lunes, 9 de marzo de 2026

La noche del corazón

  

La Europea, retrato fúnebre de El Fayum, s. II d.C., Musée du Louvre


J’ai adoré un visage de terre cuite que la mort a brisé.

CHRISTIAN BOBIN, La nuit du cœur

 

1.

Como es bien sabido, los místicos tienden a fechar con prolija precisión sus experiencias cuando se disponen a relatarlas, desde la incapacidad del lenguaje para dar cuenta de ellas. Famosamente, el gran Blaise Pascal compuso un breve texto que se ha dado en llamar el Memorial, que siempre mantuvo en secreto y que no se descubrió hasta su muerte, cuando se advirtió que, cosidos en el forro de su gabán, había dos papeles, uno de ellos con la anotación original y otro con la copia en limpio de ese mismo texto. Pascal había ido trasladando de una prenda de vestir a otra a lo largo de su vida ese testimonio de su nuit du feu. Las primeras palabras del documento se dedican a identificar la fecha, la hora y hasta los santos del santoral del día en que tuvo lugar esa visión inolvidable. La siguiente línea, destinada a describir lo vivido, se resuelve en una sola palabra: feu, fuego.

 

2.

Nada más sabe o puede o quiere o elige decir Pascal. Lo que sigue entonces son comentarios, más o menos deslavazados. El Memorial es una obra maestra de ese extraño género literario que constituyen los escritos de frontera, emplazados en el filo de las posibilidades del idioma, y hasta del pensamiento, en ese lugar sin topónimos del borde del espacio cubierto por las palabras, en ese territorio sin cartografiar del non plus ultra del big bang verbal. Ante esa glosolalia de los dislates a la que recurren los exploradores del abismo de lo no-decible, ante esa amenaza/promesa de un silencio de otra calidad al humanamente accesible, se diría que el escrúpulo de exactitud del fechado, esa especie de estructura de instancia administrativa, se querrían asideros no del todo capaces de ampararnos en nuestra deriva hacia el envés de la enunciación.

 

3.

Fiel a esa tradición, o acaso inconscientemente tributario de la misma, el grandísimo escritor francés Christian Bobin comienza estableciendo en la primera línea de La nuit du cœur las coordenadas espaciotemporales de la revelación, las componentes de ese cuadrivector que nos permitirán recuperar, a redrotiempo, la circunstancia irrepetible de la magia sobrevenida. Y lo hace con la engañosa simplicidad con que lo hace todo Bobin, ese artífice rarísimo:

La chambre numéro 14 de l’hôtel Sainte-Foy à Conques est percée de deux fenêtres dont l’une donne sur un flanc de l’abbatiale. C’est dans cette chambre, se glissant par la fenêtre la plus proche du grand lit, que dans la nuit du mercredi 26 juillet 2017 un ange est venu me fermer les yeux pour me donner à voir.

Datos a entregar, pues, al personal de aduanas del Más Allá. ¿Lugar? Conques. ¿Día? 26 de julio de 2017, un miércoles. ¿Emplazamiento exacto? Hotel Sainte-Foy, concretamente la habitación catorce. ¿Descripción del suceso? Aparición de un ángel a través de la ventana que da a la Abadía del mismo nombre. ¿Consecuencias de lo ocurrido? El acceso a lo invisible.

 

4.

Así, tan pulcramente, con esa discreción como al desgaire propia de la casa, somos introducidos in medias res al prodigio. Así fui introducido yo, uno de los tantos miles de lectores de Bobin, rendido a su ternura y a su destreza milagrosa con las metáforas. Yo también puedo aportar información de primera mano sobre ese encuentro, no menos reseñable para mí. Ha quedado registrado en uno de mis cuadernos. ¿Día? 26 de diciembre de 2022, por la noche. ¿Lugar? Hotel Observatoire-Luxembourg, París. ¿Otros datos circunstanciales? El ejemplar de La nuit du cœur fue adquirido en la librería parisina Compagnie, en la rue des Écoles, al final de esa tarde. Muy poco antes había comprado otro libro del propio Bobin, Las ruines du ciel, en Tschann, en el Boulevard Montparnasse. Esas dos librerías son paradas habituales en mis travesías por la cité-lumière. Pero eso ya lo saben ustedes.

 

5.

