No oceano infinito
Estão detidos num
barco
E o barco tem um destino
Que os astros altos indicam
SOPHIA DE MELLO BREYNER ANDRESEN, Os navegadores
1.
En
el penúltimo capítulo de la última parte de L’education sentimentale asistimos
a una de las más gloriosas elipsis de la literatura, una elipsis que cubre toda
la época del Segundo Imperio tras haber transitado por la de las revoluciones.
Frédéric desaparece durante dieciséis años, o al menos, su narrador
omnisciente, tras el que se oculta, naturalmente, Gustave Flaubert, deja de
relatarnos con pormenores su peripecia, antes de ese momento de recapitulación final
que supone el reencuentro con la tan amada Madame Arnoux, cuyo cabello se ha
tornado blanco. Para cubrir todo ese enorme espacio narrativo, Flaubert recurre
a un artificio memorable: tres frases, dos de ellas de tan solo dos palabras,
las que abren y cierran ese hueco. Y, en medio, una oración mayor, pero aún muy
breve, construida como una enumeración, que contiene el material de esa vida
que se ha consumido.
2.
En
efecto, el capítulo VI de la tercera parte de la obra comienza así:
Il voyagea.
Il connut la mélancolie des
paquebots, les froids réveils sur la tente, l’etourdissement des paysages et
des ruines, l’amertume des sympathies interrompues.
Il revint.
El
pretérito indefinido nos aleja en la temporalidad: estamos en cosas que ya han
sucedido. Hemos vuelto, nos hemos reincorporado a la vida mundana. Ya no somos tan
jóvenes. Es decir, ya no somos jóvenes en absoluto. Ese largo paréntesis de
los años se ha llenado del aturdimiento y el vértigo de la sucesión de los
paisajes y las ruinas ante los ojos del viajero. Se ha llenado y luego se ha
vaciado, dolorosamente, de las simpatías pasajeras y tan tempranamente, ay,
interrumpidas, personas a las que nos encontramos en una llegada que se torna
súbito en partida. Y sobre todo eso, entrelazando todo eso, un gran frío, el
frío de las tiendas, acaso en la madrugada del desierto, cuando todos los
lugares que podemos llamar casa están a la intemperie.
3.
Pero,
de toda esa colección de trofeos, de todos esos elementos del desastre,
como titularía Álvaro Mutis, la imagen definitivamente inolvidable es la de la melancolía
de los paquebotes. Una melancolía que parecería que se ha trocado en una
mercancía que acarrean esos buques, junto con las sacas del correo, de puerto a
puerto, en un cabotaje infinito que se reanuda apenas termina el rosario de
topónimos. Esa melancolía sólida se almacena junto a los víveres y el lastre en
las bodegas de los corazones de los perpetuamente transeúntes. Cuando Fréderic,
huyendo de su propia juventud, se embarca en esa expedición que
le llevará al Grand Tour, a las largas travesías de los aventureros del siglo
XIX, ya es, naturalmente, un melancólico, ya lleva con él su aporte a esa
estiba, y sabe que, por más que corra, no podrá dejar atrás esa sensación de
pérdida. Por eso il revint, pero cuando regresa, por supuesto, ya no es
el mismo. Ni tampoco son los mismos quienes le reciben.
4.
La
clave de la expresión está, no obstante, no en melancolía, sino en paquebotes.
Justamente porque es un término connotado temporalmente, un vocablo ya en desuso,
que apunta a unos vehículos, a un sistema de transporte que ya ha periclitado
hace mucho. El packet-boat que está en el origen de la expresión, ya es
un animal extinto, o por lo menos lo es su taxon, su nombre de especie. La
melancolía de los navíos, o de los botes o de los barcos o de
los buques no resuena del mismo modo. Hay una rutina misteriosa y al mismo
tiempo trivial en los barcos de línea que acogen a pasajeros y los conducen de
un puerto al siguiente, bajo la lluvia o bajo el sol inclemente, en los mares
de Oriente, mientras anota Conrad, o en el Báltico que vigila atentamente Mutis.
Ésa es la melancolía definitiva, la de un desarraigo leve pero imbatible, la de
un drama insondable y también anodino, la melancolía de una borda de madrugada
y un café que arde en la garganta mientras las luces de la siguiente ciudad
parecen insinuarse.
5.
