recuerdo atronador de himnos y un hormiguear de caricias en nuestros dedos afilados como garras, había el peso de un haber sido que nos oprimía el pecho como un súcubo y no nos dejaba respirar cuando entraba en la habitación la yegua ciega.

Éramos vampiros diurnos, nos ganábamos la vida en oficios miserables, envejecíamos. Caíamos agotados al lecho cada noche.

En suma, nos enmohecíamos.

 

Habíamos acampado en el último muro de la vigilia. Detrás de él ya no había nada: lo glauco, una larga llanura de noser a la que habíamos arrojado todos nuestros hijos, que son pequeñas arañas, todos nuestros versos.

Éramos vampiros diurnos, ya no servíamos para nada. Ya ni siquiera podíamos desvanecernos, aniquilados por la luz,

            por el flash de la Vernichtung,

            ah, we fade to grey,

            we fade to grey,

pero el día volvía y había en él una nueva masacre de gallos, y nosotros despertábamos desde nuestros fragmentos.

 

Y entonces, por el otro lado de la historia, desde el reverso del naipe, emergiendo del espejo, volviste, y se hizo de noche y nos mantuvimos despiertos, y las líneas de metro volvieron a rimar con las venas de nuestros brazos y avanzamos por la larga noche, y nos supimos de nuevo, y para siempre, gozosamente

            ficticios.