¿Alguna otra cosa que se desee hacer constar? En esas Navidades de 2022 retorno a París después de más de cinco años de ausencia. En esos cinco años han pasado muchas cosas. Lo más relevante, sin duda, la muerte de mis padres. El padre de Bobin padeció la enfermedad de Alzheimer, como mi madre. En sus libros se narra ese doloroso proceso. En Ressusciter, que ya había leído antes del viaje de 2022, me encuentro con las sensaciones que yo mismo había tenido, en una extraña amalgama, pues es el padre el que muere de la muerte de mi madre. Claro que cuando leí Ressusciter mi madre no había muerto todavía…

 

6.

Más cosas pasaron en ese lustro, como a nadie se le escapa. El confinamiento de 2020, que me impidió abandonar, primero, mi casa, luego, mi ciudad, también mi país, durante muchos meses. En 2018, como ya he contado por aquí, estuve en Suiza. Compré algunos libros en Lausanne, como Baltiques, que reúne las obras completas del poeta sueco Tomas Tranströmer, la tarde de un día cuya noche fue decisiva para mí, y del que podría ofrecer información tan precisa como si entonces hubiera tenido lugar una experiencia mística, cosa que, de algún modo, sucedió. Desde entonces y hasta mi retorno a París de 2022 no había vuelto a ninguna librería francófona. Bobin, y otros más, marcan ese retorno. Desde ese año no ha habido ninguno que dejara de volver a París y sus librerías. Volveré a hacerlo dentro de un mes.

 

7.

El 26 de diciembre de 2022 no sé aún absolutamente nada de la Abadía de Conques. Lo que voy sabiendo de ella lo voy aprendiendo en el recuento de Bobin, una extraña guía de viaje escrita desde su refugio secular junto a su lugar de nacimiento, Le Creusot, a mano, sobre su sencilla mesa de madera, frente a su ventana. Lo voy aprendiendo a ritmo de visitas, que es el término con que Bobin se refiere a esos breves, cotidianos, raptos que se suceden en los meses posteriores al retorno de su viaje de una noche a Conques, donde fue a ver las vidrieras con las que el pintor Pierre Soulages cubrió los 104 huecos de las ventanas del viejo templo del siglo XI. Bobin ha sido siempre reacio a alejarse de sus coordenadas, ha practicado casi una agorafobia para la que un día en París suponía una inmersión en el desasosiego. Día a día, en su casa de las afueras de Le Creusot, visita a visita, Bobin llenó 104 huecos de esas paredes encaladas que son los folios vacíos. Al hacerlo, nos legó la crónica de un vuelo interior de inusitada altura, es decir, profundidad.

 

8.

Cuando estoy en París mi condición de adicto a los libros alcanza su máximo nivel de excelencia. Y así fue en ese diciembre de 2022, más aún si cabe, porque llevaba mucho tiempo sin poder perderme por las decenas de librerías que la ciudad me ofrece cuando voy. En mi cuaderno de entonces anoté que mi visita final de ese día a Compagnie, que toma, acaso, su nombre del breve escrito de Samuel Beckett, fue producto de un cop de cœur, que es otro nombre para el arrebato. Ya había estado en Compagnie, ya había comprado libros allí un par de días antes. Ya había estado en Tschann esa tarde. Fui a Compagnie en busca de otro libro. La nuit du cœur simplemente se me ofreció en una de las mesas. Al abrirlo, aparecí en la vidriera 46, y allí se me habló de la habitación 14 y de un juego de cartas en el que nos jugábamos la vida en un casino vacío. Suficiente para entender que acababa de ocurrir algo decisivo.

 

9.

En Morgana en Duino, hasta cuatro veces a lo largo de los capítulos, nombre que bien puede cuadrar a esa especie de poemas engarzados que constituye su narrativa sui generis, como chapitres llama Bobin a las 104 cuentas del rosario de La noche del corazón, hasta cuatro veces, digo, se repite un mismo gesto, como si fuera un extraño ritual. O más que repetirse, se anhela, se recuerda, se registra como parte de un sueño. Hay alguien que se acerca por detrás, alguien que nos tapa los ojos y nos susurra catorce. Catorce es una contraseña. En el propio texto de la novela se da la clave de lo que significa. Significa: te tengo en las entrañas, esa frase que precede, en el último de los sueños, a los besos que nos tapan la boca. Desconozco cuántas habitaciones tiene el Hotel Sainte-Foy de Conques, apenas sé, lo sé desde el 26 de diciembre de 2022, que una de las ventanas de la habitación 14 da a la Abadía que está al lado, y que esa ventana es el lugar por donde penetra el ángel. Lo sé porque Bobin lo supo, el 26 de julio de 2017, y me lo contó cuando abrí el librito en Compagnie ese día de San Esteban, un mes y dos días después de su muerte.