Nada
de eso tiene en realidad que ver con L’education sentimentale.
Justamente, Flaubert despacha con esas dos pinceladas magistrales una
historia completamente diferente. La historia de los viajes de su protagonista,
la parcela de esa vida exiliar que se aleja y se aísla de los salones y las
calles de París, Flaubert no nos la cuenta y se inventa eso para no
contarla, para decir: no, no voy a hablar de esto, pero tampoco puedo callar que
el tiempo ha pasado, que Frédéric ha estado ausente, ha envejecido, que todo ha
cambiado, no puedo callarlo y al mismo tiempo no puedo contar esa historia, no
es la historia que estoy contando. Necesito que se marche, que se vaya muy
lejos, que desaparezca, que los años transcurran, se amontonen uno sobre otro,
para que entonces vuelva y se produzca el reencuentro que cierra
bellamente el círculo. No, que no lo cierra, porque el círculo es una espiral y
las cosas ocurridas no se recobran, los hilos no se retoman, y el cabello de Madame
Arnoux es blanco ahora. Por eso, como tengo que contar todo eso sin contarlo
hago otra cosa, hago una cosa magistral: escribo un poema. Inserto,
inadvertidamente, un poema. Envuelvo esa elipsis, ese corte abrupto en tres
frases inolvidables. Sí, ése es mi blanc. Helo aquí: ahora el lector
sabe también de la melancolía de los paquebotes y tiene el frío metido en el
cuerpo, porque para él también pasan los años y sus cabellos también encanecen.
6.
No
es de extrañar que a Marcel Proust le apasionara ese truco. En un ensayo
publicado el día de Año Nuevo de 1920 en la Nouvelle Revue Française (Proust
moriría un poco menos de tres años después) titulado À propos du “style” de
Flaubert se refiere a ese salto del modo más elogioso posible: En mi
opinión, lo más bello de “La educación sentimental” no es una frase, sino un
blanco. Flaubert nos ha relatado con el máximo detalle a lo largo de muchas
páginas las acciones más nimias de Frédéric Moreau. Pero, entonces, prosigue
Proust (traduzco y más bien parafraseo), aparece ese “blanc”: un enorme “blanco”
y, sin la menor sombra de una transición, de repente la medida del tiempo pasa
del cuarto de hora a los años, las décadas. Ése es el truco de prestidigitación.
No es sólo que podamos resumir la vida entera en dos líneas, que toda biografía
pueda enmarcarse sin más complicación entre nació y murió. Se
trata de que el narrador dispone de una máquina que acelera o estira el tiempo,
de una manivela que ralentiza o avanza vertiginosamente la película de lo que
se cuenta, de lo que nos muestra a los lectores. Eso, la comprensión de ese
dispositivo, es lo que fascina a Proust.
7.
Y,
en cierto modo, Proust aprende la lección y se convierte en discípulo de
Flaubert, cuando, en el decisivo Le Temps retrouvé, que va a concluir de
manera magistral su Recherche introduce una elipsis igualmente dilatada,
más aún incluso, porque los límites del periodo son difusos, y muestra al je
de su narración reviniendo a París después de mucho tiempo,
después de haber pasado por casas de salud, haber envejecido, haber desesperado
de su vocación literaria y haber perdido de algún modo el hilo de su
vida, para reintroducirlo, como a Frédéric Moreau, en la vida mundana.
Es en esa matinée en casa de la Princesa de Guermantes cuando,
finalmente, nuestro narrador, al que venimos acompañando desde hace miles de
páginas, recibe su revelación, que es el Tiempo en su más pura esencia,
el Tiempo que ha hecho envejecer a todos sus coprotagonistas hasta
llevarles al grotesco Bal de Têtes pero también el Tiempo lábil,
moldeable, escamoteable de las iluminaciones de la memoria involuntaria. No, no
basta, como bien sabe Proust y como bien sabe Flaubert, con contar algo:
los sucesos que enumeramos se emplazan en un tejido sutil pero omnipresente, el
tejido del tiempo narrativo, y es el dominio de esa complejísima maquinaria lo
que convierte a un escritor en un maestro y a su novela en una obra inmortal.
8.