 

10.

Catorce es el número del infinito, algo que no desconocemos los lectores de La casa de Asterión. Más bizarramente, es el primer número en orden alfabético en castellano, y lo es a pesar de que los números son infinitos y parecería arriesgado decir que se puede colocar uno antes que todos los otros posibles en primer lugar. Pero el modo en que nombramos los números nos garantiza que eso es así. Cinco va después, y después irán todos los que empiezan por cincuenta o cinco mil o cinco millones, y no digamos los que empiezan por quinientos. Cada idioma tiene su primer número. En inglés es eight, en francés es cent. Catorce no es importante para mí por esa causa, eso lo supe después, quatorze no está en ninguna posición privilegiada en esa extraña ordenación para el hablante de francés que fue Bobin, el 14 para él se hizo especial porque fue a Conques y se alojó allí, por ese seguro azar. A cada uno le sobreviene su catorce, simplemente hay que estar preparado para reconocerlo.

 

11.

Mi catorce se apareció, de un modo trivial, pero misterioso, casi escalofriante, hace muchos años, en un casino. Solamente he ido dos noches en mi vida a un casino, solamente he jugado dos veces en mi vida a la ruleta. La última fue la del catorce, y han pasado no menos de tres décadas de ello. La presencia terrible de la ludopatía en un miembro muy cercano y muy querido de mi familia hizo que me alejase hace mucho de cualquier juego de azar. Pero existe una ambivalencia en ese gesto: es preciso alejarse justamente de lo que produce una fascinación acaso peligrosa. No soy ajeno a numerologías lúdicas o maniacas, soy un habitante habitual de aritméticas y combinatorias, soy un hombre de números tanto o más que de letras. No soy inmune a la simbología de una rueda que gira y de una bola que se posa en un lugar que se convierte desde ese preciso instante en lo irreversible. Por eso el catorce. Por eso la sabiduría paradójica de que no hay ningún sentido en el Caos que habitamos y nos habita y de que, simultáneamente, hay un sentido en el Cosmos que dolorosamente erigimos y que entonces, desde antes casi de sabernos, nos acoge.

 

12.

El catorce, dice con absoluta calma el que era yo hace tres décadas a un amigo con el que iba y el amigo coloca las fichas, y, cuando la bola se posa en el catorce, hecho que en sí no tiene nada de sorprendente, más allá de una probabilidad decididamente baja en la que se basa la ganancia del Casino y la desgracia del adicto, mi sensación no es de euforia, ni siquiera de sorpresa. Lo único que hay es la corroboración de una certeza, de una certeza mágica que antecede a la jugada, pues ese catorce no era ni el veintiséis ni el cuatro ni ninguno de los números que pudimos jugar esa noche, ni siquiera el 18 que luego también acabó saliendo, pues esa noche acerté dos plenos en apenas un rato de juego, cosa extremadamente improbable. No: que iba a salir el catorce era algo quede algún modo estaba escrito y se sabía de antemano, es decir, que yo lo sabía con la certidumbre absoluta de los sueños, pues la decisión de jugar al catorce no había sido producto de una elección inmotivada, sino el gesto lógico del que conoce algo, del que ha recibido, por quién sabe qué vías, que bien pueden incluir la voz de un ángel, una información precisa de lo inevitable.

 

13.

Transmito apenas una sensación, una sensación, por demás, incomunicable, como una experiencia mística. Es posible que las experiencias místicas se conciban revestidas de otra parafernalia, pero lo cierto es que esa noche del Casino yo supe que existía otro relato subyacente al del vivir, que se podía saltar a otra pista del acontecer, y que en esa línea paralela los sucesos podían contemplarse desde otra vista de pájaro, al margen del devenir. Es decir, no supe ninguna de esas cosas, ni ninguna de esas cosas fueron verdad, ya que lo ocurrió fue únicamente una casualidad, y el hecho de que a mí me pareciera bien revestirlo de todo ese ornato de transcendencia siempre fue un juego literario. Mi fe no cubre área alguna, todos los encantamientos que puedo haber encontrado en mi vida son, bien lo sé, ay, puramente endógenos, y exigen una continua suspensión de incredulidad, que es la que me permite tejer modestos hechizos de los que se alimenta mi literatura. Por eso el catorce es, a fin de cuentas, y en términos prácticos, apenas una metáfora privilegiada, una mot-clé de uso privado. Pero sale tanto por aquí, en tantos de mis escritos que en algún momento debía darles a ustedes la posibilidad de conocer el truco, de saber por qué el anhelo del narrador narrado de Morgana era sentir unas manos en sus ojos, una boca junto a su oído, escuchar el catorce que hace que caiga instantáneamente el castillo de naipes del Cosmos y se muestre en su gloriosa desnudez la tersa Nada que nos constituye.