Pero
volvamos a nuestros paquebotes, a nuestros friolentos camarotes, en la noche
que precede a la arribada a una nueva ciudad en la que se nos saludará en otra
lengua. ¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia dónde iremos cuando hayamos llegado allí y
volvamos a partir? ¿Quiénes nos acompañan en la singladura? ¿Qué caballeros
distinguidos, bellas jóvenes, marineros de orígenes indescifrables, contrabandistas
o confidence-men, gente que va o regresa? Miremos con detenimiento.
Hemos viajado tanto que en realidad todos nos parecen conocidos. Estamos en
Europa, a finales del siglo XIX o comienzos del siglo XX, nos queda aún la
conciencia de las distancias, el conocimiento de la lejanía, la sensación de
descubrimiento cada vez que una nueva rada se abre ante nosotros, una idea muy
concreta de la inagotabilidad de las experiencias, de la vastedad de la
geografía, de la innumerabilidad de los seres humanos. Nos queda aún la
maravilla. Somos viajeros melancólicos y la humedad no acaba de salir de
nuestro huesos, pero nuestras travesías aún dan para novelas. Y poemas.
Escuchemos. Escuchemos las palabras, las palabras de esas lenguas.
9.
La
navegación, el tráfico ferroviario, las largas autopistas, todos esos ámbitos
contienen su propia gramática, ostentan su propio léxico. Todo eso son inventos
recientes en realidad: el vapor, la electricidad, el motor de combustión. Todo
se ha acelerado. Alguien diría, muchos dijeron, que todo se ha sacado de
quicio. Este lugar en el que las palabras viajan, incorpóreas, por un ámbito
inesperado llamado ciberespacio, era la estación término a la que
conducían aquellos primeros pasos. Pero ahora, en el tiempo de este relato,
todo eso aún está empezando. Todo eso requiere de poetas. Poetas que se
embarquen en transatláticos, recorran las estepas en el Transiberiano, se hagan
transportar a lomos de camello o trineos, extiendan el dominio de ese prefijo trans
que encierra en sus dos consonantes compuestas todas las posibilidades del
viaje.
10.
Hay,
de entre los muchos tomos de la colección de poesía de Gallimard, que se
presenta bajo el sello original de la NRF, esto es, de esa Nouvelle
Revue Française en la que publicó Proust, uno singular. Se trata de una
antología poética de apenas 150 páginas, que se encierra entre los nombres de
Charles Baudelaire y Henri Michaux, es decir, que cubre justamente ese periodo
bisagra. Baudelaire nació en 1821 y es un poeta que llena por sí mismo el siglo
XIX. Michaux aún ha nacido en ese siglo, pero ya en 1899, es un poeta
plenamente del XX. Entre ellos, muchos más, todos los poetas importantes de la
literatura francesa de esos años. ¿Qué los une en esa selección, cuál es el leitmotiv
de la antología? El título nos lo revela: Poètes en partance. Esto
era: la partance. El momento inicial, el comienzo, la ruptura, el gesto
irreparable de apartarse de la jetée, del muelle, del andén, de la
terminal. Poemas de ese desgarro, que contienen la tristeza de la despedida y
la esperanza del hallazgo. Lo que hay justo antes de la melancolía del
paquebote, lo que concluye con el toque de sirena, con el arriado del pabellón
de partida. Aunque la melancolía sigue ahí, claro, en esos espacios liminales,
en la estación, en el puerto, en el aeropuerto.
11.
Partance
no es una
palabra inocente. De hecho, no tiene una traducción sencilla al castellano.
Decir partida no es completamente correcto. Existe départ, al fin
y al cabo. Un término que se trasladó incluso al inglés: departure, un
antónimo de arrivée, de arrival. No, hay algo más: un carácter activo.
Départ parece algo concluido, algo inamovible. Puede que no haya llegado
aún el momento de la partida, pero es un suceso claramente encapsulado. Ahora
estamos aquí y hablamos de ella en futuro. Luego estaremos allí y hablaremos en
pasado. En cambio, en partence es ahora, está ocurriendo, es como un gerundio, un participio activo, un partiendo que habría que
transformar en una partancia que rimaría en consonante con errancia,
que es de lo que, en última instancia estamos hablando. Partence es ese
acto de partir, de separarse. El buque, aparejado, leva anclas. Partence
es la leva. Es la zarpa también, pues se puede y se debe llamar
zarpa a ese momento del zarpar, y esa homonimia que nos conduce a la garra también
resuena con el desgarro del marcharse. Me estoy marchando decimos cuando
tenemos el pomo de la puerta entre los dedos. Ya se marcha el tren, comentamos
cuando lo vemos arrancar y dejamos ya de hacer adiós con la mano. Es la partance.
Dura un instante y luego, simplemente, nos queda el départ, y el estar
solos.
12.
Leva
también enuncia
en castellano la operación del reclutamiento militar. En tiempos de guerra, es
decir, en todo tiempo, esa maniobra de coerción se repite. Hay un breve relato
de Kafka que lo traslada al extraño mundo de su construcción de la muralla
china. La llegada de los soldados al pueblo, el alinearse de los
habitantes, la elección de los jóvenes, y luego ya de cualquiera, porque se
necesita más carne de cañón. Somos levados, somos levantados de nuestro
hogar, nos trasladan, nos meten en un tren, nos llevan a pegar tiros.
Sí, las palabras siempre son peligrosas, la garra de la zarpa nos conduce a
esta leva y la partance se hace sin retorno. Nunca lo olvidemos. Nunca
deja de pasar. Nunca deja de pasar. Nunca, nunca deja.
13.
Entre
los poetas antologados en el librito que he mencionado, se encuentra, por
ejemplo, Blaise Cendrars, hombre de vida ajetreada y que nos transmitió muy tempranamente
el vértigo de los paisajes en su Prose du Transsibérien, en versos
largos que se van extendiendo como la lombriz metálica del tren por las vastas
llanuras. Dis, Blaise, sommes-nous bien loin de Montmartre? Tenemos Le
voyage baudeleriano con el niño enamorado de los mapas y las estampas que
un día parte y empieza a recorrer el poema, es decir el mundo, para adquirir el
amargo saber de viaje que concluye, claro está, en la misma parada en la
que concluyen todos, la Muerte, vieux capitaine. Y Cocteau nos enumera
las ciudades que conoce para concluir je me sens mal partout, sauf en tes
bras tenu. Son apenas punteos, pequeños telegramas poéticos que a duras
penas pueden abarcar un tema infinito. Pero nos llevan, nos mecen, nos arrastran.
Leyéndolos combatimos la melancolía de los paquebotes. Lo hacemos generando
nueva melancolía en nuevos paquebotes. Así es como funciona el móvil perpetuo.
14.
Extrañamente,
en esa nómina de poetas no figura uno que podríamos considerar obvio: A.O.
Barnabooth. Es bien cierto que tal caballero, al que nos ha parecido ver junto
al puente de nuestro paquebote, no existió en realidad, o existió como lo hacen
los heterónimos, siendo y no siendo al mismo tiempo Valery Larbaud, su inventor
o su compañero de viaje. Barnabooth, que le legó la segunda mitad de su apellido
(la viajera, la primera es la del sedentario y desganado Bartleby) al
protagonista de La vie mode d’emploi de Perec, es un rico heredero always
on the move que nos cuenta sus arribos a puertos siempre nuevos, nos
escribe desde habitaciones de hotel iluminadas con luz eléctrica, nos arroja
nombres de ciudades inimaginadas, combina su ancestral ennui con la
insaciabilidad de un rabo de lagartija. Una noche en el puerto tiene su rostro vaporisée
en Portugal, y está arrodillado en el diván del camarote a obscuras, mirando a
la ciudad iluminada, reconociendo su geografía. En el siguiente poema nos
confiesa que escribe siempre con una máscara en el rostro, no sabemos si la
máscara de Barnabooth o la de Larbaud, pero sí, en todo caso, que esa máscara
es veneciana. Y seguimos transitando arrobados por esa especie de baedeker
poético hasta que las latitudes nos dan las tantas.
15.