 

14.

Si uno sigue escribiendo, el catorce acaba por aparecer. Aquí ha vuelto a ocurrir. ¿Qué contaremos en este párrafo 14, en el chapitre 14, de esta entrada, tan arbitrariamente numerada como todas las otras del blog? Acaso lo que correspondería sería resumir, si la palabra no fuera tan ridículamente inadecuada, La nuit du cœur, su vaivén, su eterno retorno a la noche de la revelación, rememorada una y otra vez por el poeta revisitado. Hablar de sus palabras, de sus visiones lentas, de los huecos de su interior de abadía que se llenan de ecos y de reverberaciones del negro de Soulages, ese constructor del apofático outre-noir en el que la obscuridad llega tan a su límite que empieza misteriosamente a irradiar luz. Transcribir, acaso, alguna de las decenas y decenas de líneas que he subrayado en mi ejemplar, releído una vez más en los últimos días. Líneas como ésta, por ejemplo, encontradas al azar, al azar del catorce: tu nous regardes te quitter. Cette vision est restée dans mon rétroviseur comme une relique. Des années après, elle s’y trouve encore.

 

15.

Hubiera servido cualquier otra, todas las líneas del libro de Bobin pueden pulsarse como las cuerdas de un arpa para que produzcan armónicos inagotables. En esa, que la suerte nos ha otorgado, se nos recuerda que vivir es seguir adelante, alejarse, que las cosas inmóviles en el espacio y el tiempo, como la Abadía de Conques del siglo once, nos acogen en el hueco de su vientre y somos nosotros los que inevitablemente nos expulsamos de ese lugar nutricio, pues nuestra esencia es la deriva. Apenas podemos contar con el hacia atrás, con esa visión paradójica del espejo retrovisor que otros llaman memoria. Una noche tan solo durmió Bobin en ese viaje de 2017 en el Hotel Sainte-Foy, una noche contada en 104 capítulos en un libro que en el borrador iba a llamarse justamente Une nuit à Conques. Ese recuento de ecos, esas ondas que emanan de un centro ya inaccesible en su gélida geometría y recogemos apenas en la borda de la barca en la que nos trasladamos a un nunca en el que no seremos ya más que una nada que nada puede contener, esas imágenes que se quieren reanimar con el boca a boca de la poesía, son todo lo que tenemos de ese deslizarse del ángel de los segundos, que bien sabe de los claustros que no nos es dado habitar, aunque es de noche.

 

16.

El 26 de julio de 2017, cuando Bobin se las entendía con ese ángel en Conques, yo también estaba en París. Esa mañana he regresado al Louvre. He anotado cosas sentado frente al Escriba y su mirada omnividente. He vuelto entonces a mi centro, a mi Conques, que es ese lugar casi secreto donde me espera la Europea. La he saludado: salut, mon cœur, le he dicho muchas cosas, porque tenemos ya confianza. Cosas como Fue locura intentar hacerte terrenal y atraerte, Europea. Estás tan en tu lado, tan lejos de esta existencia tan precaria, como el Ángel de Rilke que, por supuesto, también eres. Sí, hay un ángel que habita esa sala, como otro habita la chambre 14 del hotel de Conques. Hay ángeles por todas partes. Un año casi exacto antes, en 2016, también en París, ya le había dicho a la Europea Nunca podré olvidarte, como nunca olvido mi tristeza. Cuando le di la espalda, acaso, ella se despegó de su madera, llegó a mi altura y me susurró te tengo en las entrañas. No lo recuerdo bien, acaso fue en otra ciudad, acaso fue en Lausanne.

 

17.

Une nuit à Conques fue la noche del corazón de Bobin. El corazón, nos recuerda María Zambrano, tiene huecos, habitaciones abiertas. La anatomía cardiaca incluye emplazamientos que se llaman atrios, como en las catedrales. El espacio interior de las entrañas y el espacio exterior de la visión se comunican por las vidrieras. En las de la Abbatiale de Conques, Soulages, que murió a los 102 años un mes antes que Bobin, dos meses antes de ese día de Navidad de 2022 en el que yo fui al cementerio de Montparnasse recorriendo una misteriosa ciudad vacía habitada sólo por la niebla, recurrió a las líneas, a las curvas, a los trazos. Esas vidrieras fueron inauguradas justamente otro 26 de julio, en 1994, el día siguiente a la festividad del Apostol: Conques está en el camino de Santiago. En una entrevista, Soulages, que había nacido en la cercana Rodez, ese centro maldito de la geografía artaudiana, dijo que Conques había sido el lugar de sus primeras grandes emociones artísticas, que le había conmovido la música de esas proporciones, esa alianza singular de fuerza y gracia.

 

18.

La fecha de la muerte de Christian Bobin es el 24 de noviembre de 2022. La visión de Pascal tiene lugar el 23 de noviembre de 1654, pero se extiende hasta el inicio del día siguiente, señalado en el santoral como la festividad de San Crisógono Mártir. Bobin no puede sobrevivir a esa nuit du feu. En 2019 le escribió una larga carta de poemas a su amigo Soulages, que se publicó en un libro llamado “Pierre,”, así, con esa coma inconclusa en el título. Ese libro tuvo su origen en otro breve viaje, como el que emprendió a Conques un año antes. El viaje tuvo como destino Sète, en la costa, y se inició la nochebuena de 2018 a las 19.15 h. en la estación TGV de Le Creusot. Cuatro años después, en la nochebuena de 2022 yo estaba en París, y aún no había leído La nuit du cœur y no sabía nada de Pierre Soulages y sus negros. La bola aún no se había lanzado siquiera, la ruleta no había empezado a girar. Cuando se posó dos días después en el catorce, nada pudo ya ser desdicho.

 

19.

En francés, para decir que algo se sabe de memoria, se dice par cœur, como en inglés se usa by heart. En castellano, hablar de corazón, con el corazón, es ser sincero. En mis notas del 24 de diciembre de 2018, el de la partida de Bobin hacia Sète, ésa que se señala en el billete de tren incluido en Les différentes régions du ciel y al que ya me referí aquí en otra entrada, hay una que dice: “Corazón” es su nombre. No me lo desvela, me lo recuerda. Todo estaba ahí, ninguno pusimos nada. El paisaje inalterable espera congelado en los sueños para revelar sus álgebras. El 25 de mayo de 2025, en el Parador de Gredos, al que me he llevado ese gozoso tomo recién comprado que recopila una veintena de títulos de Bobin, apunto: El dios rapaz que se cierne y nuestros dedos incapaces de ocultarle el corazón que gotea. Mis escritos están llenos de corazones, cuyo latir se va acompasando poco a poco como el de los metrónomos que oscilan sobre una superficie blanda. Ahora, aquí, en otro parador, el de Almagro, que fue un convento, acabo esta entrada, que se ha hecho esperar tantas semanas, mientras pienso en el corazón de Rosalía, al que dedicaré mi conferencia de dentro de diez días en Zaragoza, la conferencia cuya preparación me ha alejado de cuadernos y pantallas de ordenador como ésta. El corazón que la diosa stalker nos secuestra, ése del que cada uno guarda un trocito como reliquia.

 

20.

Una sobrevenida y arbitraria numerología quiso hace muchas lunas que estas entradas se numeraran y que esa numeración concluyera en el 20. Apenas algunas veces, cuando no hay más remedio, se añade una coda que siempre incorpora una conjunción copulativa, y 21. Éste es, pues, el último capítulo de este viaje a las entrañas. El corazón, nos recuerda Zambrano, es lo único de nuestro ser que produce sonido. Escuchado o no, ese ritmo cardiaco puntea nuestro acontecer. Esa cadencia secreta es el catorce de nuestras vidas. Otras oscilaciones son posibles, otros números, cada uno tiene el suyo. Cuando esas cifras coinciden, cuando esas ruletas se acompasan, cuando esos ángeles son simultáneos, surge como de entre la niebla un puente efímero y frágil. Entonces, sólo entonces, podemos mostrarnos desnudos ante la desnudez del otro, es decir, descarnados, expuestos en nuestras vísceras, abierta de par en par la jaula de las costillas por esa llavecita que misteriosamente encuentra la cerradura del esternón. Entonces, sólo entonces, podemos decir this one’s from the heart, como aquella mañana de Madrid en 2007, podemos decir here’s looking at you, kid, y todas esas cosas que decimos son en realidad la misma cosa, son la frase del ángel que no sabe traducirse, la que se escuchó en las falesie junto a Duino, aquel día en que Rilke recibió la palabra mágica que le dio cuerda al reloj de las Elegías, el password que reverbera entre las paredes de la habitación catorce, allí, aquí, donde estamos juntos siempre que cerramos los ojos.  




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