Y
si Barnabooth está por aquí, Álvaro de Campos no puede estar lejos. Seguro que
han coincidido ya muchas veces en los transatlánticos. Los dos son, en verdad,
heterónimos, aunque el casi diríamos que inocente juego de Larbaud no puede
compararse con la vasta empresa de Fernando Pessoa, que extrajo de sí más de un
centenar de nuevos seres, en la cúspide aristócrata de los cuales se
sitúa sin duda o engenheiro Campos, autor de poemas tronantes escritos
también al whitmaniano modo, en largos versículos en los que Álvaro no
desdeña las mayúsculas, las onomatopeyas y las variantes tipográficas. Recorrer
la obra de Campos es, de nuevo, viajar por los más exóticos rincones del planeta
llamado Poesía. En su Oda marítima nos interpela continuamente: AHÓ-Ó-Ó-Ó-Ó---yyy,
lleno de la melancolía de los paquebotes, ésa que se nos introduce por las
pupilas a la vista de los muelles que se van haciendo pequeños y que vuelve a
aflorar por los lacrimales cuando los mulles se hacen grandes otra vez.
16.
Campos
comienza sozinho, con ese incomparable diminutivo que el portugués,
sabiamente, ha incorporado de manera definitiva al estar solos. Sozinho, no cais
deserto, y ahí tenemos ese cais del que una vez hablamos, esa jetée,
esa lengua que aún está en nuestro beso mientras estamos en partance, la
partance que supone el final del beso. Campos mira para lo Indefinido,
con su mayúscula, y ese mirar le alegra. Y entonces, justamente, pequeño,
negro e claro, un paquete entra. Un paquete, un paquebote. En
el arribar siempre hay dos lados, dos perspectivas. Campos está ahora en
tierra, pero también sabe del estar en el mar. El paquebote que ve entrar
también de algún modo le conduce a él. El paquebote en el que entra le muestra
a sí mismo esperándose. Así es como funciona el vivir. Toda división entre
muelle y rada, entre tierra y mar, es ilusoria. Todo es movimiento, todo es
paquebote, todo es partance. Todo es viaje. Todo es desgarro.
17.
En
el trasiego del puerto, Campos sabe que los paquebotes traen, ante todo, un
misterio: el misterio del llegar y el irse, las memorias de los otros muelles,
el anhelo de muelles aún por recorrer. Todo es inconscientemente simbólico,
terriblemente amenazador de significados metafísicos, todo se hace
insondable como el océano, el océano al que la partida nos conduce para llevarnos
hasta una embriaguez de saludos, eh eh eh eh eh, y a los Fifteen men
on the Dead Men’s Chest durante páginas y páginas en busca acaso del Cais
Absoluto que puede muy bien estar solo, sin barcos, en silencio, como el
alma. Nadie vuelve igual que se fue, nadie abandona la cubierta de ese poema
sin saber algunas cosas más sobre las tormentas del vivir y la vastedad del ser
y el no ser.
18.
¿Para
qué este viaje, que nos ha traído hasta aquí, hasta tan lejos, tan cerca, como
la barra de Lisboa? ¿Para qué ese name-dropping, esa especie de
guía de viaje con destinos de cruceros anacrónicos y dudosos? ¿Por qué se ha
complicado de este modo el envoi que pretendía simplemente dedicarte un
ejemplar del Livro do Desassossego? Bueno, cuando uno entra en esos
territorios de la heteronimia y la errancia, nada es ya seguro. Y las fechas
son muy malas. Hemos entrado en otro año. Ese cambio de calendario, trivial
como es en el fondo, nos lleva siempre a la reflexión, que es, esencialmente,
constatación: O Tempo não para, que cantaba Cazuza. Es decir, nos emplaza.
Nos emplaza justamente en nuestra impermanencia, en ese extraño modo de ser
que es el desplazamiento, la sucesión de arribadas y zarpas, la partance.
Somos seres en fuga, en perpetuo no estar, en perpetuo llegar e irse. Aparecemos
en las pantallas del aeropuerto, venimos a la hora y luego ya no estamos, otros
vuelos aparecen. ¿Estamos en el tren? Sí, estamos en el tren. Coincidimos en el
compartimento, intercambiamos unas frases. Miramos lo que lee el otro. Libro
del desasosiego. Sí, eso es: desasosiego. Con ese des que parecería indicar
que es una negación de algo que existe, de un sosiego que en realidad
nos resulta esquivo, melancólicos como somos, en nuestros paquebotes que surcan
mares interminables.
19.
No,
no hacía falta esta atrabiliaria y desmesurada digresión. Lo que yo quería
decirte es que la vida son apenas tres líneas. La primera y la tercera son muy breves:
viajamos, volvemos. La del medio puede ser más larga. Depende. A veces
está llena de cosas, a veces es tan larga como una novela, como toda la Recherche,
como la Oda marítima con todos sus puertos. A veces, no, casi siempre,
no, siempre, esa línea empieza por la melancolía de los paquebotes, pero
lo importante es que en algún momento de esa frase estés, estemos, estemos
juntos. Que en alguna de sus cláusulas, de sus parataxis, aparezca tu nombre,
el nombre que tenías entonces o el que tendrás, que aparezca, por ahí, perdida,
de vez en cuando, la palabra abrazo, que tantas esperas en tantas salas
de espera de tantos puertos y aeropuertos y estaciones den de vez en cuando
para un me acuerdo de ti, para un te quiero. Eso es la vida, N.,
la frase del medio. Y uno la va escribiendo también en los camarotes húmedos y
fríos de los paquebotes, bajo la luz mortecina de lámparas siempre a punto de
la extinción, mientras suena la sirena que anuncia la nueva llegada, que es la
nueva partida, y eso es vivir, eso es estar vivos: navegar. Navegar es preciso.
20.
Pessoa,
también en el Libro del desasosiego, en la edición que tú tienes, que es
la primera que leí y anoté yo hace tantos años, la de la traducción de Ángel Crespo,
en los textos 4 y 450, al principio y al final de la travesía, cita esa frase: navegar
es preciso. En las otras ediciones del Livro, que colecciono, como
tú bien sabes, los números varían, porque el Livro do desassossego, o desasocego,
como lo escribía Pessoa, no es un libro terminado, armado, concluido, es un
objeto vivo, es un objeto en plena navegación. En la de Jerónimo Pizarro publicada
por Tinta da China, que es la que tengo delante, son el 125 y el 137, y están
fechados, con dudas, en 1916. Son trechos largos, que no voy a transcribir aquí.
Lo que nos importa es lo siguiente. Uno termina: Decían los argonautas que
navegar es preciso. Argonautas nosotros, de la sensibilidad enfermiza, digamos que
sentir es preciso, pero que no es preciso vivir. En el otro se nos dice: Reproducimos
así, en la especie dolorosa, la fórmula aventurera de los argonautas: navegar
es preciso, vivir no es preciso. No fueron los argonautas los que dijeron
eso, N., pero es tan bello que Pessoa, o por mejor decir, Bernardo Soares, los
evoque. La frase la atribuye Plutarco a Pompeyo, que se embarcó en el mar
proceloso contra el consejo de los suyos, pues navegar es, sin duda, mucho más
importante que vivir.
y 21.
¿Ése
es el mensaje? ¿Vivir no es importante? Bueno, en esa frase tantas veces
repetida, que fue el lema de la Liga Hanseática, de gente que sabía
algunas cosas de navegación, el dilema es otro. Vivir es siempre vivir. Pero
uno puede vivir permanentemente en el puerto, acobardado ante la borrasca,
temeroso de las nuevas tierras, sedentario, Bartleby, adocenado, triste, viejo,
muerto. La otra posibilidad es embarcarse. El tiempo transcurre igual de
los dos lados del muelle, el tiempo pasa inclemente. Navegar, arrostrar la
melancolía de los paquebotes, al menos nos regala el espacio, al menos
nos permite la visión de los puertos iluminados, la incansable persecución del
horizonte. Ya que estamos en partance, partamos, transformemos la partance
en départ para que luego haya una nueva arrivée, y así
sucesivamente. En otro texto de Pessoa se nos dice que no es preciso vivir, pero
es preciso crear. Navegar es preciso, crear es preciso, no dejes nunca de hacerlo.
Y cuando coincidamos en el puente de alguno de esos barcos podremos contarnos dónde
hemos estado y hacia dónde nos dirigimos, mientras suena por los
altavoces Os argonautas, el bello himno pessoano en clave de fado que
compuso Caetano Veloso mientras estaba justamente detenido, confinado en arresto
domiciliario en Salvador de Bahia, por oponerse al dictador de turno, pues
nunca faltan los dictadores, como nunca faltan las guerras. Y esto era lo que
quería decirte, N., pero no me cabía en la página del Libro del desasosiego.
Que los vientos te sean propicios y te traigan de vez en cuando a este puerto
desde el que yo, más cobarde que tú, más viejo, te mando este mensaje en una
botella. Y que nunca dejen de arribar los paquebotes.
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